Reggio’s Weblog

Lecciones del pasado, de Joan B. Culla i Clarà en El País de Cataluña

Posted in Memoria, Política by reggio on 27 febrero, 2009

Ciertamente si, tras la infausta montería jiennense, Mariano Fernández Bermejo se hubiese dado más prisa en presentar su inevitable dimisión, si se hubiera ahorrado esos desplantes parlamentarios que levantaron a la bancada socialista con gritos de “¡torero, torero!” –sic transit gloria mundi, debe de pensar hoy-, el cesante ministro de Justicia habría privado al Partido Popular de la pólvora con que éste ha alimentado su artillería dialéctica a lo largo de las últimas dos semanas. Como quiera que sea, Fernández Bermejo ya no está en el Gobierno. Y, aunque Mariano Rajoy y los suyos traten de prolongar un poco más la explotación del episodio cinegético, deberían ser conscientes de que el epicentro de la crisis política (de la crisis generada por las prácticas de espionaje en la Comunidad de Madrid y por la presunta trama de corrupción conocida como Operación Gürtel) ha vuelto a situarse en su campo.

Desde luego, no hay dos situaciones idénticas. Pero, en los anales de la derecha política española posterior al franquismo, existe un antecedente que presenta con el actual panorama del PP algunas semejanzas: me refiero al caso Naseiro. Estalló en abril de 1990, pocas semanas después de que, durante un congreso celebrado en Sevilla, José María Aznar López fuese definitivamente investido como sucesor de Manuel Fraga a todos los efectos; es decir, como líder omnímodo del refundado Partido Popular.

Fue, por tanto, una cúpula todavía no consolidada la que hubo de hacer frente a la detención del secretario de finanzas del partido, Rosendo Naseiro; a la posterior imputación de su predecesor, Ángel Sanchís, y a la salida a la luz de abundantes indicios sospechosos acerca de la posible financiación irregular del PP y de Alianza Popular. ¿Cómo? Pues por la vía del cobro de comisiones a cambio de favores inmobiliarios y concesiones de obras públicas en ayuntamientos bajo su control.

También en aquella ocasión el primer impulso de la dirección conservadora fue denunciar una maniobra, una confabulación del Gobierno socialista en connivencia con jueces y policías, para tapar el caso Juan Guerra y agostar las buenas perspectivas electorales del recién entronizado José María Aznar. Sin embargo, a la vuelta de algunas semanas hubo que aceptar las bajas de Naseiro, de Sanchís y, sobre todo, de Arturo Moreno, flamante vicesecretario de acción electoral y número cuatro del partido, a quien reemplazó… Mariano Rajoy. Es verdad -y dice mucho sobre el funcionamiento de la justicia en España- que, cuando el caso llegó a juicio en junio-julio de 1992, el Tribunal Supremo exoneró a todos los imputados, por un defecto de forma en la obtención de las pruebas. Con todo, el asunto sí tuvo consecuencias en el seno del Partido Popular: un Aznar que se sintió por momentos acorralado y desasistido dibujó, tras superar el trance, una línea roja de separación entre los leales y aquellos que no lo eran tanto, y procedió a la liquidación política de una serie de históricos demasiado independientes, como Fernando Suárez o Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón. Podría decirse que fue el PP purgado tras el caso Naseiro aquel que alcanzaría La Moncloa en 1996.

Repito que no hay dos situaciones idénticas y, a día de hoy, es aún dudoso si las gestas empresariales de Francisco Correa y sus socios tenían como objetivo alimentar las arcas del Partido Popular, además de las propias y tal vez las de algún cargo político concreto. En cambio, los escenarios de 1990 y de 2009 coinciden bastante más en otro aspecto: la fragilidad del liderazgo del PP, por primerizo entonces, por erosionado y contestado ahora. El de Mariano Rajoy sufre desde las elecciones del pasado mes de marzo el acoso cotidiano de buena parte de los medios y las tribunas de la derecha madrileña, y el boicoteo explícito o sordo de una fracción del propio partido, atrincherada en baluartes tan poderosos como la Comunidad de Madrid. Precisamente esta última circunstancia diferencia de modo radical la posición actual de Esperanza Aguirre y la de los díscolos de 1990, los cuales carecían de cualquier poder institucional y pudieron ser barridos sin contemplación alguna.

Entonces, ¿cuál es, para los inquilinos de la séptima planta de Génova 13, la salida del laberinto? Desde hace largo tiempo, el principal reproche con que se bombardea a Rajoy en todos los tonos es el de carecer de cuajo, ser un blando -un maricomplejines- y no ejercer ni su autoridad interna ni la jefatura de la oposición con suficientes energía, ni contundencia, ni mala leche. Pues bien, la actual y doble crisis de los espías y de los correas ofrece al presidente del PP una gran oportunidad de desmentirlo, de reafirmarse y hacerse respetar por propios y extraños. ¿He dicho una gran oportunidad? Rectifico: la última oportunidad.

Reelegido hace apenas medio año con un apoyo congresual del 82,7%, y después de haber obtenido la cabeza del ministro Bermejo, Mariano Rajoy se halla ahora en condiciones óptimas para abandonar la actitud defensiva de las últimas semanas y erigirse en el más firme paladín de la depuración de todas las responsabilidades internas que puedan derivarse de los escándalos en curso. Sí, ya sé que los partidos actuales son ante todo sindicatos de intereses cimentados sobre la protección mutua entre sus miembros. Pero si Rajoy no aprovecha la coyuntura para cortar unas cuantas cabezas, para poner en su sitio a los nostálgicos del aznarismo, a los secuaces de la condesa consorte, entonces ni las elecciones gallegas, ni las vascas ni las europeas le salvarán, cualquiera que sea su resultado. Si hay algo que la derecha española no tolera es a los líderes débiles.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

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La historia que queda en el callejero, de Julián Casanova en El País

Posted in Historia, Memoria, Política, Religión by reggio on 26 febrero, 2009

El alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, quiere darle a una calle el nombre del fundador del Opus Dei. De nuevo una figura religiosa para ocupar uno de los espacios públicos que el Estado democrático ha despreciado.

Los nombres de las calles en España, como las ceremonias conmemorativas, los festejos o los monumentos, son un claro reflejo de nuestra historia zigzagueante en los siglos XIX y XX. Liberales y absolutistas, ya durante el primer tercio del siglo XIX, bautizaron plazas y calles con nombres constitucionales o antirrevolucionarios, según quién ocupaba el poder, pero fue en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, con el crecimiento y expansión de las ciudades, cuando más ocasiones se presentaron de dar nombres a las calles.

Las principales ciudades españolas doblaron su población entre 1900 y 1930. Barcelona y Madrid, que superaban el medio millón de habitantes en 1900, alcanzaron el millón tres décadas después. Bilbao pasó de 83.000 a 162.000; Zaragoza, de 100.000 a 174.000. No era gran cosa, comparado con los 2,7 millones que tenía París en 1900, con la cantidad de ciudades europeas, desde Birmingham a Moscú, pasando por Berlín o Milán, que en 1930 superaban la población de Madrid o Barcelona. Pero el panorama demográfico estaba cambiando notablemente. La población total de España, que era de 18,6 millones a comienzos de siglo, llegaba a casi 24 millones en 1930. Mientras que hasta 1914 esa presión demográfica había provocado una alta emigración ultramarina, a partir de la I Guerra Mundial fueron las ciudades españolas las que recogieron los movimientos migratorios.

La irrupción de la industria y el incremento de la población transformaron el paisaje agreste, de corte medieval, que mantenían todavía muchas ciudades españolas a finales del siglo XIX. Los nuevos callejeros se dedicaron a honrar a los políticos del momento, liberales y conservadores, a nobles, terratenientes y a las buenas familias de la industria y de la banca. Junto a ellos, aparecieron también las glorias de España, los héroes de la Reconquista y mitos medievales, reyes y emperadores. Y como en España no hubo ruptura religiosa en tiempos de la Reforma protestante y el catolicismo se convirtió en la religión del statu quo, hubo una fusión del españolismo con el catolicismo, bien reflejada en los nuevos callejeros, repletos de personajes de raza, militares y santos. Una historia de hombres, con muy pocas mujeres, salvo las más santas y algunas reinas. De las dos primeras décadas del siglo XX procede además el culto masivo a la Virgen del Pilar y el Corazón de Jesús, dos emblemas de la religiosidad popular española que se trasladaron al callejero de numerosas ciudades y pueblos para recordar a sus habitantes la identidad católica.

