Reggio’s Weblog

La Constitución, el Rey y la designación de candidato a la Presidencia del Gobierno, de Rafael Arias-Salgado Montalvo en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 8 febrero, 2008

TRIBUNA LIBRE

Parece, según algunas encuestas recientes, que la victoria de uno de los dos grandes partidos nacionales en las próximas elecciones generales se decidirá por un escaso número de votos y, por tanto, de escaños. Se descarta además, en principio, el triunfo por mayoría absoluta de escaños de ninguno de ellos. Esta circunstancia, si por fin emerge, otorgará particular relevancia al papel del Jefe del Estado quien, según el artículo 99.1 de la Constitución, «previa consulta con los representantes designados por los grupos políticos con representación parlamentaria, y a través del presidente del Congreso, propondrá un candidato a la Presidencia del Gobierno».

Desde 1979, año en que se celebraron, bajo la vigente Constitución, las primeras elecciones generales, el Rey ha designado siempre candidato a la investidura al líder del partido con mayor número de votos y escaños. Es la actuación constitucionalmente correcta porque: 1º) Respeta la voluntad mayoritaria del electorado cualquiera que haya sido la importancia cuantitativa de la mayoría obtenida por el partido ganador. 2º) Confiere al candidato del partido con más escaños, al ser designado único candidato oficial, una mayor capacidad para negociar con otros grupos políticos la votación de investidura, negociación fundamental en los casos en que el primer partido por número de votos populares y escaños no haya logrado mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados. Como tal es la coyuntura que parece avecinarse, y dado que se percibe una cierta preocupación en la sociedad española ante la posibilidad o imposibilidad, según los casos, de pactos políticos para integrar una mayoría parlamentaria suficiente, parece oportuno dilucidar una cuestión que afecta o puede afectar a la estabilidad de nuestro régimen constitucional.

La Constitución contempla, en lo que se refiere a la elección de presidente del Gobierno, tres supuestos: 1º) El candidato sometido a votación de investidura en el Congreso consigue en la primera votación mayoría absoluta de votos: «El Rey, dice el texto constitucional, le nombrará presidente» (art. 99.3). 2º) El candidato no consigue mayoría absoluta de votos en la primera votación: «Se someterá la misma propuesta (es decir, el mismo candidato) a nueva votación 48 horas después de la anterior y la confianza se entenderá otorgada (es decir, el Rey le nombrará presidente) si obtuviese mayoría simple» (art. 99.3). 3º) El candidato tampoco obtiene mayoría simple en la segunda votación: «Se tramitarán sucesivas propuestas en la forma prevista en los apartados anteriores, es decir, el Rey procederá a designar nuevo candidato (art. 99.4). Si en dos meses, contados desde la primera votación de investidura, ningún candidato obtuviese la mayoría requerida, el Rey disolverá ambas cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del presidente del Congreso (art. 99.4). Para destituir al presidente del Gobierno así elegido debe aprobarse por mayoría absoluta una moción de censura, llamada constructiva, porque debe incluir un nuevo candidato a la Presidencia del Gobierno (art. 113.1 y 2). En 30 años no ha prosperado ninguna.

No es difícil deducir de este orden de acontecimientos que la intención del legislador constituyente fue, primariamente, tanto facilitar la elección de presidente del Gobierno como, por otra parte, dificultar una vez nombrado su destitución parlamentaria.

La Constitución, en efecto, facilita la elección de presidente del Gobierno: a) porque simplifica la identificación del candidato a la investidura, mediante la designación directa por el Rey, previa consulta no vinculante de los grupos parlamentarios; b) porque le permite hacer la primera designación de candidato sin tener que realizar valoración política alguna, es decir, tomando únicamente en consideración el dato objetivo del mayor número de votos populares y escaños, y no otros factores, de enjuiciamiento comprometido, como los posibles pactos o, mejor, como los pactos posibles en función de su repercusión institucional, toda vez que padecemos la desgracia de contar con partidos antisistema que, por añadidura, quieren liquidar, entre otras instituciones, a la Monarquía; c) porque con su designación formalizada, mediante el escrito que el Rey dirige al presidente del Congreso, el candidato a la investidura propuesto, ganador de las elecciones pero sin mayoría absoluta de escaños, se convierte sin sujeción a plazo preciso en único candidato e incrementa así su capacidad de negociación para obtener apoyo parlamentario suficiente y lograr la confianza de la Cámara; y d) porque al prever con el mismo candidato una segunda votación por mayoría simple otorga una singular relevancia a las abstenciones (más fáciles de negociar) y lo hace a favor del candidato seleccionado. Este sale investido de la votación parlamentaria si hay más votos afirmativos que negativos cualquiera que sea el número de aquellos. Las abstenciones, pues, juegan de hecho en su favor.

La actuación del Rey en el cumplimiento de la Constitución ha sido siempre inobjetable. Siempre, en efecto, ha designado candidato a la Presidencia del Gobierno al líder del partido con mayor número de escaños. Y el valor del precedente, aunque en el sistema jurídico español no tenga fuerza vinculante, es sin embargo muy grande cuando se trata de comportamientos constitucionales trascendentes. Suárez, Calvo-Sotelo, González en dos de sus legislaturas, Aznar en su primera legislatura y Rodríguez Zapatero fueron designados candidatos como líderes del partido más votado en las elecciones y con más diputados sin contar con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados.

Aunque no parece lo más probable es sin embargo posible, según encuestas recientes, que el partido ganador en escaños parlamentarios no sea el que haya obtenido mayor número de votos populares. La naturaleza de nuestro régimen político -régimen parlamentario- me inclina a pensar que, a la hora de designar candidato a la investidura parlamentaria debe prevalecer como primera opción el criterio del número de escaños sobre el de sufragios populares. La relectura del artículo 93 de la Constitución hace de este criterio el más seguro, porque las mayorías requeridas por el texto constitucional son siempre de escaños. De ahí que tener sólo o primeramente en cuenta el número de votos ciudadanos resulte, a la postre, un criterio político mientras que atender al número de diputados sea un criterio jurídico constitucional objetivo que deriva del texto literal de la Constitución. Por eso debe prevalecer este último criterio en caso de disparidad.

