Reggio’s Weblog

Acteal es Gaza, de José Steinsleger en La Jornada

Posted in Política by reggio on 31 octubre, 2007

El galardón De la Concordia (sic) al Museo de la Memoria del Holocausto de Jerusalén (Premio Príncipe de Asturias 2007) requiere de un marco referencial similar al que varios articulistas han empleado para condenar las posiciones negacionistas del crimen de Estado cometido en Acteal (Chiapas) el 22 de diciembre de 1997.

Avner Shalem, director del Museo, dijo en Oviedo: “El mundo no puede tolerar otro genocidio”. Y nada del lento y doloroso exterminio que su país, Israel, intensificaba en esos días sobre un millón y medio de palestinos en Gaza. ¿Por qué? Porque en este mundo o votas “bien” o atentas contra la “seguridad”. Cabe, entonces, preguntar qué resortes confusos subyacen entre quienes deploran la negación del holocausto judío, pero se hacen los suecos frente al holocausto palestino, iraquí, afgano y otros crímenes de Estado que La Jornada ha denunciado en incontables ediciones.

¿Temen, acaso, ahuyentar las inversiones de Israel? No hay que preocuparse. Legítima raíz del “mal”, la lógica del capitalismo no responde a ideología alguna. O, mejor dicho, su ideología gira en torno a la ganancia.

¿Temen, quizá, ser acusados de “antisemitas” o de self-hating jew (judío que reniega de sí mismo)? Ante el público desinformado que siente horror frente a los crímenes antisemitas de Israel (pues van contra sí mismo), el sionismo domina a la perfección el arte de fomentar el complejo de culpa: “… atacamos para anticipar el ataque”, “… sólo nos defendemos”, etcétera.

El año pasado, con motivo del rechazo a la invasión de Israel a Líbano, un grupo de personalidades mexicanas esclareció las cosas, poniendo en su lugar al embajador de Tel Aviv que los acusó de “cómplices del terrorismo”. Porque México, a diferencia de Israel, no es una colonia yanqui. No, todavía. En este país hay resistencia. Y matanzas como la de Acteal buscan intimidarla.

Pero en Gaza el exterminio resulta más eficaz que el de los nazis. Pues a diferencia del sigilo con que Hitler llevó a cabo la “solución final” contra los judíos y otras “razas inferiores” de Europa central, los gobiernos de Israel ejecutan el de Palestina a la vista de todo mundo. Cuentan, para ello, con la complicidad de los grandes medios de comunicación, la memoria selectiva de la “comunidad internacional”, el cínico “humanismo” de premios Nobel de Literatura como Elie Wiesel o Irme Kertesz, y el oportunismo de “pacifistas” como el escritor Amos Oz (también premiado en Asturias) y el periodista David Grossman, quienes calificaron de “guerra justa” la invasión de Israel a Líbano y después se arrepintieron.

¿Qué hubo en Asturias? No, por cierto, una ceremonia sincera para recordar el holocausto judío, sino una operación mediática más para calificar de “único” el crimen de Estado de los nazis. Falso y retorcido enfoque que, paradójicamente, coincide con las tenebrosas posiciones que lo niegan. Así, exclusivismo y negacionismo funcionan como vasos comunicantes.

Por eso, a quienes escamotean la índole compleja de tales tragedias, y sólo atinan a citar los crímenes del extremismo islámico, de Stalin o Pol Pot, preguntamos: ¿a qué mafias obedecen?, ¿a las que lucran con la perversa tergiversación de la ética islámica, judía, cristiana y socialista, o a la de los eruditos palafreneros del sistema que viven de lamer los pluralísimos culos del poder?

Antes que consecuencia de “mal” metafísico alguno, o de los desmanes de la “intolerancia” a secas, las políticas genocidas de los estados siempre han respondido a las necesidades del gran capital. Sin contar el genocidio armenio y las guerras balcánicas a inicios del siglo XX, la de España o la última que arrasó con Yugoslavia, Europa sufrió 65 millones de muertos y 55 millones de heridos en dos guerras mundiales.

Holocaustos de la “civilización” que, como bien señaló el editorial “Recordar el horror” del sábado pasado, conocieron nuestros pueblos durante la conquista. En menos de 150 años (1503-1660), España redujo de 70 millones a 3.5 millones de habitantes la población nativa de América. Y de 1790 a 1861, los esclavos “importados” de África a Estados Unidos pasaron de 697 mil a 4 millones.

¿Qué capitalismo, qué luces de la “modernidad” hubiesen sido posibles sin el genocidio en América, que en África continúa porque a nadie le importa África? ¿No es hora de que los Borbones construyan en cada uno de nuestros países un Museo del Holocausto, a cuenta de las 17 mil toneladas de plata y 200 de oro que se llevaron en el periodo apuntado?

¿Con qué autoridad moral el presidente racista de Francia, Nicolas Sarkozy, impuso la Legión de Honor a Avner Shalom en mayo pasado?

El Premio de la Concordia fue promovido por la derechista Angela Merkel, canciller de Alemania; el genocida Simón Peres, presidente de Israel; el impasible Kofi Annan, secretario general de Naciones Unidas cuando Yugoslavia, Afganistán e Irak eran calcinados por los aviones de la OTAN y Estados Unidos, y el ex presidente de México, Vicente Fox, gran experto en derechos humanos y asuntos mundiales.

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Un minuto nada más, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política by reggio on 31 octubre, 2007

El ojo del tigre

Hay quien dice que Oviedo, desde hace poco más de un cuarto de siglo, se convierte, durante unos días de cada otoño, en una ciudad tan singular culturalmente como es la de Estocolmo (Suecia) con sus premios Nobel. A mí me parece que para resaltar la importancia de esta sagrada ciudad del antiguo y mítico Reino de Asturias, como sede -histórica, ya- de los Premios Príncipe de Asturias, no se necesita ir tan lejos geofísicamente para encontrar su propia identidad política y cultural. Sería un error intentar establecer una especie de competitividad académica entre los premios que se entregan en Estocolmo y los que se conceden en Oviedo. Mucho menos para intentar demostrar que los que entrega la Fundación son más importantes que los que concede la Academia sueca; ni para convertir a los Príncipe de Asturias en la antesala de los Nobel.

Bastaría con tomarlos en serio; sobre todo, en esta sociedad periférica en donde tanto abunda el escepticismo crónico, que, a veces, se desahoga con sarcasmos y coñas marineras, que, en vez de aliviarle del peso de las dudas, se las acumula y las sedimenta.

Desde sus inicios, los Premios constituyen uno de los acontecimientos -muy pocos- específicamente culturales y políticos que permiten -si se les observa limpia y atentamente durante el desarrollo de su ya consolidada liturgia- sacar algunas conclusiones sobre el estado de la cuestión nacional en las sucesivas épocas que, desde 1981 -con la democracia constitucional en plena marcha- han tenido -y continúan teniendo- en el escenario del teatro Campoamor, uno de los más claros exponentes de los intereses dinásticos en el plano nacional, y en el internacional principalmente.

Pienso -si pensar por cuenta propia no es delinquir…- que hay dos etapas claramente diferenciadas de cada una de las épocas sociológicas de los Premios: en sus orígenes, se volcaron entusiasmadamente hacia Iberoamérica. Especialmente, para contribuir a lo que entonces se consideraba como la irrenunciable reconciliación de los españoles entre sí; rescatando de un ominoso olvido intencionado a tantos talentos que este país había perdido hacía más de cuarenta años, con el exilio americano de la inteligencia de la República, o los que subsistían, a duras penas, bajo el espeso y opresivo silencio del no menos injusto exilio interior…

Después, la Fundación decidió universalizar sus premios. Preferentemente, atendiendo a Europa y a la América anglosajona. Probablemente, de ahí procedan los pujos, que algunos fomentan absurdamente, para competir en fama, importancia e interés cultural con los Nobel. Esta es una manía que si algo consigue es dejar al descubierto la enorme capacidad intelectual, que algunos tienen, para cultivar un personal entusiasmo por el ensimismamiento en un chovinismo eminentemente rural…

La liturgia con la que se oficia la solemne ceremonia de la entrega de los Premios está determinada por los siguientes aspectos de la misma: a) el glamur social, que -como es bien notorio- protagonizan los distinguidos personajes que han sido invitados a presenciar directamente el ceremonial; b) el indudable academicismo que le prestan al acto los brillantes talentos premiados, y c) el habitual -desde hace pocos años- discurso político-cultural con el que cierra tan solemne acontecimiento el heredero de la Corona. El apoteosis final tiene lugar en la multitudinaria recepción que se celebra en los salones del Reconquista, en donde el glamur, el academicismo y la política componen un totum revolutum; en el cual, se confunden inteligencia, intereses sociopolíticos y frivolidad social de tal manera, que no sería exagerado sugerir el temor de que la auténtica naturaleza de los Premios -que es la de su academicismo- acabe siendo superada por el glamur social que ya empieza a desbordarlos.

Del ceremonial de este año, al que asistí sentado frente a mí televisor, quisiera destacar dos momentos: uno, el emotivo silencio que, durante un minuto, con todo el personal puesto en pie, se dedicó a la memoria de las víctimas del cruel genocidio cometido por los nazis contra el pueblo judío; dos, una larga frase del posterior discurso del príncipe. La siguiente: “…es un llamamiento a la libertad y dignidad humanas, y una firme apuesta por la concordia y por la tolerancia, como parámetros irrenunciables de convivencia entre quienes nos decimos y proclamamos humanos“.

Escuchar estas palabras después de aquel impresionante minuto de silencio, a cualquiera que haya cultivado su inteligencia con la semilla del humanismo cristiano -al cual, pertenece esencialmente la cultura española; tan lejos de los fanatismos políticos que la pervierten como del cinismo religioso que la manipula- se le habría encendido una lucecita en su interior que le iluminaría la perplejidad de esta inevitable pregunta:¿cómo serían hoy los demócratas españoles, si durante la gestación de la (hipotética) Transición, este país -puesto en pie- hubiera guardado un minuto de silencio -¡solo un minuto!- en recuerdo y desagravio de las víctimas del genocidio cometido, a lo largo de casi cuarenta años, por quienes ganaron la Guerra Civil?

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Enseñar a leer es encender fuego, de Almudena Grandes en La Insignia

Posted in Política by reggio on 30 octubre, 2007

(…) En los primeros años del siglo XXI, la versión del vencedor ha salido insólitamente reforzada no sólo por los revisionismos delirantes y neofascistas de algunos sinvergüenzas que se llaman a sí mismos historiadores, sino también por la presunta ecuanimidad de puntos de vista presuntamente templados (…).Este punto de vista, el del cincuenta por ciento -todos fueron buenos, todos fueron malos, todos hicieron cosas estupendas, todos hicieron cosas horribles, todos tenían sus razones, todos tenían razón o, lo que es lo mismo, ninguno la tenía- pretende aparecer como un equilibrio justo, un instrumento de concordia entre españoles. Pero lo que consigue en realidad es absolver al general Franco de la responsabilidad del golpe de estado que interrumpió la legalidad constitucional y democrática de una república amparada mayoritariamente por la voluntad del pueblo español. En este estado de cosas, me parece fundamental reivindicar, antes que nada, los logros de la II República Española, un bello propósito que generó no sólo intensas expectativas sentimentales e ideológicas, sino también un buen número de bellas realidades (…).

Para contar bien una historia, con eficacia, con honestidad y con contundencia, conviene conocer, antes que nada, su principio y su final. En la medida en que yo, ahora, puedo escogerlos, me gustaría empezar hablando de una maestra republicana antes de la República y de un maestro republicano después de la República. Son historias antagónicas y, sin embargo, complementarias, una alegre y la otra triste, pero ambas imprescindibles, y tan vinculadas entre sí que no se pueden entender la una sin la otra.

Enseñar a leer es encender fuego

“Enseñar a leer es encender fuego; cada sílaba que se deletrea es una chispa”. Esta espléndida declaración de principios fue el lema que eligió en 1892 una chica de dieciséis años para encabezar los ejercicios de su examen, en la oposición a la que se presentó para optar a una plaza de maestra. Se llamaba Magdalena de Santiago Fuentes Soto, había nacido en Cuenca en 1876, y en 1909 se incorporaría al cuerpo de profesores de la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de Madrid, uno de los escenarios claves de esta historia, el lugar donde se formaron varias generaciones de hombres y de mujeres que consagrarían su vida a hacer realidad la declaración de Magdalena.

“Enseñar a leer es encender fuego; cada sílaba que se deletrea es una chispa”. Magdalena de Santiago Fuentes Soto murió en Madrid en 1922, a los cuarenta y seis años, catorce antes de que el estado republicano español asumiera la precocísima expresión de su vocación pedagógica como una de sus máximas aspiraciones, la piedra angular de una nueva sociedad que se levantaría sobre una nueva escuela, laica, mixta, igualitaria, científica, de calidad y de progreso. En su breve vida, las instituciones republicanas desarrollaron una labor muy exigente y ambiciosa en múltiples sectores de la vida pública, desencadenando un impulso modernizador sin antecedentes ni consecuentes en la historia española. Aquel esfuerzo desmesurado pero consciente, convirtió a nuestro país en un símbolo del progreso también por primera, y quizás única, vez en toda la historia.

