Reggio’s Weblog

El escritor que murió de hambre, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Literatura, Sociedad by reggio on 28 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

La literatura española no es muy variada en muertes. Hay algunos suicidas; pocos, si tenemos en cuenta que es un oficio cuya singularidad asume cierto desquiciamiento. Algunos creen que eso revela la huella de la genialidad, pero no es cierto. Se han suicidado más escritores sin talento que geniales. Todo escritor, por esencia, es un tipo raro, porque si fuera normal se dedicaría a profesiones más sanas, seguras y acrisoladas. Muchos murieron en la cama, de viejos, y cuanto más idiotas estaban, más los celebraron. Luego figuran y desde hace mucho los académicos de la Real, que son gente que vive de la pluma -tomando esta en un sentido muy laxo- pero que por suerte para la literatura no viven de ella, aunque lo hagan parecer.

No recuerdo de ningún académico de la Lengua Española que se haya suicidado; primero porque son gente más consolidada que los bonos del Tesoro, y por si fuera poco, nada propensa al mal de amores, por razones de edad y patrimonio. Fueron famosas las inclinaciones hacia el lupanar y la timba de algunos de ellos, pero eso no mata a nadie. Hay algunos escritores, y grandes, que cayeron por excesos con el alcohol y las malas compañías sexuales, pero fueron muertes lentas, casi mansas y aceptadas. De miseria y abandono, muchos. Pero de hambre, lo que se dice de hambre, yo sólo conozco a Alejandro Sawa.

Las singularidades de nuestra historia, con el conservadurismo en dominante hegemonía -palabra finísima con la que aquellos que procedemos de la izquierda radical, espurios herederos de Gramsci, solemos designar al aplastante dogmatismo de la Iglesia católica española durante siglos-, ha consentido que en los libros de enseñanza de la literatura del siglo XX figurase el padre Coloma, modesto jesuita al que sus colegas de compañía volvieron tarumba, autor de auténticas bazofias de prosa alambicada, cursi y retorcida, como Pequeñeces y Jeromín, ilegibles hoy salvo para sadomasoquistas, y sin embargo no aparecen plumas que aún pueden leerse con placer y benevolencia. Por ejemplo, Alejandro Sawa, que no fue un gran escritor pero que sí consiguió páginas periodísticas notables, media docena de novelas valientes -alguna de ellas con pretensiones- y la adaptación teatral de una novela de Alphonse Daudet que obtuvo gran éxito, Los reyes en el destierro.

Hay escritores que sin ser grandes por su obra son sin embargo figuras de primer orden en el paisaje literario de un país. Alejandro Sawa es para la literatura española eso, una personalidad que exige ser estudiada, porque con él y su entorno está gran parte de la mejor literatura que se hará en España en el filo entre el XIX y el XX. Sevillano, seminarista en Málaga, aspirante a lo que fuera en Madrid, Sawa -curioso apellido, que nos remite al gran escritor de Trieste, Umberto Saba, y a un vago aire grecoturco de Salónica-Esmirna- va a recoger en su biografía elementos insólitos para nuestra apocada cultura finisecular.

Lo primero es que viaja, y no sólo a Soria, a Palencia o a Barcelona -donde estará en varias ocasiones-, sino a Londres, a Roma, a Spa. Importante Spa, porque esta decadente población belga que dará nombre a toda esa modernez que ahora toma su prestigio, era lugar de atracción, no especialmente por sus baños y jaleas, sino por su ruleta. ¡Oh, el casino de Spa! Alejandro Sawa, que apenas tendría un duro en toda su vida, se jugará los de todos los incautos matrimonios ricos que osaran creer sus brillantes exposiciones sobre el método infalible para hacer saltar la banca. Como Leopoldo Alas, Clarín, como tantos otros de su época, Dostoyevski sin ir más lejos, Sawa está mordido por la fiebre del juego.

Pero la ciudad por excelencia de su vida ha de ser París. La capital del mundo en el momento crepuscular de la bohemia; a punto de hacer una literatura de señores, y convertir a los autores en unos señores de la literatura. Lo que va a marcar de un modo indeleble la vida de Sawa va a ser la amistad, y hasta la camaradería y la complicidad, con uno de los grandes, Paul Verlaine. No es poca cosa verle todos los días en el café, hablar con él, compartir opiniones y borracheras, etílicas y de lo que fuera, porque ninguno hizo ascos a nada. Y quien dice Verlaine, debe añadir aquel mundo de la bohemia, que de alguna manera termina en él, por más que se prolongue en las grandes tertulias parisinas que tanta importancia habrán de tener en todos los campos de la creación artística hasta la primera gran guerra.

Pasar del duro y brillante París al frío de pana madrileño debió de ser duro, y más viniendo casado y con una hija. Pero al principio funcionó, y Sawa se convirtió en un habitual de los diarios y publicaciones capitalinas, con cierta notoriedad, resaltada por su aspecto imponente, hermoso y seductor; cachimba en boca, melena suelta y dos perros en traílla. Pero, entre que nuestro hombre se fue radicalizando y que siguió con las costumbres parisinas, su espacio se achicó. En un estudio a propósito de Sawa, Iris M. Zavala, que le reeditaría sin ningún éxito en 1977, escribió que “la nueva bohemia finisecular es un ´proletariado artístico´ de aguerridos combatientes”, y es tan cierto como que sus condiciones de subsistencia estaban en la linde entre pobreza y absoluta miseria.

Desde 1905, la ceguera progresiva, que al año siguiente será total, convertirá a Sawa en un personaje patético, subsistiendo a base de sablazos y trabajos de negro literario, como los seis artículos que hará para Rubén Darío, que aparecerán en La Nación de Buenos Aires, y que este tendrá la desvergüenza de no pagarle. Su mujer, la borgoñona Jeanne Poirier -Santa Juana, para los amigos-, conseguirá algún dinero ejerciendo de comadrona, mientras Alejandro parece empeñado en hacer realidad la consigna que su amigo Valle-Inclán escribió en La lámpara maravillosa y que se había convertido en lema: “Poetas, degollad vuestros cisnes y en sus entrañas escrutad el destino”. El de Sawa se exhibía más negro que la pez. Su último intento se redujo a tratar de publicar un libro, el resumen de su mejor obra periodística, que titularía Iluminaciones en la sombra y que no conseguiría editor. Empeñará todo lo que le queda para editarlo por su cuenta, pero necesitaba mil pesetas y él sólo consigue seiscientas. Le pedirá a Rubén Darío, recién nombrado ministro plenipotenciario en Madrid y que no le hará ni caso, esas cuatrocientas que le restan para la gloria. Será necesario que se muera y le metan entre tablas cajoneras -con tan mala fortuna, que uno de los clavos le rozará la sien y al muerto le correrá un reguero de sangre junto al rostro, impregnando la escena de un tono aún más tétrico- para que pueda llegar a la posteridad con la dignidad tronada de un proletario de la bohemia.

Valle-Inclán, que asistirá a esta última escena, con la viuda y la niña, se quedará tan impresionado que exigirá a Rubén el apoyo, y un prólogo, para la edición póstuma de las Iluminaciones en la sombra.Un libro sentido y retórico con páginas muy bellas, que acaba de reeditar, en magnífica edición, Nórdica Libros, con una introducción poco feliz de Trapiello. Pero la gloria de Alex Sawa -como le conocían los suyos- será dar vida al personaje más hermoso y sentido y valiente de las Luces de bohemia de Valle-Inclán: el inmortal Max Estrella.

Falleció el 3 de marzo, miércoles, de hace cien años. La primera biografía de Sawa digna de tal nombre apareció hace cuatro meses en Sevilla, gracias a la profesora Amelina Correa, editada por la Fundación Lara.

Ella cuenta que el día del entierro, la buena de Jeanne Poirier le cortó un mechón que se regaló a sí misma, porque cumplía 38 años. Fue un entierro de tercera, en un coche de tercera -con dos caballos- y una sepultura temporal -de tercera- en el cementerio civil de la Almudena. Costó 70 pesetas. Diez más que la colaboración que tenía en El Liberal, la única que le quedaba y que acababan de retirarle

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Buitres de Estado, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 21 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El Estado vuelve y lo traen a rastras los mismos que lo habían echado a patadas. El Estado era un pulpo, un monstruo de mil cabezas cada una con su boca respectiva dedicada a comer los beneficios, inmiscuyéndose en todo, con la única finalidad de arramblar con nuestros legítimos dineros ganados en buena lid, tras mucho sudor y esfuerzo. ¿Se acuerdan? ¿No les viene el recuerdo de aquel payaso alto, de buen decir y ningún pensar, idiota total, que creíamos el presidente más ignorante de la historia de Estados Unidos, y que era conocido en Hollywood y la Casa Blanca como Ronald Reagan? Él pronunció aquellas frases famosas, y digo pronunció, porque era biológicamente imposible que se le hubieran ocurrido a él: “El Estado no tiene un problema. El Estado es el problema”. Luego ocurrió que las gozosas fuerzas del bien universal financiero creyeron que aún se podía ir más lejos, y lograron echar adelante, con flagrante fraude electoral, a un patán y lo hicieron presidente. Y pasó lo que está pasando.

No sé de ningún teórico del Estado que haya sido una buena persona; ni siquiera una persona digna. Quizá sería como una contradicción en los términos, un oxímoron, algo parecido a un verdugo condescendiente o a un fanático comprensivo.

Los dos iconos de la teoría del Estado moderno, Thomas Hobbes y Carl Schmitt, fueron inteligentísimos hijos de perra cuyo cinismo y malas artes llevo años estudiando, sin ningún resultado positivo, fuera de mi perplejidad y cierta acumulación de notas y fichas. Pero hubo un tiempo en que el Estado parecía garante no sólo de la protección entre lobos, sino de aquellos ciudadanos que habían trabajado de por vida y que habían luchado por una sociedad democrática, y que además se sentían orgullosos de ser trabajadores y de estar sindicados, y de votar con cierta regularidad. Eso de lo que tanto nos burlábamos en la época en que ejercimos de arrogantes radicales. El Estado de bienestar.

En nuestro ridículo desdén hacia el Estado aquel del bienestar había dos elementos que hoy en día nos parecen sacados de la mística más que de la sociología. La condición ética del voto, es decir, que votar no sólo era un gesto ritual, sino un ejercicio de ciudadanía que debía interpretarse como la prueba de nuestra confianza en los políticos que nos representaban. Y el otro, la apreciación de que la gente, puesta en condiciones benévolas de vida, es de natural honrada y solidaria. Hoy, con sólo enunciarlo, parece que nos estamos descojonando de nosotros mismos. Pero es así, y así lo creíamos. Y así nos fue.

Las bondades intrínsecas de aquel Estado de bienestar se fueron al carajo porque el voto se hizo cautivo, interesado y corrupto. Y la gente, de natural, tiende a los bajos instintos. Si a esto añadimos el que los dirigentes de antaño, que tanto denunciábamos, semejan valerosos defensores del ideal frente a la especie de los Berlusconi de ahora, tendremos un panorama como para ir de balnearios. Después de la persistente destrucción del Estado de bienestar de aquellos estadistas conservadores que lo odiaban, y con los que nosotros colaboramos aportando nuestra irresponsabilidad, ahora estamos ante el Estado instrumental en su sentido más estricto. Hemos vuelto a la práctica del Estado antiguo, que se caracterizaba por ser implacable con los débiles y benévolo con los poderosos.

Bastaría un ejemplo. Considero a Berlusconi la representación genuina de esta nueva utilización corsaria del Estado. Habría que buscar entre las ex repúblicas soviéticas para tratar de hallar un golfo, canalla y desvergonzado como Berlusconi -formado, conviene no olvidarlo, en la escuela del socialismo utilitario italiano del difunto Bettino Craxi, experto corruptor de mayores-. Pues bien, tenemos a un concentrado de la más corrupta politiquería, que de pronto aprovecha una oportunidad para mostrarse ante la sociedad como un defensor de supuestos valores trascendentes; la vida, por ejemplo. La ópera bufa escrita por Berlusconi a propósito del drama trágico de Eluana Englaro no hubiera podido superarla ni escribiéndola Dario Fo. Un delincuente veterano, en este caso jefe del Gobierno, trata de impedir el cumplimiento del principio más digno de la cultura occidental desde Homero, La Ilíada, el llanto de Príamo y el cadáver de Patroclo. La piedad. Piedad para una enferma terminal, para sus padres, para quienes realmente han demostrado durante años lo que es amar a alguien; sufrir con él. Y resulta que ese delincuente de Estado es capaz de acaudillar una cruzada contra la piedad y a favor del sufrimiento… de los otros.

