Reggio’s Weblog

Geografías de desconfianza, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Economía by reggio on 19 febrero, 2009

Constatamos grados distintos de confianza y desconfianza en estos días de cuaresma anticipada. El martes se publicaba la noticia de la suspensión de la liquidez del mayor fondo de inversión inmobiliaria de España, en manos del Banco de Santander. La suspensión se atribuye a la masiva demanda de reembolso que se produjo, lo que obligó a la entidad a suspender por dos años la devolución del dinero de los inversores. Un ataque de desconfianza que, probablemente, fue contaminando las credulidades de unos y otros hasta generar esa masiva demanda de retorno. En el sector inversor la confianza está por los suelos y se acentúa la necesidad de encontrar remansos de seguridad ante el riesgo generalizado. Crece sin parar el valor de los metales refugio. El precio del oro ha subido más del 7%, pero esa cifra queda corta ante las subidas de la plata (20,5%), el platino (14,5%) y el paladio (15,6%). Cuando todo es inseguro, en una economía cada vez más liquida, vuelve la confianza en lo sólido. Leemos que en los mítines de los partidos políticos que concurren a las elecciones en Galicia y el País Vasco no son pocos los ciudadanos que abordan a los líderes obligándoles a bajar de sus pedestales y, muchas veces ante las cámaras delatoras, responder a preguntas complicadas sobre por qué alguno no cobra el desempleo, o aquel otro que se queja de la excesiva precariedad, o esa anciana que afirma que la pensión se le acaba cada día 20 de cualquier mes. Es tanta la desconfianza que se está generando estos días con la sucesión ininterrumpida de escándalos de todo tipo, que uno se pregunta a cuánto estaría la cotización de la política institucional y partidista en una hipotética IBEXPOL o bolsa de valores políticos. Los ahora atacados e implicados responden con rencor que los acusadores de hoy fueron los implicados de ayer. Y así, nadie queda incólume. Las encuestas de confianza en los líderes deberían cambiar el rango en el que situar cada líder (ahora establecido en una escala de 0 a 10) y buscar una gradación menos hiriente, ya que el que más confianza atesora apenas si supera el aprobado pelado.

Las geografías de la confianza y la desconfianza son hoy tremendamente distintas de las que eran hace sólo unos meses. Los capitanes de empresa, los inversores que presumían de buenos contactos que aseguraban ganancias seguras y cuantiosas, tratan ahora de pasar desapercibidos. Las otrora respetadas agencias de calificación de riesgo soportan estos días esa mirada hiriente, mezcla de sospecha y rechazo. ¿En quién confiar? ¿El Santander? ¿La Caixa? ¿Madoff? En el otro extremo, aquellos que deambulan por la vida sin excesivos amortiguadores, los que se buscan la vida a diario, van detectando ligeros empeoramientos de su ya difícil situación. Parecía que peor no podían estar, pero iban trampeando. Ahora la situación se hace aún más complicada, pero en un hipotético termómetro de riesgo, la señal de alarma es apenas un poco más roja de lo que ha sido habitualmente. Los niveles de confianza entre las personas han ido bajando constantemente y los trabajos de Ronald Inglehart son en este sentido concluyentes. Más al sur, más católicos, más coloreados de piel, menos confianza en las instituciones, menos confianza en que alguien se ocupe de uno. Sólo los que comparten miseria y desesperanza comparten esporádicamente lo poco que tienen.

El estudio de opinión que realiza periódicamente la empresa GESOP (www.gesop.net) y que dirige Àngels Pont confirma que el impacto de la crisis afecta a todos, pero no a todos de la misma manera. Casi tres cuartas partes de los inmigrantes afirman haber recibido impactos negativos de la crisis económica. Más los mayores que los jóvenes. Casi el 8% de los 1.600 residentes en Cataluña encuestados manifiestan una gran desconfianza en mantener sus empleos. En octubre esa cifra era del 6,5%. La desconfianza es mayor cuanta más edad se tiene y menos estudios se declaran. La confianza en que la salida de la crisis esté cerca baja por momentos. Como afirmaba hace unos días Paul Krugman, nos costará salir de ese decenio en el que muchos hemos pensado que éramos más ricos de lo que realmente éramos y hemos actuado como si nada pudiera alterar esa situación. Los impactos psicológicos son mayores para aquellos que más acomodaticiamente habían adaptado sus costumbres a ese espejismo y ahora el pago de la deuda será largo. Lo lamentable es que las oleadas de optimismo y confianza llegaron tardíamente a personas que lo tienen ahora más difícil para sacudirse esas hipotecas del decenio confiado. En la célebre obra de Jane Jacobs sobre las ciudades norteamericanas, se habla de la capacidad de mantener “seguras” las calles, no tanto por la mayor o menor presencia de la policía en ellas, sino por esa mezcla de ojos vigilantes en aceras concurridas. Existe, dice Jacobs, una red informal de confianza pública que mantiene niveles de seguridad aceptables y que constituye la base de cualquier acción colectiva. No podemos seguir confiando en delegar nuestra capacidad de vigilancia en ojos que han demostrado poca fiabilidad. Sólo la movilización social y la desconfianza activa pueden ir modificando una situación que se adivina larga.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Nosotros, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2009

Vivimos tiempos de introspección. Cuando la crisis aprieta, buscamos a los nuestros para encontrar cierta seguridad ante tanta incertidumbre. Algunos trabajadores británicos se movilizan para reivindicar que los primeros en contratar sean “británicos”, aunque no esté muy claro a estas alturas qué quiera decir eso. En Italia se asiste a la creciente deriva xenófoba de la coalición de derechas, con un protagonismo esencialista de los dirigentes de la Lega Lombarda, cuyos ministros en el Gobierno presionan a los médicos de la sanidad pública para que denuncien a los enfermos sin papeles. Las elecciones en Israel han catapultado las opciones más sionistas, como reacción de una parte de la opinión pública ante la aparente incomprensión que el mundo ha tenido con relación a la ofensiva en Gaza, fundamentada aparentemente en la autodefensa. Las últimas encuestas en España apuntan a un repunte de la preocupación por la presencia masiva de inmigrantes en nuestro país, en momentos de profundo pesimismo sobre el inmediato porvenir. Después de años de exaltadas defensas del cosmopolitismo y la globalización, parece producirse un repliegue defensivo en el que cada quien encuentra la calidez de los estereotipos con los que desde siempre hemos ido definiendo a los nuestros y a los otros, conceptos estos que vamos utilizando de manera utilitaria y cambiante, en la medida en que nos interesa o conviene.

El futuro de Europa depende, en buena parte, de la capacidad conjunta de encontrar rasgos suficientemente amplios e inclusivos para que las distintas mentalidades, intereses y tradiciones puedan encontrar acomodo, pero sin que ello diluya el nosotros europeo hasta tal punto que carezca de toda capacidad explicativa y de toda capacidad de construir un demos, un pueblo compartido. En un libro reciente, el profesor catalano-alemán Peter Kraus (A union of diversity. Language, identity and polity building in Europe, Cambrige University Press, 2008) trata de dilucidar estos aspectos centrándose en los temas de identidad y lengua. Kraus parte de la hipótesis de que la vía tecnocrática y utilitaria hasta ahora utilizada para ir avanzando ha dejado de ser viable tras las continuas ampliaciones y los propios límites que la actual situación económica genera en la capacidad de redistribuir riqueza y vender así Europa. Pero si la vía de los outputs está agotada, la alternativa implica ser capaces de construir un nosotros que exprese los lazos comunes y al mismo tiempo respete la intrínseca diversidad a la que nadie quiere renunciar. El eslogan europeo Unidos en la diversidad es mucho más fácil de proclamar que de ser convertido en práctica institucional. La historia de la construcción europea está plagada de desaguisados con relación al licor de kirsch, las salchichas alemanas o el champaña francés. Y tenemos el ejemplo más reciente de todo ello en la furibunda y comprensible reacción de los ciudadanos de Berga o la pléyade de grupos de diables en toda Cataluña, ante la pretensión de suprimir de un plumazo regulador una tradición que afecta a la identidad de muchas comunidades locales. ¿Quiénes son ellos (Bruselas) para meterse con la manera de ser nosotros (los catalanes)?