No debe haber por tanto inquietud ante los vaticinios que se hacen sobre la ya cercana nueva legislatura. Nuestro sistema institucional funcionará. Lo que recientemente ha ocurrido en algunas comunidades autónomas en que a un partido ganador, incluso ampliamente votado, hasta con 10 puntos porcentuales más que el segundo partido, se le arrebata la presidencia del Gobierno de la Comunidad por pacto entre los partidos que han quedado en segundo, tercer o cuarto lugar (Galicia y Baleares: PP ganador; Canarias: PSOE ganador) no puede acaecer, de entrada, en lo que afecta a la elección de presidente del Gobierno de la Nación, justamente por virtud de la función constitucional del Rey. Esta garantiza que el líder del partido ganador en las elecciones por la cantidad obtenida de escaños disponga al menos de las dos oportunidades parlamentarias de alcanzar la Presidencia del Gobierno a que se refiere el texto constitucional (una, la primera, por mayoría absoluta y otra segunda que fructifica con mayoría simple). En el plano nacional es, a mi juicio, inimaginable, que el Rey, si no hay renuncia explícita del líder del partido ganador, designe, como primera opción a la investidura, al líder del partido que ha quedado en segundo lugar en número de diputados por virtud de valoraciones políticas de parte interesada. Para el Jefe del Estado, el criterio más objetivo -el único objetivo- es y será siempre el criterio del partido ganador en votos parlamentarios si el líder de éste transmite al Jefe del Estado su opinión de poder conseguir suficientes apoyos en el Congreso de los Diputados para salir investido. Cualquier otro criterio le obligará a hacer y por tanto a compartir o rechazar apreciaciones políticas delicadas que la Constitución, a mi juicio, en la configuración que hace de la Monarquía parlamentaria, ha querido evitar a la Jefatura del Estado.

Si se exigiera que el Rey, al formalizar su primera designación de candidato a la investidura, entrara a enjuiciar la posibilidad o capacidad de pactar de los distintos líderes políticos, al margen de lo que le transmita el candidato del partido ganador, habría que aceptar que pudiese asimismo valorar el perfil político de los que vayan a ser socios de gobierno del líder del partido que ha quedado en segundo lugar. El Rey tendría entonces que evitar, por lógica constitucional, la participación en el Gobierno o en la gobernación de la Nación de partidos antisistema que propician, de manera pública y explícita, la utilización del poder institucional legalmente obtenido para quebrar la Constitución o prescindir de ella por vías de hecho tales como convocar consultas populares al margen de la ley en aplicación de un inexistente derecho de autodeterminación o desafiar sentencias del Tribunal Constitucional que no den razón a sus pretensiones rupturistas. La Constitución ampara la libre expresión de cualquier idea así como la defensa y realización de su propia reforma, por radical que ésta sea, siempre que se respeten los procedimientos por ella previstos; pero no ampara ni puede amparar su propia ruptura o destrucción mediante hechos consumados o decisiones institucionales anunciadas, flagrantemente ilegales, respecto de las que sus autores ni siquiera admiten los resultados del juicio de inconstitucionalidad. Si se obliga al Jefe del Estado a realizar apreciaciones de sustancia política para designar candidato, ésta -la valoración de la actitud inconstitucional de los partidos antisistema integrantes de un posible pacto de legislatura o de gobierno- tendría que ser una de las apreciaciones inevitables. De ahí que, para la Jefatura del Estado, el único criterio seguro, por objetivo e inobjetable, sea, al proveer a la primera designación, el del partido ganador por su número de escaños. Si, además, éste tiene mayoría de votos populares, tanto mejor. Tal es mi parecer que someto no obstante como ex-legislador constituyente a juicio mejor fundado.

Rafael Arias-Salgado Montalvo es ex ministro de UCD y PP

© Mundinteractivos, S.A.

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¿Quién teme el debate?, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Medios, Política by reggio on 8 febrero, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

Gustavo Bueno, filósofo pureta, de la secta del perro, que habla desde un pithos (tonel) de sidra, aunque no se la pela en público, es un maravilloso sofista. Llegó a decir el Diógenes asturiano que la democracia sin televisión es imposible. Modernizó el pensamiento de Jefferson, para el que era mejor una sociedad con periódicos y sin gobiernos que al contrario. Bueno señaló que la TV, una nueva extensión de los periódicos, aunque exude broza, es el ágora de nuestro tiempo. Claro que la televisión transpira basura, pero no hay que despreciar ni siquiera la basura; de los desechos nacen flores y el reciclado es una bandera verde.

Viene todo esto a parábola para preguntarnos si Rajoy y Zapatero tienen lo que hay que tener para enfrentarse en un plató ante toda esta nación turbulenta, dividida, sectaria y con tan mala leche, cuando la voluntad general indecisa pide, desesperadamente, debates.

Estoy de acuerdo con las teorías del filósofo. Cuando Dios monologa canta álgebra (Leibniz) y cuando los hombres dialogan lo hacen en griego, aunque no lo sepan. El vocabulario de la democracia es griego, los griegos son nuestros contemporáneos, gramáticos de nuestra libertad. En Grecia hubo ciudades sin acrópolis, pero no sin ágora. El ágora, que significa mercado, era la asamblea en la plaza pública donde «los hombres se hacían ilustres». Si hoy el ágora, aun con sus guarronas, julandrones y chismosos, es la televisión, ¿por qué nuestros políticos se muestran cortos de cuello ante el debate?

¿Quién teme a la televisión? Todos los políticos. Felipe González, en el apogeo del 82, apenas apareció en los estudios 10 veces. Amedrenta un plató porque te sientes ante un pelotón de ejecución donde te pueden disparar haciendo zapping; intimida la posibilidad de una muerte súbita por ridículo. No a todas horas se es eminente o excelso. La fuerza del político en TV consiste en expresar muchas cosas en pocas palabras y por eso quieren la facilidad del monólogo, la estructura del sermón. Lo que proponen nuestros líderes no es un debate, sino un spot gigantesco, un recurso de arqueo para contables, un tongo. Podría ser bonito presenciar un match entre el romanticismo político y el realismo cartesiano. Me temo que hay estorbos. ‘ZP’ quiere que sea en la cadena pública, Rajoy aspira a celebrarlo en una televisión independiente y neutral.

