Reggio’s Weblog

La tercera oleada, de Joaquín Estefanía en Domingo en El País

Posted in Economía by reggio on 1 marzo, 2009

Abrumados por la intensidad de la crisis financiera, se corre el riesgo de no fijar suficientemente la atención en otras tendencias que se manifiestan en los sectores industriales y de servicios. Por ejemplo, en algunas de las antiguas empresas públicas que fueron privatizadas y que ahora, una década después, han caído en manos del capital extranjero (público o privado) o pueden estar a punto de hacerlo.

Las empresas que a mitad de los años ochenta formaron Repsol (y que pertenecían al Instituto Nacional de Hidrocarburos), Iberia o Endesa fueron un día las joyas de la Corona, la herencia de la abuela, parte de lo que más valor tenía del antiguo sector público empresarial español. Hasta ahora ha habido dos oleadas privatizadoras: la primera, parcial e instrumental, puesta en marcha por los Gobiernos de Felipe González, tuvo como objetivo limitar el déficit público y atender a las necesidades generadas por la creación del Estado del bienestar español. La segunda, iniciada a partir de 1996, la protagonizaron los Gabinetes de Aznar, fue una privatización casi absoluta, motivada -lo dicen los programas electorales y los libros firmados por el entonces presidente del Gobierno- por criterios ideológicos.

La era Zapatero puede ser testigo de la tercera oleada: aquella en la que las antiguas empresas públicas pasan, en parte o en su totalidad, a manos del capital exterior. Hace unos meses se informó, en fases sucesivas, del interés de dos empresas rusas -Gazprom y Lukoil- por quedarse con el porcentaje que Sacyr tiene en Repsol, con lo que, de haberse concretado la operación, el capital ruso se habría quedado con el porcentaje de referencia de esta última, en un sector estratégico como el de la energía. En el mismo territorio, la eléctrica pública italiana (Enel) acaba de tomar casi la totalidad de Endesa. ¡Tanta guerra de OPA y contra-OPA para tan sorprendente resultado! Y en el ámbito del transporte aéreo, con abundantes picos de sierra en la negociación, desde el pasado mes de julio se trata otra vez de la fusión de Iberia y British Airways, después de que en el pasado la británica considerase la adquisición de la antigua compañía de bandera española.

Conocido el argumento de quienes se resignan al cambio de modelo de propiedad, basado en que se trata de empresas privadas -lo importante no es de quién es una empresa, sino que dé buenos servicios a sus clientes-, ojalá no llegue el momento en el que por mor de cualquier incidencia (por ejemplo, una crisis energética que demuestre la fragilidad y dependencia de europeos y españoles de las fuentes de abastecimiento externas), recordemos con nostalgia lo que un día tuvimos y de lo que nos desprendimos. Como, por ejemplo, ha ocurrido ahora, cuando al no funcionar el circuito del crédito y el descuento de los bancos a las empresas y particulares, hemos mirado a la Caja Postal de Ahorros y al resto de la banca pública, que también se privatizó.

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Cuando un país suspende pagos, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 23 febrero, 2009

El ex presidente del Citibank Walter Wriston opinaba que los países no quiebran. Pero la historia indica lo contrario: en los últimos dos siglos, en alrededor de un centenar de ocasiones las naciones han dejado de pagar sus deudas. ¿Hemos entrado en una nueva fase de la crisis en la que los Estados más poderosos, además de apoyar a los bancos y empresas estratégicas, habrán de ayudar a otros Estados de su zona de influencia, incapaces de pagar los préstamos y de financiar sus compromisos?

Hay indicios de que podemos estar a cinco minutos de ello. Esta vez no sólo sucede en alejados países latinoamericanos como México o Argentina, sino en EE UU o en la vieja Europa. En EE UU, el Estado de California, la octava economía del mundo si se le considerase independiente, ha decretado la emergencia fiscal porque es insolvente. La incapacidad de republicanos y demócratas de pactar un presupuesto que mezcle el imprescindible incremento de impuestos con nuevas dosis de endeudamiento a largo plazo y reducción de gastos, ha llevado a una situación en la que el gobernador Schwarzenegger ha mandado cartas de despido al 20% de la plantilla de funcionarios, suspendido todas las obras públicas y avisado de que podría tener que pagar las cuentas con pagarés, algo que no se recuerda desde la Gran Depresión. En el origen de la insolvencia está la reducción de ingresos públicos por la crisis hipotecaria y la recesión que padece la región.

En lo geográficamente más cercano a nosotros, el Viejo Continente, hay dos crisis superpuestas. En primer lugar, la de los países del Este, que se encuentran con una etiología muy complicada: están a punto de entrar en recesión o ya lo han hecho de forma brutal (Letonia puede llegar a retroceder un 12% este año) después de haber sostenido durante varios años tasas de crecimiento de países emergentes. Además, en las últimas semanas, la mayoría de estos países (Polonia, Hungría, República Checa, los bálticos, etcétera) soportan en cadena una devaluación de sus monedas de dos dígitos, lo que recuerda mucho a la crisis asiática de 2004 que dejó asolada para una generación a esa zona del planeta.

En la eurozona también hay síntomas inquietantes. Algunos países están haciendo un sobreesfuerzo fiscal muy importante (que se traduce en espectaculares incrementos del déficit y la deuda pública) para sostener la caída de la actividad privada y los sistemas de welfare de los afectados por la primera. Los analistas y las agencias de calificación de riesgos manifiestan de modo más o menos explícito el temor a que los inversores rechacen la deuda pública emitida por algunos países de la zona euro, por un doble motivo simultáneo: la espectacular caída de sus ingresos públicos y su rápido endeudamiento. El coste de asegurar contra impagos la deuda de estos países y los diferenciales respecto al bono alemán están ahora en los máximos niveles desde antes de que se adoptase el euro. España no puede creerse marginada de estos problemas.

