Reggio’s Weblog

Sobre el fracaso del Estatut, de Carles Viver i Pi-Sunyer en La Vanguardia

Posted in Derechos, Política by reggio on 11 febrero, 2008

En Catalunya parece haberse instalado, como algo evidente, la idea del fracaso del Estatut del 2006. Amplios sectores políticos, sociales y mediáticos, cuando se refieren al Estatut, añaden esta coletilla de forma automática, venga o no venga a cuento. A mi entender esta conclusión es precipitada y poco matizada. Me parece insólito y suicida que a mitad de partido uno de los equipos se dirija al árbitro y al equipo contrario proclamando su derrota, y creo, además, que los argumentos en los que parece sustentarse este auténtico lugar común requieren una mayor reflexión, en clave de pasado y, sobre todo, en clave de futuro inmediato.

Se afirma, por ejemplo, que el inicio del proceso de reforma fue inducido por unas elites políticas movidas por el único objetivo táctico de abrir un frente reivindicativo ante un previsible gobierno del Partido Popular: la propuesta de reforma no respondía a ninguna necesidad real y no interesaba a la sociedad. No comparto este diagnóstico. A finales de los años noventa estaba claro que el nivel de autogobierno conseguido por Catalunya –en términos de poder político, de recursos económicos y de reconocimiento nacional– era claramente insuficiente. Así lo venían proclamando cuatro de los cinco partidos con representación en el Parlament y así parecía corroborarlo el 70% de los ciudadanos que en las encuestas de opinión abogaba por un mayor autogobierno. Los problemas en este ámbito eran serios y perfectamente reales. Lo frívolo hubiese sido ocultarlos y mirar hacia otra parte. Ante esta situación, cabían en hipótesis tres opciones: proponer la reforma de la Constitución, continuar pidiendo la “relectura” de la Constitución y del Estatuto o impulsar una reforma estatutaria. La primera opción estaba cerrada por falta de mayorías parlamentarias, la segunda se había intentado hasta la saciedad y los resultados eran cada vez más escasos. En realidad, sólo existía la vía de la reforma estatutaria: intentar recorrerla no era un ejercicio de frivolidad sino de estricta responsabilidad histórica.

La idea del desinterés de la sociedad suele cifrarse en dos datos: la baja participación en el referéndum y el divorcio con las verdaderas preocupaciones de los ciudadanos. Lo que preocupa a los ciudadanos, se dice, es la educación de sus hijos, las listas de espera en los hospitales o la inmigración. ¿Pero de qué otra cosa trata el Estatut sino de esto? ¡Qué mal nos explicamos todos! ¡Cuánta mala fe tuvieron y tienen algunas críticas!

El porcentaje de participación también merece alguna matización: por supuesto, esta fue baja, por supuesto, a casi todos nos hubiese gustado una participación más alta, pero ni toda la abstención respondía a desinterés –hubo una abstención militante justificada en la insuficiencia del Estatuto–, ni los porcentajes de abstención son superiores a los que se dan en Europa en este tipo de consultas. Solemos pontificar sin datos. Si se analiza a fondo la cuestión, en consultas como esta, un 50 por ciento de participación está en la banda alta de lo que sucede en Europa. ¿Hubo desinformación o mala fe cuando los editoriales de dos periódicos españoles muy importantes consideraron con cinco de días de diferencia que el 49 por ciento de participación en Catalunya era un fracaso y el 51 por ciento de Italia, en un referéndum de características parecidas, constituía un éxito sin precedentes? La participación no fue la deseable, pero, dados estos datos, no es de recibo utilizarla como arma contra el Estatut.

Tampoco creo que sea de recibo la afirmación de que el proceso no ha merecido la pena por los costes derivados de la reacción que se produjo en España y especialmente en ese “Madrid” al que eufemística y tradicionalmente nos referíamos los catalanes y que al final ha cobrado entidad real propia. Es cierto que el mero hecho de elevar la propuesta de reforma al Parlamento español para que la debatiese y votase produjo una reacción desproporcionada, fruto de un sentimiento cercano a la ofensa. Sin embargo, si se repasa la historia, esta reacción se ha producido siempre que Catalunya ha osado hacer este tipo de propuestas. Por supuesto, a lo largo del proceso de reforma algunas, o muchas, cosas se hicieron mal en Catalunya, pero poner la reacción de “Madrid”, acostumbrado al tremendismo político, como parámetro para medir la capacidad de proponer reformas supone, lisa y llanamente, aceptar la condena a la inacción. El proceso fue sin duda largo, tedioso y lleno de tensión, pero sólo los ingenuos o los muy desinformados podían creer que una propuesta ambiciosa de un nuevo reparto del poder político y de los recursos económicos podía hacerse en poco tiempo y sin tensiones. Las críticas aquí fueron también en su mayoría perfectamente banales. Sin embargo, el argumento de fondo que mayoritariamente lleva a proclamar el fracaso del Estatut es el de la insuficiencia de lo conseguido, como consecuencia de los recortes sufridos en las Cortes Generales, unido a las dificultades en el desarrollo y la aplicación del texto estatutario y a la amenaza de las sentencias que debe dictar el Tribunal Constitucional.

