Reggio’s Weblog

‘Excusatio non petita…’, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 20 febrero, 2008

Zapatero y Rajoy insisten, obsesivamente, en afirmar que la independencia de Kosovo no tiene nada que ver con Catalunya y el País Vasco. Y, punto y seguido, el Gobierno español asegura que no va a reconocer al nuevo país porque la decisión se ha tomado de manera unilateral, actitud que Rajoy aplaude, aunque habría preferido lo contrario…, para poder sacar tajada electoral. Por supuesto, no tengo ninguna duda de que la posición tomada por el Gobierno español y que lo sitúa fuera del grupo de los países serios -Reino Unido, Francia, Alemania y hasta veinte estados europeos, además de Estados Unidos- sí tiene que ver con el paralelismo que pueda establecerse con las aspiraciones independentistas de estas dos naciones ibéricas, ahora bajo dominio español. Un paralelismo que no sólo han establecido malintencionadamente países contrarios a la independencia de Kosovo, como Rusia, sino que es azuzado desde los medios de comunicación españoles con motivos poco o muy electoralistas como un espantajo a favor del afianzamiento del nacionalismo español, unitarista de nacimiento y por vocación.

La posición del Gobierno español en este asunto es tan frágil, que lo único que cabe preguntarse es cuánto tiempo va a tardar en reconocer la realidad tal cual es. No tiene ningún sentido resistirse a reconocer Kosovo con el argumento de que la decisión ha sido ilegal. Casi todos los procesos de independización son resultado de la decisión soberana unilateral de quien hasta aquel momento estaba sometido a otro Estado. Ninguna ley constitucional suele prever la autodeterminación de una parte del territorio, con la excepción de la antigua Unión Soviética. Excepcionalmente, como en la independencia de Eslovaquia, Chequia incluso aceptó con un cierto agrado la separación. Y, en el mejor de los casos, como en Kosovo, el proceso se produce democráticamente. Ante un acto de soberanía, especialmente si se proclama de manera pacífica y democrática, el derecho internacional no tiene otra posibilidad que tomar nota y poner color en el mapa del nuevo Estado. Así funcionan las cosas. Que ahora Moratinos compare la supuesta ilegalidad de la independencia de Kosovo con la guerra de Iraq sólo apunta al desastre -en este caso, al ridículo- de la política exterior española y, de paso, desde el punto de vista internacional, supone el reconocimiento explícito de que en España hay verdaderos problemas de cariz independentista. Así lo habrá entendido todo el mundo. Excusatio non petita, accusatio manifesta.

Y es que el Estado español y sus gobiernos tienen muchas dificultades para tratar de manera razonable este tipo de procesos. Ya ocurrió lo mismo en 1991 cuando se produjeron las independencias de las repúblicas bálticas, también insistiendo en que Lituania no era Catalunya. Pujol terció con aquella polémica frase, “Catalunya es Lituania, pero España no es la Unión Soviética”, en el sentido de que Catalunya y Lituania tenían los mismos derechos, pero que los ejercían de manera distinta a causa de la naturaleza política de los respectivos estados. Tampoco España ha podido aprender del proceso de pacificación en Irlanda del Norte. Por supuesto que el conflicto en Irlanda del Norte no es “exactamente” igual que en el País Vasco, pero lo que es seguro es que el proyecto nacional español es distinto del británico. El gobierno de John Major, en 1993, sí reconoció el derecho a la autodeterminación de aquel territorio, momento en que se desencalló el proceso de paz, empezando con una política, ya con Toni Blair y su ministra Mo Mowland, de negociación con los presos del IRA. El Reino Unido puede sobrevivir tranquilamente a la pérdida de Irlanda del Norte, pero el proyecto nacional español no se sabe pensar, por ahora, sin sus colonias periféricas.

Todos los gobiernos españoles, sean del color que fueren, han mostrado su debilidad argumental tanto en el caso vasco como en el catalán. En el País Vasco, porque después de afirmar que sin violencia se podía hablar de todo, se negaba la posibilidad de hablar de nada con los que no eran violentos. El triste espectáculo, democráticamente hablando, del intento de forzar la suspensión de la conferencia que finalmente dio el lehendakari Ibarretxe en la Universidad de Stanford el pasado día 14, organizada por el prestigioso profesor Joan Ramon Resina y el Forum on Contemporary

Europe, muestra hasta dónde llega y cuál es la naturaleza del nacionalismo español rampante que alimenta tal intransigencia. Que luego Moratinos censure los procesos unilaterales es de risa. Si cuando a los vascos, representados democráticamente por el lehendakari Ibarretxe, primero con su antiguo plan y ahora con su nueva propuesta de diálogo con España para un pacto basado en el derecho a decidir, se les cierra la puerta, ¿qué alternativa queda abierta que no sea la del unilateralismo de base radicalmente democrática? Y lo mismo en Catalunya. Si la promesa formal de Zapatero en las elecciones de hace cuatro años fue que se aceptaría el Estatut que aprobara el Parlament de Catalunya, ante su insultante incumplimiento, ¿qué otro camino dejan al soberanismo catalán que aspirar a una independencia unilateral, también de naturaleza democrática?

Sea como fuere, lo que me parece claro es que con la actual posición marginal de España con relación a Kosovo, la diplomacia española contribuye a internacionalizar el caso vasco y catalán, y a los que no somos unionistas, no nos queda más que agradecérselo. He dicho en muchas ocasiones que mi confianza en una futura independencia de Catalunya no nace tanto de la convicción que tienen los catalanes de conseguirla como del terror que observo en las filas del nacionalismo español, como si tal posibilidad fuera inminente. Habrá que estar preparados, no sea que la independencia nos pille por sorpresa.
salvador.cardus@uab.cat

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Yo no lo sé, de Ángel Gabilondo en La Vanguardia

Posted in General by reggio on 20 febrero, 2008

Al hablar tendemos a pensar que es necesario mostrar contundencia, firmeza, seguridad. Es posible pero, al menos algunos, no encontramos inadecuado que alguien reconozca sus límites. Los expertos en todo, los que siempre tienen información, opinión, criterio y posición, los que una y otra vez insisten en que nada es como ellos lo harían, en que lo saben mejor, en que abren e iluminan los caminos, no sólo me desazonan sino que me parecen eso, unos iluminados. Me inquietan sus apariciones y, en cierto modo, me preocupan. Entre otras razones porque entiendo que no me necesitan, ni precisan de mi palabra ni, en cierto modo, de mí, salvo para que reciba y atienda la verdad de sus sentencias. Su saberlo todo me convierte en discípulo, en recipiente y, supongo que lo esperan, en obediente. Pero ante las grandes decisiones, ante los grandes asuntos han de esgrimirse motivos, argumentos, propuestas, posiciones, pero no imposiciones, por más que uno esté convencido de lo que dice.

