Reggio’s Weblog

La historia que queda en el callejero, de Julián Casanova en El País

Posted in Historia, Memoria, Política, Religión by reggio on 26 febrero, 2009

El alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, quiere darle a una calle el nombre del fundador del Opus Dei. De nuevo una figura religiosa para ocupar uno de los espacios públicos que el Estado democrático ha despreciado.

Los nombres de las calles en España, como las ceremonias conmemorativas, los festejos o los monumentos, son un claro reflejo de nuestra historia zigzagueante en los siglos XIX y XX. Liberales y absolutistas, ya durante el primer tercio del siglo XIX, bautizaron plazas y calles con nombres constitucionales o antirrevolucionarios, según quién ocupaba el poder, pero fue en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, con el crecimiento y expansión de las ciudades, cuando más ocasiones se presentaron de dar nombres a las calles.

Las principales ciudades españolas doblaron su población entre 1900 y 1930. Barcelona y Madrid, que superaban el medio millón de habitantes en 1900, alcanzaron el millón tres décadas después. Bilbao pasó de 83.000 a 162.000; Zaragoza, de 100.000 a 174.000. No era gran cosa, comparado con los 2,7 millones que tenía París en 1900, con la cantidad de ciudades europeas, desde Birmingham a Moscú, pasando por Berlín o Milán, que en 1930 superaban la población de Madrid o Barcelona. Pero el panorama demográfico estaba cambiando notablemente. La población total de España, que era de 18,6 millones a comienzos de siglo, llegaba a casi 24 millones en 1930. Mientras que hasta 1914 esa presión demográfica había provocado una alta emigración ultramarina, a partir de la I Guerra Mundial fueron las ciudades españolas las que recogieron los movimientos migratorios.

La irrupción de la industria y el incremento de la población transformaron el paisaje agreste, de corte medieval, que mantenían todavía muchas ciudades españolas a finales del siglo XIX. Los nuevos callejeros se dedicaron a honrar a los políticos del momento, liberales y conservadores, a nobles, terratenientes y a las buenas familias de la industria y de la banca. Junto a ellos, aparecieron también las glorias de España, los héroes de la Reconquista y mitos medievales, reyes y emperadores. Y como en España no hubo ruptura religiosa en tiempos de la Reforma protestante y el catolicismo se convirtió en la religión del statu quo, hubo una fusión del españolismo con el catolicismo, bien reflejada en los nuevos callejeros, repletos de personajes de raza, militares y santos. Una historia de hombres, con muy pocas mujeres, salvo las más santas y algunas reinas. De las dos primeras décadas del siglo XX procede además el culto masivo a la Virgen del Pilar y el Corazón de Jesús, dos emblemas de la religiosidad popular española que se trasladaron al callejero de numerosas ciudades y pueblos para recordar a sus habitantes la identidad católica.

Con ese crecimiento de las ciudades, apareció una clara división social de espacio urbano, con barrios ricos y bien equipados y otros pobres e insalubres, y germinó también la semilla republicana, anarquista y socialista sembrada ya en la segunda mitad del siglo XIX. Germinó frente a ese bloque social dominante, del que formaban parte los herederos de los antiguos estamentos privilegiados, la aristocracia y la Iglesia católica, junto con la oligarquía rural y los industriales vascos y catalanes. De ese bloque procedía la mayoría de los gobernantes de un sistema político, el de la Restauración borbónica, seudo-parlamentario y corrupto que excluía, con el sufragio restringido o por el fraude electoral, a eso que empezó a llamarse “pueblo”, a los proletarios urbanos, artesanos, pequeños comerciantes y a las clases medias. Muchos de los profesionales que formaban parte de estas últimas eran o se harían republicanos, que intentaron acercarse a los obreros, competir con el socialismo y el anarquismo, con los que compartirían ingredientes básicos de una cultura política común, sobre todo a través del racionalismo y de la crítica a la Iglesia, intentos, en suma, de superar la dependencia de la religión católica.

Esas clases trabajadoras aparecieron en el escenario público con sus organizaciones y protestas, pero siguieron excluidas del sistema político y sus principales representantes nunca alcanzaron el reconocimiento y la honra con lápidas, monumentos o nombres de calles. Hasta que llegó abril de 1931, la II República y la quiebra de ese orden tradicional. Entonces, los símbolos religiosos cedieron paso a otros ritos laicos, más o menos reprimidos hasta entonces, y se rebautizaron calles y plazas mayores de pueblos y ciudades. Hubo más nombres de significado republicano (plaza de la Constitución, plaza de la República, calle 14 de abril) que de orientación obrera o revolucionaria, aunque la presencia anarquista, comunista o socialista en la zona republicana durante la Guerra Civil dejó su huella en las calles de ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona, las tres capitales de la República en esos tres años, con nombres que honraban a personajes tan dispares y distantes como Durruti, Pablo Iglesias, Marx o Lenin.

Duró poco, sin embargo, esa huella, borrada a golpe de fusil del callejero y de la historia a partir del 1 de abril de 1939. Acabada la Guerra Civil, los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante casi cuatro décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos. Algunos se repitieron mucho, como Franco, Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera, Mola, Sanjurjo, Millán Astray, Yagüe u Onésimo Redondo. Se honraba a héroes inventados, criminales de guerra y asesinos en nombre de la Patria, pero también a ministros de Educación como José Ibáñez Martín, quien, con su equipo de ultracatólicos, echaron de sus puestos y sancionaron, durante la primera década de la dictadura, a miles de maestros y convirtieron a las escuelas españolas en un botín de guerra repartido entre familias católicas, falangistas y ex combatientes.

Cuando Franco murió, en noviembre de 1975, era difícil encontrar una localidad que no conservara símbolos de su victoria, de su dominio y de su matrimonio con la Iglesia católica, en calles y monumentos. Algunos de ellos desaparecieron en los primeros años de la transición a la democracia, sobre todo tras las elecciones municipales de 1979 que llevaron a los Ayuntamientos a numerosos alcaldes y concejales de izquierda. Pero los cambios siempre fueron objeto de disputa y a nadie se le ocurrió aprovechar el callejero para formar o educar a los ciudadanos en una nueva identidad democrática. Muchos políticos de derechas, y sus fieles que les apoyan, siguen defendiendo ahora, pese a la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en diciembre de 2007, que no hay que tocar los nombres de las calles, para no herir susceptibilidades o remover los fantasmas del pasado. Los símbolos franquistas, que aparecieron por la voluntad de los vencedores en una guerra de exterminio contra un régimen legalmente constituido, se funden así con otros tradicionales, patrióticos y religiosos, representando una especie de “imagen oficial” de España, mientras el Estado y las instituciones democráticas se desentienden del asunto o no muestran ningún interés por ocupar los espacios públicos con modelos más dignos para las generaciones venideras.

