Reggio’s Weblog

30 años de ‘revolución’ a la española, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Derechos, Historia, Política by reggio on 31 agosto, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Las comillas de este título no son irónicas, enfáticas o adversativas, sino meramente atributivas, porque aluden a la primera respuesta de Jordi Pujol dentro de la memorable serie de entrevistas con los grandes protagonistas de nuestra democracia, firmada esta semana por Esther Esteban. «Se han hecho las revoluciones pendientes que tenía España; todas no, ni todas bien, pero en general se han hecho», argumenta el presidente de la Generalitat de Catalunya más duradero y estabilizador de la Historia para justificar su veredicto de que el balance del periodo arroja «muchos más aciertos que errores».

Es evidente que, con el canon de Vicens Vives en la cabeza, Pujol se refiere a que en estas tres décadas hemos dejado atrás el llamado problema de España y que nuestro país es ya una democracia europea en torno a una sociedad laica que ha prosperado gracias a la libertad económica, goza de seguridad jurídica y ha conquistado la igualdad de la mujer. ¿Pero es esto revolucionario? Si atendemos a los orígenes de la Transición es obvio que, aunque se produjeron grandes movilizaciones ciudadanas a favor del anhelado cambio político, su desencadenante no fue ningún episodio violento, ninguna toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno, ninguna sublevación contra el ocupante extranjero o el déspota local. No fue necesario, pues el viejo régimen solo desenvainó la espada para hacerse educadamente el haraquiri, apenas comenzó el baile.

Pero si, a falta de esta denominación de origen, nos fijamos en el otro parámetro aún más decisivo para caracterizar una experiencia como revolucionaria, o sea en la celeridad, profundidad y extensión de las transformaciones acometidas por un sistema político, parece claro que Pujol no habla a humo de pajas. El macrosondeo con el que iniciamos hace un mes este gran proyecto de auditoría de nuestra democracia que el próximo domingo alcanzará su momento álgido, ha demostrado hasta qué punto la sociedad española de 2008 es distinta de la de 1978.

Ni el Ejército ni la Iglesia son ya referencias de autoridad en el plano político -algo inaudito en estos lares desde que surge el Estado moderno hace cinco siglos- y eso genera a la vez una tolerancia casi absoluta en la regulación de las costumbres y una exigencia sin complejos de calidad y eficiencia en servicios como la Justicia, la Enseñanza o, no digamos nada, la Seguridad Ciudadana. Los españoles han pasado a comportarse como demócratas de toda la vida que -polémicas nominales al margen- ni siquiera parpadean ante la introducción del matrimonio homosexual, mantienen un sano utilitarismo sobre el debate Monarquía-República y creen desfasado el papel tutelar de la unidad de la patria que la Constitución atribuye a las Fuerzas Armadas. Pero nadie les sacará ya los colores por defender la cadena perpetua con juicio de revisión para los asesinos múltiples, la recuperación de competencias por parte del Estado para garantizar la enseñanza en castellano en todo el territorio nacional, o la estricta vinculación de los derechos sociales de los inmigrantes a la obtención del permiso de residencia.

Puede que todo esto no sea sino la decantación final de las influencias liberales que venían adhiriéndose a nuestro ADN colectivo al menos desde la Ilustración. Pero, tomando la perspectiva de lo que era la sociedad tradicional del franquismo, es obvio que en esta España en la que el partido conservador exhibe como timbre de modernidad la opción de libertad personal inherente a la condición de madre soltera de su secretaria general, la famosa profecía de Alfonso Guerra se ha cumplido casi hasta en su sentido más literal.

¿Hemos inventado, sin siquiera darnos cuenta, la vía de la reforma rupturista como variante de las revoluciones de terciopelo? Esa es la fascinante pregunta que en el fondo tratará de responder a partir de la próxima semana la monumental obra dirigida por Victoria Prego en su soporte audiovisual con el título de El camino de la libertad, y por Juan Carlos Laviana en su soporte literario, año a año, tomo por tomo. Tanto la autora de la inolvidable serie de TVE sobre la Transición como el departamento de Grandes Proyectos de EL MUNDO han producido una historia narrativa cargada de épica y orgullo democrático en la que brilla lo que hemos hecho bien y no falta lo que hemos hecho mal.

Nuestro propósito no es sólo rememorar e interpretar las sonrisas y lágrimas que han moldeado la aventura vital de las actuales generaciones de españoles -que también-, sino sobre todo fijar, como diría Espriu, «el toro en la arena de Sepharad». Contribuir a que podamos entender cuáles son las causas directas de los graves problemas presentes que aquejan a la piel de toro, ahora que aún es tiempo de evitar «morir de éxito», como dice Pujol que le ocurrió a Aznar en su segunda legislatura.

En su paso por Mallorca el pasado fin de semana con motivo de las recuperadas Conversaciones Literarias del Hotel Formentor que hace medio siglo movilizaban a intelectuales como Borges, Cela, Carlos Barral y otras jóvenes promesas, Carlos Fuentes echó mano de su dulce ironía para darnos una buena clave de interpretación de esta hora de España: «A veces me pregunto si cuando hay un poquito de represión no se dan mejor las cosas que en absoluta libertad».

Es lo mismo que en circunstancias mucho más dramáticas planteó el Procurador de la Comuna Revolucionaria de Paris Pierre Manuel ante la iracunda audiencia del Club de los Jacobinos en septiembre de 1792, a los pocos días de las matanzas de aristócratas y sacerdotes extraídos de las prisiones: «Une idée me tourmente: la liberté serait-elle meilleure à espérer qu’a posséder?».

Manuel, un hombre con pretensiones literarias y uno de los tipos más decentes que alcanzaron puestos de relieve durante ese periodo, estaba tan espantado ante los agraces frutos de la «posesión» de la libertad que se permitía añorar los días de la «espera» de la libertad en la atmósfera injusta y represiva de la sociedad estamental. Y lo hacía en la propia guarida de la fiera. Con tales ideas y sentimientos no es de extrañar que a los pocos meses dimitiera como diputado de la Convención en protesta por la ejecución de Luis XVI, y que él mismo terminara siendo guillotinado como contrarrevolucionario. Antes había tenido tiempo de salvar de las garras del Terror a destacadas figuras identificadas con la moderación o el partido aristocrático, incluida Madame Stäel, a quien sacó de Paris con un salvoconducto, acompañada por uno de sus colaboradores en la Comuna. El escolta elegido por Manuel fue el mismo Jean Lambert Tallien que muy pronto se convertiría en amante de Teresa Cabarrus, correa de transmisión de sus gestiones humanitarias y artífice de la caída de Robespierre.

La atmósfera espesa y sanguinaria de esos días en los que las cabezas bailaban en la punta de las picas y los más dilectos hijos de Saturno subían atónitos los peldaños del cadalso para aplacar la sed insaciable de los nuevos dioses revolucionarios, ha quedado descrita con talento, emoción y brío en la nueva novela de Carmen Posadas para Planeta, probablemente destinada a ser el gran best seller de este curso literario. Con el título de La cinta roja y siguiendo el hilo conductor de la vida de la Cabarrús, plagada por igual de avatares amorosos y episodios políticos siempre al borde del precipicio de la roca Tarpeya, Posadas ha logrado reconstruir con gran precisión histórica la dinámica social de esos cinco años -de la toma de la Bastilla al golpe de Thermidor- en los que quedaron planteados con su peor crudeza todos los debates contemporáneos sobre las relaciones entre el pueblo, el individuo y el Estado.

¿Cómo es posible que aquella semilla depositada con tanta crueldad ritual, con tan mezquina iniquidad, con tan sádica y desaforada truculencia prendiera en los surcos de la civilización humana con la suficiente fuerza como para que doscientos veinte años después los ciudadanos de cualquier democracia de la tierra nos consideremos herederos de la Revolución Francesa, independientemente de cuál sea nuestro color político? Pocos caminos hay tan atractivos y elocuentes para responder a esta pregunta como el que nos proporciona otro acontecimiento editorial de pretensiones más modestas pero de significación más honda. Me refiero a la primera reedición acometida en España en más de un siglo de la Historia de la Revolución de Jules Michelet. Es fruto del empeño personal del editor y bibliófilo Ernesto Santolaya, que bajo el sello de Ikusager y con el apoyo testimonial de la Fundación Pablo Iglesias -bravo esta vez por A.G.- ha logrado culminar un proyecto tan romántico como el propio latido de la deslumbrante prosa de quien ha sido definido como «el mayor intercesor entre la Revolución francesa y la cohorte infinita de sus hijos».