En pleno proceso de desmantelamiento del Estado de bienestar, habiendo sido recuperado el instrumento por quienes lo detestaban, acaba convirtiéndose en un yunque para aplastar a los débiles. Habría que remontarse a varias décadas atrás para encontrar tantos casos de flagrante injusticia practicada por unos jueces arrogantes y unos fiscales desvergonzados, cuyo modelo podría ser el ministro Bermejo, un chulo con treinta años de ejercicio, cazador furtivo de la carrera fiscal y bombero pirómano honorario del Estado. Estoy seguro de que el señor Carlos Valle, juez de instrucción del 14 de Madrid, habrá tenido un buen fin de año cuando enchironó a los dos hermanos que robaron una pizza y se pusieron a comerla en el parque hasta que llegó la policía. Los metió en la cárcel el mismo día 28 de diciembre y allí estaban aún a finales de enero con una posibilidad de condena de hasta cinco años. ¿Y la sordomuda de Jaén? Castigada con prisión, indemnización y alejamiento, por haberle dado una hostia a su hijo, que de seguro se merecía una manta de ellas. La denunció un profesor del niño.

Otro buitre de Estado, en este caso de un colegio religioso de Oviedo -concertado, por supuesto- fue el que denunció a los abuelos de Daniel, el niño “gordín, pero sano como un coral”, y al que dediqué ya un artículo en la primavera del 2007. Porque el asunto sigue, la juez doña Piedad Liébana, que ya es sarcasmo que se llame Piedad y que tenga el apellido toponímico de un lugar para piadosos como Liébana, ha decidido hace poco más de una semana que “los abuelos no garantizan una dieta adecuada” al chaval, y que por tanto Daniel deberá seguir internado -es decir, recluido- en un centro de menores; esos magníficos hoteles para muchachos que acaba de denunciar el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, y de los que apenas si hemos dicho nada.

El delito cometido por los dos ancianos abuelos que se tuvieron que hacer cargo de Daniel es el de consentirle comer todo lo que le gusta, y así, y a los diez años, el niño llegó a los cien kilos. Por más que tenga mis dudas sobre la exactitud de las básculas judiciales, lo cierto es que el chaval estaba muy gordo. Pero yo pregunto, ¿que un niño esté sobresaturado de pasteles, chucherías y comida basura es suficiente para que le encierren durante toda la semana, con el único derecho de visitar a sus abuelos los sábados por la tarde y volver a ser recluido el domingo? ¿Nos hemos vuelto locos, o lo que es peor, estúpidos? Si Daniel el gordín estuviera flaco, porque sus abuelos no pudieran pagar la hipoteca ni alimentarse ellos, nadie les hubiera echado una mano y con toda seguridad el profesor del colegio de Oviedo que les denunció no le hubiera concedido una beca al chaval para que siguiera el curso y se alimentara. Porque la pobreza no la cubren los buitres del Estado. La directora del Instituto Asturiano de Atención Social a la Infancia, inequívocamente afincada en la izquierda, señaló que “los abuelos violaban el derecho a la salud del pequeño”. ¡Violar el derecho a la salud del pequeño! Y entonces castigan al niño y a los abuelos para que se mantenga el principio de salud. ¿A qué llamará salud esta funcionaria digital?

Las características del buitre, no necesariamente de Estado, son las de un carnívoro. Para evitar que se dedique a piezas grandes, los gobiernos, con un criterio muy ecológico, han decidido suministrarle piezas pequeñas para que no perturbe el equilibrio social.

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Todo sobre Eva y Mankiewicz, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Sociedad by reggio on 14 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Ya sé que es una batalla perdida, pero el cine hay que verlo en los cines. Una de tantas paradojas que vivimos con la mayor tranquilidad es el cierre de las salas de proyección, lo que vulgarmente siempre llamamos cines. Hay ciudades que se enorgullecen de tener museos, carísimos museos que la gente piensa que deben pagar otros, y no ellos, y faraónicos palacios para la música y demás saraos postineros. Sin embargo, no les llama la atención, hasta el grito, que no tengan ni un maldito cine donde disfrutar, como no sea yéndose a esas perreras de lujo para consumidores aburridos que acechan en las afueras de las ciudades. Aun consciente de la derrota, cuando supe que la Filmoteca de Catalunya programa para los próximos días varios visionados de Eva al desnudo sentí la obligación de hacer mi modesto homenaje a Joseph L. Mankiewicz, uno de esos directores imprescindibles. De los que se puede decir que forman una cinematografía. Ocurre en excepcionales ocasiones también con la literatura, que basta leer meticulosamente a un gran escritor para decir con autoridad que uno ya sabe de qué va eso. Pero en el cine es más infrecuente. A la falta de cines cabe sumar la plaga de los masturbadores fílmicos, los del placer solitario.

Hay gente que ha descubierto el cine al tiempo que empezó a acumular DVD de películas famosas; algo tan singular como si la pasión teatral le llevara a coleccionar textos y desdeñar las representaciones. Hagan la prueba; pongan el DVD de Eva al desnudo en su casa, con las pausas que les peten para tomarse una copa, para orinar, e incluso fumarse un veguero, durante las 2 horas y 13 minutos de proyección. O vayan a verla en la horrenda sala de la Filmoteca de Catalunya. Si no notan la diferencia, sigan coleccionando CD en la confianza que les gusta el cine del modo similar a la filatelia. ¿Se echan al coleto dos veces al año Rocco y sus hermanos?¿Pasan todas las Navidades las cuatro horas de la Cleopatra de Mankiewicz? Son cinéfilos de latas de conservas, de esos que dicen tengo un catálogo con trescientos títulos. Una biblioteca bien surtida consiente echarle una ojeada al capítulo X de la segunda parte del Quijote, o a los monólogos de Setembrini en La montaña mágica, puestos en plan pedante. ¿Pero con el DVD doméstico, cómo visionar el octavo plano de la secuencia 42? Si quieren tener latas de conservas, que las tengan, es coleccionismo, dignísimo, pero coleccionismo: cualquier relación con la cinefilia es casual.

No creo que haya película más elocuente que Eva al desnudo para tratar de las diferencias entre cine y teatro, entre lo viejo y lo nuevo, entre la ambición y la representación, entre el talento y la perversidad; incluso entre la sensibilidad femenina y la vanidad masculina en torno al arte. La historia de una actriz, Eva Harrington, de irresistible ambición y demoniaco talento. El título original fue el de Todo sobre Eva (All about Eve), pero ya se sabe que una de las aportaciones de las distribuidoras españolas fue la de echarle imaginación, y lo del desnudo de Eva les debió de parecer una tentación. A los italianos les dio por la dialéctica y la titularon Eva contra Eva.Quien aún no la haya visto tiene una laguna cinematográfica inmensa que puede sortear en la Filmoteca de Catalunya. Y todo gracias a esa benigna pesadez de los aniversarios que tanto nos ayudan a no pasarnos el día mirándonos los ombligos. Esta misma semana hubiera cumplido cien años Joseph L. Mankiewicz, de quien se podía decir con el sarcasmo y la brillantez de sus diálogos que fue uno de esos animales raros y contradictorios -el cerdo, por ejemplo, tan amado por los cristianos como detestado por los musulmanes- de los que se aprovecha todo. Odiaba la mediocridad y la estupidez, lo que tiene gran valor tratándose de un periodista que tardó bastante en dejar la profesión y dedicarse al cine; gremio donde, a esas dos plagas profesionales, debía sumarse algo específico del mundo cinematográfico: la ambición obsesiva por la gloria, el éxito y la fama.

No hay faceta de Mankiewicz que no haya sido tratada y desarrollada hasta en sus matices más ínfimos. Conoció, dirigió y ayudó a triunfar a todas las grandes leyendas del cine, Marlon Brando, Rex Harrison, Katharine Hepburn, Gregory Peck, Henry Fonda, Liz Taylor, Montgomery Clift, Frank Sinatra, Humphrey Bogart, Ava Gardner… Hasta la novata Marilyn Monroe, que hará en esta Eva al desnudo que les invito a volver a ver uno de los papeles de simple con ambiciones que tanto juego le darían en la vida. Adaptó a Shakespeare y sobre todo a escritores mediocres que se convirtieron, por su mano de guionista, en paladines del talento cinematográfico. Fue todo un carácter durante los vergonzosos años del maccarthismo y la caza de brujas, cuando se enfrentó al patriota Cecil B. de Mille. Tenía una cultura sólida y sabía escribir, dos particularidades que en el mundo del cine, muy fragmentado por razones de industria, no suelen coincidir. Los guiones de Mankiewicz -como los de su hermano mayor, que había escrito el de Ciudadano Kane para Orson Welles- están tan bien construidos que parecen dirigirse al teatro, y las películas tan bien engarzadas, secuencia a secuencia, que alcanzan el virtuosismo; Cleopatra,sin ir más lejos.

Ya sé que está todo dicho sobre Eva al desnudo, incluso hay un libro del crítico norteamericano Sam Staggs consagrado al filme y traducido al castellano. Por si fuera poco, acaba de publicarse en T& B Editores una detallada biofilmografía, obra del barcelonés Christian Aguilera, dedicada a Mankiewicz, elocuente y minuciosa, cuyo único reproche sería el del subtítulo: “Un renacentista en Hollywood”. Un tópico que me remite a aquel sarcástico comentario del Mankiewicz ya viejo: “Comparados a los productores de hoy, Zanuck y demás eran unos Medici”. Sin duda un personaje insólito por su talento en la gran fábrica de mentiras que fue el Hollywood de su época, algunas tan geniales que merecieron convertirse en verdad, como fue su caso o el de Orson Welles.

Y no es banal que traiga a colación a Welles hablando del director de Eva al desnudo, porque hay entre ambos una familiaridad intelectual, creativa. No sólo la que otorga la genialidad, sino el modo en que se trata el poder, la gloria, la amistad y ese motor vital que constituye una ambición insaciable, unida al talento, como explicará en una secuencia digna de incorporarse a los parlamentos de Shakespeare un George Sanders emérito en su grandeza de canalla.

Merece la pena revisitar Eva aunque sólo sea por ver la interpretación de dos secundarios que llenan la pantalla cada vez que aparecen -George Sanders, en su papel de crítico teatral golfo, y Thelma Ritter en el de ayudante “sindicada y para todo” de la estrella Davis-.Y qué decir de la espléndida fealdad de Bette Davis iluminada por dos ojos deslumbrantes. De los seis Oscar que concedieron a Eva, el único que se llevó un actor fue para George Sanders, un hombre tan inteligente que fue capaz de vivir con la mujer más despampanante y estúpida del cine norteamericano, Zsa Zsa Gabor, y no sólo no murió en el intento, sino que se lo tomó con tanta calma que aún pasó mucho tiempo antes de envenenarse en un hotel de Castelldefels.

Joseph L. Mankiewicz no se suicidó como Sanders, al que admiraba por su sorprendente cultura y su gozo de vivir mientras la vida mereció la pena. Ni se mató con alcoholes de 45 grados como hizo su segunda mujer y su adorado hermano mayor, Herman, al que debía mucho de lo que era. Joseph L. Mankiewicz escogió su manera de retirarse. Después de hacer un filme perfecto con dos actores perfectos -Laurence Olivier y Michael Caine- que se llamó La huella, se metió en Bedford, cerca de Nueva York, dejando una de esas sentencias suyas que parecen perfectamente escritas para que alguien las incorpore a una gran película: “A veces me pregunto si soy uno de los más prestigiosos pilares del cine, como dicen algunos, o una de sus putas más relevantes”. En Bedford pasó los últimos veinte años de su vida; algún viaje, ninguna entrevista. Dejó escrito en Eva al desnudo el que hubiera podido ser su epitafio: “Todo se puede fingir”. Incluso la muerte, añadimos nosotros. Joseph L Mankiewicz sigue vivo.

