Reggio’s Weblog

Elecciones de partido único, de Antonio Álvarez-Solís en Gara

Posted in Derechos, Política by reggio on 19 febrero, 2009

El autor constata que la apelación al denominado «terrorismo» es el instrumento que dota de argamasa a la consolidación del «partido único» que defiende los intereses de las clases reaccionarias y que controla los ámbitos económico, político y social en el Estado español. Un partido único represor que se emplea a fondo en Euskal Herria.

Es cierto que las capas tectónicas del sistema capitalista crepitan ya audiblemente. De ahí la urgencia de los intereses dominantes por imponer un nombre a estas agitaciones que delatan el cuarteamiento de la estructura del modelo. Un nombre que a la vez que identifica global y, por tanto, inaceptablemente tales movimientos -es preciso identificar ladinamente para acusar de un modo tortuoso- los invalida en la reflexión de una buena parte de la ciudadanía jibarizada por un largo sometimiento intelectual. Así nace y es expandido como autovacuna el concepto de terrorismo.

La apelación de terrorismo, esgrimido como denominación única de todas esas manifestaciones, facilita la creación del enemigo único que precisa para su sostén dialéctico el partido único. Esta es la cuestión sobre la que debe hacer una profunda reflexión la sociedad si quiere que su liberación no se disuelva en un medio letal: el partido único. Es preciso reconocer al gran enemigo socialista, unido a la más reaccionaria derecha, en ese gran partido de hecho del que Antonio Gramsci hace la siguiente descripción: «La verdad teórica de que toda clase tiene un solo partido se demuestra, en los momentos decisivos, por el hecho de que diversos agrupamientos, cada uno de los cuales se presentaba como un partido `independiente’, se reúnen y forman un bloque único. La multiplicidad existente con anterioridad era sólo de carácter `reformista’, es decir, se refería a cuestiones parciales; en cierto sentido era una división del trabajo político (útil, dentro de sus límites), pero cada parte presuponía las demás, hasta el punto de que en los momentos decisivos, esto es, cuando se han puesto en juego cuestiones principales, la unidad se ha formado y se ha verificado el bloque».

A caso no es perceptible la situación actual en esta luminosa descripción gramsciana de lo que viene a constituir esencialmente y en una buena extensión de la práctica el partido único en este tramo histórico? La evidencia, según los hechos, no es posible negarla sin caer en una falsa dialéctica o en una hipocresía clamorosa. Vivimos gobernados por un partido único que actúa en lo económico -solamente con diferencias adjetivas en su interior-; en lo social -la consideración de lo social se hace desde la tronera de los grandes poderes capitalistas-; en lo intelectual -la acción filosófica de los nouveau philosophes enmarca la principal expresión del pensamiento y la comunicación-; en lo jurídico -el Derecho ya no constituye la entraña moral de las leyes-; en lo religioso -se apagan con violencia las velas del II Concilio Vaticano-; en lo científico -los trabajos esenciales son dominados de consuno por la Bolsa y las demandas militares- y en tantos otros aspectos o dominios de la inteligencia.

El partido único actúa también con violencia y exigencia de control en los ámbitos donde afloran las aspiraciones soberanistas de una serie de pueblos violentados por unos estados que hacen funcionar sus instituciones con una extraordinaria crueldad represiva. No se puede negar que de cara a la opinión pública, crecientemente suspicaz, no se procede aún contra algunas formaciones políticas o religiosas -desde las que postulan el comunismo real a las iglesias de la liberación- que, en número decreciente, luchan también contra el sistema, pero que por una serie de razones históricas no viven un momento de acción numéricamente eficaz y además son carcomidas desde su interior. Son esos partidos y grupos ciudadanos que, desasistidos de eficacia real en una calle esterilizada ideológicamente, aprovecha con habilidad potemkiniana el sistema para presentar como viva la estampa de una democracia que está realmente exangüe.

Todo régimen político autocrático procura respectar activos ciertos suburbios ideológicos que le rodean para justificar públicamente la destrucción de los agentes que representan un auténtico riesgo para su existencia. Sirvan de ejemplo de este comportamiento del gran poder algunas universidades norteamericanas, con un izquierdismo recluso, o algunos nacionalismos europeos que usan guantes para no contagiarse de revolución. A este respecto me pregunto muchas veces por qué no surge en el Estado español un gran partido republicano que encarne una oposición no sólo de programa administrativo sino fundamentalmente de grandes y movilizadores principios.

Los atrincherados en lo que hay hablan, cuando se enfrentan a esta interrogación, de la preferencia por parte de las masas por una política de cosas, entendiendo por cosas los placebos del consumismo. Si se analiza esta parte de la cuestión parece que la dificultad de un gran partido republicano se deriva de una política que fomenta la ignorancia histórica de la ciudadanía y que absorbe a los llamados líderes sociales en una evidente existencia de comodidades materiales y de poder tan convenido como protegido.

La teoría de la muerte de las ideologías y del final de la evolución política -teorizada por personajes como el nipoamericano Francis Fukuyama- es alzada como bandera frente a la presunta locura de las posturas alternativas. Obviamente esa teoría, que oculta en la destrucción de las ideologías la sublimación de la propia, tiene como objetivo esencial la destrucción de las posibles vanguardias. El procedimiento de dormición ha tenido una particular fortuna en el mundo sindical, hoy transformado en una verdadera quinta columna del poder instituido.

Tangiblemente el mundo vive hoy en régimen de partido único, alimentado por las doctrinas de las clases reaccionarias. Un partido, además, que funciona con evidente crueldad en su espíritu represor. El ejemplo más inmediato lo tenemos en Euskadi. La conjunción formada entre un parlamento sin lugar para las minorías nacionales o ideológicas y un gobierno policializado, sea quien sea su conductor, pesa como una losa sobre la libertad y la democracia. En tal situación las elecciones enfrentan a quienes tienen el control de las urnas y quienes alientan en la calle, expuestos a todos los vientos helados, convertidos ahora en un huracán que se lleva por delante cualquier consideración moral o mínimamente coherente con la verdadera libertad y la verdadera democracia. El ciudadano honrado se ve así en el dilema de votar a quienes, de un modo más próximo a su sentimiento profundo, pueden impedir la total ocupación de las instituciones por las fuerzas reaccionarias -con el peligro de la prolongación del acoso hasta límites impredecibles- o proceder decididamente a construir una expresión espontánea para enfrentar el creciente fascismo.

De cualquier forma que se resuelva el dilema parece inexcusable la creación de órganos de expresión nutridos de ciudadanía que entren en liza con unas recrecidas posibilidades. Entre esos órganos, aparte de habilitar o sostener medios de comunicación que conecten con la población oprimida -y ahí hay un compromiso de colaboración vital por parte de quienes claman ante la represión-, figura muy en primer término la creación de un poderoso partido republicano que se encargue de promover los dos principios que son vitales para que una nación pueda tenerse por tal: el principio de la autodeterminación, sin el que la democracia es imposible, y la lanzadera de la acción directa, entendiendo por acción directa la consideración de los problemas en el mismo lugar y tiempo en que se produzcan y con arreglo a las propias fuerzas de que se dispongan. Se trata, por tanto, de que la ciudadanía se haga críticamente cargo de si misma en una combinación de formación ideológica y de la praxis necesaria.

Antonio Álvarez-Solís, periodista.

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A qué llaman unidad, de Antonio Álvarez-Solís en Gara

Posted in Política by reggio on 16 febrero, 2009

El concepto de unidad en el contexto político es objeto de detenido análisis por parte del autor en este artículo. Su lugar central en el ordenamiento jurídico español le lleva a hablar de una Constitución «dictada por un pueblo dominante para evitar la libertad máxima, que es la de ser o no español». En un segundo estadio del mismo análisis constata que la negación de los derechos nacionales conduce a «un foco de rebeldía […] que puede alcanzar la característica de lucha armada», para la que sólo contempla una solución: el arbitraje.

Es inevitable que pudran la política, disgreguen la sociedad y, por tanto, la destruyan como ente orgánico quienes denominan libertad a la sola capacidad para realizar sus maniobras y entienden por Derecho únicamente lo que ampara sus violencias frente a los disidentes. Esos «quienes» acostumbran a violar la libertad y el Derecho en nombre de la unidad que, según ellos, ha de conducir a los pueblos a una existencia mágica, sin ninguna clase de enfrentamientos, salvo aquellos irrelevantes y vicarios con que justifican su escurrida democracia. Son los falsos profetas que, anclados en su inmovilidad y egoísmos, claman contra la renovación de la vida e impiden el cultivo abierto y fructífero de las ideas, en muchas ocasiones en nombre de la paz. Detienen la vida hasta transformarla en un existir deshuesado e inane, en un juego virtual de posibilidades que realmente resultan vacuas. Recuerdan con su retórica al cardenal Richelieu cuando en su majestuoso despacho de amo de Francia reprobaba las manifestaciones de los súbditos hambrientos con la famosa advertencia: «¿Pero no estamos bien así?».

¿A qué llaman unidad los que tejen las constituciones inalterables, promueven las leyes prevaricadoras y deciden la Policía del espíritu como si repartiesen el pan de la paz? Contemplando su gobernación de las cosas uno se pregunta si debemos hablar de unidad refiriéndonos al marco en que todos puedan decidir sus posturas múltiples o hemos de aceptar como unidad aquella situación en que el pueblo queda inmovilizado en las instituciones y es castrado para la creación histórica. ¿Unidad para la creación de vida numerosa o unidad para la protección de los intereses unilaterales con una vida única y dada?

Lo cierto es que la unidad no se expresa en el contenido único de lo que se propone, sino en la habilitación de un mismo marco donde todo puede proponerse. La unidad es un concepto formal referido al marco que facilita todas las posibilidades. Estamos unidos para convenir en paz o para disentir en paz; para atarnos voluntariamente o para separarnos sin que se criminalice a quienes desean separarse. Podemos estar unidos a fin de lograr una desunión materialmente razonable. La unidad es una pura página en blanco sobre la que todos pueden escribir sus ideas. La unidad es el continente y no el contenido. No se consuma en la reducción a uno del contenido ideológico sino que garantiza la posibilidad del contenido como múltiple. Somos unitarios para salvaguardar la diversidad bajo la propuesta de que queremos para que tú quieras: estamos unidos en la voluntad de ser diversos. Por eso agravian a tantos ciudadanos textos como el del artículo segundo de la Constitución de 1978, en el que se afirma con absoluta rotundidad: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». En este artículo la unidad ya no constituye un marco formal capaz de libertades para la diversidad, sino que determina el contenido único respecto a la españolidad de los habitantes del Estado español. Es la Constitución dictada por un pueblo dominante para evitar la libertad máxima, que es la de ser o no español. Estamos, pues, ante un artículo de contenido políticamente excluyente, ya que ampara una situación de unitarismo indisoluble y a la vez paradojal por contradictorio, pues no resulta lícito hablar de nacionalidades sin dar a las mismas toda la dimensión que constituye su perfil implícito, que es la de otra soberanía posible si así lo quieren esos pueblos a los que subyacentemente se les reconoce un origen no español. La contradicción parece patente y, sobre todo, agraviante, ya que sus redactores la originan al distinguir con una conciencia penumbral entre nacionalidades y regiones. ¿Qué constituye la nacionalidad sino un derivado administrativo de nación, que es el sustantivo que debe tenerse en cuenta?