El maestro republicano del que voy a hablarles ahora tuvo, con toda seguridad, nombre y apellidos, pero, aunque el verano pasado intenté averiguarlos y aunque, sin duda, lo conseguiré antes o después, no los conozco todavía. Así que esta es la historia de un maestro anónimo, uno de tantos, demasiados, que no voy a contarles yo, sino la persona que a mí me la contó:

“Sermón en Rota (Cádiz)

“En los pueblos he oído sermones escalofriantes. Un domingo oí misa en Rota. El sacerdote, desde el altar, y a manera de plática, decía: “¿Qué os creíais, que siempre iba a ser lo mismo? ¿No gritabais tanto, no se paraban los hombres a la puerta de la iglesia, para saber quién entraba a misa? ¿Y ahora? Ahora sois todos muy religiosos, todos muy humildes. Los más culpables e impíos, ya han dado cuenta a Dios de sus actos; ya están purgando sus culpas, de haber infiltrado en el pueblo el veneno del marxismo, alejándolo de Dios. Pero aún quedan algunos que pretenden engañarnos. A todos los descubriremos; todos llevarán su merecido; no se escapará nadie; entendedlo bien, ¡nadie! Hay que limpiar más a fondo y hasta el fin toda la podredumbre que Rusia ha introducido en este pueblo. Sobran unos cuantos que pronto tendrán que rendir cuentas. Y las mujeres que antes no venían, allí las tenéis, todas muy devotas. A mí no me engañáis. A todos os conozco muy bien. Os hago una advertencia. Los domingos, todos, todos a misa; no admito disculpas. La que tenga chicos pequeños que los deje encerrados; el que tenga un enfermo, que lo deje solo. En media hora no se va a morir. El domingo, todos a misa; que no tenga que volverlo a repetir. El que no venga sufrirá las consecuencias, pues antes que nada y primero que todo es cumplir los mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Pues, ¿y los niños? ¿Qué os diré de los niños? Los hay que no saben ni santiguarse, por el otro maestro, impío y masón, que no paga con la muerte que ha sufrido el crimen de no enseñar el catecismo a los angelitos de Dios”.

No sé cómo se les ha quedado a ustedes el cuerpo, pero me temo que, el día de mi muerte, yo seguiré sintiendo el agujero que abrió en el mío esta página la primera vez que la leí. Lo de menos es que yo pase en Rota todos los veranos. Lo de más es que aquel maestro no pagara su crimen ni siquiera con la muerte, y que sus alumnos tuvieran que oírlo cada semana, desde el púlpito de su parroquia. No me lo ha contado ninguno de ellos. Lo he aprendido, como tantas otras cosas, en un libro. Su autor se llamó Antonio Bahamonde y Sánchez de Castro, y había nacido en Madrid, pero cuando estalló la sublevación del 18 de julio de 1936, vivía en Sevilla, (…) fue destinado al cargo de Delegado de Prensa y Propaganda de la II División rebelde, el territorio gobernado desde Sevilla, con las maneras de un virrey colonial, por el general Gonzalo Queipo de Llano.

(…) La historia conmovedora y terrible del maestro de Rota tiñe de sombras siniestras las palabras de Magdalena de Santiago Fuentes Soto. Enseñar a leer es encender fuego. Y tanto. Por eso, los fuegos de la luz y del conocimiento, de la alegría y del placer, de la superación personal y el afán de saber, fueron a parar al fuego. O al paredón.

Una imagen animada en blanco y negro

(…) Aunque yo soy escritora, y discuto, de entrada y por principio, la famosa aseveración de que una imagen vale más que mil palabras -ya saben, cada sílaba es una chispa-, todas las reglas tienen su excepción. La mía, mi excepción favorita, es una imagen animada en blanco y negro, un plano de una película documental, tan emocionante, tan intensa, tan hermosa, que demuestra por sí sola que no existen ficciones capaces de llegar a la altura de algunas realidades.

No sé si ustedes la habrán visto, pero yo voy a intentar que la vean por mis ojos. España, siglo XX, años 30, un prado. Un prado cualquiera, con montes al fondo, en un pueblo cualquiera, con casas de piedra, y calles torcidas, y cercas, y corrales para el ganado. No me acuerdo de la región, tal vez no llegué a saberla nunca, pero parece que hace frío, y tiendo a suponer que tal vez sea un lugar de Extremadura, o de León, o de alguna remota comarca de Castilla la Vieja. El caso es que hace frío, y hay un prado, y unos montes al fondo, en un pueblo de España, en los años 30 del siglo XX, y delante, en primer término, unos niños juegan.

Son niños pequeños, morenos, con el pelo muy corto, algunas cabezas casi rapadas, con calvas. Son de diversas edades, aunque todos tienen, diría yo, más de cinco y menos de diez años, y están sucios, pero se ríen, van mal calzados, pero se ríen, transmiten esa tristeza de los objetos, de las ropas y las uñas negras, que germina en la pobreza, pero se ríen, porque están contentos.

Estos niños están jugando al corro. Con ellos juega un adulto, un hombre joven, bien peinado, bien vestido, elegante en su rostro y en su gesto, un hombre de ciudad, culto, próspero, cuya presencia en la imagen parece errónea, como si fuera un actor atrapado en la película equivocada o una burda manipulación del fotograma. Es un hombre de ciudad, joven, culto, bien vestido, rico, elegante, y juega al corro con los niños sucios y tiñosos, y se ríe entre ellos, con ellos, ríe para ellos, pero su presencia en esta película no es un error, sino un prodigio, la carne y la piel de un milagro verdadero.

El hombre se llamaba Alejandro Casona, y era dramaturgo, y estaba acostumbrado a triunfar, a estrenar en los mejores teatros de Madrid, a ganar dinero con sus obras. Durante el tiempo en que existieron se acostumbró, además, a viajar con las Misiones Pedagógicas por las zonas más deprimidas y remotas de España, y allí, mientras los actores ensayaban y los técnicos levantaban el escenario donde se iba a representar alguna de sus obras, jugaba al corro con los niños.

La primera vez que vi esta imagen, se me saltaron las lágrimas y todavía no me he recuperado. Este es otro agujero que conservaré intacto hasta el día de mi muerte. Cuánta generosidad, cuánta responsabilidad, cuánto amor, cuánta fe, cuánta ternura, cuánto arrojo, cuánto futuro en la sonrisa de Casona, jugando al corro con aquellos niños. Y sin embargo, más allá de su literatura, y de la que yo acabo de hacer a su costa, este documental de las Misiones Pedagógicas significa muchas cosas. La primera es que la importancia que la educación tenía para las instituciones republicanas era tal que no se conformaban con mantenerla dentro de los límites de la escuela. Las Misiones Pedagógicas, con sus escenarios teatrales y sus pantallas de cine, sus galerías de reproducciones de obras de arte y sus bibliotecas ambulantes, fueron la escuela total, de todos y para todos, cultura gratuita a domicilio para todos los españoles de cualquier edad y condición.

¿No es emocionante? Lo es, y es maravilloso, fue maravilloso, algo grande, y único, y admirable, en este país oscuro, pequeño y encogido. Educación, educación y educación. Ese era el lema, el propósito, el horizonte, el fin y los medios al mismo tiempo. Educación, educación y educación. Los republicanos españoles lo tenían tan claro, estaban tan convencidos de su camino, que ni siquiera aflojaron la máquina cuando se vieron obligados a defenderse con las armas de la injustificable agresión de los generales rebeldes. Educación, educación y educación. Los milicianos hacían instrucción y aprendían a leer y a escribir en las trincheras.

El Ejército Popular de la República Española editó varias cartillas destinadas expresamente a ese propósito, entre ellas la célebre Cartilla Escolar Antifascista, de la que hace algunos años la Editorial Viamonte hizo una primorosa edición facsímil. Pero eso no era todo. Los Cuerpos del Ejército Popular editaban sus propios periódicos, pero también, en muchos casos, publicaban libros. El Quinto Regimiento hizo tiradas monumentales de algunos Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, para distribuirlos gratuitamente entre sus hombres. Y los cómicos tampoco pararon. Partiendo de la experiencia de La Barraca, pero ajustándola a la realidad de la guerra, se crearon las Guerrillas del Teatro, que evocó años después su impulsora principal, la escritora María Teresa León, en una novela titulada Juego limpio. Su compañeros de la generación del 27 participaron de las formas más activas y variadas en las que se llamaron Milicias de la cultura (…).

Educación, educación y educación. No fue sólo una experiencia insólita, no fue sólo una iniciativa admirable, también fue una suerte de oscura premonición. La II República puso en marcha políticas educativas tan modernas, tan frescas, tan progresistas e imaginativas en todos los ámbitos de la vida española, dentro y fuera de la escuela, que todavía hoy arrastramos las consecuencias de su brusca y prolongada interrupción. Yo he venido hoy, aquí, a contar una historia y no a dar un mítin, pero basta con contemplar la situación en la que se encuentra la escuela pública española en la actualidad, y con repasar las aspiraciones de los colectivos que la defienden como escenario primordial de la educación en España, para comprender todo lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, de cuanto he venido contando hasta ahora.

Recordarlo no puede ser nunca un vano ejercicio. La memoria forma parte del futuro, porque sólo si somos capaces de estar a la altura de la herencia que hemos recibido, el fuego que encendió Magdalena de Santiago Fuentes Soto permanecerá encendido siempre, para siempre. La historia de la escuela en la II República es la historia de una generación de españoles que creyó en nosotros al creer en su futuro. Estemos a la altura de su fe. Los homenajes son huecos y estériles si, bajo la cáscara de los buenos propósitos, no late un corazón audaz, como son los corazones que laten por y para el futuro.

Extracto de la conferencia de Almudena Grandes durante el ciclo sobre la escuela en la II República organizado por la Fundación de Investigaciones Educativas y Sindicales de España. Publicada originalmente en los cudernos de la FIES (nº 4, abril del 2006).

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Prólogo íntegro a la segunda edición de “Educación para la ciudadanía”, Akal 2007, de Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero en Rebelión

Posted in Política by reggio on 30 octubre, 2007

“La campaña mediática contra nuestro libro supera todos los límites de falsedad, mentira e hipocresía”

Con motivo de la segunda edición de “Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho” (Akal, 2007), los autores explican su postura respecto de la polémica suscitada en los medios de comunicación sobre la asignatura en general y sobre este libro en particular.

Sobre la primera edición de este libro se ha mentido tanto en los medios de comunicación españoles que conviene aprovechar ahora para hacer algunas aclaraciones que dejen las cosas en su sitio.

El 20 de septiembre de 2007, por ejemplo, el Telenoticias 3 de Telemadrid anunció literalmente que nuestro libro, Educación para la ciudadanía. Democracia. Capitalismo y Estado de Derecho era “uno de los que ya habían comenzado a utilizarse como libro de texto en la asignatura ‘Educación para la Ciudadanía’ que acababa de implantarse en algunas Comunidades Autónomas”. Con cara compungida, un supuesto padre de familia sentado en el sofá de su casa, iba leyendo en voz alta algunos pasajes escogidos de nuestro libro. En especial, parecía escandalizarle el hecho de que recordáramos que los votantes del PP habían votado (y siguen votando) a un partido que apoyó la invasión estadounidense de Iraq y que eso, de alguna manera, comporta algún tipo de responsabilidad. Por lo visto, en opinión de los directores de Telemadrid, es inconcebible que en una asignatura de Educación para la Ciudadanía se pretenda nada menos que decir la verdad a los alumnos. Quizás piensen que sería más oportuno explicar a los jóvenes y a los lectores en general que los ciudadanos no tienen ninguna responsabilidad a la hora de votar a un partido u otro. Pues la cruda realidad es que el PP apoyó la invasión de Iraq y que Jose María Aznar insistió una y otra vez en que tenía informes fidedignos de que Sadam Hussein contaba con armas de destrucción masiva, pese a que todos los informes de los inspectores de la ONU decían lo contrario. Luego resultó que en Iraq no había armas de destrucción masiva. Resultó que no sólo no las había, sino que siempre se había sabido que no las había. Sobre este tema se había mentido a la opinión pública mundial. Pese a todo, a los votantes del PP no les pareció motivo suficiente para cambiar su voto.

Se trata, sin duda, de un enigma de la vida ciudadana que ojalá que algún día pueda ser desentrañado en los libros de texto de Educación para la Ciudadanía: ¿cómo es posible que la intención de voto de la población no se haya modificado en absoluto al descubrir que una guerra que ha destruido un país y que ha causado centenares de miles de víctimas civiles se inició con un embuste de sus líderes políticos?

