Reggio’s Weblog

Cuentos de hadas sobre la crisis, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía, Internacional by reggio on 12 febrero, 2009

La interpretación más difundida sobre la crisis es que la codicia y la desregulación financiera generaron una burbuja especulativa. Cuando cayeron los precios de los bienes raíces, la burbuja reventó. En este proceso, los consumidores se tiraron tremenda borrachera de consumo y la codicia de los bancos estadunidenses llevó a otorgar hipotecas a personas que no eran sujetos de crédito. Los activos tóxicos contaminaron bancos, corporativos y fondos de inversión en todo el mundo. Eso congeló el crédito interbancario, colapsó la demanda y vino la recesión.

Este cuento tiene la ventaja de ser conciso y claro. Su defecto no es que sea falso, sino superficial. Se necesita un diagnóstico más serio sobre la naturaleza de la crisis. De lo contrario no hay garantía de que la medicina funcione y hasta puede estar contraindicada.

Por eso hay que hacer algunas preguntas más incisivas. ¿Por qué los mercados no corrigieron los desequilibrios? Respuesta: el mito de los mercados bien portados es la primera víctima de esta crisis. En el caso de los mercados de activos financieros, la formación de expectativas conduce de manera sistemática al desequilibrio. Pero, vaya, dirán que eso se arregla con una buena dosis de regulación financiera. Correcto, pero no es suficiente.

¿Cuál es el origen de toda burbuja especulativa? Respuesta: la expansión del sector financiero. Pero eso ya está vinculado con problemas de la economía real. Por ejemplo, la Reserva Federal y las agencias regulatorias del sistema bancario estadunidense permitieron la creación monetaria en exceso y adoptaron la desregulación como bandera porque los sectores reales de la economía del capitalismo estadunidense estaban en problemas.

Esa economía mostraba indicios de estancamiento desde los años 70: reducido crecimiento de la productividad, pérdida de poder adquisitivo de los salarios, caída en la inversión productiva, creciente capacidad instalada ociosa, así como un mayor desempleo abierto y disfrazado. En la década de los 80 también cayeron las tasas de innovación y difusión de “progreso” técnico en ramas clave de la producción (bienes de capital).

El mal desempeño de la economía incluye un marcado deterioro en las cuentas externas y unas finanzas públicas que sólo en apariencia eran sanas. Todo eso estuvo acompañado de una brutal concentración de riqueza y una desigualdad creciente.

El capital estadunidense saltó de una burbuja a otra. También intensificó la búsqueda de opciones para reducir el costo del trabajo. Por eso la subcontratación ciega y el desplazamiento de procesos de producción a entornos que permitían altísimas tasas de explotación. Pero ni las maquiladoras, ni el trabajo esclavo en Asia, frenaron las tendencias negativas.

Los episodios de burbujas financieras siempre están asociados con un entorno en el que la rentabilidad de la economía real comienza a estancarse o a decrecer. La especulación financiera es la salida del capital, aunque en ese deporte extremo los ingenuos pierden hasta la camisa.

La tendencia al sobrendeudamiento, o la propensión a la especulación, no se resuelven con inyecciones astronómicas de dólares a la economía. Desde esta perspectiva, el problema del paquete de rescate bancario de la administración de Bush no es que sea insuficiente, o siquiera que no impuso condicionamientos a los bancos. No, el problema es que es algo así como echar gasolina al fuego.

Hoy la prioridad en Estados Unidos está en la solución de los problemas de la economía real, no en los del sector financiero. Es crucial detener el deterioro salarial y eso pasa por reorganizar todo el modelo económico, redefiniendo la política monetaria y reorganizando la política fiscal para ejecutar un gasto público comprometido con prioridades sociales. Será necesario también abrir nuevos canales de participación pública en las estructuras de gobierno, inventar nuevas formas de control social de los recursos productivos y democratizar el proceso de trabajo.

Claro, eso es lo que el capital aborrece. Prefiere contar fábulas sobre la crisis. Los pueblos deben recibir la lucha que viene con reivindicaciones políticas bien definidas. Deben saber que si no se adopta un programa que enfrente los problemas de la economía real, la crisis va a empeorar. El capital va a resistir por todos los medios a su alcance. Bush lo sentenció: si no se aprueba el paquete de rescate, podría ser necesario invocar la ley marcial y declarar el estado de sitio. Para amenazas, ninguna más clara.

Un análisis similar se aplica, ceteris paribus, a la economía mexicana. Las tonteras de Slim, o las pronunciadas por Calderón-Ortiz-Carstens revelan que desde el poder sólo se busca engañar. Pero los cuentos de hadas son para niños. Y parafraseando a Marx, decimos que los pueblos no pueden regresar a ser niños, a menos que caigan en el infantilismo. Hay niños mal educados y otros, los obedientes, que se convirtieron en adultos prematuramente. Yo creo son preferibles las preguntas de los niños mal educados.

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Davos-Platz, la montaña mágica, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 29 enero, 2009

En 1924 Thomas Mann publicó su novela La montaña mágica, una poderosa reflexión sobre la burguesía europea, la enfermedad, la sexualidad y las tendencias destructivas de la “civilización”. El sitio en el que se desarrollan los acontecimientos es Davos, en ese tiempo dominado por el Waldsanatorium, especializado en curar enfermos de tuberculosis. Hoy esa pequeña ciudad alpina es la sede del Foro Económico Mundial y la ironía es inmediata: la economía mundial está muy enferma, pero no es seguro que vaya a encontrar su cura en Davos.

A pesar de que los indicadores económicos se deslizan cuesta abajo más rápido que los experimentados esquiadores en las pistas de Davos, los participantes en el Foro Económico Mundial buscarán remendar las cosas y relanzar una ofensiva ideológica. El tema de la reunión es colosal: “Moldear el mundo para después de la crisis”. Y el orden del día incluye rubros como la redefinición de las instituciones y sistemas. No está mal. Después de todo, los sistemas financieros y bancarios de Estados Unidos y de Gran Bretaña están al borde de la nacionalización.

Davos siempre ha sido presentada como la reunión más importante del planeta, a la que asistían los personajes más influyentes. Y cada año tuvimos que soportar un alud de propaganda mientras el mundo avanzaba inexorable hacia la crisis financiera, económica y ambiental. Lo cierto es que los ricos y famosos se durmieron en el timón del barco y ahora quieren convencernos de que pueden “moldear el mundo” para después de la crisis.

En Davos siempre se dijo que la globalización era la panacea, el camino natural, no había alternativas al neoliberalismo y estábamos en la época del pensamiento único. No importaban las crisis (México o Brasil, Tailandia o Rusia). Ni las malas noticias en el frente ambiental: emisiones de gases invernadero, deforestación, erosión de suelos, sobrexplotación de acuíferos o extinción masiva de especies. El mensaje que siempre salía de Davos era una variante de la visión del doctor Pangloss: sí, las cosas no están perfectas, pero estarían peor sin nuestra versión de la globalización.

Ahora que la peor crisis del mundo capitalista les explotó en la cara, a los habituados de Davos se les ha ocurrido una estupenda idea: encontrar la horma de la economía mundial que más le conviene al capital. Después de todo, el razonamiento es que el mundo seguirá siendo de los poderosos y su tarea en Davos consiste en definir los contornos de los nuevos pactos sociales que permitirán otro ciclo largo de acumulación de capital.