La consecuencia más grave de este unitarismo es que afecta a la raíz misma del ser nacional y, por tanto, deriva en la supresión de la personalidad fundamental de los ciudadanos que rechazan su españolidad. La unidad deja de ser, inevitablemente, un concepto formal que facilita la presencia de todas las posturas para tornarse en imperio de una decisión ideológica. Una serie de ciudadanos regresan de su condición de ciudadanos, según pretende la Constitución, para readquirir la de súbditos, como lo fueron en tiempos de la sangrienta dictadura. Evidentemente, desde esta óptica la unidad se niega a sí misma como plataforma de presencias múltiples para convertirse en arma unidireccional con contenido políticamente operativo y opresor.

Lo anterior abre a su vez una segunda meditación. Se trata ahora de aclarar si la incapacitación de todo un pueblo para decidir sobre sí mismo, mediante la coartada constitucional de la unidad, no produce una ciudadanía de segundo orden o de rasgo colonial. Si esta ciudadanía se ve negada en su esencia nacional, lo históricamente previsible es que ese pueblo se constituya en un foco de rebeldía y enfrentamientos graves, que pueden alcanzar la característica de lucha armada. El error más grave que puede cometerse después es calificar de terroristas a quienes hacen frente a la dominación y fabricar acusaciones derivadas por el elemental mecanismo de la inducción. Con ello se menosprecia a todo un pueblo y se arruina la posibilidad formal de la unidad como plataforma de encuentro para alcanzar la simple pretensión de la paz y la buena relación entre comunidades étnica, histórica o políticamente distintas. Llegados a este punto de violencia, la relación se convierte en imposible y sólo cabe una solución de arbitraje.

También conduce a una tercera reflexión este estado de violencia suscitada por la dominación de quien maneja la sartén constitucional. El estado dominador descalifica a sus propias instituciones con el uso torpe e inmoral que hace de las mismas. Y no sólo las descalifica ante la ciudadanía dominada y crecientemente agraviada por esa opresión cada vez más áspera, sino ante muchos de sus propios ciudadanos que realizan un análisis severo de la situación. Cualquier ciudadano del estado dominador medianamente avisado teme que esas instituciones desmanteladas de moral pública acaben por afectarle a él en cualquier momento y ante cualquier situación. Unas instituciones que son manejadas por el simple motor de un poder temeroso de operar merced a una soberanía razonable son proclives siempre a oprimir a sus propios ciudadanos. El poder corrompido resbala inevitablemente por una pendiente fascista que se acentúa cada vez más. La violencia institucional no sólo se ceba en los oponentes claros a sus pretensiones, sino que acaba por vivir merced a la creación de un enemigo interior que la justifique, muchas veces hallado en el seno de la ciudadanía afecta, que acaba también corrompida. Como escribe Wright Mills en «La élite del poder»: «Puede haber hombres corrompidos en instituciones sanas, pero cuando las instituciones se están corrompiendo muchos de los hombres que viven y trabajan en ellas se corrompen necesariamente». En esta situación estamos. Euskadi se enfrenta a un Estado radicalmente corrompido y a dirigentes que se han corrompido en ese Estado y han corrompido los conceptos éticos y políticos que deberían determinar una recta gobernación. Pero tratan de taparlo todo con conceptos morales debidamente falseados; uno de ellos es el concepto de la unidad como tapadera de la injusticia.

Antonio Álvarez-Solís, periodista.

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Muestras de la impotencia política, de Antonio Álvarez-Solís en Gara

Posted in Derechos, Libertades, Política by reggio on 4 febrero, 2009

Madrid insiste, nuevamente por boca del juez Garzón, en que los encarcelamientos que se suceden alarmantemente en Euskadi no tratan de asfixiar las ideas sino de castigar una connivencia criminal. ¿Pero ante qué tipo de crimen estamos? Vayamos por pasos. Los posibles líderes de Demokrazia Hiru Milloi son culpables, según el juez, de resucitar los propósitos de Batasuna, partido condenado a la desaparición por sentencia del Tribunal Supremo español, que lo cree banda criminal en su totalidad. Por consiguiente Batasuna, según insisten políticos y magistrados, no fue expulsada del ámbito público por sus ideas sino por ser parte de una organización armada. Claro que esto habría que probarlo con hechos y no con elucubraciones intelectuales. Mas apoyando el pie en un discurso espeso y especioso, los magistrados insisten en que Batasuna no es depositaria de una estructura ideológica sino que constituye un polvorín.

Pero ciertamente, ¿qué ha pretendido siempre Batasuna? Pues la independencia de Euskadi. Para eso ha ido a las elecciones y trabajado en la calle. Es decir, un ejercicio de puro rango político. Lo otro hay que demostrarlo con piezas tangibles, pero el juez ha decidido, mediante un teórico e innovador mecanismo inductivo-deductivo -operado sobre todo por la Guardia Civil- que toda aspiración a la independencia de Euskadi, protagonícela quien sea, está repleta de ETA. Es más, si un miembro de Batasuna ejerce la violencia contamina a toda la organización, que es convertida en delincuente colectivo. Novedad en el Derecho: los delincuentes colectivos. Por tanto, en virtud de esta asignación extensiva de la culpabilidad, cualquier independentista queda afectado de terrorismo por contagio aéreo, como si se tratara de una gripe.

En resumen, promover la independencia equivale a una acción armada. El proceso de infestación es el siguiente: ETA encuadra a Batasuna y la vampiriza, y Batasuna fomenta D3M, que se transforma, sin más, en ETA, tras ser mordida en la yugular por los «batasunos». ¡Pero el terrorismo -sin entrar en su confusa definición, que por ahora es múltiple- necesita ser demostrado con pruebas materiales! ¿Y qué pruebas hay de que Batasuna y D3M sean terroristas? Pues ahí empieza la elucubración evanescente: la prueba radica en que Batasuna y D3M coinciden con ETA en el objetivo político, que es la independencia vasca.

Luego si el etarra mata, el batasuno mata por afinidad ideal. Mas, rebus sic stantibus, cabe hacer una observación: ¿acaso no son independentistas determinados peneuvistas o afiliados a Eusko Alkartasuna? ¿Y matan esos peneuvistas y esos «alkartasunos»? Parece ser que no.

Los tribunales de Madrid defienden, no obstante, la identidad de etarras y «batasunos» mediante el concepto del «todo orgánico». No vale que D3M decida actuar en un estricto plano político, que es lo que Madrid exige teóricamente para aceptar a las formaciones que propongan la independencia. El juez ha decidido establecer una identidad terrorista basada, por ejemplo, en las equivalencias de lenguaje. Merced a esta equivalencia, ese lenguaje es similar a una acción bélica: el que habla como ETA respecto a la independencia vasca también dispara como ETA. La lógica tiene aire de conclusión de barra de café tras una noche insomne. No importa que el más sano Derecho Penal sostenga que las ideas no delinquen sino que delinquen las personas. Cosa esta última que, además, no debe ser probada inductiva o deductivamente sino taxativamente. Para apreciar un crimen se precisa un muerto, un arma y un nexo causal. Pero he aquí que las ideas son juzgadas como armas físicas a fin de aplicar conveniente y rotundamente la ley.

En consecuencia -así lo estiman el Gobierno central y sus tribunales-, las ideas equivalen a herramientas materiales del delito. Atendamos con buen oído esta aseveración: el juez afirma que D3M es «la opción de la izquierda abertzale». Y la opción es, ya, el delito, que apuntalan la Guardia Civil y la Policía Nacional, que son las organizaciones armadas del Estado a cuyo cargo corre, como ya hemos señalado, alimentar la doctrina intelectual para orientar a los tribunales.

El juez, siguiendo la estela policial, se adentra en el laberinto mental y presenta pruebas: frases interpretadas, amistades de zona o situación, pareceres, generalizaciones. Pero insistamos: ¿hay algo en ese discurso independentista que equivalga a la posesión de armas o que demuestre la participación en acciones bélicas? ¿Ha actuado armadamente la izquierda abertzale? No, pero constituye el soporte de ETA. ¿Y cómo soporta el soporte? Pues mediante el discurso independentista.

La teoría del soporte tiene resonancias teológicas integristas. El juez insiste una y otra vez en «un todo orgánico». Es como si el GAL fuera parte del todo orgánico socialista. La diferencia está, sin embargo, en que el PSOE se ha redimido del GAL como de un exceso pasional producido por la guerra santa en defensa de la unidad española. Y esta finalidad defensiva, que es bautismal, limpia y da esplendor al Partido Socialista y a su trépano vasco, el PSE. Ahí hay un todo orgánico indudablemente, pero salutífero ¿Cuál es, pues, la única diferencia, jurídicamente hablando, entre los socialistas y los abertzales de izquierda desde el horizonte argumental del «todo orgánico»? Sencillamente, que los socialistas no están prohibidos y Batasuna, sí. ¿Y quién prohibió a Batasuna y, con ello, a sus seguidores hasta convertirlos en criminales?: pues los socialistas.

El enredo cobra tintes endemoniados de una lógica sacristana. A es a B como B es a C, luego C es a A. Este tipo de silogismo fue el que usó «La Codorniz» ante una de las suspensiones de que fue víctima en tiempos de la dictadura: «Bombín es a bombón como cojín es a X» Lo que finalizaba con el resultado de que a «La Codorniz» le importaba 2X la persecución de que estaba siendo objeto. Mas llegados aquí uno se pregunta, acosado por estos torpes malévolos: ¿pero por qué ocurre todo esto, tan elemental y áspero? Vamos a cavilar alguna cosa acerca de la impotencia política que subyace al embeleco.

Lo que motiva la visible torpeza de los gobiernos actuales para resolver las guerras entre instituciones y sectores desposeídos de toda posibilidad de razón es la impotencia comprobable de las instituciones para construir un ámbito común dialéctico. La torpeza clamorosa para resolver los problemas en el marco institucional lleva a los Estados y sus beneficiarios a producirse con una violencia provocativa y continuada, material y moral. Y consecuentemente, la creciente concienciación popular ante estas injusticias institucionales produce, a su vez, la violencia de respuesta, que no siempre tiene una medida precisa, porque no se puede pedir al dominado lo que el dominador es incapaz de lograr para sí mismo: prudencia y juicio sereno.

El resultado de esta situación de inestabilidad y dolor se resuelve por las instituciones construyendo un diseño moral según el cual los que gobiernan son justos y demócratas y los que se sublevan contra la injusticia son gentes asesinas, viciadas por una criminalidad de tipo antropológico.

Es decir, estamos en un proceso de putrefacción del modelo social vigente, cuyos dirigentes se ven carcomidos por una impotencia radical para crear otro modelo más humano y justo. Y esa impotencia, derivada de un aferramiento a intereses espurios, lleva a corromper el espíritu de las leyes hasta desnudarlas de toda verdad en nombre de una falseada prudencia de cuyos usuarios dice Mauriac que llevan «esta prudencia hasta los confines de la cobardía». Y en ese límite están la sangre y la injusticia.

Antonio Álvarez-Solís, periodista.

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El Guantánamo español, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Derechos, Economía, Laboral by reggio on 30 enero, 2009

Alvarez-Solís maneja una definición muy amplia de la tortura: «La tortura está también en la guerra, en el hambre, en la enfermedad desatendida, en el desequilibrio social, en la ruin separación de clases, en la imposición ideológica, en el atentado al pensamiento, en la simulación de la libertad…». En su opinión, quedan en el mundo muchos guantánamos por clausurar y pone como primer ejemplo el español: mientras la crisis aprieta, Zapatero se inhibe e implora al empresariado que «mantenga todo el empleo que pueda».

