Reggio’s Weblog

Para que todo siga igual, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Ciencia, Educación, Libertades, Política, Sociedad by reggio on 2 marzo, 2009

Es evidente que no se insiste lo necesario en los mecanismos y procedimientos, en las coartadas, de los expertos en paralizar, en frenar toda iniciativa. Determinadas acciones sólo persiguen perpetuar el actual estado de cosas, “cambiar para que nada cambie”, dicen manidamente. Quizá, pero es llamativo que para algunos lo que se propone sea siempre insuficiente, inadecuado, inoportuno. Habría que hacer otra cosa, que no se concreta y que, en su caso, es de tal alcance e importancia que lo que la define es que resulta inviable. Hegel caracteriza así al alma bella,que, entusiasmada por los grandes ideales, no acaba de encontrar ninguna acción que esté a su altura y no hace nada, salvo deshacerse “en una nostálgica tuberculosis”.

Necesitamos los grandes planteamientos, las visiones globales, los análisis de alcance, pero no es cuestión de organizar en cada caso un simposio. Cuando hay una propuesta concreta, una posibilidad de hacer, irrumpen los peritos en bloquear. Debería antes resolverse no sé qué otro asunto, o tener en cuenta otros aspectos, o protegerse ante posibles efectos, o esperar a momentos más oportunos. No es la previsión o el cuidado lo que incomoda, sino esa reiterada actitud, en nombre de la realidad, que disfraza de prudencia lo que es temor y consagración del statu quo. No cuestionamos la buena voluntad de quienes desalientan toda iniciativa. No es eso lo que ahora nos ocupa. Supongamos, como un indicio más de nuestra poca picardía, que siempre la tienen. Aun así, y con independencia de su intención, funcionarían como un permanente obstáculo. Ni estimulan, ni incentivan, ni promueven, ni motivan. Hablan, y una nube grisácea lo invade todo. Quizá entonces podríamos proseguir la letanía de denuncias, de lamentos que irrigan desazón. Debería haber sido desde el principio de otro modo, ahora mismo no está bien orientado, de depender de ellos sería mejor, pero no hay manera de construir, de articular, de vertebrar nada sobre sus intervenciones, que adoptan la forma de discursos para desalentar. No es necesario que sean apocalípticos. Basta que constituyan una mezcla indiscriminada de reflexiones y de ocurrencias, aderezadas con casos prácticos, para ofrecerse como supuestamente más realistas.

En muchas ocasiones, los agoreros se limitan a estimular la resignación, la rendición. Lo que se puede hacer se frena en nombre de lo que sería ideal, en nombre, dicen, de lo que debería hacerse. Desconocen el ir paso a paso, poco a poco, sorbo a sorbo. Siempre todo ha de ser de una vez y disfrazan de contundencia su falta de insistencia, persistencia, consistencia, resistencia. Como lo perfecto no está a nuestro alcance, quedémonos como estamos. Dicen ser críticos, pero son conservadores. Comprenden los deseos de los que propician cambios y transformaciones, pero para eso, señalan, no merece la pena. Resulta interesante su aportación como estímulo, como aliciente, como límite, como desafío, y han de tenerse en cuenta, pero no es fácil contar con ellos. De darles la razón, simplemente todo se detendría. Tal vez en caso de ignorarles sería peor, pero de imponerse su supuesto realismo nunca modificaríamos la llamada realidad, por cierto ni insuperable, ni magnífica. Y lo que aún es más decisivo, ni justa. Es tal el alcance y radicalidad de su posición que en definitiva parece ser que no hay nada que hacer, sobre todo si se desea que suceda a la vez, es decir, nunca.

Por eso estimamos tanto la acción seria y rigurosa, el trabajo cuidadoso y continuo, la dedicación permanente y coherente frente a otras modalidades más espectaculares que, en definitiva, con el rostro de la audacia y del arrebato, son formas de entorpecimiento y de vagancia. No debemos ignorar que, en ocasiones, las dificultades no provienen de quienes se oponen radicalmente a los proyectos, sino de quienes diciendo perfilarlos, matizarlos, problematizarlos, reabrirlos, en lugar de procurar un debate desautorizan cualquier iniciativa. Entre otras razones, porque ese necesario cuidado previo se convierte para ellos no en un lugar de paso, sino en un lugar de residencia. Y siempre deberían ser las cosas de otra manera. Y siempre no se ha hecho como cabe hacerse. Y siempre no ha ocurrido lo preciso. Y siempre, siempre, nos quedamos donde estamos. Y en nombre de lo que sería mejor hacer.

Desde la constatación de que en muchos ámbitos es indispensable modificar el actual estado de cosas, no por afán de novedades, sino porque simplemente no están bien, es preciso procurar programar los tiempos, impulsar un espacio en el que quepan los discursos sin necesidad de coincidir. No es aceptable que no demos con el modo de que haya un consorcio de las buenas voluntades, de lo que alguien denominó no la buena voluntad de poder, sino el poder de la buena voluntad. Hemos de lograr que sea además de bienintencionada, eficiente y transformadora. De lo contrario, tantas palabras, tantas reuniones, tantas presentaciones, tanta explicación sin comprensión, sin efectiva conversación, ofrecerían la coartada a quienes se empeñan en la brocha gorda de los argumentos grandilocuentes e ignoran el necesario pincel de los buenos motivos. Sus precauciones, sin pretenderlo, colaborarían también para que todo siga igual.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Demasiadas miradas, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Libertades, Política, Sociedad by reggio on 2 febrero, 2009

No está mal velar por alguien, velar con él, cuidarse, acompañarse. Esta vigilancia tiene más que ver con la atención afectuosa. Hay en ello cierta vigilia. Nos custodiamos, nos defendemos, nos atendemos, porque nos respetamos. Pero cuando comprobamos el afán interesado y desmesurado por vigilarnos, no es difícil reconocer la mano de formas de dominio, de posesión, de control, que, en lugar de propiciar nuestra seguridad, ponen en riesgo lo más sagrado, no ya sólo de nuestra intimidad, sino de nuestra libertad. Un aliento seco se sitúa detrás y balbucea palabras que ni se oyen ni se dicen. Es algo que amenaza o que podría amenazar, la coacción de lo que tal vez no ocurra, pero se agazapa a pesar, quizá, de su inexistencia. Basta con sentir que podríamos estar vigilados, basta con saber que lo está alguien, que lo están otros. Es el mundo de la sospecha, del por si acaso, de las dudas, de las incertidumbres, que, en cualquier caso, tienen una clara consistencia e incidencia en la existencia. Cuando hay que espiar es que algo está ya roto o acabado antes de empezar a hacerlo.

Semejante vigilancia, aunque no nos alcance, ya nos toca.

Es la posibilidad de ser perseguido. No es preciso mirar detrás. Está ya en nosotros. Nos habita. Ni es una obsesión ni en principio hay razones especiales para considerar que precisamente nosotros habríamos de padecerla, pero lo consistente de las posibilidades es que, aunque no acabe ocurriendo lo que preconizan, ellas sí ocurren. Por eso es suficiente que otro, algún otro, sea vigilado o perseguido para que esa posibilidad ya nos pertenezca. Si uno es mirado, en cierto modo lo somos todos. Interiorizar ese control surte efectos más implacables que cualquier prohibición, imposición o silenciamiento. Un sordo temor convierte el aire en bruma de sospecha.

