Reggio’s Weblog

El derecho político al desprecio, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 23 febrero, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Llevamos treinta años votando y hoy, recién inaugurado el festival del idiota -las campañas electorales parecen pensadas para retrasados mentales-, me gustaría hacerles una pregunta personal, íntima, sin exigencia de respuesta rápida. ¿Cuándo fue la última vez que usted votó a favor de algo? Aclaro que no estoy preguntando cuándo votó por última vez, sino cuándo votó en positivo. ¿Acaso fue la primera vez que metió la papeleta en las urnas, mientras le temblaban las manos, mitad por emoción mitad por inexperiencia, como me ocurrió a mí mismo?

Aquel 15 de junio del 77 ¿fue la primera y última vez que usted votó en conciencia por lo que quería, por lo que le ilusionaba, en fin por todo aquello que se le había acumulado en la vida y que tenía la intención de expresarlo metiendo una papeleta por la ranura de una caja de plástico transparente?

¿O sucedió luego, en el esperanzado octubre de 1982, cuando los socialistas barrieron con el club del misal y la cursilería en el que se había convertido la UCD de Landelino Lavilla? ¿No se acuerdan ustedes de aquella imagen buñuelesca de Landelino bailando con su señora, en plena campaña electoral? Antes, cuando lo recordaba, lloraba de risa, ahora, si la evoco, siento vergüenza ajena.

¿Cuándo votamos a favor por última vez? En esencia hubo un momento en que la gente, en España, dejó de votar a favor para votar en contra.

¿Cuántas elecciones se lleva votando a unos para que no ganen los otros? Desde hace mucho tiempo, demasiado para los treinta años de experiencia democrática. Las elecciones en España, no sólo las generales sino las autonómicas, se han convertido en auténticos ejercicios colectivos de vudú. Se mete la papeleta en la urna para castigar al adversario. La invención del Partido Popular como gravoso peligro para la convivencia, por ejemplo, ha tenido notable éxito en el País Vasco y Catalunya; es al tiempo que un hallazgo mediático, un lujo para cualquiera de los otros partidos nacionalistas, tan conservadores o más que el propio Partido Popular. Por ejemplo, tengo yo serias dudas sobre quién es más conservador, si Mariano Rajoy o Duran Lleida; me bastaría contrastar los lemas de campaña sobre la emigración de uno y otro, para encontrarme con gemelos univitelinos.

Yo no podría votar por Zapatero, sencillamente porque me avergüenza. Yo siempre pensé que la política era un asunto serio para gente curtida y voluntariosa. El combate Hillary-Obama, por ejemplo. Un personal que se lo curra, que tiene a los medios de comunicación mirándoles el dobladillo de la ropa interior, donde cometer un error no se permite impunemente. Es verdad que la democracia norteamericana puede dar productos caducados, auténticos desechos de tienta, pero eso le pasa a cualquiera en un momento torpe de la historia. No soy un experto en política norteamericana, pero si a alguien en algún lugar de nuestro entorno se le ocurriera la genialidad etílica del dedito en forma de garfio sobre la ceja izquierda, lo más probable es que le nombraran ejecutivo en los casinos de Las Vegas.

A mí con Zapatero, lo confieso, me ocurre como con Maragall o el lehendakari Ibarretxe. No entiendo cómo unos personajes así han llegado a ser considerados referentes de algo. No creo que nadie haya descrito este tipo de individuo con la minuciosidad con que lo hizo un buen conocedor del paño, y notable impostor, que fue Jercy Kosinski en su magistral relato En el jardín; sirvió para el filme inquietante que protagonizaba Peter Sellers, ¡Bienvenido, Mr. Chance! No es nada personal, es una cuestión de Estado. Esa gente la considero un peligro. Yo aún estoy esperando, perplejo y desolado, una explicación sobre un montón de cosas que se ha ido dejando caer esa especie de Trío de los Panchos, llenos de ideas de bombero; con permiso del benemérito cuerpo. La llamada y caducada negociación con ETA no es agua pasada, sino una prueba de irresponsabilidad, en la que me la bufa lo que pueda pensar el Partido Popular; otros genios que se fueron a Suiza a charlar, hasta que se dieron cuenta de que les estaban tomando el pelo. Porque el problema capital de la clase política española respecto a ETA, y en esa clase incluyo a partidos veteranos como el PNV y a gregarios de menor cuantía como Carod-Rovira, está en determinar el tiempo que tardan en detectar que les están tomando el pelo, un pelo carísimo en sangre y alternativas.

Yo no puedo votar a Zapatero, porque no soy artista, ni me gusta la poesía de Benedetti -¡manda cojones sacar ahora a Benedetti del armario!-. Zapatero tiene un aroma a Artur Mas, todo huele a retórica, no se cree una puta palabra de todo lo que dice, o se lo cree mientras lo dice, pero ni un minuto más. Hoy juran, mañana van al notario, al otro día hacen declaraciones volcánicas que si alguien se las tomara en serio darían un vuelco al país. Tampoco puedo votar a Rajoy ni al PP, no sólo por trayectoria sino porque me basta verle en ese calvario, crucificado entre dos delincuentes políticos como Acebes y Zaplana -un delincuente político es aquel tipo que después de haber burlado todas las leyes de la decencia, no ha encontrado aún el juez social que le encause por estafa ciudadana-, junto a un espécimen como Pizarro, cuya única preocupación en su vida, hasta el día de hoy, ha sido forrarse.

