Reggio’s Weblog

Algo más grande, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

Ann F. Lewis, que trabajó como directora de comunicaciones de la Casa Blanca durante el mandato del presidente Clinton entre 1997 y el 2000, ha escrito que “la gente quiere formar parte de un proyecto más grande que sus propias vidas, quiere creer en el logro de lo mejor para su país, quiere ver en sus líderes optimismo y visión de futuro”. Hace pocos días, me encontré con un político de la vieja guardia, curtido en mil batallas y uno de los más finos analistas del país, y su diagnóstico iba en la misma dirección: “Nadie es capaz de generar entusiasmo, nadie comunica un sueño, nadie transmite algo nuevo”. Para completar el cuadro, diré que, nunca tanto como ahora, doy con amigos, conocidos y saludados que me confiesan su desinterés por la liza electoral y que están tentados de abstenerse o de votar en blanco. No hay ilusión.

De los que ya tienen decidido el voto para el próximo 9 de marzo, no conozco a muchos que estén ilusionados con su opción. Predomina el voto por descarte, el voto para frenar al otro, el voto como mal menor, el voto paliativo, el voto con guantes y el voto con pinza en la nariz. Salvo el militante con fe de carbonero, salvo el empleado del aparato de partido y salvo el artista-florero que apoya al líder de turno, el personal se mueve en las mil tonalidades del gris, entre lo inevitable y lo razonable, entre el pragmatismo cívico y la tentación del gesto reactivo. Estamos entre “es lo que hay” y “se van a enterar”.

Seamos sinceros: las campañas electorales reclaman épica y lírica, pero los gobiernos democráticos funcionan igual de bien o de mal tanto si responden a un sueño como si no. Entonces, ¿dónde está la diferencia? En las expectativas. Tomemos el ascenso de Felipe González en 1982 como paradigma de una ilusión que se transforma en acción política de largo alcance. Ni el referéndum de la OTAN, tras el sonado cambio de opinión del PSOE, rompió la magia fundacional de aquella etapa, aunque generó muchas crisis de fe. Luego, ni los escándalos de corrupción, ni la guerra sucia contra el terrorismo, ni el cansancio del líder socialista desmovilizaron a la parroquia, a tenor de la dulce derrota de 1996. Las expectativas eran tan altas en 1982 que la inercia de aquella ilusión duró más que la solidez del proyecto y la autoconfianza de quienes lo desplegaron.

Hoy, ni PSOE ni PP transmiten ilusión, se limitan a proponerse como frenos contra el adversario. En Catalunya, tampoco CiU ni ERC están en la mejor disposición para ofrecer grandes horizontes. Zapatero y Rajoy son líderes cuyo optimismo descongelado es una mera tautología hueca y cuya visión de futuro caduca más pronto que un yogur. No se trata de creer en algo, para eso ya existen las religiones y los clubs de fútbol. La política va de otra cosa: de la capacidad real de dirigir nuestras vidas hacia metas que nos hagan más libres y justos, más capaces de responder, con grandeza y eficacia, a los problemas.

Tagged with:

Ideas de saldo, de Fernando Ónega en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

Quizá sea un efecto óptico, pero no recuerdo unas elecciones con tanta fiebre de encuestas. Entre las que hacen los partidos y se filtran de forma confidencial, las que hacen los medios informativos y un número indeterminado de gabinetes de análisis, este país sufre un fenómeno nuevo: parece más entretenido (y apasionado) en adivinar el sentido del voto ciudadano que en estudiar las propuestas de cada partido. Supongo que es el reflejo del estado de ansiedad que produce lo incierto del resultado. La campaña electoral se hace más larga por eso, porque las encuestas son críticas en el sentido de la definición de Gramsci: no consiguen matar lo antiguo, que es el Gobierno socialista, ni dan vida suficiente a lo nuevo, que sería la llegada del PP.

Ante esa proliferación, los partidarios de Zapatero encuentran un gran consuelo: ningún estudio da por ganador a Rajoy. Pero los seguidores de Rajoy encuentran un gran aliento: ninguna prospección es tan definitiva como para proclamar vencedor a Zapatero. Y así, se alimentan las ilusiones, o se espera movilizar al electorado abúlico. El PP coge moral, porque contempla que no es imposible alcanzar la meta. Y el PSOE obtiene discurso, porque le regalan argumento para mover a los suyos, bajo el aviso de que puede llegar al poder esa derecha cuyo fantasma tanto agita en el mitin.

¿Saben lo más intrigante para este cronista? Que hasta ahora no hemos conseguido ver nada que conmueva al personal. Es muy interesante lo que proponen, pero no varían los criterios de la sociedad. Los dos partidos mayoritarios tienen una clientela tan sólida y convencida, que no hay forma de hacerla cambiar de inclinación. Da igual que se ofrezcan rebajas de impuestos o contratos al inmigrante. Da igual que se azuce a los obispos o se agite el anticlericalismo. Son intrascendentes acusaciones tan graves como las de mentir. La opinión pública se resiste a moverse. Las ideas obtienen una cotización de saldo en el mercado de los votos: la gran variación que ofrecen o anuncian las encuestas no pasa de unas décimas; nunca llega a un punto porcentual. Y así, semana tras semana, el empate sigue sobre nosotros, como el anticiclón.