Es el gran panóptico, ojo háptico, que todo lo ve y que todo lo alcanza. Creemos ver la televisión y somos vistos por ella, hasta el punto de conformar nuestra mirada. Ni siquiera necesitamos encender el aparato, su visión ya nos habita desde lejos, hasta estar en nosotros mismos, hasta formar parte de lo que pensamos y sentimos. No es necesario que nos ordene, basta que exista. Está entre nosotros, con nosotros.

En eso estábamos y eso sabíamos. Pero, por lo visto, no es suficiente. Ahora se precisa más proximidad. Vuelve el fuego cruzado de las miradas, las miradas de guardia, las de reojo, las desviadas, las de soslayo. Quizá nunca se fueron, pero es que ahora retornan con voluntad de ser no ya una excepción, sino un procedimiento. “Mira que te miro, mira que te voy a mirar. Mira que te voy a alcanzar, mira que no sabes cuándo”. Las tareas de acecho que correspondían a la vieja muerte, siempre viva, son ahora cosa de quienes desean descuartizar cada acción, pesarla y sopesarla, fotografiarla, reinventarla, medirla, exponerla, ofrecerla, venderla. Y lo que resulta aún más curioso, para indagar, para buscar o para crear en la vida de los otros algo de lo que, por sus consecuencias, pudieran arrepentirse. El objetivo es el control y la dominación, a través del desánimo y del descrédito. La cuestión no es que los vigilados hayan de reconocerlo o de confesarlo, es que se les hurtará la verdad de sus propios hechos, a merced ya de otros circuitos. Tratar de encontrar mediante procesos paralelos en las peripecias de alguien lo que se denomina “alguna actuación irregular”, para comercializar con ella, para presionar, para cuestionar su reputación, para mostrar las debilidades de su alma, para desbancarle de ella, para arrinconarlo, para desalentar su acción. En definitiva, para mantenerlo a buen recaudo.

Sin embargo, tamaños ardides no parecen extrañarnos. Lo destacable es que ser atrapado vigilando a otro sería, además de la constatación de cierta incompetencia, un argumento que se volvería contra quien vigila. Vigilar a quien vigila para que vigile como es debido esconde el principio inconfesable de que todos nos controlamos unos a otros. No es el ámbito de la convivencia, de la búsqueda en común y, menos aún, de la amistad.

El espacio de los debates, de los argumentos, de las convicciones, de los valores, de las persuasiones se sustituye por la persecución y el acoso al otro, no ya por la exaltación de las cualidades propias sino por su desconsideración y derrota. Tras algunas indagaciones, quizá se acabe mostrando que ni era así, ni era tanto, ni era cierto, y todos se desdigan. Pero al desdibujarse el perseguidor se acrecentará la sombra y el perfil de las sospecha. Basta con que sepamos explícitamente que puede ocurrir, para que de hecho ya esté ocurriendo. Estamos avisados. Se vigila. Vivimos entre miradas. Aunque todo el espacio está bajo control, hay zonas singularmente acotadas. Por eso es decisivo subrayar que hay otros caminos, otros modos de ser, los de quienes nos cuidan, sin hacerlo contra nosotros. El oxígeno de la confianza, el aire del apoyo, el aliento del estímulo, el impulso de la entrega permiten orear y limpiar la mirada, ampliar los espacios y hacerlos habitables. No toda mirada es escrutadora. Algunas se extienden como mano amiga. Ya lo dice Gabriela Mistral, “hay besos que se dan con la mirada”.

ANGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Noticias para descansar, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Cultura, Educación, Medios by reggio on 5 enero, 2009

Póngase a temblar. Tengo una noticia que darle. Se han asociado de tal modo a algo temible, que las noticias son en principio inquietantes. Si no son malas, se diría que en realidad no ha pasado nada. Aunque estimo el conocimiento, en ocasiones desconocer algo estimula enormemente el pensamiento. Me sorprende, por ejemplo, cómo algo viene a ser una noticia, del mismo modo que sigue pareciéndome increíble que los buques floten, los aviones vuelen o podamos ver por la televisión. Supongo que es ignorancia. Ya sabemos, en todo caso, que no siempre la cultura o la ciencia le saca a uno de las sorpresas, más bien las sustituye por otras, ami juicio más interesantes. Y en el camino, supongo, espero, creo, se producen mejoras notables. Pero, en general, encuentro algunas dificultades en distinguir, de hecho, entre una noticia y un suceso. Y no porque no haya noticias que no sean propiamente sucesos, sino porque, por lo que se ve, todo suceso es ya, de por sí, noticia. Antes se llamaban “casos” y “el caso” era un suceso o un conjunto de ellos. Salvo lo deportivo, que ya parece de por sí reseñable, lo demás gana su derecho en cuanto venga a ser un suceso. Invasiones, inundaciones, recesiones, atentados son, en el peor de los sentidos, las mejores noticias. Así que la información pasa a ser una crónica de sucesos. Sólo escapa a lo previsto precisamente la prevención del tiempo. Sin embargo, logra su carácter de noticia con más alto rango si se presenta con algún síntoma de amenaza o si describe alguna catástrofe, siquiera incipiente. Ello me hace suponer que en esto de las noticias, y en general en la vida, el juego no es sólo el de la memoria y el olvido, sino el del miedo y la seguridad.

Podría ocurrir que la información estuviera orientada, no tanto a la satisfacción de un derecho, a la creación de un estado de cosas, de una base que propicie la igualdad de oportunidades para la participación, para la adopción de decisiones, a la constitución de un criterio, a la apertura de la mente y de la voluntad, a la generación o ratificación de valores, convicciones y principios, o a la solidaridad que nos saque del limitado horizonte de nuestra actividad, sino que más bien iría dirigida a una suerte de conformación, de resignación e incluso de agradecimiento. Se expresaría en la forma de “no estoy tan mal” y, ante las acciones de seres supuestamente como nosotros, “soy bastante decente y responsable”. Está claro que estos procesos de normalización, favorecidos por tales noticias, son algo más que doctrina, son pedagógicos, indican y proponen caminos. En ocasiones para la acción, muchas otras para la parálisis. A veces no sólo narran lo que ocurre, sino que propician su ocurrir. Para ello no hay que falsear lo sucedido. Basta contarlo de tal o cual manera. Eso ya se sabe.

Es interesante, en todo caso, imaginar los mecanismos y procedimientos, los pasos y procesos que conducen a alguien a considerar que algo es una noticia. Supongo que eso se estudia, se aprende, y no es difícil vislumbrar que esta es una de las claves que adornan y constituyen el perfil del buen profesional. Y sin duda los hay. En ello confiamos porque, desde luego, en numerosas ocasiones cuesta entenderlo. Quizá eso nos pasa siempre con el trabajo de los demás. Es significativo, en todo caso, que un hilo de violencia parece sostener aquello que merece el reconocimiento de noticiable. Siempre, en el fondo, algún peligro y, en cierta medida, tan próximo como mantenido a buen recaudo. Por eso, lo razonable es ingerir las noticias, hacerlo mientras uno se alimenta y digerirlas. Se trata de desayunarse, almorzar o cenar con ellas, de recibirlas antes del reposo. Es como si, insensibles, el hambre de los demás incluso abriera nuestro apetito. Lo malo sucedido parece suceder a otros. Es suceso porque es suyo. Nosotros nos enteramos. Ya nos previno Kant del afán de novedades y Hegel de que lo notorio, lo noticioso, lo conocido, no siempre es reconocido. Creer que la clave está en la novedad es tan ridículo como creer que la capacidad de impresionar o, como se dice, de impactar es el criterio de verdad de la información. No es difícil asociar, sin más, la necesidad de producir sensación a cualquier precio con un modo de hacer periodístico. Mucha sensación y poco sentimiento: sensacionalismo. Mucho efecto, poca acción.