En las últimas reuniones comunitarias, Alemania y Francia no han descartado la posibilidad de tener que salir en ayuda de estos países. No por generosidad, sino en el entendido de que tal vez la solidaridad sea más barata que la quiebra de alguno de los miembros de la eurozona, que pondría en cuestión la moneda común, uno de los mayores pasos integradores del último medio siglo.

En 1982, nada más llegar al poder, Felipe González rechazó la posibilidad de pedir ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI) e implantó con urgencia un programa de ajuste de la economía española. Pero las principales armas de una estabilización tradicional ya no están hoy en manos de las autoridades nacionales (ni la política cambiaria, ni la monetaria, y la fiscal, con restricciones, como muestra el expediente de apercibimiento por el déficit fiscal creciente a España). El director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, ha advertido de la posibilidad de una “segunda oleada” de países en demanda de ayudas para poder pagar sus compromisos y no quebrar. Para ello se necesitaría un FMI reformado y con más dotaciones, lo que ahora sólo se da en el terreno de la retórica. Porque la reunión del G-20 en Washington no ha servido para nada.

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¿A quién se parece?, de Joaquín Estefanía en Domingo en El País

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

El director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn (DSK), acaba de hacer unas declaraciones al diario francés Les Echos en las que avisa de que las previsiones de crecimiento de la economía mundial (0,5% de media), hechas públicas apenas hace unos días -que reducían en un 75% el crecimiento pronosticado en noviembre-, ya se han quedado viejas al incorporarse otros datos “que no son buenos”; además, DSK teme un segundo shock financiero, debido a la degradación de la coyuntura. Por tanto, la economía mundial padecerá el año en curso, si aún no se vuelven a deteriorar las expectativas, algo parecido a un “crecimiento cero”, lo que en realidad augura una muy fuerte recesión, al estar incorporados a esa media los países emergentes de fuerte crecimiento (hasta ahora).

¿Cómo asimilar esas variaciones supersónicas? Si se repasa la prensa del pasado mes de octubre, sin ir más lejos, se ve que en Japón se discutía entonces si la segunda economía del mundo iba a entrar o no en recesión. Cuando en ese mes llega el nuevo primer ministro Taro Aso (del Partido Liberal Democrático, que está en el poder desde su fundación en 1955, salvo un breve paréntesis de tres años), sus primeras declaraciones son para manifestar la prioridad contra la recesión. Pero en ese preciso momento se iniciaba un trimestre que ha acabado con una contracción de la economía japonesa del 3,3% respecto al trimestre anterior, y el encogimiento más grave desde la primera crisis del petróleo, en los setenta. Este derrumbe se debe, sobre todo, a la fortísima disminución de las exportaciones (el resto del mundo no compra) y a la anemia del consumo, debida a la incertidumbre de las familias.

La economía de Japón es relevante para el análisis, toda vez que la discusión de nuestros días es si la actual coyuntura mundial se asemeja más a la de la Gran Depresión de 1929 o a la década perdida en Japón, en los años noventa. En ese último periodo, a las autoridades niponas les costó manifestar la naturaleza y la profundidad de la crisis, y a los bancos, reconocer el volumen de sus activos tóxicos, fundamentalmente inmobiliarios. Esa etapa estuvo recorrida por la deflación (caída de los precios) y por un crecimiento casi plano. Las medidas keynesianas que se aplicaron (con grandes inversiones públicas y un bajísimo precio del dinero) tardaron en dar resultado porque previamente no se saneó y recapitalizó suficientemente un sector financiero en dificultades. Hay bastantes analogías.

Ahora, con esa contracción, Japón intenta aprobar otro paquete de estímulo bastante equivalente en su magnitud (alrededor de 170.000 millones de euros) a cada uno de los habilitados en la última parte de 2008. Con dos dificultades objetivas difíciles de superar: los tipos de interés son negativos (cercanos al cero) y la deuda pública, superior al 180% del PIB, es la mayor de todos los países desarrollados.

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Dónde poner el foco de atención, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía, Laboral by reggio on 16 febrero, 2009

Las últimas cifras sobre la economía europea aumentan la preocupación: la situación de la Unión Europea (UE) es peor que la de EE UU, epicentro de la crisis financiera. En el último trimestre de 2008, la actividad económica de los Veintisiete retrocedió un 1,5%, frente al 1% de la americana. Especialmente inquietantes son los datos de Alemania, la locomotora europea, que decreció un 2,1%. Y a pesar de lo que se cree, el comportamiento de la economía española (-1%), siendo lastimoso, es el menos malo de las cinco grandes naciones de la zona.

En la intervención que Zapatero realizó la semana pasada en la Asociación de Periodistas Europeos para presentar los objetivos de la presidencia española de la Unión Europea, en el primer semestre de 2010, subrayó el esfuerzo coordinado de la UE para lanzar un estímulo de unos 200.000 millones de euros (el 1,5% del PIB comunitario) con el fin de detener los peores efectos de la crisis. El presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, ha evaluado el conjunto del esfuerzo fiscal comunitario en 600.000 millones de euros en dos años (plan de estímulo, más aplicación de los estabilizadores automáticos, más la recapitalización de bancos en dificultades), lo que supone el 4,5% del PIB de la zona.

La recesión se concreta en el aumento del desempleo. Hay una discusión latente sobre las razones de que el paro haya aumentado mucho más en España (la tasa más alta de la OCDE) que en otros países con similares problemas: en qué grado se debe a que aquí sigue aumentando la población activa o si hay que echar la culpa a la rigidez laboral (que en parte desmiente el proceso de destrucción de puestos de trabajo: las empresas ajustan con rapidez sus plantillas a las nuevas necesidades de producción).

