Reggio’s Weblog

Entierro de la sardina, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Medios by reggio on 26 febrero, 2009

EL RUIDO DE LA CALLE

En Madrid suceden cosas infames como el entierro de la sardina, que tiene, sin embargo, comienzo subversivo. Goya, bajo el estandarte de mortus, pintó a monjas disfrazadas de pantera que voló la censura. En esa fiesta el pueblo con cucuruchos de papel blanco de toca empinaba la bota en la fiesta furtiva, donde desde Quevedo las madrileñas se metían hasta los muslos en el río, entre los gritos del cierzo. Larra cuenta que se amaban a hurtadillas, lo cual no deja de ser una ñoñería. El escritor que iba de dandi y era un pigmeo con tupé pensó más que todos los españoles juntos, pero es, como antes Goya, una contradicción: afrancesado y patriota, fernandino y voluntario realista, liberal febril y señorito.Pero si algo queda claro es que, aunque se dejara llevar a veces por percalinas y gallardetes, odiaba a los carlistas y a los censores.

Escribir entonces (como ahora) era llorar o mamar; por eso ataca a los censores. Lo que no se puede decir, no debe decirse, comenta con sarcasmo; aborrece irónicamente a esos hombres turbulentos a quienes ningún gobierno les gusta: mala gente que escribe para destruir la religión y el trono.

Gallardón recordó a Fígaro en el entierro de la sardina, primer botellón de nuestro Novecento castizo. Me cae bien el alcalde olímpico, tan follador motorizado como lo era el Rey. Ha descubierto con sus túneles luminosos la circulación de Madrid, como Servet descubrió la de la sangre. Aunque la derecha ultramontana abomine de él, el partido gobernante (José Blanco) lo ha nombrado candidato a la Presidencia. Pero tiene que tener conducta como los del Foro en su discurso de Carnaval, el de las muchas interpretaciones.

La sardina procede de Carlos III, el gurrumino, que quiso que el pueblo cumpliera el Carnaval y mandó traer sardinas, que se pudrieron con los primeros soles. Citar la sardina cuando el sistema de partidos huele a podrido parece arriesgado. Además, dio un aviso a periodistas. Campan -dijo- por la Villa palabreros y murmuradores, analistas y hermenautas, almas de confidencial y tertulia diaria. Parece que no tiene buena opinión de la sociedad mediática, aunque no está bien que se valga de Larra, pobrecito hablador, aplastado por la censura, cuando el Estado de partidos camina con torpeza magullando a los contribuyentes.

Sin llegar a decir como Nietzsche que el leviatán es frío y lento hasta cuando miente y todo lo que posee lo ha robado, sí que hay que decir que los medios son el guepardo entre chanchitos, que hundieron a Bermejo y dejaron tocado a Garzón. El Gobierno ha tenido reflejos mientras un PP menguado presentaba querella por prevaricación contra su propio juez. Han sido lentos. Garzón ha ganado tiempo pregonando a dos diputados del PP antes de inhibirse.Como el fiscal vigila los procedimientos, dirá que tardanza no es prevaricación.

© Mundinteractivos, S.A.

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Las heces de oro, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Medios, Sociedad by reggio on 23 febrero, 2009

El cáustico poeta Marcial se burló de un patricio llamado Basso, que gustaba de beber en copa de cristal mientras que evacuaba en orinal de oro. Carius ergo cacas le recriminaba el poeta, frase que, traducida con cierto pudor, dice: “Pagas más por tus heces”. Marcial tenía la lengua viperina, pero era partidario del ataque indirecto, oblicuo. Muy lejos del insulto que Francisco de Quevedo transformó en literatura fundando una castiza escuela periodística en la que abunda la pedrada léxica, la alegoría del mamporro y la sinonimia del puñetazo.

Marcial siempre satirizaba a un sujeto. Pero, más allá del ataque personal, proponía una lección genérica, una moraleja. Veinte siglos más tarde, sin embargo, la moraleja del orinal de oro ya no sirve. En tiempos de los romanos, gastar más dinero en el orinal que en la copa era un comportamiento estúpido. En aquel entonces, el objetivo principal era el alimento, no el excremento. Y eso, a pesar de que los banquetes de los patricios eran un verdadero festival de excesos.

Uno de ellos fue narrado con todo detalle por otro frío analista de la antigüedad, el elegante Petronio: el banquete de Trimalción. Un banquete que empieza con un teatral muestra de viandas inspiradas en los signos del zodiaco y continua con rubicundos pollos, mamas de cerda, un inmenso cerdo relleno de salchichas e incluso “una liebre guarnecida con alas”.

En el impensable festín se describen bandejas en forma de “lago con figuritas de pescado” sobre las que mana una lluvia de salsa de pimienta, y escenográficos jabalíes rellenos de tordos, todavía vivos, que, cuando la bestia es abierta, salen volando. Entre bailes y juegos, los esclavos sirven, por si fuera poco, ocas encebadas. En contraste con tal prolijo realismo, apenas se mencionan en la narración de Petronio detalles que nos permitan saber cómo se digería el tremebundo exceso. En un momento dado, Trimalción se levanta para ir a las letrinas. Y de una frase ambigua podría deducirse que ha desembuchado en el vomitorio.

De la lectura del Satiricón de Petronio se desprende, por lo tanto, que incluso los patricios romanos, tan excesivos, daban muchísima más importancia a la entrada que a la salida. Por esta razón Marcial puede burlarse de Basso, que gasta más dinero en el orinal que en la copa.

En nuestro tiempo, la sátira de Marcial carece de sentido. No solamente porque ahora los baños son habitaciones de lujo, modernos orinales de oro, ultradiseñados y manieristas, sino porque, a pesar de la gran importancia que damos a la gastronomía, lo hacemos con extremada prudencia. Con miedo. El prestigio de los cocineros no había sido nunca tan elevado, pero el acto de comer deja un rastro muy visible de culpa. Comer es un placer muy popular, pero también una mina de angustias, fomento de grandes neurosis estéticas, dietéticas y sanitarias. Comer nos encanta tanto como nos hace sufrir. Buena prueba de ello es que los únicos personajes que empatan en fama con nuestros cocineros más famosos son los grandes médicos, enemigos a ultranza del pavoroso colesterol y de los temibles triglicéridos: el cardiólogo Valentí Fuster compite en el universo estelar con Ferran Adrià y Santi Santamaria.

Si el acto de comer causa tanta satisfacción como dolor, el acto de evacuar reúne, en cambio, grandes unanimidades. Si los aromas del comer son fuente de angustia, el hedor de la evacuación excita el fervor general. Los excrementos deslumbran, encantan, fascinan, hipnotizan.

Nada obtiene más páginas de prensa y más minutos de televisión que la hediondez excremental. Sean las heces de la política (las nauseabundas colitis de la trama madrileña o la descomposición de un ministro en cacería), sean las deyecciones de cualquier personajillo (especialmente, si, como sucede en el Reino Unido, tiene un cáncer terminal y ha vendido su agonía a un reality),sean las fatales deposiciones de estos jóvenes de Sevilla, que se han convertido en una mina de oro, no solamente para las televisiones populistas, sino también para algunos severísimos diarios.

Husmeados todos los agujeros, aburridos ya de tanta desnudez, hastiados de los bombardeos en Gaza, necesitábamos una buena historia para olvidar la crisis.

