Reggio’s Weblog

Viento de las Antillas, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Economía by reggio on 24 febrero, 2009

1. Se insiste estos días en las dificultades que sufren las empresas por las restricciones crediticias de los bancos. No hay ninguna duda de que el crédito se ha puesto duro y difícil. O si se prefiere, que los bancos han dejado de darlo con la ligereza con que se dio en otros momentos. También es cierto que a nadie debe sorprender que los bancos quieran asegurar el cobro de los créditos que conceden. Lo que debería considerarse anormal es precisamente lo contrario: que los mecanismos de control se relajaran como ocurrió en estos años en que se quiso creer que todo era posible. Pero cuando se oye que la empresa tal o la empresa cual ha tenido que cerrar por falta de crédito, habría que dar la información completa, porque en muchos de estos casos lo que ocurrió es que el banco denegó el crédito porque el empresario que lo pidió no quiso avalarlo con su patrimonio.

Me decía un amigo notario que ésta es una de las grandes diferencias que ha notado entre la crisis de hace 20 años y la actual. Entonces, los empresarios trataban por todos los medios de salvar la empresa en apuros. Y sólo cuando lo veían imposible la dejaban caer, a menudo con serias pérdidas personales, para cerrarla dignamente. Ahora, en cuanto la situación se tuerce y el crédito no llega, van al concurso de acreedores y tan campantes. Es un fruto natural de la cultura de la irresponsabilidad propagada durante estos últimos años. Por una parte, se ha adquirido el hábito del crédito fácil. Con el dinero prestado es menos complicado hacer políticas empresariales arriesgadas, que nos contaron que era el gran mérito de los nuevos emprendedores (un mito, del que por cierto hace meses que no oigo hablar). Cuando el dinero no llega, se cierra y a otra cosa. Costará mucho recuperar los viejos hábitos del compromiso del empresario con su proyecto y con las personas a las que ha embarcado en él, porque los años del dinero fácil han sido también los años de la crítica a cualquier propuesta de control y de regulación y del sarcasmo sobre cualquier idea de responsabilidad social y sobre cualquier política orientada a ciertos grados de equidad. Han sido años en que ha desaparecido de la agenda la idea de interés general y se ha convertido en verdad insuperable el viejo tópico de que el interés general es el resultado del comportamiento de los individuos guiado cada uno de ellos por el interés personal. Las sociedades avanzadas del primer mundo han convertido este ejercicio de alquimia en verdad insuperable: el mercado siempre tiene razón, siempre expresa el interés colectivo. Y por si alguien tenía la tentación de mirar a otra parte, desde dentro y desde fuera se practicó el desprestigio sistemático del Estado y de la política. Los políticos quedaron reducidos al papel de chivo expiatorio de la sociedad. Toda la normatividad social, los criterios culturales y las pautas de comportamiento emanaban de la economía.

Ahora, de pronto, empieza a oler a humo. Algunos tienen ya pesadillas con barrios periféricos incendiados. Y de pronto vuelve a escena el viejo discurso de la cohesión social. Se habían olvidado de ella porque el dinero lo tapaba todo, pero ahora que no alcanza hay que volver acordarse. Sarkozy, siempre el más rápido en salir a la palestra, aunque después su discurso no se concrete en nada, alarmado por las huelgas generales de las colonias de ultramar -Guadalupe y la Martinica- y por el ascenso en las encuestas del cartero mileurista Besancenot con un discurso anticapitalista y antielitista que parecía que ya no volvería nunca más, ha salido a escena para calmar a las principales víctimas de la crisis, las que se quedan sin trabajo y sin recursos. El populista Sarkozy -que se impuso al resto de los líderes de la derecha presentándose como la persona ajena a las élites que acabaría con los vicios de éstas- se encuentra ahora con el riesgo de ser arrastrado por un furor antielitista. Francia, quizá porque acostumbra a ser la que mejor resiste las crisis, siempre pionera en la conversión de los acontecimientos en metáforas, nos ofrece un verdadero retablo de la confusión. No es más que la estilización de lo que ocurre en los demás países europeos: desconcierto, sensación de pesimismo, malestar generalizado contra las élites tanto políticas como económicas, miedo al futuro. Porque, acabada la fiesta, el poder económico -y especialmente en estos momentos el financiero, al que se le cargan casi todos los males- vuelve a estar en el punto de mira.

2. En estas circunstancias, es perfectamente comprensible, aunque pueda parecer ingenuo después de tantos años en que el dinero ha sido la única vara de medir, que nueve intelectuales antillanos, herederos de la tradición de Aimé Cesaire, en un manifiesto en defensa de los huelguistas de Guadalupe, escriban: “Detrás del prosaico poder adquisitivo o del cesto de la compra, se perfila lo esencial que nos falta y que da sentido a la existencia, a saber: lo poético. Toda vida humana un poco equilibrada se articula entre, por una parte, las necesidades inmediatas de beber-sobrevivir-comer (es decir, lo prosaico), y por otra, la aspiración a la plenitud de sí, donde la alimentación es de dignidad, de honor, de música, de canto, de deporte, de danza, de lectura, de filosofía, de espiritualidad, de amor, de tiempo libre afectado al cumplimiento de un gran deseo íntimo (es decir, lo poético)”. Algo de esto están diciendo los ciudadanos cuando, como señalaban diversos medios de comunicación este fin de semana, la cultura se perfila como uno de los ámbitos en que la gente encuentra refugio en estos tiempos confusos. Se ha hablado de la cultura que ha hecho posible esta crisis. Ahora es importante poner el énfasis en los cambios en las pautas culturales que esta nueva situación puede generar. Creo que hay que abandonar la idea de crisis, porque es una idea conservadora: pretende que estamos en un momento de estancamiento después del cual volveremos al desmadre anterior. Me parece que hay que pensar en términos de cambio de paradigma. Y un cambio de paradigma supone una modificación de los criterios culturales y sociales de referencia. No estaría mal que el ciudadano NIF -contribuyente, consumidor y competidor- encontrara espacios para ganar en complejidad, más allá de las exigencias del dinero, como medida de todas las cosas. Conozco la respuesta cínica: no todo el mundo puede pagarse una poética. Generalmente, los que lo dicen lo tienen todo pagado.

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La segunda factura, de Josep Ramoneda en Domingo en El País

Posted in Política by reggio on 15 febrero, 2009

A Mariano Rajoy le ha caído la segunda factura de Aznar. La primera fue la guerra de Irak que le impidió ganar las elecciones y le metió en una legislatura en la que el PP operó sin espacio para la cordura. La segunda llega ahora en forma de sospechosas tramas de corrupción, trabadas en los años felices en que la derecha creía que todo le estaba permitido.

Está demostrado que la especie humana no acumula y repite errores sin que las lecciones del pasado sirvan de nada. El PP ha reaccionado del mismo modo que el PSOE en los tiempos de Filesa o de los GAL: intentando tapar las malas noticias con el socorrido recurso a las teorías conspirativas. Poco importa poner de vuelta y media a las instituciones del Estado, ya sea el Poder Judicial o el Ejecutivo. A los responsables políticos, cuando se sienten acorralados, les tiene sin cuidado la reputación de las instituciones. Pero Rajoy debería haber aprendido de experiencias anteriores que si hay delito, si el dinero pasa por circuitos indebidos y sirve a intereses ilegítimos, se acaba sabiendo. Con la resistencia a afrontar el problema no sólo no se salva el honor sino que se pierde el prestigio. En vez de hacer limpieza y llegar hasta donde sea necesario en el interior de su partido, Rajoy -bajo la inspiración de la incombustible Rita Barberá- se fotografía en familia, en un entrañable retablo de cordiales enemigos, como si las acusaciones, por el hecho de cerrar filas, fueran menos graves.