Si dejamos a un lado la pretensión de convertir la Unión Europea en algo superior a los estados-nación y simplemente la entendemos como un segundo orden constitucional, que cumple funciones y genera espacios políticos distintos a los tradicionales del orden de Westfalia, lo que deberíamos imaginar es cómo complementar sus importantes funciones regulatorias y financieras con algo más de sentido de pertenencia. Y en este sentido, la crisis muestra una vez más sus potencialidades como oportunidad. Hasta hoy lo que vemos es una carrera desenfrenada de cada país por ver cómo salva los propios muebles y de algunos dirigentes por sumar puntos de liderazgo personalista, mientras que la capacidad conjunta de respuesta europea como Unión está siendo muy débil. Tantos años de debate sobre cómo relacionar diversidad cultural y ciudadanía democrática no han conducido a grandes avances. El déficit democrático europeo es un déficit de demos. No hay sentido de pertenencia ni lazos de solidaridad interestatales. Mientras, la participación en las instituciones europeas desciende y nos seguimos refugiando en mitos estatales que sabemos insuficientes y obsoletos para enfrentarse a problemas de orden financiero global. Sabemos que cada vez más nuestros problemas coinciden con los problemas de muchos otros, pero seguimos aferrados a ese nosotros de geometría variable que vamos administrando según nos conviene. La propia ceguera de unos y otros, la incapacidad para aceptar la diversidad, reconocerla y elevarla a la necesaria institucionalización federal, nos encierra en alternativas con poco recorrido. Seguimos buscando un nosotros westfaliano ante una realidad que sabemos que necesita respuestas de otra escala y magnitud.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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¿Zapatero 2-Municipios 1?, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 29 enero, 2009

El pasado fin de semana se cerró el plazo para que los municipios españoles presentaran sus proyectos para beneficiarse del Fondo Estatal de Inversión Local. Este fondo es una de las medidas estrella y más directas del Gobierno de Zapatero para combatir la crisis y el desempleo, con una dotación de 8.000 millones de euros con los que se piensan generar unos 400.000 empleos, entre directos e indirectos. La acogida ha sido entusiasta. Los 31.000 proyectos pendientes de valorar han sido presentados por la práctica totalidad de los ayuntamientos españoles. Sólo cinco de los 8.112 municipios no han acudido a la convocatoria: un triunfo a la búlgara. No sabemos si el éxito y la buena acogida se deben al acierto de la medida o más bien reflejan la patética situación en que se encuentran las finanzas municipales en buena parte del país. Lo cierto es que a nadie le amarga un dulce. Es importante destacar que los 8.000 millones dedicados a este plan extraordinario duplican los fondos estatales previstos para los municipios en los Presupuestos Generales de 2009. De hecho, la Federación de Municipios y Provincias llevaba mucho tiempo reclamando que se incluyera a los gobiernos locales en el debate de financiación entre Administración central y comunidades autónomas, y buenas palabras al margen, lo cierto es que las previsiones presupuestarias de 2009 dedicadas a los municipios rebajaban lo que se había obtenido en el año 2008. Y de pronto, como si el Gobierno de Zapatero hubiera recibido una señal del cielo, en el último Consejo de Ministros del pasado mes de noviembre se anunció la lluvia de millones a los ayuntamientos.

Es evidente que la alternativa adoptada por el Ejecutivo resulta a todas luces inteligente. Por una parte, articula una medida generalizable a todo el conjunto del país, a la que puede acogerse si quiere cualquier municipio, sea cual sea la fuerza política gobernante. Ergo, difícilmente van los partidos de la oposición a enfrentarse a una medida que beneficia directamente a la capacidad de ejecutar proyectos y realizar mejoras del conjunto de los gobiernos locales del país, desde los gobernados por el PP hasta los liderados por ANV. Por otra parte, las condiciones exigidas para presentarse a la convocatoria aseguran una ejecución rápida y, por tanto, se pueden obtener en pocos meses efectos significativos en empleos generados, sin que el Ejecutivo se despeine. Mientras, en cambio, los más de 30.000 millones de euros previstos en infraestructuras de gran calado, cuya responsabilidad recae directamente en el Gobierno central, incorporan una complejidad tal en su licitación y contratación, que sólo podremos valorar su conveniencia a partir de 2010 o 2011. Evidentemente, en caso de que las cosas no funcionen, el Gobierno del Estado no tiene por qué sentirse responsable. La buena obra está hecha, la oportunidad servida, y en todo caso, lo que puede fallar es la capacidad de los municipios de aprovechar la operación. Una de las condiciones que obligatoriamente deberán cumplir los municipios es colocar un cartel en cada obra que ejecuten a cargo de los fondos mencionados, en el que se haga constar que la obra es posible gracias al “Gobierno de España”. Finalmente, el Gobierno del Estado sigue los consejos de expertos progresistas de todo el mundo, liderados por Paul Krugman, que aconsejan utilizar la capacidad inversora de los poderes públicos para invertir en empleos y en proyectos enraizados localmente, que generen sinergias positivas y difícilmente deslocalizables.

Los municipios tampoco pueden quejarse. Peor no están. Siguen con sus problemas endémicos de subfinanciación, de un minifundismo técnico y administrativo que, si tienen menos de 25.000 habitantes, los sitúa en una clara inferioridad técnica y de capacidad de implementación con relación a otros municipios de mayor tamaño y con mejor estructura de gestión. Pero al menos ahora tienen dinero fresco e imprevisto para hacer cosas en mitad de su legislatura que seguro que, de hacerlas mínimamente bien, los sitúan en mejor posición que antes para la reelección. El problema es averiguar si muchos tienen la capacidad de gastar en tiempo y forma lo que se les ha concedido. No tenemos aún datos concretos sobre el tipo de proyectos presentados, pero las restricciones de la convocatoria (proyectos de un máximo de cinco millones, vinculados a tamaño de población y que ya estuvieran mínimamente pensados para afrontar la urgencia) auguran que encontraremos de todo y mucho. Seguro que hay mucha vialidad, mejora de espacios públicos, eliminación de fronteras para discapacitados y pequeñas obras o mejoras en infraestructuras. Oía el otro día al alcalde de Zugarramurdi, en Navarra, a quien llamaron como representante de uno de los cinco municipios que no presentaron proyecto alguno a la convocatoria, afirmando que sí lo habían presentado y que el problema probablemente era administrativo. Al ser un pueblo de 200 habitantes, les correspondían 39.000 euros, cantidad que pensaban invertir en mejorar su centro de asistencia médica. Pero L’Hospitalet de Llobregat ha anunciado que gracias a los recursos obtenidos se acabarán las barreras urbanísticas para los discapacitados. En casi todas partes el plan de Zapatero ha sido recibido en forma de “solución busca problema” y, evidentemente, nadie ha perdido mucho tiempo pensando si les convenía o no aceptar la lluvia de euros que les correspondía.

Deberíamos ir un poco más allá de la coyuntura y pensar si a medio plazo esta medida resuelve los problemas estructurales que padecen desde hace décadas los municipios españoles que celebran este año su 30º aniversario de democracia. El problema es estructural y no se resuelve con una lluvia de millones que quizá no reaparezca en 2010. Tanto el Gobierno central como los gobiernos autónomos (incluido el catalán, tan aparentemente municipalista) mantienen a los gobiernos locales en una posición de minoría de edad permanente. La lógica es clara: “Sois pobres y lo seguiréis siendo, pero gracias a nosotros vais a subsistir a base de subvenciones, siempre que vuestro comportamiento sea el correcto”. Al final, 8.000 millones de euros gastados por una causa noble, como es la búsqueda de respuestas a la crisis y el desempleo, convierten a todos en ganadores.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Entre muros, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Educación by reggio on 22 enero, 2009

Uno de los elementos tradicionales de debate cuando se habla del mundo de la enseñanza es que todos los grandes proyectos de reforma o de cambio han de pasar por esa gran prueba de fuego que es el interior de la clase. De alguna manera se asimila lo que ocurre entre los muros de una clase a la privacidad de un hogar. El film de Laurent Cantet La clase, Palma de Oro del Festival de Cannes, nos permite entrar en ese mundo especial de relación personal y formativa que constituye un curso de Lengua Francesa en un instituto de secundaria de un barrio periférico de París, a lo largo de los meses que dura un curso, de septiembre a junio. La repetición cotidiana de esos 55 minutos en que transcurre la clase nos permite asistir a la tensión, la alegría, la violencia, las ilusiones y decepciones de un conjunto muy diverso y heterogéneo de adolescentes. Al mismo tiempo asistimos a cómo gestionan y viven esa cadena de acontecimientos y sensaciones un grupo también diverso y heterogéneo de profesores, que tratan de discernir el grado de rigidez y flexibilidad con el que han de aplicar a diario reglas, rutinas y procesos, mientras expresan emociones, rabia, impotencia o simple profesionalidad. Como ocurría con el filme Etre et avoir, el seudodocumental encarnado por el profesor López en una aula unitaria perdida en el Macizo Central francés, se nos invita a observar el ritmo especial del rito formativo. Con menos naftalina pedagógica que en el filme citado, el profesor Marin, alias del protagonista, François Begaudeau (profesor y autor del libro en el que se basa el filme, libro disponible ya en catalán y castellano), nos muestra un peculiar estilo formativo, más centrado en el diálogo y en el tratar de que el aprendizaje de la lengua se base en las experiencias vitales de los alumnos, que en los protocolos más frecuentes. No hay heroicidad ni paternalismo en la labor que nos muestra el profesor. Se dan errores y fracasos, tensiones y desencuentros, pero también pequeñas victorias y significativos avances.