Con ese crecimiento de las ciudades, apareció una clara división social de espacio urbano, con barrios ricos y bien equipados y otros pobres e insalubres, y germinó también la semilla republicana, anarquista y socialista sembrada ya en la segunda mitad del siglo XIX. Germinó frente a ese bloque social dominante, del que formaban parte los herederos de los antiguos estamentos privilegiados, la aristocracia y la Iglesia católica, junto con la oligarquía rural y los industriales vascos y catalanes. De ese bloque procedía la mayoría de los gobernantes de un sistema político, el de la Restauración borbónica, seudo-parlamentario y corrupto que excluía, con el sufragio restringido o por el fraude electoral, a eso que empezó a llamarse “pueblo”, a los proletarios urbanos, artesanos, pequeños comerciantes y a las clases medias. Muchos de los profesionales que formaban parte de estas últimas eran o se harían republicanos, que intentaron acercarse a los obreros, competir con el socialismo y el anarquismo, con los que compartirían ingredientes básicos de una cultura política común, sobre todo a través del racionalismo y de la crítica a la Iglesia, intentos, en suma, de superar la dependencia de la religión católica.

Esas clases trabajadoras aparecieron en el escenario público con sus organizaciones y protestas, pero siguieron excluidas del sistema político y sus principales representantes nunca alcanzaron el reconocimiento y la honra con lápidas, monumentos o nombres de calles. Hasta que llegó abril de 1931, la II República y la quiebra de ese orden tradicional. Entonces, los símbolos religiosos cedieron paso a otros ritos laicos, más o menos reprimidos hasta entonces, y se rebautizaron calles y plazas mayores de pueblos y ciudades. Hubo más nombres de significado republicano (plaza de la Constitución, plaza de la República, calle 14 de abril) que de orientación obrera o revolucionaria, aunque la presencia anarquista, comunista o socialista en la zona republicana durante la Guerra Civil dejó su huella en las calles de ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona, las tres capitales de la República en esos tres años, con nombres que honraban a personajes tan dispares y distantes como Durruti, Pablo Iglesias, Marx o Lenin.

Duró poco, sin embargo, esa huella, borrada a golpe de fusil del callejero y de la historia a partir del 1 de abril de 1939. Acabada la Guerra Civil, los vencedores ajustaron cuentas con los vencidos, recordándoles durante casi cuatro décadas quiénes eran los patriotas y dónde estaban los traidores. Calles, plazas, colegios y hospitales de cientos de pueblos y ciudades llevaron desde entonces los nombres de militares golpistas, dirigentes fascistas de primera o segunda fila y políticos católicos. Algunos se repitieron mucho, como Franco, Calvo Sotelo, José Antonio Primo de Rivera, Mola, Sanjurjo, Millán Astray, Yagüe u Onésimo Redondo. Se honraba a héroes inventados, criminales de guerra y asesinos en nombre de la Patria, pero también a ministros de Educación como José Ibáñez Martín, quien, con su equipo de ultracatólicos, echaron de sus puestos y sancionaron, durante la primera década de la dictadura, a miles de maestros y convirtieron a las escuelas españolas en un botín de guerra repartido entre familias católicas, falangistas y ex combatientes.

Cuando Franco murió, en noviembre de 1975, era difícil encontrar una localidad que no conservara símbolos de su victoria, de su dominio y de su matrimonio con la Iglesia católica, en calles y monumentos. Algunos de ellos desaparecieron en los primeros años de la transición a la democracia, sobre todo tras las elecciones municipales de 1979 que llevaron a los Ayuntamientos a numerosos alcaldes y concejales de izquierda. Pero los cambios siempre fueron objeto de disputa y a nadie se le ocurrió aprovechar el callejero para formar o educar a los ciudadanos en una nueva identidad democrática. Muchos políticos de derechas, y sus fieles que les apoyan, siguen defendiendo ahora, pese a la aprobación de la Ley de Memoria Histórica en diciembre de 2007, que no hay que tocar los nombres de las calles, para no herir susceptibilidades o remover los fantasmas del pasado. Los símbolos franquistas, que aparecieron por la voluntad de los vencedores en una guerra de exterminio contra un régimen legalmente constituido, se funden así con otros tradicionales, patrióticos y religiosos, representando una especie de “imagen oficial” de España, mientras el Estado y las instituciones democráticas se desentienden del asunto o no muestran ningún interés por ocupar los espacios públicos con modelos más dignos para las generaciones venideras.

Por eso no es una cuestión irrelevante la polémica suscitada estos días por el empeño del alcalde de Zaragoza, Juan Alberto Belloch, en dar a una calle el nombre de San José María Escrivá de Balaguer. Su primera intención fue rebautizar con el nombre del fundador del Opus Dei la calle general Sueiro, coronel de infantería en julio de 1936 y uno de los protagonistas de la sublevación militar y de la represión en la capital aragonesa. Cuando apareció la noticia, Luisa Fernanda Rudi, presidenta del Partido Popular de Aragón, declaró que ella “no tenía ni idea” de quién era ese general y que mejor sería que los ediles se dedicaran a algo más productivo que cambiar calles de gente desconocida. En definitiva, la ex alcaldesa de Zaragoza no conocía a uno de los golpistas contra la legalidad republicana en su ciudad y el actual regidor decide honrar a un personaje, santo para la Iglesia católica, inextricablemente unido, él y su institución, a Franco y a su dictadura. El catolicismo, y en este caso un tipo de catolicismo no compartido por muchos de sus creyentes, se impone a los valores cívicos y laicos en el territorio de la política democrática. Pura historia de España.

Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza.

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23-F: recuerdos y preguntas, de Antonio Elorza en El País

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 21 febrero, 2009

Me encontraba hablando por teléfono con Fernando Claudín para organizar unas conferencias conmemorativas del 50º aniversario de la Segunda República cuando llegó la noticia de la dimisión de Adolfo Suárez. “Ruido de sables”, sentenció. También estaba al teléfono, ahora preparando la edición de un libro, cuando a ambos lados de la línea retumbaron los disparos en el Congreso. “¡Policías malos que no dejan trabajar a los aitás!”, dictaminó mi hijo de cuatro años. En las horas que siguieron, atendí la consigna del partido, pronto por fortuna anulada, de concentrarnos en las inmediaciones de las Cortes. Los círculos protectores de grises nos relegaban a la plazuela de Goya, junto al Prado. Horas después, la Policía Municipal anunció que unas fuerzas de la Brunete venían para liberar a los diputados. Un amigo me contó el fin del episodio. En realidad, quien llegaba era Pardo Zancada para reforzar a Tejero. El grupo de concentrados le saludó con los gritos de “¡Democracia, sí; dictadura, no!”. Nuevo caos de consignas por la mañana: primero, atrincherarse en las Facultades; luego abandonarlas para no provocar.

Un cierto grado de confusión alcanzó en esa jornada a todos los niveles de la sociedad, del poder político y de los mandos militares, incluidos los golpistas, que acabaron atrapados en su propia tela de araña. Es el clima reflejado en la dignísima miniserie de TVE. La única objeción reside en el hecho de que sea la televisión del Estado la que difunde una versión tan cerrada del episodio, con el Rey como protagonista inmaculado, cuando hay puntos oscuros aún por dilucidar. El fondo de la cuestión parece claro: la opción constitucionalista del monarca y sus gestiones para obtener la obediencia de unos jefes militares partidarios del “golpe de timón”; la lealtad de algunos, como Fernández Campo y Gabeiras; la voluntad golpista de Miláns o de Tejero; la felonía de Armada. La combinatoria de las actuaciones es, sin embargo, más compleja.

Escuché al Rey su narración de los hechos con ocasión de una cena en casa de Jaime Sartorius, allá por julio de 1988, y una vez que ya tenemos una versión oficial, resulta imprescindible destacar algunas diferencias. Así, la conciencia del riesgo asumido por el monarca. El príncipe Felipe le pregunta: “¿Qué pasa, papá?”. Y él responde: “Nada, hijo; he dado una patada a la Corona, está en el aire y ya veremos donde cae”. Más importante es la observación hecha por la Reina al conocer la ocupación del Congreso: “¡Esto es cosa de Alfonso!”. Consecuencia: tajante rechazo a cualquier intento de Armada para acudir a la Zarzuela y advertencia a Gabeiras de que no delegase nada en su segundo, protagonista en todo momento de la narración regia. Hay, pues, un hilo conductor de las relaciones entre Armada y el Rey que la serie no aborda suficientemente. Todo indica que Armada participa en ese “ruido de sables” de que hablaba Claudín y que dio en tierra con Suárez, quien para nada quería al futuro golpista en el Estado Mayor. Nada sabemos de su larga conversación con el Rey diez días antes del 23-F. Resulta verosímil que el Rey prefiriera tenerle cerca como hombre de confianza en tiempo de inseguridad y que reaccionara al sospechar su intervención en la trama, dejándole claro que no secundaba el golpe.