Sin embargo, todo el mundo parece de acuerdo (en el PP y también en el PSOE) en que en la asignatura de Educación para la Ciudadanía no debe tratarse de este tipo de cuestiones delicadas. En realidad, tal y como han demostrado los libros de texto que han visto la luz durante el año 2007, esta asignatura no debe de consistir, al parecer, más que en un canto políticamente correcto a valores abstractos y melifluas buenas intenciones, una especie de Barrio Sésamo empalogoso, tedioso y conformista para explicar a los niños lo contentos que tienen que estar por vivir en una monarquía constitucional. No es extraño, por tanto, que nuestro libro fuera acogido con tan rabiosa indignación.

Pero, antes de pasar a discutir estas cuestiones, conviene deshacer las mentiras más sonadas. El Telenoticias de Telemadrid mintió, y no era la primera vez que mentía al respecto. Mintió, en primer lugar, porque nuestro libro no es un libro de texto. Y por supuesto, era absolutamente mentira que ya estuviese utilizándose como tal en los centros de enseñanza. Cualquiera puede ver que el libro que tiene entre sus manos no es un libro de texto: no responde al programa de ningún curso en particular, no tiene el formato de los libros de texto, no tiene actividades para el alumno, ni flechitas, ni esquemitas ni recuadritos, no ha sido homologado por el Ministerio de Educación, no sigue el currículo de la asignatura, etc. Es más, no hay ningún profesor tan suicida como para buscarse la ruina utilizándolo como manual obligatorio, pues es fácil colegir que la comunidad educativa, la dirección del centro, los padres, los consejos escolares, la inspección, la prensa y demás fuerzas vivas, le complicarían mucho la vida.

Que no se trata de un libro de texto es algo que sabían perfectamente en Telemadrid. Lo mismo que lo han sabido perfectamente, desde el principio, en la Cadena Cope, en el diario El Mundo, en La Razón, en el ABC, en Libertad Digital, en el Canal 7, y en todos los medios que, sin embargo, no han parado de insistir en que lo era. Sencillamente, han mentido sabiendo muy bien que estaban mintiendo. Han querido transmitir la idea de que nuestro libro no sólo era un libro de texto, sino que era, además, el libro de texto por antonomasia, el que verdaderamente desvelaba las auténticas y ocultas intenciones del gobierno del PSOE, hasta el punto de que en algunos de esos medios comenzó a conocerse como el “manual de Zapatero”.

No sólo no es verdad que sea un manual. Se trata más bien de un antimanual especialmente escrito en contra de la asignatura. Por supuesto, este detalle ha pasado desapercibido porque la prensa de derechas estaba muy interesada en monopolizar la oposición a la asignatura y la prensa gubernamental muy interesada en ocultar el hecho de que, desde el principio, hubo una oposición de izquierdas a la Educación para la Ciudadanía. Hubo, incluso, una manifestación en contra de esta asignatura, convocada a nivel estatal, que acabó con unas clases de Filosofía al aire libre impartidas en Plaza de España de Madrid, el 3 de junio de 2005. Los tres autores del libro participamos activamente en esas movilizaciones contra la Educación para la Ciudadanía convocadas desde la izquierda. Esta oposición de izquierdas tenía muy buenas razones y argumentos, pero, por supuesto no salió en los periódicos ni en los telediarios, porque la izquierda de este país ni tiene periódicos ni tiene telediarios a su disposición. Y como suele ocurrir, a fuerza de silenciarla y censurarla, se acabó por creer que la izquierda no existía. De este modo, se logró crear la ilusión de que sólo la derecha atacaba la asignatura y que, en cambio, la izquierda (liderada, al parecer, por el PSOE) la defendía.

Por supuesto, el ruido que han metido los obispos en relación con esta asignatura ha sido tan aparatoso que el espejismo estaba servido en bandeja. En este país tenemos la desgracia de padecer una derecha pre-civilizada, pre-moderna, pre-ilustrada, aliada de los sectores más reaccionarios de la Iglesia Católica, una Iglesia a cuyos dirigentes sólo hemos visto movilizarse en contra de los derechos de los homosexuales, de los derechos de las mujeres y, en general, en contra de todo lo que les suene a Derecho. Nos referimos, claro está, a la misma jerarquía eclesiástica que combatió en Latinoamérica a la Teología de la Liberación y que en España está empeñada en “limpiar la casa del Señor” cerrando parroquias comprometidas con la causa de los pobres, como la de Enrique de Castro en el barrio madrileño de Vallecas. Así pues, tampoco resulta sorprendente la furiosa reacción de la Conferencia Episcopal contra cualquier propuesta que incorpore, aunque sólo sea en el título, la palabra “ciudadanía”. En esta ocasión se han comportado como auténticos Príncipes de las Tinieblas, como si la mera palabra “ciudadanía” les produjera el mismo efecto que la luz del sol al Conde Drácula. La jerarquía de la Iglesia pierde los papeles cada vez que siente amenazada una micra de su poder político. Así pues, es normal que hayan reaccionado con virulencia contra una asignatura que pretende transmitir unos valores distintos a los que inculcan ellos en la asignatura de Religión. La hipocresía de los obispos y de organizaciones como la Confederación Católica de Padres (Concapa) al acusar al Estado de adoctrinamiento ha sido repugnante, cuando no surrealista, teniendo en cuenta lo contenta que estuvo la Iglesia de monopolizar el adoctrinamiento fascista, machista, homófobo y clasista durante cuarenta años de franquismo, y lo contenta que está ahora de valerse de fondos públicos para el lavado de cerebro de los niños en sus centros concertados y, en general, en la asignatura de Religión.

Y como la derecha y la ultraderecha sí tienen medios de comunicación de sobra para hacerse oír en el espacio público, resultó aún más creíble la idea de que la polémica sobre la Educación para la Ciudadanía se agotaba entre el PP, que la atacaba, y el PSOE, que la defendía.

En absoluto era cierto. La oposición de izquierdas a esta asignatura había existido desde el primer momento. Partió fundamentalmente del área de Filosofía y era una llamada de atención sobre la degradación de la enseñanza pública en general. Era previsible, en efecto, que la asignatura de Filosofía quedara muy dañada con la implantación de la Educación para la Ciudadanía. Y de hecho, así ha sido. En el borrador del decreto de bachillerato que el PSOE ha preparado hasta la fecha, se tiene previsto reducir de tres a dos horas a la semana la Filosofía de primero de bachillerato (que pasaría a llamarse “Filosofía y Ciudadanía”). Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que el PSOE ya fue quien en su momento redujo esta asignatura de cuatro a tres horas semanales. En segundo lugar, conviene recordar que con esta nueva reducción incumple todos los pactos y falta a todas sus promesas hechas a las Facultades y Asociaciones de Filosofía. Pero no contento con esto (¿alguien puede adivinar qué tiene el PSOE contra la Filosofía?), en el borrador del decreto se prevé reducir también a dos horas semanales la Historia de la Filosofía de segundo de bachillerato. A ello hay que unir el hecho de que la Ética de 4º de la ESO pasa a llamarse a “Ética cívica” y pierde una de sus dos horas a la semana. Todo el mundo sabe que eso es tanto como convertir esa asignatura en impracticable.

La defensa de la Filosofía frente a este estropicio educativo no era una cuestión de corporativismo. Lo que ocurre es que algunos profesores, como los autores de este libro, creemos de verdad que la asignatura de “Filosofía”, en su actual perfil científico, es el mejor instrumento del que dispone nuestro sistema educativo para formar ciudadanos capaces de razonar y argumentar con criterio propio e independiente. Estamos convencidos de que no hay mejor forma de encaminarse a ese objetivo que la enseñanza de la Filosofía y la Historia de la Filosofía, del mismo modo que creemos que con los programas de Educación para la Ciudadanía, lo que se pretende más bien es amaestrar a los niños en lo políticamente correcto y en las supercherías de la ideología dominante. Pero, sobre todo, somos muy conscientes de que este atentado contra el perfil científico de la asignatura de Filosofía no es más que un síntoma fatal del rumbo que está tomando la enseñanza pública en general. Los perfiles científicos de las asignaturas en la enseñanza secundaria tienden cada vez más a disolverse porque el edificio mismo de la enseñanza pública se desmorona más y más, viniendo a ocupar su lugar una especie de “asistencia social” gestionada por educadores, pedagogos, psicólogos, e incluso por guardias de seguridad, como si se fuese muy consciente de que mientras la enseñanza privada y concertada prepara para la Universidad, el futuro en la enseñanza pública viene más bien marcado por la cárcel, el paro o el inframundo laboral del trabajo basura. En esto, las políticas del PSOE y del PP han sido igualmente letales. Legislatura a legislatura han ido haciendo y deshaciendo leyes y decretos como si fueran buenas intenciones y no muchísimo más dinero y recursos humanos lo que la enseñanza pública necesitara para poder frenar esta tendencia hacia el desastre. Eso, por supuesto, sin la menor iniciativa legal para acabar con la ignominia de la enseñanza concertada, con su legión de profesores nombrados a dedo y pagados con dinero público. Si a esta situación le añadimos los planes a nivel europeo y mundial que desde la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Acuerdo General de Comercio de Servicios (GATS, por sus siglas en inglés) planean sobre el mundo de la enseñanza estatal, encaminados de forma inequívoca a la instrumentalización privada de la enseñanza pública superior y la mercantilización de la Universidad, el panorama es desolador (tan desolador como había previsto hace ya tiempo el libro de Michel Éliard, La fin de l’école, PUF, París, 2000) Es posible hacerse una excelente idea de lo que se ha estado jugando en eso que se ha llamado la Convergencia Europea en Educación Superior, leyendo el libro Eurouniversidad. Mito y realidad del proceso de Bolonia (Icaria, Barcelona, 2007).

Ahora bien, en estos últimos años cruciales, la voz de la izquierda ha sido casi por completo silenciada, tanto respecto a la enseñanza secundaria como respecto a la superior. Hartos de estrellarnos contra este muro de silencio, en el momento en que vimos que la implantación de la Educación para la Ciudadanía era ya un hecho consumado, los autores de este libro decidimos hacer de la necesidad virtud. Nos dijimos que, si querían una Educación para la Ciudadanía, la iban a tener, pero que la iban a tener en serio. En lugar de utilizar la asignatura para encubrir el hecho de la realidad capitalista, podíamos utilizarla para denunciarlo. El racismo, la xenofobia, el trabajo ilegal de los sin papeles y el trabajo basura de los con papeles, la desestructuración social, la precariedad laboral, la marginación y todo lo que ella conlleva, la imposibilidad de acceder a una vivienda digna y las consiguientes dificultades para la vida familiar y la procreación, todos estos asuntos tienen su causa en problemas sociales y económicos enraizados en las estructuras más básicas de esta sociedad en la que vivimos. Es ridículo, patético e hipócrita pretender que todo ello hay que afrontarlo con una “educación en valores”. Pero, sobre todo, se trata de una estafa que pretende encubrir y legitimar las verdaderas causas de estos problemas. Así pues, lo primero que debe quedar claro en una Educación para la Ciudadanía es el carácter capitalista de nuestra realidad social. Después habrá que decidir en qué consiste y qué posibilidades tiene la vida ciudadana en semejantes condiciones.

Fue así como publicamos Educación para la ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (Akal, 2007). La reacción de los medios de comunicación de derechas y de ultraderecha ha sido furibunda. La tentación de utilizarnos como arma arrojadiza contra el PSOE era demasiado grande para reducirnos al silencio, así es que decidieron más bien poner el grito en el cielo. La campaña mediática que se ha desatado en contra de nuestro libro durante los meses de agosto y de septiembre de 2007 ha superado todos límites de la falsedad, la mentira y la hipocresía. En primer lugar, como ya hemos señalado, presentaron el libro como un manual destinado a las aulas, cuando era absolutamente obvio que no era tal. Luego, y tal como denunció en su momento Javier Ortiz, siguieron la táctica habitual de la Inquisición: “primero se dice que el contrario ha dicho lo que no ha dicho y luego se le condena sin apelación posible por haber dicho lo que no ha dicho” (El Mundo, 9-09-2007).

Así, por ejemplo, en las múltiples veces que nuestro libro ha sido aludido en Telemadrid, su contenido ha quedado resumido diciendo que definimos “libertad” como “hacer lo que a uno le da la gana”. Varias veces esa frase ha aparecido subrayada y ampliada en pantalla, como prueba de nuestra ignominia. Lo que no decían es que esa frase es sólo el punto de partida de un razonamiento estrictamente kantiano en el que acabamos, por cierto, por concluir que “libertad” es más bien “obedecer a la ley” (lo que, sin duda, considerarán muy desconcertante los directores de Telemadrid tratándose de un libro que han calificado poco menos que de anticonstitucional). Hasta el menos aventajado de los alumnos de secundaria que de verdad leyera nuestro libro entendería perfectamente que nuestro concepto de libertad no tiene nada que ver con lo que ordinariamente se entiende por “hacer lo que nos da la gana”. Es completamente obvio que si en el libro tomamos esa frase como punto de partida es precisamente porque sabemos que se trata de una idea bastante común entre los jóvenes, de modo que es con ella que conviene ajustar cuentas. Por supuesto, esto lo sabían perfectamente en Telemadrid, pero no les importó mentir al respecto.

