Reggio’s Weblog

Sobre el «donjuanismo del políglota» (O de cómo el único voto útil será el que frene al nacionalismo), de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 17 febrero, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Si en enero críticos y entendidos no hablaban sino del ingenio y sutileza de la obra How to Talk about Books you Haven’t Read (Cómo hablar de los libros que usted no ha leído), firmada por un desconocido profesor de literatura francesa llamado Pierre Bayard, en febrero la comidilla de los círculos literarios europeos ha dado una vuelta a la manivela de la autoexigencia y el escándalo para centrarse en My Unwritten Books (Mis libros no escritos) del gran pope de la erudición y el pensamiento George Steiner.

¿Cómo es posible que los únicos textos que den más juego que los «no leídos» sean precisamente los «no escritos»? Delicioso jeroglífico. Aunque tal plural introduce hasta siete embriones de libro, planteados con la aparente dispersión e intelectualismo aventurero de los Ensayos de Montaigne, en realidad la piedra de pasmo y estupor ha sido sólo uno de ellos, titulado The Tongues of Eros (Las lenguas de Eros) y dedicado a lo que Steiner llama «el donjuanismo del políglota». Su tesis central es que «la retórica del deseo es una categoría del discurso en la que la generación neurofisiológica de actos hablados y la de actos sexuales se relacionan recíprocamente». Y puesto que «cada lengua explota y transmite diferentes aspectos y potencialidades de la circunstancia humana» y «los amantes dan nombres a los objetos o las partes de su cuerpo que configuran sus espacios eróticos en una forma de recreación adánica», Steiner llega a la conclusión de que «una persona que habla de manera fluida distintas lenguas seduce, posee y recuerda de manera diferente según utilice una u otra». Por ejemplo, él.

El momento en que al sesudo fiel lector de un autor tan respetado, profundo y habitualmente distanciado de su propia narrativa se le cae la taza del café encima llega al descubrir que Steiner ilustra esta teoría con sus propias experiencias sexuales con amantes alemanas, italianas, francesas e inglesas -a las que identifica por sus iniciales-, cuyas originalidades en el hablar y en el obrar describe con todo detalle. Y vaya que si hablan y que si obran… o se dejan obrar. «He tenido la suerte de hacer el amor en cuatro lenguas», concluye no sin antes solazarse en ese espacio «interlingual» en el que cada parte pone un poco de la suya y en el que «los labios son instrumentos tanto del discurso como del repertorio fisiológico».

Cualquiera diría que al eximio profesor, en ésta su salida del armario como incansable Don Giovanni de los circuitos académicos, sólo le ha faltado a su lado un Leporello que le llevara las cuentas como en el libreto de la ópera de Mozart: «En Italia seicento e quaranta; in Almagna duecento i trentuna; cento in Francia; in Turchia noventuna; ma in Ispagna son già mille e tre».

Al margen de que toda persona sensible y perceptiva corroborará el aserto de Casanova, según el cual «sin las palabras, el placer del amor disminuiría al menos en dos tercios», y al margen de que todo sociólogo profesional o aficionado coincidirá con Steiner en que la exploración de esta «terra incógnita» del «donjuanismo semántico» puede tener efectos desestabilizadores para su vida privada -de ahí lo de «libro no escrito», dice él como último alarde-, a mí lo que me ha llamado más la atención de este nasciturus literario son dos de los ejemplos que pone el autor cuando escala las más altas cimas de sus fantasías pendientes.

«¡Qué enriquecedor debe ser tener pesadillas o sueños húmedos, digamos, en albanés!», proclama ya en la cuarta página. Y luego hacia el ecuador de su análisis se pregunta: «¿En qué debe ser diferente hacer el amor en vasco o en ruso respecto a hacerlo en flamenco o coreano?». Esta alusión al euskara, emparedada entre otras dos lenguas vinculadas a reivindicaciones territoriales en pequeños lugares de Europa -uno de ellos nada menos que Kosovo- y dos idiomas tan exóticos e inaccesibles para el común de los occidentales como el ruso y el coreano, no puede pasar inadvertida. Tampoco la vinculación apasionada de esas aspiraciones a un archipiélago de paraísos idiomáticos perdidos o en vías de extinción.

Por muy provocadoramente apelativo que resulte, lo de menos es que el ámbito de relación elegido por Steiner sea el sexo. Pues las mismas conclusiones podrían sacarse si nos centráramos en las intimidades y externalidades de la experiencia cultural compartida, la práctica del deporte en equipo, la comunión de las almas en el insultódromo del estadio o los más castos lazos familiares o de mera amistad. También el lenguaje mural de los comerciantes tiene su jerga -faltas ortográficas incluidas- y no digamos nada las comunicaciones de patio de colegio a la hora del recreo. En todos esos territorios los protagonistas van desarrollando los mismos códigos de complicidad sonora que, con pícara redundancia -lingüística tenía que ser-, Steiner atribuye a los amantes. Es obvio que cuanto mayores sean las posibilidades expresivas de un individuo, mayores serán también sus oportunidades de extraer más y mejores experiencias del inmanejable río de la vida.

Cuando hace unos años yo me burlaba del «derecho a vivir en catalán» que sirve de base al fomento de la delación anónima, ante la Generalitat fruto del Pacto del Tinell, de aquellos educadores o comerciantes que utilicen el castellano como lengua de relación con sus alumnos o clientes, tal vez debí poner más énfasis en que lo grotesco no era el concepto, sino su rango jurídico y administrativo con toda la tramoya totalitaria de las llamadas Oficinas de Garantías Lingüísticas a su servicio. Porque si no fuera por ese factor coactivo la inmensa mayoría de los españoles conservaríamos por el bilingüismo de catalanes, vascos y gallegos y por su proyección en todas las facetas de la existencia la misma mezcla de admiración, respeto y sana envidia que sentíamos al comienzo de la Transición.

Y no sólo porque muchos de nosotros también encontremos en nuestros más modestos currículos unas cuantas iniciales vinculadas a la expresión de los más placenteros sentimientos a través del valor añadido de esas formas idiomáticas -«Paraules d’amor senzilles i tendres… en teníem prou amb tres frases fetes»- que nos contagiaron alguna vez por vía epidérmica la magia de la diferencia; no sólo porque la nova cançó, ciertos poemas de Rosalía o tal o cual himno en euskara fueran patrimonio del conjunto del movimiento estudiantil antifranquista, sino también porque nada más que las acémilas pueden ignorar que el único elemento de superioridad de nuestra vieja Europa en la actual era de la globalización es la hondura y diversidad de su legado cultural.

Comparto, pues, la crítica al «drástico empobrecimiento en la ecología de la psique humana» que implica el actual auge de todas las tendencias uniformadoras, incluidas las lingüísticas. El cortocircuito surge cuando la rebeldía individual steineriana, siempre idealista y en cierto modo romántica, que proclama que «la verdadera catástrofe de Babel no es la dispersión de las lenguas, sino la reducción de la expresión humana a un puñado de lenguas planetarias ‘multinacionales’», es manipulada, junto a la religión, la etnia o cualquier accidente geográfico, y transformada en coartada de un proyecto político excluyente. Porque cuando la política se mezcla con el romanticismo más vale ponerse en lo peor.

Esa es al menos la explicación de Isaiah Berlin a la génesis de los movimientos nacionalistas contemporáneos que presenta como respuesta a la pretensión de la Ilustración de que todo problema humano tiene su correspondiente solución en el vademécum del racionalismo. A la arrogancia de los Filósofos siguió la imposición de la Revolución por la fuerza, en modo muy parecido a cómo los apóstoles de la globalización han dado involuntarias alas al nuevo imperialismo improvisado tras el 11-S por la Administración Bush. Y la reacción a esa emancipación obligatoria, tanto cuando desembocó en el Estado liberal decimonónico como cuando engendró pervertidamente las dictaduras comunistas del siglo XX, fue la mirada hacia atrás, la búsqueda de una identidad real o imaginaria desde la que preservar privilegios, formas tradicionales de vida o un mero marco de referencias estables y abarcables.

Frente a la objetividad del Derecho, el triunfo de los valores universales y el cartesianismo del poder ilustrado que siempre dice saber lo que le conviene al individuo -incluso lo que haría el individuo si fuera libre para actuar-, el Romanticismo político se refugia en la pasión y la fragmentación de lo subjetivo y encuentra en los agravios de la Historia, sean ciertos o inventados, la fuerza nutriente de su reivindicación movilizadora. Este es el entorno ideológico de la muerte de Lord Byron luchando por la independencia griega en Missolonghi, de las guerras carlistas, del Risorgimento italiano, de la Renaixença catalana… y ya en el siglo XX del caldo de cultivo en el que, tras el tratado de Versalles y el crack del 29, arraigan el nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano. Aun cuando a veces «resurjan» envueltas en el ropaje del modernismo, Europa vive el regreso de las tribus.