Es en este contexto en el que hay que enmarcar la polémica surgida por las palabras del gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez (MAFO). El debate, en esencia, contiene cuatro cuestiones sucesivas. Primero, por qué el gobernador guarda un silencio sepulcral sobre la situación financiera y no contribuye a la discusión sobre si el crédito está llegando a las empresas y los ciudadanos particulares. ¿Es o no excesiva su cautela? Segundo, por qué abordó la reforma laboral, que no parece corresponderle entre los objetivos de su cargo; seguramente piensa que el desempleo sí forma parte de su negocio, ya que un millón de nuevos parados es potencialmente un millón de nuevos morosos, lo que puede debilitar la solvencia de las entidades financieras.

Tercero, qué dijo concretamente. De la lectura de su discurso no se desprende que pidiese de modo directo un abaratamiento de despido (“creo que es un error plantear el debate exclusivamente en el abaratamiento del despido y pienso que sólo podremos avanzar si se centra en encontrar las fórmulas que nos permitan aumentar la productividad, reducir las cifras de desempleo y mejorar los salarios de los trabajadores”), sino el estudio de experiencias como la danesa (4,1% de tasa de paro) o la austriaca (3,8%). En Dinamarca han optado por mejorar de modo sustancial el pago periódico (la prestación pública) a cambio de suprimir la indemnización privada por desempleo. En Austria, las empresas constituyen un fondo individual para cada uno de los trabajadores, que se pone a su disposición en caso de perder el empleo en esa empresa como forma de complementar la prestación por desempleo que recibe el Estado; cuando el trabajador encuentra empleo en otra empresa se lleva la parte no consumida del fondo, que vuelve a ser engrosada con las aportaciones de la nueva empresa. Al final de su vida laboral, el fondo disponible constituye una fuente adicional de recursos para la jubilación. Se puede estar tajantemente en desacuerdo con el gobernador, pero sobre lo que dijo, no sobre un cliché de ello.

Cuarta y última cuestión: ¿es el momento de abordar una reforma laboral cuando el problema central ha sido otro? ¿Tiene sentido desviar el foco de atención hacia la flexiseguridad (flexibilidad para las empresas y seguridad para el trabajador) en una coyuntura en la que lo que se discute es quiénes son los responsables del crash financiero, los salarios de los altos ejecutivos y la ausencia de eficacia de los organismos reguladores en los abusos? ¿Es oportuno o es sospechoso?

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Sin bancos no hay paraíso, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 9 febrero, 2009

Con su autorización no me resisto a tomar prestado este titular de una excelente presentación del economista español José Juan Ruiz, que en breve presentará sus propias reflexiones sobre los créditos en tiempos de crisis en estas mismas páginas. La percepción muy mayoritaria que existe hoy sobre el angostamiento del mercado de préstamos bancarios a pequeñas y medianas empresas (pymes) y a ciudadanos en general ha adquirido carta de naturaleza con dos recientes encuestas.

La primera, de las cámaras de comercio, indica que cuatro de cada cinco pymes que en los últimos tres meses han pedido financiación al sector (bancos, cajas de ahorros y cooperativas de crédito) han tenido problemas para obtenerla; que el 17% de las peticiones han sido rechazadas (apenas unas semanas antes ese porcentaje era sólo del 12%); que para el 76% de las empresas los gastos y comisiones se encarecieron; que la mitad tuvo problemas con su entidad habitual; y que en el 59% de los casos el volumen de financiación se redujo, al igual que el plazo de devolución. La segunda encuesta, del Banco Central Europeo (BCE), se hizo al otro lado de la barrera, entre 112 entidades prestamistas: dos de cada tres bancos endurecieron las condiciones de los créditos a las empresas, y casi la mitad fue más rígida con los particulares. Y ello a pesar de la bajada de los tipos de interés.

Al tiempo que se concretaba ese malestar nada difuso, al menos dos representantes de la banca española daban sus argumentos. En la presentación de los resultados del banco (más de 8.400 millones de euros), Emilio Botín, presidente del Santander, se explicaba: no se ha cerrado el grifo del crédito, sino que se ha reducido el ritmo conforme la recesión reduce la demanda y se incrementa la morosidad; flaco favor haríamos las entidades financieras a la economía española si aumentáramos el crédito de forma irresponsable, poniendo en peligro la solvencia del sistema, como ha ocurrido en otros países. Y Miguel Martín, presidente de la patronal bancaria (AEB), en una controvertida intervención ante el Grupo Parlamentario Socialista, reiteró que el sector bancario sigue siendo el principal activo con que cuenta la economía real, y que es ésta la que ha perjudicado al sector bancario y no al revés.

El tercer actor de la tragedia, en una economía que necesita de guardias de circulación para agilizar el tráfico, es el Gobierno. Más allá de las diferencias retóricas entre algunos de sus miembros, la misión del Ejecutivo es doble y dialéctica: convencer al contribuyente de que las ayudas a la banca (a través de la compra de activos, de los avales e incluso de su recapitalización pública) no son sino el medio de evitar males mayores, pero al tiempo recordar a las entidades del sector que su obligación es prestar. Los ciudadanos sólo apoyarán las muletas públicas si la banca privada les presta dinero cuando tienen dificultades y no sólo en tiempos de bonanza.

El origen de la sequía de créditos está en el mercado al por mayor. Las entidades financieras españolas acudieron al mercado internacional para complementar la insuficiencia de ahorro nacional. El resultado es que el 40% de su balance depende de la financiación en los mercados mayoristas. Casi dos de cada tres hipotecas concedidas se financiaban en estos mercados, que han estado prácticamente cerrados desde el inicio de la crisis de las hipotecas subprime en agosto de 2007. Los bancos deben hacer frente a las obligaciones adquiridas (emisiones de títulos de renta fija de distinto tipo) en estos mercados, que se cuantifican en 100.000 millones de euros en el año en curso y casi en 500.000 millones más hasta el año 2015.

