Reggio’s Weblog

Las heces de oro, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Medios, Sociedad by reggio on 23 febrero, 2009

El cáustico poeta Marcial se burló de un patricio llamado Basso, que gustaba de beber en copa de cristal mientras que evacuaba en orinal de oro. Carius ergo cacas le recriminaba el poeta, frase que, traducida con cierto pudor, dice: “Pagas más por tus heces”. Marcial tenía la lengua viperina, pero era partidario del ataque indirecto, oblicuo. Muy lejos del insulto que Francisco de Quevedo transformó en literatura fundando una castiza escuela periodística en la que abunda la pedrada léxica, la alegoría del mamporro y la sinonimia del puñetazo.

Marcial siempre satirizaba a un sujeto. Pero, más allá del ataque personal, proponía una lección genérica, una moraleja. Veinte siglos más tarde, sin embargo, la moraleja del orinal de oro ya no sirve. En tiempos de los romanos, gastar más dinero en el orinal que en la copa era un comportamiento estúpido. En aquel entonces, el objetivo principal era el alimento, no el excremento. Y eso, a pesar de que los banquetes de los patricios eran un verdadero festival de excesos.

Uno de ellos fue narrado con todo detalle por otro frío analista de la antigüedad, el elegante Petronio: el banquete de Trimalción. Un banquete que empieza con un teatral muestra de viandas inspiradas en los signos del zodiaco y continua con rubicundos pollos, mamas de cerda, un inmenso cerdo relleno de salchichas e incluso “una liebre guarnecida con alas”.

En el impensable festín se describen bandejas en forma de “lago con figuritas de pescado” sobre las que mana una lluvia de salsa de pimienta, y escenográficos jabalíes rellenos de tordos, todavía vivos, que, cuando la bestia es abierta, salen volando. Entre bailes y juegos, los esclavos sirven, por si fuera poco, ocas encebadas. En contraste con tal prolijo realismo, apenas se mencionan en la narración de Petronio detalles que nos permitan saber cómo se digería el tremebundo exceso. En un momento dado, Trimalción se levanta para ir a las letrinas. Y de una frase ambigua podría deducirse que ha desembuchado en el vomitorio.

De la lectura del Satiricón de Petronio se desprende, por lo tanto, que incluso los patricios romanos, tan excesivos, daban muchísima más importancia a la entrada que a la salida. Por esta razón Marcial puede burlarse de Basso, que gasta más dinero en el orinal que en la copa.

En nuestro tiempo, la sátira de Marcial carece de sentido. No solamente porque ahora los baños son habitaciones de lujo, modernos orinales de oro, ultradiseñados y manieristas, sino porque, a pesar de la gran importancia que damos a la gastronomía, lo hacemos con extremada prudencia. Con miedo. El prestigio de los cocineros no había sido nunca tan elevado, pero el acto de comer deja un rastro muy visible de culpa. Comer es un placer muy popular, pero también una mina de angustias, fomento de grandes neurosis estéticas, dietéticas y sanitarias. Comer nos encanta tanto como nos hace sufrir. Buena prueba de ello es que los únicos personajes que empatan en fama con nuestros cocineros más famosos son los grandes médicos, enemigos a ultranza del pavoroso colesterol y de los temibles triglicéridos: el cardiólogo Valentí Fuster compite en el universo estelar con Ferran Adrià y Santi Santamaria.

Si el acto de comer causa tanta satisfacción como dolor, el acto de evacuar reúne, en cambio, grandes unanimidades. Si los aromas del comer son fuente de angustia, el hedor de la evacuación excita el fervor general. Los excrementos deslumbran, encantan, fascinan, hipnotizan.

Nada obtiene más páginas de prensa y más minutos de televisión que la hediondez excremental. Sean las heces de la política (las nauseabundas colitis de la trama madrileña o la descomposición de un ministro en cacería), sean las deyecciones de cualquier personajillo (especialmente, si, como sucede en el Reino Unido, tiene un cáncer terminal y ha vendido su agonía a un reality),sean las fatales deposiciones de estos jóvenes de Sevilla, que se han convertido en una mina de oro, no solamente para las televisiones populistas, sino también para algunos severísimos diarios.

Husmeados todos los agujeros, aburridos ya de tanta desnudez, hastiados de los bombardeos en Gaza, necesitábamos una buena historia para olvidar la crisis.

Yahí está: un joven asesino, sus compinches y su novia actual, una niña de 14 años que ha reinado en televisión contando su intimidad con el imberbe asesino. En la Roma de todos los excesos, se ofrecía sangre para aplacar a las masas primitivas. También en nuestro Occidente, hijo, al parecer, de la razón ilustrada.

No existe más horizonte moral en nuestra vida pública que el índice de audiencia.

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El círculo de la caza, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Justicia, Política by reggio on 13 febrero, 2009

EL ESPECTADOR

La caza del jabalí es metódica. Los cazadores no avanzan por el monte a la aventura, acompañados por nerviosos perros, como quien busca la perdiz o la liebre, no. La caza del jabalí depende de una laboriosa estrategia. Los cazadores se distribuyen a lo largo de una zona previamente acotada en el mapa hasta rodearla por completo, mientras los más expertos, con la ayuda de los perros, se adentran en la espesura, intentando despertar a los jabalíes, que duermen de día. Cuando, azuzados por los perros, los jabalíes despierten, se producirá en el bosque un ruido inconfundible. El trotar ciego de las bestias y el griterío de la jauría avisará a los que cercan la zona. Cada uno de los vigías preparará el arma, tensará los nervios, fijará la vista en la maleza y deseará con fervor que, en su huida, un jabalí acierte a pasar por el punto en el que está apostado. El disparo desde la posición del vigía es fácil: raras veces el jabalí logra evitar el cerco.

No muy diferente parece ser el cerco a un partido. Los cazadores se reparten los papeles. El juez y el fiscal se adentran en una espesura, buscando despertar a las bestias en un fallo. Algún grupo de comunicación obtiene información privilegiada del caso, pese aque el juez decreta el secreto del sumario. Y el griterío que levantan los diversos medios, transmudándose en jauría, recubre no sólo a los corruptos, sino a su entero partido, de una vergüenza insoportable. Rodeando el terreno de la vergüenza, los diputados de la oposición y su tropa de tertulianos dispararán con gran comodidad abatiendo a todas las presas posibles, deseando con fervor que alguna de ellas sea de gran peso y altura. Actuando así, muchos periodistas se creían y creen actores españoles del Watergate. No son más que epígonos de la vieja, cruel, hipócrita inquisición.