Según la Encuesta de Población Activa, en España hay 827.000 hogares en los que ninguno de sus miembros tiene trabajo. Es decir, que si suponemos que cada hogar esté formado por cuatro personas el resultado es que 3.300.000 seres viven en una total desolación económica y, por ello, víctimas de una terrible desmoralización, que es enfermedad atroz. La cifra aún resulta más estremecedora si contamos esos seres condenados a la nada sobre una población del Estado que ronda los cuarenta y seis millones de almas. Si tomamos conciencia clara y cierta del dolor que ha de atenazar a esos desposeídos del sustento -el sustento es mucho más que la sopa de caridad y el obsequio de algunas prendas- no es hiperbólico hablar del Guantánamo español. Y no es hiperbólico porque los sufrimientos no se reducen sólo a los que se enmarcan en la escalofriante acción de la Policía o los tribunales, con ser ésta voluminosa y de aterradora brutalidad. Hago esta simple observación porque el prometido cierre del Guantánamo norteamericano ha producido una cálida onda de afecto hacia el presidente Obama, al que Dios guarde de banqueros, militares, prelados, jueces y otro personal por el estilo, ya que vemos en su inicial política una posible reposición de los derechos humanos, aniquilados por tantos poderes actuales.

Es urgente que finalicen las torturas en los centros policiales inferidas con dos propósitos: el primero y más importante, la fabricación de culpables sin base alguna en la inmensa mayoría de las ocasiones, y después con el objetivo de entregar esos culpables a las masas -¿a quién preferís a Jesús o a Barrabás?- como prueba de los horrores que esperan a la ciudadanía si no ofrece sumisión ciega a los grandes sacerdotes, torturadores empecinados. Obama trata de extirpar la violencia institucional, simbolizada en esas torturas, como prenda de una nueva era que regrese a lo mejor del liberalismo burgués que, con todos sus defectos, despierta -¡quién lo diría!- nostálgicos recuerdos ¿Pero basta con eso? No. No basta. La tortura está también en la guerra, en el hambre, en la enfermedad desatendida, en el desequilibrio social, en la ruin separación de clases, en la imposición ideológica, en el atentado al pensamiento, en la simulación de la libertad, en el comercio obsceno, en el lenguaje arrogante, en la misérrima sacralidad de las instituciones, en la indecencia de la verdad sin razón…

Oigamos, como pequeña prueba de lo que antecede, lo que opinan los gobernantes españoles de esos tres millones y medio de seres sin esperanza alguna de trabajo y, por tanto, de sustento. En primer lugar escuchemos a la cínica vicepresidenta del Gabinete: el Gobierno vigilará -dice- la situación de los hogares en total desempleo para cumplir con el compromiso de «no abandonar a nadie a su suerte». Subrayemos: el Gobierno «vigilará»… Tiempo de futuro. ¿Y qué va a vigilar? Cuando llegará la elemental ayuda fruto de esa vigilancia? No se sabe. Es más, al parecer no se había vigilado esa enfermedad social. Prueba de esa falta de vigilancia es la referencia del secretario de Estado de Economía del Gobierno de Madrid, Sr. Vergara, al recordar el compromiso del Ejecutivo de aportar las dotaciones suficientes a fin de que «no haya carencia». No enumera el secretario de Economía qué clase de dotaciones cabe esperar, aunque el jefe del Gobierno, Sr. Zapatero, materializa la intención en la petición a los empresarios para que «mantengan todo el empleo que puedan». Petición tierna, ruego educado. Pero ¿no tiene poder el Gobierno para mejorar los salarios y cambiar la catastrófica dirección económica? No. Una vez más: no puede. Pertenecemos a una economía de mercado y las reglas de la libertad económica son sagradas, ya que al parecer constituyen el marco en que se realiza el individuo. Pero ¿qué clase de individuo? Sin embargo ¿no han quebrantado los gobiernos la respetada libertad económica cuando han destinado cantidades ingentes a sostener a las instituciones financieras y a las gigantescas empresas que desangraron a la sociedad? ¿Por qué gobiernos que intervienen en tan benéfico rescate -a agentes económicos que además no transfieren a la producción y al consumo las ayudas recibidas- son incapaces de decretar un razonable nivel de salarios para ayudar a los asalariados? ¿Es que el Supremo Hacedor decidió tan cruel desigualdad cuando abrió la puerta a la creación futura de las VPO tras la expulsión del Paraíso? La conversión del dinero en la única mercancía del sistema apoyada nada menos que por los que se autodenominan socialistas… ¡Santo cielo qué cinismo! ¡Qué unión de la contumacia con la contumelia!

Lo que exaspera aún más al observador honrado de este inhumano tejemaneje -hasta el punto de conducirle a la entendible violencia- es que se persiga a todos los que quieren recuperar el socialismo real para enfrentarse a la consagrada minoría. Cuando llega la hora electoral, como sucede ahora en Euskadi -cabeza, fuerza y antemural del pueblo de Euskal Herria, con frase prestada por el escudo municipal de A Coruña-, parece obligado entregar la conciencia a pensamientos comunistas y nacionalistas a fin de rescatar la nación como voluntad política libre frente al Estado. La nación genuina, la que tiene su infalsificable aguja de marear. La nación no contaminada por el poder estatal contemporáneo, que siente en sí el latido de lo colectivo y que es capaz de edificar una economía orgánica y decente donde el trabajador, el consumidor y la financiación formen parte de un mundo abarcable y dominable por la calle frente a la trampa globalizadora. ¿No habrá querido usted, ministro Sebastián, referirse a ello cuando recomienda el consumo de productos nacionales como forma de estimular el empleo y fortificar la infraestructura social? ¿A ese punto de arrepentimiento le ha conducido su pecado globalizador? Los nacionalistas y los comunistas -a los que me gustaría ver de la mano en la complicada marcha tan acosada por las fuerzas del orden y zarandeada por los tribunales- deberían aprovechar estos momentos para incitar a una construcción mundial en que los trabajadores, -desde su verdadera realidad nacional y conscientes de la necesaria socialización de lo que es social por naturaleza de las cosas- marcharan junto a otros trabajadores y otros pueblos en un verdadero internacionalismo libre de la peste globalizadora.

Yo no sé si todo esto que digo es lícito, ilícito o paralícito. Algo de heterodoxia debe tener cuando una especie de temor indefinible se apodera de mí al decir lo que digo. De cualquier forma me consuela la sensación de que vamos dejando atrás esa historia en que, como decía William Hazlitt, «el pueblo no es capaz de ofrecerse voluntario para una rebelión por simple prestigio de lo nuevo». Quizá sea que lo que era nuevo hace tantos años ya no es nuevo y ha producido el aparente milagro de sentar en el despacho oval a un negro, descendiente de aquellos que entonaban los espirituales junto al fuego del anochecer para mostrarle al amo -el lord, dios temido en los galpones- que les sangraban las manos.

Hay muchos Guantánamos por clausurar. No se trata, sólo, repito, de la tortura bestial en un cuartel o un descampado, sino de rescatar para la vida a aquellos que la sufren en despaciada muerte. Esos Guantánamos en que mueren niños de hambre y de metralla. Pero, como dice el proverbio, «amanecerá Dios y medraremos», sobre todo si sabemos marchar unidos ante las urnas y sostener esa unidad en la calle. Luego se revolverá el Fumanchú de los ojos oblicuos, pero ahí estaremos.

Antonio Alvarez-Solís. Periodista.

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Mis primeros ochenta años, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Política by reggio on 14 enero, 2009

En 1925 la Editorial Atlántida publica las memorias de don Emilio Gutiérrez-Gamero con el título que encabeza este artículo. Ahí estoy yo, en los primeros ochenta. Don Emilio hubo de exiliarse a París, tras ser diputado en la I República española, con su mujer, dos hijos y dos mil pesetas en el bolsillo. Algunas personas me preguntan con afecto cómo soy aún comunista y cristiano trashumante y discretamente pobre a esos años. Pues eso soy al culminar mis primeras ocho décadas, además de republicano entusiasta y callejero.

«¿Sigue creyendo usted -me apremió hace unos días un antiguo cónsul de Cuba- que la revolución aún es posible?». Pues sí. Es más, sostengo que la revolución reverdece a pesar de los blindados fascistas y de sus cohetes y policías. El parto está siendo duro y prolongado. El mundo del futuro se está construyendo con huesos de niños, con sangre de mujer y con el dolor de los trabajadores. Todo cambio revolucionario tiene esas cosas en sus cimientos. ¿Por qué? Dios dijo, indudablemente en un momento de enfado al ver que Adán y Eva le robaban la fruta, que pariremos con dolor y Marx -a quien sigo con perseverancia- que «la violencia es la partera de la historia». No suelo mezclar mucho a Dios con Marx a fin de no introducir demasiado semitismo en el discurso verbal, pero las frases están ahí, debidamente confirmadas.

Pero ¿por qué creo en el acontecimiento revolucionario a la vista de lo que sucede? Esta es la cuestión. Llevo cincuenta años dándole vueltas al asunto, ya que siempre espero haberme equivocado en el cálculo y regresar así, con justificación moral -es decir, sin sensación de deslealtad a mi credo rojo-, a la confortable burguesía de mis mayores, que eran gentes de sombrero, bigote kaiseriano, chimenea de leña sólida y progresismo ingenuo y de buena fe. Eran gente decente y hablaban siempre con orgullo de «sus obreros». Porque realmente eran suyos. Pero los datos que manejo siempre me devuelven a mi compromiso revolucionario, que bien me pesa en cuanto a inconfortabilidad material, sin pesebre alguno.

Mas repito: ¿por qué sigo creyendo en la revolución, cuya luz aún borrosa detecto entre la hojarasca? Me dicen también que si el fracaso de la Unión Soviética no me sugiere nada acerca de la imposibilidad de un socialismo real, al que tanta pugnacidad oponen también esos socialistas que administran la finca del amo.

Y ahí es cuando aparece la fe que me sostiene en estos primeros ochenta años. Verán ustedes. Las verdaderas revoluciones, no la zaragata del 68 francés, poseen siempre dos fases, si la historia no miente. En la primera, y mediante una etapa sangrienta -no por deseo de los revolucionarios sino por la brutalidad de los contrarrevolucionarios, que no aceptan democráticamente la expresión popular- se edifica el edificio de los cambios, que ha de levantarse, empero, con los materiales del Sistema a extinguir, por lo que la prima Revolución vive con argamasa prestada, como los conceptos culturales, el enramado institucional y la óptica acomodada por lo existente. Es, pues, una etapa contradictoria, agusanada por un contenido psicológico o sobreestructural o llámenle como quieran, que está enraizado en el alma de la población que ha de ser revolucionada. Este contenido cultural es el que malogra siempre esta primera etapa revolucionaria, que acaba por quebrar ante el poder de lo establecido fuera y dentro del ser humano. La revolución francesa es un ejemplo de lo que digo. Los sans culottes tomaron la Bastilla, pero eso no les sirvió para poseer la revolución. El contenido monárquico estaba encastrado en la burguesía y era su momento. La burguesía volvió, pues, a regresar los reyes, que incluso restauraron la monarquía cesarista del Congreso de Viena e hizo que los burgueses, con su dinero triunfante, demostrasen que la revolución jacobina, incluida la guillotina urgente, era una barbaridad histórica. Ya entonces se difundió la doctrina de que el hombre era lo que era y seguiría siendo así. Pero la Revolución había calado en el espíritu ciudadano asentando otro tipo de conciencia -que era la liberal burguesa- y retornó pacíficamente, tras los veinticinco años absolutistas, con sus parlamentos y su cabaret, que habían roto los muros de la corte inapelable. Ya no hacían falta la guillotina revolucionaria ni los reyes absolutos dado que el pueblo había tornado al suburbio y andaba sudando en los talleres metalúrgicos y las tejedurías para fabricar el amo rico. La Revolución había facilitado el necesario caudal de sangre nueva y revolucionaria. Era la hora burguesa.