¿Quién teme el debate? Los dos. Rajoy sospecha que se la quieren meter doblada con la argucia de la señal única, Zapatero no quiere arriesgarse a perder por una noche su hegemonía en los tubos catódicos. Los dos intuyen que una emboscada, una migraña, puede desbaratar la mayoría. Carlotti considera que su cadena es la más independiente y Vasile comenta que se negará a enchufar en la señal única.

Tememos que el obstruccionismo de los partidos, que a veces conspiran para destruir los fundamentos de la libertad política, atasque el combate.

© Mundinteractivos, S.A.

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Raza y género en Estados Unidos, de Julián Casanova en El País

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 8 febrero, 2008

Muchas cosas han cambiado en Estados Unidos desde los años sesenta, desde el surgimiento de los movimientos de protesta a favor de los derechos civiles. Sin esas movilizaciones, que abrieron las puertas de las reformas políticas, ni Barack Obama ni Hillary Clinton estarían luchando hoy por la presidencia del país más poderoso del mundo. Pero la libertad y la dignidad para millones de mujeres y negros no pudieron ganarse sin un desafío fundamental a la distribución existente del poder. Muchos estadounidenses, empezando por los blancos del sur, se sintieron amenazados por esos cambios y la política giró a la derecha. Desde que Richard Nixon ganó las elecciones en 1968, después de que en ese mismo año cayeran asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy, han pasado cuatro décadas. En ese largo período de tiempo, los demócratas sólo han gobernado doce años, cuatro con Jimmy Carter y ocho con Bill Clinton; los republicanos, veintiocho. Ser negro o mujer sí que importa, aunque ni Obama ni Hillary Clinton están interesados en que la raza o el género se conviertan en los temas centrales de la campaña. Repasemos la historia.

En los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estaba, en palabras de Winston Churchill, “en la cima del mundo”. Era sin duda la primera potencia militar, pero lo que llamaba realmente la atención era su fortaleza económica, la riqueza material que inundaba a millones de hogares y la paz y armonía que reinaban tras más de quince años de depresión y guerra. Muchos observadores celebraban que todo eso ocurriera en una sociedad democrática, sin clases, solía decirse, y sin las tradicionales divisiones ideológicas y políticas que impregnaban al continente europeo. Había algo excepcional, sin embargo, que ponía en duda esa celebración de la abundancia: el racismo que prevalecía tanto en el norte como en el sur, el hecho de que millones de norteamericanos de otras razas diferentes a la blanca se toparan en la vida cotidiana con una aguda discriminación en el trabajo, en la educación, en la política y en la concesión de los derechos legales.

La batalla por los derechos civiles, dura y violenta en ocasiones, cosechó en los años sesenta frutos extraordinarios. La Civil Right Act de 1964, bajo el Gobierno del demócrata Lyndon Johnson, prohibió la discriminación en el trabajo por motivos de raza o género y los trabajadores negros y las mujeres comenzaron a rechazar el tratamiento de segunda clase que se les daba en muchas industrias y servicios. A finales de esa década, miles de negros habían sido elegidos en el sur como alcaldes, sheriffs o legisladores de los diferentes Estados. El programa “Great Society” de Johnson, y su guerra contra la pobreza, dobló el presupuesto de la nación destinado a las prestaciones sociales, a lo que entonces ya se llamaba en todos los países más avanzados el Estado de bienestar.

Fueron años de conflictos masivos, de desobediencia civil, en los que las iglesias sustituyeron en muchas ocasiones a los sindicatos como organizadores de las protestas. Inspiradas por las victorias logradas por los negros, a la lucha se sumaron con ardor cientos de miles de mujeres que articularon un nuevo lenguaje para describir la opresión que padecían, reclamaron el fin de la discriminación por sexo y traspasaron lo que hasta entonces parecían problemas personales al ámbito de la política.

La campaña por la legalización del aborto fue el mejor ejemplo. Antes de 1970, el aborto era ilegal prácticamente en todos los Estados. En 1973, tras agrias disputas y movilizaciones, una decisión del Tribunal Supremo garantizó el acceso de las mujeres al aborto en las primeras fases del embarazo.

Si la batalla por los derechos civiles reveló las divisiones internas de la sociedad estadounidense, la guerra de Vietnam sacó a la luz las tensiones derivadas de la posición de Estados Unidos en el mundo. Lo que comenzó como una demostración de fuerza contra el comunismo, duró más de una década, reclutó a cientos de miles de ciudadanos, la mayoría pobres y jóvenes sin estudios, y tuvo un tremendo impacto en una sociedad profundamente dividida en torno a esa intervención, con un fuerte movimiento antibélico que escindió al Partido Demócrata, y traumatizada por la brutalidad de la contienda y por las decenas de miles de muertos y heridos que generó. La todopoderosa América había sido derrotada por un pequeño y subdesarrollado país comunista.

La guerra, los conflictos raciales y los grandes temas morales planteados por el feminismo y las luchas de las mujeres empujaron a muchos votantes a la derecha y al abstencionismo. En su campaña para la reelección de 1972, Richard Nixon, que había subido al poder con una estrecha victoria en 1968, señaló a los radicales, hippies, activistas negros y a las “madres del Estado del bienestar” como las causas de los problemas de Estados Unidos. Comenzó a configurarse una nueva derecha, que movilizó a quienes se sentían amenazados por los grandes cambios de los sesenta y percibían que los viejos valores -la familia, la religión y el patriotismo- estaban en peligro. La raza, el género, el feminismo, el aborto y la negativa a que los impuestos se utilizaran en grandes gastos sociales fueron sus principales caballos de batalla. Ronald Reagan ganó en 1980 el sur, donde habían basado su poder los demócratas, desde Franklin Delano Roosevelt a Johnson, pasando por John Fitzgerald Kennedy, y su abrumadora victoria acabó con más de una generación de control demócrata del Senado.

La raza y el género han importado y pueden importar, y mucho, en Estados Unidos, en la sociedad y en la política. Todos sus presidentes, desde George Washington a George W. Bush, cuarenta y tres en más de doscientos años, han sido hombres y blancos. Esa historia puede cambiar el 4 de noviembre de 2008. Y entonces se haría realidad aquella predicción que lanzó Martin Luther King a mediados de los cincuenta en Alabama, cuando él era un joven de 26 años y comenzaba a surgir en ese Estado el movimiento por los derechos civiles: “En los libros de historia que escribirán las generaciones futuras, los historiadores tendrán que hacer una pausa y decir: ‘Allí vivió un gran pueblo -el pueblo negro- que inyectó nuevos propósitos y dignidad en las venas de la civilización”.