Tampoco cabe descartar que siguiera pensando en utilizarle en último extremo, y ahí está el visto bueno dado para presentarse en las Cortes. En la miniserie es Gabeiras quien lo otorga, pero el general contó años después que la autorización previa fue del Rey, cosa lógica, para convencer a Tejero de que depusiera su actitud. Sólo que a esas alturas estaba bien probado que Armada jugaba su propio juego golpista. Difícilmente don Juan Carlos podía ignorarlo. Culminando una labor iniciada tiempo atrás, más de sierpe que de elefante, iría a proponer a los diputados presos su gobierno de salvación nacional. Tejero reventó el intento. El resto es bien conocido. Debilitada ya por la presión del monarca sobre los capitanes generales y por los propios celos entre estos, la baza de espadas había fracasado. Una hora más tarde, el Rey aclaró todo con su comunicado constitucionalista en televisión. La imagen jugó así un papel sustancial, desde la providencial cámara que transmitió el tejerazo e invalidó todo intento de presentar aquel ejercicio de barbarie como un acto de salvación de la patria. La última batalla de la guerra civil se había perdido para los sublevados, entre la traición y el esperpento.

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Paco, de José Saramago en su Cuaderno

Posted in Música, Memoria by reggio on 21 febrero, 2009

Ibáñez, claro. Esta voz la reconocería en cualquier circunstancia y en cualquier lugar donde me rozara los oídos. Esta voz la conozco desde que, a principio de los años 70, un amigo me envió desde Paris un disco suyo, un vinilo que el tiempo y el progreso tecnológico pusieron materialmente fuera de moda, pero que guardo como un tesoro sin precio. No exagero, para mí, en aquellos años todavía de opresión en Portugal, ese disco que me pareció mágico, casi transcendente, me trajo el resplandor sonoro de la mejor poesía española y la voz (esa inconfundible voz de Paco) el vehículo perfecto, el vehículo por excelencia de la más profunda fraternidad humana. Hoy, cuando trabajaba en la biblioteca, Pilar puso la última grabación de los poetas andaluces. Interrumpí lo que estaba escribiendo y me entregué al placer del instante y al recuerdo de aquel inolvidable descubrimiento. Con la edad (que alguna cosa tiene que tener, y tiene, de bueno) la voz de Paco ha ido ganando un aterciopelado particular, capacidades expresivas nuevas y una calidez que llega al corazón. Mañana, sábado, Paco Ibáñez cantará en Argelès-sur-mer, en la costa de la Provenza, en homenaje a la memoria de los republicanos españoles, entre ellos su padre, que sufrieron allí tormentos, humillaciones, malos tratos de todo tipo, en el campo de concentración montado por las autoridades francesas. La douce France fue para ellos tan amarga como el peor de los enemigos. Que la voz de Paco pueda pacificar el eco de aquellos sufrimientos, que sea capaz de abrir caminos de fraternidad autentica en el espirito de quienes lo escuchen. Bien lo necesitamos todos.

http://www.aflordetiempo.com/argeles.htm

Esta entrada fué posteada el Febrero 20, 2009 a las 12:03 am.

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Fin de época, desaparece una generación, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 16 febrero, 2009

Paul Nizan no tuvo una juventud feliz: teníamos 20 años y no dejaré a nadie decir que fueron los mejores años de nuestra vida, escribió el autor de Chiens de garde y Aden Arabia, dos libros escritos en la década de 1930 y muy actuales. El segundo incluye, además, una estremecedora introducción de Sartre. Los que teníamos 20 o 25 años a finales de la década de 1960 fuimos afortunados. La historia avanzaba cuando nosotros iniciábamos nuestra carrera de adultos, progresábamos a la vez, podíamos sentirnos protagonistas, la épica no se reducía al Barça. Ahora cuando se cumplieron ya 40 años del mítico 68 y van a cumplirse 30 de las primeras elecciones municipales es inevitable asumir que es el fin de una época y de una generación. De una generación privilegiada, la que vivió intensamente entre los años sesenta y el final de siglo el largo proceso de resistencia ascendente y pudo luego contribuir a crear, con todas las limitaciones que quieran, las bases de una democracia que no quisimos que fuera únicamente formal.

Toni Farrés acaba de morir. Elegido alcalde de Sabadell en las primeras elecciones municipales (1979), reelegido continuamente con más del 50% de los votos, hasta que decidió que 20 años es más que nada y se retiró discretamente en 1999. Había nacido en 1945, lo conocí en 1968 cuando yo regresaba discretamente de una obligada (pero feliz) estadía de algunos años en París. Somos la generación del 68. Él, ex estudiante de Derecho, se había ido a trabajar a Unidad Hermética. Fue destacado sindicalista de CC OO, luego terminó la carrera, hizo de abogado laboral, más tarde fue un alcalde emblemático no sólo del PSUC, también de toda una generación de alcaldes y concejales que pasaron de la militancia clandestina al Gobierno de unas ciudades en crisis. Nunca cambió de barricada, estuvo siempre al lado de los trabajadores, pero entendió que mal servicio les daría si sólo se ocupaba de hacer programas sociales, que se hicieron y muchos en unos años en los que se perdieron varios centenares de miles de puestos de trabajo sólo en la provincia de Barcelona. Toni recuerdo que me dijo poco después de ocupar la alcaldía y discutíamos sobre cómo plantear la cuestión metropolitana: quiero cambiar la ciudad, atraer actividades, arreglar los barrios. No estoy en contra de Barcelona, pero me temo que si nos acercamos demasiado seremos siempre una periferia. Si tenemos que ser como Barcelona quiero que seamos como el Eixample, no como Nou Barris (NB ahora se ha convertido en una estupenda parte de la ciudad, pero en la década de 1960 era donde la ciudad pierde su nombre).

Toni Farrés fue un gran alcalde que heredó una ciudad en crisis, tanto económica, hundimiento del textil local, como urbana, más del 50% de la población vivía en barrios degradados o marginales. Él con un equipo liderado por el histórico PSUC la cambió. Poco después del inicio de su alcaldía, un diputado convergente originario de Sabadell me decía: qué mala suerte, con la grave situación de la ciudad ha sido elegido un alcalde comunista, nos acabará de hundir. No lo creo, contesté, Farrés será muy bueno para la ciudad y ya veremos si en otras ciudades vosotros lo hacéis mejor. Es suficiente visitar el Eix Macià, una obra ambiciosa que se inventó un alcalde con ideas radicales pero sin prejuicios, con prioridades sociales a favor de la mayoría, pero que pensaba para toda la ciudad, en su economía, urbanismo e imagen. Al inicio del proyecto me dijo: ahora estoy seguro de que irá adelante y rápido, hemos conseguido convencer al Banc de Sabadell y a El Corte Inglés de que se instalen en los dos extremos del Eix.

Nos veíamos sólo de vez en cuando, hace unos meses compartimos unos días en Buenos Aires, él me comentó que quería pasar una parte de la semana en Torredembarra y poder escribir un libro sobre los alcaldes, los de ahora y de mañana. Antes de Navidad acordamos vernos en enero cuando él suponía que se habría recuperado bastante. No ha sido posible. Nos queda una tristeza melancólica, por la pérdida de una persona querida. Pero también, me parece, porque nos hace más conscientes de que desaparece también toda una generación, como me decía el viernes, en el ayuntamiento, muy cerca del cuerpo presente de Toni, la amiga Dolors Calvet, la que por unas decenas de votos no pudo sucederle en la alcaldía. El cambio de siglo coincide con el fin de una época.

En los próximos meses celebraremos los 30 años de los primeros ayuntamientos democráticos, tras las elecciones del 3 de abril de 1979. Un mes después de las elecciones generales las municipales depararon un resultado que significaba un viraje a la izquierda. Los socialistas catalanes fueron los más votados y en segundo lugar lo fue el PSUC. En la gran mayoría de los municipios grandes y medianos se constituyeron gobiernos de izquierda, en algunos casos con participación de Convergencia. Los nuevos alcaldes y regidores tuvieron que aceptar el desafío de hacer funcionar una maquinaria deteriorada, con muy escasos recursos y a la vez responder con eficacia a las demandas sociales acumuladas a las que se añadieron las que generaba la crisis económica que desindustrializó una parte importante de la economía del país. Los equipos de gobierno del 79, con la colaboración de equipos de profesionales-militantes y el diálogo con las entidades ciudadanas y vecinales, cumplieron una obra inmensa, que consolidó la democracia y evitó que se produjeran reacciones sociales violentas que la hubieran, quizá, hecho naufragar. Estos equipos se habían forjado en la lucha antifranquista y entonces estuvieron a la altura de las circunstancias. En la crisis actual los nuevos equipos, que no tienen culpa alguna de haber vivido tiempos más fáciles, tendrán que enfrentarse a nuevas situaciones que exigirán, como ocurrió entonces, fuerza, coraje, imaginación y sensibilidad. Les deseamos sinceramente suerte.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

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El prerrománico como aviso, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Asturias, Cultura, Memoria by reggio on 12 febrero, 2009