La cámara no es complaciente. Nos invita a ver la clase como un espacio de pugna, de constante fricción, mejor o peor canalizada. Los alumnos expresan su rechazo a lo que entienden como simples ejercicios jerárquicos o poco comprensibles, piden constantes explicaciones o simplemente dejan pasar el tiempo, buscando pequeñas alternativas a su encierro. La tan cacareada diversidad (étnica, cultural, familiar, de vestimenta o de momento vital) explota ante nuestros ojos y exige constantes esfuerzos de comprensión, reconocimiento y gestión por parte del profesor. El trabajo de los jóvenes es extraordinariamente real, fluido, sentido, mostrando la gran labor de aprendizaje que el equipo ha realizado con los voluntarios, alumnos reales de un instituto, a lo largo de muchos meses. Me ha recordado el también extraordinario filme de Kechice L’esquive, por su capacidad de dejarnos ver cómo trascurre el tiempo, concediendo espacio a las cosas que lo merecen, como ocurre, por ejemplo, en el caso del comité de disciplina que debe decidir la expulsión de un alumno, ante una madre que no entiende nada y a quien nadie traduce nada. Parece un documental, pero estamos ante una ficción que busca documentar.

¿Qué conclusiones sacar de ese mirada indiscreta al sanctasanctórum de la experiencia educativa? El filme no pretende realizar un análisis crítico o un balance sobre la situación de la enseñanza en Francia. Se limita a mostrarnos el tipo de cosas que ocurren en esos sitios especiales llamados institutos, en los que los nuevos adolescentes se enfrentan a un sistema que no los entiende o no los reconoce. Hay más adolescentes que antes en unos institutos a los que antes muchos ni llegaban. Esos adolescentes no encajan bien en una concepción educativa que los ha definido como “lugares sin saber”, una concepción que sigue pensando que detrás tienen una familia que cumple con su parte del contrato educativo tradicional, y que entiende a la escuela como el lugar (como dice Narodowsky) en el que se dosifican saberes y haceres, gradualidades y normalidades. La posición de alumno se basa en su condición de infante, de menor, sea cual sea su edad. El filme nos muestra a un profesor que vive en tensión la necesidad de cumplir la misión que se le ha encomendado y al mismo tiempo la emergencia de saberes y habilidades propias de los alumnos (expresión vía imagen o nuevos formatos musicales) que no encajan en aquello previsto. El instituto está lleno de reglas cuyo cumplimiento varía en función de quién las aplica y de la coyuntura. Constantemente vemos en el filme desviaciones, convenciones, transgresiones, normalidades, que van y vienen, como los alumnos expulsados y reingresados de un centro a otro.

Desde mi punto de vista, el gran acierto del filme es no darnos recetas, sino sugerirnos que tenemos enfrente el gran reto de convertir esos lugares de reglas en espacios donde la subjetividad de los alumnos pueda expresarse. Muros que acojan modos de ser profesor y alumno, que consigan recoger formas más amplias y distintas de las actuales de hablar, de pensar, de moverse, de emocionarse, de oponerse, de transformarse, de saber. La última imagen de la película es el aula vacía, a final de curso, con las sillas desordenadas y los pupitres en ese orden que obliga a la jerarquía y a la tensión. Una clase vacía como vacía se siente la alumna que, unos planos antes, aborda al profesor y le manifiesta su desesperanza ante su total falta de aprendizaje y su voluntad de no ser excluida. Por mucho que cambiemos las leyes y los planes de estudio, si no cambiamos la clase, si no abrimos ventanas en los muros, pocos avances lograremos.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Respuestas a la crisis del capitalismo, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política by reggio on 15 enero, 2009

Hace unos años, Luc Boltansky y Eve Chiapello publicaron en Francia un ambicioso libro, titulado El nuevo espíritu del capitalismo (Ediciones Akal), en el que, tras los pasos de Max Weber y su lectura del protestantismo, querían poner de relieve la capacidad del capitalismo de utilizar las críticas culturales e ideológicas a sus lógicas de funcionamiento, para refundarse continuamente. Tras la estela de Weber, quién con su célebre conexión entre protestantismo y capitalismo ayudó a entender mejor los mecanismos individuales de acumulación e innovación, los dos autores franceses conectan la revitalización del sistema capitalista de los últimos decenios, con su capacidad para asumir el mensaje romántico y de exaltación de la autonomía individual que surge de la crisis de legitimidad que impacta en el viejo capitalismo fordista a finales de los sesenta. De esta manera, entienden que los problemas con que se enfrentan muchos de los críticos del capitalismo contemporáneo, no derivan de la falta de consecuencias negativas del funcionamiento de un sistema que sigue condenando a sectores muy significativos de la población a la exclusión y al desamparo, sino de seguir basando esas críticas en argumentos obsoletos, defensivos y poco capaces de recoger las nuevas coordenadas de la explotación y la alienación capitalista. Interpretan la crisis del 68 como una crítica básicamente cultural y artística a un sistema económico de matriz homogeneizadora y rutinaria, que ahogaba la creatividad y la innovación. El nuevo espíritu capitalista parte de la superación de la lógica jerárquica, taylorista y tecnocrática, para fundarse en formas aparentemente más autónomas, relacionales y flexibles, que buscan aprovechar a fondo la creatividad de los asalariados, a costa de cuestionar su estabilidad y su seguridad, tanto material como psicológica.

Ese capitalismo recauchutado insufló nuevas maneras de encarar la producción, y a caballo de la revolución tecnológica, abrió las puertas a una forma de entender la empresa, más horizontal, premiando la colaboración de los empleados en la mejora de los procesos, con un funcionamiento basado en proyectos, de tal manera que se fortaleció la idea de la discontinuidad y la temporalidad como sinónimo de creatividad y flexibilidad. Un capitalismo convivencial, aparentemente participativo, que invitaba e invita a compartir, a trabajar en red, a saltarse rigideces y jerarquías. De tal manera que consigue adhesiones y deja obsoletas las críticas basadas en los viejos esquemas industrialistas que hablaban de sumisión y explotación sin participación. Camuflado en todo ese envoltorio de creatividad, viaja la precarización galopante del empleo, la constante desaparición de los empleos considerados excesivamente estables (por tanto poco creativos), la reducción de la protección de los trabajadores, el aumento de la intensidad y la duración de las jornadas de trabajo (con amplias facilidades para trabajar en red, a distancia o en cualquier estación o aeropuerto, siempre conectados). Cualquier crítica a esas nuevas maneras de operar puede caer fácilmente en argumentos que parecen reclamar una vuelta atrás, a tiempos más seguros, pero, al mismo tiempo, más oscuros, grises y alienantes.