Tagged with:

Mejor imposible, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

En los últimos años me he tragado cientos de mítines. Siempre la misma misa: banderas de plástico, ciudadanos-claque, gradas repletas de tripulantes de autobús, un chapuzón musical para anunciar al líder en apoteosis final, como Celia Gámez, rodeada de los boys del aparato. Todo esto nació en Nuremberg o en Moscú, así que no puede decirse que la ópera de las masas sea un invento del fascismo. La tramoya se levantó lo mismo en la plaza de San Pedro que en la Plaza Roja. Ahora la opereta incorpora vídeos gigantes, confetis, vocalistas y hasta acróbatas y clowns.

Mariano vende miedo. ‘ZP’, humo. Mariano llega con el séptimo sello. ZP ha convertido las angulas del felipismo en los gusanos de la memoria histórica y ha buscado la nueva frontera de unas libertades que superan a las de los holandeses; en la precampaña ha convertido sus cejas en una octavilla para vender humo. Dice como Obama: siento el cambio en el aire; agita a los chorbos, a los extremistas violeta y a la izquierda caviar después de decapitar a los disidentes y de deshuesar la socialdemocracia, modernizándola. Los dos utilizan las mismas plazas de toros y los pabellones deportivos, siguiendo una moda que inició Carrillo. La política es un espectáculo desde que Napoleón redactó en medio de la estepa rusa el reglamento de la Comedia Francesa.

Sin líder no hay trofeo. He ahí Andalucía. Chaves podría perder la mayoría absoluta si la participación, como teme Rubalcaba, bajara del 70%, porque Arenas sacaría 8 diputados más, el PA desaparecería e IU ganaría un diputado. Así que Andalucía espera el advenimiento de ZP, que, como la Macarena, provoca chispas de entusiasmo. Obtuvo en las últimas elecciones 300.000 votos más que Chaves. Seguimos bailando en las botas de Nikita porque las elecciones democráticas recuperan el culto a la personalidad. Para Mussolini la masa es la gran hembra; para Mao, que poseía cocinero propio, las masas tienen un poder ilimitado. Aunque el culto a la personalidad no nació en el siglo pasado, sino 46 años antes de Jesucristo. «Si estamos sometidos -se dice en Julio César-, Bruto, la culpa no está en nuestra estrella, sino en nosotros mismos». Hoy el culto es tibio, de diseño, de refresco. Se basa, como siempre, en la adoración. Seguimos siendo fetichistas, nos siguen gustando los zapatos de tacón y los líderes carismáticos.

Mariano Rajoy es buen dialéctico, brillante, prudente. Le dio un buen repaso a Gabilondo en Cuatro, pero la derecha española no tiene quién le cante. Denzel Washington y De Niro apoyaron a Obama; Jack Nicholson a Hillary. A ZP le aclaman los artistas españoles, que llenarían Las Ventas. Mejor imposible. A Mariano no le canta ni Julio Iglesias. Pizarro, que parecía un buen fichaje, resultó un voceras; como creyente, el turolense debería saber que el Espíritu Santo dice que es de necios hablar mucho, sobre todo el que se dedique a la política.
© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Justicia y sueldos de miseria, de Javier Gómez de Liaño en El Mundo

Posted in Derechos, Justicia by reggio on 12 febrero, 2008

TRIBUNA LIBRE

Los hechos son bien recientes. Desde hace unos días, los funcionarios de la Administración de Justicia que dependen directamente del Ministerio del ramo -no los de las comunidades autónomas con competencias transferidas- están en huelga. El lema: por una subida salarial digna. He seguido el paro judicial a caballo entre la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y los juzgados de Valladolid, y creo disponer de suficientes elementos de juicio para opinar del conflicto. Mas antes de seguir, quisiera aclarar varias cosas.

Una, la primera, que siempre supuse que el derecho a la huelga ha de ejercerse con deportividad y que sólo es huelguista quien, en su estado, no renuncia a la educación. La huelga no es actividad de bárbaros y para mí que los huelguistas de Justicia se están conduciendo con ánimo atlético -hasta hay pitos y trompetas- en demanda de un sueldo equilibrado y justo. Los funcionarios están cansados de sus raquíticas retribuciones y a mi juicio no sin razón. Además, han pedido disculpas a los ciudadanos «por las molestias e incomodidades» que pueda causarles el paro.

Otra, la segunda, que traigo este asunto a colación con absoluta ausencia de afán corporativo. Por mucho que quiera a la Administración de Justicia y aprecie a todos sus oficiantes, nada más lejos de mi ánimo que ese mal llamado espíritu de cuerpo y que puede encubrir, si no la necedad, sí al menos el error de quienes lo sienten con más pasión de la conveniente. Hace seis años que me dedico a la profesión liberal y con la libertad que da el no ser esclavo de la nómina, me permito plantear la situación.

La tercera, que si bien es verdad que la mayoría de los funcionarios judiciales trabajan con aplicación y buen aprovechamiento en el mejor servicio a los demás -la Justicia emana del pueblo, dice el artículo 117 de la Constitución-, reconozco que no lo es menos que los hay que dan poco golpe y se limitan, con una afición enorme por la contemplación, a ver pasar el tiempo. Este hábito, como bastantes otras malas costumbres, tiende a menguar, pero todavía existe un tanto por ciento considerable de gente que parece nacer cansada y ejerce la holganza con un ímpetu asombroso. Es cierta la anécdota que relata el diálogo entre la mujer de la limpieza del juzgado y el padre que una tarde se acercó al Registro Civil a sacar una partida de nacimiento para la hija que trataba de casarse:

– ¿No hay nadie?