Por eso no es una cuestión irrelevante la polémica suscitada estos días por el empeño del alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, en dar a una calle el nombre de San José María Escrivá de Balaguer. Su primera intención fue rebautizar con el nombre del fundador del Opus Dei la calle general Sueiro, coronel de infantería en julio de 1936 y uno de los protagonistas de la sublevación militar y de la represión en la capital aragonesa. Cuando apareció la noticia, Luisa Fernanda Rudi, presidenta del Partido Popular de Aragón, declaró que ella “no tenía ni idea” de quién era ese general y que mejor sería que los ediles se dedicaran a algo más productivo que cambiar calles de gente desconocida. En definitiva, la ex alcaldesa de Zaragoza no conocía a uno de los golpistas contra la legalidad republicana en su ciudad y el actual regidor decide honrar a un personaje, santo para la Iglesia católica, inextricablemente unido, él y su institución, a Franco y a su dictadura. El catolicismo, y en este caso un tipo de catolicismo no compartido por muchos de sus creyentes, se impone a los valores cívicos y laicos en el territorio de la política democrática. Pura historia de España.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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La conciencia laxa de los objetores, de Javier Pradera en El País

Posted in Derechos, Política, Religión by reggio on 25 febrero, 2009

La semana pasada se publicaron en su integridad las sentencias dictadas el 11 de febrero por el Pleno de la Sala III del Supremo sobre la aceptación por el Tribunal Superior de Andalucía y la desestimación por el Tribunal Superior de Asturias (en tres ocasiones) de las peticiones de objeción de conciencia contra la materia Educación para la Ciudadanía (EpC) y los Derechos Humanos, Educación Ético-Cívica y Filosofía y Ciudadanía presentadas por padres de alumnos. La lectura de esas cuatro resoluciones pone de manifiesto la dudosa buena fe y la falta de honradez intelectual de la campaña lanzada por la Conferencia Episcopal y por el PP contra la incorporación a los planes de estudio de esas asignaturas obligatorias, utilizando además a los escolares, a sus padres y a sus profesores como carne de trinchera.

Esa ofensiva forma parte de una estrategia general de la Jerarquía Eclesiástica y de la derecha conservadora para exigir al Estado aconfesional de la Constitución de 1978 que subordine la moral de toda la sociedad española a los mandamientos religiosos obedecidos sólo por una parte de la ciudadanía. Durante el franquismo, el Concordato con la Santa Sede aseguró con siete candados la servidumbre de las costumbres y de la enseñanza a la doctrina vaticana. Las zonas de autonomía conquistadas tras el restablecimiento de la democracia en los ámbitos de la libertad sexual, divorcio, control de la natalidad, interrupción voluntaria del embarazo y matrimonio homosexual han encontrado la feroz resistencia de la Conferencia Episcopal. El terreno de la educación (en los aspectos financieros y de contenidos) ha sido también escenario de batallas campales de una Iglesia católica que se resiste a perder su antiguo y rentable monopolio educativo.

Pero una sociedad democrática que descansa sobre el pluralismo necesita un espacio ético común subyacente a los idearios sectoriales de los ciudadanos. Los derechos humanos garantizados por la Constitución expresan los valores que sirven de sustrato moral al sistema político. La beligerante actitud de la jerarquía eclesiástica contra esa ética compartida, independiente de la religión y subyacente a los derechos fundamentales, está en el trasfondo de la consigna dada a los padres de familia (que corrió como reguero de pólvora) para plantear la objeción de conciencia. Las sentencias dictadas por el Supremo cierran el camino a los casos aún pendientes de juicio. La objeción de conciencia ahora rechazada invocaba los artículos 16.1 (que ampara la libertad ideológica) y 27. 3 de la Constitución (que garantiza el derecho de los padres a que sus hijos reciban formación religiosa y moral acorde con sus convicciones). Según las sentencias, la nueva materia es ajustada a derecho: su obligatoriedad es un deber jurídico válido. La Constitución no otorga a la objeción de conciencia ante un deber jurídico la condición de derecho fundamental de alcance general; sólo la menciona a propósito del servicio militar. El reconocimiento de esa dispensa en el campo educativo es inexistente. Y los derechos de los padres sobre la educación de sus hijos se hallan limitados por los derechos del Estado sobre la materia amparados por los parágrafos 2 y 5 del artículo 27 de la Constitución.

Una pléyade de periodistas y tertulianos chistosos de profesión pretenden desacreditar la disciplina mediante chuscos paralelismos con el anterior régimen. Siempre obediente a sus asesores mediáticos, Esperanza Aguirre también descalificó EpC como versión socialista de la Formación del Espíritu Nacional franquista. Los objetores asturianos consideran los contenidos de la asignatura como adoctrinamiento ideológico propio de “los regímenes fascistas o marxistas-leninistas”. Y quienes impusieron bajo el franquismo la obligatoriedad de la enseñanza de religión y defienden ahora la catequesis católica como asignatura del mismo rango que las matemáticas culpan a la nueva disciplina de tratar de imbuir en el alumnado los falsos valores del relativismo, el positivismo y la ideología de género. Sucede, sin embargo, que EpC, incorporada en 2007 a los planes de estudio, no es una herencia del franquismo -con el que convivió simbióticamente la Iglesia católica- sino una innovación pedagógica de los sistemas democráticos, patrocinada por la Recomendación de 2002 del Comité de Ministros del Consejo de Europa y por la Recomendación Conjunta del Parlamento de Europa y del Consejo de la UE de 2006.

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¿Laicidad contra laicismo?, de José María Martín Patino en El País

Posted in Derechos, Libertades, Política, Religión by reggio on 20 febrero, 2009

La declaración colectiva del episcopado francés de 1996 puede ser considerada como la carta magna de la laicidad en el seno de la Iglesia católica. Allí se renuncia a la imposición y se adopta la proposición.

Me figuro que los inventores del sufijo ismo no pensaron en la descalificación, sino en las actitudes o movimientos innovadores: “puritanismo”, “modernismo”, “nacionalismo”, “socialismo”… Y ya sabemos que los innovadores corren el riesgo de equivocarse. No me parece justo empobrecer la carga semántica del fonema “laicismo”.

Del laicismo, el diccionario de la RAE se limita a decir: “doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa”. Los que arrasaban conventos y asesinaban a curas y monjas estaban ebrios de venganza, pero no pueden presentarse como prototipos de laicismo. Los presidentes de las tres iglesias cristianas de Francia se referían, no hace mucho, al laicismo de la primera mitad del siglo pasado con la expresión más exacta de laïcité de combat. Algún prelado español debe estar más informado y se refiere al laicismo como “la laicidad a la francesa”. Por este camino se va en busca de las diferencias y se termina inevitablemente en la confrontación.

Creo que es imposible llegar a la solución de los problemas si nos dedicamos a abultar de manera habitual sus relieves más conflictivos. No es éste el procedimiento de solucionar y menos arrancar de raíz los conflictos sociales. Contribuimos a convertirlos en insolubles y, lo que es peor, en males nacionales.

Dentro de la Iglesia católica, Pío XII, dirigiéndose a un grupo de italianos de la región de las Marcas el 23 de marzo de 1958, se refirió a lo que él llamaba “legítima y sana laicidad del Estado”. En Francia, a pesar del Concordato de 1801 no aparece el término laïcité, ni figura ni forma parte de los ideales republicanos hasta después de la guerra de 1870. La Tercera República aprobó entre 1880 y 1905 un verdadero arsenal de leyes laicas sin emplear una sola vez el término laicidad. Todavía en las vísperas de la guerra de 1914, figuraba como neologismo y hasta final de siglo no fue admitido en la Enciclopedia Universalis (vol. 9, Paris, 1980, col. 743-747). Las autoridades lingüísticas son más severas que el pueblo en la aceptación de neologismos. Tampoco el abstracto “laicidad” figura en la última edición de nuestro diccionario de la RAE.