Es cierto que Bermejo y Garzón -otros que parecen no haber aprendido del pasado- han aportado una baza que ha permitido a la derecha aliviar su situación por unas horas. ¿Cómo se les puede ocurrir al ministro y el juez irse juntos de cacería, con la que está cayendo? Transmiten, con este gesto, una sensación de impunidad especialmente grave. Ni los jueces ni los ministros están por encima del bien y del mal. Bermejo ha cometido un error político grave, que Zapatero debería tener en cuenta. Y Garzón, una ligereza que puede complicar absurdamente el discurrir judicial de este procedimiento. Y de ello sólo los responsables de la trama sacarán ventaja.

Se equivocará Rajoy, sin embargo, si ve en esta baza su salvación. Los delitos son delitos independientemente de que el juez tenga un patinazo. Y, por tanto, si hay trama delictiva la habrá en cualquier caso. Siempre ha sido de tontos despistar a la ciudadanía centrando la atención en el dedo, para que no se dé cuenta de que la luna está podrida.

Por lo demás, hay un principio que todo responsable debe conocer: el enemigo está en casa. No conozco, en 30 años de democracia, ni un sólo escándalo político en el que la garganta profunda no haya salido del propio partido afectado. Rajoy puede pretender que la opinión pública mire a otra parte. Pero debe saber, y si no lo sabe difícilmente podrá defenderse, que si las malas noticias abruman a su partido es porque hay en su interior una guerra sin cuartel con un objetivo claro: que no sea candidato a las próximas elecciones. Y sería absurdo que el PSOE promoviera esta movida porque difícilmente puede aspirar a tener mejor rival que Rajoy, que en plena crisis todavía no ha conseguido el sorpasso.

Como se ha dicho estos días, la fiesta se acabó. Los años del despilfarro y el dinero fácil han quedado atrás. Y esto también vale para los partidos políticos. Las tramas que merodeaban al PP y se enriquecían en su torno ven cómo el negocio declina, porque no hay dinero para seguir especulando con el suelo y continuar con la alegría de las recalificaciones y las promociones sin límite. Y cuando esto ocurre, las posibilidades de reparto se reducen y llega la hora de los cuchillos largos. Esto es lo que está ocurriendo en las proximidades del PP.

En fin, una vez más nos topamos con la sombra de la financiación de los partidos políticos. Son ellos los que tienen que regularla. Y no son capaces de hacerlo. En tiempos de restricciones para todos, darían buen ejemplo si acabaran con el despilfarro de las campañas y con el descontrol en el uso de sus recursos. Pero, por lo visto, el negocio es tan grande que bien merece la pena sufrir un escándalo de vez en cuando. O por lo menos esto es lo que los mortales podemos deducir a la vista del poco interés en resolverlo. Ya son muchos los líderes que han visto embrutecida su carrera por estos asuntos de dinero. Y, sin embargo, no les parece motivo suficiente para ponerse de acuerdo y acabar de una vez con esta lacra. ¿Por qué será?

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Eluana y los cuervos, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Política, Derechos, Religión, Libertades by reggio on 10 febrero, 2009

– 1. La actuación de Berlusconi y del Vaticano en el llamado caso Eluana, la joven italiana que consiguió morir ayer, es un ejemplo más del desprecio de los poderosos por la condición humana. El Vaticano ya nos tiene acostumbrados. Desde sus posiciones obstruccionistas en la lucha contra el sida hasta su reiterado rechazo a determinadas técnicas de reproducción asistida, una y otra vez, las autoridades religiosas dejan claro que los dramas personales no tienen para ellos ninguna importancia al lado de los dogmas de su creencia. La voluntad de Dios, de la que se arrogan la interpretación sin ninguna vergüenza, está muy por encima de los sufrimientos de las personas. Es más, la imagen que su acción transmite es la de un Dios cruel cuya vanidad se satisface viendo como las personas lo pasan mal. Y lo único que le saben decir a la familia Englaro es que dediquen su sufrimiento a Dios y que confían en “las curaciones milagrosas”. La púrpura papal hace estragos: da apuro ver a un intelectual como Ratzinger predicando la salud de los curanderos.

Tampoco de Berlusconi nos sorprende. Basta oír sus gracias sobre las mujeres o sobre los inmigrantes para ver que su relación con el Otro pasa por el desprecio del que cree que todo le está permitido. Pero su actuación en el caso Eluana supera todos los precedentes. En su lucha contra los poderes del Estado, para instalar un régimen populista de derechas, Berlusconi utiliza sin escrúpulo un drama personal que ha provocado una gran conmoción en Italia. Que Eluana siguiera viva o muerta no era el problema de Berlusconi. Ha visto en este caso la oportunidad de seguir con su proceso de destrucción del Estado democrático italiano y ha cogido la misma bandera que el Vaticano. Después de haber destruido la libertad de expresión con su monopolio mediático, después de haber dejado por los suelos a la justicia italiana cambiando la ley permanentemente para garantizarse la impunidad, ahora quiere cargarse los últimos contrapesos del sistema, empezando por la presidencia de la República, por la negativa a firmar el decreto que impide la muerte de Eluana Englanaro. Hasta Giulio Andreotti ha salido en defensa de Giorgio Napolitano, que ha negado su apoyo una ley inconstitucional. Berlusconi va a por la Constitución. Con la emotividad del caso Eluana como coartada. Utilizando la desgracia humana para sus designios políticos, demuestra a todo el que quiera entenderlo que su voluntad de poder no tiene límites, y que ni siquiera el ámbito más privado queda fuera de ella, y, por supuesto, que el drama de una persona es irrelevante frente a la voluntad política. Cuando el poder invade la intimidad, aunque ésta esté protegida por el Tribunal Supremo, algo grave acontece: el tufo a totalitarismo es indudable. La alianza del dinero y el altar contra una indefensa familia, que ha respetado la ley hasta el último momento, y que cuenta con que la justicia le ha dado la razón, es estremecedora. ¿Qué enfermedad vive la sociedad italiana que es incapaz de reaccionar ante el dominio berlusconiano? ¿Tan pesada es la herencia del sistema triangular de posguerra: el Vaticano, la mafia y el partido comunista?

– 2. Pero, evidentemente, el caso Eluana lleva incorporados otros debates. Por ejemplo, el de la independencia de los poderes, porque Berlusconi lo que está haciendo, ni más ni menos, es enfrentarse al Tribunal Supremo, impedir el cumplimiento de una sentencia de éste. Nada sorprendente en un presidente que se ha dedicado sistemáticamente a burlar la ley con cambios legislativos para no acabar en la cárcel. Mario Conde y Silvio Berlusconi iniciaran sus andanzas en política por la misma época, en los años de impunidad anteriores a la crisis de la década de 1990. Mario Conde ha pasado un montón de años en la cárcel, Silvio Berlusconi preside el Consejo de Ministros. La superioridad del Estado derecho español sobre el italiano parece manifiesta.