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Quién mató al marqués de Sargadelos, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Asturias, Cultura, Economía, Historia by reggio on 7 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Uno de esos curiosos enigmas de nuestra historia es la invención de la Ilustración, o para ser más benignos con nuestro pasado, la búsqueda de nobles y letrados que se dedicaron con escaso éxito a iluminar a una población sembrada, abonada y esquilmada por la Iglesia regular y las órdenes religiosas, con la entusiasta colaboración de una buena porción también de nobles y letrados. Dentro del florilegio de figuras no hay región de España que no tenga su ramito de notables cuyos esfuerzos, en general baldíos, constituyen no obstante un fascinante objeto de estudio; muy iluminador sobre nuestras limitaciones siempre y cuando el historiador de las ideas no se incline por esa obsesión de convertir a virtuosas mediocridades en exaltados forjadores de futuros.

En España y muy especialmente en Asturias esto resulta una evidencia al tratar la figura de Jovellanos, en mi opinión uno de los hombres más interesantes del volcánico tiempo que le tocó vivir, pero cuyo interés nos ayuda tanto más en sus limitaciones, en sus frustraciones y en sus fracasos, que en sus ideas, proyectos y análisis. Reconozco que hay pocas cosas más aburridas y deprimentes que haber sufrido durante muchos años el agotador goteo de jovellanistas de derechas, de izquierdas y últimamente de centro. En Asturias los discípulos y albaceas de Jovellanos forman legión en las más curiosas ramas del saber y del no saber, y todo por espurias razones que no es el momento de desvelar, pero que están ligadas al grandonismo del país. De tal modo, que se podría encontrar una línea de pensamiento (por llamarla de alguna manera) que partiendo de Don Pelayo pasa por Jovellanos y muere con Clarín y sus colegas de la autodenominada Atenas del Norte; una especie de chigre, que dirían los sarcásticos locales, donde se ampliaban los estudios universitarios.

He escrito y reiteradamente sobre Jovellanos en este periódico, y creo que he explicado ya lo suficiente mi particular visión de este prohombre, auténtico paradigma de las bondades y las limitaciones de nuestra Ilustración, cuyo rasgo no sé si definitorio pero sí el más significativo es que todos y cada uno de ellos, salvo muy contadas excepciones, eran auténticos meapilas, siervos de la Iglesia y de sus capellanes en una época en la que el progreso en cualquiera de los campos pasaba por la ruptura con ese canon tradicional y retrógrado.

La Ilustración libresca española tiene en mi opinión escaso valor, por más que tenga mucho mérito. Sin embargo hay una figura que no aparece en los estudios de los historiadores que consideramos clásicos de nuestra Ilustración y que a mí me parece probablemente el más interesante de nuestros ilustrados, un tanto tardío ya que nació en 1749 y no llegó a cumplir los sesenta años porque lo mataron a garrotazos, patadas y cuchilladas las buenas y muy religiosas gentes de la villa de Ribadeo en 1809, exactamente el lunes hizo doscientos años.

El linchamiento del marqués de Sargadelos es uno de esos acontecimientos históricos que iluminan, valga la ironía, lo que los italianos denominaron Iluminismo y nosotros Ilustración. Antonio Raimundo Ibáñez, marqués tras muchos vericuetos de Sargadelos, población gallega cercana a la costa cantábrica, es un espécimen que bien hubiera merecido más de una biografía. La única que conozco está escrita por una de esas lumbreras locales, eruditas y reaccionarias, J. A. Casariego, que se enseñoreaban de la teoría y la práctica académicas en el Oviedo de mi adolescencia.

La peculiaridad del futuro marqués de Sargadelos es que nació discreto, en familia de escribano -hoy diríamos, casi notario- y que no estudió en la universidad por falta de medios, aunque de poco le hubiera servido la de Oviedo que le correspondía, puesto que había nacido en Santa Eulalia. Llegó al monasterio de Villanueva de Oscos, regido entonces por la orden de San Bernardo, ya leído en su casa. Hay que conocer la zona asturiana de los Oscos para tener una vaga idea de lo que debía de ser aquello a mediados del siglo XVIII. Baste decir que la patata entra por entonces en la alimentación y que el sistema de vida, o de supervivencia, se mantenía prácticamente inmutable desde la Edad Media. Estudios recientes precisan que el mundo asturiano, y más en una zona como los Oscos, vivía con varios siglos de retraso con la España capitalina.

El mérito de Antonio Raimundo Ibáñez va a ser desplazarse a Ribadeo y dedicarse al comercio primero y a la industria luego. Algo tan insólito como aprovechar sus buenas relaciones con la Corona y en concreto con el arma de Artillería para hacerse proveedor y fabricante. Creó una herrería, una fundición de hierro colado -tenía un alto horno de carbón vegetal- y una fábrica de loza, la más importante de España, que tras su asesinato se fue al demonio y que en tiempos modernos ha sido recuperada. Tenía pensada una industria del vidrio y otra textil, que no logró concluir. Se le consideró el primer importador de lino de Rusia, de hierro de Suecia, de ollas de Burdeos y de bacalao de Terranova.

No hace falta decir que se casó bien, con doña Josefa López Acevedo, y que alcanzó la categoría de inspector general de Artillería, y que construyó su mansión en Ribadeo, pero que la Iglesia y la nobleza local le prepararon el terreno para que fuera acusado de todo. Gozaba de una notable cultura y no menos notable biblioteca. De poco le valió formar parte de la Junta de Defensa contra los invasores napoleónicos, porque hubo de firmar la paz cuando ocuparon la villa, y cuando se fueron, ay, cuando se fueron. La turba animada por los eclesiásticos lo consideró el principal afrancesado y coló la brillante idea de tesoros guardados en su casa. La asaltaron y a él le sacaron y le fueron dando mamporros y cuchilladas hasta que acabaron con su vida, ante su mujer y su hija. Luego vino la leyenda y se inventaron las mil historias del marqués de Sargadelos, pero lo cierto es que le mataron por moderno. ¡A quién se le ocurre montar fábricas en Sargadelos! Lo demoniaco no era la explotación del hombre, sino la llegada del demonio de la industria.

Aquel empresario que no había salido de la nobleza ni de la clerecía empezó comerciando con lo que había -aceite, vino, aguardiente, hierro y lino-, se lanzó a la industria y sufrió por ello un auténtico calvario desde 1798, cuando se levantan contra él todas las fuerzas vivas y moribundas de la zona. El paso de una sociedad agraria a una industrial puso en pie de guerra a nobles y prelados. Llegaba el mal y ese mal era mucho más peligroso aún que la letra impresa y la cultura, porque este era irreversible.

El linchamiento del marqués de Sargadelos el 2 de febrero de 1809 es como un símbolo de la utilización del patriotismo para pagar las cuentas de la modernidad; matándole a él se eliminaban muchos males, entre otros, la civilización, la cultura y la libertad. Pero había más, y es que casos como el de Sargadelos ilustran sobre el complejo carácter que tuvo esa guerra contra los franceses, en la que el elemento dominante era el mantenimiento de la tradición que acabaría apagando y castigando a las fuerzas que luchaban por la libertad y el progreso (¿se puede aún seguir escribiendo esto sin que los posmodernos se descojonen?). Los sectores populares que encabezados por nobles y curas de aldea se alzaron patrióticamente contra los franceses y los afrancesados serían los mismos que traerían al rey felón -Fernando VII- y que gritarían “¡vivan las caenas!”, por allí, y “lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, por acá.

Quizá por eso siempre he creído que la defensa incombustible de Jovellanos, el no reconocimiento de sus agobiantes limitaciones como pensador, como escritor y como político, nos sitúan en ese acoquinado posibilismo que termina siempre tan adaptado a las circunstancias que es inseparable del conservadurismo. En la arrogancia de Ibáñez, el de las fábricas de Sargadelos, hay elementos para debatir. Por eso lo lincharon; no por rico, sino por moderno. Porque los señores siguieron siendo exactamente los mismos después de incitar al linchamiento. Incluso me consta que, pasados muchos años, han sido sus más conspicuos festejadores.

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¡Hay que ir a Islandia!, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 31 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Estamos asistiendo a la caída de un mundo y resulta que el único país donde la gente ha sido capaz de echar a su gobierno por golfo y por incompetente es Islandia. Trescientos y pico mil habitantes en un territorio tres veces mayor que Catalunya. Llevaban años exhibiendo musculatura y resultó que todo era una gran estafa; me refiero al nervio ciego de la economía, aquel de las finanzas, donde se manifestaba la efervescencia de una nación. Puta mentira; los banqueros eran unos trileros de fortuna, que habían puesto toda la riqueza del país jugándosela a las chapas y que estaban conchabados con el que movía la pelotita. Ganaban siempre. Ellos, no el país, que evidentemente recogía las migajas, suculentas, pero migajas. Y llegó un día, que como era invierno y estábamos en Islandia, tenía que tratarse de una noche, que empezaron a rodar las chapas, las pelotitas, los trileros… y el país se dio cuenta de que lo habían estafado. Entre el turismo, el bacalao y el aluminio, no había para tanto gozo y prosperidad. Islandia quebró.

También nosotros estamos en la cuenta atrás de la quiebra, pero con una diferencia notable con Islandia. Nos cubre la Unión Europea -alguien se imagina la peseta española capeando el temporal, sola y atrevida- y otra no menos notable, aquí hasta el día de la fecha nadie ha salido a la calle para decir a ese vendedor de humo, ese chico de la sonrisa de cristal y el culo de plomo, que ha llegado su momento de preparar la salida. Que hasta aquí hemos llegado. Tengo para mí que Zapatero es uno de esos tramposos que se engañan hasta haciendo solitarios; un experto en promesas, que primero dijo que no había crisis, luego que la crisis eran los otros. Miente y se equivoca. Los cínicos con cara de ángel me son especialmente repulsivos. Prefiero los demonios, porque son lo que son y hacen las trampas sin pretender salvarte la vida; todo lo más te tientan con prolongarla.

Fíjense bien en la historia. Islandia vivía feliz gobernada por gente muy seria. Los nacionalistas por excelencia llevaban mandando diecisiete años, que por algo se llamaban el Partido de la Independencia y eran conservadores, por qué iban a ser otra cosa. Geir Haarde hubiera estado ahí toda la vida, dirigiendo el país solo o en compañía de otros. Ahora estaba con los socialdemócratas, en coalición. ¡Qué bonito hacen los socialistas en un gobierno conservador! Se me dirá que lo nuestro es diferente, que nosotros no hemos quebrado aún, que podemos levantar cabeza y que nuestros líderes no han perdido todavía el prestigio. Y la verdad es que no sé si es lo peor de todo. Porque dentro de mis convicciones está la de que mientras un pueblo mantenga durante más tiempo que el prudencial el prestigio y el respeto hacia sus líderes, repercutirá en su estado moral, económico y hasta social. Si a Felipe González, en vez de aguantar en el poder catorce años, la sociedad le hubiera retirado a la mitad, estoy seguro de que todo habría funcionado mejor. Catalunya, sin ir más lejos, no estaría en la desquiciada situación en que está sin esos veintitrés años de Pujol; con diez bastaba. Los caudillos, totalitarios o democráticos, se crean con pueblos cándidos y cobardes. Es la corrupción de la mediocridad, que lo invade todo mientras el jefe dicta normas de conducta que jamás se le ocurriría cumplir.