La jerarquía católica, en general, no puede negar la fuerte evolución semántica del término laicidad. Basta comparar el juicio que hacía San Pío X en la encíclica Vehementer nos (6, febrero 1906), dos meses y medio más tarde de la Ley de Separación votada en el Parlamento francés por la izquierda republicana. El Pontífice decía textualmente: “Es una tesis absolutamente falsa y un error pernicioso afirmar que sea necesario separar al Estado de la Iglesia”. Porque, en opinión de San Pío X, injuria a Dios, fundador de la sociedad humana, el que niega el orden sobrenatural, limitando el horizonte del Estado al fin de la prosperidad pública. Pervierte el orden establecido por Dios que exige la concordia armoniosa entre la sociedad religiosa y la civil.

La historia de dos siglos, a la vez tempestuosa y apasionada, demostró que la laicidad puede convivir con las religiones en un régimen pacífico y abierto. El ralliement (acercamiento) de León XIII culminó en la carta colectiva de la Conferencia Episcopal Francesa en diciembre de 1996: Proposer la foi dans la société actuelle (Proponer la fe en la sociedad actual). La insistencia del verbo “proponer” en vez del antiguo “imponer” fue típica de Juan Pablo II. Los medios, y aun el mismo estilo verbal, le hacen malas pasadas a la predicación de los católicos. No todos los medios de exponer sintonizan con el Evangelio.

Los franceses, en todo el documento al que estamos aludiendo, se tomaron muy en serio el verbo “proponer”. De ahí la importancia trascendental y la eficacia social que consiguió esta Declaración Colectiva de la Conferencia Episcopal francesa a partir de 1996. Hay que leerla toda, pero aquí nos tenemos que conformar con dos cortos párrafos:

“La separación de la Iglesia y del Estado, después de un siglo de experiencia, puede verse como una solución institucional que, permitiendo de manera efectiva distinguir lo que concierne a Dios y lo que concierne al César, ofrece a los católicos de Francia la posibilidad de ser actores leales a la sociedad”.

“Afirmar esto,” prosigue el documento, “equivale a reconocer el carácter positivo de la laicidad, no tal como ella fue en sus orígenes, cuando se presentaba como una ideología conquistadora y anticatólica, sino tal como ella ha llegado a ser después de un siglo de evoluciones culturales y políticas: un marco institucional, y, al mismo tiempo, una actitud del espíritu que ayuda a reconocer la realidad del hecho religioso, especialmente del hecho religioso cristiano, en la historia de la sociedad francesa”.

Importa decir que este comportamiento del episcopado francés fue propuesto como ejemplar por el papa Juan Pablo II, el 11 de febrero de 2005, cuando la Iglesia de Francia se disponía a celebrar el primer centenario de la Ley de Separación. En mi opinión, estamos ante la Carta Magna de la Laicidad en la Iglesia Católica y es lástima que no podamos recorrer y analizar detalladamente todas sus líneas. El Papa había recibido a todos y cada uno de los obispos franceses en la visita ad limina de 2004, víspera del primer centenario de la Ley de Separación.

“A través de vuestras informaciones personales”, dijo Juan Pablo II, “he participado de vuestras preocupaciones y alegrías de pastores y en ellas habéis manifestado las relaciones positivas que mantenéis con los responsables de la sociedad civil. Aquella Ley fue un acontecimiento doloroso y traumático para la Iglesia de Francia. Regulaba la manera de vivir en Francia el principio de laicidad, y, en este marco, no mantenía más que la libertad de culto, relegando al mismo tiempo el hecho religioso a la esfera de lo privado… Sin embargo, desde 1920 el Gobierno francés ha reconocido, en cierto modo, el lugar del hecho religioso en la vida social”.

“Deben considerarse”, prosiguió el pontífice, “los esfuerzos realizados por las dos partes para mantener el diálogo. Entre otros nuevos avances en las relaciones de la Iglesia con el Estado francés se ha llegado en estos últimos años a la creación de un diálogo al más alto nivel, abriendo el camino, por una parte, a la reglamentación de las cuestiones pendientes o de dificultades que puedan presentarse en distintos dominios y, por otra, a la realización de algunas colaboraciones en la vida social enfocadas al bien común”.

Entre los rasgos más sobresalientes de la aplicación del principio de laicidad, el Papa señaló el siguiente: “Debido a vuestra misión, estáis llamados a intervenir regularmente en el debate público sobre los grandes temas de la sociedad”.

La laicidad del Estado que ahora se invoca en todo momento, que ocupa muchas páginas de la prensa y que divide a la opinión pública, es, según Emile Poulat, “una idea sencilla, una historia larga y una realidad muy complicada”. Aun el mismo Immanuel Kant renunciaría a escribir la “crítica de la laicidad pura”. Es fruto de un proceso histórico, de una aventura intelectual y política, una manera de concebir el papel y el sitio de la religión en el espacio público de una sociedad moderna.

En las democracias europeas se dictan leyes como las nuestras sobre la enseñanza, sobre la vida prenatal y sobre la unión conyugal. Y los episcopados de esas naciones proponen públicamente la misma doctrina de la Iglesia. Si exceptuamos la pintoresca intervención de Berlusconi a propósito de la joven Englaro, cuesta encontrar protestas de políticos cuando las Conferencias Episcopales se pronuncian sobre alguna ley. ¿Será cosa del énfasis o del tono amenazante de nuestra jerarquía española? La verdad más evangélica puede degradarse con la utilización de medios menos evangélicos. ¿O será verdad, como sospecha Edgar Morin, que nuestro “laicismo” ha caído en el trou noir del dogmatismo progresista?

José María Martín Patino es presidente de la Fundación Encuentro.

Ratzinger contra Roma, de Pedro Miguel en La Jornada

Posted in Política, Religión by reggio on 11 febrero, 2009

Si los de la conspiración judeo-masónica existieran, estarían felices de ver a un pontífice que se la pasa dándole de patadas a la Iglesia. En cosa de una semana, Joseph Ratzinger involucró al Vaticano con los neonazis que niegan la realidad histórica del exterminio de judíos durante el Tercer Reich e hizo ronda con el impresentable Silvio Berlusconi en el afán por mantener de manera indefinida la tortura contra Eluana Englaro, la mujer italiana que permaneció 17 años en estado de muerte cerebral y que desde ayer, por fortuna, ha logrado descansar en paz.

En el primer caso, Ratzinger levantó la excomunión que pesaba contra el obispo fundamentalista Richard Williamson y contra otros integrantes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, establecida por el fallecido Marcel Lefèbre para dar cauce a la rebeldía tradicionalista ante el Concilio Vaticano II. Días antes del perdón papal, Williamson había porfiado en sostener que las cámaras de gas no existieron y que el número de hebreos asesinados en los campos de concentración de Hitler fue de entre 200 y 300 mil, y no de entre cinco y medio y seis millones, como lo indican los hechos. “El Holocausto sí existió”, se asustó El Vaticano, pero ya era tarde. Muchos católicos se sintieron violentados por la reincorporación a su Iglesia de un hombre que participa en los intentos de minimizar uno de los peores crímenes de la historia. Para diversas organizaciones judías, el perdón concedido a Williamson fue una bofetada: el Consejo Central de los Judíos en Alemania anunció la suspensión de sus relaciones con El Vaticano. Y otros, ni judíos ni católicos, se preguntan de qué puede servirle a Roma la reinserción de individuos como los obispos lefebvrianos, enfermos de odio hacia la modernidad, la verdad, la ciencia y la diversidad. Por lo demás, y aunque no tuviese nada que ver, en el momento presente no pasa inadvertido para nadie que la excomunión de Williamson fue decidida por Karol Wojtyla, un hombre que fue víctima de los nazis, y que ahora es revertida por Joseph Ratzinger, quien nunca ha pedido perdón por haber sido nazi.