L uego, al correr de los años -¿cuántos? Que lo diga ese chico de la tercera fila del segundo curso de historia, que no lo va a saber-, repito: luego, al correr de los años, sucedió la Revolución soviética. Y tras un gran experimento protocomunista fue devorada por la burguesía, que había transitado ya hacia el fascismo; pero dejó raíz. También los comunistas fueron víctimas de una revolución hecha con inevitables contenidos culturales paradójicamente adversos. Los materiales que había. Eran comunistas de vanguardia y veían la espléndida fase histórica del colectivismo; pero la veían en lontananza y como dice el emperador Adriano, en sus memorias escritas por la Sra. Yourcenar, «tener razón antes de tiempo es una forma de equivocarse». Pero siguieron en el empeño revolucionario, porque siempre hay que tener razón antes de tiempo para cambiar el mundo -a eso llaman utopía- ya que si no se juega esa carta la razón nunca sirve para nada. El caso es que el socialismo real desapareció de la superficie social, pero no del alma de los trabajadores que, pese a Bruce Springteen y demás estrépitos, están aprendiendo con claridad que si no se pone en funcionamiento un mundo con valores y mecanismos colectivos todos acabaremos en la granja de Orwell.

Es decir, cuando llegue el momento ya no hará falta acosar a la burguesía con ninguna clase de violencia, dado que entonces o se es comunista en lo social, e incluso cristiano en lo espiritual, o los fascistas seguirán explotando su fast food con hamburguesas hechas de sangre, sudor y lágrimas. Esto es, para no alargar mucho el catecismo: que la revolución adobada por el Sr. Marx retornará como una lógica ya asumida que nos invitará a justicia, igualdad y fraternidad, eslogan en que los Sarkozys del momento picotean aviesa y retóricamente por ver si pueden alargar su desastre tan magnífico, como decía Zorba el griego ante la destrucción que cubría el horizonte.

Resumamos: las revoluciones son como el Guadiana, que corre sólidamente por la superficie y de súbito se oculta en el seno de la tierra para madurar agua distinta, porque nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, como postuló Heráclito, si mi memoria no me es infiel, ya que uno no puede estar en todo y a la vez caminar por el laberinto intelectual del Sr. Rodríguez Zapatero.

En mis primeros ochenta años he llegado, como se ve, a conclusiones de una gran simplicidad -como me dirían seguramente los maestros en reducir cabezas en los talleres jíbaros de unos determinados peneuvistas-, pero conclusiones que, pese a su apariencia de andar por casa, me parecen razonablemente sólidas. Intuyo que los regímenes de carácter colectivista empiezan a revivir en países que tienen un alma conservada intacta durante un silencio de siglos y que la era de Washington se acaba, en parte por autofagia. De cualquier forma esto que afirmo necesita algunos años más para certificarse como realidad. Cuando eso ocurra les dedicaré otro ladrido para resumir mis segundos ochenta años. Los que vivan entonces piensen en mí si ven un perro meneando la cola.

Antonio Alvarez-Solís. Periodista

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El jefe piensa desde el rancho, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 enero, 2009

El hecho de que Bush haya expuesto sus hipócritas argumentos en favor del genocidio diseñado por el Gobierno israelí desde su rancho y a través de un funcionario invita a Antonio Alvarez-Solís a reflexionar sobre el cinismo y la falta de pudor con la que se reviste hoy el poder. Sin olvidar el fondo de la tragedia palestina, el periodista considera que antaño los poderosos «eran gente reaccionaria, pero pudorosa; ahora son simplemente fascistas y sueñan con el refugio del águila».

Una de las realidades más destructivas entre las que pueblan el mundo actual quizá sea la falta de pudor en los comportamientos públicos. La liviandad de esos comportamientos, tanto gestuales como verbales, destruye todo respeto de la ciudadanía hacia sus dirigentes, que se manifiestan con la frivolidad más absoluta. Grandes y graves cuestiones -sirva de ejemplo actual la ya vieja maniobra israelí para provocar a la nación palestina- son abordadas por los espoliques de Israel con una simplicidad gestual que trata de disolver toda la trascendencia moral y política de la gravísima situación. Recurramos a la última y obscena ligereza: Bush ha aprovechado sus vacaciones de Navidad para reafirmar con un elemental cinismo su postura sobre el genocidio de Gaza. Ha hablado, sin más, del derecho de Israel a su defensa. Pero a este elemental argumento, desnudo de todo matiz y antecedente, ha acompañado un impúdico menosprecio: ni siquiera ha hablado Bush personalmente de esa tragedia, sino que ha encargado la expresión de su postura a un portavoz, género menor de funcionario. El jefe del mundo ha decidido que mientras Hamas lance algunos cohetes la razón de Israel para proseguir la matanza masiva es evidente. Pero ante los centenares de muertos palestinos y de los millares que yacen postrados en los hospitales vacíos de todo remedio por imperio del bloqueo -la ministra de asuntos exteriores de Tel Aviv ha dicho que la situación humana en Gaza «es como debe ser»- el Sr. Bush no se ha dignado hacer una comparecencia en la Casa Blanca y hablar de modo directo desde el despacho oval. Simplemente ha ordenado al Sr. Gordon Johndroe, caballero de quien el mundo tiene una remota noticia, que informe una vez más al planeta de los simios -supongo que así ve la Tierra el Sr. Bush, con la estatua de la libertad al fondo- de su decisión de continuar el apoyo al Gobierno de Israel.

Ahí está, volviendo al tema, una muestra escandalosa de impudor. Cuando la burguesía llamada liberal era aún propietaria del negocio humano los jerarcas trataban de dar a sus expresiones políticas un cierto revestimiento de cortesía desde la majestad formal del cargo. Más aún, aquellos jerarcas evitaban referir su veraneo a los periodistas en una sociedad muy escasa de veraneantes. Digamos simplemente que se guardaban las formas. Ni se lucían residencias campestres, ni se mostraban barcos de recreo ni siquiera se hablaba de portavoces dedicados a tachonar el ocio con disparates como los que actualmente protagonizan los llamados estadistas. Un ejemplo: don Antonio Maura, rico por su bufete, llevaba discretamente a veranear en Santander a las hijas de otro conservador eminente, don José Sánchez Guerra, que había sido presidente del Gobierno y carecía de medios para pagar a su familia este descanso estival en Cantabria. Eran gente reaccionaria, pero pudorosa. Ahora son simplemente fascistas y sueñan con el refugio del águila. Si cabe la ironía en este caso que rezuma sangre vale recordar aquella frase de Thomas de Quincey en su obra «Del asesinato considerado como una de las bellas artes»: «Uno empieza por permitir un asesinato, pronto no le dará importancia al robo, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor y se acaba por faltar a la buena educación y dejar las cosas para el día siguiente». Sr. Bush: analice cada término de la frase y dígame si se reconoce. Hago abstracción del día del Señor porque ustedes han decidido usarlo con absoluta y blasfema irreverencia.

Es posible que estas observaciones mías sobre el pudor suenen a retórica caducada, a elegancia trasnochada. El mundo actual se desliza tan deprisa por el vértigo que no capta lo repugnante que resulta. Pero si se escarba con algún rigor en él no es difícil concluir que esa carencia de formas externas de cortesía responde a un interior espiritual totalmente agostado, desértico, cruel. No hablamos, por tanto, de una limitada innecesariedad gestual producida por la moda vigente, que hace de la eficacia inmediata y de sus gestos un modo radical de incomunicación, sino precisamente de toda la moda política y moral presente. En suma, de un mundo irrespirable. Transmitir unas escasas palabras por medio de un irrelevante portavoz desde el lugar de vacaciones y acerca de una masacre que enferma el alma de los seres honrados revela hasta qué punto el desprecio al ser humano surge de la infectada médula moral de una gran parte de los políticos actuales. No se trata, pues, de un simple déficit de urbanidad. Esos políticos funcionan en un club en que al güisqui le echan agua para dar un tono de sobriedad mundana. La verdad es que no les gusta el güisqui ni entienden la sobriedad. Son una partida de alcohólicos sin causa.

Me planteo con el correspondiente rigor si esas impudicias que hoy me muelen no forman parte de la violencia institucional. Matar seres humanos de manera tan liviana moralmente y hablar de ello con tan fenomenal desdén para el dolor de los que sufren convierte la vesania en una forma doblemente grave de violencia pues indica impunidad en la acción y menosprecio de la existencia. No hay en esas muertes -por más que las muertes sean siempre deplorables- ni un ápice de argumentación moral. Esas muertes no pretenden redimir, aunque sea trágicamente, una injusticia sino conservar un poder inmundo. No sirven para edificar un mundo mejor, que por otras vías puede edificarse. Son muertes contables que se asientan en el lugar correspondiente del Libro Mayor. Muertes que se decretan desde la cumbre oscura según leyes creadas escandalosamente para delinquir. A propósito de esas leyes el teólogo John Robinson escribe lo siguiente: «El lugar que ha de ocupar la ley es un lugar marginal que le permita proteger la libertad, pero no ocupar un lugar central desde el cual pueda negarla». Pero ¿qué es ahora la libertad sino una serie de fórmulas que burlan de la correcta razón?

Para hablar del exterminio palestino habría que revestir al menos una cierta solemnidad que quedaría enmarcada por dos vectores: la reverencia que se debe siempre a la muerte y la calidad de las ideas. Ni una cosa ni otra se observan en torno al aniquilamiento de palestinos por parte de quienes están encargados de administrar un mundo mayoritariamente cargado de servidumbres. Dirigentes vergonzosamente aconchabados en el cuidado de una hacienda siniestra. En el caso de los gobiernos de Israel jamás llegué a saber por qué los judíos están profundamente engastados en la violencia desde hace miles de años. O la sufren o la causan. Protagonizan un holocausto reversible. La primera impresión que el observador tiene acerca de este mecanismo sangriento es que esa violencia ejercida o padecida es la triste argamasa de una identidad patológica. En los viejos tratados de psiquiatría se definían estas alteraciones de la percepción y su respuesta como una dolencia que hace sufrir al que la padece y a aquellos que le rodean. En la historia se dan casos de desequilibrio colectivo en los pueblos. Podríamos referirnos a la histeria colectiva, tan frecuente, con sus delirios correspondientes. O también hacer algunas consideraciones sobre un narcisismo desesperado. Pero estos estados, más o menos graves, tienen un cierto carácter temporal, aunque dejen su huella. Menos, según lo que parece, en Israel. Su delirio es permanente y está servido por una sobredosis de inteligencia. No hablo de nada satánico. No me gustan estas deducciones. Simplemente me limito a tratar de esta carcoma de la paz.

Antonio Alvarez-Solís, periodista.