Ciertamente, no cabe negar la importancia de algunos de los recortes padecidos por el Estatut a su paso por las Cortes. Contribuyeron a ello la falta de visión a largo plazo de las instancias centrales y una imperdonable desunión de las fuerzas políticas catalanas. Sin embargo, a pesar de los recortes, el Estatut tiene todavía una muy importante potencialidad para ampliar y mejorar la calidad del autogobierno de Catalunya en términos de poder político, recursos económicos y reconocimiento nacional. Es cierto que esta potencialidad depende del desarrollo que de él hagan el Estado y la Generalitat y de las sentencias del Tribunal constitucional. Aquí el Estatut se juega su éxito o su fracaso. Por esto resulta desconcertante y suicida admitir ya la derrota. Que el Estatut, como toda norma de naturaleza constitucional, requería un desarrollo posterior era un dato conocido y aceptado. También lo era la dificultad de esta tarea. Desde esta perspectiva, la situación en la que nos encontramos hoy ofrece sin duda claroscuros. Creo que el desarrollo que corresponde a la Generalitat se está llevando a cabo con plena normalidad. En cambio, es cierto que el que depende del Estado o del acuerdo entre este y la Generalitat está en una situación delicada. Y esto es así no tanto por los traspasos de medios y de recursos, que de forma correosa, a veces agónica, se van realizando, sino sobre todo por algo que en la práctica es mucho más relevante: por las reticencias del Estado a modificar, contra lo que exigen la letra y el espíritu del Estatut, una serie de políticas normativas muy arraigadas, sin cuya modificación no se producirá la transformación que el Estatut propicia y, al contrario, con cuyo cambio la mejora del autogobierno será radical. Me refiero, por ejemplo, a la política relativa a las competencias básicas del Estado –que continúan siendo enormemente detalladas y estableciéndose en simples reglamentos y resoluciones–; a la política relativa a los llamados títulos horizontales como el que le permite al Estado establecer las condiciones básicas para asegurar la igualdad en el ejercicio de los derechos constitucionales –de utilización cada vez más amplia y errática– o a la política de fomento –a través de la cual el Estado con mucha frecuencia concede subvenciones sin respetar el sistema de distribución de competencias–. Es sin duda ingenuo creer que estas prácticas se pueden cambiar en un año. También lo es no darse cuenta de la gran resistencia que hoy todavía se opone a este cambio. De hecho, en “Madrid” existe una fuerte corriente de opinión que considera que ya se ha ido demasiado lejos en la descentralización y es hora de reforzar la posición del Estado. Cuando desde Catalunya se considera que todavía no hemos llegado, desde algunas instancias centrales se propone volver. Así es difícil encontrarse. Pero constatar la existencia de esas dificultades no debe llevar a despreciar el capital político que todavía tiene el Estatut, proclamando de antemano un fracaso y debilitando así la fuerza negociadora que requiere la irrenunciable exigencia de su aplicación. Contra lo que podría deducirse de la tesis del fracaso ya consumado, esas dificultades muestran que hoy por hoy el Estatut es lo más real y potente que en esta hora incierta tenemos en nuestra mano para ampliar y mejorar la calidad del autogobierno de Cataluña. La reciente sentencia del Tribunal Constitucional relativa al Estatuto de Valencia abre una puerta a la esperanza. Se trata en líneas generales de una buena sentencia –aunque tenga un final algo sorprendente–. La doctrina que en ella se sienta permitirá avalar la constitucionalidad de las grandes opciones del Estatut catalán. Son muy significativos al respecto los fundamentos jurídicos relativos a las relaciones entre los estatutos y las leyes orgánicas, al contenido constitucionalmente posible de los estatutos, a la no exigencia de uniformidad de los derechos de los españoles –incluso de los derechos fundamentales– y, sobre todo, a la amplitud reconocida a la función estatutaria de atribución de competencias. Por supuesto, esto no significa que, al aplicar esta doctrina a los artículos concretos del Estatut, el Tribunal no pueda declarar inconstitucionalidades o establecer interpretaciones a la baja que desvirtúen de hecho su capacidad innovadora. Deberá estarse atento a esta aplicación. Pero, insisto, el Estatut todavía no ha fracasado. Su desarrollo exige imaginación, coraje, unidad, inteligencia y una gran dosis de paciencia. El partido está en la media parte; en la segunda se pueden remediar algunos de los fallos que se cometieron en la primera mitad. Nos jugamos mucho.

CARLES VIVER I PI-SUNYER, catedrático de Derecho Constitucional en la UPF, director del Institut d’Estudis Autonòmics
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Apropiación aznariana de Berlin, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

Si hay un pensador liberal cuya lúcida mirada del mundo se aparta por igual del conservadurismo y del progresismo más dogmáticos y paralizantes, es Isaiah Berlin, fallecido en 1997. Desde su condición de historiador de las ideas, supo transformar su escepticismo en un alegato constante contra la subordinación de la vida humana a un determinado sistema o credo perfectos. Su visión madura y trágica de los ideales fundadores de la modernidad – libertad, igualdad y fraternidad- nos vacuna contra el utopismo ingenuo y nos obliga a una tensión permanente para equilibrar responsablemente los intereses y anhelos del individuo y los del conjunto de la sociedad en la que este se desarrolla.

Su distinción afinada entre “libertad negativa” y “libertad positiva” está en la base de las políticas moderadas que, tanto desde la izquierda como desde la derecha democráticas, pretenden profundizar en los derechos, las oportunidades y el bienestar del ciudadano a partir de reformas concretas. El liberalismo humanista de Berlin se bate, a la vez, contra los reaccionarios y los revolucionarios, a los que ve como las dos caras de un mismo error.

En este sentido, son ejemplares sus trabajos sobre Helvétius, Rousseau, Fichte, Hegel, Saint-Simon y De Maistre, a los que considera “enemigos de la libertad humana”. En cambio, en su ensayo sobre Stuart Mill, Berlin utiliza la voz del autor de Sobre la libertad para proyectar su criterio, en un juego de espejos habitual en su obra: “Mill no pide ni predice condiciones ideales para la solución final de los problemas humanos o para conseguir un acuerdo universal sobre cuestiones cruciales. Da por supuesto que el logro del objetivo último es imposible, y sus palabras implican que tampoco es deseable”.

No es precisamente Berlin uno de los pensadores que puedan relacionarse con el ideario de la derecha española. Mucho menos si se trata de adivinar los referentes ideológicos e intelectuales del ex presidente José María Aznar. Por eso sorprende enormemente que, junto a la Fundación José Ortega y Gasset, la FAES, fundación del PP presidida por Aznar, haya dedicado recientemente dos jornadas, en Madrid y Barcelona, a estudiar y reivindicar a Berlin. Aclaremos un punto antes de seguir: no dudo que existan algunos liberales berlinianos en la órbita popular, pero no se notan. Por otro lado, ni los discursos ni las acciones del PP de Rajoy, Zaplana y Acebes tienen nada que ver con el liberalismo del filósofo nacido en Riga y crecido en Inglaterra. Tampoco Aznar, antes y después de gobernar, se ha visto influido precisamente por las ideas y las actitudes de Berlin. Tal vez el diputado José María Lassalle, que ya coordinó un volumen de la FAES sobre el profesor de Oxford, sea un berliniano sincero, pero cualquier intento de hallar ecos de Berlin en Aznar, Rajoy, Zaplana y Acebes provoca risa.