Son palabras de Francois Furet, para quien Michelet es ante todo el cronista de «la llegada del pueblo al teatro del poder» y el primer hombre capaz de captar el «universalismo filosófico» y el «radicalismo abstracto» de la Revolución. Roland Barthes ha deconstruido su código narrativo, presentándolo como una «celebración procesional» calcada de los ritos cristianos «usurpados» por las propias fiestas revolucionarias. Asistimos al nacimiento de lo que entonces sólo podía ser percibido como una nueva religión con todos sus apóstoles, mártires, demonios y pecadoras vírgenes: no en vano el último empeño de Robespierre será la organización del culto al Ser Supremo, y Teresa Cabarrús merecerá el sobrenombre de Nuestra Señora de Thermidor por su decisiva contribución a la tarea de librarse de él. Michelet reprueba implacablemente los desbordamientos del Terror pero ni siquiera eso le distrae del propósito vertebral de presentar con toda su grandeza al nuevo actor que ha entrado en escena: una ciudadanía organizada como opinión pública y sociedad civil.

Es obvio que Burke se equivocó al alegar cínicamente que «cuando una revuelta tiene éxito se convierte en una revolución y cuando fracasa en una rebelión». El gran fustigador de cuanto sucedía al otro lado del Canal de la Mancha se quedaría lívido si pudiera comprobar hasta dónde ha llegado la huella de algo que, en definitiva, sólo duró cinco años o incluso menos de dos, si tomamos como referencia la caída de la Monarquía. Sensu contrario John Reed no saldría de su pasmo al descubrir cómo sus «diez días que conmovieron al mundo» engendraron siete décadas de ininterrumpido poder soviético, y cómo esa experiencia política desvirtuó hasta tal punto el propósito emancipador del impulso revolucionario, que si el asalto al Palacio de Invierno y el fusilamiento de Nicolas II fueron calcomanías del asalto a las Tullerías y la ejecución de Luis XVI, la caída del Muro de Berlín terminó siendo celebrada, en un irónico reverso de la historia, como algo equivalente a la toma de la Bastilla, de forma que sus ladrillos se venden como souvenirs de la lucha contra la tiranía al igual que ocurría en 1790 con las piedras de aquella fortaleza del despotismo.

«¿Qué es lo que hace que una revolución tenga éxito?», preguntaba hace unos meses uno de los colegios de la Universidad de Oxford como tema de su competición anual de ensayo político para jóvenes escolares. Visto lo visto, el baremo no es ni el número de cabezas cortadas, ni la contundencia de la caída del Viejo Régimen, ni la importancia de sus triunfos militares, ni siquiera la perpetuación del gobierno revolucionario, sino la fuerza nutricia de sus ideas al amamantar un sistema político capaz de resolver de forma duradera y justa los problemas reales de la sociedad. Eso se traduce en dos requisitos básicos: buenos fundamentos y capacidad de auto reinvención.

No es casualidad que la democracia norteamericana -paradigma de los interminables frutos de una revolución triunfante- se haya vertebrado en torno a una Constitución enmendada ya nada menos que 27 veces. Sólo el hecho de que una de esas correcciones -ora cosméticas, ora decisivamente profundas- fuera la abolición de la esclavitud explica que Barack Obama haya podido presentar anteanoche su histórica nominación a la Casa Blanca como un elemento de continuidad respecto a la inmensa movilización por los derechos civiles promovida el mismo día de agosto de hace 45 años a los pies del Lincoln Memorial. El «sueño» invocado esa noche de verano por Martin Luther King es el mismo que llevó febrilmente a la guerra civil al gran presidente emancipador cuyo bicentenario celebraremos pronto, y el mismo que estimuló a preservar la paz mundial al hermano del viejo titán que con un tumor en el cerebro interpretó el lunes en Denver su último solo de violín con la elegancia inteligente de toda buena dinastía.

San Adolfo Suárez dimitió generosamente en 1981 para que la democracia constitucional alumbrada tres años antes en España no fuera un paréntesis entre dos periodos dictatoriales o autoritarios. A nuestros lectores no les habrá sorprendido que Arzalluz diga que los nacionalistas vascos no cejarán hasta lograr la autodeterminación o que Anguita pida la apertura de un «proceso constituyente hacia la Tercera República», pero sí les habrá dejado como mínimo perplejos la afirmación de Aznar de que «el régimen constitucional del 78 ha durado hasta 2004». Está claro que de igual manera que nuestra crisis económica no es de «crecimiento» sino de «modelo de crecimiento», nuestra rampante crisis política tampoco podrá resolverse con las cataplasmas del trapicheo que tanto agradan a Zapatero.

Es alentador que el presidente pronostique hoy en EL MUNDO que «nuestra generación verá la reforma de la Constitución». Pero como él nunca da puntada sin hilo, la referencia que hace a una supuesta «Constitución material» de España para justificar la falta de respuesta política al carácter «permanente» e «insaciable» de las reivindicaciones nacionalistas, produce una gran alarma intelectual. ¿Cuál es esa «materia» que permite que sea en Cataluña y no en Córcega, Gales, Bretaña, Escocia, Baviera o ningún otro lugar de Europa donde se aplique el mismo modelo de inmersión lingüística con que las Islas Feroe certifican los miles de kilómetros de océano oscuro que las separan del resto de Dinamarca?

Tengo que mandarle un día de éstos a Zapatero el curioso decreto del 3 de Pluvioso del Año II por el que la Convención francesa regulaba las normas para el buen mantenimiento del llamado Arbol de la Libertad, plantado en cada municipio revolucionario. En muchos lugares bastaba regar sus raíces y sacar lustre a sus hojas, pero cuando tocaba podar, había que podar, y las situaciones límite también tenían sus correspondientes soluciones extremas: «En todas las comunas en las que el Arbol de la Libertad hubiera perecido, será plantado otro antes del Primero de Germinal». En esa capacidad proteica está la salvación.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

Anuncios
Tagged with:

Constitución: reformar, no cambiar, de Justino Sinova en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 31 agosto, 2008

CHEQUEO A LA DEMOCRACIA 30 AÑOS DESPUES

Está surgiendo una corriente de pesimismo sobre la Constitución de 1978 que la considera sustituible a los 30 años de su nacimiento. Yo no soy de esa opinión. La Constitución tiene achaques, pero no hay alternativa mejor.

La Constitución quieren cargársela, por ejemplo, Xabier Arzalluz, porque no reconoce el derecho de autodeterminación (ese sueño alevoso y anacrónico) y Julio Anguita, porque quiere una República (esa aspiración sin referente español imitable que es como un salto en el vacío), como ha quedado de manifiesto en las entrevistas publicadas esta semana en EL MUNDO.

A la Constitución le han hecho «reformas encubiertas» (Manuel Jiménez de Parga dixit, antes de ser presidente del Tribunal Constitucional), como la alteración del sistema de formación del Consejo General del Poder Judicial previsto en el artículo 122 o como, luego, el obsequio del término nación a Cataluña en su nuevo Estatuto, que hace decir al artículo 2 lo que no dice, ante el silencio interminable y temerario de un Tribunal Constitucional que no se ha revelado como su más resuelto protector.

Pero esta Constitución es la mejor que ha tenido España nunca -y la de más larga vigencia tras la de 1876 y las Leyes Fundamentales de Franco-, que reconoce y protege de manera recta e íntegra los derechos humanos y que ha demostrado su valía amparando tres turnos de partido en el poder. Lo que pasa es que también ha mostrado carencias, además de recibir ataques arbitrarios desde el poder.

Uno de sus puntos flacos es el Título VIII, que regula la organización autonómica, mantiene abierto el proceso y es una fuente de inestabilidad; hay que modificar, y en ello todos coinciden, el acceso al Trono a la luz del principio de la igualdad entre los sexos, y es urgente, aunque no debemos hacernos ilusiones, alejar al poder político de las esferas necesitadas de independencia, y teóricamente protegidas, como son el Poder Judicial y el citado Tribunal Constitucional.

No urge otra Constitución en España, sino revitalizar la existente. La Constitución más antigua, la de Estados Unidos, que va a cumplir 221 años, ha ido incorporando a lo largo de su historia 27 enmiendas que la han mantenido plenamente viva. Lo que hace falta es voluntad de consenso, que es lo que movió a los constituyentes españoles de 1978, que no buscaron la imposición. Ojalá se puedan corregir hoy con ese espíritu sus dolencias y con el afán de mejorarla: reformar para conservarla.

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Arnaldo, el especialista, de Santiago González en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 31 agosto, 2008

A CONTRAPELO

La salida del preso de la cárcel es un acto solitario, lo sabemos por el cine: Peckinpah muestra en La huida a Doc McCoy saliendo de la penitenciaría en un paisaje desértico donde sólo le espera su mujer. En el momento en que se le abren los portones, un guardia que era un dechado de pesimismo antropológico masculla a su paso: «Volverás, Doc».

Martutene no es San Quintín; Otegi, tampoco es Steve McQueen, pero fue recibido por más gente: su familia, su abogada, Jone Goirizelaia, y medio centenar de conmilitones, aunque la mayor parte de ellos tenían más pasado que futuro como dirigentes de la izquierda abertzale.