– No señor.

– ¿Es que no trabajan por la tarde?

– No es eso; por la tarde no vienen; cuando no trabajan es por la mañana.

Algo parecido a lo que Juan XXIII, aquel Papa tan entrañable, respondió con humor a la pregunta que le hizo un mandatario:

– Santidad, ¿cuántas personas trabajan en El Vaticano?

– Aproximadamente la mitad, hijo mío.

Una vez sentado lo anterior y supongo que sobre mis elementales pensamientos no han de caber mayores dudas, quisiera glosar la huelga judicial, empezando por lo que una funcionaria con bastantes trienios me decía el otro día: «¡Si supiera usted lo harta que está una de aguantar jueces, fiscales, abogados, procuradores y similares por 180.000 pesetas al mes!».

Es cierto que la gente suele considerar injustas e incluso provocadoras las subidas de sueldos en la administración de justicia, opinión que obedece al mal concepto que se tiene de ella. A esto ha de sumarse que cuando un gobierno es cicatero con la totalidad de los funcionarios públicos, cualquier subida judicial por encima de los cánones generales se considera, aparte de improcedente, soberanamente antisocial. No obstante, me pregunto si resultará posible, e incluso imaginable, una reforma de la Justicia sin el replanteamiento de la paga de los funcionarios, empezando por los escalafones más bajos.

Hace poco más de un año -diario Expansión, 09/10/07- una periodista preguntaba a Enrique Bacigalupo si creía que la profesión de juez, tan fundamental en un Estado democrático de Derecho, estaba bien retribuida, a lo que el magistrado contestó -la respuesta es literal para evitar las siempre incómodas réplicas- «(…) que él se conforma con lo que le pagan a fin de mes y que la cuestión es algo que no sigue mucho». Un juez de la Audiencia Nacional -el de una Audiencia Provincial, algo menos- gana un sueldo, sumados todos los conceptos posibles, que no alcanza los 4.000 euros, cifra que, por supuesto, no llega a la tercera o cuarta parte del que recibe un profesional de rango análogo en la empresa privada. Y respecto a los funcionarios de juzgados y tribunales, la media de un gestor procesal -antes llamados oficial, auxiliar y agente- se sitúa en 1.100 euros.

¿Es aquél el sueldo del juez que queremos para nuestra Justicia? ¿Son las escuálidas nóminas de los funcionarios de la Administración de Justicia el equitativo pago de un trabajo digno? ¿Por qué, en el primer caso, tan abismal diferencia con los magistrados del Tribunal Supremo, alguno de ellos con pensiones extras, encima no declaradas al fisco? A nadie que esté un poco al tanto se le oculta que hoy la mayor fuente de descontento en la Administración de Justicia es la desigualdad de sueldos entre los distintos cuerpos y categorías, comenzando por la que se da entre los magistrados del Tribunal Supremo y el resto de miembros de la carrera judicial. Acepto como razonable que un magistrado del más alto tribunal de la jurisdicción ordinaria, lo mismo que un vocal del Consejo General del Poder Judicial, perciba cerca de 7.000 euros mensuales, pero lo que no se entiende es que otro de inferior categoría, sea de la Audiencia Nacional, sea de una Audiencia Provincial, se quede en poco más de la mitad, un juez de entrada no alcance la cuarta parte y un funcionario del último escalafón no llegue a la séptima.

Por distintos que sean los parámetros retributivos del sector privado, la actividad pública tiene sus propias exigencias de decoro que aconsejan que las diferencias salariales entre ambos mundos no sean las que son. En expresión del profesor Fernando Vallespín, «el ámbito de lo público no podrá competir nunca con los salarios del sector privado, pero debe reivindicar su propia dignidad». A poco que la paciencia de algunos se agote, en un futuro no muy lejano podemos encontrarnos con una muy lamentable situación. La de que espléndidos funcionarios judiciales -aquí van incluidos jueces y fiscales, secretarios y el resto del personal judicial-, por el mecanismo de mercado como factor regulador de la oferta y demanda, pasen a engrosar la plantilla de despachos de abogados y con ello se aseste un profundo golpe a una Administración de Justicia que, por definición, tendría que ser capaz de aguantar cualquier competencia. ¿Se va a seguir confiando en el prestigio del juez para contrarrestar las tentaciones de un despacho profesional? ¿Habremos de encogernos de hombros y dar por bueno y bien sentado el hecho de que siempre encontraremos jueces y funcionarios de alquiler -me refiero a sustitutos e interinos- dispuestos a ejercer su trabajo al precio que se les quiera pagar?

La persona no es una realidad que tiene vocación, sino que es sencillamente vocación, nos dice Monnier, y sabio es el consejo de los romanos de age quod agis, que bien pudiera traducirse al castellano como «lo que hagas, hazlo bien», actitud que ya recomendaba Eugenio d’Ors, quizá el hombre que más ha defendido el trabajo como actitud moral. De acuerdo en esto y en el placer de trabajar por vocación, pero elegir una profesión también es encontrar un modus vivendi, aunque no sólo sea eso. Los funcionarios que aman a su oficio pero que, cada primero de mes, ven que su famélica nómina no compensa la entrega, tarde o temprano, se sentirán desmoralizados y hastiados de lo que hacen. Es evidente que la miseria no puede seguir siendo la vía más adecuada para conseguir una Justicia equiparable a la que reclama un Estado moderno.