Es curioso cómo los periodistas acaban creyéndose sus propias mentiras, porque el caso es que en el programa 59”, de TVE, también resumieron la tesis principal del libro del mismo modo. Luego pasaron a rasgarse las vestiduras, hasta el punto de que Melchor Miralles, directivo del diario El Mundo, pidió que a los autores nos inhabilitaran de por vida para la docencia (en todo caso, en descargo del director de 59”, hay que señalar que accedió a leer una nota de rectificación en el programa siguiente; por supuesto, no se puede decir lo mismo de Melchor Miralles).

Se han publicado otras mentiras absolutamente descabelladas como, por ejemplo, que mostramos algún tipo de menosprecio hacia los gitanos (Alfonso Ussía, La Razón, 19-08-2007) cuando, en realidad, son aludidos precisamente como modelo de resistencia frente a los mecanismos destructores de la familia que pone en juego el capitalismo (que constituye, éste sí, el blanco de nuestras críticas); mentiras absurdas, como que consideremos intolerable mantener la virginidad hasta el matrimonio, cuando lo único que decimos a ese respecto es que se trata de un asunto que debe quedar gobernado por la voluntad libre de cada uno; o mentiras delirantes, como que defendamos que la “dignidad” es comportarse como “un buen cerdo machista y tenerlos bien puestos” (La Razón 17-08-2007), cuando, como es obvio, eso se propone precisamente como ejemplo de indignidad.

Lo más llamativo es que se hayan apuntado, por una parte, mentiras, y por otra, insultos y descalificaciones, sin aportar ni un solo argumento. Fernando Savater nos llamó “necios y sectarios” (ABC, 7-08-2007); Delgado Gal nos consideró “ineptos, fanáticos y paranoicos”, al tiempo que se lamentaba de que fuéramos (“¡ay!”) profesores (ABC, 5-08-2007); Martín Prieto, nos tildó de “retroprogres”, “locos”, “chequistas” y “lamelibranquios” (El Mundo, 12-08-2007); Cesar Vidal nos llamó “escritores fracasados” y no sé cuántas cosas más (COPE, 12-07-2007); Alfonso Ussía dijo que éramos unos “stalinistas”, “comunistas”, “genocidas” y nos invitó a irnos a vivir a Cuba (La Razón, 19-08-2007); Jiménez Losantos y Pedro J. Ramírez han hablado bastante de nuestro libro no sabiendo si llorar o reír y llegando a la conclusión de que, más que nada, somos unos “zumbaos”.

Respecto a los insultos publicados en El Mundo y en La Razón hay que añadir, además, que han sido especialmente cobardes y maleducados, porque estos diarios (al contrario que El País o el ABC), no nos han concedido derecho de réplica, ni siquiera las quince líneas de rigor en “cartas al director”. Tres cartas enviadas a Pedro J. Ramírez fueron rechazadas sin explicaciones.

Es muy notable el hecho de que solo haya dos personas que hayan argumentado sobre el libro: Rafael Sánchez Ferlosio (El País, 29-7-2007) y Gustavo Bueno (El Catoblepas). El primero, lo hizo tras criticar durísimamente a Savater y para defender, en cambio, la idea fundamental de nuestro libro, lo que no tiene nada de extraño pues, en efecto, “la idea de introducir en política la fuerza de lo impersonal” nos la enseñó él mejor que ningún otro. El segundo, es cierto, nos criticó con dureza, aunque con argumentos muy discutibles; pero, en todo caso, lo hizo tras burlarse de forma inmisericorde de los otros “libros de texto” y especialmente del de José Antonio Marina, del que vino a decir algo así como que si es más tonto no nace. Así pues, después de todo, salíamos ganando por comparación.

Una cosa que merece comentario son los insultos que han cuestionado nuestra salud mental (“zumbaos”, “paranoicos”, “casos psiquiátricos”, etc.). Por lo visto, a la izquierda del PSOE y del PP, estamos todos locos de remate. Pues, en efecto, los periodistas que tanto se han burlado de nosotros se asombrarían mucho al saber la acogida tan entusiasta que nuestro libro ha tenido en los medios de la izquierda alterglobalización (en las revistas El Viejo Topo, Viento Sur, Archipiélago, Fusión, El Otro País o en las web habituales de la izquierda). Es una prueba más de que los argumentos de izquierda no tienen ninguna posibilidad mediática en el espacio público de nuestra bendita libertad de expresión. No hace falta censura, en efecto, allí donde todo el mundo obedece, por la cuenta que le trae, la voz de su amo. Sin embargo, en esta ocasión se ha colado en los grandes medios de comunicación un argumento de la llamada “extrema izquierda”. Ello se ha debido, como sabemos, a que al PP le convenía muchísimo, en su guerra particular contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía propuesta por el PSOE, presentar nuestro libro como el “manual de Zapatero”. Ésa ha sido la única razón, pues el blindaje informativo contra los argumentos a la izquierda del PSOE ha sido siempre absoluto. Y mira por dónde, una vez que, debido a este accidente informativo, se encuentran con una argumentación anticapitalista y alterglobalización encima de la mesa de los telediarios y los periódicos, se quedan boquiabiertos y piensan que, sencillamente, se les han colado unos locos de atar. Así de acostumbrados están a discutir con nuestros argumentos y así de acostumbrados están a discutir con nuestros autores habituales de referencia, tales como Noam Chomsky, Vandana Shiva, Tariq Ali, Samir Amin, Eduardo Galeano, Ammy Goodman, Pérez Esquivel, Naomi Klein, Immanuel Wallerstein, Terry Eagleton, Eric Hobsbawm, Michel Chossudovsky, Harold Pinter o Arundhati Roy. Hay un largo etcétera de autores censurados por los propietarios privados del espacio público. Por ejemplo, y sin ir más lejos, Ignacio Ramonet dejó al descubierto la complicidad de los medios europeos con el golpe de estado contra el orden constitucional en Venezuela de abril del 2002 y ese fue el último artículo que publicó en El País. En suma, es de suponer que nuestros medios de comunicación, no tendrían demasiado empacho en psiquiatrizar por entero al movimiento alterglobalización en su conjunto, con todos sus autores de referencia y toda su bibliografía. Como si a la izquierda de los que tienen el poder, no existiese más que el manicomio.

Al fin y al cabo, se trata de un buen síntoma. No podemos esperar que los que tienen la sartén por mango aprecien la corrección de los diagnósticos de la izquierda alterglobalización. Si defendemos que “otro mundo es posible” es porque sabemos que otra economía y otras relaciones sociales son posibles en este mundo. Los anticapitalistas no pedimos la Luna, no somos unos lunáticos. Pedimos algo de lo más sensato, aunque no podemos esperar la comprensión de los poderosos ni de sus mercenarios en los medios de comunicación.

Se pongan como se pongan, el movimiento alterglobalización existe. Tampoco los propietarios de Atenas fueron demasiado comprensivos con Sócrates que es, después de todo, el verdadero protagonista de este libro.

¿Dónde están los mártires?, de Enrique Miret Magdalena en El País

Posted in Política by reggio on 29 octubre, 2007

Uno se pregunta, ¿dónde están esos mártires que la Iglesia beatificó ayer? Si miramos a la historia nos perdemos en la oscuridad de los tiempos. Esos 498 mártires beatificados, cuando tanto se habla de memoria histórica, es preciso clarificarlos. Hay que hablar con sentido de la historia, no dejándose llevar por el sentimiento, sino por los hechos.Los católicos ultraconservadores y la mayor parte de la jerarquía eclesiástica han manifestado una falsa alegría por la decisión de la Santa Sede de celebrar ayer un multitudinario acto para honrar el martirio de aquellos que fueron en gran parte muertos en España por las fuerzas republicanas, dejándose llevar unos y otros por razones políticas más que religiosas.

Hace años, hice un esfuerzo para alcanzar la realidad en mi libro de memorias, Luces y sombras de una larga vida, ya que había vivido aquello de lo que actualmente se habla sin gran fundamento. Insisto, yo aquello lo había vivido personalmente, y en parte padecido, de muy distinta manera a como se cuentan ahora los hechos sucedidos, siguiendo falsos recuerdos. Muchos de los que ahora hablan no vivieron personalmente aquellos momentos y no tienen en cuenta la verdadera realidad histórica. Ya que ésta ha sido falseada por motivos políticos o religiosos de quienes los esgrimen, pero no fueron testigos de ellos.

Más nos valdría callarnos sobre lo que no vivimos, guardar sobre ello un discreto silencio.

Acabo de referirme a todo esto en una entrevista para la radio, procurando ceñirme a lo que sé directamente, sin falsear lo ocurrido con hechos que desconozco o que ocurrieron de otro modo.

Lo primero que se debería recordar es un hecho decisivo: que el papa Pablo VI dio marcha atrás a estos procesos de beatificación de quienes murieron por una u otra causa en nuestra Guerra Civil.

Afirmo, pues, que los hechos han sido frecuentemente modificados por quienes no los vivieron ni los estudiaron objetivamente. En primer lugar, por quienes no vivieron aquellos tristes sucesos. En segundo término, por los que no conocen de cerca su historia. En tercero, por los que no saben lo que es ser mártir. Y, por último, por desconocimiento de lo que la teología enseña acerca de lo que es una beatificación y una canonización.

¿Sabemos de todo esto? Son preguntas que toda persona seria, creyente o no creyente, debe hacerse. Y después adoptar la postura que le parezca más razonable.

Es el trabajo que pediría a todos los que hablan de uno u otro modo de memoria histórica. Y, si no lo hacen, deberían callarse.

Repasaba todo lo que digo en este artículo para clarificar mi propia mente y no dejarme arrastrar por la precipitación o la ignorancia.

En primer lugar, unos y otros condenaron a muerte por sus ideas al otro bando durante la Guerra Civil española. Y a veces por cosas que no tenían que ver con las ideas. Yo tuve en Aragón un tío mío, hombre de derechas, que fue asesinado por los franquistas por motivos interesados, que nada tenían que ver ni con la religión ni con la política.

Por otro lado, me interesé en mis memorias por recordar a unos sacerdotes católicos que por cumplir con su deber de lealtad a las instituciones y el Gobierno legalmente elegidos por los españoles de entonces fueron vilmente asesinados, resultaron víctimas del modo más injusto.

Esto le pasó también a muchos seglares católicos que quisieron una República democrática, y por ella estuvieron en el lado republicano, respetando siempre a quienes pensaban de otro modo, como pasó, por ejemplo, en Cataluña. Fueron fusilados de mala manera por las fuerzas franquistas, que no tenían el menor respeto alguno a sus ideas democráticas.

E incluso hubo militares republicanos de alta graduación, como los generales Miaja y Rojo, que eran convencidos católicos, así como los generales Batet y Aranguren. Por no hablar de alguien que es tenido popularmente por santo: el coronel Antonio Escobar, que luchó convencidamente por defender a la República en Barcelona en nuestra Guerra Civil y que era un ferviente católico.

Ésa y no otra es la verdadera memoria histórica.

Pero ahora el Vaticano sólo se fija en la masa de los frailes y monjas asesinados por los republicanos, y ello sin tener en cuenta su vida personal, recogiendo los nombres de 498 religiosos muertos injustamente y declarados mártires sin conocimiento detallado de sus vidas. Olvidando de paso a los muchos seglares que murieron en circunstancias semejantes por su fe y que son ejemplo para los católicos. Porque, recordemos, la condición clerical no es lo verdaderamente importante como ejemplo de vida cristiana.

Y es que, una vez más, la jerarquía eclesiástica se olvida de su manifestación de fe vital en la vida corriente y se fija en cambio en una piedad empalagosa que más bien aparta de la verdadera fe, porque no atrae hacia un Evangelio sencillo de la vida.

Es un error tanta beatificación clamorosa como la de esos 498 beatos que poco o nada dicen al cristiano que sigue la vida corriente con responsabilidad y sin alharacas. Esos flamantes beatos no aportan nada de particular para lo importante: llevar una vida responsable todos los días de la semana, que es lo que pide el Evangelio.

Conclusión: dejémonos de masivas celebraciones como la de ayer y pongamos de relieve la figura del seglar católico, que muchas veces es el verdadero mártir de la vida.

Enrique Miret Magdalena es teólogo seglar y autor de Creer o no creer (Aguilar).