Con su crónico optimismo los pensadores demócratas y muy especialmente los gurús de la izquierda internacionalista contemplaron durante mucho tiempo con despreocupado desdén este auge de los nacionalismos. Certeramente percibidos, según Berlin, como una «inflamación patológica de la conciencia nacional herida», el pensamiento dominante era que se trataba de una incidencia pasajera «que había sido causada por la opresión y que desaparecería con ella». Ese mismo fue el ingenuo diagnóstico en España al inicio de la Transición, cuando empezamos tratando de reparar los abusos de la Dictadura, continuamos retroalimentando a los nacionalistas al otorgarles una legitimidad superior a su propia fuerza numérica -por eso el PSOE renunció a presidir el Gobierno vasco cuando ganó las elecciones autonómicas del 86- y desembocamos en el suicidio aplazado de entregarles la Educación, los medios de comunicación públicos y la política cultural.

Si hace tan sólo 30 años alguien hubiera pronosticado que a comienzos del siglo XXI el comunismo habría sido barrido del mapa, el socialismo se habría desembarazado por completo del marxismo e incluso la socialdemocracia se batiría en retirada frente a una renovada ortodoxia económica liberal, pero en cambio los nacionalismos seguirían floreciendo por doquier, ese alguien habría sido tomado por el más obtuso y reaccionario de los profetas. Y sin embargo la estatua que se yergue hoy en un Bilbao rápidamente depurado de símbolos franquistas no la han traído los proletarios de la margen izquierda sino los jauntxos del PNV; y no es ni la de la vizcaína Dolores Ibarruri ni la del bilbaíno de adopción Indalecio Prieto, sino la del racista estrafalario y trastornado Sabino Arana.

A la chita callando en España y en general en la Europa que logró levantar para siempre el Telón de Acero ha ido germinando, creciendo y multiplicándose una ideología que a la postre está resultando ser mucho más peligrosa y liberticida que el comunismo y que no es en realidad sino una variante del fascismo. Habrá nacionalistas más de izquierdas y más de derechas, más pacíficos y más violentos, más moderados y más radicales, más simpáticos y más antipáticos, pero todos comparten la aberración de considerar que los seres humanos pertenecemos a grupos nacionales diferentes entre sí, que esos grupos moldean nuestra identidad y que no podemos ser entendidos como personas plenas más que en función de esa pertenencia.

O sea que la unidad de medida de la condición humana no es el individuo sino el grupo nacional vinculado al territorio. Un grupo nacional -de nuevo Berlin- que «funciona como un organismo vivo» y que automáticamente convierte sus necesidades de autodefinición, cohesión y desarrollo en objetivos comunes de cuantos lo integran. Por eso el nuevo Estatuto catalán habla del «deber cívico de implicarse en el proyecto colectivo» que no es otro sino «la construcción nacional de Cataluña».

Gustará o no reconocerlo pero el nacionalismo se ha convertido en los cuatro puntos cardinales de España -como en muchos otros lugares del mundo- en el verdadero opio de la democracia. También en una formidable base de poder que entontece a la ciudadanía y permite todo tipo de abusos -desde la condescendencia con el terrorismo en el País Vasco a la cleptocracia modelo Unión Mallorquina, pasando por el delirio de las galescolas- a la elite de fanáticos y oportunistas que se han erigido en expendedores oficiales del estupefaciente.

Desde el tridente formado por CiU, el PNV y BNG que ya se apresura a dictar duros términos de negociación a quien quiera formar gobierno tras el 9-M, amén de ignorar la viga en el propio ojo, se insiste en denunciar la paja en el ajeno, presentándose como representantes de las naciones sin Estado, oprimidas por el nacionalismo español. Y yo pregunto: ¿cuáles son las expresiones de ese presunto nacionalismo español? ¿El Estado de las Autonomías que lo ha fragmentado y repartido todo hasta pasarse sin duda de frenada? ¿La aquiescencia de Zapatero a convertir en «discutido y discutible» incluso el concepto mismo de soberanía nacional? ¿Las promesas de Rajoy de que los padres verán garantizado el derecho a decidir en cuál de los dos idiomas oficiales deben ser escolarizados sus hijos y los comerciantes podrán poner los carteles de rebajas en el idioma que les dé la gana? ¿O el desestabilizador anuncio de Esperanza Aguirre de que, a nada que exista demanda, financiará en Madrid un colegio público con el nombre de ‘Presidente Tarradellas’ en el que se ofrecerá la dualidad de modelos lingüísticos que sistemáticamente se hurta a los catalanes?

España, como todos los Estados-nación europeos, ha podido ser muchas otras cosas a lo largo de la Historia, pero la mejor prueba de que hoy en día no es nada más, y nada menos, que un marco de garantías democráticas orientado a potenciar las posibilidades de prosperidad colectiva y perfeccionamiento individual está en el embrollo en el que se metió Maragall cuando reclamaba que se llamara de otra manera para poder relacionarse de tú a tú con las naciones vasca, gallega o catalana. A la vez que añoraba la fragmentación de los reinos medievales cuando la Corona de Aragón podía llevarse bien o mal con la de Castilla, estaba implícitamente reconociendo que la identidad de la España constitucional se halla hasta tal punto vinculada a su pluralidad que si se produjera su mutilación, ni siquiera tendría sentido que siguiera llamándose de la misma manera.

Pero España no es tampoco esa especie de coyuntural Imperio Austro-Húngaro cuyos despojos pretenden repartirse los trepas de CiU y el PNV y los talibanes de Esquerra, el Bloque o Batasuna. España o Hispania siempre ha estado ahí, reconocida por los iberos, los romanos y los visigodos, y ese estar ahí ha ido acompasando -como diría nuestra presidenta Carmen Iglesias- la acumulación de las «capas asfálticas» que formaban el pavimento de su identidad por el que todos deambulamos hoy con el propio desarrollo de la civilización humana, hasta desembocar en una democracia parlamentaria que potencia y protege la diversidad. Son los nacionalistas los que ahora le han dado la vuelta a la tortilla, tratando de imponer -imponiendo ya en muchos casos- forzadas uniformidades monolíticas, bajo el estrecho control de lo que no son sino trasuntos de la Brigada Político Social del franquismo.

Y por mucho arte y simpatía que le eche Zapatero a la tarea de tratar de dividir a los españoles en dos categorías ideológicas cada vez más ficticias, en los últimos cuatro años aquí no ha habido más «drama» ni otra fuente de «tensión» sustancial que la complicidad del PSOE con los principales capos de los carteles de la droga nacionalista. Allí donde hay una mafia nacionalista restringiendo derechos universales e imponiendo deberes aldeanos, hay un aliado de Zapatero. El último episodio ha sido el anuncio del Ayuntamiento de Barcelona de que incluirá en sus planes de inspección de las barriadas la vigilancia para que se cumplan las normas de rotulación obligatoria en catalán. El penúltimo, la patética petición del presidente de la Diputación de Barcelona Celestino Corbacho, supuesto último mohicano de la españolidad del PSC, de que, aun siendo el catalán «la lengua propia de Cataluña» -lo cual equivale a decir que el chino, el árabe y el español son ajenas-, no debería subtitularse a quien se exprese en castellano en TV3. Y el antepenúltimo, la traslación a Galicia de todo el tinglado de las obligatoriedades catalanas en escuelas y tiendas.

Es evidente que lo que ensalza Steiner dentro de sus «Unwritten books» es otro tipo de «inmersión lingüística» y es lógico que, a la luz de su experiencia, le parezca que «cada idioma desafía a la realidad de una manera única» e incluso que «la esperanza encuentra su potencia en la sintaxis». Con iniciales o sin ellas, he ahí la envidiable libertad personal del políglota. Dos lenguas pueden más que una y no es de extrañar que, con tanto trabajo acumulado, él tuviera necesidad de una tercera y hasta de una cuarta. Aquí nos encontramos en las antípodas, con un gobierno catalán presidido por un cordobés mediocre y opaco que mientras aprende a chapurrear esa única lengua impostadamente «propia» se entrega con el celo del converso a la tarea de hacerla obligatoria en toda manifestación de la vida pública sea de carácter administrativo, docente o comercial, proscribiendo o al menos relegando de todos esos ámbitos aquella que mamó con la leche de su madre.