Sus primeras palabras en libertad fueron perfectamente predecibles para reivindicar el diálogo y la negociación como instrumento para resolver el problema de fondo del país. Al hacerlo, recurre a sus mejores cartas. En realidad, hay una contradicción notable entre las proclamas de ETA en favor de la vuelta a la negociación y el aparente desinterés de ETA por el mejor especialista que Herri Batasuna, Euskal Herritarrok y Batasuna han tenido en materia negociadora durante la última década.

Su destacado papel en Lizarra ha mejorado considerablemente durante el último proceso negociador. Las dotes oratorias que cautivaron a los suyos en un memorable duelo dialéctico con el entonces consejero de Interior (hay que decir que entre las virtudes de Atutxa no destacaba la soltura expresiva) también sedujeron a sus anfitriones durante el almuerzo que le ofreció el Círculo de Empresarios Vascos en 1999, al que asistió acompañado por Rafa Díez Usabiaga. Por deseo de los invitados, el almuerzo se celebró en un hotel de Bilbao y no en el lugar habitual de los encuentros del Círculo: el Club Marítimo del Abra, destruido por ETA en noviembre de 1973 y objeto de un último atentado con furgoneta bomba el pasado 19 de mayo. Es difícil imaginarse a Joseba Permach o Rufi Etxeberria seduciendo a empresarios, juntos o por separado.

Sus dotes volvieron a brillar con fuerza en el proceso de paz de Zapatero. El lo inauguró en Anoeta, el 14 de noviembre de 2004, al repetir la cita de Arafat sobre la rama de olivo y el fusil. Dos meses después escribió una carta al presidente del Gobierno que terminó de convencer a éste sobre las bondades del proceso en el que se había embarcado.

Otegi ha pedido permiso para disfrutar unas vacaciones en Italia. Deberían dárselo por un criterio de racionalidad elemental. Ha cumplido su condena y está en paz con el mundo, salvo que alguna de las causas que aún tiene pendientes vuelva a llevarlo a la cárcel. En segundo lugar, para curarse en salud y evitar la posibilidad de que vuelva a convencer a nuestros gobernantes de la conveniencia de un nuevo proceso de paz. El vicesecretario general del PSOE ha expresado con elocuencia la firmeza de su partido: «No hay ninguna posibilidad de negociar con la izquierda abertzale, no hay ninguna posibilidad de retomar el diálogo, todas las puertas se han cerrado y la única posibilidad que tiene es convencer a la banda terrorista ETA para que abandone las armas». Cerrar «todas las puertas» y subrayar dos veces que no hay «ninguna posibilidad», para explicar a continuación que hay una «única posibilidad» es muestra de una lógica que no permite extraer conclusiones razonables.

Hay también una razón práctica. Si le deniegan el permiso, podría acudir a la comisaría en la que Emilio Rodríguez Menéndez consiguió su pasaporte. ¿Por qué no dárselo por las buenas y ahorrarnos un ridículo adicional?

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Obama, un candidato excepcional, de Juan Fernando López Aguilar en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

El senador demócrata cumplió con las expectativas al aceptar su nominación con un discurso que fue seguido como si se tratara de un acontecimiento deportivo crucial

El mitin de Obama del jueves fue un momento histórico. Su candidatura es una ruptura y una promesa. Ruptura con muchos lugares comunes y promesa porque promete un cambio que ha conseguido movilizar a la juventud como no se había visto nunca en la Historia de las campañas americanas.

El acto de la nominación batió récords. Fue un espectáculo digno de verse. La comparación fácil es con un gran evento deportivo de escala planetaria. No un partido cualquiera, la final de una copa del mundo. Para un socialista español, la primera coordenada es la de la magnitud que todo adquiere en EEUU. Este es un país descomunal para un europeo. He sentido emoción más de una vez en Vistalegre, 25.000 personas. El jueves eran tres vistalegres. Me impresionó cómo estaba todo medido al milímetro para comunicar a través de los medios de comunicación, sobre todo de la televisión.

Otro atractivo es la participación de lo que aquí llaman the little guy, la persona desconocida que tiene una historia que contar. Impresiona la desinhibición de tantos ciudadanos anónimos al tomar la palabra delante de 80.000 personas y de ganarse, en apenas un minuto y medio, la simpatía del público. Representaban dramas e historias personales, gente que ha caído en el paro y se ha visto abandonada por todo y por todos. Me divirtió la historia de Barney Smith, un hombre que se presentaba a sí mismo como insignificante, arrollado por las dificultades de la clase media durante la etapa Bush. Su conclusión fue que quería un presidente que se ocupara «primero de Barney Smith y luego de Smith & Barney», que es una corporación financiera. La gente aplaudió a rabiar. Decenas de miles de voces corearon «¡Barney, Barney!».

Esa forma de política debe enseñarnos algo a los partidos europeos: sentido del humor, enorme energía comunicativa, precisión en los mensajes.

Entre los oradores conocidos me entusiasmó Al Gore. Un hombre serio, comprometido con causas de largo recorrido que hizo un discurso muy bien estructurado y se sumó a la ola de unidad del Partido Demócrata. Puso su grano de arena con energía y humor. De Bill Richardson me gustó su reivindicación enérgica de lo que el cambio va a suponer en materia de Derechos Humanos: cerrar Guantánamo, acabar con la tortura y recuperar las alianzas estratégicas de Estados Unidos para restaurar su prestigio. Washington -se insiste en esta campaña- no debe ser temido, sino respetado y querido. Como dijo Bill Clinton, se trata de conseguirlo a través de la fuerza del ejemplo y no a través del ejemplo de la fuerza.

También me impactó algo que sería inconcebible en España. Subió al estrado un teniente general retirado acompañado de una treintena de generales y almirantes. Retirados. Pero pronunciándose políticamente. El objeto es vestir a Obama de comandante en jefe, un rasgo crucial para la figura del presidente. El Partido Demócrata es consciente de que éste es uno de los flancos vulnerables de Obama, que se enfrentó a una opinión pública prisionera del miedo después del 11-S al no apoyar la Guerra de Irak y está convencido de que a los demócratas no se les puede discutir su capacidad para defender los valores y la nación, cuando necesario. Por eso recordó a Roosevelt, Truman y Kennedy, presidentes efectivos en el uso de la fuerza.

Obama es un candidato único, excepcional. Al mismo tiempo cumple con todas las servidumbres de la política estadounidense. Practicando la construcción de una personalidad interesante, la refabricación de una biografía intachable de principio a fin, el acompañamiento familiar de su trabajo político. Todos esos elementos inasumibles en la política europea los incorpora con un éxito sin precedentes. Y al mismo tiempo está innovando. La seguridad con la que despliega sus dotes de orador no es sorprendente cuando utiliza prompter, como todos los oradores políticos de un acto como el del jueves. Pero impresiona en otras ocasiones más espontáneas, más abiertas, con públicos pequeños.

Me llamó la atención la afinidad de muchos de sus compromisos con la renovación del pensamiento progresista europeo. Son ejemplos la defensa de la igualdad de mujeres y hombres, la apuesta por las energías renovables o la cooperación internacional y el multilateralismo.

La buena presencia en pantalla, el aplomo, la articulación verbal, el atenerse disciplinadamente al guión de los speech writers… Obama cumple de manera deslumbrante. Es un magnífico orador aunque esté leyendo un guión. La puesta en escena en Denver estaba hecha para deslumbrar. Y deslumbró. Fue un show imponente. Impresiona y me gusta que una organización tan apabullante pueda tener como protagonista a un ejército de voluntarios. Moviendo mucho dinero son capaces de hacer todavía más dinero. Del show han hecho dinero. Gastaron decenas de millones de dólares, pero recaudaron por internet y a través de los móviles. Asombroso.

De la Convención me ha gustado la capacidad de personalidades que han competido hasta hace muy poco en el partido para reunirse entorno a un objetivo común. Ted Kennedy acreditó su olfato al apostar desde el principio por Obama. Que después de 50 años en política, enfermo, tomara la palabra con la energía de un chaval llama la atención. Hillary y Bill Clinton estuvieron excelentes. Declamando y teatralizando su transferencia de voto. Fueron convincentes en su apuesta por Obama, que correspondió al gesto alabándoles en sus intervenciones.

Este texto es una versión editada de una conversación entre Juan Fernando López Aguilar, ex ministro español de Justicia, e Iñaki Gil en Denver.

© Mundinteractivos, S.A.

La gran tentación, de Carlos Fuentes en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

La olimpiada en Pekín nos sirve de referente para un cambio global de la distribución de poderes. Los triunfos de China y de Rusia, además de su significado deportivo, señalan la definitiva emergencia de dos grandes potencias mundiales y el fin del pasajero unilateralismo de los Estados Unidos de América.

La guerra fría duró medio siglo y enfrentó a dos naciones y a dos sistemas: Estados Unidos y la Unión Soviética, el capitalismo democrático y el socialismo autoritario. Ambos se acusaban de “imperialistas”, y para la América Latina, Estados Unidos lo era, como la Unión Soviética lo era para la Europa central. En los márgenes, los “no alineados” -Nehru, Tito, Nasser-, y abajo, el Tercer Mundo de los países débiles o, con gracioso eufemismo, en desarrollo.