Pero este caso presenta también la cuestión del papel de la Iglesia en la escena pública. Si el uso del caso Eluana por parte de Berlusconi busca la reforma constitucional, el uso de este caso por parte del Vaticano busca el retorno de la Iglesia a la escena política. Ha sido uno de los empeños del cardenal Ratzinger desde que llegó al poder, expresado en el mal leído discurso de Ratisbona, en que invitaba a las religiones del libro a volver a la escena pública.

Sin ninguna duda, la Iglesia como cualquier otra institución privada tiene todo el derecho a expresarse en el debate público. Como cualquier otra institución con su palabra contribuye a configurar los estados de opinión, que se van formando en el intercambio comunicacional a muchas voces. Es, por tanto, perfectamente legítimo que la Iglesia se manifieste en este caso como en cualquier otro. Es su opinión, que como tal queda sobre la mesa, susceptible de ser sometida, como todo, al análisis crítico de la razón. Se supone además, pero esto es una cuestión interna que no nos concierne a los demás, que la palabra de la jerarquía eclesiástica debe tener eficacia directa sobre sus feligreses. Aunque, a juzgar por la evolución de la opinión pública, o éstos son pocos o cada vez hacen menos caso a sus jefes. Pero lo que no puede pretender la Iglesia es que su palabra, con la coartada de hablar en nombre de Dios -técnicamente, de blasfemar-, quede fuera del juicio crítico. Porque se empieza alzándose sobre los hombres con el argumento de que su palabra es divina y se acaba convirtiéndolos en pura nada, carne de cañón para la gloria de Dios. Es la negación de la humanidad del hombre, que algunos han descubierto viendo Camino.

Eluana murió mientras Berlusconi y el Vaticano libraban a su costa una batalla contra la Constitución el primero, para ocupar la escena pública, el segundo. Aquí no hay debate, hay simple y llanamente abuso de poder. Pero ya se sabe que forma parte de la cultura del poder recordar a las personas su insignificancia, meros instrumentos al servicio de los grandes designios. Por sus obscenidades les conoceréis.

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El retorno a la tribu, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Política, Economía by reggio on 5 febrero, 2009

“Job British Workers First”, las movilizaciones de trabajadores británicos pidiendo prioridad a la hora de adjudicar puestos de trabajo son un signo premonitorio de uno de los peores efectos que la crisis puede traer: el retorno del patriotismo proteccionista. Y lo digo así, porque de nada sirve poner por delante palabras como xenofobia y racismo. En Italia, donde la derecha ha cultivado sin escrúpulo, en este caso sí, la xenofobia, el problema viene de lejos. En España, mientras el paro se desboca, las encuestas empiezan a dar señales preocupantes de rechazo a los inmigrantes. La última, del CEO, cifraba en un 40% el número de catalanes hostiles a la inmigración.

Los que hace tan solo unos pocos días eran imprescindibles en un país que crecía al galope, ahora son un estorbo. El paro empieza a afectar significativamente a los españoles, y para muchos de ellos los inmigrantes son competidores directos para la conquista de un bien escaso como es ahora el trabajo. Es difícil en estas circunstancias que se reconozca que los inmigrantes han sido los primeros en pagar injustamente con el paro los pecados de los que provocaron la crisis. Y que precisamente porque han sido ellos los primeros, la conflictividad hasta ahora ha sido muy escasa. Y de poco sirve también recordar que muchos de estos inmigrantes recogieron trabajos que los autóctonos no querían y que, sin embargo, eran imprescindibles para que la rueda siguiera girando. En este momento, la realidad y la amenaza del paro dejan poco margen para los argumentos serenos. Y a menudo es más fácil convertir al paria en objeto de nuestras frustraciones que plantar cara a los poderosos. Pronunciando la exclusión de los otros, tenemos la sensación de ser alguien. Es el camelo nacionalista. La especie humana es especialista en engañarse a sí misma para sobrevivir.

Se puede comprender la desazón con que viven algunos españoles -sin trabajo y con la vivienda cercada por la hipoteca- una crisis que, como todas, es tremendamente injusta en el reparto de sus crueles consecuencias. Pero lo que es inaceptable es que los dirigentes políticos y sociales -portadores de responsabilidades colectivas- aprovechen este malestar para capitalizarlo políticamente dando carta de naturaleza, ahora sí, al racismo y a la xenofobia. Es un error moral, por supuesto. Pero no voy a entretenerme en ello para no dar, al coro de intelectuales conservadores, la fácil coartada de la crítica al buenismo. No deben estar muy seguros moralmente si tienen que legitimarse llamando buenistas a quienes claman contra el racismo. Y no debe ser cómodo compartir argumentos con personajes como el ministro del Interior italiano, Maroni: “Con los clandestinos hace falta ser malos, no buenistas”.

Más allá de las razones morales están las políticas y económicas. Y el proteccionismo patriotero sería un desastre en ambos campos. La respuesta del neoliberalismo no hay que encontrarla en la reconstrucción de los bastiones nacionales sino en el cosmopolitismo reformista, que pasa por el refuerzo de las instituciones políticas a escala global y por la capacidad de éstas de controlar y regular al poder económico. Mal nos adaptaremos a un cambio de paradigma si regresamos a las tentaciones endogámicas y a las lógicas de exclusión del pasado. Pero la tentación es grande para los políticos y lo será más cuando se vayan acercando las citas electorales.

Cuando de conquistar el poder se trata, siempre hay gente dispuesta a saltar sin escrúpulos sobre las bajas pasiones de la ciudadanía. Y esto sí que es democráticamente inadmisible, porque la primera obligación de un líder demócrata es defender los valores de la democracia. Y el racismo y la xenofobia no figuran entre ellos. En una legislatura tensa como la anterior, figura, sin embargo, en el haber de Rajoy el no haber recurrido apenas al populismo contra la inmigración. Lo cual no venía garantizado por los antecedentes: Aznar utilizó indecorosamente el conflicto de El Ejido como trampolín para su mayoría absoluta. Esperemos que las frustraciones de la actual crisis interna del PP no lleven a Rajoy a cambiar su conducta. Y que ponga en su sitio a los que, en su partido, intenten hacerlo. Por lo que hace al Gobierno, la ridícula consigna “consuma productos nacionales” no es precisamente un buen augurio. El ruido de la tribu suena para todos. Esperemos que los nacionalistas periféricos se dejen llevar también por esta música. En cualquier caso la alternativa al mal llamado neoliberalismo que nos ha llevado a este desastre no puede ser nunca el proteccionismo: ni el económico ni el ideológico o patriótico.

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La gran inundación, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Posted in Economía by reggio on 1 febrero, 2009

“El problema no es nuestro, sino de la economía”. Esta frase es de un portavoz de la Confederación de Cajas, pero podría ser perfectamente de cualquier responsable económico o político. Es la mentalidad con que unos y otros han afrontado la crisis. Los responsables económicos -especialmente del mundo financiero, principal causante del desastre-, para eludir las enormes responsabilidades contraídas. Los responsables políticos, para disimular su impotencia, su incapacidad para regular y controlar los desmanes del dinero y para liderar con autoridad la difícil travesía de la recesión.

Desplazar el problema sobre un ente abstracto llamado economía que carece de nombre, apellidos, domicilio o razón social consagra la irresponsabilidad como un vicio sistémico. Pero en el fondo responde a una concepción muy arraigada de la economía, que encuentra en metáforas utilizadas con escaso rigor, como la mano invisible, la coartada teórica para justificar cualquier comportamiento de los actores económicos. Esta concepción de la economía, acompañada de un discurso de descrédito permanente del Estado, como si se tratara de deslegitimarlo para regular y sancionar, ha contribuido poderosamente a la cultura de impunidad. Uno de los productos de esta cultura ha sido el mito de los independientes. Los directores de los bancos centrales y de los organismos reguladores tenían que ser personajes independientes del poder político, por supuesto. Pero poco importaba que provinieran del poder económico y volvieran a él cuando terminaba su gestión. Con las cartas tan marcadas no es extraño que ahora sean los propios pecadores los que pretendan imponernos la penitencia. Los sindicatos tienen toda la razón cuando dicen que el origen de esta crisis no está en el mercado laboral y que no es aceptable que se haga pagar a los trabajadores las frivolidades de otros.

Con todo, lo más irritante es que el poder político esté tan impregnado de este discurso que atribuye la crisis al poder demoledor de un ciclón llamado economía. El presidente del Gobierno, que desde las primeras turbulencias ha tenido la actitud defensiva del marido que se siente señalado por su mujer y finge no saber muy bien de qué es culpable, ha encontrado en la gran tormenta americana la coartada permanente para su imprevisión. El pasado lunes, en televisión, reiteró un mensaje de paciencia y esperanza como única fórmula para cruzar el oscuro túnel de 2009. Esta actitud resignada contrasta con el entusiasmo con que, en tiempos bien recientes, proclamaba sus éxitos económicos. Cuando las cosas van mal, es el fatalismo de la economía; cuando van bien, es gracias a las políticas del presidente. La oposición, que, a pesar de las torpezas del Gobierno, no ha encontrado el tono para tomar la iniciativa en ningún momento, monta una conferencia para relanzar su mensaje, y su presidente, Mariano Rajoy, pone como ejemplo ante los suyos a tres voluntarios de un comedor social. Compasión y solidaridad como forma de respuesta a la gran inundación.

Con esta mentalidad tan deprimida, ¿cómo pueden los políticos hacer entender a los banqueros que el flujo de dinero es necesario para que la sociedad viva y que, por tanto, tienen exigencias de servicio público, como las tienen las empresas de agua o de electricidad? Me gusta la ironía del Financial Times: señores banqueros, si han sido rescatados con dinero público no es porque les amemos, sino porque les necesitamos. O sea, obren en consecuencia.

Y, sin embargo, el fatalismo se puede combatir. Lo ha demostrado Obama levantando a la sociedad americana de su frustración. Su ofensiva económica contiene un enorme plan de medidas inmediatas contra la crisis, pero también una apuesta por una nueva economía energética y tecnológica que mira a medio y largo plazo, pero con un calendario que lleva sello de urgencia. Mientras, en España, las buenas palabras de Zapatero, que en tiempos de bonanza bastaban para contentar a la ciudadanía, resultan ahora muy marchitas. Y el coraje que el presidente exhibió para estar en la reunión del G-20 desapareció una vez conquistada la silla. El PP, en vez de aparecer como alternativa, se desacredita en una miserable lucha interna por el poder y el dinero. Así estamos cuando las cifras del paro avisan de que la crisis económica está a punto de convertirse en una crisis social de envergadura. ¿Tienen pensada alguna cosa más que enviar a la Guardia Civil cuando la conflictividad estalle?

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El ‘bus ateo’ como síntoma, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Política, Religión by reggio on 13 enero, 2009

Que el llamado “bus ateo” sea motivo de polémica dice mucho sobre la escasa tradición liberal de este país, consecuencia del extraordinario peso del comunitarismo tanto en su versión religiosa como en su versión identitaria. Una asociación privada ha decidido gastarse un dinero para que dos líneas de autobuses lleven un anuncio que dice así: Probablemente Dios no existe, deja de preocuparte y disfruta la vida. En los buses hemos visto de todo, anuncios de películas y espectáculos, carteles electorales, mensajes comerciales y otros intentos de quedarse con el personal. Los anunciantes reservan el espacio, pagan y si no hay nada ilegal en la propuesta, por mucho que el bus sea un servicio público, (también lo es la televisión) poco hay que objetar. Afortunadamente, no vivimos en una dictadura católica como era el franquismo ni en un régimen fundamentalista. Los promotores de la polémica campaña no violan ninguna ley, no cometen ningún delito, tienen el mismo derecho a poner este anuncio que los que hacen cualquier otro tipo de propaganda política, religiosa o ideológica. Hay asociaciones antiabortistas, por ejemplo, que nos bombardean publicitariamente por tierra, mar y aire. Tienen todo el derecho. Como me parece perfectamente lógico que algunos cristianos se sientan interpelados y contesten por el mismo procedimiento.

Con la globalización, las religiones han perdido los monopolios territoriales y el mercado de las almas se ha puesto extremadamente duro y competitivo. Son tiempos difíciles para todos, también para las religiones. Aunque, sin duda, sabrán sacar partido de la coyuntura porque como es conocido su mejor caldo de cultivo son las desgracias de los humanos. Por los clásicos sabemos -quizá por John S. Mill, más que por cualquier otro- que lo importante no es que la religión sea verdadera, sino que sea útil. Y en estos momentos hay religiones con problemas para convencer de su utilidad.

A mí, personalmente, el texto de este anuncio, presuntamente ateo, me parece ridículo. La palabra “probablemente”, que encabeza el anuncio, podría hacernos pensar en unos ateos tan sensibles al temor de Dios que son muy prudentes al negar su existencia. Pero, en realidad, nuestros ateos locales no han hecho más que traducir el anuncio que una asociación inglesa puso en los autobuses, en un contexto en que la palabra “probablemente” respondía irónicamente a otro mensaje publicitario. La frase es entre tópica e ingenua, anclada en la presunción de que los creyentes no pueden gozar de la vida. Ni la creencia ni la increencia garantizan la felicidad. Pero además, en un país católico como éste, todos sabemos el gusto que da comer la fruta prohibida. Afortunadamente, para el bien de la convivencia, abundan los pecadores.

Pero si arcaico y desplazado es el texto del anuncio, también lo son algunas de las reacciones y respuestas, que corresponden inevitablemente al guión de las ideologías comunitaristas. El peso de la religión católica en el pasado ha sido tan alto que, en el fondo, al no creyente se le ha tolerado pero nunca ha sido plenamente reconocido. Siempre ha sido considerado un ser en falta. Por parte de los funcionarios de Dios, por supuesto, que, hablan siempre con la impunidad y la arrogancia del que se cree con derecho a salvar a los demás. Pero también por parte de importantes sectores ciudadanos que ven el catolicismo como una pieza clave de la sopa nacional. Un montón de veces hemos oído la advertencia de no herir la sensibilidad de los cristianos. Nunca nadie se ha preocupado por la sensibilidad de los no cristianos, como si por el hecho de ser ateos no tuvieran sensibilidad, estuvieran más cerca de las bestias que de los hombres. Y, sin embargo, los medios van llenos de declaraciones de autoridades religiosas que son una verdadera ofensa para cualquier sensibilidad ya ni siquiera atea, simplemente agnóstica.

Hemos oído repetir que racionalmente no se puede ser ateo porque no es posible demostrar que Dios no existe. La experiencia, es decir, este territorio que se forma cuando el sujeto entra en contacto con la realidad, me ofrece cada día montones de pruebas de que Dios no existe; en cambio, no he visto todavía ninguna que me haga pensar lo contrario. Y en todo caso si existiera, este Dios que permite atrocidades, como vemos todos los días, muchas de ellas ejercidas en su nombre, no merece, desde luego, ser respetado ni adorado. Ya lo decía Norman Manea, a través de uno de sus personajes literarios, “el gran guionista de los cielos nos ha contratado para eso”: para distraerse con la tragedia de la muerte. Pero obviamente toda experiencia es subjetiva, por tanto, comunicable pero no susceptible de ser transferida a los demás. Cada cual tiene la suya.

