Reggio’s Weblog

9-M-2008: ¿Otra campaña electoral del siglo pasado?, de Eduardo García Matilla en El Mundo

Posted in Medios, Política by reggio on 22 febrero, 2008

TRIBUNA LIBRE

La precampaña que estamos viviendo mantiene un rancio aroma del pasado, a pesar de los vídeos en You Tube, de los llamamientos a los electores a participar a través del móvil y de los mensajes en internet. Los mítines, los carteles, los eslóganes, provocan una sensación de regreso obsesivo a nuestro particular día de la marmota electoral. El hartazgo de muchos ciudadanos por la política tiende a incrementarse con estas campañas, que parecen diseñadas exclusivamente para los ya convencidos, para los entusiastas asistentes a los mítines o para los cada vez más numerosos periodistas militantes. Los partidos deberían ser conscientes de que nuestra sociedad ha cambiado mucho desde que se inició el nuevo siglo y, sobre todo, que quienes más han cambiado son los medios de comunicación.

Sin querer ser exhaustivo, deberíamos reflexionar sobre algunas de estas modificaciones de nuestro paisaje social y mediático que exigirían profundas actualizaciones del discurso político en su fondo y en su forma: La población española ha envejecido de manera notable en este periodo. Nuestra media de edad supera ya los 40,3 años. También se ha reducido el tamaño de los hogares. Uno de cada cinco está ocupado por un único individuo. Hemos progresado económicamente y, en consecuencia, tenemos más que perder. Se ha elevado de forma continuada la tasa de ocupación femenina. Ha surgido un fenómeno migratorio que está transformando sustancialmente nuestro entorno. Del 2,2% de población extranjera en el año 2000 hemos sobrepasado el 10% en la actualidad… Y, además, los medios de difusión se han multiplicado, dispersando a las audiencias y contribuyendo a un proceso de fragmentación acelerada de la opinión pública.

Esta fragmentación ha afectado especialmente a las cadenas de televisión. Si en el año 2000 los tres canales nacionales líderes (La Primera de TVE, Antena 3 y Telecinco) acaparaban casi el 70% de la audiencia, en la actualidad no llegan al 52,5%. La multiplicidad de las ofertas televisivas favorece que un importante núcleo de la población (cercano al 35%) eluda la información y los programas que se ocupan de la política.

Parece evidente que cada vez resulta más difícil transmitir mensajes electorales al ciudadano y, sobre todo, a los escépticos y a los indecisos. Entre ellos se encuentran los menos interesados por la política o los que han alcanzado un alto grado de hostilidad, provocado en muchas ocasiones por la propia saturación informativa. Nadie duda ya de que estos colectivos, con su voto o su abstención, pueden inclinar la balanza en uno u otro sentido y que, en consecuencia, la propaganda de los partidos debería estar dirigida fundamentalmente a ellos.

Merece la pena recordar aquél sabio consejo de un asesor norteamericano. Su pragmatismo evidencia el dispendio de muchas de las acciones que se realizan durante las campañas electorales: «No deberíamos gastar un solo dólar en convencer a los electores que ya van a votarnos. No deberíamos gastarnos un solo dólar en tratar de disuadir a los ciudadanos que votarán seguro a nuestros contrincantes. No deberíamos gastarnos ni un centavo en los indecisos que en ningún caso quieren votarnos… Y deberíamos concentrar todo nuestro esfuerzo en los indecisos que a lo mejor nos votan».

Pero en esta campaña, además de los cambios señalados en la sociedad y en los medios de comunicación, hay elementos nuevos que pueden incidir en los resultados y que complican especialmente la propaganda electoral. Por primera vez en unas elecciones legislativas españolas el paisaje se está transformado de forma significativa en las últimas semanas de campaña.

Sin contar la tragedia del 11-M, que se produjo a sólo tres días de la jornada electoral, nunca en nuestra historia reciente se habían provocado cambios tan profundos en cuestiones que afectan a los ciudadanos en los meses inmediatamente anteriores a la celebración de unas elecciones generales. Las diferentes crisis económicas, el escándalo de los GAL o de los casos de corrupción, la Guerra de Irak, etcétera, fueron temas que se arrastraban desde muchos meses, e incluso años, antes de que se celebraran las consultas comprendidas entre 1986 y 2004.

En esta ocasión, los estrategas de los partidos deben hacer frente a una modificación del escenario electoral que les obliga a alterar las premisas iniciales en las que se basaban sus ejes de campaña. En una situación como la que vivimos, la eficacia en la comunicación será un factor decisivo en el resultado final. Las percepciones, las emociones, influirán en la actitud que adopten muchos de esos electores indecisos a los que nos hemos referido anteriormente. Los motivos de este comportamiento parecen evidentes.

En primer lugar, el miedo de los ciudadanos al futuro es una sensación difusa, instintiva, que en ocasiones no tiene que estar avalada por los datos oficiales. Ante la percepción de inseguridad del elector no basta con tratar de tranquilizarle restando importancia a lo que sucede. El todo se puede decir con una sonrisa o el tranquilos muchachos, no pasa nada y ya escampará, supone asumir gravísimos riesgos de pérdida de credibilidad si la situación se complica. Tampoco es eficaz incrementar la sensación de peligro, de riesgo inminente en el elector. El este país es una ruina y se avecinan males mayores puede provocar en el ciudadano indeciso un deseo de prescindir del mensajero del miedo que aumenta su inseguridad y su angustia.