Y ahí estamos, discutiendo contra quién se debe votar. El macizo de la raza hispana duda de Rajoy -¡ay esos gallegos indecisos, si volviera Aznar, el sin dudas!-, pero votará contra Zapatero. Los votantes zapateriles -¡cuánto dinero se ha distribuido entre la inteligencia hispana; sólo Esquerra Republicana alcanzó tan altas cotas en el aplec de Frankfurt!- dudan del fuste de ese chico, al que le falta un hervor, pero votarán contra el PP. ¿Y el mundo fantástico del tripartito catalán, qué hará? Los muchachos y muchachas de Esquerra, unidos sobre todo por el erario público, se decidirán contra la gran meada española, última aportación del fino teórico Carod-Rovira el caganer, famoso por su arrojo. Iniciativa per Catalunya i els Verds, en su aspiración por convertirse en un club vacacional, rutes a peu i en bicicleta, se paseará en vehículo ecológico. Cada vez que contemplo el aspecto de seminarista rebotado de ese chico de la bicicleta, me viene a la memoria lo que fue el PSUC en este país y me cuesta creerlo.

Opciones. Puede usted votar contra Rajoy, puede usted votar contra Zapatero, puede usted votar algo del tripartito y darle una patada a Mas en el culo de Duran Lleida. Puede usted votar contra todos un poco y seguir siendo constitucional. Incluso regalarle el voto a Llamazares, un médico en cuyas manos no pondría mi salud ni loco. Si vota en blanco, ya sabe que es la opción defendida por dos talentos estratégicos de larga trayectoria, Maragall y Barrera. Yo le sugiero algo muy sencillo y sin ningún futuro. El efecto le durará apenas una noche, la que sigue a los resultados electorales. No vaya a votar. Ni siquiera se mueva.

Castígueles con su desprecio. Le puedo asegurar que como ciudadano no va a variar en nada su vida si gana uno o gana otro, todo lo más sufrirá viendo la cara de Zaplana, no muy diferente de la de Blanco, o al revés, y como ninguno conseguirá la mayoría absoluta, podrá gozar de una escena memorable: cómo, al día siguiente del voto, todos se mostrarán dialogantes, integradores y comprensivos con sus adversarios. España se está haciendo italiana. La casta, hay quien la llama la costra, domina la situación y usted ha de asumir que, además de tocarle sus partes íntimas durante los días que quedan hasta el próximo 9, además, digo, creerán que le gusta. Porque si no protesta, se entiende que es porque le place. Por eso, el desprecio debería ir tomando carácter de derecho político. Nos faltan aún formas de manifestarlo, pero esta ocasión viene como regalada, porque nada es tan obvio como explicar que los intereses que unen a Zapatero con Rajoy, y a Carod con Acebes, son un vínculo mucho más poderoso que sus obligaciones con nosotros.

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Dios y césar, de Manuel Castells en La Vanguardia

Posted in Política, Religión by reggio on 23 febrero, 2008

OBSERVATORIO GLOBAL

Jesucristo, ademas de Dios, era muy listo. Y sabía que su reino estaba en los cielos, o sea, en la mente de las personas, el verdadero lugar de residencia de los dioses de cada uno. De ahí su admonición a dar al césar lo suyo y a Dios lo que le corresponde. O sea, que prescribió, sin ambigüedad, la separación entre la Iglesia y el Estado.

Pero, igual que ocurrió con otros revolucionarios, sus enseñanzas, aún vivas para quien lea los Evangelios en su contexto y sin sectarismo, fueron traicionadas a lo largo de la historia por quienes se erigieron en poder teocrático sobre los cuerpos mediante la imposición de su monopolio en el negocio de almas. Porque la Iglesia, según el cristianismo pata negra, no son ellos (los obispos), sino nosotros (los creyentes, cada uno a su manera). Y así fue en los orígenes y así sigue siendo. Por eso hay mil millones de católicos y otros cientos de millones de cristianos en el mundo, para la mayoría de los cuales su espiritualidad, su refugio y su búsqueda de sentido y de moral no dependen de edictos jerárquicos, sino del diálogo íntimo que sus redes neuronales establecen con el dolor de la existencia y el misterio de la esperanza. Tal es la razón por la cual el cristianismo ha sobrevivido dos mil años, superando incluso la más grave amenaza, la que vino de sus peores enemigos: los que mataron, torturaron, saquearon, censuraron y abusaron en su nombre, haciendo de ello su Santo Oficio. Pero hasta las raíces más profundas se van debilitando con el viento de la historia cuando la experiencia interior de las ovejas (blancas y negras, todos a una) contrasta con los berridos de sus pastores.

Por eso la Iglesia católica como aparato va perdiendo influencia en la práctica de la gente en un contexto mundial en el que, al contrario, Dios está más vivo que nunca y la religiosidad en sus distintas manifestaciones (incluidas formas nuevas de espiritualidad panteísta) está en alza en la mayor parte del planeta.

Estudios como los de Inglehart y Norris, sobre la base de los datos del World Values Survey de la Universidad de Michigan, muestran el auge de la religión en el mundo, con una gran excepción: Europa Occidental, precisamente la cuna del catolicismo. Y otros análisis muestran que en América Latina, el área con el mayor número de católicos del mundo, las distintas confesiones evangélicas cristianas están desplazando la influencia de la Iglesia católica entre los sectores más populares de la sociedad. Y es que a pesar del testimonio y el heroísmo de tantos y tantos curas de base siguiendo a la gente en su vida tal como es y proporcionándoles consuelo y guía sin recurrir al ordeno y mando, la colusión de la jerarquía con los poderes fácticos de siempre y la hipocresía de quienes defienden la familia y encubren a sus legionarios pederastas van minando poco a poco la influencia de quienes interpretan a Dios según sus intereses económicos, políticos y personales, reproduciendo a la Iglesia como aparato de poder.