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Regreso al País Vasco, de Antonio Alvarez-Solís, en Gara

Posted in Derechos, Libertades, Política by reggio on 2 enero, 2009

Aunque comienza su artículo calificando de «referencia obligatoria» el Euskobarómetro, el autor no tarda en dejar bien claro que desconfía profundamente de esta herramienta estadística, aunque le sirve como punto de partida para realizar un análisis político de proyección. De ese análisis se desprende una conclusión: el nacionalismo sólo tendrá futuro si se dirige hacia la soberanía y si por ese camino transitan en igualdad quienes hoy «andan a trancas y barrancas entre la libertad escasa y la represión abundante».

Siempre repaso con mucho cuidado el Euskobarómetro que dirige el Sr. Llera. Unas veces acierta y otras no, pero siempre constituye una referencia obligatoria para cavilar sobre la política en Euskadi. El profesor Llera es el equivalente en el País Vasco a lo que significa Victoria Prego para el análisis de la transición española. Las noticias de la Sra. Prego sobre la transición siempre resultan desconcertantes para los que vivimos aquella época sumergidos hasta el cuello en la política de entonces. He de decir de entrada que entre la transición que relata la Sra. Prego y la transición a la que dediqué muchas páginas desde sus primeros momentos existen unas diferencias que me han obligado a dudar profundamente de mí mismo. No acierto a averiguar por qué pasó aquello que no pasó. Lo más seguro es que la Sra. Prego y yo no vivamos en el mismo país. Puede ser. A los ochenta años lo único seguro es la duda. Me sucede lo mismo con el Euskobarómetro. Los entrevistados por el equipo del Sr. Llera son unos vascos que yo no tropiezo casi nunca, quizá porque paseo poco la margen izquierda dadas mis dificultades para caminar. La margen izquierda mantiene fidelidades que deben ser residuos de la metalurgia. En cualquier caso, y a juzgar por las elecciones, abunda en vascos con vistas al sur.

En el último Euskobarómetro los consultados por este fino instrumento estadístico manifiestan cosas que inclinan a considerar que existe en estas fechas un empate técnico electoral entre el PSE y el PNV, pero a continuación esos mismos consultados hacen pública su preferencia por los jeltzales en un 33% mientras la preferencia hacia los socialistas no rebasan el 20%. Quizá yo no sepa leer estadísticas y la esté leyendo mal, pero si es así el Euskobarómetro debería acompañarse con un folleto de instrucciones para su interpretación.

Los vascos con los que hablo habitualmente, también en un trabajo de campo apreciable, son unos vascos distintos. Muchos de ellos siguen al PNV, pero manifiestan una decidida inclinación por el Sr. Ibarretxe frente al Sr. Urkullu. Yo no sé si esto conviene decirlo, ya que el periodismo está difícil de nómina, pero quizá ha influido mucho en mí «La guía de perplejos» de Benjamín. Maimónides, que en su tiempo tuvo casi la misma aceptación que tienen hoy las obras de Toti Martínez de Lecea. Verdaderamente estoy perplejo. Uno de los datos del Euskobarómetro dice que la izquierda abertzale ilegalizada cuenta con una intención de voto del 7%, más o menos, es decir, que la votarían cien mil ciudadanos. Yo no sé si este dato lo ha extraído el Sr. Llera mediante complicadas ecuaciones o asomándose a la ventana. A mi me salen más vascos abertzales de izquierda, pero con sólo cien mil sufragios lograrían unos siete diputados, lo que cambiaría mucho las cosas, ya que en la Cámara vasca basta contar con 38 sufragios para tener la mayoría absoluta. Esto es lo que leo en los papeles. También es verdad que hay papeles y papeles. Acabo de enterarme, con mucha intriga, que la directora general de Prisiones, Sra. Gallizo, ha ordenado vigilar especialmente a los presos musulmanes que lean GARA.

Lo que ya me parece encaje de bolillos es que el Sr. López vaya a obtener tantos votos según la encuesta cuando los consultados han mostrado su simpatía por el Sr. Ibarretxe en un 50%, mientras al líder del PSE lo ven con ternura únicamente el 23% de los consultados que, sin embargo, creen, en un 47%, que ha llegado el momento de cambiar de lehendakari. Como sé que te gusta el arroz con leche debajo la puerta te meto un ladrillo. Insisto en que la encuesta necesita una especialización previa para ser leída correctamente.

Al margen del Euskobarómetro en sí lo que me ha llamado más la atención es que la Sra. Cospedal, secretaria general del PP, ha dicho que su partido «hará todo lo posible para que no haya un gobierno nacionalista en el País Vasco», que es como lo designan no sólo los «populares» sino los socialistas que hablan con Madrid todos los días. Sería fenomenal que sucediese algo así, ya que se habría acabado la cuestión vasca por unos veinte años, un tiempo, sin embargo, muy inferior al de la anterior dictadura. Pero esto de que Euskadi, y no digamos ya Euskal Herria, pueda ser de nuevo el País Vasco, mediante el concurso de «los populares» o de los peneuvistas calzados, no me cuadra tampoco con lo que escucho en la calle o en otros diversos ámbitos. Insisto en que quizá yo hablo con gente muy clandestina en cuanto a sus opiniones.

La cuestión es que en las próximas elecciones se decidirá si los vascos quieren ser vascos de Euskadi o vascos de Madrid, como eran, sin ir más lejos, los caballeros que crearon el TALGO y muchas otras cosas. El TALGO fue un regalo vasco a Franco; en cierto modo, y de cara a la calle española, un gesto de adhesión al Régimen que le sirvió a Franco para preparar el futuro, como también contribuyeron a ese futuro Lola Flores y Manolo Caracol, que eran algo parecido, por su capacidad de caja, a lo que se pretendió vanamente que dieran de sí «Manufacturas Metálicas Madrileñas». Los vascos que han llevado su trainera al estanque del Retiro tuvieron mucho brillo en aquellos tiempos y aún lo conservan hoy, aunque ahora con un evidente temor a dar bien el salto entre Pinto y Valdemoro.

Conste que con mis pobres medios de investigación he llegado a concluir, con unas altas posibilidades de certeza, que la mayoría de vascos desean ser solamente vascos de Euskadi, incluso en la izquierda real, que es la izquierda abertzale con sus posibles aliados, como los comunistas también vascos. Esto no me sorprende nada, ya que los vascos-vascos han tenido siempre presente la dominación que ha sufrido secularmente Euskadi, entendiendo por Euskadi, como es sabido, la actual parte institucional de Euskal Herria. Me sorprendería mucho, por tanto, que en las próximas elecciones no se atajase el paso a la lehendakaritza de los partidos vehiculares de la españolidad. Como también me sorprendería que en el seno del PNV no se aclararan las aguas. El nacionalismo vasco creo que solamente puede funcionar con futuro si su carta de navegar señala a dos destinos: la consecución de la soberanía y la reintegración a la escena política electoral de todos esos vascos que hoy andan a trancas y barrancas entre la libertad escasa y la represión abundante. Un Euskadi que observe bien esa carta de navegación, creo yo, será un Euskadi perfectamente preparado para entrar en el concierto de los pueblos europeos. Más todavía: un Euskadi dueño de sí mismo estaría en correcta disposición para dialogar de modo efectivo con España. Porque España no necesita andar con la piedra del País Vasco en el zapato. Basta con que acepte la igualdad de ambas naciones y abra así las correspondientes vías de comunicación. Ser vasco de Madrid jamás resolverá el problema.

Claro que estas cosas las digo de oído. Si yo tuviera un Euskobarómetro podría afirmarlas con cierta rotundidad. Bastaría hacer las preguntas de manera tal que las respuestas no estuvieran incluidas en las preguntas. Este mecanismo de predeterminación abunda en el periodismo actual. Los entrevistadores que salen a la calle no salen para saber sino para cazar. Supongo que alguien les habrá facilitado la escopeta dialéctica. Es una pena que el Euskobarómetro me lleve a esta reflexión general, tan negativa. En cualquier caso uno sabe que el propio pensamiento depende de la propia reflexión. Menos mal.

Antonio Alvarez-Solís, periodista.

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Parot y el proceso judicial, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Política by reggio on 23 diciembre, 2008

A modo de balance del año que va camino de terminar, Alvarez-Solís considera que éste ha sido «un mal año». Más allá de las crisis políticas y económicas, el periodista madrileño ve en la «doctrina Parot» la evidencia de la disolución de la justicia, incluso en el limitado sentido que tenía hasta ahora. Por ello concluye que «el regreso a la historia anterior a la Revolución francesa se produce con toda nitidez».

Ha sido un mal año el que acaba. Durante su transcurso se han derrumbado muchas estructuras morales edificadas con sangre, dolor y lágrimas a lo largo de dos siglos. Está hundiéndose el estado del bienestar, naufraga la economía de mercado, desaparece el Derecho internacional, dejan de regir los respetos ciudadanos, se irracionalizan las normas laborales, quiebran las cautelas en la administración de justicia, se enrarece el aire de la democracia, se rasgan violentamente las veladuras propias de la libertad, retorna el poder al ejercicio de cínicas brutalidades, se corrompe el lenguaje, se allanan las conciencias…

Un mal año cerrado con una llave apócrifa.

Posiblemente lo más grave sea la desaparición de la justicia como pretensión de amparo. Una desaparición radical, escandalosa. Sobre todo, abrupta. Los tribunales siempre infundieron temor en la ciudadanía como instrumentos de clase, pero en ellos, y hablo de esos dos últimos siglos, se blanqueaba de alguna manera el constante agravio forense de los poderosos hacia los desposeídos. Los hierofantes explicaban su papel. No se administraba justicia verdadera, pero se leían las leyes con una cierta elegancia. Los tribunales eran esa reverencia hecha a los que nada pueden por parte de quienes lo pueden todo. El engaño era prudente y las sentencias manaban con una cadencia mesurada. El Estado se enaltecía con el sum cuique tribuere, el dar a cada uno lo suyo, corazón de la justicia distributiva. Luego el Estado era de quien era, pero trataba de retribuirnos con una pretendida igualdad.

¿Qué ha sido de todo esto que constituyó una especie de pacto para que unos mataran con cartilla de urbanidad y otros murieran con la esperanza en su lucha por el progreso humano? Ni siquiera ha sobrevivido el estilo. La violencia del poder no se viste hoy con la pretensión de las ideas, aunque sean maliciosas, sino con el andrajo inmundo de la necesidad administrativa. Maquiavelo no es ya el fino y retórico depositario de una trabajada pretensión utilitaria sino un falsificador suburbial de identidades. Cuesta mucho para quien ha dedicado su vida a un combate con armas limpias verse en el embarrado ring de una batalla repugnante. Con Shakespeare «la reputación es el alivio de los tontos», pero ¿a qué llamamos ahora reputación? ¿Cómo se adquiere y de quiénes es alivio? No de tontos, ciertamente.