Incluso, aun siendo certezas, conviene no confundirlas con la verdad.

Me gustan quienes son capaces de hacer algo porque lo saben, porque lo quieren, porque lo realizan. Les admiro. Sin embargo, me inquietan quienes se las saben todas. Desconfío de la arrogancia de cuantos no parecen dudar, hablan con imposición disfrazando de contundencia su debilidad. Resulta gratificante escuchar a alguien que sabe de algo reconocer que no sabe de todo. Cuando oigo decir con sencillez “yo no lo sé”, me entrego. Porque nada es más sabio que asumir las propias limitaciones. Sin embargo, no siempre se agradece esta sinceridad. Menos aún, que alguien reconozca sus fallos o sus equivocaciones o sus errores. A pesar de ello, considero que es necesario hacerlo, sin afectación, sin flagelarse. Despierta mi confianza ver a alguien rectificar.

En muchas ocasiones, uno toma posición, y no tanto porque ya conoce la respuesta, sino porque busca encontrar y precisa de la sana confrontación, de la conversación de los demás. El buen debate ha de incluir alguna duda, alguna búsqueda. Eso supondría contar con los otros. No creer que uno lo sabe ya todo y mejor que los demás y estar dispuesto a dejarse decir algo son condiciones indispensables, no sólo para aprender sino para crecer y vivir. Cuando aparecen en público arrogantes discursos que se proponen, no ya sólo como solución sino como salvación, cuando descalifican los esfuerzos ajenos y se muestran tan seguros de sí que, más que ofrecer, imponen, me resisto y, lo reconozco, me pongo a la defensiva. Muchas veces, al escuchar a eufóricos y convencidos, que tal vez confunden su contundencia con la necesaria ilusión o determinación, pienso que hay un no sé qué que me dice que no es eso. Algo sé cuando otro pretende saber todo, que no es así.

Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) es catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma de Madrid, de la que es actualmente también rector.

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La serpiente que danza, de Raúl del Pozo en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 20 febrero, 2008

EL RUIDO DE LA CALLE

Ni siquiera la renuncia de Fidel Castro ha podido hacernos olvidar que España sigue pudriéndose en el nicho donde la entierran los nacionalistas, mientras arden las primeras hogueras en los guetos. Me han contado mis gargantas profundas que Pujol, Mas, Ibarretxe, Quintana, Carod-Rovira, Roca, y toda la guarnición de desvaríos, han brindado con champán. Me aseguran que algunos han preferido el cava, producto más nacionalista, desde que lo introdujo Raventós, que trabajó de aprendiz en la casa Mercier. Debieran haber tomado también ostras y caviar porque Europa, la vieja lumi espatarrada en el bidé mientras pasa un pelotón de marines, ha apoyado la secesión de Kosovo. Al tontarra o manta de Moratinos le han dicho, hipócritamente, que es un caso único y que no sienta ningún precedente. Se lo ha creído.

Que también brinden con champán, aunque sea en vasos de plástico, los de ETA, los de HB, todos los chapados. Su horizonte penal se despeja. Los sicarios de hoy serán calles de mañana. Cuando Margaret Thatcher cacareó hace 18 años que el que pensara que el Congreso Nacional Africano iba a llegar al poder estaba en Babia, no podía imaginar que unos años después Mandela iba a ser recibido por la reina Isabel.

Que tomen los independentistas caviar con canela molida ya que, según Pla, los de Esquerra se mueren por las huevas de esturión, mientras Moratinos, de aquí para allá, la imagen de una España desesperada y neurótica, nos propone el eje Madrid-Moscú. Y decían que iban a llevarnos al corazón de Europa.

Los nacionalistas catalanes sienten terror por la claridad, los independentistas vascos militan en la hipocresía eclesiástica; esta vez no han disimulado su alegría al comprobar que es mentira eso de que Europa no consentiría una secesión. Pero si ya van 10. Esta, la de Kosovo, ha sido reconocida en menos de 24 horas por EEUU y por el marido de Carla Bruni. Europa ha dado a luz una nueva nación y en el parto se ha bifurcado. Ha nacido un país que no produce nada, excepto odio étnico, contrabando, terrorismo y la resurrección de dos europeos ruines llamados Chauvin y Guillotine.

Europa será un banco, la pensión de Solbes, los años sabáticos de los políticos haraganes, mil Andorras y tres potencias. Vuelve a parecerse a la que entre 1914 y 1945, de Madrid al Volga y del Artico a Sicilia, exterminó 100 millones de seres humanos -niños, ancianos y mujeres- que perecieron por obra de la deportación, la guerra y las limpiezas étnicas.

Las primeras hogueras evocan aquella guerra en la que millones de judíos, polacos, alemanes perdieron su hogar. El nacionalismo ha destruido Europa dos veces y la aniquilará definitivamente. Serán los verdugos con los idiomas de hablarles a las gallinas, una manía de primates, dinamita verbal, tirón del bolso presupuestario.

A mí me parece que el Estado español carece de respuesta ante la serpiente que danza.

© Mundinteractivos, S.A.

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La batalla por el voto de ‘currantes’ y jubilados, de Francisco Núñez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 20 febrero, 2008

ELECCIONES 9M

Las propuestas fiscales de PSOE y PP tienen idéntico objetivo: rebajar el IRPF a las rentas de trabajo, donde se encuentra el voto masivo. La devolución de 400 euros o la exención del pago a ‘mileuristas’ centran las ofertas electorales.