Un catedrático de Historia e Instituciones Económicas escribe a EL PAÍS para explicar lo que sucede: en el capitalismo, las empresas son maximizadoras y reaccionan a los incentivos y desincentivos; la razón por la cual la ayuda pública a los bancos no ha aumentado la inversión crediticia es porque los Gobiernos no han puesto como condición que tengan que hacerlo para ser beneficiarios de estos apoyos. Los bancos han hecho lo esperable: utilizar las ayudas para sanear su balance y/o realizar inversiones de bajo riesgo, no para aumentar el crédito a empresas y familias de comprometida solvencia.

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‘Reformas de segunda generación’, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 2 febrero, 2009

Las tres primeras medidas ejecutivas de Obama, nada más jurar su cargo, fueron congelar el sueldo de los altos cargos, demandar una iniciativa para hacer más transparente la Ley de Libertad de Información, y revisar la actividad de los grupos de presión (lobbies). Detengámonos en esta última: el personal de la Administración estadounidense no podrá ejercer influencia sobre la Casa Blanca ni recibir regalos de los grupos de presión; a su vez, los miembros de estos últimos no podrán ocupar puestos en la Administración de Estados Unidos relacionados con áreas que ellos hayan representado durante los dos últimos actos.

Una de las ideas fuerza del nuevo presidente, por contraposición al abandono de la Administración neocon, es reforzar el papel de las instituciones. No sólo por su relación directa con el Estado de derecho, sino como herramientas centrales en la recuperación de la economía.

Como bien han analizado los profesores José Antonio Alonso y Carlos Garcimartín en su último libro (Acción colectiva y desarrollo. El papel de las instituciones, editorial Complutense e Instituto Complutense de Estudios Internacionales), las causas del progreso de un país no sólo están en la dotación y el uso de los factores productivos que posee -capital, trabajo y tecnología- (lo que denominan el hardware de la economía), sino en la relevancia de los marcos normativos y de sus instituciones (el software económico). En una sociedad en la que interactúan agentes independientes, las instituciones reducen la incertidumbre, aminoran los costes de transacción, facilitan la coordinación social; en definitiva, condicionan la habilidad que una sociedad tiene para poner en pleno uso sus factores productivos y someterlos a una más intensa dinámica de acumulación y mejora.

Mejorar el papel de las instituciones en el marco de referencia de nuestra época (la globalización) y en medio de una crisis que tiene el potencial de ser la peor o una de las más dañinas que se recuerdan. Por ejemplo, el de las numerosas formaciones G que, constituidas por cooptación y sin estructura orgánica, han sustituido a los organismos multilaterales (ONU, FMI, BM, OMC…) en la resolución de las crisis, en busca de una eficacia que sacrifica la mayor representatividad (no óptima) de los últimos. Por ejemplo, lo que el economista francés Jean-Paul Fitoussi ha denominado “instituciones ademocráticas” (bancos centrales, agencias de calificación de riesgos, reguladores y supervisores…), que constituyen otra de las prioridades de la Administración de Obama, que ya ha esbozado una reforma de la supervisión financiera, demandada también por otros líderes políticos en la reciente cumbre de Davos. Esas “instituciones ademocráticas” cada vez influyen más en la vida cotidiana de los ciudadanos.

Se trata de las reformas de segunda generación, que eran una especie de segunda fase del Consenso de Washington y que nunca se aplicaron con la misma determinación que las primeras reformas (equilibrio macroeconómicos, privatizaciones…) con los resultados hoy bien conocidos por todos. Para que la crisis financiera y la recesión planetaria no devengan en crisis política y de seguridad, como ocurrió tras la Gran Depresión y con las dos guerras mundiales, se requiere de marcos normativos e institucionales que mejoren el funcionamiento de la economía global y la calidad de la democracia: si las decisiones de los poderes públicos son injustas o chocan contra las preferencias más sentidas, si los representantes elegidos aparecen envueltos en prácticas censurables, si determinadas preocupaciones económicas y sociales no encuentran el canal adecuado para expresarse o recibir una solución colectiva satisfactoria, etcétera.

Hubo un momento en que algunos creyeron que la política había muerto y que el mercado y el saber tecnocrático llevarían al progreso. Hoy sabemos que no es así: para que funcione el mercado necesita dotarse de la seguridad jurídica que le dan las instituciones y los organismos reguladores. Y la tecnología no responde al para qué ni para quién, sino sólo al cómo. Es por ello por lo que los políticos, economistas y demás científicos sociales han vuelto la mirada al Estado y a las instituciones como herramientas imprescindibles para sacar al planeta de sus dificultades actuales. Cómo lograr que el Estado se imponga a los poderes fácticos y a los grupos de presión, y más en general, cómo hacer que la aldea global sea gobernada democrática y eficientemente. El software de la política y la economía.

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Esquemas de la sociedad dual, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 26 enero, 2009

La recesión pone en duda la fortaleza de nuestro Estado de bienestar, que no es universal

1. La primera fractura se da entre empleados y desempleados. Los últimos han superado en 2008 los 3,2 millones de personas, casi un 14% de la población activa (que es la mitad de la población total del país). Pero ser parado sólo es la primera pesadilla; peor es formar parte de uno de los 827.000 hogares en los que ninguno de sus miembros tiene puesto de trabajo, y pésimo es estar incluido en ese ejército de reserva de 900.000 ciudadanos que no tienen seguro de desempleo. La recesión pone en cuestión la fortaleza de nuestro Estado de bienestar, que no es universal.

2. La velocidad y la profundidad de la recesión dan la razón a los que empiezan a calificarla de depresión. Hace sólo un año que el presidente de Gobierno, Rodríguez Zapatero, pronosticó que se crearían dos millones de puestos de trabajo y el paro descendería hasta el 7%. Doce meses después, ese porcentaje es el doble y la Comisión Europea pronostica que llegará al 19% de la población activa durante el próximo año.