Dando por seguro que hasta al infatigable profesor Steiner se le hubiera desmayado la «sintaxis» si el código semántico de cada uno de sus encuentros amorosos hubiera estado previamente regulado en función de la lengua «propia» del lugar, sólo cabe preguntarse si la razón por la que algunos nacionalistas aún no han llegado tan lejos es porque todavía no disponen de servicios tan eficaces como el CNI que hoy dirige Alberto Saiz, capaz de garantizar junto a sus empresas colaboradoras que cualquier acto privado pueda ensanchar el dominio de lo público cuando, como dijo aquél, lo «aconseje la jugada».

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Promesas electorales y política presupuestaria, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2008

ECONOMIA Y EMPRESAS: APUNTES ECONOMICOS

Estamos ya en campaña electoral, y es ahora cuando toca a los partidos políticos presentar sus programas y hacer sus promesas.Y entre ellas, las de bajada de impuestos han adquirido un protagonismo muy especial. En mi opinión, esto subraya la sensibilidad que el tema tiene para los españoles y la percepción de que las reformas tributarias, desde la primera del año 2000 del Gobierno de Aznar, han sido positivas, tanto desde el punto de vista de las finanzas personales como del funcionamiento global de la economía.

Hoy se puede decir que los españoles no sólo quieren servicios públicos de calidad, sino que además valoran el equilibrio de las cuentas públicas y unos impuestos razonables y sencillos.La cuestión es en qué medida resulta todo ello compatible, teniendo en cuenta el momento coyuntural en que se encuentra inmersa la economía española y las fuerzas que impulsan el gasto público a medio y largo plazo. A este respecto creo que caben las siguientes reflexiones.

Primero, la economía española ha mostrado desde el último verano una desaceleración más rápida y profunda que la que se preveía en la primera parte del año. A la muy clara caída de la construcción se ha añadido una evolución muy desacelerada del consumo en los últimos meses, que convive con un repunte muy intenso de la inflación y un deterioro bastante visible del mercado de trabajo. Va a resultar además prácticamente imposible que el sector exterior compense significativamente la caída de la demanda doméstica.Por todo ello, los riesgos a la baja del crecimiento de la economía española se han incrementado claramente.

Segundo, uno de los aspectos más positivos de la situación actual es la existencia de un superávit presupuestario, que según el Gobierno se situó en 2007 ligeramente por encima del 2% del PIB.Sin embargo, teniendo en cuenta el sobrecalentamiento de la economía española en los últimos años -inflación diferencial y un enorme déficit exterior- dicho superávit debería haber sido muy superior, conteniendo con mucha mayor intensidad el gasto público no financiero que creció claramente por encima del PIB nominal. Dicho de otro modo, la política presupuestaria debería haber jugado un papel mucho más activo en la corrección de los desequilibrios crecientes de la economía española, y haber ganado más margen de maniobra para hacer frente a la desaceleración que ahora se nos presenta.

Tercero, a lo largo de 2008 ya se han empezado a poner de manifiesto síntomas que adelantan un deterioro futuro de las finanzas públicas.Por un lado, el gasto en desempleo ha excedido en más de 600 millones de euros la cifra inicialmente prevista, y por otro, el IVA ha moderado notablemente su tasa de crecimiento, hasta una situación de práctico estancamiento de su recaudación. Otros impuestos ligados a la vivienda como son el ITP y actos jurídicos documentados están mostrando importantes caídas en su recaudación.En 2008, si el crecimiento se sitúa en el 2,5%, que hoy todavía parece un escenario central, el deterioro del presupuesto podría ser mucho mayor del previsto. Por todo ello, se debería ser extremadamente cuidadoso con las promesas de incremento de gasto corriente que se realicen en campaña electoral.

Además, si la caída de la construcción residencial se mantiene en los próximos meses, ello podría obligar al futuro Gobierno a poner en marcha un programa agresivo de infraestructuras para compensar, aunque fuera parcialmente, el impacto de dicha caída en el empleo y el consiguiente coste social que acarrea.

Respecto de las propuestas de impuestos, sería muy importante que fueran dirigidas a simplificar y hacerlos más transparentes, estableciendo un sistema de incentivos correctos para los agentes económicos. En este sentido, propuestas como la eliminación de los impuestos sobre el Patrimonio y Sucesiones, o tendentes a facilitar la competitividad empresarial, como la reducción del de Sociedades, son fundamentales.

Respecto del IRPF, y dado el volumen de deuda acumulada por las familias españolas, especialmente en los niveles de menores ingresos, se debería tener en cuenta que cualquier incremento de renta disponible derivado de la rebajas impositivas puede que se destine con menor nivel de intensidad al consumo que en el pasado, como consecuencia del peso creciente de las cargas financieras y la necesidad de reconstituir los balances patrimoniales de las familias.Un error a evitar son las medidas de una sola vez, ya que si las familias perciben que éstas no son permanentes y no se incorporan como tales, entonces sus efectos serán mucho más limitados, a pesar de su coste presupuestario.

Por último, y muy importante, no se puede olvidar que a pesar de los avances realizados, la política presupuestaria va a estar sometida en el futuro próximo a presiones estructurales muy poderosas que empujarán el gasto público al alza. Así, nos encontramos con la evolución demográfica de la sociedad española, que va a impulsar de modo continuo el gasto en pensiones y sanidad, y algo parecido ocurrirá con la dependencia cuya cobertura financiera requerirá de importantes recursos adicionales. También nos vamos a enfrentar con una caída intensa de los fondos comunitarios, lo que nos privará de una fuente de financiación a coste cero y no reembolsable que llegó a suponer el 1% del PIB. Y los gastos financieros que han reducido de forma continua su peso en el gasto total dejarán de suponer un alivio para los presupuestos, como ha ocurrido en los últimos años.

Por todo lo anterior, y aunque resulta muy positivo que las ofertas electorales de carácter económico se centren en las reducciones de impuestos, sería fundamental que las mismas fueran acompañadas de reformas estructurales que permitieran actuar sobre el gasto público a medio y largo plazo. En este sentido, haber perdido, por ejemplo, el impulso de reforma del Pacto de Toledo en el ámbito de la Seguridad Social no ha sido sin duda una buena noticia, y es algo que deberíamos intentar recuperar.

Todo parece indicar que los próximos años desde el punto de vista económico van a ser bastante más complejos, con lo que la política presupuestaria contará con menor margen de maniobra que en el pasado.

luisdeguindos@hotmail.com

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Luis de Guindos. Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por CUNEF. Premio extraordinario fin de carrera de la Universidad Complutense de Madrid. Técnico comercial y Economista del Estado. Entre 1996 y 2004 ha sido Director General de política económica y defensa de la competencia, Secretario General de Política Económica y Secretario de Estado de Economía. En el sector privado, fue socio y consejero de AB Asesores entre 1989 y 1996. Miembro del consejo asesor para Europa de Lehman Brothers desde 2004 hasta 2006. Actualmente es Presidente Ejecutivo para España y Portugal en Lehman Brothers y profesor del Instituto de Empresa.

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Antes alemana que catalana, de Miguel Sebastián en Mercados de El Mundo

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2008

ECONOMIA Y EMPRESAS: MANO IZQUIERDA

El Presidente del Gobierno anunció recientemente un importante objetivo económico para nuestro país: alcanzar a Francia en renta per cápita en 2013 para, unos años más tarde, superar también a Alemania, ambos hechos por primera vez en nuestra Historia.El objetivo, ambicioso pero alcanzable, se lanza cuando Eurostat ha publicado hace apenas dos meses que España ha superado por primera vez la renta per cápita media europea, es decir hemos alcanzado la convergencia real con la Unión Europea.

Esta ansiada meta se ha conseguido gracias al esfuerzo de los españoles, empresas, trabajadores y administraciones públicas y, por qué no decirlo, gracias a la ayuda de los fondos europeos, de los que seremos receptores netos hasta 2013 en virtud de los resultados de la negociación en 2005 de las Perspectivas Financieras Europeas 2007-2013, que ahora se pueden valorar como un notable éxito del ministro Moratinos y su equipo negociador.

En este año también hemos conocido que España ha adelantado por primera vez en renta per cápita a Italia, convirtiéndonos en el país número 12 de la Unión, tras 20 años de incómodo puesto 13, y nos colocamos inmediatamente detrás de Francia, Alemania, Finlandia y el Reino Unido, por este orden.

En los años 70, Italia se planteó como objetivo adelantar al Reino Unido en renta per cápita. El país, fundamentalmente la industria, se volcó en esa tarea. A eso le llamaron «il sorpasso», el adelantamiento, objetivo nacional que consiguieron en 1976.La alegría les duró 25 años, y en 2002 el Reino Unido no sólo volvió a adelantar a Italia, sino que se situó como uno de los países más ricos de la Unión. Fijarse metas ambiciosas es un requisito para conseguir objetivos colectivos como el que ahora se plantea España.