Ello no implica que la Iglesia deje de defender principios morales y religiosos fundamentales, como la familia o la defensa de la vida del feto o la condena de la manipulación genética, aunque estos principios deban ser adaptados a cada situación.

Los líderes religiosos tienen perfecto derecho (un derecho constitucionalmente protegido) a posicionarse en temas éticos centrales y constituirse en referencia con respecto a sus fieles. En lo que puede parecer una paradoja, cuando el conservador cardenal Ratzinger se convirtió en Benedicto XVI, escribí un artículo esperanzado en este mismo diario porque me pareció que representaba un papado de valores, por discutibles que esos valores sean para muchos, sobre todo los jóvenes. Porque ese es el dominio propio de Dios. Y para que esos valores puedan progresar en contra del individualismo competitivo y el consumismo destructor que caracterizan nuestra cultura, es necesario recurrir a la autoridad moral, al ejemplo, al testimonio. Todo eso queda en agua de borrajas, sobre todo para los jóvenes, cuando se mezcla con consignas políticas, con la intervención directa en los asuntos del Estado, con la bendición de guerras sucias y el silencio ante la opresión. Afortunadamente, el contexto español actual es menos dramático que todo eso. Pero sigue presente el reflejo eclesiástico de instrumentalizar a los creyentes en aras de causas políticas no sólo terrenales sino controvertidas, en conflictos que tienen cristianos sinceros y menos sinceros de los dos lados. ¿O es que quienes están por plantear pacíficamente la independencia de Euskadi o de Catalunya son menos católicos que los otros? ¿Se le va a negar la comunión a los ciudadanos en función de su voto?

E incluso cuando gobiernos legislan en temas como el matrimonio homosexual, aunque contradiga principios tradicionales (no está claro que sean los de Jesucristo), el respeto a lo que decida el césar democratizado es una cuestión fundamental de coexistencia pacífica entre nuestras diversas lealtades internas.

Entrando descaradamente en la batalla política en torno a temas que no competen al apostolado, los obispos españoles se distancian aún más de la sociedad del siglo XXI y alejan a la gente de un Dios que sin embargo necesita con urgencia en un tiempo de incertidumbre.

Por eso en estas elecciones yo voto Jesucristo, o sea, en contraposición directa a lo que nos dictan los encopetados fariseos que usan su nombre en vano.

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Inglés para idiotas, de Rafael Argullol en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 23 febrero, 2008

En el gran bazar en que se ha convertido el proceso electoral puede encontrarse de todo, como hemos podido comprobar estas últimas semanas. El político, disfrazado de prestidigitador, hace los trucos que están a su alcance, e incluso -patéticamente- los que no lo están, con tal de convencer a los electores. Para conseguir sus propósitos se valen de buenas y malas artes, y van creciendo en sofisticación estas últimas a medida que avanza la campaña. Los clientes más deseados son los desmovilizados, los indecisos, los abstencionistas y los que, si esto tuviera algún valor, votarían en blanco.

Precisamente con respecto al voto en blanco hemos asistido a uno de los pocos fenómenos destacables de esta campaña electoral: el silenciamiento de la propuesta de Pasqual Maragall. No es que yo crea que es fácil de aceptar que quien ha sido hasta hace poco presidente de la Generalitat y del partido socialista proponga a los electores el voto en blanco; sin embargo, esta circunstancia hubiera debido avivar el debate, pues si alguien con su dilatada experiencia y responsabilidad políticas ha llegado a esta conclusión es que nos hallamos ante un caso de alerta considerable sobre el funcionamiento de nuestra vida pública.

Lo destacable es que, en lugar de avivarse el debate, se ha producido una auténtica conspiración del silencio en la que han participado los medios de comunicación, al recoger un eco rápidamente debilitado; los partidos, encabezados por el propio partido socialista, y muchos de los amigos políticos de Pasqual Maragall, que apenas han intervenido en su defensa o así me lo ha parecido. No han faltado, además, siniestras manifestaciones de supuesta compasión, sobre todo por parte de quienes viven y medran en estos aparatos de poder que exigen la opacidad y el camuflaje.

Fuera del caso Maragall -un personaje, Pasqual Maragall, que para bien o para mal remueve las aguas del pantano-, no ha habido nada en el gran bazar que no fuera previsible. Entre ataque y ataque lo más vistoso ha sido la subasta que los candidatos han hecho con el dinero de los ciudadanos, unos regalando cheques y otros promesas de reducciones impositivas. En todos los casos está claro que en las arcas del Estado sobra dinero y no se entiende por qué éste no se emplea en arreglar las injusticias que el mismo Estado detecta gracias a sus sacrosantas estadísticas.

Pero si el segmento más filibustero de la campaña ha sido la tómbola que se ha realizado con el dinero público, el segmento más estúpido ha sido, sin duda, el arrebato en torno a la enseñanza del inglés. De repente casi todos los candidatos, mirándose probablemente en el espejo de sus propias carencias, han encontrado en el aprendizaje del inglés el talismán de nuestro porvenir. Pronto toda Cataluña, toda España hablará inglés si hacemos caso a lo que nos aseguran los señores Zapatero, Rajoy, Montilla… (todos al parecer menos ellos).