Fue lo que ocurrió en Islandia. ¿Quién iba a cuestionar a aquellos magos que habían logrado, de un país pobre en población y en recursos, un auténtico ejemplo del paraíso social? Lo habían empeñado todo, y el día que se descubrió que las casas de empeños -que no otra cosa son los bancos- eran más listas y más tramposas que ellos, todo se vino abajo. Primero nacionalizaron los bancos, o lo que es lo mismo, desde octubre del año pasado hicieron que las deudas que eran sólo suyas fueran de todos. Luego quebró el país y hubo de solicitar un crédito al Fondo Monetario Internacional, que se lo pensó mucho, porque no tenía garantías. ¡Cómo iba a tener garantías, si las habían farreado! ¿No se acuerdan ustedes de aquella historia de hace diez años, cuando una empresa norteamericana se compró a todo el país, a los doscientos setenta mil ciudadanos islandeses de entonces, por 200 millones de dólares?

No es una metáfora ni un cuento de Borges, tan inclinado a las sagas islandesas, es real porque sucedió en diciembre de 1998, cuando la empresa suiza Hoffman-La Roche, por mediación de la norteamericana DeCode Genetics, se propuso comprar los historiales genéticos de todos los islandeses -270.000 entonces- durante doce años. Se trataba de una auténtica genialidad científica. Así se vendió la historia, porque daba la casualidad de que Islandia había estado aislada del exterior durante mil años -el sueño de todo nacionalista antes de ducharse por la mañana- y que por tanto constituía un modelo, fíjense bien, un modelo de población homogénea, cuyo árbol genealógico figuraba en las parroquias desde el siglo X. (¡Qué sería del nacionalismo sin las parroquias!). El interés científico conmocionó a los expertos, pero provocó una protesta general de todos los médicos de Islandia que no trabajaban todavía para DeCode Genetics. ¡Oh, la ciencia! Quién iba a pararse en gestos románticos ante aquel avance espectacular. Un pueblo entero tasado y medido por los códigos de la más palpitante novedad científica. Había un pequeño detalle y es que el presidente de la norteamericana DeCode Genetics era Kári Stefánsson, un islandés en dificultades que hablaba su idioma con acento gringo.

Desde hace muchos años siento una atracción pasional, casi diría que morbosa, hacia Islandia, que el vigor de los últimos días ha reactualizado. Llevo preparando un viaje a Islandia desde 1993, y siempre por una razón u otra he tenido que postergarlo; porque no se trata de un viaje sencillo. Yo no quiero ir de día, yo quiero ir en invierno, cuando la noche dura veinticuatro horas; y ahí está el lado que yo llamo morboso, porque a mí no me gusta la noche, soy diurno, pero quiero saber lo que es vivir de noche siempre. Recuerdo la cara que me ponía Gudbergur Bergsson cuando le contaba esto, porque Bergsson es uno de los pocos islandeses que he conocido en mi vida. Vivió en la Barcelona de los cincuenta y sesenta, los Gil de Biedma, Barral y tutti altri le apodaban Hans de Islandia. Pero, lo que es la vida; los otros murieron y Bergsson escribió libros magníficos que nos enseñan una Islandia real, impresionante en su fuerza. Lean La magia de la niñez (Tusquets) y sabrán lo que es buena literatura islandesa; un país que hasta hace muy poco tenía aún vivo a un prosista de fuste, Halldór Laxness, Nobel del 55, soberbio por su grandeza y que sobrevive hasta traducido, lo que es un valor especialísimo. No por nada es Islandia el país más lector y literario de cuantos están censados.

Quebró la Islandia de las trescientas mil cenicientas que dormían todos los días convertidas en las lecheras del cuento. Pero supieron levantarse, y desde el 20 de enero muchos miles se instalaron ante el Parlamento de Reikiavik e iniciaron una cacerolada -¡una cacerolada en Islandia, donde la última protesta que se recuerda fue hace exactamente 60 años, cuando el Gobierno decidió entrar en la OTAN y ninguno de los presentes aún había nacido!-.Empezaron un martes y al lunes siguiente el Gobierno en pleno dimitió. Eso es una sociedad con opinión pública libre y decisoria.

El líder conservador Geir Haarde dimitió, alegó un cáncer y no piensa ni presentarse a las próximas elecciones, que habrán de celebrarse el 9 de mayo. El poder ha pasado a la líder socialdemócrata y a la Izquierda Verde; se lo han cedido obligados por la presión social. Entre tanto, el presidente de la República, Olafur R. Grimsson, el cantamañanas cómplice de la debacle, ha dicho ante el pasmo general que “es necesario crear la paz social”.

Cuando los creadores de tormentas, financieras o políticas, llaman a la paz, es el momento en que debemos echarlos a patadas. ¿Y luego quién viene? ¿Y qué demonios importa quién viene? Sólo los que viven seguros piensan que los cambios deben hacerse bajo la férula de los culpables. Para que todo siga igual.

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Un profesor entre los muros, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Educación, Sociedad by reggio on 24 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El avezado distribuidor, convencido de que el espectador español es idiota por tradición, y que él lo sabe muy bien porque lleva años en el oficio, decidió que para atraer a la gente hay que poner a las películas títulos muy sencillos, que lo digan todo. Así por ejemplo, lo que en Francia se recibe como Entre los muros, aquí lo podemos ver como La clase, porque es cosa de institutos y de chavales.

Es posible que cualquier curtido profesor de instituto contemple la película con cierta conmiseración, porque él lo sufre todos los días y desde hace ya un puñado de años; un continuado descenso a los infiernos, al que no se le ve fin ni remedio. Pero yo confieso que me quedé literalmente estupefacto ante la brutalidad y la fuerza de unas imágenes tan naturales como un documental rodado en la selva urbana de un instituto de las afueras de París, con tres cámaras y unos alumnos impecables en su credibilidad de hijos de un tiempo estúpido y sin sentido. Y unos padres -nosotros- que perdimos el norte, y los demás puntos cardinales, hace ya unos cuantos años. Más o menos el día que descubrimos que la educación libérrima en una sociedad violenta y competitiva era tan inútil y contraproducente como vender preservativos en la plaza de San Pedro.

Pero de las cosas que más me impresionaron de este filme documental es la actitud del profesor. La complejidad de sus actitudes. François Bégaudeau despliega una naturalidad que para sí quisieran muchos actores profesionales.

Uno piensa, tras ver el filme, que no hubiera sido posible tanta autenticidad -palabra que detesto- de no ser porque prácticamente todos los actores son reales, menos el director del filme, Laurent Cantet, que construye de manera magistral un mosaico en el que está plasmado y hasta definido el mundo de la enseñanza pública en su realidad cotidiana.

Me gustaría saber cómo definirían los espectadores la actitud de conjunto del profesor François, porque tengo la convicción de que cada uno extraerá una conclusión diferente; no sólo a partir de su experiencia personal como colega, padre, ex alumno, que todas valen, sino como ciudadano. A mí, íntimamente, me ha dejado desolado. ¿Merece la pena tanto esfuerzo para tan menguados resultados? No es que cuestione la paciencia del profesor, al contrario, me admira. Lo que me abruma es pensar que la capacidad pedagógica de ese hombre, excepcional en muchos conceptos, está derrochada en un patatal. Hay un momento de una delicadeza suprema; cuando el muchacho chino responde en voz alta y con cierta timidez a la pregunta de qué cosas le producen vergüenza, y lo hace tomándose su tiempo, y con un esfuerzo superlativo, incontestable, suelta que “le avergüenza el comportamiento de sus compañeros”. Resulta aleccionador ese contraste entre pobres y emigrantes, asiáticos y africanos. Ahí está un debate sobre los fondos ocultos de civilización y de barbarie, sobre los posos de cultura en los que aramos.

Pero hay mucho más. Al espectador español le llamarán la atención un par de cosas, prácticamente desaparecidas de nuestra enseñanza hace ya muchos años. Una es la importancia del usted, la otra la exposición verbal en público. Esa intransigencia del profesor en mantener el usted; yo me atrevería a decir que la más llamativa de todas, porque hay otras que han dejado de existir de tal modo en la enseñanza pública, que cuando se dan parecen ejercicios de otra época. Me estoy refiriendo a levantarse cuando entra el profesor, por ejemplo. Una encuesta en los colegios públicos españoles, ¡de las grandes ciudades!, nos dejaría anonadados; resalto lo de las grandes ciudades, porque me consta que en provincias -ese término en ocasiones evocador-, tal cosa sigue manteniéndose como un formalismo obligado, porque significa dos cosas: respeto y diferencia. Respeto -si no existe no hay posibilidad de cultura-, y diferencia, porque no es lo mismo quien aprende que quien enseña. Todo profesor es un conservador que transmite letra muerta; de él depende que se haga viva.

La gran cuestión entre los muros se centra en la igualdad, el elemento más conflictivo. La falacia de que tiene los mismos derechos el que enseña que el que aprende. Los derechos de un alumno no son los mismos que los de un profesor, y mientras esta obviedad no esté clara en los estudiantes, en los profesores y en los padres, la enseñanza pública será un ejercicio de masoquismo y supervivencia.

De ahí la insistencia del profesor François en considerar el tuteo una ofensa a sus derechos y una ruptura de los deberes del alumno. No somos iguales, por algo tan evidente de que si lo fuéramos, yo no estaría aquí esforzándome y tú no tendrías la obligación de escucharme. Hay un definitorio refrán castellano que el tiempo ha convertido en luminoso: donde hay confianza, mea la perra.

El otro asunto, para mí capital, es el abandono de la exposición verbal en la enseñanza pública española. Observen algo tan simple como la televisión, cómo es posible que cuando un tipo de la calle habla en francés o en italiano, lo haga de corrido, y en el caso del castellano sea un milagro el que puede entenderse, a menos que sea latinoamericano. Nace de un viejo problema de educación, y eso en un país donde la retórica lo domina todo y que tiene como libro canónico el tratado más implacable contra la retórica común, como es El Quijote. La izquierda pedagógica de los setenta hubiera barrido de un plumazo el debate sobre todas esas zarandajas del usted y la oratoria. Lo importante entonces era el modelo educativo, la igualdad y los contenidos. Nos quedamos sin contenidos, el punto de igualdad lo marca el último que llega y el modelo educativo desapareció hasta de los programas partidarios.

Hay tal cantidad de matices en esa clase entre los muros que temo se me pierdan los más importantes. Los padres, por ejemplo. Aparecen en apenas dos secuencias. Siempre en defensa de los suyos, es decir, de los chavales, de sus hijos. Pero no en defensa de la enseñanza de sus hijos, sino en la defensa de sus hijos a secas. La responsabilidad que tenemos los padres en la quiebra de la enseñanza pública en España es aún superior a la de los profesores. ¡Y pensar que nosotros luchamos por que las asociaciones de padres participaran en todos los niveles de la programación educativa! Lo mejor que se puede decir es que se trataba de una herencia dieciochesca, ilustrada, según la cual todo padre quería la mejor cultura para sus hijos. ¡Y un carajo! Todo padre en el deterioro social que siguió a la transición, lo que quería es que su hijo aprobara como fuera; como en el fútbol, sin razón o con ella, pero aprobado. Y que ningún metepatas de profesor le dijera que su hijo estaba mal educado desde su casa, ni tenía posibilidades de hacer otra cosa que buscar un trabajo que le desasnara.

No obstante hay en este filme documental un asunto de fondo que plantea un debate de una actualidad radical, que va a la raíz del asunto. La parte más compleja de la película tiene por protagonista a un joven emigrante de Mali, Solimán, que por su comportamiento hace aún más difícil el desarrollo de una clase ya de por sí conflictiva. Llega un momento que el consejo disciplinario del colegio público ha de decidir su expulsión. La actitud de François, el profesor protagonista, es la de rechazar la expulsión y evitar por todos los medios que este muchacho tenga que volver a Mali. En su concepción está patente el viejo sueño pedagógico, según el cual si se pierde un alumno es como si se hubieran perdido todos. Carezco de la más mínima paciencia pedagógica, cuestión bastante más difícil que la capacidad pedagógica, y por eso lo pregunto con timidez. ¿De verdad que eso tiene algún sentido en el caos en el que estamos metidos? Quizá sea una pregunta sin importancia, pero sobre todo no se pierdan esta película. Estamos en una época sin respuestas, por eso es importante ir precisando más en el arte de hacer preguntas.