Los partidos políticos no dan puntada sin hilo a la hora de anunciar una rebaja de impuestos. Toca cada cuatro años, cuando el contribuyente pasa por las urnas. El objetivo de las reformas anunciadas por los partidos mayoritarios es el mismo: las rentas de trabajo, donde se encuentra el voto masivo (hay entre 13 y 15 millones de empleados por cuenta ajena y pensionistas). La cifra es superior si se incluye a los que no están obligados a declarar por sus bajos ingresos (si lo hicieran, se llevarían una grata sorpresa para sus bolsillos, sobre todo los que no han trabajado durante todo el año, temporales o extemporáneos).

El PP se adelantó por la mano al PSOE al plantear inicialmente una reforma dirigida a las rentas más bajas (mileuristas y pensionistas), es decir, el presunto suelo electoral socialista.

A esta oferta de los populares de eximir de tributación del IRPF a los que obtengan ingresos por debajo de 16.000 euros al año (cobrarán su nómina mensual completa y sólo se les minorará el pago de las cotizaciones a la Seguridad Social), le siguió una más amplia del 16,5% de media para cada contribuyente. Se trata de una reducción generalizada de este impuesto, mediante un incremento de las deducciones en Base Imponible de los denominados mínimos personales, familiares y rendimientos de trabajo, una rebaja de los tipos marginales en una tarifa de tres tramos y una deducción en cuota de 1.000 euros para la mujer trabajadora.

Sin embargo, todavía no se conoce con detalle la totalidad de la propuesta del PP (por ejemplo, cómo queda la tarifa y si comienza a partir de los 16.000 euros de ingresos con un tipo del 20% de golpe, las deducciones por inversión en vivienda; alquileres, fondos de pensiones, rendimientos de las rentas de capital, o si se va a potenciar el ahorro a largo plazo).

Por su parte, el PSOE contraatacó denunciando el exceso de gasto que a su juicio supone la oferta del PP mientras que Zapatero y Solbes se han sacado de la chistera una oferta inusual en época inflacionista como la de devolver 400 euros de cuota a las rentas de trabajo. Se trata de una propuesta no exenta de cierta improvisación política.

Por ejemplo, Zapatero anunció que se iba a dar a todos los trabajadores 400 euros mientras que Jesús Caldera, ministro de Trabajo y coordinador del programa electoral socialista, mantuvo que iban dirigidos a «favorecer a los que menos tienen». Solbes ha tenido que matizar la oferta. En realidad, consiste en devolver 400 euros de la cuota del IRPF. Pero para que el contribuyente reciba esa cifra tiene que haberlos pagado o al menos haberlos generado en la cuota (resultado de la liquidación de la declaración de la renta). Es decir, que las rentas más bajas (por debajo de 9.000 euros, el resultado de la cuota es cero) no van a oler un solo euro de devolución porque no pagan impuestos (tampoco los que no estén obligados a declarar).

De ahí que el vicepresidente económico haya precisado que la propuesta de Zapatero es «para todos los que paguen impuestos, unos se llevarán 400, otros 300, otros 180 y quizá algunos no se lleven nada».

También dijo Zapatero que afectaría a 13,5 millones de trabajadores y ya existen estudios de que al menos la mitad no se va a poder beneficiar ni siquiera de unos euros (por ejemplo, hay muchos contribuyentes que apuran en cuota deducciones como la vivienda y los hijos, y no podrán llegar a esta nueva).

Además, Caldera manifestó que estos 400 euros «servirían, por ejemplo, para hacer frente al incremento en el último año del coste de una hipoteca media de unos 150.000 euros». Sin embargo, fue el PSOE quien en la última reforma del IRPF bajó del 25% (o 20%) hasta el 15% la deducción de la nueva inversión en vivienda. Es más, en la última actualización de algunas deducciones y de la tarifa con la inflación prevista para 2008 (2%), sigue el Gobierno olvidándose de deflactar el límite de inversión máxima (9.015 euros).

Por si fuera poco, Solbes dijo que sólo iba a afectar a las rentas de trabajo y ahora Zapatero ha anunciado, después de señalar lo contrario, que incluirá a los autónomos.

LAS PROPUESTAS DE LOS PARTIDOS

Renta

PSOE. Su oferta se circunscribe a las rentas de trabajo y tendría efectos a partir de junio. Se trata de una deducción de 400 euros en cuota que afectaría a quienes tuvieran que pagar al menos esa cantidad al fisco. El Gobierno devolvería 200 euros en junio de golpe, o la mitad de la cuota si es inferior, y el resto a través de una reducción de las retenciones.

PP. Ofrece una reforma integral del IRPF con una reducción media del 16,5% para todos los contribuyentes. Entraría en vigor en 2008 con una reducción de la tarifa en tres tramos y unos tipos marginales entre el 20 y 40%. No pagarían este impuesto las rentas de trabajo inferiores a los 16.000 euros. Crearía una nueva deducción en cuota de 1.000 euros para la mujer trabajadora.

IU. No reduciría tipos y tramos de la tarifa. Revisaría la deducción de la compra de vivienda para concentrar las ayudas públicas en el acceso a los pisos de alquiler. Reduciría el límite objeto de la deducción por aportación a planes de pensiones.

Sociedades

PSOE. Sólo abordaría una reducción de los tipos si hubiera margen presupuestario (superávit) para hacerlo de acuerdo con la media europea (24,5%).

PP. Situaría el tipo general de las grandes empresas en el 25% y en el 20% el de las pymes.

IU. Incrementaría el tipo de los bancos al 35% y establecería una «Tasa Especial sobre el beneficio sobredimensionado» para los bancos que lo superen en tres veces el IPC previsto, que se destinaría a programas sociales.

Sucesiones

PSOE. Modificaría la tributación de los descendientes hasta dejar exentas las herencias por debajo de los 60.000 euros. También eliminaría el Impuesto de Patrimonio.

PP. Eliminaría el impuesto a hijos, cónyuges y ascendientes. Suprimiría además el Impuesto de Patrimonio.