Memoria democrática y cansancio histórico, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 29 octubre, 2007

Más de un cuarto de siglo después de la tentativa de golpe militar contra la naciente democracia recuerdo el estado de ánimo de aquellas horas de la tarde y noche de un 23 de febrero: un inmenso cansancio. No fue la rabia ni el miedo, ni la ansiedad por el resultado de aquella patética patochada, ni la resignación tampoco. Fue cansancio de tener que volver a empezar, reuniones ilegales y detenciones policíacas, censura para la cultura y abusos de poder, lenguajes crípticos para decir algo en público y probables estadías en la cárcel o el exilio. Cansancio de tener que volver a esconder papeles (ésta fue mi primera actividad aquella tarde: ir con el auto cargado de archivos del PSUC a una casa teóricamente segura de Santa Coloma). De organizarse para algo tan elemental como es ejercer derechos humanos básicos. Al día siguiente el golpe había fracasado y entonces más que nunca uno sentía que lo que fue el franquismo no podía volver a repetirse.Estos días se han aprobado leyes de memoria histórica en el Congreso y de memorial democrático en Cataluña. Los opositores a las mismas argumentan que es crear un clima recordatorio del enfrentamiento que dividió al país, de la Guerra Civil y de sus consecuencias, la larga dictadura. Lo cual, si fuera así, si éste fuera el objetivo o el resultado no querido, no importa, el peso de la memoria podría ser insoportable. Georges Steiner esta semana en su espléndida conferencia en el Instituto de Historia nos decía que en Europa la memoria pesa mucho; se preguntaba si a veces no había un exceso de memoria e, inmediatamente, añadía: pero el negacionismo es una blasfemia. El no recuerdo es una tentación ante un pasado trágico y es lícito que haya personas que no quieran rememorarlo. Pero la democracia, sus instituciones, sus medios de comunicación, su cultura y su opinión pública no pueden rechazar la memoria, pues la omisión es asumir la verdad oficial de la dictadura, es la mentira. Como dijo Magris, lo que se opone a la memoria no es el olvido, sino la verdad. Y la verdad es necesaria para evitar las confrontaciones violentas del pasado y garantizar el futuro democrático.

Con más o menos buena intención se pretende a veces establecer una equivalencia, o una simetría, entre República y alzamiento militar, entre dictadura y oposición democrática. Todos cometieron excesos, volvamos la página. Pero si equivalencia aplicamos, entonces la respuesta lógica sería: seamos simétricos, vamos a dar a todos los que fueron protagonistas y colaboradores de la dictadura el mismo trato que ellos dieron a los que defendieron la República y se opusieron al franquismo. Y les debería aplicar reglas similares a los bandos, decretos y leyes del régimen anterior.

Unas normas de nombres tan expresivos como ley de represión de la masonería y del comunismo, que contenía una curiosa definición de comunista: “son comunistas los comunistas, los socialistas, los anarquistas y los similares”. O las leyes depuratorias, de responsabilidades políticas, que establecían medidas que incluían la pena de muerte inconmutable para los que habían ejercido responsabilidades durante la República y que supuso una depuración masiva en la función pública, como expuso con rigor el fiscal Carlos Jiménez Villarejo en el reciente Coloquio sobre el Memorial Democrático. O el extraño tribunal de espionaje y otras actividades (así se llamaba el que me procesó en los años sesenta por sospecha de pertenencia a un partido político) y luego el famoso tribunal de orden público, que calificaba cualquier opinión o actividad opositora como propaganda ilegal y organización ilícita y condenaba a largos años de cárcel. La simetría podría conducir a una aberración por su imposibilidad material, por pretender corregir una injusticia con otra y por la perversidad moral que supone establecer equivalencias entre la dictadura y la democracia.

No encuentro nada en las leyes aprobadas que indique ninguna intención represiva hacia nadie. Pero lo que no puede permitirse un Estado democrático es que se mantenga la criminalización de los que se opusieron a la dictadura aceptando la legitimidad de la represión, es decir, los juicios de los demócratas. Ni tampoco que se exalten actos y personajes del franquismo en el espacio público, en el nombre de las calles o en los monumentos. Las víctimas tienen derecho a la reparación y los que se opusieron a la dictadura, al reconocimiento, pero como argumentaba en este mismo periódico hace unos meses Joaquim Sempere, más que una necesidad de ellos es un deber del Estado consigo mismo y con la sociedad. Es suprimiendo cualquier vestigio de legitimidad de la dictadura que se fortalece la democracia. Es volver página de verdad. Y tener que argumentarlo y defenderlo ante el alud demagógico que se ha iniciado es lo que produce un irremediable cansancio histórico. La derecha española es cansadora, terriblemente aburrida. Y el derecho a no aburrirse es un derecho humano.

Más estimulante sería discutir qué hará este Memorial Democrático que ahora existe porque lo dice una ley. Y, como dice el bolero, el “soy tuyo pero de nada te vale, soy tuyo porque lo dice un papel”. Y para que sea nuestro, es decir, sirva al progreso democrático, hace falta ahora una entidad, una sede, un programa de actividades, una oferta permanente de servicios, un presupuesto. Y una orientación hacia el futuro. El conocimiento de la verdad sobre el pasado nos puede hacer críticos hacia el presente. Y no está de más recordar que estilos y actos actuales recuerdan demasiado el mal pasado que arrastramos. Una historia que siempre terminaba mal, como decía Gil de Biedma. Que así no sea.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.

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De Pablo Iglesias a Lerroux (25 años después de una irrepetible victoria política), de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Política by reggio on 28 octubre, 2007

«¡Veinticinco años! (…) ¡Qué cosa más extraña que la de haber vivido y sentirse tan lejos de un tiempo que aún reputamos como presente! El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos»

(Amiel, «Diario íntimo»)

«Felipe González Márquez era entonces, como casi todos nosotros, los de entonces que ya no somos los mismos, un joven con ambiciones, feliz consigo mismo y, como casi todos, indocumentado, lleno de lagunas que se suplían con vehemencia y fe en el futuro. …Era, en suma, «un estilo ético». Y en esas tres palabras se reconciliaba toda una memoria histórica que hasta ese momento no era más que nostalgia y melancolía, desde los tiempos de la Ilustración hasta la II República, desde la tristeza del 98 a la muerte del general Franco».

(Armas Marcelo. «Los años que fuimos Marilyn»)

«Con el comienzo de la década de los ochenta, los socialistas estrenaron un nuevo lenguaje político, cuyos conceptos claves no eran ya la clase obrera como sujeto histórico, el socialismo como nueva sociedad ni la República federal como forma de Estado».

(Santos Juliá. «Los socialistas en la política española». 1879-1982)

Por el cambio

Por el cambio. Por un cambio pacífico y civilizado que dejase definitivamente atrás la dictadura. Que profundizase en las libertades y que no renunciase a una sociedad más justa. Por un cambio en el que la honestidad presidiese la forma de hacer política. Que mitigase el desencanto del que ya había empezado a hablarse. El artífice de aquel milagro le había servido de inspiración al periodista Víctor Márquez Reviriego para escribir un libro que -¡pásmense ustedes- tenía este título: «Felipe González. Un estilo ético». ¡Bendita inocencia la de los de entonces, que muy pronto dejaron y dejamos de ser los mismos!

Vale la pena detenerse en esto que escribió Subirats: «Como todos los eslóganes políticos, la palabra “cambio” concentró muchas emociones en la misma medida en que sus contenidos sociales y culturales se diluían propagandísticamente en el ruido mediático. Pero el deseo de un cambio en la sociedad española se definía, a pesar de eso, con la nitidez apreciable que contrastaba su inmediato pasado y los significados más banales de la permanente confrontación social que encerraba: el autoritarismo político, el carácter primitivo de las relaciones sociales, la mediocridad intelectual y una relativa pobreza económica».

Aquel partido que hablaba de cien años de honradez, lema al que se había añadido la maldad de las cuatro décadas de vacaciones. Aquel partido fundado por Pablo Iglesias en pro de una España más justa. Aquel partido que, según había apreciado Juan Marichal, recogía mejor que ningún otro el legado del republicanismo español, estaba liderado entonces por el «icono mayor» del sesentayochismo español. Generación falsamente revolucionaria al decir de Octavio Paz: «Su gran mérito fue atreverse, con ejemplar osadía, a proclamar y tratar de llevar a la práctica las ideas libertarias de los poetas y escritores de la primera mitad del siglo. Sartre y otros intelectuales participaron en los mítines y los desfiles, pero no fueron actores, sino coro; aplaudieron, no inspiraron. 1968 no fue una revolución: fue la representación de la fiesta de la revolución. La ceremonia era ideal; la deidad invocada, un fantasma».

De Azaña a Lerroux

Dejemos, no obstante, París y centrémonos en aquel Madrid del 82. Lo primero que la bibliografía atestigua es el miedo de González a parecerse a Azaña. Pilar Cernuda en su libro sobre González escribió: «A los pocos días de ganar las elecciones, Felipe González descolgó el teléfono para llamar a Barrionuevo… En esa primera entrevista se refirió varias veces a Manuel Azaña, que pudo haber sido un gran presidente de la República y quizás evitar la guerra civil si hubiera sido capaz de mantener y garantizar el orden público…. Azaña, en esas semanas en las que Felipe González había ganado ya las elecciones, pero todavía no era presidente del Gobierno, fue un punto constante de referencia en sus conversaciones, como ejemplo que no había que seguir, a pesar de su admiración por el político republicano».

Estremece leer ahora las magníficas crónicas electorales que escribió Martín Prieto en la campaña de 1982: «Busca su inspiración (González) en los «Discursos en campo abierto» de don Manuel Azaña. No tanto en sus contenidos -intransferible- como en el pulso moral y en las reclamaciones éticas. Y acaso también en ese punto de indignación contenida en el que el candidato encuentra sus mejores recursos oratorios».

Le horrorizaba seguir políticas que concitasen las iras de la derecha. Lo malo es que -¡ay!- se marchó como Lerroux, que hizo del socialismo lerrouxismo. Promesas incumplidas en el asunto de la OTAN, así como en aquel reclamo de los 800.000 puestos de trabajo, timo de la estampita con la expropiación de Rumasa, que podía parecer indicar que la política del PSOE iba en serio. Desprestigio de la política y de los políticos. Y se desemboca en lo que el propio Nicolás Redondo llamó «el abrazo aristocrático» del que se pasó a la llamada transición económica, que, a su vez, derivó en la famosa huelga del 14-D. De ahí a los fastos del 92, con la guerra mediática por el medio. Al final de los fastos, vino el último mandato felipista, al que denominé en un libro «el trienio del griterío».

Cuando arribó Monipodio

Como si de un castillo de naipes se tratase, del 82 al 86, los políticos entran en irreversible desprestigio. Llega la transición económica. La vida pública la protagonizan entonces banqueros engominados y aupados y, por otro lado, los líderes sindicales, que convocan la huelga general con mayor respuesta desde la democracia a esta parte. Del 89 al 93, los medios de comunicación protagonizan la vida pública. Es la eclosión de las cadenas televisivas privadas. Es la desaparición de Antena 3 Radio. Es la salida de Pedro J. Ramírez de «Diario 16» y la aparición del diario «El Mundo». Es la fugaz vida de algunos periódicos: «El Independiente», «El Sol» y el diario sensacionalista «Claro». Es la guerra mediática. Llega el 93. Un juez estrella, Garzón, se presenta en la lista del PSOE por Madrid. Ahora les toca a los jueces protagonizar la vida pública. Pero el magistrado regresa a su trabajo tras una experiencia que no debió ser satisfactoria y reabre el «caso GAL». El jefe de los guardias se fuga, aún no se sabe en verdad adónde fue. Un ex gobernador del Banco de España ingresa en prisión.

Del cambio del 82 a la conversión de la vida pública en un patio de Monipodio. Luego, llegaría Aznar, con unas promesas de regeneración que estuvieron muy lejos de cumplirse en sus ocho años de mandato. Por cierto, también Aznar reivindicó a Azaña en vísperas de su victoria electoral. Eso, sí, pírrica y raquítica, como su política. Pero ésta sería otra historia.

¿Alguna vez habrán meditado González y Aznar sobre aquella sentencia de Azaña que decía que «lo más difícil de administrar es una victoria política»? ¡Ay!

Luis Arias Argüelles-Meres, profesor y escritor, es autor del ensayo «La España descabezada». Alba Editorial. Barcelona, 1999. El libro se ocupa del período que va entre 1982 y 1999.

Lo que va del tío al sobrino, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 28 octubre, 2007

CARTA DEL DIRECTOR

Fuertemente impactado por el autogolpe de Louis Napoleón que transformó la Segunda República Francesa en el Segundo Imperio, Karl Marx escribió a comienzos de 1852 lo que inicialmente iba a ser una serie de artículos para una nueva revista semanal que su amigo Joseph Weydemeyer quería editar en Nueva York. Finalmente, por falta de fondos, apareció con carácter mensual y una elocuente cabecera en alemán: Die Revolution. Fue en su primer cuaderno donde, por lo tanto, se publicó como una sola entrega el luego tantas veces reeditado ensayo sobre El Dieciocho Brumario de Louis Bonaparte.

El título aludía, naturalmente, al golpe de Estado que en tal fecha del calendario republicano del año VII, correspondiente al 9 de noviembre de 1799, había servido al primer Bonaparte o gran Napoleón para poner fin al Directorio que gobernaba Francia desde la caída de Robespierre y abrir paso al Consulado que, siguiendo la evolución de su mitificada República Romana, desembocó en el Primer Imperio. Las fechas no cuadraban exactamente porque los sucesos de 1851 tuvieron lugar el 2 de diciembre, pero lo importante era la tesis basada en la visión repetitiva de la Historia de Hegel.