En la cacería actual, el PP es el partido de los jabalíes cazados, el PSOE actúa como eufórico artificiero, El País es el narrador de las vergüenzas populares y el juez Garzón oficia como inquisidor general. En el ocaso de Felipe González, los actores eran casi los mismos, pero con papeles distintos. El PP en fase rampante se alió con El Mundo,que actuó como implacable narrador de las vergüenzas socialistas. El único que está en su mismo papel es Garzón. Entonces se había presentado en las listas socialistas, obtuvo un alto cargo, retrocedió de repente a su papel de juez y empezó la cacería. La judicatura toleró que entre el Garzón político yel Garzón juez no mediara incompatibilidad alguna. De aquellos polvos vienen estos lodos: ministros y jueces cazando. Algo así no pasa en ninguna democracia con verdadera separación de poderes. Desde entonces, el deterioro de nuestro sistema es constante. Y la judicatura es tan culpable como el que más.

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Ampliar el sueño o restringirlo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 30 enero, 2009

Obama atrae porque es un héroe imprevisto. Para conquistar la presidencia tuvo que pasar más pruebas que Hércules. Su victoria no es solamente la de su persona, como habría sido la de Mac-Cain. Es la victoria de los americanos sin pedigrí. De repente, manda en América alguien cuya piel tiene el color de la exclusión. Hércules Obama no podrá superar los obstáculos de nuestro desarbolado mundo. Pronto muchos de los besos que le llueven serán púas. Pero ya ha demostrado algo esencial: el valor de la palabra en la sociedad de la imagen.

Nosotros acostumbramos a despreciar lo que, despectivamente, llamamos “retórica”. Ponemos el acento en los hechos y las obras (el eslogan de José Montilla, sin ir más, enfatizaba tal idea). Pues bien, la ascensión de Obama demuestra que la palabra tiene una función capital en política: recrear el espacio comunitario. Obama siempre implica al auditorio en su discurso. Con sus palabras favorece la comunión y reedifica el ágora de la comunidad americana. Obama sabe quien es Cicerón, pero es continuador de la oratoria de las iglesias de la negritud, una tradición emotiva que, en un contexto de humillación y adversidad, perseguía establecer nexos de familiaridad, protección, exigencia y esperanza entre la comunidad negra. Obama no encanta a su auditorio: con su palabra da sentido a las angustias, necesidades, esperanzas e ideales de su auditorio. En lugar de atacar el sueño americano para destruirlo y edificar sobre sus ruinas un modelo alternativo, lo ha revivificado.

Evo Morales defiende la preeminencia de los indígenas, excluidos durante siglos. Pero lo hace encauzando el resentimiento. Propone invertir los papeles, doblegar el criollismo y entronizar el indigenismo. La idea de desbancar para cambiar la tortilla está también en Chavez. Tiene su origen en el castrismo, versión marxista del irrendentismo español. El patriotismo del PP da mucho valor a la palabra patriótica, una palabra que, sin embargo, constriñe a muchos españoles a pasar por un aro insoportable. El PSOE, por su lado, no da valor a la palabra como creación de espíritu comunitario, porque las élites culturales de la izquierda desprecian la idea de comunidad, que consideran premoderna. Desde que se jubiló el flautista Felipe de Hamelín, encantador de masas (que no revificador del espacio comunitario español), el PSOE solo usa la palabra como ariete. Señala enemigos. Contra la derecha, contra el pujolismo, contra la iglesia. Contra los malos. El único momento en el que ZP se fregó las manos con los telespectadores fue cuando presentaron a un participante como sacerdote. “Esto se anima”, dijo, antes de escuchar la pregunta. El nacionalismo catalán, en su debilidad, no quiere ser menos. Obama ofrece otra perspectiva: cada victoria de los excluidos es una nueva raíz para el árbol comunidad. Nuevos protagonistas para el viejo sueño de los fundadores.

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Regresar a Primo Levi, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 19 enero, 2009

Años atrás, compré un libro de bolsillo un tenderete de saldos editoriales en la romana Via del Corso. Es de tapa blanda y papel de escasa calidad. Con el uso, sus páginas se han arrugado; y su portada, originalmente blanca, tiende al color incierto. Pero en mi biblioteca, en la que no faltan ni clásicos ni vetustos volúmenes de cierto valor, este humilde libro de bolsillo ocupa un lugar central. Cambió mi percepción de la existencia humana. Contiene dos narraciones, Se questo è un uomo y La tregua, que relatan la experiencia de Primo Levi, un hebreo turinés que conoció el infierno de Auschwitz.

Levi se impuso la misión de describir aquel infierno. En 1947 consiguió publicar Si esto es un hombre en una pequeña editorial, pero la narración pasó desapercibida. Europa había descubierto con horror, sí, la barbarie nazi, pero la desolación era enorme, nadie quería escuchar penalidades.

Once años más tarde la reeditó Giulio Enaudi y por fin llegó a millones de lectores.

Primo Levi describe en ella la experiencia límite de la humanidad: la extrema postración con que los judíos (y los gitanos) se enfrentaron a la experiencia del mal absoluto: querían exterminarlos por completo de la faz de la tierra.

Describe Levi el infierno planificado por la culta Alemania nazi, huyendo de toda la retórica. Usando los desapasionados recursos de la prosa científica, sin adherencias sentimentales, sin concesión a la épica o a la sacarina elegiaca, huyendo del detallismo morboso, refrenando el resentimiento. Trascendiendo al anecdotismo de tantas películas y de tantas obras testimoniales, su relato conquista la verdad profunda de los campos de exterminio nazi, a saber: el exterminio de una parte de la humanidad sólo es posible si el verdugo consigue deshumanizar a sus víctimas. Si consigue verlas, no como personas, sino como bestias inmundas.

En efecto, en los campos de exterminio no solamente abundaba la muerte y la desolación, sino una inmensa cantidad de normas aparentemente arbitrarias que se imponían con rigor maniaco a los encerrados. Vagones de ganado, que nunca se abrían, lo que obligaba a los deportados a yacer durante días entre sus propias heces. Sustitución del nombre por un número; que se tatuaba en la piel, como se marcan las reses. La escasez de cucharas para obligar a los prisioneros a tomar el acuoso mejunje a la manera de los perros. El uso de los cuerpos como ratas de laboratorio para experimentos. El aprovechamiento de los cadáveres (no sin antes haberles arrancado los dientes de oro) como materia prima: grasa para jabón, cabello para el textil, cenizas como fertilizante…

Atención: lo verdaderamente significativo de estas normas no es el dolor que causaron en las víctimas. Ni en el horror que provocan en el lector civilizado (así los usa el cine, tan emocional). Ni, por supuesto, en el sadismo de los verdugos (el peor cine banal pone ahí su acento, tranquilizando la consciencia del espectador, cuando en realidad los soldados que controlaban los campos no eran ni sádicos, ni locos, ni, muchos de ellos, ideológicamente nazis: eran gente como usted, como yo). Sistemáticamente impuestos, estos mecanismos de bestialización cumplían el objetivo de deshumanizar a las víctimas. Condición imprescindible para poderlas después exterminar sin escrúpulos.