CiU. Suprimiría tanto el Impuesto de Sucesiones, para evitar la deslocalización de los patrimonios entre comunidades autónomas, como el de Patrimonio.

IVA

PSOE. Situaría en el tipo reducido (7%) la tributación de algunos productos, entre ellos los sanitarios o los relacionados con la cultura.

PP. Establecería un tipo del 4% (superreducido) para los productos básicos. Es preceptiva para esta oferta, y la de los demás partidos, la autorización de la UE.

IU. Propiciaría la minoración de este impuesto para ciertos bienes y servicios de primera necesidad, como el transporte colectivo de viajeros, los suministros de luz, agua, teléfono y gas de las economías domésticas, así como de productos culturales y destinados a niños y bebes hasta el 4% (7% actual).

El coste de las rebajas fiscales

No existe norma alguna que obligue a los partidos políticos a presentar una memoria económica valorando sus propuestas electorales. Esta situación permite realizar cualquier tipo de oferta, cuestionar las de los demás sin ningún argumento o presentar otras parecidas sin sentido y luego modificarlas según las reacciones de los votantes.

Así, según el PP, su oferta fiscal es asumible porque las reformas fiscales anteriores han aportado a las arcas del Estado más ingresos (cuando se reduce la imposición directa, se activa el consumo al liberarse poder adquisitivo, y produce retornos recaudatorios por la vía de otros impuestos, sobre todo por IVA). Los ‘populares’ piensan que ahora va a suceder lo mismo y que su propuesta no tendrá coste efectivo alguno.

Sin embargo, para el PSOE, la propuesta del PP puede costar desde 5.000 millones de euros hasta los 30.000 millones.

Dependerá de cómo se realice la supresión del IRPF para los que ganen menos de 16.000 euros.

Si se hace mediante una tarifa que comenzaría a partir de esa cifra (en este supuesto, quien gane 16.001 euros tributaría al 20%, aunque se compensaría este efecto en parte con el aumento de las deducciones), el coste sería de 5.000 millones, dicen en el PP (seguramente algo más). Pero si se considera esa cifra como mínimo exento (nadie tributaría por los primeros 16.000 euros ganados) podría llegar, como dice Solbes de forma interesada, a los 30.000 millones.

El PSOE ha cuantificado que devolver 400 euros a las rentas de trabajo costaría también 5.000 millones. Pero tampoco salen las cifras. En un principio, Zapatero anunció que las devoluciones afectaría a 13,5 millones de contribuyentes. Y se ha demostrado que el número de afectados es la mitad y que no todos van a percibir esa cantidad.

Además, cuando se dijo que era una medida inflacionista, el Gobierno la rebajó a 3.400 millones (por el retorno de otros impuestos) y luego la ha incrementado en otros 1.000 millones por la incorporación de los autónomos tras su protesta por no haberseles incluido inicialmente.

© Mundinteractivos, S.A.

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Entre las ideas y las creencias, de Javier Pradera en El País

Posted in Política by reggio on 20 febrero, 2008

Aunque la campaña electoral sólo arrancará oficialmente el próximo viernes, la convocatoria para el 9-M abrió de par en par la caja de los truenos propagandísticos que habían empezado a retumbar ya desde el verano. De hacer caso a los últimos sondeos de opinión, los dos cabezas de cartel que se disputan la victoria en votos y/o escaños galopan hacia la meta en un pañuelo. Si bien los socialistas mantienen todavía ventaja sobre los populares (entre un punto y medio y los cuatro puntos largos), crecen las incertidumbres en torno a una carrera tan reñida que podría resolverse dentro de 20 días por foto-finish.

En la pugna librada durante el último mes, el PP tomó claramente la iniciativa. Durante esa etapa, las principales consignas escogidas respectivamente por los socialistas -Motivos para creer- y por los populares -Las ideas claras- podrían resumir el espíritu de sus diseños de agitación y propaganda. En esos enfrentados lemas del PSOE y del PP parece resonar la célebre contraposición de José Ortega y Gasset recogida en un ensayo -Ideas y creencias- no menos famoso.

No cabe olvidar, sin embargo, que el significado de los términos nunca es el mismo en el lenguaje de las reflexiones filosóficas que en la cháchara de la publicidad política. Ortega distinguía entre las ideas-ocurrencias, esto es, las ideas que producimos, sostenemos, discutimos y propagamos, y las ideas-creencias, que son el asiento de nuestra vida. Las funciones de las unas y de las otras son diferentes e incluso antagónicas. Mientras que las ideas propiamente dichas designan el resultado obtenido por la ocupación intelectual, las creencias ni siquiera llegan a ser formuladas: no están en nosotros de forma consciente “sino como implicación latente de nuestro pensamiento”.

Pero las ideas claras difundidas por Mariano Rajoy no son esos pensamientos explícitos sobre las cosas de que habla Ortega, sino instrucciones dirigidas a los fabricantes de los llamados argumentarios del PP (los catecismos de las consignas de los militantes populares y de sus réplicas a las contestaciones socialistas) para marcar la agenda de las cuestiones a debatir en la campaña electoral con un lenguaje y unos contenidos uniformes. Se diría que los dirigentes del PP han ido punteando los motivos de queja o de preocupación expresados por los ciudadanos en las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) para explotarlos luego de forma machacona y obsesiva mediante críticas y compromisos electorales expresados verbalmente siempre de modo idéntico.

El fracasado diálogo del Gobierno con ETA para acabar con la violencia fue presentado a lo largo de la legislatura por el PP y sus periodistas de cabecera como un plan secreto ya en marcha dirigido a rendir al Estado de derecho frente a los terroristas, anexionar Navarra al País Vasco y situar a Euskal Herria (con los territorios ultrapirenaicos incorporados) en la rampa de salida hacia la independencia. Destinado a ser el plato central de un banquete canibalesco de ideas tan claras como falsas, la eficaz respuesta de las fuerzas de seguridad al desarticular varias redes terroristas y detener a sus miembros tras la asesina ruptura unilateral de la tregua por ETA y las demandas del Gobierno y el ministerio fiscal para conseguir la ilegalización de EHAK y ANV por la vía civil y la vía penal como continuadoras de Batasuna, han obligado a los populares a tirar ese burdo guisote al cubo de la basura.