Marx hacía suya la percepción del filósofo alemán de que «todos los grandes hechos y personajes de la Historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces». Y a continuación añadía su propia y brillante aportación: «Pero se olvidó de agregar que la primera vez como tragedia y la segunda como farsa». Para ilustrar este postulado contraponía, a modo de ejemplo, al magnético Danton con el aventurero Caussidière -efímero prefecto de policía de París tras la caída de la monarquía orleanista en 1848 -; al descomunal Robespierre con el apañado historiador, doctrinario de izquierdas y miembro del gobierno provisional Louis Blanc -nacido, por cierto, en Madrid-; a la Montaña revolucionaria que había liderado ferozmente la Primera República desde sus escaños de la Convención con la nueva Montaña asilvestrada que, a su entender, había servido de simple comparsa de la burguesía en la Asamblea Nacional; y, finalmente, al «tío» con el «sobrino».

El «tío» era, por supuesto, el gran Napoleón, y el «sobrino», el hijo de su hermano Louis que, respetando en el ordinal dinástico al malogrado Rey de Roma o Aguilucho, acababa de subir al trono con el nombre de Napoleón III. Víctor Hugo le inmortalizaría como le petit Napoleón, no ya porque su estatura estuviera en línea con la tradición familiar, sino porque, aunque mostrara una gran habilidad para el regate y la maniobra, su capacidad política tampoco iba mucho más allá. También le bautizaría como Naboleón por razones inversas, bien fáciles de imaginar.

Cuando hoy, 28 de octubre, se cumplen veinticinco años del arrollador primer triunfo electoral de Felipe González y tenemos al PSOE de nuevo en el poder y la primera legislatura de Zapatero a punto de concluir, parece pertinente preguntarse en qué medida es aplicable a nuestro caso este ingenioso primer canon marxista que, ante todo, pone de relieve el buen periodista político que se malogró en el profeta del comunismo.

La primera obvia similitud es lo que los expertos en mercadotecnia describirían ahora como el buen posicionamiento de la marca. Pese al terrible coste que las guerras napoleónicas habían supuesto para la sociedad francesa, en términos de vidas humanas y privaciones de toda índole, el magnetismo de la era y la figura de quien había logrado presentarse como heredero glorioso a la vez de la Monarquía y de la Revolución era tal que cuando Louis Bonaparte regresó del exilio para concurrir a las elecciones a la presidencia de la República apenas si necesitó hacer otra campaña que mostrar su apellido para obtener un triunfo arrollador. Zapatero tuvo que poner algo más de su parte y al final -11-M de por medio- llegó al poder un poco más justo de apoyos, pero desde su elección como secretario general del partido pudo comprobar que el PSOE era un instrumento político formidable cuyo prestigio y arraigo entre un amplio sector de la población apenas si se había resentido por el descubrimiento de los terribles desmanes gestados en su regazo por el felipismo.

El sustrato de una memoria, más que histórica ancestral, como referencia ideológica remota y coartada práctica inmediata del maniqueísmo más sectario es el otro gran elemento común, pues los socialistas españoles evocan nuestra Segunda República con el mismo timbre, las mismas distorsiones históricas y los mismos propósitos con que los jacobinos -y por ende, los bonapartistas- mitificaban al parricida Bruto, el jurista Mucio Scevola, el sacrificio de los Gracos o el juramento de los Horacios. Su tesis era que de la cuchilla de la guillotina que tronchó la cabeza de Luis XVI manaba la misma sangre que de los puñales que perforaron la toga de Julio César. «Luchamos contra los padres y ahora nos toca luchar contra los hijos», alegó el ministro bocazas cuando hacía méritos para llegar a serlo.

Incluso puede decirse que el antecedente -bien en el siglo I, bien en el siglo XX- de la asfixia de los valores republicanos, que siempre se identifican como democráticos o progresistas, bajo la bota implacable de la reacción, añade un elemento de morboso victimismo que acrecienta con deleite la sensación de revancha. «La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos», escribe Marx en la primera parte de su ensayo. «La resurrección de los muertos sirve para glorificar las nuevas luchas y no para parodiar las antiguas, para exagerar en la fantasía la misión trazada y no para retroceder ante su cumplimiento».

No es casual que el último pretexto que esgrime el sobrino para subvertir la legalidad que le había encaramado fuera que la Asamblea Nacional acababa de aprobar una ley que revocaba el recién implantado sufragio universal y restauraba el restrictivo sistema censitario. Fue cuando dijo que pretendía «bautizarse con el agua del sufragio universal, pero sin meter los pies en el río». En nombre de la libertad de los franceses se volvió a levantar el imperio autoritario. Napoleón III por los mismos pasos que Napoleón I. El PSOE siempre acude a ampliar nuestros derechos, para terminar recortándolos: con González fueron la liquidación de la independencia judicial, la ley de la patada en la puerta y la abortada ley mordaza; con Zapatero, las claudicaciones ante los nacionalistas. Y así es como unos centenares de parejas gays han podido casarse -a lo que nada cabrá ya objetar si el Tribunal Constitucional lo bendice-, pero centenares de miles de padres no pueden educar a sus hijos en la lengua común de todos.

Tanto González como Zapatero conquistaron el poder abanderando el cambio e imprimiendo un aire iconoclasta, y en cierto modo adolescente, a su ocupación de La Moncloa. Aún resuenan en mis oídos las palabras de Felipe -todos los periodistas le llamábamos todavía así- una mañana de aquel noviembre del 82 cuando telefoneó para agradecerme que hubiera dicho en un programa de Mercedes Milá que quienes no le habíamos votado pero anhelábamos la modernización de España, debíamos darle un margen de confianza: «Te prometo que no defraudaré esa confianza, que el PSOE no monopolizará el cambio político y que nuestro proyecto estará abierto a cualquier demócrata, aunque no tenga nada que ver con el partido». Frases parecidas pueden encontrarse en mi primera entrevista a Zapatero en La Moncloa, aunque también, todo hay que decirlo, en la equivalente con Aznar.

Que todos los miembros de aquel primer gobierno felipista tuvieran carné del PSOE ya supuso una primera desviación de la promesa de su presidente. Al contemplarles alborozadamente formados en las escalerillas de La Moncloa nadie podía dudar de que el poder había cambiado no sólo de manos, sino también de apariencia. El aire de renovación -todavía no se hablaba de talante- que en el gabinete de Zapatero se concretó en la paridad femenina venía determinado en aquel primer gobierno de González por la juventud de la mayoría de sus miembros -a excepción de Fernando Morán todos tenían menos de 50 años- y por la, entonces contestataria, presencia de hasta cuatro ministros con barba. Guerra desempeñaba el papel de Fernández de la Vega, aunque trabajando mucho menos; Boyer el de Solbes, aunque intrigando mucho más; los chistes de Morán preludiaban al hoy ministro desatinos; y, como látigo del partido, el diminutivo de Txiqui Benegas auguraba el de Pepiño Blanco.

Los derroteros ocultos de aquella legislatura, en la que el PSOE regresaba al poder al cabo de casi medio siglo de abstinencia, hicieron, sin embargo, muy pronto buena la primera parte de la apostilla de Marx al diagnóstico de Hegel sobre la repetición de la Historia, puesto que la absoluta carencia de escrúpulos democráticos, sentido de la legalidad e incluso constricción moral alguna por parte de González, sus colaboradores y su alegre claque de la bodeguiya -a la que pertenecían destacados periodistas que aún no han terminado de recuperarse de aquellos vapores etílicos- engendró, en efecto, la mayor tragedia achacable a ningún gobierno en más de 30 años de Transición y régimen constitucional. Apenas unas semanas, como máximo unos meses, después de prometer -lo de jurar era ya cosa del pasado- cumplir y hacer cumplir las leyes, González dio luz verde a los secuestros y asesinatos en el sur de Francia que muy pronto pondrían a los GAL de macabra actualidad. Tanto la naturaleza de esa decisión como la posterior amnesia autoexculpatoria de su artífice parecen calcadas de la quiebra ética del primer Bonaparte cuando autoriza que un destacamento militar capture -también al otro lado de la frontera- al Duque d’Enghien y que, tras un simulacro de proceso sumarísimo, sea fusilado en los fosos del castillo de Vincennes.

En esos mismos primeros compases se consolidan también las prácticas corruptas de financiación del PSOE, de forma que el llamado caso Ferraz -cuando el secretario de Alfonso Guerra recibía el dinero en bolsas de plástico en la propia sede del partido- se funde casi sin solución de continuidad con las tramas de Filesa. La otra cara de la moneda es el inmediato viraje atlantista y pronorteamericano de la política exterior en la que el relevo de Morán por Fernández Ordóñez permite apoyar el despliegue disuasorio de misiles en Alemania y prepara el terreno para que el referéndum sobre la OTAN no vaya orientado a salir, sino a quedarse. Tampoco se admiten bromas de ningún tipo a los nacionalistas, con lo que nos encontramos, en suma, con un gobierno mucho más indecente de lo que nadie esperaba, pero con bastante más sentido común de lo que todos pronosticábamos.

Cualquiera diría que ambas apreciaciones se han visto afectadas un cuarto de siglo después por una especie de efecto vacuna, como reacción a lo que pasó entonces. La resultante es que ahora desde el poder ni se asesina, ni se secuestra, ni siquiera se roba -al margen de otras consideraciones el caso Pla demuestra que en ese terreno Zapatero no deja pasar ni una-, pero en cambio la frivolidad, las ocurrencias y los bandazos han impregnado la alta política tanto exterior como interior. Nuestro gobierno es amigo y protector del patético dictadorzuelo caribeño que está a punto de consumar la primera transformación legal de una democracia en una dictadura en más de medio siglo; ha sacado adelante un disparatado Estatuto catalán que no se atreve a someter al obligado test de constitucionalidad -antes bombardeará el Tribunal que permitir que resuelva con su actual composición-; ha mantenido negociaciones políticas con ETA engañando a los ciudadanos, o autoengañándose incluso, respecto a las posibilidades de que de ellas saliera algo en limpio; se muestra incapaz de gestionar las obras del AVE sin que se le agrieten los edificios y se le hundan los andenes; y atiza el rencor entre españoles reabriendo osarios y alanceando la estatua ecuestre de Franco con la misma saña con que los nuevos bonapartistas se cebaban, al decir de Karl Marx, en el recuerdo de la «cabeza atocinada de Luis XVIII».

Todos los ingredientes de la farsa están, pues, servidos. La historia de la última gran crisis de Estado que chupó la sangre y energía de la sociedad española hasta marzo del 96 se repite ahora incluso en las cortinas de humo utilizadas por los esbirros periodísticos del Gobierno para distraer la atención de lo esencial -¿o no es esta imaginaria «pinza contra el Rey» el mero remedo de aquella «conspiración republicana» que tan banalmente hizo correr ríos de tinta en su día?-, pero la fotocopiadora se ha quedado sin tinta y donde había un drama vigoroso y tremendo sólo aparecen los tenues perfiles de la España del como sea que se desdibuja entre la broma. Es de agradecer que el sobrino no persiga a la prensa como lo hacía el tío y que su trato sea siempre amable y sonriente, pero cuando un gobernante parece haberse perdido el respeto a sí mismo, será difícil que se lo guarden los demás. El felipismo también hacía vídeos, pero su propósito no era dar risa, sino miedo; y a veces lo conseguía.

Tratando de emular las gestas militares del Sol de Austerlitz, Napoleón III embarcó a los franceses en las más estrambóticas aventuras planetarias, desde la guerra de Crimea hasta la expedición a la Cochinchina compartida con España, pasando por el pintoresco intento de entronizar como emperador de México a un Maximiliano de Habsburgo que desde el principio olía a carne de pelotón de fusilamiento. El colmo de tanta frivolidad bélica fue la declaración de guerra a Prusia -estimulada por nuestra compatriota la emperatriz Eugenia- con el estúpido pretexto de que el Kaiser no le había pedido disculpas escritas por haber propuesto a un pariente suyo para ocupar el trono vacante en Madrid tras el derrocamiento de Isabel II.

Toda vez que el petit Napoleón condujo la campaña militar con idéntica habilidad a la que desplegó en la crisis diplomática previa, el ejército francés tuvo que rendirse a los prusianos en Sedán y él mismo pasar por la humillación de dar explicaciones en calidad de prisionero a su detestado canciller Von Bismarck. Fue entonces cuando, haciendo gala de un desparpajo que no resultará desconocido ni a los españoles de hace 25 años ni a los de ahora, le dijo que había actuado «empujado por la opinión pública». A lo que Bismarck le contestó: «Sí, empujado por la opinión pública empujada por su Gobierno».

Cuando tres años después, derrocado y exilado en Inglaterra, Louis Napoleón entró en agonía, tras una operación de vesícula mal practicada, sus últimas palabras inteligibles fueron para su amigo y médico personal el doctor Henri Conneau:

– Henri, étais-tu à Sedan?

– Oui, Sire.

– N’est-ce pas que nous n’avons pas été des lâches à Sedan?