Los organizadores del Foro informan con orgullo que este año la mayor parte de los participantes serán políticos (incluyendo a Putin y Hu Jintiao, lo que dice algo sobre la redistribución de poder). Los financieros están demasiado ocupados salvando sus bonificaciones de retiro y no podrán asistir. Quizás no los van a echar de menos. El objetivo en Davos es delinear nuevos sistemas de regulación capitalista, quizás con tintes keynesianos y de social democracia, para seguir impulsando la ideología de la globalización. El príncipe de Lampedusa estaría orgulloso: que todo cambie para que todo siga igual.

No importa que la crisis apenas esté comenzando. En Davos se preparan la ceremonia de su funeral. ¿Es esto prematuro? Juzguen los lectores.

En Estados Unidos la política monetaria no está funcionando. A pesar de la tasa de interés cero y la flexibilización cuantitativa (las llamadas medidas no convencionales), el crédito sigue sin fluir. Por otra parte, la administración Obama está negociando un paquete de 825 mil millones de dólares y los republicanos le están regateando su voto. Pero ni siquiera es seguro que ese monto sea suficiente para reanimar a la economía.

La Unión Europea y Japón están en recesión. China ya acusa una fuerte reducción en su tasa de crecimiento. El Fondo Monetario Internacional, otrora tan optimista, considera que el mundo entero tendrá un crecimiento cercano a cero por ciento en 2009. Los participantes en el Foro de Davos no deben aventurarse en las pistas solitarias, no sea que los sepulte una avalancha de malas noticias económicas.

En La montaña mágica, el joven Hans Castorp toma el pequeño tren de cremallera para subir a Davos y visitar a su primo, internado en el sanatorio Berghof. Castorp no está enfermo, pero su corta visita se convierte en una estadía de siete años, a lo largo de los cuales conoce varios personajes. Uno de ellos es el radical Naphta, quien en un debate llega a exclamar: ¡lo que nuestra era necesita es el terror! Si las crisis desembocan en guerras, habría que tener presente la exclamación de ese personaje. Después de todo, esa profecía se hizo realidad en Europa a mediados del siglo XX. Ojalá el futuro no sea tan negro para después de esta crisis.

Los participantes en el foro de Davos, ricos y famosos, no se van a curar de nada. Mucho menos de la soberbia. Pero pueden vivir con las ilusiones de la montaña mágica. Después de todo, tienen la mejor crisis que su dinero les pudo comprar.

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El tiempo de Obama, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 22 enero, 2009

Pasó el momento de la toma de posesión. Comienza el tiempo de Barack Obama. Y como prestó juramento sobre la Biblia, habrá que recordar lo que dice el Eclesiastés (3:7): “hay un tiempo para hablar y un tiempo para callar”. Ahora llegó el momento de actuar.

En el plano doméstico, la peor crisis financiera y económica desde la gran depresión parece incontenible. Muy pocos entienden las raíces profundas de esta debacle, el origen de su virulencia o las causas de su tenacidad. Los esfuerzos para superarla no han surtido efecto. Aún antes de las elecciones, Obama se vio obligado a votar por el paquete de rescate de 700 mil millones de dólares para los bancos y grupos financieros de Wall Street. Ya se entregó la mitad y, sin embargo, el crédito sigue sin fluir.

Se dice que desde el primer día exigirá a los bancos que comiencen a prestar. Pero las cosas no son tan sencillas. Si bien la Reserva Federal ha reducido la tasa de interés a su nivel histórico más bajo, los agentes económicos saben que no es una buena idea pedir prestado en un contexto deflacionario. Así que por el lado fiscal y monetario, las cosas no pintan nada bien. Quizás por eso en su discurso de ayer Obama no hizo referencias a la regulación bancaria ni al colosal déficit fiscal que marca las finanzas públicas de ese país.

Sí habló de la necesidad de rehacer la infraestructura y el sector energético, controlando el sol y el viento. Esta referencia a las fuentes renovables de energía es un presagio de un gigantesco plan de estímulo con fondos públicos para generar empleo en estas actividades y que será anunciado en breve. Habrá que ver si la estructura del mercado laboral permite alcanzar ese objetivo, pues no será fácil reconvertir a la fuerza de trabajo del sector servicios hacia la construcción y el sector energía.

En el plano de las relaciones económicas internacionales, la situación de la economía estadunidense es paradójica. Por un lado, sufre debilidad extrema: el déficit externo no se corregirá a menos que venga una gran contracción, con todos sus costos sociales, a enderezar las cosas. Por otra parte, Estados Unidos se ha convertido en el deudor de última instancia en el planeta. A pesar de ello, y precisamente por las gigantescas asimetrías que ya pesan sobre la economía mundial, su moneda ha podido pasar por un relativo fortalecimiento. Todo esto entraña grandes peligros para la economía mundial, pero lo cierto es que su poder e influencia económicos siguen y seguirán declinando.

La pérdida de autoridad en la arena internacional no parece ser entendida por la clase gobernante de Estados Unidos. Las guerras, que tan profundamente han marcado su cultura y su mentalidad, siguen siendo vistas como episodios en los que se libra una batalla de dimensiones épicas entre el bien y el mal. Para esa elite gobernante, Estados Unidos estuvo siempre del lado del bien. Y la gran hazaña de ese país es que aunque a veces se haya equivocado de guerra, nunca se equivocó de lado. Por eso en su discurso, Obama hizo referencia al sitio de Khe Sanh (en la absurda guerra de Vietnam) y habló de los que allí cayeron como mártires de la libertad.

Obama ordenará en breve el retiro de tropas de Irak. En realidad, Bush ya había anunciado un proceso similar y hasta se ha aprobado el acuerdo con el gobierno títere de Maliki. Por eso han cesado los combates y las bajas estadunidenses, porque la resistencia iraquí comprendió que no necesita desgastarse más. Pero si Obama quiere retirarse de Irak, en cambio quiere incrementar la presencia militar en Afganistán. Ahí se está gestando otro Vietnam. Es extraño que el presidente entrante no lo perciba así.

Pero quizás su primer gran error se relacione con la ofensiva israelí en Gaza. Su única declaración revela que acepta la narrativa dominante que presenta a Israel como el pequeño David que sólo se defiende de unos terroristas fanáticos. La verdad es que la masacre en Gaza dejará una profunda cicatriz en toda la región durante décadas. Por eso, aun si Obama quiso hacer suya esa versión de los medios masivos estadunidenses (lo cual ya es algo grave), debió matizar su declaración señalando que cuando se utiliza el argumento de la autodefensa, el derecho internacional exige respeto al principio de la proporcionalidad. Pero de haberse percatado de lo anterior, hubiera concluido que el saldo sangriento de la ofensiva israelí no tenía nada que ver con la autodefensa. Obama comenzó con el pie izquierdo en la región más conflictiva del mundo. Ojalá sólo sea un tropiezo y no revele una forma de mirar los complejos problemas políticos del mundo contemporáneo.

Hay que otorgar a Barack Obama el beneficio de la duda, porque ha demostrado en más de una ocasión que es capaz de superar enormes obstáculos. Ciertamente el pueblo de Estados Unidos tiene grandes esperanzas y eso es bueno. Pero no debe olvidar un refrán: aquel que vive nutriéndose sólo de esperanza, corre el riesgo de morir en ayunas.