Con ser espectacular el aumento del paro, lo es más si se desagrega por tiempos: según la Encuesta de Población Activa (EPA), de los 1,2 nuevos parados del pasado ejercicio 609.000 son del periodo comprendido entre septiembre y diciembre. La tendencia es idéntica si se mide con las cifras del Ministerio de Trabajo: en los tres últimos meses de 2008 se han dado los mayores incrementos mensuales de la historia (sólo en diciembre, 140.000). A un ritmo de más de 5.000 personas diarias en las colas del Instituto Nacional de Empleo (Inem), en ese trimestre el paro registrado aumentó en más de 500.000 personas. Los indicios permiten asegurar que la secuencia se agudiza en el presente trimestre.

3. Se deben incluir otras desagregaciones. Pero hay dos que sobresalen, la geográfica y por pirámides de edad. Andalucía y Canarias superan el 20% de la población activa en paro (21,78% y 21,18%) seguidas de cerca por Extremadura (17,96%), Melilla (16,87%), Ceuta (16,32%) y Murcia (15,53%). El desempleo afecta más a los hombres que a las mujeres, pero es entre los menores de 25 años en donde se da una tasa de paro verdaderamente insoportable: en un año ha crecido más de 11 puntos y asciende al 29,1%, con lo que supone de falta de perspectivas para una generación de ciudadanos.

4. A la aparente paradoja de que del mismo modo que crece el paro aumenta la población activa, se le pueden añadir reflexiones motivadas por la Proyección de la población de España a corto plazo 2008-2018, que también acaba de publicar el INE. Este estudio pronostica que si durante el periodo 2002-2008 la población residente en España creció a un ritmo anual medio de 720.000 habitantes, en los próximos años lo hará en torno a los 380.000. En cuanto a los inmigrantes, han representado entre el 84,4% y el 92,8% del crecimiento demográfico anual durante el lustro 2002-2007; hoy, por la crisis económica, la inmigración exterior es el componente más volátil e incierto en el futuro cercano. La hipótesis contemplada es que la inmigración sufrirá una severa corrección durante los años 2009 a 2011, pasando de los 958.000 inmigrantes registrados durante 2007 a los 442.000 en 2010; así, se producirá una estabilización de las entradas netas, con lo que las llegadas a España durante la próxima década serán inferiores a los cinco millones de inmigrantes.

Ello se vincula a otro cambio de tendencia, también desalentador: si hasta hace poco la mayor parte del paro se ha producido por un crecimiento de la población activa que el mercado laboral fue incapaz de absorber (y en menor proporción por la mera destrucción de empleo), a partir de ahora va a ser al revés: tendrá mayor peso la destrucción de puestos de trabajo que el aumento del número de activos.

5. El año acabó con 841.000 cotizantes menos a la Seguridad Social. Aunque ésta sigue con superávit y con más de 18,5 millones de personas que pagan sus cotizaciones (mayor número que en cualquier otra época de la historia reciente de nuestro país), si esa cifra continúa descendiendo como parece planteará nuevas proyecciones sobre la viabilidad del welfare español (especialmente en materia de pensiones).

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La hoguera y el incendio, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 19 enero, 2009

Las consecuencias económicas de la paz, escribe Keynes: “Una hoguera general constituye una necesidad tan grande que, a menos que podamos convertirla en un asunto ordenado y benévolo en el que no cause ninguna injusticia grave a nadie, dará como resultado, cuando por fin se inicie, un incendio enorme que puede destruir mucho más”. Evitar que el incendio de la crisis devenga en el incendio de una depresión generalizada es la principal labor que le espera al presidente Obama, nada más tomar posesión de la Casa Blanca, por fin mañana. Nunca como ahora -por el efecto de las nuevas tecnologías de la información pero sobre todo por la necesidad de liderazgo en el planeta- el discurso de posesión del presidente de EE UU habrá de ser tan escrutado.

Las analogías que se hacen de la personalidad y la acción de Obama con las de Franklin Delano Roosevelt (FDR) y su New Deal son más abundantes que las diferencias. Contra la versión que posteriormente se ha construido, a principios de los años treinta del siglo pasado apenas nadie tenía mucha idea de lo que significaría el New Deal. Uno de los asesores de Roosevelt escribió ese concepto en el discurso de aceptación de su nominación, que daría en Chicago a mediados de 1932, sin pensar mucho en lo que quería decir y menos en su significación profunda. Y atinó. Lo importante fue que FDR se enfrentaba a una elección extremadamente radical en el terreno económico: no intervenir y dejar que hubiera todavía más deflación (que era a lo que le instaba la mayor parte de los expertos, crecidos en la idea del laissez faire), o arriesgarse a ver aumentar la inflación por mor de incrementar fuertemente la demanda y generar millones de puestos de trabajo. Roosevelt, ya se sabe, eligió lo segundo, “no como resultado de ninguna convicción teórica, sino a consecuencia de una serie de decisiones independientes tomadas por diferentes razones. Se había llegado a un punto en que el pueblo americano pedía que se hiciese algo, y FDR comprendió que su tarea más importante no consistía solamente en actuar, sino también en utilizar la palanca de la acción para levantar la moral de la población” (Franklin D. Roosevelt, Patrick Renshaw, editorial Biblioteca Nueva).

Lo anterior es una clave muy significativa para entender los días iniciales del New Deal. En su alocución inicial como presidente, en marzo de 1933, FDR construyó una frase que pasó a la historia: “La única cosa que debemos temer es el miedo a nosotros mismos”. La primera semana que FDR pasó en la Casa Blanca fue un resumen de esos primeros tres meses: “actuación ultrarrápida y en staccato“. 15 proyectos de ley fueron presentados antes de que acabase el mes de junio, relacionados con la agricultura, la banca, Wall Street, los sindicatos, la protección de hipotecas, la energía eléctrica de gestión pública, el conservacionismo del medioambiente, etcétera. El resultado fue la más asombrosa explosión legislativa y de medidas prácticas en la historia de EE UU.