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El poder y las desgracias, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 17 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Si fuéramos gente seria y no tan frívola, las primeras páginas de los diarios deberían mantenerse durante semanas machacando sobre el mismo tema. Aun a riesgo de que los lectores fruncieran el ceño por falta de costumbre. Me explico. Sucede una catástrofe y ocupa todo nuestro interés. Al siguiente día, permanece la situación catastrófica, pero nuestro interés se reduce en un punto. Al tercer día, la catástrofe está en toda su virulencia, pero nosotros pensamos que los lectores se sentirán cansados del mismo rollo, que debemos aligerarles de la pesadumbre, y cambiar de asunto. La no persistencia de las catástrofes, ya sean naturales o humanas, en el candelabro de lo ineludible, en la parte dominante de los medios de comunicación, permite al poder tomarnos el pelo de la manera más escandalosa. Un ejemplo. Nieva sobre más de media España y el país se queda en situación de acojone general y con zonas afectadas por el síndrome del tercer mundo: arréglatelas como puedas, porque nada funciona. El aeropuerto de Barajas, la joya de la corona, se convierte en un infierno para los ciudadanos por una serie de coincidencias. algunas delictivas. El procedimiento del chantaje es una fórmula eficacísima en la lucha gremial de los sectores egregios. Los metalúrgicos, los camareros, la gente del campo, los estudiantes, no tienen ninguna posibilidad de chantajear al Estado, creándole un problema de tal envergadura que le sea más rentable pagarles a que sigan pisándonos los callos. Eso sólo lo pueden hacer los pilotos de Iberia, los controladores aéreos, y muy recientemente el sufrido, humilde y entrañable mundo de los jueces.

Lo normal en una sociedad establecida es que empezáramos pidiendo responsabilidades al Instituto de Meteorología. ¿Quiénes estaban en el puesto de mando el viernes, 9 de enero, de la catástrofe? Son responsables por ignorancia o por indolencia. Imagínense que una de las razones capitales del caos de Barajas, y de la provincia de Madrid en su conjunto, se debiera a que era viernes, y es sabido que ese día tiene características muy especiales entre cierto funcionariado, ya sea estatal, autonómico o local; a partir de un determinado momento, desaparecen los jefes, luego los cabos y al final apenas queda la tropa. Eso sí, se mantiene un retén para emergencias. Y eso ocurrió, que no funcionó ninguna emergencia. ¿Tan difícil es averiguar qué pasó realmente el viernes, en vísperas del caos? No, resulta muy sencillo, pero exige poner un departamento boca arriba, y les puedo garantizar que no hay departamento de la administración central o autonómica que soporte un control riguroso sin que chirríen todas las bielas del poder. El funcionariado español -incluyo el catalán, por supuesto- vive todavía en la transición democrática, o lo que es lo mismo, en líneas generales y excepciones aparte, no sabe aún muy bien si debe su cargo a quien le ha promocionado al puesto -situación de dictadura- o a los ciudadanos a los que está obligado a servir, porque son quienes le pagan -situación democrática-.

¿Por qué creen ustedes que Zapatero no se deshace de Magdalena Álvarez, en la intimidad política Maleni? No hay cosa que más ilusión les haga a los presidentes de gobierno, al menos a los españoles, que tener un ministro que sea el pimpampum del enemigo. Desarrollan una función terapéutica. Facilitan la exposición de los malos humores y ayudan a entrenarse a los curtidos fajadores. Este tipo de personajes, en la política, son muy útiles. Sirven de pararrayos y cuando ya es imposible que sigan un día más en su cargo, los destituyen, y los idiotas de turno escribirán que el presidente ha sido sensible a la opinión pública.

Estoy seguro de que Maleni no es responsable de nada que no sea su incompetencia probada y su manera de escurrir el bulto de las responsabilidades. Porque el poder no es el responsable de las catástrofes, al menos en general, pero sí es el único obligado por principio a afrontarlas. Una situación de emergencia, en Madrid, en Barajas, en Barcelona, es aquella que obligaría a un responsable político, es decir, al poder, a asumir la responsabilidad del mando, in situ, en el lugar de la catástrofe. Por supuesto que hay un riesgo, no sólo de fracasar, sino de que te estampen en la cara palabras gruesas y hasta alguna fruta. Pero eso está en el cargo, en el sueldo y en su función. Una situación de emergencia exige al poder un comportamiento de emergencia, y cuando esto no es así, debe dimitir. Los ciudadanos, que no la oposición, deben exigir su dimisión. Para eso no bastan los partidos, por insuficientes. Porque entonces entra en funcionamiento lo que yo he denominado, perdónenme la pedantería, el comparativo pujoliano. Que se formula así: tenemos un problema, pero fue mucho mayor el suyo. Jordi Pujol fue un maestro de este mecanismo, un tanto provinciano como procedimiento, pero eficacísimo en sociedades de creyentes. Si usted le reprochaba que nombrara a un militante de su partido para dirigir su televisión, Pujol le respondía: “En Dinamarca lo han hecho”, o en Finlandia, da lo mismo. El ejemplo traído por los pelos justificaba que a ti te arrancaran la cabellera. No es que Pujol lo inventara, pero lo convirtió en teoría de gobierno, y con notable éxito.

Ysi los partidos no sirven para esto, ¿cómo se puede hacer que los ciudadanos logren hacer dimitir a un poderoso incompetente? Sólo lo consigue aquella sociedad que tenga opinión pública. Nosotros tenemos de todo: partidos, sindicatos, gremios, chorizos, parados, grandes banqueros…, pero no tenemos opinión pública. Hay muchos que opinan en público, incluso conforman la opinión a partir de las tertulias, pero eso no es más que bazofia y exhibicionismo.

Una opinión pública la crean unos medios de comunicación independientes, unas organizaciones sociales no subvencionadas por el partido de turno; la crea en definitiva una sociedad madura que se atreva a decirles a sus gobernantes que son unos impresentables cuando abordan sus errores y corruptelas echando mano de la teoría del acoso. Cualquier político corrupto o incompetente se niega a asumir sus responsabilidades porque “es objeto de una campaña de acoso”. En Catalunya, sin ir más lejos, está tan de moda, que no sólo lo utilizan los partidos por riguroso turno de intervención, sino que cualquier fantasma mediático se dice acosado cuando le gritan que es un golfo y que además pueden probarlo.

Al no existir opinión pública es imposible que dimita nadie. Mientras sea el PP quien exija la dimisión de alguien del PSOE, del PSC, de ERC o Iniciativa, estos replicarán que tampoco dimitió el PP en ocasiones semejantes. Aquí no dimite nadie, porque dependen de quien les ha puesto, no de los ciudadanos que les pagan, y como el poder nos tiene tomada la medida de nuestra fragilidad -no hay cabreo que supere un fin de semana- no mueven ni una ceja mientras sus jefes no les amenacen. Cuando un responsable del gobierno, Maleni, sin ir más lejos, dice que a tal o cual empresa, Iberia, por ejemplo, se le va a abrir expediente informativo de sanción me sublevo de indignación por la tomadura de pelo.

El 14 de diciembre, a la empresa concesionaria de la autovía que une Asturias con León, por nombre Aucalsa, le importó un carajo que empezara a nevar torrencialmente a las 14 horas. Dejó entrar a los coches por centenares. A eso de las 18.30 de la tarde debieron de pensar que la cosa se estaba poniendo imposible, que ya habían hecho caja y que los vehículos, llenos de gente, estaban parados en medio del temporal. Ni cortos ni perezosos cerraron la autovía y la mantuvieron cerrada durante 21 horas, 21, que se dice pronto. Tuvo que ocuparse de los coches y de los que iban dentro el ejército. Desde ese ridículo personaje que es la ministra de Fomento hasta las autoridades autonómicas asturianas, todos del mismo partido que la ministra, gritaron que la investigación sería inmediata y la sanción ejemplar. ¡Y tanto! Ha pasado un mes y todavía se lo están pensando. En definitiva, Aucalsa, las autopistas, la ministra, el gobierno autónomo, todos, tienen razones para dejarlo correr. Sólo la opinión pública podría hacer algo, pero la poca que hay se derrite como la nieve.

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El derecho a la manipulación, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 10 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

La palabra manipulación se puede aplicar a multitud de actividades humanas y no provoca ningún recelo. La manipulación de los alimentos está regulada. La manipulación de la seda, del pan, del calzado, están legitimadas por la costumbre. Pero si alguien se atreve con la manipulación del arte, entonces la gente se mosquea. Y la manipulación de la literatura. O eso que mucha gente tiende a denominar literatura, y que no es otra cosa que la industria del libro. Aquellos señores, tan conservadores ellos, que inventaron el premio Nadal, con Ignacio Agustí a la cabeza, fueron capaces de decirle que no a un manipulador de la opinión literaria de España, como era González Ruano, y darle el premio a una chica que sólo conocían en su casa de la calle Balmes, Carmen Laforet. ¿Alguien se atrevería ahora a decirles a los manipuladores literarios del grupo Planeta que no le vamos a dar el premio a Maruja Torres, sino a otra que escribe con algo más de talento y que no conoce nadie? Me es indiferente que le den el premio Nadal, el Planeta o el de los Grandes Expresos Europeos, pero lo que me parece una estafa manipuladora es que los diarios lleven días anunciando que el premio es para Maruja Torres, que es a la literatura lo que Marujita Díaz a la canción española, cuando aún tendrían que estar deliberando y leyéndose los manuscritos. Me impresiona siempre la estafa, eso que queda detrás de la manipulación; las decenas de autores decentes que se han quedado de un pasmo y burlados. Y nos hemos acostumbrado a ello como si fuera un gaje del oficio, que es la base sobre la que se construyen todas las manipulaciones. ¿Por qué nuestros amigos tienen el derecho a ser unos chorizos y los adversarios no lo tienen? No lo he entendido nunca.

La guerra de Gaza, por ejemplo, que es a lo que voy. En primer lugar eso no es una guerra, es una carnicería organizada por un ejército al completo -tierra, mar y aire- frente a unos tipos de firmes creencias y escasos recursos, que tienen mar, pero no tienen Marina para defenderse; que tienen aire, polucionado, pero no helicópteros, y que tienen tierra, muy poca, y angosta y pobre como un desierto sin blindados. En lenguaje llano, una escabechina. Pero fíjense en la manipulación. Los ejércitos del Estado de Israel ya han matado cerca de un millar, incluidos niños, mujeres y ancianos. Y usted, que es responsable periodístico, da una fotografía de la masacre. Pero en aras del equilibrio informativo que le exigen los manipuladores, debe incluir otra foto del soldado israelí caído y llorado, legítimamente, por los suyos. De poco le valdrá explicar que después de ejecutar, los verdugos no tienen derecho a imagen, porque ya la han ejercido matando. No, se equivoca. Si no lo hace, le lloverán las cartas protestando por supuesta parcialidad.

Desengáñense. Israel no ha querido la paz nunca, y si alguna vez ha soñado con ella, es la paz de la victoria, aquella que nace de la liquidación del enemigo; aniquilarlo y después de quitarle las tierras, decir que eran suyas… desde los tiempos bíblicos. Bastaría el paisaje de los asentamientos en territorio palestino; nadie puede permanecer indiferente ante esa desmesura. Eso hay que verlo para creerlo. No sé si alguno de ustedes ha tenido el siniestro privilegio de viajar a Israel y visitar los campos de concentración para palestinos de Cisjordania y Gaza, y si además es del gremio periodístico, y no va pagado por las instituciones de Israel, poder vivir una de esas sesiones entre colegas donde cada uno vomita lo que lleva sufriendo sin poder escribirlo nunca. Usted puede visitar Israel y no enterarse de nada. Nunca olvidaré a un pobre militante de Comisiones Obreras de Catalunya que cuando escribí hace ya muchos años una serie sobre la mortal decadencia de la revolución cubana, mandó una carta indignada a este diario señalando lo bien que lo habían tratado y lo bien que estaba todo en su viaje oficial a Cuba. En Israel puede usted vivirlo en grado superlativo, porque hay algo que lo distingue de cualquier otro ensayo estatal, una apariencia laica en un Estado racialmente confesional. Cuando las organizaciones palestinas que luchaban contra la ocupación se vanagloriaban de su agnosticismo, el fundamentalismo era israelí. Ahora son dos fundamentalismos sin ninguna posibilidad de encuentro, pero con una diferencia: los que mueren van al paraíso. Debe estar lleno el paraíso de fanáticos, porque antes se moría por una idea, ahora se han vuelto vulgares y mueren por una recompensa, en el más allá.