El PP no sólo ha situado en un segundo plano -aunque sin abandonarlas- las referencias a ETA sino que también se ha visto forzado a poner sordina a sus estridentes denuncias de antaño sobre la ruptura de España por culpa de la política territorial de Zapatero. La razón de ese hipócrita viraje es doble: la eventualidad de tener que pactar con CiU para formar Gobierno si gana las elecciones y la participación de los dirigentes regionales populares en las reformas de los estatutos de todas las comunidades excepto Cataluña.

La ayuda de la Divina Providencia en forma de ciclo económico a la baja ha venido, sin embargo, en socorro del Partido Popular, dedicado a aterrorizar en plena campaña electoral a la población con la manipulación demagógica del paro y la inflación. Los renglones habituales de ley y orden propios de la ideología conservadora -xenofobia, mano dura contra la delincuencia, reforma del Código Penal, etc.- completan el plan b de los populares.

La apelación del PSOE a los motivos para creer recuerda la invitación de Ortega a penetrar hasta el estrato más hondo de “las creencias inexpresas” con el argumento de que el factor de máxima eficacia sobre el comportamiento humano “reside en las implicaciones latentes de nuestra actividad intelectal”. Si la campaña socialista sirviese como prueba decisoria, la aplicación de esa consigna abstracta a la conquista del voto no conseguiría aprobar el examen.

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Inmigración: evitar el racismo y la demagogia, de Sami Naïr en El País

Posted in Política by reggio on 20 febrero, 2008

Cuatro años después de la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al poder, es necesario echar un vistazo retrospectivo a su actuación en materia de política inmigratoria. Este balance es tanto más útil cuanto que algunos pretenden, una vez más, hacer de la inmigración uno de los caballos de batalla de la contienda electoral.

Evidentemente, no se trata aquí de pasar revista a una legislatura que ha tenido, como todas, altos y bajos. Sin embargo, cabe afirmar que las decisiones tomadas por el Gobierno español en cuestiones fundamentales, que comprometen el futuro del país y conciernen al refuerzo de la cohesión social, sorprenden por su audacia y su rigor.

En el fondo, y posiciones partidistas aparte, desde fuera, está claro para muchos que estos cuatro últimos años han sido los de la entrada de España en el club de los países más avanzados de Europa, e incluso que, en lo que atañe a las cuestiones denominadas “de sociedad”, se ha colocado simple y llanamente a su cabeza. De hecho, las leyes sobre la igualdad hombre-mujer, sobre la violencia conyugal, sobre la dependencia y el matrimonio entre personas del mismo sexo han propulsado a España a la primera fila de la democratización de las sociedades europeas. Se trata de una ineluctable modernización de las relaciones sociales para afrontar los desafíos del siglo XXI a la que tendrán que enfrentarse, quieran o no, todas las sociedades democráticas europeas.

Sin volver sobre la retirada de la aventura en la que el anterior presidente del Gobierno involucró al país -pese a que él mismo tenía serias dudas sobre los argumentos de la Administración de Bush-, y que el desventurado pueblo iraquí cifra en cientos de miles de muertos, es el terreno de la inmigración, tal vez el mayor desafío de cara al futuro, el que da la verdadera medida del alcance de esta responsable manera de concebir la cohesión social.

La llegada al poder de Zapatero, en marzo de 2004, se produjo en condiciones difíciles. Los atentados del 11-M enmascararon durante algún tiempo los cuatro años precedentes, en los que la situación de la inmigración se había degradado brutalmente. Las razones que explican esa degradación son muy diversas, pero todas ellas participan de una misma problemática fundamental: España, nuevo país de inmigración, se estaba inclinando peligrosamente hacia una gestión cínica e instrumental de los flujos migratorios, en particular con el rechazo a la regularización de varios cientos de miles de trabajadores sometidos a la ilegalidad -y explotables a voluntad-, y con la tendencia a utilizar a la inmigración legítima como chivo expiatorio de los problemas de convivencia del país.

La inseguridad, el racismo proyectado sobre el inmigrante, todo en este terreno, no podían sino inquietar al observador. Ahora bien, al regularizar rápida y masivamente a los inmigrantes, el nuevo Gobierno levantó un verdadero dique jurídico contra la tendencia a la intolerancia y la exclusión social. Por otra parte, y no es poca cosa, contribuyó a ingresar en las arcas del Estado unos enormes dividendos, apuntaló la Seguridad Social universal y permitió que una gran parte de los jubilados españoles se beneficie de la participación activa de los inmigrantes en los fondos de pensiones -sin contar, por supuesto, la le-galización de sectores enteros de la economía del país-. En este plano, el balance es muy positivo.

Los Gobiernos europeos que criticaron al español por aquella regularización no pueden darle lección alguna: al año siguiente, Gran Bretaña regularizó sin consultar con nadie a decenas de miles de personas, lo mismo que Italia, Alemania e incluso, de forma más alambicada, Francia.

Pero no hay que perder de vista los desafíos pendientes.

Ante todo, si la política de control de flujos en las fronteras es indispensable, la actuación a favor de una política europea más abierta en materia de inmigración no lo es menos. Las corrientes migratorias no sólo existen, sino que van a intensificarse. Naturalmente, no sirve de nada convertir esta idea en un tema de comunicación gubernamental, pero, en cambio, es esencial que España, situada a las puertas de un continente africano minado por una fuerte demanda migratoria, haga comprender a la Unión Europea que no puede gestionar sola esos flujos ni, aún menos, verse reducida al ingrato papel de gendarme de la fortaleza europea.

Dicho de otro modo, España debe situar las cuestiones del desarrollo global de África y del codesarrollo vinculado a los flujos migratorios en el centro de su estrategia europea. Para dotar de contenido a la noción de “diálogo de civilizaciones”, también convendría colocar en el centro de ésta la cuestión de las migraciones.