Eso es lo que está también en juego ahora, que la elección de un negro o de una mujer deje atrás la parte más oscura del legado racista y los prejuicios contra el feminismo y las luchas políticas y sociales de las mujeres. Se trata de algo más que una batalla simbólica o cultural. Son las políticas de identidad.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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La chequera y el hisopo, de Joan B. Culla i Clarà en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política, Religión by reggio on 8 febrero, 2008

Ciertos observadores y analistas de la presente precampaña electoral han reprochado a Convergència i Unió (CiU) el infundir a su oferta para el 9 de marzo un carácter descarnadamente crematístico, el condicionar su hipotético papel de bisagra a una mera cuestión de dividendos, el haber escogido como fondo musical de los mensajes de Duran Lleida el metálico sonido de una caja registradora. La crítica es exacta pero injusta, porque el mismo o parecido reproche podría hacerse a casi todas las demás fuerzas políticas en liza, y muy particularmente a las dos mayores, el Partido Socialista y el Partido Popular.

El PP y el PSOE, en efecto, diseñaron estas semanas de campaña informal pero encarnizada con un objetivo común: explicarle a cada elector en cuanto individuo, y también en cuanto habitante de un determinado territorio, qué ventajas materiales, qué ganancias dinerarias le reportaría la victoria respectiva de Mariano Rajoy o de José Luis Rodríguez Zapatero en los inminentes comicios generales. Desde el punto de vista individual, y después de la subasta de rebajas fiscales, hemos asistido a la puja entre los dos grandes partidos estatales sobre cuál de ellos subirá más el salario mínimo interprofesional y las pensiones de menor cuantía, cuál creará más plazas de guardería y hará brotar más puestos de trabajo, siendo la promesa socialista de devolver 400 euros a cada contribuyente la guinda del pastel. En el plano autonómico, bastará recordar el cómico concurso de promesas gubernamentales de inversión ferroviaria: ¡5.000 millones para las Cercanías de Madrid!, anuncia Zapatero. ¡10.000 millones para Cataluña!, dice la ministra Chacón. ¡No, no, serán 13.000 millones!, asegura el consejero Nadal. ¿Alguien da más?

En estas condiciones, no es de extrañar que el diario parisiense Libération -poco sospechoso de simpatías derechistas- titulase el otro día En Espagne, Zapatero mise sur la politique des euros (“En España, Zapatero apuesta por la política de los euros”), antes de comparar al presidente del Gobierno con Papá Noël o con un Rey Mago. Efectivamente, y para tratarse de un partido de izquierdas o progresista, el PSOE parecía haber sustituido el programa electoral por el talonario de cheques, y fijado como blanco de sus mensajes ya no el cerebro ni el corazón de los electores, sino sólo su bolsillo. La falta de tensión ideológica del discurso socialista era, una semana atrás, tan acusada como sorprendente.

Así las cosas, la ruidosa entrada en escena de los obispos ha sido para la campaña del PSOE como agua de mayo en febrero: pegados hasta entonces al suelo del vil metal, sus mensajes han podido remontar el vuelo hacia los grandes principios doctrinales, algunos de ellos rastreables en el ADN del partido desde los tiempos del abuelo Pablo Iglesias: el laicismo, la defensa de la libertad de conciencia, el rechazo de la injerencia clerical en los asuntos políticos… Gracias a la nota de la comisión permanente de la Conferencia Episcopal Española, la campaña socialista ha adquirido de repente aliento épico -siempre lo tiene el combate contra un adversario ancestral y antipático-, ha ascendido desde el criticable halago de intereses materiales hasta la noble lucha por ideas y valores de progreso.

De progreso, sí; o, por lo menos, percibidos como tales entre un amplio sector de la sociedad, que es en definitiva lo que cuenta. Conviene no olvidar que este país -Cataluña o España, pues no hubo en la materia diferencias significativas- conoció durante un siglo largo a la Iglesia más beligerantemente derechista de Europa y, en consecuencia, alimentó el anticlericalismo más nutrido, virulento y feroz del continente. Y aunque, en los últimos 50 años, la fobia popular contra la jerarquía católica haya parecido evaporarse, un par de generaciones no son suficientes para borrar del subconsciente colectivo unas sospechas, unos recelos, unas percepciones hostiles que comenzaron a sembrar los liberales de 1835 y llevaron a su sangriento clímax los anarquistas de 1936. Máxime si, como es el caso, asistimos hoy a una evidente ofensiva de los grupos católicos más integristas y reaccionarios para reconquistar presencia social y reimponer su hegemonía en materia de moral y costumbres.

He apuntado más arriba que, para el electorado potencial del PSOE, un duelo entre el Gobierno socialista y esa cúpula episcopal representada por la tripleta atacante Rouco-Cañizares-García Gasco, un duelo así resulta altamente galvanizador y movilizador. En efecto, ¿cómo no indignarse ante la desfachatez de quienes, siendo propietarios de la cadena radiofónica Cope y haciendo de ella el uso goebbelsiano que hacen, se describen a sí mismos como amordazados, intimidados, calumniados, y denuncian que se les quiere “silenciar”? ¿Cómo ignorar a ese mitrado que invoca la palabra de Cristo para organizar en su diócesis rogativas “por la unidad de España”? ¿Cómo dejar sin respuesta en las urnas a una jerarquía que condena cualquier negociación con terroristas, pero todavía no ha condenado su propia sumisión de décadas a aquel contumaz terrorista con fajín de generalísimo que respondía por Francisco Franco…?

