Reggio’s Weblog

La cabeza cortada en la plaza de Cesena, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 1 marzo, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Cesena es hoy una tranquila ciudad provinciana de la Emilia-Romagna, bajo el golfo de Venecia, hacia el noreste de Italia, cuya única notoriedad contemporánea es la de haber servido de cuna al malogrado ciclista Marco Pantani. Sin embargo cualquiera que conozca su turbulenta historia podría concluir que de ella emanaba el indomable espíritu batallador con que aquel al que apodaban El Pirata acometía sus míticos cambios de ritmo, escalando las más escarpadas cimas.

Tras haber servido de sangriento escenario a algunos de los episodios de la guerra civil en la que Mario y Sila se disputaron el dominio de Roma y sus territorios vasallos, la ciudad fue objeto de permanente disputa entre el Papado y el Sacro Imperio durante gran parte de la Edad Media. A ese período corresponde el llamado Baño de Sangre de Cesena -1377- durante el que Roberto, cardenal de Génova y legado papal, pasó a cuchillo a miles de civiles.

Fue la familia Malatesta la que estabilizó la autoridad del pontífice y ahí queda, en el centro de la ciudad, el castillo bautizado como Roca Malatestana que se convirtió a la vez en símbolo y escenario de su poder. Sus muros sirvieron de prisión a Catalina Sforza, también conocida como La diablesa de Imola, quien, levantando el estandarte de su familia milanesa, plantó cara durante el primer mes de enero del siglo XVI a las fuerzas papales ahora dirigidas por César Borgia. Cuenta la leyenda que la misma noche de su derrota la sensual Catalina yació con el victorioso hijo bastardo del Papa valenciano Alejandro VI.

Pero toda la región estaba en llamas y aquí es donde toma el hilo de la narración un tal Nicolás Maquiavelo que, en el capítulo VII de un manual de avisos a gobernantes titulado El Príncipe que pergeñó apenas una década después, cuenta cómo «para someterla a su obediencia, el Duque -o sea César Borgia- nombró a Maese Remirro de Orco, un hombre cruel y vigoroso al que le dio poderes absolutos». Esto ocurrió en marzo de 1500 y a corto plazo la solución adoptada fue un éxito porque el flamante Teniente General de la Romagna dobló el pulso de forma implacable a cuantos rehusaban someterse a su patrón.

Sin embargo, un par de años después, «el Duque decidió que ya no era necesaria una autoridad tan excesiva y puesto que sabía que la reciente dureza había generado bastante odio, se propuso dejar claro que cualquier acto de crueldad que hubiera sucedido no provenía de él, sino del carácter brutal de su ministro».¿Qué forma más elocuente podía haber de demostrarlo sino depositando el cuerpo de Maese Remirro dividido en dos segmentos -la cabeza por un lado, el resto por el otro- en el centro de la plaza de Cesena, tal y como ocurrió la mañana del día posterior a la fiesta de Navidad del año 1502?

La ferocidad de esta escena dejó a la gente a la vez estremecida y satisfecha», explica Maquiavelo. Una bella fuente renacentista con trazas de tarta nupcial o pastel de cumpleaños, construida unas pocas décadas después al pie de la Roca Malatestana, ocupa hoy en un lateral de la Piazza del Popolo de Cesena el lugar en el que durante días y días continuó exhibida esa cabeza. Nunca he estado allí, pero desde que unos amigos me enviaron una postal, siempre he imaginado la chola del tal Remirro haciendo acrobacias sobre el chorrito de agua presurizada.

Bromas macabras aparte, lo que impresionó tanto a Maquiavelo es la habilidad con que César Borgia se había servido de su lugarteniente por partida doble: primero como perro de presa encargado de realizar el trabajo sucio; después como chivo expiatorio, destinado a absorber todas las culpas y saciar todas las venganzas. Ponía así a la orden del día la práctica de sacrificar un animal para aplacar a los dioses, a la luz de la experiencia de aquellos pueblos que, como los atenienses o los aztecas, reservaban a un tipo determinado de seres humanos para cumplir el papel de víctimas propiciatorias.

Parece obvio a dónde o, más bien, a quiénes vamos a llegar. Pero ha sido una nota a pie de página en una de las ediciones de El Príncipe la que ha terminado por cincelar la analogía. Resulta que De Orco era, como los Borgia o Borja, de origen español y que, siendo su nombre primigenio el de Ramiro de Lorca, no es difícil imaginar que él o sus ancestros procedían de la misma región murciana a la que Mariano Fernández Bermejo continúa representando en el Congreso de los Diputados, portando su ya seccionada cabeza gentilmente bajo el brazo.

El presidente Zapatero encaja bastante bien en la descripción que Maquiavelo hace de «aquellos particulares elevados a la condición de Príncipe por la buena suerte», sobre todo cuando se trata de «hombres con tanta astucia natural como para disponerse rápidamente a preservar lo que la fortuna ha vertido sobre ellos». Y, ojo, porque el politólogo florentino identifica esa astucia natural nada menos que con la virtud.

Si apela de tal modo a la destreza con que el gobernante maneja las riendas del poder, es evidente que Zapatero ha exhibido un alto grado de virtuosismo en el empleo de las utilidades sucesivas que le proporcionaba la personalidad de Bermejo. Su nombramiento nos dejó estupefactos a muchos -desolados más bien-, pero no fue una ocurrencia. El mundo judicial era a los ojos del presidente un territorio tan levantisco como la Emilia-Romagna lo era para el Papado. Había que meter en cintura a sus señorías togadas, neutralizando su querencia conservadora, aprovechando sus errores, echándoles encima a la opinión pública, cambiando las reglas del juego, estimulando a través del Consejo el nombramiento para puestos clave de jueces progresistas dispuestos a convertirse en una expresión más de la mayoría social de izquierdas esa mayoría a la que le corresponde de forma natural gobernar España hasta hacernos ver «la vida en colores, ¡coño!».

Bermejo garantizaba hasta los exabruptos. Zapatero sabía lo que se hacía cuando lo eligió y la estampa del encuentro cinegético entre el ministro, el juez que acababa de enchironar a los del PP y el policía que le había suministrado los argumentos para hacerlo resume el triunfo de su proyecto. Pero, claro, como ocurrió en la Italia que inauguraba el Cinquecento, unos métodos tan expeditivos no podían dejar de provocar desagradables secuelas.Tanto desde el punto de vista del resentimiento generado entre los destinatarios de las medidas represivas -ahí está el éxito de la muy contraproducente huelga judicial- como en función del propio rastro de una conducta a la vez desafiante y obscena.

La acumulación de detalles impúdicos como el gorroneo familiar en Quintos de Mora o la caza sin licencia en Andalucía llevaron a Zapatero a la conclusión de que Bermejo se había pasado de frenada y ya tocaba entrar en la siguiente fase de su aprovechamiento político. Su mandato había durado unos meses menos que el de Remirro o Ramiro, pero a cambio su decapitación fue más elegante.

Zapatero tuvo la habilidad de ir cercando a su ministro con las reacciones críticas orquestadas desde dentro del partido, empujándole así hacia una dimisión tan aparentemente espontánea como implacablemente exigida. Aquí tienes esta afilada espada, tú verás lo que haces cuando el gallo cante el lunes. Hasta el timing funcionó con precisión de relojería: ni un día antes de que la opinión interna estuviera madura, ni un día después del inicio de la última semana de campaña, con tiempo para limpiar los últimos restos de sangre antes de que gallegos y vascos acudan hoy a las urnas.

César Borgia habría envidiado esas dos comparecencias de Zapatero en Antena 3 y la Ser en las que el presidente primero dijo que no estaba en sus planes «destituir» a Bermejo, pero que su «dimisión» era digna de «aplauso»; y luego añadió que su salida del Gobierno sólo está «muy muy indirectamente relacionada» con la causa que instruye Garzón contra el PP. O sea que la cabeza cortada lleva ya un rato dando brincos sobre su lecho de agua, pero no se trata de un ajusticiamiento sino de un suicidio y además su móvil no ha sido la vergüenza sino la dignidad. ¿Hay quién dé más? Maquiavelo habría aplaudido con las orejas.

Daría cualquier cosa por haber estado presente en las conversaciones entre Zapatero y Bermejo -episodios así deben quedar para la posteridad-, pero su fase culminante debió parecerse mucho al momento en que el general T’sao T’sao, conquistador de la China central hace 2.200 años, mandó llamar al jefe de su intendencia cuando sus desabastecidas tropas estaban al borde la rebelión.

«Quiero pedirte que me prestes algo y tu no puedes negarte a ello», le dijo T’sao T’sao. «¿De qué se trata?», respondió su siempre bien dispuesto subordinado. «Necesito que me prestes tu cabeza para mostrársela a las tropas», añadió el general.«Pero si no he hecho nada malo», repuso espantado el intendente.«Ya lo sé, pero si no mando que te maten habrá un motín; no te preocupes: yo me ocuparé de tu familia cuando tú ya no estés», concluyó T’sao T’sao.

El relato está incluido en el libro de Robert Greene The 48 Laws of Power como ejemplo ilustrativo de un epígrafe titulado «Oculta tus errores, ten un chivo expiatorio a mano para cargarle las culpas». Bermejo ha demostrado muchas veces tener alma de sayón -cuando encarceló a Mariano Rubio para hacer más cómoda una conferencia de prensa de González, cuando abortó un tercer grado de Mario Conde que cumplía todos los requisitos – pero en esta ocasión también ha dado pruebas de que tonto no es. Mejor atrincherarse bajo el pupitre del escaño, preservando la jeta en formol como si fuera el corazón de Marat, que seguir sirviendo de pim-pam-pum a la intemperie sin protección de ninguna clase.

Lo macabro del caso es que el muy prescindible y sustituible ministro no sólo ha pagado por los pecados de quien le nombró sino que también lo ha hecho por los de su compañero de fechorías escopeteras. Porque, claro, Garzón no hay más que uno y a ver quién prescinde de él cuando su desdén por la legalidad y el derecho sólo tendría parangón si descubriéramos a un Papa ateo, cotidianamente ejercitado en la blasfemia.

En el fondo lo que aquí ha ocurrido se parece bastante a la historia de ese pueblecito judío en el que sorprendieron al zapatero cometiendo un asesinato y el alcalde -tan avispado como nuestro presidente- decidió que, puesto que nadie más conocía su oficio y en cambio tenían unos cuantos albañiles, lo mejor era ahorcar al más malencarado de entre ellos.

Sólo los defensores de los animales encartelados ante la Audiencia han compensado tanta injusticia política con una brizna de justicia poética, pero ni siquiera su mirada idealista puede convertir a Galeote y Bárcenas en tiernos cervatillos.

P. D.- Aunque soy consciente de que a los lectores les importan muy poco estas tontunas y hace tiempo que desesperé de ser tratado con ecuanimidad, nunca dejaré de esforzarme por preservar y practicar la mía. Una palabra, pues, sobre la penúltima escaramuza entre periodistas vanidosos. Así como me reafirmo en que antes de que EL MUNDO desvelara ante el gran público el episodio de la cacería yo sólo había oído «rumores y chau chau», luego he sabido que, mientras nuestro periódico realizaba las comprobaciones de rigor, incluido el emplazamiento formal al Gobierno a que confirmara o desmintiera el hecho, una página web de su mismo grupo difundió la portada de la revista Epoca con los primeros datos sobre el asunto. No seré yo quien niegue a ningún colega sus méritos.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Entre dos bigotes, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Ahora que la vida ha acudido una vez más en auxilio de una modesta expresión artística, de forma que Bermejo ha quedado retratado practicando la caza nocturna de jabalíes al aguardo en una finca pública -gratis total- cuatro días después de que yo le imaginara en tal trance en esta página.

Ahora que al haber admitido que lo que ocupaba al juez, al ministro y a sus perros policías durante aquel domingo en el que Garzón tenía en el calabozo a los detenidos, era un sistemático descaste, disponemos ya de una metáfora perfecta del carácter político de su cacería.

Ahora que se ha vuelto tan pertinente averiguar quién paga y con qué propósito estos onerosos festines cinegéticos que con los mismos o parecidos asistentes se reproducen semana tras semana bajo la coordinación de personajes del corte y confección del jefe de seguridad -con nombre de poeta- de una importante compañía.

Ahora que el criterio técnico de la Fiscalía Anticorrupción ha frustrado las pretensiones del Juez Campeador de instruir una causa general contra el PP y la jaleadísima Operación Gürtel ha quedado circunscrita a los mangoneos delictivos de un grupo de aprovechados en dos o tres ayuntamientos de Madrid y a la probable corrupción del destituido López Viejo en los términos desvelados el domingo pasado por este periódico.

Ahora que todo lo que resta de la monumental red de cohechos imaginada en la Comunidad Valenciana es la petición de que el Tribunal Superior investigue si una factura imprecisa de 5.000 euros emitida por un sastre con extraños antecedentes respalda la tesis -taxativamente desmentida por el interesado- de que Camps recibió unos cuantos trajes de regalo. (Lo que, dicho sea de paso, podría ser tan indecoroso como en sí mismo inocuo desde el punto de vista penal).

Ahora que se ha diluido, por lo tanto, la hipótesis de que esto iba a ser la Filesa del PP y no parece tampoco que ningún catedrático con suficientes galones como para impresionar a la opinión pública esté poniéndose en el ángulo de tiro de los descastadores. (Aunque nadie deba descartar la pirueta de última hora por la que Garzón mandaría el caso al Supremo descubriendo indicios, inexistentes a ojos del fiscal, contra algún senador o diputado).

Ahora que Rajoy ha reaccionado con brío y todos los dirigentes del PP han cerrado filas ante lo que evidentemente ha sido un serio intento de desestabilizar o incluso destruir al partido, ha llegado el momento de que -una vez pasado, aparentemente, lo peor- ese grupo humano que desempeña una labor tan esencial en una democracia como el ejercicio de la oposición permanezca unos minutos más ante el espejo y se pregunte qué es lo que les está pasando y por qué les está pasando.

La práctica totalidad de los que salieron en la foto de Génova fueron protagonistas en mayor o menor medida de la gran aventura política que durante los prodigiosos 90 les llevó del congreso de Sevilla a la mayoría absoluta, con parada y fonda en la «amarga victoria» del 96. Por eso recordarán bien cómo los primeros compases de su proyecto fueron gélidamente acogidos por una opinión pública moldeada por el felipismo y presta por lo tanto a asumir el retrato de Aznar como aquel irrelevante y patoso Charlotín del que se mofaba el cántabro Hormaechea con un par de copas de más.

Pero también recordarán que el primer rasgo de su joven líder, que rompió aquel estereotipo y le hizo acreedor al menos del respeto de amplios sectores sociales, fue su intransigencia ante la corrupción. Aznar se había distinguido como presidente de Castilla y León por adoptar medidas de austeridad como la supresión de las Visas Oro de los altos cargos, y cuando los hechos le pusieron a prueba no vaciló en cortar cabezas como las de Cañellas y Peña que, en Baleares o en Burgos, simbolizaban rudimentarias formas de colusión entre la política y los negocios.

Pronto empezó a hablarse de «el del bigote» con el deje de admiración que merece quien ejerce su autoridad y con ese punto de empatía con el que las clases medias reconocen a uno de los suyos. Aznar y Botella eran ordinary people que vivían modestamente con su hipoteca y su asistenta de toda la vida. Frente a la España del pelotazo y de la beautiful ellos representaban el tesón y el esfuerzo de tantas familias orientadas a sacar a sus hijos adelante sin buscar los atajos del dinero fácil. Además, la gente percibía que el éxito no iba a hacerles cambiar de actitud y por eso nadie veía simulación o impostura cuando Aznar declaraba que si ganaba las elecciones no se irían a la Moncloa sino que seguirían viviendo en su casa de siempre con sus muebles de siempre.

El intento de asesinato de 1995 y el baño de realismo que siguió a la conquista del poder alteraron esa utopía de que todo seguiría igual, pero cuando Jose y Ana entraron en su nueva residencia aquella primavera, caminando bajo la arcada de los plátanos monclovitas, yo escribí la crónica de la llegada de Gulliver -o del Sastrecillo Valiente- al País de los Gigantes. Todo les quedaba grande, todo les parecía pretencioso, todo les remitía a una forma de estar en la cumbre que no era la suya. Cerraron la Bodeguiya, suprimieron el timbre de pedal incrustado junto a los sillones de la sala de columnas y decidieron volver a veranear en Playetas.

O tempora, o mores! El hábito fue poco a poco haciendo al monje y los compromisos propios de la agenda de un jefe de Gobierno abrieron ante los Aznar nuevos horizontes dentro y fuera de España, cual si del escaparate de una sofisticada pastelería se tratara.Ni su escala de valores ni su integridad personal sufrieron un vuelco, pero su reticencia ante la ostentación y el lujo fue deslizándose por una suave rampa hacia espacios más laxos y permisivos.Sólo en el caso de las stock options de un íntimo amigo como Juan Villalonga se produjo una reacción de rechazo ante el enriquecimiento súbito, pero ese rebote no tuvo continuidad en episodios posteriores objetivamente mucho más reprobables. Quizás porque para entonces ya se había cruzado en la vida del presidente la más sensual, despampanante y voraz de las amantes: Miss Absolute Majority.

Esa mayoría absoluta y el compromiso de no presentarse a la reelección lo trastocaron todo. Aznar empezó a acariciar la textura de la estatua que le reservaba la Historia y todos sus mecanismos de autocontrol político, personal e ideológico fueron desactivándose.El había acabado con las secuelas políticas de la Guerra Civil, él se había ganado el derecho a poner los pies sobre las mesas más importantes del mundo, él iba a situar a España de un día para otro en el puente de mando de la Historia desde el que se materializaba la eterna lucha entre el bien y el mal encarnado por el terrorismo internacional, él iba a dejar a los suyos asentados para siempre en el merecido confort de la tierra prometida después de hacerles probar sus más selectas y felices mieles en el marco incomparable de la boda de El Escorial. Fue entonces cuando, en vísperas de la invasión de Irak, le dijo a Bush aquello de «siempre tendrás un bigote a tu lado».

Toda la meritoria saga que incluye la ascensión, apogeo y caída de la más importante expresión política de la derecha democrática en España se compendia en este fascinante trayecto que media entre el subestimado Charlotín y el sobrestimado Bigote Defensor del Mundo Libre. Desde 2004 -y va para cinco años- el PP no vive sino el largo epílogo del aznarismo. Un aznarismo que en el momento del paso atrás de su inventor incluía ya un legado complejo y variopinto con incrustaciones tan embarazosas como las que acaban de aflorar.