El PP no puede considerarse seriamente un partido liberal, ni ideológicamente, ni culturalmente, ni políticamente, ni – a Pizarro y Aguirre me remito- económicamente, porque una cosa es privatizar con los amigos y otra liberalizar. Mucho menos por su estilo crispado y crispante. Los populares son una opción conservadora e intervencionista con tintes reaccionarios, que cabalga a lomos del ultracatolicismo oportunista y de la exacerbación de un españolismo agresivo y excluyente. Ya se sabe que la palabra liberal, tan vaga y polisémica, sirve para nombrar cosas muy distintas. En Europa, hay incluso partidos ultraderechistas y xenófobos que se autodenominan liberales.

Si algo denunció Berlin fue el fanatismo y el cinismo político, los dos semblantes de una política fatalista, irrealista y destructiva. Me acuerdo de ello al leer que Aznar aprovechó la inauguración del seminario de la FAES sobre Berlin para arremeter contra el nuevo Estatut catalán y la plurinacionalidad en las Españas. Con el fin de apuntalar sus consignas falaces, Aznar no duda en utilizar el nombre de Berlin en vano, hasta desfigurar su pensamiento. La apropiación aznariana de Berlin tiene mucho de canibalismo ideológico.

Si hay un pensador liberal que comprendió el fenómeno de los nacionalismos democráticos contemporáneos, incluidos los más cercanos, fue Berlin. Tal vez su identidad fronteriza (judío nacido en Letonia bajo el imperio zarista y educado como británico de adopción) le ayudó a ello. A diferencia de otros teóricos que confunden incorrectamente las demandas nacionales de las minorías con los nacionalismos agresivos de los estados constituidos, el autor de El fuste torcido de la humanidad sostiene que “los individuos no pueden desarrollarse si no pertenecen a una cultura” y afirma que el nacionalismo es, antes que nada, “una respuesta a una herida infligida a una sociedad”, lo cual – añade- es una condición necesaria pero no suficiente de “la autoafirmación nacional”. A partir de un análisis poco convencional de Herder y Kant, Berlin reivindica el potencial emancipador de los nacionalismos que nacen de una situación injusta donde “el derecho a decidir libremente de todo ser humano” se ve limitado por la coacción. “Tengo la impresión de que – le explica a Adam Michnik en una entrevista-, en última instancia, el nacionalismo es un efecto de la injusticia”. En los postulados de Berlin, conviven universalismo ilustrado y diversidad, por ello considera “vacío” el cosmopolitismo y juzga que el jacobinismo es consecuencia de “un racionalismo fanático”.

Ni Aznar ni el PP tienen nada que ver con estas ideas tan razonables. Al contrario. Recuerden que Rajoy considera un grave peligro que los escolares andaluces aprendan un poco de catalán. Si Berlin levantara la cabeza, les mandaría a paseo.

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Cenizo el que no se ría de Rafael Martínez-Simancas en El Mundo

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

PRECAMPAÑA ELECTORAL: Los simpatizantes

Zapatero ha aprendido a reír, el presidente ríe muy bien; Zapatero ríe y se le pone cara de Sonsoles, (¿qué habrá hecho Bernat Soria en su calidad de profesor Bacterio del Gobierno?). En la entrada del pabellón había un detector de risueños: si no superabas el nivel, te enviaban al mitin de Rajoy. Nunca mejor elegido el nombre de Vistalegre para un recinto cargado de iones positivos, buen rollito dominical. A Zapatero el pantalón del traje le quedaba algo corto, un detalle que animaba a la simpatía y le daba un toque de Pitagorín; igual es que el presidente está dando el estirón.

Los que pasaron por la tribuna (todos) repetían consigna ensayada en vestuarios: el PP es una fábrica de melancolías y marrones; era una jugada bien elaborada en la pizarra de Ferraz. Tomás Gómez, Solbes, De la Vega, Chaves y Zapatero le compraron el argumento al enemigo, todos ellos citaron a Doña Cuaresma en sus intervenciones. Gallardón, de manera involuntaria, se ha convertido en el guionista del PSOE. Salvo que José Blanco haya recomendado la relectura de los Santos Padres del Evangelio, parece que el repentino interés de Zapatero por la Cuaresma viene por ese lado. Reía también Felipe González, el ex presidente luce un color tostado envidiable, lo que se conoce por un moreno de campaña (y montaña). El acto fue calentado por una batucada de un grupo animoso que era la versión alternativa de la Semana Santa de Calanda. Tomás Gómez, que abría plaza, le copió el chiste a Alfonso Guerra al referirse al gafe, y luego la primera cita a Doña Cuaresma, que fue recibida con risas porque era la mañana del jolgorio. Después vino Solbes, punto y aparte. Quiten a los militantes que se ven detrás en la foto, pongan una cortina verde, un micrófono con pie alto, un taburete y habrá nacido una estrella. Solbes hizo cuatro chistes y los contó bien; el primero hacía referencia a cómo él, tuerto a tiempo parcial («porque alguien me ha echado un mal de ojo»), podía hablar en Vistalegre. Luego se preguntó cómo es posible que Pizarro elija la fruta más cara de febrero, la cereza, para hacer un cálculo del IPC. Suyo fue el chiste final: «¡Ganaremos el 9 de mayo!», como un acto fallido de la conciencia, pero como estábamos por la cuestión jocosa tampoco se notó tanto.

Hubo aplausos a los artistas de la Plataforma pro Zapatero que salían en el vídeo, en especial para Sabina, que ha abandonado a Llamazares para entrar en el club de los circunflejos junto a Bosé, Ana Belén y Víctor Manuel. Ya sabemos que la fachada de la casa común de la izquierda tiene un toque neogótico.

Chaves, en su línea, afirmó que el PSOE tenía «más razón que un santo (con permiso de la Conferencia Episcopal)». Hay metáforas que las carga el diablo aunque vengan envueltas en incienso. De la Vega no daría la talla de masa corporal en Cibeles pero hizo un discurso sólido de mujer campana según los nuevos parámetros. En algún momento tensó tanto el gesto que a punto estuvo de echar por tierra el argumento de lo positivo.