En segundo lugar, la radicalización de las posturas hace más extenso el espacio político intercalado entre los contendientes. A muchos electores les irrita especialmente tener que adoptar el papel de hoolligan, defensores a ultranza de la totalidad de los programas o de las decisiones de los candidatos con las que, en muchos casos, no están de acuerdo. Este contingente de ciudadanos en tierra de nadie, se suele cabrear cuando defiende con su mejor voluntad opiniones de los partidos que luego resultan ser falsas o exageradas. Hacer el ridículo en las tertulias de café, en la charlas en la oficina o en las discusiones en el entorno familiar, tratando de justificar las decisiones contradictorias de los candidatos en los que confiaban, produce al final un ansia de venganza contra los causantes de sus meteduras de pata y de su descrédito.

Así las cosas, la batalla por conseguir la confianza de los ciudadanos se convierte en una prioridad absoluta para los líderes. Las campañas de imagen, basadas en la venta de un candidato como si se tratase de un detergente, pueden tener efectos devastadores entre los indecisos y los concienciados que defienden posturas de independencia ideológica.

Todos los expertos coinciden en señalar la importancia que tendrán en esta campaña los debates en televisión para comprobar la capacidad dialéctica de los aspirantes, su honestidad y su empatía con los problemas reales de los ciudadanos. Será una oportunidad única para que un gran número de electores se enfrenten, por primera vez en la legislatura, a un discurso político más extenso en duración (frente a los cortes de 15 o 20 segundos de los informativos) y sin que exista el filtro de los intermediarios (columnistas o tertulianos) favorables o detractores de los diferentes candidatos.

Debemos recordar que hace 14 años, en el primer y único debate de nuestra democracia, 18 millones de ciudadanos contemplaron al menos 15 minutos continuados de los enfrentamientos de Felipe González con Aznar. Aunque las cifras se reducirán en esta ocasión, y las cadenas que finalmente los transmitan pueden condicionar el porcentaje de espectadores totales, probablemente las audiencias superarán los 12 millones de individuos. Un dato récord en el panorama actual de la televisión en España. Y, si los partidos institucionalizan su celebración obligatoria en futuras elecciones, un paso decisivo para modernizar nuestra vida política.

Mi intuición, que probablemente fallará como casi siempre, me dice que habrá sorpresas en la recta final de la campaña y en los resultados definitivos. Una alteración profunda de lo esperado, en uno u otro sentido, obligaría a reflexionar a los partidos y, tal vez, nos permitiera cerrar definitivamente la etapa de consolidación de la democracia en nuestro país. Y es que en el futuro inmediato, queramos o no queramos, la fragmentación de las audiencias obligará a una segmentación de los mensajes electorales en función de los públicos a los que quieran dirigirse los partidos.

Como en el caso de la publicidad convencional, la propaganda también podrá, y tendrá, que afinar y concretar sus mensajes y sus propuestas, olvidando las generalizaciones y los tópicos. Ya no habrá justificación para los eslóganes genéricos, superficiales y demagógicos. Los líderes tendrán que dar respuestas convincentes simultáneamente a los problemas globales de la sociedad y al qué hay de lo mío, a las preocupaciones de los diferentes grupos en función de su situación laboral o familiar, su sexo, su edad o el entorno geográfico en que vive.

La acción política, y como consecuencia las campañas electorales, tendrán que ser más realistas, más imaginativas, más sinceras y más acordes con los problemas de los ciudadanos… Es decir, que por fin viviremos en España una etapa de auténtica madurez democrática.

Sí, reconozco que soy un optimista empedernido. ¿Pasa algo?

Eduardo García Matilla es presidente de Corporación Multimedia

© Mundinteractivos, S.A.

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Voto para el santo, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

Los socialistas lo basan todo en la estampita del líder y la enumeración de los milagros que hizo durante cuatro años. Sacan su cuerpo en procesión de mitin en mitin. Ya que lo de los huesos de las cunetas no les salió bien como marketing, exhiben la cara de montañista y de doncel de José Luis Rodríguez Zapatero, que tiene tipo para hacer de modelo ahora que ya es primavera en El Corte Inglés.

Felipe II, príncipe del Renacimiento, tenía en su alcoba de El Escorial un cuadro de El Bosco, pero ordenaba a sus pintores de cámara que pintaran cristos tenebrosos de bragas ensangrentadas. Se hizo seguir en la procesión hasta Toledo con los huesos de Santa Leocadia, cuando él mismo era ya un cuerpo purulento al que no podían seguir los frailes ni con la boca tapada. El Demonio del Mediodía conocía el fervor de este pueblo frailuno por los fetiches, los huesos, los sudarios, los milagros y los santos.

Esta España descendiente de aquella de ciegos de trova, pedigüeños de gollería, venteras con nalgas de ruedas de torno que se revolcaban con los frailes y los caballeros andantes, ya no espera las reliquias de los santos en procesión, pero sí los milagros del santo maquillado, con las cejas de grial, levemente anticlerical y antiamericano, el San Sebastián de las mariposas, como si el líder transportara los corazones de la militancia. Las estampas son los vídeos de hoy y los rosarios, los mecheros, los llaveros, las camisetas; con toda esa quincalla organizan una metafísica de la fidelidad y de la izquierda. Sacan El jardín de las delicias de la sonrisa y de los ojos inmaculados. Están convencidos de que ZP entrará en el debate de la tele como un cañón porque tiene buena imagen. Me comentan que aunque a Mariano Rajoy le han afeitado los pelos que le salían por el pescuezo y sólo es un poco mayor que Zapatero, en la tele parecerá su padre. La campaña de ambos es presidencialista, cuando sólo queríamos saber si sirven para primeros ministros. Manuel Sánchez, que sigue la caravana, dice que hacen cortos, vídeos urgentes para abuelos y niños. No piden el voto para el PSOE, sino para su faquir.