Desconozco qué otras noticias pueden brotar, ni cómo se crean o se encuentran, cómo se descubren o confeccionan, pero es evidente que necesitamos historias, hechos y palabras verdaderos, próximos, estimulantes, desafiantes, que nos convoquen a vivir, a luchar, a transformar y a transformarnos. Sin esta curiosidad, la de pensar de otra manera y la de ser otros, la información no es comunicación, sino transmisión de un mensaje. Entonces, después de un diario, de un informativo, de un telediario, lo mejor sería estimar que ya estamos preparados para dormir tranquilos. Agitados, como si se tratara de un ejercicio, sería hora de recuperar la respiración y de reposar. Estaríamos ante algo muy natural, un verdadero postre somnífero. La noticia ya produciría sus efectos. Es hora de descansar, pero no para soñar, sino para que mañana podamos trabajar. Todo es suceso y nada nos sucede. Ni nos afecta.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Lo público, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Economía, Política by reggio on 1 diciembre, 2008

El enemigo de lo público no es lo privado, sino que tanto para lo uno como para lo otro lo peligroso es la incompetencia, la ineficacia y la apropiación. La mejor defensa de lo público es hacer las cosas adecuadamente, con austeridad, con profesionalidad, con solidaridad, con eficiencia, en la búsqueda del bien común. Hemos de hacer valer las buenas razones y defender de todos los modos posibles, legítimos y legales, lo público. Pero la mejor manera es haciendo que resulte rentable socialmente. Esto implica trabajar por una sociedad más formada, más cultivada, más digna, más libre y más justa, en la que los bienes y los valores sean más comunes y en la que los esfuerzos de todos no se diluyan por el abuso de unos pocos que se hacen propietarios de “lo público”, sus portavoces, sus depositarios. Y, en definitiva y en ocasiones, por un inmovilismo difuso, empeñado en la salvaguarda de las esencias. En este sentido, lo público propicia y ha de propiciar la igualdad de oportunidades, con condiciones efectivas de acceso, con condiciones de posibilidad igualitarias, no “igualizadoras”.

Las buenas razones se concretan con buenas actuaciones.

Lo público conlleva una serie de valores que no se agotan en lo que clásicamente podría denominarse “los honores, los poderes, las riquezas”, pero considerar que todo interés es espurio olvida que los intereses pueden ser legítimos, presentables, transparentes, compatibles, solidarios. Satanizar cualquier interés es ignorar que todo conocimiento tiene el suyo, incluso aunque sea el llamado “conocimiento por el conocimiento”. Sólo que hay intereses depredadores que se sostienen en la avaricia. Oenel afán de protagonismo o en consolidación de posiciones adquiridas. Más vale tener justos intereses que manifestar indiferencia, disfrazada de pulcritud. La supuesta apatía suele resultar delatadora. E inquietante.

Atender a los requerimientos sociales empieza por no identificarlos simplemente con las demandas del mercado, así como, a su vez, conviene no confundir el comercio con la mercantilización. Se reivindica con razón el comercio justo. También hoy se habla de comercialización responsable, que es noble transferencia, conversación, en un juego de preferencias. Nos intercambiamos algo. Es aquí donde el lucro es legítimo y la usura impresentable. Yno es inapropiado hacer compatible la rentabilidad social con la rentabilidad económica.

Además, no basta con la buena voluntad, que, en todo caso, resulta imprescindible. Hacen falta objetivos y políticas públicas específicas para afrontar desafíos y necesidades. Ello no es inconciliable con la iniciativa particular. Estas formas de emprender han de convivir y, de hecho, conviven en una sociedad abierta y plural. Y así deseamos que sea. No faltan razones para combatir la privatización cuando esta es concebida como apropiación de lo común, como su gestión desde intereses particulares, no representativos de los intereses colectivos. Ni hemos de ignorar que en ello hay abusos con los más débiles y necesitados. Son ellos los que precisan ser “rescatados”. Es razonable prevenirse de una concepción tecnocrática, utilitarista, cuyo único fin es la ganancia y el provecho propios o de una concepción que pretende poner nuestras vidas en una cadena de producción de mercancías más o menos sofisticadas. Pero tampoco es adecuado comportarse como propietarios de lo público y no reconocer el derecho a pronunciarse sobre ello sino sólo a quienes desempeñamos funciones específicas al respecto. Una institución pública no es propiedad de quienes trabajamos en ella. Ahora bien, la responsabilidad de todos no quiere decir “de nadie”, sino “de cada cual”. Ser servidores públicos supone reconocer que lo público es patrimonio social.

Sin duda, hay necesidades que han de responderse, y desde luego podríamos convenir que la sanidad y la educación, por ejemplo, garantizan condiciones de vida indispensables y han de alcanzar a todos. Con todo, hemos de ser capaces de compartir espacios y de reconocer que perseguir el bien común no es exclusivo de unos, sino de todos los ciudadanos. Ello exige propiciar la igualdad de oportunidades. En todo caso, no llegamos al extremo inocente de pensar que la iniciativa particular agota esos desafíos colectivos.

El legítimo negocio no convierte todo bien y valor en negociable. Que sea goloso no significa que haya de ser negocioso. En el sentido de los impuestos está propiciar valores y servicios que han de ser atendidos para todos, más allá de los legítimos intereses particulares. Ello otorga cohesión social. Lo común es compatible con lo singular, pero lo público dice que lo social no es mera adición de intereses individuales.

El esfuerzo por procurar bienestar, por lograr mejores condiciones de vida, por hacer más productivo un país no significa limitar nuestro horizonte al ámbito reducido de nuestro entorno. No es incompatible con la solidaridad y la permanente cooperación. Lo público implica una universalización de los derechos y un reconocimiento de que la humanidad está también constituida por quienes no están todavía. Las acciones han de procurar un desarrollo sostenible que no se agote en nuestra existencia. Perdido “lo público”, no hay comunidad posible ni sociedad justa.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Estar en crisis, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 3 noviembre, 2008

Uno duda a veces de si en la crisis se puede residir, o de si es una crisis porque en ella no hay modo de alojarse. Pero en otras ocasiones más bien parecería que en el único espacio en el que suele estarse es precisamente en crisis. Para quien está habituado a desenvolverse en esta situación no es fácil atemorizarse por lo que se avecina. Antes bien se extrañaría que pudiera hacerse algo diferente que ir de crisis en crisis. En cierto modo reconocer que una crisis es definitiva o estable hace que ya no sea propiamente una crisis, sino un desenlace, y ya sabemos a qué suena eso. Por ello, en esto de la crisis conviene también mudar de vez en cuando. Siquiera para llegar a otra. Aunque no necesariamente, espero.