Yahí está: un joven asesino, sus compinches y su novia actual, una niña de 14 años que ha reinado en televisión contando su intimidad con el imberbe asesino. En la Roma de todos los excesos, se ofrecía sangre para aplacar a las masas primitivas. También en nuestro Occidente, hijo, al parecer, de la razón ilustrada.

No existe más horizonte moral en nuestra vida pública que el índice de audiencia.

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Apagar el televisor, de Manuel Hidalgo en El Mundo

Posted in Derechos, Medios by reggio on 21 febrero, 2009

LA BALSA DE LA MEDUSA

Ayer, a las tres, sintonicé el Telediario de La 1, apareció la presentadora, comenzó a hablar del asesinato de Marta del Castillo y apagué el televisor. Me niego.

Pero me afirmo: es preciso evitar que la televisión pública se contamine más de la pestilencia de las televisiones privadas.Es preciso reconstruir y fortificar una televisión pública que responda plenamente a criterios políticos, culturales, cívicos y morales responsables y útiles para evitar el naufragio de la sociedad. Su ahogamiento en un cenagal.

Puede que no le interese a nadie, pero digo: si Zapatero y el Parlamento no reconducen el rumbo de la televisión pública, no votaré al PSOE en las próximas elecciones. No votaré a nadie. Me abstendré activamente. No tiene sentido añadir tu voto a una cazuela donde humea el caldo de una devastación del criterio y de una inmensa aniquilación de las ideas. El fundamento de la democracia está en peligro.

Nunca en la Historia se ha dispuesto de un medio tan vigoroso para formalizar el fin de la ignorancia de amplias capas de la población, para caminar hacia la igualdad, la dignidad y la ilustración, y nunca se ha utilizado un instrumento con tales posibilidades para hundir todavía más en la miseria a la gente que chapotea en ella. Hablo, claro, de la televisión.

¿Elitista? Todo lo contrario, al menos en cierto aspecto. Las minorías tienen recursos. El llamado profesional urbano con formación académica se salva (de momento). Tal vez mete sus narices y sus vísceras unos minutos en el pozo negro, se pega un revolcón y se sale. Indignado, un poco hipócrita, sí. Pero no es consciente de hasta qué punto ese vertedero móvil se está llevando por delante pueblos y barrios enteros. Ancianos, amas de casa, jubilados, chicos y chicas -del antiguo campesinado y clase obrera-, que alimentan sus aspiraciones protagónicas con los antimodelos de ese detritus y en carencia de educación. Estamos echando a los leones a una mayoría de la población. Los supervivientes se devorarán entre ellos y vendrán a por todos con un demagogo populista al frente.

Hace 20 años, aproximadamente, llegó aquí una televisión que no conocíamos. Ha contagiado a la televisión pública, a las otras televisiones, a los periódicos y a los digitales. La peste se extiende. El país donde prosperó esa televisión está roto, desventrado, desencuadernado. El magnate de esa televisión es su Presidente.¿No es un aviso?

El siglo XX conoció los campos de exterminio y los gulags. Ahora, en nombre del mercado, del ocio, del negocio y de la libertad de expresión prosperan coloristas prisiones catódicas con alambradas rosas y negras. ¿Libertad de expresión? ¿Quién va a expresar qué cosa si está inundado de emociones y famélico de ideas? ¿De verdad vamos a discutir sobre la cadena perpetua?

Las televisiones programan sus contenidos. Obvio. En sus contenidos abundan los delincuentes, los corruptos, los charlatanes, los frívolos, los buscavidas, las busconas y los asesinos. No tengo más espacio para explicarme, pero ya está dicho.

© Mundinteractivos, S.A.

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El Papa, Obama y Madoff, de Moisés Naim en El País

Posted in Medios, Política by reggio on 8 febrero, 2009

¿Qué tienen en común el Papa Benedicto XVI, Barack Obama y Bernard Madoff, el estadounidense acusado de estafar a miles de inversores? Pues que los tres han tenido recientemente tropiezos que ilustran una interesante paradoja de estos tiempos: en una era en la cual hay más información que nunca, organizaciones muy sofisticadas toman decisiones ignorando la información disponible. Pareciera que el Vaticano, la Casa Blanca y Wall Street no se han enterado de la existencia de Google. Pero como, obviamente, sí saben de Google y de otros potentes métodos para buscar información, entonces debemos concluir que algo más profundo que la ignorancia induce la ceguera que los lleva a tropezarse.

No hay duda, por ejemplo, de que sabiendo lo que sabe hoy, Benedicto XVI no hubiese revocado la excomunión del obispo británico Richard Williamson, que está convencido de que el Holocausto es una exageración. Según Williamson, no fueron seis millones los judíos asesinados por los nazis, sino que “no más de 300.000 judíos murieron en el Holocausto”. Además, y para que no haya confusión, el obispo ha aclarado que “ni uno solo de ellos [murió] en las cámaras de gas”. Como era de esperarse, la decisión de Benedicto XVI de acoger de nuevo en su iglesia a semejante historiador produjo una fuerte reacción mundial. Angela Merkel, por ejemplo, le exigió al Papa que “deje bien claro que no se puede negar” el Holocausto, y acusó al Vaticano de no haber “explicado satisfactoriamente” la decisión de revocar la excomunión del obispo Williamson. Inmediatamente, el Vaticano respondió que el Holocausto era “un hecho histórico probado”. Pero así como el Vaticano no tiene dudas sobre el Holocausto, tampoco ha debido tenerlas sobre el obispo Williamson, que no se caracteriza por esconder sus opiniones. El prelado repitió sus ya conocidos puntos de vista en la televisión danesa en noviembre. Esta entrevista salió al aire el 21 de enero -el día que se supo la decisión que el Vaticano oficializaría tres días después-. ¿Cómo pudo ocurrir que en todo el proceso previo que condujo a esta controvertida decisión, la eficiente maquinaria del Vaticano no hubiese tenido la información sobre Williamson y sus ideas?

A la Casa Blanca le pasó lo mismo. Barack Obama y su equipo han proclamado que desean que su Gobierno sea el más transparente de la historia y que no tolerarán conflictos de intereses. Quienes aspiran a un cargo en el Ejecutivo de Obama deben contestar a un exigente y detallado y cuestionario con más de 63 indiscretas preguntas (la número 54: “Suministre las direcciones de todos los sitios de Internet donde usted aparezca por razones profesionales o personales, incluyendo Facebook, MySpace y otros”. La número 63: “Suministre cualquier información sobre usted o su familia que pueda resultar embarazosa para usted o el presidente”). Obama, además, cuenta con un equipo muy respetado por su hábil uso de las tecnologías de la información. Sin embargo, ya llevan varios candidatos cuyos nombramientos para cargos al más alto nivel de gobierno han debido ser revocados después de ser anunciados por el presidente, con gran vergüenza para todos los involucrados. De nuevo: ¿Cómo es posible que esos candidatos hayan logrado pasar el proceso de selección, y que los investigadores de la Casa Blanca no hayan detectado los puntos oscuros antes de hacer públicos los nombramientos? ¿Y cómo es posible que los candidatos no hubiesen sabido que tenían en su pasado problemas fiscales o conflictos de interés que tarde o temprano saldrían a la luz?