¿Acaso sería plausible pensar que situarse en el Naranco como atalaya para contemplar Oviedo vendría a ser –mutatis mutandis- algo que tiene innegable similitud con el famoso episodio de La Regenta en el que don Fermín de Pas, con la ayuda de su catalejo, avista esa Vetusta a la que considera dominio suyo? ¿No es el Naranco la ubicación ideal y preferida para todo aquel que quiera disfrutar de la observación de Oviedo a vista de pájaro?  ¿Por qué se dará, además, la circunstancia de que ambas cosas, el Prerrománico y la novela clariniana son, sobre todo, las pruebas palpables  más inequívocas de la Asturias que, muy de vez en cuando, tuvo la dicha de incurrir en universalismo? ¡Cuántas miradas confluyentes en Oviedo desde el Naranco! ¡Cuántas búsquedas de ese edificio, de esa calle, de ese rincón, tan omnipresentes en las biografías de quienes quisieron abarcarlos desde esa distancia mágica que el monte vetustense brinda! Y es el hecho que, entre todas las escandaleras a las que venimos asistiendo, un día salta la noticia del abandono tan preocupante que sufre San Miguel de Lillo, con una humedad que supone una amenaza más que inquietante para un monumento que es una de las principales joyas del patrimonio cultural de Asturias. No me corresponde entrar en cuestiones técnicas en torno a lo que procede hacer con urgencia. Pero, desde la indignación, no puedo dejar de preguntarme cómo es posible que hayamos alcanzado tal estado de desidia con respecto a nuestra riqueza artística. ¿No es ya, cuando menos atípico, que, al lado de otro monumento tan importante como San Julián de los Prados haya una autopista y que gran parte de su entorno lo abofetee estéticamente? ¿No es desquiciante que, tras discusiones bizantinas como aquellas trillizas calatraveñas, que, con el dispendio con que se actúa en muchos de los chiringuitos de poder del Gobierno autonómico, un día nos encontremos con el abandono de San Julián de los Prados, y otro, semanas después, con el estado en que se encuentra San Miguel de Lillo? ¿En qué se están gastando los sagrados dineros públicos? ¿En qué se están empleando las energías de los debates en nuestra tierra? Miren, es obvio, demasiado obvio, que aquí las responsabilidades no están igualmente repartidas. Pero, siendo esto así, no basta con el dedo acusador que señale a quienes están al cargo, oficialmente, de ello. Hay que ir mucho más allá, habría que haber ido. Antes de dar la voz de alarma, sería obligación de todos conocer el estado de la cuestión y denunciar antes de que la ruina apodere a nuestros monumentos, y, con ello, a nosotros, en tanto sociedad y pueblo. ¿Qué es lo que está ocurriendo en esta Asturias nuestra, que maltrata al medioambiente, que crea chiringuitos sin cesar, que la oposición política, en la mayor parte de los casos, ni está, ni se le espera, ni sabe, ni contesta? ¿Alguien en la Asturias oficial se ha tomado la molestia de pensar en el verdadero significado del monte Naranco y sus monumentos? ¿Hay algo más imprescindible que eso para ser conservado? Monumentos prerrománicos, testigos de un universalismo que nos consuela cuando vemos tanto localismo, cuando vemos tanto discurso de campanario. Monte Naranco, mucho más que una geografía, mucho más que esa atalaya a la que tantos y tantos nos hemos asomado en multitud de ocasiones. Mucho más que las vivencias acumuladas. La intrahistoria, en el sentido unamuniano, y la historia artística se dan la mano y se citan. Y, sin embargo, la Asturias oficial sólo se ocupa de ello cuando tienen que acudir como bomberos, cuando el aviso de peligro nos conmociona a todos. Hay algo mucho peor que perder el tiempo, y es perder, por inconsciencia y por incompetencia, aquello que con mejor estética da cuenta y atestigua eso a lo que seguimos llamando historia, tan nuestra y tan universal. Todo lo demás son bravuconadas de chigre, mezquindades y villanías, eso sí, hinchadas y aumentadas con un discurso megalómano que entre nosotros recibe el nombre de grandonismo. Retórica de campanario, y, mientras tanto,  el Prerrománico desasistido. ¡Cuán satisfechos han de sentirse algunos!

Para comprender el presente, de Francesc de Carreras en La Vanguardia

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 5 febrero, 2009

Es asombroso leer el libro recién publicado de Amadeu Hurtado que contiene su minucioso dietario en el periodo que va desde finales de mayo a mediados de septiembre de 1934 (Abans del sis d´octubre, Quaderns Crema, Barcelona, 2008). El asombro proviene de las muchas similitudes que existen entre la política catalana de aquella época y la actual. Se suele decir que hay que aprender de la historia para no repetir sus errores. Parece que en Catalunya no seguimos este sabio consejo: la política catalana no cambia, seguimos combatiendo los mismos fantasmas, encerrados con los mismos juguetes, obsesionados con los mismos problemas.

Un hilo conductor da unidad al libro: las vicisitudes parlamentarias de la llei de contractes de conreu (ley de contratos de cultivo), impugnada por el Gobierno central, declarada inconstitucional por el Tribunal de Garantías Constitucionales de la época y aprobada de nuevo con idéntica redacción por el Parlament de Catalunya, dando lugar al consiguiente conflicto de legitimidades. Amadeu Hurtado, abogado de gran prestigio, hombre culto, inteligente y sensato, republicano, catalanista y de talante independiente, es el encargado por el Govern de la Generalitat para defender la ley delante del citado tribunal.

Tras la sentencia que anula la ley, Hurtado busca una salida inteligente para adaptarla a la Constitución salvando sus aspectos sustanciales. Oficiosamente, pacta una solución jurídica al problema con Niceto Alcalá Zamora, presidente de la República, y con Ricardo Samper, presidente del Gobierno. Después da a conocer esta solución a Companys, president de la Generalitat, que la rechaza inmediatamente, sin ni siquiera entenderla, alegando que no piensa modificar ni una coma del texto porque la dignidad de Catalunya está en juego. Sin embargo, dos meses después, la misma Generalitat acepta una nueva propuesta de reforma de la ley que supone un cambio mucho más profundo que el sugerido por Hurtado dos meses antes. Frívolamente, sin explicación razonable alguna, lo que suponía una afrenta a la dignidad catalana se acepta sin ninguna objeción a pesar de quedar mucho más desfigurada que en la propuesta de Hurtado. La prensa, con Rovira i Virgili a la cabeza, jalea esta solución como un gran triunfo de la Generalitat.

Hurtado, persona honrada y competente, contempla estupefacto la “comedia” -esta es la palabra que utiliza- de la que es testigo directo y sus anotaciones diarias, con detalles impagables que merecen que el libro sea leído con calma, son testimonio de la fantasmal política catalana de entonces, tan similar a la de ahora.

Pensemos, por ejemplo, además de en el Estatut, en la famosa fecha tope del 9 de agosto pasado en la que si no había acuerdo de financiación la crisis con el Gobierno central sería irreversible porque también la dignidad de Catalunya estaba en juego. Transcurridos seis meses, ahora ya no hay prisa alguna y el objetivo es, simplemente, lograr un buen acuerdo que, por cierto, no llega. ¿Cuándo nos engañaron? ¿Entonces, ahora o siempre?

Además de los problemas jurídicos, explicados con una claridad lineal por Hurtado, el interés principal del dietario lo encontramos en determinadas conversaciones mantenidas por Hurtado con relevantes personalidades de la época (Azaña, Alcalá Zamora, Samper, Companys, Gaziel, entre otros), todas ellas reproducidas con gran detalle, en la descripción de determinados episodios y en los juicios que el autor emite sobre el clima político de aquel periodo. Destaca Hurtado cómo la política catalana consiste más en una continua protesta motivada normalmente por razones sentimentales que en una clara y decidida acción de gobierno: “Fingen peligros que no existen y crean conflictos imaginarios”, dice. Y añade: “Nuestros políticos necesitan estas agitaciones porque no saben hacer otra cosa”.

También el autor insiste constantemente en que la actuación de la clase política resulta del todo indiferente al resto de la sociedad. El día que el Parlament aprueba por segunda vez la ley declarada inconstitucional, los políticos y la prensa sostienen que el pueblo de Catalunya en masa se congregó en el parque de la Ciutadella en apoyo de las posiciones catalanas. Él, que estaba presente, relata como los manifestantes eran cuatro gatos, mientras la realidad era que el pueblo se paseaba tranquilamente por las calles de Barcelona sin preocuparse de lo que sucedía en la Cámara.