Lo cierto es que, en los momentos actuales de confusión, esa renovación fundamentada aparentemente en la creatividad y la autonomía individual encuentra sus límites concretos en las personas que ven chocar su reforzada personalidad con estructuras productivas que llaman ahora a sacrificios y restricciones en aras de la supervivencia de las estructuras del sistema. Y es ahora cuando los envoltorios muestran su fragilidad y su inautenticidad, cuando la precariedad-flexibilidad deviene simplemente en paro, o cuando la autonomía individual, la movilidad y la conectividad total como sinónimo de modernidad sigue siendo sólo posible y rentable para algunos, mientras la cotidianidad se vuelve más difícil para la mayoría. En vez de cumplir la promesa de liberar todas las potencialidades creativas de cada individuo, lo que encontramos son las fronteras restrictivas e instrumentalizadoras de la racionalidad mercantil y consumista. Frente a la promesa (a lo Thatcher) de convertirnos todos en accionistas del gran negocio financiero universal, nos encontramos al final con meras amoralidades especulativas de las que se aprovechan unos pocos con los ahorros de otros muchos. Pero de nada sirven esas constataciones, si no se es capaz de buscar y profundizar en nuevas críticas que no sólo denuncien la engañosa transformación, sino que busquen enfrentarse a las raíces injustas y opresoras del sistema. Y sin duda, para ello, es muy importante fundamentar adecuadamente la crítica cultural y social al capitalismo realmente existente en estos inicios del siglo XXI, tanto a escala local como a escala global. Crítica cultural, ya que es sustancialmente cierto que la base de producción de valor es crecientemente cultural, y también que el capitalismo contemporáneo es una forma de vida, un conjunto de prácticas y de instituciones que no pueden ser separadas de sus fundamentos estructurales. Y crítica social, ya que sigue siendo también cierto a escala global y local, que afloran y se consolidan viejas y nuevas formas de explotación y desigualdad. Ésa es la labor que entiendo puede ejercer de nuevo el Foro Social Mundial, que en pocos días volverá a reunirse en Brasil, y que tiene ahora la oportunidad de ir cristalizando la labor movilizadora y sensibilizadora de estos últimos años. Quizá el foco no deba ser la estricta crítica al capitalismo como fundamento de la acción alternativa, sino la capacidad de implicar intelectual y emotivamente a un conjunto de personas y grupos para construir conjuntamente una sociedad más habitable y justa, con nuevas estructuras comunes, compartidas, radicalmente democráticas.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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¿Si tú no vas, Madoff vuelve?, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política by reggio on 8 enero, 2009

Estamos a menos de dos meses de las elecciones vascas y gallegas, y a medio año de las elecciones europeas. Inauguramos, pues, un año de marcado peso político, justo cuando la crisis económica y financiera exige de las instituciones políticas mayores replanteamientos de sus rutinas y prácticas de intervención. Una vez más, se cruzan las problemáticas específicas de cada elección con los problemas globales que afectan, y en este caso de qué manera, a la vida de los electores. En Galicia, la dinámica de esta última legislatura y la posición aún notablemente sólida del Partido Popular en esta comunidad nos llevarían a pensar en una campaña en la que socialistas y nacionalistas traten de poner de relieve lo conseguido, sin agredirse en exceso, y poniendo de relieve los riesgos de retroceder a la Galicia anterior, largamente dominada por los populares. La campaña se acercaría así a la que vivimos en Cataluña en las últimas elecciones al Parlament. Un tripartito unido sólo contra CiU y cada uno de los miembros de la coalición tratando de marcar un perfil propio. Los socialistas gallegos podrán jugar en menor medida con la carta que tan bien les funcionó en las elecciones catalanas a sus colegas del PSC: “Que viene el PP”, o dicho en forma de eslogan: “Si tú no vas, ellos vuelven”. En ese eslogan, presentado en clave tarantiniana, con los líderes del PP en formato Reservoir dogs, se unieron con destreza dos ideas: combatir la abstención y la desmovilización del electorado más cercano, y agitar para ello el fantasma del miedo al retorno al poder de un PP duro, extremadamente conservador, españolista y autoritario. En estos momentos, esa receta tiene menos posibilidades de funcionar tan magníficamente como les funcionó a los socialistas catalanes. El primer motivo es claramente el giro que ha logrado dar Rajoy al perfil e imagen de la formación política que dirige. Y en el caso de Galicia ello es aún más evidente, dada la proximidad personal e ideológica de Rajoy y el líder popular en Galicia, Alberto Núñez Feijóo. Pero, por otra parte, la abstención puede ser realmente importante si no se logra incorporar a la campaña respuestas más o menos viables y creíbles con relación a las preocupaciones ciudadanas frente a la crisis. Y en ese sentido el eslogan deja de tener el impacto buscado. Nadie puede creer que “si tú no vas, la crisis empeorará”. Ya que la capacidad de los políticos para intervenir en el antes y en el después de la tormenta financiera ha sido claramente limitada y periférica.

En el caso del País Vasco, los factores de la propia realidad vasca siguen contando más incluso que la grave situación económica. Por dos razones. La primera es que siguen absolutamente planteados los temas centrales que han ocupado la vida política en Euskadi en toda su experiencia democrática contemporánea. Todos más cansados, todos más escépticos, pero todos con los mismos dilemas y los mismos problemas de fondo. La segunda es que la crisis económica, si bien ha impactado en Euskadi igual que en todo el mundo, su propia estructura industrial, la eficaz labor de innovación tecnológica realizada y el menor peso de inmigrantes y de personas en situación de riesgo de exclusión social les permitirá (a caballo de su excepcionalidad en la financiación) capear mejor los efectos de la crisis. Por otra parte, la pretensión socialista de realizar el sorpasso y de superar (aunque sólo sea en escaños) al PNV va a dramatizar más aún, si cabe, esas elecciones en clave vasca. La elección de Mayor Oreja para encabezar la candidatura del PP a las elecciones europeas apunta a una estrategia popular distinta en Galicia y en el País Vasco. Los populares afirman que la coincidencia de las elecciones gallegas y vascas reforzará su posición, ya que ellos van a presentar el mismo perfil político en un sitio y en el otro, mientras que los socialistas deberán reforzar su cara nacionalista en Galicia y su cara nacional-española en Euskadi. Pero lo cierto es que el PP acabará haciendo lo propio en un sitio y en el otro, y seguramente no acabará sacando beneficios políticos ni en un sitio ni en el otro. Lo más probable, salvo sobresaltos de última hora, es que el PNV mantenga su liderazgo, reduciendo su espacio, y que el dilema sobre cómo resolver el tema acabe oscilando en una reedición del tripartito vasco o una (menos probable) recuperación de la coalición PNV-PSOE con sacrificio de Ibarretxe.

En el horizonte, las elecciones europeas ponen de relieve las limitaciones que el escenario electoral convencional tiene para afrontar los retos originados por la crisis estructural del capitalismo que estamos atravesando. La nueva situación política exige planteamientos más radicales, que traten de situarse a la altura de los problemas a los que nos enfrentamos, y ni las elecciones gallegas ni las vascas parecen ser capaces de situarse a esa altura. Las elecciones europeas sí lo permiten, al posibilitar respuestas más globales a una lógica capitalista desbocada, pero es ahí donde nos fallan los sujetos políticos capaces de construir alternativas que vayan más allá de la gestión vergonzosa de la crisis. El mensaje que nos llega desde la élite política es por ahora monocorde: trabajamos para volver a donde estábamos antes, pero sin Madoffs. Pero nada de lo que hacen parece asegurar que ello sea posible. Nadie parece responsable de nada, como decía Ramoneda en estas mismas páginas. Y ante esa falta de ambición y de alternativas, lo más razonable es imaginar que la abstención en las europeas aumentará. La gente cada vez tiene menos tiempo que perder en una tramoya política que parece sólo buscar el mantenimiento del statu quo y que tiene miedo a afrontar los verdaderos problemas pendientes.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Las ciudades y los vecinos frente a la crisis, de Joan Subirats en El País

Posted in Derechos, Economía, Política by reggio on 18 diciembre, 2008

Los efectos de la catástrofe financiera se perciben sobre todo a nivel local. En España, los municipios sólo gestionan un 15% del gasto público, frente al 24% de la media comunitaria. Así que, bienvenidas las ayudas

La crisis golpea en todas partes, pero se deja notar con mayor fuerza en las ciudades, en esas tramas urbanas que han crecido con fuerza en los últimos años en España. Y en ese escenario cuenta cada vez más la capacidad de las comunidades locales para afrontar los problemas de la crisis cotidiana, con todos sus matices y recovecos. Los protagonistas de las cumbres de Washington o Bruselas sobrevuelan los problemas. Los alcaldes y los vecinos se los encuentran cada día cara a cara. No es lo mismo hablar de la crisis que padecerla cotidianamente al pagar el billete de metro, afrontar la factura del gas o del agua, o devanarse los sesos pensando cómo seguir pagando la hipoteca. Los precios y tasas de los servicios públicos y sus mecanismos de actualización se fijaron en momentos muy distintos de los actuales. Y las perspectivas de aumento en algunas ciudades superan el 3% o el 4%. La tarjeta más usada en el transporte público de la conurbación metropolitana de Barcelona subió hace unos días más del 7%.