Y Zapatero emuló a Luther King: si aquel tuvo un sueño, Zapatero repitió el «no me callo» como idea fuerza. Lo hizo como cuando Federico hablaba de las cinco de la tarde, en el reloj de Sánchez Mejías. Hablo, sonrío y no me callo a la vez; tres en uno y uno para todos. Unas risas de talante para invocar a las nubes que traigan la mayoría suficiente. El Circo del Sol puede presentar una demanda por copia de argumento intelectual. En Vistalegre se acuñó la sonrisa circunfleja.

El arte de mentir, de Manuel Milian Mestre en El Mundo de Cataluña

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

PRISMA

Decía Voltaire que «la verdad es lo que se hace creer», y Lenin añadía que «la mentira es revolucionaria». La actual campaña preelectoral está siendo una siembra de mentiras en busca de un pueblo -más o menos ignorante- que las acepte y, siguiendo el argumento de Voltaire, que se conviertan en verdades. Ni sube la cesta de la compra, ni se disparan los parados, ni desciende la Bolsa Nada de todo eso acaece hoy, si se atiende al Sr. Zapatero.¿Crisis? Probablemente le sobra la razón al cuestionarla: crisis significa cambio de naturaleza o de circunstancias. Y lo que aquí vamos camino de encontrar es un colapso económico, de seguir por la senda de las mentiras. ¿Se justifican éstas por la inminencia de unas elecciones generales? He ahí el supremo despropósito, pues la realidad emerge en la medida que se extenúan a los embusteros.

La mentira es siempre engaño, conculcación moral de los principios de la democracia. Así como no cabe ética sin libertad, tampoco es posible el crédito democrático mediante la falsedad. O, ¿no recuerdan los socialistas qué sucedió en 2004 con el abuso de unas actitudes cerriles a partir del brutal atentado del 11-M, que aún no siendo propiamente mentiras -por carencia de información suficiente-, resultaron falaces los gobernantes en aquel momento? ¿Cuáles fueron sus consecuencias? La derrota electoral, buena parte de la cual se fundó en las acusaciones de engaño por parte de Rubalcaba y la izquierda.

La cadena de un error político nace, a menudo de una media verdad, o del autoengaño, o de la proyección de circunstancias que mudan la intencionalidad de la acción inicial. Al alcanzar el objetivo, éste se ha vuelto imposible por la degradación del proceso cognoscitivo y transmisor. Aristóteles ya lo advertía en el supuesto de la verdad, que, paso a paso, se deforma. ¿Qué sucederá ahora, sumidos en una crisis galopante, persistente y prolongada que se perfila en el inmediato horizonte, y puede arruinar el poder adquisitivo de millones de familias? Lo inexorable de la crisis son sus circunstancias exógenas; pero en modo alguno podrá socavarse esa evidencia a partir de la demagogia electoral, el regalo envenenado y los prometeos encadenados, etc. A la postre, el choque con la evidencia es tan brutal que puede arruinar una aparente victoria electoral.La demagogia es falseamiento; ocultar la realidad en parte es mentir. Verdades a medias nunca son verdades aunque resulten creíbles como argüía Voltaire.

¿«Razones para creer»? A estas alturas muy pocas. Basta mirar la lista de los parados, el descalabro del sector inmobiliario y de la Bolsa. Ahora descubriremos cuántas cosas de verdad garantizan los fondos de inversión o de pensiones en este país. Si al capitalismo y la economía de libre mercado se le sustrae la ética que los fundamenta, el adiós más próximo será el del cementerio. Si a la Política se le incorpora el engaño como argucia o instrumento, estaríamos hablando de una estafa democrática. Muchos son los que hoy edulcoran la realidad con tal pertinacia, que Dios nos libre del duro amanecer del 10 de marzo con una realidad que, por una vez, no será mentira; en todo caso, un escalofrío ante lo que nos «han hecho creer». Una mentira a su modo revolucionaria, querido Lenin.

© Mundinteractivos, S.A.

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Insensatez electoralista, de Jordi Sánchez en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

El modo como ha entrado en campaña el tema de la inmigración es de una irresponsabilidad social sin precedentes en la ya dilatada experiencia de las campañas electorales en España. Que la inmigración es un tema relevante para buena parte de la ciudadanía lo sabemos desde hace años. Que preocupa a muchos, también, aunque a unos les preocupa la propia existencia de la inmigración y a otros la mala digestión que la sociedad puede hacer de la realidad migratoria. Sabemos también que son los sectores más populares de nuestra sociedad los que cotidianamente viven directamente las consecuencias de la transformación de su entorno con la inmigración como telón de fondo, con todas las consecuencias psicosociales que genera la convicción de vivir un proceso de cambio general sin control del mismo ni de las consecuencias personales que de él van a resultar.

Que se hable de la inmigración no es sólo razonable, sino necesario. Imaginar esta campaña electoral sin que los candidatos abordasen la cuestión de la inmigración, hiciesen propuestas y fijasen horizontes a corto y medio plazo sería un grave error. De la inmigración hay que hablar y hacerlo sin posicionamientos previos que hagan de esta cuestión o bien un cuento de hadas (¡qué bonita es la diversidad!) o una historia de terror (¡qué malos son los inmigrantes!). Pues bien, lo que ahora tenemos entre manos gracias a las aportaciones del PP es una historia de terror. Y a pesar de que falta poco menos de un mes para las elecciones, no creo que a nadie se le escape que proseguirán el tono y el contenido que Rajoy y otros dirigentes populares han utilizado esta última semana con la inmigración. Y será así por los mismos motivos por los que ha aparecido en campaña: porque hay una parte del cuerpo electoral español que al escuchar determinadas propuestas se identifica con ellas.

Rajoy y el PP dicen y proponen medidas que muchos creen que son la solución. Por eso los populares lo introducen en su discurso. Poco importa que algunas de esas propuestas ya estén ahora en vigor. Nada importa si aparecen contradicciones flagrantes en esas propuestas. No parece ser relevante que algunas propuestas hasta ahora no haya sido posible aplicarlas. Vayamos por parte.