En los argumentos leídos estos días en torno al anuncio trasluce también la eterna apelación a lo nuestro. Hay cosas como la religión católica que, por ser nuestras, de toda la vida, merecen una consideración y una protección especial. Y hay elementos extraños como los ateos que no tienen por qué venir a enredar. Nada raro en un país en que los liberales se cuentan con los dedos de una mano y en que las ideologías comunitaristas han campado siempre a sus anchas. Es un país con tendencia a estrechar, a empequeñecer el espacio de lo posible. Acostumbrados a funcionar sobre sobrentendidos, sobre espacios compartidos de los que nunca nadie acaba de definir qué se comparte y hasta dónde se comparte, la impertinencia de negar a Dios, aunque sea sólo probablemente, resulta extravagante.

De esta necesidad de controlar el perímetro de lo socialmente digno de ser reconocido, adolecen las reacciones a esta campaña. Ni el mensaje me parece especialmente brillante, ni creo que el debate ideológico tenga que hacerse a través de los anuncios de los autobuses u otros soportes parecidos. Aunque bien es verdad que también las campañas electorales pasan por ellos. Estamos en tiempos de eslóganes y de propaganda, y no se puede reprochar a un grupo de ateos que acuda, para explicar su buena nueva, a los mismos recursos técnicos que los que propagan la buena nueva de que Dios existe, de que el aborto es un crimen o de que el detergente X lava más blanco. Al fin y al cabo, son distintas formas de relato y de representación de las que también vive el hombre.

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Un año electoral, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Política by reggio on 8 enero, 2009

La sorprendente decisión del lehendakari Juan José Ibarretxe de convocar elecciones en el País Vasco para el mismo día que el presidente Pérez Touriño había escogido para las gallegas demuestra que ni siquiera el más iluminado de nuestros gobernantes es ajeno al maniobreo político. Cuando a un político le entra el pánico de la derrota se le disparan todo tipo de ocurrencias. Por mucha crisis que padezcamos, estamos en año electoral y para los políticos las elecciones son siempre prioritarias. En realidad, las prisas que han sobrevenido al presidente Rodríguez Zapatero para resolver la financiación autonómica, después de año y medio sin mover un dedo, y la dadivosidad de la que está dando muestras, creando un nuevo fondo de compensación después de reunirse con cada presidente, tienen mucho que ver con la proximidad electoral.

Zapatero afronta el triple envite (elecciones gallegas, vascas y europeas) en mejor posición que Rajoy. Confirmando un hábito del electorado español, al subir el paro el partido socialista ha recuperado la ventaja perdida en los sondeos, porque la ciudadanía no se fía de la voluntad protectora del PP. Despertado del sueño de la España sin crisis, el presidente ha entrado en un brote de activismo que ha pillado al PP sin capacidad de respuesta. Además, el debate sobre la financiación ha abierto una fractura en la derecha, entre los presidentes autonómicos, que como es obvio quieren más dinero y han visto las ganas de Zapatero de complacer a todos, y Rajoy, que se ha quedado solo en la crítica al modelo propuesto por el Gobierno.

Sin duda, Rajoy es quien más se juega en estas tres elecciones encadenadas, por su precaria posición al frente del PP. El sector del partido y los medios de comunicación que fracasaron en el Congreso del PP en Valencia, tienen su esperanza puesta en que Rajoy no supere esta secuencia electoral. A la defensiva, el presidente del PP ha ratificado a Mayor Oreja como candidato a las elecciones europeas. Un gesto de alto riesgo: es cierto que si Mayor no gana, Rajoy podrá hacer corresponsables de la derrota a todos aquellos que le acusan de pérdida de principios y de poca contundencia en la labor de oposición. Pero habrá perdido. Y si Mayor gana, los críticos lo interpretarán como una demostración de que la estrategia acertada pasa por la dureza en la crítica y la radicalización ideológica e intentarán forzar a Rajoy a volver a las andadas o a irse a casa.

Zapatero afronta las tres elecciones desde tres perspectivas distintas. En Galicia se trata de continuidad: de ratificar al actual Gobierno de izquierdas. En el País Vasco es la oportunidad del cambio, con un Patxi López que, aunque menos ruidoso que otros socialistas autonómicos, es más independiente de lo que muchos piensan. En las europeas, se trata de aguantar el envite. Son éstas unas elecciones que se prestan mucho al voto de castigo al Gobierno. Y puede darse además una participación patética, después de la experiencia del referéndum europeo que no sirvió para nada. La autoestima de Zapatero se resentiría de una derrota a poco más de un semestre de la presidencia europea.

La campaña electoral vasca empieza con un episodio inusual: los dos principales candidatos, Ibarretxe y López, sentados en el banquillo de los acusados por cooperación en un delito de desobediencia al Supremo por haberse reunido con la ilegalizada Batasuna. Me parece un caso flagrante de invasión del terreno político por el poder judicial. Vamos mal si los dirigentes políticos tienen que someter su agenda a la consideración de los jueces. Nadie puede impedir a un gobernante que se reúna con quien considere necesario por razón de gobierno. Para poner un ejemplo: ¿alguien cree que se conseguirá una tregua en Gaza sin que nadie se reúna con Hamás? Ibarretxe ha buscado un juicio espectáculo, con infinidad de testimonios, para explotar una vez más el perfil de víctima del Estado español. Pero la presencia del socialista López a su lado limita el margen para la demagogia del lehendakari, a la vez que refuerza el carácter polivalente del PSE. Paradójicamente, es poco probable que de estas elecciones salga la coalición de Gobierno preferida por los ciudadanos vascos: PSE-PNV. Sin embargo, con cambio de lehendakari, probablemente sería la opción más razonable y la más estable. Pero pesan los prejuicios, las cuestiones personales y los mecanismos clientelares.

Tres elecciones, dos de ellas autonómicas, marcarán el año político, a pesar de la crisis. Es una confirmación de la complejidad del demos español: una nación, con varias naciones inscritas.

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La era de la inocencia, de Josep Ramoneda en Domingo de El Pais

Posted in Política, Economía by reggio on 4 enero, 2009

Nadie es culpable. Pasan los meses, la crisis económica va cubriendo etapas. Y nadie se siente responsable de lo que ha ocurrido. Y menos que nadie los banqueros, financieros y empresarios que la provocaron. Hasta hoy, sólo uno de los protagonistas, el estafador Madoff, está bajo arresto domiciliario. Y sólo uno de los presuntos reguladores, el ex presidente de la reserva federal Alan Greenspan, ha insinuado una cierta autocrítica. Los demás, todos miran a otra parte. En el colmo del cinismo ha llegado a decirse que la culpa era de los ciudadanos que se habían hipotecado por encima de sus posibilidades. Que también tienen su responsabilidad, sin duda, pero en cualquier caso serían el último eslabón, el menos exigible, de la larga cadena.