Regreso a Primo Levi para recordar en qué desembocó medio siglo atrás el prejuicio antisemita. Un prejuicio fosilizado en la tradición hispánica, que idealizó a golpe de inquisición la pureza de sangre y el desprecio a los marranos. Tradición que revive en los ataques ad hominem que reciben los escritores Culla, Rahola y Villatoro (la vieja insidia: no tienen opiniones libres, están vendidos al sionismo, versión moderna del usurero de antaño). Escribo en una ciudad, Girona, que obtiene agradables beneficios turísticos de su pasado hebreo, pero que en la edad media, antes de la expulsión de los judíos, incendió por dos veces el Call (judería). Todo esto pesa. No lo olvidemos, a la hora de censurar los errores de Israel. Regreso a Primo Levi para refrescar el verdadero sentido de las palabras nazi, genocidio y holocausto, que nunca deberían usarse en vano. La respuesta militar de Israel contra los ataques de Hamas ha causado más de 1.000 muertos: es, pues, un error trágico. Colosal. Pero asociar la cruz gamada a la estrella de David y afirmar que ahora los judíos hacen a los palestinos lo que les hicieron a ellos es desconocer el significado histórico del nazismo. Es trivializar la experiencia del mal absoluto. La izquierda propalestina debería mantener los ojos muy abiertos en este punto, pues coquetea con prejuicios muy peligrosos y enraizados.

Dicho lo cual, creo que si Primo Levi viviera, reflexionaría ahora como hizo en unas severas declaraciones a La Repubblica en septiembre de 1982, después de la masacre de los campos palestinos de Sabra y Chatila: “Los argumentos que nosotros, los hebreos de la diáspora, podemos oponer a Menahem Begin son dos, uno moral y otro político. El moral es el siguiente: ni tan siquiera una guerra justifica la perversa vía sangrienta de Begin. El argumento político está claro: Israel se está precipitando hacia el aislamiento total. Debemos contener los impulsos de solidaridad emotiva con Israel para razonar con la mente fría sobre los errores de la actual clase dirigente israelí”.

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2009: entre nudos gordianos, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 29 diciembre, 2008

Termina el fastidioso 2008, que ha sumado a la depresión económica mundial un gran desorden político. El mortal ataque israelí sobre Gaza desborda el vaso del pesimismo. Diríase que todas las fuerzas negativas se conjuran para prohibir la esperanza que Obama reivindica. El año empezó, recordemos, con la suspensión del Dakar por la amenaza de Al Qaeda y con la independencia de Kosovo (el etnicismo belicista obteniendo premio en Europa), y continuó con la frustrada transición de Cuba y la resurrección de los piratas en las costas de Somalia. Ciertamente, el 2008 ha regalado algunos caramelos (liberación de Betancourt, detención de Karadzic, discurso de Obama en Berlín, apoteosis china en los Juegos Olímpicos). Pero se hartó de inocular veneno: ataque ruso contra Georgia, nuevas guerras en África,matanzas en Iraq y Pakistán, la colosal cadena de atentados de Bombay y, de postre, el ataque israelí, que anuncia el regreso de lo peor en una tierra a la que inexplicablemente llamamos santa.

Tanto veneno tiene su lógica: ha desaparecido el viejo orden internacional, pero el nuevo no aparece ni en pintura. Estados Unidos cometió en Iraq un error irremediable. Las potencias emergentes como Rusia y China no tienen quien las tosa y tienden a un nuevo despotismo regional. El islamismo fanatizado ya ampliaba su influencia (rescoldos de Iraq, clericalismo atómico en Irán, talibanismo en Pakistán) y ahora se frota las manos ante el bombardeo de Gaza, corazón del resentimiento musulmán. Europa sigue por donde solía: incapaz de avanzar en su unidad para asumir su papel en el mundo. ¿Y Obama? Como ya escribimos en su momento, no es un deus ex machina.No desciende de los cielos para resolver los embrollos mortales. Obama defenderá, como es lógico, los intereses de América. Y no puede desandar fácilmente los errores del infausto Bush: un paso atrás en falso de la potencia americana sería un magnífico regalo para sus adversarios más conspicuos.

Situado ante un complicado nudo, llamado gordiano, que ni los más sabios podían deshacer, el bello Alejandro desenvainó su espada y de un golpe seco lo destruyó. Bush intentó repetir tal golpe, y el resultado está a la vista: el nudo es ahora infinitamente más tortuoso y complicado. ¿Cómo deshacer el resentimiento que anida en la mayoría de los musulmanes? ¿Cómo desovillar la creciente tentación de las potencias emergentes de imponer sus intereses creando dinámicas regionales de sumisión imperial? ¿Hay salidas para un mundo que está en grave riesgo de colapso demográfico y ecológico pero carece de instituciones globales con poder real y sólo tiene en común un mercado en crisis? Obama ha prometido la concertación. ¿Servirá para avanzar? Si la consigue, al menos servirá para frenar el completo triunfo del desorden.

Nuestro pequeño mundo también está dominado por la lógica del colapso y del callejón sin salida. La Constitución, que tan beneficiosa ha sido en estos treinta años de próspera y sosegada democracia, se está oxidando a ojos vista. Su maquinaria está fallando. Al ser necesaria una mayoría de tres quintos para reformarla, los políticos no se atreven a intentarlo, pero sí los jueces del Constitucional, reformadores fácticos aunque no elegidos para ello. La maquinaria constitucional necesita aceite: un Senado territorial que permita discutir y negociar con luz y taquígrafos las necesidades de los territorios y los ciudadanos españoles. Cada día es más intensa la vivencia emocional en el interior de cada esfera autonómica, pero no hay espacio para el intercambio franco de reproches. No existe el Senado a la alemana que permita contrastar y discutir números y balances, necesidades e intereses. Las emociones que se cuecen en el interior de cada esfera autonómica obligan a todos los gobiernos territoriales a defender “lo suyo” (aunque sólo el catalán se lleva las críticas). Pero el repartidor no es neutral: atrapado por sus necesidades electorales, el Gobierno es arte y parte, pero arbitra. El resultado de este juego sin árbitros objetivos es la frustración de unos y la malquerencia de otros en un constante y antipático mercadeo que aumenta el desprecio de los españoles hacia Catalunya y, entre los catalanes, produce malestar o desaliento.