No vamos a negar ahora la importancia del inglés como lengua científica, económica o de comunicación, pero de ahí a transformar ese idioma en la panacea de las virtudes futuras media un universo. Sin ir más lejos, y para recordar un asunto doméstico, las turbas de simpáticos hooligans británicos vociferan en inglés entre cerveza y cerveza y no por eso los vamos a poner de ejemplo -creo- para esas escuelas llenas de niños anglohablantes que vamos a crear. Tampoco resulta conveniente, por ejemplo, inculcarles el himno de los marines para que lo canten en el recreo, por más que su letra algo tosca sea perfectamente inglesa.

Con todo, la verdad, el problema no estriba ni en los hooligans ni en los marines, sino en nosotros: ¿Qué importa el idioma si lo que se dice es el fruto de la ignorancia? ¿Qué habremos avanzado si un estudiante universitario manifiesta en maravilloso inglés que no sabe quién es el emperador Carlos V o el pintor Piero della Francesca; que tampoco sabe, ni desde luego le importa, cuál es el teorema de Pitágoras o el número pi; que confunde con absoluta impunidad la Revolución Francesa y el Mayo del 68? Estas pequeñas lagunas -en catalán, español o inglés- son fácilmente constatables para cualquiera que se entretenga en charlar con nuestros estudiantes, actividad que quizá sería de provecho para quien pretendiera presentarse candidato.

Sin embargo, lejos de hacer este trabajo de campo, el candidato prefiere ofrecer inglés para todos de modo que el mal sistema educativo actual derive en una peor academia de un único idioma. Tras el goteo apocalíptico de informes europeos y mundiales sobre el pésimo estado de educación en España, hubiera sido de esperar que la enseñanza fuera el asunto central de la campaña. No ha sido así en absoluto, o únicamente lo ha sido en lo referente a la enseñanza del inglés, tema en el que la farsa guarda paralelismos con la subasta de talones y reducciones de impuestos: “Yo haré que todos sepan inglés en diez años”, “yo haré que sea en cinco”, “yo en dos”, y así sucesivamente.

Sospecho un par de razones. La primera, fácil de adivinar, es que proponer el inglés universal es una tarea bastante menos complicada que realizar una auténtica reforma educativa. La segunda es un poco más maliciosa: ¿saben nuestros candidatos quién es Piero della Francesca o cuál es el teorema de Pitágoras? ¿Les importa? English for idiots.

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El malentendido de la participación, de Soledad Gallego-Díaz en El País

Posted in Política by reggio on 23 febrero, 2008

El debate entre Solbes y Pizarro fue seguido por 4,7 millones de espectadores y los expertos calculan que el que se celebrará el lunes próximo entre Zapatero y Rajoy convocará a más de 13 millones de ciudadanos, es decir a casi la mitad de todos los que están llamados a las urnas el 9 de marzo. Desde ese punto de vista, el encuentro, al margen de quién se proclame vencedor, tendrá una formidable capacidad de movilización. Trece millones de espectadores significa que el debate se va a convertir en el tema de conversación preferente al día siguiente. Y eso es algo que el PSOE está buscando con fuerza, porque confía en que una participación alta le permita, no sólo ganar, sino aumentar su distancia actual con el PP (16 escaños). Es cierto que las victorias por más de 50 escaños han pasado a la historia y que se han consolidado las diferencias por 18 o, incluso, 15 escaños. Pero también lo es que en su segunda legislatura, todos los presidentes del Gobierno han mejorado sus resultados y que ZP no querrá ser menos.

En el tan traído y llevado tema de la participación electoral existe, sin embargo, un cierto malentendido. Oyendo a los socialistas se podría pensar que en 2004 se produjo una participación fuera de lo habitual. La realidad es que, si se consideran las nueve elecciones celebradas desde 1977, la participación registrada en 2004 (75,66%) ocuparía un modesto quinto lugar, por debajo de 1977, 1982, 1993 y 1996. Tampoco es cierto que la participación garantice la victoria del PSOE: en 1996 perdió pese a que acudió a votar un 77,38% del censo. Lo que sí es probablemente cierto es que la derrota sería casi segura con una abstención por encima del 30%.

En días como el de ayer, con la agresión sufrida por varios consejeros madrileños a la puerta de un hospital, que viene a sumarse a los acosos sufridos por Nadal, Díez o San Gil, conviene valorar aún más la reacción de los alumnos de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid que el pasado jueves evitaron que un grupo de jóvenes enmascarados impidiera hablar a los representantes de los partidos que el decanato había invitado.

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¿Qué ha ocurrido en la pacífica ciudad de Parla?, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 23 febrero, 2008

ELECCIONES 9M:  XV ASALTOS

Hasta ayer, Parla era conocida fuera de la Comunidad de Madrid porque su alcalde, Tomás Gómez, ostenta el honroso título de ser el más votado de todas las ciudades españolas de más de 50.000 habitantes: en las últimas elecciones le apoyó el 75% de los electores.

Gómez se hizo con el liderazgo del Partido Socialista de Madrid a consecuencia de la crisis desatada tras la humillante derrota de Rafael Simancas frente a Esperanza Aguirre.

Sin embargo, ayer, Parla fue noticia porque dos consejeros de la Comunidad (Francisco Granados y Juan José Güemes) sufrieron un intento de agresión por parte de un grupo de exaltados que les insultaron, les escupieron y les llamaron «fascistas» y «asesinos».

No se trataba de jóvenes antisistema, como los que pretendieron reventar el acto de Rosa Díez en la Complutense; ni de nacionalistas radicales como los que intentaron golpear a Dolors Nadal en la Pompeu Fabra, o los que provocaron los incidentes ante la presencia de María San Gil en la Universidad de Santiago. No. Eran personas de mediana edad con el puño en alto y banderas republicanas como estandarte.