En paralelo con este traspié que huele a retorno histórico, el cardenal Javier Lozano Barragán, del consejo pontificio de asuntos de salud, involucró al Vaticano en la causa horrenda del encarnizamiento contra pacientes sin esperanza. Berlusconi había visto, en la perpetuación del martirio de Eluana, la posibilidad de ganarle atribuciones a la jefatura de Estado y se lanzó a fondo en el atropello: “Esa mujer podría tener un hijo”, exclamó el mafioso, cuando el padre de la mujer parecía haber ganado la interminable batalla judicial para procurarle a su hija una muerte digna. Berlusconi recibió el respaldo inopinado del Vaticano, que por boca de Lozano Barragán calificó de “abominable asesinato” la interrupción de la vida artificial de lo que quedaba de Eluana. Ratzinger, con su aprobación tácita a los dichos del religioso mexicano, confirmó que su papado está en favor de lo que Giuseppe Englaro describió como “tortura inaudita” y “violencia inhumana”.

Si en cosa de una semana el Vaticano de Ratzinger ofendió a los judíos y a los enfermos terminales, en episodios anteriores, este Papa ha agraviado a las mujeres, a los protestantes, a los musulmanes, a los homosexuales, a los indígenas americanos y a los habitantes de Gaza, es de suponer, toda vez que, en las horas en que éstos eran masacrados sin asomo de piedad por un ejército asesino, les deseó “que Dios los bendiga con su consuelo, la paciencia y la paz que proceden de Él”.

Carente del sex appeal de su antecesor e incapaz de concitar el entusiasmo de las masas, de espaldas al mundo moderno y concentrado en la preservación del misterio de María, Ratzinger ha llevado a la Iglesia católica a un estado de languidez sin precedentes. Sus subordinados del Vaticano harían bien en considerar la sugerencia del teólogo Hans Küng y convencerlo para que renuncie al cargo.

navegaciones@yahoo.comhttp://navegaciones.blogspot.com

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Eluana y los cuervos, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Política, Derechos, Religión, Libertades by reggio on 10 febrero, 2009

– 1. La actuación de Berlusconi y del Vaticano en el llamado caso Eluana, la joven italiana que consiguió morir ayer, es un ejemplo más del desprecio de los poderosos por la condición humana. El Vaticano ya nos tiene acostumbrados. Desde sus posiciones obstruccionistas en la lucha contra el sida hasta su reiterado rechazo a determinadas técnicas de reproducción asistida, una y otra vez, las autoridades religiosas dejan claro que los dramas personales no tienen para ellos ninguna importancia al lado de los dogmas de su creencia. La voluntad de Dios, de la que se arrogan la interpretación sin ninguna vergüenza, está muy por encima de los sufrimientos de las personas. Es más, la imagen que su acción transmite es la de un Dios cruel cuya vanidad se satisface viendo como las personas lo pasan mal. Y lo único que le saben decir a la familia Englaro es que dediquen su sufrimiento a Dios y que confían en “las curaciones milagrosas”. La púrpura papal hace estragos: da apuro ver a un intelectual como Ratzinger predicando la salud de los curanderos.

Tampoco de Berlusconi nos sorprende. Basta oír sus gracias sobre las mujeres o sobre los inmigrantes para ver que su relación con el Otro pasa por el desprecio del que cree que todo le está permitido. Pero su actuación en el caso Eluana supera todos los precedentes. En su lucha contra los poderes del Estado, para instalar un régimen populista de derechas, Berlusconi utiliza sin escrúpulo un drama personal que ha provocado una gran conmoción en Italia. Que Eluana siguiera viva o muerta no era el problema de Berlusconi. Ha visto en este caso la oportunidad de seguir con su proceso de destrucción del Estado democrático italiano y ha cogido la misma bandera que el Vaticano. Después de haber destruido la libertad de expresión con su monopolio mediático, después de haber dejado por los suelos a la justicia italiana cambiando la ley permanentemente para garantizarse la impunidad, ahora quiere cargarse los últimos contrapesos del sistema, empezando por la presidencia de la República, por la negativa a firmar el decreto que impide la muerte de Eluana Englanaro. Hasta Giulio Andreotti ha salido en defensa de Giorgio Napolitano, que ha negado su apoyo una ley inconstitucional. Berlusconi va a por la Constitución. Con la emotividad del caso Eluana como coartada. Utilizando la desgracia humana para sus designios políticos, demuestra a todo el que quiera entenderlo que su voluntad de poder no tiene límites, y que ni siquiera el ámbito más privado queda fuera de ella, y, por supuesto, que el drama de una persona es irrelevante frente a la voluntad política. Cuando el poder invade la intimidad, aunque ésta esté protegida por el Tribunal Supremo, algo grave acontece: el tufo a totalitarismo es indudable. La alianza del dinero y el altar contra una indefensa familia, que ha respetado la ley hasta el último momento, y que cuenta con que la justicia le ha dado la razón, es estremecedora. ¿Qué enfermedad vive la sociedad italiana que es incapaz de reaccionar ante el dominio berlusconiano? ¿Tan pesada es la herencia del sistema triangular de posguerra: el Vaticano, la mafia y el partido comunista?

– 2. Pero, evidentemente, el caso Eluana lleva incorporados otros debates. Por ejemplo, el de la independencia de los poderes, porque Berlusconi lo que está haciendo, ni más ni menos, es enfrentarse al Tribunal Supremo, impedir el cumplimiento de una sentencia de éste. Nada sorprendente en un presidente que se ha dedicado sistemáticamente a burlar la ley con cambios legislativos para no acabar en la cárcel. Mario Conde y Silvio Berlusconi iniciaran sus andanzas en política por la misma época, en los años de impunidad anteriores a la crisis de la década de 1990. Mario Conde ha pasado un montón de años en la cárcel, Silvio Berlusconi preside el Consejo de Ministros. La superioridad del Estado derecho español sobre el italiano parece manifiesta.

Pero este caso presenta también la cuestión del papel de la Iglesia en la escena pública. Si el uso del caso Eluana por parte de Berlusconi busca la reforma constitucional, el uso de este caso por parte del Vaticano busca el retorno de la Iglesia a la escena política. Ha sido uno de los empeños del cardenal Ratzinger desde que llegó al poder, expresado en el mal leído discurso de Ratisbona, en que invitaba a las religiones del libro a volver a la escena pública.

Sin ninguna duda, la Iglesia como cualquier otra institución privada tiene todo el derecho a expresarse en el debate público. Como cualquier otra institución con su palabra contribuye a configurar los estados de opinión, que se van formando en el intercambio comunicacional a muchas voces. Es, por tanto, perfectamente legítimo que la Iglesia se manifieste en este caso como en cualquier otro. Es su opinión, que como tal queda sobre la mesa, susceptible de ser sometida, como todo, al análisis crítico de la razón. Se supone además, pero esto es una cuestión interna que no nos concierne a los demás, que la palabra de la jerarquía eclesiástica debe tener eficacia directa sobre sus feligreses. Aunque, a juzgar por la evolución de la opinión pública, o éstos son pocos o cada vez hacen menos caso a sus jefes. Pero lo que no puede pretender la Iglesia es que su palabra, con la coartada de hablar en nombre de Dios -técnicamente, de blasfemar-, quede fuera del juicio crítico. Porque se empieza alzándose sobre los hombres con el argumento de que su palabra es divina y se acaba convirtiéndolos en pura nada, carne de cañón para la gloria de Dios. Es la negación de la humanidad del hombre, que algunos han descubierto viendo Camino.

Eluana murió mientras Berlusconi y el Vaticano libraban a su costa una batalla contra la Constitución el primero, para ocupar la escena pública, el segundo. Aquí no hay debate, hay simple y llanamente abuso de poder. Pero ya se sabe que forma parte de la cultura del poder recordar a las personas su insignificancia, meros instrumentos al servicio de los grandes designios. Por sus obscenidades les conoceréis.

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Vaticanadas, de José Saramago en su Cuaderno

Posted in Política, Religión by reggio on 10 febrero, 2009

O vaticanerías. No consigo ver a los señores cardenales y a los señores obispos trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret, apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y seguramente no lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica que Fellini, genialmente, colocó en Ocho y Medio para su y nuestro disfrute. Estos señores se suponen investidos de un poder que sólo nuestra paciencia ha hecho perdurar. Se dicen representantes de Deus en la tierra (nunca lo han visto y no tienen la menor prueba de su existencia) y se pasean por el mundo sudando hipocresía por todos los poros. Tal vez no mientan siempre, pero cada palabra que dicen o escriben lleva por detrás otra pegada que la niega o limita, que la disimula o pervierte. A esto ya muchos más o menos nos habíamos habituado antes de pasar a la indiferencia, cuando no al desprecio. Se dice que la asistencia a los actos religiosos va disminuyendo rápidamente, pero me permito apuntar que también es menor el número de personas que, aun no siendo creyentes, entran en una iglesia para disfrutar de la belleza arquitectónica, de las pinturas y esculturas, de todo ese escenario que la falsedad de la doctrina que lo sustenta al final no merece.

Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la sociedad civil, las cuentas no les salen. Ante el lento aunque implacable hundimiento de este Titanic que es la iglesia católica, el papa y sus acólitos, nostálgicos del tiempo en que imperaban, en criminal complicidad, el trono y el altar, recurren ahora a todos los medios, incluyendo el chantaje moral, para inmiscuirse en la gobernación de los países, en especial aquellos que, por razones históricas y sociales, todavía no han osado cortar las amarras que sieguen atándolos a la institución vaticana. Me entristece ese temor (¿religioso?) que parece paralizar al gobierno español siempre que tiene que enfrentarse no sólo a enviados papales, sino también a los “papas” domésticos. Y digo todavía más: como persona, como intelectual, como ciudadano, me ofende la displicencia con que el papa y su gente trata al gobierno de Rodríguez Zapatero, ese que el pueblo español eligió con entera conciencia. Por lo visto, parece que alguien tendrá que tirarle un zapato a uno de esos cardenales.

Esta entrada fué posteada el Febrero 8, 2009 a las 10:31 pm.

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El viaje de Bertone a España deja a Rouco sumido en la complejidad, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política, Religión by reggio on 7 febrero, 2009

Las relaciones Iglesia-Gobierno adoptan una clara dimensión triangular

La visita del secretario de Estado del Vaticano a España ha dejado al cardenal Antonio María Rouco Varela sumido en la complejidad, (que no en la perplejidad, puesto que es bien conocida la inteligencia estratégica y la notable maestría en la gestión del tiempo del actual presidente de la Conferencia Episcopal).

Todo sigue igual para el influyente arzobispo de Madrid y algunas cosas importantes han cambiado para el hombre que hace unos años era calificado por la facción más entusiasta de la prensa capitalina como el Papa de España, esto es, líder indiscutible de un catolicismo de renacido ímpetu nacional, interlocutor directo del Papa de Roma y referente imprescindible de la política española, entendida esta en el sentido más amplio, real y dinámico del término.

Ha habido siempre en Rouco Varela un proyecto de cardenal Richelieu español, aunque sus críticos posiblemente tomarían como referencia al cardenal Segura, el más férreo de los eclesiásticos que en los años treinta chocaron frontalmente con la Segunda República (don Pedro Segura también colisionó con Franco: no le quería ver bajo palio).

La visita del cardenal Bertone no ha desautorizado al incisivo presidente del episcopado (cualquier hipótesis en este sentido era y es totalmente descabellada), pero ha subrayado la primacía de Roma en la difícil dialéctica con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, laicista a fuer que anti-neoliberal. A partir de ahora, la relación adopta la forma de un triángulo (Vaticano, Gobierno y Conferencia Episcopal). ¿Triángulo equilátero, isósceles o escaleno? ¿Cada lado con la misma longitud, sólo dos lados iguales, o los tres desiguales? Pronto lo veremos. Ayer mismo, al término del Consejo de Ministros, la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega parecía apostar por el isósceles: prioridad a la relación del Gobierno con el Vaticano, recortando o minimizando la longitud política del episcopado español. De nuevo hubo ayer en la Moncloa cálidas lisonjas para don Tarcisio Bertone.

Es la primera vez que el cardenal Rouco -tres veces presidente del episcopado desde 1999- se enfrenta con tal complejidad. Durante el anterior pontificado, el secretario de Estado de Juan Pablo II, cardenal Angelo Sodano, jamás pisó España en alta y exclusiva misión político-diplomática .

Al polígono con tres lados, el Vaticano le ha añadido una línea mediana: el cardenal Antonio Cañizares, hasta ayer en Toledo y recién nombrado prefecto de la Congregación para el Culto Divino. Cañizares era el acompañante de Bertone, señal inequívoca de que va a tener un peso importante en el eje Roma-Madrid. Cañizares y Rouco se hallan distantes. Cañizares quiere cambios en la Cope y Rouco se resiste. Cañizares quiere menos interferencias de la Iglesia en el PP y Rouco apenas se habla con Rajoy.

Otra línea mediana conduce al baricentro de esta semana eclesiástica: el nuncio en España. El portugués Manuel Monteiro de Castro, vilipendiado por la Cope como “amigo de los masones”, ha sido el principal ingeniero del viaje de Bertone a España.

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Unas notas para el ‘número dos’ del Vaticano, de Lluís Izquierdo en El País

Posted in Política, Religión by reggio on 7 febrero, 2009

En el país del “yo me lo guiso, yo me lo como”, el cacique principal -aparte de Juan Palomo- es la Iglesia, una institución tan mayúscula en sus aspiraciones como cicatera en la distribución de sus dones. La reciente visita de monseñor Bertone lo demuestra.

La opresión de la Iglesia sobre el cuerpo escasamente místico de España -si se exceptúa el hambre, que sin remedio la ha transustanciado en metafísica- representa un lastre tan sobrenatural que no hay manera natural de entenderse con tan consagrada institución. Pues digámoslo de una vez: son ustedes, usted incluido, intratables; y además expertos en ceremoniosas diplomacias traperas para mantener cautiva una población que se bautiza una vez, comulga tal vez dos y a la que ustedes rocían de óleos para despedirla.