Rajoy nos dice que hay que prohibir la ablación y la poligamia. Fantástico. Totalmente de acuerdo. La pregunta es: ¿no están ya prohibidas y penadas esas prácticas en la legislación española? Evidentemente lo están, pero Rajoy sabe que la mayoría de los electores lo desconocen y se lanza a regalar los oídos de una parte de la opinión pública con promesas que hoy ya son realidad. Demagogia en estado puro.

Rajoy nos anuncia que prohibirá, a excepción de Ceuta y Melilla, el uso del hiyab entre las mujeres. Vamos a ver, si tan malo es el uso del pañuelo en Madrid, Sevilla o Valencia, no encuentro razones para encontrar la bondad de su uso en Ceuta o Melilla. Si la cuestión, como algunos quieren hacer creer, es de derechos humanos, no creo que en Ceuta o Melilla se tengan que medir los derechos humanos con una vara distinta a la europea. ¿No será que en Ceuta y Melilla esperan obtener unos votos de algunos sectores sociales que viven con naturalidad el uso del hiyab?

El PP nos anuncia que en el contrato que propone para los inmigrantes, éstos se comprometen a dejar el suelo español si no tienen trabajo. Y si no lo hacen, don Mariano se encargará de expulsarlos. Fantástico, si no fuera porque cuando don Mariano (Rajoy) gobernó, el Gobierno (presidido por Aznar) fue incapaz de cumplir y hacer cumplir la ley en lo que a las expulsiones se refiere. ¿Estará Rajoy, si gobierna, en condiciones de hacer aquello que seis o siete años atrás no hizo? Tengo mis dudas, no sólo porque para la expulsión se requieren unas coyunturas con el país de origen que no se dan, sino porque la factura de la ejecución de una expulsión no es el precio de un billete de bajo coste ni aprovechar un vuelo con la frecuencia de un puente aéreo. Pero todo esto Rajoy no lo cuenta, y sólo nos promete que ahora hará lo que antes no hizo.

Son promesas, todas ellas, con cargas de profundidad que demuestran la mala fe de quien las utiliza. ¿O no es mala fe anunciar que obligará a los inmigrantes a pagar sus impuestos?, ¿es que acaso no lo hacen ahora? Evidentemente que sí, y si algunos no lo hacen es por que viven su condición de irregulares, que los convierte en inexistentes para Hacienda y la Seguridad Social. Que proponga el señor Rajoy su regularización y verá con que satisfacción cumplen sus obligaciones fiscales.

Rajoy no es tonto. Y su equipo de campaña tampoco. Saben cuáles son los rumores populares y lo que dicen las encuestas. Y lo alarmante es que se lance a esas propuestas con el único objetivo de obtener votos. Son los votos del miedo, los votos de la ignorancia. De un miedo y una ignorancia de muchos ciudadanos que quizá podamos incluso comprender, pero que en ningún caso podemos alimentar ni alentar.

Rajoy quizá sólo busca votos, pero encontrará muchas más cosas si persiste en su actitud. Con sus promesas alimenta más miedo, más ignorancia. Él y los otros dirigentes siembran las bases del odio y la culpabilización del otro, el inmigrante. Y todo ello a las puertas de una recesión económica de consecuencias sociales desconocidas en la que no es impensable que aparezcan escenarios de confrontación con los inmigrantes. Quienes trafican y mercadean con el miedo, los que especulan con la ignorancia jugando al borde del precipicio, no deberían tener ni tan sólo la oportunidad de ser candidatos a la presidencia de un Gobierno. Si hacen esto para obtener el poder, ¿qué no harán si lo llegan a alcanzar?

Jspicanyol@hotmail.com

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Teología electoral, de Javier Mina en El País del País Vasco

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

Dios, y nunca mejor dicho, me libre de entrar en ese lío entre la Iglesia y el PSOE, sobre todo porque parece que ya ha entrado en la fase resolutiva del “caldito”. Sólo me gustaría poner de relieve un aspecto diríamos chusco de la cuestión. Como de todos es sabido, la Iglesia basa su razón de ser en la fe. Porque cree en determinadas cosas, la Iglesia se ha constituido en garante, administradora y publicista de las mismas. Desde luego, no siempre lo ha hecho, digámoslo así, con la delicadeza deseable y a nadie se le escapa que han sido frecuentes sus injerencias en ámbitos que no le correspondían. El Gobierno parece achacarle que ha incurrido en esto último con la famosa nota de los obispos, pero ya he advertido que ahí no me iba a meter, y no porque la Iglesia haya pedido el voto para mí sino por mera higiene mental, bastante nos costó apartarnos de eso. Si la memoria no me falla, fe era creer en lo que no se ve, y siempre se consideraba de mal cristiano aquella postura del apóstol Tomás, que se mostró partidario de creer sólo en lo que veía. Pues bien, héteme aquí que el PSOE basa su campaña electoral en el lema “Motivos para creer”; es decir que, pese a los rifirrafes con la Iglesia, hace de lo suyo una cuestión de fe. Pero de cuál, ¿de la de creer en lo que no se ve o de la otra? Más bien parece que de esta última, la despreciada por la Iglesia, puesto que piden que se crea en ellos porque hay motivos que suponen de sobra probados y que pueden resumirse en la idea de que España va no bien sino mejor.

En cambio, quienes piensan que la Iglesia tenía razón, es decir, los supuestos beneficiarios del mensaje de los obispos de cara a las elecciones -venga, digámoslo sin rodeos, los del PP-, pensarían más bien lo contrario, que el PSOE invita a realizar un acto de fe a ciegas, ya que sus supuestos logros en todos los ámbitos serían pura filfa. Con eso le están atribuyendo al PSOE una profesión de fe totalmente canónica, es decir, conforme a las enseñanzas de la Iglesia. Lo que no deja de resultar paradójico, pues atribuirían a un partido laico y de izquierdas algo que está en la raíz de la mismísima Iglesia con la que se halla en conflicto. No me extraña que a la vista de ello haya sido el propio Zapatero quien haya tomado cartas en el asunto y haya pronunciado una frase capital: “No es que haya 130.000 parados, sino que hay 130.000 personas que se han apuntado a las listas del paro”. Comprendo que esta sutileza resulte demasiado exquisita para los espíritus prosaicos y me atrevería a decir que obtusos, sobre todo porque Zapatero está diciendo mucho más de lo que parece, a saber, que no cree en lo que ve.