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El helicóptero y la imprenta de billetes, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 1 enero, 2009

La situación económica y financiera está virando hacia aguas cada vez más peligrosas. Nadie espera que la recesión sea de corta duración. Y muchos analistas piensan que no hay que descartar la posibilidad de una depresión con enormes desajustes estructurales.

En Estados Unidos la recesión tendrá como resultado una caída acumulada del PIB de alrededor de 5 por ciento y pérdidas astronómicas en el mercado de valores y todo tipo de activos. En la Unión Europea, Inglaterra y Japón, el PIB tuvo crecimiento negativo a partir del segundo trimestre del año que termina. En otras economías de la OECD, se observa un patrón similar: Australia, Nueva Zelanda, Canadá están con tasas negativas desde mayo. En muchas economías la crisis apenas está formándose en la esfera financiera. Para otras, el colapso de los principales productos de exportación provocará fuertes desequilibrios fiscales y en las cuentas externas.

En síntesis, no parece que la recesión pueda superarse antes de 2010. Por diversas razones es probable que la recuperación deba comenzar donde se inició la crisis: en Estados Unidos. La política fiscal se encuentra en un compás de espera por aquello de que sólo puede haber un presidente a la vez.

Por su parte, la política monetaria ya ha alcanzado sus límites. Hace unos días la Reserva Federal (Fed) colocó la tasa de interés de corto plazo en su nivel más bajo posible (entre cero por ciento y 0.25 por ciento para diferentes tipos de operaciones) y anunció que estaba considerando otro tipo de medidas no convencionales. Éstas corresponden a un relajamiento cuantitativo de la oferta monetaria. El anuncio de que la Fed mantendría la tasa de interés de corto plazo en ese nivel durante un tiempo prolongado responde a la intención de reducir las tasas de largo plazo.

La decisión de la Fed podría considerarse una buena noticia porque lleva a sus últimas consecuencias la tendencia a abaratar el crédito. Sin embargo, el anuncio es una señal de lo mal que está el panorama. Para comenzar, con esta medida la Fed no hace sino reconocer lo que los mercados financieros han estado diciendo desde hace semanas sobre la debilidad del dólar (que se ha consolidado con esta decisión). Quizás lo más grave es que esto también es un indicador de que la Fed está preocupada por el riesgo de la deflación (en noviembre el índice de precios cayó 1.7 por ciento).

La deflación es una consecuencia inmediata del colapso de la demanda efectiva. Al contrario de lo que sucede cuando hay inflación, en la deflación el valor real del dinero aumenta. Y eso acarrea un problema interesante: cuando la tasa de interés nominal llega a 0 por ciento, el costo de pedir prestado aumenta con la tasa de deflación (porque el pago de la deuda se tiene que realizar con dinero cuyo valor real es superior). Esto hace que los consumidores no acudan a los bancos a pedir prestado y que la demanda efectiva siga deprimida. Esto explica por qué el crédito sigue sin fluir, a pesar de las reducciones en la tasa de interés. Para las familias que ya se encontraban endeudadas, el beneficio de tener que pagar menores tasas de interés se ve contrarrestado por la carga de tener que repagar el principal en moneda que tiene un valor real superior. Eso incluso puede llevar a agravar la situación de cartera vencida de los bancos.

En 2002, Ben Bernanke, el ahora gobernador de la Fed, pronunció un discurso premonitorio. Hablando sobre escenarios de deflación en los que la tasa de interés nominal es nula, señaló que aún en esos casos la política monetaria no habría agotado sus municiones. La tecnología de la imprenta de billetes sería un instrumento clave para combatir la caída de la demanda, aunque la inyección de dinero en la economía es una operación difícil. Para asegurar que el incremento en la oferta monetaria llegue directamente a la población, la Fed podría comprar todo tipo de activos. Eso es algo que, en algunos casos, le está prohibido por su ley orgánica. O, siguiendo una broma de Keynes, podría almacenar el dinero en botellas y guardarlas en minas abandonadas para que el público las fuera a sacar.

En su discurso, Bernanke prefirió usar la metáfora del lanzamiento de billetes desde un helicóptero. Claro, ésta es sólo una metáfora (cuyo autor original es Milton Friedman). Pero lo que revela es que cuando las cosas se ponen peliagudas, ni la academia ni las autoridades monetarias tienen una idea clara de cómo proceder. Estamos en aguas desconocidas.

La falta de brújula es normal en un sistema económico que primero deprime los salarios reales (durante tres décadas) hasta reventar la capacidad de compra de los hogares y orillarlos al sobreendeudamiento. Luego ese sistema padece una monumental crisis debido al colapso de la demanda efectiva. No es sorprendente que al final de la historia se presente una metáfora como la del helicóptero monetario para ayudar a pensar en la solución del problema. ¿No podrían haber sido las cosas de otro modo?

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Ecuador: repudio de la deuda odiosa, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Derechos, Economía, Internacional by reggio on 18 diciembre, 2008

El gobierno de Ecuador acaba de declararse en moratoria de pagos internacionales. Es la segunda vez en menos de 10 años que ese país se decide por la cesación de pagos, así que en el contexto de la crisis financiera global quizás no sorprenda.

Pero hay algo nuevo en el paisaje. Esta vez no se trata de una moratoria por falta de capacidad para enfrentar el calendario de pagos. La decisión del gobierno ecuatoriano está basada en las recomendaciones de una comisión especial de auditoría de su deuda externa. La principal conclusión de la comisión: la deuda ecuatoriana es ilegítima e inmoral.

En sus deliberaciones, la comisión revisó la historia de la deuda externa ecuatoriana desde que el Parlamento fue excluido de todas las decisiones sobre endeudamiento en 1978. Esto dio pie a un sinnúmero de irregularidades y a un excesivo endeudamiento a través de la expedición de bonos Brady y otros. También durante los años 80 el gobierno rescató al sector privado de la crisis con la llamada “sucretización”, transformando deuda privada en deuda pública, en lo que debió haber sido un atraco sin piedad al pueblo ecuatoriano. Por fin, en 2000, el gobierno decidió canjear los bonos Brady, que ya estaban muy devaluados en el mercado real, por una nueva serie de bonos Global 2012, 2015 y 2030.

Salomon Smith Barney (hoy parte del vapuleado Citigroup) realizó esa última restructuración con tasas de 10 y 12 por ciento sin la autorización explícita de Ecuador. Un año después se aprobó una nueva ley mediante la cual los pagos de estos bonos estarían garantizados por los ingresos petroleros. De este modo, la deuda vieja, de origen especulativo y producto de prácticas crediticias predadoras, quedó garantizada por el Estado.

La deuda externa acumulada por Ecuador rebasa los 29.9 mil millones de dólares (mmdd) y en promedio se utilizan unos 388 millones de dólares para pagar intereses. En los últimos 30 años, Ecuador ha destinado en promedio 22 por ciento de su presupuesto de egresos anual al pago de intereses sobre deuda externa. A pesar del empeoramiento de los indicadores sobre pobreza, este país nunca fue admitido en las iniciativas de reducción de deuda.

En cambio, se le admitió en numerosos procesos de restructuración, cuyo único resultado fue el aumento del monto de recursos presupuestales destinados al servicio de la deuda: de 11 por ciento en 1981 a 36 por ciento en 2006. En contraste, el monto promedio destinado a educación ronda 10 por ciento del presupuesto, mientras el rubro salud apenas alcanza 5 por ciento. En total, el gasto social recibió 22 por ciento del presupuesto.