Posiblemente el cerrojazo final dado a una justicia pretendidamente discreta y con oficio de majestad en los jueces haya acontecido con la «doctrina Parot», que trata de convertir los beneficios penitenciarios en una nueva fuente de escándalo. La «doctrina Parot» transforma la pena dictada en una decisión viciosa por elástica, que puede ser utilizada por los jueces hasta lograr de facto la cadena perpetua, que incluso tampoco está ya en el límite cruel de los treinta años sino en los cuarenta por haber substituido significativamente a la condena a muerte, pero de una muerte aún más grave que la física en el patíbulo, porque hablamos de una muerte de desestructuración del individuo, de vaciamiento de su alma. Es la tortura final que, tantas veces, sucede a la tortura primera en una época que ha regresado a las peores lejanías de la historia. Oigamos acerca de este tipo de condenas las palabras de la magistrada Garbiñe Biurrun, del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, que habla con una difícil transparencia: «Cuando el preso ha cumplido entre 15 y 20 años de prisión su personalidad se desestructura psicológicamente, perdiendo valores y la noción de la realidad. Esto atenta gravísimamente a la dignidad de la persona. Se trata de una pena inhumana». Y añade la brillante y equilibrada juez: «En mi opinión es evidente que los criterios jurídico-penales que está utilizando la Audiencia Nacional son muy regresivos y peligrosos».

Es decir, una vez más tornamos a hablar de tortura. ¿Se puede sostener en este momento, y con ello se abre melancólicamente el año nuevo y casi el siglo; se puede sostener que hayamos retrocedido a los tiempos de la tortura como procedimiento inquisitorial y base frecuente de la administración de justicia? Es inútil que las autoridades políticas, como son en el Estado español las representadas en los Gobiernos del PP o del PSOE, desmientan la existencia de unos protocolos fácticos de tortura. Tortura física, inaguantable, o tortura psicológica, asimismo insoportable. Esas torturas existen en muchos casos. Y son negadas siempre. Son torturas que empiezan en las detenciones fuera del ámbito físico policial y continúan, como hemos visto, en la aplicación de las penas. No se trata ya de acusar, porque el mundo admite esos procedimientos, sino de valorar el daño social y moral que las torturas producen en el tejido ciudadano, que se degrada por un mecanismo de contaminación. Si tortura la autoridad, y ahora hablo del mundo, ¿por qué no va a torturar el individuo que tiene capacidad material para hacerlo? Han envenenado el agua y de ese río bebemos todos. La sociedad se está degradando hasta el extremo que el vicepresidente o el secretario de Defensa norteamericanos, haciendo salvedad de memoria en lo que se refiere al protagonista de las declaraciones, llegó a afirmar que el empleo de la bolsa para provocar la asfixia en el detenido no producía daños sensibles y acortaba el interrogatorio. ¡Monstruosidad increíble!

Pero volvamos a la «doctrina Parot» y a reflexionar sobre alguna de sus consecuencias. De la aplicación de la «doctrina Parot» pueden deducirse algunas escandalosas consecuencias.

Primera.- La pena dictada tras la vista oral queda prácticamente inservible si aceptamos que su aplicación puede agravarse por la administración penitenciaria mediante manejos como un variado castigo a los presos y por la incertidumbre con que puede aplicarse por los jueces la concesión de los beneficios penitenciarios.

Segunda.- La «doctrina Parot» destruye la literalidad de la sentencia que fija el encarcelamiento efectivo en un determinado número de años; encarcelamiento que puede rebasarse hasta los treinta o los cuarenta si los magistrados se decantan por aplicar el castigo sustitutorio de la pena de muerte.

Tercera.- La aplicación de los criterios Parot invalida la seguridad procesal al dejar su culminación, que es la pena, en un horizonte inconcreto y, por tanto, difícilmente recurrible.

Cuarto.- La «doctrina Parot» declara subyacentemente que en la finalidad de la pena no entra la posible redención del delincuente sino un espíritu de venganza tan visible como primitivo.

Quizá de todos estos puntos quepa deducir la invalidez del proceso como vehículo para establecer sólidamente la pena. La encarcelación del presunto delincuente quedará al albur de muchas cosas, empezando por el absurdo peso como prueba en juicio de las actas policiales y terminando por la sentencia plagada de niebla en cuanto a su duración efectiva. Lo que parece evidente es que los tribunales pierden su valor de independencia para retornar a la realidad de los jueces reales que, al depender de la voluntad cambiable del soberano, convertían la pena en un simple castigo dimanante de la voluntad juzgadora, sin que las leyes sirvieran de cauce con alguna validez. En resumen es afirmable que el regreso a la historia anterior a la Revolución francesa se produce con toda nitidez.

Y bien ¿qué tienen que decir ante este panorama los parlamentos, los gobiernos y la judicatura? Pues no dicen nada.

Por nuestra parte, zorionak eta Eguberri on.

Antonio Alvarez-Solís, periodista.

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La confesión inconfesable, de Antonio Alvarez Solís en Gara

Posted in Economía, Política by reggio on 5 diciembre, 2008

Por ahora resulta ininteligible lo que quieren hacer con el sistema social existente los propietarios de la sociedad. Cabe imaginar que tratan de salvarse, pero salvarse ¿de qué o de quién? Lo más seguro es que traten de salvarse de sí mismos. Por ello sus declaraciones nos llevan a la confusión más absoluta. La derecha que abreva en la desregulación económica solicita una mayor intervención del estado en la economía. Quiere socialismo de tránsito. La izquierda, que dice anclar en lo social, solicita una libertad sin cortapisas para reponer el modelo de sociedad en los términos anteriores. Es decir, desea capitalismo. Los economistas de ambos credos, sumidos en el mayor de los fracasos teóricos y operativos, reclaman a la vez un mercado absolutamente libre -Friedman-, pero sostenido por la intervención pública -Keynes-. Las contradicciones resultan colosales. La verbalidad que se maneja es absolutamente incoherente. Acerca del futuro también difieren los prebostes. Unos creen que el drama acabará dentro de dos o tres años -los progresistas-; otros afirman que lo peor aún no ha llegado -los reaccionarios-.

Mientras, unos y otros saquean las tesorerías estatales con extracciones de un dinero que no tiene visos de existir materialmente y que sugiere, por tanto, otra manipulación contable; precisamente idéntica a la que dio origen a la situación ruinosa presente. Y de todo esto ¿qué piensa el hombre de la calle? El hombre de la calle no piensa nada, simplemente está aterrado. El enigma está en que no sabemos si se quiere reedificar el capitalismo con medidas socialistas o si se aspira a un socialismo para capitalistas. Al respecto los dueños de nuestra existencia llegan a hacer confesiones hasta ayer inconfesables.

Pasemos a un segundo punto, asimismo fundamental en toda reflexión que se precie. La gran ola que ha asolado lo presuntamente más fuerte del sistema, ha dejado incomunicadas la economía financiera -que no es más que un combate de habilidades o destreza de florete- y la economía real o economía de las cosas -que es la economía cotidiana y sustancial que viste o desnuda al hombre. Ahora ha quedado visible, además, que aquello que interesa verdaderamente a los poderosos ya no es el dinero propiamente dicho sino el poder, arrogantemente deseado.

En el ara del poder están siendo sacrificadas millones de vidas como ofrenda al oro. Los adversarios de esta teoría, que sostengo con todo rigor, solamente pueden oponerle que quienes la sostenemos hablamos un lenguaje irreal, sin base alguna científica. Más aún: que disertamos desde la utopía respecto a la regeneración precisa, que a nuestro modo de ver únicamente puede darse con el socialismo interpretado en toda su extensión de bienes colectivos, intervención de las masas y nacionalizaciones imprescindibles, lo que conlleva un paso mucho más enérgico que el de la estatalización, que han realizado en su beneficio los que poseen la caja.

Necesitamos una crítica radical del estado, que ha de ser sustituido por un entramado político de carácter nacional donde el juego de ideas prescinda de los grandes rasgos burgueses de la acaparadora propiedad individual y de la poderosa acción financiera, religiosa o militar. ¿Todo esto es utópico? Es posible, pero ¿por qué siempre se ha de tener por utópico lo que libera, lo que nos convierte en iguales, lo que devuelve la soberanía a la calle? Y en cambio ¿por qué es únicamente real lo que representa un poder excluyente en el reinado de los grandes propietarios, tantas veces unidos en deleznables connivencias? ¿Por qué la misma defensa material de las reales aspiraciones socialistas constituye un crimen y por qué es alabada como prenda de paz social la violencia escandalosa que ejercen los estados mediante sus instituciones y leyes? ¿Qué nos ha arrastrado a dimitir de nuestra soberanía popular, declarándola peligrosa, para reconocer esa soberanía en quienes nos encarnecen?

Si es cierto que algo valemos hablemos con lenguaje honestamente revolucionario. ¿Por qué no? El primer acto de la revolución necesaria -lo que se precisa es revolución y no bajar el dobladillo- consiste en liberarnos de contenidos lingüísticos que impiden el acceso a la razón apropiada para la democracia, que no ha de ser nueva sino auténtica en todas sus dimensiones. Los prestímanos, abstenerse. O aceptamos de una vez que los ciudadanos que ocupamos la calle no hablamos con nuestra lengua y usamos de una moralmente extranjera o las palabras seguirán constituyendo los grilletes que impiden a la razón lograr un horizonte nuevo.

El Sistema, y hay que escribirlo con mayúscula a fin de declararlo realidad fundamental y no sólo una modalidad ortográfica, trata ahora de parir reformas que se hunden en vagas peticiones morales de arrepentimiento individual a fin de recuperar banqueros honestos, gobiernos sociales, policías honradas, justicia independiente y economía equilibrada. Bien. Utópico diría ahora. Utópico no porque todo ello resulte inalcanzable, sino porque resulta imposible que tanta honestidad brote del conocido y maldito árbol del sistema imperante.

Cuando hace años, y ante la guerra, se postuló la paloma de la paz como insignia universal de la única revolución posible, se prescindió de un detalle inestimable: que los huevos de las palomas de la paz en ocasiones pueden ser, si no se tiene en cuenta su tamaño, huevos de cocodrilo. De esta confusión nació la campaña contra los regímenes populares -los cocodrilos- y el sahumerio de las llamadas democracias liberales -las palomas-. ¿Pero de qué son los huevos hoy? ¿De paloma o de cocodrilo?

La confusión existente culmina con una política que no tiene pies ni cabeza, ni coherencia alguna: se introducen medidas nacionalizadoras -invento socialista- para depurar los activos manipulados por financieros perversos -invento capitalista- con el fin de reanudar la regata insolente que ha desangrado a la sociedad de los trabajadores. ¡Grandes pícaros estos caballeros que se han apoderado ahora del dinero de la calle para sanear su mercado y así encarrilarnos otra vez por el camino del disparate y el robo. Mas si no vemos la clamorosa trampa ¿a dónde vamos si no a poner la cabeza en el tajo? Todo esto resulta de un biblismo risible.

En resumen, si la socialización de la vida resultaba hace cuatro días algo inadmisible por su malignidad, hoy, los que se mesaban los cabellos ante la propuesta del colectivismo como forma de vida, confiesan que hay que echar mano de una socialización en tránsito para restaurar el nivel de las aguas que les permita seguir navegando en corso. Para lograrlo claman que si su arca naufraga pereceremos las parejas de animales que viajamos en la bodega camino de la tierra capitalista que debemos rescatar. Y confían en que el futuro restaurador sucederá porque han visto un ave con un ramo de olivo en el pico. Un ave que han soltado con subitez sospechosa la Reserva Federal Norteamericana, los obedientes bancos centrales y los organismos internacionales en cuyas contabilidades yace el dinero ordeñado a la sudorosa colonia internacional para proceder a la enloquecida compra de los valores tóxicos que han acabado por envenenarles el banquete.