La izquierda criticó la ciega inclinación ante el carisma del dirigente después de los abusos del culto a la personalidad que radica en la concepción idealista de la Historia, según la cual las conquistas de los demócratas no se determinan por la lucha, sino por el genio de un gran hombre. Hoy no se recurre al gran timonel, sino al fetiche, el estado más arcaico de la piedad. He recibido una edición de Historia del anticlericalismo de Caro Baroja, fascinante, con un Quevedo ateísta y una Maritornes que encarna la Iglesia Católica. Menéndez y Pelayo, que no era precisamente Voltaire, definió la política española como una democracia frailuna.

Nos clavó.

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Catalunya cuenta poco, de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

Catalunya se hace oír, tal vez demasiado, pero no consigue ser escuchada y menos respetada o tratada como quisiera. En una democracia, la fuerza la dan los votos, pero empleados de cierto modo. De los cuarenta y cinco diputados que los catalanes mandamos al Congreso, que es mucho, tanto como un trece por ciento del total, veinticinco están sometidos a la disciplina del voto de los dos grandes partidos españoles y el resto vota lo que considera más conveniente a su formación, con la salvedad de que los dos de IC transaccionan un poco, no mucho, con IU.

Según el sondeo de La Vanguardia, la única variación prevista es que el nacionalismo pierde tres diputados, y los pierde ERC, dos a favor del PSC y uno hacia PP. Eso reduciría el conjunto de fuerzas con decisión autóctona de voto a un escaso cinco por ciento del Congreso.

Es bastante menos de lo que parece si lo miramos desde nuestros medios de comunicación. Claro que la capacidad de influencia de los más de veinte diputados socialistas no es nula. Son incapaces de romper la disciplina del PSOE pero el hecho de ocupar la Generalitat -y sufrir por tanto en propia carne el cúmulo de discriminaciones, incumplimientos y recortes en que consiste la política cotidiana- le lleva a ser algo más reivindicativos. Mientras gobiernen los socialistas, algo mejor tratarán a Catalunya, se supone, por ser sus compañeros los que reclaman. Pero el trato no pasa a menudo de las buenas formas, y a veces ni eso, pues los diputados del PSC son incapaces por completo de rebelarse. Y en el PSOE lo saben.

El panorama objetivo no es pues muy halagüeño. A la elocuencia de los números debemos añadir otros factores tanto o más negativos, tanto en la política como fuera de ella. En primer lugar, debemos considerar la división de las fuerzas del catalanismo. CiU y ERC están dominados por el afán de diferenciarse. Su obsesión es presentarse como el único capaz a la vez de plantar cara y obtener resultados tangibles a cambio de su apoyo -en exclusiva- al Gobierno. Contrasta esta división con la satelización de la política catalana. Eso tiene especial valor, ya que es paradójico, para los partidos nacionalistas. En efecto, CiU y ERC no sólo compiten por ser socio preferido del PSOE -que va con uno o con otro según le convenga-, sino por gobernar Catalunya de la mano del PSC. En este sentido, Artur Mas echa tinta pero no se ha desdicho de su órdago: o bien el PSOE sacrifica a Montilla y le entrega la Generalitat, o con CiU que no cuente. Si Mas se saliera con la suya -gobernar en Catalunya a cambio de apoyar al PSOE-, imaginen hasta qué punto y contra quién se enfurecerían los de ERC. Más allá de la anécdota, el hecho de fondo es que el enfrentamiento conlleva el arbitrio socialista y eso merma en gran medida las posibilidades de intervención en Madrid de los nacionalistas. ¿Qué remedio habría? No lo hay. En términos pragmáticos y en las presentes condiciones, que no se van a modificar, no lo hay. Si echan cuentas, observarán asimismo que ni en el inverosímil caso de ir unidos CiU y ERC y el PSOE casi empatar a diputados con el PP, los quince diputados previstos no serían imprescindibles. Zapatero podría seguir gobernando, con IU -concesiones a la izquierda-, el PNV -que sale barato a Solbes pues sobrepasa los topes del superávit- y algo del grupo mixto. Por si fuera poco, raro sería observar cómo CiU y ERC se alinean juntas y contra el PSOE, eso es a favor del PP, si no es de modo esporádico. Se mire como se mire, el precio de los votos nacionalistas es bajo. Menor que elpeso numérico de sus diputados. Una radiografía de la sociedad catalana no dice mucho más. Es cierto que ha aumentado mucho el número, ya mayoritario, de ciudadanos partidarios de incrementar el autogobierno. También es cierto que un sinnúmero de entidades otrora conformistas con tolo lo que nos venía de Madrid, han tomado el relevo reivindicativo que los partidos no estaban en condiciones de liderar. Pero el efecto comprobado es asimismo menor del esperado, incluso contrario al esperable, como se muestra en el caso del aeropuerto y el apoyo del Gobierno a la conversión de la T-Sur de El Prat en una plataforma de la T4 de Barajas, vía Iberia. También muestran lo sondeos que se refuerza el sentimiento preferente o exclusivo de pertenencia a Catalunya, pero como todos podemos observar, la identidad se difumina en el interior de una sociedad compleja y compuesta. Podríamos confirmar, en conclusión, que toma cuerpo y volumen la corriente de fondo favorable a las tesis del catalanismo. Sin embargo, en la superficie las aguas se mueven en dirección contraria o se estancan.