Desde 1976, Ecuador pagó más de 35 mmdd como servicio de su deuda externa. De ese monto, la mitad ha sido por concepto de intereses. Decidido a romper el ciclo perverso de endeudamiento y restructuración, el gobierno convocó la comisión de auditoría con el fin de revisar el origen, legitimidad e impacto social de la deuda externa. El viernes pasado el presidente Rafael Correa hizo suyas las conclusiones de la comisión, anunciando que la deuda era ilegítima y que su país dejaría de hacer los pagos del cupón de 31 millones de dólares de los bonos Global 2012 (con vencimiento el 15 de diciembre).

La medida era esperada por el mercado financiero. Muchos de los tenedores de estos bonos son fondos de cobertura y algunos fuertes especuladores. Los swaps de moratoria de pagos (CDS) ya estaban aumentando en las últimas semanas. Esta decisión probablemente presionará todavía más al alza los diferenciales de los CDS en América Latina. Por lo pronto, la calificadora Standard & Poor colocó el riesgo país de Ecuador en el nivel CCC-. Pero el gobierno parece dispuesto a enfrentar las consecuencias.

El proceso de endeudamiento ecuatoriano es parecido al de muchos países latinoamericanos. Su base de recursos naturales condujo a préstamos predatorios de bancos y gobiernos de los países ricos. La crítica a esas prácticas no es muy diferente a los reproches que hoy se dirigen contra el sistema financiero estadunidense en el contexto de la crisis del mercado hipotecario. La decisión del gobierno ecuatoriano puede ser la clave de una relación menos injusta entre deudores y acreedores en el contexto de una nueva arquitectura financiera que podría emerger de la crisis.

Quizás lo más interesante de este episodio es que la comisión especial concluyó que la deuda era ilegítima y no sólo ilegal. Eso la acerca al concepto de deuda odiosa del derecho internacional. Hay que recordar que en su obra Del derecho de la guerra y la paz, Hugo Grocio afirmó en 1625 que los contratos celebrados por un soberano que no benefician al Estado, o incluso lo perjudican, no deben ser respetados, especialmente cuando involucran dineros públicos y no entrañan beneficios para la sociedad. Los países ricos han establecido muchos precedentes de esta doctrina. Ahora deben acatarla.

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Por qué no funciona el rescate bancario, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 11 diciembre, 2008

En Estados Unidos muchos se preguntan ¿dónde está el dinero del rescate bancario? No es asunto menor. Después de todo, hay 700 mil millones de dólares involucrados en el programa de recuperación de activos (TARP), aprobado a principios de octubre. En teoría, esos recursos eran para restaurar la salud del sistema bancario y hacer que el crédito volviera a fluir. Nada de eso ha sucedido. Ni la confianza se ha restablecido ni el crédito está fluyendo. La economía sigue en picada.

Adelantemos la respuesta: los bancos están atesorando y utilizan el dinero para lo que saben hacer en épocas de crisis: comprar a sus competidores. El TARP ha sido distorsionado en su operación y en sus fines. También es justo decir que, con las prisas, estuvo mal diseñado.

Originalmente el TARP de Henry Paulson buscaba comprar cartera vencida, pero cuando los operadores vieron la magnitud del agujero en los bancos estadunidenses se echaron para atrás y optaron por adquirir participaciones en los bancos para capitalizarlos. El cambio de estrategia y los poderes discrecionales de Paulson enfriaron los ánimos, por lo que la liquidez no se restableció y las operaciones interbancarias siguieron empantanadas en la desconfianza.

Cuando el Departamento del Tesoro entregó el primer tramo de 125 mmdd a nueve bancos a finales de octubre señaló sin ambigüedad que esperaba que esos recursos fueran destinados a líneas de crédito para pequeñas y medianas empresas, consumidores y para reanimar el mercado hipotecario. Pero eso era sólo una exhortación: por increíble que parezca, el TARP no contiene un régimen de condicionalidad y tampoco impone la obligación a los bancos participantes para alimentar líneas de crédito. Sin duda éste es su defecto más grave.

Por eso los bancos que han tenido acceso a recursos del TARP son libres de entrarle al juego de las fusiones y adquisiciones (FyA), que tantas ganancias le ha reportado al sector financiero. Utilizando los recursos del TARP, muchos bancos grandes están aprovechando las oportunidades de compra de otros bancos con el fin de “consolidarse”. Esto no es un estímulo para la economía y hasta contribuye a imprimir estructuras todavía más oligopólicas al sector bancario. Pero eso no incomoda a los bancos.

En octubre, el Grupo Financiero PNC (con sede en Pittsburgh) se convirtió en el primer banco en utilizar dinero del TARP al comprar otro banco en dificultades, el National City Corp, en 5.2 mmdd. Para financiar esta operación, PNC vendió 7.7 mmdd de acciones preferenciales al Departamento del Tesoro como parte del programa de recapitalización en el marco del TARP.

Los ejemplos se multiplican: BB&T, con sede en Carolina del Norte, ha anunciado planes para solicitar dinero del TARP y utilizarlo en sus planes de expansión vía adquisiciones. Por su parte, el Zions Bancorporation (de Salt Lake City) reveló sin pena que recibirá 1.4 mil millones de dólares del TARP y que una parte significativa de este monto estará destinada a explotar nuevas oportunidades de adquisiciones en los próximos meses.

Por eso las líneas de crédito en Estados Unidos no se restablecen. El ejemplo de la fábrica de puertas y ventanas Republic Windows, hoy ocupada por sus trabajadores, es revelador. Bank of America (BOFA), que ha tomado 25 mmdd del TARP, cerró la línea de crédito, y la empresa, que ya venía resintiendo los efectos del colapso en la industria de la construcción, se vio obligada a cerrar. Todo al revés de lo que se anunció al aprobarse el TARP.

En cambio, el BOFA aprobó en septiembre la adquisición de Merrill Lynch por 50 mil millones de dólares. Recientemente compró los bancos LaSalle y Countrywide, y emitió deuda garantizada por otros 9 mmdd. También compró acciones del China Construction Bank (CCB), aumentando su participación a 19 por ciento. Aunque esa operación le fue muy rentable, lo cierto es que los recursos del TARP no son para andar husmeando a ver qué se puede comprar en el mundo del sector bancario. El rescate tiene otros objetivos. Desgraciadamente, el mismo Departamento del Tesoro y la Reserva Federal han estado incentivando este juego.

Los bancos saben que vienen reformas en el régimen regulatorio. En el futuro, los depósitos serán más importantes que el apalancamiento: la cobertura regional será un arma poderosa en ese entorno. Pero por el momento es la guerra y para cuando se asiente el polvo el paisaje del sector bancario habrá cambiado de manera radical.

Para los bancos, lo primero es salvaguardar su posición futura. Pero parecen ignorar que los depósitos del mañana pasan por los créditos de hoy. Su juego de fusiones permite revalorizar activos en el corto plazo, pero pone en peligro la recuperación. Por desgracia, el paquete de rescate dejó pasar la oportunidad de imponer reglas a los bancos. Quizás ni Bush ni Paulson quisieron aprovecharla. Habrá que ver si Obama puede reformar el TARP.

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Capital financiero y declinación industrial, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 27 noviembre, 2008

Las relaciones entre el sector financiero y la economía real son cruciales para entender la naturaleza de la crisis. Pero la teoría económica ortodoxa carece de herramientas que analicen estas relaciones. De hecho, para ese discurso teórico lo que sucede en la esfera financiera debiera servir a la esfera real, proveyendo los servicios financieros que necesita la producción de bienes y servicios. Mas la historia económica de Estados Unidos nos muestra cómo el sector financiero pudo someter a la economía real.

El poderío industrial estadunidense constituyó la plataforma de su hegemonía desde finales del siglo XIX hasta 1970. La ola de innovaciones técnicas que moldearon su sistema industrial le aseguró el predominio en el mercado mundial y en los conflictos armados del siglo XX. Durante décadas la supremacía industrial de Estados Unidos pareció incuestionable.

Pero un enemigo de cuidado surgió y se desarrolló en el seno mismo del capitalismo estadunidense. El capital financiero terminó por transformar la relación entre inversiones y rentabilidad en la economía real de la potencia. El desarrollo y expansión del sistema financiero condujo incluso a la aparición de la casta de los “administradores de dinero”, como en alguna ocasión los llamó el gran economista Hyman Minsky.

Entre 1950 y 1990 los administradores de dinero vieron aumentar la fracción de acciones del sector corporativo (no bancario) que controlaban de 8 a 60 por ciento. Es decir, las empresas que antes manejaban directamente su intervención en el mercado accionario, cedieron la administración de este tipo de operaciones a administradores “profesionales”. En ese mismo periodo, los fondos de pensión aumentaron su parcela del mercado de valores de un tímido uno por ciento a un portentoso 40 por ciento. Su participación en el segmento de manejo de deuda corporativa pasó de 13 por ciento a 50 por ciento en esas cuatro décadas.

En la década de los 90, los recursos manejados por los administradores de dinero se incrementaron de manera prodigiosa. Los activos de los “inversionistas institucionales” se triplicaron en esa década. Quizás la expansión más espectacular se dio en los llamados fondos mutuos de inversión. Estos fondos son compañías inversionistas que combinan el dinero de los accionistas y lo invierten en una cartera de valores diversificada (acciones, bonos y mercado de dinero). En Estados Unidos hay 90 millones de personas que poseen acciones de algún fondo mutuo. En 2001, 52 por ciento de los hogares tenía acciones de algún fondo mutuo. Entre 1998 y 2001 los activos totales de los fondos mutuos pasaron de 4.8 a 7 billones (castellanos) de dólares.

Entre 1900 y 1960, los ejecutivos de las corporaciones industriales (y, en general, de todo tipo de empresas en Estados Unidos) gozaron de bastante autonomía frente a los accionistas y banqueros. Pero eso cambió en las décadas siguientes, sobre todo a partir de 1980. El auge de los inversionistas institucionales les permitió imponer su racionalidad (ligada al mundo de las finanzas) a la industria a través de varios procesos íntimamente relacionados.

La primera manifestación de la presión financiera sobre una corporación es precisamente en el mercado de valores. En la lógica de los administradores profesionales, el valor de las acciones debe incrementarse en el corto plazo, lo que ha impuesto una camisa de fuerza a las corporaciones: las inversiones que rinden frutos a largo plazo son relegadas a un segundo plano. Mejor invertir en cambios de cosmético que en modificaciones estructurales que aseguran rentabilidad en el largo plazo.

Los administradores de dinero también favorecieron la ola de fusiones y adquisiciones que caracteriza el mercado de valores estadunidense. Las fusiones de empresas y cualquier tipo de reorganización son bien vistas por los administradores de dinero porque presionan al alza el valor de los activos financieros. Esta es una de las razones por las que han proliferado en Estados Unidos la cesión de acciones, los acuerdos de licencias cruzadas y el fuerte apalancamiento en las operaciones de fusión de empresas.

Finalmente, la administración profesional de operaciones financieras ejerció una extraordinaria presión para que las corporaciones redujeran los costos laborales, entrando en un intenso proceso de “adelgazamiento y racionalización” cuya principal manifestación es la subcontratación. La lógica de la subcontratación presionó los salarios a la baja. Así, las necesidades del capital financiero terminan por convertir las relaciones laborales en una especie de mercado spot en el que la fuerza de trabajo pierde estabilidad y se ve obligada a aceptar salarios bajos.

El estancamiento en la evolución del salario real y el creciente endeudamiento de las familias durante los últimos 30 años era una bomba de tiempo que algún día tenía que estallar. El predominio del capital financiero armó el detonador hace varias décadas y el proceso de acumulación con apalancamiento no podía durar indefinidamente. Hoy la crisis debe pasar por un periodo de devaluación de activos financieros de todo tipo. Antes de mejorar, las cosas tendrán que empeorar.

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Detroit contra Wall Street, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 20 noviembre, 2008

Los mercados financieros siguen cuesta abajo, mientras el paquete de rescate del Departamento del Tesoro es objeto de fuerte pelea. La rebatiña no es sólo entre los gigantes financieros. Un nuevo contendiente ha aparecido en escena: es el lobby automotriz. General Motors, Ford y Chrysler, los tres grandes (3G) en Detroit quieren una tajada del pastel.Henry Paulson, secretario del Tesoro, manifestó ayer su oposición a utilizar parte de los 700 mil millones de dólares del rescate financiero ya aprobado para sacar del bache a los tres grandes de la industria automotriz estadunidense. Paulson quiere guardar todo el paquete para sus colegas en Wall Street, argumentando que eso permitirá restaurar liquidez en los mercados y permitir a los corporativos no financieros remontar la crisis.

Los demócratas (incluyendo a Obama) presionan para que Washington comprometa por lo menos unos 25 mil millones de dólares para rescatar a Detroit. Argumentan que la precaria situación de los 3G amenaza cualquier intento de recuperación. Los tres gigantes han tenido fuertes pérdidas debido a los altos precios de la gasolina. Hoy que los combustibles han bajado de precio, se cayó la demanda de autos debido a la crisis. Más de 1.6 millones de empleos dependen del complejo industrial automotriz. Cientos de industrias proveedoras estarían en dificultades si alguno de los 3G solicita cobijo al amparo de la ley de quiebras. Demasiado grandes para dejarlos caer, pero Paulson responde que cualquier ayuda debe provenir del paquete aprobado por el Departamento de Energía destinado a la reconversión para producir automóviles más eficientes en consumo energético.

Otras voces se elevan contra el rescate, con el argumento de que Detroit es el único responsable de su difícil situación. Desde hace 40 años se durmió en sus laureles y dejó de ser líder en innovaciones (la última innovación importante introducida por Detroit fue la transmisión automática en 1952). Además, como casi toda la producción estadunidense es para consumo doméstico, los 3G siempre dieron la espalda a la producción de autos más eficientes en consumo energético. O sea, Detroit se lo buscó y ahora debe ajustarse a la disciplina del mercado. Ese razonamiento suena lógico, sólo que también se aplica al rescate de Wall Street.

El vínculo entre el lobby automotriz y la crisis financiera es anterior a la disputa por el paquete de rescate. El complejo industrial automotriz introdujo innovaciones básicas en el sentido de Schumpeter: como una fuerza capaz de organizar el sistema manufacturero alrededor de sus necesidades. Además, la tecnología de producción en masa permitió acceder a economías de escala inéditas y una espectacular reducción de costos unitarios.