“Moriremos ahogados en un diluvio de inocencia”, decía Günther Anders, después de Hiroshima. Cuando los responsables ni conocen ni reconocen los efectos de sus actos todo es posible: si no saben lo que hacen pueden hacer las peores cosas. Ésta es la triste lección que un sector de las élites del primer mundo ha dado en estos años delirantes. Y si nadie reconoce los errores es por una razón muy simple: banqueros y políticos, especialmente en Estados Unidos, han aunado esfuerzos en la construcción de este sistema sin responsables. Del mismo modo que se atacaba a Irak sin querer ni siquiera pensar los efectos del ataque, cantando victoria mucho antes de tiempo, se montaban delirantes pirámides y productos financieros sin querer pensar que llegaría el día en que no podrían responder de todo ello. Ha sido la era de la inocencia.

En este contexto, la elección de Obama, con un claro mensaje contra las maneras de hacer de las élites americanas, ha tenido mucho de reacción moral contra el obsceno espectáculo que la alianza de los delirios ideológicos neoconservadores y el dinero han producido. Pero tiene una gran significación política porque quiere decir simplemente que hay que devolverle el sentido a la política, es decir, que alguien debe defender el interés general.

Sin duda, hay tal cantidad de expectativas acumuladas en torno a Obama que es imposible que las pueda satisfacer. Pero Obama ya no es sólo el futuro presidente de EE UU, es el símbolo de una urgencia: el retorno de la política. ¿Qué quiere decir el retorno de la política? Simplemente revertir el control que las grandes corporaciones mantienen sobre los Estados y sus Gobiernos. Evitar que entremos definitivamente en Estados corporativos al estricto servicio de las grandes compañías y de los gremios más poderosos. Y quizás ya no estemos a tiempo.

Con la inteligencia y el cinismo que le caracterizan, Kissinger lo ha explicado de forma nítida: “Todo sistema económico -y esto es especialmente cierto en la economía de mercado- engendra ganadores y perdedores. Si las distancias entre estas dos categorías se hacen demasiado profundas, los perdedores se organizan políticamente e intentan refundar el sistema existente -dentro de cada país y entre ellos-. Éste constituirá el tema principal del año próximo”. Y el primer obstáculo vendrá de una realidad nueva: el sistema económico es mundial pero el sistema político sigue fundado en las naciones y los Estados.

La política tiene que perder el miedo. Pero para ello tiene que recuperar la confianza perdida. La política sólo puede avanzar si la ciudadanía la sigue y para ello la ciudadanía ha de ver que se sabe hacia dónde se quiere ir y que hay cierta equidad en el trato. Por ejemplo, que los responsables de la crisis lo paguen. Lo que no puede ser es que en el puño de los banqueros estén todos los hilos de la trama. Ocurre ahora en España: en buena parte la suerte de Zapatero depende de algo tan simple como que los bancos hagan llegar pronto a las empresas y a los ciudadanos el dinero que están recibiendo para salvar la crisis financiera. A la gente le cuesta entender que se ayude a los bancos, pero se puede explicar y justificar. Pero lo que no se entiende es que este dinero público no llegue a los ciudadanos. Y lo que se entiende menos es que el Gobierno no les obligue.

En este contexto, Obama representa la última oportunidad de una política que garantice la supervivencia de las sociedades democráticas. Si esta oportunidad fracasa, los Estados serán cada vez más Estados corporativos, marcados por el oscurantismo y la desinformación; la democracia evolucionará hacia el totalitarismo de la indiferencia, en que nadie es responsable de nada y el miedo reduce cualquier idea de espacio público; y, de vez en cuando, la política generará brotes de populismo como expresión de su impotencia.

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Corporativismo y populismo, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Política, Derechos, Justicia by reggio on 26 diciembre, 2008

La deliberación es un componente esencial de la política democrática, difícilmente compatible con la exaltación y con los estados emocionales de la opinión pública. En este país hay una tendencia creciente a actuar a golpe de acontecimiento, que es lo más contrario al razonamiento democrático. Hay un crimen execrable, inmediatamente el Gobierno o la oposición propone endurecer el Código Penal; hay una decisión judicial que no gusta, siempre aparece alguien para exigir que se cambien las leyes. Por este camino, acontecimiento tras acontecimiento, España se va convirtiendo en un país altamente represivo, con un crecimiento imparable de la población penitenciaria.

El Consejo General del Poder Judicial castiga como falta leve una negligencia del juez Tirado que la opinión pública considera merecedora de la calificación de grave. Bajo el empuje del impacto emocional del asesinato de la niña Mari Luz, cometido por el beneficiario de la negligencia judicial, la decisión del gobierno de los jueces ha servido para dar visibilidad a algunos de los vicios de la democracia española.

En primer lugar, la dificultad de legitimarse, es decir, de adquirir aureola de autoridad y responsabilidad, que tienen algunas instituciones clave del sistema español. El caso Mari Luz era el estreno de un Consejo del Poder Judicial que nació incorporando todos los estigmas de la politización partidista, pero que en sus primeras manifestaciones parecía asumir que no se podía seguir por la vía del traslado de la confrontación política al seno de las instituciones judiciales. La sanción al juez Tirado ha dividido el voto en dos frentes: los jueces y los demás (abogados y fiscales). Otra vez la sospecha de parcialidad: ayer la política, hoy el corporativismo.

En segundo lugar, el oportunismo populista de la política española. Apenas conocida la decisión, el ministro de Justicia anuncia que va a cambiar la ley. La calificación de falta grave está prevista en la legislación, han sido los miembros del consejo los que han considerado que la falta era leve. ¿Culpa de la ley o culpa de los jueces? Si es la ley la que ha fallado, no acusen de corporativismo a los jueces. Y si la ley estaba bien, ¿por qué cambiarla?

En tercer lugar, la tendencia político-mediática a crear tornados en la opinión pública a partir de determinados acontecimientos. Yo también pienso que los jueces han sido impropiamente condescendientes con su colega. Pero ello no impide situar las cosas en sus justos términos. Hay en España 1.700.000 ejecuciones retrasadas. La del juez Tirado era una de éstas. Por probabilidad estadística seguro que hay más de un retraso que afecta a personas capaces de reincidencia grave. Y, sin embargo, hasta que uno de estos delincuentes cometa algún crimen nadie se acordará de estos casos. El juez Tirado es culpable de una negligencia en la transmisión de una sentencia. Pero no del asesinato de Mari Luz. En vez de anunciar reformas legislativas, quizás sería más eficaz que el ministro Bermejo hiciera lo que esté de su mano para que las sentencias pendientes se tramiten. Y que el Consejo tomará decisiones en todos aquellos casos en que hubiera negligencia manifiesta, en vez de esperar que una nueva tragedia vuelva a calentar los ánimos y a sacar el debate fuera del clima necesario para la deliberación democrática.

Hay problemas reales en la justicia que hacen que los ciudadanos no reciban un servicio con la calidad exigible. Hay deficiencias objetivas e intereses corporativistas, como en todas partes. En una carrera, la judicial, en que los conservadores son mayoría no es extraño que la confrontación se intensifique con un Gobierno socialista en el poder. En España se ha optado por un sistema en que la independencia del poder judicial no se ciñe sólo al ámbito de la jurisdicción, que culmina en el Tribunal Supremo. Parte de la gestión de la justicia recae en manos de los jueces, a través del Consejo General del Poder Judicial, unido por la cúspide con el Supremo. Lo cual es, a menudo, un factor de confusión y merecería una reflexión sin presiones ni urgencias.