Catalunya ladra sin incisivos democráticos o molares sociales. El catalanismo gesticula sin mesurar el efecto contraproducente del exceso de aspavientos. Catalunya aparece a los ojos de España como altanera e ineficaz. Descubrimos con asombro que negar lo que pide tiene premio, no costes. Así, sin alternativas de mejora significativa, encaramos la próxima legislatura.

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Solbes gana el primer debate, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

ELECCIONES

El vicepresidente económico coloca a la defensiva a Manuel Pizarro

Pedro Solbes ganó anoche el primer gran debate cara a cara de la campaña del 9 de marzo, ante las cámaras 3. El vicepresidente se impuso con notable claridad a Manuel Pizarro, número dos de la candidatura del Partido Popular por Madrid, ex presidente de Endesa y fichaje estelar de Mariano de Rajoy.

Solbes manejó mejor los datos, adoptó un tono doctoral convincente y se esmeró en la transmisión de confianza a los televidentes, verdadera clave de la campaña electoral iniciada anoche con la ritual pegada de carteles en toda España. El vicepresidente consiguió lidiar, incluso, con una afección viral que le mantiene cerrado el párpado del ojo izquierdo, circunstancia no muy favorable a efectos telegénicos.

Pizarro centró bien los puntos de ataque del Partido Popular – temor social a la crisis económica, pérdida de confianza de los consumidores, oferta de bajada de impuestos, exhibición de la Comunidad de Madrid como gran paradigma del centroderecha español y la reclamación de una política de “unidad” para los próximos años-, pero se vio desbordado en varias ocasiones por la precisión y el rigor de Solbes en el manejo de los datos.

El ex presidente de Endesa, orador rápido e incisivo, pero todavía sin entreno telegénico, tuvo tres momentos de especial debilidad. Primer momento: cuando se vio obligado a reconocer que no podía asumir planteamientos anteriores del PP porque “no estaba allí” (Pizarro acaba de ingresar en el partido, de la mano de José María Aznar).

Segundo momento: cuando no se atrevió a defender unas recientes declaraciones de Eduardo Zaplana poniendo en duda la solvencia del sistema financiero español, especialmente de las cajas de ahorros, que han puesto los pelos de punta al Banco de España.

Tercer momento: cuando Solbes le recordó que hace unos años era partidario de la implantación en España de un sistema de pensiones privatizado similar al modelo chileno del general Pinochet. Pizarro lo negó con vehemencia y en aquel momento, Solbes, con pose de Peter Ustinov en una película de romanos, le mostró la portada del diario El Mundo,rotativo que siempre ha tratado a Pizarro con gran afecto, especialmente durante la opa de Gas Natural sobre Endesa, de la que logró salir claro vencedor.

Los puntos fuertes del discurso de Pizarro fueron la acusación al PSOE de vivir de las rentas del pasado y de no haber aceptado hasta fecha reciente la existencia de nubarrones económicos en el horizonte. “O han pecado de imprevisión o han ocultado la verdad a los españoles”, le espetó a Solbes. Pizarro consiguió moderar en la segunda parte del debate un rictus de excesiva seriedad, con un cierto fondo agresivo, cuando los contraplanos le mostraban en actitud de escucha.

El ex presidente de Endesa es un hombre de una gran preparación, posee una memoria envidiable y exhibe – con íntima satisfacción probablemente-, un carácter de hierro: en pocas palabras, es un hombre hecho a sí mismo, pero anoche mostró importantes lagunas en el arte de la esgrima política; un arte que no se aprende en un mes. Pizarro quiso decir demasiadas cosas a la vez. Exceso de velocidad en antena.

A favor de Solbes también jugó una de las leyes de la comunicación política; de la comunicación en general: no está saturado por los focos. No es un asiduo de los medios; se exhibe poco. Por tanto, pese a su larga trayectoria política, ayer logró sorprender con un buen manejo de la documentación y de la dialéctica. Esgrima lenta, pero certera.

Desde Bruselas, el comisario de Economía, Joaquín Almunia, eligió bien el día para anunciar un leve recorte de las expectativas de crecimiento de España en el 2008 (2,7%), datos que permiten defender la tesis del aterrizaje suave.Así lo hizo Solbes.

(Pasada la medianoche, un sondeo de Antena 3 corrobaraba la victoria de Solbes: 47,4% contra el 37,1% de Pizarro).

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La extraña campaña socialista, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

Es un tópico del análisis político que las elecciones no las gana la oposición, sino que las gana o las pierde el gobierno. Como todos los tópicos tiene mucho de falso, pero también un punto de realidad. Es la constatación de que por lo general la gente cambia de gobierno cuando lo considera mal orientado, agotado y sin resuello, independientemente de quien esté delante. Una de las curiosidades de esta larguísima precampaña electoral es que los socialistas parecen dispuestos a invertir este argumento. La música de su precampaña estaba pensada no tanto para ganar las elecciones por sí mismos, sino para que las pierda la oposición.

Hay inercias difíciles de superar. La derecha española, cuando se pone borde -y lo hace a menudo-, es tan bestia que es muy fácil para sus adversarios asustar a la gente con el retorno del lobo. De hecho, en las zonas de sombra de la conciencia de los dirigentes socialistas siempre estará presente la campaña del dóberman que, en 1993, les permitió salvar unas elecciones que era casi imposible ganar por el enorme desgaste del Gobierno y su entorno. La tentación del dóberman, debidamente alimentada por el hacer cotidiano de la derecha, acude sin falta a todas las campañas.