Obama ha empezado a gobernar antes de llegar a la Casa Blanca. El pasado viernes, el Congreso de EE UU liberó a petición suya 350.000 millones de dólares del fondo de estabilización financiera aprobado por la Administración Bush, para apuntalar a los bancos en crisis y evitar (en línea con lo anunciado por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke) “el desplome financiero global”; de esa cantidad, el nuevo equipo económico podría utilizar 100.000 millones para auxiliar a los propietarios con dificultades para pagar sus hipotecas. Pero el grueso de la actuación económica del presidente demócrata será el plan bianual de estímulo a la economía real, cuyo monto preanunciado consta de alrededor de 800.000 millones de dólares, casi la cantidad que produce un país como España en todo un año.

Con las ayudas a los bancos (por ahora, 700.000 millones de dólares) y a la economía real (800.000 millones) -en total, un esfuerzo de más del 10% del PIB de EE UU- la Administración americana pretende liderar la lucha contra una depresión que en palabras del reconocido economista Robert Shiller (¿futuro Premio Nobel?), podría significar una “década perdida” para el mundo (El estallido de la burbuja, Robert J. Shiller, ediciones Gestión 2000).

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“Nosotros, los líderes…”, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 12 enero, 2009

Esta semana se cumplen dos meses de la reunión del G-20 en Washington, convocada para crear una nueva arquitectura financiera global y luchar contra la recesión. Desde entonces, apenas hay noticias de las decisiones que allí se tomaron mientras avanza, con rapidez y profundidad desconocidas, una crisis que por primera vez no hace excepciones con parte alguna del planeta. La siguiente cumbre del G-20 tendrá lugar en el mes de abril, en Londres, y la pasada semana el primer ministro francés, Nikolas Sarkozy, y la canciller de Alemania, Ángela Merkel, anunciaron que los miembros europeos de ese club se verán previamente en Berlín para que Europa tenga una voz única en aquella.

Sarkozy y Merkel se juntaron en París para asistir a un seminario titulado Nuevo mundo, nuevo capitalismo. En su intervención, la canciller germana explicó que de la misma forma que existe un Consejo de Seguridad en la ONU (el que ha sido incapaz de detener la masacre de palestinos en el campo de concentración de Gaza), debería haber una suerte de Consejo Económico Mundial que vele por la estabilidad financiera, o una Declaración Universal para una Economía Razonable, similar a la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Seguramente sin saberlo, Merkel copiaba de modo literal una propuesta inatendida que, justo 10 años antes, también en París, hizo el ex presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, padre de la actual líder del socialismo francés, Martine Aubry. Así pues, una década perdida en lo relacionado con la regulación de las finanzas internacionales que, de haberse estudiado entonces, quizá hubiese evitado los efectos más lacerantes de la crisis actual.

En un seminario sobre el euro, organizado por el Banco Interamericano de Desarrollo, Delors propuso la creación de ese Consejo, que “establezca las bases del sistema económico de la era de la mundialización, para el que todavía no se ha encontrado una solución satisfactoria”. En él estarían representados no sólo los países del G-7 (todavía no se había añadido Rusia), sino organismos regionales tales como el Mercosur, en América Latina, o la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN), etcétera. No podría ser una especie de G-7 ampliado, pues no lo toleraría el mundo, ya que se daba la contradicción de que entre EE UU, la UE, Canadá y Japón poseían alrededor del 75% del PIB mundial pero representaban a menos del 20% de la población.

En cuanto a la Declaración Universal para una Economía Razonable, eso es lo que pretendió el Consenso de Washington con los resultados conocidos por todos. La dificultad está en que en economía es difícil consensuar lo que se entiende por razonable, si a ello se incorporan materias tan centrales como la redistribución de la renta y la riqueza.

La reunión del G-20 en Washington hizo a su final un comunicado, iniciado por el ampuloso encabezamiento de “Nosotros, los líderes del grupo de los veinte”, en el que se establecía un catálogo de propuestas, divididas en dos fases: medidas inmediatas y a medio plazo. De las primeras, no se sabe nada: el gasto de los gobiernos para combatir la crisis es insuficiente y no está coordinado; la ronda de Doha para liberalizar el comercio internacional sigue desactivada; no hay nuevas normas contables; de la regulación financiera, ni rastro; las agencias de calificación de riesgo siguen autorregulándose (hiperactivas ahora, frente a su pasividad de antes); el Fondo de Estabilidad Financiera, que parecía llamado a jugar un papel más significativo, continúa sin ampliar el número de sus socios (no está España, como tampoco está en el G-20); etcétera.

Antes de morir, en abril de 1945, el presidente demócrata de EE UU, Franklin Delano Roosevelt, propició dos conferencias con las que trató de crear el nuevo orden internacional, tras las guerras mundiales: la de Bretton Woods, que significó la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; y la de Dumbarton Oaks, que dio lugar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). A la luz de los conflictos en este comienzo del año (Gaza, la guerra del gas, la recesión económica, etcétera) no parece que las estructuras que gobiernan al mundo desde mediados del siglo pasado sean hoy eficaces ni representativas. ¿Tendrá tiempo Obama, hijo político predilecto de Roosevelt, de abordar también este problema?

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Casandra: crisis, ¿hasta dónde?, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 5 enero, 2009

Nadie, ya lo sabemos, estaba preparado para afrontar una crisis económica que tiene el potencial de ser una de las peores de la historia y que acaba de tocar su tercer año triunfal (empezó a mitad de 2007). ¿No puede ocurrir que del mismo modo que se subestimó su severidad financiera en el origen, se infravaloren ahora los efectos políticos y sociales que puede incorporar en el futuro? La historia muestra que las grandes depresiones económicas han dado paso primero al proteccionismo, después al nacionalismo y posteriormente a los enfrentamientos, muchas veces violentos.