Gómez no es un hombre violento y, de hecho, representa el nuevo perfil del socialismo madrileño, que comienza a mudar la piel después de lustros bajo el férreo control del guerrismo representado por José Acosta.

¿Qué ha pasado entonces en la pacífica ciudad de Parla para que un grupo (nutrido por otra parte) de sus ciudadanos, gente entrada ya en años, tratase de partir la cara a dos consejeros de la Comunidad de Madrid?

La respuesta está en el clima electoral creado en torno al PP, en la demonización del partido de centro derecha a la que ha contribuido de manera especial el Partido Socialista.

La operación de situar al PP en la «derecha extrema», el convertir al partido de Rajoy en el de la «intolerancia», la «crispación», el «recorte de derechos», eso es obra de la factoría que comanda José Blanco.

Otros (el PSC) comparan a los líderes del PP con matones de película. Las Juventudes Socialistas los equiparan a dinosaurios… No creo que Gómez haya organizado la agresión a los dirigentes del PP; ni que el PSOE tenga nada que ver con los incidentes en los actos de Díez, Nadal o San Gil.

Sin embargo, cuando Felipe González se mofa de ello, lo ridiculiza, está dando cobertura moral y argumental a los agresores.

Zapatero quería «tensión» y, para ello, tenía que «dramatizar». Muchos exaltados entienden ese mensaje como la luz verde para emplear la porra.

casimiro.g.abadillo@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

El centrismo, de Manuel Hidalgo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 23 febrero, 2008

SABATINA SABATICA

¿No es un misterio? Pues mucho se parece a un misterio. Los partidos buscan a los centristas en vísperas electorales. Si son tantos y tan decisivos, ¿por qué no disponen los centristas de un partido?

¿Qué es el centrismo? ¿Es un eclecticismo, una equidistancia, una templanza? ¿Es moderación o es tibieza? ¿Es pudor o es vergüenza? ¿Tiene contenido -aunque no tenga continente- o es falta de contenido? ¿Se puede definir o es, más bien, la ausencia de definición? ¿Se busca a los centristas, precisamente, porque no se les ve, porque cuesta encontrarlos?

Hay quien piensa que no hay un partido centrista en España porque, en realidad, los dos partidos nacionales principales son ya centristas. Sin embargo, la pelea entre PP y PSOE se funda en cruzadas acusaciones de izquierdismo y derechismo.

La invisibilidad del centrismo está en la esfera pública de la política, ya que en la privada es frecuentísimo encontrarse con personas que se dicen centristas. ¿Lo son? ¿O son individuos que se autoengañan o, por alguna razón, no juzgan conveniente manifestarse como derechistas o izquierdistas? ¿Y no se da el caso de quien, tras investirse de centrista en una conversación, se deja notar en la siguiente -con otro interlocutor y a propósito de un asunto concreto- muy alejado del centro?

¿Es el centrismo un estado de falsedad? O, si se prefiere, ¿es un falso estado? ¿O, solamente, lo imputamos como falso cuando es otro quien afirma estar en él? ¿Es un lugar de camuflaje? ¿Y quienes se camuflan más en él, los derechistas o los izquierdistas? ¿Y qué necesidad hay de camuflarse?

¿Son los presuntos centristas apolíticos o, como poco, apartidarios? ¿Son el núcleo principal del abstencionismo? ¿Es el centrismo una postura o es una carencia de postura? ¿Representa el centrismo una cierta objetividad o, retorciendo las palabras, es más bien un desierto de objetivos? No es la tierra de nadie, ¿pero es la tierra de nada?

¿Puede ser la liberalidad, entendida como carácter y actitud, la esencia del centrismo? En tal caso, cobraría fuerza la hipótesis de que el centrismo no es un lugar, sino, como el infierno de Juan Pablo II, un estado de ánimo. Eso daría pie a la posibilidad de que, a derechas y a izquierdas, hubiera individuos centristas, esto es, centrados en torno a un núcleo psicológico de pensamiento no dogmático, no tendencioso, abierto a escuchar, nunca hostil de antemano. ¿Es esto, precisamente, el centrismo? ¿Se puede ser radicalmente centrista o todo centrismo está reñido con toda radicalidad?

¿Por qué da la impresión de que hablar de centrismo no mola? Y si no mola, ¿por qué se busca a los centristas en las campañas? ¿Qué endemoniado principio lleva a los partidos -y también a los ciudadanos- a una constante dialéctica entre endurecer -extremar- sus posiciones y suavizarlas? ¿Suavizar es centrar? ¿Es el centrismo alguna suerte de síntesis entre lo duro y lo blando? ¿Está cocinado a fuego lento o es algo a medio hacer? ¿Es aristotélico o es mefistofélico? ¿O es diplomático?

© Mundinteractivos, S.A.