Habla también Hurtado del constante victimismo de Catalunya frente a España (“pueblo el nuestro con el espíritu débil del perseguido”), del doble lenguaje político utilizado según se esté en Madrid o en Barcelona, de que los de Estat Català son nazis y de la mediocridad de los políticos catalanes. Así retrata a Macià, amigo suyo desde la infancia: “No sabía nada de nada y daba miedo escucharle hablar de los problemas de gobierno porque no tenía ni la más elemental noción; pero el arte de hacer agitación y de amenazar hasta el límite justo para poder retroceder a tiempo, lo conocía tan bien como Cambó y como los políticos de ahora”. Curiosamente, Hurtado no distingue casi entre la Lliga y Esquerra, aunque en la comparación considera a estos últimos “un poco más chapuceros y mucho menos instruidos”. También aquí podemos encontrar paralelismos con la situación actual.

El oportuno dietario de Amadeu Hurtado no sólo nos permite conocer el pasado, sino comprender mejor el presente, una vez han transcurrido casi 80 años.

FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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Acosar a los divos, de Vicente Molina Foix en El País

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 31 enero, 2009

La película de Paolo Sorrentino Il divo es una brillante farsa política que recomiendo a todos los espectadores, incluidos aquellos que -como yo y la pareja de amigos con los que fui a verla- salgan del cine igual de divertidos que de escandalizados. Los materiales de Sorrentino, que ha escrito también el guión de su película, son artísticamente impecables, y se basan en una amplia labor documental que los conocedores de la política italiana contemporánea han estimado solvente y certera. Concebida como una gran stravaganza operística, los actores del numeroso reparto, todos de una bufonería muy elaborada, se amoldan a ese espíritu general, contrastando en su papel de coristas con la casi ininterrumpida sucesión de arias de bravura de Toni Servillo, que hace de Giulio Andreotti, al modo en que Philip Seymour Hoffman hizo del famoso novelista americano en Truman Capote o Cate Blanchett de Katharine Hepburn en El aviador: calcando asombrosamente a esos personajes reales, en un alarde de mérito mimético más que de verdadero arte dramático.

La película de Sorrentino, por lo demás, no es única en su propósito de retratar con presunta veracidad y descarnada comicidad a una figura política en ejercicio. Nanni Moretti, pese a negarlo, hablaba paródicamente de Silvio Berlusconi en El caimán (una de sus obras menos logradas); Stephen Frears trazaba con acidez demoledora las siluetas no sólo de Isabel II y Felipe de Edimburgo, sino de Tony y Cherie Blair en The Queen, y pronto veremos el falso documental de Dan Butler Karl Rove, I love you, sobre el homónimo y controvertido director de campaña de George Bush Jr., objeto él mismo el año pasado de W, una recreación semi-ficticia de trazo grueso dirigida por Oliver Stone. Sabiendo la tendencia copiona de una buena parte, la más holgazana, de la industria del cine, hay que esperar en los próximos tiempos nuevas réplicas; candidatos idóneos no faltan, y no quiero ni pensar la cantidad de gente que en España pagaría lo que fuese por ver en gran pantalla un caimán o un divo o un monarca destronado a imagen y semejanza de José María Aznar.

Esta nueva modalidad del biopic en vivo y en directo, que suele gozar del favor del público más políticamente comprometido y del cinéfilo más formado, apela, en mi opinión, a lo peor de nosotros mismos y, por mucho esmero que se ponga en su confección, resulta muy similar a la tan denostada basura televisiva, alimentada en las mismas fuentes: la curiosidad malsana y prepotente, la invasión de la intimidad, y el concepto de que el ser personaje público levanta las barreras de lo privado, por lo que el resto de los ciudadanos se siente autorizado a acosar, fisgonear y juzgar.

Andreotti nos cae mal a todos, por supuesto, excepto al Papa, a los no sé cuántos papas que él ha visto pasar por el Vaticano en sus recién cumplidos noventa años. Es casi probable (aunque no en los tribunales) que este hombre culto y sibilino haya cometido delitos, por lo demás no muy distintos de los que otros estadistas menos duraderos cometen en Italia, en Estados Unidos y en Zimbabue, por no hacer la lista interminable. La película los saca a relucir, en una combinación -muy eficaz pero para mí de dudosa moralidad- de periodismo de investigación filmada y artimaña de paparazzi; es a ese respecto muy elocuente leer unas consideraciones del propio director Sorrentino, en las que afirma que su punto de partida o inspiración a la hora de escribir Il Divo fueron las semblanzas que del siete veces primer ministro y ocho veces ministro de Defensa de distintos Gobiernos italianos trazaron Margaret Thatcher (“él parecía tener una aversión positiva a los principios”) y Oriana Fallaci, quien visitó a Andreotti y se quedó hipnotizada a la vez que aterrorizada por sus suaves maneras untuosas, deduciendo la periodista que “el verdadero poder te estrangula con lazos de seda, con encanto e inteligencia”.

Lo que sucede, sin embargo, es que este tipo de cine, y en particular esta película, se presenta como obra de ficción, y a Andreotti no lo interpreta Andreotti, sino Servillo, saliendo además en el filme su mujer (en la vida real), interpretada en la pantalla por Anna Bonaiuto, su secretaria (real) encarnada por la gran actriz Piera degli Esposti, su confesor y sus antagonistas, todos también actores, mezclándose aquello que la información y las hemerotecas nos dicen veraz con la conjetura del artista Sorrentino. ¿Y por qué no? La historia del arte narrativo es la historia de la falsificación inventiva de lo real y de lo acontecido, y son incalculables la cantidad de obras maestras de la novela y de memorables personajes ficticios que no eran sino un trasunto o reflejo apenas distorsionado de situaciones y seres verídicos. Verídicos pero muertos.

Morir nos hace históricos, a todos; a los divos y héroes y a los seres anónimos y comunes, y esa condición póstuma concede, a mi modo de ver, el permiso para que los vivos ejerzamos nuestro deseo de saber, nuestros métodos de investigación, nuestra voluntad de que el pasado y sus pobladores adquieran verdad y tengan por ella condena o elogio. La muerte no debe actuar, sin embargo, como embellecedora ni gratificadora, ni por supuesto falseadora de los muertos, aunque en España es inveterada -y sigue viva- la manía de honrarlos inmediatamente después del último suspiro, mejorándolos y otorgándoles premios y epítetos que en vida les fueron cicateramente escatimados.

Me parece obsceno, por el contrario, que personas vivas (estoy pensando no en el propio Divo de la política italiana, sino en alguno de sus cuatro hijos o sus muchos nietos) puedan ver en cine, en televisión o en cualquier otro medio las insinuaciones y las suposiciones que alguien ajeno hace no de sus actuaciones públicas, sino de su vida íntima, de sus manías, de sus dolores de cabeza y sus sueños eróticos. Es una forma de intromisión hiriente y acoso en carne viva que nadie, ni siquiera el gobernante más infame o denostado, debería sufrir a cambio de unas carcajadas en una sala oscura llena de cotillas.

Vicente Molina Foix es escritor.

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Los motores del cambio en España, de Ferran Gallego en El País

Posted in Historia, Libertades, Memoria, Política by reggio on 26 enero, 2009

El proceso constituyente fue el resultado de movilizaciones sociales durísimas en los primeros meses de la monarquía que bloquearon la cautelosa reforma de Fraga y propiciaron un suarismo más aperturista

A 30 años de la aprobación del texto constitucional, los comentarios dedicados al momento de su aprobación se han referido a la apertura de un nuevo ciclo político en España. Las sociedades buscan un referente originario de su sistema de vertebración, de su propio reconocimiento social, que puede hallarse en el acuerdo generalizado sobre una declaración de derechos y deberes, así como una articulación de los mecanismos de su regulación. Los análisis acerca de las insuficiencias o incumplimientos del texto constitucional no han dejado de manifestar un entusiasmo que rebasa el texto mismo, para referirse a las condiciones en que éste se redactó y, más allá del periodo constituyente, al proceso de la transición en su conjunto. Existe una simplificación retroactiva que lleva a trasladar a las condiciones de 1977-1978 las que caracterizan nuestra sociedad actual. Pero tal simplificación no sirve solamente al objetivo de desautorización del proceso de la transición. Puede operar en un sentido contrario, que consiste en exaltar la Carta Magna por la vía de ignorar o edulcorar el trayecto político conflictivo que llevó hasta él, atenuando el antagonismo crucial existente en aquel momento: el que separaba a quienes no sabían hasta que podrían conseguir cambios democráticos y quienes se planteaban hasta dónde sería preciso ceder a las presiones de la movilización social que hiciera inevitable realizarlos.

Ambas actitudes acaban coincidiendo en la infravaloración de tales resistencias y en la envergadura de los cambios obtenidos por dichas movilizaciones. De modo que la visión que ha ido proyectándose es la de una sociedad que parte de un consenso que luego es canalizado, en lugar de hacer de la negociación el resultado de un periodo de confrontaciones políticas tan radicales como las que deben suponerse entre el franquismo y la oposición democrática, liderada por los partidos de la izquierda obrera y por el movimiento sindical y vecinal. Las insuficiencias de la oposición en una correlación de fuerzas adversa y los errores cometidos en una u otra fase de la transición pasan a contemplarse como concesiones gratuitas que cedieron la iniciativa a los dos primeros gobiernos de la monarquía al margen de las posibilidades políticas existentes. Algo que acaba por hacer del reformismo franquista no sólo el sector beneficiado de un proceso político que no era el que habría deseado, sino que convierte a la élite del régimen -lo cual significa que al régimen mismo- en el voluntarioso protagonista de la democratización, una tesis que no han dejado de enarbolar los analistas de la derecha española de aquellos y de estos momentos.