Por otro lado, la noticia de la reducción de la inflación y del índice de precios al consumo, aparentemente favorable para ese concepto impersonal que es la economía, ha provocado que la actualización automática de las pensiones (que se fija a partir de la variación del IPC interanual de cada mes de noviembre, este año un 2,4%) provoque una reducción drástica de las expectativas de contar con un poco más de recursos para los millones de personas que sólo tienen acceso a las pensiones más bajas. Para una viuda de más de 65 años, el aumento será sólo de 33 euros. Personas situadas en la escala más baja de prestaciones sociales no notarán para nada la reducción del IPC, basado esencialmente en la rebaja del precio del petróleo, y en cambio cada 10 céntimos de subida en los bienes básicos como alimentación, textil, vivienda o servicios esenciales como agua o transporte suponen un verdadero terremoto en sus frágiles economías. Y en esos aspectos la tendencia de los precios ha sido al alza (6,6% de aumento en los gastos asociados al hogar, un 3,2% en la alimentación). ¿Quiénes van a salir peor librados de esos ajustes? Está claro que van a ser los pensionistas, en especial las viudas, y los jóvenes, abrumadoramente precarios de trabajo discontinuo y, por tanto, los más afectados, junto con los inmigrantes, por el aumento del desempleo. Es evidente que la conflictividad va a ir en aumento, ya que el contraste entre planes millonarios de rescate por arriba y miserias por abajo no podrán soportarse por mucho tiempo.

¿Qué hacer ante ese panorama? Las respuestas de los Gobiernos apuntan a los grandes parámetros de actividad económica. Sus multimillonarios planes de rescate y ayuda se dirigen al sector bancario o algunos ámbitos industriales especialmente significativos por el impacto de la crisis y por su gran carga de puestos de trabajo directos o indirectos que suponen, como es el caso de la industria del automóvil. Mientras, vamos descubriendo nuevas estafas revestidas de honorabilidad financiera. En España, al margen de lo ya mencionado, destaca el acuerdo del pleno del Congreso del pasado 27 de noviembre, en el que el presidente Zapatero asumió la importancia de los gobiernos locales en los procesos de recuperación económica y estableció un significativo crédito para los municipios. Calificar ese plan de ayuda a los municipios como de “aspirina”, como ha hecho Rajoy, demuestra hasta qué punto la necesidad de descalificar al Gobierno acaba por despreciar una de las pocas medidas concretas que pueden afectar directamente a la población en forma de puestos de trabajo, mejora de servicios y revitalización económica local.

Seguramente sería mejor que las ayudas no estuvieran tan condicionadas en tiempo y forma. Podemos caer fácilmente en el peligro de que “solución busque problema”, y que para no perder las ayudas, se improvisen obras o se acometan construcciones que luego sean difíciles de mantener.

Pero el problema de las ciudades y de los ciudadanos no es sólo coyuntural, es estructural. Y lo es ya que la importancia de las ciudades y de los gobiernos locales en el bienestar y la supervivencia ciudadana no se corresponde con las estrecheces económicas en la que viven los ayuntamientos españoles. Las ciudades son hoy decisivas en el bienestar individual y colectivo. Y en cambio, las agendas locales siguen fuertemente condicionadas por las limitaciones que impone un porcentaje del gasto público que está lejos de la que es a la mayoría de países europeos.

Mientras las comunidades autónomas han pasado de no existir a controlar más de una tercera parte del gasto público, los municipios siguen anclados en cifras que rondan el 15% de ese gasto público total, lejos del 24% en que sitúa la media comunitaria. Para gastar, hay que recibir transferencias y recaudar. Y tanto en una cosa como en la otra, la rigidez de ingresos en la que se encuentran los municipios españoles es total.

Bienvenidos, pues, los miles de millones de euros que de manera extraordinaria y urgente se conceden ahora a los ayuntamientos, pero sería necesario que se aborde de manera más estructural el reforzamiento presupuestario ordinario de los gobiernos locales. Recordemos que quedan lejos las alegrías del boom inmobiliario que permitía disfrazar y atenuar las penurias de los presupuestos municipales y que provocaron fenómenos de desgobierno y corrupción, muy minoritarios, pero que perjudicaron seriamente la demostrada capacidad de gestión de muchos gobiernos locales.

Algunas ciudades empiezan a notar de manera clara los excesos de la época de vacas gordas. La deuda de los municipios españoles es, en algunos casos, francamente significativa. La deuda de Madrid representa la mitad del total de endeudamiento municipal, seguida a mucha distancia por Valencia, Barcelona, Zaragoza, Málaga o Sevilla. La Federación Española de Municipios y Provincias asegura que son miles de millones de euros los que se gastan los municipios españoles en tareas que no les corresponden legislativamente hablando, pero que asumen dado que (como decía un alcalde) “donde no llegan mis competencias, empiezan mis incumbencias”. Y esas incumbencias crecen a medida que nos adentramos en la crisis y sus efectos en personas y familias.

Ha pasado la época de los fastos municipales. La época en que las ciudades competían para ver quién hacia el plan urbanístico más fantástico, el edificio o el puente más atrevido del arquitecto-estrella más de moda. La época en que contaba más la apariencia que la solidez social y la cohesión ciudadana. El gasto que dedican las ciudades a las políticas sociales, la capacidad de ayudar de manera concreta a los sectores y personas más vulnerables, será a partir de ahora la clave.

La vida de los ciudadanos está hoy más llena de incertidumbres y de dudas que hace unos años. Estas incertidumbres planean sobre la realidad social y afectan la vida de pueblos y ciudades. La política local tiene que ver hoy en día con cotidianeidad, estilos y formas de vida. Y son las ciudades y sus equipos de gobierno los que deben gestionar y tratar de implicar conjuntamente a la ciudadanía en la gobernación de la vida local. Hemos de aceptar que el bienestar individual y colectivo de los ciudadanos depende cada vez más de la capacidad de servicio y de la capacidad de gestionar servicios y recursos desde la cercanía de los gobiernos locales. Los problemas de la gente requieren sin duda planteamientos globales que busquen salidas estructurales a un capitalismo enfermo de sus propias dinámicas, pero requieren asimismo políticas pensadas y gestionadas desde la proximidad, con mecanismos y estilos de gobierno y gestión participativos.

En definitiva, necesitamos alcaldes y ciudades comprometidos con la solidaridad. Sin gobiernos y comunidades locales más fuertes no aseguraremos salidas a la crisis que consigan que sus costes sean los menos dramáticos posibles y que la nueva era pueda hacerse sobre nuevas bases de compromiso y responsabilidad compartida.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Cambiando sin saber hacia dónde, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política by reggio on 11 diciembre, 2008

Si alguien de los que aparentan decidir nuestro futuro tiene tiempo y ganas de pensar entre urgencia y urgencia, es probable que le asalte una duda importante. ¿Servirá para algo duradero lo que estamos haciendo o simplemente realizamos las chapuzas necesarias para reflotar el sistema y volverlo a colocar de nuevo en aquella situación en que vuelva a ser posible una nueva y seguramente más dramática crisis? En uno de los últimos textos que publicó André Gorz, muerto hace poco más de un año, defendía la idea de que el capitalismo era ya una especie de zombi, incapaz de resucitar tras haber puesto en total entredicho sus tres valores fundamentales: el trabajo, el valor y el capital. Afirmaba que los capitales acumulados no podían ya revalorizarse ni aumentando la productividad ni extendiendo aún más los mercados. Lo que estamos viviendo tiene límites claros. Las fórmulas hasta ahora utilizadas se basaban en la reducción del número de los trabajadores mejor pagados, grandes procesos de externalización y deslocalización, la precarización de los trabajadores que seguían empleados y la limitación o congelación de los salarios. Esas mismas recetas siguen estando ahora en boca de los que desde el sector de las grandes empresas buscan solución a sus males, como bien está comprobando el presidente Montilla en su esforzado viaje a Japón. La capacidad de mantener altas tasas de beneficio procedentes de la producción parece imposible a la larga, por mucho que se invierta en China, Filipinas o Marruecos. El atajo directo que se encontró en los últimos años para multiplicar beneficios y competitividad fue acudir a los mercados financieros, construyendo un castillo de naipes a partir de valorizar indefinidamente capitales ficticios. Las últimas noticias sobre el modo de operar de la inmobiliaria Martinsa-Fadesa así lo acreditan de manera espectacular, con revalorización de terrenos de hasta el 19.000%. Todos teníamos que endeudarnos para poder mantener la ficción y aumentar el consumo, gastándonos lo que no teníamos, lo que nadie tenía. Se ha caminado constantemente al borde del abismo, lucrándose del riesgo y anticipando ingresos antes de que la ficción estallara. Y ahora, cuando les toca a los Estados recoger los cristales rotos, nos damos cuenta de que nuestro bienestar reposaba en buena parte sobre decorados de gran fragilidad.