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Un soñador para un barrio, de Álvaro Ruiz de la Peña en La Voz de Asturias

Posted in Asturias, Cultura by reggio on 23 febrero, 2008

Acabo de volver de uno de los miles de “poblachones magrebís” que existen en Francia. La original definición de “poblachón magrebí” es de un conocido humorista del columnismo local que, como algunos otros ovetenses, ha descubierto el encanto de la ensalada arquitectónica como símbolo irrefutable de modernidad y progreso. Ese triste, polvoriento y desapacible poblachón se llama Burdeos. En él viven -o malviven, claro- unos seiscientos mil desgraciados ciudadanos que deambulan con la mirada perdida entre inmuebles, edificios, construcciones y fábricas de los siglos medievales, que contrastan con la parte neoclásica y racionalista del arruinado poblachón y con la ciudad del siglo XIX, y con la parte nueva construida a partir de 1924, más la construcción reciente hasta llegar a nuestros días que, casualmente, se ha ido levantando en las afueras de la ciudad (perdón, del poblachón). Yo he estado allí y lo pude comprobar paseando por las calles y plazas y jardines de semejante sitio. El señor Mortera y el señor González Buendía lo pueden comprobar buscando la voz Burdeos en la consultadísima Gran Enciclopedia Larousse, en la página 431 del tomo segundo. En el resto de poblachones franceses (por no hablar de los poblachones holandeses, húngaros, italianos o portugueses, o de todos los poblachones europeos que se han empeñado en seguir siéndolo, ignorando que hay un arquitecto llamado Calatrava dispuesto a revolucionar el urbanismo mundial mezclando torres góticas y fuentes medievales con rascacielos de 130 metros de altura, para alegría de la farándula local), en el resto de poblaciones franceses, repito, pasa tres cuartos de los mismo. La ciudad actual en Francia, la que puede felizmente admirar el viajero, es el resultado de un respeto por la tradición constructiva de los viejos burgos medievales, que con el paso del tiempo fueron modernizándose y ampliando su perímetro urbano, incorporando los nuevos elementos arquitectónicos surgidos, como una necesidad económica ineludible, de la pujante burguesía comercial. O sea, que en esas inhabitables ciudades francesas y europeas, el viajero puede transitar por el túnel del tiempo y hacerse una idea bastante precisa de cómo era la ciudad en el siglo XVIII, o como transcurría la vida provinciana en el agitado siglo XIX, o como era la alegre, desprejuiciada y expansiva ciudad de las primeras décadas del XX, sin perjuicio de nuevas incorporaciones de modelos arquitectónicos, siempre respetuosos con la historia y la tradición.Pero en Oviedo las cosas no son así. En esta ciudad, en la que los sucesivos alcaldes y corporaciones municipales desde finales del siglo XIX, se han ido cargando sistemáticamente los mejores vestigios del pasado (no voy a entrar a citarlos por higiene mental), sea este pasado remoto o reciente, en la que alcaldes y corporaciones de distinto signo político ha perpetrado abusos y disparates urbanísticos sin cuento, todavía no acabamos de entrar en razón.

Y penosamente, habiendo tantas cosas de las que preocuparse para mejorar la famosa calidad de vida de los vecinos, aquí ahora hay que gastar dosis formidables de energía y tiempo para intentar frenar los sueños megalómanos de cuatro iluminados que quieren liberar a Oviedo de su condición de “poblachón magrebí”, montando un artefacto arquitectónico en el pleno corazón del casco histórico, a doscientos metros de la Cámara Santa, atendiendo a intereses especulativos que empiezan a estar claros para todo el mundo que no tenga una venda de esparto en los ojos.

Y cuando un especialista viene a Oviedo, para emitir un informe del futuro tsunami de cemento, se le dice que es un indocumentado, un frívolo y un sectario, olvidándose que el tal especialista ha emitido otros informes similares en casos en los que los responsables de los disparates pertenecían a otros partidos distintos al que gobierna en Oviedo. En medio de este lío monumental, emerge la figura del prestigioso especialista en urbanismo, Alberto Mortera (en serio: en qué es realmente especialista, licenciado, doctor o titulado, nuestro elegante y proteico edil?, cuál es su profesión civil, al margen de su dedicación indesmayable a la política local? Alguien, él mismo incluso, podría informarnos de dónde procede su sólida formación como urbanista, o como cualquier otra cosa que haga relación a su cargo?

La última perla de este preclaro futurista -ayer díscolo mozalbete, hoy ardiente defensor de la modernidad arquitectónica- es aquella en la que asegura que, una vez elevadas al cielo las trillizas de don Santiago, “miles de personas van a cruzar Europa y el Atlántico para venir a ver esas nuevas construcciones”. Tócate las mellizas, Atilano. Miles de personas agolpadas en los aeropuertos brasileños, australianos, rusos y camboyanos. Miles de personas cogiendo barcos, ferrys, bacaladeras y buques de guerra, para venir a la nueva Meca del modernismo mundial. Y nosotros, aquí, con esta cara de gilipollas. Vaya por Dios bendito.

Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de Literatura de la Universidad de Oviedo.

Algunas reflexiones sobre el carácter histórico y la imagen de la ciudad, de Soledad Álvarez Martínez en La Nueva España

Posted in Asturias, Cultura by reggio on 23 febrero, 2008

Aunque Santiago Calatrava presentó en Oviedo en el mes de diciembre su nuevo proyecto para la estación del Vasco, en el que incorporaba la construcción de tres rascacielos, la reacción de los ciudadanos ante el impacto que su ejecución tendría en la imagen y en el patrimonio de la ciudad se ha hecho esperar hasta fechas recientes. Resulta difícil explicar dicha tardanza, aunque, por lo que respecta al colectivo que represento, hemos preferido mantener una actitud prudente hasta conseguir más información sobre un proyecto que, desde el primer momento, consideramos injustificable para el espacio urbano que se propone.

A la vista del informe elaborado por Icomos España, y ante las opiniones vertidas en la prensa sobre el mismo, parece oportuno realizar algunas reflexiones sobre los aspectos que singularizan la ciudad, que, además de señas de identidad de la misma, de los ovetenses y de los asturianos en general, son también los que la hacen atractiva a los visitantes y los que, además, la convierten en una referencia a tener en cuenta dentro del conjunto de las ciudades históricas españolas y europeas.