Las condiciones de asimetría en que se encontraba la oposición democrática y el reformismo franquista permitieron el control inicial del proceso por éste. Sin embargo, lo condicionaron de una forma radical que no dio satisfacción a las expectativas de la ruptura democrática inmediatamente, pero sí obligó a llevar un proceso de democratización que no se encontraba en la agenda gubernamental. El examen detallado de un periodo breve, pero atestado de improvisaciones y de modificación de las correlaciones fuerzas, es el único medio de evitar una visión que puede acabar por arrebatar su inicio y su resultado a los demócratas, para depositarlo en manos de la derecha o, en el mejor de los casos, en una tierra de nadie exenta de los conflictos que permitieron la llegada de la democracia a España. A esto y no a otra cosa se refieren tanto la curiosa reivindicación conservadora de responsabilizar a instituciones del régimen franquista de un proyecto democrático para el país, o las que sustentan la imagen de un acuerdo de principio entre los españoles, que sólo tuvo que ponerse por escrito en cuanto el régimen estuvo en condiciones de librarse de sus sectores inmovilistas.

En la opinión pública ha llegado a establecerse la referencia a aquel momento fundacional extendiéndolo a un proceso de reconciliación en el que no sólo se eliminan los proyectos contrarios del régimen y de la oposición para el futuro del país, sino asignando a quienes constituyen la élite del régimen la máxima responsabilidad y el papel de protagonistas reales del cambio, atribuido con una retórica generosa al “conjunto del pueblo”, sin distinguir las opciones que distinguían en aquel momento a los españoles. En todos los escenarios, incluido el más crítico con las posiciones de la izquierda, la oposición democrática desempeña un papel secundario, entregada a la iniciativa del reformismo franquista, adaptándose a sus propuestas y renunciando voluntariamente a sus objetivos. He señalado en otros lugares mi escasa complacencia con lo que fueron errores graves de la oposición democrática: desde los que se refieren a un análisis inadecuado de la capacidad de evolución del régimen, hasta los que permitieron una iniciativa política que podría haberse corregido si la primacía de la movilización social no hubiera cedido al paso a una negociación que pasaba a depender cada vez menos de la lucha en la calle. Además, claro está, de las distintas opciones presentes en una oposición democrática plural, que pudieron determinar este desequilibrio letal para poder romper la asimetría del proceso.

Esta posición crítica no exime de un factor que permite comprender, precisamente, lo que debería preocupar a los herederos de aquella oposición democrática, incluso para graduar adecuadamente sus desaciertos y comprender las graves consecuencias que éstos proyectan todavía sobre nuestro sistema. Este factor consiste en comprender que, sin la lucha por la ruptura, ni siquiera se habría producido la reforma. Lo cual no significa que la ruptura fuera posible en las condiciones políticas del año 1976-1977, sino que la reforma podía haber sido esquivada por el régimen, buscando recambios en una democracia limitada como la que se proponía el primer gobierno de la monarquía. También consiste en señalar que el ritmo del cambio no correspondió solamente a la acción de un régimen que no era la cáscara vacía, desprovista de base social, que la izquierda había imaginado, sino a la necesidad de ajustar sus pasos a la presión social que no tuvo siempre los mismos niveles de eficacia ni los mismos grados de unidad, porque la oposición también dependía de la capacidad de adaptación estratégica del reformismo. Tales presiones se realizaron en forma de movilizaciones sociales durísimas, que hallaron una respuesta implacable en los primeros meses de la monarquía: la huelga general de Madrid en enero de 1976, las movilizaciones de Barcelona en febrero o los sucesos de Vitoria en marzo. Esa presión fue la que forzó la crisis del proyecto de reforma inicial de la monarquía y que bloqueó la reforma cautelosa y excluyente de Manuel Fraga. Sin tales movilizaciones no se habría producido la crisis del primer Gobierno de Juan Carlos ni el ascenso de un suarismo dispuesto a mantener el control de la situación por la única vía posible: la apertura de un proceso de negociación que condujo a Ley para la Reforma Política. Ni siquiera en ésta se garantizaba un proceso constituyente que no estaba en las perspectivas de quienes la aceptaron en las instituciones.

Ese proceso constituyente fue el resultado de unas elecciones realizadas en un territorio adverso para la oposición, con un sistema electoral que sigue siendo una lacra de nuestra democracia y con el control de todos los medios de creación de opinión pública y de movilización de votantes en manos de un aparato del Estado al servicio de la UCD. Mas las elecciones mismas fueron un mérito de la oposición, no una intención original del Gobierno ni, mucho menos, del evolucionismo posfranquista. Y su resultado, con más de la mitad del país dando apoyo a la oposición democrática y, en especial, a la izquierda, fue lo que determinó lo que no estaba prefijado: el proceso constituyente en la forma en que se llevó a cabo, rechazando las propuestas más estrechas de su método de elaboración. Comprender la crisis posterior de espacios y horizontes políticos de la izquierda tiene que ver con las penurias de esta fase, pero debe referirse a las condiciones en que evolucionaron las cosas más tarde. La celebración del aniversario debería servir para reducir determinados mitos de la transición y devolver a la izquierda tanto la vigencia de sus errores como la densidad de sus aciertos. O no podremos adjudicar a la derecha ni una cosa ni la otra.

Ferran Gallego es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de El mito de la transición (2008).

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Andreotti, un cardenal laico, de Jorge de Esteban en El Mundo

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 26 enero, 2009

TRIBUNA   PERSONALIDADES

El autor traza un perfil personal y político del que ha sido el líder más influyente en Italia desde los años 60. Amable, muy inteligente y con fino sentido del humor, está dotado de una enorme capacidad de persuasión

Así definió hace años a Giulio Andreotti uno de sus amigos, añadiendo a continuación: «Sólo que a diferencia de los otros cardenales, es inteligente y cree en Dios». Sin entrar en la segunda afirmación que concierne a su privacidad, confirmo ampliamente la primera, porque así lo pude comprobar durante los casi cinco años en que lo traté frecuentemente como embajador de España en Italia, siendo él ministro de Asuntos Exteriores. Si saco a colación ahora esta relación de hace casi dos décadas, se debe a que, por una parte, se puede ver estos días en Madrid, junto a otras dos espléndidas películas que nos permiten presagiar que el cine italiano vuelve por sus fueros, una en concreto, Il divo, dedicada a trazar una semblanza crítica de tan poliédrico personaje. Y, por otra, a que Andreotti acaba de cumplir 90 años, siguiendo en activo en la política como Senador vitalicio, tras sortear múltiples imputaciones y procesos que le han perseguido desde hace muchos años, pero habiendo salido siempre indemne de los mismos.

Como es sabido, una frase suya es citada con frecuencia por los políticos y periodistas de todos los países, habiendo entrado incluso en enciclopedias y libros de citas: «el poder desgasta a quien no lo tiene». Esta frase la pronunció en 1951, respondiendo a un adversario de su maestro De Gasperi, que solicitaba que éste se retirase de la presidencia del Consejo de Ministros, por haber cumplido 70 años A partir de entonces Andreotti no sólo fue el teórico de esta doctrina de la permanencia continua o supervivencia en el poder, sino que ha sido también un maestro de su aplicación en la práctica.

A los 28 años De Gasperi le nombró subsecretario de la presidencia y hasta llegar a su reciente cumpleaños, ha sido siete veces presidente del Consejo de Ministros y alrededor de 20 veces ministro de casi todas las carteras y, por supuesto, siempre diputado y ahora senador, aunque haya habido algún momento, lo que es dudoso, en que no tuviera ningún cargo importante.

P erO precisamente por eso hay que comprender bien su famosa frase, entendida en sus justos términos. En efecto, como aclaró en cierta ocasión, «si como poder entendemos un cargo público en el Ejecutivo, evidentemente el poder disminuye cuando se pierde el puesto». Pero para él, el poder es mucho más que un cargo público, es la capacidad de influir sobre los otros, por lo que mantiene así que «un periodista importante tiene un gran poder y un escritor conocido posee un poder notable sobre la opinión pública». De cualquier modo, en su caso, se han dado ambas circunstancias, porque además de haber sido el político más omnipresente de Italia en los últimos 60 años, es también periodista de vocación y escritor de mas de 20 libros y, por tanto, nunca ha dejado así de poseer poder.