Que la nota episcopal del pasado día 31 y sus secuelas constituyen el mejor regalo de precampaña imaginable para los socialistas lo demuestran dos reacciones paralelas: la intervención del presidente de los obispos españoles, Ricardo Blázquez, para quitar hierro, templar gaitas y desmentir un apoyo explícito al PP, y los denodados esfuerzos del secretario de organización del PSOE, José Blanco, por insuflar oxígeno al fuego de la polémica. “Si esto dura hasta primeros de marzo, ganamos”, debe de pensar Pepiño. El ultramontanismo rampante hoy en la piel de toro juega a su favor.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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El efecto sedante, de Montserrat Domínguez en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 8 febrero, 2008

FUERA DE FOCO

Zapatero resultó más eficaz que una caja entera de tranquimazines; fue el mejor sedante. Ante un auditorio de empresarios y periodistas seriamente afectados por un ataque de ansiedad, hizo una relectura de las palpitantes páginas económicas de los diarios y transformó lo que eran dudas y preocupación en un sereno reajuste económico sin mayores consecuencias. Qué tío. Ni Obama habría transmitido tanta confianza en el futuro.

Prometió extender su reforma fiscal -la de los 400 euros, la única que ha previsto- a los autónomos; aseguró que esa reforma, junto a la supresión del impuesto de patrimonio, impulsará la creación de 100.000 nuevos empleos; anunció que hoy conoceremos una nueva aportación de 4.700 millones de euros al fondo de reserva de la Seguridad Social, hasta llegar al 5% del PIB. Resaltó el componente estacional de las cifras del paro, y se escandalizó de los que se escandalizan ahora, y no cuando el dato era superior, en el 2004. En definitiva, defendió que el presente y el futuro de nuestra economía ofrecen buenas perspectivas, que los nubarrones vienen de fuera y no nos afectarán más que durante unos meses, y apostó por que, a medida que se vayan conociendo los resultados de las empresas financieras, la calma volverá a los inversores y a los mercados. Aseguró que reserva para el debate que le enfrentará a Rajoy datos reveladores sobre la subida de los precios en los últimos cuatro años de gobierno popular, y contestó con un sencillo no a la pregunta de si prevé problemas con la población inmigrante a medida que vaya decreciendo el empleo y se vaya constriñendo la construcción. Habló abiertamente de la carta que el Gobierno guarda en la manga para dinamizar el mercado: la obra pública, que dará un nuevo acelerón a las infraestructuras para servir de colchón en tiempos de crisis. Negó tajantemente la necesidad de decretos “brutales” (Cañete dixit)para dinamizar la economía, y vaticinó incluso que el Banco Central Europeo bajará los tipos de interés al menos medio punto en los próximos seis meses.

Me pregunto si los españoles no ideologizados pero sí preocupados por la estabilidad de su trabajo, por cuadrar las cuentas hasta fin de mes, por sus ahorros en bolsa o por su hipoteca serán permeables a este discurso tranquilizador. Me pregunto también si son más sensibles al discurso tremendista del PP, ya que hasta ahora, salvo la reforma fiscal que bajará los impuestos, no acaban de hilar una alternativa que sirva de tabla de salvación. Poco a poco, el Gobierno empieza a reconocer que entramos en un periodo de desaceleración: bienvenidos sean al mundo de los vivos. A salvo ya del autismo, podrán afinar mejor sus recetas para los malos tiempos, que en el fondo es lo que todos queremos escuchar de unos y otros, con unas elecciones a la vuelta de la esquina.

De momento, el BCE no ha cumplido con las previsiones del presidente, y ayer dejó en la estacada a las bolsas al mantener el precio del dinero. ¿Será que el Banco Central opina, como Zapatero, que es sólo una tormenta?

El caldito

Después de tantas bromas, al final habrá caldito entre el nuncio apostólico y el presidente: almorzarán la próxima semana. Quizá como deferencia a monseñor Monteiro, Zapatero se desdijo y no repitió ante él en Madrid sus palabras del pasado viernes en Vigo, donde aseguró que si las hostilidades entre los obispos y el Gobierno continúan, sería normal abrir el debate para la revisión de los acuerdos con la Santa Sede.

Maravillosos camareros

Con qué nostalgia recuerda Miguel Arias Cañete, portavoz económico del PP, a aquellos camareros que tan bien servían las mesas, los cortados y los boquerones en vinagre. Ayer afirmó que la mano de obra ya no es como la de antes, en pleno debate por el contrato de buenas costumbres que el PP quiere hacer firmar a los extranjeros, a semejanza del de CiU. Se diría que suspira por los tiempos que retrata la serie Cuéntame.

Y el botellín

Se me caían las lágrimas de emoción al ver la obra de mi casa terminada en el plazo acordado. “Señorrra – me dijo el encargado, de nacionalidad rumana-, con nosotrros es norrrrmal. Lo que no es norrrmal es trabajarr con un pitillo en la mano y un botellín en la otrrrra, como hacen ustedes: así no terrrminan nunca”. Qué razón tenía: hay costumbres hispanas que es mejor no adoptar.

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Desfachatez, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 8 febrero, 2008

Con el paso del tiempo, nuestra democracia enseña cada vez con mayor descaro sus perfiles más sórdidos. Empezó a perder el carisma hace años. En la época de la fratricida UCD, se hablaba ya de “desencanto”. Más se perdió, después, por culpa del infecto pozo de los GAL y la corrupción socialista, con su Roldán y su culto al “pelotazo”. Completó la faena la falta de escrúpulos del PP, el cual, para hacerse con el poder, cabalgó sobre una ola periodística que llegó incluso a poner en riesgo la seguridad del Estado (Perote, héroe de portadas). Todas estas formas de desfachatez han envejecido a nuestra democracia, cuyos protagonistas actuales muestran orgullosos su rostro canalla o verbenero. Esta semana, sin ir más lejos, hemos tenido que aguantar dos tristes dentelladas a los valores democráticos básicos. Una de ellas protagonizada por el Parlament, que, desde el infausto plenario del 3%, no cesa de ofrecer espectáculos de baja estofa.

La moción contra las obras del AVE por el centro de Barcelona deja al Parlament desnudo. Los mismos que ponían el grito en el cielo porque sus resoluciones no eran aceptadas en Madrid, ahora votan sabiendo que en nada afectarán al Govern del que forman parte. Desnudo de toda honorabilidad. CiU coloca una trampa, ERC reconoce caer en ella y el PSC afirma no darse por enterado. De lo que no parece darse por enterada la clase política catalana es del cansancio que sus tejemanejes producen. ¿Hasta cuándo seguirán abusando de la paciencia de los ciudadanos? Catalunya está en un momento crucial de su historia. Desde el punto de vista estructural, Catalunya está en lento proceso de provincianización, pero ahí están nuestros diputados: jugando como niños.