Ese gran proceso de transformación ha conducido asimismo a un enorme adelgazamiento de los lazos y vínculos sociales. Prevalece el gran vínculo vendedor-comprador. Hemos ido tendiendo a mercantilizar cualquier relación. Compramos productos, vendemos trabajo, sea cual sea el producto, sea cual sea nuestro trabajo. Los poderes públicos tienen ahora grandes dificultades para salir del agujero subsidiario en el que han caído. Estos días no dejan de moverse de manera agitada tratando de recoser los desgarros demasiado grandes, buscando acuerdos con empresas para que despidan más despacio, tratando de retrasar o moderar los conflictos más graves, mientras aconsejan seguir consumiendo y fingen estar confiados en que todo se va arreglar. Pero si somos conscientes del escenario más global en el que todo ese drama se desenvuelve, todo lo que se emprende o se propone parece excesivamente frágil y superficial. ¿Puede recuperarse el capitalismo de manera que nos devuelva el bienestar perdido en nuestras privilegiadas sociedades? ¿Encontraremos de nuevo el trabajo, el salario y la seguridad perdidas? ¿No es cierto que cada vez se necesitará menos trabajo productivo estable y que, por tanto, habrá menos que distribuir para seguir manteniendo el consumo? Lo que más bien parece que acontecerá es un aumento del trabajo discontinuo, con mayor fragmentación de servicios y con un universo de autónomos muy poco vinculados entre sí. El imaginario salarial y mercantil tradicional, al que seguimos de hecho ligados, nos condena a tratar de recomponer una realidad (aunque algunos quieran hacerlo desde posiciones anticapitalistas) que de hecho ya no es posible recuperar y que, por tanto, se nos escapa cada día que pasa. Y ello nos aleja de la búsqueda de otras alternativas, de salidas de matriz distinta.

Las amenazas medioambientales son cada vez más consistentes y no es posible abordarlas con paños calientes, tratando de mantener los métodos y la lógica económica que nos han acompañado en los últimos 100 años. Según el Consejo del Clima de la ONU, para evitar un calentamiento que supere los dos grados centígrados (que, de superarse, provocaría efectos no controlables), deberíamos reducir las emisiones de CO2 el 85% antes del 2050. Pero para alcanzar ese objetivo no nos valen las fórmulas de siempre con más peso del Estado. Las opciones de “capitalismo de Estado” sirven sólo para mitigar los fallos estructurales que padecemos. Necesitamos otra concepción económica, otro estilo de vida, otra manera de entender las relaciones sociales. Si no lo logramos de manera pactada y progresiva, deberemos asumir una salida más traumática pero en la misma línea. Pero lo que me parece fuera de duda es que el simple deseo de retornar a donde estábamos hace unos meses es ingenuo y patético a la vez. Estamos dejando atrás, sin demasiada conciencia de ello, el sistema capitalista que hemos conocido. Lo que aún no sabemos es hacia dónde vamos ni a qué velocidad.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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Una Universidad de adultos, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Educación by reggio on 4 diciembre, 2008

En estos días de confusión universitaria, en los que muchos trampeamos como podemos con nuestras contradicciones y perplejidades, me ha sorprendido agradablemente el nuevo decreto por el que se regulan las pruebas de acceso a la Universidad para el curso 2010-2011. La sorpresa proviene de la incorporación de pruebas especiales para mayores de 45 años y de un nuevo acceso a la enseñanza superior mediante acreditación de experiencia laboral o profesional. Hasta ahora, como sabemos, existía una vía considerada más o menos extraordinaria para mayores de 25 años. De hecho, las universidades reservan muy pocas plazas para este tipo de personas, consideradas de alguna manera anómalas en una enseñanza pensada para una etapa vital que idealmente ocupaba la franja de 18 a 23 años. El estereotipo de estudiante que sigue predominando en el imaginario de la Universidad es la persona que llega a la institución de enseñanza superior tras superar su etapa de adolescencia y de formación previa, lista para recibir la buena nueva del conocimiento que se atesora tras los viejos muros del alma máter. De esta manera, tras esos años de formación, la hipótesis es que uno quedaría listo para un futuro profesional que de alguna manera se imagina vinculado a su especialización. Todo el sistema educativo está recibiendo las sacudidas del cambio de época. Y la Universidad ha tratado de adaptarse a través de la diversificación de titulaciones y la proliferación de todo tipo de posgrados. Pero el acceso a los cursos de grado o de licenciatura sigue estando muy vinculado a una lógica de edad y de filtro previo vía estudios de ESO y bachillerato.

Las cifras del curso 2006-2007 nos muestran una clara discriminación a favor de los estudiantes considerados estándar. Así, mientras que en las pruebas de acceso a la Universidad normales superaron las pruebas cerca del 90% de los presentados, en el caso de los mayores de 25 años sólo uno de cada tres presentados logró superar la prueba. Ello es el resultado de una visión residual y periférica de la relación de la Universidad con el mundo de los adultos y de la lógica del aprendizaje a lo largo de la vida. Los profesores de las escuelas de adultos son tratados de manera discriminatoria en relación con sus colegas de los institutos de bachillerato. Apenas si se les permite participar en todo el proceso de elaboración y realización de las pruebas, y disponen de menos tiempo para la preparación de las pruebas, ya que sus alumnos empiezan más tarde y se examinan antes. Sólo muy recientemente algunas universidades han empezado a relacionarse con las escuelas de adultos tratando de encontrar canales de colaboración y de trabajo conjunto. Queda aún mucho por hacer para la normalización de este asunto.

En este sentido, el nuevo decreto es una buena noticia. Las pésimas cifras de los niveles educativos de nuestros adultos son bien conocidas y seguimos estando en los últimos lugares en cualquier análisis de long life learning de los que realiza la OCDE o la Unesco. La nueva regulación propone que se abra una vía especial para los mayores de 45 años. Los candidatos deberán superar una prueba de conocimiento de la lengua o lenguas, y un comentario de texto o desarrollo de un tema de actualidad. Asimismo deberán realizar una entrevista que acabará decantando su posibilidad de acceso. De esta manera se busca facilitar la incorporación de personas que decidan de manera tardía incorporarse a la Universidad, lo cual es cada vez más probable, dada la gran ampliación de personas que llegan a edades significativas con un óptimo nivel de salud y con ganas de emprender nuevas actividades, quizá largamente aplazadas. La otra gran novedad, para mí particularmente positiva, es la que establece la posibilidad de incorporación a la Universidad de personas mayores de 40 años que, sin poseer ninguna titulación académica que les habilite para acceder a la Universidad por las vías convencionales, puedan acreditar una experiencia laboral y profesional relevante para una enseñanza concreta. Serán las universidades las que deberán ordenar esta cuestión, para acreditar y reconocer esa experiencia, lo que, de conseguirse, habilitaría a esa persona para, tras una entrevista, acceder a los estudios que quiera realizar. Estamos ante una tardía pero positiva incorporación de España al conjunto de los países más avanzados del mundo que desde hace años han tratado de flexibilizar los criterios de la enseñanza superior para facilitar que personas con alto nivel de conocimientos y habilidades puedan ver reconocidas y estimuladas sus aptitudes en las aulas universitarias. La capacidad de relacionar práctica y reflexión, caso y categoría, puede así verse enormemente reforzada para beneficio personal y colectivo.

En los últimos tiempos, ha aumentado la presencia de alumnos en las aulas de las escuelas de adultos. Son cerca de 60.000 los alumnos en Cataluña. Pocos si los comparamos con los cerca de 25.000 del País Vasco, que como sabemos tiene una población que representa el 30% de la población catalana. Necesitamos más y mejor educación de adultos en el país. Y la nueva normativa puede ayudar a ello. Por otra parte, y en clave más egoísta, me gustaría pensar que esos cambios puedan ir situando a la universidad en una realidad bastante menos complaciente y aislada que la que ha predominado en los últimos tiempos. Creo que si aprovechamos bien estas oportunidades, podemos combinar la tan manoseada excelencia académica con la menos practicada labor de compromiso social y servicio público. Son una pequeñísima minoría los adultos que hoy pueblan las aulas universitarias. Y no creo que nos venga mal, tanto a alumnos como a profesores, tenernos que enfrentar al reto de interactuar con personas llenas de experiencia y con deseos de buscar respuestas a interrogantes largamente almacenados. Sin un mayor enraizamiento en nuestra realidad social, ni nuestra básica labor docente ni nuestra capacidad investigadora tendrá mucho sentido.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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¿Clasificar universidades?, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Educación by reggio on 27 noviembre, 2008