De siempre, en la Administración de Justicia ha habido gente que no se queja. La protesta de estos días me parece oportuna y razonable. La mayoría de los huelguistas preconizan que, junto a una nómina digna, se necesita entusiasmo y sacrificio. No son ansiosos y, menos, ambiciosos sino gente que sabe bien que con tacañerías presupuestarias -incluidas las del sueldo- es muy difícil levantar un estamento, el de la Administración de Justicia, que se está cayendo de las manos, mejor dicho, lo están -lo estamos- tirando abajo y, lo que es peor, sin darnos demasiada cuenta. Mientras los gobernantes españoles no admitan el elemental supuesto de que la Justicia no es un bien mostrenco, jamás estaremos en condiciones de evitar la catástrofe.

Ignoro si la huelga de los funcionarios judiciales -a los que deseo suerte, pero sobre todo justicia- llegará a buen fin. Sí les digo que echar un pulso al ministro Fernández Bermejo, que es hueso duro de roer, no es prueba fácil de ganar. Se me ocurre si quizá la solución no se encuentra a medio camino entre el Ministerio y los sindicatos de funcionarios, aunque nada me extrañaría que ese medio camino estuviese demasiado desierto. El cardenal Richelieu dispone en su Testamento que no hay que servirse de gentes austeras porque son demasiado difíciles. ¿Qué querría decir?

Javier Gómez de Liaño es abogado y magistrado excedente.
© Mundinteractivos, S.A.

Voto y vulnerabilidad, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

Desde luego, gane o pierda las elecciones, lo primero que tendrá que hacer el PSOE es revisar su política de comunicación. Durante toda la legislatura su incapacidad para explicarse ha permitido que el PP, que la inició completamente groggy, haya llegado incluso, en algunos momentos, a tener la iniciativa en el debate político. Hemos entrado en la recta final de una larguísima campaña electoral y todo sigue igual. Último ejemplo: la inmigración. Todos recordamos la campaña electoral del año 2000, la que dio la mayoría absoluta al PP. Sin ningún miramiento, José María Aznar y su gente se cebaron en la inmigración, con la esperanza de despertar las bajas pasiones de la ciudadanía y traducirlas en votos. Y no les fue mal. En los últimos cuatro años, enfrascados en el discurso de que España se estaba rompiendo y en denodados esfuerzos callejeros para salvar, de la mano de la Iglesia, la moral y las costumbres de los españoles, los dirigentes del PP parecían haber olvidado la cuestión de la inmigración. Fue una distracción, no un acto de responsabilidad. Cuando la campaña ha empezado a tensarse, inmediatamente han sacado el Manual de tópicos para obtener réditos de la inmigración sin reparar en gastos. Y han pillado al PSOE a contrapié.

Siendo tan previsible que el PP metería a la inmigración en campaña, resulta incomprensible que el PSOE no se haya anticipado y que, a juzgar por las respuestas que ha dado, ni siquiera tuviera pensado lo que había que decir. Hay en este país una tendencia, a mi entender equivocada, a creer que determinados cuestiones, por su carácter delicado, no tienen que ser objeto de campaña. Y, sin embargo, los ciudadanos antes de votar tenemos todo el derecho de saber qué harán los gobernantes incluso en los asuntos más sensibles. Evitando hablar de inmigración, el PSOE no sólo regala la iniciativa al PP, sino que permite que éste utilice el falaz argumento de que es el único que tiene el coraje de romper la corrección política. No, decir que es costumbre de los españoles no robar, dando a entender que los inmigrantes roban, o que la avalancha de inmigrantes colapsa las urgencias hospitalarias, sugiriendo que restan derechos a los españoles, no es romper la corrección política es tratar de provocar una reacción -estimular los frames, dicen los que juran por el recetario de Lakoff- contra la inmigración en determinados sectores de votantes, los más vulnerables que pueden sentirse afectados por los cambios que la inmigración genera. Si el PSOE se hubiese anticipado, el PP lo habría tenido más difícil para lanzarse a la caza del voto a costa de los inmigrantes.

La cuestión de la inmigración es la cuestión de la vulnerabilidad de los inmigrantes y de los sectores sociales que viven la presencia de inmigrantes como causa de su precariedad o que se encuentran en situaciones a veces concurrentes con los inmigrantes por el puesto de trabajo o por determinados servicios. Con lo cual la cuestión de la inmigración es fundamentalmente un problema social y como tal hay que tratarlo. Lo que, a mi juicio, resulta inadmisible del argumentario del PP es la especulación con la vulnerabilidad. Ataca a unas personas vulnerables -los inmigrantes- que no tienen capacidad de respuesta, por su posición y porque no tienen derecho a voto, para despertar el rechazo de otras gentes también vulnerables, pero que tienen la posibilidad de ir a votar. Es un ejercicio realmente miserable. Pero desgraciadamente la sociedad ya ha asumido que para ganar votos todo vale.

Globalmente, la incorporación de la inmigración a la sociedad española se ha hecho de modo bastante razonable. Nos hemos beneficiado, sin duda, de una coyuntura económica que aseguraba el empleo de casi todos los que llegaban. Hay que ser ciego para no ver que si la situación económica se complica, y se está complicando, pueden surgir problemas que hasta ahora no hemos tenido. Si sigue creciendo el paro, por ejemplo, aumentará la conflictividad. De esto se tendría que haber hablado en la campaña. Explicando en qué se utilizará el mítico superávit y cómo se afrontará el reajuste previsible. Cuando las cosas van mal, a los propios gobernantes les resulta muy fácil echar las culpas a la inmigración.