La segunda dentellada la protagonizó el PP en Algeciras. Mientras Mariano Rajoy consideraba “ilógica” la enseñanza de las lenguas peninsulares en Andalucía, sus compañeros de partido acogieron la referencia a dichas lenguas con “risitas, miraditas y abucheos”. Lo recordaba ayer el historiador Francesc Fontbona en una carta a este diario. Al afirmar Rajoy que lo prioritario es estudiar “nuestro idioma y el inglés”, situaba de nuevo al catalán fuera de “lo nuestro” (y de lo útil). Ningún intelectual ni periodista español, de esos que se rasgan las vestiduras al menor signo de falta de exquisitez para con el castellano en Catalunya va a indignarse. No lo harán. Cuando discutimos de todas estas cosas usamos palabras altisonantes: ciudadanía, por ejemplo. Pero cada vez queda más claro, más obvio, que en la idea de ciudadanía dominante en España equivale a uniformidad, homogeneidad. En ella no cabe lo ajeno. Ni cabemos nosotros: los que no queremos renunciar ni a una lengua ni a otra. El ingrediente principal de toda democracia es el respeto a las minorías. Pero en España se juega a disparar contra ellas. Todavía no con descaro, pero ya con risitas, miraditas y abucheos.

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Desde Asturias, por la libertad de expresión, de Juan Vega en su Weblog

Posted in Derechos, Medios by reggio on 8 febrero, 2008
Libertad de expresión

Hablemos de ElComentarioTV:

Amigos y amigas, esto es un motor de bajo consumo.

Es una cuestión de costumbres. Yo como yogures y me gustan los potajes. No pierdo ni cinco segundos con el marisco, me da igual el precio de la ropa y ya viajé todo lo que tenía que viajar, sobre todo de muy joven y en autostop -los mejores recuerdos-, en épocas en las que uno podía dormir en un saco en la estación de ferrocarril de Venecia sin miedo a que te robasen, pues nada tenían que robarte.

Salí a la calle a luchar contra el franquismo, cuando apenas si tenía uso de razón, y los entonces militantes de extrema derecha en Oviedo, acostumbraban a tocarme las narices, por dar la cara, cuando había que darla;Reporteros sin Fronteras ahora me saludo y hablo con ellos, pues el tiempo pasó para todos.

De aquella descubrí que la policía ‘pasaba’ de Areces, aunque lo atribuía a razones diferentes a las que ahora lo atribuyo. Eran los misterios de la época. Quedó la intriga por conocer las tripas del sistema. Al final, lo mismo entonces que ahora.

Agité todo lo que pude en la Asturias de la época, y aunque era un guayabo, conocí -en directo o por referencias- a casi todos los que hacían lo mismo, y puedo dar fe de que entre ellos no estaba casi ninguno de los que ahora tienen poder en la izquierda y se atribuyen la potestad de juzgar a los demás, porque hacen creer a los crédulos, y dan ideas a los cínicos que dicen que se creen lo que no creen.

Abandoné todo aquello con el ‘desencanto’, porque estuve ‘encantado’ alguna vez, y me dediqué a buscarme la vida con razonable rigor, sin meter la mano en el cajón y aprendiendo a entender lo que tenía alrededor, pues en mi casa me dieron una educación ‘idealista’ en la que el ‘realismo’ brillaba por su ausencia.

Aprendí mucho mirando, desde mi trabajo con Masip en el Ayuntamiento de Oviedo, y luego, cuando apareció Gabino de Lorenzo en mi vida, viví un gran baño de ‘realismo’. El personaje es un fenómeno, y en cierto modo, le considero el “gen asesino” de la política asturiana; una especie de venganza asiática. Me descojono con él.

Renegué y reniego de la política, un arte de engaño y trapacería, para el que sólo valen los actores más cualificados de la escena social.

Pronto comprendí que los medios de comunicación, la comunicación, era lo más interesante para mí -me interesaban y me interesan- e hice de todo para poder meterme en ese mundo y poder trabajar con libertad. Por eso fui de medio en medio. Según me iban poniendo cadenas, emigraba a otro medio. Me curré casi todos los géneros -menos trabajar profesionalmente; ahí está el secreto de la libertad de opinión-, en casi todos los medios que había y hay en Asturias.

En mi experiencia en Teleasturias descubrí los oscuros meandros de la financiación ilegal de Izquierda Unida, intentando establecer con ellos una solución para la supervivencia de la empresa. Pronto comprendí que lo que ellos querían era el dinero de Rodolfo Cachero y se me cayeron los pantalones del susto, ante la cara dura de sus dirigentes. Luego sus matones fascistas me dieron una paliza en la sede de la Plaza de América, que me ratificó en mi idea de lo peligrosa que es una turba paniaguada, sin más idea ni objetivo que comer lo mejor posible, y si es en Del Arco, miel sobre hojuelas, que para eso se enfrentaron históricamente la burguesía y el proletariado.

Y aquí estamos en Internet. Aplico mi experiencia a la fabricación de una herramienta de bajo coste -mínimo-, en la que podemos tener un ágora virtual -como la que Aristóteles consideraba que podía garantizar el ejercicio de la democracia en Atenas-, una plaza pública en la que cabe una buena representación del pueblo.

Los vídeos los subimos gratis al espacio virtual, las fotografías y los documentos también, pagamos la agencia de noticias, el alojamiento trimestral en un servidor dedicado y un ‘backup’ mensual que nos asegura que si un hijoputa nos ‘jaquea’ resolvemos el problema, perdiendo como mucho dos horas de trabajo. Total 500 euros mensuales de gastos. Los ingresos de risa. No hay salarios.

Aprendí y sigo aprendiendo a hacer casi de todo, para superar la única frontera que tenemos: la tecnología. En Asturias, hoy, pocos me cogen en eso. Ahora ya sé cómo hacer un gran medio de comunicación público, democrático, colectivo, plural, participativo y de influencia creciente.