No bajará un deus ex machina para inaugurar el Senado federal. ¿Cómo deshacer este nudo? No a la manera de Alejandro, que ya se probó desde Catalunya con el golpe unilateral que significaba alumbrar un nuevo Estatut. De aquella batalla, Catalunya salió agotada, perpleja, irritada. Políticamente disminuida. Ante las previsibles rebajas de la financiación y la sentencia del Estatut, los partidos catalanes, en lugar de persistir en el lamento o en la destructiva sobreexcitación, en lugar de engordar un nudo que puede estrangular el proyecto histórico del catalanismo, deberían aflojar la parte de la cuerda que les corresponde. La flexibilidad no tiene buena prensa, pero es la única manera de salvar los muebles cuando el clima es hostil y no hay manera de alterar la relación de fuerzas. No es la rendición catalana, lo que sugiero para el 2009, sino la astucia catalana. Retroceder para salir del callejón. Y replegarse hacia el interior. Creativamente: con menos ideología emotiva, que separa, y con más economía, que reúne. Y escuchar a Lao Tse, que 2.500 años atrás ya recomendaba la flexibilidad como sinónimo de fidelidad: “Sé flexible y te mantendrás recto”.

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Tristes trincheras del crepúsculo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Política by reggio on 19 diciembre, 2008

Observar la Catalunya actual produce cierto vértigo. El estallido de la crisis global es una nueva y enorme dificultad que pone en peligro algo que ya estaba debilitándose: la fortaleza económica catalana, originada en el s. XVIII. Tal fortaleza económica es el fundamento de la singularidad catalana de los siglos XIX y XX. Si se derrumba la economía, se derrumba el resto: la cultura en catalán pierde suelo en que apoyarse; y el equilibrio civil catalán estaría en riesgo de explotar en mil pedazos (y no son pocos los que siembran toda la cizaña posible para conseguirlo).

¿Y qué decir de las diversas concreciones ideológicas del catalanismo? Es un lugar común bastante extendido que el independentismo ha acabado teatralizándose: un brindis al sol del 2014. No menos en crisis parece estar el nacionalismo. Los herederos de Jordi Pujol no saben cómo retrotraerse a los momentos previos a la batalla del Estatut, en la que, abandonando la inteligente ambigüedad pujoliana, se lanzaron en tromba hacia el soberanismo retórico. Aprovechando el corte de pelo de Zapatero a Montilla, los de CiU sacan ahora el vientre de mal año con el festín de un PSC en aparente fallo táctico. Pero desconocemos cuál es su plan para sacar a Catalunya del callejón sin salida: colaboraron no menos que el tripartito a colocarla.

Por su parte, el PSC anda liado. Ni sus victorias tácticas de ayer ni sus dificultades de hoy ocultan su carencia: su federalismo no es menos teatral que el independentismo. Lleva años perorando sobre el modelo federal, pero el PSOE no da ni por casualidad un paso de tortuga en tal camino. Al contrario: en la propuesta que ahora insinúa Solbes, el Estado decidirá el gasto de las autonomías. El dilema del PSC es el del asno de Buridán. Situado en el poder, debe culminar el proyecto en el que destacó como fuerza municipal: recoser el país. O mejor dicho: evitar que se rompa por sus costuras sociales (el choque entre la inmigración y la ciudadanía autóctona castigada por la crisis). En el lado en el que el asno tenía el cubo de agua para saciar la sed, el PSC tiene el cubo de las políticas sociales, que cuestan mucho dinero. Y allí donde el asno tenía un saco de grano para saciar el hambre, tiene el PSC sus vínculos con el PSOE: si los rompiera, se rompería también parte de su soporte social, su alma se desgarraría en dos. Incapaz de decidirse, el asno murió de hambre y sed. No sucederá esto con el PSC. Vive el dilema del asno de Buridán, pero tiene más vidas que un gato.

Sin necesidad de que los jueces pasen el cepillo, Catalunya ejemplariza lo que se da en llamar “victoria pírrica”: el desgaste fue tan enorme, que casi no quedan fuerzas para continuar. Por eso es una buena noticia, si se confirma, la operación Spanair. Al menos alguien en el mundo público y privado piensa más allá del ombligo del propio interés.

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Razón moral, razón instrumental, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Economía, Política by reggio on 8 diciembre, 2008

El vestido constitucional sufre por todas las costuras: las carnes de España han engordado en muchos sentidos. Ha aumentado espectacularmente la grasa de la nostalgia de cada una de las dos Españas, mientras que los dos grandes partidos y sus entornos mediáticos siguen emperrados en estrangular la mejor musculatura del país: la de la tercera España. También ha engordado muchísimo la intolerancia cultural, el desprecio a la diversidad española: la llamada cuestión nacional se sigue viviendo con una mezcla de hartazgo, irredentismo y exasperación.

¿No era esta una Constitución de perfume federal? En realidad, y según ha explicado con precisión jurídica el profesor Miquel Caminal, los padres de la Constitución mediaron, henchidos de mutua desconfianza, entre dos tipos de nacionalismos: el uniformista español y los llamados periféricos.

La Constitución no ha favorecido el cultivo de la herencia cultural común. Al contrario, ha permitido islas emocionales y ha fomentado las rivalidades culturales. Tan mal están las cosas que incluso es necesario definir el significado de la palabra común.Todo lo español es común, es decir, de todos: no sólo lo castellano. Pero no son pocos los intelectuales y políticos que hoy abanderan la lengua oficial para exhibir un curioso complejo de superioridad, cuando no una instintiva irritación hacia la existencia de lenguas y culturas que no todos conocen, cierto, pero que no son menos españolas que la castellana. Los sistemas de protección e igualación de las otras lenguas españolas serán políticamente discutibles, pero sólo pueden considerarse democráticamente pecaminosos desde una visión uniforme o francesa de España o desde una vivencia cultural que se considere superior a las restantes.

Pero dejando a un lado los temas típicamente ibéricos (el choque de las patrias y el maniqueísmo ibérico que encuentra su más clara imagen en aquellos dos personajes que Goya pintó moliéndose a palos), el 30. º aniversario puede ser observado desde el punto de vista del cambio generacional.