En 1986, cuando España ingresa en la Unión Europea, Italia nos sacaba 30 puntos de diferencia, un desfase idéntico al que existe hoy entre España y Suiza, por poner un ejemplo de país muy rico.Y en 20 años se ha esfumado esa diferencia. En 1996 el desfase se había recortado a 25 puntos, un ritmo lento, pero inexorable hacia la convergencia. En 2003 la diferencia se redujo hasta los nueve puntos, y desde entonces hasta 2006, no sólo hemos convergido, sino que ahora le sacamos dos puntos a Italia y probablemente en 2007 se ampliará nuestro diferencial de renta per cápita en al menos otro punto adicional.

¿Qué hubieran pensado los políticos que firmaron el ingreso de España en la Comunidad Europea si alguien les hubiera dicho que 20 años más tarde íbamos a conseguir nosotros «il sorpasso» frente al entonces país de moda en Europa? ¿Y si leen o escuchan que en otros 10 años España puede ser más rica que Francia y Alemania, países a los que emigraron las generaciones de nuestros padres y abuelos a mediados del siglo XX?

El gráfico muestra el proceso de acercamiento de la renta per cápita española a la alemana, ambas medidas en paridad de poder de compra y según los datos más recientes de Eurostat. En 1991, un año después de la reunificación alemana, el gigante centroeuropeo nos sacaba casi 30 puntos de renta per cápita relativa. Hoy nos saca apenas nueve puntos. No es descabellado pensar en un adelantamiento antes de los 10 años. Y a Francia, que no aparece en el gráfico pero que tiene una renta per cápita inferior a la alemana, se la puede alcanzar en la próxima legislatura, aunque Zapatero ha fijado como objetivo prudente el año 2013.

Adelantar o superar a Francia y Alemania requiere ambición política y, probablemente, políticas de Estado consensuadas entre todos los partidos. La insistente referencia a los «valores promedios europeos» como objetivos a alcanzar debe aparcarse si pretendemos superar ese promedio y convertirnos en un país líder en el continente, siguiendo el ejemplo de los países más exitosos, como Irlanda y los países nórdicos. Se trata sin duda de un importante cambio de mentalidad para un país que ha tenido como gran objetivo nacional alcanzar la media europea. Lo ha sido desde 1959, con el Plan de Estabilización. Lo fue con nuestro ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986, con la creación del Mercado Unico en 1992 y participando en el nacimiento de la Moneda Unica en 1998.

Será necesaria una mayor inversión en nuestro aparato productivo, así como en infraestructuras y en investigación y desarrollo.Harán falta importantes reformas en el ámbito fiscal, laboral, industrial, profesional, educativo y en el funcionamiento de los servicios públicos. Habrá que abordar el reto energético y el del fomento empresarial. Atraer talento y capital extranjeros.Apoyar a nuestras empresas en su proyección internacional. Favorecer la incorporación de la mujer a nuestro mercado de trabajo. Pero, sobre todo, será necesaria una actitud distinta de nuestra clase política.

En esta década también hemos asistido a otro fenomenal adelantamiento que nos debe servir de modelo y que nos permite ser optimistas: el de la renta per cápita alemana por parte de Cataluña, adelantamiento que tuvo lugar en 2000. En 1995, la diferencia relativa de renta per cápita entre Cataluña y Alemania era de unos 10 puntos, es decir, superior a la que existe actualmente entre el conjunto de España y Alemania. Y en apenas 10 años no sólo no se ha cerrado esa brecha sino que hoy la renta catalana es un 6% superior a la alemana, y el gap continúa ensanchándose. Cataluña sigue siendo uno de los motores de la economía española y en los últimos años ha mejorado su comportamiento relativo frente a los gigantes europeos. No puede hablarse del éxito de España sin reconocer este éxito de Cataluña, pese a las barbaridades que se han escrito y dicho contra ella desde algunos lugares de España, generalmente por parte de supuestos patriotas de pacotilla.

Adelantar a Alemania supone por parte de España seguir la estela de Cataluña de las últimas décadas. Porque la renta per cápita española, en su proceso imparable de convergencia y progreso económico en Europa, antes será alemana que catalana.

msebasti@ccee.ucm.es

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Miguel Sebastián Gascón (Madrid, 13 de mayo de 1957) es un economista y político español, que fue candidato a la alcaldía de Madrid por el PSOE en las elecciones municipales de 2007.

Es Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Economía por la Universidad de Minnesota y por la Universidad Complutense. Es Profesor Titular de Fundamentos del Análisis Económico, de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense de Madrid.

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Algo se mueve en el subsuelo, de Julián Santamaría Ossorio en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 17 febrero, 2008

SONDEO DEL INSTITUTO NOXA: ANÁLISIS

Hace un mes indicábamos aquí que la relación de fuerzas entre los dos principales partidos se estrechaba y los sondeos publicados desde entonces así lo han venido reiterando. El de hoy no lo desmiente del todo, pero tampoco lo confirma. Se despega un tanto de esa línea, dando al PSOE una ventaja de cuatro puntos sobre el PP, que está por encima de lo que decían nuestros últimos estudios, pero que no llega a lo que en este campo podría ser la distancia de seguridad que los expertos en tráfico aconsejan a los conductores. Es exactamente la misma ventaja de la que disfrutaba el PP sobre el PSOE en febrero del 2004. Es verdad, que entonces disminuía respecto al mes de enero y ahora aumenta, pero sigue siendo insuficiente para aventurar un pronóstico claro y seguro. Las espadas siguen en alto.

En todas las disciplinas el diagnóstico es la base de un pronóstico acertado. Algunas de ellas, como la medicina y la meteorología, han progresado mucho en este campo y cuentan hoy con instrumentos muy sofisticados para determinar qué le ocurre al paciente o cuáles son las fuerzas más activas y potentes del planeta. Economistas, sociólogos y politólogos, por no hablar de los analistas de bolsa, carecemos de instrumentos tan eficaces. Elaboramos teorías que predicen con gran exactitud el pasado y rara vez permiten predecir el futuro. ¿Por qué? Porque el número de observaciones de que disponemos es muy reducido y las motivaciones y estímulos de los actores económicos, sociales, políticos y financieros dependen de circunstancias que, aun siendo a veces parecidas, nunca son las mismas.

Hay algo que sí nos dice con claridad la experiencia de los últimos tres lustros, y es que en España, como luego hemos visto en Grecia, Italia, Portugal, Suecia, Austria, Alemania o EE. UU., la sociedad está políticamente dividida, casi a partes iguales, en torno a dos polos o bloques de derechas e izquierdas y las elecciones, por tanto, se deciden por muy pocos votos. Esto hace especialmente vulnerables a los gobiernos, al quedar, en términos electorales, a un tiro de piedra de la oposición, lo que no sólo repercute sobre el funcionamiento del sistema democrático y, en especial, sobre las relaciones entre Gobierno y oposición, sino que plantea muy serias dificultades a la hora de interpretar los datos demoscópicos y formular un pronóstico ajustado a tres semanas de las elecciones y, más aún, a seis o siete.

La experiencia de las tres últimas elecciones generales, todas ellas celebradas en marzo, indicaba también que en esas situaciones de división política y equilibrio de fuerzas, el electorado del PP, gobierne este o esté en la oposición, es el primero en movilizarse y que el del PSOE unas veces se moviliza, aunque más tarde, y otras no. Cuando no lo hace, como en el 2000, su derrota está garantizada, pero cuando lo hace no tiene asegurada su victoria como se deduce de la comparación entre los resultados de 1996 y los del 2004. Hasta ahora la situación de empate se venía atribuyendo a la superior movilización del electorado popular y a la aparente desidia del electorado socialista. Los datos de este sondeo reflejan la existencia de esa división en la sociedad española, ya que una diferencia “provisional”, y quien sabe si ocasional a favor de uno u otro, no la desdice.

Pero mientras en los anteriores sondeos y en muchos otros que han publicado los medios parecía que el electorado socialista no respondía, ahora se perfilan indicios de signo contrario. Por ejemplo, la diferencia entre la importancia que los dos electorados atribuían a las elecciones se ha reducido al mínimo y lo mismo puede decirse de la firmeza de la decisión de voto por parte de ambos o de la tasa de fidelidad a los dos partidos. No es sólo eso. El avance del PP se explicaba además porque cedía menos votos al PSOE que éste a aquel. Y aun mantiene una pequeña ventaja, pero muy escasa. Hace un mes o dos llamaba la atención aquí sobre la importancia de algunos de estos indicadores señalando que, de momento, habría que fijarse bien en su evolución antes de que ninguno de los dos partidos cantara victoria.