De esta manera se saldría de la polémica sobre la fe en los términos paradójicos que he puesto de manifiesto un poco más arriba, para apuntarse a una definición de fe que he oído muchas veces en boca de Fernando Savater (aunque, todo hay que decirlo, con propósitos muy distintos, creo: el de reírse de quienes abandonan la realidad para buscar explicaciones a los hechos corrientes mediante el recurso a metafísicas variadas). Reza, con perdón, así: “Fe es no creer en lo que se ve”. Yo, por si las moscas, estoy buscando clases de teología no vaya a ser que crea en una cosa y resulte la contraria. ¿Existirá eso llamado voto o también será, ¡voto a tal!, cosa de la castidad, pobreza y obediencia?

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Zapatero, «al borde de un ataque de nervios» para desempatar y ocultar errores, de Pablo Sebastián en ABC

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

LA CRÓNICA DEL LUNES

Sólo el empate electoral que revelan todas las encuestas podría explicar el dramatismo con el que Zapatero solicita a los suyos que movilicen a los votantes, y las caras serias y descalificaciones que el líder del PSOE ha exhibido en sus últimos mítines. En San Sebastián, forzando el gesto de su aparente indignación a la hora de hablar de los pistoleros de ETA que le han engañado, después de dilapidar con ellos sus mejores sonrisas. Y, en Madrid, con una furiosa letanía del «yo no me callo», al estilo venezolano de Chávez, y hablando de la presunta amargura del PP como si se tratara del diablo disfrazado de cardenal. ¿Dónde están el talante y la sonrisa?

El canto a la alegría que reclaman Zapatero y los artistas que lo apoyan -agraviando a gran parte de su público- en su campaña no se compadece con la agresividad de la que hacen gala, más propia de un ataque nervios, de Pedro Almodóvar, que de quien confía en la victoria. Interpretando todos una tragicomedia a la que respondió un confiado Rajoy, dando su apoyo a los que necesitan «mucho arte» para llegar a final de mes, y prometiendo abolir el canon digital.

Las encuestas de este fin de semana sitúan la ventaja del PSOE sobre el PP en 3,2 puntos (ABC), 2,9 («El País») y 2,6 («El Mundo»), lo que confirma un empate coyuntural que podría deshacer el nivel de la abstención, el reparto territorial de los votos, y los anunciados debates de televisión que son los que, al final, pueden movilizar el voto de los indecisos del centro. El lugar en el que Zapatero está perdiendo apoyos y donde puede que el PP se haya dejado un buen porcentaje de posibles aliados por la ausencia de Gallardón.

Pero, mientras tanto, en la campaña del PSOE se ha puesto en marcha el motor de la crispación que tanto le han imputado al PP en la legislatura, en un intento, inútil, de hacer olvidar las grandes cuestiones del momento: el fracaso y las mentiras de la negociación con ETA; la fractura territorial por el Estatuto de Cataluña; y la crisis de la economía. De ahí esos discursos tremendistas sobre la Conferencia Episcopal, la sentencia de las sedaciones de Madrid o la inmigración, un asunto este último sobre el que los sondeos dan la razón a las últimas propuestas del PP.

Dando la impresión Zapatero y el PSOE de que la iniciativa está, por ahora, en las manos del PP y de que el eje de su campaña electoral gira en torno a lo que hacen o dicen los populares, convirtiendo errores y anécdotas de campaña en carnaza para el escándalo y la descalificación, lo que puede ayudarles en el empeño de movilizar a sus votantes, pero no para atraer el voto reflexivo del centro. Porque la evidencia de los hechos presentes y pasados han dado la razón al PP en cuestiones tan fundamentales como la fallida negociación con ETA y la ilegalización de ANV y PCTV -¿por qué Garzón los sanciona por tres años y no por el total de la próxima legislatura?-, en lo relativo a la identidad y la unidad nacional, y en la crisis económica donde se acumulan las malas noticias, como los 132.000 parados del mes de enero.

Sin embargo, todas las encuestas siguen ofreciendo una victoria ajustada al PSOE y, aunque no descartan la del PP, confirman la sensación general de que los partidos nacionalistas van a ser determinantes para la formación del próximo Gobierno, lo que no será fácil para ninguno de los dos. Sobre todo porque los nacionalistas aprendieron, con Zapatero, que en Madrid pueden obtener algo más que dinero por sus apoyos: cotas de soberanía.

Y en caso de CiU, también la presidencia de la Generalitat si el candidato a la investidura es Zapatero, con el sencillo argumento de que ellos estarían dispuestos a apoyarles como la lista más votada en España, siempre que el PSOE haga igual en Cataluña, lo que supondría el cese de Montilla y otra crisis en el PSC. El precio que los de CiU impondrían al PP pasaría por la retirada del recurso sobre el Estatuto catalán presentado ante el Tribunal Constitucional, algo que ya ha negado Rajoy, de ahí que las posibilidades de pactos de gobierno del PP con los nacionalistas catalanes sean pocas.

Por eso andan Zapatero y Rajoy pidiendo una amplia mayoría, una vez que saben que, si uno de los dos triunfa con escasa diferencia de escaños, se someterá al procedimiento de investidura con dos opciones: ser presidente con mayoría absoluta en la primera votación, o con mayoría relativa en una segunda. Y si esto no ocurre, será entonces, de nuevo, el Rey quien eleve al Congreso de los Diputados la propuesta de un nuevo candidato que deberá seguir el mismo procedimiento.

Algo que no ha ocurrido hasta ahora y que se podría experimentar si el PP resultara el vencedor pero no consiguiera suficientes apoyos para gobernar, o la abstención de una parte del hemiciclo del Congreso, lo que daría paso a la posible investidura de Zapatero, quien -entonces habrá que recordarlo- prometió no gobernar si pierde las elecciones. Y, si en el plazo de dos meses, no se lograra una mayoría para gobernar -y aquí incluida la gran coalición del PSOE con el PP-, entonces se convocarán nuevas elecciones, y vuelta a empezar, con el Gobierno en funciones, en plena crisis de la economía y de estabilidad.