Estados Unidos ganó la guerra fría porque la Unión Soviética la perdió. Gorbachov reconoció que el poder armado de Moscú ni reflejaba ni resolvía la pobreza de la economía: devoraba la riqueza potencial. China, demonizada por Mao, inició con Deng Xiaoping un camino de gran desarrollo. Pero el fin de la guerra fría dejó un vacío político global que llenó el Estados Unidos de George W. Bush con una arrogancia unilateralista miope, desorientada y falaz que empeñó el prestigio y el presupuesto del país en una guerra “contra el terror” que derrumbó a un tirano dispensable -Sadam Hussein- sin tocarle un pelo de las barbas a Osama bin Laden y los talibanes, refugiados en las fronteras de un aliado de Bush, el Pakistán de Musharraf.

Mientras, los norteamericanos violaban no sólo los principios humanitarios, sino las propias leyes de Estados Unidos, creando y manteniendo campos de concentración y de tortura en Abu Ghraib y en Guantánamo y dejando que la guerra “contra el terror” fuese percibida como guerra “contra el Islam”, perdiendo así no solo simpatía, sino credibilidad, y ganando enemigos de un punto al otro del mundo musulmán.

Mientras Bush se perdía en estos vericuetos del fracaso, Rusia y China se adelantaban a ocupar las posiciones de éxito que hoy resultan evidentes. China se abrió al mundo, pero se cerró a la democracia, creando un modelo de desarrollo rápido que podemos llamar “capitalismo autoritario”. El mundo capitalista occidental, que se estima democrático, acudió al llamado de la gran sirena roja, China, regañándola infantilmente por sus travesuras autoritarias, pero aprovechando -¡cómo lo iban a desaprovechar!- un mercado de más de mil millones de clientes potenciales -la quinta parte de la humanidad-.

No desdeño los esfuerzos democratizadores que, a la larga, traiga el desarrollo económico aChina. Hoy se ven muy lejanos. En cambio, el autoritarismo se engalana con las olimpiadas, vence cotidianamente a EE UU y propone una vía veloz, eficaz y tentadora hacia el desarrollo: el avance capitalista sin las molestias de la democracia, la rapidez de la expansión sin las demoras de la libertad. ¿A cuántos países en desarrollo no les resultará tentadora -irresistible- esta fórmula? Sobre todo cuando el desarrollo nacional es frenado o interrumpido por la violencia impune, hiriendo- como en el terrible caso del joven Fernando Martí en México- a una ciudadanía inerme rodeada de narcos, policías que son criminales, criminales que son policías, y un ejército al que con razón le repugna hacer labores policíacas. Surge entonces -no lo deseo, pero lo temo- la tentación totalitaria. Sólo un estado más fuerte que el crimen puede abatir al crimen, aunque sea cometiendo crímenes. Indeseable realidad.

La “tentación autoritaria” también la ofrece la Rusia de Vladímir Putin. Vencido y desmembrado el imperio soviético casi por “la fuerza de las cosas”, Boris Yeltsin confundió la democracia con la debilidad y el capitalismo con la cleptocracia. Las grandes empresas del Estado pasaron a manos de particulares; a veces, los gerentes de aquéllas se convirtieron en los dueños de éstas. Librada al hambre feroz de un capitalismo naciente, Rusia se libró a sí misma a una disminución anárquica.

Putin llegó con la clara intención de restaurar el poder de la gran Moscovia. Él es heredero de Iván el Terrible, de Pedro el Grande y del terrible, aunque no grande, Stalin. Putin no se anda con cuentos. Cuando la revista Time, declarándolo hombre del año, le pregunta cuáles son sus deseos, Putin contesta: “Aquí no deseamos. Aquí trabajamos” -posa con torso desnudo para lucir su musculatura-, lanza a Sarkozy frente a las cámaras, tartamudo, con más vodka que el admitido por la razón de estado francesa. Baña de sangre a Chechenia, como ejemplo. Y si el alto dirigente georgiano, Mijaíl Shaakashvili, lo llama Liliputin, el mundo ve al nuevo Zar como un tremendo Ras-Putin o Zar-Putin. Estados Unidos quiere rodearlo de misiles en Polonia y de peleles en Georgia. Putin envía los tanques al sur, no porque le tema a Georgia, sino para advertirle a Europa y al mundo: por aquí pasa el petróleo sin el cual sus economías se desploman. El imperialismo del oleoducto, el poder del gasoducto, convierte al occidente europeo en cliente indispensable de Rusia. ¿Sabrá Putin transformar el petropoder en economía de consumo, productiva y diversificada hacia el exterior y hacia el interior? Todo indica que lo hará, si puede, pero con un régimen de autoritarismo creciente.

La implacable Maureen Dowd escribe en el Herald Tribune la lista de los ocho años de errores de Bush. La destructiva obsesión con Irak. La borrachera ideológica del neo-conservadurismo. La satanización de países con los cuales, a la postre, hay que tratar: Corea del Norte, Irán, Siria, Cuba.

Y mientras el Gobierno de Bush iba de fracaso en fracaso, China se apoderó de una parte tan vasta de la economía norteamericana que, si la retiraran, EE UU sería “un pato a la pekinesa”. Y Rusia se ha transformado de un país mendigo en una potencia mundial.

Hay en todo esto un claro llamado internacional para la restauración del derecho, la negociación y la diplomacia. Y hay algo más. Mientras Bush jugaba golf en Texas, el antiguo imperio “de en medio”, China, y el antiguo imperio de “la tercera Roma”, Rusia, recobraron sus posiciones de fuerza y las adornaron con los prestigios del pasado histórico. No por nada, el fastuoso espectáculo olímpico se inauguró, de manera reiterada, con la memoria de la civilización imperial de China, la gran “cabalgata” a la que se refirió un día André Malraux: la reserva histórica de los imperios que regresan por sus fueros y le imponen al siguiente jefe de Estado norteamericano el deber de negociar con los imperios a partir de la fuerza democrática interna de EE UU. Esto no parece entenderlo McCain, aferrado a las soluciones de fuerza. Parece entenderlo Obama, consciente de las soluciones diplomáticas. Ojalá no le cueste la vida.

Carlos Fuentes es escritor mexicano.

Tagged with:

Obama y el rey Canuto, de Timothy Garton Ash en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

No hay más que mirar más allá de la exhibición de sentimentalismo de la Convención de Denver para ver que los puntos débiles de Estados Unidos, cada vez más numerosos, están presentes en todas partes

Cuando las olas gloriosas de la retórica de Barack Obama hayan pasado sobre nosotros y nos hayan dejado una sensación cálida, refrescante y de cosquilleo, como si fuéramos unos surfistas de Hawaii, conviene que nos acordemos del rey Canuto. El día en el que Obama ganó las primarias, a principios de junio, declaró que “dentro de muchas generaciones, podremos mirar atrás (los que tengamos la suerte de seguir con vida dentro de muchas generaciones) y decir a nuestros hijos (que para entonces, supongo, irán apoyados en andadores) que ‘ése fue el momento en el que la subida del nivel de los océanos empezó a frenarse y nuestro planeta empezó a cicatrizar”. Esta frase representa un récord olímpico de hipérbole. Qué diferencia con el rey Canuto, que, en el siglo XI, hizo que colocaran su trono en la playa, ordenó al mar que dejara de acercarse y se mojó los pies. Lo hizo (según dice la leyenda) precisamente para mostrar a sus partidarios los límites de su poder. Claro que Canuto no se presentaba a unas elecciones a presidente.

Durante las próximas 10 semanas, Obama debe decir lo que haga falta para ser elegido y evitar todo aquello que le pueda causar problemas más adelante, una tarea para la que es brillante, un genio que sabe inspirar sin decir nada específico. A la mañana siguiente, llamarán a Canuto. Sospecho que en el fondo, en su cabeza, si no en su corazón, Obama lo sabe. Sus libros y sus documentos políticos detallados muestran que comprende los matices y la complejidad del mundo. Podemos confiar en que no cometerá el error de confundir su propia retórica con la realidad, así que tampoco debemos hacerlo nosotros.

Su recién designado compañero de candidatura, Joe Biden, elogia al mesías de los demócratas por ser un “pragmático lleno de lucidez” (una cualidad que no suele atribuirse a un mesías), y dice que, si Obama es presidente, tendrá la oportunidad “no sólo de cambiar Estados Unidos, sino de cambiar el mundo”. Y lo más sorprendente es que eso es lo que espera una buena parte del mundo también. La verdad es ésta: con mucha suerte y una participación masiva de voluntarios y votantes jóvenes, es posible que Obama sea elegido presidente, que supere los obstáculos electorales de ser negro, inexperto, liberal (en el peculiar sentido estadounidense y contemporáneo del término) e intelectual. Sólo por ser elegido y por ser quien es, ya lograría cambiar Estados Unidos y la imagen que el mundo tiene de Estados Unidos. Ahora bien, cambiar el mundo es otra cuestión.