Cuentan las crónicas que al doctor Conneau ni siquiera le dio tiempo a contestar, antes de que el emperador expirara. Tan sólo le hubiera dicho que no, que ellos no se habían comportado como «cobardes» en Sedán. Pero en su fuero interno pensaba que la debacle no había sido, efectivamente, producto de la lâcheté -¿cómo iba a ser cuestión de «cobardía» si el propio emperador había combatido a caballo al frente de las tropas?- o de ningún otro tipo de tara moral, sino más bien fruto de una inmensa bâclage. En castellano eso quiere decir «chapuza» y, mira por donde, se trata de una palabra en la que no es preciso apalear la ortografía para ponerle una buena zeta de zuzpenzo.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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La memoria instrumental, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 27 octubre, 2007

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Después de veinticinco años donde lo que privaba era la desmemoria, la amnesia colectiva, ahora sufrimos una auténtica saturación de la memoria. Si de algo se caracterizó la transición democrática, ese periodo que va de la muerte de Franco (1975) a la victoria socialista del 82, fue el olvido, o más exactamente el esfuerzo por que la memoria no enturbiara la marcha de aquella democracia frágil y sobrevenida. Me acuerdo que quienes nos dedicábamos entonces a reconstruir lo más obvio de la memoria perdida éramos acusados de resentidos y boicoteadores de la estabilidad de aquel régimen nacido de padres de dudosa legitimidad, el padre Consenso y la mamá Reconciliación. Padres no biológicos, por supuesto, porque los sanguíneos, los que habían cohabitado y de los cuales había salido aquel muchacho sietemesino, del cual tanto se llegaría a hablar cuando se hizo mayor, se llamaban respectivamente Reforma y Adaptación, que llevaron el embarazo casi a escondidas hasta la clínica “Esto es lo que hay”,también conocida como “Vosotros habéis ganado pero confiamos que haya sitio para todos”. Pendejadas metafóricas.

Todo empezó a cambiar en los 90 -acababa de caer el Muro, no se olvide- y a la derecha tradicional le alcanzó una dosis de optimismo histórico. De pronto todos se hicieron hegelianos de Fukuyama, empezando por los empresarios de la construcción; sin saberlo, como el personaje de Molière. Nos fue invadiendo el agrio aroma del mercado; si el mercado es la libertad, nosotros, aseguraban, fuimos liberales siempre aunque no lo supiéramos expresar.

Y que conste que soy de los que piensa que el mercado es una parte de la libertad, como los juzgados son fundamentales para un Estado de derecho. Se puede tener mercado en una dictadura siniestra y jueces en un régimen de malhechores. Exactamente lo que pasó durante los años del cólera, que el mercado estaba escorado por la corrupción y los jueces eran una parte del sistema represivo. La memoria histórica ha vuelto, y como ocurre siempre que reaparece, viene acompañada del patriotismo.

No hay memoria histórica sin patriotismo. Otra cosa es hacer historia, escribir historia o contar historias, pero allá donde se refieran a memoria histórica hay siempre patriotismo. Porque la memoria está vinculada al individuo, y la suma de memorias históricas de los individuos generan patriotismo; patriotismo del corazón o de la tierra, sentimientos e intimidades. Pocas cosas hay más falaces que las memorias. Si quieren les recomiendo una serie de libros de memorias de personajes relevantes y vivos, cuya falsedad es tan notable que asombran por su desparpajo. Si la memoria no me falla -¿ven como es insegura la memoria?- Santiago Carrillo va por sus sextas memorias. Y no es que tengan seis volúmenes, es que cada volumen lo cuenta de diferente manera. Pero podría citar otros, no tan prolíficos pero no menos desvergonzados.

La memoria histórica y el patriotismo a menudo viajan juntos. Se empieza siempre de manera muy entusiasta porque la memoria histórica tiene un arrastre irresistible; pertenece al hondón de cada persona. ¿Quién puede negarse a que los huesos de un antepasado vilmente fusilado o paseado o torturado hasta la muerte, puedan ser recuperados por sus familiares? ¿Quién se puede negar a que los papeles que pertenecen a una familia o una institución, que han sido confiscados durante la guerra y por un régimen inicuo, puedan ser devueltos a sus propietarios? Ahora bien, si usted hace de la recuperación de cadáveres una tarea de gobierno, y la exhibe, está abriendo la caja de los truenos. Lo cual no tiene nada de malo, ni tampoco de bueno, es un hecho en sí, que debe asumir quien lo provoca, sin escandalizarse.

Un partido puede convertir la devolución de los papeles de Salamanca en una misión política trascendental -la primera vez que se exigió la devolución de los papeles a Catalunya, como no se cansa de repetir Fabián Estapé, no fue por obra de los patriotas sobrevenidos, muchos de los cuales deberían preguntar a sus padres por qué confiscaron los papeles, sino de Antonio de Senillosa y Fraga Iribarne-. Pero esa exigencia responde a una política conservadora; mira hacia atrás. ¿Cómo es posible que se considere política de izquierdas pedir unos papeles cuyo interés es simbólico mientras la ciudad de Barcelona se desangra socialmente en uno de los desastres más brutales que haya vivido nunca? ¿Ha habido alguna vez mayor razón para convocar una huelga general cívica contra esos espantapájaros que nos gobiernan? Esos prestidigitadores paletos que se pasan el palomo de unos a otros. Desde Jordi Pujol y Felipe González hasta los innombrables que pagamos para que nos gobiernen, todos, pasando por los Aznares, los Maragall, los Zapatero y los Montilla, todos coadyuvaron al caos, y ahora se acusan como los niños, y nosotros hacemos como si nos lo creemos. ¡Al catalán emprenyat, querido Juliana, lo castraron cuando le hicieron creer lo del oasis! Y ahora está perplejo porque ha cambiado el Govern y es exactamente igual, tan inane como la derecha catalanista. De los diez mil radicales que se concentraron para indignarse dignamente y reírse muchísimo -la izquierda catalana se ríe mucho últimamente, y no porque se mire al espejo sino porque paga a sus payasos con prodigalidad- por los papeles de Salamanca aventuro que más del 90 por ciento dependían directa o indirectamente de la Generalitat o los ayuntamientos. ¿Alguien ha calculado cuánta gente se saca un sueldo o un sobresueldo de las instituciones públicas catalanas?

Esos promotores de memoria histórica juegan con los sentimientos de un puñado de gente que dice despreciar la política pero se sienten patriotas. En un reciente mitin, el conseller de Cultura, supuesto filósofo y funcionario de la universidad, ensalzó la memoria de los patriotas catalanes que murieron en la Guerra Civil. Ven, ahí están los efectos letales de la memoria histórica, que no de la historia. El catalanismo político, usufructuador histórico del patriotismo catalán, se fue en gran parte a Salamanca, y con Franco, y confieso que cada vez que veo esos carteles con homenajes a los patriotas catalanes que murieron en el Ebro, me producen una sensación muy similar a la de las iglesias con los gloriosos caídos por Dios y por España. ¡Un poco de respeto! En el Ebro murieron tal cantidad de republicanos que lo de los patriotas catalanes suena a sarcasmo.

¿Con qué razón vamos a reprocharle al franquismo su discriminación hacia las víctimas si nosotros estamos haciendo lo mismo? ¿Por compensar? Mentira, por contentar a la parroquia regalándole vaharadas de autoestima. La política tiene algo de oficio de carnicero; usted debe eviscerar, limpiar las partes sucias, para luego colocarlo en la vitrina limpio y digno de ser devorado. Nosotros estamos en el secreto, somos gente que incluso leemos artículos largos; por tanto, hablemos de política. Sacar una ley de la Memoria Histórica 30 años después de las primeras elecciones y 25 después de la victoria socialista por mayoría absoluta, se llama un trágala, y eso es hacer política mirando hacia atrás porque no se tiene ni zorra idea de qué hacer mirando hacia delante.

Mañana domingo coincidirán dos acontecimientos donde se mezcla la historia con la memoria histórica, y sería bueno analizarlos y juntos. Se cumplen 25 años del final de la transición, o lo que es lo mismo de la victoria arrolladora del PSOE que le consintió gobernar con mayoría absoluta para hacer y deshacer. También mañana la Iglesia católica procederá en la plaza de San Pedro de Roma a la beatificación de 498 religiosos asesinados durante la República y la Guerra Civil.

Hace veinticinco años la Iglesia católica española no se hubiera atrevido. La pregunta que deberíamos hacernos es ¿por qué ahora sí? De la respuesta que demos saldrán dos formas de hacer política, pero, por favor, dejemos la demagogia e impongamos unos cuantos meses de veda a la memoria histórica. Como mínimo hasta marzo y las elecciones. Cuando alguien se refiere con vigor y fuerza a la memoria histórica me evoca un chiste de El Roto donde un personaje le dice a otro “¿Te acuerdas de cuando vitoreábamos a Franco?”. Y el otro responde: “Sí, pero lo mío eran vítores de protesta”.

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La doble patología, de Javier Pérez Royo en El Periódico

Posted in Política by reggio on 27 octubre, 2007

LA CRISIS DE LAS INSTITUCIONES

La mayoría cualificada es la máxima garantía que se conoce en democracia. Esta fue una de las grandes aportaciones de EEUU a la construcción del Estado Constitucional. Cuando de la reforma de una constitución se trata, se excepciona la vigencia de la mayoría simple, que es la norma que preside el funcionamiento diario de todo sistema político democrático, y se exige una mayoría cualificada. En el día de hoy esta exigencia de mayoría cualificada para la reforma de la constitución se ha universalizado. Todas las constituciones democráticas la contienen.

Pero no solamente se ha universalizado, sino que, en algunos países se ha extendido la exigencia de dicha mayoría cualificada a otros territorios distintos de la reforma. Es lo que hizo el constituyente español de 1978, que extendió la exigencia de la mayoría cualificada de tres quintos del Congreso de los Diputados y del Senado para la reforma de la Constitución, a la elección de los magistrados del Tribunal Constitucional (TC) y de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Dicha mayoría se extendería después al Defensor del Pueblo.

LA RAZÓN de ser de la exigencia de la mayoría cualificada para la reforma de la Constitución salta a la vista. Las reglas del juego político democrático tienen que ser el resultado de un pacto y no de una imposición de la mayoría simple. La renovación del poder constituyente no puede hacerse de manera unilateral, sino que tiene que hacerse de forma consensuada. Esta es la garantía en la que descansa todo nuestro ordenamiento jurídico. De ahí que el Título X sea el Título más importante de nuestra Constitución.

Ahora bien, el constituyente español consideró que para garantizar la supervivencia de la Constitución no bastaba la mayoría cualificada para la reforma, sino que era necesario que tal mayoría se extendiera en todo caso a la designación de los magistrados del TC y también a los miembros del CGPJ y al Defensor del Pueblo. La decisiva es la de los magistrados del TC. Jurídicamente, el TC es el complemento necesario de la reforma de la Constitución. Sin justicia constitucional esa reforma tendría un valor político, pero no jurídico. No habría forma de impedir que se produjera una vulneración de la Constitución. De ahí que la exigencia de la mayoría cualificada para la designación de sus magistrados caiga por su propio peso. La Constitución dispone, pues, de las máximas garantías que se conocen en democracia para preservar su vigencia y están, además, bien configuradas, de manera perfectamente comparable con como figuran en todas las demás constituciones democráticas dignas de tal nombre.

¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué no operan en la democracia española como lo hacen en los demás países de nuestro entorno? ¿Por qué en España no se hace uso de la reforma de la Constitución y se hace un uso excesivo de la justicia constitucional? Porque esto es lo que está ocurriendo. Nuestro sistema de garantías funciona mal por defecto y por exceso. Por defecto en lo que a la reforma se refiere. Todos los países europeos reforman sus constituciones con normalidad. Alemania ha reformado la Ley Fundamental de Bonn en más de 50 ocasiones. Francia, la Constitución de la Quinta República en más de una docena. Portugal también ha reformado su Constitución de 1975 en varias ocasiones. España solo ha reformado la Constitución una vez y no fue propiamente una reforma, sino un incidente en el proceso de aprobación del Tratado de Maastricht.

Por exceso, en lo tocante a la justicia constitucional. En ningún país europeo se recurren prácticamente todas las leyes aprobadas en una legislatura, como está ocurriendo en esta. No es posible que todo lo que hace una mayoría parlamentaria sea anticonstitucional. Se podrá estar en desacuerdo políticamente con la legislación aprobada, pero el desacuerdo político no puede convertirse en descalificación jurídica. Entre otras cosas porque basta con que cambie la mayoría parlamentaria en otras elecciones para que esa legislación pueda ser modificada o derogada.

EXISTE UNA clara conexión entre esta doble patología. El desuso del instituto de la reforma y el uso excesivo de la justicia constitucional tienen una raíz común. Lo que ambas nos están indicando es que no somos capaces de renovar la voluntad constituyente de formar parte de un mismo sistema político. Madison decía que la democracia es un sistema armónico de frustraciones mutuas. La frustración del adversario es no sólo el derecho, sino la obligación de todo partido político. En esa frustración reside una de las mejores garantías para la libertad de los ciudadanos. Pero no se puede olvidar nunca que se trata de la frustración de un adversario y no de la aniquilación de un enemigo. Por eso he subrayado el término armónico. Hay algo que tiene que ser compartido, que tiene que estar por encima de toda discusión. Sin ese común denominador no es posible la reforma y nos veremos abocados a la prolongación permanente del debate político ante el TC, haciendo imposible su funcionamiento normal.