De sobra conocida es la larga tradición histórica de Oviedo, bien reflejada en los actos conmemorativos que tendrán lugar a lo largo de 2008, y que esa tradición se encuentra perfectamente documentada a través de un patrimonio monumental que ha convertido la ciudad en un ejemplo singular por la riqueza numérica de los elementos patrimoniales, por la diversidad de sus estilos, por su valor artístico y por la relación armónica que, aunque con algunos errores que están en la mente de todos, se ha ido estableciendo a lo largo de la historia entre patrimonio monumental y crecimiento urbano. También sabemos que el interés de ese patrimonio ha sido reconocido por la UNESCO, que ha distinguido algunos de los monumentos ovetenses con el máximo rango al declararlos Patrimonio Mundial. Y que a la UNESCO se ha dirigido hace unos años por parte del gobierno municipal ovetense la solicitud de que esa consideración fuera extendida al conjunto de la ciudad.

De la UNESCO depende Icomos (International Council on Monuments and Sites), organismo que acaba de emitir, a través de su Comité Nacional Español, un informe sobre la modificación del Plan General de Ordenación Urbana de Oviedo con motivo de la construcción de los tres rascacielos proyectados por Santiago Calatrava para el espacio de la antigua estación del Vasco. Se trata de un extenso y documentado texto en el que se razona, con argumentos objetivos y a la vista de la legislación patrimonial existente, el impacto que la construcción de las torres ejercería sobre el Patrimonio Mundial ovetense y sobre el conjunto de la ciudad, con un único fin: preservar los vestigios del pasado como legado cultural del futuro.

En la defensa de ese patrimonio debemos sentirnos comprometidos todos los ciudadanos, y muy especialmente los historiadores del arte. Y es ese compromiso el que mueve a los profesores del Departamento de Historia del Arte y Musicología de la Universidad de Oviedo a informar a la sociedad sobre su apoyo y su identificación con los contenidos del informe elaborado por Icomos, puesto que el colosalismo de las torres altera la escala existente en la ciudad, destruye la imagen armónica que se puede percibir de Oviedo desde cualquier punto que se observe el conjunto urbano y produce un efecto aplastante sobre los monumentos existentes en el entorno más próximo, Catedral y Cámara Santa, Foncalada y San Julián de los Prados.

Han sido y son esos monumentos que singularizan la historia y la imagen de la ciudad los que desde la Edad Media y con diferentes móviles, según las etapas históricas, han ejercido una importante atracción sobre los visitantes. Y así seguirá siendo en el futuro. La posibilidad de construir imponentes obras de arquitectura actual está abierta a todas las ciudades, y será difícil que Oviedo pueda competir con las grandes metrópolis de la arquitectura contemporánea. Pero pocas tienen la posibilidad de velar por la conservación de un patrimonio tan importante como el de Oviedo, y en riqueza patrimonial sólo algunas nos hacen competencia. Tengámoslo en cuenta y ocupémonos primero de conservar lo existente para abordar después nuevas iniciativas.

Los historiadores del arte somos los primeros en apoyar la modernidad y en apostar por los proyectos creativos e innovadores, pero, cuando esos proyectos intervienen en conjuntos históricos, existe una primera y fundamental condición para entrar en su valoración, que es la relación armónica y respetuosa con el medio urbano que los ha de acoger. Dicha relación ni siquiera se ha planteado en el caso que nos ocupa y, por tanto, no viene al caso considerar el interés que desde el punto de vista técnico y/o creativo pudiera tener en sí misma la propuesta arquitectónica.

Muchas personas se habrán hecho y estarán haciendose las mismas reflexiones, y estamos seguros de que, por sentido común y por la responsabilidad adquirida con aquellos a los que representan, nuestras instituciones también se las harán y las tendrán en cuenta para impedir que lo que ahora es un proyecto inquietante que amenaza las señas de identidad de la ciudad de Oviedo llegue a convertirse en una realidad irreparable e irreversible.

Soledad Álvarez Martínez es directora del Departamento de Historia del Arte y Musicología de la Universidad de Oviedo y escribe este artículo en representación del profesorado del Departamento.

En el país de los ciegos, ganó el tuerto, de Jesús Cacho en El Confidencial

Posted in Economía, Política by reggio on 23 febrero, 2008

Solbes apareció en pantalla con un ojo cerrado, como si en la sala de maquillaje la especialista en la cosa le hubiera metido el dedo en el ídem, como si ya le hubiera caído encima la primera de las hostias dialécticas que los hooligans de Pizarro pensaban iba a soltarle al ministro en la noche de Antena 3, de modo que el de Teruel debutaba ante un John Silver ojo de gato, fondón y entrado en años, imagen pelín lastimosa, aquello prometía, que en la calle Génova seguían el debut en la arena política del diestro turolense Manolo Pizarro, Pizarrín, con la expectación de quien espera ver en el triunfo de su pupilo el augurio de días felices por llegar.Pero pronto se vio que en el ruedo que presidía Matías Prats había mucho toro y poco torero. Un bicho con muchos años y no menos kilos encima, muy resabiado, armado de considerable cornamenta, que se sabía la asignatura de arriba abajo, que se había preparado a conciencia el examen, hasta el punto de que muchos telespectadores pensaron la noche del jueves que Pedro Solbes había hincado los codos por primera vez en la legislatura. Ya era hora.