A medida que avanzamos en sistemas globales de información y la movilidad de personas se acentúa, crece la necesidad de orientación en un mundo cada vez más lleno de incertidumbres. No es nada extraño para los que nos dedicamos a la actividad universitaria desde hace años recibir peticiones de información o consejo de amigos o conocidos, referentes a la mejor o menor calidad de las opciones para cursar un master o para solicitar una beca de formación o de investigación. Hace años, algunos medios de comunicación españoles, siguiendo la estela de prestigiosos periódicos británicos, elaboraron un ranking de licenciaturas y de universidades españolas atendiendo, entre otros, al dudoso criterio por el cual cuantos menos alumnos aprobaban las materias de una licenciatura, más prestigio y calidad tenía tal carrera. Así, el lugar de honor lo ocupaban las ingenierías de caminos, al acumular el mayor número de suspensos. En otras ocasiones, las clasificaciones de universidades se hicieron con mayor cuidado (por ejemplo, el informe dirigido por Jesús de Miguel), pero siempre se generaban críticas o acusaciones de sesgo, al entender que se estaban privilegiando ciertas cuestiones por encima de otras. En la actualidad, el llamado ranking de Shanghai, elaborado por la Universidad Jiao Tong de esta ciudad, en el que se ordenan las consideradas 500 mejores universidades del mundo, está generando muchos desasosiegos, incomodidades y protestas, sobre todo por parte de las universidades europeas, que quedan claramente en inferioridad con relación a las universidades norteamericanas.

La clasificación que realiza la Universidad de Shanghai se basa en los siguientes criterios: número de premios Nobel y de académicos merecedores de las medallas Fields que han salido de sus aulas y laboratorios; investigadores más citados en 21 especialidades; cantidad de artículos publicados en las revistas Nature y Science; número de artículos publicados por sus académicos en revistas de impacto, y finalmente, una medida que compara tamaño de la universidad con rendimiento académico de la institución. La selección de indicadores apunta a un tipo de universidades calificadas normalmente como “universidades de investigación”, con largas trayectorias en el campo de la innovación científica y tecnológica. En este ranking de las 500 universidades de todo el mundo analizadas, el predominio de las universidades norteamericanas es espectacular. Hemos de tener en cuenta que de las más de 4.000 universidades que existen en Estados Unidos, apenas unas 200 se consideran universidades de investigación. En Europa, sólo el Reino Unido y, a una cierta distancia, Suiza, Holanda y los países escandinavos consiguen descollar en el mencionado ranking. Francia y Alemania mantienen ciertas posiciones, pero demuestran falta de renovación, mientras España queda claramente atrás, a pesar del esfuerzo de los últimos 20 años, que no logra compensar la marginalización anterior.

Las quejas se fundamentan, sobre todo, en los criterios que se utilizan para elaborar el ranking, que condicionan notablemente el resultado final. Si bien hasta hace poco éste era un tema que aparentemente afectaba sólo a los implicados en el mundillo universitario, los efectos del ranking empiezan a notarse. La Unión Europea anunció hace sólo unos días, por boca de su comisaria Odille Quintin, su intención de elaborar un nuevo sistema de clasificación, que tuviera más en cuenta las especificidades europeas y que no estuviera tan sesgado en beneficio de la investigación por encima de la docencia o por el predominio de las publicaciones en inglés por encima de las escritas en otras lenguas. También se critica el desequilibrio a favor de las ciencias experimentales y de la salud con relación a las ciencias sociales y a las humanidades.

Es evidente que la geopolítica del capitalismo globalizado favorece que la concentración del poder tecnológico, militar y económico venga acompañada de una concentración del poder del conocimiento. Pero nos debería preocupar que, con un PIB inferior al de España, el conjunto de países escandinavos coloquen siete universidades entre las 100 primeras del ranking, cuando nosotros colocamos sólo una (y ello gracias al peso del las investigaciones médicas, que responden a dinámicas poco trasladables a otros campos del saber). Deberíamos también preguntarnos por el papel del CSIC en el sistema de investigación español, con pocos incentivos a la doble afiliación, cuando ello es una situación muy generalizada en otros contextos. En general se constata que el tamaño acaba siendo un elemento importante, y ello está conduciendo a procesos de unificación de universidades francesas. ¿Alguien está pensando qué ocurre en Cataluña? ¿Podemos seguir trabajando con lógicas de competitividad local cuando necesitamos tamaños y dinámicas que nos permitan plantearnos objetivos más globales? Por otra parte, el tipo de clasificaciones del estilo de la de Shanghai informa muy poco sobre la calidad de enseñanza de las universidades y nada nos dice sobre su nivel de inserción en las necesidades de transformación social de su entorno. ¿Dónde se estan valorando los esfuerzos de una u otra universidad en el sentido de incorporar a personas adultas, a alumnos con discapacidad, o sus aportaciones en los debates y problemas sociales de la comunidad en la que están integradas? Es igualmente absurdo tratar de ignorar un ranking como el de Shanghai por lo que tiene de esfuerzo importante para analizar y sistematizar una cierta ordenación de la investigación competitiva a escala global, como asumirlo de manera acrítica y orientar nuestro sistema universitario hacia cotas que no son alcanzables a corto plazo. Lo más razonable es trabajar simultáneamente en la mejora de nuestras posiciones globales, esforzándonos al mismo tiempo en una mayor articulación entre dinámicas de generación de conocimiento y capacidad de servicio a la comunidad. Para ello necesitamos criterios e indicadores de rendimiento universitario más completos y más plurales, yendo más allá de un escenario en el que predominan criterios respetables, pero sesgados con relación a la necesariamente compleja actividad universitaria.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UB.

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Melancolía política, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 20 noviembre, 2008

Tras la tan comentada cumbre de Washington, la sensación de impotencia y de desconcierto que nos traslada la alta política institucional ante las encrucijadas del momento es espectacular. No han sido capaces de transmitir acuerdos significativos sobre los males del pasado, ni mucho menos alternativas creíbles que apuntasen a nuevas formas de relacionar política y economía, o que mostrasen algo más que buenos propósitos de enmienda con relación a errores pasados. Fue más bien una reunión de políticos sorprendidos por el nuevo y relumbrante papel que les ofrecía la coyuntura económica, cuando de hecho se habían ya acomodado en su papel de albaceas de las necesidades que manifestaban las élites económico-financieras globales. Aparentan mirar hacia el futuro, pero lo hacen usando las desgastadas claves del pasado. Pugnan por demostrar firmeza ante errores anteriores, cuando todos sabemos que el problema no es de disfunciones esporádicas y sólo atribuibles a la temeridad e irresponsabilidad de unos cuantos, sino que tiene sus raíces en lo más profundo de la razón de ser del sistema capitalista. Buscan soluciones a la crisis pasada, no tienen ni idea de cuáles van a ser las causas de la próxima y tampoco parecen conscientes de las oportunidades que atesora el desconcierto actual. Expresan melancolía, ese estado de ánimo en el que no sólo hay incertidumbre o vacilación en el momento en que se debe tomar una decisión, sino también rechazo a cualquier compromiso u opción concreta. Son conscientes de que tienen muchos vínculos, notables recursos y una potente oportunidad para expresar nuevas esperanzas y caminos, pero no se sienten ni con fuerzas ni con capacidad para apuntar a nada. Prefieren mirar al pasado y lamerse las heridas por los errores cometidos, aunque no saben muy bien en qué se equivocaron cuando unos meses atrás recibían sólo beneplácitos.

Se ha ido muy lejos en la pérdida de legitimidad y de funcionalidad del ejercicio de la política. En este sentido, es curioso observar que muchos periódicos colocaron las noticias relacionadas con la cumbre en la sección de economía y empresa. ¿Es natural que la reunión más importante de los últimos años entre jefes de Estado y de Gobierno de los países más influyentes del planeta no merezca situarse en la cabecera de la sección de política? Pero ¿hablaron de política? Si la respuesta es no, lo lógico es colocarlos en el apartado temático que corresponde. Se reunieron para tratar de mitigar, corregir y ayudar a superar la crisis económica. Se pusieron al servició del “mundo económico” para volver lo más rápidamente posible a la “normalidad”. Una vez más certificaron una de las claves de funcionamiento del sistema capitalista: la aparente disociación entre dominio en la esfera económica y dominio en la esfera política. En la esfera económica rige la ley de la competencia y prevalece quien más cuota de mercado consigue y más capital atesora; vales lo que vale tu capital. En la esfera política, rige la ley de la mayoría. En democracia todos seríamos iguales y la fuerza económica no se traduciría automáticamente en fuerza política. La legitimación del dominio político reside en buena parte en el principio de que ese dominio es aceptado y asumido, en tanto emana de la propia voluntad de cada ciudadano. Mientras que el dominio económico busca su legitimidad en la ley del que más tiene, del más capaz en la dura pugna de la competencia mercantil. En la práctica, la esfera económica ha ido siendo más y más capaz de trasladar su influencia y su capacidad de presión a la esfera política. La noticia de la cumbre en las páginas de economía no es sino una confirmación de la servidumbre de la política institucional actual a las necesidades prioritarias de las élites económico-financieras, disfrazadas una vez más de “intereses generales”.