Pero no sólo es esto. El Gobierno ha gastado muchas energías en justificarse, que es una actitud conservadora que siempre acecha al que está en el poder, pero que no es la mejor manera de motivar a los electores, que ya han hecho su criba de lo bueno y de lo malo. La autojustificación ha tomado a menudo una forma irritante: la modulación de los mensajes, rectificando cada vez más su estrategia hacia posiciones moderadas, como si la presión de la derecha hubiese hecho mella.

Zapatero llegó con la propuesta de hacer reformas de gran calado en nuestra democracia. Y efectivamente empezó con un gran impulso que él mismo después ha mitigado, frenando los procesos que había abierto. En cuatro años no se puede hacer todo. ¿Por qué, en vez de explicarnos la continuación del proceso reformador y los objetivos que conseguir, se apunta al principio conservador de las rebajas fiscales y del reparto del dividendo del superávit del Estado? La precampaña del PSOE -y no parece que la campaña vaya a ser diferente- se ha articulado sobre dos ejes: el miedo al retorno del PP, perfectamente fundado, desde luego, y la figura de Zapatero. Es arriesgado. Entre otras cosas, porque Zapatero ya no es el joven político que representaba un cambio de estilo y una ruptura generacional, sino que ha dejado varios jirones de su magia personal en el ejercicio del poder. ¿Dónde están las ideas políticas?

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“No callaré” (veremos), de José María Izquierdo en El País

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

La izquierda gobernante ha optado estos cuatro años por el buen talante. Mientras, el PP ha ejecutado una virulenta oposición en la que nada ni nadie se ha salvado. ¿Se puede luchar con un florete contra un Kaláshnikov?

Es un horror: moriremos aplastados por tanto corrimiento de tierras en esta inacabable búsqueda del centro imposible”, profetiza, asustado, el pobre José K., viejo militante de izquierdas, ante el espectáculo de la búsqueda salaz del votante, que comienza por una ligera y cursi morisqueta, un pícaro guiño de ojitos, acaso un aletear de pestañas, para llegar, a lo largo de un tortuoso camino, a lo violentamente obsceno y pornográfico. Ya lo dice José K.: se empieza cediendo un pasito en lo ideológico -dejando de leer los Grundrisse, por ejemplo- y se acaba devolviendo impuestos, vaya usted a saber por qué, a directores generales y consejeros delegados, como ha anunciado tan ufano nuestro joven presidente.

Todo parte, como muy bien nos ha contado el maestro Vidal Beneyto, de este tsunami de pensamiento líquido, sin principio (o sin principios) ni fin (o fines), que nos ahoga. Un remanso de continuidad entre derecha e izquierda, un fluir sin sobresaltos, un canto continuo al disimulo, que nadie note lo que somos, lo que queremos y lo que defendemos. Mejor el centro, confuso y difuso, en el que nunca falta el oxígeno para el situacionismo. ¡Santa Angela Merkel, acógenos en tu seno, como ya hiciste con los pecadores socialdemócratas! “De vegades la pau no és més que por”, se dice, autoexaltado, nuestro vetusto José K. que apenas si entiende qué está pasando. Porque no comparte -¿cómo va a hacerlo quién se ha tirado luchando a brazo partido tantos años, peleando por la dignidad, enfrentándose a represalias sin cuento?- esta simpleza que proclaman estos alegres jóvenes y modernos: las izquierdas somos muy educadas y pacíficas y siempre respetamos al adversario. Es más: no es que lo respetemos, no, es que lo queremos, lo amamos, lo sobamos y lo besuqueamos. Cualquier cosa con tal de no defender nada, de no enfadar a nadie, de mostrar nuestra mejor sonrisa ante los colmillos del lobo. Lobo sí, le decimos, pero venga acá y deme usted un abrazo, mi amigo.

Qué cosa más estúpida, se indigna José K. Y, además, táctica condenada al fracaso, como la historia se ha encargado de demostrarnos durante siglos -muerte, injusticia y hambre en medio mundo-, pero también como nuestra miserable vida diaria se encarga de golpearnos con fiereza. Hasta llegar a estas fechas, tan próximas a las elecciones, en las que el mismo joven presidente pone cara de estar muy, pero que muy enfadado para gritar un enérgico “No callaré”. Veremos y a buenas horas, mezcla José K, cuatro años amargado ante el silencio de tanto cordero. Si la izquierda hubiera sido como en mis tiempos, señala con voz ya agitada, de qué les hubiéramos dado no ya cuartelillo, es que ni casilla de parchís ni escaque de ajedrez donde replegarse. Pero no. Se les cuida y atiende, e incluso a sus heraldos mediáticos se les recompensa con larguísimas entrevistas y pertinaz presencia en la televisión pública. ¡Respeto, mucho respeto a nuestros enemigos!, que aquí está la izquierda cariñosa. Qué digo cariñosa, mimosa.

Así que José K. se indigna, y erre que erre, sigue desgranando algunas filigranas de esta hornada de jóvenes cachorros. Vean, por ejemplo su actitud con la Iglesia Católica. Admiren su beatífico dónde pongo el otro moflete, su ilustrísima, cuidado no se vaya usted a enfadar, su reverendísima. Así ha sido su reacción, señala, ante estos obispos y cardenales tan retrecheros y castizamente españoles, recién sacados de un almacén de guardarropía del siglo XV, empeñados en salvarnos de nuestros demonios. Tan de antiguo vienen que ni tan siquiera son conscientes del paso del siglo de las luces.