La regularización de los flujos migratorios sólo puede llevarse a cabo mediante acuerdos y políticas bilaterales con los países de origen, aprovechando el efecto masa de la riqueza europea para establecer una dinámica de solidaridad económicamente beneficiosa para todos. Desde este punto de vista, toda política basada sólo en objetivos cuantitativos de expulsión o negación de la acogida haría cada vez más difícil la gestión compartida de los flujos y, por tanto, el desarrollo. Hay que trabajar con los Estados de origen, apoyándose en Europa.

A continuación, la integración de los inmigrantes presentes en el país representa otro gran desafío. No es tarea fácil, y menos cuando algunos parecen decididos a servirse de la inmigración para enfrentar a unos ciudadanos con otros. Es indispensable articular políticas de lucha contra la xenofobia y el racismo, y, sobre todo, estrategias de mestizaje en todos los ámbitos, para que los ciudadanos se mezclen por medio de la vivienda, la educación y el empleo. La lucha contra el racismo debe ser competencia de la ley, pues cuando se discrimina al inmigrante en función de su color, religión o nacionalidad se atacan, además, los fundamentos del Estado de derecho. ¿Acaso estos últimos treinta años no han demostrado, en varios países europeos, los estragos que puede producir el auge de los sentimientos xenófobos y racistas sobre la cohesión social?

Para integrarse en las mejores condiciones, los inmigrantes han de dominar el idioma del país de acogida. Todo el mundo está de acuerdo en eso, empezando por los propios interesados. Es, naturalmente, en ese país donde hay que organizar cursos. Por otra parte, y a título de información, hay que decir que la experiencia francesa del “contrato de integración” deja bastante que desear. Todos los estudios elaborados sobre ese “contrato” demuestran, primero, que se trata de un procedimiento reducido a la más simple expresión de control administrativo de una población vulnerable; y, segundo, que muchos de los que temen que no se les renueve el permiso prefieren entrar en la clandestinidad.

En cuanto al sistema del visado por puntos, utilizado en Canadá por razones históricas, obligaría al Gobierno a una arbitrariedad total hacia los candidatos a la inmigración, lo que sería contraproducente para un país como España, que necesita mano de obra barata. Habría que dejar de hacer demagogia con estas cuestiones.

Por último, hay un punto sobre el que se hace necesario un debate público: el derecho al voto en las elecciones locales para los extranjeros regularizados. La mayoría de los inmigrantes no accederá rápidamente a la nacionalidad española; sin embargo, no pueden vivir al margen de la sociedad. El derecho al voto en las elecciones locales sería un poderoso vector de integración. Favorecería la participación ciudadana, responsabilizaría a aquellos que disfrutasen de él, permitiría defenderse a los grupos que son blanco del racismo y, por último, mejoraría la convivencia permitiendo a los extranjeros el ingreso en el sistema de usos y costumbres del país de acogida.

Hay que debatir estas cuestiones de fondo sin demagogia y sin agitar fantasmas. Los que juegan con ciertos miedos en pleno periodo electoral contraen una gran responsabilidad moral.

Sami Naïr es catedrático de Ciencias Políticas, profesor invitado de la Universidad Carlos III. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

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Elecciones, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política by reggio on 20 febrero, 2008

El ojo del tigre

Sustituida la deteriorada dictadura debido, -entre otras cosas, al intenso uso y abuso que, durante cuatro décadas, se hizo de ella-, por la democracia talar con la que se nos uniformó, el discurso genérico de la actual clase política española da por hecho que España ha vuelto a dividirse en dos bandos, que se repelen radicalmente. Igual que ocurrió en los tiempos de la conspiración de los dinásticos, para intentar frenar la marcha acelerada del país hacia una sociedad liberal y democrática, moderna, con un régimen republicano constitucional y parlamentario. En aquella antigua disputa ideológica parece ser que ha desembocado el actual bipartidismo.

Nos hallamos en otro de esos momentos críticos que tantas veces se han repetido a lo largo de las décadas 20 y 30 del siglo pasado; en los que la división política de la sociedad se acentuaba porque lo que estaba en juego, como ahora, es precisamente el gobierno del país. Sin ánimo de molestar a unos, ni de irritar a otros, debo confesar que cada vez que oigo hablar -en estos últimos treinta años- de la importancia que tiene votar a la derecha, o de la necesidad de votar a la izquierda, se me escapa la risa. Incluso, hay quienes piensan que votando al PP cambiará el régimen.

Se olvidan que la Transición significó, en primer lugar, la sustitución de la izquierda histórica por un sucedáneo de la misma, que es para la democracia actual lo mismo que el nescafé : un simple colorante que no altera el sistema nervioso y, además, nos permite dormir y soñar a pierna suelta.

Pero no sólo ha sido sustituida la izquierda por una imitación de la misma, sino que a la derecha le proporcionaron los arquitectos de la reforma de la dictadura una exagerada dosis de franquismo; con la cual, su estructura ideológica actual la compone una mezcla de falangismo, de nacionalcatolicismo y de patriotismo puro y duro. Es, en términos sociológicos, una derecha típicamente posfranquista; muy en la línea de aquella que hace cincuenta años ocupaba un territorio acotado entre los cuatro puntos cardinales de la dictadura: El Pardo, las Cortes, la Plaza de Oriente y el Valle de los Caídos. Entonces, se llamaba Movimiento Nacional. Hoy es el Partido Popular.

La derecha, con la Transición, salió ganando. Como siempre. En cambio, la izquierda lo perdió casi todo. Como siempre también. No es un exabrupto decir que España sigue siendo de derechas. Entre el PSOE y el PP no existen en la práctica diferencias ideológicas sustanciales (las diferencias políticas son otra cuestión); ambos partidos son gemelos univitelinos nacidos del mismo parto: el de la monarquía del Movimiento Nacional.

Plantearse la división ideológica de la sociedad española en esas dos antiguas mitades antagónicas -la derecha y la izquierda, o viceversa- es pura fantasía política; es un espejismo político que sirve únicamente para animar el cotarro electoral. Pero al final, todo se queda lo mismo que estaba: el régimen dinástico que decidió imponer la Superestructura Orgánica que controlaba al país en aquel momento, para superar el trauma del 20-N de 1975. Un régimen basado en un sistema que sigue siendo uno y trino: Dios, Patria, Rey.