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Discutamos de todo, de Javier Ortiz en Público

Posted in Derechos, Política by reggio on 11 febrero, 2008

Ahora resulta que, según Rodríguez Zapatero, también el modo de gestionar la realidad de la inmigración debería quedar fuera del debate electoral. ¿Y por qué? El PP tiene una posición muy definida sobre la cuestión. Ya no se corta un pelo a la hora de definirla como “un problema”, per se, sin tapujos. El PSOE tiene su propia política, más rigurosamente aquilatable por su actuación práctica que por sus discursos. IU se desmarca de las dos anteriores. Lo mismo cabe decir de diversos partidos de ámbito autonómico, como CiU, el PNV o el BNG.

¿A cuento de qué habría que hurtar al electorado la posibilidad de contrastar esas diferencias a la hora de ponderar las razones de su voto?

Antes de esto, ya habíamos oído decir infinitas veces que la política antiterrorista ha de quedar al margen de la contienda electoral. Nunca he entendido por qué todos los partidos asumen, así sea de boquilla, que ése es un axioma que no tiene vuelta de hoja. Estamos en las mismas: si no hay un acuerdo unánime en la vía que debe seguirse para conseguir el fin de ETA, ¿por qué hurtar a la ciudadanía que hay las diferentes opciones, para que las valore como otro factor más a la hora de expresar sus preferencias electorales? Está la vía que fue definida en su día en el Acuerdo de Ajuria Enea, que no cerraba la puerta a un posible desenlace dialogado siempre que ETA cumpliera determinadas condiciones; está la vía cuyo principal valedor ha sido siempre Jaime Mayor Oreja, caracterizada por su pretensión de que cabe acabar con ETA por métodos exclusivamente policiales y judiciales (él aseguró en 1996 que lo lograría en el plazo de cinco años)… La política que finalmente se aplicará será la fijada por el Gobierno de turno, obviamente, pero el asunto es clave a la hora de decidir qué Gobierno de turno prefiere cada cual.

“Es un asunto de Estado”, responden. Y la Guerra de Vietnam ¿no fue un asunto de Estado para los EEUU? ¿Y la Guerra de Argelia para Francia? Pues en ambas ocasiones y en los dos países hubo tensos debates políticos internos.

Todos los aspectos esenciales de la política merecen ser discutidos. Si no, ni se sabe qué se vota.

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Esta crisis es nuestra, de Luis de Velasco en Estrella Digital

Posted in Economía by reggio on 11 febrero, 2008

A poco de iniciarse en Estados Unidos la crisis de las hipotecas basura y extenderse su contagio fuera, el Gobierno de nuestra nación se apresuró a manifestar que nuestra economía no se vería afectada porque sus fundamentos son sólidos. Pocas semanas después están claras dos cosas. Una, que efectivamente nuestra economía está siendo, hasta ahora, escasamente afectada por factores externos. Dos y mucho más importante, que la situación económica se está deteriorando rápidamente (el propio ministro de Economía ha reconocido que mucho más de lo esperado) y que las causas son internas. Esta crisis económica es, sobre todo, nuestra, en lo esencial no viene de fuera aunque, al ampliarse, nos afecta.

El modelo de crecimiento en el que “la ciudad alegre y confiada” se instaló desde hace quince años estaba basado en factores puramente internos y llevaba dentro las semillas de su propia destrucción. Tipos de interés reales negativos o muy bajos, abundancia de mano de obra susceptible de explotación, alto volumen de acumulación de beneficios empresariales, bajísimo nivel y casi nulo crecimiento de la productividad, gran endeudamiento de familias y empresas, insólito protagonismo del sector de la construcción (en diez años duplica su participación en el PIB alcanzando un increíble 18 por ciento) y, dentro del mismo, de la edificación (un 75 por ciento del total), estaba claro que “se moriría de éxito”, que la cosa era pan para hoy (no para todos) y hambre para mañana (para muchos más).

Recientes y variados indicadores, desde el aumento del paro en enero hasta la gran caída de la edificación, pasando por el fuerte incremento de la desconfianza y el mal comportamiento de la producción industrial, muestran que vienen tiempos peores y mucho más difíciles de gestionar que unos años recientes en que muy poco se ha hecho para preparar eso que se denominó cambio de modelo de crecimiento, cambio que es absolutamente imprescindible pero difícil y siempre lento.

Los desgarros políticos y sociales que produce el desmadre del modelo autonómico, que se irán viendo más agudamente en los años próximos si no se rectifica seriamente, tienen también su coste económico. La unidad del mercado interior, del espacio económico interior, está cada vez más quebrantada y ese proceso es simultáneo a lo que ya vaticinó uno de los responsables de este estado de cosas, Maragall, cuando habló refiriéndose al Estado de la nación como un “Estado residual”. Los instrumentos de política económica y social que quedan en ese Estado central son cada vez más escasos, con lo que su capacidad de gestionar una crisis muy profunda como la que encaramos es limitada y siempre sujeta a negociaciones y componendas. Eso abarca, por nombrar sólo cuatro apartados, desde temas fiscales (lo hemos visto en el llamado “sudoku” de la financiación autonómica y en los trapicheos de última hora para lograr la aprobación del presupuesto para este año) hasta políticas absolutamente claves como la educativa (algo tendrá que ver con esto el fracaso denunciado por el Informe Pisa), la de vivienda y urbanismo (el país de Europa Occidental con más viviendas construidas en los últimos años es también el país donde más inaccesible es la vivienda para más de la mitad de la población, algo falla aquí), la del agua con Autonomías “adjudicándose” cuencas de ríos o la de internacionalización (donde esos entes siguen despilfarrando y haciendo la guerra, una guerra absolutamente improductiva, por su cuenta). El Estado central no puede dedicar parte creciente de sus energías a eternas discusiones con las insaciables partes autonómicas de ese Estado. Tampoco hay sociedad que lo resista. Siempre, aunque se quiera ignorar, hay unos costes.

Por supuesto que no todo los pasivos deben anotarse al sistema autonómico. La política económica de estos cuatro años, salvo alguna excepción, se ha limitado a no hacer nada, a acompañar unas brillantes cifras macroeconómicas. Eso sí, acompañadas de unas menos brillantes en renglones como el déficit exterior y el correlativo endeudamiento o el ya citado estancamiento de la productividad o la persistente tendencia a la inflación, debilidades extremas todas ellas ocultas bajo los ladrillos. Y también acompañadas de unas mucho menos brillantes en cuanto al reparto, crecientemente desigual, de ese aumento del bienestar, algo ya reconocido por (casi) todos.