Dos generaciones comparten el poder. Una de ellas, la de los sesenta, culmina su periplo. Y muy cerca de la sala de máquinas está ya la nueva, la de los cuarentones recientes (acompañados de no pocos treintañeros). Eran niños o, a lo sumo, púberes cuando Franco murió. Están libres del pesado fardo trágico. Apenas han conocido narradores directos de la Guerra Civil y las historias del franquismo y del antifranquismo se confunden en su educación sentimental con las narraciones bélicas de la historia norteamericana, que el cine y la televisión han difundido por doquier. El éxito de Soldados de Salamina fue el primer apunte significativo de la nueva mirada sobre nuestro pasado trágico. La novela de Javier Cercas se fundamenta, como los mejores westerns, en la épica del perdedor: un exiliado de una sola pieza, un hombre impasible, entero y generoso. Complemento de este personaje heroico es un malo entrecomillado, lleno de matices, un poeta falangista, con el que el lector acaba empatizando. Ya no hay dolor ni tragedia en la Guerra Civil de Cercas, sino una mezcla muy sugestiva, definitivamente literaria, de épica y lírica.

Los sesentones que protagonizaron la transición en compañía de otras generaciones más provectas empiezan a abandonar la vida pública, aunque muchos siguen en el candelero. Es la generación Pasqual Maragall y Felipe González. Una generación muy aficionada a lo que Josep Pla llamaba el retour d´âge.Por supuesto, no me refiero a sus aventuras eróticas, sino a la formidable suma de experiencias antagónicas y cambios de rasante que han liderado. Protagonizaron las rupturas de Mayo del 68 desde la extrema izquierda y el hippismo. Protagonizaron el realismo de la transición con sus ramos de flores a los militares y su recuperación desacomplejada del yate Azor. Protagonizaron el desarme de las viejas utopías traduciendo la caída del muro de Berlín no sólo como victoria de la libertad, sino como jubilación de la fraternidad. Convertidos en conserjes del neoliberalismo, protagonizaron la conquista de aquello que habían condenado por alienante: el deporte y la cultura de masas. Cabalgando sobre las alegrías de la posmodernidad, protagonizaron el esteticismo y redefinieron el centro alrededor de su eje. De Marx a Groucho Marx hasta llegar a Ferran Adrià. Y del porrete a la religión de la salud.

Y ahí siguen, como los Rolling, poniendo fondo cultural a su predominio. Ha cambiado mucho esta generación tan exitosa. No siempre por razón moral. Con frecuencia por interés, por razón instrumental. Para conservar su protagonismo. Ahora desean, como todos los que conocimos la transición, preservar la herencia moral de aquellos años en los que, por una vez, España se salvó de la tragedia. Pero los jóvenes son insensibles, como ya recordaba Aristóteles, a la experiencia de los progenitores. No será fácil convencerlos de que no se dejen arrastrar por el interés egoísta, por la razón instrumental. La generación de la transición gastó todo el vino y todas las rosas. Olvidó sacrificar para el futuro una parte de su éxito. La celebración de la Constitución es cada vez más enfática y litúrgica, y eso indica que la fe en nuestras leyes decae. La armadura se oxida. Echaremos en falta la razón moral, tan imprescindible en los malos tiempos.

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El poder de José Montilla, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 24 noviembre, 2008

Amable y dolido, me escribe Ernest Benach. El tono de mi columna “Poltronas doradas”, publicada en la sección de Política, le dejó estupefacto. Dice que es impropia de mi estilo. Tiene razón. Muchas veces he criticado en estas páginas la cultura del odio, que se funda en el sarcasmo. Y me he referido al peligro del populismo, que se alimenta de groserías e insultos. La expresión “el infeliz Benach” teñía aquella columna de un color humillante y despreciativo hacia su persona. La retiro. Y pido excusas al president del Parlament y a los lectores. Es obvio que el adjetivo “infeliz” no puede ser aplicado a Benach con más propiedad queamí. Lamento haber traspasado la línea roja que separa la ironía del sarcasmo.

Pero, sintiéndolo mucho, no puedo retractarme del fondo de aquel artículo: en la democracia española abundan los personajes que ocultan su inconsistencia con los suntuosos ropajes del poder.

De vez en cuando, especialmente en momentos de crisis, la cruda realidad provoca la caída de los ropajes. Y las vergüenzas se muestran al desnudo. Se hace obscenamente visible, por ejemplo, que la preocupación primera de los partidos es el poder y no la política que puede hacerse con el poder. Por supuesto, ellos, los políticos, no son peores que nosotros. Ni son los culpables de todos nuestros males, como afirma con peligrosa unanimidad la gente en los cafés. Pero no es menos cierto que a nadie se obliga a dar el paso del compromiso público y que los que están ahí arriba tienen la obligación de comportarse con máxima austeridad (el dinero es del común) y primando el interés general.

Nuestra democracia de listas cerradas permite a unas pocas personas controlar todas las listas y decidir todos los cargos. Los partidos funcionan como verdaderos feudos: protegen a sus miembros, pero exigen sumisión. El feudalismo democrático no acostumbra a permitir la selección de los mejores. En todos los partidos hay gente muy preparada y generosa, por supuesto.

Pero los encargos acostumbran a recaer en los sumisos. Es fácil controlar un aparato de partido: basta con filtrar el sistema de delegación en los congresos. De ahí que el personaje más decisivo sea el secretario de organización. Su cargo será oscuro, pero su poder es inmenso.

A veces no son más de cuatro o cinco las personas que controlan un partido. Tal es el caso del PSC, que estos días celebra un aniversario entrañable: el ecuador de la legislatura de José Montilla. Con legítimo orgullo, se alegra el PSC de la consolidación de una personalidad que mantiene un lejano, pero visible parentesco con Obama: es presidente de la Generalitat sin haber nacido en Catalunya. En dos años, Montilla ha demostrado a los escépticos, que no eran pocos, sus virtudes: sensatez, laboriosidad, perseverancia, vocación de servicio. En un momento de grave zozobra económica y después de unos años de convulsión política, tales virtudes son muy apreciadas en Catalunya. Montilla no es precisamente un comunicador (Obama, formidable encantador de masas, está en este punto en sus antípodas) pero equilibra tal carencia con un plus de seriedad y aplicación.