Pero, por encima de todo, los distintos rebotes del caso Mari Luz me parecen síntomas de algo muy preocupante: la conversión de nuestra democracia en una democracia corporativa -en que los gremios y las grandes compañías pesan de modo determinante sobre la política- y populista -que es la huida hacia delante de los gobernantes ante el poder corporativo. En este país todavía es necesario repetir que en una democracia representativa los estados emocionales de la ciudadanía no pueden condicionar las leyes. Si se siguiera este camino no tardaríamos en ser uno de los Estados más represivos.

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El interés de Cataluña, de Josep Ramoneda en Domingo de El País

Posted in Política by reggio on 21 diciembre, 2008

Desde el nacionalismo catalán se ha querido convertir el voto del PSC a los Presupuestos del Estado en un caso de deslealtad patriótica. Dejo aparte la repugnancia que me provoca esta pulsión, propia de todos los nacionalismos (también del español), de alimentar permanentemente una línea roja con la que separar los ciudadanos buenos de los ciudadanos malos. De esto viven las ideologías nacionalistas, forma parte del paisaje político. Pero la cuestión es: ¿votar los presupuestos de 2009 va contra los intereses de Cataluña?

Si el Parlamento hubiera tumbado el presupuesto, habrían podido pasar dos cosas: que Zapatero gobernara con los presupuestos de este año prorrogados o que se entrara en una crisis política que culminase en la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones al cumplirse un año de las anteriores, que es el tiempo que establece la ley. En cualquier caso, se hubiera abierto un periodo de inestabilidad política poco deseable en una coyuntura de crisis. Hubieran decaído inmediatamente las inversiones previstas para Cataluña en los presupuestos de 2009 y habría motivos para sospechar que la financiación autonómica iría para largo. Desde el independentismo o el soberanismo político puede ser atractiva la teoría del cuanto peor, mejor, conforme a la vieja doctrina de la agudización de las contradicciones para provocar cambios de fondo. Pero cuesta entender que el nacionalismo moderado tenga mucho interés en empantanar la financiación. Y en cualquier caso resulta dudoso que éste fuera el interés de Cataluña. No se puede olvidar que, desde el inicio de la democracia, cada vez que los catalanes han tenido que votar si preferían que gobernara el PSOE o que gobernara el PP han optado por el PSOE y, ocho meses atrás, por abrumadora mayoría. ¿No da este dato alguna señal sobre los intereses de Cataluña?

Si el nacionalismo moderado se ha permitido presionar al PSC con el discurso de la traición patriótica es porque sabían que los socialistas catalanes apoyarían los presupuestos, con lo cual la operación desgaste de Montilla salía gratis. Es más, con un Gobierno que no conoce la lealtad entre socios, el problema de la financiación autonómica cae exclusivamente sobre las espaldas del PSC.

Durante mucho tiempo hemos oído el discurso contemporizador de que lo bueno para Cataluña es bueno para España y lo bueno para España es bueno para Cataluña. Pero esto hace tiempo que se sabe que no es cierto. Los conflictos de intereses son inevitables entre naciones inscritas. Por ejemplo, cada vez que aparece la cuestión de la financiación. Y aquí viene la tragedia existencial del PSC. Los socialistas catalanes tienen que tratar de conseguir la óptima financiación posible para Cataluña, como hicieron en su momento los nacionalistas en el poder. Y, al mismo tiempo, tienen que evitar que se llegue a una situación de riesgo que pueda acabar con el PP en el poder, que es una hipótesis que, como se ha visto, los catalanes no quieren bajo ningún concepto. Artur Mas sabe mejor que nadie los costes que tiene en Cataluña apoyar al PP o apoyarse en el PP.

Ningún partido político catalán tiene un arma más poderosa que los 25 diputados del PSC. Pero la disuasión requiere más habilidad que ruido. Y resulta ridícula cuando la otra parte no toma la amenaza en serio y el que la pronuncia no se atreve a ejecutarla. Después de lo que han dicho unos y otros, si el 31 de diciembre no hay acuerdo de financiación, Zapatero habrá alcanzado insuperables cotas de ligereza en el uso de las promesas, pero será el PSC el que tendrá que demostrar que no amenaza en vano. De la prudencia de Montilla cabe deducir que si ha subido el tono de las advertencias es porque algo sabe. Lo que se estaría buscando es una fórmula que Montilla pueda presentar como un éxito y Zapatero pueda defender que no es una cesión a los catalanes. Pero esto no debería ser tan difícil: el Estatut es una ley en vigor y todo lo que se pide es que se cumpla.

PSC y PSOE no pueden romper, porque si rompen se hunden los dos. Pero hay un enorme caudal de desconfianza entre ellos, que se funde en una realidad incuestionable: el PSC sabe que a cualquier presidente de Gobierno español le interesa que CiU gobierne en Cataluña, porque le garantiza apoyo parlamentario y orden en el espacio catalán. Tanto es así que Artur Mas pensó que tenía que pactar la presidencia de la Generalitat en Madrid y no en Cataluña. Y así le fue.

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Sobre el contagio griego, de Josep Ramoneda en El País de Cataluña

Posted in Política, Derechos, Libertades by reggio on 16 diciembre, 2008

Los disturbios de Grecia, ¿han de pensarse como unos hechos aislados, propios de las peculiares circunstancias de aquel país, o pueden ser una premonición de una conflictividad que puede extenderse por toda Europa? Sin duda, hay un malestar difuso en diversos sectores de la juventud europea que pueden explotar en cualquier lugar y en cualquier momento. Pero más allá de esta respuesta de sentido común, me parece que el caso griego es interesante porque es un ejemplo a pequeña escala y con rasgos casi caricaturescos de la realidad que la crisis está poniendo de manifiesto.

Grecia vive una profunda crisis de sus elites, con un estado regido por las mismas familias desde que llegó la democracia y con una relación muy estrecha con el poder económico. Todo ello significa alta corrupción, estado corporativista, ineficiencia institucional manifiesta, que son de hecho los mismos rasgos que nos descubre la crisis cada día en todos los países, empezando por la superpotencia americana. ¿Cómo se explica si no, que Bernard Madoff haya podido mantener durante décadas una inmensa estafa que ha atrapado a grandes fortunas americanas y a grandes instituciones financieras sin que ni sus colegas, ni los organismos reguladores, ni el Gobierno, ni la prensa se enteraran o quisieran enterarse?

En Grecia, también como en la mayoría de países del entorno, los años de la inconsciencia económica han agrandado las fracturas sociales, generando bolsas de ciudadanos que se sienten excluidos de la sociedad, ante la imposibilidad de encontrar trabajo y de alcanzar la tierra prometida del consumo, el gran horizonte utópico de nuestro tiempo. Nada que no pueda predicarse también, con distintos grados intensidad, de los demás países europeos. En toda Europa se están descubriendo ahora los efectos de unas políticas destinadas a la desagregación de los ciudadanos y a la marginación de todo aquel que no se adaptara al retrato robot del ciudadano NIF: consumidor, contribuyente y fuerza disponible para la competitividad.

Naturalmente, uno de los segmentos de edad más afectados por la cultura de estos años de dinero y de rosas son los jóvenes. En las Universidades y en algunos barrios de las grandes ciudades se concentra este malestar frente al que pocos países están realmente protegidos. Ni las estrategias económicas ni las políticas han pensado en ellos, al contrario, son éstas las que les han empujado a las tinieblas exteriores. Sin recursos para entregarse a la lógica de la insaciabilidad permanente del consumo, no han encontrado que la política les ofreciera alternativa alguna. Con lo cual, han quedado atrapados en la pinza que forman la resignación y el derecho al pataleo. Cristos Kitas, el rector de la Universidad de Atenas, lo ha dicho con toda claridad: “hay un divorcio absoluto entre la juventud y el sistema”. Kitas, todo hay que decirlo, ha tenido la dignidad de presentar su dimisión, mientras que el Gobierno se aferra a la teoría de “que los acontecimientos se extinguirán por sí solos”. O sea, todo seguirá igual, hasta la próxima explosión.