Sólo por el error de insistir en tan fútil creencia de la estúpida bonhomía, y no rematar la faena cuando era menester, es por lo que tenemos que pagar la penitencia, vuelve a levantar el tono José K., de sufrir como luminarias del principal partido de la oposición al trío que ustedes tan bien conocen. Y no, no esperen -se enfada- que me olvide del ex presidente de procedencia madrileña, acento de Texas y nómina australiana, coquetas melena y bufanda al viento. Cá. Por no sacar en su momento todas sus vergüenzas al aire -tantas como eran- aún hoy tenemos que soportar sus chulerías, recitadas, recuerda nuestro interlocutor, con el aplomo y la cara de mármol que aportan tantos años de ser los amos del poder, mientras los demás les robaban lo que por derecho divino, faltaría más, les pertenece: haciendas, vidas y mando supremo.

Y aquí, cuando habla de la oposición, es el momento en que José K. se descompone, aunque no debe: ya tiene la tensión disparada, atoradas las arterias, el azúcar un poco alto y el ácido úrico por las nubes. Pero es que, se atropella a sí mismo, la derecha juega en otra cancha y con otras armas. Tú eliges raqueta y ellos bate; optas por el florete y ellos se quedan con el Kalashnikov. Crees en la palabra y ellos en el garrotazo, se sulfura José K., antes de que le pidas callar cuando observas la vena del cuello y la frente enrojecida. Se mesa la blanca y frondosa barba -porque viste barba, claro- y los ojos se le aceran. José K. recupera su mejor voz tronante de delegado de Políticas para enumerar, sólo enumerar, cuatro grandes temas que considera suficientes para dar la medida de la gaviota, a la que añade el calificativo de carroñera.

Primero, el 11-M. Qué se puede decir de unos señores, porque son ellos mismos quienes dirigían las fuerzas de seguridad cuando se produjo el mayor atentado de la historia española, con 190 muertos y miles de heridos, que no sólo no dimitieron y se borraron de la escena pública, como la mínima decencia exigía, sino que además, ya vocifera José K., se permiten sembrar dudas sobre su propia policía en connivencia con el joven presidente. ¡Qué bárbaros! O la negociación con ETA. El de las Azores “dio la orden” de negociar con ETA. Hizo arrumacos a los terroristas, les llamó liberadores de su pueblo y les acercó a los presos cerquita, muy cerquita, de sus caseríos, con la ayuda de algún obispo. Y ahora, clama José K., se han tirado meses y meses criticando a los socialistas, junto con la Conferencia Episcopal y el orate de su publicista radiofónico por hablar con ETA. ¡Qué bárbaros y qué desvergonzados!

O vayamos al caso de Leganés: han paseado por el barro el nombre de unas decenas de profesionales de la medicina, médicos y enfermeras, han puesto en solfa el sistema público de sanidad y, lo que es peor, han dejado sin cuidados paliativos a un número indeterminado de enfermos que han muerto sufriendo. Para demostrarse, después, la falsedad de las acusaciones. Ni una ceja se les ha movido a los piadosos dirigentes madrileños de la gaviota, que tan frescos y pimpantes presumen de haber cumplido con su deber. Nuestro amigo, tres escalones más en la escala de la indignación, suma improperio: ¡Qué bárbaros, qué desvergonzados, qué mala gente!

José K. remata su apresurado resumen con este último episodio de los camareros que no le sirven la copita como se debe a don Miguel -“este es su fino, señorito”-, con las ecuatorianas que cuidan a nuestros ancianos y se atreven a hacerse mamografías o, recuerda indignado el acusador, el magnate eléctrico que se hizo multimillonario y que se atreve a relacionar delincuencia con inmigración. ¿Podríamos hacer un recuento de cuántos chóferes, cocineras, jardineros, cuidadoras de niños o ancianos tienen en sus casas los dirigentes gavioteros? ¡Qué bárbaros, qué desvergonzados, qué mala gente, qué miserables!, remata José K., ya de color púrpura y voz de cazallero.

Tras cinco minutos de acompasar la respiración, ojos cerrados, inmóvil frente al mármol de la mesa del café de toda la vida, sorbo de agua va, sorbo de agua viene, José K. se despide con un sapo -y pensar que volveré a votar a estos chicos …- y un brevísimo apunte: José K. ha visto a Manuel Marín con trenka y se ha puesto muy contento, porque el próximo ex presidente del Congreso se va a dedicar a cosas del cambio climático, que es asunto del gusto de gente moderna. No todo está perdido, dice José K., mientras recoge su trenka verde y paga el cortadito a un rumano que ni le da las gracias por la propina…

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El tinglado de la nueva farsa, de Javier Ortiz en Público

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

Anoche empezó la campaña electoral. Rectifico: anoche se iniciaron las dos semanas legalmente asignadas a los partidos políticos para que hagan campaña electoral. Porque todos sabemos por abrumadora experiencia que hace ya meses que la campaña electoral está en marcha.

La mayoría habla de esa evidencia con hastío: “¡Menudo peñazo nos están dando!”.  A mí la murga electorera también me aburre, por supuesto. Me abruma su inacabable ritual monocorde, tan propicio a las caricaturas, a las simplificaciones demagógicas y a las referencias personales burdamente faltonas.