Otra gran diferencia separa las personalidad de Montilla y Obama: la manera como se han ganado la presidencia. Sólo después de un extenuante proceso de selección, el outsider Obama pudo acceder al liderazgo electoral. Tuvo que superar a personalidades tan colosales como Hillary Clinton. La ascensión de Obama contrasta con los mecanismos de sindicación que han aupado a Montilla no sólo al vértice de su partido, sino al frente de la Generalitat. Celebra el PSC que ahora el Govern es más homogéneo, está más por la labor y rinde en bastantes frentes. El cambio es evidente, cierto, y, sin embargo: ¿no es preceptivo que un Govern trabaje con esmero y sin rencillas? Aunque la pregunta clave es otra. En un contexto catalán desquiciado por la inútil y dolorosa batalla del Estatut, la seriedad de Montilla ha sido beneficiosa, sin duda, ¿pero ha conseguido eclipsar el sesgo interesado de su decisión primera? ¿Las virtudes de Montilla compensan la reedición de unas alianzas que desplazan el eje del Govern hacia unos extremos que no responden a la demanda general del electorado? Preguntarse esto no implica, entendámonos, anatemizar las opciones de ERC e ICV. Respetabilísimas. Es el PSC quien sitúa a estos dos partidos en un lugar que no decidió el electorado. Que esto es perfectamente legítimo, ya nadie lo discute. No se duda de su legitimidad, pero sí de su pertinencia. Dos años atrás, decíamos que reeditando el tripartito, el PSC dejaría su propio flanco ideológico en barbecho. Así ha sido: el poder del PSC es inversamente proporcional a su influencia ideológica. Y con la llegada de la crisis, el Govern defrauda a los sectores económicos que anhelan más facilidades para luchar contra la recesión. No es extraño que las encuestas sigan sin informar del despegue del PSC. De ahí que el talento táctico de José Zaragoza deba dedicarse a parar trampas a una CiU que lleva ya cinco años alejada del poder.

La reedición del tripartito fue, por supuesto, la mejor alternativa para los dirigentes del PSC: les salvó de un batacazo electoral. ¿Pero es la mejor respuesta a las necesidades de la sociedad catalana? Esta es la cuestión. Montilla y su PSC se han ganado fama de muy poderosos. Pero ya Séneca recordaba que sólo es verdaderamente poderoso quien es amo de sí mismo.

¿Las virtudes de Montilla compensan la reedición de unas alianzas que desplazan el eje del Govern?

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¿Cuál es nuestro sueño?, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 10 noviembre, 2008

Lo siento, les hablaré de Obama. Pero sólo como pretexto para reflexionar sobre nosotros. Situémonos en la noche electoral. Generoso y valiente, John McCain, acepta la derrota con algo más que fair play,felicitando al vencedor por haber inspirado “la esperanza de tantos millones de estadounidenses que una vez pensaron erróneamente que tenían poca influencia en la elección de un presidente”. Pero McCain es algo más que un elegante perdedor y se compromete formalmente a favor del causante de su derrota: “Son tiempos difíciles para nuestro país y le he prometido esta noche que haré todo lo que esté en mi mano para ayudarle”. Y pugna por convencer a sus votantes de que también ellos tienen que comprometerse: “Insto a todos los estadounidenses que me apoyaron no sólo a felicitarle, sino a ofrecer a nuestro próximo presidente nuestra mejor voluntad y nuestro más serio esfuerzo para, encontrando los necesarios compromisos, aparcar nuestras diferencias, restaurar nuestra prosperidad, defender nuestra seguridad en un mundo peligroso y dejar a nuestros hijos y nietos un país más fuerte y mejor del que heredamos”.

¡Qué gran lección, la del perdedor McCain, tan bravo en el campo de batalla como en los comicios políticos! ¡Qué gran lección no solamente para nuestros políticos, sino para todos nosotros, ciudadanos de cultura mediterránea, que con gran facilidad nos dejamos poseer por la envidia enfermiza y por el feroz resentimiento contra los que nos superan en cualquier aspecto de la vida!

Barack Obama, por su parte, pronuncia en la fiesta de Chicago un discurso que los profesores de literatura (así como los de periodismo, política y publicidad) podrían aprovechar en clase para demostrar que la añeja preceptiva literaria tiene maravillosas aplicaciones en la vida contemporánea. El uso de la anáfora y los paralelismos, por ejemplo. O el recurso a la narración ejemplar. Obama cuenta la historia de Ann Nixon Cooper, votante negra de 106 años, nacida una generación después de la abolición de la esclavitud. La historia de Ann le permite describir en términos de esperanza la epopeya vital de los estadounidenses en el último siglo. Son tantas las virtudes retóricas del discurso que no bastaría el entero espacio de que dispongo para glosarlas. Aunque lo verdaderamente interesante es observar que tales recursos persiguen un único efecto: reforzar la identificación entre presidente y pueblo, identificación que el famoso eslogan “Yes, we can” sintetiza. “No olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Os pertenece a vosotros”. Obama presenta su triunfo como expresión de un sueño colectivo. “Si todavía queda alguien por ahí que dude de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, que se pregunte si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo, esta noche es la respuesta”.

Y, en efecto, más allá de lo que consiga hacer como presidente, el triunfo de Obama ha sido percibido como una revivificación del sueño americano. Un sueño que tiene dos caras. La individual: los Estados Unidos de América son el país en el que, con esfuerzo personal, uno puede llegar a cualquier cima; el país en el que incluso los que parten con mucha desventaja tienen su oportunidad. Y la colectiva: es fundamental defender el sistema que permite este sueño, no solamente de las agresiones exteriores, sino también de sus bloqueos interiores.

Observando cómo el sueño americano reverdece precisamente en un momento de gran dificultad (crisis económica, tremendo fracaso en Iraq, aparición de nuevas potencias), me pregunto: ¿cuál es nuestro sueño? Y la respuesta no puede ser más triste: nosotros carecemos de un sueño colectivo. Aunque nos sobran los sueños parciales y nos encanta imponerlos a machamartillo. Unos sueñan con una España uniforme, otros con un Euskadi homogéneo o con una Catalunya catalana. Unos se sienten herederos de una República idealizada y envían al infierno a sus oponentes, a los que estigmatizan como franquistas; y estos persisten en ignorar el inmenso dolor con que la dictadura de Franco fraguó la España actual y sueñan con imponer los mitos del nacionalismo español aunque remozados con fórmulas liberales. Nuestros sueños siempre son parciales y excluyentes. Y beligerantes: se trata de destrozar, machacar y obligar a rendirse al que no comulga con el sueño de uno.

Y, sin embargo, en los años de la transición (ahora cuestionada por las jóvenes generaciones) sí tuvimos un sueño que nos abrazó a todos. Un sueño quizás no formulado en positivo, pero que tenía la virtud de la inclusión. No queríamos repetir las matanzas, los abusos, las brutalidades del pasado. No queríamos sangre, queríamos vida. Aspirábamos a la europeidad, deseábamos confirmar el confort, queríamos parecernos a los más civilizados del mundo. ¿Cuándo se rompió este sueño de cristal? Cuando olvidamos la sangre y el dolor que los viejos sueños parciales habían causado. El olvido es ahora enorme. Tan enorme que pretendemos culpar al otro de todos los males del pasado. En todos nuestros sueños, el otro es un enemigo. No es extraño que los nietos quieran desenterrar las fantasías por las que abuelos y bisabuelos se mataron en las trincheras.