Cada vez que oigo o leo eso de que Israel es la única democracia de Oriente Medio, no puedo menos que recordar aquella otra manipulación que sufrimos durante décadas. La Sudáfrica del apartheid gastó millones en la promoción de la primera democracia de África,que eran ellos. Fíjense si seré ingenuo, que yo siempre pensé que algún día saldrían a relucir aquellos viajes organizados por el Estado racista sudafricano al que iban directores de periódicos, jefes de la sección internacional e intelectuales susceptibles, que entonces en España había muchos. No era más que un viaje, decían, y gratis total. ¡Qué belleza la de sus paisajes, qué emprendedores sus empresarios, qué inteligentes sus políticos! Me acuerdo de esas frases, que hoy suenan a colono sionista: “No tenemos nada contra los negros, pero este país es nuestro; los negros tienen derecho a vivir…, pero en sus territorios”. No es extraño que fuera Israel el socio más íntimo del régimen racista de Sudáfrica. Yo ya soy mayor, y ya me resulta muy difícil creer en fundamentalismos, pero no me cabe duda de que si viviera en Gaza o en Cisjordania sería un colaborador de la lucha de ese pueblo, fuera con Hamas o con Al Fatah o con quien peleara contra la opresión. Entiendo que la gente se vaya, aunque esa sea la intención de Israel, que se marchen. ¿Por qué los palestinos no se instalan en Jordania?, me decía un tipo inteligente, culto, sionista e infectado de esa bacteria letal para la inteligencia: “Yo estoy con mi patria, con razón o sin ella”. Sin razón, no hay patria que se sostenga mucho tiempo; lo demás es fascismo, o esa variante cutre de la hoy llamada cultura futbolera: que ganen los míos, aunque sea de mala manera.

La invasión de Gaza, la destrucción de la resistencia palestina, es una operación perfectamente organizada en el tiempo, en los medios y en la coyuntura política. Tienen hasta el 20 de enero y la toma de posesión de Obama. No por nada especial, sino para cubrirse del riesgo, porque nada puede seguir siendo lo mismo y la impunidad del Estado israelí, absolutamente vicario de Estados Unidos, no puede seguir, a menos de correr el riesgo de que allí se abra el frente que provoque un conflicto internacional. Bastaría un dato, auténtica perla del derecho a la manipulación. Estamos sufriendo el agobio que significa la posibilidad de que un país como Irán, con un régimen bastardo y criminal, se haga con el arma atómica. Anular tal posibilidad me parece una tarea imprescindible, pero ¿por qué no precisamos que el único país de Oriente Próximo que dispone de bombas atómicas es Israel? ¿Acaso las tienen para decorar el Neguev? ¿Alguien duda, después de todo lo que han hecho hasta ahora, de que podrían utilizarlas y poner al mundo ante el hecho consumado?

Es una frivolidad comparar la política de los sionistas con la de los nazis. Una bobería parecida a asimilar el nazismo con el comunismo. La pereza intelectual es lo que obliga siempre a amalgamarlo todo. Tendemos a amalgamar lo que no logramos desentrañar, para hacerlo más accesible a nuestra rutina mental. El Israel actual no tiene futuro, y eso es un problema de tiempo. Fue un proyecto ambicioso y temerario, y fracasó, como fracasó la revolución rusa, y la cubana, y muchas otras. Y debe resolverse sin echar a los sionistas al mar, ni a los palestinos en las cunetas. Así de sencillo, pero mientras haya quien piense que es enviado de Jehová o de Alá para lograr que su pueblo se constituya en paraíso, no habrá nada que hacer. Los cohetes chungos de Hamas sobre territorio israelí, centenares en diez años y ocho muertos, no son más que el recordatorio de que hay un pueblo que vive bajo la opresión y en su propia tierra. El verdugo no puede exigir que las víctimas acepten sus reglas y que además se porten bien.

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El cuarto Rey Mago, el miedo, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 3 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

No era fácil ser niño y feliz en la España de los años cuarenta y cincuenta. Pero al menos había una jornada, en general limitada a una mañana, que concentraba la mayor y quizá única felicidad del año. No creo que hubiera un día más feliz en nuestra infancia que el de Reyes y si haciendo un esfuerzo por llegar un poco más allá de la superficie de las cosas tuviéramos que definir en qué consistía la felicidad de entonces, yo no dudaría un momento en la palabra definitoria: la sorpresa.

Porque la sorpresa lo era todo; ni los regalos que aparecían ante nosotros tenían nada que ver con los que habíamos pedido en rigurosa carta, ni sabíamos muy bien si incluso tendríamos regalos o carbón de verdad -esa mariconada del carbón de azúcar llegó con la estupidez y la adolescencia-.

La sorpresa de los regalos de Reyes, el arte con el que lo sencillo se transformaba en insólito, tenía alguna relación con los milagros. No sólo porque era un milagro pensar de dónde se sacaban los fondos para pagar la quincallería, sino porque nada o casi nada se correspondía con nuestros deseos, y sin embargo colmaba nuestras intenciones. La mezcla de fe y de candor que rodeaba los Reyes Magos, con el larguísimo y enrevesado proceso de escribir la carta, de entregarla, de confiar en que alguien la leyera. Todo estaba volcado en un día mágico, que prácticamente se limitaba a la mañana de Reyes -era raro que sobreviviera algún juguete hasta la tarde de autos, en lo que se mezclaba la deleznable calidad de los objetos y nuestra concienzuda manera de agotarlos por la vía de saber “qué llevaban dentro”-.

Desconozco absolutamente cómo se celebran ahora los Reyes, salvo en una cosa, la muerte natural de la sorpresa. No debe de ser fácil sorprender a un niño; no digamos a un adolescente. La retirada de la sorpresa, que viene ya de lejos, ha sido sustituida por un nuevo elemento, que parecía desterrado desde hacía décadas, el miedo. Es el cuarto Rey Mago de estas fechas, el más presente de todos. Y lo más curioso es el dominio del lenguaje por parte de los que mandan. Resulta que eso que la gente siente como miedo ha de denominarse crisis, que es una palabra que hace referencia a quienes están viviendo un momento delicado en sus vidas y en sus negocios. La gente habla de algo que no sólo le es ajeno, sino que ni siquiera tiene idea de sus consecuencias. Cuando un obrero o un empleado se están refiriendo aque vivimos una crisis, está transfiriendo algo aplicable a sus jefes y dueños. Ellos sí que están pasando una crisis, nosotros no vivimos ninguna crisis, estamos haciendo lo mismo que hacíamos antes de que los jefes entraran en crisis, y lo único que vivimos es el miedo a cómo nos va a castigar a nosotros la crisis que viven ellos. Pocas cosas hay más ridículas que el ama de casa apenada diciendo compungidamente que “este año estamos en crisis”.

Este año, señora, nosotros no estamos en crisis, nosotros tenemos miedo a que la crisis de ellos nos ponga en una situación diferente a la que estamos. Si estuviéramos en crisis sería señal de que hemos colocado mal nuestro dinero en bolsa y que la liquidez de nuestros negocios tiene problemas en el relanzamiento de las ventas. Si la gente consume menos, no se debe a que esté en crisis, sino a que está acojonada pensando en que quizá pasado mañana no podrá afrontar la vida tal como la encara actualmente. Y eso no se llama crisis, sino miedo. Los que cobran un salario no están en crisis; son los que pagan quienes viven una situación crítica, por diferentes razones pero ninguna es debida a nuestra torpeza o incompetencia, sino a la suya, y por tanto no hay motivo que nos obligue a utilizar sus mismas expresiones. ¿Desde cuándo puedo yo acompañar al señor Botín, expresándole que le acompaño en la crisis y en sus sentimientos? La crisis del señor Botín me va a afectar a mí, de eso estoy seguro, pero no es mi crisis, es mi miedo. Porque cuando el señor Botín deje de hablar de la crisis, mi situación será prácticamente la misma, salvo que se me quitará el miedo. Él no tiene miedo, al contrario, sabe que juega con el nuestro y por tanto cuando dice crisis parece que nos mire con un guiño de complicidad.

Vivimos una situación entre patética y surrealista, según la cual hasta ayer éramos unos mierdas dogmáticos, anquilosados, viviendo del borrascoso pasado, incapacitados para dar un salto a la modernidad y descubrir que la vida es competencia y que el mercado no es algo que se limite a las mercancías, sino a todo, las personas, los valores (los pocos que no cotizaban en bolsa), que detrás de la inseguridad -la nuestra, por supuesto- estaba la salvación, la imaginación, la invención, los recursos del intelecto. Y sale el jefe de los empresarios españoles, el vocero de las almas en crisis, y nos dice a un conjunto inmenso de población acojonada que se debería hacer “un paréntesis en la sociedad de mercado” y que el despreciado abuelito, el Estado, les subvencione las pérdidas porque se farrearon las ganancias.

Digo farreado con absoluto conocimiento de causa. ¿Se ha limitado alguno de esos caballeros, hoy en crisis, mientras las cosas les marchaban viento en popa? No, padre. Entonces, a qué viene esa amenaza brutal sobre nuestra sociedad, tan delictiva como un chantaje, según la cual “si no nos dais los dineros del Estado, y rápido, os haremos crujir”.

Y lo digo sin rubor, yo entiendo a Botín, conocí a su padre, y yo a los Botín -lo digo como símbolo- los he conocido toda mi vida. Ellos no me sorprenden, porque hacen lo que hicieron siempre, lo que sí me pasma hasta el colodrillo es que los muchachos de la pluma, es decir, nosotros, hablemos de la crisis como si fuera nuestra. Pero, bueno, ¿usted está en crisis, o está acojonado? Porque yo conozco a muchos con contratos blindados que ni están en crisis ni están acojonados, todo lo más expectantes para ver dónde colocar sus fichas en el instante previo a caer la bola.

Ahora es cuando le vemos las orejas al lobo, porque es un lobo, no es la abuela de Caperucita. Y después de tantos años derrochando palabrería sobre la izquierda moderna y el ecologismo, descubrimos acojonados que esos chicos ya talluditos, ambiciosos de todo menos del talento, también viven la crisis. ¿Dígame en qué se diferencia la política de Zapatero de la de Rajoy? En que uno nos cae menos mal que el otro, pero con la absoluta convicción de que ellos también son la crisis. ¿Y la izquierda? En pleno combate decisivo por la humanidad castigada en el doble frente de las bolsas de plástico y las bicicletas iluminadoras.

Fíjense si estarán seguros de su impunidad, en esta crisis tan suya y en este miedo tan nuestro, que el banquero Alfredo Sáez ha tenido el tupé de exigir que las ayudas del Estado no se hagan públicas porque eso crearía problemas de imagen. Resumiendo, que el jefe de los empresarios nos pide un paréntesis en la sociedad de libre mercado para cubrirse de sus errores y el subjefe de los banqueros, que le subvencionemos en la intimidad.

¿Ahora entienden por qué el ecologismo en política es siempre conservador? Y no está mal que lo sea, pero lo ingenuo es que eso pase por izquierdista. Por más radical que pretenda ser, el ecologismo nunca cuestiona el poder, sino los efectos del poder. ¿Se dan cuenta de que en el momento en que ha quebrado el capitalismo arrolladoramente victorioso, el que se jactó de haber finiquitado hegelianamente la historia, no queda otro remedio a nuestros gobernantes, audaces vendedores de humo, que plantearnos la crisis? ¿De qué crisis me habla usted? Ustedes se han arruinado solos y tras suculentos beneficios, y además ni siquiera tienen la inquietud en el cuerpo de que alguien pueda destronarles. El miedo es nuestro porque no hay alternativa. Entre tanta reivindicación de la naturaleza, a nuestros modernos amigos se les ha olvidado empezar exigiendo el fin de los paraísos fiscales. Es significativo que sólo puñados de jóvenes no tengan miedo. Quizá porque tampoco tienen futuro, y el que no tiene futuro que organizar no conoce las aplastantes evidencias del miedo. Y entiendo que lo rompan todo, en esa versión cutre del carpe diem.Se ha perdido el futuro, y los genios que gobiernan nuestras vidas y nuestras economías proponen volver al pasado.