El bipartidismo es un viejo invento de los dinásticos españoles del siglo XIX retomado en los años 80, después de descomponerse la UCD, por el PSOE y el PP. A Zapatero habría que llamarle Sagasta; a Rajoy, Cánovas (suponiendo que se lo permitiera su progenitor político: Aznar). Las diferencias entre uno y otro partido son meramente anecdóticas. Si Z promete devolverles a los contribuyentes 400 euros, R asegura que, con él en la Presidencia del Gobierno, los españoles tendrán dentista gratis total. No hay diferencia ideológica alguna; solamente plantean posibilidades diferentes para sus electorados. Con el PP, media España se quedaría con la boca abierta. Con el PSOE, la otra media tendría la culta oportunidad de completar su formación política leyendo los siete tomos de las obras completas de don Manuel Azaña, cuyo precio es de 390 euros. Aún sobran diez para un aperitivo. Con Rajoy, media España le enseñaría los dientes a la otra media; y ésta, con la lectura de los discursos políticos de Azaña, se convencería de que la boca no sirve sólo para morder al otro, sino para dialogar sensatamente con él.

La erradicación de la izquierda obrera ha dejado coja a la democracia pluralista. Es probable que para algunos -sobre todo para los militantes de la izquierda light- esta idea sea excesivamente antigua para tomarla en serio. Y para los intelectuales de esa otra izquierda transversal, sería una estupidez; sobre todo, teniendo en cuenta que desde mediados del siglo XIX, los ilustrados izquierdistas de este país le dieron la espalda al movimiento obrero.

Reivindicar esa izquierda obrera, en pleno delirio consumista (dice consumista, no comunista), es tan disparatado como pensar que Zapatero es un presidente rojo despistado en un viejo país ultraconservador. A pesar de todo conviene insistir en recordar al movimiento obrero, aunque solo sea para compararlo con la izquierda elaborada a brazo durante la chocolatada de los Pactos de la Moncloa: esta fue -es- una izquierda homologada con la derecha para que el sistema funcione como la seda. O sea una izquierda que facilita el juego político de las dos únicas alternativas al poder: el PSOE o el PP.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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Limar las aristas, de Javier Ortiz en Público

Posted in Política by reggio on 20 febrero, 2008

El hábito sí hace al monje. Claro que para ello es imprescindible que estemos habituados desde la infancia a identificar sus vestimentas –estrafalarias, vistas desde otras latitudes– en tanto que señas reconocibles (y normales) de identidad.

Por las mismas, los hábitos de ceremonia de los papas, cardenales y obispos tienen un origen histórico indiscutible, pero mirados hoy con visión del siglo XXI, sobre todo por quienes hace decenios que no frecuentamos los ceremoniales católicos o no los hemos frecuentado jamás, nos producen una viva sensación de extrañamiento. No digamos sus idas y venidas en los altares, sus frases cabalísticas, sus confirmaciones con cachetes (¿no los reprueba la ley?)…

Ítem más: que haya fervientes católicos que critiquen que otras religiones discriminen a las mujeres, cuando su propia confesión establece un tope de promoción femenina más que limitado, es cualquier cosa menos razonable.

No me propongo desprestigiar las prácticas católicas. Estoy tratando tan sólo de criticar a los fariseos que montan el pollo por el pañuelo islámico en la cabeza ajena sin ver el palio sobre la propia. Y no digamos a aquellos que, para más inri, pretenden que la religión católica sea una asignatura más en la Enseñanza de niños y púberes. Esos no tratan de poner un velo en la cabeza, sino delante de los ojos.

Si hay mujeres u hombres que desean colocarse un pañuelo o una kipá en la cabeza, porque así se sienten más identificados con sus comunidades culturales, lo que habrá que hacer con ellos es lo mismo que con el resto: educarlos pacientemente en la igualdad. Será así, y no con prohibiciones, como irán atenuándose sus deseos de segregarse.

Las tradiciones, precisamente porque lo son, vienen de tiempos todavía más irracionalistas (¡todavía!) que los actuales.

Y no sólo las tradiciones religiosas. ¿Qué sentido tiene la corbata masculina occidental? ¿Y  que muchas mujeres se pinten la cara y la mayoría de los hombres no? ¿O que se depilen? ¿O que la casi totalidad de los europeos hayamos descartado una prenda tan cómoda como la falda?

Es el roce suave pero constante entre las moles culturales el que acaba por limar las aristas.

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Los debates entre Zapatero y Rajoy no moverán el voto más allá de dos puntos, de Antonio Bernabéu en El Confidencial

Posted in Política by reggio on 20 febrero, 2008

Resulta improbable que en tiempos de campaña se alumbre la claridad política, o la sensatez económica, o el talante moral. Si matara el ridículo, tribunas y escenarios estarían repletos de pálidos cadáveres. Pero, ni siquiera hay heridos ni a nadie se le encienden de rubor las mejillas, una manifestación elegante tristemente olvidada.

Por fortuna es muy bajo el número de gentes que recuerdan, al cabo, la cantidad de absurdos, de promesas fantásticas y salidas de tono entre las que deliran tanto los teloneros como las figuras políticas en estos días tontos. ¿Dónde, entonces, apoyar los criterios que guíen nuestra mano al votar en las urnas?. Es muy breve el espacio que ocupa en todo esto la racionalidad.

Porque no es racional la promesa que ofreció Zapatero de fabricar un millón largo de puestos de trabajo, solo para mujeres, si no se lo propone dilatando hasta el colmo el tamaño, ya inflado, de nuestra función pública. La creación de empleo es un asunto que incumbe a las empresas, aunque pueda el Gobierno pactar con sindicatos y con la patronal la equiparación de salarios.

Porque no es racional, y menos patriótico, que el buen Arias Cañete se muestre deprimido al contemplar que la economía española aún crece al 3,8%, una cifra mejor de la que le conviene. Porque no es racional el propósito de Rajoy de atraerse a las faldas con unas cuantas dádivas, mientras rechaza una Ley de Igualdad que no solo estructura sino que dignifica el papel femenino. Porque no es racional, y es ruin, el discurso de Felipe González hablando de fideos en la boca de Mariano Rajoy en vez de procurar una elevación del debate.