La misma ceguera afectó a quienes invirtieron con Madoff. Es verdad que no les hubiese bastado con buscar en Google para enterarse de que los estaban estafando. Pero sí les hubiese sido útil prestar más atención a las varias denuncias que sobre Madoff ya se habían hecho. En teoría, el mercado financiero debería ser de los más transparentes. Se gastan millones en auditores, controles, evaluadoras de créditos, analistas de inversión y un largo etcétera. De nuevo, nada de esto sirvió. ¿Por qué?

Las repuestas a los puntos ciegos que explican la conducta del Vaticano, de la Casa Blanca y de quienes invirtieron con Madoff no tienen nada que ver con la información disponible. Estaba allí para quienes hubiesen querido verla. Esta ceguera es producto de una poderosa motivación humana: el interés. El Vaticano tenía gran interés en incluir en su seno al grupo de ultra-tradicionalistas al cual pertenecía Williamson. La Casa Blanca y los candidatos tenían gran interés en concretar los nombramientos. Y quienes promovían a Madoff ganaban mucho dinero persuadiendo a ávidos inversores de que con él estaban seguros. Lo único más cegador que el interés es el amor.

mnaim@elpais.es

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Televisiones de pago y pago de televisiones, de Miguel Ángel Aguilar en Cinco Días

Posted in Economía, Medios by reggio on 6 febrero, 2009

Pensábamos que las televisiones de pago eran canales privados a los que era preciso suscribirse instalando aquellos descodificadores que el inolvidado ministro de Fomento, Paco Cascos -premiado con el chirimoyo de oro en Granada cuando el chapapote ennegrecía las playas de Galicia-, quería reinventar simultáneamente a la declaración en el BOE del fútbol como asunto de interés nacional.

Pero el pago por visión, el pay per view para entendernos en castellano, se ha venido abajo con la caída de la Liga de los galácticos y la entrada en liza de La Sexta y su oferta deportiva en periodo de gratis total irresistible para el espectador doméstico, a quien una vez captado se intentará después reconducir hacia el canal de pago de TDT que se espera merecer de Moncloa.

Mientras tanto están pendientes de evaluarse los efectos sobre los establecimientos de hostelería, porque si bien la gratuidad elimina un incentivo para esos clientes deseosos de ahorrarse la compra del partido con cargo a la economía doméstica, hay otro sector afiliado al principio de que como fuera de casa en ninguna parte, para el cual es además irrenunciable el ejercicio de compartir emociones en el bar de la peña donde se concentra la hinchada.

Repetimos, pensábamos que las televisiones de pago eran los canales privados pero acabamos de descubrir que nuestro pensamiento era erróneo y que las verdaderas televisiones de pago son los canales públicos. Con la interesante diferencia de que el pago de las televisiones públicas resulta obligatorio, se carga a la cuenta de los Presupuestos Generales del Estado, de la comunidad autónoma o del municipio de que se trate, según su alcance. Es decir, que carece de la voluntariedad característica del abono libre cuyo importe sólo grava sobre quien desea suscribirse.

Ahora observamos que son los canales públicos los que hemos de pagar de nuestro bolsillo, incluso sin querer. Semejante situación es denunciada por los empresarios de las televisiones privadas, que salen al proscenio para lanzar declaraciones incandescentes, reclamando la desaparición de quienes bajo esa condición de públicos les arruinan al competir de manera ventajista acogidos a la doble financiación de las subvenciones y de la publicidad comercial.

En todo caso, que nadie espere en las líneas que siguen encontrar una apología de los canales privados, cuya ejecutoria considero más que discutible, entregados en ocasiones al ejercicio circense del más abyecto todavía, bajo el principio de todo por la audiencia, de la que se hace la interpretación más degradada. La misma que tenía aquella novelista, buena amiga mía, para quien los hombres eran como las gallinas porque aunque les echaran trigo preferían irse a la mierda. Una tendencia en la que luego se hace hincapié para otorgar los únicos certificados de calidad cuando los expertos interesados dictaminan que no hay buena o mala televisión, que sólo hay dos clases de televisión: la que tiene espectadores y la que no los tiene. O como señalaba nuestro Cuco Cerecedo: millones de moscas no pueden equivocarse cuando señalan la superioridad de la basura.

Pero que nadie suponga tampoco que aquí va a encontrarse con un ataque furibundo a los canales privados. Primero, porque han demostrado otras virtudes, como la de haber dado cierta cancha al pluralismo.

Segundo, yendo a un plano personal, porque les tengo el agradecimiento de que hayan acogido muchas veces mis colaboraciones y las tendencias suicidas en el ámbito laboral deben ser mantenidas a raya, con mayor motivo cuando se presentan situaciones de crisis agudas como sucede en el momento presente.

Tercero, porque empieza a faltar espacio disponible. Así que las líneas finales buscarán ese ten con ten entre el Evangelio y el Remy Martin, que se decía cuando los tecnócratas encabezados por Laureano López Rodó marcaban estilo y nos llevaban ‘por el desarrollismo hacia Dios’ mientras atenuaban los efectos de aquella ‘revolución pendiente’ de los falangistas auténticos,

El próximo viernes atenderemos otras cuestiones pendientes y pediremos las explicaciones que nos son debidas por los 100 millones de pérdidas al cierre del ejercicio de 2008 que calcula la corporación de RTVE, sin que contra lo previsto en la ley de la radio y televisión de titularidad estatal de 5 de junio de 2006 y en el mandato marco para esa misma corporación de 4 de diciembre de 2007 este incumplimiento acarrea las consecuencias legales anunciadas. Continuará.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista

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Estados de ánimo, de Manuel Hidalgo en El Mundo

Posted in Medios, Política by reggio on 31 enero, 2009

LA BALSA DE LA MEDUSA

En su show televisivo, Zapatero sugirió la conveniencia de acceder a un estado de ánimo más positivo y optimista -o algo por el estilo- como medio y remedio para salir de la crisis. Como es natural, le han llovido los mojicones. Del presidente y su Gobierno esperamos soluciones técnicas a los problemas, no consejitos de autoayuda.

De acuerdo. Pero Zapatero tiene razón. Es curioso que, en términos económicos, se llame «Depresión» al fenómeno de disminución o hundimiento de la actividad económica. Es la misma palabra que designa, en términos de psicopatología, a la pérdida del interés por vivir, por actuar, por seguir adelante. El deprimido, víctima del desánimo, experimenta una radical pérdida de deseo y de ganas de hacer.

No quiero defender aquí a Zapatero. Quiero salir en defensa de la inteligencia y de la voluntad, y me gustaría discutir sobre esto con Alvaro Pombo y lo que ayer decía en El Cultural. Se desacredita a la inteligencia cuando se la considera, únicamente, productora de realismo y de pesimismo. La inteligencia es una potencia creadora más versátil. El realismo -como la verdad- es útil, pero no siempre. Es una herramienta a tener en la mano, pero eso no quiere decir que haya que usarla en todo caso. En cuanto al pesimismo, me parece un mal negocio atribuirlo a la inteligencia y creer que los optimistas son tontos. Así nos va.

Hace tiempo que la medicina ha decretado la importancia de la voluntad y del deseo en el proceso de curación de enfermedades graves, cáncer incluido. ¿Por qué no iba a ser importante el papel de la voluntad y el deseo en la salida de la crisis? La voluntad es un junco firme que crece en el cañaveral del deseo.Ambos generan movimiento -el deprimido propende a estar quieto- y señalizan inmediatamente un camino, el comienzo de un recorrido.