El PP naturalmente quiere hacer de la cuestión de la inmigración un problema de carácter cultural y étnico. Me fascinan estos críticos del multiculturalismo que niegan con razón que presuntos derechos culturales, basados en las costumbres de origen, se puedan situar por encima de las leyes y, en cambio, pretenden imponer a los que vienen los valores y las costumbres culturales de los autóctonos. A esto se le llama antimulticulturalismo asimétrico o, si se prefiere, ventajismo del más fuerte: estoy en contra de reconocer todos los derechos culturales, excepto los míos. Las obligaciones las marcan las leyes de un Estado democrático (jugamos con legítima ventaja porque las leyes están definidas por nosotros, es decir, en nuestra clave cultural y política) y son de obligado cumplimiento para todos: nacionales y extranjeros. No hay ninguna razón para cargar a los extranjeros con un plus de exigencia que no nos reconocemos nosotros mismos. Y, a su vez, obligaciones quiere decir derechos y reconocimiento. Poco les podemos obligar si les negamos, en muchos casos, incluso el hecho de que existan: son ilegales.

El mundo se ha hecho pequeño súbitamente y estamos más cerca unos de los otros, de modo que es lógico que los roces existan. Se tardarán algunas generaciones en asumir una cultura cosmopolita más acorde con la realidad de un mundo que será más difícil de fragmentar, a pesar de que alguna locura multiculturalista de los últimos tiempos -la ex Yugoeslavia, por ejemplo- pueda hacer parecer lo contrario. Decía Frantz Fanon en pleno debate del colonialismo: “Abandonemos esta Europa que nunca deja de hablar del hombre pero lo masacra donde lo encuentra”. Los términos han cambiado. Europa ha limitado sus aventuras exteriores. Y quiere construirse sobre la idea de la hospitalidad. En una especie de revancha de la historia, ciudadanos de aquellos países coloniales viven hoy en el corazón de las metrópolis. Para demostrar que las cosas son realmente distintas hay un camino: derecho a voto para los inmigrantes.

Tagged with:

Cazadores de grillos, de José Manuel Atencia en El País de Andalucía

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

Los cazadores de grillos no necesitan armas. Lo plantea un detective en una novela de detectives que se llama El enigma de Paris. Su autor se llama Pablo de Santis. En el relato un grupo de detectives polemizan sobre el oficio y la forma de enfrentarse a un asesinato. Uno de ellos cuenta la historia de la desaparición de una importante suma de dinero de un banco japonés. Todo hacía indicar que el hurto era obra del propio banquero, pero cuando llegó la policía y registró las dependencias no encontró prueba alguna que lo incriminara. Lo único que les llamó la atención fue que el banquero, muy nervioso, pisó sin querer un grillo que había entrada por la ventana, algo que en la tradición de la región iba contra la buena fortuna. Al final, en vez del banquero acabó en prisión su administrador. Éste último ni confesó la autoría de los hechos ni culpó a nadie de ellos. Asumió la condena, pero en su cautiverio planeó su venganza.

Según el relato, tras salir de prisión, aprovechó un día que una ventana de la casa del banquero estaba abierta y entró en su domicilio. Allí no tocó nada. Solamente dejó un grillo en el centro de un tatami. Antes del amanecer, el canto del grillo despertó al banquero, quién recordó un verso de un poeta de su ciudad: “El grillo que mataste en tu sueño ha vuelto a cantar en la mañana”. El hombre supo que había sido descubierto y se mató envenenándose. Sin saberlo, el administrador fundó así la tradición de los cazadores de grillos: esas personas capaces de matar con insinuaciones, señales o rastros invisibles.

Estaba leyendo esta novela cuando el otro día escuchaba a Alberto Ruiz-Gallardón pronunciando su discurso de fin de carnaval. Y salvando las distancias entre la crónica negra y la política, me pareció que el alcalde de Madrid acababa de soltar un grillo en el despacho de Esperanza Aguirre. Después de tres semanas de condena, Gallardón había planeado, como el administrador japonés, su venganza. Y la ofreció cargada de sutileza, ironía y comentarios con doble sentido. Ni una gota de sangre. Ni un rastro de pólvora. Una puñalada metafórica hecha de insinuaciones, señales y rastros invisibles. Impune, tan impune como los crímenes de los cazadores de grillos, ya que ningún juez ni, en su caso, partido alguno, puede legislar sobre grillos colocados en un tatami o poemas con doble significado.

Salvo esta anécdota de Gallardón, se ha perdido en la política la sutileza que reclama este detective de novela. Por eso, frente al paciente método japonés, en España todo el mundo sabe que el mejor procedimiento para cazar un grillo es meter una varita en la puerta de la grillera. Y a este método llevan agarrados algunos políticos durante los cuatro años de esta legislatura, pero cambiando la varita por una tranca y arramblando con toda la galería. En eso anda últimamente la diputada Celia Villalobos en Málaga, intentando cazar grillos, pero aquejada de lo que en la misma novela se denomina la ceguera del detective. Está dejando de ver lo obvio y se ha montado una historia imaginada.