Desde 1993, el PP solamente se ha mostrado dispuesto a aceptar ese común denominador cuando ganaba las elecciones y ocupaba el Gobierno de la nación, pero no cuando las perdía y el poder lo ocupaba el PSOE. De ahí la extrema crispación de la última legislatura de Felipe González y de la primera de José Luis Rodríguez Zapatero. El desastre institucional es la consecuencia de todo ello.

Javier Pérez Royo. Catedrático de Derecho Constitucional. Universidad de Sevilla.

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El blindaje mediático de la monarquía, de Vicenç Navarro en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 26 octubre, 2007

A raíz de la quema de fotos de los Reyes en varias partes del territorio español (y no sólo en Cataluña) ha habido una respuesta unánime, por lo demás predecible, de los establishment políticos y mediáticos españoles en defensa de la Monarquía española, continuando una práctica que ha caracterizado la cobertura de la Monarquía por parte de los medios de información españoles durante el periodo democrático. Prácticamente la totalidad de esos medios han arropado a la institución, no permitiendo (salvo contadísimas excepciones) la aparición en sus medios de voces críticas hacia el Monarca o hacia la institución que él representa.Pero tal comportamiento escasamente democrático no se limita a vetar el punto de vista del adversario, sino que va mucho más allá: tergiversa la historia y debilita la recuperación de la sensación de poder que la población debiera tener en una democracia. Me estoy refiriendo a la interpretación generalizada en los medios de información de que la democracia la trajeron a España el Rey y el presidente del Gobierno Adolfo Suárez, que él nombró, convirtiendo al pueblo español en mero espectador de su historia. Esta versión, reproducida incluso en ocasiones por voces de izquierda, ha hecho un enorme daño a la cultura democrática de nuestro país, negando a la población y muy en particular a las clases populares el protagonismo que tuvieron en aquellos acontecimientos y transición. Varios escritos, y entre ellos el libro El final de la dictadura, de Nicolás Sartorius y Alberto Sabio, han documentado que ni el Monarca era un demócrata a la espera de que pudiera establecer la democracia cuando muriera el dictador, ni Suárez deseaba al principio de su mandato establecer un sistema democrático homologable al existente en el resto de la Unión Europea. El gran protagonista del cambio fue la agitación social muy centrada en las movilizaciones obreras. En 1976, año decisivo de la Transición, hubo 1.438 días de huelga por cada 1.000 trabajadores (el promedio en la Comunidad Europea eran 390 días) y en los sectores industriales tal cifra alcanzó 2.085 días (cuando el promedio de la CEE era de 595), situación que se repitió en 1977. El primer Gobierno de la Monarquía, nombrado por el Rey y presidido por Carlos Arias Navarro, intentó reprimir tales movilizaciones, alarmado de que, tal como indicó el Ministerio de Gobernación, tales movilizaciones representaban un peligro para la continuación del orden institucional, lo cual quería decir la Monarquía. Tal represión fue dirigida por Suárez, que era el ministro en funciones de Gobernación, y que costó la vida a varios trabajadores en Vitoria. En realidad, la mano dura expresada por Suárez fue uno de los motivos de apoyo del Ejército a que el Rey le nombrara más tarde presidente del segundo Gobierno de la Monarquía. Tales gobiernos se caracterizaron por una gran represión, habiendo sido durante su mandato, cuando el 60% de los procedimientos llevados a cabo por el enormemente represivo Tribunal de Orden Público tuvieron lugar. El objetivo de esta represión fue debilitar a las izquierdas, intentando excluirlas del proceso democrático y, cuando no lo consiguieron, incorporarlas al sistema democrático en condiciones de gran debilidad, excluyendo de este sistema al Partido Comunista que había tenido gran protagonismo en la lucha contra la dictadura. Su posterior aceptación de tal partido fue consecuencia de las enormes movilizaciones sociales y de la presión internacional.

Todos estos datos han sido deliberadamente excluidos de la narrativa dominante en el país, presentando la democracia que tenemos como resultado de la vocación democrática del Rey y de Suárez, confundiendo su deseo de perpetuarse en el poder con una limitada motivación democrática. Los motores de la Transición no fueron grandes personajes, sino los obreros anónimos que con sus contribuciones hicieron imposible la perpetuación de aquel sistema dictatorial. Ha sido precisamente la excesiva influencia de las fuerzas conservadoras representadas por tales personajes lo que explica que nuestra democracia sea tan incompleta, lo cual se refleja en que en España una persona puede ir a la cárcel por quemar el retrato del Rey.

Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la UPF

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No se construye la historia con mentiras, de Francisco de Asís Fernández Junquera en La Nueva España

Posted in Política by reggio on 26 octubre, 2007

Cuando perpetran un gran desaguisado y se dan cuenta de que les perjudica, los mediocres nunca lo reconocen. Intentan disfrazarlo de acierto o de necesidad. Si además carecen de razones y no poseen argumentos de los que echar mano, recurren sin empacho a las mentiras más groseras. Eso es lo que le sucede a la cúpula dirigente de IU de Asturias. No sabemos si fue la ignorancia o el desprecio lo que movió la mano del que manipulaba el censo de militantes de Izquierda Unida de Oviedo cuando, sentado ante una lista de 540 afiliados, tachó el nombre de José María Laso. Lo hacía con la iracundia insana y rijosa del que piensa desembarazarse en la sombre de aquellos a quienes odia. Alevosamente, sin darle a nadie ocasión de defenderse. Pero cegado por la insaciable inercia represiva, entre cientos de tachones sobre nombres de hombres y mujeres sencillos, se le fue la mano. De un solo trazo pretendía borrar sesenta años de militancia comunista y de grandeza humana.¿Era la zarpa de un analfabeto político, ignorante de su propia chapuza? ¿O la mano de quien pretende salir de su frustrante pequeñez, laminando a alguien mil veces más grande que él?

Cuando se dieron cuenta de la inmensa torpeza (alguien desde Madrid les dio un tirón de orejas) se callaron la boca, a ver si el disparate pasaba inadvertido. Erraron otra vez. Y ahora, enlodados en un escándalo mayúsculo, que desenmascara la monumental trampa de las «primarias» en IU, tratan de reinventar la historia a base de mentiras.

Es mentira que IU de Asturias tuviese que disolver a IU de Oviedo porque muchos de sus militantes apoyaran a otra opción política en las pasadas elecciones municipales. Es justamente al revés. Como IU de Asturias (24 de marzo) «suspendió» arbitrariamente en sus funciones a IU de Oviedo y anuló su candidatura, encabezada por Rivi y Celso, elegida democráticamente en una asamblea (11 de enero), Rivi y Celso para evitar los efectos de semejante «golpe de Estado», se acogen a otras siglas y presentan candidatura como Asamblea de Ciudadanos por la Izquierda (20 de abril) con el mismo programa de IU de Oviedo. O sea, que lo que ahora pretenden presentar como «causa» no fue causa, sino efecto. Si hubiera dejado en paz a IU de Oviedo, Rivi y Celso habrían ido como siempre en su lista y ASCIZ simplemente no existiría.

Es mentira que, aunque hubiesen cometido actos contrarios a los estatutos de IU, los militantes puedan ser «dados de baja» sin más, o sea «desaparecidos». Para expulsar a alguien de IU es preciso incoar un expediente, oír al expedientado en un procedimiento contradictorio y acordar formalmente la sanción en el órgano colectivo competente. Nada de eso se ha hecho en la auténtica orgía de expulsiones disfrazadas de «actualización de censos». Hasta los más abyectos delincuentes tienen derecho a un juicio justo en un Estado de derecho. La figura del «desaparecido» es propia de dictaduras bananeras. Estamos en presencia, pues, de una monumental limpieza de comunistas para garantizar tres cosas: primera, una abrumadora mayoría de Llamazares en la «consulta» a las bases, para determinar el candidato a la Presidencia del Gobierno, en detrimento de la candidata Marga Sanz. Segunda, una victoria sin ruidos ni contratiempos de las tesis «ecopacifistas» y nacionalistas en la próxima asamblea de IUA, prevista para el 30 de noviembre, en la que no sólo se pretende liquidar el componente rojo de IU, sino convertirla en persona jurídica independiente como Ezker Batúa. Tercera, una delegación de Asturias a la próxima asamblea federal de IU totalmente entregada a Llamazares sin críticas ni opiniones discrepantes.

Es mentira que se haya realizado una asamblea de IU de Oviedo para elegir un nuevo consejo político, cuyo coordinador sería un tal Suárez, es decir, el mismo indocumentado que confunde Aristóteles con Parménides y que condujo a las siglas de IU a la debacle en Oviedo. Una asamblea no es la reunión de los 32 amigos que se vieron en septiembre para amagostar semejante engendro (al que tuvieron que llamar a militantes de Gijón y de Mieres, echar mano a rebotados de las consejerías ya sin alto cargo y nutrirlo con unos cuantos personajes que hace unos diez años defendían en Asturias la candidatura de Herri Batasuna a las europeas). ¡Vaya cuadro! Una asamblea necesita como premisa usar el censo existente, sin pasarlo primero «a fosforito», eliminando a los que no piensan como uno (es mentira que ninguna decisión judicial dictamine que estaba adulterado), convocar por escrito a todos los censados y, si queda un poco de vergüenza, llamar a los periódicos. Ése era el problema: no tenían ni militantes ni vergüenza.

Es mentira que IUA no dispusiera de los censos de Oviedo, mentira que el PCA estuviera obligado a entregar sus censos a IU y mentira que IU de Oviedo no abonara sus cuotas antes de diciembre de cada año, hasta el inmediatamente anterior a la purga, en que por lógica cautela se aplazó el pago.

¿Dónde radican las verdaderas causas de la purga? En la realización del VIII Congreso del PCA, en el que los actuales mandamases de IU se negaron a participar, pudiendo haberlo hecho y que resituó a la Federación Asturiana del PCE en cohesión con el 87% de la militancia de aquél. No quisieron participar en un proceso limpio y sin trampas, pese a la posibilidad de ganarlo todavía en Asturias, por no reconocer las deliberadas irregularidad que ellos habían perpetrado en la primera edición del VIII Congreso, que el PCE se vio obligado a anular.

Pero, volviendo a Laso, es mentira que él «guardara silencio» antes del actual escándalo. Laso es autor de dos artículos: uno denunciando el viraje nacionalista de IU de Asturias y otro apoyando la candidatura de Rivi y Celso. Por eso lo tacharon ¿o no? ¿A qué viene ahora decir que «estará donde quiera estar»? ¿No les tiembla la voz al hablar ahora con un cinismo repugnante «de la intachable trayectoria», «de la relevancia social, política e intelectual» de Laso? ¿A qué viene tanto jabón tras haberlo excluido ahora de IU y antes, cuando mandaban en el PCA, haberlo apartado de sus responsabilidades y haberle retirado la compensación económica que recibía? Hoy tratan de completar la humillación con la aberrante propuesta perdonavidas de que puede volver «si lo pide». No hay nada que pedir, sino reconocer el legítimo derecho a seguir siendo militantes de IU, tanto de Laso como de todas las víctimas de la ignominiosa purga.

Es mentira la afirmación de que la dirección del PCA pretende utilizar al histórico Laso cuando son precisamente quienes dicen esa villanía los que pasean «históricos» para legitimarse, los que mencionan en sus artículos nombres y más nombres propios de veteranos militantes y los que instrumentalizan firmas como la de la viuda de Fernández Inguanzo para tratar de patrimonializar una fundación que sólo es del partido.

Es mentira que la mayoría de quienes hoy dirigimos el PCA provenga del PCPE. ¿Pero si proviniese, qué? ¿Acaso Ignacio Gallego no pertenecía a la tradición del partido? ¿O Armando López Salinas? ¿O nuestro recordado Juan Rodríguez Ania? ¿De dónde vino Monereo? ¿Cuál es el origen del Partido de los Comunistas de Cataluña, que ahora tanto apoya a Llamazares? Cuando no hay argumentos políticos se busca la descalificación personal y cuando tampoco hay razones morales para hacerlo, se recurre a alegatos demagógicos destinados a desorientar y confundir.

Es mentira que los que ahora se ponen tan serios y formales con citas literarias y filosóficas sean los corderos que la piel que hoy revisten induce a pensar. Son los mismos que el 31 de mayo acaudillaban una banda de energúmenos, previamente caldeados con mentiras para tomar por asalto la sede del PCA, vociferando, insultando y golpeando.

La imagen de aquellos tristes hechos proyecta el verdadero retrato político y moral de quienes, no contentos con haber expulsado de su ciénaga a Laso y a tantos militantes más, se revuelven ahora en ella, inventando mentiras y mentiras para disimular sus fechorías.

Francisco de Asís Fernández Junquera, secretario general PCA.