Pero lo que me preocupa más de esta larguísima campaña de meses y más meses de mítines por toda España, de espectáculos llenos de gorras, banderitas, pancartas y pins, de vallas callejeras, de publicidad descarada o implícita en prensa, radio y televisión (de omnipresencia diaria, en suma), no es su carácter soporífero sino, muy en especial, el hecho de que ha convertido más que nunca las elecciones, formalidades aparte, en una pugna sólo accesible para los dos partidos que ya tienen en sus manos un muy importante poder decisorio, lo que hace que sus arcas puedan afrontar tamaño dispendio, sea porque están ya bien abastecidas, sea porque pueden estarlo aún más y mejor gracias al apoyo de quienes dan por hecho que seguirán teniendo un peso decisivo en el porvenir inmediato.

Considerando el objetivo de La Moncloa como el crucial, lo que vivimos desde anoche es el tramo final de una subasta que ya ha ido dejando fuera de juego a los que no estaban en condiciones de pujar tan alto.

Es un círculo vicioso: sólo puede aspirar a ser importante mañana quien ya lo es hoy. La maquinaria supuestamente democrática se perfecciona cada vez más para favorecer el bipartidismo a todos los niveles. Del bipartidismo de nuestro tiempo, cuyo modelo más acabado es el de los Estados Unidos de América.

Estamos ante la expansión incontenible de la moderna plutocracia, en la que, como sucede con las grandes corporaciones empresariales, no hace falta que el propio ejecutivo sea muy rico. Él basta con que represente bien el papel que le corresponde en el tinglado de la nueva farsa.

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Microdebate macrocoñazo, de Nacho Gay en El Confidencial

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

Ésta es la crónica de un fracaso anunciado, de un careo absurdo, de un tostón predecible. Ésta es la historia de un mitin opaco, de una patochada catódica, de un diálogo de besugos. Confirmado: un debate económico es lo más ‘antitelevisivo’ que ha parido madre. Sobre todo si los contendientes están más preocupados por sacar a pasear su erudición keynesiana que por comunicarse con quienes en verdad debían haberlo hecho, sentados al otro lado de la pantalla.Les diría quién ganó la contienda, pero sinceramente no tengo ni la más mínima idea, porque se me escaparon todas al vuelo. Me perdí en un mar de conceptos micro y macroeconómicos que me anularon intelectualmente. No quiero ni imaginarme, pues, lo que debió sacar en claro de esta charla entre adictos al petróleo una madre de familia con tres churumbeles y un carro de la compra con las ruedas más desgastadas que la imagen pública de Magdalena Álvarez. Nasti de plasti.

Comenzó el debate a eso de las diez, aunque Antena 3 ya llevaba dando el coñazo media hora con los prolegómenos. La cadena de Carlotti no quería posicionarse, así que eligió un plató blanco inmaculado para evitar suspicacias. No pudieron construir algo más hortera, más virtual, más falso. Aunque seguramente lo intentaron. De todos modos, el escenario no desentonaba del todo con los charlatanes que habían invitado y con lo que ambos iban a soltar por esa boquita que Dios les ha dado.

En el medio del cotarro colocaron a Matías Prats, convidado de piedra a esta charla sin ley. A su derecha, Manuel Pizarro, un hombre que tiene una piñata que ni la del cumpleaños de la hija de la Preysler. Siempre que él abría la boca, yo me escondía debajo de la mesa. Tiburón, tiburón. Y a su izquierda, Pedro ‘el pirata’, que se ha quitado recientemente el parche, pero que conserva intactas las formas. Cada vez que Antena 3 le hacía un primer plano, perdía medio millón de espectadores. Un ojo a la virulé tuvo la culpa. Según informan fuentes de reconocida solvencia a este periódico -siempre he querido escribir esto-, Solbes se metió el dedo en el ojo cuando intentaba imitar el gesto que los intelectuales de la patria han puesto de moda para la campaña pro-ZetaCeja.

El ministro me cayó gordo, gordísimo. Entre otras cosas, porque cada vez que tomaba la palabra me tocaba subir el volumen del televisor. Su hilillo de voz era la mejor metáfora de su aislamiento, pues en ningún momento fue consciente de dónde se encontraba y de que tras las cámaras que le enfocaban había españolitos de a pie intentando descifrar su discurso. Realizó su speech y se fue a casa. Con tono solemne, profesional y agresivo. Apoyado en miles de datos cuyo conocimiento justificaba el puesto que ocupa en la Administración. Claro que a mí y a otro 98% de los españoles nos podía haber cantado misa y nos hubiésemos quedado tan contentos. De ahí la imposibilidad y la inoperatividad de este debate.

Por el contrario, Pizarro se mostró mucho más cercano y menos pendenciero. Fue su principal acierto. Pero su discurso resultó infinitamente más demagógico, pues una cosa suele ir unida a la otra. Aunque sin duda su mayor error -también por momentos el de Solbes- fue no haberse estudiado previamente del todo la materia, lo que le llevó a leer en directo los textos que había escrito en diferido. Aquello parecía una parroquia. Una exposición de octavo de EGB. Ya desde el inicio, cuando Pizarro saludó a Prats y realizó un pequeño parlamento introductorio, dejó patente que no es un tipo ducho en estas lides. “Estoy muy contento de estar aquí esta noche”, sentenció. Le faltaba la bata de cola.

Era de esperar que los oradores orasen y el moderador moderase. Pero de lo primero mucho y de lo segundo poco. Prats, el periodista más sobrevalorado de la historia reciente, estuvo allí pero como si no hubiese estado, pues se limitó a dividir en tres partes el debate y a dejar hacer a los protagonistas. El primero de esos tres segmentos versó sobre ‘grandes datos’, el segundo sobre economía familiar y en el tercero yo ya estaba en el quinto sueño. Cuanto más opaco se hacía el careo, más necesaria era la presencia de un tipo que gestionase el tráfico de grandilocuencias verbales. Pero me da en la nariz, sinceramente, que Matías estaba más perdido que yo, el pobre.