Los organismos multilaterales y los servicios de estudios privados rebajan de modo continuo y unánime las previsiones de crecimiento, que aún no han tocado fondo. Como consecuencia decae el consumo, la inversión, el empleo, se reduce el comercio y la inversión extranjera y disminuyen los movimientos de personas (el turismo). Empresas y ciudadanos devienen más conservadores y defienden sus posiciones. Es la economía del miedo.

Tras la Gran Depresión de los años treinta llegó la II Guerra Mundial; en esa década, los nacionalismos estimularon las políticas de empobrecer al vecino, mediante aranceles, contingentes, impuestos y fronteras. Algunas de las prácticas actuales empiezan a recordar aquella política defensiva: los bancos menos contaminados avisan de que la capitalización pública a los más débiles reduce las reglas de la competencia; los productores de algunos países critican las políticas de estímulo aplicadas en otros porque les dejan sin margen; los apoyos a la industria del automóvil de Detroit son aplaudidos en EE UU, pero no convencen a sus competidores, fundamentalmente a los japoneses; China acentúa la devaluación del yuan para incrementar sus exportaciones en una coyuntura en la que su crecimiento ha dejado de ser tan dinámico como antes, y que puede dar al traste con su modelo de comunismo de mercado; Rusia y Ucrania discuten por el transporte del gas a Europa; etcétera.

Ante ello, hay analistas que demandan que una de las primeras actitudes de Obama, el único que parece tener la suficiente legitimidad para tirar del carro, sea reunir con urgencia al G-20, sin esperar al mes de marzo, y cerrar en su seno la ronda de Doha sobre el comercio internacional, para frenar esas peligrosísimas tendencias proteccionistas. Otra de las misiones de ese G-20 sería coordinar nuevos paquetes de estímulo para la economía planetaria. Hasta ahora, cada país o cada zona (EE UU, la Unión Europea, China, India, Japón, …) ha tomado medidas más o menos en la misma dirección y, sin embargo, la economía planetaria todavía no ha reaccionado y reiniciado la senda del crecimiento. O porque los estímulos han estado poco coordinados, o porque han sido insuficientes. En julio de 1940, en pleno new deal, cuando la expansión de la demanda a través del Estado había tenido consecuencias tangibles en la economía americana pero el desempleo todavía no había bajado de dos dígitos, Keynes escribe un texto (EE UU y el plan Keynes) en el que dice que a pesar de la multiplicación del gasto público y de los esfuerzos por subir los precios y los salarios para sacar al país de la deflación, Roosevelt todavía no había hecho lo suficiente: “Parece imposible políticamente, en una democracia capitalista, organizar el gasto público a una escala lo suficientemente grande como para llevar a cabo un gran experimento que probaría lo correcto de mis argumentos, como no sea en las condiciones creadas por una guerra”. Nueve meses después, EE UU entraba en la II Guerra Mundial.

El debate entre los economistas es, hoy, el volumen del esfuerzo que se requiere en materia de gasto y de impuestos para que la economía mundial no se hunda. No es que hayan olvidado los efectos perversos que el mismo puede tener en materia de déficit, endeudamiento e inflación para el futuro, o la marcha atrás en la pedagogía de tantos años sobre la necesidad de equilibrios macroeconómicos a largo plazo, sino si los males que ello puede generar son menores que la inacción y la depresión. Sus consecuencias económicas, sociales y políticas no son “graznidos o cantos de una Casandra que nunca pudo influir en el curso de los acontecimientos a lo largo del tiempo”, como escribió el economista inglés más influyente de todos los tiempos.

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Por dónde empezamos, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 8 diciembre, 2008

Vuelven Keynes y Roosevelt. Ante la profundidad de la recesión se disuelven las veleidades autorreguladoras que han hegemonizado la política económica durante el último cuarto de siglo y se acude a las fórmulas de quienes solucionaron los efectos más nocivos de la Gran Depresión, adaptadas al marco de la globalización. Contra lo que se cree, las relaciones entre el economista británico y el presidente norteamericano no siempre fueron muy fluidas, aunque se produjo una influencia mutua entre ellos. Todavía el 31 de diciembre de 1933, 10 meses después de que Roosevelt iniciase el New Deal, Keynes le escribía una Carta abierta al presidente, publicada en The New York Times, en la que le aconsejaba una serie de impulsos como “una acción predominante en el más alto grado al incremento de la capacidad de compra nacional resultante de los gastos públicos”. Y tres años después publicaba su obra magna, la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero.

Todo el mundo aplica hoy programas típicos de expansión de la demanda, en un giro copernicano a lo practicado hasta anteayer. Recuérdense, por ejemplo, algunas de las declaraciones hechas por los responsables europeos: “No habrá cambio de política, no cederemos al pánico” (Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo); “No habrá bajada de tipos” (Jean-Claude Trichet, gobernador del Banco Central Europeo); “No habrá plan de relanzamiento de la economía. Bastan las reformas estructurales de la Agenda de Lisboa y los límites del Plan de Estabilidad y Crecimiento” (conclusiones de la reunión informal de ministros de Economía de la UE, en Niza, el pasado mes de septiembre).

Pero aunque esos programas coinciden en sus grandes enunciados, difieren en los plazos de aplicación y en la letra pequeña. No todos son iguales. Desde que comenzó la crisis, en agosto de 2007, se suceden los planes de rescate y de potenciación de la economía real, con distintos énfasis. Merece la pena reflexionar sobre las prioridades: por dónde hay que empezar para cambiar la fase descendente del ciclo. Esto es lo que ha hecho el presidente electo de EE UU, Barack Obama, una vez escogido el equipo que conducirá la política económica de su legislatura. Conviene subrayar que todo ese equipo destila rubinomics, la filosofía económica con la que Clinton comandó el periodo de crecimiento más largo y profundo de la economía americana desde hace muchas décadas, pero sin la presencia de quien le dio nombre. Robert Rubin, secretario del Tesoro de Clinton, no figura entre los colaboradores oficiales de Obama al estar al frente del Citigroup, el último conglomerado financiero que ha necesitado de la ayuda pública para sobrevivir. Así pues, rubinomics sin Rubin.