Los jóvenes cachorros del clan de Becerril y asimilados se han hecho mayores. Unos se han consagrado en la política, otros en los negocios y no faltan quienes mantienen equívocamente un pie en cada lado de la raya: dos o tres de estos últimos sacaban la cabeza en la foto del prietas las filas. Entre tanto la figura del yerno de Aznar, Alejandro Agag, con sus negocios en el mundo de la Fórmula 1, su proyección internacional, su visión del marketing deportivo, su personalidad y simpatía se ha ido convirtiendo en una referencia generacional de cómo en dos patadas, con desparpajo y buenas conexiones, se puede alcanzar la cima del éxito, donde sólo el cielo es el techo.

Han sido, además -1996-2008-, 12 años de prosperidad, boom inmobiliario y actividad frenética. Las oportunidades estaban ahí al alcance de los audaces; también las tentaciones para los ligeros de conciencia.Mindundis como estos alcalditos de Boadilla y Majadahonda o este diligente chico de los recados deportivos sin apenas formación que tan engañada ha tenido a Esperanza Aguirre durante tanto tiempo -y no habrá sido por falta de advertencias- sólo tenían que alargar la mano para coger el dinero fácil. Ex altos cargos y diputados con despacho empezaban a coquetear en las fronteras de lo admisible.

Ya no había un Gran Bigote que vigilara sus actos y pusiera tasa a sus abusos. El PP había perdido el Gobierno de la nación, el poder autonómico del partido se había federalizado -también la corrupción- y un Rajoy benévolo y condescendiente mantenía la probidad y el decoro personal pero dejaba que cada uno hiciera de su capa el sayo de la conveniencia. ¿Por qué si en una fecha nunca del todo aclarada Génova interrumpió sus relaciones con Correa y su pandilla, no transmitió sin embargo una consigna clara para que las administraciones autonómicas y municipales hicieran lo propio?

Este clan de arribistas con gomina que la moviola nos enseña una y otra vez desfilando sobre mancilladas piedras venerables con sus muñecas neumáticas y sus chaqués desafiantes ha germinado a la sombra del PP como los más dañinos hongos saprofitos lo hacen al pie de los viejos troncos. Su estandarte vuelve a ser un bigote pero esta vez no inspira ni inconformismo, ni ansia de regeneración, ni autoridad contenida, ni siquiera delirios de grandeza. Es el bigote fanfarrón, truhán, circense y arrebatacapas que Alvaro Pérez, alias El Domador, debió extirpar en el momento de su muerte al legendario actor Terry Thomas -el inolvidable Sir Percy de Aquellos chalados en sus locos cacharros- para trasplantarlo escobillado al bies sobre sus propios labios.

La música y letra de este vodevil trágico podría ponerlas Aute, a base simplemente de cambiar el destinatario de aquella canción que a mediados de la pasada década todos relacionamos con la corrupción socialista: «Míralos, como reptiles,/ al acecho de la presa,/ negociando en cada mesa/ maquillajes de ocasión;/ siguen todos los raíles/ que conduzcan a la cumbre,/ locos por que nos deslumbre/ su parásita ambición./ Antes iban de profetas/ y ahora el éxito es su meta;/ mercaderes, traficantes,/ más que náusea dan tristeza,/ no rozaron ni un instante la belleza ».

La cuestión es, pues, ética y estética. Sean cuales sean los resultados del próximo domingo y de las elecciones europeas, este partido no puede seguir así, escurriéndose de escaramuza en escaramuza hacia el albañal del «todos los políticos son iguales».El electorado moderado es mucho menos incondicional que la izquierda militante y si el PP no se reinventa con un nuevo impulso democrático, sus seguidores buscarán la ilusión en otro sitio.

No se trata de reeditar el «Maura sí, Maura no» de hace un siglo.Esta no es una cuestión de fulanismos, sino de reglas y principios.El PP padece hoy un serio déficit democrático, agravado por el fiasco del Congreso de los avales bien atados. Tiene tiempo, margen y unos nuevos estatutos para resolverlo. Insisto y quiero ponerlo por escrito: aunque pueda tener mis preferencias, yo no contrapongo al «Rajoy sí» de los barones, la bola negra de un enfurruñado «Rajoy no», sino algo todavía más lacónico. Así, no.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Los cochinos y la luna, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 15 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Pocas observaciones del doctor Johnson demuestran tanto su legendaria perspicacia como la de que «produce extrañeza y melancolía que la escasez de los placeres humanos pueda persuadir a alguien de que la caza es uno de ellos». Por eso siempre he detestado la caza y compadecido al cazador.

Respecto a lo primero añadiré incluso que fue, precisamente, al escuchar de labios de Zapatero palabras que podría haber pronunciado yo sobre la repulsión profunda que le produce la mera presencia a su alrededor de armas de fuego en cualquier espacio civil, cuando me di cuenta, en una de nuestras primeras conversaciones, lo compatible que puede ser a veces sentirte cómodo con alguien y discrepar profundamente de sus principales ideas, decisiones y proyectos.

En cuanto a lo segundo, sólo puedo decir que hasta hace poco me resultaba imposible comprender cómo personas que nadie confundiría con esos sádicos que disfrutan infligiendo el dolor e imponiendo la muerte a otros seres vivos, son capaces de afrontar penosas caminatas y largas esperas en condiciones climatológicas desagradables, embutidos en atuendos tan incómodos como ridículos, para regresar reventados, rebozados en barro y medio muertos de hambre, enarbolando como única recompensa unos guiñapos sanguinolentos, destinados a la cazuela, que cualquier carnicería suministraría con mayor calidad y menor precio.

Pero escribo en pasado porque, contemplando el álbum de un reputado cazador, un amigo me hizo ver un día que la respuesta al enigma de por qué alguien puede ser feliz de tal manera está en esas fotos en las que fulanos que todos conocemos como empresarios, políticos o profesionales de éxito posan sonrientes con un hato de perdices, los cuernos de un venado, los colmillos de un elefante o la piel de un tigre: «Quieren ser como los animales que matan.Se retratan con sus restos por la misma razón que los indios se colgaban al cinto las cabelleras de sus enemigos o se atribuye a algún jefe de Estado africano haber devorado las vísceras de sus opositores».

Mi amigo me hizo ver la luz. Efectivamente todos desearíamos poder volar entre robles y encinas, poseer un cuerpo grácil y aterciopelado rematado por una línea Maginot de defensas óseas, exhibir unas elegantes protuberancias de marfil y movernos en la selva de la vida con la agilidad y facilidad de defensa y ataque de los grandes gatos.

Desde entonces no puedo dejar de ver en cada cazador la representación antropomórfica de la especie a la que dispara. Hay conocidos empresarios en los que atisbo piruetas ora de tórtola acrobática, ora de codorniz turulata, algún poderoso banquero en el que percibo el vigor de los grandes paquidermos y políticos en paro con inquietantes ademanes no ya de dóberman sino de urogallo esquivo o de felino emboscado. Incluso cuando veo bambolearse al Rey, moviendo toda su eslora con esa planta imponente de árbol milenario, no puedo dejar de imaginarme al gran Mitrofán -antes de que le dieran la primera copa, no vayamos a liarla – o a cualquiera de sus plantígrados primos.

Claro que, aunque refleje una tendencia, ésta no es una regla automática; como tampoco todos los amos se parecen a sus perros con la misma intensidad y detalle. De ahí que el hecho de que la cacería en la que Bermejo y Garzón participaron el sábado de la semana pasada en la finca Navaltorno fuera de venados no tenga ningún significado especial desde esa perspectiva, pues nadie asimilaría la estampa o conducta de ese par de divos de la sal gorda con los gráciles parientes de Bambi.

Sin embargo, hételas aquí que la chispa de las analogías se encendió cuando varios medios publicamos que el segundo acto del domingo había sido una batida de jabalíes en toda regla, celebrada en Cabeza Prieta a muy pocos kilómetros del pueblo natal del juez.Ni siquiera cuando luego quedó aclarado que en realidad se trató de una montería de muflones pudo disiparse tal impacto, pues tampoco hay nadie que identifique a nuestro dúo de tramposos con la nobleza caprina de estos artiodáctilos que siempre chocan de frente con sus bellos cuernos ensortijados cual yelmos de la guerra de Troya.

¿Y por qué con los jabalíes sí? Dejo a la conciencia de cada lector la confesión de cuánto habría contribuido en su caso a esta asociación de ideas -siéntanse por un momento en mi lugar- la siguiente observación lingüística. Resulta que los mismos que se autoproclaman protagonistas del «hecho cinegético», poniéndose cursis y estirados como lo hizo Bermejo el miércoles, luego nunca dicen que van a cazar jabalíes, sino que indefectiblemente alardean de que su plan consiste en «ir a matar unos guarros», «meterles plomo a unos marranos» o como poco «pasar el rato tirando a unos cochinos». Esta sí que es, con su eructo de rigor y unas cuantas flatulencias, la genuina Escopeta Nacional.

La primera acepción que el Diccionario reserva para un guarro se refiere, naturalmente, a su condición zoológica; la segunda apela al desaliño físico y la tercera, a la mala educación. Pero todavía hay una cuarta por la que, coloquialmente, se define así a todo «hombre ruin y despreciable».

No seré yo quien atribuya tales condiciones morales de forma esencialista a nadie, pero ambos adjetivos me parecen muy adecuados a la conducta de quienes abusan de su poder de manera cainita, siempre con la misma pretensión maniquea de demostrar que el adversario ideológico es el compendio de todos los males, errores y vicios a extirpar y por eso «ahora nos toca luchar contra los hijos, igual que luchamos contra los padres». Y muy adecuados son también esos términos para hacer frente al sucio utilitarismo de quienes, creyendo que todos los deberes y funciones se cumplen con igual laxitud, son capaces de explayarse con exclamaciones del estilo de «¡Poco tienen que tener para tener que tirar de esto!».

Tener o no tener, esa es la cuestión. ¿Cuánto tiene Garzón? ¿De cuántos tiene Garzón? ¿Cómo tiene Garzón? ¿Desde cuándo tiene Garzón? Afortunadamente un periódico -al menos el nuestro- se parece muy poco a esa especie de imaginario fichero de la Pide o de la Stasi del que tocaría echar mano -por no abandonar a esta pareja de clásicos- «en el momento en que lo aconseje la jugada». Cuestión distinta es, como digo, que Garzón organice su juzgado y ejerza su jurisdicción mirándose en el espejo de aquellos jueces del Tribunal Revolucionario que por las noches subían a la tribuna del Club de los Jacobinos para denostar, en un ambiente de francachela y camaradería maloliente, a los enemigos políticos a los que a la mañana siguiente pensaban condenar a la guillotina.

Volvemos a centrarnos, por lo tanto, en el esto. O sea en la «cacería» con comillas que comenzó el pasado fin de semana contra el PP. Y, de entre todas las modalidades que se practican para abatir suidos, es decir jabalíes, es decir marranos, guarros o cochinos, la que me parece que viene más al caso es la práctica del aguardo o acecho nocturno en los lugares estratégicos a los que el animal acude en busca de comida.

Basta visitar los foros de internet en los que los esperistas intercambian consejos y experiencias para comprender hasta qué punto la astucia y la tenacidad del cazador compiten con las de su presa. Sobre todo cuando el propósito es cobrarse como pieza uno de los llamados «catedráticos», «macarenos» o «chanchos viejos» con el colmillo doblemente retorcido por la selección natural y la experiencia. Así un cazador veterano relataba recientemente en un texto titulado Los guarros y la luna el acopio de paciencia de que tuvo que dotarse hasta lograr liquidar a «un macareno ladino que entraba al comedero cada vez que las nubes tapaban a la luna». Y es que, como dice el autor, «serán guarros, pero no tontos».

Cuestión distinta es «cuando se sale a hacer carne», es decir cuando los cazadores se conforman con abatir a los animales más jóvenes, conocidos como «chanchitos parrilleros», pues al ser su textura más tierna van directamente a la sartén o la cazuela.Todo es mucho más sencillo porque se mueven en grupo como parte de la piara y apenas si toman precauciones al salir a alimentarse cuando les entra el apetito. Hacer así carnicería es como para un escopetero tirar a pichón parado.

Si hubiera que extrapolar tales reglas a lo ocurrido estos días en el Juzgado de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional, cabría apuntar que en su imaginada batida de jabalíes Garzón y Bermejo -con el inestimable apoyo estratégico del Comisario Jefe de la Brigada Judicial que acudió a despachar y luego volvió a la retaguardia- sólo «salieron a hacer carne» y de momento se limitaron a llenar de plomo a unos cuantos «chanchitos parrilleros» tan glotones e insaciables como Correa y Asociados. Con unos tíos que no perdonan ni un aperitivo, ni una merienda, ni una sobrecena y encima van echando cuartos al pregonero, inflando el tamaño de los platos, exagerando la variedad de las viandas e implicando a los mejores chefs, casi podríamos decir que las armas se disparan solas.

Pero todos sabemos que si Garzón y Bermejo han afilado sus colmillos como gumías, han cepillado sus orejas puntiagudas, han estirado al máximo sus jetas relucientes y han embutido sus pezuñas en las botas que chapotearon ya en 1.000 ciénagas, no es para contentarse con la pedrea. No, ellos buscan liquidar a uno o varios «catedráticos» de postín para cortarles la cabeza, mandarla a los taxidermistas mediáticos habituales y poder exhibirla en la sala de trofeos de la Santa Izquierda Hunting Club.

Y la técnica que están empleando aparece descrita en otro de esos foros de esperistas, pues consiste en sembrar las inmediaciones de una charca con una apetitosa mezcla de manzanas y maíz -las filtraciones del sumario o los propios autos que mantienen el enigma de quiénes fueron sobornados- y aguardar a que en las noches de cuarto menguante algún chancho con galones, atraído por el olor y la curiosidad, comience a merodear discretamente por las inmediaciones, tratando de averiguar que es lo que de verdad hay allí depositado.

Si se tratara de cazadores novatos, dispararían en cuanto vieran moverse la primera sombra. Pero ellos tienen ya suficientes muescas en la culata como para saber contener la impaciencia y retener la adrenalina. Lo que harán será observar noche tras noche la trayectoria del «catedrático» para ir vallando las distintas vías de salida, mientras aumentan poco a poco las dosis que incluyen en el cebo. Sólo cuando la presa ya no tenga escapatoria, apretarán el gatillo. Uno y otro se precipitarán entonces, entusiasmados, hacia el cadáver de la víctima, le quitarán la careta, levantarán el velo del misterio y derogarán el secreto del sumario: ¡Anda, pero si es un excelentísimo señor alcalde! ¡Mira, mira, que es un ilustrísimo consejero o conseller! ¡Fíjate lo que hay aquí, nada menos que un miembro de la Ejecutiva Nacional!

El problema es que, como se descuiden, a lo mejor se encuentran con que tienen overbooking y toda una generación de idealistas maleados va quedando en evidencia, noche tras noche. Es lo que decía Atahualpa Yupanqui: de tanto mirar la luna, ya sólo sabes trincar. O lo que advertía Hobbes, plagiando a Plauto: el hombre es un guarro para el hombre.

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El progreso del libertino, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 8 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

No acabo de entender cómo, habiendo transcurrido ya casi un mes desde el estreno en el Real de The Rake’s Progress de Stravinski y contando el periodismo español con un elenco tan brillante de colegas aficionados a la ópera, ninguno haya hecho hasta ahora el pertinente paralelismo entre la saga/fuga de su protagonista y la de Zapatero.

Aunque la función se presentaba titulada como La carrera del libertino, a mí me viene más al caso la traducción literal, pues progreso es lo que seguimos viendo en su itinerario -que no en el nuestro-, a juzgar por las últimas encuestas de popularidad e intención de voto. Por otra parte, el hecho de que Sonsoles Espinosa sepa muy bien hasta qué punto la ópera es espacio natural para el simbolismo y la metáfora -no digamos nada si el libreto lo escribe un gran poeta como W. H. Auden- simplifica el trámite de aclarar que no son inclinaciones licenciosas lo que veo en la personalidad y conducta de su marido.

Pero la súbita ascensión del vaquero Tom Rakewell -un chico que se negaba a subir peldaño a peldaño, pues quería ser o César o nada- a raíz de un episodio tan inesperado como una supuesta herencia, remitida desde el más allá a través de un mensajero significativamente llamado Shadow, supone ya un elemento de semejanza con lo que ocurrió en el PSOE en el 2000 y en España en el 2004.

El pacto con el diablo -pues no otra cosa resulta ser el tal Sombra- evoca luego la negociación política con ETA, y la escena del burdel de Mother Goose, con aires de gaita escocesa al fondo, nos remite a los dispendiosos encamamientos con los nacionalistas vascos, gallegos y catalanes. ¿Y qué decir del episodio en que el luciferino ayudante presenta la máquina que convierte las piedras en pan, habilitando un doble fondo en el interior de un viejo aparato de televisión? No llegaré al extremo de mi vehemente amigo Paolo Vasile de identificar el formato de Tengo una pregunta para usted con la «demagogia» en estado puro, pero tampoco me resulta difícil imaginar a un cándido Zapatero proclamando a la salida del plató, como el personaje de esta ópera, que «he ideado un artilugio portentoso», por lo que «la penuria queda abolida con mi ingeniosidad», convirtiendo así «la Tierra en un edén de buena voluntad». ¿Quién da más con un simple pareado?

Todas éstas son, sin embargo, equiparaciones un tanto artificiosas comparadas con el momento culminante en que Shadow ofrece a Tom la infalible fórmula del éxito: «La atolondrada multitud se ve empujada por el imprevisible ‘tengo que’ de sus placeres. Y los pocos que son sensatos están atados por el inflexible ‘debería’ de su obligación. Son dos servidumbres entre las que no hay nada que elegir. ¿Te gustaría ser feliz? Aprende entonces a actuar libremente. ¿Te gustaría actuar libremente? Aprende entonces a ignorar a esos gemelos tiranos del apetito y la conciencia».

No estoy diciendo que Zapatero carezca en términos absolutos tanto de pasiones como de principios, pero sí que posee una inusual capacidad de mantener a raya a las unas y a los otros. O sea, a «esos gemelos tiranos». No es un mármol sonriente del género de quienes ni sienten ni padecen, pero ejerce un especial dominio sobre sus emociones y practica una utilísima gimnasia moral consistente en amoldar siempre las convicciones al contorno de las conveniencias.A lo primero le ayuda la afabilidad natural de su bien publicitado talante y, a lo segundo, una apañada base intelectual que abarca espacios fronterizos e incluso híbridos entre el liberalismo y el socialismo.

Nadie podrá denunciar modales despóticos en su forma de ejercer el poder, pero ni siquiera González o Aznar en los tiempos de sus mayorías absolutas controlaron sus partidos de manera tan omnímoda como lo hace él o dieron la sensación de gobernar de forma tan desenvuelta. Zapatero oscila al compás del péndulo del pragmatismo no tanto en una escala ideológica como en un perpetuo viaje de ida y vuelta entre la transgresión y la contención.Hay en él una permanente inclinación a los gestos provocadores, pero tan pronto como cae en la tentación está ya empezando a salir de ella. ¡Qué maestro en el arte de recoger velas! ZetaPé aprieta pero no ahoga, debió decirle la vicepresidenta De la Vega al cardenal Bertone.

Todo esto se corresponde en gran medida con el perfil del cínico astuto que triunfa en la política flotando como el corcho. «Sus opiniones dependían generalmente de la situación en la que se encontraba y sus verdades no eran sino los puntos de vista de su fortuna», escribió Lamartine de Tayllerand. Para un superviviente nato como el antiguo obispo de Autun los distintos escenarios políticos no eran sino «expedientes del destino» que le permitían reafirmarse en su condición de «servidor feliz de los acontecimientos».

Según el romántico autor de la Historia de los Girondinos, para desempeñar ese papel «se necesita que el hombre separe las dos cosas que constituyen la dignidad del carácter y la santidad de la inteligencia, que son la fidelidad a los compromisos contraídos y la sinceridad de sus convicciones o, lo que es lo mismo, la mejor parte del corazón y del alma». Autonomía ante las emociones, desdén frente a las devociones. Ni que Auden lo hubiera tomado como fuente de inspiración de su libertino

Sin embargo, Lamartine advierte algo decisivo: «Estos hombres son aduladores y no auxiliadores de la Providencia». Tayllerand pudo servir a los regímenes más diversos -absolutismo, revolución, directorio, consulado, imperio, restauración- o, mejor dicho, servirse de ellos, pero nunca tuvo ni siquiera la pretensión de liderar ninguno. Lo suyo era mantenerse en el poder, no ejercer su fuerza transformadora. Permanecer en la cima, no desgastarse en ningún empeño.

Hay gobernantes que son y otros que tan sólo están. La diferencia se nota poco en tiempos de bonanza y mucho cuando pintan bastos y, como ahora, los problemas excepcionales requieren de respuestas excepcionales. ¿Por qué Zapatero no sale de su rutina de las manipulaciones pequeñas ni siquiera cuando el escenario se hunde bajo sus pies? Es verdad que ha conseguido llevarnos una vez más del ronzal en el trayecto que va del engaño al desengaño con el asunto de las ayudas a los banqueros -hace tres meses el dinero público iba a redundar en un incremento del crédito a familias y empresas, ahora se nos hace ver que eso es imposible-, pero aunque tal vez ese viaje haya servido para salvar una situación límite, así no se resuelven los males de nuestro sistema financiero.

El desastre económico en marcha sólo será atajado con medidas contundentes y reformas estructurales. En lugar de poner indiscriminadamente a disposición de bancos y cajas hasta el 25% del PIB, urge detectar cuáles son las entidades con agujeros negros, destituir a sus gestores y sanearlas a través del Fondo de Garantía de Depósitos para desembocar en un proceso de absorciones y fusiones. En lugar de quedarse de brazos cruzados mientras el vendaval arrasa el bosque del empleo, urge tomar decisiones impopulares de recorte del gasto público atajando el despilfarro -estos días nacen tres nuevos canales de televisión pública en otras tantas autonomías-, congelar los sueldos y plantillas de los funcionarios e impulsar nuevas modalidades de contratación, nuevas reglas sobre pensiones y jubilación y relanzar la economía rebajando la presión fiscal.

Estas recetas funcionaron hace 12 años y volverían a funcionar ahora. Sólo se requiere para ello voluntad y capacidad política. La escaramuza entre la impaciencia de Sebastián y la paciencia de Solbes hacia los banqueros no es sino la punta del iceberg del desasosiego que destacadas personalidades socialistas sienten, dentro y fuera del Gobierno, ante la estéril pachorra del vicepresidente y el inmovilismo flemático del presidente. Y toman nota, claro, de lo que está sucediendo con el ministro de Economía alemán, convertido en poco más que un pasmarote: ayer hizo ademán de dimitir alegando que a los 65 -tiene un año menos que Solbes- ya no está para estos trotes.

Cuando se requeriría el diseño ambicioso de unos nuevos Pactos de la Moncloa que engendraran todo lo antedicho, seguimos inmersos en una mortecina dinámica de parcheo y huida deficitaria hacia delante. Pronto habremos vuelto a las andadas y podrá decirse, como en Inglaterra, que cada niño que nazca tendrá los ojos de la madre, la boca del padre y «la deuda de Gordon Brown», o sea, de Zapatero.

La piedra de toque de la rectificación es el reajuste ministerial. ¿No se da cuenta el presidente de que al empecinarse en que este Gobierno, diseñado en circunstancias económicas muy distintas, es el adecuado para hacer frente a una crisis súbita y descomunal, viene a dar pábulo a dos interpretaciones tan terribles para él como que ya sabía la que se nos venía encima pero lo ocultó con fines electorales y que si esto es lo que hay es porque su proyecto no da ni dará nunca más de sí?

Tan nefasto como perder los nervios ante las adversidades es aguantar estoicamente a que escampe, aferrándose ahora a la idea de que si de Estados Unidos vinieron las hipotecas basura, de Estados Unidos vendrá también la recuperación del crecimiento.Los grandes males requieren grandes remedios y la asimetría de la destrucción de empleo en España indica que si no ponemos nuestra casa en orden, quedaremos relegados durante mucho tiempo al pelotón de los torpes.

Volvemos, pues, a la cuestión de la capacidad política. ¿Está Zapatero a la altura de ese desafío? En el estimulante ensayo escrito para el programa del Real con el título de El tedio del canalla, el catedrático de filosofía Antonio Valdecantos analiza el desastroso final de Tom Rakewell no desde el punto de vista de la ética sino desde el de la eficiencia, pues habla «del sinvergüenza que fracasa en sus empeños por impericia, por vacilación, por incuria y por falta de disciplina».

Nada de esto le pasó a Tayllerand, pero es que «convertirse en un sinvergüenza no está ni muchísimo menos al alcance de cualquier persona de moral relajada o de pocos escrúpulos, porque la conducta del canalla es el resultado de un control de la propia vida obsesivamente exigente y puritanamente rigorista».

Valdecantos culmina así su argumentación: «Cuando el canalla es un experto más, la impericia o negligencia canallesca ya no es motivo de perdón, sino un vicio prosaico que, desde luego, no da lugar a técnica ninguna. Fracasar en la transgresión es entonces un deshonor merecido, tan culpable como cualquier otro fracaso. El sinvergüenza que transgrede poco y mal, que vacila en la ejecución de la empresa y que al final del empeño obtiene una cuenta de resultados magra o ridícula es un perfecto don nadie y no merecerá ser incluido en ninguna relación de virtuosos».

O sea, que el problema no es que Zapatero sea un malvado o carezca de escrúpulos -visto de cerca como ser humano superaría holgadamente el contraste con la mayoría de sus antecesores y homólogos- sino que su probado dominio sobre pasiones y razones basta para rilar sobre la mar en calma pero no se traduce en las suficientes dosis de inteligencia práctica como para domesticar una tempestad.

Su situación se parece cada día más a la descrita por el pintor William Hogarth en una de las estampas que inspiraron a Stravinski para componer The Rake’s Progress. En ella se ve al libertino en un garito de juego, culpando al destino por sus pérdidas, mientras la mayoría de los clientes siguen a lo suyo y sólo unos pocos empiezan a darse cuenta de que la habitación arde ya por varios de sus costados. Fuera, la multitud, entona la protesta con que el coro inicia la Escena Primera del Tercer Acto de la ópera: «¡Ruina! ¡Desastre! ¡Vergüenza!».

pedroj.ramirez@elmundo.es

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Así no se trata a una dama, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 1 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

30 de diciembre de 1994. España lleva 10 días conmocionada por las revelaciones de Amedo a EL MUNDO, detallando la intervención personal de Barrionuevo y Vera en el secuestro de Segundo Marey. El juez Garzón ha dado la suficiente credibilidad e importancia a su testimonio como para dictar prisión preventiva contra tres altos cargos de Interior. El felipismo está contra las cuerdas cuando esa tarde en una tertulia política -cómo no- de la Cadena Ser surge un inesperado paladín del ex ministro del Interior: el portavoz del PP en el Senado Alberto Ruiz-Gallardón.

En presencia del interesado, Gallardón se declara «convencido de que Barrionuevo no tiene ninguna responsabilidad ni penal ni política en el caso GAL». Arremete en cambio contra el ex policía que ha decidido colaborar con la Justicia: «Lo único que sabemos a ciencia cierta es que Amedo miente. ¿Qué declaración es falsa, la de antes o la de ahora?». Es obvio que para el prometedor aspirante a la presidencia de la Comunidad de Madrid la falsa es «la de ahora», la que incrimina a Barrionuevo.

La tertulia concluye con un lamento compartido -la injuria y la calumnia están despenalizadas de facto en España-, con una recomendación que como hemos visto el hoy alcalde de la capital no se aplicará luego a sí mismo -no te querelles nunca contra ningún periodista o medio de comunicación- y con un vaticinio -1995 será para Barrionuevo «un año extraordinario en lo personal»-.

Por si alguien pudiera pensar que se trataba de una reacción poco meditada, fruto de una situación de camaradería entre tertulianos, Gallardón concede una semana después una entrevista a Lucía Méndez y afirma en este periódico: «José Barrionuevo dio su palabra de que él no tenía vinculación con los hechos delictivos de los GAL. Yo dije entonces y reitero ahora que yo creo en la palabra personal de José Barrionuevo. Conozco hace mucho tiempo a Barrionuevo, tengo una relación personal con él, he discutido mucho con él y he llegado a apreciarle».

Las dotes del joven político popular como pitoniso no quedaron demasiado acreditadas ese año. O tal vez sí. Tan «extraordinario» resultó 1995 para Barrionuevo que el 7 de septiembre el fiscal solicitó al Tribunal Supremo su suplicatorio, el 20 de octubre el juez Moner, nuevo instructor de la causa, hizo suya esa tesis para poderle interrogar como imputado, el 26 de octubre los 11 componentes de la Sala Segunda adoptaron tal acuerdo por unanimidad y el 23 de noviembre el Congreso accedió a ello por 204 votos a favor, 122 en contra y 2 abstenciones. Tan «extraordinario» fue, efectivamente, 1995 para Barrionuevo que antes de que llegara a su término se había convertido en el primer ministro de la historia de España inculpado por malversación, detención ilegal y relación con banda armada.

En ninguna hemeroteca consta declaración alguna por la que Gallardón rectificara antes, durante o después de tales resoluciones aquel cheque en blanco de la víspera de Nochevieja. Ni siquiera es posible encontrar una nueva valoración de los hechos después de que en el 98 el ex ministro fuera condenado a 10 años de cárcel o después de que el Constitucional dijera la última palabra ratificando tal sentencia. Por asombroso que pueda parecer, tratándose de un hombre tan prolífico en comparecencias y declaraciones, su única posición pública sobre el fondo del asunto sigue siendo por lo tanto aquélla: «Barrionuevo no tiene ninguna responsabilidad ni penal ni política en el caso GAL».

Sí que existe, en cambio, una glosa o explicación de esa postura que, almacenada en nuestra morgue electrónica, adquiere hoy el impactante esplendor de las mejores perlas cultivadas. Tiene fecha del 14 de octubre de 1999 y vino a cuento de la imputación de su entonces consejero de Sanidad, Ignacio Echániz, en el llamado caso Funeraria. Para justificar su decisión de mantenerle en el cargo -plenamente acertada, por cierto, ya que la acusación contra él decayó pronto-, Gallardón invocó, sacando pecho, el antecedente de su condescendencia con Barrionuevo «a pesar de las críticas procedentes de mi propio partido».

Como se ve la jactancia del «verso suelto», que volvería a manifestarse tras el 11-M, viene ya tan de antiguo que casi habría que considerarla patológica. Pero lo que nos deja boquiabiertos no es eso, sino la dimensión que adquiere, leído hoy, el siguiente tramo de su argumentario, pues Gallardón se permitió establecer una división casi zoológica «entre los políticos que creen en la presunción de inocencia y la aplican en todos los casos y aquellos que defienden la presunción de inocencia de sus correligionarios y se la niegan a sus oponentes».

Es obvio que él se situaba en la primera categoría, pero, casi 10 años después, su conducta de la semana pasada, primero en un programa televisivo y al día siguiente en una rueda de prensa, puso de manifiesto que habría que habilitar un tercer espacio, tan insólito como para dedicarlo a su exclusivo usufructo, el de quienes defienden la presunción de inocencia de sus oponentes y se la niegan a sus correligionarios.

Sólo así cabe interpretar sus temerarias afirmaciones de que en la Consejería de Interior de la Comunidad de Madrid funciona «una unidad parapolicial» dedicada a actividades ilegales y de que el presunto espionaje a dirigentes del PP había sido realizado «por personas que estaban adscritas a una unidad de la Comunidad Autónoma». Todo ello en un contexto de corroboración y asentimiento de los titulares periodísticos que inequívocamente afirmaban día tras día que «el Gobierno de Aguirre espió» a zutanito, menganito y perenganito.

Si descartamos la hipótesis de que Gallardón considere más grave apuntar las horas de llegada de Cobo a la oficina que ir por ahí secuestrando personas -en estos tiempos de relativismo moral todo podría ser-, sólo se me ocurre para justificar tan estruendoso doble rasero que o bien, al cabo de tantos años de empreñamiento mutuo, al alcalde ya se le nuble la vista y se le inyecten los ojos en sangre ante la estimulante perspectiva de darle a la presidenta una buena tunda; o bien sea tanto lo que cree poder ganar en este envite, que hasta el más básico manual de urbanidad política se haya convertido para él en un estorbo.

Es cierto que nunca como ahora ha tenido Gallardón tan cerca la perspectiva de ver arder en la hoguera a su bruja favorita, pues Aguirre está tan rodeada que puede tener la certeza de que, como decía el general Ridgway en la guerra de Corea, «esta vez el enemigo no escapará». Ya que habló de poner «la mano en el fuego» por su equipo, al menos cuatro frentes de teas incendiarias se aproximan a la pira a la que el alcalde cree tenerla agarrada de cuerpo entero: el riesgo creciente de perder la batalla por el control de Caja Madrid frente al sospechoso numantinismo autoperpetuatorio de Blesa, sus pésimas relaciones con Génova -o más bien con Rajoy- que tocaron fondo a mediados de semana, el escándalo del espionaje y el escándalo de los dossieres.

Sin descartar que algunas de las acusaciones contra ellos puedan ser ciertas, la manipulación simultánea de estos dos últimos elementos contra Ignacio González y Francisco Granados es la mejor prueba de que Aguirre tiene motivos para sentirse víctima de una maniobra pérfida y advertir eso de que «políticamente van a por mí» sin perder ni por un instante la sonrisa. Una de dos: o aquí lo terrible es espiar a la gente y el fin no justifica los medios empleados o aquí lo terrible es estar bajo sospecha de haber incurrido en prácticas venales y bienvenidas sean las vigilancias y seguimientos que permitan descubrirlas. Lo que no es de recibo es aplicar a los colaboradores de Aguirre el filo más cortante y devastador de ambas proposiciones al mismo tiempo y a sus enconados enemigos, el más romo o mellado.

Exactamente ésa ha sido la posición de la cúpula del PP, al haberse precipitado a abrir una investigación sobre «escuchas (sic) y seguimientos» de irrelevante perjuicio para sus hipotéticas víctimas cuando los sospechosos eran González y Granados y apresurarse a correr un tupido velo sobre la guerra de los dossieres dirigida contra ambos desde la propia sede nacional. Si la misma dirección que pretende depurar responsabilidades porque alguien haya podido apuntar desde la vía pública las horas a las que entraban y salían Cobo y Prada se llama andana ante la exhibición coactiva de documentos gravemente infamantes con conocimiento del líder del partido en sus propias dependencias, es que aquí hay gato encerrado y la lideresa debería huir de todo pacto de silencio o componenda.

Al día de la fecha las únicas víctimas reales de estas prácticas repelentes son sus dos alfiles, pero cualquier vacilación en el empeño de que se esclarezca todo lo ocurrido puede ser interpretada como un signo de debilidad política, amén de una invitación a la sospecha de que, efectivamente, alguno de sus hombres pueda tener el techo de cristal. La única estrategia viable de Aguirre es insistir en que se llegue hasta el final en la averiguación de los hechos, poniendo a Rajoy, Cospedal y compañía en la tesitura de actuar con ecuanimidad o quedar en evidencia, tal y como les viene ocurriendo en el caso de Caja Madrid donde, con su respaldo implícito al pacto de Gallardón con Izquierda Unida y los sindicatos a favor del atornillamiento de Blesa, están incumpliendo flagrantemente el principio enunciado contra los zaplanistas de la CAM, en el sentido de que el PP no toleraría jamás que «una parte del partido» pactara «con otro partido».

La constancia de que a Esperanza Aguirre se la quieren apiolar políticamente con sadismo y encarnizamiento algunos poderosos compañeros de partido me ha hecho recordar el título y el cartel anunciador de una película que vi en Estados Unidos a comienzos de los 70: No way to treat a lady. Era una curiosa mezcla de comedia y cine negro en la que una Lee Remick con la misma apariencia saludable que por aquellos años debía tener la lideresa compartía estrellato con dos actorazos como Rod Steiger y George Segal. El título brotaba del comentario de la madre de uno de los personajes, encargado de investigar una serie de asesinatos con móviles sexuales en los que el criminal se ensañaba con los cadáveres: «Me pone enferma que mi hijo tenga que ver esos cuerpos de mujeres desnudas, así no se trata a una dama».

En la copia del póster que guardo entre mis recortes de aquella época figura una advertencia: «Recommended as adult entertainment». Todos los medios deberíamos incluir un sello así a la hora de tratar las guerras intestinas de los partidos para evitar en lo posible que el público infantil tuviera acceso a las obscenidades habituales que las caracterizan.

La principal diferencia entre aquel triángulo y éste, es que mientras Lee Remick estaba flanqueada por un policía malo y otro bueno -de hecho el asunto terminaba en boda-, Esperanza Aguirre afronta un riesgo doble y su gran duda es si tiene más motivos para temer las cuchilladas de un lado o las del otro. Qué diferente sería todo, dentro y fuera del PP, si el alcalde respetara el guión de la película.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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El discurso inaugural del año 9, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 25 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Apenas iniciado el discurso con una referencia nada casual al «peso enorme de la responsabilidad» que provocó toses y carraspeos, el recién proclamado nuevo presidente abordó el asunto que más preocupaba a los norteamericanos: la crisis económica. Y lo hizo arremetiendo contra «los abusos de poder de las grandes acumulaciones de capital», defendiendo las últimas medidas de su antecesor que «pusieron fin a políticas viciadas que causaron la alarma popular», advirtiendo del incremento del déficit a causa «de la caída de la actividad que siguió al pánico financiero» del año anterior, reivindicando el papel de «un gobierno moderno más allá de los principios del viejo laissez faire» y anunciando que emprendería con espíritu ecologista «importantes trabajos para salvar y restaurar nuestros bosques y vías fluviales» que implicarían «una fuerte inversión pública».

No, aunque ustedes escucharon el pasado martes frases casi idénticas o al menos perfectamente intercambiables, no estoy glosando el discurso inaugural de Barack Obama, sino el de todo un caballero llamado William Howard Taft. Y es que no me estoy refiriendo a la toma de posesión presidencial del 20 de enero de 2009 sino a la del 4 de marzo de 1909.

Y si digo que lo del «peso enorme» ni fue banal ni pasó inadvertido es porque el prócer en cuestión pesaba 330 libras -casi 150 kilos al cambio- y su cara de satisfacción auguraba, como efectivamente ocurrió, que seguiría engordando. Con lo de «todo un caballero» me he permitido aludir a la celebrada anécdota de unos años antes cuando, recién nombrado gobernador de Filipinas, Taft telegrafió al Secretario de Defensa: «El viaje bien. Monté durante veinticinco millas». A lo que su jefe le contestó: «¿Cómo está el caballo?».

Cuarenta y ocho horas después de la elección de Obama el joven escritor afroamericano Colson Whitehead publicó en The New York Times un divertido artículo titulado «Al fin, un presidente flaco».Era una especie de parodia del engolamiento de quienes celebraban la negritud del vencedor, centrándose él en su constitución asténica.Como si no hubiera habido antes presidentes enjutos -Woodrow Wilson, el propio Lincoln- su tesis era que las posibilidades de tener un flaco en la Casa Blanca, no digamos un flaco negro, ni siquiera habían sido hasta ese momento delgadas, sino francamente escuálidas.

Pues bien, si seguimos examinando este contraste entre el gordo del año 9 y el flaco del año 9, podremos constatar que así como nada parece haber cambiado en el debate sobre los excesos de las grandes corporaciones -con los bancos de inversión haciendo el papel, mutatis mutandis, de las compañías de los ferrocarriles-, afortunadamente el siglo transcurrido no sólo ha quitado centímetros a la cintura del protagonista, sino que también ha servido para adelgazar considerablemente la dimensión de sus prejuicios.

Tras referirse a la necesidad de «minimizar los males fruto de la admisión de inmigrantes asiáticos que no pueden ser amalgamados con nuestra población», Taft entró de lleno, y por supuesto sin ningún eufemismo verbal, en la cuestión de los «negros». En el apogeo de las llamadas «leyes de Jim Crow» que regulaban la segregación racial y en la práctica excluían a la población de color del derecho al voto, al vincularlo a un determinado nivel educativo, Taft adoptó el tono paternalista del amo del Tío Tom: «Los negros deben basar sus esperanzas en los resultados de su propio esfuerzo, contención, ahorro y éxito económico, así como en la ayuda, el apoyo y la simpatía de sus vecinos blancos del Sur».

Poco antes de prometer que «sólo los ignorantes e irresponsables de ambas razas» continuarían privados del voto, Taft se pronunció sobre el debate de si los negros mejor preparados deberían poder acceder a cargos municipales, en términos tan alambicados como maquiavélicos: «Al margen de qué raza se trate, debe admitirse la duda de si la designación de uno de los suyos para un puesto público en una comunidad en la que el sentimiento racial sea tan extenso y agudo como para interferir en el normal ejercicio de sus funciones en la administración local, supone un beneficio suficiente, en términos de estímulo para esa raza, como para compensar el incremento del sentimiento racial que ese nombramiento tendría todos los visos de engendrar». Como lo han leído.

O sea que si los negros debían seguir manteniendo la cabeza agachada, era por su bien. Tendría que llegar el tristemente célebre editorial de The Times de Londres abogando por la destrucción de Checoeslovaquia a manos de Hitler en pro de la «homogeneidad» de sus grupos étnicos, para encontrar un texto más cínico y ominoso en la literatura política del siglo XX en un país democrático.

Taft no era un mal tipo -todo lo contrario: su principal obsesión era ir escondiendo comida por los rincones para poder seguir zampando a espaldas de su esposa- pero representaba a la perfección la mentalidad de su tiempo. Si durante el siglo precedente la gran República fruto de la emancipación de las 13 originarias colonias británicas de la costa atlántica había completado su expansión hasta el otro océano y consolidado su unidad tras una guerra civil terrible, era en ese momento en que la elección de Taft parecía una mera prolongación de los dos mandatos de su patrono y protector Teddy Roosevelt, cuando los Estados Unidos emergían como una potencia mundial a la que el «América para los americanos» de la doctrina Monroe empezaba a quedársele pequeño.

Lo que vino a continuación ha sido bautizado con toda propiedad como «el siglo americano». Como algunos autores lo hacen coincidir con los propios límites del siglo XX y otros retrasan su inicio hasta la implicación del sucesor de Taft -el presidente de la Universidad de Princeton Woodrow Wilson- en la Primera Guerra Mundial, bien podemos enmarcarlo hoy entre estas dos tomas de posesión del año 9. La gran incógnita, impresa en la mirada de muchos de los cientos de millones de personas que el pasado martes se asomaron al balcón de la globalización para contemplar con una mezcla de admiración y estupor los formidables fastos de esta República laica consagrada a Dios, es si han sonado ya para ella los clarines del atardecer. Si la única página que le quede ya por escribir deberá ser la de la inexorable mengua que siempre sucede al auge de las más grandes potencias.

Obama cogió enseguida ese toro por los cuernos al referirse al «temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras» y dedicar el resto de su excepcional discurso a explicar cuál es su antídoto. He elegido mi adjetivo con la misma meticulosidad con que Juan Antonio Samaranch etiquetaba en la ceremonia de clausura cada uno de los Juegos Olímpicos que le tocó presidir, en función del grado de excelencia que habían alcanzado. Soy consciente de que la acogida del discurso en la prensa norteamericana refleja una cierta decepción, en parte porque las expectativas eran muy altas y en parte porque es cierto que no incluyó ninguna de esas figuras retóricas a base de «antorchas» y «trompetas» tan seductoramente utilizadas por Kennedy. Pero, en cambio -y de ahí su excepcionalidad- se trata tal vez de la única pieza oratoria destinada a impactar, ilusionar y emocionar de forma instantánea que va ganando en sustancia, significación y profundidad en cada relectura.

Obama nos ha presentado nada menos que una propuesta de conservadurismo revolucionario, poniendo los «viejos valores» que «son verdad» a trabajar al servicio de un proyecto genuinamente progresista, es decir a la vez pragmático e idealista, a la vez liberal y redistribuidor de riqueza. Conciliar todas esas aparentes antinomias es el reto que se ha marcado de forma explícita este cimbreante hombre delgado porque «es falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales». Como es falso que haya que elegir de modo excluyente entre libre mercado y dirigismo económico, entre repliegue y expansionismo, entre inhibición y ataques preventivos.Su observación sobre la economía es extensible a los demás ámbitos: «La pregunta no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si [esa intervención] sirve de algo».

¿Frío utilitarismo gatuno a lo Deng Xiao Ping? No porque, con visos de eco de la ya lejana pero siempre seminal sentencia de los Papeles del Pentágono, Obama advierte que «nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa». Y, atención nacionalistas palurdos y constitucionalistas vergonzantes, «nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad las líneas tribales pronto se disolverán».

Recogiendo el guante de su guiño final al Ricardo III de Shakespeare, confiemos en que «este invierno de nuestras dificultades» -a un fino intelectual debió de parecerle demasiado obvio escribir «descontento»- se «convierta [pronto] en glorioso verano merced al sol de York» que él encarna. Y confiemos en que España sepa aprovechar la oportunidad de reengancharse a ese carro, pues no en vano, de todas las fuerzas de verdadero alcance global que operan en nuestro planeta, los Estados Unidos son la única, -y así ha venido siendo con sus errores, aciertos e incluso aberraciones durante todo el «siglo americano»-, repito, la única que vincula la promoción de sus intereses a la causa de la democracia y los derechos humanos.

Aunque Zapatero ya está suficientemente motivado por la oportunidad de demostrar que aquel mal gesto ante las barras y estrellas, tan impropio de nadie con buenos modales, no iba contra los Estados Unidos sino tan sólo contra la Administración Bush, he aquí un curioso y estimulante eslabón perdido entre estas dos tomas de posesión del año 9 que encima nos concierne.

Resulta que aquella mañana de marzo en uno de los dedos del presidente saliente, Teddy Roosevelt, relucía un anillo que le había regalado su secretario de Estado John Hay poco antes de morir en pleno ejercicio del cargo. Ese anillo llevaba incorporada una cápsula en cuyo interior había un cabello. Además estaba circunvalado por una inscripción latina: «Longas o utinam, dux bone, ferias praestes Hesperiae».

Hay había sido, compartiendo junto a su tocayo John Nicolay un austero dormitorio en la Casa Blanca, uno de los dos secretarios personales de Lincoln durante sus cuatro años y 41 días de mandato y estaba presente la noche del magnicidio en el Teatro Ford de Washington. El cabello incrustado en el anillo había sido recogido entonces, como muestra forense, por el médico que hizo la autopsia del mártir de los derechos civiles que tanto inspiraría -y posibilitaría- la carrera de Obama.

En cuanto a la inscripción latina, elegida por Hay para honrar a su superior, no ha sido difícil descubrir que se trata del comienzo de la última estrofa de la quinta oda del Libro Cuarto de Horacio dedicada al emperador Augusto: «Ojala que tú, oh jefe bueno, des a Hesperia largas ferias».

Pocos españoles saben que Hay, reincorporado a la carrera diplomática tras el asesinato de Lincoln, pasó año y medio en Madrid como primer secretario de la embajada americana entre la primavera de 1869 y el otoño de 1870. Eran los meses de la regencia del general Serrano en los que España tenía que optar entre Monarquía y República y hacer frente a las primeras demandas de independencia que llegaban de Cuba. En tan breve periodo de tiempo Hay aprendió nuestro idioma, se hizo amigo de Castelar -ni que decir tiene que todas sus simpatías estaban con el líder republicano moderado cuya oratoria le fascinaba-, presionó en vano a favor de la causa cubana y dejó escrito un libro de viajes y observaciones con el título de Castillian Days. En su primer capítulo sostiene que «Madrid es más grande que Chicago, pero Chicago es una gran ciudad y Madrid, un pueblo grande».

Si para la Monarquía de la Restauración la Guerra de Cuba engendró casi 30 años después el «desastre del 98», para Hay -así se lo puso por escrito a Roosevelt- fue «una espléndida guerrita» que bien podía contribuir a acercar su tan largamente aplazado sueño de una mayor democratización de España. ¿Cómo no pensar entonces que, a la hora de elegir unos versos clásicos que acompañaran la reliquia de Lincoln e inclinarse por la invocación a un «jefe bueno», capaz de promover «largas ferias», o sea fiesta, bienestar, felicidad, paz y libertad, en el mítico jardín cultivado en el occidente del mar por las tres ninfas llamadas «hespérides», lo hiciera a sabiendas de que desde que el geógrafo Estrabón situó tal vergel en nuestro Tartessos andaluz, Hesperia pasó a convertirse en uno de los nombres de España?

Y si queda alguna duda, que Zapatero se lo pregunte a Obama.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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Trampas blancas sí ofenden, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 18 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Me preguntan los compañeros de nuestra revista La Aventura de la Historia -sin duda la publicación europea de su género que mejor equilibra la divulgación con el rigor científico- cuál hubiera sido la etapa en la que me habría gustado vivir. Como se trata de inaugurar una sección en la que no se buscan generalidades sino concreción, les contesto que en la Francia de la Convención durante el primer semestre de 1793 y explico que fue la primera vez en la Historia en que una asamblea fruto del sufragio universal tuvo que afrontar sin la opresión del viejo régimen como restricción o coartada -Luis XVI sube a la guillotina el 21 de enero- los problemas del ejercicio de la democracia parlamentaria. Cayó la cuchilla sobre el cuello del ungido y los representantes del pueblo se quedaron solos con sus representados. La Nación era suya y la prensa entraba en escena.

Añado que aquello terminó muy mal y que el punto de inflexión hacia el desastre fue el golpe de Estado estimulado por la Comuna de París y el Club de los Jacobinos que el 2 de junio supuso la purga de 22 diputados moderados o «girondinos», arrestados primero en sus domicilios y guillotinados unos meses después. Argumento que aquel pulso fue el antecedente de muchos otros -bolcheviques contra mencheviques, frentismo popular contra burguesía republicana- que han fraguado la historia contemporánea, me doy la vuelta, me olvido del asunto y, de repente, desde el ámbito más inesperado, un vendaval de actualidad no sólo me devuelve al lugar del crimen sino que me hace revivir la sesión clave en la que se fraguó tal liberticidio.

Me refiero a la celebrada en la Convención Nacional aquel lunes 27 de mayo en el que de forma pérfida y espuria se dobló el brazo de la mayoría, imponiéndole la disolución de la llamada Comisión de los Doce, recién constituida por la cámara con el encargo de investigar las conspiraciones de los círculos radicales contra su soberanía. Tres factores determinaron esa inaudita voltereta parlamentaria: en primer lugar, que se votó a mano alzada porque Robespierre había impuesto la doctrina de que el voto secreto era un subterfugio para engañar al pueblo y no responder ante él; en segundo lugar, que desde las tribunas se increpaba constantemente a los diputados moderados, de forma que muchos no acudieron y otros se sintieron compelidos a cambiar el voto; y en tercer lugar, que el populacho terminó invadiendo el hemiciclo, ocupando parte de sus bancos y participando en la votación al camuflarse sus principales activistas entre los diputados de la Montaña.

¡Diantre, si ésas son exactamente las tres cosas que sucedieron el 7 de diciembre en la estrafalaria Asamblea del Real Madrid que ahora ha dado pie a las espectaculares revelaciones de Marca! En efecto, tanto el ejercicio del sufragio como los recuentos fueron chapuceramente asamblearios, los Ultra Sur ejercieron en todo momento el atrabiliario papel de los airados sans culottes y varias docenas de infiltrados usurparon las funciones de los representantes legítimos, desnaturalizando el resultado de las votaciones.

La diferencia -bueno, al menos, una de ellas- es que ni los diarios girondinos ni el más independiente y ecuánime que dirigía Prudhomme bajo la cabecera de Les Revolutions de Paris dispusieron ni de medios, ni de tiempo, ni de libertad para tirar de la manta con la profesionalidad ejemplar con que acaba de hacerlo el equipo de Eduardo Inda, con los periodistas Juan Ignacio Gallardo y Miguel Serrano como primeros solistas.

Basta bailar la segunda y tercera cifra de ese año 1793 para llegar a otro momento histórico en el que la prensa sí estaba ya en condiciones de rendir tales servicios a la sociedad -y vaya que sí lo hizo-, de forma que cualquiera con edad suficiente y un poco de memoria podrá reconocer la pauta de conducta exhibida el pasado miércoles por Ramón Calderón en su penúltima conferencia de prensa como un mal calco de la que desplegó Richard Nixon el 30 de abril de 1973, cuando compareció para anunciar que zanjaba la depuración de responsabilidades del caso Watergate, destituyendo a sus estrechos colaboradores Robert Haldeman y John Erlichman.

Eran dos peces gordos. Haldeman, jefe del staff de la Casa Blanca, ocupaba como el tal Bárcena un cargo orgánico importante. Erlichman, como ese avispado y precoz Nanín, era una mezcla de asesor, confidente personal y hombre para todo de Nixon.

A estas alturas, con casi todos los hombres del presidente y el propio Deep Throat criando malvas y Woodward y Bernstein al borde de la jubilación, continúa siendo un misterio como consiguió Dick el Tramposo que sus peones de brega se inmolaran tratando de salvarle, a sabiendas de que eso iba a acarrearles consecuencias penales (Erlichman se chupó año y medio de cárcel). Cuando se estrene en España la película El desafío. Frost contra Nixon podrán fijarse -es una de las cosas que más me llamó la atención cuando les hablé de la versión teatral representada en Londres- en el halo de remordimiento con que el ángel caído explica que sus dos cabezas de turco también «tenían familias» y tal vez debía haber luchado más por ellos.

La aproximación más detallada al enigma es la del libro Alone in the White House, en el que, reconstruyendo en 2001 lo ocurrido casi 30 años antes, el gran Richard Reeves relata cómo Nixon se reunió sucesivamente con Haldeman y Erlichman y les endilgó la misma milonga: que se sentía enfermo, que le daban ganas de dejarlo todo, que la noche anterior había rezado pidiendo al cielo no volver a abrir los ojos para no tener que despertarse en medio del infierno cotidiano al que la jauría periodística había arrastrado su presidencia. Las mismas teclas del victimismo que Calderón ha tocado estos días con tanto desparpajo.

Todo indica que fue Erlichman quien poco antes de morir le contó a Reeves el contenido de la conversación clave. «Esto es como cortarme los dos brazos», le dijo Nixon entre sollozos. «Tu y Bob necesitaréis dinero. Yo tengo algo, Bebe (se refería a su amigo el multimillonario Rebozo) lo tiene podéis contar con ello». A lo que Erlichman respondió: «Eso sólo serviría para empeorar las cosas. Pero hay algo que puedes hacer por mí, en algún momento. Explícaselo tú a mis hijos. ¿Lo harás?». Y Nixon asintió, abrazándole.

A juzgar por las informaciones que sitúan el finiquito de los menos de dos años de relación laboral del tal Bárcena en las inmediaciones del millón de euros, la dinámica de soltar lastre de Calderón tuvo más consistencia crematística (a cuenta del club) y menos grandeza shakesperiana -es lo que va de una a otra Casa Blanca-, pero desde el momento en que consumó la felonía de intentar cargar el peso de su culpa sobre las espaldas de sus ayudantes las cosas empeoraron para él tanto como para Nixon.

No sólo porque el tal Nanín con sus medidas declaraciones -«Todo lo que hice me lo ordenaron desde arriba»- pasó a representar el mismo papel que el destituido consejero presidencial John Dean, a mitad de camino entre el arrepentimiento y la insinuación hacia el ministerio público de cara a un eventual pacto en un proceso penal. No sólo porque las fotografías de Marca, probando la intimidad entre los tramposos y la familia Calderón, cumplieron la misma función de pistola humeante que las cintas grabadas en el despacho oval en las que Nixon demostraba estar perfectamente al tanto de las andanzas de los cubanos contratados para asaltar el cuartel general demócrata. No sólo porque la reacción de los directivos espantados ante la forma en que Calderón les había engañado y utilizado para engañar a los demás fue mimética a la de los congresistas y senadores republicanos que optaron por abandonar a Nixon a su suerte.

No, las cosas empeoraron sobre todo para Calderón porque la notoriedad de su rueda de prensa fue tal que millones de ciudadanos que hasta entonces no habían reparado demasiado en su conducta, adquirieron instantáneamente conciencia de qué tipo de personaje tenían delante.Y desde ese momento la bola de nieve de la opinión pública comenzó a envolver al madridismo con una pañolada virtual de tal empaque que la defensa de Calderón en la España actual se convirtió en una causa tan perdida como la de Nixon en la Norteamérica de hace 35 años. Sé lo que me digo porque yo estaba allí.

Incluso el subsiguiente cantinfleo en torno a la opción de tirar o no la toalla con un deje de deleitación masoquista en la propia desgracia alimenta el paralelismo. Lo que cuentan algunos de los asistentes a las reuniones del jueves por la noche en la residencia del aún presidente madridista recuerda mucho al episodio en el que Nixon se planta sobre el cogote del ayudante que estaba redactando el texto del discurso con el que anunciaría las dimisiones arrancadas a sus colaboradores y le dice: «Tal vez soy yo el que debería dimitir, Ray. Si tú lo piensas, ponlo en ese texto». El tal Ray dejó de escribir y acompañó al presidente hasta el borde de la piscina creyendo que estaba tan desesperado que era capaz de tratar de ahogarse.

En la era de internet los procesos son mucho más fulgurantes y las laderas de la montaña por las que rueda y se autoalimenta un estado de indignación bastante más verticales y afiladas que nunca. Su impostura había quedado tan en evidencia por la segunda entrega fotográfica de Marca que en cuestión de horas Calderón era ya un cadáver ambulante. Quedaba por ver cuánto tiempo tardaría él en enterarse. Boqueó contra las tablas y tuvieron que acudir sus propios directivos a apuntillarle.

El último hurra del viernes por la tarde fue también genuinamente nixoniano. Su 50% iracundo recordó la legendaria última conferencia de prensa de noviembre del 62, en la que el derrotado candidato a gobernador de California juró, tan en falso como suele hacerlo Calderón, que los detestados periodistas -encarnación ahora del «triunfo de la injusticia y la maldad»- no volverían a tener la oportunidad de darle «patadas en el trasero nunca más». Y su 50% lacrimógeno evocó el discurso Checkers de septiembre del 52, en el que el compañero de campaña de Eisenhower esquivó las acusaciones de financiación ilegal, parapetándose en su familia -trasladando a la nación entera que su hija no quería desprenderse del perro que le había regalado uno de los donantes- con la misma almibarada grandilocuencia con que anteayer lo hizo Calderón.

¿Robespierre y la Convención Nacional? ¿Nixon y el Watergate? Oiga, oiga que esto es sólo una trapacería futbolera más. ¿No le habrá llevado hoy demasiado lejos su manía plutarquiana?

Ocúpese, por favor, de los problemas reales que desgraciadamente no nos faltan en España y allá se las entiendan quienes hacen girar su vida en torno a la tontería de si la bolita entra o no en la portería.

Agradezco que haya lectores con aguante para llegar hasta aquí antes de formularme este reproche y comprendo que otros hayan podido plantear su objeción de conciencia desde el inicio porque yo soy el primero en encontrar, más que cargante, inaguantable la prosopopeya, el ombliguismo y el énfasis trascendentalista con que sobre todo la prensa de Barcelona suele desmadrar las intrigas balompédicas.

Pero cualquier regla tiene su excepción y resulta que este caso reúne todos los ingredientes para hacer de él una parábola moral destinada a un público de todas las edades, porque el madridismo es una ilusión inocente y transversal.

Calderón no ha sido sino una máscara tras la que se pueden colocar unos cuantos nombres y apellidos de nuestra vida política, económica y social. Algunos de ellos han llegado a ocupar muy altas magistraturas, lugares de preeminencia o poltronas envidiables, con el denominador común de que su ambición y falta de escrúpulos primero les llevó a vulnerar las normas de la legalidad y su contumacia en la indecencia les empujó luego a tratar de eludir su responsabilidad, desviándola hacia otros y sometiendo a las instituciones que representaban a infames agonías. Unos han terminado en la cárcel de verdad, otros sólo en la de las hemerotecas. Puesto que ya en el siglo I Dionisio de Halicarnaso definió la Historia como «la enseñanza de la Filosofía a través de ejemplos», bueno es que éste nos haya servido para subrayar, una vez más, que el que mal anda, mal acaba.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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En la piel de Walter Burns, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Medios by reggio on 11 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Tantas veces me han comparado entre bromas y veras con la caricatura del director de periódico implacable y maniobrero que Walter Matthau interpreta en esta película que les entregamos hoy, que recurrentemente siento la tentación de pedirle a un maquillador que me hunda un poco los ojos y me perfile el mentón para, con ayuda de unas alzas que me acerquen al 1,90 del actor y cambiando la última corbata de Agatha por una pajarita años 20, mis tirantes por su chaleco y el traje oscuro por uno claro y entallado, presentarme en la redacción, sombrero en ristre, como si en lugar de EL MUNDO estuviera dirigiendo el Chicago Examiner. Menudo golpe en el 20º aniversario.

Soy consciente de que esa parodia de la parodia alimentaría las insidias de quienes, hablando de la feria según les ha ido en ella, mascullan de cuando en cuando que en mi concepción del periodismo el fin justifica los medios. Pero como mi hoja de servicios está impoluta y jamás he ni siquiera rozado esas tentaciones -yo nunca suplantaría a otra persona, mentiría o vulneraría la ley-, hecha esa decisiva salvedad, debo confesar que en muchos otros aspectos no me sentiría nada incómodo, ni siquiera extraño, en la piel del tal Walter Burns.

De hecho en Primera Plana hay situaciones que yo ya he vivido unas cuantas veces e incluso diálogos que, si no en su literalidad, desde luego sí en su flujo argumentativo podrían haberse grabado en mi despacho. Es el caso del recurrente pulso -auténtico Guadiana del fulgurante guión de la película- con el reportero estrella que está a punto de marcharse del periódico.

Yo nunca he llegado a decir ni «¡Nadie abandona a Walter Burns!» ni «¡Te mataría si trabajaras para otro!», pero sí que he combinado el halago con el reproche, la idealización del propio medio con la denigración algo exagerada del competidor e incluso la apelación a la mala conciencia del que se lo está pensando -no puedes hacernos eso ahora- con tal de tratar de conservar para el equipo local a alguien con arrestos y talento. Porque una de las enseñanzas claves de The Front Page es que entre un buen periodista y uno mediocre hay la misma distancia que entre Sherlock Holmes y ese sheriff Hartman que deja escapar al reo, entregándole su propia arma para que simule la repetición de su crimen.

Ben Hecht -autor de la obra teatral que inspiró el guión- y Billy Wilder sabían perfectamente de qué pasta están hechos los periodistas, pues no en vano ambos habían sido reporteros de sucesos, y debo dejar constancia de que los argumentos que tan buen resultado le dan a Walter Burns para retener a Hildy Johnson también me han funcionado a mí unas cuantas veces. Porque todavía sigue habiendo locos idealistas dispuestos a perder dinero, un buen horario de trabajo y una vida familiar cómoda y estable para acudir -entre la novela picaresca y la de caballerías- al llamamiento que supone la oportunidad de cubrir una gran historia. Incluso, o tal vez precisamente por eso, aunque ni siquiera quede claro a priori de qué historia se trata.

Luego está, es verdad, la cuestión del sensacionalismo. Desde su brillante blog con el que nos baja los humos siempre a tiempo, Arcadi Espada ya me daba el otro día un bocinazo a cuenta de las exageraciones y truculencias del Examiner. Pero, claro, eso es como decir que por el Callejón del Gato sólo circulaban tipos escuálidos u obesos.

Nunca Hollywood se ha acercado con tanta maestría al esperpento como en esta película maravillosa con la que hoy empezamos una colección muy especial en un año tan importante para el periódico. Pero si hacemos abstracción de los espejos cóncavos o convexos con los que nos toma el pelo Billy Wilder, hay que reconocer que, más allá de su cinismo, este Walter Burns termina demostrando que es un estupendo director de periódico porque una y otra vez se resigna -nunca mejor dicho lo de que a la fuerza ahorcan- a que la realidad le estropee el gran titular que ya tenía en la cabeza e incluso había dictado a la redacción, pero también una y otra vez reacciona ante los nuevos hechos con otra idea igualmente apelativa y contundente.

Si ya no puede contar que «El Examiner captura a Earl Warren» con entrevista exclusiva incorporada, tampoco está mal anunciar que «El Examiner entrega a Earl Warren» como prueba de su compromiso con la defensa de la ley y el orden. Y si resulta que la detención del propio director y el reportero estrella, acusados de complicidad con la fuga, pulveriza también ese titular, siempre queda la opción de destacar la última confidencia del condenado: «No subiré hacia el patíbulo, sino hacia las estrellas». ¡Qué buen oído para la frase!

En el ejercicio del periodismo hay que cambiar muchas veces de caballo al cruzar el río porque el desarrollo de los hechos no es ni lineal ni predecible y la honestidad, al reflejar cada nuevo elemento que implica interpretaciones distintas a las asumidas, entra a menudo en conflicto con la coherencia en la que se atrincheran la soberbia y la pereza. Por eso la grandeza de Burns -que es vanidoso, pero no chulo, y workaholic antes de que se inventara la palabra- consiste en admitir que la realidad le ha lanzado contra la lona, pero levantándose una y otra vez para reconstruir su relato aunque sea con los restos del naufragio.

Lo único que para él no tiene vuelta de hoja -excepto que se trate de un pase de portada- es que hay que llegar a tiempo para el cierre de la edición, con una historia lo suficientemente buena, y eso implica que sea cierta, como para que el arranque de la rotativa suene a música celestial. Quien no ha oído nunca ese sonido, no ha conocido una parte de la felicidad.

Basta contemplar los primeros planos bajo los títulos de crédito con las bobinas ensamblándose en los cilindros y la tinta reproduciendo las grandes exclusivas del Examiner para darse cuenta de que The Front Page es una burlona carta de amor al ejercicio del periodismo, impregnada de tanta autocrítica sobre sus excesos como fe en la función social de la prensa. Puesto que tratamos de reflejar el homenaje que a lo largo de su historia el cine ha rendido al «cuarto poder», era imposible elegir una película más adecuada para iniciar este ciclo de acción de gracias a la fidelidad de quienes como ustedes, queridos lectores, constituyen nuestra única razón de ser.

The Front Page se estrenó en 1974 y EL MUNDO nació 15 años después. ¿No es estupendo poder identificarse sólo con lo bueno y positivo cuando surge la posibilidad de que la vida imite al arte? A los que les parezcan disparatados algunos de los episodios y situaciones que enlazan este también trepidante vodevil, debo recordarles que en nuestra redacción ya hemos vivido el empeño de sortear una restricción al derecho de la información -establecida sin fundamento legal alguno-, introduciendo subrepticiamente una cámara oculta en un recinto público. Con la diferencia de que así como al propio Burns no le sale la foto del condenado a muerte, tomada con la cámara que el reportero bisoño lleva adherida a la pantorrilla, la que captó Fernando Quintela cuando Felipe González declaró como testigo en el juicio del caso Marey forma ya parte de la historia gráfica, de la memoria colectiva, de nuestra democracia. Con el aval, además, de una resolución judicial favorable.

Y quienes consideren inverosímil que, cuando todos los policías de la ciudad están buscando a un individuo, sean dos periodistas los que lo tengan controlado, pueden refrescarse la memoria con lo que consiguieron Cerdán y Rubio tras la fuga de Roldán. La habitación del hotel de París donde lo entrevistaron era algo más amplia que el mueble en el que Walter Matthau y Jack Lemmon esconden al escuchimizado anarquista y tal vez por eso -de nuevo la realidad mejora a la ficción- culminaron su gran exclusiva y pudimos hacer una memorable front page con aquel titular que cambió la historia de la política española, abducida por el felipismo: «A mí no me van a engañar como a Amedo».

Aunque yo tampoco diría nunca eso de «No denunciaremos a los villanos, sino que los crucificaremos» y tampoco necesitaré jamás que le pongan mi nombre a un bulevar para darme por recompensado, es obvio que cuando más a gusto me encuentro dentro del pellejo de Walter Burns es cuando él se siente realizado divulgando los abusos de los mandamases de la ciudad. Estoy seguro, por la misma regla de tres, de que más de uno de nuestros mejores periodistas de investigación se verá reflejado en lo que Hildy Johnson le dice a su atribulada novia, mientras teclea frenéticamente su relato: «Esto es lo más grande que me ha pasado en mi vida».Ella se encoge de hombros y, a punto de dar el caso por perdido, comenta: «Comienzo a creer que todos los periodistas están enfermos».

Nuestra enfermedad es el ansia incurable por descubrir algo trascendente para poder contarlo de forma efímera. Menudo contradiós. La vida en un oxímoron de hielo ardiente. Pero, aunque se trate de un mal crónico, hace tiempo que se descubrió un bálsamo que produce efectos paliativos indescriptiblemente beneficiosos para el cuerpo y la mente. Fíjense si no en el rostro de satisfacción de Walter Burns cuando hacia el final de la película -es sin duda la escena clave-, todavía dentro de su celda, se abanica delante del alcalde con un documento protegido por una cubierta de color azul. Es el indulto firmado por el gobernador del estado de Illinois que los caciques locales trataban de ocultar, pero podría ser también el estadillo de la cintateca del CESID, las fotos con los restos de Lasa y Zabala, el libro de caja de Filesa o la transcripción de la casete de Cancienes que reflejaba cómo en el 2001, aún antes de que cayeran las Torres Gemelas, ya había alguien en Asturias tratando de montar «bombas con móviles».

Burns se jacta entonces de que existe «un poder invisible» que ha acudido en su ayuda. Es la teoría de que la Divina Providencia, o mejor aún la Justicia, o mejor aún el sistema democrático, escribe recto con renglones tan torcidos como el propio director del Examiner y su renuente reportero estrella. Esas son las reglas del juego. Porque si buscar lo que de verdad ocurrió es muy excitante y descubrirlo resulta sensualmente gratificante, el orgasmo sólo se alcanza cuando estás en condiciones de demostrarlo.

pedroj.ramirez@elmundo.es

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Molly Brown siempre a flote, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 4 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Feliz año malo, feliz año duro, feliz año rudo… Son tan nefastas las expectativas con las que abrimos este último ejercicio de la primera década del siglo XXI que cada día que pase sin que se desmoronen espacios de libertad y dicha personal será un triunfo a la vez de la inteligencia y de la voluntad humana sobre la fatalidad de los feos augurios.

Pero este partido lo vamos a ganar los de Triunfópolis, por mucho que haya que remar contra la corriente. Se lo decimos quienes algo sabemos ya de lo que son las crisis, pues no en vano este periódico se ha forjado en la tribulación y ha llegado a ser lo que es en medio de las peores dificultades imaginables.

Sobre mi mesa hay un recipiente de plata en el que guardo plumas, lápices y bolígrafos con una frase de Séneca grabada en bellas letras cursivas: Adversarum ímpetus rerum viri fortis non vertit animum. «El ímpetu de las adversidades no cambia el ánimo del hombre fuerte».

Pero no es la fortaleza del estoico, que se siente tan espiritualmente inmune como físicamente vulnerable ante unos acontecimientos en los que hace tiempo que ha renunciado a intervenir, la que estoy invocando. No, es la hora de salir al encuentro de los problemas, adentrarse hasta el corazón de la tormenta y luchar a brazo partido contra todos los rayos y relámpagos que nos envíe el destino.

Pónganse para ello los mejores trajes de su armario y las mejores sonrisas de su almario -como si 2009 tuviera 365 grandes ocasiones- y no dejen de comprar ni un solo día EL MUNDO ni de visitar cada pocas horas nuestra edición electrónica, pues eso les ayudará a responder al peor tiempo con la mejor cara. No sólo porque una vez más sabremos estar a la altura de las circunstancias y cada mala noticia irá siempre acompañada de su correspondiente propuesta de remedio, sino porque para nosotros éste es un año muy especial -el de nuestro vigésimo aniversario- y no vamos a permitir que ningún temporal o inundación nos agüe la fiesta.

EL MUNDO del Siglo XXI nació el 23 de octubre de 1989 como «un periódico nuevo al servicio de una nueva sociedad». Hasta sus más acérrimos detractores admiten que España habría sido distinta -nosotros decimos que bastante peor- sin un diario como éste. Ahí queda en las hemerotecas la contribución de nuestro periodismo de investigación a la regeneración del sistema democrático y toda una galaxia de proposiciones éticas y estéticas, acompasadas al progreso de la sociedad española.

Pues bien, ha llegado el momento de modernizar nuestra modernidad, y por eso hemos lanzado de nuevo simbólicamente la gorra de ese compromiso al otro lado de la valla para obligarnos a saltarla. Desde el próximo domingo día 11 irán descubriendo importantes innovaciones tanto en la edición impresa como en nuestro sitio de internet, con cambios de diseño, nuevas secciones, nuevos suplementos y nuevos formatos a los que podrán tener acceso en distintos soportes, incluida nuestra emergente Veo TV que hace ya sus ejercicios de calentamiento por la banda, a la espera de poder saltar en plenitud de facultades al estadio en el que, tras el apagón analógico de abril de 2010, se iluminará la fuerza del pluralismo de la Televisión Digital Terrestre.

Aunque en este universo post McLuhan la marca -y no el medio- es, como digo, el mensaje, nada habrá, en todo caso, tan esencial para entender nuestra redoblada modernidad como la insistencia con que la realidad seguirá imitando al arte, la política reinventándose a sí misma y el periodismo investigando la verdad de lo soñado. Sólo cuando se apagan las luces de la sala y se enciende el proyector nos damos cuenta ante el espejo de que no somos sino lo que sentimos. Por eso, porque como bien canta Aute -su gran estuche recopilatorio ha sido el mejor regalo de esta Navidad y aún tienen tiempo de conseguirlo para Reyes- «toda la vida es cine y los sueños cine son», hemos querido contribuir a alegrarles a todos ustedes el comienzo de este año revirado con un regalo décuplo: estas 10 películas que ven ustedes aquí abajo y que recibirán durante 10 domingos sin recargo alguno, como compendio del homenaje que el cine ha rendido al periodismo durante más de un siglo y como expresión del homenaje que, en señal de gratitud, EL MUNDO debe a la fidelidad de sus lectores.

Desde el próximo domingo, en que nos reiremos de nosotros mismos con The Front Page, hasta el 15 de marzo, en que con plenitud de intención y propósito haremos coincidir el quinto aniversario del 11-M con la entrega de Call Northside 777 -la estimulante película de Henry Hathaway, traducida en España como Yo creo en ti, de la que ya les hablé hace unos meses-, cada semana compartiremos las grandezas y miserias del periodismo, sus tensiones políticas, sus dilemas éticos, sus hitos memorables y sus pifias para olvidar, tal y como las ha reflejado el cine, anudando así aún más esta relación tan especial que se ha forjado desde hace 20 años entre ustedes y nosotros.

¿Y de los políticos, qué? Bueno, no están en esta colección -a lo mejor habrá que dedicarles otra-, pero seguro que si abrimos un concurso se les ocurren muchos títulos con los que asociar tanto al presidente del Gobierno como al líder de la oposición, o no digamos a algunos tiranuelos autonómicos. A Zapatero ya lo he presentado ante ustedes como la Mary Poppins que todo lo resuelve con un gramo de azúcar, el Pimpinela Escarlata que esconde su astucia bajo una apariencia bobalicona, el camaleónico Zelig, la irresponsable Maria Antonieta, el caballero Block que juega al ajedrez con la muerte en El Séptimo Sello, uno de los Rescatadores en Cangurolandia -perdón, Banquerolandia-, el Príncipe de las Mareas que se adapta a lo que sea, el irreverente Mono Rey o el Jovencito Frankenstein cuando se le escapa el monstruo.

¿Hay quién dé más? Pues sí, porque a la vista del provocador desparpajo con que ha hecho su balance de año viejo y sobre todo del inaudito resultado de la encuesta con la que anteayer comenzamos el nuevo, les reto a que me propongan un título, un argumento y un concepto que se adapten mejor a él que los de Molly Brown siempre a flote.

Les refrescaré la memoria sobre esta película. Se trata de la versión musical -primero fue una producción teatral en Broadway-, protagonizada por Debbie Reynolds, de la historia de Margaret Tobin, una chica de humilde ascendencia irlandesa con la cabeza llena de pájaros, nacida en la misma localidad de la ribera del Misisipí -Hannibal (Misuri)- en la que transcurrió la infancia de Mark Twain y en la que están ambientadas gran parte de las aventuras de Tom Sawyer y su inseparable Huckleberry Finn.

Tras sobrevivir a unas inundaciones en las que, según la leyenda, su cuna de bebé estuvo durante un tiempo a la deriva, y tener que ponerse a trabajar en una fábrica a los 13 años por un sueldo miserable, la pequeña Molly y su familia se sumaron a la quimera del oro y emigraron hacia las Montañas Rocosas. En Leadville (Colorado) conoció a un ingeniero con talento pero sin fortuna llamado J.J. Brown y se casó con él aún adolescente.

Cuando todo parecía irles mal como consecuencia del crash de la plata de los últimos años del XIX, J.J. descubrió por azar un rico yacimiento en la mina de la que era superintendente y los propietarios le premiaron con una parte de las acciones, convirtiéndole en multimillonario. El matrimonio se instaló en Denver y ella dedicó todo su tiempo y una parte de su recién adquirida fortuna a la causa de la reforma social y especialmente a la lucha por el sufragio femenino, llegando a presentar su candidatura al Senado de Colorado, en abierto desafío de la máxima imperante -compartida, por supuesto, por su horrorizado marido-, según la cual una mujer sólo debía salir en el periódico con motivo de su boda, su bautizo y su funeral.

Zapatero la habría hecho ministra de Igualdad con mejores avales que los de la pobre chica que tiene en el cargo, pero si yo asimilo ahora su figura a la del presidente no es por su militancia feminista sino por su desafiante jactancia ante la buena suerte. Y es que Molly Brown, ya divorciada, fue una de las supervivientes del Titanic, en el que regresaba de uno de sus habituales viajes por Europa. Cuando llegó en el buque que la había rescatado -el Carpathia- al abarrotado Muelle 54 del puerto de Nueva York, donde aguardaban decenas de miles de personas y un alud de reporteros, ella resumió su sino con palabras memorables: «La típica suerte de los Brown… Somos insumergibles». Había vuelto a nacer y prometía repetir el número la próxima vez: «The unsinkable Molly Brown».

¿Con qué paralelismo cinematográfico, literario o histórico podría describirse mejor el caso de un gobernante que cuando la economía se viene súbitamente a pique -en parte por la fatalidad del choque con unas inmensas masas de fraude sumergidas y por los graves defectos estructurales de la nave, pero también por su falta de pericia como piloto y capitán del barco- y la inversión, el consumo, el empleo… todo se hunde a su alrededor, él continúa a flote con su popularidad relativamente intacta y casi tres puntos de ventaja en la intención de voto?

Aquí hay algo paranormal. Mientras el oscuro océano engulle el transatlántico de nuestra prosperidad, ahí aparece él tan pimpante a bordo del bote salvavidas de las encuestas. Y, sin embargo, sólo el contraste de la situación actual con los cánticos al crecimiento y estabilidad de nuestra economía con los que, como oportunamente ha recordado Carlos Segovia, Zapatero comenzó el pasado ejercicio -fulminando a aguafiestas como Zaplana, que había osado pronunciar a modo de futurible la palabra «recesión»-, debería bastar para que los españoles arrojaran al fondo de ese mar metafórico de la popularidad a alguien cuya imprevisión y cuya falacia han sido puestas tan en evidencia.

Si a ello le sumamos el último alarde de irresponsabilidad que supone resolver el problema de la financiación autonómica, fruto de sus disparatados compromisos con Cataluña, mediante la patada hacia delante del caviar para todos, podríamos llegar a la conclusión de que el pueblo español ha adquirido un fuerte componente masoquista. A lo mejor es la consecuencia lógica del «sadismo en nuestra infancia» -política-, tal y como teorizaba Vázquez Montalbán en una de sus obras de juventud, y resulta que tras el terrorismo de Estado felipista y los pies sobre la mesa de los amos del universo, con excursioncita a las Azores incluida, de Aznar ya nos hemos acostumbrado a que el verdadero sentido del ejercicio del poder en España sea estropear las cosas.

¿O acaso no es evidente que esta fórmula en la que a corto plazo todas las comunidades ganan -unas por renta, otras por población y las restantes por San queremos-, mientras el Estado se endeuda más y más, sólo implica hipotecar el porvenir para pagar los vencimientos de los caprichos políticos del ayer y el anteayer? ¿O acaso no es evidente que al tirar así la casa por la ventana, precisamente cuando la coyuntura exige más austeridad, seremos los contribuyentes quienes nos romperemos la crisma, mientras los políticos gordinflones caerán sobre nosotros con el paracaídas clientelar del gasto -incluidas sus tan patéticas como onerosas televisiones autonómicas- cómodamente desplegado? ¿O acaso no es evidente que entre los beneficiarios de esta bula hacia una reelección segura figuran tres gobiernos como los de Galicia, Baleares y Cataluña, que vienen dedicando cuotas importantes de esos recursos a la tarea de la demolición política, histórica, cultural y por supuesto lingüística de la España constitucional, aun a costa de pasarse por los mismísimos las sentencias del Tribunal Supremo? ¿O acaso no es evidente, en definitiva, que la aplicación de este modelo supondrá un nuevo paso adelante en la estúpida transformación de España en la mera suma -de momento- de sus cada vez más alejadas partes?

A Zapatero no se le puede negar que, como Molly Brown, siempre está ahí, dando la cara con una sonrisa de oreja a oreja que para sí la quisiera el gato de Cheshire, con una moral a prueba de bomba o, si se prefiere, con un rostro de cemento armado, demostrando un creciente dominio de la escena -a la multimillonaria también le dio por el teatro, tratando de emular a Sarah Bernhardt- y una descomunal habilidad en el arte de hacerse el simpático. Hasta el extremo de que puede estar labrándonos la peor de las ruinas y cualquiera diría que tuviéramos que mostrarnos agradecidos por la diligencia, la cordialidad y el buen ánimo con que lo hace.

Lo que ocurre es que, claro, siempre que se destaca es con relación a alguien y, en este caso, lo que contemplamos al frente del PP sólo puede resumirse como una tragedia española. Rajoy tiene razón en casi todo lo que dice, pero nunca le servirá de nada porque no genera ni empatía, ni ilusión -por algo se identificaba Zapatero con Obama en el artículo que escribió la semana pasada para EL MUNDO-, ni ninguna de esas otras emociones que pavimentan la intención de voto. No es un malvado aunque, como a tantos otros, se le nota demasiado que va a lo suyo; pero se hace fotos con los jóvenes y en lugar de rejuvenecerse él, avejenta a los de al lado. Quisiera equivocarme, pero incluso si ganara unas generales por una de esas chiripas que a veces suceden en la vida, seguiría siendo percibido como un estorbo y no como un agente de transformación y cambio. La vida es así de injusta: ni Butragueño nació para tribunas, púlpitos o estrados, ni yo para el bel canto, y mira que nos hubiera gustado.

No quiero adornarme, una vez que los hechos están corroborando todo lo que yo dije el 10 de marzo, pero el año comienza bajo los auspicios del deseo de derrota de gran parte de los cuadros, militantes y votantes del PP que ya sólo sueñan con la regeneración en la catarsis -gallegas, vascas, europeas… qué tres grandes oportunidades de perder-, y eso no sucedía desde que el PSOE inició el 97 con la obsesión de liquidar a su padre padrone. La ventaja del PP es que no necesita descubrir a su insumergible Molly Brown porque tiene dos en el banquillo y un tercero en el bancazo.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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La carcajada de Panurge, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Cultura, Economía, Política by reggio on 28 diciembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Tengo un amigo y una amiga que se dedican al negocio financiero a escala internacional. El uno, propietario de su propia firma de inversión y con clientes en todo el mundo, no olvidará nunca -y menos hoy, Día de los Inocentes- la media docena de ocasiones en que se reunió con Bernie Madoff. La otra, analista de una organización aparentemente no contaminada por el escándalo, no logra comprender cómo colegas íntegros y avezados cayeron en la trampa.

«Siempre me citaba a las ocho de la mañana en su despacho del edificio Lipstick», recuerda mi amigo. «Me recibía solo, delante de una taza de café. Bebía pequeños sorbos y comentaba serenamente la marcha de los mercados. Era amable pero distante. La última vez me contó que tenía todo su patrimonio invertido en la compañía y que con la crisis prefería ganar él un poco menos, pero mantener contentos a los clientes».

La noche en que le contaron que Madoff había sido detenido, tras confesar que su respetado fondo de inversión no era sino una farsa, rodeada de oropel pero basada en la más rudimentaria de las estafas, el corazón le dio un vuelco. Mi amigo nunca dejará de preguntarse cómo es posible que el nuevo timo del siglo alcanzara tales proporciones, pero su primera reacción -en sintonía con la mayor parte de los medios de comunicación, gobiernos e instituciones- fue culpar al regulador norteamericano. «La SEC tendrá que responder ante los tribunales, ya verás los pleitos que se avecinan».

Mi amiga no está de acuerdo en que ése sea el problema y menos aún la solución: «La ventaja de que ese tipo de fondos -los fondos de inversión libre o hedge funds- sean entidades poco reguladas y no tengan la obligación de presentar sus cuentas ni de reportar sus actividades diarias a ningún organismo es que así tienen la máxima flexibilidad para invertir», me dice en un correo electrónico bien argumentado. «Esa es una circunstancia que puede proporcionar grandes beneficios, pero que a la vez hace imprescindible que el potencial inversor dedique importantes recursos a entender bien los fundamentos del fondo en el que se plantea meter su dinero».

Para ella resulta inaudito que «fondos de fondos» como el Optimal del Santander, el Fairfield de Noel, Piedrahita y otros yernos o los demás que invirtieron dinero ajeno en Madoff no le sometieran a un proceso de due dilligence para «verificar que todo lo que el gestor dice que hace es cierto: eso abarca entender cómo se generan los beneficios, cómo se controla el riesgo o cuál es la estructura operativa».

También le parece increíble que ni siquiera contrastaran la trayectoria de Madoff con el código de «mejores prácticas» vigente en el sector de los hedge funds. Eso les habría llevado a conclusiones muy elementales como que su fondo no contaba ni con administradores ni con custodios independientes, que su auditor tenía tres empleados y a él como único cliente o que toda la información que enviaba a los inversores era un montón de boletas de transacciones bursátiles que en sí mismas no explicaban nada.

Algo similar decía el otro día Sebastián Mallaby en The Washington Post al alegar que Madoff «era un granuja que prácticamente telegrafiaba su falta de fiabilidad, contratando a una diminuta auditora desconocida y dando resultados mensuales que no fluctuaban nunca». Sin embargo la crème de la crème de las finanzas internacionales ha aparecido prendida de su anzuelo.

Mi amigo alega que, aunque ahora a todo el mundo le parece muy obvio lo ocurrido, la verdad es mucho más compleja, pues en los círculos financieros se daba por hecho que Madoff había dado con una fórmula para neutralizar la volatilidad de los mercados y se entendía como algo lógico que no la quisiera compartir con nadie. Tenía el secreto de la Coca-Cola o, si se quiere, el de los cultivadores de bulbos de tulipanes holandeses. El hecho de que, además de especializarse en la llamada «inversión alternativa», mantuviera una agencia de Bolsa convencional avalaba la teoría de que procesaba las órdenes de compra o venta que le llegaban antes de la apertura de los mercados y aplicaba a la resultante una especie de «logaritmo secreto».

Mi amigo llegó incluso a duplicar, a modo de mayor seguridad, la tarea de casar las boletas que reflejaban las supuestas operaciones de Madoff que afectaban a sus clientes. Pero, claro, eso no servía de nada pues uno de los requisitos clave para ser admitido como inversor por Madoff era aceptar que nadie sino él podía conocer el contenido de la que, según The Wall Street Journal, algunos ejecutivos de la propia compañía denominaban premonitoriamente como la «caja negra» de su modus operandi.

Ahora que el avión ya se ha estrellado y mientras los investigadores tratan -de momento con bastante poco éxito- de averiguar lo que hay en esa «caja negra», finalmente tal vez vacía, mi amigo admite que uno de los factores determinantes de la espiral de confianza ciega en la que él mismo se vio arrastrado fue el arraigo y prestigio de Madoff en la comunidad financiera judía. No se trata de reavivar ningún estereotipo -y menos de forma derogatoria-, pero yo creo que cuando ambos se sentaban con la taza de café de por medio eran dos maneras de entender la relación con el dinero, la de la cultura judía y la de la cultura católica, las que estaban frente a frente.

Para describir la primera, sólo citaré una obra de un autor tan poco sospechoso de antisemitismo como George Steiner, pescando en concreto en el capítulo de sus «libros no escritos», titulada Zion (My Unwritten Books, Weidenfeld and Nicolson, 2008). «La intimidad judía con el dinero ha sido en cierto modo visceral», sostiene Steiner. «Data de las múltiples prescripciones fiscales del Libro de Moisés. Probablemente como en ninguna otra mitología el dinero desempeña una parte canónica en los relatos sobre la buena fortuna o sobre la traición… La evolución del capitalismo moderno y la crítica que ha inspirado encuentran su contexto y adaptación natural en la comunidad judía. Parece movilizar viejas habilidades y predisposiciones. Los Rothschild han reemplazado a Shylock… Firmas como Goldman Sachs o Lehman Brothers -esto está escrito obviamente antes del crash- o alquimistas individuales como George Soros han sido jugadores decisivos en los mecanismos financieros del mundo occidental. El multinacionalismo ha reclutado los instintos peregrinos y cosmopolitas del judío… Por lo tanto hoy un porcentaje significativo de las finanzas globales está bajo control judío. Los talentos analíticos y metamatemáticos desplegados por los pensadores y científicos judíos han sido brillantemente desarrollados en los dominios, a la vez hiperracionales y demoníacos, del dinero».

Frente a ese presunto «despliegue de talento analítico y metamatemático» que dio paso a lo que otro judío ilustre como Alan Greenspan bautizaría como la «exuberancia irracional de los mercados», mi amigo y otros como él actuaban constreñidos por una ética pudorosa y en cierto modo timorata del lucro. En nuestra sociedad se habla con mucha más soltura de sexo -no digamos nada de los placeres de la mesa- que de dinero. La gente te cuenta que se ha llevado a una persona deseada a la cama, pero no que ha ganado dinero con una inversión afortunada. Incluso sobre quienes se dedican profesionalmente a las finanzas parecen pesar las sentencias evangélicas dedicadas al rico Epulón y al pobre Lázaro, al camello y al ojo de la aguja y a lo bienaventurados que son los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.

A falta de ese pragmatismo calvinista, de esa ética protestante que finalmente permite a todo buen cristiano servir a dos señores -en la City se pone una vela a Dios y otra a Mammón-, la mayoría de nuestros ricos y sus plenipotenciarios se sienten mucho más cómodos cuando sus plusvalías se gestionan en silencio y detrás de un tupido velo que cuando se aventan en cualquier dominio público. Pocas iniciativas nos ocasionan tantos quebraderos de cabeza como el número anual del Magazine sobre las personas más ricas de España. Sólo los horteras del ladrillo quieren presumir de la parte legal de sus fortunas. No olvidemos que algunas de las primeras órdenes monásticas tenían entre sus votos la prohibición de tocar físicamente el dinero.

Nada mejor que esta disposición al sigilo y la reserva -que tu mano derecha no sepa cómo se enriquece la izquierda- para un tinglado como el de Madoff basado en la sacralización del secretismo. Al final mi amigo terminó promediando la confianza irracional que emanaba de aquella taza de café con su prudencia racional -incluso con su recelo a ganar demasiado- e invirtió en la «caja negra» sólo una muy pequeña parte del patrimonio confiado por sus clientes y, digamos, dos no tan pequeñas partes del suyo propio. Lo que le reconcome ahora no es, sin embargo, la cantidad sino la calidad del problema.

Cualquiera diría que la base de lo ocurrido era que había una serie de potentados ansiosos de ser engañados -a modo expiatorio- y que profesionales honrados como él no fueron sino los médium de la credulidad autoinducida. Resulta difícil de imaginar, en cambio, que un individuo como Piedrahita que, después de haber suscitado todo tipo de recelos en el Reino Unido, aterrizó en España pisando fuerte y haciéndose el simpático con su superjet, su megabarco y su casoplón de Puerta de Hierro no estuviera por vía familiar en el ajo de la estafa. ¿Será capaz la Fiscalía Anticorrupción de separar el grano de la paja?

A mi amigo no le servirá de consuelo, pero en la comunidad judía lo ocurrido ha causado tanta consternación como si se tratase de una nueva destrucción del templo de Jerusalén. El rabino Salomón Carmy, presidente del departamento de Estudios Bíblicos de la Yeshiva University -seriamente damnificada por el colapso de Madoff-, ha evocado un pasaje del Génesis sobre la historia de Jacob muy elocuente de la escala de valores a la que me refería antes: «Los justos defienden su dinero más que su propio cuerpo. Si tu ganas dinero honradamente o si lo tienes como consecuencia del depósito de la confianza de otros en ti, debes ser muy cuidadoso».

Al margen de que no falta quien espera que de repente se abran los cielos y un rayo con el emblema del Mossad castigue al truhán de forma mucho más contundente de lo que podrían hacerlo los tribunales norteamericanos, la reciente noticia de que la Fundación Elie Wiesel ha perdido la práctica totalidad de sus fondos en el cenagal de la estafa no hace sino realzar la pregunta que el pasado domingo se hacía Frank Rich en The New York Times: «¿Quién podría haber imaginado la historia de un financiero judío que pulveriza millones de dólares dedicados a mantener viva la memoria del Holocausto? Dickens, Balzac, Trollope y, a esos efectos, hasta Mel Brooks se hubieran quedado atónitos».

Modestamente se me ocurre sugerir que sólo un resucitado Rabelais podría estar a la altura de ese reto. Y no tanto por las dosis de vitriolo que el gran humanista francés de comienzos del XVI escancia en sus obras al servicio de lo grotesco, sino sobre todo por su paternidad de un personaje cuya pauta y significado ya está sirviendo de útil ganzúa para abrir algunas puertas que son clave para la interpretación de la actual crisis. Me refiero al pícaro Panurge, compañero de fatigas del bondadoso gigante tragaldabas Pantagruel.

Si en su libro segundo -capítulo XVI- Rabelais presenta a Panurge explicando que «estaba sujeto de nacimiento a una enfermedad que por entonces llamaban falta de dineros… a pesar de lo cual conocía sesenta y tres maneras de remediarse en su necesidad, de las cuales la más común y honrosa era el latrocinio», es en su libro cuarto -capítulo VIII- cuando este pícaro escatológico, ingenioso y cruel que preludia a la vez a Falstaff y a Sancho alcanza su verdadero momento de gloria.

Todo sucede a bordo de una embarcación en la que Panurge compra un cordero del rebaño del comerciante Dingdong y, comoquiera que considera que el precio ha sido abusivo, da rienda suelta a su cólera arrojándolo bruscamente al mar. El resto del rebaño se apresura a seguir a su compañero y todos -ovejas, carneros, pastores y el propio Dingdong- se precipitan al agua y se van ahogando poco a poco, mientras un sádico e implacable Panurge disfruta de su venganza, impidiendo con el remo que nadie regrese a la barca, y filosofa sobre el instinto gregario que ya Aristóteles detectó en ciertas especies.

Desde entonces le mouton de Panurge es el desencadenante de cualquier moda y el «panurgismo», el efecto imitativo que la alimenta. Es el caso de la actual deflación en el que la parálisis económica se contagia con tal virulencia que ni siquiera los que tienen más dinero disponible gastan, consumen o invierten. He ahí la levadura del miedo que va inflando el círculo vicioso del efecto pobreza.

Pero hasta como quien dice antesdeayer el mimetismo había operado en sentido contrario. Puesto que el vecino lo hacía, había que hipotecarse; puesto que el amigo lo hacía, había que consumir más allá de los propios posibles; puesto que el compadre lo hacía, había que invertir a crédito en la Bolsa. Mi amiga explica muy bien en su correo electrónico lo que era un secreto a voces en su sector: «Según el manual nadie debería haber invertido en Madoff, pero como había muchos conocidos que ya lo habían hecho durante tanto tiempo y nunca había pasado nada, pues todos seguían invirtiendo». Era el «dónde va Vicente, pues donde va la gente» de los multimillonarios. Tú no eras nadie si Blahnik no te hacía unos manolos a medida, no estabas en la lista de invitados de las fiestas de Mustique y no te dejaban meter dinero en Madoff. Ese «reservado el derecho de admisión» era lo que fascinaba a los obsesionados con no ser menos que fulanito o menganita. Y Piedrahita les hacía pasar por taquilla. Hasta que se pinchó la burbuja y se hundió el soufflé.

Mi propio amigo piensa que las inversiones y plusvalías de Madoff fueron reales durante bastante tiempo y que sólo cuando sufrió un importante traspié -no se sabe si por el hundimiento de las punto com, por la crisis asiática o por qué otra vicisitud- decidió recurrir al viejo truco de la pirámide. «Yo creo que casi fue más una cuestión de amor propio que otra cosa. No quiso decirles a los de la sinagoga de la Quinta Avenida que había perdido su dinero y emprendió la huida hacia delante».

O sea que durante años fue metiendo a todos los corderitos en el barco y un buen día tiró el primero al mar, marcando el número del FBI. En Far from the madding crowd -Lejos del mundanal ruido- hay una escena similar cuando un perro irresponsable arrastra a todo el rebaño hasta el fondo de un acantilado y arruina al joven y entusiasta pastor Gabriel Oak. Su autor Thomas Hardy trataba de expresar así la crueldad y la injusticia inherentes a nuestro universo. Puedo imaginarme la carcajada de Panurge al oír hablar tanto estos días de la necesidad de regular los mercados y reformar el capitalismo. ¿El capitalismo? Mientras no reformemos la condición humana…

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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A McLuhan no le habrá importado, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 21 diciembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

El pasado domingo rubriqué mi carta con un homenaje inverso a los Tip y Coll del tardofranquismo ya que, tras haberme explayado sobre las maldades del Gobierno, incluí como posdata un compromiso a plazo fijo: «Y la próxima semana… ¡hablaremos de la prensa!». Hoy comparezco con la satisfacción del deber cumplido, pero sintiéndome obligado a dar explicaciones a quienes me han tildado de profanador engreído y presuntuoso iconoclasta.Sí, es cierto: el pasado miércoles en los salones del Ritz no sólo anuncié mi rebelión contra el determinismo tecnológico que ha fomentado durante casi medio siglo una visión compartimentada y estanca de la libertad de expresión, sino que pedí para la efigie virtual de su mentor la misma drástica jubilación otorgada a la última representación ecuestre del general Franco. «Ha llegado la hora de derribar la estatua de McLuhan».

No me arrepiento de mi sacrilegio. Todo lo contrario. Me siento liberado de un tabú y descargado de unas muy pesadas aunque subyugantes cadenas. Nadie podrá decir ya que yo fui de los que se aferraron a las verdades inmutables de un mundo en declive, y menos aún que sacrifiqué a ellas las oportunidades del porvenir.

Y es que desde que en 1964 el sociólogo canadiense Marshall McLuhan publicó su deslumbrante ensayo Understanding Media: the extensions of Man todos hemos vivido aturdidos por un axioma que quedaba a mitad de camino entre las percepciones geniales y las ocurrencias ingeniosas: «El medio es el mensaje».

Al año siguiente un jovencísimo Tom Wolfe se entrevistaría con él en California y extendería la onda sísmica por toda la otra costa. «¿Y si resulta que este señor tiene razón?». El lío ya estaba formado. «The Medium is the Message», se convirtió enseguida en «The Medium is the Massage» y pronto McLuhan aportó variaciones sobre el mismo tema, a base de mass age e incluso mess age. Mensaje, masaje, era de la masa o era del estropicio, qué más daba. Todos los caminos llevaban a Mayo del 68 y a la denuncia de la alienación del individuo por las nuevas superestructuras informativas.

Según McLuhan las características técnicas de los entonces bautizados como medios de comunicación de masas condicionaban hasta tal punto al destinatario que el propio significado del mensaje se volvía secundario. La experiencia de leer el periódico, de ir al cine, de escuchar la radio o de ver la televisión quedaba tan determinada por el tipo de relación cognitiva que se establecía entre emisor y receptor que todo contenido se diluía en el lenguaje del continente.

Para McLuhan «somos lo que vemos… primero formamos las herramientas y luego las herramientas nos forman a nosotros». Era una teoría abierta, planteada por un espíritu libre y provocador. Estoy seguro de que, de haber vivido para verlo, él mismo se sentiría satisfecho al comprobar cómo el propio desarrollo de sus leyes ha terminado dejando obsoletas sus premisas.

Baste poner el ejemplo de que, para ilustrar su división entre medios «fríos» y «calientes», McLuhan alegaba que, así como un libro puede trasladarse de un sitio a otro y es fácil retomar cuantas veces se desee tal o cual pasaje, quien quisiera volver a ver una determinada escena de una película no tendría más remedio que trasladarse otra vez a la sala de exhibición, pasar de nuevo por taquilla y aguardar pacientemente en la oscuridad a que llegara ese momento mágico, inaprensible y sustancialmente efímero. En el caso de un programa de televisión -en el que al final la memoria y la imaginación del espectador terminaban aportando casi todo lo retenido- ni siquiera había esa opción, a menos que la cadena en cuestión decidiera repetir su emisión un día concreto y a una hora determinada.

Es obvio que esa concepción empezó a cuartearse con el vídeo, los DVD y la televisión a la carta por cable o por satélite; y ha saltado por los aires, completamente pulverizada, con la convergencia tecnológica en torno a internet y a los soportes de la telefonía móvil.

Es hora de decirlo, pues, con toda claridad y contundencia: el medio no es el mensaje, al menos en el sentido en el que lo pretendía McLuhan, porque el medio no es el soporte, el medio no es el canal, el medio no es la carretera. Una vez que se puede paladear -deconstruir incluso, en el sentido de Barthes o Derrida- cada fotograma de una película o un reportaje, avanzando o retrocediendo la imagen, archivándola en un disco duro y transportándola a cualquier lugar para manejarla a voluntad, las fronteras sensoriales y cognitivas se diluyen. Sobre todo si tenemos en cuenta las veces que nos limitamos a escudriñar un libro, deteniéndonos en las páginas con fotos, a echar un vistazo al periódico, a oír la televisión mientras nos ocupamos de otra cosa, a mirar en una pantalla las cálidas retransmisiones deportivas de la radio o a hacer simultáneamente un poco de todo eso en la Red, bajándonos luego archivos de texto, audio o vídeo.

En medio de los elegantes escombros de ese mosaico antiguo de elementos separados, surge sin embargo un nuevo concepto -nada alejado, por cierto, de otras propuestas e intuiciones de McLuhan- que abre un horizonte de oportunidades insospechadas a los grupos de comunicación azotados por la crisis. Remedaré el axioma derribado para proclamar el nuevo: el medio es la marca. O sea, el medio es la brand: la cabecera, el nombre, el logotipo y lo que significan… la identidad propia, tal y como es percibida por los demás.

Es la marca -EL MUNDO, Expansión, Telva, Actualidad Económica, Marca, por hablar sólo de las nuestras- la que lleva aparejados una serie de atributos ideológicos, éticos y estéticos, fruto de la conducta de los equipos profesionales que la han desarrollado a través del tiempo. Esos atributos son, en definitiva, los que determinan las afinidades electivas de los ciudadanos. Quienes se informan a través de este periódico saben lo que pueden esperar de él, incluidas las mayores sorpresas.

En ese sentido el medio es la marca porque la marca es el mensaje. Por algo decía el propio Tom Wolfe que muchas personas llevan un periódico concreto bajo el brazo por la misma razón que los indios sioux se colgaban una pata de conejo del cinturón: para distinguirse y para ser distinguidos.

Es evidente que la fuerte caída de la publicidad y la flexión del mercado tradicional de venta de periódicos han complicado muchísimo la vida a las empresas periodísticas. Algunos gigantes quiebran, otros se tambalean y todos tenemos que ajustar nuestra estructura y nuestros costes a la realidad de la crisis.

La semana pasada The New York Times publicó un artículo en el que anunciaba «el pinchazo de la burbuja periodística» y pronosticaba que los grupos endeudados por la reciente adquisición de diarios y revistas pagados a precios de los tiempos de opulencia serían los que lo pasarían peor en los próximos años. Casi a la vez un memorando interno denunciaba la tendencia de los ejecutivos de las empresas informativas a atrincherarse en la defensa de un modelo de negocio en declive, en lugar de impulsar la innovación y el cambio.

Ya advertí el miércoles que eso al menos no va a ocurrir en Unidad Editorial, pues todos tenemos muy claro que la adquisición hace año y medio del Grupo Recoletos significó mucho más que la compra de unos stocks de papel prensa, unas facilidades industriales, unos circuitos de distribución y unos contingentes humanos asignados a unas tareas concretas. El sentido de ese movimiento empresarial fue integrar junto con la de EL MUNDO algunas de las mejores marcas de la historia del periodismo español para desarrollar sus potencialidades en una multiplicidad de soportes. Lo único que ha cambiado es que la crisis nos obliga a actuar con más determinación y prisa.

Es importante clarificar el léxico. Las empresas informativas no somos grupos multimedia sino grupos multisoportes. Para ser un grupo multimedia basta poseer dos cabeceras aunque su implantación sea minúscula. Un grupo multisoporte es el que proyecta los atributos de sus marcas a través del mayor número posible de canales o autopistas de la información mediante redacciones integradas en las que los editores elaboran todo tipo de formatos con los contenidos de los periodistas especializados en las distintas áreas del conocimiento.

La estructura física de un diario como éste, su división en secciones, su propia cadencia temporal no son sino elementos de ese formato que en un mundo sin barreras tecnológicas ni restricciones políticas se reproducirá, mediante las mutaciones estilísticas correspondientes, en todos los soportes disponibles. Diario impreso, diario hablado, telediario, diario electrónico… Qué más da, si lo importante es que cace ratones, diría Deng Xiao Ping. ¿Qué importa la forma de llegar al público si se obtiene y se conserva su confianza como medio de información?

El valor añadido que implica la selección, control y síntesis de las noticias mediante los criterios propios de ese medio -o sea de esa marca- y la portabilidad de ese servicio a través de unos gramos de papel impreso, un DVD o una pantalla flexible siempre generarán clientes dispuestos a remunerar al proveedor con su dinero, con su tiempo o con ambas monedas a la vez.

Pronto no habrá ningún medio importante que opere en un único soporte. El apagón analógico de 2010 acelerará en España el fenómeno mundial de segmentación del mercado televisivo y pondrá en dificultades a aquellos gigantes que no hayan sido capaces de labrarse una identidad diferenciada en el terreno de la información -o en el del entretenimiento- o que no tengan los reflejos necesarios para trasladarla a la vez a otros soportes. Tan en fuera de juego -en inferioridad de condiciones, más bien- quedarán los diarios o revistas tradicionales que no tengan éxito en internet como los portales con ciertas pretensiones que no sean capaces de extenderse a otros soportes, incluido el impreso.

En España como en Estados Unidos, sólo los grandes grupos informativos somos capaces de garantizar en la Red los estándares de calidad -deontología incluida- propios de una sociedad desarrollada y de proporcionar los servicios que tienen derecho a esperar los ciudadanos. De ahí el liderazgo de EL MUNDO como primer sitio mundial de información en español en internet. Si repasamos el ranking de Alexa en lengua inglesa, son el New York Times y el Washington Post, la BBC y la CNN, el Guardian, el Times y el Telegraph -o sea los grandes medios, o sea las grandes marcas- los únicos que por su número de usuarios se acercan a los grandes portales dedicados a la conectividad como Google, Microsoft o Yahoo, o a los sitios de comunidades virtuales como Facebook y MySpace. Para encontrar lugares de información sólo electrónicos hay que descender por debajo de la cota del 500, donde está The Huffington Post, o del 700, donde aparece The Drudge Report.

Para acelerar el aprovechamiento de las oportunidades que la tecnología proporciona ya a esa estrategia multisoporte necesitamos que el sector de la publicidad -los creativos, las agencias, las centrales de compras- enfoque también su transformación hacia una planificación transversal en la que los targets -es decir, los grupos de clientes potenciales de los anunciantes- sean identificados no en función de los soportes que eligen para informarse sino de algo mucho más identitario y homogeneizador como es la marca en la que confían. Y en este sentido es imprescindible que las empresas de auditoría y medición de audiencias no sólo converjan en un sistema fiable y respetado por todos para acreditar los accesos a internet sino que encuentren un instrumento también transversal que permita agregar los usuarios de los distintos soportes.

Es en el contexto de este nuevo modelo mediático en el que incluí en mi conferencia del miércoles la segunda gran provocación de la mañana cuando me permití discrepar de la reciente petición de ayudas públicas de la Asociación de Editores de Diarios Españoles (AEDE). Los medios de comunicación no necesitamos un Plan Renove específico -otra cosa son los estímulos a la reconversión tecnológica, comunes a todos los sectores- ni planes de rescate como los de la banca, pues sería fácil imaginar las discriminaciones y componendas que engendrarían. Mucho más útil y justo sería que el Estado dejara de perjudicarnos gravemente con la competencia desleal de las televisiones públicas, que detraen más de 1.200 millones anuales del mercado de la publicidad y encima les cuestan otros 2.000 a los contribuyentes.

Las televisiones públicas son una antigualla más de esa era en la que el paisaje mediático estaba fragmentado por las insuficiencias de la tecnología y el espacio radioeléctrico era un bien tan escaso y una plataforma de poder tan importante que muy pocos estados resistían la tentación de ocuparlo. La única razón por la que los gobiernos nacionales y autonómicos tienen televisiones y no periódicos es porque hasta ahora ha habido muy pocas. La digitalización y el desarrollo de internet -que entre otras cosas supone una nueva forma de consumo de televisión- ponen en evidencia lo trasnochado de ese esquema, al incrementar exponencialmente el pluralismo.

La coartada del servicio público se difumina de tal manera en ese horizonte multisoporte de multiplicación de la oferta -EL MUNDO desarrollará su proyecto televisivo, pero nadie puede imaginar a TVE o Canal Sur distribuyendo una edición impresa- que lo más racional en estos años de crisis sería ir echando ordenadamente el cierre. Pero si ningún gobernante quiere renunciar a esos botafumeiros catódicos y todos ellos siguen empeñados en transformarlos en máquinas de aplaudir de plasma, pues que les cuenten a los contribuyentes la trola correspondiente -el interés general, la lengua, la identidad, la cohesión regional…- y las financien íntegramente con cargo a la partida de gastos de representación y protocolo de sus respectivos presupuestos. Ya está bien de dumping y mangancia.

Omitiré por razones de espacio algunos aspectos sobre los que me extendí el miércoles -la guerra de los edredones, las rampantes amenazas a la libertad de expresión en España, el favoritismo gubernamental a los mismos de siempre que encima se quejan porque todo les parece poco, la conveniencia de crear una única asociación de empresas informativas que integre a todas las actuales…- y terminaré confirmando que, en efecto, a partir del mes próximo trataremos de pasar de las musas al teatro, intensificando nuestros procesos de convergencia y desarrollando en torno a EL MUNDO el primer relanzamiento multisoporte del periodismo español con cambios en la edición impresa, en la edición electrónica y en nuestra actividad audiovisual.

Camino de cumplir ya los 20 años volveremos a innovar en las formas y en los contenidos, reinventándonos y desdoblándonos para adaptarnos mejor al terreno de una nueva realidad. Pero nuestro proyecto intelectual seguirá siendo el mismo bajo el que se fundó este periódico: la búsqueda de la verdad al servicio del derecho a la información de los ciudadanos.

Todos los caminos nos llevarán siempre a esa Roma. McLuhan se convirtió al catolicismo y pidió que grabaran en su lápida la imperecedera e imponente máxima del Evangelio de San Juan: «La verdad os hará libres». Sin embargo, cuando poco antes de morir le preguntaron «qué es la verdad», no se le ocurrió otra cosa que citar -juguetón e inconformista- al detective de Agatha Christie Hercules Poirot: «Truth is whatever upsets the applecart!». A falta de una traducción literal, pues por estos pagos no solemos llevar carretas de manzanas, diríamos que la verdad es cualquier cosa que le desbarata a uno sus planes, cualquier revelación que arrumba una idea previa, cualquier descubrimiento que estropea un titular preconcebido. ¿Dónde hay que firmar?

Ya lo ven: hemos derribado su estatua, pero conservamos su mensaje.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Los peores y los más opacos, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 14 diciembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Estremece ver cómo se tambalean algunas de las manchetas que han dado más lustre a la historia del periodismo. Fue Joseph Medill, el legendario director de este mismo Chicago Tribune que acaba de ser arrastrado a la quiebra por la adquisición de activos sobrevalorados, quien hace siglo y medio obtuvo las confidencias de Abraham Lincoln sobre su iniciativa más inesperada y controvertida como presidente electo.

¿Cómo era posible que hubiera nombrado secretario de Estado a su más encarnizado rival para la nominación republicana -el senador neoyorquino William Seward- y que hubiera incorporado a otros dos significados adversarios -el gobernador Chase y el juez Bates- a otros dos puestos clave de su gobierno? ¿Cómo iba a funcionar aquello? ¿Quién iba a mandar en un corral con tantos gallos? «Necesitábamos a los hombres más fuertes del partido en el gabinete y yo no tenía derecho a privarle al país de sus servicios», le explicó Lincoln a Medill.

Así nació el mito del equipo de rivales o Team of Rivals y desde que se supo que Barack Obama tenía el libro del mismo nombre de la historiadora Doris Kearns Goodwin entre sus lecturas de cabecera, resultó inevitable que el proceso de formación de su propio gobierno se mirara con esa óptica. Sobre todo desde que quedó confirmado que el puesto de Seward lo iba a ocupar quien también había sido su Némesis durante las primarias… y representando igualmente a Nueva York en el Senado.

El fichaje de Hillary fue la mayor prueba de fortaleza y confianza en sí mismo que podía dar Obama. Especialmente después de haberla descartado como running mate o candidata a la Vicepresidencia. Una vez que estaba claro que no le debía una parte de la victoria -siempre difícil de cuantificar- y desde la cima de popularidad de su triunfo histórico, bien podía permitirse el lujo de ofrecerle a ella el puesto y a la nación, la mejor «ministra de Asuntos Exteriores» posible de cara a las tribulaciones del porvenir.

A medida que el gabinete se fue completando con el mismo Robert Gates que había servido lealmente a Bush como secretario de Defensa, con el malabarista hispano Bill Richardson o con grandes figuras de la universidad y la banca como Lawrence Summers y Timothy Geithner, el equipo emergente fue tiñéndose de un tinte tan moderado y centrista como meritocrático y elitista. Por lo tanto el libro del momento ya no era Team of Rivals sino, de nuevo, The Best and the Brightest.

¡Los mejores y los más brillantes! Guardo como oro en paño en un estante especial de mi biblioteca un ejemplar de The Best and the Brightest autografiado por su autor, David Halberstam, en agosto de 1973 en el emporio veraniego de la isla de Nantucket.

Aunque el título se refiere a los caballeros de la nueva Tabla Redonda -los McNamara, Dean Rusk, McGeorge Bundy, Arthur Schlesinger…- convocados por Jack Kennedy a su Camelot de la Casa Blanca, si alguna vez hubiera que distribuir la Legión de Honor o la Orden de la Jarretera del periodismo contemporáneo no cabe duda de que el propio Halberstam sería uno de los primeros condecorados. Falleció el año pasado en un absurdo accidente de tráfico, dejando una estela que incluye una ejemplar cobertura de la guerra de Vietnam para el New York Times, deslumbrantes contribuciones al reporterismo deportivo -Segurola, Inda, Julio César o Rafa Alique sabían muy bien de lo que hablábamos cuando evoqué su figura durante el homenaje que Marca rindió a sus redactores históricos- y, sobre todo, una decena de libros políticos entre los que destaca esta obra de magnitud icónica que, como las mejores mareas, vuelve una y otra vez a romper contra el acantilado de la actualidad.

Tanto es así que el otro día el columnista Frank Rich primero se sintió obligado a recordar el aura de ironía con que Halberstam catalogó a aquella aristocracia del talento que terminó sumergiendo a su país en la pesadilla de Indochina; y después se sintió obligado a subrayar, como aviso anticipado por si la historia se repite con los Obama boys (and girl), que «los más brillantes no son siempre los mejores».

¡Bendita precisión! Ojalá hubiera motivo para aplicárnosla aquí y ahora, en una España en la que tantos espacios de representación parecen estar siendo cubiertos mediante un sádico proceso de selección a la inversa. Basta un primer vistazo al banco azul para convenir que hoy por hoy no hay el menor riesgo de que el complejo de superioridad figure entre las taras de casi ninguno de nuestros gobernantes. Aunque se escuden en el muy inferior parapeto de la chulería, las almas insípidas nunca incurren en el genuino pecado de soberbia a lo Areilza, a lo Tierno Galván o a lo Herrero de Miñón, pues de donde no hay, no se puede sacar… ni siquiera para mal. Quién pillara a los «más brillantes», aun a costa de asumir con gusto el riesgo de que no resulten ser siempre «los mejores».

De todas las etapas de la democracia, sólo durante el quinquenio de UCD rodaron de verdad esos dados del talento por el ágora pública. Fuera por la magia del estreno o por la ingenuidad propia de quienes no habían paladeado aún el acíbar de una vida política mezquina e implacable, el caso es que la nómina de aquellos gabinetes del «chusquero de Cebreros» -el propio Suárez se flagelaba con los espectaculares currículos de sus ministros- incluía lo mejor de cada casa. ¿Nombramos a 10? Ahí van, a voleo: Fuentes Quintana, Garrigues, Ordóñez, Oreja, Lladó, Cavero, Lavilla, Oliart, Calvo Sotelo, Jiménez de Parga.

¿Nombramos a 10 más? Pues aquí los tienen: García Díez, Bustelo, Añoveros, Clavero, Ortega Díaz-Ambrona, Fontán, Lamo, Pérez Llorca, Rodríguez Sahagún, González Seara.

¿Y a otros 10 más, incluidos los ministros del «tío Leopoldo»? Dicho y hecho: Arias Salgado, Bayón, Gámir, Alvárez, Leal, Martín Retortillo, Rodríguez Miranda, Punset, Mayor Zaragoza, Rodríguez Inciarte.

Fíjense que he omitido a los políticos profesionales que venían del viejo régimen como Martín Villa, Rosón o el ilustrado Pío Cabanillas. Pero esa lista, incompleta en el recuerdo, reflejaba -como ha quedado corroborado después- la gloria del foro y de la cátedra, la crema de la nación, el cuadro de honor de las profesiones, la orla de la empresa y de la banca. Todos perdieron dinero con la política o al menos dejaron de ganarlo. Todos acudieron vocacionalmente a la llamada del servicio público y se reintegraron sin traumas ni problemas a los escalones más altos de la actividad privada.

El primer gobierno de González también alineó lo mejor que la izquierda podía dar de sí. Un buen plantel de cabezas pensantes con vitola intelectual y prestigio ganado en las facultades o los servicios de estudios, pues ahí estaban los Boyer, Maravall, Solana, De la Quadra, Ledesma o el luego asesinado Lluch, de quien acabo de descubrir, por cierto, un magnífico texto en un volumen de estudios sobre Condorcet.

Es verdad que también había personajes tan oportunistas como Barrionuevo o tan nefastos como Solchaga y que luego la llegada del electricista Corcuera, la sectaria Matilde Fernández o el turbio García Valverde fueron empeorando las cosas, mientras el banco azul se completaba cada vez más con meros nombres de relleno. Pero aun así la clase política felipista, condescendiente con el crimen de Estado y la corrupción como lo fue, siempre mantuvo un cierto nivel de competencia y en los momentos clave González fue capaz de sacar de la chistera atractivos conejos como el propio Ordóñez -único caso, asimilable al de Gates, de presencia en dos gobiernos de colores diferentes- o el Belloch renovador e intrigante de las horas finales.

Aznar trató de reeditar la experiencia meritocrática de UCD, pero con las acertadas excepciones del eficaz Piqué y la valiente Margarita Mariscal, y la sospechosa incrustación de Eduardo Serra, todas las carteras clave se distribuyeron en realidad entre los compañeros de viaje de la refundación del PP, emprendida en el Congreso de Sevilla del 90. Tanto ellos (Rato, Cascos, Mayor Oreja, Rajoy, Arenas o Aguirre) como quienes fueron completando los núcleos duros de los sucesivos equipos ministeriales (Acebes, Zaplana, Trillo) eran ya políticos profesionales dentro de la variedad bautizada como «jóvenes pero suficientemente preparados» y en conjunto mantuvieron un tono notable de eficiencia en la gestión.

Que Isabel Tocino pudiera terminar en Medio Ambiente o, sobre todo, Celia Villalobos en Sanidad -sin que se resintieran ni el equilibrio ecológico ni la salud de los españoles- puso de relieve que los tejemanejes de los partidos producen a veces extrañas combinaciones. Pero si algo cabe decir de aquel «cuaderno azul» cuyo mito se alimentaba deliberadamente es que, en general, era tan predecible como la mismidad de su propietario. Aquello terminó mal, con el disparate de Irak y el trágico misterio del 11-M, pero ni siquiera en los momentos en los que se le fue la olla por la soberbia de la mayoría absoluta, Aznar hizo nada parecido a nombrar cónsul a su caballo o ministra a Bibiana Aído.

Pese a que Zapatero tuvo los buenos reflejos, el tacto y la paciencia necesarios para integrar a Bono, muy a la manera de Seward o Hillary Clinton, ya su primer gobierno llegó muy flojo de remos. Aquel equipo era el resultado de una experiencia de agrupación de ilusiones similar a la de los chicos de Aznar -Fernando Garea les llamaba «José Luis y su alegre pandilla»-, pero con la diferencia de que en 2004, muy pocos días antes de las elecciones y el macroatentado, ni ellos mismos creían tener posibilidad alguna de ganar.

Enseguida quedó claro que el poder les venía muy grande, pero los dones políticos del presidente, la admirable capacidad de echarse la administración sobre sus frágiles espaldas de la vicepresidenta y sobre todo el contexto de prosperidad apacentado por un Solbes imperturbable, paternal y benéfico enmascararon muchas de sus carencias. Quedan las secuelas de la negociación con ETA y la catástrofe larvada del Estatuto catalán con el que se liquidó el espíritu de la Transición, poniendo en jaque el orden constitucional, pero los españoles de nuestra generación siempre podremos vanagloriarnos de haber sobrevivido relativamente indemnes al primer gobierno de Zapatero.

¿Podremos decir otro tanto respecto a este segundo que prueba que hasta lo más desastroso es susceptible de empeorar? Ni López Aguilar, ni Caldera, ni Alonso, ni por supuesto Bono continúan en el gabinete. Eran los cuatro caballos y alfiles que aportaban una cierta sensación de concierto y orden de combate. Sólo Rubalcaba -otro veterano del felipismo como ella- añade ahora peso político y destreza en la lucha antiterrorista a una Fernández De la Vega a la vez consumida por las dificultades y crecida ante la adversidad. Solbes se ha transformado en un buda estólido que parece deleitarse en el masoquismo de la transmisión de malas noticias. Por increíble que resulte, el irrelevante Moratinos, la inenarrable Magdalena Alvarez y el atrabiliario Bermejo han continuado en el gabinete. Nada más anunciar su nueva composición Zapatero le comentó a un amigo que había decidido «darles una segunda oportunidad» para que se desquitaran de las críticas recibidas. Sentido del Estado que tiene el mozo.

Las nuevas incorporaciones continúan siendo verdes incógnitas. Empezando por Chacón, cuyo único logro hasta el momento es el de estar compatibilizando su maternidad y las tareas de representación ministerial con buen estilo. Siguiendo por Miguel Sebastián, que propone 50 cosas, sólo le dejan hacer 10 y ya es milagro que con los tiempos que corren acierte en dos o tres. Y terminando con Cristina Garmendia y César Antonio Molina, dignos personajes en busca de competencias y autor.

De los demás muy poco cabe añadir. Tenemos a un voluntarioso percherón como Corbacho, impotente y desbordado ante la inmensidad del campo que le toca arar; a dos ministros sin cartera -Mercedes Cabrera, Bernat Soria- abandonados a la deriva de sus fantasías; a una Beatriz Corredor que pasaba por allí; y a dos hormiguitas laboriosas como Salgado y Espinosa que van acarreando miguitas de pan de un lado para otro.

Dejo en manos de cada lector el veredicto sobre cuáles son los peores y cuáles los más opacos. Cada vez que veo a algunos de ellos salir de su coche oficial me acuerdo del día en que escuché a aquel pobre tontorrón llamado Julio Rodríguez, al que Franco confundió con el rector de Salamanca de igual nombre y apellido, contarnos a los periodistas cómo celebró su nombramiento en familia: «Yo me despertaba cada media hora y le decía a mi mujer: ¡que soy ministro, Mari Perta! ¡Que soy ministro, Mari Perta!».

Zapatero ha hecho, pues, felices a media docena de Mari Pertas y otra media docena de Mari Pertos, pero lo que ahora ocurre en España no es sólo un problema de personas -que también- sino sobre todo de visión de conjunto. Es la dramática disonancia entre la liviana oferta de este flojo gabinete y la abrumadora demanda que brota de nuestro actual laberinto de tinieblas lo que pone los pelos de punta.

El Gobierno que nos endilgó Zapatero tras su trabajada victoria de marzo tuvo por comadronas la frivolidad y la soberbia. Sólo alguien con la amabilidad externa y la altanería interior del presidente tendría bemoles para alumbrar lo de Aído. Pero en la primavera todavía había cierto margen para hacer el bobo. Los ocho meses de penalidades económicas padecidos desde entonces empiezan a pesarnos ya como si fueran ocho trimestres y todos somos conscientes de que la cuesta de enero será terrible y puede durar medio lustro.

Así las cosas, la incógnita no debería ser si Zapatero va a cambiar el ya consagrado como gobierno más incompetente de la democracia, sino si lo hará esta semana o la que viene y, sobre todo, si renovará las tres quintas partes del elenco o sólo unos tímidos dos tercios. El verá de dónde los saca, pero España necesita más que nunca ministros con crédito político, sabiduría y brío. Ya que tanto parece haberse aficionado a su gran figura emancipadora, Zapatero debería darse cuenta de que si Lincoln «no tenía derecho» a privar al país de los mejores y los más brillantes, aún menos derecho tiene él a empeñarse en penetrar en la jungla aterradora do mora la fiera corrupia de la crisis al frente de una trivial troupe de mindundis con pegatinas y cazamariposas.

P. D.- Y el próximo miércoles -en el Foro de la Nueva Economía-, ¡hablaremos de la prensa!

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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