Eso hizo posible la introducción de una norma salarial y niveles de consumo masivo en lo que Gramsci bautizó como fordismo. El autor de los Quaderni del carcere admiraba la capacidad productiva de la industria automotriz estadunidense y se preguntaba si sería precursora de una nueva época histórica. Lo cierto es que la producción en masa del fordismo implica una muy fuerte rigidez debido a los altos niveles de integración vertical. Y los competidores japoneses buscaron una trayectoria alternativa.

Desde los años setenta, Toyota y Nissan introdujeron nuevas máquinas herramienta para trabajar una mayor gama de líneas de producción, en lotes más pequeños y con costos unitarios inferiores a los del fordismo. Había nacido la manufactura flexible: mientras los 3G tardaban cuatro días en cambiar los troqueles y una matriz para imprimir los componentes de un nuevo modelo, Tokio hacía lo mismo en seis horas.

Detroit no pudo con la competencia. La pérdida de terreno en el mercado fue inexorable y se buscaron todo tipo de artimañas para sobrevivir. Chrysler casi entró en bancarrota bajo Reagan y sólo el sacrificio de los trabajadores sindicalizados le permitió salir adelante. Y cuando la manufactura flexible fue descubierta en Detroit, se le acompañó de un salvaje proceso de subcontratación (outsourcing) que sirvió para “disciplinar” al poderoso sindicato automotriz (UAW).

Detroit no tenía otras armas para competir con los tenaces fabricantes extranjeros y tuvo que recurrir al estancamiento del salario real. Las implicaciones macroeconómicas son evidentes: desde los años setenta, el endeudamiento de las familias en Estados Unidos fue el mecanismo utilizado para mantener un nivel de vida que de otro modo habría declinado de manera notable. Ese endeudamiento es precisamente uno de los componentes clave del desequilibrio macroeconómico estructural de la economía estadunidense y de la crisis financiera.

Estados Unidos parece haber abandonado las manufacturas a favor de las finanzas. Hoy que chillan los 3G, hay que recordar el dicho de Marx: para el capital, la producción es un mal necesario. Lo que el capitalista quiere son ganancias. Le gustaría evitar los riesgos de la producción (obreros, etc.). En la especulación puede encontrar a la gallina de los huevos de oro. Detroit descubrió esto y ahora reclama su pedazo del rescate. Obama se lo dará, pero con condiciones.

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La piel de la serpiente, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

El próximo presidente de Estados Unidos deberá pugnar por que se cumplan los tres ideales que, según John Maynard Keynes, debe satisfacer todo sistema económico: eficiencia, justicia social y libertad personal. En los últimos decenios, Estados Unidos se ha ido alejando inexorablemente de estos ideales. Por sus reflejos anacrónicos y su ignorancia, McCain en la presidencia profundizaría el desastre en estas tres dimensiones. Obama podría ser, efectivamente, factor de cambio. Pero para ello, él mismo debe completar una transformación importante.

En Estados Unidos la eficiencia económica dejó de ser la llave del crecimiento hace mucho. Desde la década de 1970, la evolución de la productividad se convirtió en tema de preocupación. Industrias que habían sido la clave del desarrollo estadunidense (la siderúrgica, la automotriz, la de máquinas, herramientas y la química) comenzaron a atrasarse con respecto a sus competidores que inexorablemente fueron arrebatándole parcelas del mercado mundial. Décadas más tarde, la industria aeronáutica y la de semiconductores empezaron a experimentar los mismos síntomas del rezago frente a sus competidores en Europa y Asia.

El retraso en competitividad minó la posición del sector externo de Estados Unidos. En 1971 Washington abandonó el sistema Bretton Woods, reconfigurando el sistema financiero mundial. Eso precipitó el desmantelamiento de las restricciones a la libre circulación del capital, abriendo las puertas a la especulación y a la expansión del capital financiero que marcó el último tercio del siglo pasado.

En Estados Unidos, el sector manufacturero fue derrotado por el capital especulativo. Los empresarios estadunidenses se concentraron en los rendimientos de corto plazo y en cocinar estados financieros de importantes compañías y bancos. Como otras economías en su etapa crepuscular, los cuadros empresariales olvidaron las innovaciones industriales y se convirtieron en grandes inventores de productos financieros.

La crisis financiera es la muestra más clara de la profunda irracionalidad del capitalismo estadunidense. Si además consideramos los indicadores sobre consumo energético, de papel, aluminio, cemento, hidrocarburos, agua, y otros, observamos que Estados Unidos es efectivamente una colosal sociedad de desperdicio. Todavía no hay una política para revertir esto y encaminar esa economía en un sendero menos dañino para el medio ambiente.

¿Qué hay de la justicia social y la libertad personal? El próximo presidente enfrenta una estructura social altamente inequitativa que debe revertir porque constituye una amenaza para la viabilidad del capitalismo estadunidense. Pero la crisis acabó por comprometer el grado de libertad en política fiscal. El rescate del sistema financiero (que no está claro si funcionará) ha costado demasiado. La magnitud del saldo fiscal deficitario es una restricción que impide lanzar grandes iniciativas en el terreno social, educativo y científico-tecnológico.

En el ámbito de la libertad personal, Obama revertiría la tendencia a la destrucción de las libertades individuales, comenzando con la aceptación de la tortura como una práctica aceptable en la “lucha contra el terrorismo”. En este terreno Obama podría lograr avances espectaculares en poco tiempo. En contraste, McCain enseñó sus cartas con el nombramiento de la señora Pallin, personaje que muestra el lado más siniestro del proto-fascismo en Estados Unidos.

Regresando al terreno económico, la pelea por el programa de Obama comenzó hace meses. Robert Rubin, uno de los más influyentes representantes del mundo financiero, se le acercó cuando Hillary perdió la postulación. Rubin fue director de Goldman Sachs antes de ser secretario del Tesoro bajo Clinton. Desde ese puesto convenció al presidente para apoyar la ley Gramm-Leach y la Ley de modernización del mercado de commodities. Estas leyes perfeccionaron la desregulación financiera en Estados Unidos y catalizaron lo que hoy constituye la peor crisis del capitalismo estadunidense.

Si Keynes hubiera profundizado en su análisis del capitalismo contemporáneo habría anticipado que la mezcla de inestabilidad (inherente a los mercados capitalistas) e incertidumbre (sobre la composición de pasivos de los grandes agentes económicos) genera un coctel explosivo. Al incorporar en su Teoría General el impacto pleno del capitalismo financiero y especulativo, quizás habría concluido que ese sistema no puede llegar a la eficiencia.

Según la economista Joan Robinson, Keynes estaba mudando de piel mientras escribía su Teoría General, y nunca acabó de quitarse plenamente la antigua envoltura. Por eso no pudo hacer una crítica plena del capitalismo (y por eso fue recuperado por lo que la Robinson llamó el keynesianismo bastardo). Lástima. Pero eso nos deja una lección importante: en la ciencia y en la política, la crítica no puede ser a medias tintas.