En fin, la duda crece, ya que si nos atenemos a aquello que confiesan los sociólogos serios el sistema de encuestas y de cifras desnudas nunca nos anticipa movimientos profundos entre la población. Y cabe recordar, a este efecto, aquel mayo de hace cuarenta años; Francia crecía por encima del 5% y un 1,2% de paro rozaba el pleno empleo. Nada que detectara un clima de revuelta, pero revuelta hubo.

Tal vez los ciudadanos reclamen, en el fondo, determinado tipo de seguridad transparente en sus líderes, que no se le está dando; una confianza madura, donde se integren las contradicciones del mundo. Y aquí no importa tanto que se desacelere el ritmo de nuestro crecimiento –también lo sufre Europa- sino que nos convenzan de que creceremos mejor aunque crezcamos menos.

La decantación que produzcan las urnas, este nueve de mayo, va a venir impulsada por elementos apenas detectables, de corte psicológico. Porque, en la economía, el modelo puede ser compartido, sin el menor esfuerzo, por gentes del PP y del PSOE, y nadie se enamora del deflactor del PIB. En nuestra sociedad abierta pesan más las atmósferas que alientan el respeto y también los tamaños de aquella tolerancia donde puedan caber todas las libertades.

Seguirá funcionando la visceralidad y el alineamiento cerrado que cimientan el suelo de todos los partidos. Pero el voto flotante, el voto de los críticos que definirá los comicios es de una esencia frágil y escapa a los sondeos. La cosa está apretada. Sólo queda comprobar el efecto de los esperados debates entre los candidatos, aunque este efecto no va a mover el voto más allá de dos puntos en un sentido u otro. En el 63 fueron cuatro los puntos, a favor del PSOE, cuando se enfrentaron Aznar y Felipe González. No es probable que ahora se alcance ese nivel. Así que la tensión y el suspense quedan asegurados.

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De mudanzas y huelgas, de Juan Francisco Martín Seco en Estrella Digital

Posted in Economía, Política by reggio on 20 febrero, 2008

Existe una cosa que se llama pudor y buen hacer democrático. El pudor obliga, por ejemplo, a un Gobierno en funciones a tomar exclusivamente decisiones de trámite e inexcusables, lo que, es verdad, no siempre se hace. El pudor debería conducir a que poco antes de unas elecciones generales ningún ministro diese por sentado que va a continuar en el cargo. Primero, por respeto a los electores, nadie puede garantizar que ganará los comicios; y, en segundo lugar, porque aunque sea consideración al futuro presidente del Gobierno, que debe gozar de toda la autonomía e independencia posibles para formar su propio Ejecutivo. Obrar de otra manera es de una pedantería, arrogancia y prepotencia que raya en lo grotesco y en lo ridículo.

Creo que era San Ignacio el que decía “en tiempos de tribulación, no hacer mudanzas”. No sé si estamos en tiempo de tribulación, pero sí de elecciones, y en estas circunstancias el señor ministro de Justicia debería haberse abstenido de hacer mudanzas. Lo de menos es si el piso necesitaba o no de arreglo, o si 250.000 euros parece o no una cantidad excesiva para acondicionar una vivienda. Lo importante es que queda menos de un mes para la consulta electoral y el decoro, un mínimo de modestia y respeto democrático deberían conducir a que ningún miembro del Ejecutivo suponga que va a seguir en el cargo.

Mientras el ministro hace mudanza, los juzgados permanecen cerrados y, según parece, excepto morirse poca cosa más se puede hacer en estos momentos en la Administración de Justicia del Estado, es decir, en aquellas comunidades a las que aún no se les han transferido las competencias. Nueve mil funcionarios están en huelga. Razón: que quieren equipararse retributivamente con sus homólogos de las administraciones autonómicas. Parece justificado. El único inconveniente es que motivo similar en mayor o menor medida pueden aducir la totalidad de empleados públicos de la Administración Central. En muchos casos, la diferencia retributiva con sus equivalentes de las Comunidades Autónomas o de los Ayuntamientos resulta escandalosa. La situación es tanto más hiriente cuanto que los mecanismos de reclutamiento en estas administraciones han sido en muchos casos bastante dudosos.

Existe un elemento añadido que viene a agravar la situación, convirtiendo lo que puede ser un caso de desigualdad retributiva en un mecanismo de distorsión funcional. El Ministerio de Administraciones Públicas se empeña en mantener la movilidad de personal entre todas las administraciones, lo que genera que el Estado sufra una sangría permanente de recursos humanos, normalmente los mejores, atraídos por unas retribuciones muy superiores en la Administración periférica. Cada vez son más las Comunidades Autónomas que juegan al victimismo reclamando al Estado supuestos déficit mientras asumen gastos superfluos o extraordinarios y retribuyen a sus funcionarios muy por encima de lo que lo hace la Administración Central.

Decía Feuerbach que el hombre se empobrece para tener un dios rico. El Estado lleva mucho tiempo empobreciéndose, no sé si para tener unas Comunidades Autónomas ricas, pero, desde luego, sí costosas. Y como los dioses no son todos iguales, tampoco lo son las Comunidades, lo que genera un claro proceso de desigualdad. Estamos empeñados en acentuar la pluralidad, y nos olvidamos del máximo valor constitucional, que es la igualdad. La pluralidad está bien en el ámbito cultural y en el de las costumbres, si es que la globalización y las multinacionales nos lo permiten. Resulta un poco irónico pretender remarcar las diferencias entre las regiones españolas cuando vemos que la homogeneidad de costumbres y de hábitos se extiende imparable desde Arkansas hasta China. No hay un lugar en el mundo que esté libre de la Coca-Cola y de su modo de vida. La pluralidad, por el contrario, en ningún caso puede servir de coartada para establecer una desigualdad en los impuestos, en las prestaciones sociales, en el desarrollo económico, en la educación, en la sanidad o en las retribuciones de los funcionarios, que es lo mismo que decir en los servicios públicos.

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