La naturalidad está prohibida, perdón, es pecado, según ustedes. Es natural que un Gobierno aspire a ser laico, digo yo, desde hace 30 años. Lo que no es tan natural es que sólo aspire a serlo y, peor aún, que padezca constantemente por no serlo. Aquí, el divino impaciente debe ser la gente como yo, muchísimos más de los que aparecen, a pesar de la renuencia atávica a disentir públicamente (hasta los socialistas mendigan indulgencias) de los favores y prédicas de Su reparto sobrenatural.

Reconózcame, monseñor Bertone, el respeto mayúsculo que verifico hacia Su Excelencia. Pero desearía -soy un soñador- mejorarlo, a la recíproca. ¿Escucha usted todo lo que oye? ¿Ve usted todo lo que mira? Le confieso -ya salió- que tampoco es fácil para cualquier pobre mortal, éste que le escribe incluido, reconocer la complejidad del mundo, las miserias en las que incurrimos (no usted, sobrenaturalmente) y la serenidad que tanta falta hace para aprender a vivir menos encarnizadamente. Este año, en marzo para ser más precisos, se cumplen dos siglos del nacimiento de Mariano José de Larra, el escritor romántico que mejor auscultó la realidad conflictiva de este país, el que más padeció por su ciudadanía (muy escasa, gracias a ustedes, la Iglesia) y quien, desesperado de sus 28 años sin esperanza, se suicidó.

Se cumplen también 70 del final de una guerra civil en la que a los desaguisados naturales y crímenes horribles de unos, con su resentimiento secular, se opusieron los no menos nefandos y represivos, con previsión sobrenatural, de los otros; quienes, por lo demás, persistieron hasta los años 70 en eclipsar el legado común de progreso educacional que la II República había programado y puesto en circulación por toda España.

Puede usted consultar, pues buen ojo no le falta y el mal de lo mismo no se lo deseo, un estremecedor artículo de Larra titulado Dios nos asista. No lo glosaré, es muy conocido y de fácil localización en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantes.es). Lo decisivo al respecto es que todos precisamos de asistencia. Asistencia de respeto, asistencia de reconocimiento, tanta asistencia que todavía necesitamos que Dios nos asista. Tan es así que la alarma por la ausencia de Dios hubo de sentirla como el que más un católico royaliste, Georges Bernanos, cuando -habitante en Mallorca con un hijo adherido a la Falange- hubo de asistir a la represión tan ecuménica como brutal del franquismo. Los grandes cementerios bajo la luna, con un prólogo que sobrecoge por el fervor de su pureza acendrada en los paisajes de su infancia –le pays d’Artois-, es el título que nos legó. Y que Hannah Arendt juzgó como la denuncia cabal del fascismo.

El libro habla de los desafueros de quienes más obligados debían estar al don del perdón y de la tolerancia (se supone que quienes se acreditan de cristianos) y supone un auténtico clamor de conciencia, más allá y más a fondo de las diatribas en las que se resuelve el ultraje que como católico experimentaba el católico escritor.

Bernanos habló también de poesía. Y dijo: Je définirais ainsi la poésie: l’écho de la plainte humaine, répercutée par les cieux, o sea que la poesía sería el eco del lamento humano, repercutido por los cielos.

A esos cielos emplazaría -la poesía puede ser una forma de piedad exigente- el talante y la disposición conciliadora (dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios) de los depositarios, ojalá practicantes, del Evangelio.

Por lo demás, los laicos seguimos sufragándoles con nuestros impuestos y, a cambio, ustedes nos permiten morir infinitamente, someter a disposición del dogma el curso de la vida en las mujeres y, encima, callar o sólo muy tarde alertar de la diversidad de abusos y monopolio de la vida interior que pretende la púrpura jerárquica de su inmaculada concepción. Sobre todas las naciones, ciertamente, les queda España. Y es que el pensamiento, aquí, siguen ustedes disfrutándolo oprimido.

Y, con todo, es la sola libertad que nos queda. Y el pensamiento, si no es inmaculado, es decir, sin trabas, sólo puede acabar corrupto. Algunas cosas, alguna vez, hay que intentar decirlas. Tampoco le iría tan mal a la Iglesia, si quiere sobrevivir, airearse un poco.

Lluís Izquierdo es poeta y catedrático de Literatura de la Universidad de Barcelona.

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La visita del cardenal, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política, Religión by reggio on 7 febrero, 2009

ASUNTOS INTERNOS

No es tan guapo como aquel bostoniano y elegante Cardenal de Otto Preminger -interpretado por Tom Tryon-, pero Tarcisio Bertone tiene toda la pinta de haber nacido cardenal. Tiene cara de cardenal, gafas de cardenal, nombre de cardenal, estatura de cardenal y los ropajes le sientan tan bien como al cardenal de Hollywood. Además, Bertone es un cardenal más simpático que Rouco Varela. Una vez le preguntaron qué opinaba de la clonación y dijo que estaba en contra, aunque dispuesto a hacer una excepción con Sofía Loren. Además, como obispo de Génova se ganó a la opinión pública haciendo de comentarista de partidos de fútbol en una televisión local. Bertone es salesiano y a diferencia de otros diplomáticos vaticanos más acostumbrados a hablar con Dios que con los hombres, le gusta el contacto con la gente.

Este campechano cardenal, secretario de Estado del Papa, ha visitado Madrid y a su regreso al Vaticano ha comentado que piensa darse una vuelta por España todos los meses, habida cuenta de que le han tratado a cuerpo de rey. Gobierno, oposición y Casa Real desplegaron a su paso las alfombras más mullidas, su foto fue portada de todos los diarios españoles y su imagen abrió los informativos de televisión. Al cardenal pueden haberle halagado igual de bien en otros países, pero mejor es imposible.

¿A qué viene tanto mimo sobreactuado hacia el cardenal por parte del Gobierno más laico -teóricamente- de la UE? No se entiende muy bien, dado que algunas explicaciones que se han dado parecen de broma. Como la que sostiene que el presidente Zapatero con su sonrisa y la vicepresidenta De la Vega con su conversación pretenden abrir una cuña entre el Vaticano bueno y los obispos españoles malos. ¿Se puede decir esto hablando en serio? También se ha asegurado que el Gobierno quiere ablandar la posición del Vaticano sobre la reforma de la ley del aborto, un objetivo muy realista teniendo en cuenta lo permeable que la Iglesia se muestra en relación con este tema. Incluso de forma extraoficial se afirma que matando a besos al cardenal, es posible que la Cope acabe echando a Federico Jiménez Losantos. Pensar que entre las muchas y graves preocupaciones de la Iglesia Universal de Roma figura la Cope es tan tonto como creer que el Vaticano va a ponerse del lado de Zapatero en su enfrentamiento con Rouco Varela.

Los mimos, halagos y lisonjas del Gobierno hacia Bertone han sido exagerados, infantiles incluso. Como el niño que se porta mal y pide perdón dando muchos besos. ¿Se sentirá el Gobierno culpable de algo? No debería, aunque tal ha parecido que el Gobierno se estaba confesando con el cardenal.

© Mundinteractivos, S.A.