La ex alcaldesa ha vuelto de Madrid con el discurso aprendido y en su afán por censurar los cuatro años de inversiones del gobierno central en Málaga, y especialmente a la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, se está metiendo en un callejón sin salida. Villalobos fue ministra también de un Gobierno de España y en su haber poco más puede ofrecer que unos cuantos proyectos. Uno de los cuales -el plan Guadalmedina- se quedó sólo en una magnífica presentación virtual, que fue para lo único que hubo con la partida presupuestaria que se le asignó. Alguien de su entorno cercano debería de advertirle de su deriva. En caso contrario, corre el riesgo de que le suelten un grillo por la ventana.

Tagged with:

¿Un partido de izquierdas?, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Opinión de La Coruña

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

Presten atención, por favor, a estas palabras de Ramoneda en un reciente artículo en el diario de tirada nacional: “Un partido de izquierdas no puede vivir sólo de los obispos. Tiene que apuntar al futuro, como hace Barack Obama, y no sólo repetir una y mil veces que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Aunque así fuera”. ¡Qué repaso más certero! Sospecho, sin embargo, que no será asumido por el PSOE.

Preguntémonos, al hilo de las referidas palabras, si hay en esta precampaña por parte del PSOE algo que apunte seria y creíblemente hacia el futuro, más allá de esa tómbola en la que se sortean los 400 euros, más allá de severas críticas a la Conferencia Episcopal que, a fuer de obvias, serían facilonas en exceso, y más allá del miedo, razonable, a que gentes como Zaplana, Acebes, Pujalte y compañía se hagan omnipresentes en la vida pública tras una hipotética victoria del PP.

Preguntémonos en torno a los horizontes de futuro del PSOE. ¿Qué planes tienen en política territorial tras toda la escandalera que originó aquel Estatuto de Cataluña que tuvo, en el mejor de los casos, muy poca aceptación ciudadana, como se mostró en el correspondiente plebiscito? ¿De qué se trata? ¿De capear el temporal? ¿De modificar la Constitución para abordar reformas estatutarias más o menos generalizadas en una nueva versión de aquel “café para todos”? ¿Tiene, en este sentido, un proyecto de país el PSOE, un proyecto de España desde coordenadas de izquierdas, proyecto que vertebre, integre y pacte?

¿Puede un partido que se llama de izquierdas concurrir a las elecciones sin un afán de regeneración que tanto necesita esta democracia? Bien están las ayudas a la vivienda, pero hace falta una ley del suelo que intente de una vez atajar la especulación urbanística. ¿La tiene en cartera este partido? ¿Hay alguna propuesta que concrete reformar la ley electoral, así como la regulación de la financiación de los partidos?

Por otro lado, ¿resulta admisible hablar de un ideario de izquierdas cuando tampoco se anuncian medidas que de una vez se ocupen de abordar en serio la situación que vive la enseñanza en este país? ¿Es de recibo seguir sordos, mudos y ciegos ante las conclusiones que arroja el llamado informe Pisa? ¿Puede continuar la Universidad española con su enfermiza endogamia sin que se arbitren medidas para salirle al paso? ¿De qué izquierda estamos hablando cuando no considera prioritaria una reforma a fondo de la enseñanza pública en todos sus niveles? ¿Acaso en esta materia estamos también en el mejor de los mundos posibles? Y, sobre todo, un partido de izquierdas que no sitúe en lo más alto de sus designios la enseñanza podrá llamarse cualquier cosa menos progresista, si es que este término puede resultar salvable en los tiempos que corren tras tantas decepciones y engaños. ¿No es irrenunciable desde la óptica de la izquierda considerar la educación acaso el instrumento más útil que combata las desigualdades existentes? ¿Se quieren formar ciudadanos, o meros consumidores también de propaganda política basura? ¿Qué se piensa hacer en materia de conciertos educativos? ¿Da miedo apostar inequívocamente por una enseñanza pública de calidad y con medios?

¿Puede tener claro un votante de izquierdas, de esos indecisos que al final equilibran o desequilibran según participen o se abstengan, qué idea de España defiende Zapatero más allá de las formulaciones tópicas que nada resuelven? ¿Hacia dónde quiere ir, hacia el federalismo, hacia un pacto con el PP que intente un cerrozajo a las reivindicaciones nacionalistas, hacia un parcheo continuo a ver si libramos de ésta? ¿Hacia dónde?

Y, si de los jóvenes se trata, ¿qué pueden percibir en las propuestas de este partido, más allá de las medidas que ya conocemos?

Porque, claro, la derecha, en teoría, siempre lo tiene más fácil y más claro. Si de lo que se trata es de conservar lo que hay, el mensaje se presta a muy escasas ambigüedades.

Se diría que la principal reivindicación de Rajoy es la España de la transición, aunque, mire usted por dónde, sin consenso, con toda la crispación que haga falta, lo que no deja de ser una contradicción en sus propios términos.

¿De qué futuro nos habla el señor Zapatero en un país en el que tantas y tantas cosas están aún por resolver? ¿Sólo por el mero hecho de que la Iglesia católica española se vaya haciendo cada vez más integrista hay que votar al candidato socialista? ¿Es esa la principal razón suficiente a esgrimir?

Escaso y desolador bagaje. Paupérrima baza. Hable de futuro, señor Zapatero. Y hágalo con visión de Estado, no con la palabrería de un tendero.