De modo que no sería tan extraño que los disturbios de Grecia tuvieran eco y continuación en otros países. Grecia es el país con un nivel más alto de paro juvenil en toda la OCDE. ¿La tasa de desempleo de los jóvenes puede darnos una idea de la futura geografía de la revuelta? De ser así Italia, Rumania y Francia tendrían bastantes números para estar entre los primeros que continuarán la cadena. Y no olvidemos que España es novena en esta triste clasificación de la incapacidad de incorporar a los jóvenes al trabajo y a la sociedad.

Con todos estos elementos empieza a cundir el debate sobre el contagio de la crisis griega. Plantearlo como si los griegos sufrieran una enfermedad de violencia y enfrentamientos susceptible de contagiarse a otros países es equivocado. La enfermedad la constituyen los problemas estructurales antes descritos: los disturbios sólo son un síntoma, una erupción que nos da noticia de la existencia de unos problemas de fondo. No se trata, por tanto, de que los disturbios se contagien como de que problemas de fondo comunes produzcan reacciones parecidas. Mal empezaríamos si utilizáramos la aparatosidad de la violencia callejera y de las formas de activismo para silenciar u ocultar las causas que las han desencadenado.

Como ocurre casi siempre, Francia ha sido la primera en entrar en el debate. Sin duda, hay en el vecino país una especie de fascinación medio masoquista por todo lo que suena a revolucionario. Por su peculiar cultura política, Francia no entendería que hubiese algún brote de revuelta en el mundo sin que ella tuviera algún papel protagonista. El propio Sarkozy ha ironizado sobre un país que admira a Carla y al presidente cuando aparece en su carroza y puede practicar un regicidio al día siguiente. En Francia saben el estado en que se encuentran algunos de sus barrios periféricos, la frustración creciente en sectores juveniles con mínimas expectativas, y las fracturas sociales que han provocado estos años de inconsciencia económica. En España, en cambio, quizá por la influencia del proverbial optimismo del presidente Zapatero, para él que el futuro es siempre una página llena de éxitos, el debate es inexistente. A lo sumo, algunos políticos conservadores y algunos medios de comunicación han corrido a satanizar a los autores de unos disturbios de poca monta, acontecidos en Madrid y Barcelona, con el afán de señalar preventivamente potenciales culpables y desviar la atención sobre ellos para eludir el debate sobre las causas del problema. Pero las causas existen. Y la conflictividad inevitablemente irá a más. Y nadie podrá alegar sorpresa.

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Los principios del PP, de Josep Ramoneda en El País

Posted in Política by reggio on 11 diciembre, 2008

El Partido Popular ha alardeado siempre de ser un partido de principios. Es recurrente en sus discursos de oposición presentarse como adalid de la coherencia ideológica frente a la frivolidad de Zapatero y el radicalismo del PSOE. El partido de los principios, durante la jornada del martes nos deleitó con unos curiosos ejercicios de estiramientos de su musculatura moral. Sus portavoces dedicaron sus intervenciones públicas a despotricar contra la falta de principios del PSOE que tiene alianzas con un partido -Esquerra Republicana- que cuenta entre sus miembros a personajes como Tardá capaces de decir: “Viva la República, muera el Borbón”. Y, al mismo tiempo, sus senadores votaron el veto a los Presupuestos presentado por el partido de Tardá. Con lo cual, cabe deducir que los independentistas catalanes tienen una peculiar naturaleza que les permite pasar en cuestión de segundos de apestados con los que es indigno tener a trato, a parlamentarios responsables que merecen incluso el apoyo del voto. Para que el absurdo fuera todavía mayor, el texto que la derecha validó decía cosas como que “el PP y CiU son responsables de las graves deficiencias que presenta el sistema actual de financiación”, que es lo que el tripartito catalán ha repetido una y mil veces. Mal lo tendrá el PP para defenderse de una acusación ratificada con su voto. Con tal de darle una patada al Gobierno, el PP está dispuesto a cualquier cosa. Incluso a hacer el ridículo. Aunque la patada sea insignificante: ésta -la devolución de los Presupuestos al Congreso- es de las que ni siquiera requiere la asistencia del masajista.

En la legislatura pasada, el PP dio toda una exhibición de sus principios con la vergonzosa utilización de la tregua y de la lucha antiterrorista para debilitar al Gobierno. Parecía que la derrota le había servido a Rajoy para entender que hay líneas rojas que un partido con voluntad de gobernar no puede cruzar. Pero la lección ha durado poco. Y con el asesinato de Uria se ha venido todo abajo. Rajoy aceptó la propuesta de Zapatero de visitar juntos la capilla ardiente de la última víctima de ETA. Es decir, se apuntó a la foto del ritual de la unidad. Pero, apenas se había disgregado el cortejo, volvió a las andadas: a la utilización del terrorismo como instrumento de desgaste del Gobierno, con la exigencia pública de que Zapatero disuelva los ayuntamientos gobernados por ANV. La unidad no es salir juntos en la foto, la unidad es apoyar al Gobierno en la lucha antiterrorista y compartir con él las iniciativas legales. Rajoy ha preferido jugar al oportunismo, creyendo que así ponía al Gobierno entre la espada y la pared.

En un sólo gesto, el PP ha cometido tres irresponsabilidades. La primera, seguir con un vicio populista muy arraigado en la política española que es legislar a golpe de acontecimiento. Hay un asesinato: o forzamos la ley o la cambiamos. Pocas cosas son tan dañinas para el Estado de derecho como las políticas y las leyes hechas en función de impactos emocionales. Es una práctica antidemocrática en la que el PP y el PSOE han incurrido un montón de veces, juntos y por separado.

La segunda, confundir a la opinión pública para presentarse como campeones de la mano dura contra ETA. Disolver un consistorio es una medida muy excepcional porque, como todo el mundo sabe, los ayuntamientos se forman sobre la base del sufragio universal. Los dirigentes de ANV no están allí porque hayan ocupado el ayuntamiento sino porque han sido votados por los ciudadanos, por muy doloroso que resulte tenerlo que aceptar. Y, precisamente por esto, la ilegalización del partido no comporta la pérdida de los puestos de concejales. La disolución no la puede decidir el Gobierno de un plumazo, como parece insinuar el PP. Hay muchas dificultades legales para conseguirla, y el PP lo sabe. Pero lo importante es transmitir una imagen de debilidad del PSOE ante los terroristas. Por suerte para todos, Rubalcaba supo aprovechar la tregua y gobernar el día después: los terroristas están cayendo uno tras otro. Nunca un jefe de ETA había durado tan poco tiempo: tres semanas. La competencia por el título de más duro contra ETA resulta sencillamente ridícula.

Evidentemente, la tercera irresponsabilidad del PP es usar la lucha contra el terrorismo como un instrumento más para atacar al Gobierno. Un recurso innoble y absurdo, porque muchas veces se vuelve contra el que lo practica. Los principios en el PP son pocos y simples, pero eso sí, constantes: todo vale contra Zapatero.

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