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Los ricos, esos desvergonzados, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 27 diciembre, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

¡No nos reímos ni nada de los albaneses! Europa entera, empezando por los grandes mercados financieros, se descojonaban de risa. Albania, un país que salía del más cafre de los comunismos, tras tropecientos años de dictadura ominosa y absurda hasta el delirio, había descubierto el intríngulis del capitalismo; se podía vivir sin trabajar, apenas uno invirtiera en bolsa. Una bolsa a la albanesa, por supuesto. Usted colocaba sus dineros en el chiringuito de un fulano listo, al que conocía todo el pueblo, y recibía intereses suculentos. Al principio, cada año. Luego cada seis meses, y al final, cada trimestre. Bastaba trabajar un año y luego poner el dinero ahorrado a florecer. Fueron los tiempos de las famosas pirámides albanesas, que no eran una obra arquitectónica pero tenían más secretos que las de los faraones. Todo el país, desde el más pringado de los oficinistas hasta ministros y primeros ministros, todos, descubrieron que el capitalismo tenía un truco y que ellos, por ser albaneses descendientes del gran Skanderberg, lo habían pillado apenas descuajeringado el socialismo borreguil de Enver Hoxa. Vivieron y disfrutaron del capitalismo salvaje durante siete años, de 1990 a 1997. Fue, digámoslo todo, un periodo de gozo blanqueador de dinero negro; se compraron armas para Kosovo a precios del mercado del oro, y así se pudieron armar todos, y la droga y la prostitución. Fue de fábula y aún están esperando que alguien lo cuente por lo menudo. Albania, el culo de Europa, demostró en un quítame-esa-estatua que ser capitalista era un privilegio sólo concedido a los pueblos avispados. ¡No nos reímos ni nada de los albaneses cuando se descubrió la estafa piramidal!

¡Pero, hombre, Bernard L. Madoff, el rey del Palm Beach Country Club, el judío pródigo, modelo de generaciones de sionistas -la Universidad Yeshiva-, el caballero amable jactancioso de su señora, la única, hoy lamentablemente retenida, y con dos hijos prodigiosos, Marc y Andrew, y sobrinas y nietas, en fin, el mago de las finanzas del siglo XXI, el que marcaba el camino, el mesías financiero de la nueva era, el !Midas de los Midas! No sólo detectaba dónde estaba el dinero, sino que te lo sacaba y luego lo multiplicaba. Los rústicos albaneses duraron con su invento apenas siete años, pero Madoff alcanzó cuarenta. Y como le podrá explicar cualquier alumno de primero de económicas, lo suyo no era la vulgar pirámide, que al fin y al cabo exige muchos cómplices para el delito, sino el esquema Ponzi, en el que basta con uno que esté en el secreto.

Confieso mi embeleso ante el fenómeno de Bernard L. Madoff. Bastaría decir que aún hoy me quedo perplejo ante el más grande estafador que ha conocido la historia. Me refiero a estafas económicas, porque en las políticas las ha habido mayores. Y reflexionemos un momento sobre la unción con la que se le trata, una prueba inequívoca del respeto al dinero. Porque a diferencia del criminal político, y no digamos del criminal a secas, del asesino múltiple, el delincuente económico de altura ejerce una atracción diabólica. Ocurre con ellos como con las damas hermosas entradas en años: quien tuvo retuvo. Sin esa complicidad no sería posible entender por qué un atracador, un ladrón, lo que en definitiva es Madoff, fuera detenido de un modo que ni a usted ni a mí, por mucha gracia y mucha suerte que tengamos, jamás nos otorgarían. Si usted hubiera robado un banco, sin desgracias personales, como se dice ahora, le detendría un grupo policial que le llevaría a trompicones hasta la comisaría. Eso, si tiene la suerte de que no le toque algún chico airado de los Mossos d´Esquadra, que le puede forrar a hostias y encima los plumillas tertulianos le dirán que bien merecido se lo tiene, por emigrante.

¡Cómo no me va a fascinar Madoff si ahí está el mejor guión de Hollywood de los últimos años! Imagínense que el policía que le fue a detener, inspector Theodore Caciopi, después de llamar a la puerta -detalle importante, tratándose de un delincuente de máxima categoría; lo normal hubiera sido derribarla de una patada o con el pequeño explosivo al uso; a usted y a mí nos lo harían, por mucho menos, sin necesidad de ser reincidentes con cuarenta años de ejercicio-, y una vez expedita la entrada y enfrentado el policía Caciopi al criminal veterano, le espeta esta pregunta antológica: “¿Hay alguna explicación inocente?”. Se fijan bien, retienen el momento histórico. La justicia de los Estados Unidos, enfrentada al más grande de los delincuentes económicos de su larga historia delictiva, le echa una mano comprensiva, que ni los grandes del género, Simenon, Agatha Christie, no digamos ya el inmenso Dashiell Hammett, o el sublime Raymond Chandler, hubieran imaginado nunca. ¿Una explicación inocente? No hay guionista, lo reconozco, capaz de tal genialidad discursiva.

Y entonces, Madoff, en caballero impecable, que no dudo que lo sea, ¿por qué no iba a serlo? Nadie que no fuera un caballero podría engañar durante cuarenta años a todos los caballeros que estafó. Y entonces, Madoff respondió: “No hay ninguna explicación inocente”. Magistral. Sería el momento para hacer una pausa para la publicidad y las agencias pagarían millones por esa cuña. Bien, prosigamos. Le llevan ante el juez, y ¿qué creen que hizo ese jurista impertérrito? Pues le obligó a permanecer en casa por las noches, y de día, ponerse una tobillera de alarma electrónica. Qué detalle emotivo. ¡Una tobillera! El día que por un desliz -tengo muchos- me detengan los Mossos d´Esquadra yo me pido una tobillera y luego que no me vengan con hostias. Una tobillera de alarma para delincuentes, como Madoff.

La emoción del relato me está limitando la descripción del contexto. Me estoy enrollando, ya lo sé. Ahora me queda poco espacio para explicarles los pequeños intríngulis de la gran estafa. De cómo la nieta Shana Madoff se casó con el agente de la SEC -controlador de valores- Eric Swanson, el mismo que llevó las investigaciones sobre el abuelo estafador desde 1999. Y el detalle del malvado cómplice Frank Dipascali, el mejor bufete financiero, el otro Midas de Madoff que colocó al hijo de Michael Mukasey, equivalente a nuestro ministro de Justicia, como pasante con mucho futuro. Y uno entonces se pregunta ingenuamente si la gran estafa no era como las obras de teatro de Lillian Hellman, con pocos personajes y caracteres muy intensos, pero ahítos de mierda. Y ahora todo es humo, o lo que es lo mismo, es papel. Hasta tal punto es papel, que la gran ofensiva de los financieros del mundo se concentra en la prensa y los medios de comunicación. No lo estamos haciendo bien, según ellos, porque alarmamos al personal, y debemos ser responsables y achicar el agua. Quizá tengan razón en el aspecto más obvio y hasta más cruel, porque nacimos para informar a la sociedad y vamos abocados a la perentoria tarea de bomberos ilustrados. Porque esta crisis, que algunos con sentido del humor llaman de confianza, no es otra cosa que poner las cosas en su sitio. Y Madoff ha hecho una aportación fundamental a nuestra civilización, por varias razones. La primera, que el sistema es una estafa. La segunda, que la legalidad sólo se aplica a los que la asumen. Y la tercera, que nuestra candidez sólo es equiparable a nuestra ignorancia.

¿Saben ustedes cuándo los tigres de las finanzas empezaron a detectar que Bernard L. Madoff tenía problemas y había llegado el momento de escapar y salvarse de la quema? Cuando compulsaron las donaciones de la familia Madoff en el 2007 y descubrieron que sólo había aportado para obras benéficas 95.000 dólares. Muy mala señal. Todos recordaban, porque él se lo hizo saber al mundo entero, que al enterarse de que a su sobrino le diagnosticaron leucemia, entregó seis millones de dólares a la investigación sobre el cáncer. Y aquí hemos de quedarnos. Aparquemos para otra ocasión la experiencia española. Eso sí, acepten un consejo para los tiempos que corren: nunca se fíen de la gente con excelente reputación; sólo fíjense en quién se la concede.

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Una sociedad desquiciada, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Sociedad by reggio on 20 diciembre, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Ya sé que está mal visto dudar y que sólo se debe responder a las preguntas que uno ha pactado previamente. Aquellos que escribimos debajo de un marbete que dice Opinión tenemos una notable capacidad para decir las tonterías que se nos ocurran. Salvo en el terreno de la duda; porque no está bien tener dudas cuando se escribe para gente que espera de nosotros certezas. Tenemos que responder a lo que se espera de nosotros, o lo que es lo mismo, podemos decir las mayores bellaquerías e incluso mostrar sin rubor nuestros más bajos instintos, o los altos, esos que llaman patrióticos.

Pero las dudas se las mete usted donde le quepan. El otro día leía una truculenta noticia de sangriento asesinato y se me ocurrió distanciarme un poco de la página y encontré que estaba en la sección Tendencias.La mayoría de los diarios españoles tienen desde hace años una parte que denominan Tendencias, y que es algo muy posmoderno y que procede como no podía ser de otra manera de la prensa anglosajona más estupenda. Pero aquí tenemos un pequeño lío y por eso a mí me surge la duda, íntima y molesta como una hemorroide. O admitimos que el crimen es una tendencia social en alza -pensamiento peligrosísimo- o restituimos aquellos vulgares Sucesos que derrochaban sangre y desgracia. Lo que no podemos hacer sin pagar un costo social considerable es retirar las malas noticias porque tenemos tendencia a valorarnos en positivo.

Vivimos uno de los momentos más ridículos y espeluznantes en muchas décadas y los plumillas debemos poner muy buena cara y no alarmar, “que bastante jodida anda la gente ya para que encima insistamos sobre ello”. Pongamos un caso evidente. Posiblemente estamos afrontando una de las situaciones únicas en muchos siglos, y no me refiero, como más de un simple pensará, a la quiebra económica, que hoy no toca. Me estoy refiriendo a la evidencia de que por primera vez una generación, la de nuestros hijos, es consciente de la imposibilidad de mejorar la condición social de sus padres. No hace falta ser un estudioso del pasado, pero yo no conozco de ninguna generación que partiera de la evidencia de no superar a sus padres en estabilidad, en calidad de vida, en tiempo de trabajo y ocio, en tranquilidad laboral… Hablo en términos sociológicos y doy por supuesto que los hijos de Julio Iglesias, aunque canten aún peor que su padre, ganarán más y trabajarán menos; sirva el ejemplo para evitar que algún lector guay y equivocado de sección se dé por aludido.

En principio no habría por qué alarmarse. Un fenómeno nuevo exige desterrar la pereza mental y ponerse a pensar de una manera diferente, pero hete aquí que no. Nuestra sociedad vive como si no se quisiera dar cuenta y así ocurre que mientras millones de jóvenes hacen mil trampas para conservar, cuando menos, el estatus social de sus padres, empezando por no abandonar la casa familiar, la sociedad se ha vuelto garantista y legisla como si viviéramos en la Ilustración y todos fuéramos nobles con patrimonio. Suspendamos los toros porque incitan a la brutalidad en las tiernas almas de las gentes; no se le ocurra a usted darle un cachete a su hijo porque le llevará ante los tribunales y habrá de indemnizarle; como el profesor del instituto diga que mis retoños son unos gamberros tendrá que vérselas conmigo y le humillaré públicamente. La superprotección de los niños es una muestra de nuestra ignorancia, nuestro miedo y nuestra mala conciencia.