La primera medida de Obama será un gigantesco plan de inversión pública, con el objetivo de crear 2,5 millones de puestos de trabajo, centrado en la creación y mejora de infraestructuras clásicas (carreteras, autopistas, escuelas, hospitales…), energías renovables (atención a la sustitución del lobby petrolero que representaba Bush, por el lobby de los biocombustibles y el etanol) y tecnologías de la información y la comunicación. Se tratará de la mayor utilización de dinero público en la historia de Estados Unidos, por encima del New Deal y del plan de infraestructuras de Eisenhower, en los años cincuenta. El anuncio de las inversiones masivas se hizo apenas 24 horas después de que se conociesen las catastróficas cifras de desempleo del mes de noviembre (destrucción de 533.000 puestos de trabajo, la cifra más alta de incremento del paro en un solo mes desde el año 1974; entre enero y noviembre se han perdido en EE UU casi dos millones de empleos) y poco después de que la Oficina Nacional de Investigación Económica, un grupo privado de economistas con sede en Cambridge, avisase de que la recesión comenzó en EE UU en diciembre del año pasado.

Ello significa que la recesión dura ya 11 meses en Estados Unidos, y que si persistiese hasta el mes de abril, situación harto probable, sería la más larga en la historia americana desde la Gran Depresión, superior en el tiempo a las recesiones de los años setenta y ochenta, y a la de 1990-1991 y a la de 2001. Y que Bush será el primer presidente, desde Nixon, que ha sufrido más de una recesión en sus mandatos. Ésa es la situación.

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Citigroup y General Motors, de Joaquín Estefanía en El País

Posted in Economía by reggio on 24 noviembre, 2008

Otro fin de semana espeso, en espera de que pueda suceder algo que recomponga la situación. Los iconos empresariales tradicionales de EE UU son, entre otros, Citigroup, General Motors, Coca-Cola o Metro Goldwyn Mayer (antes de que fuese adquirida por la japonesa Sony). Pues bien, los dos primeros se tambalean. Forman parte de la herencia que tendrá que asumir Obama el 21 de enero, si llega a tiempo. El presidente electo ya ha recogido, en forma de votos, los réditos políticos de la catastrófica situación económica que deja Bush; a partir de ahora todo serán costes.

Citigroup fue la joya de la corona bancaria estadounidense hasta hace dos años, cuando fue superado por el Bank of America. No es la primera vez que sufre tanto en sus cuentas; en los ochenta y primeros noventa tuvo que establecer provisiones multimillonarias por los créditos impagados que provenían de América Latina. Como consecuencia de las mismas entró en su capital dinero saudí (4% del capital social), que ahora vuelve a intentar actuar como caballero blanco. No parece suficiente. La semana pasada, Citigroup padecía dos jornadas de pánico en Wall Street que le llevaron a reducir un 50% de su capitalización bursátil, y en lo que lleva de año ha perdido casi el 90% de su valor. El Citi ya ha recibido 25.000 millones de dólares del plan Paulson de rescate financiero. Para analizar su situación baste decir que lo que ahora vale en Bolsa es menor que esa cantidad que le ha llegado de los fondos públicos.

Las soluciones que se han manejado para sacar al gigante de esa situación de desconfianza son de distinta naturaleza: partición del conglomerado, vendiendo algunas de sus divisiones (por ejemplo, la firma de corretaje SmithBarney); fusión o compra por parte de otra entidad (se mencionan los nombres del Goldman Sachs o Morgan Stanley, que ya no son bancos de inversión); dimisión del consejero delegado Vikram Pandit, del que no se fían los mercados, etcétera. O nacionalización directa del banco para no repetir la situación de pánico que se generó el pasado 15 de septiembre -verdadera frontera en la naturaleza de la crisis financiera- cuando las autoridades dejaron quebrar Lehman Brothers, considerado el peor error de la Administración de Bush y de su secretario del Tesoro, Henry Paulson.

Hasta ahora, la banca ha sido el único sector protegido por el dinero público (incluido en él la aseguradora AIG, a la que se le ha proporcionado 140.000 millones de dólares, el equivalente al 80% del plan de estímulo a la economía real), en el entendido de que si cae la banca, no se sostendrá el resto del sistema. Pero al olor de las ayudas también han acudido The Big Three, las tres grandes firmas de Detroit del sector del automóvil (General Motors, Ford y Chrysler), al borde de la bancarrota. El Congreso americano les ha dado hasta el próximo 2 de diciembre para que presenten un plan de viabilidad que demuestre para qué quieren las ayudas, más allá de salvar la cara de sus ejecutivos (los tres presidentes quedaron en ridículo en el Senado, cuando contestaron que cada uno había acudido a Washington, a la cita en el Capitolio, en su avión privado en vez de en la línea comercial).

Se dice que habrá acuerdo final para salvar al automóvil y sus centenares de puestos de trabajo directos y en la industria auxiliar (rehenes de la situación), en forma de intercambio político: cederán los republicanos más recalcitrantes a las ayudas de Estado a cambio de que los demócratas avalen el Tratado de Libre Comercio con Colombia, en el que está empeñado Bush. En una de sus últimas intervenciones públicas, Obama ha declarado que “la bancarrota es una opción más”.

De este ambiente espeso no se libra, por primera vez, la banca española. Hasta hace poco imperturbable ante la ausencia de activos tóxicos en sus tripas, los mercados se han puesto nerviosos al conocer la inesperada ampliación de capital del Banco de Santander, para recomponer su ratio de solvencia. La pasada semana, la banca de nuestro país -que sorprendentemente no acudió como se esperaba a la subasta de liquidez del Gobierno- sufrió lo indecible en la Bolsa. Veremos su evolución inmediata.

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