No hay nada tan inconveniente para la salud como hablar de democracia y dinero con la boca llena. Cuando los banqueros eran más elegantes y mentían cortésmente con los educados embelecos de la burguesía trasegaban con parsimonia un trago de buen vino antes de echarse nuevamente a la boca una templada pechuga de cliente. Pero llegaron los banqueros serranos y creyeron que nada acercaba tanto y tan rápidamente el pincho de caviar como el trabuco.
Antonio Alvarez Solís. Periodista.

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Las naciones y el bipartidismo, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Política by reggio on 20 noviembre, 2008

La institucionalización del bipartidismo supone la sistemática negación del hecho revolucionario. Aplicando este axioma al ámbito de Euskal Herria, el autor advierte contra la amenaza de desaparición del multipartidismo en Euskal Herria y apuesta por «crear marcos en que la actividad ideológica del abertzalismo sea suficientemente dinámica para mantener viva la esperanza».

Habitualmente, los partidos políticos que están muy institucionalizados son incapaces de protagonizar hechos revolucionarios, como es el de la independencia de un país o la socialización de la economía. Es más, sus votantes suelen vagar por un espeso reformismo que contribuye a la pervivencia del modelo establecido. Este tipo de partidos se apoyan en una sensación que es experimentada en la calle de modo muy concreto: el vértigo o temor agudo que atenaza a los seres humanos sumergidos en la abulia ante la invitación revolucionaria. La historia está plagada de épocas de muerte lenta preferida a la vivificante acción revolucionaria, que sufre en su gestación y aún implantación, caso de triunfo, el feroz y continuado ataque del lenguaje instalado, preñado de descalificaciones burdas del proceso innovador.

Lo habitual en la vida política es que los partidos profundamente institucionalizados pierdan o debiliten gravemente su ideología inicial y consagren la mayor parte de sus energías a perpetuarse como aparato de poder, llegando en algunos casos, como sucede a los dos grandes partidos españoles, a urdir una legislación que impida el acceso a los centros de decisión a aquellas organizaciones que pongan en riesgo su liderazgo.

Los partidos poderosos se apoyan en un tupido entramado de intereses que, contrariamente a lo que dicta la razón, son admitidos como los únicos posibles e incluso como base sólida de una vida en paz. Estos intereses son elevados a ideología. Para respaldar esta imagen de inevitabilidad del modelo los partidos preferidos en las urnas suelen atribuirse logros que dimanan no de su acción política y administrativa, sino del natural proceso vital que es propio de la acción mecánica de la ciudadanía. Son partidos que únicamente naufragan cuando esa misma mecánica que constituye el sistema llega al agotamiento de su potencia y produce el desbarajuste social. Es entonces cuando los partidos que han acampado extramuros del sistema han de estar debidamente preparados para abrir el camino al cambio radical de modelo. No hay revolución posible sin que previamente sea asumida por las masas. Precisamente la amenaza potencial que para el sistema suponen las organizaciones minoritarias que encarnan las ideologías alternativas lleva a los partidos institucionalizados a combatirlas con todo tipo de armas, incluidas aquellas que repugnan a cualquier conciencia honesta.

Así, la manipulación ideológica de la violencia de respuesta a la indigna coacción institucional convierte esa violencia tantas veces defensiva en una forma de crimen que debe erradicarse con toda suerte de herramientas, incluyendo en muy primer lugar el control de los medios de comunicación. También es arma preferente e insidiosa el diseño de un cierto número de conceptos que conmueven profundamente al ciudadano común, como es el concepto del peligro inmediato y amenazador protagonizado por núcleos armados que son proclamados a todos los vientos como bandas puramente criminales desnudas de objetivos políticos y sin otra pretensión que la muerte y la delincuencia común. Frente a esas organizaciones suele el poder diseñar una imagen de protección ciudadana contra las mismas que concita la adhesión temerosa de la ciudadanía ya desconcienciada y evita al tiempo toda vía de negociación razonable.

Obviamente, esta manipulación de la realidad restringe el partidismo a unos pocos partidos que protagonizan de modo igual la política represiva y que, con ello, reducen la libertad al marco que ellos ocupan. Por lo general, estas maniobras descalificadoras de toda ideología alternativa suelen acabar en un bipartidismo que enclaustra a la sociedad en un proceso faccioso que cierra el horizonte para cualquier porvenir que no pertenezca al diseño de los partidos institucionalizados. En el seno de ese bipartidismo todo queda condicionado a cuatro o cinco elementos esenciales compartidos por las dos grandes organizaciones turnantes que terminan secuestrando la democracia y reduciendo la política a pura administración, escuálido terreno sobre el cual los dos partidos tratan de manifestar sus diferencias epidérmicas como prueba de una libertad ordenada y aceptable. Esta situación se ha producido de modo históricamente constatable. El bipartidismo ha acabado con la misma democracia liberal, que requiere otra amplitud, o la ha impedido ya de principio, como es el caso de España mediante la llamada Restauración. España vive una política de restauración constante, ejemplo de la cual ha sido la transición, que ha resultado un canovismo carente, además, de toda calidad. La circulación política española es como un paseo en el patio de una cárcel, con sus correspondientes horas de recreo: el aire circula sempiternamente entre cuatro muros. Es la democracia de once a once y media de la mañana.

Ahora, el bipartidismo, que se quiere hacer extensivo a Euskadi, persigue el mantenimiento del status quo mediante el que los vascos seguirán siendo ciudadanos españoles de segunda clase con cierto y restrictivo adobo de medidas autonómicas que actúen como el tan consabido opio del pueblo. Todas las medidas judiciales y policiales que maneja el Gobierno de Madrid están encaminadas a lograr un pacto entre los nacionalistas llamados moderados -no sé realmente en qué puede consistir un nacionalismo moderado, a no ser que adopte un elevado contenido de actividad lúdica- y los socialistas, que han reducido su mísero y engañoso jacobinismo social al ejercicio territorial del nacionalismo españolista. Un jacobinismo repleto de un férreo sentido de la propiedad del terreno de juego político, que ha convertido la Constitución en un soporte ante el que ha de practicarse la obediencia debida e incondicionada y no la obediencia obsequiada, que sería lo adecuado para lustrar la importancia de un documento de tal importancia.

El reduccionismo institucional a dos partidos supone por sí mismo la expulsión de miles de ciudadanos del ejercicio político; dividir la masa social en ciudadanos aceptables y en agotes. Es más, el bipartidismo va fabricando una ciudadanía cansina, alejada de toda creación pública y refugiada en ámbitos personales siempre esterilizantes. El vigor popular desaparece y sobre la vida social se extiende un velo tupido y agostador; precisamente lo que buscan para perpetuarse sin riesgo alguno los partidos que protagonizan la farsa democrática de unas elecciones con resultados conocidos, al menos respecto a las cuestiones fundamentales.

Euskadi ha mantenido su vigor nacional y su posibilidad de un anhelado futuro soberano merced a su práctica de un multipartidismo que durante años ha mantenido a la sociedad vasca atenta y vigilante en la calle. De momento ese multipartidismo no es posible en el ámbito institucional, pero puede vivir ideológicamente en múltiples ámbitos de la existencia colectiva euskaldun. Todo consistirá en crear marcos en que la actividad ideológica del abertzalismo sea suficientemente dinámica para mantener viva la esperanza e ir convirtiéndola en hechos. Los sindicatos, las asociaciones vecinales, las organizaciones sectoriales, la universidad, los entes de cultura pueden protagonizar la batalla política que siga sosteniendo de hecho un multipartidismo que evite la congelación de la sociedad vasca. Mientras ese multipartidismo exista en la realidad de la calle y se produzca con eficacia puede velar y empujar la actividad institucional -en la cual pueden existir aliados convenientes-, convoyándola críticamente hacia horizontes esperanzadores. Si es así pienso que la nación vasca tendrá el futuro que le corresponde.

Antonio Alvarez-Solís, periodista.

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La artimaña de la globalización, de Antonio Álvarez Solís en Gara

Posted in Economía, Política by reggio on 31 octubre, 2008

Según el autor, la globalización se ha mostrado como una forma de neocolonialismo dirigido por una potencia imperial y, tras evidenciar las consecuencias de la misma, tales como la corrupción de la democracia y de la libertad, preconiza «regresar a las naciones sin contaminar por lo estatal», convencido de la capacidad de evolución y poder de lo múltiple.

Uno de los dogmas que la presente y dura crisis mundial ha liquidado es la globalización y todo el sistema de razón, o más bien de razones, que comporta. Obviamente entiendo por crisis su significación clásica de conclusión final de un proceso, en este caso con la dramática destrucción de pretendidos valores morales y de actividad económica. El pregonado advenimiento de una cultura universal, o al menos de una civilización común liberadora -es decir, de un mundo integrado- ha demostrado su falsedad con los recientes y gravísimos acontecimientos mundiales, tanto de carácter financiero como económico y social, que han mostrado la globalización como una forma vulgar y muy dolorosa de neocolonialismo dirigido por la potencia imperial y por las naciones con poder delegado que giran en su órbita. Fracasado el colonialismo formal del sistema liberal-burgués, o colonialismo territorial, ante los movimientos de liberación nacional, se promovió este colonialismo que hoy naufraga como una atractiva oferta de participación general en los valores adoptados por el gran centro de decisión. La revolución desde arriba. Para ello se habilitó el dogma de la globalización, ofrecido bajo capa de la adhesión voluntaria. El colonialismo se hizo con ello menos visible y mucho más activo. Incluso más sangriento mediante guerras inducidas por la potencia que protagoniza el liderazgo y participadas por un turbión de estados cuyos dirigentes y clases directivas se arrodillan en el comulgatorio norteamericano. La globalización se reduce así a una dominación que introduce un nuevo factor en el hecho colonial: el de la autoservidumbre o servidumbre complacida. La maniobra se protege con la afirmación apodíctica de que no hay más que un único camino para alcanzar el futuro si se quiere residir fructuosamente en la gran comunidad internacional.

De la globalización se desprenden una serie de consecuencias que han arruinado en muchos casos la capacidad de renovación nacional así como la posibilidad de que los pueblos afirmen y desarrollen su propia personalidad al tributar sus capas sociales dirigentes a la dogmática globalizadora. Es más, la absorción de la personalidad de esos pueblos por la potencia que gobierna el proceso globalizador los deja inanes e indefensos tanto en lo espiritual como en el terreno de la tecnología y de la producción material. Lo que parece indudable, pues, es que la globalización no produce una cultura única ni concede acceso al gran club de los poderosos sino que subordina en todos los terrenos a la cultura dominante.

La primera y más perjudicial consecuencia de la globalización es la corrupción de la democracia, que pasa de ser, al menos hasta cierto punto, un fenómeno horizontal para convertirse en una sumisión vertical. Ahora que personajes tan volátiles como el presidente francés pretenden «refundar» la democracia, ha de advertirse que no hay rescate posible de formas políticas en el marco globalizador. La potencia dominante sabe perfectamente que la principal captura lograda por ella es precisamente la de la democracia liberal para convertirla en actitudes puramente formales. La aportación de Francis Fukuyama en este sentido ha sido determinante: la evolución tanto social como ideológica ha consumado su tránsito y el resultado final lo encarna un poderoso estado y una única sociedad que poseen la clave de la vida.