La gestión de esta crisis que está ya ahí y que no es sólo económica exige acuerdos políticos amplios para rectificar muchas cosas. Unos segundos Pactos de la Moncloa no sólo económicos y entre partidos que respeten la Constitución. Es más que probable que una clase política cada vez más alejada de la realidad y de los ciudadanos no esté a la altura de estas graves circunstancias.

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Zapatero y la generación de Bandung, de Jesús Cacho en El Confidencial

Posted in Política by reggio on 11 febrero, 2008

Pronto hará 53 años que en Bandung (Indonesia) tuvo lugar la célebre Conferencia Afroasiática que marcó el devenir político de la segunda mitad de un siglo XX lastrado por las mayores matanzas de seres humanos que ha conocido la Historia. La Conferencia de Bandung marcó el nacimiento del bloque de los “países no alineados”, esencia destilada de un tiers monde –así fue bautizado por periodistas franceses ‘progres’, que ya por entonces los había- que a rebufo del proceso de descolonización creyó descubrir la posibilidad de “movilizar lo que hemos denominado la violencia moral de las naciones a favor de la paz”, en palabra de uno de sus más notables charlatanes, el presidente indonesio Sukarno.La idea de esa tercera vía, alternativa a la guerra fría que tras la derrota de la Alemania nazi libraban un primer mundo representado por el capitalismo rapaz de Occidente y el socialismo totalitario de la URSS, se basaba, en palabras Paul Johnson y sus “Tiempos Modernos”, “en la prestidigitación verbal y el supuesto de que mediante la invención de palabras y frases nuevas se podía modificar y mejorar la realidad de unos hechos insufribles” como los que el mundo acababa de vivir. Estrellas de la generación de Bandung fueron el ya citado Sukarno, el indio Nehru y el egipcio Nasser. Todos pertenecían a una nueva generación de políticos, generalmente abogados, sin la menor experiencia en la Administración pública, la empresa privada o la creación de riqueza, nacidos al calor de los imperios coloniales en retirada.

Analfabetos adoctrinados

Todos tenían el don de la palabra. Cuando afrontaba un problema, Sukarno lo resolvía con una frase, frase que después convertía en un acrónimo, que a continuación entonaba a coro una multitud de analfabetos adoctrinados por el partido único. Sukarno gobernaba a través de konsepsi, conceptos que cubrían las paredes de los edificios públicos. Una de sus frases se hizo mundialmente famosa: “El presidente Sukarno ha pedido al ciudadano Sukarno que forme Gobierno”. Gamal Abdul Nasser fue otro maestro de la retórica hueca, en cuyo ideario se mezclaban lemas marxistas, postulados liberales y dogmas islámicos en un revoltijo espumoso y superficial. Aficionado a las palabras, solo era brillante cuando se trataba de idear lemas o proclamas. Negado para la creación de riqueza, todas sus ideas tendían al consumo de riqueza.

Una auténtica celebridad de aquella generación fue Jawaharlal Nehru, un discípulo de Gandhi convertido, según Jonson, “en una figura de Bloomsbury, un Lytton Strachey politizado, transplantado desde el elegante Cambridge a la exótica India” cuya gobernación la retirada británica le puso en bandeja. Era, en palabras de Leonard Wolf, “la última palabra del refinamiento y la cultura aristocráticos consagrados a la salvación de los oprimidos”. Provisto de toda la farmacopea de la izquierda europea y enamorado de la España republicana, aceptó sin rechistar los falsos procesos de Stalin y fue un ardiente defensor del appeasement y el desarme unilateral. Nada sabía, en cambio, del proceso de creación y administración de riqueza que permitiera alimentar y gobernar a 400 millones de personas.

Zapatero y el mejor Sukarno

A estas alturas del Con Lupa, obligado por razones de espacio a obviar los matices, los lectores habrán caído en la cuenta del extraordinario paralelismo existente entre la generación de Bandung y nuestro Presidente Zapatero, y la réplica casi idéntica de sus sistema de valores basado en el uso y abuso de la retórica hueca. Ayer mismo en Vista Alegre nos obsequio con otro de sus eslóganes: “hay que movilizarse para llevar la amplía mayoría el 9M que derrote el cinismo del pesimismo que quieren sembrar en España”. Una frase digna del mejor Sukarno. Nada con gaseosa. El cinismo del pesimismo frente al optimismo del mentiroso compulsivo. Hasta Solbes, en un gesto de dignidad intelectual que le honra, ha terminado por entonar el mea culpa: “no preví una evolución tan negativa de la situación económica”, ha dicho la semana pasada en La Coruña.

ZP, que como la generación de Bandung no sabe nada que tenga que ver con la creación de riqueza, sigue, sin embargo, negando la mayor. No hay crisis ni atisbo de ella, seguimos instalados en el mejor de los mundos, y aquellos que dicen lo contrario son alarmistas y antipatriotas, cuando no miembros de esa “turba mentirosa, humillante e imbécil”, en palabras del director de cine José Luis Cuerda. Convertido en un patético remedo de aquel radicalismo tercermundista -ya sabemos que el patriotismo es el último refugio de los granujas- que enseñoreo el mundo en la segunda mitad del XX, Zapatero se ha convertido en un problema para millones de españoles que detestan las aventuras de una izquierda cada día más extrema y sin parangón en Europa, millones de españoles que aprecian en lo que vale el sentido común y la capacidad de gobernar sin sobresaltos, cualidades ambas que aseguran la continuidad del modo de vida, en paz, libertad y prosperidad, al que se han acostumbrado en las últimas décadas.

Si las masas de analfabetos que la descolonización británica y holandesa dejó tras sí en la India, Egipto e Indonesia no merecieron el respeto de Nerhu, Nasser y Sukarno, los 45 millones de españoles que hoy conforman una sociedad desarrollada como la nuestra no se merecen, esta vez de verdad, un Gobierno que mienta. Es hora de pasar factura a tanta farsa. Estamos a tiempo de rectificar el rumbo y trabajar por una España en la que todas las ideologías puedan vivir y de la que todos podamos sentirnos razonablemente orgullosos.

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