¿La revitalización del sueño americano ayudará a Obama a resolver la crisis estructural de su país? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es el peligro que tiene dejar que los fantasmas del pasado presidan nuestra crisis.

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¡Bendito empate de impotencias!, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Política by reggio on 20 octubre, 2008

Sostiene el juez Baltasar Garzón que “el Estado no puede borrar sus propios crímenes”. Y se dispone a saltar por encima de la ley de Amnistía que permitió a rojos y azules avanzar hacia el futuro en lugar de regurgitar las sangrientas barbaridades del pasado.

En los años de la transición casi nadie quería avivar los rescoldos de la guerra. Por supuesto, algunos sí querían (y no sólo los grupos armados o los jerarcas militares). Pero, dejando a un lado las fantasías de las extremas derecha e izquierda, si algo era evidente en aquellos años es que ni el franquismo ni los partidos democráticos estaban en condiciones de imponerse. La transición no fue el resultado de lo que, revisando el mito de Antígona, había recomendado Salvador Espriu: “Una limosna recíproca de perdón y tolerancia”.

Lamentablemente, la transición no voló tan alto. No fue el resultado de la ética reparadora del perdón mutuo. Un empate de impotencias: eso es lo que fue la transición. Las nuevas generaciones de cuadros franquistas eran conscientes de que ni la represión más feroz permitiría prolongar un régimen dictatorial en el entorno europeo. Y los distintos grupos, juntas y asambleas de la oposición democrática conocían perfectamente sus límites: Franco había muerto en la cama firmando condenas de muerte y había sido enterrado como un faraón.

¡Bendito empate de impotencias! Lo que la ética del reconocimiento de culpas no consiguió lo impuso la realidad sociológica. Tal realidad podría resumirse así: las generaciones que convergieron en la transición no querían regresar al pasado trágico. Y deseaban alcanzar un futuro alegre, no funeral. Pasando página, la amnistía señalaba el camino del futuro desdramatizado. La canción del grupo Jarcha, que el gobierno de Suárez convirtió en banda sonora de aquel momento histórico, definía el sentimiento general: Libertad sin ira.Y la pintura El abrazo de Juan Genovés encarnaba artísticamente la celebración del futuro anhelado. Venga: unos abrazos y no se hable más.

¡Bendito empate de impotencias! ¡La que podía haberse armado si los antagónicos actores políticos de aquellos años se hubieran sentido con fuerzas para imponer su visión de las cosas! “Que la prudència no ens faci traïdors”, clamaba en un reivindicativo Onze de Setembre Jordi Carbonell, actual presidente de ERC.

¡Bendita la prudencia que convirtió a todos los dirigentes de aquellos años en traidores de sus respectivas causas! Traidores a sus dogmas fueron Suárez, González, Carrillo, Pujol y compañía. Su prudencia nos salvó de una nueva escabechina.

¿Por qué rebrota ahora la historia? Fue Aznar el primero en caer en la tentación de alterar los equilibrios de la transición, especialmente en la visión de España. Pero Zapatero no le ido a la zaga. Bajo su manto, el anticlericalismo y la razón moral republicana se han convertido en material retórico habitual. ¿Y qué decir del flanco catalán, donde la hegemónica mezcla de catalanismo, izquierdismo y republicanismo permite demonizar sin complejos a media España?

En este contexto, es fundamental no caer en las trampas partidistas. La reparación de las víctimas del franquismo y de sus descendientes es justa e imprescindible: todos los españoles deben estar en plano de igualdad. Hágase lo necesario para concluir el círculo virtuoso de la reparación. Pero esto nada tiene que ver con la pretensión de juzgar una parte de nuestra historia, dando por supuesto que la otra parte es heroica y moralmente superior. Crímenes son los del franquismo: cuarenta años de feroz represión, exilio, condenas y persecuciones. Pero crímenes son también los de 1936 en la zona republicana: Paracuellos, la Arrabassada, miles de religiosos asesinados. Y crímenes son los de 1934. Y los de 1937. La barbarie ibérica no tiene bando.

Se dice ahora que la amnistía fue una concesión a los poderosos militares. ¡Al contrario! Los comunistas la defendieron ya en los años 50. Y la Assemblea de Catalunya la recogió en su conocido eslogan: “Llibertat, amnistia, Estatut d´Autonomia”. La amnistía antifranquista perseguía que la dicotomía vencedores o vencidos diera paso a un nuevo dilema: demócratas o franquistas.

Es interesante preguntarse por qué la izquierda desanda ahora su propio camino. ¿Será que el humo de los frentes históricos sirve para ocultar la ruina de las ideas de hoy? Con o sin el juez Garzón, España nunca podrá borrar su pasado trágico y estúpidamente fratricida. Pero puede superarlo: señalando las propias miserias, no las del rival. ¿Nos daremos alguna vez la limosna recíproca de perdón y tolerancia que Salvador Espriu recomendó?

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‘Hannibal ad portas’, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 13 octubre, 2008

No le va a ser fácil a una sociedad como la nuestra enfrentarse con coraje, determinación y austeridad a las dificultades de una crisis que apenas ha dado sus primeros zarpazos. Los jolgorios de la sociedad del ocio, el imperio de la queja y la cultura de la subvención (siempre esperando el arreglo de las alturas) han dejado los músculos del esfuerzo muy desentrenados. No son pocos los ciudadanos que se comportan como niños mimados. Enviciados por las promesas electorales, habituados al paternalismo de lo público, amplificados sus lamentos por los medios, han desarrollado una mentalidad de nuevo rico de la democracia:yo pago mis impuestos,por lo que exijo a los criados de la política que resuelvan mis problemas. Los políticos son criados, pero deben comportarse como Reyes Magos.

La solución no puede ser mágica. Los dirigentes no pueden fabricar moneda a mansalva. Y, lo que es más preocupante, carecen de autoridad moral para exigir que nos apretemos el cinturón. ¿Qué puede exigir Bush, si ha ganado el campeonato de peor presidente de la historia? Zapatero es más paternalista: no pide esfuerzos, juega a Superman. Sabemos que no es Superman. Tampoco lo es Sarkozy. Los líderes europeos no doblegarán la crisis con activismo teatral, sino luchando con todas sus fuerzas para encontrar salidas comunes. Europa no es más que un mercado común: si ahora cada cual va por su lado, apaga y vámonos. Por otra parte, Zapatero no debería olvidar que la unidad interior, tan necesaria, depende de quien gobierna: no ofrecer a Rajoy la justa contrapartida de poder intervenir en la revisión de los presupuestos es condenarle a las fieras internas que esperan descabalgarlo de su liderazgo.