Entiéndanme, Solbes se sabe las generales de la ley, maneja las cifras estadísticas con soltura, ¡qué menos!, y es que un ministro de Economía tiene que ser muy romo, un necio sin recursos, como para no poner en aprietos, cuando de manejar cifras y porcentajes se trata, al economista más pintado, contando como cuenta con el respaldo del aparato estadístico oficial detrás. Si a ese oficio se le añade el mar de demagogia en el que nuestra izquierda suele tomar baños de sol todos los días, el escenario está completo.

De modo que, en un país donde las expectativas empresariales se han venido abajo de forma estrepitosa a cuenta del miedo a una crisis, que no mero ajuste, que se intuye profunda, el señor Solbes dibujó un panorama económico absolutamente idílico, no pasa nada y vivimos en el mejor de los mundos, hasta el punto de que, ante la indigencia teórica de Pizarro, llegó a afirmar cachazudo, sin que le temblara el ojo bueno, que España no tiene ningún problema de competitividad cuando somos el país que arrastra el mayor déficit exterior del mundo. ¡Con un par! Y así unas cuantas.

Pero es que en frente no había torero. Ni siquiera novillero. Enfrente había un aficionado que ha confundido su papel. Manuel Pizarro no es economista. No domina la materia y se nota demasiado, y el bagaje que puede resultar suficiente para sostener una charla con amiguetes en la barra de un bar, no lo es en absoluto cuando de mantener una confrontación ante un profesional de la materia se trata. Como decía Marx, Groucho, “más vale quedarte callado y que crean que eres un tonto, que hablar y que lo confirmen”. Pedro Solbes lo hubiera pasado mal ante un Montoro, por ejemplo, a pesar de que don Cristóbal no es precisamente familia de Castelar.

Y ese es el problema: que el problema no es de Pizarro, sino de Mariano Rajoy. La responsabilidad de lo ocurrido es de un Rajoy que, tras haber pasado cuatro años tocando la gaita gallega, en el último minuto presenta a Manuel Pizarro ante el distinguido público como el gran conejo salido de la chistera del PP. Y no es eso, no es eso, don Mariano. Al final, el de Teruel parecía un estudiante examinándose ante su profesor. Un opositor enfrentado al tribunal, que trae los temas prendidos con alfileres, atiborrado de notas, que balbucea y vuela nervioso de flor en flor, sin una línea argumental coherente. Un opositor desordenado, que no ha trabajado lo suficiente el temario y lo expone con chascarrillos, sin orden ni concierto. Un pequeño desastre. Solo le faltó echarse a llorar.

Un opositor que, cuando escuchaba la disertación del cátedro, lo miraba con cara entre arrobada y asustada, porque, para su desgracia, al de Teruel tampoco le habían explicado las cuatro reglas para manejarse con cierta soltura en la pequeña pantalla, tampoco le habían enseñado alguno de esos trucos del medio televisivo que, por ejemplo, le hubieran evitado mirar al contrario con aquel gesto de patética indigencia. Una cosa está clara: en caso de que por algún fenómeno natural de origen milagroso el PP lograra vencer en 9-M, Manuel Pizarro no sería el ministro de Economía de Mariano Rajoy. Eso sí quedó claro el jueves por la noche. Algo es algo.

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Obras son amores (1), de Javier Ortiz en Público

Posted in Política by reggio on 23 febrero, 2008

Es difícil saber en qué medida el llamado “empate técnico” en el que algunos trabajos demoscópicos sitúan al PSOE y al PP de cara a las próximas elecciones refleja la realidad objetiva o si responde, por lo menos en algunos casos, a lecturas interesadas de los mismos, facilitadas por los márgenes de error (del orden del ±3%)  que las propias encuestas asumen.

Lo que me suscita mayor escepticismo es la pretensión de que el PSOE está exagerando de manera deliberada y consciente el peligro de victoria del PP que esos sondeos dibujan para que el miedo al triunfo de la derecha cavernícola  contribuya a movilizar a la parte del electorado de izquierda que no muestra mayor entusiasmo por acudir a votar o, en todo caso, en hacerlo por Zapatero. Sería una táctica peligrosa. Un arma de doble filo que podría producir el efecto pretendido… o el contrario, enardeciendo a las huestes del PP y acentuando el cabreo de los sectores de izquierda más críticos.

El fondo del problema no hay que buscarlo ni en el mayor o menos ingenio de tal o cual eslogan publicitario lanzado durante la campaña electoral, ni en la superior habilidad de Mengano o Zutano a la hora de este o el otro cara a cara televisivo –sin negar el peso que tienen hoy en día esas contingencias–, sino en el trabajo efectivo hecho. El PSOE tomó en sus manos en 2004 una Administración del Estado que estaba a la cola de la Unión Europea en materia de gasto social. Gastaba el 20% de su PIB en este concepto: igual que Polonia y menos que Eslovenia y Hungría. A años luz de Suecia, Francia, Dinamarca y Alemania.

Gastaba poco, pero tampoco ingresaba gran cosa (36,4% del PIB, frente al 41,2% de media de llamada “zona euro”). Un Gobierno que se dice socialista estaba obligado a realizar un esfuerzo de gigante para multiplicar el gasto social, lo que sólo podría realizar si aumentaba sus ingresos fiscales hasta ponerse a la altura de la media del núcleo de vanguardia de la UE.

No sólo no ha puesto ese esfuerzo al frente de sus prioridades, sino que hoy es el día que compite con la derecha en el anuncio de rebajas de impuestos.

Eso es lo que la izquierda más reflexiva percibe.

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