El deseo no basta para conseguir algo, pero -como también y tan bien sabe el enamorado, por ejemplo- sin deseo nada se consigue.Con sólo el deseo yo no puedo volar -y puedo estrellarme si pretendo hacerlo-, pero sólo el deseo de volar me permite inventar el avión. El deseo me da alas.

La voluntad no es que sea en sí misma optimista. Más bien, se desentiende del optimismo y del pesimismo, aunque es obvio que, si estuviera afectada por el pesimismo, no sería nada. No sería.

La voluntad -como el deseo- genera optimismo. O, al menos, algo que se le parece: echar a andar en la dirección del objeto -del objetivo- deseado. Si a eso queremos llamarlo «optimismo de la voluntad», para entendernos, pues vale.

Que Zapatero y sus asesores encuentren las soluciones acertadas para la crisis. Con la ayuda de todos. Pero no echemos en saco roto la connivencia de nuestro estado de ánimo. La Oposición prefiere ahondar en la negrura del pozo para exaltar su condición de alternativa. La Prensa no para de dar noticias negativas de la economía, porque si no son negativas -ya se sabe- no son noticia. Nos toca avivar el deseo por nuestra cuenta. Y riesgo.

© Mundinteractivos, S.A.

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La necesaria Crisis del Cuarto Poder, de S. McCoy en El Confidencial

Posted in Economía, Medios by reggio on 31 enero, 2009

El Cuarto Poder está en crisis. Menuda novedad. Lleva en crisis mucho tiempo. Demasiado. Exactamente desde el momento en que perdió la función que la sociedad le había asignado y reemplazó la verdad por la rentabilidad, la objetividad por el interés partidista, la razón por la servidumbre. Los despojos operativos y financieros en que se han convertido gran parte de los grupos de comunicación españoles son una consecuencia más de la ruptura, hace ya décadas, de la identificación entre la causa fundacional y acción a desempeñar por el periodismo patrio, proceso de deterioro paralelo al que han vivido gran parte de las instituciones públicas que nacieron al calor de ese esfuerzo de renuncia colectiva que fue la Transición española. La actual coyuntura empresarial no es lo importante. No se engañen. El problema fundamental de muchos actores del sector es la pérdida de sus señas de identidad: la prostitución de sus principios y la renuncia a sus ideales. De ahí que no me den pena alguna, la verdad. Ni siquiera me inspiran la mínima compasión de quien fue y ya no es, recuerdo del pasado. Se lo han ganado a pulso. De hecho, no creo que se pierda nada con su desaparición. Más bien al contrario: espero que se convierta en la gran oportunidad para que la causa última que justifica la labor de los medios vuelta a brotar con renovado brío para cumplir con la fundamental misión que han de llevar a cabo en cualquier colectividad. Claro que mucho esperar me parece a mi a día de hoy. En fin.

El Cuarto Poder.

Siempre he entendido el concepto de Cuarto Poder desde una triple dimensión. En primer lugar como poder en sí, concepto que servidor entiende, en la particular estructura de estado en la que vivimos y a la que por tanto circunscribo esta reflexión, no en su acepción negativa de conseguir que otros hagan lo que no quieren hacer, lo que a mi juicio es imposición, autoridad y obeciencia, sino como la capacidad de hacer que las cosas cambien, esto es: proposición y acción, que es algo muy distinto. En el contexto social que disfrutamos, hay una coletilla implícita en esa definición: se trataría de procurar que las cosas cambien… a mejor. Es lo que se deduce del resultado de cualquier proceso democrático de elección colectiva de representantes, poderes legislativo y ejecutivo. Nadie vota o designa a quien cree que va a empeorar su calidad de vida o sus circunstancias personales. Es de cajón. Pues bien, en los medios de comunicación no debería ser distinto: tienen una potestad que se habría de traducir, al menos en teoría, en contribución desinteresada al progreso común, en su doble vertiente de avance y mejora. No se trata de una quimera. Vuelvan la mirada a los años inmediatamente posteriores a la fundación de alguna de las cabeceras señeras españolas. Su rentabilidad se derivaba de un círculo vicioso de credibilidad y prestigio que revertía positivamente en la distribución y los ingresos. Qué tiempos aquellos.

Muy relacionada con esta idea se encuentra, en segundo término, la asociación del Cuarto Poder con la tarea auxiliar de control de la actividad de los otros tres poderes del Estado, tal y como los enunciara en su día Montesquieu (a los dos ya citados habría que añadir el judicial). Se espera de la prensa la adecuada labor de supervisión y denuncia, de vigilancia y revelación, de investigación e información. En un mundo tan politizado como el actual, esta misión cobraría, si cabe, mayor relevancia, siendo de hecho el último asidero al que la ciudadanía se podría aferrar en busca de una verdad lo más objetiva posible, si es que ésta existe, como filosóficamente discuten algunos. Por último, la consideración de Cuarto Poder en relación con los medios se refiere, con carácter no tan residual como podría parecer, a su condición de forjadores de criterio, en la medida en la que son fundamentalmente periodistas los que orientan a la opinión pública para que pueda llegar a sus propias conclusiones y actuar en consecuencia. Suponiendo, claro está, que aún quede algo de reflexión y no de mera adhesión incondicional en esta sociedad post-LOGSE de Grandes Hermanos de 40% de share televisivo. Basta con darse una vuelta por la multitud de tertulias que pueblan las radios y televisiones españolas para cerciorarse de esta evidencia. Periodistas y políticos, tanto monta monta tanto, Isabel como Fernando, se han convertido en esos tutto logos que caricaturizan los italianos: los que hablan de todo sin saber de nada. Y el resto de la sociedad civil, doctores, licenciados, generalistas y especialistas, a escuchar. Toma ya.

La pérdida de su razón de ser.

Más allá de chanzas fáciles, el problema fundamental de la prensa española es que no ha dudado en traicionar esa voluntad de mejora intrínseca, propia del ejercicio de cualquier poder en democracia, por la persecución sin desmayo del propio beneficio. Ya no se trata de que las cosas cambien a mejor, sino de que las cosas cambien a mi favor. De ese modo se ha producido una alineación de los intereses de los medios con los de aquellos que, o bien podían aumentar su radio de influencia, o bien podría sustentarlos económicamente. La hermandad con el espectro político o con el ámbito empresarial incide de forma implacable en las otras vertientes de su actividad. No sólo cercena de raíz la objetividad que debería presidir cualquier labor de control parlamentario, gubernamental o de la judicatura sino que provoca, inexorablemente, que las opiniones vertidas individualmente lo sean, salvo contadas y honrosas excepciones, bajo el estigma de la orientación ideológica del paraguas que al opinante cobija. De este modo, no es de extrañar el descrédito que se ha ganado con el paso del tiempo la propia profesión periodística. Cuando algo o alguien renuncia a lo que es consustancial a su propia existencia, termina por convertirse en una caricatura de sí mismo. Casos como el más reciente de Anacleto, agente secreto, de El País, de tan abrupto y extraño final, o la obsesión plurianual 11-M de El Mundo, sin pruebas tan ciertas como las que les sirvieron para ganar crédito con el GAL, son buen ejemplo de ello. Bien está lo que bien acaba. No se puede olvidar. Lo contrario es hablar a humo de pajas.