No se trata de cambios espectaculares y habrá que seguir pendiente de ellos, pero apuntan un giro que lógicamente se refleja también en otros temas. Ahora se incrementa la aprobación a la gestión del Gobierno y crece la diferencia entre las valoraciones a Zapatero y Rajoy. Se ensancha el margen entre los que prefieren que gane el PSOE y entre los que prefieren el triunfo de Zapatero. Y casi todas las principales iniciativas adoptadas por el Gobierno en esta legislatura reciben un amplísimo respaldo.

Nada está decidido, pero esos pequeños cambios, más amplios en Catalunya que en el resto de España, recuerdan mucho cómo evolucionaron y a qué ritmo esos indicadores en los sondeos que publicó La Vanguardia por estas mismas fechas en el 2004.

Que se confirmen o no en las próximas semanas es harina de otro costal. Los debates serán, sin duda, el programa estrella de la temporada.

JULIÁN SANTAMARÍA OSSORIO, catedrático de Ciencia Política de la UCM y presidente de Noxa Consulting

La jungla que os espera, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 17 febrero, 2008

CUADERNO DE MADRID

Atención, viajeros del AVE: Madrid es una jungla y os la encontraréis el próximo miércoles nada más descender del tren. La jungla comienza en Atocha y tiene forma de espeso jardín tropical; húmedo y acogedor en invierno, sofocante en verano. Palmeras, helechos, exuberancias del Amazonas, nubes de vapor y unas tortugas de agua que desafían la nostalgia de la velocidad con su quietud prehistórica.

Madrid tiene sus rarezas -Madrid siempre sorprende- y la estación término del AVE es una de ellas. El embarcadero de Atocha, después bautizado estación del Mediodía, fue la cabecera de la primera línea de tren de la capital, inaugurada en 1851 por la reina Isabel II con gran jolgorio cortesano: Madrid-Aranjuez-Madrid, de palacio a palacio. Era el tren de la Corte de los Milagros.

Era el tren de la Monja de las Llagas; Sor Patrocinio, maestra de novicias en el convento de Jesús Nazareno, que ejerció gran influencia sobre la Reina, serpenteando entre Narváez y Bravo Murillo. Lo cuenta Valle-Inclán en la trilogía El ruedo ibérico,que siempre hay que tener a mano. Tres años antes se había inaugurado la línea Barcelona-Mataró en la Catalunya manchesteriana. Algunas cosas han cambiado desde entonces.

El AVE del miércoles conduce a la jungla. A un extraño paraíso tropical habitado por jubilados en busca del arrullo que no les da el hogar, inmigrantes al borde del desespero y estudiantes que pasaban por allí. Desde lo alto de las escaleras mecánicas, el manglar se ve mejor. En uno de los rellanos, encontraremos una figura de bronce dedicada a la esforzada profesión del agente comercial. Sorprende por su soledad y porque lleva años allí, esperando a que lleguen los catalanes y se embelesen ante el estanque sin nenúfares de las tortugas que detienen el tiempo. Laguna de Maracaibo.

El entorno de la estación es duro, especialmente los domingos por la tarde, cuando las horas no tienen motivo y bares y pensiones, repletos de humo y de gente, exhalan una radical soledad. Es una experiencia inolvidable empezar a conocer Madrid esos domingos tardíos, entre zozobras existenciales y tapas de pulpo a la gallega. En fin, bordeando el sinsentido en los arrecifes de la calle Méndez Álvaro.

Pero no siempre fue así. Cuando Atocha era la estación del Mediodía, ampliada con soberbios hierros de Bélgica al estilo Eiffel, aquello era el centro de Madrid y de la entera España cultivable. La política de regadíos se decidía en la acera de enfrente, en el Ministerio de Agricultura, el más monumental de todos los dicasterios madrileños, RICART coronado al estilo berlinés por tres mitologías aladas. Ángeles y pegasos daban la bienvenida a los caciques rurales recién llegados en busca de acequias, caudales y nuevos arrendamientos.

El Estado de las autonomías, ese barullo semifederal que estallará en un momento indeterminado de los próximos diez años, comenzó a ir en serio el día que en el Ministerio de Agricultura descubrieron, sin poder remediarlo, que les habían birlado los canales y que el poder intimidatorio de las aguas reguladas había ido a parar a manos de unas inciertas mesocracias regionales.

En Agricultura hoy sólo les queda un teléfono con Bruselas, unos folletos que hablan maravillas del pescado azul y las tres figuras de prosopopeya imperial en lo alto de la fachada. El Estado envasado al vacío. Un domingo por la tarde, cuando empieza la lucha por el sentido, incluso llega a ser desconsolador.

Los caciques se alojaban en el hotel Mediodía, que ha ido a menos, pero resiste con la dignidad de un galán maduro. En los bajos del hotel está el bar El Brillante, donde sirven los mejores bocadillos de calamares de toda España. Cuando la duda existencial crea el vacío un poco más abajo del alma, es un gran reto – arduo, tenso, espartano- entablar un combate visual con los bocadillos de El Brillante, que tanto invitan a la solidez. Estáis avisados, en Atocha el miércoles os espera la jungla.

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Los músicos del “Titanic”, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2008

¿Sabían que para hervir una rana lo que hay que hacer es ponerla en agua fría y calentarla lentamente? Se ve que si uno la pone directamente en agua hirviendo, la rana salta escaldada, mientras que si la mete en agua fría y la temperatura sube poco a poco, su cuerpo se acostumbra al calor y acaba muriendo cocida.

Que España está perdiendo competitividad económica es cada día más obvio. Lo que no es tan evidente es que la causa sea la misma que la de… ¡la rana!

Países como Finlandia o Suecia hicieron profundas reformas económicas en los años noventa, justo después de sufrir recesiones catastróficas. Esas crisis escaldaron tanto a las autoridades de la época que saltaron como la rana ante el agua hirviendo e iniciaron unas costosas reformas que les han hecho ganar competitividad a medio plazo.

Mientras tanto, España disfrutaba de un crecimiento que ya lleva 13 años ininterrumpidos y que ha hecho que las autoridades presuman y se dediquen a ir por el mundo dando arrogantes lecciones de cómo se hacen las cosas.

El problema es que el crecimiento español se ha basado casi exclusivamente en dos sectores de limitado recorrido: el turismo y la construcción.

El turismo podía seguir tirando al menos hasta que la masificación y los desastres medioambientales hicieran mella. El boom de la construcción, sin embargo, no podía continuar, ya que se basaba en el aumento continuado de precios que hacía que una gran masa de ciudadanos quisiera ser propietaria de viviendas para hacerse rica. Ese deseo de comprar (facilitado en parte por unos bancos que daban hipotecas baratas y larguísimas) retroalimentaba los precios y las ganas de comprar, creando un círculo vicioso – que algunos llaman burbuja inmobiliaria- en el que la construcción creó millones de puestos de trabajo, riqueza y un crecimiento económico espectacular.

La felicidad era tan grande que nadie se daba cuenta de que, para la rana, la temperatura estaba subiendo y que, para España, la competitividad se iba deteriorando. Pero la autocomplacencia hacía que nadie se preocupara de implementar las dolorosas reformas que hubieran permitido pasar a producir bienes alternativos cuando el boom inmobiliario llegara a su fin: la calidad de los estudiantes – y futuros trabajadores- empeoraba objetivamente, las empresas que querían ampliar actividades e innovar encontraban entornos cada vez más regulados y hostiles, la investigación perdía calidad y rumbo, el marco institucional era cada vez más opresivo y la mentalidad general era cada día más funcionarial y menos emprendedora, entre otras cosas.

Pero, en lugar de reformar, España seguía basando su crecimiento en el ladrillo, hasta el punto de que entre el 15% y el 19% del PIB español dependía de la construcción (en comparación, en Estados Unidos esa proporción no llegaba al 5%). Eso creó una dependencia tan grande que ponía en peligro las bases del crecimiento si algún día llegaba la crisis al sector.

Y, naturalmente, la crisis llegó al sector. Y, lógicamente, España no estaba preparada porque la rana ya estaba hervida: las familias norteamericanas subprime dejaron de pagar su hipoteca, las viviendas bajaron de precio, los consumidores se empobrecieron, los bancos dejaron de prestar y se precipitó la recesión. Claro que todo eso sucedía en Estados Unidos…, o al menos eso proclamaban nerviosamente esperanzados el presidente Zapatero y el ministro Solbes.

El problema es que luego llegaron los dramáticos datos del mes de enero: la inflación más alta de los últimos doce años, la producción industrial se derrumbó en 2,4 puntos (la mayor caída de los últimos seis años), el índice PMI empresarial sufrió el descenso más brusco de la historia al pasar de 51 a 42, el paro sufrió el mayor aumento desde que se construyen estadísticas, las reservas de vivienda bajaron en un 60% (lo que obligará a reducir todavía más la construcción en los próximos meses), el déficit exterior llegó al 10% del PIB, el stock de divisas cayó hasta 13.000 millones y sólo permite comprar el equivalente de doce días de importaciones, la confianza de los consumidores se desmoronó de 72,3 a 70,9 y la bolsa sufrió dos desplomes históricos en una semana.