La segunda y peligrosa consecuencia de la globalización está en la corrupción de la libertad, que queda convertida en una dinámica de rígidas aceptaciones o contrato de adhesión. Esto último supone reducir a la casi totalidad de los pueblos a una dependencia férrea en los terrenos de la soberanía ya sea económica o política. Ni siquiera escapa al control globalizador la tan repetida I+D, ya que todo lo novedoso, sobre todo si es importante, es absorbido rápidamente por la gran potencia que dirige el mundo globalizado. Las novedades posibles son uncidas al yugo económico de esa gran potencia o son convertidas en iniciativas peligrosas para el equilibrio y la paz mundiales. Innovar al margen del proceso globalizador conduce en no pocas ocasiones al encontronazo bélico o al repudio. Innovar soslayando el poder globalizador es un acto juzgado fácilmente como terrorista, como es terrorismo toda protesta o acción encaminada a conseguir unas determinadas libertades fuera del ámbito controlado. Es delito toda pretensión que se hurte al gran poder.

La globalización persigue, aunque inútilmente, recluir a la humanidad en un gran campo de concentración custodiado por ángeles blasfemos. El río de sangre que circula en torno al mundo refleja esa brutalidad de los grandes dirigentes. Una sangría que revela al mismo tiempo la voluntad de dominio y la incapacidad de conseguirlo en plenitud. La justicia y la libertad son ideas platónicas que no pueden ahormarse con leyes perversas ni con armas embrazadas por el crimen supuestamente legal. Las ideas profundas de la libertad o de la justicia residen en campos que la humanidad ha labrado en el espíritu indestructible.

La crisis actual, que ha herido a la globalización en la misma médula, es fruto de un quehacer financiero y político contra natura, si no fuera tan peligroso usar esta expresión en una sociedad donde los grandes dominantes han degrado a dogma elemental y absurdo, a disparate metafísico, a retórica antimoderna la posibilidad de «hacer» alma, como quiere Hillman. Porque el alma de cada pueblo la ha hecho cada pueblo en el curso de una dialéctica donde uno se construye a sí mismo en concurso con los demás que caminan como nación en idéntica aventura. La riqueza se ha vuelto perversa y destructiva porque ha negado, en boca de los poderosos, que se debe a las ciudadanías que nacieron y se desarrollaron al margen de dañinos procesos globalizadotes.

Amanece ahora, entre sangre y truenos, la desglobalización. Los pueblos empiezan a regresar hacia sí mismos. Saben, al margen de la barahunda del perverso «modernismo» de botellón, que adviene la época en que los estados policiacos -de múltiple policía sobre los seres, las ideas, los valores y las riquezas- han llegado al final de su camino a pesar de las leyes prevaricadoras, de las armas sin derecho y del dédalo de los partidos que los alimentan y protegen. No hay que refundar nada; hay que fundar. No hay que darle la vuelta al viejo manto sino estrenar manto nuevo. La universalidad que se precisa en el viejo y ya chico planeta que habitamos ha de brotar de la concordia de los pueblos libres en que cada cual pueda vivir del otro y hacerlo vivir al mismo tiempo. En eso consiste la paz y no en la quietud mortecina que proclaman quienes defienden una inmovilidad que ampara sus acciones perversas.

La globalización nos asfixia. Tendremos que regresar a lo abarcablemente humano. A las naciones sin contaminar por lo estatal. A la economía coherente en que la creación, la producción, el trabajo y el consumo se entiendan como lados de un poliedro sólido y lógico. Sí, habrá que recuperar la igualdad con los demás pueblos, en los que respetemos sus tradiciones, su trabajo y su comercio libre y noble. Desde luego, su cultura. Y su capacidad de ser.

Habrá que renunciar a la creencia en globalizaciones elaboradas en los laboratorios del poder y retornar a la creencia en la evolución y el poder de lo múltiple. No creo que la emergencia de los epígonos -como son los Sarkozi, las Merkel, los Berlusconi, los Blair o los Bush- nos lleve a ningún paraíso. Ya hemos visto que ese paraíso precisa una limpieza municipal, con escobón y pala de dientes.

Antonio Álvarez Solís. Periodista.

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¿Agua corriente o agua pantanosa?, de Antonio Alvarez-Solís en Gara

Posted in Economía, Política by reggio on 10 octubre, 2008

El plan Bush para afrontar la crisis financiera es objeto de análisis del autor, que advierte de que las inyecciones millonarias de dinero previstas sólo pretenden aplicar un torniquete a la «hemorragia financiera» y «salvar de la ruina la economía de la especulación bolsista», pero no servirán para reactivar ni reconstruir la muy debilitada economía real.

Lo que más inquieta a ciertos ciudadanos que, como yo, bebemos agua de arroyo, es el increíble cambio de volumen que ha sufrido para su aprobación el texto del llamado Plan Bush para rescatar de la ruina al mundo financiero. El fracasado proyecto original, redactado por el secretario del Tesoro estadounidense, ocupaba tres folios; el texto aprobado por fin en el Senado norteamericano se contiene en 451 páginas ¿Qué ha sucedido para este vertiginoso crecimiento del papel que ha sido por fin adoptado? Decía el conde de Romanones que toda ley que exceda de dos cuartillas está destinada a no cumplirse. Es posible que el ilustre zorro tuviera razón. La experiencia demuestra que cuando las leyes se multiplican y se hacen arbóreas tienen dos propósitos fundamentales: evitar que la ciudadanía se entere debidamente de lo que se ha acordado por los políticos y sus expertos, y facilitar a los redactores del plan la construcción de oscuros recovecos de endiablado tránsito para reacomodar los mismos e inmorales propósitos que produjeron la catástrofe.

El Plan Bush resulta de una calculada y perversa ambigüedad. Los dirigentes americanos, agrupados en ese magma político, militar y financiero que ha acabado por herir mortalmente a «su» democracia, saben perfectamente que el plan tiene un único propósito esencial: salvar de la ruina la economía de la especulación bolsista. El plan no afecta apenas a la economía industrial o comercial que era propia del modo de producción burgués.

A estas alturas parece incuestionable que la burguesía, compuesta esencialmente de clases medias, ya no interesa. Las clases medias se han proletarizado y esta conclusión es válida aunque se vistan de Prada. Por tanto repito que el plan viene a constituir un tosco torniquete para detener la hemorragia financiera, que tiene su origen precisamente en el abandono que se ha hecho de la economía real o economía de cosas. El billón largo de dólares -que es mucho más que los setecientos mil millones previstos en un principio- quedará estancado en las grandes instituciones financieras y apenas correrá como agua libre y vivificadora por el sistema industrial o el consumo popular. Los bancos, o industria financiera, como se la llama significativamente, apenas pasarán unos cien mil millones a los pequeños empresarios y a la clase trabajadora, convertida hoy, merced a una manipulación lingüística y a las Semanas de Oro, en clase media. El resto de la inmensa cantidad, cuya liberación producirá además una conmoción sísmica en el estado, quedará en las cajas bancarias para enjugar el tsunami y volver a dinamizar la máquina especulativa. Debe tenerse en cuenta, acerca de este último aspecto de la cuestión, que ni siquiera se han diseñado las normas legales que hagan efectivos los retóricos propósitos de moralizar los comportamientos bancarios. Incluso en pequeños estados, como España, esas normas moralizadoras no han tenido eco alguno, lo que da pie a Madrid para hablar de que la banca española está básicamente saneada. Es decir, la inmoralidad de la banca española no ha sido siquiera puesta en cuestión aunque sus cimientos estén también horadados por una multitud de actividades irracionales.

El billón de dólares que el Gobierno americano ha de poner en marcha para absorber los activos tóxicos que ha producido la llamada libre competencia en el mercado financiero será agua estancada, y por tanto, contaminante. Algunos flecos alcanzarán a ciertos colectivos sociales a fin de decorar un poco la fachada, pero fundamentalmente ese dinero no reconstruirá la economía real que, según el mismo Fondo Monetario Internacional -cabeza, guarda y antemural del bárbaro neoliberalismo-, está abocada a una recesión esencial por quiebra del Sistema. Vale una frase de Bertrand Russell en torno a la ciencia moderna para resumir el horizonte económico-social que diviso desde mi modesto observatorio de anacoreta: «Pudiera suceder que toda sociedad científica (en este caso sociedad de expertos en nómina) fuese incapaz de estabilidad y que un retorno a la barbarie sea condición necesaria para la persistencia de la vida humana». Quiero aclarar que no comparto lo de «retorno a la barbarie» ya que el Sr. Russell, espíritu de club británico, parece entender por «barbarie» la reanimación cívica de las masas. No quiero caer en la habitual ucronía de creer barbarie la energía que, de una forma u otra, nazca de una ciudadanía que recupere el protagonismo creador de libertad real y democracia efectiva. Pero la citada frase del ilustre inglés viene a resumir el trance en que nos encontramos. El liberalismo ha muerto envenenado por su propia aventura.

Lo que queda por ver, además, en torno al Plan Bush, es cómo ese dinero salvador de la minoría corsaria -los que navegan bajo bandera legal para hacer piratería- va a movilizarse sin producir un déficit público absolutamente insoportable por las instituciones gubernamentales. Creo que el Plan Bush extiende el certificado de defunción del llamado Estado del Bienestar, ya que la sociedad no tiene ni remotamente el dinero suficiente para salvar corsarios y atender a la vez a las necesidades sociales. Siempre he creído que el déficit público era imprescindible para gobernar una colectividad en expansión, ya que el gobierno no se administra como un negocio de ultramarinos y coloniales. El superavit del Estado se consideraba en épocas más sensatas como sustancialmente escandaloso. Un presupuesto público o tiene obras por realizar para impulsar la vida del país, y para eso está la deuda pública o, de no ser así, ha de disminuir la carga impositiva. Por tanto, una cosa es un déficit orientado al crecimiento y, otra, un déficit colosal e inorgánico al servicio de quienes han convertido la economía en un medio de explotación paradójicamente autófago.

El Plan Bush es el gotero aplicado a un moribundo que circula por la inercia que le transmite el poder. Los dirigentes fácticos del mundo saben sólidamente que su máquina ya no funciona y que no pueden hilvanar una alternativa a su medida dentro del Sistema. En consecuencia, su política será la de quemar las últimas reservas sociales en una imposible sobrevivencia.

Ahora vendrá el retorno de la ola, mucho más grave. Los bancos negarán el volumen necesario de crédito para atender las reclamaciones de la economía real. Dirán que ha de extremarse el celo en la atención a presuntos acreedores y filtrarlos con dura consideración del posible riesgo que generen. Todos los grandes prestímanos que han dinamitado el mundo financiero en busca de la gran pepita de oro pretenderán en adelante dar un ejemplo de equilibrio y sobriedad, pero ¿a costa de quién y de qué? Incluso es posible que ofrezcan un manto a alguna virgen vaticana para demostrar los piadosos vínculos que hay entre las finanzas y la catedral.

Pero ¿de dónde saldrá el dinero para devolverlo a quienes lo han aportado, vía impuestos, desde la agonía de sus discretos negocios o de sus salarios? Las lecciones de cualquier tratado clásico de economía decían siempre en su inicio que el dinero es un caudal limitado y que aquello que se gasta en cañones hay que ahorrarlo en mantequilla. Recordaré siempre el primer diagrama del texto académico del Sr. Samuelson. Es posible que el tratado de economía política del Sr. Samuelson ya no esté de moda, pero resultaba de una sencillez magnífica y honrada. Mientras el mundo burgués respetó más o menos esas enseñanzas prudentes se sostuvo con esplendidez. Pero como tantos mundos, llevaba en sí la lombriz que trabajaba secreta y patológicamente en su sistema digestivo. Y esa lombriz es la que ahora ha producido la gran diarrea.

Antonio Alvarez-Solís, periodista.

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