Frente a la melancolía de la política institucional, se me ocurre reivindicar el romanticismo de la política alternativa. Aparentemente, Sarkozy no sufre melancolía. El presidente francés vive al minuto y no tiene un momento de respiro entre la hercúlea tarea de refundar el capitalismo y la labor de proteger la industria francesa, mientras trata de coronarse como el nuevo Napoleón III de Europa (Le Monde). Pero su agitación frenética esconde una total falta de criterio y de perspectiva estratégica, más allá de seguir siendo el centro de todas las miradas. Como diría Bauman, vive la política de forma “puntillista”, instante a instante, modificando su identidad en cada momento en que la coyuntura del momento lo exige. Pero esa hiperactividad esconde una profunda melancolía, una incapacidad de elegir quién quiere uno ser y qué camino escoger. En el otro extremo de la cadena tenemos a Solbes, quien trata de construir su fortaleza en la inmovilidad. Cada movimiento deviene un acontecimiento heroico. Es intrínsicamente melancólico. No escoge ni plantea alternativas, porque le parece inútil. Todo será lo que tenga que ser. Y hacer o no hacer, tampoco cambiará mucho las cosas. Reivindicar el romanticismo político es reivindicar la capacidad de ilusionarse ante nuevas perspectivas de futuro, desde la recuperación de viejas esperanzas, con la suficiente ironía como para saber que si bien buscando nuevas salidas podemos encontrarnos con nuevos fracasos, al menos habremos escogido qué fracasos tener. Al Gore, Joschka Fisher y Benjamin Barber, entre otros muchos, han levantado estos días sus voces para lanzar mensajes que no son para nada melancólicos, aunque puedan pecar de románticos. Nos hablan de la crisis como oportunidad, de un nuevo “clima de cambio” para enfrentarnos al cambio climático buscando y construyendo formas alternativas de producción y bienestar basadas en nueves fuentes energéticas, nuevas formas de movilidad, masivas inversiones en educación e investigación. Y manifiestan la importancia de recuperar la capacidad de liderazgo político. La crisis que nos sacude tiene sus raíces en la total falta de credibilidad de la actual política institucional, llena de melancolía, faltada de romanticismo.

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Obama: razón y voluntad, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Derechos, Política by reggio on 13 noviembre, 2008

La sensación de alivio y de esperanza ha predominado en estos días de noviembre en que hemos visto acabar una época y empezar algo que aún no sabemos cómo definir. Alivio por confirmar lo que todos imaginábamos pero que precisábamos que se ratificara: el fin de la pesadilla Bush y del periodo en que neocons (como Aznar) y sus aliados circunstanciales (Blair) han presidido la escena mundial. Esperanza depositada en una manera de hacer política que parece reposar en mayores autenticidades y más consistencia interna entre lo que se predica y lo que se practica. Pasada la euforia y el alivio, es hora de redimensionar y calibrar la esperanza. Podemos seguir a Eduardo Galeano cuando afirma, con un sano escepticismo: “ojalá la voluntad de cambio, que estas elecciones han consagrado, sea más que una promesa y más que una esperanza”. Desconozco si Obama en sus periplos vitales a través del mundo ha leído a Gramsci, pero, si no es así (sabiendo lo fútil de mi consejo), recomendaría que lo hiciese. El gran pensador sardo trabajaba con maestría el concepto de hegemonía y las sutilezas entre optimismo y pesimismo, entre voluntad y razón, componentes imprescindibles de todo político que quiera ir más allá de la simple gestión, o de la inútil gesticulación.

La agenda política que tiene enfrente el presidente electo es para ponerse a temblar. Descontado el cierre de Guantánamo y la progresiva retirada de Irak (lo cual no es nada fácil, pero que se plantea como la prueba del algodón), el nuevo mandatario tiene por delante un rosario de temas en política exterior e interior que exigen grandes esfuerzos. Una tentación comprensible para cualquier político sería centrar los esfuerzos, pasada la larga y exigente batalla electoral por la que ha pasado Obama, en conseguir los apoyos internos del partido demócrata, de los congresistas y de los principales intereses afectados en ese conjunto de decisiones, y buscar los equilibrios y componendas que permitan avanzar, aunque sólo sea un poco. Desde mi punto de vista, esta estrategia, si bien es razonable y hasta cierto punto convencional, choca frontalmente con el mensaje que ha ido lanzando Obama desde que fue subiendo los escalones que le condujeron desde la Convención Demócrata de Chicago de 2004, hasta su actual posición de 44º presidente de Estados Unidos. Lo que él ha vendido, explicado, sudado y vivido es que llega a Washington para cambiar la manera de hacer las cosas, y para ello cuenta con la fuerza de ser el presidente con más votos de la historia democrática de su país, pero cuenta, además, con otro recurso más poderoso si cabe. Me refiero a los 10 millones de personas, muchos de ellos muy jóvenes, que no sólo le han votado, sino que se han movilizado para conseguir fondos, para que se inscribieran el mayor número de votantes que se recuerda, y para movilizar a potenciales electores que nunca habían pensado que esto de las elecciones presidenciales iba con ellos.

Ha entendido a los nuevos electores. Ha sabido movilizarlos. Ha tratado con dignidad y respeto a sus simpatizantes y voluntarios, haciéndoles llegar su agradecimiento y reconocimiento de manera individualizada, y haciéndolo antes de su aparición ante los medios. Entiendo que, si quiere seguir rompiendo moldes, lo que debe hacer es encontrar caminos para que no se vayan a sus casas y que sigan movilizados para defender el proyecto que han entendido que encarna Obama. Por mucho que disponga de mayorías suficientes en las cámaras, sabemos por experiencias anteriores que la capacidad de bloqueo de los grupos organizados en defensa de los intereses ya consolidados es grande y capaz de hacer embarrancar todo tipo de proyectos, por razonables que sean (véase el caso de la sanidad pública en la era Clinton). Su fuerza, su imagen, su mensaje, ha sido el del cambio, el de la necesidad de hacer ciertas transformaciones en el país, superando la barrera que han construido los intereses creados a través de los lobbies. Y de hacerlo, y ésa era también la fuerza de su mensaje aparentemente de outsider, manteniendo la unidad de la mayoría por encima de divisiones partidistas más propias del statu quo de Washington que de la realidad. Unidad y cambio. Difícil binomio cuando has de entrar en temas como el cambio energético, la expansión de la educación infantil, la ampliación de la sanidad pública a 45 millones de americanos que no tienen cobertura, afrontar los 12 millones de inmigrantes clandestinos que están a la espera de qué se hace con ellos, o cuando debes decidir si ratificas el Protocolo de Kioto cuando eres la potencia más contaminante del mundo. ¿Puede avanzar en esa exigente agenda cuando además, la crisis le obligará a socorrer a industrias e instituciones financieras? ¿Podrá responder a las buenas vibraciones que ha despertado en todo el mundo, si más bien la situación económica le invita al proteccionismo?

Lo cierto es que Obama ha de sentirse cargado de responsabilidad, pero también lleno de la fuerza que le ha conducido a la victoria. Después de años en los que se ha valorado en los dirigentes americanos el que no fueran intelectualmente bien dotados, se ha valorado precisamente en Obama su capacidad discursiva y analítica al enfrentarse a temas de gran calado. Pero, seguramente, lo que más destacaría ha sido su capacidad para incorporar a muchos jóvenes al escenario político de cambio por él planteado. Como ha recordado Noam Chomsky estos días, sin la experiencia movilizadora de la década de 1960 en Estados Unidos no se explicaría el hecho de que las primarias demócratas se hayan dirimido entre una persona de color y una mujer. Y, gracias a la campaña de Obama, los próximos 20 años van a quedar marcados por una generación que ha vuelto a incorporarse a los grandes interrogantes de futuro del país, y se ha sentido interpelada y movilizada por Obama. La capacidad que tenga Obama para mantener esa movilización y la capacidad de los ahora movilizados para seguir insistiendo en que se cumplan las promesas lanzadas y el nuevo estilo prometido serán las claves que determinarán en buena parte el que el ambicioso programa de cambio pueda ser factible.

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