¿Y qué hicieron los líderes españoles ante todo esto? Pues, de hecho…, ¡nada! Se limitaron a proclamar que el superávit fiscal representaba un gran seguro para el país y que todo iba la mar de bien. Pero en economía, la actitud del Gobierno es importante, aunque sólo sea para no crear desconfianza. Si uno dice que no pasa nada pero los números indican lo contrario, uno da la impresión de que está perdido, o que no entiende que existe un problema, o que no sabe solucionarlo… o, simplemente, que está rezando para que la crisis no explote hasta después de las elecciones, a ver si le salva la campana. Sea como fuere, esa actitud pasiva e interesadamente optimista provoca una desconfianza que no hace más que empeorar la situación.

El 21 de enero, día de catástrofe bursátil en España, me llamaron de RAC 1 para que opinase sobre el tema. Uno de los cómicos del programa, al ver la pasividad de Zapatero y Solbes mientras las bolsas se hundían, los comparó con los músicos del Titanic que tocaban el violín, ajenos al hundimiento del transatlántico, para calmar los ánimos, ignorados por una gente que veía como las grietas se abrían y el agua se colaba por todas partes. No es que yo abogue por la intervención cada vez que cae la bolsa, pero la analogía es perfecta: en materia económica, las autoridades españolas están actuando como los músicos del Titanic.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University y Fundació Umbele.

www.sala-i-martin.com

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Debates de verdad, de Soledad Gallego-Díaz en Domingo de El País

Posted in Cultura, Educación by reggio on 17 febrero, 2008

Los ingleses tienen a veces ideas raras y excéntricas. A veces, de puro excéntricas son formidables. La última procede del departamento de la Infancia, Escuela y Familia del gobierno, que ha incluido en su nuevo, y debatido, Plan para la Infancia una curiosa novedad: “Cada niño tendrá acceso como mínimo a cinco horas de cultura de alta calidad a la semana”. El anuncio lo hicieron esta misma semana, conjuntamente, los secretarios de Estado de ese departamento y de Cultura, y, por lo que se ve, le ha caído bien a los ingleses en general.

¿De qué se trata cuando se habla de “alta cultura”? Por lo que se ve, de lograr que todos los niños ingleses vayan a ver los mejores y más selectos espectáculos de teatro, danza, exposiciones, conciertos y recitales que se desarrollen en su entorno. “Especialmente se pondrá atención en que asistan a esas actividades culturales los niños que seguramente no tendrían acceso a ellas de otra manera”, recogió un servicio informativo de la BBC.

El programa contempla destinar fondos extra a las escuelas financiadas con dinero público no sólo para comprar esas entradas o para pagar el transporte, sino también para que los niños creen sus propios espectáculos teatrales, facilidades para que aprendan a pintar o a tocar de forma no profesional algún instrumento musical y para que visiten los lugares históricos más importantes del país. “Daremos a muchos más niños la oportunidad de aprender a actuar, a cantar en coros o individualmente, o a hacer cine, e intentaremos que los que demuestren aptitudes especiales puedan tener la posibilidad de desarrollarlas más”, aseguraron sus promotores.

La cultura, dicen los responsables de la infancia y la escuela inglesas, enriquecerá sus vidas y les dará la oportunidad de desarrollar un espíritu crítico como espectadores y participantes en la vida cultural del país.

La idea es que las autoridades locales, de las que depende la mayoría de esas escuelas, preparen sus propios programas y soliciten la financiación oportuna. Sin duda, como han anunciado rápidamente los responsables de la Asociación Nacional de Directores de Escuelas, se van a producir muchos problemas prácticos. Algunos profesores, explicó uno de esos responsables, creen que sería mejor dedicar un día a leer poesía, escuchar música o tener “experiencias culturales”, antes que organizar todo este movimiento con miles de niños; pero parece que el plan se pondrá en marcha, por encima de unos y de otros, y que las cinco horas de “alta cultura” a la semana son innegociables.

Lo que muestran los ingleses detrás de este curioso plan es que entre ellos no tiene éxito la idea de la cultura como tradición, tan querida por estos pagos españoles en general y autonómicos en particular, sino que triunfa el concepto de cultura como lo opuesto a la ignoracia. En el Plan para la Infancia nadie se ha empeñado en que los niños (que como son ingleses proceden de las más variadas familias locales e inmigrantes) aprendan la tradición inglesa (ni la galesa, ni la escocesa). No, ellos quieren que los niños tengan acceso a la cultura sin más. No sufren la aburridísima confusión que padecemos nosotros entre cultura y tradición, y muy probablemente están dispuestos también a admitir que merece la pena ampliar el canon cultural occidental. Seguro que los niños podrán ir, dentro de esas actividades culturales, a ver una selecta representación del Ramayana que les permita conocer la hermosa historia del niño Muni, o que podrán acudir a un espectáculo de baile flamenco si acaso visita su ciudad el Ballet Español. Seguro que la alta cultura incluye disfrutar de la música de Salif Keita y no sólo de la de Henry Purcell, por muy inglés que fuera.

La novedad de la propuesta inglesa no es que parta de la idea de que la cultura es buena para la educación de los niños. No, eso seguro que figura, por ejemplo, en los programas electorales de todos los partidos políticos que se presentan en España a las elecciones del próximo 9 de marzo. No, la novedad es que esa declaración sobre la bondad de la cultura, a la que nosotros somos tan aficionados, se acompaña con una medida concreta, medible y presupuestable: cinco horas a la semana. Cinco, probablemente las mismas que se dedican al estudio de una asignatura concreta. La novedad es que nadie pretende integrar a los niños de procedencia inmigrante obligándoles a respetar las tradiciones inglesas, sino animándoles a compartir el gusto por el espíritu crítico, la belleza o el conocimiento, y asegurándoles que la cultura es un concepto ligado a la ilustración y no al romanticismo.

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Modelos de importación Josep Ramoneda en Domingo de El País

Posted in Política by reggio on 17 febrero, 2008

A medida que Barack Obama va marcando puntos en su largo combate con Hillary Clinton, la obamitis va extendiéndose por Europa. Veltroni fue el primero en intentar coger la estela del nuevo rostro de la política americana, de modo que la izquierda italiana ha pasado en poco tiempo del “viva Zapatero” al “lo podemos conseguir”. En realidad, lo de Obama, al fin y al cabo, es una cuestión de estilo, y tiene mucho en común con el talante que hizo victorioso al presidente español. En España sabemos cuán efímeras son estas formas de empatía mediática; esperemos que el estilo Obama no desaparezca, como el talante, en la primera curva del poder. En plena obamamanía, hasta Artur Mas se ha apuntado a la última figura que América ha lanzado al estrellato. Artur Mas siempre ha tenido una querencia por los demócratas americanos -hoy es Obama, ayer fue Gore-, como si buscara en ellos la manera de hacer compatible el liberalismo y el comunitarismo nacionalista.

La política europea es tierra muy gastada. El empeño en desmantelar el Estado de bienestar ha generado un malestar del que los políticos reciben las consecuencias. Hay una sensación de anquilosamiento que nadie sabe cómo romper, mientras el populismo de extrema derecha -que en España es la única derecha que tenemos- va ocupando el vacío que ha dejado tanto discurso de desprestigio de la política, tanta insistencia en la ineficiencia del Estado. Un año atrás irrumpió al galope Sarkozy, y la derecha se quedó sin manos de tanto aplaudir. Era un candidato sin complejos que se convirtió en un presidente omnipotente al que no debía resistirse nada, ni el corporativismo francés, ni las dificultades de los ciudadanos para llegar al final de mes, ni el malestar de las periferias urbanas. Parecía que, por el sólo hecho de llegar al Elíseo, la economía francesa se dispararía y las puertas del cielo se abrirían porque los franceses se pondrían a trabajar como no lo habían hecho nunca. La señora Merkel nunca perdió la compostura, pero las derecha sureñas, y en especial la española, la más ruda, aplaudían a rabiar, como si Sarkozy les tuviera que ganar las elecciones en España. Por fin, un fino espíritu francés diciendo las cosas por su nombre; es decir, por el nombre que la derecha le gusta que tengan: a los inmigrantes, ilegales y sospechosos,y a los marginados, maleantes, y dividiendo la sociedad entre los que quieren trabajar y los que no. Sarkozy ha sido abrasado por los códigos del lenguaje televisivo que creía dominar como nadie. Y súbitamente a la derecha española le ha entrado una extraña amnesia. ¿Sarkozy? ¿De quién están hablando?