Con ElComentarioTV hemos llegado hasta donde podíamos. Unos 2.000 visitantes diarios que se traducen en 30.000 mensuales -que es aproximadamente un 10% de la audiencia total mensual de Teletini-, que vienen a costar esos 500 euros mensuales, frente a los 5 millones de euros que cuesta la caja tonta del ambicioso cuervón que nos gobierna. ¿Os dáis cuenta de la bomba que tenemos entre manos?

Llega la hora del cambio. Esto, hoy, es un paisano tocando el bombo, la trompeta y los platillos a la vez, con un montón de amigos que “tienen por los instrumentos”, a la vez que le dan al bajo y al cazú. Como dice Susana, “ni dios nos lee, pero todo dios sabe lo que decimos”.

El modelo de Escandalera, como paradigma de la participación, junto con la sección de Colaboradores y la red de Blogs que podemos llegar a crear, se puede convertir en la red libre de información y opinión que Asturias necesita para los próximos años; de ahí, a través de YouTube y otros servidores de vídeo, podemos llegar al gran público; dar un paso más. Tan sólo hay que saber dar ese paso, y así haremos mucho más que chatear y cotorrear, que a veces tampoco está tan mal, si se hace con medida, sin insultarnos, sin agredirnos, con serenidad, fuerza, valor e inteligencia.

Es un proyecto necesario, porque de alguna manera hay que hacer frente al modelo de sociedad en el que nos estamos metiendo, en el que es más importante que nunca tener medios ciudadanos, periodismo cívico, espacios libres en los que quepa todo, y especialmente la opinión y la información elaborada por la gente que no está metida en la merdé. Sin información libre no hay nada. Nuestro trabajo publicando lo que no se publica, analizándolo, explicándolo y difundiéndolo, se quedará en nada si no cogemos fuerza para difundir los mensajes. Porque se puede hacer.

Se trata, en definitiva, de que alguien coja la bandera de la creación de un medio libre en Internet, y eso sólo lo puede hacer un grupo de ciudadanos, hombres y mujeres convencidos de que sin esos nuevos medios no habrá democracia que valga. El modelo ya lo tenemos. Ahora sólo falta que alguien se decida a dar el paso y empiece a convocar reuniones de los protagonistas del proyecto. Después podremos organizar cursos de formación, mecanismos de financiación y estructuras de trabajo, dentro de las premisas de austeridad y eficacia que aquí estamos trazando.

A mí de momento, lo que me toca es irme al hospital, y pedir ayuda para mantener la seriedad, el control y la diversión moderada mientras esté fuera, y si encima, se aprovecha ese tiempo, para hablar de un proyecto que necesita abanderados, estaré encantado de estar los días que tenga que estar fuera de la circulación, demostrando que esto sigue…

http://juanvega.wordpress.com/

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Rajoy da palos de ciego, de Javier Ortiz en Público

Posted in Política by reggio on 8 febrero, 2008

Pasé en Francia algo así como cinco años de mi juventud. Llegué sabiendo ya algo de francés y allí lo mejoré, pero convivía con una pandilla de exiliados antifranquistas en la que había de todo. Más de uno llegó sin saber ni papa de francés y al cabo de los años se volvió para aquí  casi  en las mismas. Algunos trabajábamos o estudiábamos con franceses, pero otros vivían del sueldo de sus parejas o hacían labores para las que el idioma local no era imprescindible. Nos las apañamos bastante bien y los franceses, en general, nos aceptaban.

Se me dirá que los tiempos actuales son distintos. Depende. La hermana de un amigo mío centroamericano lleva algo así como 20 años instalada en los USA y sigue sin saber inglés. No le hace falta. Vive en una barriada hispana, ve canales de TV y oye emisoras de radios que emiten en español, lee prensa en español… Su grado de integración en las costumbres de la población blanca, anglosajona y protestante (wasp, que le dicen allí) es mínimo. Y por supuesto que tiene problemas, pero no por eso.

El “contrato de integración” que Rajoy quisiera imponer en España a los inmigrantes contiene aspectos innecesarios, otros que son absurdos y alguno más que resulta directamente perverso. Es innecesario, por ejemplo, hacerles firmar que van a cumplir las leyes y a pagar impuestos. A eso ya están obligados. A cambio, es absurdo reclamarles que respeten las costumbres españolas (porque las hay de todo tipo y casi ninguna abarca a todo el territorio) o que aprendan la lengua (¿hasta qué nivel? ¿Sólo el castellano? ¿Quién los examinará?).

La parte perversa llega cuando el “contrato de integración” establece que el extranjero que lleve “un tiempo” sin conseguir empleo será obligado a irse de España. En un país en el que menudea tanto el trabajo negro, del que no queda constancia documental, el Gobierno podría proceder a expulsiones masivas en cuanto le viniera en gana, basándose en ese “contrato”.

Viéndose en la urgencia desesperada de recolectar votos como sea, Rajoy apela ahora al voto xenófobo. Y es verdad que en España hay bastantes xenófobos, pero pocos que quieran retratarse como tales.

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‘El César’ Gabilondo entrevista a Mariano ‘Cicerón’ Rajoy, de Nacho Gay en El Confidencial

Posted in Medios, Política by reggio on 8 febrero, 2008

Noche cerrada. Coliseo abierto. Aparece Gabilondo disfrazado de césar y con todos los galones colgando. Sonrisa de oreja a oreja para presentar a su contrincante en la función retórica. Lo hace como quien acaba de cazar una buena presa y pretende hacerse con ella un guiso. Cuando la cámara enfoca a Mariano ‘Cicerón’ Rajoy, filosofeta del nuevo milenio, sus ojos denotan cierto miedo escénico. Aparece postrado en un cómodo sofá de felpa, pero su rostro desencajado revela que él tiene la sensación de estar sentado más bien en una silla eléctrica.No se equivoca del todo. Primera pregunta seria de la noche y primer estacazo de 7000 voltios: “¿No tiene usted la sensación de que tal vez con otro -candidato- ganaría el Partido Popular las elecciones y con usted a lo mejor no?”. A Cicerón se le quema el culo. Echa humo hasta por las orejas. Cuando menos se lo espera, el césar vuelve a la carga y le mete otro chicharrazo: “Durante las dos legislaturas que mandó el Partido Popular hubo 62 muertos por ETA y 192 por el terrorismo islámico. Ahora ha habido cuatro. ¿Cuál es la razón por la que ustedes entienden que han triunfado y este Gobierno no?”. La cara del filósofo es un poema. Se intuyen sus pensamientos. En ellos aparece Zapatero disfrazado de Marco Antonio y tronchándose en un sillón de la Moncloa.