Ésa es la lección que Obama debería aprender. La crítica incompleta se traduce en la recuperación por el enemigo. De llegar a la presidencia, Obama tendría que desechar la piel vieja cuanto antes. Deberá poner atención a la economía real, dentro de un esquema de responsabilidad social y buscar una mejor relación con el medio ambiente. Si no lo hace, la lógica financiera y los amigos de Rubin acabarán por comérselo a él y a las reformas que apenas ha comenzado a articular.

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Génesis de la crisis, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 9 octubre, 2008

La Reserva Federal se arriesga cada vez más y ahora anuncia planes para comprar deuda de corto plazo a las empresas. Eso distorsiona cada vez más su función original y revela la gravedad de la situación. Es claro, la ferocidad de la crisis obliga a un análisis más cuidadoso sobre su génesis y la agenda política que le corresponde.

En enero de 1980 el gobierno estadunidense autorizó el rescate de la compañía automotriz Chrysler, que se encontraba en dificultades desde 1975 debido a la recesión. Los directivos de la compañía propusieron un plan al gobierno para restructurar la empresa, cerrando plantas, reduciendo salarios y cortando beneficios. Todo esto se haría con la ayuda de la burocracia sindical.

En los años siguientes Chrysler cerró 28 plantas en Estados Unidos, despidió a 48 mil obreros (de una plantilla de 98 mil). Otros 20 mil empleados también perdieron su empleo. Los más jóvenes y militantes fueron los primeros en ser despedidos, mientras la burocracia sindical era recompensada. En una maniobra presentada como ejemplo de colaboración entre trabajadores y empresa, el secretario del sindicato se convirtió en miembro del consejo de directores de la compañía.

En agosto de 1981 el sindicato de controladores aéreos profesionales de Estados Unidos estalló una huelga en demanda de aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo. El sindicato estaba violando una ley que prohibía a empleados federales recurrir a la huelga. El entonces presidente Reagan decidió que esto era una amenaza para la seguridad nacional y envió un ultimátum: o regresaban a laborar en 48 horas o serían despedidos. Sólo una minoría obedeció y fueron despedidos más de 11 mil controladores. El sindicato perdió su registro en octubre de ese año.

Estos dos episodios marcaron el comienzo de una ofensiva profunda en contra de los sindicatos en Estados Unidos. El principal resultado fue la declinación de los sindicatos en ese país: entre 1977-1997 el porcentaje de la fuerza de trabajo empleada con afiliación sindical pasó de 25 por ciento a 14 por ciento. El gran aliado del capital fue la llamada flexibilización laboral y, en especial, la eliminación de restricciones para despedir trabajadores (el sistema se conoció con la frase hire and fire, contrata y despide). Otra arma contra los sindicatos fue la amenaza de perder empleos debido al libre comercio. La retórica de las empresas era clara: si los sindicatos no reducen sus demandas, perderemos la batalla de la competitividad, cerraremos y todos saldrán perdiendo. La burocracia sindical se acomodó, abandonando la búsqueda de mejores condiciones laborales para cooperar con patrones y gobierno.

Como resultado, el salario mínimo y los contractuales sufrieron una reducción de casi 10 por ciento durante el periodo de 1979 y 1997. Siguió una modesta recuperación después de 1998, lo que permitió recuperar el nivel de 1979 en 2003. Sin embargo, a partir de ese año los salarios retomaron su tendencia descendente. A lo largo de estos años se intensificó la precariedad del trabajo y se deterioró la calidad del empleo.

Durante este periodo histórico se presenta un extraordinario incremento de la desigualdad en Estados Unidos. Entre 1973 y 1990 la productividad se mantuvo estancada, pero entre 1995 y 2005 se incrementó en 30 por ciento. Sin embargo, los beneficios de ese aumento se fueron a los estratos más ricos: 20 por ciento más privilegiado de la fuerza de trabajo ocupada vio sus ingresos reales aumentar 30 por ciento. Al mismo tiempo, la caída en el salario real del 20 por ciento más desfavorecido fue de 22 por ciento.

Esta pérdida de poder adquisitivo del salario es parte importante de los orígenes de la crisis actual, porque tuvo que ser compensada con endeudamiento privado para mantener niveles artificiales de demanda efectiva. Toda una generación no tuvo más remedio que endeudarse para mantener sus niveles de consumo. Las burbujas que atenuaron los efectos negativos de los ciclos de negocios es sólo un aspecto de este endeudamiento.

El capitalismo estadunidense reaccionó contra el movimiento sindical y la clase trabajadora porque la caída en la rentabilidad a partir de los años 70 obligó a limitar las remuneraciones al trabajo. De este modo, el sueño americano fue sacrificado en el altar del capital. Hay muchos datos que permiten documentar lo anterior, pero todo esto conduce a otra pregunta: ¿por qué cayeron los niveles de rentabilidad? Los niveles de exceso de capacidad instalada en esta etapa de acumulación de capital sin duda están relacionados con esta evolución de la rentabilidad. Pero eso no es suficiente y este tipo de análisis sólo desplaza el problema para llevar a una última interrogante: ¿cargará el capitalismo en sus entrañas la semilla de su propia destrucción? La agenda política que se desprende de esta reflexión obliga a plantear el problema de las alternativas al capitalismo, tema injustificadamente relegado a un oscuro rincón desde hace 20 años.

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Paisaje después de la batalla, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 2 octubre, 2008

Hay perdedores después del primer rechazo del plan Bush-Paulson en la Cámara de Representantes. Pero nadie parece reclamar el triunfo. Eso es mal presagio.

La lista de bajas la encabezan el señor Bush y su descalabrada presidencia. Por si había alguna duda, ahora nada evitará el veredicto: sus años en la oficina oval pasarán a la historia como la peor presidencia en la vida de ese país. En seguida vienen el secretario del Tesoro y sus amiguitos en Wall Street.

La iniciativa de la Casa Blanca implica dar una cantidad astronómica de recursos fiscales a Paulson para que siga haciendo lo de las últimas semanas y meses: rescatando a quien considera que hay que salvar y condenando a los que no tienen su beneplácito. Es decir, la medicina del rescate al estilo Bush-Paulson consiste en más liquidez para que todo siga como antes. Pero ésta no es la medicina que necesita el paciente. Es más, este remedio podría ser peor que la enfermedad, pues la crisis es más de insolvencia que de falta de liquidez.

¿Pero quién ganó el primer round? En realidad nadie se considera vencedor porque el horno no está para bollos. La crisis ya está encima, se extiende y se intensifica cada día. Y aunque está claro que el plan de salvamento no hubiera beneficiado más que a los amigos de Paulson, nadie reclama la victoria por miedo a parecer el causante de la debacle del mundo financiero.

Por eso todos los que tuvieron algo que ver con la derrota del plan dicen algo así como “lo sentimos, el plan estaba bien y lo íbamos a aprobar, pero los del otro partido arruinaron todo”. De ahí las acusaciones y recriminaciones entre diputados y entre los candidatos Obama y McCain.

Aquí está la tragedia. Ni los actores en el Congreso, ni los candidatos, parecen entender los términos de la encrucijada en la que se encuentra Estados Unidos. En lugar de ver en esta crisis el aviso urgente para redefinir el rumbo de la economía, todos están atrapados en el paradigma que durante años ha frenado el crecimiento y el bienestar, profundizando los desequilibrios macroeconómicos y hundiendo a la población en el endeudamiento.