La sensiblería es un ingrediente básico de la política estadounidense, y no hay una exhibición sensiblera más untuosa que una convención demócrata. Pero lo que dijo su mujer, Michelle, en un discurso lleno de sentimentalismo, contiene una conmovedora parte de verdad. El hecho de que “una chica del sur de Chicago y el hijo de una madre separada de Hawaii” hayan podido llegar hasta donde han llegado representa todo lo que de bueno y esperanzador tiene Estados Unidos. Después de West Side Story, un mundo invadido de cultura estadounidense se emociona con la South Side Story. Una historia que, en realidad, son dos: la de él y la de ella, ahora mezcladas en sus hijas, Malia y Sasha.

Cuando los estadounidenses dicen “raza”, quieren decir más cosas de las que encierra ese término para los europeos. “Raza” significa el legado de generaciones de esclavitud y una segregación asombrosamente reciente. Obama aceptó su designación como candidato el jueves 28 de agosto, el día en el que se cumplía el 45º aniversario del histórico discurso Tengo un sueño, de Martin Luther King. Hace sólo 45 años, la igualdad básica de los ciudadanos era sólo un sueño. Por tanto, la primera historia es que Obama tiene en su casa a una descendiente de esclavos que podría llegar a ocupar la Casa Blanca. Después de Colin Powell y Condoleezza Rice en el Departamento de Estado, ésta es la última frontera. Y la segunda historia es la suya, la del vástago de un padre keniano que emigró y una madre estadounidense blanca, con raíces familiares en muchas culturas. Un hijo de nuestro mundo, cada vez más mezclado, que ahora tiene posibilidades de convertirse en el hombre más poderoso.

El más poderoso, sí, pero menos, en términos relativos, que la mayoría de sus predecesores desde 1945. Porque ése es otro factor que define el momento de Obama: que el poder relativo del presidente de Estados Unidos de América ha disminuido, está disminuyendo y va a disminuir todavía más. No hay más que ver lo que ocurre fuera de la burbuja electoral norteamericana. En Georgia, Rusia se ha reído de Washington y ha hecho trizas los términos del acuerdo posterior a la guerra fría. En Afganistán y Pakistán, los extremistas islámicos son cada vez más fuertes, no más débiles, y estamos pagando el precio de la loca aventura de Bush en Irak.

En los Juegos de Pekín, China ha proclamado su pacífica reaparición como potencia mundial de forma espectacular. Las masas de acróbatas, tamborileros y bailarines en el estadio del Nido, en una exhibición más hollywoodiense que el propio Hollywood, transmitieron un mensaje más poderoso que cualquier carro de combate ruso. Y el mundo ha recibido el mensaje. Ya antes de los Juegos, el Proyecto sobre Actitudes Mundiales de Pew publicó los extraordinarios resultados de una encuesta en la que se preguntaba a gente de 24 países si China va a sustituir o ha sustituido ya a Estados Unidos como primera superpotencia mundial. Pocos pensaban que ya lo ha sustituido, pero aproximadamente la mitad de los franceses, alemanes, británicos, españoles y australianos -por no hablar de los propios chinos- creía que lo hará en el futuro. Más sorprendente aún: lo decía también uno de cada tres estadounidenses. Y en política exterior, como en los mercados financieros, la percepción es una parte importante de la realidad.

Mientras tanto, las negociaciones del comercio mundial han fracasado, por la incapacidad de los países desarrollados y los países en vías de desarrollo de llegar a un acuerdo. Estamos muy lejos de cumplir los “objetivos de desarrollo del milenio” de la ONU para ayudar a los pobres y enfermos del mundo. No se están tomando las medidas necesarias para reducir -sobre todo, en las economías asiáticas en crecimiento- las emisiones de carbono. Los casquetes polares siguen derritiéndose. No se está haciendo lo suficiente, ni mucho menos, para detener la subida del nivel de los océanos. No está claro cómo va a ser posible que cambie esa situación ni siquiera con una transformación radical de la política estadounidense. Michelle Obama habló con elocuencia sobre el deseo de su marido de cambiar “el mundo tal como es” hacia “el mundo tal como debería ser”. Pero la capacidad de Washington de hacer algo así es mucho menor que en los años cuarenta, e incluso que en los noventa, cuando Bill Clinton tuvo la suerte de entrar en la historia.

Los puntos fuertes que tenía Estados Unidos tampoco son ya lo que eran. En la crisis actual del turbocapitalismo, vemos cómo bancos de bandera estadounidense corren a pedir ayuda a los fondos soberanos de Oriente Próximo y el este asiático. El mercado estadounidense de la vivienda está a punto de derrumbarse. El empleo está difícil. La clase media está quedándose sin cobertura sanitaria y entrando en la pobreza. Mientras se despilfarraban miles de millones de dólares en Irak y en maquinaria digna de Terminator IV para el Ejército más poderoso que ha conocido el mundo, cualquiera que pase tiempo en Estados Unidos puede ver que las infraestructuras civiles están viniéndose abajo. Éste no es un país que hoy pueda “pagar cualquier precio, soportar cualquier carga”, como decía la inspiradora retórica con la que el hermano mayor del senador Edward Kennedy emocionó en otro tiempo al mundo.

Estados Unidos sigue teniendo muchas cosas extraordinarias. Una de las mejores es su capacidad de atraer a los hombres y mujeres más inteligentes, emprendedores y llenos de energía de todo el mundo para darles la libertad y la oportunidad de aprovechar su talento al máximo. Gente como Barack Obama. Como hombre, Obama encarna las cosas buenas que sigue teniendo Estados Unidos. Como presidente, tendrá que enfrentarse a sus puntos débiles, cada vez más numerosos.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y miembro de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford. www.timothygartonash.com. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Tagged with:

Una nueva concepción de la paz, de Francisca Sauquillo en El País

Posted in Derechos, Política by reggio on 31 agosto, 2008

La organización que presido, el Movimiento por la Paz, cumple 25 años. Queremos que este aniversario se convierta en un impulso para relanzar ante la sociedad española la vocación pacifista que originó la creación del Movimiento y hacer una llamada a la reflexión y a la participación que fomente actitudes de paz y entendimiento entre las personas y los pueblos.

Ante las desviaciones que ha sufrido la palabra paz, que especialmente desde el 11-S ha pasado a asociarse al concepto de seguridad de los Estados ante el terrorismo, resulta urgente promover un concepto de paz positiva basada en el bienestar de la persona. Un concepto de paz fundamentado en una interpretación más amplia del mismo que no sólo entienda la paz como la ausencia de conflictos bélicos, sino que la conciba como aquella situación en la que las personas puedan desarrollarse libremente en ausencia de aspectos como la discriminación, la marginación o la injusticia.

Para ello, la sociedad civil se revela como un agente esencial de Construcción de Paz. En efecto, ninguna sociedad democrática puede desperdiciar una de sus grandes bazas, la participación ciudadana, dejando en manos de gobiernos e instituciones supranacionales la responsabilidad de instaurar la ansiada paz. Muy al contrario, la sociedad civil, compuesta por un gran elenco de actores, es la que puede utilizar los mecanismos de participación democrática que promuevan la convivencia pacífica dentro de las comunidades.

Si acercamos el concepto de paz a la realidad española, uno de los temas a trabajar es la verdadera integración de la población. España está viviendo una nueva realidad, la de la inmigración, que, bien encajada, puede resultar muy enriquecedora para todas las partes implicadas en el fenómeno migratorio, pero para esto es necesario que el tema se aborde desde una perspectiva integradora que abarque a toda la población, autóctona e inmigrante. Y, en este sentido, existen diferentes ámbitos en los que debemos incidir. En primer lugar, en la concepción de nuestras políticas de inmigración y extranjería. La normalización legal del colectivo inmigrante en la sociedad sólo es posible si dotamos a nuestra legislación de un carácter social e integrador basado en el respeto de los derechos fundamentales de la población inmigrante. El tinte policial y restrictivo que están adquiriendo las políticas de inmigración y extranjería sólo contribuye a criminalizar y marginar los proyectos de vida de un colectivo que forma parte de nuestra sociedad.

Por otro lado, la integración plena de la población extranjera en nuestra sociedad pasa por su capacidad de desarrollarse en los ámbitos social y económico. En este sentido, resulta necesaria la puesta en marcha de políticas que promuevan la capacidad de inserción laboral de los inmigrantes, en tanto que colectivo vulnerable. La promoción del autoempleo, la potenciación del acceso de los inmigrantes a puestos que se correspondan con su preparación y la flexibilización de los procedimientos de homologación de estudios, constituyen elementos esenciales en el proceso de su desarrollo en la sociedad española.