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Gato encerrado, de Justino Sinova en El Mundo

Posted in Política, Religión by reggio on 6 febrero, 2009

EL REVES DE LA TRAMA

Yo no creo que Zapatero pensara que con un trato tan cordial iba a doblar la voluntad del número dos de la Santa Sede, Tarcisio Bertone, en asuntos fundamentales para el eclesiástico. Ni que confiara en que las artes de De la Vega y los oficios profesionales de Moratinos le ayudarían a apaciguar los recelos vaticanos hacia su política sobre educación, religión y familia. El gato encerrado en el pulcro protocolo no era ése -que conduciría al fracaso más absoluto, como demostraron las manifestaciones del cardenal horas después-, sino otro. Un gato más sutil y con otros destinatarios: los electores.

Zapatero, que no da puntada sin hilo en materia de propaganda, no iba a apaciguar al secretario vaticano de Estado -que, por supuesto, sabe de qué va su política-, sino al electorado, que es lo que más le interesa, acaso lo único que le interesa. Su objetivo es el voto católico que le ha apoyado y que ahora puede estar en periodo de reflexión tras la tensión provocada por, entre otras cosas, la imposición de Educación para la Ciudadanía y la ampliación de la Ley del Aborto. Zapatero ha demostrado una vocación desmedida y una habilidad especial en la propaganda, hasta convertirla en su arma favorita de gobierno. No hay más que ver cómo mantiene encandilada a una parte de la opinión pública con decisiones políticas que no tienen nada dentro. Embalado por ese camino agitador, lo que escenificó con la visita de Bertone fue el intento de sacar provecho poniendo, como reza el dicho popular de manera muy precisa, una vela a Dios y otra al diablo.

Prueba de que el enviado del Papa no se dejó convencer fueron sus palabras de ayer en una conferencia y en una rueda de prensa, en las que condenó aborto y eutanasia (pues la dignidad del ser humano implica el respeto a la vida «desde su concepción hasta su ocaso natural»); rechazó la Ley del Aborto (lo necesario es «restringir, y no ampliar, la posibilidad de abortar»); objetó, nunca mejor dicho, contra EpC (al recordar que se debe respetar el derecho de los padres «a elegir la educación para sus hijos acorde con sus ideas y, en especial, según sus convicciones religiosas»); defendió la libertad religiosa plena (que «traspasa el horizonte que trata de limitarla a una parcela íntima»), y entró a reprochar el matrimonio gay (al defender la vida familiar, que está fundada sobre «el matrimonio de un hombre y una mujer»).

¿Se dejó convencer, entonces, el presidente del Gobierno? Me temo que tampoco. Bertone dijo ayer que Zapatero le aseguró que la reforma de la Ley de Libertad Religiosa, que también prepara, tendrá en cuenta el arraigo de la Iglesia Católica en España y que no se va a una equiparación de todas las confesiones. Pero eso no es decir nada, pues es a lo que obliga la Constitución (art. 16). También le dijo De la Vega que «el Gobierno no es proabortista», cuando está preparando una ley que permitirá abortar libremente hasta las 14 semanas, si no más. Lo más probable es que Zapatero siga a lo suyo mientras sonríe a Bertone, al Papa y hasta a su denostado Rouco (una vez que compruebe que tiene todo el apoyo de Roma) para que el electorado católico no le haga la puñeta. El asunto no es fácil, pero empresas más difíciles han culminado con su manejo de la propaganda, en lo que es, no hay duda, un maestro.

© Mundinteractivos, S.A.

La Iglesia, el sombrero y la cabeza, de Miguel Ángel Quintanilla Navarro en El Mundo

Posted in Política, Religión by reggio on 5 febrero, 2009

TRIBUNA: RELIGION

El autor cree que la reacción de la jerarquía católica ante la asignatura EpC no está siendo la adecuada. Se pregunta si en un sistema como el nuestro el colegio es un lugar idóneo para la enseñanza del Evangelio

La Iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza», afirmaba Chesterton. La agenda que el Gobierno ha diseñado para sostener el voto radical que le permitió renovar su mandato puede estar dando origen a alguna reacción equivocada y contraproducente, y conviene mantener la cabeza en su sitio, aunque sólo sea para poder quitarnos el sombrero como es debido.La reciente sentencia del Tribunal Supremo sobre Educación para la Ciudadanía, independientemente de sus matices, hace aún más urgente esta tarea. Quizá a ella contribuya recordar lo siguiente:

1) El hecho decisivo del cristianismo no es proporcionar una moral sino proclamar y preservar la noticia de un suceso histórico inconmensurable: la encarnación, muerte y resurrección de Cristo.En esencia, el credo. Mezclar esto en las réplicas a Pepiño parece algo inconveniente.

2) La adhesión al credo cristiano sólo puede producirse mediante una elección personal que es posible porque Dios nos ha querido situar en esa encrucijada: la libertad personal (no la libertad del núcleo familiar o de la escuela o de la sociedad, sino la libertad de cada persona, sin negar la importancia crucial de estas instituciones) es la condición de posibilidad de la salvación desde una perspectiva cristiana. Por eso puede haber católicos allí donde no hay ni familia ni escuela, ni siquiera sociedad reconocible, como bien saben los misioneros. Lo que hay es Iglesia.

Esa adhesión ni debe ser impedida o dificultada por el Estado ni puede ser suplida por él o encomendada a él.

3) La Iglesia católica no suele agobiar a sus fieles ni dirigirles grandes admoniciones morales. En particular, la doctrina sobre la revelación en San Buenaventura que ha desarrollado Benedicto XVI procura una interpretación «viva» de la misma, asociada especialmente a los humildes y a los sencillos. De lo que hablamos, en todo caso, es de asuntos mayores: el debate acerca de la asunción de María que Ratzinger evoca en su breve autobiografía puede ser un ejemplo de lo que realmente está en juego y de la relativa insignificancia que frente a esto tienen las ocupaciones en las que se afanan últimamente algunas personas en nombre de su fe.

4) Pretender el Paraíso en la Tierra no es una tarea propia de la Iglesia ni de quienes se sienten próximos a ella. Ni para hacer la revolución en Nicaragua ni para hacer una revolución conservadora en Europa (lo que, entre otras cosas, constituye una contradicción palmaria, puesto que lo que define a un conservador es la aversión a la revolución). Tiene sentido -y se tiene derecho a hacerlo- oponerse a la injerencia del Estado en asuntos que son propios de la vida privada, pero si se pretendiera sustituir un dogma que se promueve mediante las instituciones del Estado por otro dogma de sentido inverso, entonces simplemente se reproduciría el error.

Esa pretensión no denotaría un comportamiento piadoso sino un yerro intelectual y un extravío moral. La virtud que se opone al relativismo moral no es el absolutismo moral, sino una honesta pretensión de la verdad en cada caso y el reconocimiento de la complejidad intelectual y ética de las diversas circunstancias que concurren en la vida social.

Esto no significa que la Iglesia deba ser tolerante, sino que es una lástima que, siendo tan misericordiosa como es, su misericordia no sea más visible.

5) El hombre puede rechazar el plan que Dios ha trazado para él, y quien pretende que no pueda rechazarlo, por ejemplo empleando para ello el Estado, no sirve a la voluntad de Dios. Los fariseos y los doctores de la ley «frustraron el plan de Dios sobre ellos», nos dice San Lucas (7,30). Que el hombre pueda frustrar a Dios puede parecer algo sorprendente, pero por eso para los cristianos Dios es tan amable, en el sentido fuerte del término: El quiere que podamos rechazarlo, que tengamos la última palabra, aunque no sea la que le gustaría oírnos.