¿Que quién ganó ayer el debate? La audiencia eligió a Solbes. Lo supimos a eso de las 00:30, mediante un sondeo realizado por Demoscopia. Ya me contarán qué fiabilidad puede tener un sondeo elaborado en una hora… Pero bueno, aceptamos barco como animal de compañía. Entre otras cosas, porque es completamente cierto que Solbes estuvo en todo momento mejor plantao en el escenario.

¿Que quién ganó ayer el debate? Yo en particular ni lo sé ni me importa. Aunque tengo bastante claro quién lo perdió. Habrá que esperar para ver qué dicen los audímetros, pero a mí me da que la gran derrotada anoche fue Antena 3.

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Debate en el club, de Germán Yanke en Estrella Digital

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2008

Trajes oscuros aunque de distinto tono. Camisas azules aunque de distinta intensidad. Corbatas azules más oscuras, aunque de diverso diseño. Pedro Solbes y Manuel Pizarro se presentaron en el debate sobre economía de distinto modo, pero, como se ve, con ciertas coincidencias. Y la confrontación sobre los grandes números de la economía no consistió en debatir sobre el modelo, sino sobre la gestión, en la que intercambiaron puntos de vista sobre la percepción de las cifras, pero no sobre el diagnóstico de los problemas. Pizarro enarbola la cifra de la inflación y Solbes sostiene que el diferencial con los países de la Unión sigue siendo el mismo que en el 2004. Pizarro plantea el déficit comercial y Solbes contesta que las exportaciones españolas no han perdido cuota. Ambos coinciden, por otra parte, que el modelo “ladrillo y consumo” se ha agotado.

Claro que el candidato del PP subrayó ya desde el comienzo la disminución de la confianza de los ciudadanos. Para el PP, el efecto de la inflación, la subida de las hipotecas y el aumento de la presión fiscal hacen que las familias pierdan capacidad adquisitiva y padezcan la “crisis”, que para el PP son, en palabras el vicepresidente, “turbulencias”. Pizarro, a pesar de lo de la crisis, no utilizó un tono catastrofista e incluso el aire bizantino y elegante del debate hizo que ambos lanzaran puyas contra los demás. El popular se refirió a las dificultades de Solbes con sus colegas en la contención del déficit y el vicepresidente habló con ironía de los expertos económicos del PP que le daban los datos a Pizarro.

Así entraron en la reforma fiscal ya que Solbes considera que no podrá haber estabilidad y superavit si se llevasen a cabo las rebajas fiscales anunciadas por el PP. Pizarro quiso ponerse bizarro en el ahorro (el piso de Bermejo, el dinero de ANV, etc.) y no insistió en lo que apuntó: que el mismo debate se produjo en el 2004 con Rato y que la rebaja fiscal del PP produjo más actividad económica y, así, no disminuyeron los ingresos ni se produjo déficit. Pero para todo, pensiones incluidas, el quid parece ser el crecimiento y el candidato popular no confía en las previsiones gubernamentales. Pizarro insiste en lo que le viene bien (la falta de confianza, es decir, que “el riesgo de la economía son ustedes”, el PSOE) y Solbes en lo que le conviene: si se habla de encuestas, los sondeos indican que los españoles, aún con sus problemas, creen que los socialistas son mejores para gestionar la situación.

En la última parte sobrevoló la discusión un cierto planteamiento general en el que se incluiría la política económica: la certidumbre de una Justicia moderna y eficaz, la educación, la investigación, las infraestructuras como un plan de cohesión nacional, etc. Pero sólo sobrevoló para volver a las diferencias en la reforma fiscal o, más bien, a las propuestas de rebajas fiscales que Solbes contrapone con las políticas sociales, en lo que Pizarro discrepa abiertamente. La tentación, de ambos, era hablar de demasiadas cosas y los temas candentes (el paro, la Seguridad Social, etc.) se desvanecían en tan amplio catálogo.

El debate venía precedido de una campaña mediática sobre el dinero —mucho— que Manuel Pizarro había obtenido en su paso por Endesa. Hubo un momento en el que estuvo a punto de saltar la cuestión en el plató de Antena 3 (cuando el popular hablaba de la reforma del piso del ministro de Justicia y el vicepresidente, que lo tachó de demagogia, dijo que, si su contrincante lo deseaba, se podía hablar también de otras cifras que aparecían en los periódicos) pero quedó en eso. Discrepan, es evidente, pero se tienen respeto. Ante varias sugerencias se dijeron uno a otro: “pues bienvenido al club”. El secreto no parece, tras una hora de intercambios, las grandes propuestas, por importantes que sean, ni, en el fondo, el diagnóstico, sino ofrecer una sensación de ser más capaz que el adversario para resolver las cosas adecuadamente. Pizarro puso el dedo en algunas llagas y Solbes se defendió bien. Pizarro planteó el sustento de su doctrina y Solbes se mostró, por decirlo de algún modo, más gubernamental y no porque esté ahora en el Gobierno, lo que se puede considerar, quizá, una ventaja.

Dudo de que el debate haya cambiado la intención de muchos votantes porque, en la batalla de la confianza, no sabría decir quién resultó vencedor, quizá porque no soy del club.

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