Alguno podrá argumentar que no hay relación causa efecto entre el deterioro intelectual de los medios de comunicación, al que acabamos de hacer referencia, y su debacle como negocio, al ser este último el resultado más bien de dos factores claramente interrelacionados, endeudamiento aparte: una caída salvaje de la publicidad y la irrupción de Internet como fuente recurrente e inmediata de información, lo que puede hacer que dicha merma de ingresos tenga carácter estructural y traiga consigo una reconversión de la industria que dejará muchos cadáveres por el camino. Discrepo profundamente. Ambos van totalmente de la mano. Porque ha sido la desmedida ambición económica y social de determinados personajes, y su creencia de estar por encima del bien y del mal, la que ha conducido a estructuras operativas y financieras absolutamente inviables en momentos no bajos sino medios de la coyuntura económica. Así, no han dudado así en emprender proyectos de dudosa rentabilidad ex ante, como la lucha por la residual audiencia de la TDT o de las emisoras locales; no les ha temblado la mano a la hora de sobrepagar por activos de dudoso valor intrínseco, como el gratuito Qué que cualquiera con dos dedos de frente podía entender su brutal apalancamiento al ciclo; no han dejado de confiar en que la salvaguarda administrativa que les daba resguardo oportuno iba a estar ahí siempre con independencia de las circunstancias, caso Sogecable-Mediapro.

¿Crónica de una Muerte Anunciada?

Si con ello hubieran pretendido cumplir con ese papel de celosos guardianes de los intereses de la ciudadanía, de control de las demás instituciones del estado o de aliento a la sociedad civil, olé sus narices. Pero desgraciadamente no ha sido así. Han preferido renunciar a sus principios antes que a sus beneficios. Así les ha ido. Ha primado la imposición frente a la información y ahora pagan por ello. Sólo les quedan dos opciones: travestirse aún más en busca del favor de unos y otros, camino fácil que permite sustentar los egos en un negocio donde abundan por doquier, o tomar la utópica determinación de volver a las raíces de lo que magnifica su actividad, recuperando todo lo que ha hecho grandes a los grandes periodistas de la Historia. Desgraciadamente, la elección la tienen clara. No tengan duda alguna de que será su condena definitiva. Amén.

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La prensa, pilar de la democracia, de Patrick Apel-Muller en l’Humanité

Posted in Derechos, Libertades, Medios by reggio on 30 enero, 2009

Original francés artículo : La presse, pilier de la démocratie

Translated jeudi 29 janvier 2009, par Vivian Olivera

El tiempo apremia. Los periódicos nacionales están perdiendo dinero y la mayoría son censurados. Algunos acuden a los bancos, donde no abunda el crédito. Otros negocian propuestas recibidas para capitalizar de nuevo a un precio más elevado, y quizá en un futuro al precio de su libertad. Algunos reciclan el dinero ganado rápidamente cuando se desmoronó Rusia con la llegada de Boris Yeltsin. « Observe los Estados Unidos, tome como modelo Gran Bretaña », exclamaban, perentorios, los turiferarios del mercado. Ya no se les oye… Los monumentos de la prensa americana cierran la puerta con llave, la prensa británica pide ayuda a gritos y un oligarca moscovita vino de compras. La crisis desnuda la ilusión de una democracia sustentada exclusivamente por los mecanismos de la competencia. Cuando se les deja actuar por sí solos, el pluralismo perece y la información se estrella contra los intereses de los más poderosos. La prensa se encuentra en estado de urgencia.

Nicolas Sarkozy presentó ayer su respuesta a los estados generales comprometidos desde hace cuatro meses, un « plan de modernización y de inversión » en tres años que preconiza « importantes reformas estructurales ». Es, dice él, el « deber » del Estado « velar por la existencia de una prensa independiente, libre y plural ». Una excelente resolución que no obstante exige encontrar aplicaciones más precisas que las que ha anticipado el Elíseo. Sin embargo, es necesario resaltar el interés de una moratoria – de solamente un año – al aumento de las tarifas postales ; a las mejoras de remuneración a los comerciantes de periódicos ; al acceso al diario de su preferencia destinado a todos los jóvenes a partir de los 18 años de edad ; al aviso de que una gran parte de la comunicación institucional será destinada a la prensa ; a la decisión de que las donaciones de particulares a los periódicos-nuestros lectores ya han abonado 2,1 millones de euros a la suscripción para salvar a l’Humanité – otorga el derecho a una reducción de impuestos de un 66 %… La lógica de la ayuda a la modernización e innovación que inspiran estas propuestas requiere sin embargo muchas más garantías que, una vez más, esos granitos no llenen el buche de esa gallina que ya es capaz de invertir masivamente.

Mas, quizás se deba a la vajilla rota durante el examen del proyecto de ley sobre el audiovisual lo que le ha persuadido para que escuche, Nicolas Sarkozy se ha distanciado un poco con los liberales, en el seno de la prensa o en la UMP, que no han obtenido la revocación de la ley Bichet – que asegura la continuidad de un sistema cooperativo de distribución equitativo a todos los periódicos – ni la desaparición del límite de concentración que circunscribe el dominio de carteles. Sin embargo, las medidas se esfuerzan para eludirla y las condiciones de generalización de reparto pueden poner en entredicho la presencia nacional de un diario como el nuestro. « El diablo está en los detalles », dice un proverbio. Es decir, cuan necesaria resulta la atención de todos los que no confunden el pluralismo con la pluralidad, la movilización del que no se resigna al reino del pensamiento único, la intervención de los ciudadanos que no reducen la información a una simple mercancía. La solidez de un pilar esencial es imprescindible para construir la democracia.

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‘Answers in the wind’, de Santiago González en El Mundo

Posted in Medios, Política by reggio on 28 enero, 2009

A CONTRAPELO

La televisión es el escenario privilegiado para el exhibicionismo sentimental. Se ha criticado mucho al presidente por elegir este medio para hablar sobre la crisis, en lugar de comparecer en el Congreso de los Diputados. Pero díganme: ¿por qué no comparecer directamente, sin intermediarios, ante el pueblo llano? Donde esté un buen talk show que se quite una sesión de control al Gobierno. Los líderes más populares están en ello; algunos tienen su propio programa, como el Aló, presidente, de Hugo Chávez.Vayamos, si no, al pueblo propiamente dicho, y preguntemos a Belén Esteban qué prefiere, si el programa de Jaime Cantizano o comparecer en la Comisión de Interior del Congreso. Vox populi, vox Dei, no diré más.

El decorado reproducía el hemiciclo, pero sin atril para el orador.Por eso, los interpelantes hablaban desde su escaño catódico, y el presidente les respondía deambulando frente a aquella quintaesencia de todas las Españas como un maestro de la escuela peripatética.Tengo una pregunta para usted. En rigor, debería ser tengo una respuesta, que es lo que debían de buscar los asistentes, pero el nacimiento del presi inauguró la década prodigiosa y sabe, como todos, por Bob Dylan, que «the answer, my friend, is blowing in the wind».

Fue un espectáculo excelente. El público cumplió e hizo trastabillar en ocasiones al compareciente, aunque el moderador impedía que se cebaran. Al fin y al cabo, habían ido a preguntar, no a debatir con el invitado.