Hace muchos años la economía estadunidense comenzó a marcar su preferencia por el paradigma de la especulación. Desde los años setenta, el salario real comenzó a estancarse. La única manera de mantener el dinamismo de la economía fue con un régimen de burbujas que, en los hechos, acabó por desmantelar el tejido industrial de esa economía (por eso hoy la industria manufacturera representa algo así como 10 por ciento del PIB). El endeudamiento privado fue el mecanismo para mantener el nivel de vida asociado a una sociedad de consumo.

Pero el endeudamiento y la especulación caminaron de la mano. Esta alianza se manifestó más claramente en los bancos de la globalización. Para ellos, la clave no está en asegurar que el deudor devuelva el préstamo al banco, sino en garantizar que el préstamo se transforme (desde el punto de vista del banco) en un activo que proporciona rentabilidad per secula seculorum. Lo que interesa es que el deudor se convierta en un siervo del banco y todo esto desembocó en un desastre. En los últimos siete años el endeudamiento privado en Estados Unidos se duplicó y hoy rebasa los 14.5 billones (castellanos) de dólares. La deuda del gobierno federal es de unos 9.3 billones y la suma de la deuda pública y privada representa 169 por ciento del PIB estadunidense. Esos niveles no se habían visto desde la Segunda Guerra Mundial.

En el periodo 2001-2008 esta orgía de endeudamiento estuvo asociada con un mediocre crecimiento anual (promedio de 2.57 por ciento) y la economía estadunidense en su conjunto sólo pudo generar 6 millones de nuevos empleos. De ese total, sólo 4.3 millones corresponden a empleos generados por la inversión productiva del sector privado. O sea que el mayor endeudamiento privado ha estado muy lejos de ser fuente de inversiones. El consumo y la especulación han seguido siendo los motores de la economía estadunidense, minando su posición competitiva e intensificando su desequilibrio con el exterior.

Es este paradigma especulativo el que habría que abandonar, redefiniendo los términos de una política macroeconómica capaz de permitir retomar un sendero de mayor bienestar social. Esa política macro debería estar asociada con una política industrial y energética que permitiera la transición a una economía avanzada, de cara a los desafíos de dejar de ser el emisor de la única o la principal moneda de reserva internacional.

En lugar de este camino el plan Bush-Paulson (con un nuevo maquillaje) será reconsiderado en el Senado hoy. Si se aprueba, esa economía continuará atada a la ideología que sostiene que mayor endeudamiento y déficit crecientes (externo y fiscal) son el camino para mantener la prosperidad. En los hechos, ese paradigma será la causa del colapso final de la economía de Estados Unidos.

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Súper rescate en Wall Street: ¿funcionará?, de Alejandro Nadal en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 25 septiembre, 2008

Muchas preguntas abrió el paquete de rescate propuesto por la administración Bush al Congreso el fin de semana pasado. Más allá del costo real de la operación de salvamento, el plan no contiene detalles sobre la valuación de los activos que serían adquiridos o sobre las generosas compensaciones de ejecutivos de empresas que serán rescatadas.

El aspecto más alarmante del plan es que daría poderes amplísimos al secretario del Tesoro. La sección octava contiene una salvaguarda excepcional: las decisiones del secretario no podrán ser revisadas por ningún tribunal o agencia administrativa. Así, Paulson tendría facultades ilimitadas para hacer todo tipo de arreglos para limpiar las cuentas sucias de Wall Street, usando 700 mil millones de dólares (mmdd) de los causantes a puertas cerradas. Probablemente todo eso es inconstitucional, pero revela algo alarmante de un plan que ha fabricado una administración famosa por su cinismo y capacidad para mentir.

Las reformas planteadas por los demócratas son compatibles con lo esencial de la solicitud de la Casa Blanca. Pero eso no es suficiente para la voracidad de los financieros. Las propuestas demócratas incluyen la adquisición de acciones en las instituciones “rescatadas”, las limitaciones a las gigantescas compensaciones de los altos ejecutivos y la posibilidad de que los contratos hipotecarios sean modificados por jueces. Esos cambios ponen a temblar al sector financiero, pero, si es el precio a pagar, los aceptarán.

Entonces la pregunta es si el plan de rescate podría funcionar. En el corto plazo es posible que pueda calmar el pánico y evitar corridas sobre algunos bancos regionales. Pero el plan no va a detener la recesión en la que ya se sumerge la economía estadunidense. Las cifras sobre ritmo de actividad, inversiones y desempleo así lo confirman. Y el desplome en el precio de activos residenciales agrava las cosas al deprimir el consumo, que es el principal componente del PIB (alcanza 70 por ciento, mientras la inversión es apenas 20 por ciento).

La recesión va a ser larga y profunda: probablemente se prolongará hasta finales de 2009. Y como un menor ritmo de actividad implica menores ingresos fiscales, el de por sí abultado déficit fiscal va a rebasar los pronósticos oficiales. Para 2009 se planea un déficit fiscal de unos 482 mmdd, sin contar el costo de las guerras en Irak y Afganistán (otros 520 mmdd). Así que con los 700 mmdd del paquete de rescate, el boquete fiscal que la administración Bush heredará a su sucesor adquiere dimensiones colosales, quizás incontrolables. Para fines de 2009 el déficit fiscal real puede superar 7 por ciento del PIB, lo que comprometerá durante años la política fiscal de los sucesores de Bush en la Casa Blanca.

El paquete de rescate tampoco podrá revertir la tendencia secular en la declinación del dólar como moneda de reserva mundial. En estos días de debate en el Congreso los precios de los productos básicos (commodities) han ido en aumento y el dólar sufrió un descenso importante frente a otras divisas. Todo eso implica mayor presión inflacionaria, precisamente en momentos en que la Reserva Federal no puede aumentar la tasa de interés so pena de profundizar la crisis y agravar el descalabro del sistema bancario. Es evidente que el dólar saldrá mal parado de esta crisis y el plan de salvamento de la Casa Blanca no sólo no alterará este estado de cosas, sino que lo puede empeorar.

El desenlace final no puede evitarse: Estados Unidos perderá la capacidad de financiar su déficit externo con un dólar considerado medio de pago y reserva mundial. Eso quiere decir que Estados Unidos ya no podrá empacharse de deuda como hizo en el pasado por una simple y sencilla razón: la credibilidad del resto del mundo en su moneda no será la misma. Si quiere seguir siendo un buen sujeto de crédito para el resto del mundo, tendrá que poner su casa en orden. Entre otras cosas, deberá corregir sus déficit gemelos y reformar el marco regulatorio de su sector financiero.

En el corto plazo deberá colocar un entramado institucional y regulatorio diferente para el componente no bancario del sistema financiero. Es absurdo mantener la bursatilización explosiva, la proliferación de derivados y el florecimiento descontrolado de los fondos de riesgo (hedge funds) como si nada hubiera pasado. Dejar todo esto sin cambios es uno de los defectos más fuertes del paquete de súper rescate.

Sin reformas significativas en el marco regulatorio de su sistema financiero, la credibilidad del resto del mundo en la economía estadunidense se vendrá al suelo y la capacidad de ese país para seguir siendo sujeto de crédito se reducirá sensiblemente. En esas condiciones, esta crisis se traduciría en un estancamiento en el nivel de vida de la población. Junto con la marcada desigualdad que impera en Estados Unidos, eso podría ser un factor de cambio político de primer orden.

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