6) El único valor jurídico que un cristiano debe procurar que se respete en su condición de cristiano es el de la libertad para ser cristiano. Esto puede requerir algunas condiciones materiales esenciales o algunos derechos y delitos tipificables, pero no muchos. Y, además, aparte de eso, un cristiano puede pedir mil cosas más y participar en cuantos debates considere oportuno, pero conviene distinguir bien lo que se pide en calidad de católico, por ejemplo, y lo que se pide mediante argumentos que pueden formar parte de una argumentación aceptable por quienes no son creyentes o aun siéndolo divergen en asuntos políticos o de moral.

El lamentable éxito del Gobierno tiene dos caras: está sabiendo hacer creer que quienes argumentan contra su agenda radical lo hacen en el ejercicio de una fe respetable pero privada, y por tanto lo que les solicita es que no pretendan imponer su fe a los demás; en segundo lugar, también está sabiendo hacer creer que la fe cristiana consiste en hablar de la eutanasia o de la educación para la ciudadanía, es decir devalúa la esencia del mensaje evangélico.

Esto no significa que estos temas no sean importantes; lo que significa es que hay cosas aún más importantes. No se logrará fortalecer las virtudes del cristiano si se le hurta lo esencial o si se debilita la liturgia porque hay cosas más urgentes de las que ocuparse, como referirse a las barbaridades que hace el Gobierno. Hay quien ha consagrado con cava para dejar claras sus simpatías.

Es posible y deseable oponerse a la necrolatría gubernamental mediante razones y principios más anchos que los del credo, lo que no significa más profundos. En materia de oposición al Gobierno en una democracia de lo que se trata es de componer mayorías amplias, no de convertir a nadie; es una cuestión de anchura, no de profundidad. Un católico lúcido no se va a movilizar para que las leyes sean católicas; se movilizará para que sean buenas, se movilizará para defender la libertad de todos, en uso de la cual él irá a misa y rezará. Es la posibilidad e incluso la facilidad de no hacerlo la que da valor a sus actos.

La capacidad de la Iglesia para influir en las conductas no puede provenir del Estado, y el Estado no podrá debilitar esa capacidad si se obra con cuidado y si se preserva la libertad. Esa capacidad de influir debe provenir de la fidelidad al evangelio, de la ejemplaridad y de la inteligencia. La Iglesia debe aspirar a que las personas, libremente, elijan bien; y debe confiar en el criterio de sus fieles.

Finalmente, quizá haya que preguntarse si no será la parroquia y no el colegio el lugar idóneo para la enseñanza del Evangelio, especialmente cuando nuestro sistema educativo es básicamente una institución fallida cuyos vicios y debilidades se contagian a todo lo que acontece en las aulas. Pero ese problema va mucho más allá de una sentencia del Tribunal Supremo.

Miguel Angel Quintanilla Navarro es politólogo.

© Mundinteractivos, S.A.

Tiempo de bufones, de Moncho Alpuente en El País de Madrid

Posted in Cultura, Política, Religión by reggio on 4 febrero, 2009

En la esquina del teatro Alfil de la calle del Pez cuelga todavía la muestra del penúltimo espectáculo de Leo Bassi, La Revelación, un montaje darwinista sobre la evolución y la religión que instigó la rebelión airada y criminal de un grupo de iluminados que trataron de hacer una pira del teatro para que ardieran en ella, el autor, actor, y su público. Bassi se adelantaba al centenario de Darwin y reflexionaba, ácido y lúdico, sobre la historia de una religión que bajo el lema fraternal del “Amaos los unos a los otros” desató odios eternos y guerras inmisericordes. Por supuesto, los fanáticos incendiarios no habían visto la obra, gravemente peligrosa, como rezaban las calificaciones morales de los films en épocas no tan pretéritas, para sus presuntas convicciones religiosas.

En este mes de enero, cruel e inhóspito, crítico y terrible, amenizado por la danza de los espías en las alcantarillas sobre las que gobierna y desgobierna Esperanza Aguirre, Leo Bassi ha vuelto por donde solía con un nuevo espectáculo en el que pasa revista a las utopías perdidas y los sueños rotos del siglo XX, cambalache problemático y febril que cantara Discépolo, una centuria en la que el internacionalismo y la solidaridad entre los pueblos nacieron para sucumbir bajo el peso de los nacionalismos y los totalitarismos azuzados por los estados y bendecidos por las religiones. Sobre los sueños rotos y las pesadillas que ocuparon su lugar, Leo, el gran bufón, apátrida y cosmopolita, levanta a diario el tinglado de su farsa filosófica y clownesca en la que no deja títere con cabeza, porque los títeres no tienen cabeza y solo responden ante el que mueve los hilos de la enrevesada trama. Bassi inicia su diatriba sentado junto a un cochecito en el que se supone que reposa el bebé furioso de la FAES, a punto de transformarse en el joven receptor de las epístolas que José María Aznar le endilgase en un libro tan olvidable como prescindible, pura monserga neocon que hoy suena más anacrónica que nunca y sobre la que Leo ironiza y reflexiona en voz alta, clara y rotunda.

El reclamo del anterior espectáculo de Bassi que campea en la esquina del Alfil tiene la silueta de un pez con cuatro patas que lleva inscrito en el lomo el nombre de Darwin, un icono de la evolución y un recuerdo de la involución de aquellos meapilas pirómanos cuyo parentesco con los primates, por mucho que lo rebatan, se hace patente en sus expresiones y en sus actos. La Revelación no era precisamente un espectáculo blasfemo, sino todo lo contrario, pero ya se sabe que la reflexión no es el fuerte de las ultramontanas turbas bendecidas que, una vez confesadas y comulgadas, salen a la calle, y atacan al hombre. Tampoco hay nada de blasfemo en ese autobús que plantea la probabilidad de que Dios no exista. Tal y como van las cosas de este mundo, cualquier Dios decente hubiera presentado su dimisión para no hacerse responsable del cotarro. Que un Dios omnipotente y omnisciente pueda consentir o apadrinar la sinrazón globalizada y el caos galopante del planeta es tema que debe preocupar a los teólogos y confundir a los creyentes de buena fe.

A pocos metros del teatro Alfil tiene su morada la presidenta Aguirre, reina autonómica que no hace mucho reclutó para su corte a otro bufón de altura para que regentara los polémicos teatros del Canal antes de privatizarlo. Bufón emérito, hoy desactivado en la nómina burocrática. Albert Boadella, el gran provocador, el insumiso, otrora azote de políticos y reventador de epopeyas nacionalistas, ha querido situarse del otro lado del escenario y comulgar con esta inmensa y nutritiva rueda de molino que le ofreció en su día la polémica presidenta como muestra de liberalidad y para hacerse una coartada a la medida. El puesto de bufón de la corte de Esperanza lo ocupa sin duda Güemes, el de los encantos, atildado y desmelenado consejero de la sanidad pública y de la insania generalizada, mientras Boadella goza de las mieles de una confortable poltrona. Tiene derecho a descansar de sus ajetreos y vagabundeos el ilustre cómico y es muy probable que dirija con sentido común y ajustado al presupuesto el negocio teatral, pero es posible que en su fuero interno eche de menos volver a la palestra en estos días bufonescos, en este escenario de conjuras de sainete, para sacarle jugo hasta la médula, a su estilo, a la desaforada comedia de los despropósitos parapoliciales, a la gran parodia que se representa en los bajos de la Comunidad. Menos mal que nos queda Leo Bassi.

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