«Virginia es la ejecutiva de cuentas», explicaba Lorenzo Milá al presidente y a los telespectadores, sin que estos últimos supiéramos previamente que había una ejecutiva de cuentas y estuviera justificado el artículo determinado.

Fue un recital de guitarra y armónica. El primer presidente no gubernamental de nuestra democracia negó haber prometido pleno empleo, estableciendo la diferencia entre «promesa» y «objetivo».El presi no miente; sólo tiene una relación tangencial con la verdad. Por eso no estuvo fino al enredarse en disquisiciones conceptuales. Con lo fácil que le hubiera sido decir: «No fue una promesa; sólo un motivo para creer». Otro gran momento, el del traductor que le afeó la venta de armas a Israel, sí tuvo una respuesta a su altura. Cuando el airado pacifista le interrumpió para preguntar a cuántos civiles palestinos se había matado con armas españolas, replicó sin parpadear: «Estoy convencido [de] que nuestros componentes o el armamento que hemos vendido a Israel no se han utilizado para eso».

Aquí se vino arriba, aunque hubo otro momento cumbre, el de la joven con síndrome de Down que le llevó un currículum para pedirle un puesto de trabajo. Lo tendrá y lo veremos en los telediarios.Por eso, el programa no habrá sido en vano. La joven Izaskun Buelta encontrará un empleo en la Administración en días próximos, como en su día lo obtuvo la discapacitada Araceli. Lástima que se le haya adelantado el PP, cuyo grupo parlamentario tiene contratado a Javier Dorronsoro, otro joven down, pero más vale tarde. Las dos horas del Tengo una pregunta para usted no habrán sido de balde. Laus Deo.

© Mundinteractivos, S.A.

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Perplejidad civil, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Asturias, Libertades, Medios, Política by reggio on 21 enero, 2009

El ojo del Tigre

La partitocracia ha reenplazado a la democracia con la misma sutileza con que la sociedad civil fue anulada por la militancia partidista. Esta inexplicable simplificación de la pluralidad ideológica –y política- representada, al menos, por la teoría de la democracia de las libertades sociales, es sustituida inmediatamente por el imperio de los intereses partidistas que emanan, es estos momentos, de las dos únicas organizaciones políticas mayoritarias que acaparan el protagonismo de la compleja vida nacional: el PS(O)E y el PP.

Así nace el bipartidismo. Un dualismo excluyente, que es más político que ideológico, cuyos protagonistas se identifican entre sí por su afán de acaparar el control del poder, aunque desde perspectivas doctrinales supuestamente diferentes. El bipartidismo es, en realidad, una nueva versión de aquel monolitismo ideológico que, hasta hace apenas treinta años, se conoció como Movimiento Nacional…

Esos dos gremios de poder han absorbido la funcionalidad del Estado. Ambos partidos se han incrustado, como lapas, en la vida institucional del país. Lo han engullido sin contemplaciones; con lo cual, han conseguido debilitar el poder tradicional que representa el Estado. En estos momentos, todo lo que se mueve lo hace con permiso de los dos únicos grupos políticos que representan los intereses partidistas, que trepan como la hiedra por las paredes. Los dos lo hacen espoleados por la misma vocación monopolista, que no les deja ni dormir tranquilos…

Han vaciado al Estado de sus poderes tradicionales. Cada vez que alguien propone que esos dos partidos dominantes deben actuar unidos –dicen que para defender la democracia-, medio país se pone a tiritar de miedo ante la posibilidad de que resucite aquel fantasmal partido único, que durante casi medio siglo nos uniformó –ideológica y políticamente- a los españoles.

A los ciudadanos de esta supuesta democracia los han desvalijado de sus derechos civiles, que eran los que fundamentaban su condición de tales, para asumirlos gratuitamente los partidos y ejercerlos en su nombre, A partir de ahí, el ciudadano sólo disfruta de una única ventaja: puede elegir libremente el partido en el que quiera militar o al que desee donarle su voto. Este es el primer síntoma de poder partitocrático, que sistematiza sus funciones públicas, y que les restringe a los ciudadanos sus derechos cívico-democráticos. Con lo cual dejan de serlo (ciudadanos) para convertirse en súbditos.

La sociedad asturiana es una de las víctimas de esa defenestración de la democracia pluralista. En esta antigua provincia no sólo se ha perdido poder económico, sino también la posibilidad de que los asturianos puedan hacer valer sus derechos civiles y las razones de su preocupación por la carencia de fuerzas para hacer valer sus derechos en defensa de sus libertades.

Los partidos políticos no representan la voluntad popular, sino exclusivamente a sus propios intereses gremiales. La Junta General del Principado no representa a los asturianos, sino a los partidos que la componen. Lo mismo sucede con el Parlamento español. Aquí ya no hay ciudadanos, sino afiliados y electores.

Pero conviene distinguir también entre la militancia de base –la tropa- y el liderazgo en las alturas –la élite- …No es lo mismo ser dirigente del partido que simple parlamentario. Con lo cual, uno se da cuenta de que es más correcto hablar de grupocracia que de partitocracia. Aquí alguien maneja este divertido guiñol político moviendo los hilos con exquisita habilidad orgánica.

Para intentar entender lo que ocurre en esta diminuta autonomía, hay que empezar por desentrañar el mecanismo político que hace que funcione tal como está funcionando ahora: incomprensiblemente. En donde el sujeto privado, que es el que ni milita en un partido ni, seguramente, vota porque ha caído en el foso del desencanto político, no tiene un papel asignado en el guiñol. O sea, no es protagonista, ni extra; es, simplemente, un espectador a la fuerza. Para el poder instituido, esa clase de individuos no existe, sólo estorba.

En esta vieja región, el déficit de opinión pública –precisamente, la que alimentan y espolean los medios de comunicación- es tremendo. Lleva el camino de quedar reducida a la voz uniforme –y que uniforma- de un solo periódico, de una sola radio y de una simple televisión. Los asturianos están retrocediendo a los tiempos de la Prensa del Movimiento y al NO-DO.

¿De que pluralismo democrático nos hablan quienes –por motivos clarísimos- se empeñan en contribuir a simplificar radicalmente las fuentes mediáticas de opinión e información, hasta dejarlas reducidas a un simple chorrito, que adorna pero no sirve…?

La perplejidad civil que provocan estos excesos de poder –político y económico- es tremenda. No sólo por lo que significa como merma de la libertad de prensa, sino también –y sobre todo- porque coarta, impide e, incluso suprime la libertad de los lectores para elegir el medio que más les convenza. Esta libertad –la del lector- es una de las principales libertades civiles que incluyen las democracias éticas en sus programas.

Ante la situación que se vive, se podría decir que, en Asturias, el franquismo sociológico goza de muy buena salud.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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¿Un decisión irracional?, de Salvador López Arnal en Rebelión

Posted in Medios by reggio on 16 enero, 2009

Sobre el cese del director del periódico español Público

Ignacio Escolar no ha dimitido. Ignacio Escolar, hasta ayer mismo, 13 de enero de 2009, director de Público, ha sido “sustituido”, es decir, ha sido expulsado de la dirección del diario que ayudó a fundar. La propiedad del diario ha nombrado a Félix Monteira, ex grupo PRISA, como nuevo director de la publicación. ¿Por qué?