Eran éstas las impresiones que me golpeaban la mente, cuando se apagaron las luces y comencé a ver la película citada, que le retrata de forma no totalmente acertada. Ciertamente, el actor que lo representa no acaba de transmitir, en mi opinión, la personalidad de un personaje con el que yo estuve tantas veces, porque Andreotti es un personaje amable, con la cortesía de un cardenal renacentista, con un hablar reposado, con un trato nada siniestro, a pesar de sus ojos de mandarín que oscilan entre el cinismo y la ingenuidad.Siempre da prueba de su inteligencia, de su sentido del humor y de una gran dosis de ironía. Sin duda lo mejor de la interpretación del actor que lo encarna en la película, es haber calcado increiblemente su peculiar forma de andar, con su incipiente joroba y sus orejas de soplillo, que hacían las delicias de los caricaturistas, especialmente del genial Forattini, que le dibujaba con orejas de asno. Pero como prueba del buen encajar de Andreotti y de su sentido del humor, cuando le preguntaron si le molestaba esa exageración insultante, respondió: «No, al reves, me tranquiliza cuando me miro en el espejo y compruebo que son más pequeñas». Indro Montanelli, gran conocedor de Andreotti, sostenía que el sentido del humor y la ironía era el arma de reserva de su aguda dialéctica política, y así lo pude comprobar yo mismo en las innumerables veces que me reuní con él, sobre todo en los momentos cruciales en que España estaba en la fase final de las negociaciones para entrar en las Comunidades Europeas. Entonces Italia presidía la Comunidad y era Andreotti quien llevaba el peso para convencer a los otros nueve países de que el nuestro debía formar parte de la misma.Recuerdo que me explicó el método utilizado para convencer a los demás socios europeos, que fue definido como «el Confesionario», y que consistía en citarlos uno a uno para convercerlos de su tesis y de ahí que, en gran parte, gracias a su conocida astucia y habilidad, nuestra solicitud fue aprobada en el tiempo justo.

Precisamente unos días antes de esa decisiva actuación de Andreotti en Bruselas, vino a Roma el ministro de Asuntos Exteriores Fernando Morán para entrevistarse con él. En aquellos dias, los atentados de ETA se sucedían continuamente y en la propia Embajada teníamos información de que también harían algo en Roma. El azar quiso que Morán llegase en un día en que el cielo de Roma estaba plomizo y con amenaza de tormenta. Recuerdo que estaban los dos ministros enzarzados en una apasionante conversación, cuando el ruido espantoso de un trueno hizo casi temblar las paredes de la Embajada, ante el susto evidente de Morán y mío. Sin embargo, Andreotti, sin perder la calma, dijo: «No se preocupen, se trata únicamente del terrorismo della natura ».

Pero lo curioso del caso es que combinaba este humor sosegado, propio de una vida sin sobresaltos, con sus continuos viajes y con una admirable capacidad de trabajo. Todos los días, a las seis de la mañana ya estaba en pie para escribir su diario, un artículo semanal en una revista, sus varios libros, sus discursos, y para recibir también la visita de sus electores que acudían siempre para pedirle favores o actuaciones. Muchas veces me citó a las ocho de la mañana para despachar conmigo o para saludar a algún político español, como Marcelino Oreja, que se admiraba de que a esa hora se trabajase ya en la política italiana. Es más, tenía tiempo de ir también a misa, acompañado de sus escoltas, por lo que una vez me dijo que desde hacía muchos años, siempre que iba a misa tenía detrás a la policia, añadiendo: «Creo que he obligado a oir más misas a mis escoltas, que las que habían oido antes en todas sus vidas, por lo que espero que se me compense este apostolado en la otra vida »..

E n Otro almuerzo con él, durante el semestre decisivo para nuestra entrada en el Mercado Común, le comenté que en las interminables sesiones nocturnas que precedieron al acuerdo de nuestra entrada, fue él quien tuvo el mayor aguante y me respondió: «Mi secreto es que de vez en cuando me tomaba un terrón de azucar » . Otro día, en una cena en la Embajada británica, cuando acababa de llegar de uno de sus múltiples periplos por todo el mundo, teniendo ya programados otros viajes inmediatos, no pude contenerme y le expresé mi admiración por su enorme resistencia, ya que era durísima la vida de ministro de Asuntos Exteriores. Su respuesta fue fulminante: «Embajador, tenga en cuenta que hay oficios mucho peores ».

Podría contar otras muchas anécdotas que presencié personalmente, y citar un gran número de sus frases lapidarias, algunas de las cuales se reproducen en la película que se proyecta ahora en Madrid. Pero me limitaré a una más, que me hizo reír, al comentarle que había tenido que ir al dentista, y que ante mi asombro y temor, el doctor mientras me limaba una caries con el torno, me preguntó si me gustaba la ópera. Como no podía hablar asentí moviendo la cabeza, pero aunque me gusta mucho il bel canto, lo mismo hubiera hecho en esos momentos si me hubiese inquirido si me gustaba el aceite de ricino italiano. Tras mi forzada afirmación, el galeno entonó, con fuerte voz, un aria de una opera conocida.Andreotti me escuchó esbozando una sonrisa y exclamó: « Todos somos iguales ante el dentista, pero no todos los dentistas son iguales ».

Ahora acaba de cumplir 90 años y aspira a llegar a los 100, porque, de una forma u otra, sigue sin desgastarse en el sentido que explicó. Se ha dicho que podría ser nieto de Maquiavelo, sobrino de los Borgia y hermano de Richelieu, Sea lo que fuere, Montanelli escribió que unos dicen que es «un hombre capaz para todo», otros «que es capaz de todo» y algunos «que es capaz para todo y que puede llegar a ser capaz de todo». En cualquier caso, en las tres versiones se reconoce siempre que es «capaz»

Jorge de Esteban fue embajador en Roma, es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

© Mundinteractivos, S.A.

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Víctimas y verdugos, de Antonio Elorza en El País

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 24 enero, 2009

En sus últimas intervenciones, amén de valorar negativamente la iniciativa del juez Garzón, Santiago Carrillo viene insistiendo en dos ideas. Una, el derecho de los descendientes de las víctimas de la guerra a dar sepultura a los asesinados que acabaron en fosas comunes. Lógico. Otra, que no debe insistirse en la búsqueda de la identidad de los verdugos, porque ese estigma recaería sobre sus descendientes, que ninguna culpa tienen de contar con un asesino como antepasado.

Semejante idea sería sostenible de no existir los descendientes de las víctimas, a quienes tal vez no les consuele ver cómo el ejecutor de su abuelo, caso de bastantes generales franquistas, sigue siendo recordado en calidad de patriota insigne. Y de no existir una sociedad a la cual se le debe el respeto de contarle la verdad. Sin advertirlo, Carrillo se desliza así hacia el campo de los verdugos, pues según su planteamiento al de las víctimas sólo les toca una sepultura digna y respetar el olvido impuesto nada menos que para no herir a los herederos de este o aquel criminal político. Seguramente no tiene en cuenta los ejemplos, cada vez más frecuentes, de hijos o nietos de nazis preocupados, no por esconder los actos de barbarie de sus antepasados, sino por encontrar a los supervivientes de un lager y compartir su dolor. Puede hablarse de un deber moral para los sucesores del criminal político si se sienten llamados a la acción: superar el vínculo de la sangre y optar por la justicia. Es lo que mostraba el filme de Costa-Gavras, La caja de música, cuya visión sería útil para Carrillo antes de seguir opinando sobre el tema.

En un inteligente artículo aquí publicado hace semanas, José María Ridao consideraba incompatible la creencia en la consolidación de la democracia en España, lo cual permitiría afrontar sin reservas el tema de la memoria histórica, con la estimación de que sin atender a la misma, la democracia no estará completa. “O una cosa o la otra”, nos dice. Tropezamos de este modo con un falso dilema, ya que el hecho de que la democracia se encuentre consolidada, no significa que hayan sido resueltas cuestiones básicas, por ejemplo la financiación y la articulación de las comunidades autónomas, sin lo cual evidentemente el régimen democrático dista de estar “completo”. Sólo que las instituciones no peligran porque tales obstáculos sean reconocidos. Otro tanto sucede con la memoria histórica relativa a la guerra civil y al franquismo. Hubo forzosas cortinas de humo para hacer posible una transición en que instituciones franquistas como el ejército seguían monopolizando la fuerza. Pero ahora, ¿qué sentido tiene erigir una muralla de impunidad retrospectiva? Bien está tratar conforme a derecho a figuras tan relevantes como Hitler, Mussolini o Franco, y a sus seguidores y ejecutores, pero tal vez sería prioritario utilizar ese mismo derecho en dejar claro para siempre quiénes y cómo emplearon el poder en destruir a sus semejantes.