El siguiente, por favor, de Javier Ortiz en Público

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

Discutir sobre el mal llamado “problema vasco” –ni se trata de un solo problema ni es exclusivamente vasco– suele ser empresa tan desagradable como poco rentable. Lo más frecuente es que ni siquiera haya ocasión de discutir, en sentido estricto. O una de las partes o las dos consideran mucho más gratificante insultarse y llamarse de todo, dando por hecha la mala fe del oponente, cuyos argumentos no se evalúan, sino que se desdeñan, sin más, para no entretenerse con zarandajas y pasar a lo esencial, que es la trifulca. Una revista satírica vasca reflejó hace años esa aburrida y descorazonadora  querencia con un titular que decía: “¿Y para qué vamos a dialogar, si podemos resolverlo a hostias?”

No me estoy refiriendo a la dificultad insuperable que presenta mantener un debate intelectual con alguien que te amenaza con matarte o con arruinarte la vida. Hablo de gente sin militancia específica, que se ha ido fanatizando –no sin ayuda, eso es cierto– hasta cubrirse con una coraza que no deja el menor resquicio a las razones que se le puedan dirigir, sea en un sentido o en el otro.

Con frecuencia, en lo único que se ponen de acuerdo ambos bandos es en considerar que quienes tratamos de abordar el problema en su contradictoria complejidad no somos sino perversos cómplices encubiertos del otro.

Hace años, cuando regresaba al trabajo tras las vacaciones de verano, solía redactar una octavilla contando mis andanzas del mes anterior. Sacaba medio centenar de copias. Cuando alguien me preguntaba: “¿Qué tal el veraneo?”, le daba una y seguía trabajando.

Llevamos tanto tiempo diciendo todos los mismo cada vez que vuelve a ocurrir lo mismo que ganas me dan de hacer lo propio: tener hecha una octavilla-tipo, y a quien me pregunte le paso una copia en la que cuente que en todo este conglomerado de pendencias se entremezclan factores históricos e innumerables afrentas y agravios que han producido heridas jamás cicatrizadas, y que jamás nos saldremos de esa espiral si no aceptamos acotar los diferentes conflictos por separado, proporcionando a cada uno soluciones realistas, fruto de concesiones mutuas, etc.

Y a esperar la siguiente.

Tagged with:

El soldadito de plomo, de Nacho Gay en El Confidencial

Posted in Medios, Política by reggio on 12 febrero, 2008

Ayer noche. 21 horas. Aparece Gabilondo tan serio y sereno como de costumbre. Nada hace presagiar la masacre que se avecina. Quince segundos después de haber dado las buenas noches, el periodista saca de debajo de la mesa un cañón de dos bocas, una ametralladora, siete granadas de mano y un par de bazookas. En lo que bien podría entenderse como un sincero homenaje al reciente retorno cinematográfico de Rambo, el periodista empieza a pegar tiros hasta que se queda solo.A Esperanza Aguirre se le caen los cuadros que tiene colgados en el salón de su casa, a Jiménez Losantos una de las granadas le quema las cejas y el resto de “políticos y periodistas españoles de cuarta fila” alcanza el búnker de milagro. Media hora antes de la entrada de Zapatero en el campo de batalla, cualquier neófito en logística y (pre)campañas bélicas hubiera intuido una sangría. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche, todos nos veríamos obligados a aceptar, sumidos en la más absoluta resignación, que nunca suele haber guerra entre dos miembros de un mismo bando.En los diez minutos largos que transcurrieron entre el final del informativo y el comienzo del cara a cara con el comandante de las tropas españolas, Gabilondo se bajó del tanque. El comienzo fue calcado al de su batalla con el aspirante al cargo: “Señor Zapatero, ¿va a ganar usted las elecciones?”. A partir de aquí, nada que ver con lo que ocurrió -mismo sitio, misma hora- el pasado jueves. La beligerancia característica del recluta vasco quedó reducida a la más mínima expresión. De hecho, durante los primeros compases del lance, la cuestión más comprometida que formuló hacía referencia a una previsible baja fidelidad del voto socialista en relación a los pasados comicios. Zapatero intuía que en este examen se iba a saber todas las respuestas, pues nunca hubo profesor más benevolente en sus preguntas.

A continuación, Iñaki puso dos bombas sobre la mesa. Primero ETA y después la crisis económica. Puso dos bombas, pero se olvidó de encender la mecha. En ningún momento hubo por su parte la más mínima intención de adulterar lo que para entonces se había convertido ya en todo un acto de campaña. Y si acaso osaba interrumpir la deriva erudita de su ‘mayor’, éste le dedicaba una mala mirada y a continuación volvía a su particular recital de discursos aprendidos.

Zapatero hizo con su oponente lo que le vino en gana. Se lució, a pesar de no decir nada. Presumió de buenos amigos y buena memoria: “Una vez Tony Blair me dijo que era difícil ser terrorista (…), pero que era más difícil dejar de serlo”. Estuvo rápido y combativo. Trabajó en todo momento con la tranquilidad de quien sabe que juega en casa. Hubo una ocasión, incluso, en la que Gabilondo pidió permiso para intervenir en el intercambio de balas.

Las suyas nunca tuvieron objetivo. Simple y llanamente, no llevaban pólvora. Las de Zapatero, sin embargo, salieron todas por la derecha. Hasta el espectador más tonto pudo leer la trayectoria exacta de cada proyectil, porque los compañeros del batallón ‘cuatrero’ de ‘Gabi’ se esforzaron por elegir muy bien las imágenes que se debían colocar en todo momento en las pantallas traseras que marcaban los límites del campo de batalla.