Por último, es fundamental que las nuevas generaciones estén sensibilizadas sobre las realidades con las que tienen que convivir. La educación en valores como la igualdad, la solidaridad o el diálogo representa la mejor plataforma para evitar comportamientos no tolerantes o violentos. Por ello, los centros académicos deben convertirse en los grandes referentes de la educación en valores y la convivencia intercultural. Debemos impulsar la incorporación de la población inmigrante al sistema educativo, como instrumento que garantice que los jóvenes inmigrantes se integren más rápidamente y gocen de las mismas oportunidades que cualquier otra persona, y que la población autóctona viva en un ambiente de tolerancia y reconocimiento de la diversidad cultural.

En este contexto, las instituciones han de incentivar el acceso de la población extranjera a la enseñanza no obligatoria y, en concreto, a la educación superior. En la actualidad, según datos del Ministerio de Educación y Cultura, en el curso 2006-2007, tan sólo el 2,2% de la población extranjera estuvo matriculada en la Universidad. Una proporción muy inferior a la correspondiente a la población autóctona que, sin duda, refleja las dificultades a las que la población inmigrante ha de enfrentarse cuando accede a formaciones de educación superior, lo que contraviene la Sentencia 236/2007, de 7 de noviembre de 2007, del Tribunal Constitucional, en la que se califica de derecho el acceso de los inmigrantes a la enseñanza no obligatoria.

De igual forma, el trabajo extraescolar que numerosas organizaciones de tipo social ya realizan con padres, madres, profesores e incluso con las llamadas “segundas generaciones”, a través de actividades lúdicas y culturales con la diversidad cultural y la tolerancia como telón de fondo, constituye una herramienta esencial en la consecución de una integración social y una convivencia pacífica que, no lo olvidemos, es cosa de todos, población inmigrante y población autóctona.

Y es que la paz es algo ansiado por todos y todas, pero sólo será posible cuando todos y todas trabajemos por ello. La paz es un bien común y corresponde al Estado velar por su garantía, pero la ciudadanía, a través de su acción, tiene ante sí la enorme oportunidad de hacerla realidad.

Francisca Sauquillo, abogada, es presidenta de Movimiento por la Paz.

Tagged with:

El fracaso de la regulación tradicional, de Emilio Ontiveros en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 31 agosto, 2008

Una de las consecuencias más significativas que está teniendo la actual crisis crediticia global es la apertura de un proceso de revisión de los sistemas financieros más avanzados: de su configuración institucional, de su regulación y supervisión. Los operadores y las autoridades del sistema financiero que originó la crisis, y el que hasta ahora ha sufrido sus más severas consecuencias, el de EE UU, es el que también está liderando esa transformación. La interminable cadena de resultados adversos en la mayoría de los bancos, por un lado, y la intervención salvadora de las autoridades no pueden dejar otro resultado que una recomposición del censo de jugadores, desde luego de su tamaño medio, y de una reformulación de las regulaciones, incluido el reforzamiento del papel de los supervisores. Como es lógico, algunos de esos cambios en EE UU condicionarán en gran medida los que en alguna de esas direcciones, o en ambas, ya se insinúan en otros sistemas financieros avanzados.

Los destrozos ya observables son más que suficientes para que no sea difícil anticipar alteraciones de cierta significación en el tamaño, el número y las estrategias de los operadores privados de algunos sistemas financieros. En EE UU, por supuesto, pero también probablemente en aquellos europeos donde, con mayor o menor virulencia, sigue vigente la espiral de pérdidas de riqueza financiera que se desencadenó hace un año. Descenso en los precios de las viviendas, aumento de fallidos y de las ejecuciones hipotecarias, que vuelven a presionar a la baja los precios de los activos inmobiliarios.

Las entidades bancarias acusan el impacto de esa espiral a través de la depreciación de algunos de sus más importantes activos: en algunos sistemas bancarios, el español sin ir más lejos, la inversión con garantía hipotecaria representa aproximadamente la mitad de todo el activo. Poco importa que una importante mayoría de esos préstamos no presente el más mínimo problema de solvencia: el estigma hipotecario, como si de una nueva peste se tratara, sigue condicionando de forma muy significativa la capacidad de financiación de los bancos, y con ello el normal funcionamiento de algunos sistemas financieros, entre ellos el español. El crecimiento de la economía y del empleo sufren. También los mercados de acciones anticipan en sus cotizaciones esa erosión de valor, particularmente visible en las empresas financieras. Y vuelta a empezar.

La sensación de vulnerabilidad no ha desaparecido en el principal sistema financiero del mundo y con ella la de cierta interinidad sobre la conformación institucional del mismo. Ésta no sólo se encuentra condicionada por las posibilidades de concentraciones bancarias adicionales o la insistente búsqueda de inversores extranjeros para algunos de los más emblemáticos bancos, sino por la inquietud asociada al alcance de la nueva regulación y de la supervisión financieras que con toda seguridad se va a definir.

Está asumido, sin embargo, que las autoridades seguirán empleando los instrumentos que hagan falta para evitar males peores, como el repertorio exhibido durante esta crisis: estímulos presupuestarios, reducción drástica de los tipos de interés, flexibilización sin precedentes de las condiciones de cesión de liquidez del banco central al sistema bancario, y la participación activa del Tesoro y de la propia Reserva Federal en el salvamento primero del quinto mayor banco de inversión, el Bear Stearns, o el apoyo legislativo de urgencia a las agencias de financiación hipotecaria, Fannie Mae y Freddie Mac, sin olvidar la utilización del correspondiente fondo de garantía de depósitos en la segunda quiebra bancaria más importante de la historia de ese país, la de IndyMac. Ni el propio Keynes se habría mostrado más activo.

En un artículo el pasado 3 de agosto en esta misma sección (Una crisis con personalidad), concluía que la contrapartida a esas intervenciones salvadoras de entidades privadas no podía ser otra que una ofensiva re-reguladora, aunque esta viniera de la mano de un tándem, el constituido por el secretario del Tesoro y el presidente de la Reserva Federal, que hasta poco antes de la emergencia de la crisis no ocultaban sus propósitos desreguladores y el convencimiento en la suficiencia de la disciplina del mercado.

Si algo ha demostrado esta crisis, además de la conveniencia de no tener demasiados prejuicios, es la necesidad de adecuar la regulación y el ejercicio de la supervisión financiera a la realidad de los mercados tan compleja como distante de la idealizada eficiencia que le asignan los libros de texto. Las autoridades, los reguladores, son hoy más necesarios que en los años treinta del pasado siglo, de donde procede en gran medida el arsenal regulador e institucional que ahora finalmente se liquidará. La crisis de la regulación tradicional, como la de aquella agricultura española, se ha hecho más explícita en unos sistemas financieros que en otros, pero todos están llamados a revisar ese andamiaje supervisor y a reforzarlo técnicamente con el fin, en primer lugar, de reducir esa manifiesta asimetría entre discrecionalidad de los operadores financieros, ámbito de actuación y métodos de trabajo de los supervisores.

Los accidentes son demasiado caros y no siempre los pagan quienes los originan. Esta crisis está demostrando que la protección ha de tener un precio en términos de mantenimiento de exigencias de liquidez y solvencia suficientes de los operadores financieros. Y siempre, de satisfacción de exigencias de información completa de los mismos, dentro y fuera de balance.

Esa nueva regulación tendrá esas presunciones perversas -como que algunas empresas financieras son demasiado grandes para dejarlas caer, o demasiado complejas, o demasiado interrelacionadas- y los problemas de riesgo moral asociado, como los que se están poniendo de manifiesto en las intervenciones públicas durante esta crisis. Las intervenciones en apoyo de Bearn Stearns o de Fannie Mae y Freddie Mac crean precedentes que no son buenos, por discrecionales, al tiempo que estimulan la irresponsable asunción de riesgos (percepciones de extensión de hecho de la red de protección con cargo al contribuyente) que, además de otras consecuencias, pueden ser generadoras de amenazas sistémicas.

En la comparecencia de Ben Bernanke el pasado fin de semana, en el simposio de Jackson Hole, admitía la necesidad de fortalecer la infraestructura financiera y la práctica de la regulación y de la supervisión. Añadía la necesidad de que ésta dispusiera de un foco amplio (un “nuevo campo de visión”), no limitado al análisis individualizado de las entidades, sino con una proyección al conjunto del sistema, macroprudencial. Poco se avanzará, puede añadirse, si esas orientaciones no se coordinan internacionalmente.

Sería un error, en todo caso, que de ese ambiente re-regulador que hoy se respira en la mayoría de los sistemas financieros, incluso admitido por algunas asociaciones de operadores como una suerte de irremediable penitencia, se dedujera una penalización de las posibilidades de innovación financiera. Coincido con Robert Shiller (acaba de aparecer su último libro, The Subprime Solution, Princeton University Press), cuando lejos de condenar la existencia de innovaciones financieras (las propias subprime incluidas) propone su “democratización”; una gestión de riesgos no sólo más rigurosa, sino también susceptible de ser utilizada por un mayor número de agentes, en operaciones al por menor, incluidas las hipotecas. Ello exige una mayor educación financiera de los consumidores y usuarios de servicios de esa naturaleza, una pieza esencial en la edificación y supervisión de los nuevos sistemas financieros.

Tagged with:

Obama puede, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

Barack Obama ha sido aclamado en la convención demócrata.

Ha hecho historia: es el primer afroamericano en haber sido investido oficialmente candidato de uno de los grandes partidos estadounidenses. Y su gran rival, Hillary Clinton, ha pedido a quienes la votaron en las primarias (18 millones) que le apoyen. Pero la senadora por Nueva York pareció tan convincente en Denver que cabe preguntarse (sobre todo después de que John McCain haya elegido a una mujer, Sarah Palin, como compañera de ticket) si Joe Biden, el candidato demócrata a la vicepresidencia, ayudará a Obama a ganar el 4 de noviembre.

De Biden, senador por Delaware, se ha dicho de todo. Algunos han reparado en que en la campaña de 1988 tuvo que admitir que plagió un discurso de Neil Kinnock, entonces el líder de los laboristas británicos. Y otros han descubierto que exageró su currículum académico. Pero no todo lo que se ha dicho sobre Biden ha sido negativo. Ha habido una coincidencia casi universal en subrayar su gran experiencia. El editorialista de The Wall Street Journal,que no tiene ninguna debilidad por los demócratas, ha escrito que Biden ha sido elegido para que sea, por su experiencia en política exterior, el Dick Cheney (vicepresidente con Bush) de Obama. Y Obama, al anunciar a Biden, tuvo un lapsus. “Déjenme que les presente al próximo presidente”, dijo.

Obama habrá calculado que no podía elegir a Hillary, que como vicepresidenta, y con el carácter que tiene, no se conformaría con ser un florero. Pero Biden, para satisfacción de Mc-Cain, no tiene tantos votos populares como Hillary. Biden, por su experiencia y por su liberalismo internacionalista, que son la antítesis de Bush, puede ser un magnífico complemento para gobernar, pero antes hay que ganar las elecciones. Obama puede estar convencido de haber unido a los demócratas bajo la idea del cambio. Pero la lírica del cambio, que funcionó en las primarias, puede no funcionar el 4 de noviembre si no se abordan los temas más prosaicos. Y Obama, una vez centrado, ha apostado por Biden, de quien lo único que no se puede decir es que, después de 36 años en el Senado, personifique el cambio.

En cuarenta años de dominio republicano, los dos únicos demócratas en llegar a Casa Blanca, Carter y Clinton, procedieron del sur. McGovern, Mondale, Dukakis y Kerry, todos liberales del norte, como Obama, fueron derrotados. Por eso un ex consejero de Bill Clinton, William Galston, ha dicho ahora que habría sido mejor elegir como vicepresidente a alguien de un estado decisivo, indeciso y poblado. En 1960, un senador inexperto llamado John Kennedy se inclinó por Johnson pese a detestarlo. ¿Por qué lo hizo? Porque Johnson, texano, podía ganar en Texas, y así fue. Delaware es el sexto estado menos poblado, y Biden sólo sumó 638 votos en las primarias de New Hampshire el pasado mes de enero. ¿Puede perder, entonces, Obama? Puede.

Tagged with:

El frío juego de política del poder, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

La Unión Soviética no es un país como los otros. Es casi un continente en que se encuentran Europa y Asia”. Con estas palabras comenzaba la gran especialista de temas rusos Hélène Carrère d´Encausse su libro L´empire éclaté, publicado en 1978 pero ahora absolutamente necesario si se quiere entender lo que ocurre en Georgia. Henry Kissinger, con el peso de su saber en política exterior, escribió en Diplomacia:”A lo largo de la historia, Rusia ha constituido un caso especial”. Y añade: “El imperio ruso, desgarrado entre la obsesiva inseguridad y su celo proselitista, entre las exigencias de Europa y las tentaciones de Asia, siempre desempeñó un papel en el equilibrio europeo pero emocionalmente nunca formó parte de este”.

Este situarse un poco a distancia de los hechos actuales es un ejercicio previo, diría que casi obligado, para pasar a su entendimiento. La realidad de que Rusia es, hoy, el único imperio europeo. La mayor potencia militar de nuestro continente y segunda del mundo. Con creciente potencialidad económica, de la que es expresión más vistosa la producción de petróleo y gas con que nutre mayoritariamente a casi dos tercios de las necesidades energéticas de los países de la UE. Y dotada de una extensión territorial inmensa entre Europa y Asia. Pensar que el tándem Putin-Medvedev decide y opera sin mentalidad de gran potencia, en definitiva imperial, aunque herida, da la impresión de acercarse a la ingenuidad.

En los años de la guerra fría hubo quien advertía que los dirigentes soviéticos pensaban casi tanto en términos de imperio como de expansión del comunismo internacionalista. Con Stalin se hizo evidente. Al fin de la Segunda Guerra Mundial colocó bajo dominio soviético a media Europa. Fue el momento álgido de Rusia como imperio. La culminación del zarismo. Todos lo imperios europeos, continentales o coloniales, acabaron. Quedó el ruso, la URSS.

Que otro poder -Estados Unidos- se le interpusiera en el camino, extendiendo a todo el mundo una forma de hegemonía y superpoder sobre el cual se ha prodigado el calificativo de imperialista no quita ni un ápice de veracidad a la calidad imperial de la Unión Soviética, heredera en esto de los zares. Ni siquiera lo desmiente la caída del comunismo y la desmembración parcial de lo que fue la URSS. Que, para ser más exactos, sufrió una amputación. Así pues, imperio amputado, no desintegrado.

La herencia imperial conllevaba el problema de su enorme heterogeneidad. De pueblos, razas, lenguas, religiones. Algo que dio quebraderos de cabeza a los Lenin y Stalin. Habían clamado contra el zarismo como “prisión de los pueblos”. Y, al llegar el momento de obrar en consecuencia, es decir, de liberarles, la opción consistió en crear una ficticia federación de nacionalidades. La realidad impuso que del “internacionalismo socialista” hubiera que pasar al nacionalismo ruso en forma de federación y de este al dominio imperial sobre una serie de naciones europeas sovietizadas, los conocidos como países satélites hasta media Alemania. Un proceso que al derrumbarse el régimen comunista soviético se vino abajo estrepitosamente. Y llegó la “época de las turbulencias” de Yeltsin, que Putin y Medvedev se han propuesto convertir en otra de recuperación de la grandeza de Rusia. El choque ideológico comunismo-capitalismo había terminado. No los intereses y pugnas nacionales.

Queda abierto el capítulo de los nacionalismos y su vertiente imperialista. ¿Volvemos atrás o seguimos donde siempre? Sencillamente estamos en lo que el citado Kissinger llama “frío juego de política del poder”. Los europeos comunitarios, para justificar nuestra escasa relevancia en este terreno, nos empeñamos en introducir elementos morales, de derecho, humanitarios. También lo hace Estados Unidos, desde siempre. Y por esto se habla de guerras humanitarias, de interposición, de tropas pacificadoras. En Moscú califican a los soldados rusos en Georgia de “fuerza de pacificación”. ¿Es la respuesta a los argumentos occidentales sobre la intervención en los Balcanes? ¿Osetia del Sur y Abjasia por Kosovo? ¿Tropas rusas como garantes de paz en Georgia por las de la SFOR y la KFOR en Bosnia, en Kosovo?

Entrar en este juego del “tú comenzaste” es por demás. Aunque ciertamente Bush abrió la caja de los truenos con su guerra “preventiva” en Iraq. Hay dos áreas en que Europa se trocea en un rompecabezas territorial, étnico, religioso. Nacionalismos minúsculos y grandes nacionalismos. Tendencias segregacionistas e integracionistas. Son la ex Yugoslavia y el Cáucaso. La UE sabe muy bien que al poner el pie en este terreno movedizo como miembro de la OTAN, es decir, siguiendo a Estados Unidos, comporta frecuentemente ir más allá de lo prudente. Consciente como es de que por ahí se encuentra con “el país que no es como los otros” de Hélène Carrère d´Encausse y con el “caso especial” de Kissinger: Rusia. La primera potencia europea. El imperio euroasiático, recortado pero no desintegrado ¿Acosado, sometido a presión? Todo imperio se ha creado y mantenido paradójicamente bajo la doble pulsión expansiva-defensiva. ¿No dice Bush que los soldados norteamericanos defienden en Iraq a sus familias, sus hogares? ¿Y Medvedev, que Rusia debe “defender a los ciudadanos rusos estén donde estén”, llámese Ucrania o Estonia, por ejemplo?

Frente a esta lógica de las relaciones de poder está el buen sentido de la canciller Merkel, quien, al decir que “no todos los pueblos que quieren abandonar un estado están en condiciones de hacerlo”, advierte: “Y esto en Rusia lo saben”, en alusión a la misma intrincada heterogeneidad del complejo estado federal ruso. Consideración que nos lleva a otra cara del conflicto de Georgia, merecedor de capítulo aparte.

Tagged with:

El error de retrasar, de Miquel Roca i Junyent en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 31 agosto, 2008

Todo de golpe. Con la llegada del mes de septiembre, los problemas se agolpan; todo lo que durante el verano ha estado presente de una forma un tanto adormecida y letárgica, ahora va a aflorar con virulencia y tensión. En esta ocasión, el tópico de que la rentrée no será fácil resulta mucho más creíble.

Los problemas son los mismos, pero se manifiestan más agresivamente. La crisis, durante tantos meses negada, ahora nos ofrece un panorama muy cercano a la recesión, a la que los más cualificados analistas no le ven ningún final rápido ni claro. Esto era evidente, pero con el calor del verano parecía que las cosas no iban a tener la dimensión que ahora se intuye como muy posible. Algunos dirán que quizás se ha perdido un mes y creo que tienen razón. Cuando la crisis se comparte con una buena parte del mundo, queda el consuelo de que las causas son más complejas de combatir; pero también aparece la exigencia de hacerlo con rapidez, para evitar que otros tomen ventaja al tiempo de superar la crisis. Los retrasos, en estos casos, se pagan caros.

Vamos a tener el tema de la financiación de las comunidades autónomas, y muy singularmente el de Catalunya, encima de la mesa, cabalgando sobre la crisis y sobre los presupuestos del Estado. El escenario no es el mejor, pero para evitar esta coincidencia, hubiera sido mejor resolver el tema de la financiación con anterioridad, dentro de los plazos que el Estatut de Catalunya señalaba. Ahora se dirá que no deben confundirse las cuestiones presupuestarias y el tema de la financiación, pero la solución de ambos problemas va a situarse cronológicamente en el mismo tiempo. Y esto será responsabilidad de los que han retrasado la solución. Otra vez más, el retraso puede pagarse caro.

Las coyunturas graves y complicadas no permiten dilaciones en la adopción de las medidas correctoras. En España suele valorarse el aforismo de que el tiempo lo arregla todo. Pues no es verdad; normalmente el tiempo lo empeora todo. Lo que se arregla por sí solo es que no era problema; lo que requiere soluciones, tiene que contar con el factor tiempo. Dilatar las decisiones es una manera de anticipar el fracaso.

El verano no es excusa. Los problemas surgen sin respetar ni los cambios climáticos ni las estaciones. Surgen cuando surgen, y las soluciones tienen que buscarse cuando toca. Ahora, todo va a tenerse que resolver con prisas y en escenarios más complejos en los que será difícil encontrar complicidades y colaboraciones de los que esperan, en puntos distintos, soluciones a otros problemas. Ha sido un error retrasar decisiones. Esperemos que la sensatez impere, aun sabiendo que no se puede abusar de esta apelación cuando no se ha hecho gala de esta virtud con una actitud dilatoria.

Tagged with:

Tres enfermedades simultáneas, de Antonio Argandoña en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 31 agosto, 2008

Según el informe médico de la economía española, a la vuelta de las vacaciones de 2008 el paciente presenta un complejo cuadro de síntomas, incluyendo una rápida pérdida de demanda, que se traslada a la actividad productiva; paro creciente, inflación alta, déficit exterior importante, bajos niveles de confianza en las familias y en las empresas, altos costes y dificultades en las instituciones financieras y parálisis de las políticas económicas. Las familias tienen dificultades para llegar a fin de mes, debido al elevado coste del servicio de la deuda; las empresas también están endeudadas y sus niveles de morosidad son aún moderados, pero crecientes; los incentivos a la inversión han desaparecido y el superávit del sector público se ha esfumado.

LOS TRES DIAGNÓSTICOS

Todo lo anterior sugiere que el paciente ha sufrido tres enfermedades casi simultáneas. La primera, perfectamente previsible, fue el agotamiento de la fase expansiva de un largo ciclo inmobiliario, que se inició con una profunda caída de los tipos de interés, que alentó el endeudamiento de las familias, la fiebre inmobiliaria – que se trasladó a la construcción-, el crecimiento del consumo y una sensación de euforia generalizada. Cuando los tipos empezaron a subir, en un contexto de altos precios de la vivienda, las expectativas en el sector empeoraron, al tiempo que las familias veían reducida su capacidad de consumo, por el aumento de los pagos mensuales de sus hipotecas.

Esta primera enfermedad no debió haber sido grave, pero sí molesta: un menor ritmo de crecimiento del producto, pero sin un impacto demasiado profundo más allá de la vivienda y el consumo. Pero aquí hizo su entrada la segunda enfermedad, una crisis financiera iniciada hace poco más de un año en EE. UU. que ha provocado un fuerte aumento de las primas de riesgo y de los tipos de interés; dificultades de liquidez, pérdidas y morosidad en entidades financieras y, finalmente, una contracción del crédito, que ha afectado a los sectores productivos y a las familias. Lo que, por la primera enfermedad, hubiese llegado a ser una gripe un poco fuerte, se ha convertido así en una neumonía. Y aquí no sirven las medicinas señaladas antes: unos menores tipos no solucionan los problemas de solvencia de las entidades financieras.

Y, por si no fuera suficiente, ha aparecido una tercera dolencia: una fuerte subida de los precios del petróleo, las primeras materias y los alimentos, que ha aumentado los costes de las empresas, ha reducido el poder adquisitivo de las familias y ha desaconsejado la reducción de los tipos porque, si la inflación sigue creciendo, la curación posterior será mucho más complicada.

UNA CURACIÓN LENTA

Este cóctel de virus explica bastante bien los síntomas del enfermo. Las primeras víctimas están en el inmobiliario, con 800.000 viviendas sin vender que frenan la recuperación de la construcción, elevan el paro y drenan la solvencia de las empresas y, de rebote, las de algunas entidades financieras, que encuentran fondos cada vez con más dificultades y a costes mayores.

El segundo frente de avance de la enfermedad es el del consumo. Las familias se encuentran bloqueadas por las expectativas – y la realidad- de un paro creciente, precios al alza, altos pagos mensuales por el crédito hipotecario y un acceso difícil y caro a nueva financiación.

La curación de tres enfermedades simultáneas no va a ser cosa fácil. Se ha parado ya el primer golpe de la crisis financiera norteamericana y europea, la pérdida de liquidez, pero ahora estamos experimentando problemas de solvencia y supervivencia de las entidades. Quizás los tipos no subirán ya más, pero no veremos el regreso de la confianza y la normalización del crédito hasta dentro de, por lo menos, un año o más, y en España habrá que esperar a ver cómo se desenvuelve la morosidad de nuestro maltrecho inmobiliario, y de otros sectores.

Todo hace pensar, pues, que el mordisco de los tipos sobre las familias no va a aumentar, y que el de los mayores precios del petróleo y los alimentos tampoco. Pero las familias siguen muy endeudadas, de modo que no podrán aumentar su consumo que, muy al contrario, se verá afectado, cada vez más, por un desempleo al que queda mucho recorrido al alza.

Y recuperar todo esto llevará a las familias más de un año.

En estas condiciones, quedan aún muchos meses difíciles para las empresas, también para las de bienes de inversión, porque la demanda no se va a animar, ni el crédito va a ser barato y abundante. Nos queda el consuelo de la exportación, pero no va a ser la panacea, porque Europa está entrando ya en recesión y el euro, pese a su baja reciente, no va a ser un factor de impulso, al menos durante bastantes meses.

EL BOTIQUÍN ESTÁ VACÍO

¿Qué se puede hacer? La política monetaria la administra el BCE y no va a ser expansiva, al menos mientras continúe la amenaza de la inflación. Además, una reducción de tipos no aliviaría la situación del crédito: en EE. UU. ya lo han probado, y los costes de financiación de los bancos – y, por tanto, los de sus clientes- no han bajado, ni las restricciones crediticias han sido más suaves.

Y la política fiscal tiene limitaciones importantes. No sabemos aún el impacto de la devolución del IRPF, pero parece haber sido muy limitado. Y ya no se puede repetir. Se puede ampliar la prestación por desempleo, pero no parece necesaria y, en todo caso, tendrá efectos secundarios muy negativos, desanimando la moderación salarial. Los incentivos a la inversión privada serían útiles si las empresas tuviesen proyectos de inversión rentables, con financiación adecuada y preparados para ser puestos en práctica.

Pero ese no es el caso. Las reducciones de las cotizaciones sociales también moderarían los costes y alentarían la creación de empleo… si las empresas estuviesen deseosas de contratar nuevos trabajadores, cosa que no parece. Un plan de obras públicas podría ser útil, pero, seguramente tarde: la licitación se ha reducido mucho en este año, entre otras razones porque buena parte del gasto corre a cargo de los gobiernos autonómicos y locales, cuyos fondos se están agotando. Y el Gobierno podría sustituir al sector financiero a la hora de conceder créditos, pero debería obtener esos fondos con costes altos en un mercado crediticio enrarecido, peleándose, para ello, con las instituciones financieras nacionales.

Antonio Argandoña. Profesor del Iese. Titular de la cátedra La Caixa de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo, IESE Business School

Tagged with: