Reggio’s Weblog

Para que todo siga igual, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Ciencia, Educación, Libertades, Política, Sociedad by reggio on 2 marzo, 2009

Es evidente que no se insiste lo necesario en los mecanismos y procedimientos, en las coartadas, de los expertos en paralizar, en frenar toda iniciativa. Determinadas acciones sólo persiguen perpetuar el actual estado de cosas, “cambiar para que nada cambie”, dicen manidamente. Quizá, pero es llamativo que para algunos lo que se propone sea siempre insuficiente, inadecuado, inoportuno. Habría que hacer otra cosa, que no se concreta y que, en su caso, es de tal alcance e importancia que lo que la define es que resulta inviable. Hegel caracteriza así al alma bella,que, entusiasmada por los grandes ideales, no acaba de encontrar ninguna acción que esté a su altura y no hace nada, salvo deshacerse “en una nostálgica tuberculosis”.

Necesitamos los grandes planteamientos, las visiones globales, los análisis de alcance, pero no es cuestión de organizar en cada caso un simposio. Cuando hay una propuesta concreta, una posibilidad de hacer, irrumpen los peritos en bloquear. Debería antes resolverse no sé qué otro asunto, o tener en cuenta otros aspectos, o protegerse ante posibles efectos, o esperar a momentos más oportunos. No es la previsión o el cuidado lo que incomoda, sino esa reiterada actitud, en nombre de la realidad, que disfraza de prudencia lo que es temor y consagración del statu quo. No cuestionamos la buena voluntad de quienes desalientan toda iniciativa. No es eso lo que ahora nos ocupa. Supongamos, como un indicio más de nuestra poca picardía, que siempre la tienen. Aun así, y con independencia de su intención, funcionarían como un permanente obstáculo. Ni estimulan, ni incentivan, ni promueven, ni motivan. Hablan, y una nube grisácea lo invade todo. Quizá entonces podríamos proseguir la letanía de denuncias, de lamentos que irrigan desazón. Debería haber sido desde el principio de otro modo, ahora mismo no está bien orientado, de depender de ellos sería mejor, pero no hay manera de construir, de articular, de vertebrar nada sobre sus intervenciones, que adoptan la forma de discursos para desalentar. No es necesario que sean apocalípticos. Basta que constituyan una mezcla indiscriminada de reflexiones y de ocurrencias, aderezadas con casos prácticos, para ofrecerse como supuestamente más realistas.

En muchas ocasiones, los agoreros se limitan a estimular la resignación, la rendición. Lo que se puede hacer se frena en nombre de lo que sería ideal, en nombre, dicen, de lo que debería hacerse. Desconocen el ir paso a paso, poco a poco, sorbo a sorbo. Siempre todo ha de ser de una vez y disfrazan de contundencia su falta de insistencia, persistencia, consistencia, resistencia. Como lo perfecto no está a nuestro alcance, quedémonos como estamos. Dicen ser críticos, pero son conservadores. Comprenden los deseos de los que propician cambios y transformaciones, pero para eso, señalan, no merece la pena. Resulta interesante su aportación como estímulo, como aliciente, como límite, como desafío, y han de tenerse en cuenta, pero no es fácil contar con ellos. De darles la razón, simplemente todo se detendría. Tal vez en caso de ignorarles sería peor, pero de imponerse su supuesto realismo nunca modificaríamos la llamada realidad, por cierto ni insuperable, ni magnífica. Y lo que aún es más decisivo, ni justa. Es tal el alcance y radicalidad de su posición que en definitiva parece ser que no hay nada que hacer, sobre todo si se desea que suceda a la vez, es decir, nunca.

Por eso estimamos tanto la acción seria y rigurosa, el trabajo cuidadoso y continuo, la dedicación permanente y coherente frente a otras modalidades más espectaculares que, en definitiva, con el rostro de la audacia y del arrebato, son formas de entorpecimiento y de vagancia. No debemos ignorar que, en ocasiones, las dificultades no provienen de quienes se oponen radicalmente a los proyectos, sino de quienes diciendo perfilarlos, matizarlos, problematizarlos, reabrirlos, en lugar de procurar un debate desautorizan cualquier iniciativa. Entre otras razones, porque ese necesario cuidado previo se convierte para ellos no en un lugar de paso, sino en un lugar de residencia. Y siempre deberían ser las cosas de otra manera. Y siempre no se ha hecho como cabe hacerse. Y siempre no ha ocurrido lo preciso. Y siempre, siempre, nos quedamos donde estamos. Y en nombre de lo que sería mejor hacer.

Desde la constatación de que en muchos ámbitos es indispensable modificar el actual estado de cosas, no por afán de novedades, sino porque simplemente no están bien, es preciso procurar programar los tiempos, impulsar un espacio en el que quepan los discursos sin necesidad de coincidir. No es aceptable que no demos con el modo de que haya un consorcio de las buenas voluntades, de lo que alguien denominó no la buena voluntad de poder, sino el poder de la buena voluntad. Hemos de lograr que sea además de bienintencionada, eficiente y transformadora. De lo contrario, tantas palabras, tantas reuniones, tantas presentaciones, tanta explicación sin comprensión, sin efectiva conversación, ofrecerían la coartada a quienes se empeñan en la brocha gorda de los argumentos grandilocuentes e ignoran el necesario pincel de los buenos motivos. Sus precauciones, sin pretenderlo, colaborarían también para que todo siga igual.

ÁNGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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El escritor que murió de hambre, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Literatura, Sociedad by reggio on 28 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

La literatura española no es muy variada en muertes. Hay algunos suicidas; pocos, si tenemos en cuenta que es un oficio cuya singularidad asume cierto desquiciamiento. Algunos creen que eso revela la huella de la genialidad, pero no es cierto. Se han suicidado más escritores sin talento que geniales. Todo escritor, por esencia, es un tipo raro, porque si fuera normal se dedicaría a profesiones más sanas, seguras y acrisoladas. Muchos murieron en la cama, de viejos, y cuanto más idiotas estaban, más los celebraron. Luego figuran y desde hace mucho los académicos de la Real, que son gente que vive de la pluma -tomando esta en un sentido muy laxo- pero que por suerte para la literatura no viven de ella, aunque lo hagan parecer.

No recuerdo de ningún académico de la Lengua Española que se haya suicidado; primero porque son gente más consolidada que los bonos del Tesoro, y por si fuera poco, nada propensa al mal de amores, por razones de edad y patrimonio. Fueron famosas las inclinaciones hacia el lupanar y la timba de algunos de ellos, pero eso no mata a nadie. Hay algunos escritores, y grandes, que cayeron por excesos con el alcohol y las malas compañías sexuales, pero fueron muertes lentas, casi mansas y aceptadas. De miseria y abandono, muchos. Pero de hambre, lo que se dice de hambre, yo sólo conozco a Alejandro Sawa.

Las singularidades de nuestra historia, con el conservadurismo en dominante hegemonía -palabra finísima con la que aquellos que procedemos de la izquierda radical, espurios herederos de Gramsci, solemos designar al aplastante dogmatismo de la Iglesia católica española durante siglos-, ha consentido que en los libros de enseñanza de la literatura del siglo XX figurase el padre Coloma, modesto jesuita al que sus colegas de compañía volvieron tarumba, autor de auténticas bazofias de prosa alambicada, cursi y retorcida, como Pequeñeces y Jeromín, ilegibles hoy salvo para sadomasoquistas, y sin embargo no aparecen plumas que aún pueden leerse con placer y benevolencia. Por ejemplo, Alejandro Sawa, que no fue un gran escritor pero que sí consiguió páginas periodísticas notables, media docena de novelas valientes -alguna de ellas con pretensiones- y la adaptación teatral de una novela de Alphonse Daudet que obtuvo gran éxito, Los reyes en el destierro.

Hay escritores que sin ser grandes por su obra son sin embargo figuras de primer orden en el paisaje literario de un país. Alejandro Sawa es para la literatura española eso, una personalidad que exige ser estudiada, porque con él y su entorno está gran parte de la mejor literatura que se hará en España en el filo entre el XIX y el XX. Sevillano, seminarista en Málaga, aspirante a lo que fuera en Madrid, Sawa -curioso apellido, que nos remite al gran escritor de Trieste, Umberto Saba, y a un vago aire grecoturco de Salónica-Esmirna- va a recoger en su biografía elementos insólitos para nuestra apocada cultura finisecular.

Lo primero es que viaja, y no sólo a Soria, a Palencia o a Barcelona -donde estará en varias ocasiones-, sino a Londres, a Roma, a Spa. Importante Spa, porque esta decadente población belga que dará nombre a toda esa modernez que ahora toma su prestigio, era lugar de atracción, no especialmente por sus baños y jaleas, sino por su ruleta. ¡Oh, el casino de Spa! Alejandro Sawa, que apenas tendría un duro en toda su vida, se jugará los de todos los incautos matrimonios ricos que osaran creer sus brillantes exposiciones sobre el método infalible para hacer saltar la banca. Como Leopoldo Alas, Clarín, como tantos otros de su época, Dostoyevski sin ir más lejos, Sawa está mordido por la fiebre del juego.

Pero la ciudad por excelencia de su vida ha de ser París. La capital del mundo en el momento crepuscular de la bohemia; a punto de hacer una literatura de señores, y convertir a los autores en unos señores de la literatura. Lo que va a marcar de un modo indeleble la vida de Sawa va a ser la amistad, y hasta la camaradería y la complicidad, con uno de los grandes, Paul Verlaine. No es poca cosa verle todos los días en el café, hablar con él, compartir opiniones y borracheras, etílicas y de lo que fuera, porque ninguno hizo ascos a nada. Y quien dice Verlaine, debe añadir aquel mundo de la bohemia, que de alguna manera termina en él, por más que se prolongue en las grandes tertulias parisinas que tanta importancia habrán de tener en todos los campos de la creación artística hasta la primera gran guerra.

Pasar del duro y brillante París al frío de pana madrileño debió de ser duro, y más viniendo casado y con una hija. Pero al principio funcionó, y Sawa se convirtió en un habitual de los diarios y publicaciones capitalinas, con cierta notoriedad, resaltada por su aspecto imponente, hermoso y seductor; cachimba en boca, melena suelta y dos perros en traílla. Pero, entre que nuestro hombre se fue radicalizando y que siguió con las costumbres parisinas, su espacio se achicó. En un estudio a propósito de Sawa, Iris M. Zavala, que le reeditaría sin ningún éxito en 1977, escribió que “la nueva bohemia finisecular es un ´proletariado artístico´ de aguerridos combatientes”, y es tan cierto como que sus condiciones de subsistencia estaban en la linde entre pobreza y absoluta miseria.

Desde 1905, la ceguera progresiva, que al año siguiente será total, convertirá a Sawa en un personaje patético, subsistiendo a base de sablazos y trabajos de negro literario, como los seis artículos que hará para Rubén Darío, que aparecerán en La Nación de Buenos Aires, y que este tendrá la desvergüenza de no pagarle. Su mujer, la borgoñona Jeanne Poirier -Santa Juana, para los amigos-, conseguirá algún dinero ejerciendo de comadrona, mientras Alejandro parece empeñado en hacer realidad la consigna que su amigo Valle-Inclán escribió en La lámpara maravillosa y que se había convertido en lema: “Poetas, degollad vuestros cisnes y en sus entrañas escrutad el destino”. El de Sawa se exhibía más negro que la pez. Su último intento se redujo a tratar de publicar un libro, el resumen de su mejor obra periodística, que titularía Iluminaciones en la sombra y que no conseguiría editor. Empeñará todo lo que le queda para editarlo por su cuenta, pero necesitaba mil pesetas y él sólo consigue seiscientas. Le pedirá a Rubén Darío, recién nombrado ministro plenipotenciario en Madrid y que no le hará ni caso, esas cuatrocientas que le restan para la gloria. Será necesario que se muera y le metan entre tablas cajoneras -con tan mala fortuna, que uno de los clavos le rozará la sien y al muerto le correrá un reguero de sangre junto al rostro, impregnando la escena de un tono aún más tétrico- para que pueda llegar a la posteridad con la dignidad tronada de un proletario de la bohemia.

Valle-Inclán, que asistirá a esta última escena, con la viuda y la niña, se quedará tan impresionado que exigirá a Rubén el apoyo, y un prólogo, para la edición póstuma de las Iluminaciones en la sombra.Un libro sentido y retórico con páginas muy bellas, que acaba de reeditar, en magnífica edición, Nórdica Libros, con una introducción poco feliz de Trapiello. Pero la gloria de Alex Sawa -como le conocían los suyos- será dar vida al personaje más hermoso y sentido y valiente de las Luces de bohemia de Valle-Inclán: el inmortal Max Estrella.

Falleció el 3 de marzo, miércoles, de hace cien años. La primera biografía de Sawa digna de tal nombre apareció hace cuatro meses en Sevilla, gracias a la profesora Amelina Correa, editada por la Fundación Lara.

Ella cuenta que el día del entierro, la buena de Jeanne Poirier le cortó un mechón que se regaló a sí misma, porque cumplía 38 años. Fue un entierro de tercera, en un coche de tercera -con dos caballos- y una sepultura temporal -de tercera- en el cementerio civil de la Almudena. Costó 70 pesetas. Diez más que la colaboración que tenía en El Liberal, la única que le quedaba y que acababan de retirarle

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La isla de Pascua y el colapso global, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Economía, Sociedad by reggio on 26 febrero, 2009

El destino inmediato del capitalismo liberal, que se precipita en caída libre hacia la implosión de un agujero negro impulsado por el continuo agravamiento de su crisis sistémica y fatalmente atraído por el succionante maëlstrom de un ominoso colapso global, exhibe fascinantes paralelos con la súbita extinción de la cultura de los moaís que tuvo lugar en la polinesia isla de Pascua. Me refiero claro está a esas célebres estatuas gigantes, cerca de 900 en total, que hoy admiran a los turistas en un páramo perdido, árido y casi desierto a miles de kilómetros de las costas vecinas. Pues bien, esos impresionantes moaís fueron erigidos con fines ceremoniales por una floreciente civilización que se embarcó en un proceso de crecimiento acelerado cuyo cenit culminante se alcanzó en el siglo XVII de nuestra era, para precipitarse a partir de ahí (1680) en una vorágine de autodestrucción colectiva que acabó con la civilización de Pascua justo antes de la llegada de colonizadores europeos.

El mejor relato de esta tragedia cultural se contiene en un libro de obligada lectura, Colapso (2005), del geógrafo evolucionista Jared Diamond, que la utiliza de pedagógica ilustración (entre otras extinciones análogas, como la de los mayas del Yucatán o los vikingos de Groenlandia) para explicar cómo la intensificación de la competencia por los recursos puede acabar con el suicidio colectivo de los competidores. Para ello Diamond recurre a la llamada “tragedia de los bienes públicos”, propuesta por el biólogo Russell Hardin en 1968, que predice el agotamiento de los ecosistemas a partir de un cierto umbral de explotación. Pero la originalidad de Diamond reside en que, pese a ser un ecologista reconocido, deduce que la causa última del colapso no es biológica sino social. Lo que hace al sistema inviable y le fuerza a colapsarse no es la escasez de los recursos (según el argumento maltusiano) sino el exceso de su explotación, como un efecto sólo derivado de la escalada social de la competición. Los diversos clanes de Pascua se embarcaron en un juego colectivo de prestigio ostentoso donde todos pugnaban por superar a los demás en la erección de moaís, para lo que no dudaron en agotar el bosque del que extraían la madera para transportar las piedras a edificar. Y al escasear la madera dejaron de producir canoas con las que pescaban su principal fuente de proteínas. Pese a lo cual siguieron erigiendo moaís cada vez mayores hasta que ya no pudieron hacerlo más. Entonces los golpistas tomaron el poder, estalló la guerra civil y la isla de Pascua se desangró hasta extinguirse.

Pues bien, el paralelo que les propongo con la actual deriva de la crisis global resulta transparente: los moaís son las burbujas especulativas que erigen nuestros clanes estatales y empresariales,unos moaís hechos de especulación financiera e inmobiliaria que, al adentrarse en una escalada de intensificación de la competencia, no tardan en agotar los recursos productivos de la economía real.

Véase si no el deprimente ejemplo que dan esas ciudades vacías de la costa mediterránea (Manilva) o la periferia madrileña (Seseña), auténticos moaís desiertos y abandonados por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y al igual que los isleños de Pascua se endeudaron a muerte agotando sus fuentes de subsistencia para erigir sus moaís, también para erigir sus apalancadas pirámides especulativas nuestros isleños del capitalismo liberal han esquilmado el suelo público, el crédito solvente, el empleo productivo y el tejido empresarial, encaminando al sistema a un colapso colectivo.

¿Cómo detener e invertir esta deriva autodestructiva? ¿Qué escenarios de salida cabe imaginar para esta continua escalada de la crisis global? Jared Diamond señala que, cuando se entra en una espiral de competición intensificada, sólo hay dos medios de evitar el colapso colectivo: la autolimitación de los competidores o el racionamiento impuesto por el poder público. Dos soluciones que equivalen a la autorregulación de los mercados y a la intervención keynesiana del Estado. Pero cada una de ellas excluye a la otra, mientras que hoy se siguen intentando ambas a la vez, por lo que no sabemos todavía cuál de ambas se impondrá a la larga. Así que hagamos un poco de ciencia-ficción y especulemos sobre las cuatro posibles salidas de la crisis.

La primera es la salida liberal que proponen los poderes financieros globales respaldados por los organismos internacionales como la UE, el FMI o la OCDE: una crisis intensa y aguda, que durará dos o tres años hasta que se complete el proceso de desapalancamiento con altísimos costes sociales, tras lo que se iniciará una lenta recuperación que dará paso a un nuevo proceso estable de crecimiento autosostenido, eventualmente susceptible de abrir nuevas fuentes de negocio convertibles en moaís (pirámides o burbujas especulativas). Este escenario cíclico implica mantener intacto el sistema de mercado, quedando relegado el Estado keynesiano a un papel meramente accesorio, servil y transitorio, tras cuya excepcional intervención se restaurará la dominación absoluta del mercado global. Pero esta salida es de incierta probabilidad porque el keynesianismo light a lo Barack Obama parece predestinado a fracasar, ya que los mercados libres no se pueden gobernar, siendo como son un orden espontáneo. La mano visible del Estado puede regularlos variando su estructura de incentivos pero no puede imponerles normas ejecutivas, pues cuando intenta hacerlo la mano invisible del mercado reacciona generando un desorden espontáneo como el actual.

Así llegamos a la segunda salida previsible de la crisis, que es el colapso definitivo de los mercados tras el fracaso del keynesianismo light, lo que obligará a los Estados a una intervención hardcore mediante nacionalizaciones masivas de la banca y de las empresas en quiebra con el posible cierre de las Bolsas. Esta salida estatal implica la supresión o al menos la suspensión de los mercados libres, que quedarán sustituidos por un proteccionismo mercantilista (colbertismo) de estilo chino e inspiración prusiana. Pero con ello se anula la virtualidad de los ciclos económicos, y la crisis deja de ser un punto de inflexión entre las fases recesiva y ascendente para convertirse en un estado estacionario de estancamiento en forma de L (ramal descendente de caída en picado seguida de una duradera depresión lateral).

Pero si la depresión se eterniza, la salida estatal o proteccionista agravará extraordinariamente el clima de conflictividad social. Y entonces comenzará a ser posible y quizás probable la tercera salida, que podemos llamar violenta: bélica o incluso revolucionaria. Al fin y al cabo, el colapso de la isla de Pascua terminó en un baño de sangre, y lo mismo ocurrió con la depresión económica de los años treinta, cerrada con el crepúsculo de los dioses proteccionistas.

Confiemos en que la memoria histórica nos enseñe a evitar lo peor y nos permita aprender a buscar otra salida menos autodestructiva. ¿Cuál podría ser ésta? Queda una cuarta posibilidad, al menos teórica por improbable que sea, y es la de convertir la actual crisis de los mercados en una verdadera crisis del sistema, eventualmente capaz de dar a luz un nuevo modelo de sociedad. Una sociedad sostenible y ya no basada en el depredador capitalismo neoliberal, que de ciclo a ciclo y de burbuja en burbuja está conduciendo al planeta a un inminente colapso como el de la isla de Pascua, ahora masivamente amplificado a escala global.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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Las heces de oro, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Derechos, Medios, Sociedad by reggio on 23 febrero, 2009

El cáustico poeta Marcial se burló de un patricio llamado Basso, que gustaba de beber en copa de cristal mientras que evacuaba en orinal de oro. Carius ergo cacas le recriminaba el poeta, frase que, traducida con cierto pudor, dice: “Pagas más por tus heces”. Marcial tenía la lengua viperina, pero era partidario del ataque indirecto, oblicuo. Muy lejos del insulto que Francisco de Quevedo transformó en literatura fundando una castiza escuela periodística en la que abunda la pedrada léxica, la alegoría del mamporro y la sinonimia del puñetazo.

Marcial siempre satirizaba a un sujeto. Pero, más allá del ataque personal, proponía una lección genérica, una moraleja. Veinte siglos más tarde, sin embargo, la moraleja del orinal de oro ya no sirve. En tiempos de los romanos, gastar más dinero en el orinal que en la copa era un comportamiento estúpido. En aquel entonces, el objetivo principal era el alimento, no el excremento. Y eso, a pesar de que los banquetes de los patricios eran un verdadero festival de excesos.

Uno de ellos fue narrado con todo detalle por otro frío analista de la antigüedad, el elegante Petronio: el banquete de Trimalción. Un banquete que empieza con un teatral muestra de viandas inspiradas en los signos del zodiaco y continua con rubicundos pollos, mamas de cerda, un inmenso cerdo relleno de salchichas e incluso “una liebre guarnecida con alas”.

En el impensable festín se describen bandejas en forma de “lago con figuritas de pescado” sobre las que mana una lluvia de salsa de pimienta, y escenográficos jabalíes rellenos de tordos, todavía vivos, que, cuando la bestia es abierta, salen volando. Entre bailes y juegos, los esclavos sirven, por si fuera poco, ocas encebadas. En contraste con tal prolijo realismo, apenas se mencionan en la narración de Petronio detalles que nos permitan saber cómo se digería el tremebundo exceso. En un momento dado, Trimalción se levanta para ir a las letrinas. Y de una frase ambigua podría deducirse que ha desembuchado en el vomitorio.

De la lectura del Satiricón de Petronio se desprende, por lo tanto, que incluso los patricios romanos, tan excesivos, daban muchísima más importancia a la entrada que a la salida. Por esta razón Marcial puede burlarse de Basso, que gasta más dinero en el orinal que en la copa.

En nuestro tiempo, la sátira de Marcial carece de sentido. No solamente porque ahora los baños son habitaciones de lujo, modernos orinales de oro, ultradiseñados y manieristas, sino porque, a pesar de la gran importancia que damos a la gastronomía, lo hacemos con extremada prudencia. Con miedo. El prestigio de los cocineros no había sido nunca tan elevado, pero el acto de comer deja un rastro muy visible de culpa. Comer es un placer muy popular, pero también una mina de angustias, fomento de grandes neurosis estéticas, dietéticas y sanitarias. Comer nos encanta tanto como nos hace sufrir. Buena prueba de ello es que los únicos personajes que empatan en fama con nuestros cocineros más famosos son los grandes médicos, enemigos a ultranza del pavoroso colesterol y de los temibles triglicéridos: el cardiólogo Valentí Fuster compite en el universo estelar con Ferran Adrià y Santi Santamaria.

Si el acto de comer causa tanta satisfacción como dolor, el acto de evacuar reúne, en cambio, grandes unanimidades. Si los aromas del comer son fuente de angustia, el hedor de la evacuación excita el fervor general. Los excrementos deslumbran, encantan, fascinan, hipnotizan.

Nada obtiene más páginas de prensa y más minutos de televisión que la hediondez excremental. Sean las heces de la política (las nauseabundas colitis de la trama madrileña o la descomposición de un ministro en cacería), sean las deyecciones de cualquier personajillo (especialmente, si, como sucede en el Reino Unido, tiene un cáncer terminal y ha vendido su agonía a un reality),sean las fatales deposiciones de estos jóvenes de Sevilla, que se han convertido en una mina de oro, no solamente para las televisiones populistas, sino también para algunos severísimos diarios.

Husmeados todos los agujeros, aburridos ya de tanta desnudez, hastiados de los bombardeos en Gaza, necesitábamos una buena historia para olvidar la crisis.

Yahí está: un joven asesino, sus compinches y su novia actual, una niña de 14 años que ha reinado en televisión contando su intimidad con el imberbe asesino. En la Roma de todos los excesos, se ofrecía sangre para aplacar a las masas primitivas. También en nuestro Occidente, hijo, al parecer, de la razón ilustrada.

No existe más horizonte moral en nuestra vida pública que el índice de audiencia.

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Todo sobre Eva y Mankiewicz, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Sociedad by reggio on 14 febrero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

Ya sé que es una batalla perdida, pero el cine hay que verlo en los cines. Una de tantas paradojas que vivimos con la mayor tranquilidad es el cierre de las salas de proyección, lo que vulgarmente siempre llamamos cines. Hay ciudades que se enorgullecen de tener museos, carísimos museos que la gente piensa que deben pagar otros, y no ellos, y faraónicos palacios para la música y demás saraos postineros. Sin embargo, no les llama la atención, hasta el grito, que no tengan ni un maldito cine donde disfrutar, como no sea yéndose a esas perreras de lujo para consumidores aburridos que acechan en las afueras de las ciudades. Aun consciente de la derrota, cuando supe que la Filmoteca de Catalunya programa para los próximos días varios visionados de Eva al desnudo sentí la obligación de hacer mi modesto homenaje a Joseph L. Mankiewicz, uno de esos directores imprescindibles. De los que se puede decir que forman una cinematografía. Ocurre en excepcionales ocasiones también con la literatura, que basta leer meticulosamente a un gran escritor para decir con autoridad que uno ya sabe de qué va eso. Pero en el cine es más infrecuente. A la falta de cines cabe sumar la plaga de los masturbadores fílmicos, los del placer solitario.

Hay gente que ha descubierto el cine al tiempo que empezó a acumular DVD de películas famosas; algo tan singular como si la pasión teatral le llevara a coleccionar textos y desdeñar las representaciones. Hagan la prueba; pongan el DVD de Eva al desnudo en su casa, con las pausas que les peten para tomarse una copa, para orinar, e incluso fumarse un veguero, durante las 2 horas y 13 minutos de proyección. O vayan a verla en la horrenda sala de la Filmoteca de Catalunya. Si no notan la diferencia, sigan coleccionando CD en la confianza que les gusta el cine del modo similar a la filatelia. ¿Se echan al coleto dos veces al año Rocco y sus hermanos?¿Pasan todas las Navidades las cuatro horas de la Cleopatra de Mankiewicz? Son cinéfilos de latas de conservas, de esos que dicen tengo un catálogo con trescientos títulos. Una biblioteca bien surtida consiente echarle una ojeada al capítulo X de la segunda parte del Quijote, o a los monólogos de Setembrini en La montaña mágica, puestos en plan pedante. ¿Pero con el DVD doméstico, cómo visionar el octavo plano de la secuencia 42? Si quieren tener latas de conservas, que las tengan, es coleccionismo, dignísimo, pero coleccionismo: cualquier relación con la cinefilia es casual.

No creo que haya película más elocuente que Eva al desnudo para tratar de las diferencias entre cine y teatro, entre lo viejo y lo nuevo, entre la ambición y la representación, entre el talento y la perversidad; incluso entre la sensibilidad femenina y la vanidad masculina en torno al arte. La historia de una actriz, Eva Harrington, de irresistible ambición y demoniaco talento. El título original fue el de Todo sobre Eva (All about Eve), pero ya se sabe que una de las aportaciones de las distribuidoras españolas fue la de echarle imaginación, y lo del desnudo de Eva les debió de parecer una tentación. A los italianos les dio por la dialéctica y la titularon Eva contra Eva.Quien aún no la haya visto tiene una laguna cinematográfica inmensa que puede sortear en la Filmoteca de Catalunya. Y todo gracias a esa benigna pesadez de los aniversarios que tanto nos ayudan a no pasarnos el día mirándonos los ombligos. Esta misma semana hubiera cumplido cien años Joseph L. Mankiewicz, de quien se podía decir con el sarcasmo y la brillantez de sus diálogos que fue uno de esos animales raros y contradictorios -el cerdo, por ejemplo, tan amado por los cristianos como detestado por los musulmanes- de los que se aprovecha todo. Odiaba la mediocridad y la estupidez, lo que tiene gran valor tratándose de un periodista que tardó bastante en dejar la profesión y dedicarse al cine; gremio donde, a esas dos plagas profesionales, debía sumarse algo específico del mundo cinematográfico: la ambición obsesiva por la gloria, el éxito y la fama.

No hay faceta de Mankiewicz que no haya sido tratada y desarrollada hasta en sus matices más ínfimos. Conoció, dirigió y ayudó a triunfar a todas las grandes leyendas del cine, Marlon Brando, Rex Harrison, Katharine Hepburn, Gregory Peck, Henry Fonda, Liz Taylor, Montgomery Clift, Frank Sinatra, Humphrey Bogart, Ava Gardner… Hasta la novata Marilyn Monroe, que hará en esta Eva al desnudo que les invito a volver a ver uno de los papeles de simple con ambiciones que tanto juego le darían en la vida. Adaptó a Shakespeare y sobre todo a escritores mediocres que se convirtieron, por su mano de guionista, en paladines del talento cinematográfico. Fue todo un carácter durante los vergonzosos años del maccarthismo y la caza de brujas, cuando se enfrentó al patriota Cecil B. de Mille. Tenía una cultura sólida y sabía escribir, dos particularidades que en el mundo del cine, muy fragmentado por razones de industria, no suelen coincidir. Los guiones de Mankiewicz -como los de su hermano mayor, que había escrito el de Ciudadano Kane para Orson Welles- están tan bien construidos que parecen dirigirse al teatro, y las películas tan bien engarzadas, secuencia a secuencia, que alcanzan el virtuosismo; Cleopatra,sin ir más lejos.

Ya sé que está todo dicho sobre Eva al desnudo, incluso hay un libro del crítico norteamericano Sam Staggs consagrado al filme y traducido al castellano. Por si fuera poco, acaba de publicarse en T& B Editores una detallada biofilmografía, obra del barcelonés Christian Aguilera, dedicada a Mankiewicz, elocuente y minuciosa, cuyo único reproche sería el del subtítulo: “Un renacentista en Hollywood”. Un tópico que me remite a aquel sarcástico comentario del Mankiewicz ya viejo: “Comparados a los productores de hoy, Zanuck y demás eran unos Medici”. Sin duda un personaje insólito por su talento en la gran fábrica de mentiras que fue el Hollywood de su época, algunas tan geniales que merecieron convertirse en verdad, como fue su caso o el de Orson Welles.

Y no es banal que traiga a colación a Welles hablando del director de Eva al desnudo, porque hay entre ambos una familiaridad intelectual, creativa. No sólo la que otorga la genialidad, sino el modo en que se trata el poder, la gloria, la amistad y ese motor vital que constituye una ambición insaciable, unida al talento, como explicará en una secuencia digna de incorporarse a los parlamentos de Shakespeare un George Sanders emérito en su grandeza de canalla.

Merece la pena revisitar Eva aunque sólo sea por ver la interpretación de dos secundarios que llenan la pantalla cada vez que aparecen -George Sanders, en su papel de crítico teatral golfo, y Thelma Ritter en el de ayudante “sindicada y para todo” de la estrella Davis-.Y qué decir de la espléndida fealdad de Bette Davis iluminada por dos ojos deslumbrantes. De los seis Oscar que concedieron a Eva, el único que se llevó un actor fue para George Sanders, un hombre tan inteligente que fue capaz de vivir con la mujer más despampanante y estúpida del cine norteamericano, Zsa Zsa Gabor, y no sólo no murió en el intento, sino que se lo tomó con tanta calma que aún pasó mucho tiempo antes de envenenarse en un hotel de Castelldefels.

Joseph L. Mankiewicz no se suicidó como Sanders, al que admiraba por su sorprendente cultura y su gozo de vivir mientras la vida mereció la pena. Ni se mató con alcoholes de 45 grados como hizo su segunda mujer y su adorado hermano mayor, Herman, al que debía mucho de lo que era. Joseph L. Mankiewicz escogió su manera de retirarse. Después de hacer un filme perfecto con dos actores perfectos -Laurence Olivier y Michael Caine- que se llamó La huella, se metió en Bedford, cerca de Nueva York, dejando una de esas sentencias suyas que parecen perfectamente escritas para que alguien las incorpore a una gran película: “A veces me pregunto si soy uno de los más prestigiosos pilares del cine, como dicen algunos, o una de sus putas más relevantes”. En Bedford pasó los últimos veinte años de su vida; algún viaje, ninguna entrevista. Dejó escrito en Eva al desnudo el que hubiera podido ser su epitafio: “Todo se puede fingir”. Incluso la muerte, añadimos nosotros. Joseph L Mankiewicz sigue vivo.

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Pepi y ‘Ambiciones’, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Política, Sociedad by reggio on 4 febrero, 2009

EL RUIDO DE LA CALLE

Había volado la España sórdida y también el rumor de las siemprevivas; había desaparecido la España disímil que inventaron Darío de Regoyos y Solana. Llegó una España sin chinches, donde los gallos ya dejaban dormir. Los pedregales se transformaron en autovías y aves. Con Monarquía Parlamentaria llegamos a ser la octava potencia industrial, la Constitución aguanta a pesar de los derrotes taifas. Es verdad que los muertos de las cunetas siguen jugando con sus tibias a los bolos y que vuelven los millones de parados a las colas, pero la Familia Real ha mejorado de aspecto. Quedan muy bien cuando van al Prado, como anteayer fueron los Príncipes de Asturias a la exposición de Francis Bacon. Doña Letizia estaba preciosa vestida de gris, elegante y sencilla, muy cerca y muy lejos del horror de La familia de Carlos IV que hizo decir a Théophile Gautier: «En vez de reyes, reinas, infantas e infantes parecen la familia de un panadero al que le tocó el premio de la lotería».

Ya se sabe que incluso lo dulce y lo amargo no son sino opiniones, y con la crisis empieza a recobrarse la opinión de que somos la enferma de Europa, después de que nos habían amnistiado. Nos perdonaban que siguiéramos quemando los cuernos de los toros en las fiestas, que despeñáramos las cabras desde los campanarios, que torturáramos los gallos y hasta las hormigas, aprobaban que recalificáramos la tierra de los Alvargonzález para hacer chalés.Les parecía bien que los Santos Inocentes pasaran al paro y a la jubilación y que los ciegos en vez de vender coplas vendieran cupones; no esperaban esta devastación.

Pero los europeos no saben lo peor: la telebasura. Si la escucharan nos echarían del euro. «Esta puta le ha roto el interné a mi hijo y le voy a rebanar el pescuezo», dice Pepi, la madre de Dani Güiza, delantero de la selección nacional. Una mujer fin de raza de Jerez, la ciudad de los gitanos y de Lola Flores, de las bailoras sin caderas, da la noticia de que su nieto no es su nieto, sino una rabada de Roberto Carlos.

La España zaragatera y chinadora, con el habla de los patios del maco, inunda los shares cuando se suceden los días de mayor consumo de televisión. El temporal, la cuesta de enero, Ambiciones, Humberto Janeiro y su cuñada, los Goya, el triunfo de Rafa Nadal han enganchado a cada español 309 minutos. A pesar de ello, Vasile dice que la televisión está en quiebra, para que vean que ni consumiendo salimos de la ruina. La cloaca política no llega a los platós. Se oculta en las comisiones parlamentarias. Al plató sólo llega el ruido del jergón de Solana, pero ya sin jilguero en la lengua.

Claro que el socialismo se nota en que Vasile iguala a la familia Alba con los Janeiro.

© Mundinteractivos, S.A.

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Demasiadas miradas, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Libertades, Política, Sociedad by reggio on 2 febrero, 2009

No está mal velar por alguien, velar con él, cuidarse, acompañarse. Esta vigilancia tiene más que ver con la atención afectuosa. Hay en ello cierta vigilia. Nos custodiamos, nos defendemos, nos atendemos, porque nos respetamos. Pero cuando comprobamos el afán interesado y desmesurado por vigilarnos, no es difícil reconocer la mano de formas de dominio, de posesión, de control, que, en lugar de propiciar nuestra seguridad, ponen en riesgo lo más sagrado, no ya sólo de nuestra intimidad, sino de nuestra libertad. Un aliento seco se sitúa detrás y balbucea palabras que ni se oyen ni se dicen. Es algo que amenaza o que podría amenazar, la coacción de lo que tal vez no ocurra, pero se agazapa a pesar, quizá, de su inexistencia. Basta con sentir que podríamos estar vigilados, basta con saber que lo está alguien, que lo están otros. Es el mundo de la sospecha, del por si acaso, de las dudas, de las incertidumbres, que, en cualquier caso, tienen una clara consistencia e incidencia en la existencia. Cuando hay que espiar es que algo está ya roto o acabado antes de empezar a hacerlo.

Semejante vigilancia, aunque no nos alcance, ya nos toca.

Es la posibilidad de ser perseguido. No es preciso mirar detrás. Está ya en nosotros. Nos habita. Ni es una obsesión ni en principio hay razones especiales para considerar que precisamente nosotros habríamos de padecerla, pero lo consistente de las posibilidades es que, aunque no acabe ocurriendo lo que preconizan, ellas sí ocurren. Por eso es suficiente que otro, algún otro, sea vigilado o perseguido para que esa posibilidad ya nos pertenezca. Si uno es mirado, en cierto modo lo somos todos. Interiorizar ese control surte efectos más implacables que cualquier prohibición, imposición o silenciamiento. Un sordo temor convierte el aire en bruma de sospecha.

Es el gran panóptico, ojo háptico, que todo lo ve y que todo lo alcanza. Creemos ver la televisión y somos vistos por ella, hasta el punto de conformar nuestra mirada. Ni siquiera necesitamos encender el aparato, su visión ya nos habita desde lejos, hasta estar en nosotros mismos, hasta formar parte de lo que pensamos y sentimos. No es necesario que nos ordene, basta que exista. Está entre nosotros, con nosotros.

En eso estábamos y eso sabíamos. Pero, por lo visto, no es suficiente. Ahora se precisa más proximidad. Vuelve el fuego cruzado de las miradas, las miradas de guardia, las de reojo, las desviadas, las de soslayo. Quizá nunca se fueron, pero es que ahora retornan con voluntad de ser no ya una excepción, sino un procedimiento. “Mira que te miro, mira que te voy a mirar. Mira que te voy a alcanzar, mira que no sabes cuándo”. Las tareas de acecho que correspondían a la vieja muerte, siempre viva, son ahora cosa de quienes desean descuartizar cada acción, pesarla y sopesarla, fotografiarla, reinventarla, medirla, exponerla, ofrecerla, venderla. Y lo que resulta aún más curioso, para indagar, para buscar o para crear en la vida de los otros algo de lo que, por sus consecuencias, pudieran arrepentirse. El objetivo es el control y la dominación, a través del desánimo y del descrédito. La cuestión no es que los vigilados hayan de reconocerlo o de confesarlo, es que se les hurtará la verdad de sus propios hechos, a merced ya de otros circuitos. Tratar de encontrar mediante procesos paralelos en las peripecias de alguien lo que se denomina “alguna actuación irregular”, para comercializar con ella, para presionar, para cuestionar su reputación, para mostrar las debilidades de su alma, para desbancarle de ella, para arrinconarlo, para desalentar su acción. En definitiva, para mantenerlo a buen recaudo.

Sin embargo, tamaños ardides no parecen extrañarnos. Lo destacable es que ser atrapado vigilando a otro sería, además de la constatación de cierta incompetencia, un argumento que se volvería contra quien vigila. Vigilar a quien vigila para que vigile como es debido esconde el principio inconfesable de que todos nos controlamos unos a otros. No es el ámbito de la convivencia, de la búsqueda en común y, menos aún, de la amistad.

El espacio de los debates, de los argumentos, de las convicciones, de los valores, de las persuasiones se sustituye por la persecución y el acoso al otro, no ya por la exaltación de las cualidades propias sino por su desconsideración y derrota. Tras algunas indagaciones, quizá se acabe mostrando que ni era así, ni era tanto, ni era cierto, y todos se desdigan. Pero al desdibujarse el perseguidor se acrecentará la sombra y el perfil de las sospecha. Basta con que sepamos explícitamente que puede ocurrir, para que de hecho ya esté ocurriendo. Estamos avisados. Se vigila. Vivimos entre miradas. Aunque todo el espacio está bajo control, hay zonas singularmente acotadas. Por eso es decisivo subrayar que hay otros caminos, otros modos de ser, los de quienes nos cuidan, sin hacerlo contra nosotros. El oxígeno de la confianza, el aire del apoyo, el aliento del estímulo, el impulso de la entrega permiten orear y limpiar la mirada, ampliar los espacios y hacerlos habitables. No toda mirada es escrutadora. Algunas se extienden como mano amiga. Ya lo dice Gabriela Mistral, “hay besos que se dan con la mirada”.

ANGEL GABILONDO, rector de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Inmigración y cohesión social, de Montserrat Guibernau en La Vanguardia

Posted in Cultura, Derechos, Economía, Laboral, Sociedad by reggio on 29 enero, 2009

La inmigración representa el 15% de la población catalana. De 5 millones de extranjeros en España, 1.097.966 viven en Catalunya. Aunque la inmigración ha contribuido a dinamizar la economía y ha supuesto un fuerte incremento del PIB, cada día es más evidente que plantea serios retos en términos de cohesión social; una cuestión que preocupa profundamente a los países occidentales convertidos en destino de un contingente de inmigrantes de procedencia diversa en busca de mejores condiciones económicas, escapando de la miseria, la guerra o la persecución.

En Francia, Reino Unido, Holanda o EE. UU. han surgido comunidades étnicas cerradas, aisladas de la cultura social y política dominantes. Son comunidades definidas por la pobreza, la exclusión social y el resentimiento que, en algunas ocasiones, ya ha desembocado en violencia; por ejemplo, en las banlieues de París, y en Birmingham, en el Reino Unido.

Cuando en Catalunya nos planteamos cómo mantener la armonía social en una sociedad en transformación es útil examinar algunas políticas desarrolladas en otros países pioneros en la recepción de inmigrantes y la gestión de la diversidad cultural y étnica. Citaré tres modelos distintos: el “contrato laboral limitado”, la asimilación y el multiculturalismo.

En los sesenta, Alemania y Austria optaron por contratar inmigrantes por un periodo de tiempo limitado para hacer frente a la escasez de mano de obra tras la Segunda Guerra Mundial. El “trabajador invitado” (Gastarbeiter)era un miembro “temporal” de la sociedad de acogida y su integración no se planteaba. Pero cumplido el contrato, decidieron quedarse y continuaron siendo percibidos como “temporales”, creándose una brecha en la cohesión social de estos países, donde comunidades paralelas siguen coexistiendo sin llegar a integrarse. Francia apostó inicialmente por la asimilación, de forma que la aceptación del ideal republicano, la cultura y la lengua francesas garantizaban la bienvenida a los inmigrantes. También EE. UU. optó inicialmente por la asimilación a una cultura dominante definida por el “credo americano” -lengua inglesa, cultura anglosajona y gran influencia de la religión protestante- como mecanismo de integración. La asimilación de italianos, irlandeses o polacos, entre otros, respondió a este proceso.

En los ochenta se extendió el multiculturalismo como modelo ideal para regular la relación inmigrantes-autóctonos. Francia adoptó el droit à la différence. Un proceso similar hubo en EE. UU., donde el multiculturalismo se erigió en ideología dominante. Pero el nuevo milenio ha planteado el retorno a la asimilación, tanto en Francia (droit à la ressemblance) como en EE. UU., al extenderse la idea de que el multiculturalismo dificulta la cohesión social. Descubrir que se puede ser americano sin integrarse a la cultura dominante y sin hablar inglés, como demuestran millones de hispanos, ha iniciado un debate intenso sobre la identidad estadounidense.

El Reino Unido promovió activamente, e incluso financió, el multiculturalismo desde los ochenta. Pero el acceso del nuevo laborismo al poder (1997) supuso una defensa matizada de la tolerancia. La preocupación por la cohesión social saltó a la palestra al descubrirse que los autores de los atentados terroristas de Londres (julio 2005) eran ciudadanos británicos que defendían una forma de fundamentalismo islámico para justificar sus acciones. A partir de ese momento, el Gobierno se dedicó a impulsar la “identidad británica”, instaurando exámenes de lengua y cultura británicas para acceder a la ciudadanía y un juramento de lealtad a la monarca.

Ninguno de los tres modelos ofrece una solución óptima pero sí manifiesta la necesidad de establecer el equilibrio entre el respeto a la diferencia y la necesidad de un cierto grado de integración en la sociedad de acogida, de ahí el denominado “retorno del asimilacionismo”.

Preservar la cohesión social para mantener un sentimiento de solidaridad y de comunidad exige respeto a la cultura y voluntad de asumir los valores y conocer la lengua de la sociedad de acogida, sin que esto suponga renunciar a la identidad de origen.

Pero si Francia, Alemania, EE. UU. o el Reino Unido -con recursos y capacidad de regular los flujos migratorios y legislar en la materia- están preocupados por la cohesión social de sus sociedades, sus culturas y sus lenguas, ¿cuál es la situación de Catalunya? ¿Cuáles son las posibilidades de mantener la cultura y la lengua catalanas con limitadísimas competencias en inmigración y escasos recursos? Precarias, por eso es imprescindible no sólo la acción y la creatividad de la sociedad civil, sino lograr las competencias políticas y recursos que permitan una gestión de la diversidad; respetuosa con los inmigrantes pero respetuosa con la sociedad receptora, sus valores y su lengua.

MONTSERRAT GUIBERNAU, catedrática de Política, Queen Mary College y ´visiting fellow´ en el Centre for Global Governance, London School of Economics.

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Un profesor entre los muros, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Educación, Sociedad by reggio on 24 enero, 2009

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El avezado distribuidor, convencido de que el espectador español es idiota por tradición, y que él lo sabe muy bien porque lleva años en el oficio, decidió que para atraer a la gente hay que poner a las películas títulos muy sencillos, que lo digan todo. Así por ejemplo, lo que en Francia se recibe como Entre los muros, aquí lo podemos ver como La clase, porque es cosa de institutos y de chavales.

Es posible que cualquier curtido profesor de instituto contemple la película con cierta conmiseración, porque él lo sufre todos los días y desde hace ya un puñado de años; un continuado descenso a los infiernos, al que no se le ve fin ni remedio. Pero yo confieso que me quedé literalmente estupefacto ante la brutalidad y la fuerza de unas imágenes tan naturales como un documental rodado en la selva urbana de un instituto de las afueras de París, con tres cámaras y unos alumnos impecables en su credibilidad de hijos de un tiempo estúpido y sin sentido. Y unos padres -nosotros- que perdimos el norte, y los demás puntos cardinales, hace ya unos cuantos años. Más o menos el día que descubrimos que la educación libérrima en una sociedad violenta y competitiva era tan inútil y contraproducente como vender preservativos en la plaza de San Pedro.

Pero de las cosas que más me impresionaron de este filme documental es la actitud del profesor. La complejidad de sus actitudes. François Bégaudeau despliega una naturalidad que para sí quisieran muchos actores profesionales.

Uno piensa, tras ver el filme, que no hubiera sido posible tanta autenticidad -palabra que detesto- de no ser porque prácticamente todos los actores son reales, menos el director del filme, Laurent Cantet, que construye de manera magistral un mosaico en el que está plasmado y hasta definido el mundo de la enseñanza pública en su realidad cotidiana.

Me gustaría saber cómo definirían los espectadores la actitud de conjunto del profesor François, porque tengo la convicción de que cada uno extraerá una conclusión diferente; no sólo a partir de su experiencia personal como colega, padre, ex alumno, que todas valen, sino como ciudadano. A mí, íntimamente, me ha dejado desolado. ¿Merece la pena tanto esfuerzo para tan menguados resultados? No es que cuestione la paciencia del profesor, al contrario, me admira. Lo que me abruma es pensar que la capacidad pedagógica de ese hombre, excepcional en muchos conceptos, está derrochada en un patatal. Hay un momento de una delicadeza suprema; cuando el muchacho chino responde en voz alta y con cierta timidez a la pregunta de qué cosas le producen vergüenza, y lo hace tomándose su tiempo, y con un esfuerzo superlativo, incontestable, suelta que “le avergüenza el comportamiento de sus compañeros”. Resulta aleccionador ese contraste entre pobres y emigrantes, asiáticos y africanos. Ahí está un debate sobre los fondos ocultos de civilización y de barbarie, sobre los posos de cultura en los que aramos.

Pero hay mucho más. Al espectador español le llamarán la atención un par de cosas, prácticamente desaparecidas de nuestra enseñanza hace ya muchos años. Una es la importancia del usted, la otra la exposición verbal en público. Esa intransigencia del profesor en mantener el usted; yo me atrevería a decir que la más llamativa de todas, porque hay otras que han dejado de existir de tal modo en la enseñanza pública, que cuando se dan parecen ejercicios de otra época. Me estoy refiriendo a levantarse cuando entra el profesor, por ejemplo. Una encuesta en los colegios públicos españoles, ¡de las grandes ciudades!, nos dejaría anonadados; resalto lo de las grandes ciudades, porque me consta que en provincias -ese término en ocasiones evocador-, tal cosa sigue manteniéndose como un formalismo obligado, porque significa dos cosas: respeto y diferencia. Respeto -si no existe no hay posibilidad de cultura-, y diferencia, porque no es lo mismo quien aprende que quien enseña. Todo profesor es un conservador que transmite letra muerta; de él depende que se haga viva.

La gran cuestión entre los muros se centra en la igualdad, el elemento más conflictivo. La falacia de que tiene los mismos derechos el que enseña que el que aprende. Los derechos de un alumno no son los mismos que los de un profesor, y mientras esta obviedad no esté clara en los estudiantes, en los profesores y en los padres, la enseñanza pública será un ejercicio de masoquismo y supervivencia.

De ahí la insistencia del profesor François en considerar el tuteo una ofensa a sus derechos y una ruptura de los deberes del alumno. No somos iguales, por algo tan evidente de que si lo fuéramos, yo no estaría aquí esforzándome y tú no tendrías la obligación de escucharme. Hay un definitorio refrán castellano que el tiempo ha convertido en luminoso: donde hay confianza, mea la perra.

El otro asunto, para mí capital, es el abandono de la exposición verbal en la enseñanza pública española. Observen algo tan simple como la televisión, cómo es posible que cuando un tipo de la calle habla en francés o en italiano, lo haga de corrido, y en el caso del castellano sea un milagro el que puede entenderse, a menos que sea latinoamericano. Nace de un viejo problema de educación, y eso en un país donde la retórica lo domina todo y que tiene como libro canónico el tratado más implacable contra la retórica común, como es El Quijote. La izquierda pedagógica de los setenta hubiera barrido de un plumazo el debate sobre todas esas zarandajas del usted y la oratoria. Lo importante entonces era el modelo educativo, la igualdad y los contenidos. Nos quedamos sin contenidos, el punto de igualdad lo marca el último que llega y el modelo educativo desapareció hasta de los programas partidarios.

Hay tal cantidad de matices en esa clase entre los muros que temo se me pierdan los más importantes. Los padres, por ejemplo. Aparecen en apenas dos secuencias. Siempre en defensa de los suyos, es decir, de los chavales, de sus hijos. Pero no en defensa de la enseñanza de sus hijos, sino en la defensa de sus hijos a secas. La responsabilidad que tenemos los padres en la quiebra de la enseñanza pública en España es aún superior a la de los profesores. ¡Y pensar que nosotros luchamos por que las asociaciones de padres participaran en todos los niveles de la programación educativa! Lo mejor que se puede decir es que se trataba de una herencia dieciochesca, ilustrada, según la cual todo padre quería la mejor cultura para sus hijos. ¡Y un carajo! Todo padre en el deterioro social que siguió a la transición, lo que quería es que su hijo aprobara como fuera; como en el fútbol, sin razón o con ella, pero aprobado. Y que ningún metepatas de profesor le dijera que su hijo estaba mal educado desde su casa, ni tenía posibilidades de hacer otra cosa que buscar un trabajo que le desasnara.

No obstante hay en este filme documental un asunto de fondo que plantea un debate de una actualidad radical, que va a la raíz del asunto. La parte más compleja de la película tiene por protagonista a un joven emigrante de Mali, Solimán, que por su comportamiento hace aún más difícil el desarrollo de una clase ya de por sí conflictiva. Llega un momento que el consejo disciplinario del colegio público ha de decidir su expulsión. La actitud de François, el profesor protagonista, es la de rechazar la expulsión y evitar por todos los medios que este muchacho tenga que volver a Mali. En su concepción está patente el viejo sueño pedagógico, según el cual si se pierde un alumno es como si se hubieran perdido todos. Carezco de la más mínima paciencia pedagógica, cuestión bastante más difícil que la capacidad pedagógica, y por eso lo pregunto con timidez. ¿De verdad que eso tiene algún sentido en el caos en el que estamos metidos? Quizá sea una pregunta sin importancia, pero sobre todo no se pierdan esta película. Estamos en una época sin respuestas, por eso es importante ir precisando más en el arte de hacer preguntas.

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‘Pretty Woman’ y los lobos, de Lucía Méndez en El Mundo

Posted in Política, Sociedad by reggio on 17 enero, 2009

ASUNTOS INTERNOS

Los dedos de numerosos diputados del PP se hicieron huéspedes tecleando mensajes en sus móviles sobre la foto de Soraya Saénz de Santamaría en la primera página de este periódico. El tono y el contenido de los SMS indicaba que el Grupo Popular tiene un aceptable nivel de testosterona y un alto grado de sensibilidad hacia una mujer cuando ésta decide mostrar en blanco y negro su lado más atractivo e insinuante. A qué negarlo, la foto de la portavoz impactó de lleno, dejó sin palabras a más de uno/a, estimuló las ocurrencias de otros y dio rienda suelta a los instintos del hombre de verdad. Aparten, por favor, sus garras del vestido y las piernas de Soraya y vamos a ver si somos capaces de analizar sin prejuicios y sin fariseísmo lo que ha sido, sin duda, un error de bulto cometido por una persona que ostenta una alta responsabilidad política.

Soraya Saénz de Santamaría fue nombrada por Mariano Rajoy con una fuerte oposición interna. Durante los diez meses que ha ejercido como portavoz parlamentaria se ha ganado el respeto de mucha gente, a pesar de que otros siguen tratándola como si no existiera.Aun faltándole experiencia política, ha cumplido aceptablemente con sus obligaciones. Cae bien a los periodistas -algo importante en el PP- y su imagen era la de una mujer seria y de su tiempo, con una sólida preparación de abogada del Estado. Su puesto le obliga a situarse a tiro de cámara prácticamente a diario y no siempre las fotos que se publican de ella le hacen justicia.Como cualquiera que no sea Isabel Preysler, unas veces sale mejor y otras peor.

¿Tenía Soraya Saénz de Santamaría alguna necesidad de posar en una actitud tan poco compatible con la responsabilidad que conlleva su puesto de portavoz de un grupo de 154 diputados? ¿Cómo no se dio cuenta de que esa foto le iba a dar un disgusto? ¿En qué estaba pensando cuando el fotógrafo le aconsejaba cómo insinuarse ante el objetivo de la cámara?

A nadie se le ocurre dar munición al enemigo para que te dispare.Soraya Sáenz de Santamaría le ha dado alimento a los lobos que la están esperando en cada esquina del hemiciclo. Comida morbosa para más señas porque remite a la sexualidad femenina en todo su esplendor y a la vieja idea de que las mujeres se ven en los ojos de los hombres. Alguna vez tendremos que reconocer las mujeres el daño que nos hacen las películas de amor y lujo. Muy bonitas, pero muy canallas. Un minuto de descuido y y caemos víctimas del síndrome Pretty Woman. De compras en Rodeo Drive, con Richard Gere en la ópera y vestidas de Cerruti en las carreras de caballos.Y cuando te despiertas, y ves que no eres Julia Roberts ya es demasiado tarde.

© Mundinteractivos, S.A.

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Los rompecostillas, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Derechos, Libertades, Sociedad by reggio on 14 enero, 2009

EL RUIDO DE LA CALLE

Ya lo dijo el caballero renco: todo esta vida es hurtar. Empezaron los revientacajas de Wall Street y han terminado los rompecostillas de Madrid. Como está el mundo en venta, el efecto dominó ha pasado de los Madoff a los atracas. Todos los días nos levantamos con un fiambre en el centro del Foro, aunque gracias a la nieve no hay que llevarlo a los frigoríficos del depósito. La broncata entre los rompecostillas y los miamis en la discoteca Heaven, Sala Palace acabó con la muerte de un portero y un relaciones públicas; eso, unido al asesinato de Leónidas Vargas en la planta de cardiología del Doce de Octubre, indica que vivimos un tiempo sin ley pero sin intocables, con cogoteros y sicarios que sacan la lengua y la ponen de corbata.

Rubalcaba ha ordenado relegar la búsqueda de la ceguera de los conductores para encontrar a los que se desayunan con muerte en el aire fatal del alba. Su prioridad es la lucha contra el crimen organizado.

Qué delicadeza. Los matones van a las bodas de los maderos y un día enviarán coronas a sus funerales, cuando la ley del hampa en la ciudad de la carne alegre llegue al éxtasis. Esto no ha hecho más que empezar. Los ajustes de cuentas, butrones, alunizajes, blanqueo, trata de blancas es lo que en el Inem se ofrece a los sin papeles. Los fusiles Kalashnikov, los bolígrafos-pistola, los silenciadores acabarán vendiéndose en Cascorro. Los gorilas de gimnasio y anabolizante dejan los fines de semana un par de callados con la mortaja de las sábanas de plástico amarillas.La inseguridad era la crisis. El tiroteo será la moraleja.

Ya se mangan más salchichones que joyas. En las comisarías del distrito Centro cada vez hay más denuncias contra rateros que se llevan bandejas de jamón y de chorizo para venderlas a los jubilatas de los parques. Pero ésos son aún del sindicato de los pícaros; lo nuevo son los asesinos que aprendieron a matar perros antes de matar personas, milicos del Pacto de Varsovia, niños del reggaeton, raperos vagabundos, hijos del desarraigo y del éxodo que hacen cola en la deshabitada oficina del rescate.

A los emigrantes parados no les hemos dejado otra que parir, pedir, matar y morir. Eso es lo que los sicarios rezaban a la Virgen Auxiliadora, según nos contó Fernando Vallejo; también aquí hay niños que matan por unos jeans, una camisa Ocean Pacific, una moto Honda y una nevera para mamá, «una nevera que eche chorros de cubitos de hielo».

Salgamos en la ciudad alegre y confiada con la incertidumbre de que los rompecostillas, quebrantahuesos con ojos de hielo que viven de comer esqueletos, nos besen como cocodrilos.

© Mundinteractivos, S.A.

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El diplomático y el nativo, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Política, Sociedad by reggio on 12 enero, 2009

Hace algunas semanas, almorcé con un diplomático extranjero que tenía interés en comprender un poco las relaciones entre Catalunya y Madrid así como los singulares contornos de la política y la sociedad catalanas. Esta persona, representante de un país rico y desarrollado, con una acreditada cultura democrática a años luz de la española, hizo algo que resulta muy sensato pero que no es, me temo, demasiado frecuente: quiso saber de primera mano qué es Catalunya, más allá de lo que los medios madrileños de comunicación recogen y difunden, más allá también del clima político propio de la capital del Estado. Este diplomático no se desplazó a Barcelona para confirmar una tesis preestablecida ni lo hizo para documentar sus prejuicios. Tan sólo buscaba romper la burbuja y acceder directamente a una realidad distinta, hablando con personas de perfiles profesionales e ideológicos diversos. Sus preguntas eran inteligentes y su actitud abierta, como corresponde a un profesional de la diplomacia. El encuentro fue muy agradable e, inmediatamente, pensé lo siguiente: ¿por qué es tan difícil, por no decir imposible, mantener una charla tranquila y franca sobre estos asuntos con españoles de fuera de Catalunya, incluso con personas cultas, informadas y tolerantes?

El nativo catalán acostumbra a hacerse esta pregunta varias veces al año. Incluso si el nativo catalán es ajeno a toda militancia o sentimiento catalanista, como le ocurrió a un amigo que, durante las pasadas vacaciones navideñas, se lo pasó en grande con unas chicas que viven en Madrid y proceden de varias provincias. Todo fue como una seda hasta que se mentó a las bichas habituales: el Estatut, la financiación y la lengua catalana. Aquellas muchachas, con empleos de alto nivel y acostumbradas a moverse en un mundo marcado por la globalización y la diversidad de mentalidades y culturas, se transformaron en fanáticas juezas de la Santa Inquisición, capaces de condenar en cinco minutos a todo aquel que no encaje en su esquema sagrado, inmutable y único de lo que debe ser España. ¿Por qué resulta imposible hablar con esas chicas como hablé yo con el diplomático extranjero? La respuesta tiene que ver con el respeto. Y el respeto tiene que ver con la percepción del otro. ¿Podemos aceptar que el otro no sea ni se conduzca según el patrón que se trata de imponer? Al final del debate, siempre aparece lo mismo: lo catalán como anomalía sospechosa, insoportable. De ahí derivan opiniones muy arraigadas que sirven de poderoso filtro a todas las noticias: hablan catalán para que no les entendamos, quieren quedarse con todo el dinero, se creen superiores a los demás…

El encuentro con el diplomático extranjero, más allá de constatar lo impracticable de un diálogo civil atenazado por una cultura política reaccionaria basada en el uniformismo, me llevó a otra conclusión. Estamos tan cansados de hablar de ciertas cosas que sólo nos anima hacerlo con aquellos que, observando el problema desde lejos, consiguen aportar preguntas nuevas y observaciones originales que airean el debate. El proceso del nuevo Estatut y la inacabable negociación de la financiación autonómica nos han aburrido a todos, incluso a los que, por convicción y profesión, no podemos desconectar. Esta fatiga del catalanismo, que algunos van anunciando como un mantra cada cierto tiempo, esta vez es más real que nunca, lo cual es paradójico: Catalunya necesita hoy disponer con urgencia de instrumentos legales y recursos suficientes para impedir el colapso de una sociedad que ha crecido por encima de toda previsión y que, además, es un destino preferido de la nueva inmigración que llega a España. Pero este cansancio catalanista, que es más propio del mundo de las ideas que otra cosa, no debería bloquear la toma de decisiones políticas ante los retos que se nos avecinan. Y no lo digo tanto por la inexistencia de un plan B si nos recortan el Estatut o nos ofrecen una financiación de pena. Lo digo por lo previsible y mediocre del juego táctico diario de los partidos, donde sobran defensas que sólo saben romper piernas y faltan delanteros goleadores.

Con todo, y a pesar de lo dicho, hay algo peor que la sensación de estar removiendo cada día las mismas expectativas frustrantes. Es mucho más preocupante ese tipo de derrotismo indiscriminado que sentencia, malhumorado, que “tot és una merda”. Desde hace algunos meses, he escuchado esta frase a catalanistas y a no catalanistas, y a votantes de varios partidos, tanto de los que están en el Govern como en la oposición. Los primeros que adoptaron esta frase fueron los que confundieron su suerte personal con la del conjunto del país. Luego, otros muchos, de buena fe, también han repetido y repiten que todo es un desastre. La tentación de sumarse a esta opinión es alta, ciertamente. Pero este diagnóstico no sirve de nada. Para poner fin a la mediocridad política hace falta distinguir y matizar en la crítica.

Cuando ya tomábamos el café, el diplomático me preguntó por mi familia. Le conté que mi abuelo paterno había nacido en Torre Pacheco, en Murcia, y que había venido a Catalunya para trabajar en las obras de la Exposición Internacional de 1929. Marcos Álvaro Hortelano, mi abuelo, si todavía viviera, no me permitiría decir que “tot és una merda”. Tal vez me preguntaría qué es lo que yo estoy dispuesto a hacer para cambiar este panorama.

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