No parece que la marcha del diario, sus ventas, su influencia político-cultural, su presencia en la red y en los medios radiofónicos y televisivos, estén entre las motivaciones reales de la medida. El diario se distribuía cada vez mejor, se leía más, algunas de sus noticias y artículos corrían en diversas páginas de la red, las ventas alcanzaban según parece los 75.000 ejemplares diarios. Incluso, por qué no decirlo, Público había pensado publicar la edición resumida de El Capital de Gabriel Deville a partir del próximo 16. Eso sí -¡ay!- con prólogo del marxólogo y estudioso de la obra del clásico de Tréveris… Pasqual Maragall.

No era el diario que muchos soñábamos, no era la prensa de izquierda transformadora no entregada a la que aspiramos, pero no hay duda que había permitido que muchos lectores de El País nos desengancháramos y seguramente Público había conseguido nuevos lectores entre la población más joven, menos rodada en estos asuntos. Las páginas de ciencia, no todos los días eso sí, estaban mejor que bien; la columna de Javier Ortiz, Isaac Rosa, Espido Freire o Rafael Reig eran de obligada lectura; las aportaciones de Carlos Fernández Liria, Gerardo Pisarrello, Santiago Alba Rico, Belén Gopegui, Constantino Bértolo, Esther Vivas o Pascual Serrano eran esperadas como agua en mayo. De otras secciones, la verdad, el silencio es la mejor respuesta, sin olvidar las numerosas páginas de publicidad política entregadas al PSOE y al PP, pan de un día y de otro también

Por lo demás, ¿qué sentido tiene este cambio de dirección? ¿Por qué ahora? ¿Por qué situar en la dirección de Público un ex periodista destacado del grupo PRISA, director de Cinco Días, subdirector de El País en dos ocasiones, que no ha tenido hasta la fecha momentos conocidos de “ruptura revolucionaria” con la línea del grupo del señor Cebrián-Polanco? Las cosas no parecen pintar bien. Es posible que para algunos señores bien situados, y no sólo entre los accionistas de la publicación, la línea editorial de Público fuera demasiado izquierdista, no es imposible que haya habido quejas desde instancias gubernamentales o del Partido en el gobierno a pesar del tratamiento netamente favorable a sus intereses en muchas páginas del diario.

Hay otra posibilidad complementaria, que no aspira a ser explicación única. El mismo día en que fue cesado, Ignacio Escolar intervino en un programa radiofónico de Radio Nacional de España, a las 8h30. Entrevistaron ese día varios contertulios del programa al portavoz para el ámbito latinoamericano del Ejército israelí. Ni más ni menos. Durante una media hora. Si tienen ocasión, escúchenle, no se lo pierdan. Su voz, su tono, sus “argumentos” valen más que mil explicaciones. El grado de chulería, prepotencia, sabiduría ignorante, ignominia, inhumanidad, impiedad, no tienen casi parangón. Matamos, asesinamos, ¿qué pasa? ¿No tiene derecho un Estado a defenderse de los ataques a su población civil? Pues eso hacemos. ¿Algo que decir? Y así siguiendo.

Pues bien, el único periodista, el único, que fue capaz de poner en alguna dificultad al portavoz de extrema derecha del Ejército israelí fue Ignacio Escolar, hasta el punto que el portavoz en cuestión le llegó a acusar de defender a los terroristas de Hamas. Escolar, por cierto, le replicó que él no defendía a ningún terrorista y que en cambio él, el portavoz, sí que defendía instituciones terroristas. La prepotencia, la falta de duda, la seguridad en todo lo que decía era tal, que el portavoz sionista no quiso o no puedo entender el comentario de Escolar. ¿De qué terrorismo habla, le espetó? No podía comprender que un periodista acusara a su Ejército y al Estado de Israel de comportarse como instituciones terroristas.

A lo que iba. Es una conjetura, muy inverosímil si ustedes quieren, pero, ¿tendrá algo que ver la intervención de Escolar en ese programa radiofónico criticando la actuación criminal del Estado de Israel con su expulsión ese mismo día de la dirección de Público?

Dirán que soy un paranoico y que me deslizo hacia las teorías conspirativas de la historia. Será eso. Pido excusas. No quiero pensarlo pero no logro estar convencido de que la hipótesis sea un imposible político. La sombra del poder es alargada y sus tentáculos siguen caminos no siempre conocidos. O conocidos mucho más tarde, cuando ya no hace apenas daño.

Por lo demás, ¿habrá que seguir comprando Público o dejamos de comprar prensa escrita por ahora y nos conformamos con Rebelión y páginas amigas?

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En la piel de Walter Burns, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Medios by reggio on 11 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Tantas veces me han comparado entre bromas y veras con la caricatura del director de periódico implacable y maniobrero que Walter Matthau interpreta en esta película que les entregamos hoy, que recurrentemente siento la tentación de pedirle a un maquillador que me hunda un poco los ojos y me perfile el mentón para, con ayuda de unas alzas que me acerquen al 1,90 del actor y cambiando la última corbata de Agatha por una pajarita años 20, mis tirantes por su chaleco y el traje oscuro por uno claro y entallado, presentarme en la redacción, sombrero en ristre, como si en lugar de EL MUNDO estuviera dirigiendo el Chicago Examiner. Menudo golpe en el 20º aniversario.

Soy consciente de que esa parodia de la parodia alimentaría las insidias de quienes, hablando de la feria según les ha ido en ella, mascullan de cuando en cuando que en mi concepción del periodismo el fin justifica los medios. Pero como mi hoja de servicios está impoluta y jamás he ni siquiera rozado esas tentaciones -yo nunca suplantaría a otra persona, mentiría o vulneraría la ley-, hecha esa decisiva salvedad, debo confesar que en muchos otros aspectos no me sentiría nada incómodo, ni siquiera extraño, en la piel del tal Walter Burns.

De hecho en Primera Plana hay situaciones que yo ya he vivido unas cuantas veces e incluso diálogos que, si no en su literalidad, desde luego sí en su flujo argumentativo podrían haberse grabado en mi despacho. Es el caso del recurrente pulso -auténtico Guadiana del fulgurante guión de la película- con el reportero estrella que está a punto de marcharse del periódico.

Yo nunca he llegado a decir ni «¡Nadie abandona a Walter Burns!» ni «¡Te mataría si trabajaras para otro!», pero sí que he combinado el halago con el reproche, la idealización del propio medio con la denigración algo exagerada del competidor e incluso la apelación a la mala conciencia del que se lo está pensando -no puedes hacernos eso ahora- con tal de tratar de conservar para el equipo local a alguien con arrestos y talento. Porque una de las enseñanzas claves de The Front Page es que entre un buen periodista y uno mediocre hay la misma distancia que entre Sherlock Holmes y ese sheriff Hartman que deja escapar al reo, entregándole su propia arma para que simule la repetición de su crimen.

Ben Hecht -autor de la obra teatral que inspiró el guión- y Billy Wilder sabían perfectamente de qué pasta están hechos los periodistas, pues no en vano ambos habían sido reporteros de sucesos, y debo dejar constancia de que los argumentos que tan buen resultado le dan a Walter Burns para retener a Hildy Johnson también me han funcionado a mí unas cuantas veces. Porque todavía sigue habiendo locos idealistas dispuestos a perder dinero, un buen horario de trabajo y una vida familiar cómoda y estable para acudir -entre la novela picaresca y la de caballerías- al llamamiento que supone la oportunidad de cubrir una gran historia. Incluso, o tal vez precisamente por eso, aunque ni siquiera quede claro a priori de qué historia se trata.