Por su parte, Almunia, comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la UE, no pide esfuerzos: sigue anunciando desgracias desde Bruselas, sin que de su boca salga una sola palabra de autocrítica. Los que nunca fuimos euroescépticos, sentimos en estos momentos la urgente necesidad de que las instituciones europeas nos den alguna explicación: ¿tanta eurocracia vigilante no fue capaz de reparar en la toxicidad que infectaba el sistema?

En cambio, Montilla sí pide esfuerzos. Es de agradecer que recupere los valores que caracterizaron a los catalanes (y a los miles de trabajadores que, procedentes de otras tierras, regaron con sudor la economía catalana). Pero la ética neopujoliana del president se contradice con el sectarismo feudal del PSC (y del resto de los partidos catalanes). Para reclamar el retorno al esfuerzo individual hay que abrir las puertas de par en par: eliminando la exigencia de fidelidad y los bloqueos de secta, clase o partido que caracterizan el sistema social catalán (cada vez menos catalán y más suavemente siciliano).

Un pequeño empresario me contaba ayer sus cuitas: “Han caído las ventas y voy a tener que pagar los sueldos de octubre, noviembre y diciembre de mi bolsillo, pero ¿con qué pagaré las facturas de enero?”. Algunos expertos sostienen que el crac bursátil del 2008 equivale al de 1929. Y puesto que todos los fantasmas de aquel tiempo regresan, bueno es que regrese también el recuerdo de las palabras que Franklin D. Roosevelt pronunció al asumir el poder (1933): “Para superar la crisis lo primero que se requiere es valor y coraje, y por eso a lo único que debe temerse es al miedo mismo”.

Liberarnos del miedo, eso es lo que necesitamos, pero ¿cómo? Puesto que de los políticos no es posible esperar autoridad moral y es de temer que la sociedad de masas no se muestre muy serena y resistente, habrá que encomendarse a las minorías creativas, que, como este empresario amigo mío, se resisten a ceder cuando lo más fácil es rendirse. El carácter es lo que somos en la oscuridad. En la oscuridad, puede estallar la histeria, el egoísmo y el sálvese quien pueda. O, por el contrario, la generosidad, la altura de miras, la resistencia: lo mejor de la condición humana.

El historiador Tito Livio cuenta que cuando un mensajero llevó a Roma la noticia de la victoria de Aníbal en la batalla de Cannas, se desató el terror. El ejército del cónsul Varrón había sido destrozado y los muertos se contaban por decenas de miles, entre los cuales ochenta senadores. La ciudad estaba en el umbral del desastre, pero los romanos transformaron el miedo en coraje. Nadie aprovechó el momento de zozobra para conspirar. Nadie pidió explicaciones al cónsul perdedor en Cannas. Nadie huyó. Nadie gritó: “¡Sálvese quien pueda!”. El miedo actuó como acicate. Roma reunió todas sus fuerzas, incluso las menos apreciadas. Redescubrió en su interior efectivos que hasta el momento desdeñaba. No se dejó dominar por la histeria de los agoreros. Cerró filas en torno a sus instituciones. Se dispuso a enfrentarse al ejército más temido sacando fuerzas de flaqueza, con ánimo de victoria. Y, ciertamente, la formidable campaña de Cartago contra Roma acabó siendo el aliciente que necesitaban los romanos para lanzarse a la conquista del Mediterráneo. Tanto es así, que algunos historiadores definen la respuesta a las dificultades que causó Aníbal como la más hermosa hora de la historia de Roma. ¿A las puertas de la crisis, seremos víctimas de un miedo paralizante o, al contrario, como a los antiguos romanos, el miedo nos servirá de acicate? En la evidencia de que los malos tiempos han llegado, esa es la verdadera cuestión.

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¿Barcelona 2008 o Ferrara 1439?, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 3 octubre, 2008

DEBATE DE POLÍTICA GENERAL EN EL PARLAMENT

Indicios de sainete oscurecen el acuerdo de ayer. Negociadores jugando al deshoje de la margarita. Peliculeros suspenses, filtraciones, risitas. Y, finalmente, fuegos de artificio: fotografía conjunta, abrazos, reverdecida “flamarada”. Huyendo del clima sainetesco, el conseller Castells intenta razonar con sentido de Estado. Aunque del PSC, Castells es generador de confianzas de amplio espectro, pero no consigue imponerse al partidismo. En el mismo momento de las fotografías unitarias, ya aparecen las interpretaciones divergentes de una frase del documento pactado minutos antes: “Los recursos de las finanzas de la Generalitat en el ejercicio 2009 deben incluir el rendimiento completo de todos los tributos estatales cedidos”. CiU interpreta la frase por elevación (completo sería igual a íntegro, lo que haría imposible la aceptación de la propuesta catalana por parte del Gobierno español). Consiguientemente, en el entorno socialista se habla ya de falsificación convergente de la unidad: CiU – dicen- habría dado hoy el paso imprescindible (abrazarse al tripartito merced a la ambigüedad de la frase) para justificar mañana la ruptura por incumplimiento de la frase.

Fue precisamente el conseller Castells quien utilizó ayer el sintagma discusiones bizantinas.Por asociación de ideas, tal referencia nos conduce al cisma de Oriente. Durante siglos, los bizantinos negaron la validez de la fórmula canónica que definía a la Santísima Trinidad: Credo in Spiritum Sanctum qui ex Patre Filioque procedit (Creo en el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo). Reunidos en el Consejo de Ferrara-

Florencia de 1439, persistieron en negarse a aceptar el Filioque (y del hijo), pues creían que empequeñecía al Padre. Una simple conjunción partió en dos bloques para siempre la cristiandad. Aunque, naturalmente, hay que buscar en la destrucción y saqueo de Bizancio, en 1204, durante la cuarta cruzada, la causa del resentimiento de los bizantinos hacia los cristianos occidentales.

La teoría tripartita afirma que CiU, resentida por su persistente alejamiento de la Generalitat, se vengaría ahora buscando un nuevo fracaso catalán. Demasiado simple para ser verdad. Quien esté libre de culpa partidista que lance la primera piedra (es más: ya recomienda Maquiavelo que, para conseguir aliados, hay que repartir caramelos). Indiferentes a los caramelos de la política y, a riesgo de quedar afónicos, repetiremos desde la sociedad civil (o lo que quede de ella), que Catalunya no puede permitirse la repetición del patético sainete estatutario que nos situó a la altura del betún. Y menos en este momento de extrema gravedad mundial. Obama y Mc-Cain, Cameron y Brown, incluso Rajoy y Zapatero se disponen a unirse ante el peligro. ¿Hasta cuándo la política catalana, dominada por el partidismo, seguirá abusando de la paciencia de la sociedad civil catalana (o lo que quede de ella)?

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