Una consecuencia de la gran invención de la autoestima. Entre las cosas más patéticas de nuestras sociedades establecidas está la creencia de que deprimirse es una enfermedad vergonzosa, y sentirse satisfecho con uno mismo una señal de salud y civilización. Esa pedagogía cancerígena según la cual los niños, y no digamos los adolescentes, no deben aburrirse ni esforzarse, que bastante nos hemos aburrido y esforzado sus padres. Hemos fomentado la trivialidad y el cinismo quizá en la idea de que bastante nos costó a nosotros para desearle a alguien que pase por una cosa igual. Y esto es nuevo. Ninguna generación se desarrolló con la convicción de que lo peor estaba por venir; salvo aquella del año 1000, cuando les dio por la obsesión, muy rentable para la cristiandad, de que el mundo se acababa en la ciénaga del pecado.

Fui un estudiante provocador y gamberro, es decir, pésimo. Pero jamás en mi vida se me ocurrió que mis padres, que no sabían ni de la existencia de la señora Montessori ni del señor Freire, tenían que defenderme. Algunos fuimos groseros como bárbaros. Luego soñamos con un mundo de gente en bicicleta que paseaba por los umbríos caminos de Oxford y que teníamos hijos que podían perfectamente adaptarse a la película de nuestros sueños infantiles, que no era otra que aquella en la que un maduro John Mills hacía de profesor excéntrico en un impecable colegio británico, y donde todos y cada uno de los niños tocaba un instrumento musical, y formaban una orquesta para pasmo de los espectadores. Creo que se tituló entre nosotros Qué grande es ser joven. ¡Quién de mi generación no soñó con matricularse allí y tener aquellos profesores!

Si escarban un poco descubrirán que la mayoría de las decisiones tomadas por el gobierno central o por las autonomías respecto a la educación tiene rasgos comunes de hispanidad mental; son herederas de la formación nacionalcatólica y de la arrogancia del poder. Como no nos atrevemos a afrontar con los padres -que son los votantes- una concepción de la enseñanza que no eche a los chavales a la cuneta, la responsabilidad se cae a pedazos.

Eso sí, que nadie se mueva y que nadie se dé por aludido, porque eso afectaría al honor y la autoestima de las personas y de sus familias. Derecho sacrosanto de la sociedad más anodina y cobarde que conoció España en muchos años. Resulta que éramos ricos riquísimos; que teníamos bancos cojonudos por su rigor y su prestigio en el mundo mundial; que nuestra economía era el pasmo de Occidente. La transición democrática dejó una estela de autosatisfacción tan contagiosa que la gente se creyó lo que no era, y aplicó la misma fórmula a la vida, a la familia, a todo. Y ahora resulta que nada es como creíamos, y tenemos que cuidarnos de no decirles la verdad porque podría provocarles una pérdida en su autoestima. No me cansaré de repetirlo, la autoestima social, como pueblo, es una invención del poder para hacernos creer que nosotros somos magníficos porque tenemos unos gobernantes aún más magníficos que nosotros. ¿Necesito decirles quiénes en España y en Catalunya consiguieron perpetuarse en el poder gracias a esta fórmula?

Una sociedad que es capaz de sacar a 600 personas a la calle para protestar por un oso, digo bien, ¡un oso!, que se le apareció a un cazador en los Pirineos -por menos que eso y un poco más arriba, en Lourdes, montaron una industria religiosa de primer orden-.¿Y qué creerá usted que piden? “¡El derecho de los Pirineos a decidir sobre su territorio!”. A las familias que perdieron a seis jóvenes abrasadas en Gavà, ante el ninguneo de los medios de comunicación que presenciamos el goteo, muerta a muerta, no se les hubiera ocurrido lo del derecho a decidir;se les hubieran reído en sus morros.

A una sociedad la retratan más los detalles que sus discursos. ¿Saben que España es el país de Europa con más niños poseedores de teléfono móvil? El 80%. Me devano los sesos para encontrar una razón, que no sea la estupidez paterna, que justifique tamaña insensatez. Dicen que es para saber dónde están en todo momento. ¿Se dan cuenta de qué capacidad tenemos para engañarnos a nosotros mismos? Reconózcalo meridianamente, usted no se atrevería a negarle a su hijo un móvil cuando todos sus amiguitos lo tienen. Eso que en lenguaje común se reduce a comportarse en borrego y que siguiendo las tendencias dominantes podría denominarse “adaptar a los niños a las nuevas tecnologías”.

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El último vuelo de 4 grandes (y II), de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Literatura by reggio on 13 diciembre, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Entre los 183 muertos del 747 de Avianca que se estrelló intentando torpemente aterrizar en Madrid estaban cuatro grandes escritores latinoamericanos. Ocurrió hace ahora 25 años y bien merecen un pequeño recordatorio, aunque sólo sea por evitar esa imagen terrible, que asimila los literatos muertos a las gallinas de los cocidos de antaño, que servían para dar grasa al condumio de la familia, de los deudos y de los agentes literarios, quedándose las correosas carnes para exhibición del modesto plato editorial.

Los cuatro intelectuales muertos en Mejorada del Campo, en la vecindad de Barajas, estaban en sazón; en ese momento y esa edad en la que uno se consuma como grande o sigue en la noria del escritor establecido. Manuel Scorza y Jorge Ibargüengoitia habían cumplido 55 años; Marta Traba, la más joven, 53, y su marido, Ángel Rama, el mayor, 57. La primera cuestión que exige explicaciones es por qué los cuatro montaron en París. Lo de menos es que se conocieran. De seguro que sí; habían tenido motivos no sólo en sus periplos por Latinoamérica. También los cuatro habían pasado por el peaje de toda su generación, esa revolución cubana que se fueron encontrando a lo largo de su vida.

Jorge Ibargüengoitia me parece uno de los escritores más versátiles de la literatura mexicana del siglo XX; autor teatral, guionista de cine, articulista brillante, novelista de éxito. Todo lo que tocaba lo convertía en sarcasmo; la historia de México en primer lugar.

No sé si será una herencia india, aunque yo me inclino más por la mezcla criolla y la huella de la grandilocuencia española, pero buena parte de la historia oficial de los países de Hispanoamérica que se enseña a los niños en las escuelas es mentira; tan mentira como la nuestra, e incluso más. Fue necesario que en España las comunidades autónomas se hicieran cargo de la enseñanza para que entonces todos nos volviéramos un poco mexicanos y un mucho discípulos del PRI; cínicos, pero muy nacionalistas. Pues bien, Jorge Ibargüengoitia nació en Guanajuato y baste decir que tras escribir su primer libro, que enmarcó en su ciudad, ya se le puso muy difícil volver por allá. El humor corrosivo es muy fácil de distinguir del jijijíjajajá; basta contemplar sus efectos.

A Jorge Ibargüengoitia lo conocimos en España, que yo recuerde, por una novela prodigiosa que apareció a finales del 82 en una editorial hoy creo que desaparecida (Argos Vergara). Se titulaba Los conspiradores,y contaba magistralmente la aventura de un grupo de independentistas, hacia 1810, en su lucha por liberar México de la corona española; no creo que quien la empiece deje de leerla hasta el final. Pero la notoriedad de Ibargüengoitia fue su obra de teatro El atentado,en la que evocaba el asesinato, en 1928, del presidente Álvaro Obregón, y la conspiración de su sucesor Plutarco Elías Calles. No tuvo ninguna posibilidad de representarla en México hasta quince años después de escribirla, pero la mandó al premio Casa de las Américas, en La Habana, y ganó. Aquí ya tenemos una relación de Ibargüengoitia con la revolución cubana, a la altura de 1963, cuando todos los sueños parecían posibles. Al año siguiente obtendría de nuevo el premio en La Habana, con una novela, Los relámpagos de agosto; también una reconstrucción delirante de los usufructuarios de la revolución mexicana.

Viajero por toda América, desde Estados Unidos hasta el Cono Sur, no serán los efectos de la revolución cubana los que le acaben alejando de su país y buscándose la vida en París. En 1976 se va a producir en México un fenómeno que afectará de lleno a la cultivada intelectualidad crítica. El presidente Luis Echevarría, el asesino del 68 en la plaza de Tlatelolco, descabeza el único periódico crítico de México, el Excelsior. De ahí nació el semanario Proceso y la vida siguió. Pero Ibargüengoitia, tras un montón de vicisitudes, encontró a una mujer que se llamaba Joy Laville, inglesa y pintora, echaron cuentas y se marcharon a París.

Aunque les uniera además de la pluma, el orgullo y la mala leche, el peruano Manuel Scorza debía de ser muy diferente de Ibargüengoitia. Jamás se le hubiera ocurrido a Scorza un libro como el que hizo el mexicano, felizmente titulado Instrucciones para vivir en México -Scorza empezó como poeta, y siguió luego-, que nos introduce a partir de Redoble por Rancas en lo que luego sería un siniestro frente dominado por Sendero Luminoso. En uno de sus exilios, y en México, conoció a Ernesto Guevara, a punto de convertirse en el Che, y fue testigo galante de su boda con Hilda Gadea.

La obra de Scorza constituye una especie de gran oratorio andino, lo que, vanidades aparte, le consiente decir de sí mismo: “Yo he dotado de una memoria a los oprimidos del Perú, a los indios que eran hombres invisibles de la historia”. Menos influido por su paisano Arguedas que por Carpentier. Su otra vinculación con Cuba y su revolución fue Alejo Carpentier; un descomunal escritor y un tortuoso y equívoco personaje. Pero la vida es así y la literatura mucho más. Scorza acabó en París, en su último destierro, traducido a 24 lenguas, pero por esas cosas del mercado encontrar sus libros hoy en España es tarea de anticuario.

Ángel Rama, uruguayo descendiente de emigrantes gallegos -a ellos dedicó lo más parecido a una novela que escribió nunca, Tierra sin mapa– forma parte de una peculiaridad, yo diría que muy oriental de La Plata, la del ensayista literario en profundidad; los hay a puñados desde Rodó y Zum Felde. Su consagración fue el semanario Marcha,una leyenda en América del Sur. Sustituyó en la responsabilidad literaria y ensayística de la revista a Emir Rodríguez Monegal, su histórico adversario. Ambos, símbolos de la izquierda y la derecha latinoamericana durante muchos años. Activo jurado de los premios Casa de las Américas, rompería con la Cuba de Fidel en 1971, tras el asunto Heberto Padilla, por más que empezara a distanciarse, como tantos, a partir del 69, lo que en su caso coincidiría con el comienzo de su relación con Marta Traba.

La figura de Marta Traba, argentina porteña -signo de identidad que no perderá nunca; ese tejido complejo, de suficiencia e inseguridad-, tiene un interés especial por tratarse de otra creadora multifacética, que empezó en la poesía, siguió en la novela y se consagró como tratadista de arte, formada en Roma con Carlo Giulio Argan y en París con Francastel. Nacionalizada colombiana por su matrimonio con el periodista Alberto Zalamea, y posteriormente venezolana, casi a la fuerza. El golpe de Estado en Uruguay de 1973, ya viviendo en Montevideo con Ángel Rama, los pilló dando un curso en la Universidad de Caracas. A partir de entonces periplos inseguros por México, Estados Unidos -donde no les consintió residir el gobierno Reagan-, pasando por Barcelona -una compleja experiencia- hasta recalar en París. ¿La obra? Ángel Rama publicó innumerables ensayos, especialmente sobre la más enrevesada incógnita de la literatura, el llamado modernismo, pero también sobre autores contemporáneos a los que sometió a su agudeza analítica -no confundir con su hermano mayor, Carlos, historiador de las ideas, que viviría en Barcelona sus últimos años-.

Fallecieron los cuatro en un avión cuyo destino era una reunión con la intelectualidad hispanohablante, convocada por el presidente de Colombia, Belisario Betancur, en la que se iban a reencontrar exiliados de todos los países. ¿Acaso hay ambición más hermosa y destino más trágico?

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