Frustrado el espejismo sarkoziciano, la derecha ha vuelto a lo de siempre: a estimular las paranoias de los ciudadanos. A crear y magnificar problemas, en vez de resolverlos, con la esperanza de que el miedo eche a la gente en sus brazos. Y así se promete una ley especial para castigar a los niños que cometen delitos graves, cosa que se da rarísimas veces, o sancionar cosas que ya están sancionadas, como si la poligamia fuera en España una realidad cotidiana. Emigración y seguridad son los terrenos favoritos de una derecha que siempre me ha sorprendido por el desprecio que siente por la gente vulnerable.

En éstas, la izquierda europea descubre a Obama. Obama es la incorporación de la sensibilidad y la sentimentalidad en política, uno de los puntos débiles del pensamiento crítico. Obama es la empatía con los ciudadanos y sus dificultades después de tantos años de encanallamiento de la política, tanto a nivel español, por la furia del aznarismo, como a nivel internacional, por la revolución conservadora americana, dos maquinarias construidas sobre el principio de que la política es la lucha a muerte entre el amigo y el enemigo. Programa por programa, la izquierda europea debería sentirse más cercana al fracasado Edwards que a Obama. Pero éste ofrece optimismo y alegría contagiosa, dos cosas que parecían desterradas de la política de la vieja Europa. Y ofrece futuro en tiempos de presente continuo. Lo que suena muy bien en un momento en que la izquierda europea, que ha permitido que le emborronaran la bandera del Estado de bienestar, no sabe qué nueva enseña coger y se apunta al más socorrido de los recursos políticos: menos impuestos para todos. Obama es un alivio. Pero de nada servirá el alivio si luego no se transforma en políticas. El rápido hundimiento de la sarkomanía o lo pronto que se agotó el talante dan pistas muy precisas: el cambio de estilo es útil para llegar al poder, pero no basta para gobernar. Obama es el síntoma del agotamiento de un paradigma, pero para abrir uno nuevo habrá que dotarlo de contenido. Dichosos tiempos estos en que la ilusión viene de América.

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La hora del corredor de fondo, de Antonio Alvarez Solís en Gara

Posted in Política by reggio on 17 febrero, 2008

Es muy difícil hoy vivir con libertad los procesos del pensamiento. ¿Cómo puede la mente administrar y enriquecer esa libertad cuando las ideas son convertidas en crimen? Riesgo grave. No es infrecuente, y los vascos lo saben, que la mente libre sufra persecución por la justicia. La transición no enterró a Franco y la indignidad circula por la red arterial del poder. Quien no participa del sistema ha de vivir en la soledad del corredor de fondo. Un corredor que hace su travesía no sólo acuciado por las instituciones, sino rodeado de espectadores que tantas veces no se implican en su carrera. Espectadores que han renunciado a la batalla por los grandes principios humanos; es más, gentes que en muchos casos denuestan al corredor por hacerles patente su pasividad.

Es obvio que la batalla por una nueva sociedad presupone adversidades de toda índole. Ser libre resulta ahora deletéreo. Pero ¿qué es el ser humano sin su aventura? Una parte sustancial de la ciudadanía vive en silencio su opresión o sus necesidades; ha llegado incluso a cultivar esa ciudadanía un espíritu de culpabilidad antes que denunciar sus servidumbres espirituales o materiales. Es una época de autopunición, cuando no se proponen alianzas entre los depredadores y quienes son depredados. En el fondo creo observar algo de todo ello en Euskadi por parte de personalidades que hablan de la torpeza del abertzalismo de izquierda al rechazar éste absurdas renuncias a fin de no construir un empobrecedor entendimiento.

Pero entendimiento ¿de qué y para qué? Algo tan sencillo como solicitar una consulta sobre el futuro de una nación es convertido en una sugestión terrorista. O algo tan lícito como reclamar la independencia conlleva el ostracismo o la cárcel tras ser expuestas vidriosas razones para convertir esa reclamación en una perversa criminalidad. El Derecho Penal se ha tornado analógico y extensivo quemando dos largos siglos de batalla por recortar las imputaciones criminales para reducirlas prudente y justamente a quienes cometen materialmente la trasgresión. Se ha regresado, entre otras regresiones, a los jueces reales, encargados de juzgar intenciones políticas o morales -con el derecho del señor- y a la policía personalista. Es más ¿hasta dónde llega el concepto de crimen en nuestros días?

Cuando se trata de actividades en torno a la cosa pública, a la necesaria libertad de pensamiento y a la opresión autocrática es muy difícil establecer una frontera nítida entre crimen y defensa, entre terrorismo y guerra. Cuando las instituciones se convierten en un poder sin ventanas y actúan como reserva intocable de un ideario sacralizado es difícil decidir quiénes son protagonistas de la agresión. Más aún: parece claro que el criterio para definir la criminalidad ha de basarse en la capacidad de libertad y democracia que tenga cada una de las partes contendientes. A menos democracia, más injusta coacción institucional, que se transforma así en violencia; a menos libertad, más justicia parece albergar la respuesta contundente nacida en el territorio asfixiado de la ciudadanía.

¿Quién con la mano sobre el corazón se decantaría por concebir como justa la acción norteamericana en Irak? ¿Quién condenaría como monstruoso terrorismo la sangrienta y dolorosa acción combatiente de las organizaciones ilegales? Para aclarar autorías y depurar responsabilidades sería bueno retornar al principio forense que determinaba la imputación criminal en tiempos de la revolución burguesa: el que es causa de la causa es causa del mal causado. Conlleva graves meditaciones comprobar que los cuidados y reservas que estableció la revolución burguesa resulten hoy tan avanzados.

Hay algo que preocupa extraordinariamente al honrado observador de la dura acción institucional frente al abertzalismo izquierdista: la delegación de poder por parte del Gobierno en la función judicial, que no Poder judicial. Un Gobierno ideológicamente fuerte ha de asumir estas situaciones como sustancia de su acción gubernamental, como problema propio de la actividad negociadora o, en caso extremo, como responsabilidad radical propia con todas sus consecuencia y derivaciones, pero jamás debe recurrir ese Gobierno a unos funcionarios togados para que le hagan el trabajo sucio de decapitar la democracia y la libertad. El Gobierno que recurre a tales delegaciones se invalida absolutamente como gestor de la actividad política, que es su máxima competencia. Y, de paso, contamina irremediable y letalmente la función judicial. Todavía más: un Gobierno incapaz de afrontar por sí mismo las decisiones que crea ha de tomar, con todo su problemático resultado electoral, conduce a la ciudadanía hacia una quiebra muy peligrosa de la paz. El Gobierno no puede proceder, sin más, a una invención de criminalidad sin quemar la confianza que los ciudadanos han de tener en él.

En el caso del Gobierno del Sr. Zapatero parece detectarse algo dramático: el temor al pacto con el Partido Popular, que propone una brutal acción recesiva mediante leyes evidentemente inmorales y prevaricadoras, y a la vez la incapacidad para conducir por sí mismo y a vena abierta la situación vasca. Dos temores escandalosos, una doble impotencia descalificadora y una doble faz absolutamente elemental. El tiempo del Sr. Zapatero pasará a la historia como una época de tetanización de los conflictos. El Sr. Zapatero, con su escandalosa carencia de ingenio político, ha querido hacer la imposible sustitución de la guerra abierta de los «populares» por su insidiosa guerra de guerrillas.

Por analizar queda una segunda parte de esta indecente cuestión: la que se refiere a los vascos que entrenadan las aguas. Ahí se ha de ser sumamente prudente para no clausurar un camino posible a la reunión, al menos temporal, de las fuerzas nacionalistas vascas durante un tiempo de transición. Por tanto, procuremos esa prudencia. Pero quienes califican de inconveniente, con distingos más o menos sutiles, la actuación del abertzalismo izquierdista, habrían de considerar si no abren compuertas muy peligrosas a la acción represiva de Madrid. Creer, si es que lo creen, que los abertzales de izquierda impiden una fructífera conducción de la cuestión vasca hacia un fin satisfactorio y que sin la postura abertzale se lograría el logro del soberanismo equivale a creer que el milagro acontece en la política. Los radicales de izquierda han ofrecido toda suerte de caminos para llegar al escalón básico de la consulta popular. No vale sostener que esa oferta encierra una trampa mortal. En política vale lo que se dice si no lo desmiente una subsiguiente y significativa actuación. Y tampoco es lícito, sin cerrar los caminos a la libertad de pensamiento y acción, decir que esa oferta entraña una colusión con la actuación armada de ETA. La democracia radica en una permanente aceptación de riesgos y suposiciones de verosimilitud. Es evidente que con ETA puede haber múltiples coincidencias en los postulados políticos, rechazando el proceder armado, que uno cree también que cesaría de ser posible un pleno y franco camino para actuar con toda la potencia popular en el marco del soberanismo.