Luego está, es verdad, la cuestión del sensacionalismo. Desde su brillante blog con el que nos baja los humos siempre a tiempo, Arcadi Espada ya me daba el otro día un bocinazo a cuenta de las exageraciones y truculencias del Examiner. Pero, claro, eso es como decir que por el Callejón del Gato sólo circulaban tipos escuálidos u obesos.

Nunca Hollywood se ha acercado con tanta maestría al esperpento como en esta película maravillosa con la que hoy empezamos una colección muy especial en un año tan importante para el periódico. Pero si hacemos abstracción de los espejos cóncavos o convexos con los que nos toma el pelo Billy Wilder, hay que reconocer que, más allá de su cinismo, este Walter Burns termina demostrando que es un estupendo director de periódico porque una y otra vez se resigna -nunca mejor dicho lo de que a la fuerza ahorcan- a que la realidad le estropee el gran titular que ya tenía en la cabeza e incluso había dictado a la redacción, pero también una y otra vez reacciona ante los nuevos hechos con otra idea igualmente apelativa y contundente.

Si ya no puede contar que «El Examiner captura a Earl Warren» con entrevista exclusiva incorporada, tampoco está mal anunciar que «El Examiner entrega a Earl Warren» como prueba de su compromiso con la defensa de la ley y el orden. Y si resulta que la detención del propio director y el reportero estrella, acusados de complicidad con la fuga, pulveriza también ese titular, siempre queda la opción de destacar la última confidencia del condenado: «No subiré hacia el patíbulo, sino hacia las estrellas». ¡Qué buen oído para la frase!

En el ejercicio del periodismo hay que cambiar muchas veces de caballo al cruzar el río porque el desarrollo de los hechos no es ni lineal ni predecible y la honestidad, al reflejar cada nuevo elemento que implica interpretaciones distintas a las asumidas, entra a menudo en conflicto con la coherencia en la que se atrincheran la soberbia y la pereza. Por eso la grandeza de Burns -que es vanidoso, pero no chulo, y workaholic antes de que se inventara la palabra- consiste en admitir que la realidad le ha lanzado contra la lona, pero levantándose una y otra vez para reconstruir su relato aunque sea con los restos del naufragio.

Lo único que para él no tiene vuelta de hoja -excepto que se trate de un pase de portada- es que hay que llegar a tiempo para el cierre de la edición, con una historia lo suficientemente buena, y eso implica que sea cierta, como para que el arranque de la rotativa suene a música celestial. Quien no ha oído nunca ese sonido, no ha conocido una parte de la felicidad.

Basta contemplar los primeros planos bajo los títulos de crédito con las bobinas ensamblándose en los cilindros y la tinta reproduciendo las grandes exclusivas del Examiner para darse cuenta de que The Front Page es una burlona carta de amor al ejercicio del periodismo, impregnada de tanta autocrítica sobre sus excesos como fe en la función social de la prensa. Puesto que tratamos de reflejar el homenaje que a lo largo de su historia el cine ha rendido al «cuarto poder», era imposible elegir una película más adecuada para iniciar este ciclo de acción de gracias a la fidelidad de quienes como ustedes, queridos lectores, constituyen nuestra única razón de ser.

The Front Page se estrenó en 1974 y EL MUNDO nació 15 años después. ¿No es estupendo poder identificarse sólo con lo bueno y positivo cuando surge la posibilidad de que la vida imite al arte? A los que les parezcan disparatados algunos de los episodios y situaciones que enlazan este también trepidante vodevil, debo recordarles que en nuestra redacción ya hemos vivido el empeño de sortear una restricción al derecho de la información -establecida sin fundamento legal alguno-, introduciendo subrepticiamente una cámara oculta en un recinto público. Con la diferencia de que así como al propio Burns no le sale la foto del condenado a muerte, tomada con la cámara que el reportero bisoño lleva adherida a la pantorrilla, la que captó Fernando Quintela cuando Felipe González declaró como testigo en el juicio del caso Marey forma ya parte de la historia gráfica, de la memoria colectiva, de nuestra democracia. Con el aval, además, de una resolución judicial favorable.

Y quienes consideren inverosímil que, cuando todos los policías de la ciudad están buscando a un individuo, sean dos periodistas los que lo tengan controlado, pueden refrescarse la memoria con lo que consiguieron Cerdán y Rubio tras la fuga de Roldán. La habitación del hotel de París donde lo entrevistaron era algo más amplia que el mueble en el que Walter Matthau y Jack Lemmon esconden al escuchimizado anarquista y tal vez por eso -de nuevo la realidad mejora a la ficción- culminaron su gran exclusiva y pudimos hacer una memorable front page con aquel titular que cambió la historia de la política española, abducida por el felipismo: «A mí no me van a engañar como a Amedo».

Aunque yo tampoco diría nunca eso de «No denunciaremos a los villanos, sino que los crucificaremos» y tampoco necesitaré jamás que le pongan mi nombre a un bulevar para darme por recompensado, es obvio que cuando más a gusto me encuentro dentro del pellejo de Walter Burns es cuando él se siente realizado divulgando los abusos de los mandamases de la ciudad. Estoy seguro, por la misma regla de tres, de que más de uno de nuestros mejores periodistas de investigación se verá reflejado en lo que Hildy Johnson le dice a su atribulada novia, mientras teclea frenéticamente su relato: «Esto es lo más grande que me ha pasado en mi vida».Ella se encoge de hombros y, a punto de dar el caso por perdido, comenta: «Comienzo a creer que todos los periodistas están enfermos».

Nuestra enfermedad es el ansia incurable por descubrir algo trascendente para poder contarlo de forma efímera. Menudo contradiós. La vida en un oxímoron de hielo ardiente. Pero, aunque se trate de un mal crónico, hace tiempo que se descubrió un bálsamo que produce efectos paliativos indescriptiblemente beneficiosos para el cuerpo y la mente. Fíjense si no en el rostro de satisfacción de Walter Burns cuando hacia el final de la película -es sin duda la escena clave-, todavía dentro de su celda, se abanica delante del alcalde con un documento protegido por una cubierta de color azul. Es el indulto firmado por el gobernador del estado de Illinois que los caciques locales trataban de ocultar, pero podría ser también el estadillo de la cintateca del CESID, las fotos con los restos de Lasa y Zabala, el libro de caja de Filesa o la transcripción de la casete de Cancienes que reflejaba cómo en el 2001, aún antes de que cayeran las Torres Gemelas, ya había alguien en Asturias tratando de montar «bombas con móviles».

Burns se jacta entonces de que existe «un poder invisible» que ha acudido en su ayuda. Es la teoría de que la Divina Providencia, o mejor aún la Justicia, o mejor aún el sistema democrático, escribe recto con renglones tan torcidos como el propio director del Examiner y su renuente reportero estrella. Esas son las reglas del juego. Porque si buscar lo que de verdad ocurrió es muy excitante y descubrirlo resulta sensualmente gratificante, el orgasmo sólo se alcanza cuando estás en condiciones de demostrarlo.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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