Tal planteamiento no excluye pensar seriamente el alcance de todas y cada una de las crisis, pero que se diga crisis económica no significa que no responda al carácter constante que tiene toda crisis y que puede precisarse: aquello en lo que nos desenvolvíamos ya no está o no es adecuado y lo que presumiblemente habría de reemplazarlo aún no parece ni venir ni vislumbrase. Entonces nos encontramos en una cierta intemperie, en la sensación de que el suelo se desfonda, la tierra se quiebra a nuestros pies, no hay asideros a la vista. En todo caso, semejante crisis suele ser más desconcertante y menos llevadera si es individual, si sólo afecta a uno mismo.

No es que consuele que sea general pero ciertamente es menos difícil perderse y echarse a perder si nos alcanza globalmente.

Al menos estamos juntos. Pero no por ello deja de ser sorprendente. Ahora bien, incluso en tal caso, no nos afecta a todos por igual. Es aquí donde es menos complicado hacer declaraciones sobre la crisis si no se es una de sus víctimas preferentes. Si a uno le alcanza el rayo y le afecta directamente en la línea matriz, en el corazón de su existencia, llega a correr el riesgo de perder el juicio. Y no hablamos de locura alguna, sino de una situación crítica, que es literalmente un modo concreto de juzgar. Tal vez entonces cambia la escala de valores, algo que podría ocurrir, por ejemplo, cuando un hecho determinante, fulminante, un fallecimiento, una enfermedad, reescriben las posiciones. De ahí que la verdadera crisis siempre sea una crisis de valores, donde zozobran las convicciones o tal vez se confirman. Nos preguntamos si en definitiva no nos ocurre en esta ocasión algo de eso.

Sería mirar corto estimar que la crisis en la que nos encontramos es algo técnico o coyuntural. No digo que no ocurra eso. Espero que en cierto modo así sea, lo que nos alienta la confianza de que algo cabe inmediatamente ejecutar y con resultados efectivos. Hacemos bien en buscarlos. Todo se puebla de explicaciones, pronósticos, comentarios, como si por fin tuviéramos ya algo común de que hablar. Y, en concreto, debatimos si será dilatada. Pero la cuestión no es sólo la duración de la crisis, sino su alcance, intensidad y dimensión globales. Tal vez convendría no dejar de ignorar que en su raíz se vislumbra que también la ambición puede toparse con sus propios límites si se ve acompañada de la falta de escrúpulos, si se trata de lograr algo de cualquier modo, a cualquier precio social o personal, si no hay más beneficio ni otro que la mera ganancia.

Es aconsejable, por tanto, que llevemos la crisis a ese rincón de los espejos en el que puede mirarse a sí misma y apurar el alcance no sólo de sus efectos sino incluso de sus causas y razones. No sería suficiente con argumentar económicamente. Los motivos son más consistentes y sólidos que la crisis. Son ellos los que insisten, los que persisten, los que inciden, los que conducen, los que mueven. Tal vez entonces estamos ante una crisis de valores y de motivaciones. Nos faltan alicientes, o, quizá, no nos valen esas supuestas razones, no son valiosas para nosotros.

Parecería que hay quienes se desenvuelven cómodos en las crisis, y no porque crean que la vida es errancia y exilio permanentes, sino porque navegan sobre el naufragio de los demás y sólo lloran con lágrimas de los otros. Van de crisis en crisis triunfando sin cesar. Muestran un desconcierto pero no se inquietan, y sabrán sobreponerse alzados en hombros ajenos. Es tiempo de pensar en quienes no es que estén en crisis, es que habitan la pobreza, que no es sólo la ausencia de recursos, sino de posibilidades. Ellos nunca entendieron de crisis, ni atravesaron esa incertidumbre. Siempre supieron que otros apagaban sus sueños. Conviene, por tanto, cuando uno no se encuentra en el mejor de los momentos, recordar que hay muchos modos de pasarlo mal, incluso peor. Y sobre todo no olvidar a quienes siempre les corresponde ese lugar.

La avaricia, el uso y abuso de los demás para el provecho propio, el afán desmedido de lucro, la depredación de la tierra, la falta de reconocimiento para quienes no están ya o no están todavía, la desconsideración para con el esfuerzo y la vida de hombres y mujeres que con su trabajo y su lucha hacen mundo, es ya otra crisis, no ya la crisis en la que estamos, sino la crisis en que, cuando carecemos de valores de libertad y de justicia, consistimos. Perdida esta dignidad, no es que haya crisis, es que no hay derecho.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Tiempo de enseñar y de estudiar, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Cultura, Educación, Sociedad by reggio on 6 octubre, 2008

Se habla reiteradamente, y con buenas razones, de la importancia de aprender. Incluso se insiste en acuñar expresiones ya asentadas del tipo “aprender a aprender”. No se trata de desconsiderar esta necesaria denominación. Al contrario. Sin embargo, nos inquieta que pudiera desprenderse de ello algo así como que uno mismo, por sí mismo, desde sí mismo, a base de tesón y de esfuerzo, pudiera crecer solo. Sin duda es un camino, pero no todo crecimiento se nutre exclusivamente de la dedicación y, menos aún, se reduce al empeño. También es cierto, en última instancia, que ningún crecimiento puede producirse únicamente con una determinada intervención externa. Uno crece, nadie le crece. Pero ello no ha de ser una coartada para abandonar a alguien, nunca mejor dicho, a su propia suerte.

Nos permitimos reivindicar, en esta ocasión, que para aprender requerimos de los demás. Incluso para ser autodidacta es indispensable la existencia y la asistencia de los otros. No nos amparemos en la excusa de que eso es cosa de cada cual y asumamos la necesidad de enseñar y de que nos enseñen.

Enseñar no es sólo mostrar o exhibir. Tiene razón quien dijo que enseñar es dejar aprender y que lo más difícil de enseñar es el aprender, enseñar a aprender. Eso es lo que podemos esperar de quien es un maestro, no sólo del enseñar sino del aprender. Efectivamente, necesitamos más que nunca de esos buenos maestros, en la lectura más abierta y amplia de lo que ello significa. Nos hacen falta aquellos a quienes no sólo escuchar o seguir, sino sobre todo con quienes hacer algo. Por ejemplo, estudiar, o desear, o necesitar ponerse en ello. El hecho de que sea necesario aprender siempre no significa que no hayamos de aprender algo alguna vez o que alguien nos lo enseñe, o que nos indique el camino para que con estudio lleguemos a ello.

Hemos de reivindicar el estudio. Tal vez sea demasiado esperar aquello en lo que creemos, que estudiar pueda llegar a ser estimulante y placentero. Quizás en el corazón de la palabra estudio se convoca a un esfuerzo serio e intenso, a una reflexión, a una determinada labor personal, a un demorarse, a un escuchar lo que se dice y se viene diciendo, a una labor pausada y cuidadosa. No hemos de temer señalar que hay una línea que entrelaza enseñar con investigar. Mientras este último término recibe hoy los parabienes y el reconocimiento social, parecería que estudiar, aunque sea para aprender, se considerase un modo poco actual de hacer las cosas, propio de otros métodos. Pero sin estudio no hay ni conocimiento ni transferencia del saber. Es cierto que no se trata de adquirir conocimiento, si por tal se entiende algo así como tomar algo y depositarlo en un supuesto recipiente interior. Pero es asimismo adecuado reconocer que el estudio procura no sólo disciplina personal, también procura incorporación, que es más que la adquisición y otra cosa que ella, de conocimientos. Ni enlatados, en buena conservación, ni clausurados, sino, en definitiva, saberes y modos de saber. Por eso, singularmente en las actuales circunstancias de proliferación de discursos sobre la pertinencia de aprender, señalamos la necesidad ineludible de estudiar.

Por otra parte, es un camino adecuado para abrirnos a otras perspectivas y liberarnos del limitado horizonte en el que nos desenvolvemos. En definitiva, alguien que es capaz de enseñar de verdad no ha de conformarse con un mero proceso de adaptación a lo ya existente, como si el objetivo consistiera en que uno llegara a ser quien ya es aquel a quien enseña, como si profesores o educadores hubieran de reducirse a asimilarse, a repetir y a reproducir en ellos lo que el estudiante o el discípulo es. No estamos negando que haya una pluralidad de modos de enseñar y que, efectivamente, es preciso organizar, programar, promover, orientar, como parte consustancial de esa esencial tarea que no se reduce a impartir discursos. Hace falta formación y oficio y se requiere preparación y dedicación. E, insistimos ahora, conocimiento y un modo determinado de saber.

Aunque enseñar no es precisamente enseñarse a sí mismo, está claro que se enseña no sólo a partir de lo que uno ya sabe. En gran parte se aprende desde lo que uno es, no limitándose a copiarlo o reiterarlo. Y no simplemente porque lo que en verdad se enseña es también una forma de vivir lo que ya se sabe, sino porque se enseña fundamentalmente por contagio, por contacto, acercándose a alguien y acercándose con él a algo otro que lo que ya ambos saben. Enseñar es un acto de comunicación, una relación y, en cierta medida, una transformación. No un trasvase de saber, sino una transmisión que requiere sintonizar y tener la capacidad de escuchar algo con alguien, no sólo de escucharle a él.

Se puede enseñar y se debe estudiar. Asumamos la responsabilidad y seamos exigentes, sobre todo con nosotros mismos. Estos caminos son a menudo lentos pero es indispensable insistir en que si no hay transmisión, ni traslación, ni recreación del conocimiento y del saber, se producirá el resentimiento y la violencia de quien es exigido y convocado a tareas para las que no se ha ofrecido la posibilidad de formarse. Incluso para pedir conviene darse.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Paradojas de la ingenuidad, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in General by reggio on 1 septiembre, 2008

Ser radicalmente ingenuo es un problema. No serlo en absoluto, también. Supongo que no hemos llegado aún al extremo de considerar que si no se es mala persona se es ingenuo, aunque en ocasiones algo semejante podría desprenderse de ciertas valoraciones. No se trata de reivindicar la simpleza, ni de confundirla con la necesaria sencillez, ni menos aún de defender la incapacidad de hacerse cargo de una situación, de afrontar sus consecuencias o de prever lo que otros pueden llegar a hacer. Pero acabará siendo imprescindible asumir determinada ingenuidad, incluso reivindicarla, si las alternativas son las que corresponden a formas más o menos sofisticadas de granujería. La arrogancia del supuestamente astuto debería no olvidar la fuerza y el valor de esa ingenuidad.

Nose trata de pisar, ni de dejarse pisar, no es cuestión de amenazar ni de dejarse amenazar, si bien se oye hablar con demasiada frecuencia de objetivos que hay que lograr a cualquier precio, lo que vincularía la eficacia con la falta de escrúpulos. Si no se está dispuesto a todo, no se es interesante ni atractivo para lo que se persigue, que, según parece, ha de anteponerse a cualquier miramiento. De lo contrario, por lo visto, se es ingenuo. Y ello hasta el extremo de descalificar a alguien por lo que se estima que es andarse con demasiadas contemplaciones. Aquí irrumpe la paradoja. Si se es minucioso, si se tienen en cuenta los diferentes aspectos, si se piensa en los demás y en el alcance de cada acción o decisión, mira por dónde, se es ingenuo. Lo avispado consistiría en atajar, en ir directamente a la cuestión y en fijarse sólo en los resultados. El resto serían melifluas debilidades, propias, de nuevo, de un ingenuo.

No faltan, por otra parte, quienes una y otra vez previenen del peligro de las posiciones cuidadosas. Prevenir del cuidado, nueva paradoja. Si en una reunión o en un debate público alguien propone o defiende algo que no resulta inmediatamente rentable, es mirado con recelo y requerido para que se explique, mostrando las ventajas o el provecho de lo expuesto, en razón del beneficio como valor supremo. Y, por supuesto, los obsesos de la utilidad aderezan sus avisos con precauciones sobre lo que, en tono casi descalificador, denominan ideas. Defenderlas supondría la máxima expresión de ingenuidad, de falta de realismo.

La astucia sería el camino indicado, al servicio de la eficacia. No suponer que los demás están dispuestos a todo mostraría un candor propio de novatos. Sospechar sería lo sensato, lo prudente. Nada de confianzas ni de generosidades. Cada uno a lo suyo y frente al resto. Competir consistiría en combatir y, por supuesto, en vencer, para lo que valdrían todos los procedimientos, mecanismos y artimañas. Sin embargo, la ingenuidad propondría hacer compatible la competitividad con la colaboración y la solidaridad. Con alguien, no contra él. El desafío es necesario y hasta atractivo, pero si tratar de no arrollar es ingenuo, impropio de triunfadores, es cuestión de preconizar otro tipo de éxitos menos victoriosos. Desear ganar sin víctimas ni derrotados sería la paradójica voluntad del ingenuo, lo que no es incompatible, a su juicio, con poner todos los medios para lograrlo. No es cuestión de humillar, ni de apabullar, ni de aniquilar. Preferimos esta limpieza en el modo de ser y en la decidida voluntad de no claudicar ante el éxito fulminante. A algunos, tamaña inocencia les produce hasta rubor y, desde luego, les causa desconfianza. Alguien sensible, detallista, decoroso, capaz de permanente consideración genera susceptibilidad para los apremiados por lo fácil y rápido, pero no para quienes bien conocen que sólo con gente así se puede ir lejos.

Hay en la ingenuidad una indescriptible tendencia a esperar contra toda esperanza cuando parece haber pocas salidas, a no rendirse cuando las posibilidades son escasas, incluso inapreciables, a confiar cuando los demás sólo ven amenazas, a darlo todo aunque uno se quede solo, a proseguir cuando ya otros han cedido, a ser amable cuando no se es bien tratado. Ello no supone tanto un alma pánfila cuanto una permanente capacidad de ser bien pensante y bien intencionado. Intentar comprender no es querer justificarlo todo, pero esta ingenuidad permite hablar bien de los demás incluso en situaciones difíciles.

Se dirá que la ingenuidad es temible. Sin duda, aunque no está claro para qué y para quiénes. Desde luego las preguntas que provoca desconciertan y a menudo delatan, son un contratiempo para aquellos que buscan cómplices sin principios. La ingenuidad desafía lo que, tal vez enmascarada de experiencia y madurez, es en ocasiones pura malicia, resabiada y enquistada. Esta no es sólo penetración, sutileza y sagacidad, también es la maldad de quien recela de todo y tiene intenciones solapadas, propias de un indebidamente llamado listo. En tal caso, más vale reclamar algún candor, algún pudor, alguna inocencia, lo que no es incompatible ni con la contundencia, ni con la insistencia, ni con la firmeza. La ingenuidad es la que hace no claudicar, la que insta a proseguir y a inquirir. Lo paradójico de ella es que algo tiene que la hace peligrosa, pero no siempre para el ingenuo, sino para quien al encontrarse con él lo desconsidera.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Mejor distribuir que repartir, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Economía by reggio on 27 agosto, 2008

Es tiempo de debatir los presupuestos, los modelos de financiación, y de proponer no sólo números sino palabras y acentos. Considero que es más adecuado decir que los presupuestos han de distribuirse que de repartirse. Y no porque ya sabemos lo que pasa con lo que se reparte y con quien reparte. Es que, además, la distribución incluye una determinada idea de justicia. Ciertamente, el mérito y la capacidad han de tenerse en cuenta siempre que se trate de propiciar o de impulsar acciones o programas, y de financiarlos.

Pero también la necesidad. Ello implica un reconocimiento, no sólo de la diferencia, como peculiaridad, sino también de las diferencias entre unos y otros. Un presupuesto nunca es indiferente, siempre es una elección, una preferencia. Y, por tanto, es un gobierno, en el significado más amplio y luminoso del término, como se dice del gobernar una nave, del gobernar una casa. Preferir exige un sentido de la medida que llamamos mesura. Un presupuesto sería desmesurado si es excesivo o escaso, pero empezaría por serlo si es desajustado, que aquí vale tanto como decir injusto. Así que el jugo, ius-iuris, que encierra la palabra justicia, exige destreza, la de aderezar, la del atrezo, que indica la palabra derecho. Cuando nos quejamos y decimos, sin más precisiones, que no hay derecho, solemos pensar que no es justo.

No son apropiadas las pomposas posiciones y declaraciones, aunque sea lógico defender los legítimos intereses, hacer valer las buenas razones e interpretar en la línea más provechosa las posibilidades. En todo caso, sólo desde lo común, desde el máximo respeto a la comunidad, a lo comunitario, puede alcanzarse la singularidad sin que sea desconsiderada individualidad.

Por eso es tan imprescindible que el derecho y la justicia permeen las decisiones y por eso es tan adecuado no identificar el uno con la otra. Así que no es suficiente con esgrimir reivindicativamente principios, valores y convicciones, siempre tan necesarios. En esto, como en tantas otras decisiones que exigen distribución, son buenos los motivos, los argumentos. No basta con estar convencido, hay que ser convincente. Un presupuesto es también un acuerdo, no sólo una estrategia. Es tiempo de explicarse, y de hacerlo bien. Y, menos mal, que aún quedan quienes estiman que en su elaboración y ejecución se pone en juego una concepción de la justicia.

Es hora de efectuar una distribución, no de hacer un reparto. De ahí que los presupuestos hayan de ser una vertebración, una articulación, una arquitectura, que reclama buenos criterios. Hemos de contribuir y de corresponsabilizarnos en su realización. Hay comunidad no simplemente por tomar parte, nuestra parte, de lo común, sino, sobre todo, por formar parte de su justa organización.

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El temor a parar, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in General by reggio on 6 agosto, 2008

Lo deseamos y, sin embargo, lo tememos. Necesitamos detenernos, descansar, parar. No resulta fácil. Y no porque el trabajo nos apasione, sino porque en el corazón del vacar puede habitar un silencio y un vacío que en modo alguno habría de achacarse a los demás. Entretenidos durante meses en tantas ocupaciones y actividades, su interrupción nos produce algo similar a un pánico. Y, entonces, ocurre eso que no tiene nombre, un sopor que no se reduce a calor. Y brotan cuestiones que adoptan la forma de preguntas sobre lo que hacemos a diario. Y, quién sabe, sobre el sentido mismo de la vida. No es preciso ser muy dado a las ensoñaciones para que aparezca con contundencia y realidad algo que nos abruma. Incluso al parar pueden surgir molestias y malestares de esos que llamamos físicos, dolores, jaquecas, mareos, que nos llevan a frases tan expresivas como indeterminadas, tales como “no me encuentro bien”. Precisamente se trata de eso, de que uno no se encuentra.

Los días quizá transcurran velozmente y, a la par, son cada uno de ellos lentos. Hay algún oasis, pero en última instancia todo tiene la velocidad de lo que parece o doblegar el tiempo o arrodillarse ante él.

Tal vez no pase de ser un estado de ánimo, quizá un cansancio, una falta de fuerzas para dar sentido. Los días nos enseñan sus afiladas uñas, capaces de arañar, de escarbar, de labrar surcos en nuestra tibieza. Y amanece y anochece una y otra vez.

Pero cabe habitar el latir de las horas, desayunar, pasear, tal vez leer, quizá subir o bajar, a lo mejor nadar, o mecerse adormilado, o mirar sin necesidad de ver, o escuchar el ritmo del aire o de la música, o la voz, o a alguien, o saborear el improbable soñar y a veces dormir de verdad, eso que apenas ya recordábamos. Así se va tejiendo un ánimo, se cultiva lo que en ausencia de otra denominación llamaremos alma. Y nos cuidamos.

En ocasiones parecemos trabajar para olvidar, pero al dejar de hacerlo recordamos la necesidad de no perder de vista los límites. Postergar para un tiempo vacacional el cuidado de uno mismo y de los otros es tanto como pretender limitarnos a vivir, en el mejor de los casos, una breve temporada.

Así pronto comprobamos que hemos olvidado no sólo cómo hacerlo, sino en qué consiste. Por eso es tan importante parar a diario. Los días no pueden interrumpirse únicamente por el dormir de la noche. De vez en cuando es preciso tomar distancia para ver. En esta nueva infancia que recobramos, nada nos traerá más descanso que una cierta reiteración, un dejarnos acariciar por las horas, por los otros, una sencillez que acallamos con la complejidad algo ficticia de nuestra labor diaria. No hace falta quedarse quieto para parar. Hay otro hacer. Por ejemplo, reír, desear, respirar o esperar.

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El quehacer de la paciencia, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in General by reggio on 4 agosto, 2008

Prefiero la paciencia a la resignación. Ni es inactividad ni es claudicación. Es constancia, insistencia, coherencia. Hay quienes se descomponen si las cosas no van como desean, si no suceden inmediatamente. La paciencia sabe atender, es una forma de acción que convive con la espera. La precipitación no es su camino. Pero no se limita a aguardar la llegada de algo o de alguien, con su quehacer crea las hospitalarias condiciones para que advenga: hace venir.

Son tiempos de urgencias. Sin duda, algunas alarmantes. Y hemos de abordarlas, de enfrentarlas o, quizá, de afrontarlas, de aceptar el desafío. Claro que hay que hacer. Sin embargo, la acción no es realizar cualquier cosa de cualquier manera, para sentirse decidido o activo. Ni es limitarse a constatar qué pasa. Es procurar que ocurra, y de una determinada forma. Tanto la ansiedad como la apatía son formas de desconsideración. No es que transgredan lo previsto, es que impiden toda previsión, ese modo de ver que antecede, preludia y desea. La paciencia no lo da todo por ya prefigurado o clausurado, aprisionado por la expectativa. Desestima el apresuramiento. Y la pasividad. Es compatible con el elegir, con el preferir.

Amanece por la maduración de la noche, por la fuerza del día, por su buena labor, no porque cerremos o abramos los ojos. No es adecuado precipitar el fruto, su fructificación exige un determinado trato con el tiempo. La paciencia comprende su quehacer y lo quiere y lo acompaña. Combate toda prisa, todo miedo y sabe hasta qué punto late en la plenitud del instante alguna forma de eternidad que cabe atisbarse o incluso habitarse, como sólo un mortal es capaz de hacer. Demorarse en algo, permanecer en ello, deambular por sus aristas y laderas y saber convivir con el asunto es compartir la propia paciencia de la cosa. Ella se configura poco a poco. Como la vida, que tanto viene como se va.

No siempre vemos ni prevemos lo que nos aguarda. Esperamos abiertos a lo imprevisto, esperamos incluso lo inesperado, que es tanto como desvivirse por vivir. Por eso, la paciencia no es un simple estado de ánimo, ni un ingrediente de la actividad.

Es una forma suprema de atención, de activa contemplación, de aquella que participa en el brotar o emerger de algo, del otro, de la vida. La paciencia acompaña y, a la par, alumbra. No es simplemente comadrona, siendo ésta decisiva y no sólo para Platón, es concepción, hace irrumpir en la luz.

No esperemos sentados en el umbral de la puerta el paso de un hecho concluido, de un hecho tan hecho que resulte un deshecho, un cadáver que, en última instancia, acabaría por ser el nuestro. Terminaríamos por ser mirados por lo que decimos ver, agotado nuestro mirar. La paciencia nos hace hacer pero sin voluntad de darlo todo ya por finalizado, por finiquitado, por finado, por muerto. Es la paciencia de no querer dejarlo todo agostado, sin vida. No es reposo, es inquietud.

No sólo esperamos, también somos esperados por lo que nos espera. Por eso, la paciencia no consiste en detenerse, ni en suponer que todo es indiferente respecto de lo que pensamos, decimos y hacemos.

Ahora que parece primar el abordaje, el asalto, el ataque, ahora que para algunos ser ejecutivo es ser ejecutor, hay otro modo de acción, sereno, insistente, no el de la mirada que escudriña sino que penetra en el corazón de lo que hay y lo toca sin arrasarlo todo. Una y otra vez procuramos, luchamos y perseguimos lo que no acaba de llegar, pero no cejamos. En definitiva, no se trata de improvisar respuestas de repuesto, ante la incapacidad para soportar las cuestiones abiertas. Temerosos, somos capaces de precipitar cualquier supuesta solución, con tal de no tener que sostenernos pacientemente en el problema y vérnoslas con él.

La paciencia no es indiferencia. Resulta desconcertante y magnífico cómo convive con la pasión, cuando ésta no es entendida como una intervención puntual, casual, coyuntural, sino como un estado de intensidad. La insistencia y la energía ofrecen otras posibilidades y dan a la vida un primor y una frescura inclasificables. Me gustan quienes ni son impasibles ni se alteran permanentemente, quizá porque siempre tienen curiosidad y nunca se dan por definitivamente peripuestos. Se les ve incidir en las cuestiones y, más que tomar, esperan dejar o desprenderse de algo. Aunque se despojen de sí, necesitamos que no se nos vayan. Su espera nos hace vivir porque viven creativamente.

Por eso, tal vez la justa paciencia quede reservada para la profunda humildad del artista capaz de crear, que espera la hora del alumbramiento. La paciencia es artífice. Así nos lo recuerda Rainer Maria Rilke. “Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que por ello quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!”.

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Las cantinelas del liderazgo, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 2 junio, 2008

Desde luego que para ser un buen líder se precisa tener una gran capacidad de convencer y de motivar. Pero eso sólo ocurre si es asumido por los demás, que son quienes, en definitiva, lo reconocen. Ni se convence ni se motiva sin argumentos, que siempre lo son en relación con alguien. Así que se es líder con otros, por los otros, para los otros. Ser líder no es un acto de autoproclamación personal. En todo caso, es sorprendente la frecuencia con que la falta de liderazgo se esgrime contra alguien, como arma arrojadiza, como si estuviera claro o se diera por supuesto en qué consiste. Así que también hemos de poner en cuestión a quienes son expertos en expedir certificados de liderazgo. En este asunto, como en tantos otros, convendría que el análisis y la reflexión no estuvieran contaminados por una simple lucha de intereses, o de poder.

Ciertamente precisamos de referencias, de quienes tengan la capacidad de escuchar y de comprender, más allá del simple rumor de la superficie. Hay quienes saben anticiparse, leen incluso libros aún no escritos, ven surgir y brotar las palabras, las ideas, pueden prevenir lo que ha de llegar, abren otras perspectivas. Tienen la capacidad no sólo de asistir a lo que sucede, sino también de hacerlo suceder. No son simples visionarios, sino personas con capacidad de hospitalidad y de acogida para cuanto existe y para con los otros. No son, sin embargo, meros recipientes o receptáculos, ni simples voceros o portavoces, ni una suerte de relatores con alguna facilidad de palabra y con buena imagen. Se trata de tener la capacidad de dar y de ofrecer nuevos sentidos, pero desde la asunción de lo hecho y vivido.

Hay quienes sostienen un discurso, que es mucho más que un conjunto de palabras bien articuladas. Ello tiene que ver con discurrir, inventar, reflexionar, pensar y tomar posición. En este sentido, no ha de confundirse la rotundidad con la contundencia. Un líder no se erige o proclama como un caudillo que guía o manda. Su labor, siendo más discreta, no es menos significativa. No se es más líder porque se sea más inflexible o más impositivo, o porque lo que uno no diga resulte aplastante e indiscutible. Una vez más, se malentendería el valor, la valía o el coraje confundiéndolos con la arrogancia de quien hace ostentación de su dominio.

El líder se caracteriza por su capacidad de aglutinar, de aunar voluntades, de hacer causa común, de conjugar intereses, por propiciar espacios de decisión compartidos, por dar visibilidad a lo colectivo desde su palabra y su estilo propios, por concretar objetivos y caminos, y no sólo ideas, sino también los proyectos correspondientes. Responde a una concepción que orienta los caminos. Su capacidad de fecundar, de germinar, de hacer crecer es un estímulo que procura intensidad y reactiva los equipos, las instituciones. El líder no acalla sino que potencia la palabra de los demás. Y no por su decir vocinglero, sino por su capacidad de enriquecer lo individual en el conjunto de lo plural.

Es curioso que, en ocasiones, los mismos que exigen del líder que tenga iniciativa propia, capacidad de decisión y singularidad en los planteamientos censuran que sea así. Quieren que promueva lo que ellos desean, como si en última instancia el liderazgo consistiera en hacerles caso, dado que, ellos sí, se consideran los auténticos intérpretes de la mayoría. Si son minoría, el liderazgo consistiría en hacerse eco de la excelencia de los supuestamente más avanzados, que bien pudieran ser los más rezagados.

Sólo quien es capaz de escuchar las buenas razones es capaz de motivar, de movilizar, de emocionar. Y de mirar y ver más lejos. Ilusión no es lo mismo que emoción, pero una y otra se trenzan con las convicciones y los principios constituyendo una posición y propiciando un discurso que alguien ha de saber hacer. El buen líder debe dejarse aconsejar, pero nunca podrá conformarse con una palabra al dictado, aprendida de memoria, no vivida, no sentida. No se puede tener una capacidad postiza de liderazgo. Ninguna actuación impecable cubrirá la laguna de lo que uno no cree, sabe ni puede. Sin duda es posible cambiar la actitud, aprender modos y maneras, mejorar en las intervenciones, en las comparecencias, pero no se fabrica el liderazgo. Hay quienes con su mera presencia ya nos dicen algo, nos dicen mucho. Su forma de ser, de hacer, nos importa y no siempre porque nos cautive o fascine, sino porque nos abre y marca caminos, nos ofrece posibilidades, constituye horizontes y desafíos por los que merece la pena luchar. Es su modo de tratar con nosotros, de tratarnos, de sentir y saber que le importamos, lo que nos atrae.

Reñir, desautorizar, cuando no descalificar, parecerían signos de firmeza. Sin embargo, más son síntomas de debilidad, como la incapacidad para reconocer errores y modificar posiciones. Persistir en la equivocación no denota entereza, sino estupidez, y la capacidad de liderazgo nunca es una forma acreditada de estulticia. Necesitamos seres ejemplares, admirables, pero no tanto para la imitación (sólo para hacer como ellos) cuanto para la emulación y el estímulo (para hacer con ellos). El buen líder evoca, convoca. No se limita a ordenar, organiza.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Hoy también hay reunión, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Política, Sociedad by reggio on 5 mayo, 2008

Es muy probable que hoy tengamos algún tipo de reunión laboral, vecinal, familiar. No dejaría de ser interesante elaborar una tipología de sus diversas modalidades. En un sentido amplio, podrían catalogarse como asambleas, congresos, seminarios, juntas, comités, comisiones, consejos… Pero si hubiéramos de hacer una primera clasificación, esta distinguiría entre las que son convocadas y las que ocurren más o menos inesperadamente. Desde amplias y lucidas mesas a veladores de café, de una u otra forma, con evidentes razones, o sin ellas, nos reunimos. A veces, para asistir a un espectáculo, a una función, a un acontecimiento. Pero, en definitiva, en muchas ocasiones precisamos estar juntos. No digo, aglomerados y conglomerados, sino unos al lado de otros. Tal vez añoramos cierto symposium o convivium en el que el banquete sea, en última instancia, el de la palabra y el aliento compartidos, el de la amistad serena de la conversación, el de un beber, comer y reír juntos. El de un mutismo ya suficientemente poblado de emociones, sensaciones y afectos. Pero no siempre la reunión finaliza en un silencio que nos abraza, con el que nos abrazamos. Hay reuniones multitudinarias plenas de sentido, aunque, según se dice, el número más propicio para quedar, por ejemplo, a cenar, o a trabajar, es entre tres, el número de las gracias, y nueve, el número de las musas, y podría ser desaconsejable salirse de esta horquilla, sobre todo si se desea una placentera conversación o un clima de serena comunicación. Todo es bien distinto si se reúnen dos personas. No es preciso insistir. Entonces las cercanías y las distancias son otras, el aire viene a ser común y se focaliza intensamente cada palabra. No es que haya que andarse con más cuidado, es que todo está poblado de una inmediatez en la que no cabe huida. Sólo la amable naturalidad puede afrontar lo que, incluso en los casos más agradables, resulta exigente.

Pero, puestos a distinguir, considero que la diferencia mayor entre unas reuniones y otras es que en algunas es imprescindible adoptar una decisión antes de levantar la sesión. Chaïm Perelman, quien dio un paso decisivo en esto de la lógica de la argumentación, nos recuerda que a los jueces les ocurre eso, que finalmente tienen que decidir. No hace falta insistir en que no es a los únicos que les pasa, pero lo que ahora nos importa es subrayar que hablamos de otro modo, con más razones y motivos, si sabemos que hemos de adoptar una resolución que si aquello es más bien un intercambio de posiciones. Y es entonces cuando se precisan más que nunca de quienes acojan y comprendan las palabras de los otros y tengan la capacidad de proponer medidas concretas, viables, y eficaces. Disponer de un oído colectivo, un oído comunitario, y ser capaz de articular lo escuchado dota de autoridad moral. Reunirse para convencerse y decidir es a veces menos emotivo que otros encuentros, pero no menos emocionante.

Hay muchos asuntos que se afrontan en el terreno de lo discutible, de lo preferible y cuya solución ni es única ni irrefutable. Por eso es tan importante que haya espacios de decisión compartida, donde quepa lo rebatible y lo negociable y donde se precise la fundamental de las condiciones de quien sabe comportarse en una reunión, que es la capacidad de escuchar. No debe confundirse con la de estar callado, pero desde luego en una reunión conviene que alguien lo esté. No necesariamente todo el rato, pero al menos algún tiempo.

Quien conoce esto es muy detallista con los espacios de reunión, los cuida, los elige. Ya no sólo la comodidad es decisiva o las características de la estancia o el que haya buena acústica, o luz. Todo forma parte de las palabras que se dicen, es, a su modo, palabra, y ello incide directamente en la posibilidad o en la inviabilidad de un acuerdo. Pero, puestos a hablar de la disposición, la decisiva es la de uno mismo y la de los demás. Ninguna razón impide ser educado, amable y capaz de motivar, que es tanto dar motivos como ánimos. Reunirse es la acción de insistir en la unión, en los aspectos más comunes, siempre en el cordial horizonte de un acuerdo. Quien todo lo puede sólo es un peligro público. Quien todo lo decide solo no es simplemente un solipsista, es, además, un desconsiderado con él y con los demás, un ingenuo. Incluso las decisiones más singulares y personales, aquellas que parecen atañer o alcanzar a uno exigen una cierta reunión, siquiera consigo mismo.

Que comprobemos con agrado que vivimos en un país de reuniones no significa que no deseemos que se preparen y organicen mejor, que sólo ocurran cuando sean convenientes o necesarias, que tengan efectos, que duren lo razonable, pero no vemos mejor que se eludan. Ya no sólo por razones democráticas, sino incluso de eficacia, para el conocimiento, para la implicación, para la reflexión y el análisis. En ocasiones faltan sobre todo ideas, que no son simplemente luminosos fogonazos sino que tienen fuerza configurativa, capacidad de hacer y de mover. Y falta que vengan a ser proyectos, que son no la disolución de las ideas, sino su concreción, su compromiso. Nos gustan los proyectos que hacen causa común, que llevan en su corazón la huella del acuerdo, que son reunión y nos convocan. Quizá a otra reunión, la de nuestras acciones.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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