Lo que no resulta sano para la causa vasca es empujar a los abertzales de izquierda y a los partidos de ideología paralela, desde su independencia, hacia un abismo de muerte, ya que no es lícito presionar a nadie para que acepte su propia extinción. Es más, si los abertzales de izquierda han de ser triturados mientras otros nacionalistas miran de soslayo, la ola destructora alcanzará al final a todos, sobre todo teniendo en cuenta que Madrid no renunciará nunca a su ser escurialense. Madrid ha perdido todo contacto cordial con su antiguo mundo porque jamás ha mantenido hacia tales naciones una postura de comprensión y hermandad. España ha dejado tras su dominación un amargo recuerdo de soberbia. La misma soberbia con que van ahora allá banqueros y ciertos empresarios. Ahí radica la gran cuestión para los que en Euskadi creen que el remedio está entre dos aguas.

Antonio Alvarez Solís, periodista.

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Kosovo y las esencias, de Carlos Taibo en Público

Posted in Internacional, Política by reggio on 17 febrero, 2008

Parece fuera de discusión que el proceso que ha conducido a la independencia, por tutelada que ésta sea, de Kosovo arrastra vicios nada desdeñables. Recordemos al respecto, y por lo pronto, que ninguno de los objetivos establecidos hace ocho años por el protectorado internacional ha sido colmado: si por un lado apenas se ha progresado desde entonces en materia de democratización del país, por el otro la economía permanece estancada en un escenario marcado –y esto es al cabo lo más importante– por violaciones serias de los derechos de las minorías. Quienes a esto le atribuyen un relieve singular agregarán que la fórmula abrazada para permitir que la independencia sea un hecho conculca las normas estatuidas al efecto de estas cuestiones en el derecho internacional. Por si poco fuere, ni siquiera quienes defienden el principio de libre determinación –entre ellos me cuento– tienen con qué sentirse satisfechos: aunque a menudo prefiera olvidarse, las principales potencias del planeta han preferido esquivar en Kosovo cualquier criterio inspirado, en los hechos, en ese principio.

Nada de lo anterior justifica, sin embargo, la hostilidad manifiesta con que la abrumadora mayoría de nuestros analistas y políticos, cargados de prejuicios y lugares comunes, ha acogido en los últimos meses el horizonte de un Kosovo independiente. De la noche a la mañana ha desaparecido de nuestro discurso público y mediático lo que –parece– debería ser un recordatorio obligado a la hora de encarar lo que ocurre en el Kosovo contemporáneo: en el decenio de 1990 las autoridades serbias protagonizaron una agresión en toda regla contra los derechos elementales de la mayoría albanesa de la población kosovar. De resultas, la condición autónoma de la provincia fue abolida, se disolvieron el Parlamento y el Gobierno locales, se prohibió el empleo del albanés en el sistema educativo, se instauró un genuino régimen de apartheid y, en suma, cobró cuerpo una ley marcial saldada con numerosos muertos, desaparecidos y detenidos. Quiere uno creer que nada de lo que sucede hoy en Kosovo puede entenderse de no haberse verificado en su momento todo lo anterior, tanto más cuanto que durante ocho años, los que mediaron entre 1989 y 1997, la respuesta de la mayoría albanesa de la población ante tantos desafueros consistió en el despliegue de un olvidado movimiento de desobediencia civil no violenta.

Pero el rechazo, casi unánime, de un Kosovo independiente que se registra entre nosotros bebe también de la certeza, rara vez verbalizada pero evidente, de que los Estados y sus fronteras son sagrados. Sin rebozo se nos dice que, a la hora de determinar si un territorio o una población pueden abandonar el Estado en que se hallan, ello debe ajustarse escrupulosamente a lo que rezan las leyes de éste, en franco olvido, claro, de que esas leyes obedecen casi siempre, como no podía ser menos, a percepciones ontológicamente hostiles a cualquier perspectiva de secesión. Al cabo se nos señala, sin más, que Kosovo es Serbia porque lo dicen las leyes de esta última, sin formular pregunta alguna en lo relativo a cómo y cuándo nació el Estado correspondiente, a la presunta condición democrática de su ordenamiento legal y a las fórmulas que en su momento permitieron la integración de unos u otros territorios y poblaciones en ese Estado. ¿Cuándo se les preguntó, por cierto, a los habitantes de Kosovo si deseaban formar parte de Serbia?

En realidad la forma de razonar de la que acabamos de dar cuenta no tiene, entre nosotros, otro sentido que el que nace de una lectura sesgada vinculada con un problema celtibérico de siempre. Y es que en realidad poco importa lo que haya ocurrido en el pasado, y lo que suceda hoy, en Kosovo: lo que preocupa a los guardianes de nuestras esencias es el efecto que la independencia kosovar pueda tener en materia de las disputas nacionales que se revelan en España. El lector atento rápidamente se percatará de que la universal contestación que la independencia en cuestión merece entre nosotros se ve siempre acompañada de la mención del presumible efecto dominó que le seguirá. Interesa sobremanera subrayar que, de resultas, los procesos de secesión se nos retratan cargados de universales rasgos negativos sin que, de nuevo, se deje espacio para pregunta alguna relativa a su eventual racionalidad. Una vez más lo que despunta es, en otras palabras, la postulación de la bondad intrínseca de los Estados realmente existentes. Cuando se señala, con argumento respetabilísimo, que no parece razonable que se reconozca en Kosovo lo que se rechaza en otros lugares, bueno sería que quienes tal criterio abrazan se planteasen si no habría que pelear, no por la negación del derecho de secesión en Kosovo, sino por la extensión de tal derecho a otros escenarios.

Rematemos con la mención de un fenómeno que se ha revelado sibilinamente, en las últimas semanas, entre nosotros. Curioso resulta el cambio de percepción que se ha operado, con enorme diligencia, en determinados discursos públicos. Los mismos que a lo largo de los 20 últimos años han demonizado de manera visiblemente acrítica todas las políticas que cobraban cuerpo en Serbia parecen recorrer hoy el camino contrario. Pareciera como si la necesidad de pertrechar argumentos que permitan contestar la independencia kosovar condujese a aligerar repentinamente las críticas –a menudo impregnadas, por cierto, de gris xenofobia– vertidas durante dos decenios contra la conducta abrazada por los gobernantes serbios. ¡Qué lejos llegan entre nosotros, supuestamente amparados en la magia que desprenden las palabras democracia y derecho, los defensores cabales de las esencias patrias!

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de ‘Guerra en Kosovo. Un estudio sobre la ingeniería del odio’

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Sí al velo con DNI, de Javier Ortiz en Público

Posted in Política, Religión by reggio on 17 febrero, 2008

Quizá una de las muestras más acabadas del atolondramiento y las prisas con que el PP se ha lanzado a copiar la política de las derechas europeas –de la francesa en particular–, ha sido su propuesta de prohibir el uso del velo islámico en las escuelas, al considerar que esa práctica “rompe radicalmente el elemento central del principio de igualdad entre el hombre y la mujer”, en palabras de Ignacio Astarloa, responsable de Justicia del PP.

Las tensiones que esa iniciativa ha provocado en Francia han sido muy sonadas, pero se han entablado, en todo caso, sobre de una base material y legal muy diferente a la española. Francia es un Estado laico; España se limita a declararse aconfesional. Ninguna religión pinta nada en la escuela pública francesa. En España, por mandato constitucional, “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española”, entre las que sólo cita explícitamente a la católica.

La idea del PP de prohibir que una estudiante vaya a la escuela tocada con un velo, cuando bien puede suceder que tenga de maestra a una monja cubierta por una ceñida toca, es sencillamente ridícula, además de hostil a la Constitución, que garantiza (art. 16.1) “la libertad ideológica, religiosa y de culto a los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público”. No veo yo que portar un velo en la cabeza represente ninguna alteración del orden público. No más, en todo caso, que vestir una sotana o afeitarse una tonsura romana en la coronilla.

Pero la parte más cómica del asunto viene cuando los jefes del PP, empezando por el ínclito alcalde-presidente de Melilla, Imbroda, tratan de salir de la charca en la que se han metido y aseguran que la prohibición del velo sólo tendrá vigencia para las inmigrantes, pero no para las españolas. ¡O sea, que a las inmigrantes hay que conducirlas a la emancipación por narices, pero con las españolas da igual si, como teoriza Astarloa, se “rompe radicalmente el elemento central del principio de igualdad entre el hombre y la mujer”!

Perdónalos, Señor, porque no saben lo que dicen.

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