El césar, más ‘resabilondo’ que nunca, percibe que esta noche sus parroquianos esperan sangre. Sabe que hay más oyentes que de costumbre en el foro catódico. Por eso exhibe una rabia bravía que le empuja a atropellar repetidamente a su víctima. Lo que antes eran preguntas, ahora son afirmaciones. El ‘gurú’ califica de “triste” la labor de oposición de su interlocutor y le acusa de publicitar a ETA. En ese momento, el sillón de Rajoy echa chispas. El sofista está ya más quemado que la pipa de un indio, pero no bebe agua por si el césar le ha puesto cicuta.

Las preguntas de inmigración acaban de hundirle. La nueva propuesta de su partido es muy reciente y Cicerón no se ha estudiado bien el discurso. Apenas contesta. Cuando lo hace, se pierde por las siete colinas de Roma en sus respuestas. No aguanta la mirada de su oponente. Suplica clemencia con el gesto. Siente el aliento de los leones en la cara…

Sin embargo, sucede algo inesperado. El césar propone nuevo tema: economía. Y aquí pierde las riendas del relato para no volver a retomarlas. Entre nociones macro y ‘microcoñazo’, los teoremas de Cicerón encuentran acomodo. Rajoy manda e Iñaki obedece. Quién lo hubiera dicho diez minutos antes… El paro, la inflación y la crisis le sirven para convencer por primera vez a los espectadores. Pero fundamentalmente para creer en sí mismo.

Con el paso de los minutos, se crece. Peligran los laureles. Para cuando el césar sabe que ha metido la pata hasta el fondo e intenta rectificar, Cicerón se le ha subido ya a la chepa. Ahora sabe responder a todo. Incluso a las preguntas incómodas. Ni Aguirre ni Rouco ni las sedaciones de Leganés ni el matrimonio homosexual consiguen desestabilizar su discurso. Un discurso discutible, pero coherente.

Al que le empieza a quemar el culo ahora es al emperador, que ya no da pie con bola. En una maniobra de mal gusto, le pregunta a su oponente cuál es la capital de Turquía, Australia y un par de países más. Se supone que es una cuestión que le ha hecho llegar un ciudadano de Roma con muy mala baba, pero todos los espectadores lo entienden como un golpe bajo. Rajoy responde lo correcto: “¡Vaya pregunta!”. Y a su interlocutor se le sonrojan los pómulos.

Es entonces cuando el público del coliseo lo tiene claro. No necesita ver más. La mayoría levanta su pulgar y los leones se quedan enjaulados. Concluye el espectáculo. Cicerón se va a casa vivito y coleando. Y al emperador se le caen la mitad de los galones.

Vea la entrevista completa.

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Conversación con Jordi Pujol, de José Oneto en Estrella Digital

Posted in Política by reggio on 8 febrero, 2008

Tiene el mismo ánimo y mismo ímpetu que cuando era presidente de la Generalitat, aunque reconoce que está jubilado y que no quiere que sus palabras, sus manifestaciones, sus pronunciamientos afecten a Convergència i Unió, el partido que él fundó.

Habla con el mismo sentido común que cuando se convirtió en hombre imprescindible para la estabilidad del país. Jordi Pujol, que acaba de sacar a la calle su primer libro de memorias con el título Historia de una Convicción, editadas por Destino, reapareció ayer en Madrid en Antena 3 televisión en el Programa Espejo Público.

Yo, que le he hecho varias entrevistas, que le he tratado profesionalmente en Madrid y Barcelona, hacía casi diez años que no le veía y lo encontré, durante la conversación que mantuvimos en la sala de invitados de la cadena de televisión, igual de rápido en el análisis, igual de apasionado por la política, reflexivo como siempre pero con un sentido de la distancia y de los personajes políticos que le da mucho más valor a sus pronunciamientos.

Dice que ha vivido estos últimos cuatro años con preocupación, él que viene de la cultura de la Transición, de la cultura del pacto, y añade, sin que quiera obligar a su partido a nada, que no es partidario de ningún pacto estable ni con el Partido Popular (casi imposible) ni con el Partido Socialista.

Con el Partido Popular por su posición en esta legislatura en contra de Cataluña, por sus insultos, por su comportamiento político, por impulsar auténticas campañas de desprestigio contra Cataluña durante el debate sobre el Estatuto. Simplemente, añade “por dignidad”.

Con el Partido Socialista porque no es de fiar, porque dice que Zapatero les ha engañado. “Zapatero o es un ligero o engaña, o ambas cosas a la vez… Hizo promesas que no debió hacer nunca porque no las podía cumplir”.

Se lamenta del actual conflicto entre la Iglesia y el Estado y asegura que todo lo que está pasando le hace revivir episodios del 36.

Pero eso sí, no tiene inconveniente en repartir culpas. Culpa al Partido Socialista de un laicismo muy desesperado y a veces ofensivo y culpa también a ese sector del Episcopado que se ha radicalizado y que ha terminado imponiendo un criterio político muy concreto en vísperas electorales. Alineado con el abad de Montserrat, Josep Maria Soler, rechaza el manifiesto de la Conferencia Episcopal como católico y desde unas profundas convicciones religiosas ya que la Iglesia no puede tener ningún tipo de monopolio.

Se lamenta de los ataques furibundos que durante estos años han recibido los catalanes, la antipatía profunda que se ha creado contra ellos e incluso el menosprecio con el que han sido tratados… Y todo eso lo resume en una frase que viene repitiendo desde que presentó su libro de memorias: “Los catalanes no nos hemos gustado y no hemos gustado”.

Se muestra pesimista sobre la situación política, y lo que más le duele es que Cataluña haya sido utilizada como munición política por los dos partidos con los que, según él, no se puede firmar un pacto de estabilidad.

Para él, y reconoce todo lo que se ha avanzado política y económicamente en estos últimos treinta años de democracia, la estabilidad es quizás el elemento más importante de todo ese periodo… Los tres pilares sobre los que se basa la convivencia nacional, insiste, son precisamente la estabilidad, la gobernabilidad y la continuidad.

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