España va aquí camino de ser una excepción en Europa. Los franceses se han acostumbrado a admitir que el resistente Mitterrand tuvo una inclinación ultraderechista que no desapareció con el acceso a la presidencia, o a reconocer la brutal gestión de las guerras de Indochina y de Argelia. En la siempre denostada Italia ha sido posible realizar filmes como Il caimano, de Nanni Moretti, destripando a Berlusconi, y sobre todo Il divo, “el divino”, de Sorrentino, con un despiadado retrato de un gobernante aún vivo como Andreotti, comprometido con la Mafia y con asesinatos políticos. En el libro de Angelo del Bocca, Italiani brava gente?, son expuestos los crímenes contra la humanidad cometidos por Italia en Etiopía o en Eslovenia, con nombres de militares genocidas (Badoglio) y de simples soldados depredadores, siguiendo instrucciones del gran miserable que fue el Duce. Y su nieta Alessandra, y los nietos de los demás asesinos, deben soportarlo. Así se explica el viraje de Giancarlo Fini, desde la militancia negra a la condena del fascismo y del holocausto.

No se trata de satanizar, sino de ponderar los juicios. En estos días conmemoramos el 70 aniversario de la defenestración del estudiante Enrique Ruano, joven militante del Felipe sometido tras el crimen a una campaña de difamación con Fraga Iribarne como ministro de Información. También lo era cuando tuvo lugar el asesinato judicial de Julián Grimau. Fue luego positivo para la democracia, pero los homenajes a las víctimas no bastan para cancelar responsabilidades. La condena retrospectiva de los verdugos, siquiera simbólica, constituye un acto inexcusable de justicia.

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La memoria como política pública, de Ricard Vinyes en El País

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 7 enero, 2009

El esfuerzo que realizó parte de la ciudadanía para conseguir relaciones sociales equitativas y democráticas es un patrimonio ético de esta sociedad. El Gobierno es responsable de garantizar que se transmita y se conozca

Los Gobiernos que han desarrollado políticas públicas de memoria -pero también buena parte de instituciones y movimientos memoriales- han promovido un modelo canónico fundado y sostenido en un principio imperativo, el deber de memoria, el imperativo de memoria. Un modelo del cual derivan al menos dos consecuencias. Primera, el establecimiento de un relato transmisible único, impermeable en su lógica interna, cartesiano, que el ciudadano tiene el supuesto deber moral de saber y transmitir de manera idéntica a como lo ha recibido, una forma de transmisión propia de cualquier confesión religiosa.

La segunda consecuencia de ese imperativo moral consiste en establecer el daño y sufrimiento generados en el individuo como el activo esencial de la memoria transmisible, su capital y su guión. Sin embargo, el dolor, el sufrimiento, no es un valor, es una experiencia. El dolor causado por el terror de Estado forma parte de la experiencia histórica de los procesos de democratización, y debe ser conocido por la vulneración que significa de los derechos a las personas. Pero situar el dolor generado por el terror de Estado y las dictaduras en el centro de una política pública de memoria conlleva un corolario preocupante: la constitución del sufrimiento en un principio de autoridad sustitutivo de la razón. ¿Deberíamos llamarlo biologismo memorial?

Además, resulta un magnífico instrumento de pacificación para los conflictos entre memorias, puesto que situar en el centro del discurso el sujeto víctima, permite agitar la doctrina de los dos demonios, ahora llamada también “memoria completa”, para finalmente practicar la impunidad equitativa, prescindiendo de toda causalidad histórica en una suerte de positivismo del dolor y el daño. Por poner un ejemplo, eso es lo que instaura el capítulo 4 de la Ley de Memoria Histórica al establecer el certificado de víctima. El presidente del Gobierno sintetizó maravillosamente bien, en sede parlamentaria, la utilidad de la víctima: “Recordemos a las víctimas, permitamos que recuperen los derechos que no han tenido y arrojemos al olvido a aquellos que promovieron esa tragedia en nuestro país”. ¿Cabe preguntarse de qué derechos fueron privados los miembros de la Brigada Político Social? ¿Tendrá Melitón Manzanas su certificado? Al fin y al cabo fue asesinado por poner en práctica sus ideas.

Considerar la memoria como un deber moral, o considerar el olvido como un imperativo político y civil -como a menudo se nos repite impúdicamente hasta el cansancio- genera un elemento de coerción, pero sobre todo crea un dilema al plantear la opción entre olvido y recuerdo: ¿Es preciso recordar, o es preciso olvidar?

Lo preocupante de ese dilema es que reduce la cuestión a una opción estrictamente individual, y en consecuencia exime de responsabilidad a la Administración, porque la decisión -de olvidar, o de recordar, no importa- queda reducida a la más estricta intimidad por lo que no puede haber actuación pública, tan sólo inhibición. En conclusión, la mejor política pública es la que no existe, una sentencia repetida con arrogancia en los últimos años, precisamente cuando ha aparecido el reclamo de esa política.

Ahora bien, el esfuerzo de una parte de la ciudadanía para conseguir relaciones sociales equitativas y democráticas, los valores de esos procesos de democratización, la práctica violenta de las dictaduras y el terror del Estado para impedirlos, constituyen un patrimonio, el patrimonio ético de la sociedad democrática. El reconocimiento de ese patrimonio y la demanda de transmisión del mismo instituye la memoria democrática, y la constituye en un derecho civil que funda un ámbito de responsabilidad política en el Gobierno: garantizar a los ciudadanos el ejercicio de ese derecho con una política pública de la memoria, no instaurando una memoria pública. La primera, la política pública, debe ser garantista, proteger un derecho y estimular su ejercicio. La segunda, la memoria pública, se construye en el debate político, social y cultural que produce la sociedad en cada coyuntura, y una de las funciones de la política pública es garantizar el acceso de la ciudadanía a la confección de la memoria pública.

Ese derecho civil no está circunscrito a la posibilidad de leer libros espléndidos escritos por nuestros intelectuales desde distintas ramas del saber, ni se limita al conocimiento histórico que se introduce a las escuelas, si bien ambos son sin duda necesarios. Lo que requiere es situar en el espacio público la presencia y el ejercicio de ese derecho, explicitarlo y regularlo, estableciendo como norma primera que hay una línea infranqueable, la que separa democracia y franquismo, democracia y dictadura. Pero ésa es una frontera que a menudo el Estado democrático no ha respetado, creando un modelo de impunidad propio, derivado del particular trayecto cronológico, del ordenamiento jurídico procedente de la amnistía de 1977 y de la evolución política, social y cultural del país, que han vinculado la expresión impunidad a la negativa del Estado de destruir jurídica y políticamente la vigencia legal de los consejos de guerra y sentencias emitidas por los tribunales especiales de la dictadura, además de establecer el criterio de equiparación moral entre sublevados y leales a la Constitución de 1931, o entre servidores y colaboradores de la dictadura con los opositores a ella. Es así que el reclamo contra la impunidad en España observamos que está desprovisto de vocación o voluntad jurídica, y sí tiene en cambio un esencial, conflictivo e incómodo contenido ético-político. Una incomodidad que ha impedido la elaboración de una política pública de reparación integral, memorial y social, puesto que en realidad tan sólo se han decretado leyes y órdenes de beneficios limitados a determinados grupos de afectados, sin más objetivo que mostrar la simetría justa entre víctimas con leyes y dispositivos de alta densidad simbólica.

Una política pública es la combinación de tres elementos: un objetivo, un programa y un instrumento. El objetivo consiste en asumir como patrimonio de la nación los esfuerzos, valores y conflictos que han hecho posible la democratización de la sociedad y sobre los cuales se sostienen sus expresiones institucionales. El programa son las actuaciones diversas destinadas a preservar, estimular y garantizar la transmisión de ese patrimonio. El instrumento es la institución pública que tiene el mandato de garantizar los objetivos, crear el programa y desarrollarlo.

Una política pública de la memoria democrática parte de una afirmación empírica contrastada: el daño causado por la dictadura es irreparable. Nada puede reparar lo sucedido en la esfera individual, social o institucional, porque lo sucedido ha dejado marca y señal por siempre más en cualquiera de los niveles de la sociedad. La afirmación de irreparabilidad, además de ser un dato empírico procedente de distintas disciplinas, constituye un fundamento ético, las consecuencias del cual Primo Levi expresó con extrema claridad. Y la principal de ellas es que frente a lo irreparable el perdón carece de sentido. No lo tiene ni la demanda de perdón por parte del Estado, ni la concesión que pueda hacer la sociedad afectada. No hay nada que perdonar ni nada que vengar. El daño causado por la dictadura de un Estado que hizo de la violencia su primer valor y su práctica permanente, ha tenido unas consecuencias y un legado sencillamente imperdonables, tan sólo puede ser explicado, reconocido y asumido. Y asumir significa establecer una política pública de memoria que garantice a los ciudadanos reconocer el patrimonio democrático que históricamente han generado, y acceder al mismo con garantías.

Ricard Vinyes es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Su último libro es El daño y la memoria (Plaza & Janés).

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