El discurrir de esta guerra sin guerra, transmitía la sensación de que la última legislatura española había sido un camino de rosas. El monopolio de la palabra era tal, que el espectáculo invitaba a un encuentro tempranero con Morfeo. El aborto, la relación con la Iglesia, la inmigración… Gabilondo no preparó para su oponente ni un solo campo de minas. Ni una sola emboscada. Todo el terreno estaba despejado.

Si acaso, Iñaki estuvo algo más incisivo cuando se escudó tras las preguntas que le habían hecho llegar los ciudadanos. Y, para evitar agravios comparativos -ya era tarde-, echó a su oponente un órdago de los chungos, similar al que le tiró el jueves pasado a Rajoy. Esta vez no versaba sobre capitales del mundo, sino sobre fechas relevantes de la historia. El comandante en jefe acertó pero, tras semejante entrevista, uno no podía evitar pensar que lo más probable era que Gabilondo le hubiera pasado la receta antes del lance.

Al finalizar el encuentro, ‘ZP’, vestido de luto riguroso, felicitó con un gesto de aprobación a su recluta. No se equivocó el presidente al elegir su indumentaria, porque en realidad iba al entierro de un mito. Tras más de cuarenta años sirviendo a las instituciones militares, Gabilondo -desde hace mucho tiempo parte del alto mando- dejó patente que, de un tiempo a esta parte, no es más que un soldadito de plomo al servicio de.

Vea la entrevista completa.

Tagged with:

Zapatero pierde encanto, de Pablo Sebastián en Estrella Digital

Posted in Política by reggio on 12 febrero, 2008

No sabemos qué pasará en los debates televisivos entre Rajoy y Zapatero, pero en las dos entrevistas de Gabilondo en la Cuatro el líder del PP salió mejor parado con un discurso coherente, bien construido y cercano a la verdad. Y en ello le ayudó la animadversión del entrevistador, lo que, en contra de lo que pretendía, ofreció más credibilidad a Rajoy. Sin embargo, Gabilondo con Zapatero estuvo facilón, a favor, con mentiras compartidas, y el presidente del Gobierno no salió bien parado. Más bien, al contrario, dio la impresión de dudar, de estar a la defensiva, de justificarse y sobre todo de haber perdido la inocencia y un cierto encanto del que disfrutó cuando llegó al poder. Acusando, el presidente, un serio desgaste en su persona y su política, pero sobre todo en su presunta credibilidad. Zapatero, sobre todo, aburrió, y eso ya es toda una señal.

Al final, ambas entrevistas han evidenciado lo que dicen las encuestas, el empate entre el PSOE y el PP, con el agravante para Zapatero de que él es quien disfruta y parte del poder. De ahí su empeño en criticar al PP cada vez que se le preguntaba por sus políticas y sus fracasos autonómicos, en la economía —por falta de prevención de la crisis— o en la negociación con ETA. Asunto este en el que el entrevistado y el entrevistador compartían sin el menor disimulo la mentira, obviando cuestiones esenciales: Zapatero ha sido el único presidente que se fue a negociar con ETA sin el apoyo del primer partido de la oposición y de las víctimas; aceptó la negociación política con ETA y les hizo concesiones (legalización de ANV y PCTV); mantuvo la negociación a pesar del atentado de Barajas y mintió con ello a los españoles, etcétera. De todo esto ni una sola palabra.

En la economía Zapatero siguió con su optimismo y sin querer reconocer la crisis, y en el campo autonómico le dijo a sus socios catalanes que no habrá más concesiones —ni cupo—, pero sin reconocer que, las reformas aprobadas, lejos de bajar las expectativas independentistas, las han aumentado.

Sobre todo lo demás el presidente del Gobierno no dijo ni aportó nada que ya no hubiéramos oído en los últimos días. Además habló sin parar con su discurso premeditado de autobombo, pero sin transmitir seguridad, ni el menor entusiasmo, porque carece de proyecto político, y porque cuando habla de consensos carece de la menor credibilidad. Y eso que su amigo y entrevistador no le habló de la memoria histórica, la guerra civil, la nación española, la unidad nacional, la bandera y todos los signos de identidad. Y faltó, una vez más, a la verdad cuando dijo que un español puede estudiar en castellano en Cataluña.

El presidente, vestido de negro, quiso aparentar un cisne en el lago plácido de sus sueños, pero se pareció más a un torpe palmípedo fuera del agua. Ni siquiera se atrevió a anunciar una reforma de los acuerdos con la Iglesia, después de tanto despotricar, y recogió velas sobre la emigración, temeroso Zapatero de que ese asunto beneficie al PP.

Al día de hoy nadie sabe lo que va a pasar en estas elecciones, pero ayer no se despejó la incógnita sino que más bien se confirmó la tendencia de cierta recuperación del PP camino del empate total, y más adelante veremos si la cosa queda ahí o si, al final, la tortuga del PP adelanta a la liebre. Algo que no es fácil de imaginar, sobre todo si el quelonio de Rajoy no se decide a avanzar por el centro del recorrido (frenando en seco, por ejemplo, todos los ataques de sus compañeros a Gallardón), donde ninguno de los dos está en condiciones de presentarse como el líder del consenso y la moderación. Zapatero declaró ayer que nunca se ha fumado un porro, pues la verdad es que si se lo hubiera fumado antes de la entrevista el encuentro no le habría salido tan mal.

Tagged with: