Reggio’s Weblog

El jovencito Frankenstein, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 30 noviembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Desde el mismo momento en que, en septiembre de 2000, conocí al recién elegido secretario general del PSOE me di cuenta de que Zapatero quería apartarse del pasado inmediato de su partido, pero sin renegar de sus artífices. Fue su primera demostración de cintura política, porque ordenó que se dejara de pagar a los abogados de los ex altos cargos de Interior vinculados a los escándalos que tanto caracterizaron al felipismo, mientras seguía ensalzando públicamente a González para terminar de jubilarle. Su posicionamiento ideológico también tuvo un fuerte ingrediente de ambigüedad calculada: él era un socialista pero, por favor, que nadie le confundiera con los anteriores. Y ahí es donde entran en danza Pettit con su «republicanismo cívico», el tal Richard Florida con su receta de promover los colectivos homosexuales, los gabinetes de tatuajes y los conjuntos de rock y la provocación de que bajar los impuestos es muy de izquierdas. Socialista sí, intervencionista no, que nadie se equivoque conmigo: yo nunca daré órdenes a los fiscales ni me entrometeré en la vida empresarial.

Era la actitud de quien habiendo heredado un apellido, digamos, problemático no sólo no lo repudia sino que lo proclama con orgullo, pero -mucho ojo, que aquí cada uno es cada cual- exige que se pronuncie de otra manera. Es el mismo truco psicológico al que se aferra el personaje que interpreta Gene Wilder en la ya clásica parodia de Mel Brooks. Cuando alguien se dirige a él como «Doctor Frankenstein», el nieto del científico que osó vulnerar las reglas del juego de la vida salta como un resorte para recordarle que debe llamarle «Frankonstin».

Cualquiera diría que los creadores de El Jovencito Frankenstein debieron haber leído el famoso ensayo de Carlos Marx titulado El 18 Brumario de Luis Napoleón pues, al parodiar la gran película del cine negro inspirada en el relato de Mary Shelley -en la que Boris Karloff interpretaba al Monstruo-, aplicaron al pie de la letra su teoría de que la Historia siempre se repite, «pero la primera vez como tragedia y la segunda como farsa».

Hace poco más de un año, con motivo del 25º aniversario de la primera llegada del PSOE al poder tras la dictadura, dediqué una de estas cartas a analizar Lo que va del tío al sobrino, entendiendo que a los crímenes políticos de González no les había faltado el envoltorio de la grandeza del primer Napoleón, mientras los garrafales errores de Zapatero -negociación con ETA, Estatuto de Cataluña- estaban impregnados del timbre de la chapuza que siempre parecía acompañar al emperadorcito casado con nuestra Eugenia de Montijo.

Hace 10 días experimenté con deleite la sensación del déjà vu, al contemplar arrobado desde el borde mismo del proscenio cómo Zapatero abrazaba la mística norteamericana -«padres fundadores» incluidos- con la misma determinación que llevó a González a apoyar no el esfuerzo bélico en el remoto Afganistán sino el mucho más cercano despliegue de los misiles Patriot en la frontera alemana y a hacerse amigo no del progresista Barack Obama sino del muy conservador Ronald Reagan. Es verdad que, a cambio, su famosa foto con Guerra y Boyer, tocados con aquellos superferolíticos gorros de piel en la Plaza Roja, cuando Rusia aun era soviética, también había sido mucho más estrafalaria -aunque no tan ofensiva- que la de Zapatero atornillado a la silla al paso de las barras y estrellas.

Bendito sea San Obama por haber obrado esta conversión, permitiendo a Zapatero descubrir al fin «la casa que brilla sobre la colina», porque no en vano dice el Evangelio que «en el Cielo habrá más gozo por un pecador que se arrepiente que por 99 justos que no necesitan arrepentimiento».

Pero, casi sin tiempo para celebrarlo, ha resultado que este presidente que tanto se esmeraba en marcar distancias con el felipismo y en recalcar que él no cometería los errores del pasado, también ha vuelto a clonar la conducta de su antecesor en un aspecto mucho menos edificante que el cambio de opinión sobre los Estados Unidos.

No deja de tener su gracia que la voz que se ha levantado con más contundencia dentro del PSOE contra la operación Lukoil sea la de Felipe González. ¿Tantas ganas le tiene a Zapatero como para no reparar en que este tinglado de los rusos y Repsol que está denunciando ahora no es sino un mimético calco del que él mismo urdió en torno a los kuwaitíes de KIO para hacerse con el control del Banco Central; que el papel desempeñado por Del Rivero es, mutatis mutandis, el que representaron los Albertos; y que incluso la invocación de un presunto interés del Rey se maneja ahora como excusa y parapeto en círculos gubernamentales de idéntica manera a como se manejó entonces?

No creo que estemos ante la admisión de un escarmiento en cabeza ajena, ni menos aún ante una autocrítica retrospectiva, fruto de las notables mudanzas que al parecer están produciéndose en la vida del ex presidente. En vez de ponerle la proa a Zapatero, debería por lo tanto sentirse orgulloso de él e incluso alardear de la intensidad de la carga genética transmitida. He aquí a mi heredero: quería ser diferente, quería desoír la llamada de la sangre, pero la cabra siempre tira al monte. Ya es, por consiguiente, un felipista malgré lui… y lo digo sin acritud.

Es la fuerza del destino, el fatalismo de lo que estaba escrito, el determinismo del ADN ideológico. De la misma manera que el jovencito Frankenstein se había jurado una y mil veces que nunca intentaría insuflar una nueva vida en las células muertas de un cadáver al modo de su abuelo, Zapatero había expresado en otras tantas ocasiones su compromiso de no reproducir la corrupta España del pelotazo que tanto impulsó González. Sin embargo ahí tenemos al galgo haciendo honor a su casta en el herrumbroso laboratorio de Transilvania, ahí tenemos a la astilla demostrando que procede del mismo palo del cesto de leña que alguien debió trasladar desde la bodeguiya a la Oficina Económica de la Moncloa.

La revelación de Casimiro García-Abadillo de que Javier de Paz visitó hace dos años a Brufau para interceder por Del Rivero en nombre de Zapatero es una calcomanía de su propio relato de hace década y media describiendo las gestiones que Enrique Sarasola realizó ante Javier de la Rosa y sus kuwaitíes en pro de los Albertos y con la implicación personal de González.

El paralelismo -qué bien le caía, por cierto, Sarasola a Carmen Romero- nos devuelve a la película de Mel Brooks y en concreto a la escena en la que el jovencito Frankenstein es recibido por el jorobado Igor, magistralmente interpretado por Marty Feldman con sus inolvidables ojos saltones. Ninguno de los dos mensajes que éste le dirige tiene desperdicio: «Mi abuelo solía trabajar para su abuelo… pero ahora las tarifas han subido».

Javier de Paz es menos simpático, menos zascandil que Sarasola, pero empresarialmente pica más alto y -todo hay que decirlo- está ganándose el respeto de sus compañeros de la cúpula de Telefónica por la seriedad y el empeño con que afronta su trabajo. El problema proviene, claro está, de la fuente de su nombramiento, aunque vivimos en un mundo en el que muy pocos observan la doctrina de la fruta del árbol prohibido y lo meramente habitual es asimilado pronto por la mayoría como perfectamente normal. «¿Joroba?, ¿qué joroba?», exclama Igor cuando el recién llegado le dice que tal vez pueda quitarle, ejem, ese bulto que lleva sobre la espalda.

El propio Frankenstein se olvida enseguida de la peculiaridad de Igor, pues la atracción fatal de ir descubriendo las nuevas fronteras de su poder ahoga cualquier otra consideración. Es la fuerza interior que embriaga a todo aprendiz de taumaturgo. De la misma manera que González convirtió a dos vivalavirgen con gabardina en magnates de la banca, ahí tenemos a Zapatero levantando las palancas, ajustando los fusibles, activando el último dispositivo de su máquina sobrenatural para transformar a un ladrillero venido de Murcia no sólo en la pértiga para asaltar el BBVA, sino nada menos que en el Creso de la industria petrolera.

Ya desde el primer momento la conducta atrabiliaria de la criatura debió inquietar al jovencito Frankenstein lo suficiente como para preguntarle severamente a su nuevo Igor que de dónde había sacado ese cerebro. Pese a que durante un tiempo pareció que todo estaba bajo control, ahora el supuesto ejecutor obediente de las consignas de su supremo hacedor se ha zafado de sus ligaduras y vaga por las calles dando tumbos con su amor propio herido por las befas de los lugareños. «Soy malo porque soy desdichado», dice en la novela. El Monstruo ha vuelto.

González tardó más o menos el mismo tiempo en descubrir que los Albertos se habían pasado de listos estafando a sus socios en el pelotazo de las Torres KIO que el que ha tardado Zapatero en descubrir que Del Rivero se ha pasado de frenada contrayendo en sus delirios de grandeza una deuda mucho mayor que la que nunca será capaz de digerir. Y hoy como ayer la desagradecida criatura se planta en jarras ante su creador: tú que me has metido en este embrollo, sácame ahora de él.

Tanto la lógica como el derecho nos indican que hasta el padre más dedicado y responsable debe de poder desentenderse de lo que en su edad adulta haga un hijo tarambana: allá se las componga, si tiene que quebrar, que quiebre. Pero, claro, en este caso entran en juego no sólo la dimensión del estropicio que podría causar el hundimiento de Sacyr y el prurito de no quedar en evidencia ante la opinión pública, sino también el riesgo de que, en su desesperación, el Monstruo se vuelva contra quien lo engendró y comience a dar mandobles contra la Moncloa o al menos contra el edificio anexo en el que tiene su sede la Oficina Económica de la Presidencia.

Por eso, si en la coyuntura de la primera posguerra del Golfo convenía españolizar a los kuwaitíes, ahora no queda más remedio que rusificar al murciano. He aquí de forma bien patente la prueba de cómo, de acuerdo con la mentada ley marxista, el drama se reproduce en forma de farsa.

¿Qué he hecho yo para merecer a éste?, debe de estar preguntándose el presidente al constatar que todos los caminos que pasan por Del Rivero no le llevan sino hacia desastres diversos. Porque, claro, la Caixa, el Santander y las demás entidades bancarias que, siguiendo el criterio gubernamental y con el ICO como referencia, le prestaron sin garantía alguna la suficiente montaña de millones como para transformar en príncipe a cualquier anónimo mendigo, no sienten otros colores que los de su balance y cuenta de resultados y han anunciado ya que, dentro de los males, prefieren a unos rusos de solvencia media tirando a baja que a un español integralmente insolvente en todos los sentidos de la palabra. Pero los rusos son el Kremlin, Chávez, la polémica con Felipe, la bronca por la comisión de investigación que pide Rajoy, la instrumentalización del Rey, el riesgo de que EL MUNDO siga descubriendo cosas… en fin, el lío padre.

Zapatero no necesita salir del recinto de mi metáfora para darse cuenta de que el origen de este nuevo problema que le acecha con pico de buitre no está en las estrellas sino en la mismidad de su talante. Resulta que el que parecía destinado a ser el espectáculo de mayor éxito de la historia de Broadway, la versión musical de El jovencito Frankenstein producida por el propio Mel Brooks y su socio en la triunfal aventura de The Producers, acaba de anunciar que echará el cierre el 4 de enero con un resultado muy por debajo de esas expectativas. ¿Qué ha podido fallar? El diagnóstico de los especialistas parece la autopsia de nuestro sector de la construcción: las entradas eran demasiado caras; el endeudamiento, demasiado alto; la confianza en que el público seguiría viniendo siempre, demasiado optimista.

Así es como le ha sorprendido a Zapatero la crisis: manejando entrometidamente desde su poltrona los resortes abusivos del poder y redescubriendo las viejas recetas intervencionistas de la socialdemocracia. Hablamos del síndrome de la Moncloa para denominar lo que no es sino la eterna reedición de la tentación de Prometeo. «Quien no haya experimentado la seducción de la ciencia -son las palabras clave que Mary Shelley pone en boca del doctor Frankenstein- jamás comprenderá su tiranía». Pongamos «poder político» donde pone «ciencia» y entenderemos lo que le pasa a Zapatero. Los griegos le llamaban a su enfermedad hubris, o sea arrogancia, y la consideraban el peor castigo de los dioses.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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Keynes, por la puerta grande, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

LUCES LARGAS

Decía nuestro clásico que «los muertos que vos matasteis, gozan de buena salud». Es el caso de Keynes, otro clásico, tantas veces destronado como otras ha acabado colándose por la ventana. La crisis económica actual le está haciendo volver, pero por la puerta grande. Acompañado, eso sí, de otros muchos cuyas aportaciones a las medidas de política económica han sido relevantes en los últimos años, configurando una especie de pastiche ideológico muy posmoderno que la Comisión Europea llama, en su última Comunicación, «mostrar imaginación y flexibilidad».

Aunque los economistas siguen discutiendo sobre las causas de la gran depresión de los años 30 del siglo pasado, una corriente mayoritaria señala que el excesivo apego a la ortodoxia del momento, en especial el mantenimiento del equilibrio presupuestario y la confianza excesiva en que los mercados se acabarían ajustando solos, fue un elemento clave para agravar el problema. Ante una situación radicalmente nueva, hacer lo de siempre fue un grave error. Ese riesgo no lo tenemos ahora. Ante otra situación grave y desconocida, nuestras autoridades están echando mano a toda la caja de herramientas de la política económica: somos keynesianos para unas cosas, monetaristas para otras e incluso ligeramente marxistas si hace falta nacionalizar algo.

Como si se tratase de un capitulo de la serie televisiva House, cuando no sabemos muy bien lo que hacer para curar al paciente de una enfermedad grave y desconocida, pues lo hacemos todo a la vez, confiando en que algo funcione. Ya saben, pragmatismo.Eso explica, sin duda, el goteo permanente de medidas que las autoridades de todos los países están haciendo, así como las modificaciones que algunos introducen en las adoptadas con antelación.Si la crisis es protéica y cambia como los virus, los tratamientos deben ajustarse también a las prioridades marcadas por aquello que, en cada momento, más amenaza la vida del paciente.

Ahora ha llegado la hora de la economía real. Eso no significa que olvidemos las ayudas financieras a la Banca, cuyos escasos efectos sorprenden, ni que hasta la fecha no se haya hecho nada por las empresas y familias. Significa que tanto a un lado como al otro del Atlántico, los planes de recuperación de la actividad económica real han tomado el protagonismo, siguiendo lo acordado en la reciente Cumbre del G20+ZP.

Y estos programas sí son keynesianos en un doble sentido. Primero, se adoptan ante la constatación de que la incertidumbre y el temor ante un futuro negro bloquea las decisiones de familias y empresas hasta el punto de hacer poco eficaz la política monetaria.Inyectar dinero, o bajar tipos de interés como se está haciendo es necesario, pero el dinero se atesora, no circula como debiera, por el efecto desconfianza. Para los interesados, es lo que Keynes denominó la trampa de la liquidez que, combinada con riesgos de deflación como los que se anuncian en estos días, limita de manera poderosa la capacidad de la política monetaria para volver a poner en marcha la maquinaria económica detenida. Por seguir con el símil médico, es fundamental porque ayuda a mantener con vida al paciente, pero no le cura.

Segundo, en esas circunstancias, los mercados no funcionan de manera adecuada, el paro crece junto a las fábricas cerradas y hace falta una intervención estatal mediante normas, pero también mediante un tratamiento de choque presupuestario. El problema hoy es que tras décadas de tomar activismo presupuestario, nuestra economía reacciona poco ante el mismo. Se han generado anticuerpos y su efectividad, a dosis prudentes, es menor ahora que hace 50 años. Por eso hay que elegir bien donde se concentran las propuestas y cuáles deben de ser las nuevas dosis que hagan efecto sobre una economía en la que el peso del sector público ya es muy elevado. Seguramente habrá que seguir recetándolo todo (y algunas medidas recuerdan el Bolero de Ravel por la insistencia con que se anuncian desde hace tiempo), pero concentrando las mayores dosis en unos pocos aspectos.

En el debate de esta semana, hemos vivido un curioso enfrentamiento entre más rebajas de impuestos y más incremento del gasto público.El análisis de la experiencia indica que las bajadas de impuestos son menos eficaces para provocar una reactivación de la economía en situaciones de depresión económica. Dicho de otro modo: la mayor renta disponible de hogares y empresas, procedente de una rebaja de impuestos, se desvía al consumo y a la inversión, en mucha menor medida ahora. Recordemos que lo que funciona en unas situaciones no lo hace igual en otras, de la misma manera que los agujeros negros alteran las leyes de la física o que un descenso del IVA no estimula igual el consumo, con inflación que con precios a la baja.

Entonces, para favorecer la recuperación económica cuando estamos en recesión, mayor gasto público es mejor que rebajas adicionales de impuestos (caso aparte son los descensos en cotizaciones sociales, propuestos también por la Comisión). Por eso, en el nuevo paquete de impulso presupuestario anunciado por el Gobierno, sólo se incluye mayor inversión, tanto la canalizada a través de los ayuntamientos, como la que responde a acciones sectoriales puntuales.Esperemos que los jeribeques presupuestarios y la lentitud administrativa no limite el impacto efectivo de las medidas.

Como quiera que en su intervención parlamentaria el presidente no descartó nuevas actuaciones presupuestarias si la situación empeora, me permito sugerir dos vectores donde el incremento del gasto debe seguir siendo de intensidad excepcional. Primero, las inversiones en políticas que permitan dar el salto hacia una economía menos dependiente del carbono para combatir el cambio climático (automóvil, transporte, vivienda, energía, I+D+i, reforestación).Segundo, acelerar, todavía más, la aplicación de la ley de dependencia (residencias, cuidadores, etcétera). Ambas son propuestas de inversión, creadoras de puestos de trabajo y de un nuevo modelo de crecimiento más sostenible. Y ambas exigen un intenso proceso de concertación entre administraciones así como con el sector privado. Por ahí, si lo hacemos con la intensidad y la continuidad suficiente, iremos por el buen camino.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

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La crisis que fundió a Islandia, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

APUNTES ECONOMICOS

No se trata de un país emergente o en desarrollo, como ha ocurrido en crisis previas. La primera nación soberana que ha sufrido la crisis actual en sus propias carnes es muy diferente. Se trata de Islandia, un país pequeño -no mucho más de 300.000 habitantes- pero con un nivel de vida muy elevado, 56.000 dólares de renta per cápita, y muy igualitario en la distribución de dicha renta. Además, cuenta con una mano de obra extremadamente cualificada, instituciones estables, un mercado laboral flexible, mercados de bienes y servicios competitivos, y un crecimiento económico envidiable. Entre 2004 y 2007: su renta aumentó más de un 25%. Incluso sus parámetros presupuestarios parecen a priori bastante impresionantes, con un superávit de más del 5% del PIB en 2007 y un ratio deuda pública/PIB por debajo del 30%.

A pesar de todas estas virtudes y de estos indicadores, que lucen impecables a primera vista, este pequeño país se ha visto obligado a pedir ayuda al FMI y a sus otros compañeros nórdicos -por un importe de 6.000 millones de dólares- para hacer frente a una situación de crisis financiera y cambiaria sin precedentes.

Además, los tres principales bancos del país han entrado en suspensión de pagos. ¿Cómo es posible que un país con las características de Islandia se encuentre en una situación como la descrita? La respuesta reside en la combinación del patrón de crecimiento y del bancario islandés, que ha generado importantes desequilibrios macroeconómicos. La crisis crediticia ha sido, a estos efectos, perniciosa, pues ha acelerado un ajuste extremadamente brusco en una economía muy vulnerable.

El crecimiento de la economía islandesa de los últimos años, que ha sido muy elevado, se ha basado en una explosión de la demanda doméstica financiada por un crecimiento muy rápido del crédito interno, que en el año 2007 superó el 40%. Ello generó una serie de problemas importantes. El primero es un agujero en la balanza de pagos de cerca del 20% del PIB. El segundo es un endeudamiento bruto de casi el 550% del PIB. El tercero ha sido la aparición de burbujas en el sector inmobiliario -el precio de la vivienda creció al 30% anual durante los años del boom- y en la Bolsa local. Y por último, Islandia ha generado un sector bancario sobredimensionado, cuyos activos superan el 1000% de la renta del país, derivado de que los bancos han intermediado el proceso de expansión crediticia financiándose -como no podía ser de otro modo- en el exterior.

En circunstancias normales, la economía islandesa debería haber sufrido un ajuste relativamente brusco para reducir su dependencia de la financiación externa, cerrando su déficit de balanza de pagos mediante una caída intensa de la demanda doméstica y de los precios de los activos. Lógicamente, esto hubiera reducido el crecimiento de la economía, pero no hubiera generado una situación de caos como la que se está viviendo los últimos meses. El colapso se produce desde inicios de este año, y muy especialmente desde verano, como consecuencia del agravamiento de la crisis financiera internacional, que ha hecho inviable, prácticamente de golpe, el funcionamiento de la economía islandesa dados los desequilibrios acumulados.

Esto nos lleva directamente a la problemática de los bancos islandeses.Las tres principales entidades financieras islandesas estaban altamente internacionalizadas -dos tercios de sus activos y pasivos estaban denominados en moneda extranjera- y, además, los depósitos suponían sólo un tercio de su pasivo total. El resto consistía en financiación mayorista obtenida en los mercados internacionales de capitales con una vida media bastante reducida. A pesar de que la rentabilidad de los bancos era adecuada, al igual que sus ratios de capital, y a pesar de que no contaban en su balance con demasiados activos tóxicos, la estructura de financiación de los mismos les hacía extremadamente vulnerables a una crisis de liquidez como la existente desde hace más de un año, en la que los mercados de crédito se han secado y resulta muy difícil renovar la financiación previa.

Esta debilidad fue inmediatamente percibida por el mercado, de modo que el coste del seguro de impago -los famosos CDS- de los bancos islandeses se disparó a principios de este año hasta cerca de 1000 puntos básicos, que es un nivel elevadísimo. Además, el propio Banco Central de Islandia, en un acto de cándida transparencia, reconoció que los entidades nacionales habían aumentado sus balances en exceso, lo que les hacía vulnerables frente a una crisis financiera internacional, dada la imposibilidad de ser ayudados por el Gobierno.

Por decirlo de otro modo, el tamaño de los balances de los bancos impedía al Gobierno islandés tanto actuar como prestamista de última instancia como garantizar los depósitos en moneda extranjera de sus bancos con sus reservas de divisas.

El ejemplo islandés ilustra las dificultades a las que se enfrenta una economía pequeña, con un sector bancario sobredimensionado e internacionalmente expuesto, y una moneda propia. Lógicamente, los tres bancos islandeses han acabado en suspensión de pagos, y ello está a su vez afectando a la propia economía, que ante la sequía de crédito doméstico se va a ver sometida a un ajuste brutal que hará desaparecer gran parte de la riqueza generada los últimos años y obligará a la población islandesa a un esfuerzo enorme de transferencia de recursos desde el sector privado al público, y desde el sector doméstico al resto del mundo.

Tal vez la única solución para Islandia consista en pedir su adhesión a la Unión Europea y a la Unión Monetaria, para ponerse bajo el amparo del euro y del BCE. Resulta curioso que el pueblo islandés, que tradicionalmente rechazaba casi unánimemente esta posibilidad, ahora la apoya por abrumadora mayoría. Este ejemplo es seguramente extremo, pero puede resultar ilustrativo para otras economías pequeñas, con sistemas financieros de grandes dimensiones y moneda propia. Sobre esto volveremos otro día.Pero, desde luego, sí creo que es un aviso frente a algunos aprendices de brujo que empiezan a predicar en España en contra del euro, achacándole, con enorme ignorancia o tal vez mala fe, el origen de la crisis que vive actualmente nuestro país.

luisdeguindos@hotmail.com

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¿Se puede dar por cerrada la Guerra Civil?, de Gabriel Jackson en El País

Posted in Derechos, Historia, Justicia, Memoria, Política, Religión by reggio on 30 noviembre, 2008

Todas las guerras son crueles, y las guerras civiles parecen especialmente crueles porque dividen familias, clases sociales y hermandades profesionales dentro de un mismo país. Pero la forma de terminarlas puede influir de manera considerable en las actitudes de los supervivientes y de generaciones posteriores. En el caso de la guerra civil de Estados Unidos, la guerra de secesión, la victoria del norte hizo que Estados Unidos siguiera siendo una sola nación y que se aboliera la esclavitud en toda esa nación, incluida la zona de la derrotada Confederación sudista. Inmediatamente después de la rendición del general Robert E. Lee, el presidente Abraham Lincoln y el general en jefe Ulysses Grant ordenaron a los líderes sudistas que disolvieran sus tropas, regresaran a sus casas y reanudaran sus ocupaciones en la vida civil. Como en todas las guerras, se habían producido asesinatos y crueldades innecesarias, pero no había habido campos de concentración para los vencidos ni una política de encarcelamiento prolongado ni ejecuciones sin fin por parte del gobierno victorioso.

A largo plazo, el fin de la guerra de secesión y la restauración de la democracia constitucional en los antiguos Estados confederados significaron también que, como la clase dirigente blanca volvió a sus posiciones de poder, los antiguos esclavos y sus hijos se vieron legalmente privados de los derechos que tenían los ciudadanos blancos. Hubo que esperar a la década de 1960, un siglo después de la guerra, tras la plena participación de soldados negros en la defensa de la democracia occidental en dos guerras mundiales y después de decenios de lucha de un movimiento de derechos civiles, para que un presidente blanco y originario del Sur, Lyndon Johnson, firmara las leyes de derechos civiles que, por fin, permitieron que los negros estadounidenses fueran ciudadanos de pleno derecho, hasta desembocar en el hecho de que acabemos de elegir a un presidente negro. Y, a lo largo del siglo XX, cuando personas del norte como el que esto escribe viajábamos por diversos Estados del sur, veíamos con frecuencia estatuas de Robert E. Lee y otros héroes políticos y militares de la Confederación derrotada, pero nunca se nos ocurrió exigir que quitaran esas estatuas.

¡Qué distintos fueron el desarrollo y las consecuencias de la Guerra Civil en España! El propósito del alzamiento militar de julio no fue liberar a esclavos ni defender un Gobierno democrático legítimo, sino destruir el primer -y muy imperfecto- experimento de democracia política en España y eliminar físicamente, dentro o fuera del campo de batalla, a todos aquellos a quienes se consideraba comunistas, ateos, anarquistas, masones, etcétera. Después llegó una dictadura de 36 años que incluyó miles de ejecuciones políticas -más en el primer decenio- y la continuación de sentencias de cárcel por motivos políticos y de esporádicas condenas a muerte hasta al final.

Sin embargo, para inmensa fortuna del sufrido pueblo español, el joven rey designado por Franco como sucesor y una parte importante de los hijos de la clase media y alta que había apoyado a Franco se habían convencido poco a poco de que a España le era mucho más beneficiosa una democracia constitucional que la continuación del Movimiento. Esta actitud y la sed de libertad de los vencidos y sus descendientes hicieron posible la transición de una dictadura militar de derechas a una monarquía democrática constitucional.

¿Por qué, entonces, han vuelto a convertirse la Guerra Civil y la dictadura posterior en objeto de enconadas disputas en la conciencia pública española? El principal factor, en estos momentos, es la enorme diferencia de trato recibido por el recuerdo público de los muchos miles de víctimas de asesinatos según fueran personas partidarias del alzamiento militar o de la defensa de la república. Las víctimas de los paseos llevados a cabo por incontrolados anarquistas o agentes estalinistas recibieron honras fúnebres siempre que fue posible recuperar sus cuerpos y, en cualquier caso, durante toda la Guerra Civil y la dictadura de Franco, fueron objeto colectivo del homenaje de la Iglesia y el Estado. Las víctimas, mucho más numerosas, de las incursiones falangistas en las prisiones y los juicios en tribunales de guerra sin un mínimo de defensa legal, seguidos de enterramientos de masas en tumbas anónimas, sólo podían ser recordadas en asustado silencio por sus familiares y amigos. Mientras Franco vivía, cualquier homenaje a su memoria era imposible; en los primeros 20 o 30 años de la Monarquía constitucional, la mayoría de la gente permaneció callada porque no había seguridad de cuánto iba a durar la libertad recién adquirida o porque aceptaba de mejor o peor grado la idea de que era mejor olvidarse del pasado, no “remover las brasas” de una guerra que, al fin y al cabo, había terminado hacía más de 50 años.

En mi opinión, si la reconciliación general de los dos bandos de la Guerra Civil dependiera sólo de restaurar la dignidad de los asesinados por la derecha y por la izquierda, sería posible dar por zanjada la cuestión en el contexto de la actual Ley de Memoria Histórica. Por comparar, si la gran mayoría de los alemanes ha reconocido los crímenes del régimen nazi; si la gran mayoría de los estadounidenses ha reconocido los crímenes colectivos de la esclavitud y posteriormente la segregación; y si la mayoría de los surafricanos ha aprobado el final del apartheid, no cabe duda de que la inmensa mayoría de los españoles podría reconocer el carácter criminal de una represión que duró décadas y ejecutó a más de 100.000 no combatientes.

Sin embargo, lo que ocurre en España, una parte importante del problema, es que la sociedad española en su conjunto no ha juzgado la dictadura de Franco como régimen criminal, en el mismo sentido en el que Alemania condenó el régimen nazi, Suráfrica condenó el apartheid y Estados Unidos condenó la esclavitud y el siglo de segregación que siguió al fin de la esclavitud. Existe una parte pequeña pero sustancial de la población española que opina que la palabra República no fue más que un sinónimo de incompetencia y desorden, que recuerda la violencia laboral, las amenazas contra la Iglesia y la burguesía y las promesas de uno u otro tipo de revolución colectivista en la primavera de 1936. Para esa minoría sustancial, el alzamiento militar fue un esfuerzo justificado, un pronunciamiento tradicional español como método para restablecer el orden público. Esas personas, aunque reconocen la extrema crueldad del régimen de Franco, consideran que la izquierda revolucionaria fue más responsable de la Guerra Civil y sus terribles consecuencias que el alzamiento del 18 de julio.

En estas circunstancias, con la opinión nacional fuertemente dividida, la Ley de Memoria Histórica cumple el propósito justo de permitir que las familias que perdieron a miembros en la salvaje represión franquista descubran todo lo posible, entre 30 y 70 años después, de los restos físicos de sus seres queridos, y que vean sus nombres limpios de acusaciones penales injustas. El Gobierno actual también ha actuado de manera honorable al conceder la ciudadanía a los exiliados republicanos y sus hijos, así como a los miembros de las Brigadas Internacionales que lucharon en defensa de la República. Y, desde luego, debería ser posible, aunque sin duda controvertido, anular por completo las condenas de prisión y muerte dictadas por los tribunales sin que se permitiera ninguna defensa ni se mostrara ninguna preocupación profesional por la veracidad de las acusaciones. Sin embargo, el trato reciente dado al esfuerzo del juez Garzón para documentar en la mayor medida posible las purgas mortales realizadas por los generales rebeldes y sus seguidores deja bien claro que muchos ciudadanos conservadores no creen que dichas purgas constituyeran crímenes contra la humanidad.

Existe un viejo dicho que siempre ha tenido un gran significado para mí como historiador: la verdad os hará libres. En realidad, me parece una frase demasiado categórica. Pero sí estoy convencido de que la voluntad de reconocer la verdad, por desagradable que sea, es un requisito indispensable para superar los recuerdos amargos que pueden transmitirse mientras no haya un relato claro, cualitativo y cuantitativo, de los crímenes cometidos por los militares rebeldes, la Falange, los “incontrolados”, los agentes estalinistas y la escoria criminal que, en cualquier sociedad, se aprovecha de los odios de clase y la desintegración del orden público.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Gabriel Jackson es historiador estadounidense.

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Para que no olvidemos, de Paul Krugman en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

Hace unos meses, me encontraba en una reunión de economistas y autoridades financieras hablando, cómo no, de la crisis. Hubo mucho examen de conciencia. Un político veterano preguntaba: “¿Por qué no lo vimos venir?”.

Naturalmente, sólo se le podía responder una cosa, y la dije yo: “¿Qué quieres decir con ‘vimos’, hombre blanco?”.

Ahora en serio, el susodicho tenía razón. Hay quienes dicen que la crisis actual no tiene precedente, pero lo cierto es que hay muchos precedentes, algunos de ellos de cosecha muy reciente. Ahora bien, se hizo caso omiso de estos precedentes. Y la historia de cómo no lo “vimos” venir tiene una clara implicación política, a saber, que la reforma del mercado financiero debería ponerse en marcha rápidamente, de que no se debería esperar a que la crisis se resuelva.

Y respecto a esos precedentes: ¿por qué desecharon tantos observadores los signos inequívocos de la burbuja inmobiliaria, a pesar de que aún estaba reciente en nuestra memoria la burbuja de las puntocom de la década de los noventa?

¿Por qué insistía tanta gente en que nuestro sistema financiero era “fuerte”, como dijo Alan Greenspan, cuando en 1998 el colapso de un único fondo de cobertura (Long-Term Capital Management) paralizó temporalmente los mercados de crédito de todo el mundo?

¿Por qué prácticamente todo el mundo creía en la omnipotencia de la Reserva Federal cuando su homólogo, el Banco de Japón, se pasó una década tratando en vano de reactivar una economía atascada?

Una buena respuesta a estas preguntas es que a nadie le gusta un aguafiestas.

Mientras la burbuja inmobiliaria seguía hinchándose, los prestamistas estaban ganando muchísimo dinero concediendo hipotecas a cualquiera que entrara por la puerta; los bancos de inversión estaban ganando aún más dinero reconvirtiendo esas hipotecas en nuevos y relucientes valores; y los gestores de capital que se apuntaban enormes ganancias sin realizar al comprar esos valores con fondos prestados parecían verdaderos genios y se les pagaba como corresponde. Pero, ¿quién tenía ganas de escuchar a unos economistas patéticos advirtiendo que todo aquello era, en realidad, un negocio piramidal de dimensiones descomunales?

Hay también otro motivo por el que los círculos de la política económica no vieron venir la crisis actual. Las crisis de la década de 1990 y de principios de la década actual deberían haber sido contempladas como presagios funestos, como el preludio de los problemas todavía peores que se nos venían encima. Pero todo el mundo estaba demasiado ocupado celebrando que habíamos logrado superar esas crisis como para prestar atención.

Repasemos en concreto lo que aconteció tras la crisis de 1997 y 1998. Esta crisis puso de manifiesto que el sistema financiero moderno, con sus mercados liberalizados, unos actores fuertemente apalancados y movimientos de capital mundiales, estaba volviéndose peligrosamente frágil. Pero cuando amainó la crisis, lo que estaba a la orden del día era el triunfalismo, no los exámenes de conciencia.

La revista Time denominó a Greenspan, Robert Rubin y Lawrence Summers “El comité que salvará al mundo”, el trío que “impidió un desastre financiero mundial”. Efectivamente, todo el mundo celebró que pudimos alejarnos del precipicio, pero se olvidó de preguntar por qué llegamos a estar tan cerca del borde.

De hecho, es posible que tanto la crisis de 1997 y 1998 como el pinchazo de la burbuja de las puntocom tuvieran el perverso efecto de hacer que tanto los inversores como las autoridades económicas se volvieran más complacientes, en vez de menos. Dado que ninguna de las dos crisis estuvo a la altura de nuestros peores temores, dado que ninguna de las dos desembocó en otra Gran Depresión, los inversores llegaron a creer que Greenspan tenía un poder mágico para resolver todos los problemas (y también el propio Greenspan, sospecha un servidor, pues se opuso a todas las propuestas de una regulación prudente del sistema financiero).

En estos momentos nos encontramos en medio de otra crisis, la peor desde la década de 1930. Hasta la fecha, todas las miradas apuntan a la respuesta inmediata a esta crisis. ¿Servirán finalmente de algo las cada vez más drásticas iniciativas de la Reserva Federal para descongelar los mercados de crédito? ¿Servirá el estímulo fiscal del Gobierno de Obama para dar un giro a la productividad y el empleo? (Por cierto, sigo sin estar seguro de que el equipo económico esté siendo suficientemente ambicioso).

Y puesto que estamos todos tan preocupados por la crisis actual, cuesta concentrarse en temas a más largo plazo, como frenar nuestro desenfrenado sistema financiero con el objetivo de evitar o al menos acotar la próxima crisis. No obstante, la experiencia de la última década nos indica que, mejor temprano que tarde, deberíamos plantearnos una reforma financiera y, sobre todo, regular el “sistema bancario en la sombra” que ha originado el caos actual.

Porque una vez que la economía esté en la senda de la recuperación, los chanchulleros volverán a ganar dinero fácil, y presionarán con todas sus fuerzas contra todo aquél que intente limitar sus beneficios netos. Es más, el éxito de las iniciativas para la recuperación parecerá algo predestinado, aunque no lo haya sido, y la urgencia para actuar desaparecerá.

Éste es mi ruego: por muy apretada que ya esté la agenda del ejecutivo entrante, no debería aplazar la reforma financiera. El momento de empezar a prevenir la próxima crisis es precisamente ahora.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y Premio Nóbel de Economía de 2008.

© 2008 New York Times News Service

Traducción de News Clips.

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De previsiones y planes, de Ángel Laborda en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

Esta semana hemos conocido el último de los tres principales informes sobre la coyuntura económica mundial que publican los organismos internacionales en primavera y otoño, concretamente el de la OCDE. La volatilidad y rápido deterioro de esta coyuntura se ponen de manifiesto en que las previsiones de estos organismos han ido a peor conforme aparecían a pocas semanas una de otra. Así, centrándonos en España, el FMI nos daba a comienzos de octubre una caída del PIB en 2009 del 0,2%, la misma cifra que publicaba la Comisión Europea en los primeros días de noviembre. Sin embargo, pocos días después, en un movimiento inusual, el propio FMI corregía sus cifras de unas semanas antes y agrandaba la caída al 0,7%. La OCDE vuelve a rebajarla ahora, y ya vamos por un -0,9%. Ésta es la cifra también del consenso del Panel de Funcas (media de catorce servicios de estudios e instituciones españolas a los que Funcas encuesta cada dos meses), igualmente publicado esta semana. Para 2010, la OCDE señala la salida de la recesión, si bien con un crecimiento medio anual del PIB modesto, el 0,8% (gráfico superior izquierdo).

Como señalamos todos los que nos dedicamos a este oficio, estas cifras hay que contemplarlas siempre, pero en estos momentos mucho más, dentro de un amplio margen de confianza. Por ejemplo, en el panel de Funcas, las previsiones van de un 0,1% a un -1,5%, si bien, eliminando los extremos, el resto se agrupan en torno a -1% con poca dispersión, lo que no quiere decir que por ello la previsión sea especialmente fiable o que no haya que corregirla dentro de poco. Baste recordar que el consenso del Panel de Funcas esperaba un crecimiento del 0,3% hace sólo dos meses. El grado de incertidumbre actual es muy elevado y lo único que podemos adelantar los economistas es que el próximo año el PIB se va a contraer y que muchas empresas cerrarán y otras ajustarán plantillas, por lo que se perderán muchos puestos de trabajo. La salida de la recesión la fijamos al final de 2009 o principios de 2010, pues para entonces ya habrán pasado los cuatro o seis trimestres de retrocesos del PIB que suelen abarcar estas fases recesivas. Claro que los interrogantes e incertidumbres son ahora mayores que en otras situaciones anteriores similares, pues todo depende de cuán largo sea el periodo que necesite el sistema bancario para desbloquearse y para que vuelva a fluir el crédito normalmente. Las autoridades en el mundo se han conjurado para impedir que quiebren los bancos, pero de ahí a lograr que estén en condiciones de prestar en las cantidades que requiera la economía hay un trecho.

En el gráfico superior derecho se muestran las previsiones de paro. La OCDE lleva esta cifra a casi el 15% de la población activa en 2010, unos 3,5 millones de parados, pero en Funcas la elevamos hasta el 18% (4,3 millones). Dependerá de cuánto decrezca la economía, pero sobre todo de cómo se comporten los flujos inmigratorios, que hasta ahora se han visto poco afectados. Cualquiera de las dos cifras es suficientemente grave.

Aunque en menor medida, el paro va a aumentar en todo el mundo. Por eso, los Gobiernos, entre ellos el español, se han puesto a lanzar grandes planes de ayuda a la economía. Lo que no sé si tienen en cuenta suficientemente es que todos esos planes van a llevar los déficit y deuda públicos a niveles muy superiores a los que los organismos internacionales y los analistas privados estamos contemplando ahora (gráfico inferior derecho), lo cual puede ayudar algo en el corto plazo, pero va a crear problemas graves a medio y largo plazo. Por ejemplo, ¿nos ha dicho el Gobierno español adónde prevé que se vaya el déficit en un par de años? Para empezar, estamos contemplando una cifra inferior al 2% del PIB para 2008, pero, según han expresado las autoridades, podría irse al 3% o más. Si partimos de esta cifra y tenemos en cuenta los efectos de los estabilizadores automáticos, muy intensos en España, y las medidas fiscales de carácter discrecional ya tomadas o anunciadas, a mí me sale un déficit superior al 8% en 2010, y aún seguiría aumentando en 2011. Son cifras que marean y hasta hacen dudar de si uno comete algún error de cálculo. Por eso me gustaría que los que más saben de esto, los de Hacienda, nos dijeran algo al respecto, pero bien fundado, claro.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas).

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De la brigada Pomorska, de Enric Juliana en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 30 noviembre, 2008

CUADERNO DE MADRID

La brigada Pomorska fue la heroína de la última gran carga a caballo de la historia militar. En septiembre de 1939, cuando los Panzer alemanes invadieron Polonia, se encontraron de frente a una brava y quijotesca caballería. Sables contra tanques. Cascos y lanzas contra la Wermacht imparable. La brigada Pomorska fue la más valiente. Y en pocas horas resultó aniquilada.

Es una historia romántica. Lo viejo contra lo nuevo, el jinete contra la máquina, el arrojo contra la potencia. Es una bella historia que admite matices. Parece que fue un poco exagerada por los propios generales alemanes, deseosos de dar un tinte épico a la blitzkrieg y muy poco atentos al furor alemán en las acerías del Ruhr y del Rin, retrasaban los cambios todo lo que podían. Así pereció la brigada Pomorska.

Hace cosa de dos años, la caballería polaca ofrecía una sugerente metáfora del primer gobierno tripartito de Catalunya. Las fuerzas políticas y económicas catalanas lanzadas al galope para modificar la arquitectura política española (nuevo Estatut), el reparto territorial de la caja común (nueva financiación) y los arrogantes dominios de la oligarquía madrileña (opa de Gas Natural sobre Endesa), sin mesurar bien la envergadura de los objetivos y la potencia de las fuerzas adversas. La estampa era pertinente. Polonia siempre da de sí.

Media legislatura después -muy poco tiempo en términos históricos, una eternidad en el plasma mediático-,hay novedades sobre la brigada Pomorska. Mejor dicho, sobre algunas de las unidades blindadas que frenaron, e incluso ridiculizaron, el mal calculado envite de los catalanes. Veamos, dos años después, cómo está el campo de batalla.

El Tribunal Constitucional se prepara para dictar una sentencia interpretativa del Estatut, que cercenará algunos artículos importantes (la bilateralidad, especialmente) y evitará una sangría en lo simbólico. Dolerá, pero no se levantarán barricadas en el paseo de Gràcia. El Gobierno se apresta a echar mano del déficit público –ja no ve d´un pam, ha aprendido a decir Rodríguez Zapatero en la intimidad-, para improvisar una fórmula financiera que gustará a los andaluces (de eso se trata) y dará medio respiro, sólo medio respiro, a José Montilla. Y el Gran Madrid está en apuros. En serios apuros.

La crisis golpea con mucha más dureza de lo que podía preverse los engranajes del proceso de acumulación de capital que puso en marcha José María Aznar con la total privatización de las empresas públicas y la liberalización de la ley del Suelo. Las unidades blindadas del aznarato con más empuje -las compañías constructoras- están que echan humo, y algunas yacen despanzurradas en el erial manchego.

Con deudas hasta las cejas en el Ayuntamiento y en la comunidad, el Gran Madrid vive tensiones inéditas. El palco del Bernabeu, la mayor lonja de contratación de España durante años, ya no es capaz de absorber y reconducir el abrupto desbarajuste. Por ello, Miguel Boyer, el liberal Boyer, dice ahora que fue un error la total privatización de Repsol y sugiere el retorno del Estado. O el Estado, o los rusos. Lo de la caballería polaca es una broma comparado con el boquete que la quiebra de Sacyr podría abrir en el Banco de Santander y en Caja Madrid.

¿Y la brigada Pomorska? Repaso la libreta de notas: Jordi Pujol, preocupado, en Madrid, por los intentos de presentar a Artur Mas como un radical; Joan Puigcercós, también en Madrid, distinguiendo, suavemente, entre “urgencias y necesidades”; Montilla, prudente como siempre; Duran, soñando grandes pactos de Estado; Mas, viajando a la capital sin que siempre lo sepan los periódicos, y Carod, abogando en Barcelona por el fin del “antiespañolismo”. ¡Caray con los oficiales polacos!

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Mas allá del corto plazo, de Joaquín Muns en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

Cada día nos sorprende con un nuevo paquete de medidas económicas. Los gobiernos parecen rivalizar y las cantidades anunciadas son cada vez más cuantiosas. Algunas de ellas dan vértigo. Los países que, como Alemania, tienen una actitud más precavida son fuertemente criticados por insolidarios, aunque su prudencia sea loable. No importa que lo anunciado hasta ahora haya tenido unos resultados muy modestos, si es que los ha tenido. Ha llegado la época de los gobernantes hiperactivos; parece que la prudencia no tienen cabida en esta vorágine de planes.

Toda esta actuación adolece de serios defectos de improvisación y de una visión excesivamente concentrada en el corto plazo. La premisa de que el mundo se va a hundir si no se actúa y el pánico que ello genera llevan de forma clara al convencimiento de que el fin justifica los medios, una conclusión siempre discutible.

Los gobiernos se han lanzado auna aventura cortoplacista cuyas consecuencias, tanto en términos de costes como de impacto sobre los mecanismos de la economía de mercado, no han calculado ni, en muchos casos, parece que hayan ni siquiera previsto. Si nos fijamos en los aspectos fiscales, que seguramente son los más importantes, se ha pasado sin pestañear a la filosofía de que el déficit público y la consiguiente deuda que genera son, ahora, la solución.

Ha costado muchos años convencer a los gobernantes y al público que la disciplina fiscal y presupuestaria son la mejor opción para la economía. Nadie pretende, en estos momentos de grave crisis, que esta disciplina se mantenga a rajatabla. Pero el déficit público es un mal que, en este caso, se usa para paliar otro mayor. Ello quiere decir que, como dañino que es, el déficit público, incluso en las actuales circunstancias, ha de usarse con suma prudencia y en las menores dosis posibles.

El endeudamiento del sector público no es inocuo. Las cargas de esta deuda se incorporan a los presupuestos y reducen, a medio y largo plazo, la capacidad de crecimiento. La deuda pública suele expulsar a la del sector privado o, por lo menos, la encarece. Por lo tanto, debería hacerse lo posible para reducir el impacto presupuestario de las medidas que se adoptan. Por ejemplo, intentando reducir costes en otras partidas prescindibles y elaborar planes de reversión al equilibrio fiscal a medio y largo plazo, como han hecho los ingleses.

Uno de los frentes en los que había luchado más tenazmente la Unión Europea era el de la competencia sin trabas y la persecución de las ayudas distorsionadoras de ésta. No cabe duda de que el abandono de este camino es otra de las víctimas de los planes de rescate que se anuncian. Si, por ejemplo, se ayuda a la industria del automóvil sobre base nacional, como se pretende, inevitablemente se incurrirá en serias distorsiones de la competencia.

Por otro lado, los planes que se están poniendo en marcha deberían insertarse no sólo en líneas de actuación puramente reactivadoras, sino también en el marco de las reformas que necesita cada país. Por ejemplo, en el caso español la reactivación sin más puede ser contraproducente si no contempla simultáneamente otros dos objetivos: la drástica reducción del déficit exterior por cuenta corriente y el aumento sustancial de la competitividad. Volver las cosas al punto de partida sin introducir las reformas necesarias es una solución engañosa.

Los planes de ajuste, de rescate o de estímulo, tres variantes de un procedimiento para corregir problemas de desajuste económico, son -o por lo menos deberían ser-ejercicios técnicos. En ellos, la urgencia del corto plazo debería combinarse con las necesidades de lograr una economía saneada a medio y largo plazo, que es la única que puede proporcionar crecimiento estable y continuado. Si los dirigentes políticos no son capaces de zafarse de la angustia del corto plazo, es fácil que paguemos un precio muy alto para salir de la crisis y otro, más tarde, para desenredar la maraña asistencial que está creando el sector público.

No parece que la solución de los problemas deba pasar por la asunción pública de las deudas, desajustes y pérdidas del sector privado financiero y empresarial. La reactivación y los planes que la apoyen serán una pérdida de tiempo y de recursos si no impulsan, de manera preferente, todas aquellas reformas que, tanto a nivel de cada Estado como globalmente, se necesitan para iniciar una nueva fase de crecimiento sobre bases más sólidas.

A menudo, los gobiernos dan la impresión de que lo único que importa es que la recesión no se agrave. Esto es importante, pero también que esos planes sirvan para volver a crecer de forma sana y evitar, así, futuras crisis.

Joaquim Muns. Economista y abogado. Premio de Economía Rey Juan Carlos I, es catedrático de OEI en la UB y fue director ejecutivo del FMI y del Banco Mundial.

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Guerra de precios en la alimentación de José Luis Nueno en Dinero de La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

Estoy firmemente comprometido a mejorar la información de que disponen los consumidores sobre los precios de los alimentos”, anunciaba hace unos meses el ministro de Industria. El 2008 ha sido un año con evidentes desórdenes de comportamiento. Tras 20 años de contención en los precios de los alimentos, entre el último trimestre de 2007 y el primero de 2008 se dispararon alarmantemente. Señor ministro, si no le gusta hacia dónde van los precios de los alimentos espere un minuto. Por poner un ejemplo, para un índice de 100 en 1982, el petróleo estaba en 456 en junio, en 345 en septiembre y en 250 en octubre de 2008. En cuanto a las materias primas alimentarias, marcaban 251 en junio, 202 en septiembre y 157 en octubre de 2008 y los aceites 322, 301 y 268 respectivamente.

La competencia en precios es indisociable con el comportamiento de los gestores de las distribuidoras alimentarias. En las guerras de precios los concurrentes dejan de prestar atención a los clientes para dedicarla a seguir la conducta de los competidores, dice la teoría. “Eso es una simpleza”, sostiene uno de los directores de una de las más importantes cadenas de distribución. “Nosotros dedicamos atención a los competidores en guerra o en paz. Me sabe mal tener que reconocerlo, pero el recurso de bajar los precios es algo que, al igual que el instinto de destrucción del escorpión de la fábula, está en nuestra naturaleza”.

A principios de este mes se declaró la primera guerra de precios en el sector alimentario, consecuencia de la escalada inflacionista de finales de 2007. Que el sector de la distribución alimentaria es uno dado a las guerras de precios es detectable a través de sus condiciones estructurales así como a través de las señales de alerta temprana que se hacen los jugadores entre sí.

Con respecto a la primera, en ningún sector como en el alimentario alcanza la competencia la tenacidad que se da aquí. La concentración del 70% de las ventas en ocho cadenas nacionales; el hecho de que la competencia sea intertipo (es decir, un híper de Carrefour compite con los de Alcampo, pero también con un supermercado como Mercadona o Caprabo y con discounters como Día – que además pertenece al mismo accionista-o Lidl y todas ellas venden un surtido que, en más de la mitad de sus referencias, está compuesto por las mismas marcas y variedades).

También se detectaba en el juego de señales en una u otra dirección. El máximo representante de una cadena de distribución se dirigía a sus competidores y proveedores relevantes en un foro este mismo mes apelando a la responsabilidad de los operadores para evitar la guerra de precios: “Espero que si alguien la inicia, los demás no le sigan; en tiempos de vacas flacas, hay que jugar a ganar”. En sentido opuesto, el responsable de una cadena de tiendas de descuento señalaba que “nosotros trasladamos todos los ahorros que nos sean posibles al consumidor”. La cadena más respetada del sector, Mercadona, llevaba el anuncio al límite del compromiso con los precios bajos al lanzar 48 horas después la primera andanada de la guerra de precios al bajar el del pan, y posteriormente extenderla a las cien referencias de más venta de su marca propia situándolos un punto por debajo los precios medios de estas en Carrefour. Para enfatizar la seriedad de su compromiso con los precios bajos, sustituía también a uno de los profesionales más respetados del sector, su director general, y a dos de sus más influyentes jefes de compras, presumiblemente por un equipo con ideas menos cualitativas.

España, que ha sido poquita cosa en materia de innovación en productos o en progreso científico, ha alumbrado tres de los fenómenos de la distribución más admirados del mundo: El Corte Inglés, Zara y Mercadona. En cuando este último, que venía creciendo alrededor de 15% cada año, parte a través de su capacidad de sacar un mejor rendimiento a cada metro cuadrado y parte a través de añadir tiendas nuevas, pasó a ralentizar su ritmo de crecimiento los últimos meses a no crecer, el germen de la guerra de precios se instaló definitivamente en el mercado español.

Una de las alucinaciones en las que un detallista alimentario con aspiraciones de líder nacional como Mercadona no puede caer es la que se denomina “la trampa del consumidor razonable”, que es la creencia ingenua de que a cambio de una mejora en los servicios prestados al consumidor cualquier proveedor merece que aquel le reconozca un beneficio.

La paradoja es que hoy, cuando los consumidores son capaces de reconocer la calidad de los servicios que presta un distribuidor, no sólo no le reconocen su derecho al beneficio, sino que se lo demuestren acudiendo con menos frecuencia a sus tiendas y repartiendo sus presupuestos de compra con otros. Así son ustedes. Así nos hemos vuelto.

El innovador emprende una guerra de precios por múltiples causas, aunque detener la hemorragia de patronos o mantener o recuperar una imagen de precio de sus ofertas son los que están promoviendo la que ha empezado hace 15 días.

Los efectos de las guerras de precios son negativos a corto, traen consecuencias dolorosas a medio plazo mientras que a largo plazo pueden acarrear algún efecto positivo.

A corto plazo, el volumen a precios más bajos no aumenta, pero los consumidores lo reparten entre más enseñas ya que tienden a diversificar las que visitan. Esta redistribución del gasto es el resultado del desconocimiento, al menos de la inseguridad que acarrea la volatilidad de tarifas. Puede darse un efecto psicológico de aumento de volumen por anticipación de compras si se percibe la reducción como realmente importante.

A largo plazo, sin embargo, cuando cesan las hostilidades, el comportamiento original regresa a su cauce. La mayoría de los efectos a corto son temporales, salvo el hábito de visitar más tiendas, cuyos efectos son más permanentes.

Por tanto, el resultado neto es negativo para los detallistas.

La evidencia de episodios anteriores en alimentación como la que se produjo entre 2003 y 2006 en Holanda, que llegó a impactar el índice de precios al consumo de ese país deflactándolo nueve puntos en el año inicial de las hostilidades, es que tan sólo benefician a quien los inicia. Ello se debe a los efectos sobre la construcción de imagen de precio.

Aquellos detallistas con posicionamientos cualitativos deben evitar iniciarlas, ya que les será difícil recuperar los precios una vez concluidas las hostilidades.

Un jugador que ya tenía los precios bajos como Mercadona, tiene que asumir un esfuerzo menor en reducirlos, y de hecho puede bastarle con dar mayor notoriedad a sus ofertas.

Por tanto, ante la certeza de que se va a producir una, “mejor comer carne que ser carne”.

José Luis Nueno. Profesor del Iese.

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Sacyr, Crimen y ¿Castigo?, de Jesús Cacho en El Confidencial

Posted in Economía, Política by reggio on 30 noviembre, 2008

CON LUPA

Los españoles estamos viviendo el éxtasis de una novela empresarial que, como la célebre Crimen y Castigo de Dostoievski, tuvo también su crimen, pero cuyo protagonista, un Rodion Romanovich Raskolnikov murciano que soñó con conquistar el mundo, aún no ha tenido su castigo y es muy posible que escape sin él, no obstante lo cual el episodio está sirviendo para poner de nuevo en evidencia los males de una democracia corrompida como la nuestra. Me refiero al drama, inmoral que no inmortal, de Sacyr Vallehermoso, su participada Repsol, y una compañía petrolera rusa de la que la mayor parte de los españoles no había oído hablar hasta ahora.

Gran parte de los capítulos del relato son conocidos, como el relativo al asalto del BBVA, un crimen contra el libre mercado del que nuestro pequeño Napo salió con un castigo de casi 150 millones de euros en plusvalías. Esto es Jauja, se dijo el murciano. Esto de ponerse a las órdenes del Gobierno, funciona. Víctima de su ensoñación imperial, nuestro generalito preparó una Grande Armée de naranjeros amigos dispuesto a cruzar los Pirineos cual Aníbal sin elefantes para invadir La France Oh la lá! Del escándalo Eiffage tuvo que sacarlo la fuerza aérea española, aérea, sí, porque hubo mucho viaje entre París y Madrid, muchas gestiones del jefe de la Oficina Económica de Moncloa, David Taguas, con su colega francés, François Perol, mucha súplica de Zapatero a su homólogo Sarkozy. Del crimen de Eiffage salió naranjito con un castigo mínimo, casi testimonial.

El Gran Momento del Mari Tribune murciano, con perdón de García Hortelano, llegó, sin embargo, con su desembarco en Repsol YPF de nuevo de la mano de Moncloa. Lo nunca visto: el ladrillo en el petróleo. Había un pequeño problema, sí, a la hora de tomar ese 20%, un pero anecdótico, cierto, y es que cuando los gestores de Sacyr tomaron la decisión de embarcarse en esa operación eran muy conscientes de que no tenían recursos para financiar tamaña adquisición y, lo que es peor, sabían perfectamente que la deuda de la sociedad estaba en el límite, si no lo excedía ya de lo que cualquier gestor prudente hubiera admitido como tolerable.

A pesar de lo cual, un grupo de bancos y cajas, con el Santander a la cabeza, decidieron financiar la gigantesca aventura, porque la banca financiaba, y sin recurso, cualquier cosa que se le pusiera por delante, más si detrás había una llamada amable del Gobierno. Y básicamente sin otras garantías que las propias acciones de Repsol. Otorgar financiación en los términos expuestos en Coloniales, Fadesas, Habitats, Metrovacesas, Accionas y un sinfín de operaciones más, no parece conducta muy acorde con los estándares que la ley, ¡Ay, la Ley!, impone al empresario, en general, obligado a actuar con “la diligencia de un ordenado comerciante”, y al banquero en particular, forzado por la norma a una “gestión prudente” de los fondos ajenos que maneja. Las instituciones de supervisión, en particular el Banco de España, nada objetaron, que se sepa, a ese tipo de financiación alegre y faldicorta, que diría el camarada Primo de Rivera.

Ahora viene el llanto. Hay que evitar a toda costa la bancarrota de Sacyr porque nos va la vida en ello, o eso quieren hacernos creer. La quiebra del naranjero murciano podría poner en un brete a bancos y cajas acreedores, por no hablar del efecto en cadena sobre clientes, proveedores y trabajadores en nómina. El crimen de uno solo, convertido en castigo de todos. Abracadabrante paradoja. Hay que salvar al soldado Rivero a costa de poner en jaque todos los recursos nacionales, acabar de corromper todas las instituciones y violentar todas las leyes, la pobre puta desorejada Ley que corre aterida por los páramos de España.

Para superar el trance se ha buscado a lazo a una petrolera rusa dicen que mafiosilla, pellizco de monja, pero sobre todo sujeta a las órdenes del Kremlin, pecado mortal, (¡”Apártate que me tiznas”, dijo la sartén al cazo!). El problema es que los rusos creían venir como invitados gratis total, al menos eso les dijeron, dispuestos a yacer con la Carmen de Ronda sin poner un duro, porque los señoritos de Caixa les aseguraron que los españoles también ponían la cama, es decir, la banca se iba a subrogar en el crédito concedido a Sacyr en las mismas condiciones… El problema ha surgido cuando aquella banca alegre y faldicorta se ha tornado de pronto seria y rigurosa y ha dicho que no, que ni hablar, que garantías para dar y tomar, y Euribor más 350 puntos básicos de spread y, si no, a tocarla a Parla.

Y lo que prometía ser una operación rápida, al gusto de Fainé, se ha transformado en algo de difícil encaje, porque a los ruskis no les habían contado toda la verdad y además vienen para mandar, raros que son los Vladimiros: resulta que en un país donde se manejan empresas y bancos con un puñado de acciones, siempre menos del 1%, ahora vienen ellos y pretenden mandar con el 30% del capital, ¡intolerable, hombre, dónde vamos a parar!, de modo que ahora queremos que firmen un papel en el que se comprometan a estar en Repsol de oyentes, y ello entre el ir y venir de maletines, majestuosas comisiones, y el pánico de un Fainé que por nada del mundo quiere que este episodio termine derivando hacia algo parecido al de la OPA de Endesa. Y, por cierto, a los minoritarios de Repsol que les vayan dando, que vendan en Bolsa a 15 euros la acción si necesitan la pasta para los regalos de Navidad.

Dejar que quiebre Sacyr-Vallehermoso

Pero el escándalo no es Lukoil, no. El escándalo fue y sigue siendo la vergonzosa operación del Gobierno que puso en manos de Sacyr el 20% de Repsol. Conductas propias de Banana Republic, que se repiten con periodicidad de reloj suizo con los Gobiernos PSOE (Cartera Central). ¿Qué secretos de alcoba guarda Del Rivero de su relación con Moncloa? ¿Qué deuda tiene contraída ZP con este caballerete para sacrificar el interés general al particular? ¿Sólo financiación del partido o algo más? ¿Por qué hay que salvar al soldadito de plomo murciano? No hay respuesta. Hay que encontrarle comprador como sea, y además dispuesto a pagar lo que pide, porque en caso contrario quiebra, y eso no puede ser. ¿Y por qué no puede ser?

Si una empresa no puede atender la devolución de sus préstamos, su quiebra/concurso es la solución que la ley establece para tal tipo de situación, y no se alcanza a entender la razón que en Derecho ampare otra distinta. Si, como algunos sostienen, la supervivencia de esa empresa es cuestión de interés nacional, existe en la Ley de Sociedades Anónimas un precepto de honda raigambre patria, el artículo 265, que prevé expresamente que, a petición de accionistas que representen la quinta parte del capital social o del personal de plantilla, el Gobierno pueda acordar mediante Decreto su intervención si estima que se da ese interés, concretando la forma en que ha de subsistir y las eventuales compensaciones a sus accionistas en caso de que su participación valiera algo.

En cuanto a las responsabilidades patrimoniales -el Castigo de naranjito y sus copains-, los administradores de las entidades involucradas, todos millonarios de tronío, estarían obligados a atender (solidariamente en cada consejo) con sus bienes presentes y futuros los daños y perjuicios irrogados a las sociedades que administran y a los terceros, incluidos los trabajadores, de una gestión no acorde con los estándares de conducta establecidos en la ley aludida. En suma, si España fuera una democracia y no el Puerto de Arrebatacapas que es, estaríamos ante una cuestión de orden jurídico, no político, de mera aplicación de la ley. Démosle, pues, una oportunidad a la Ley. ¡Que quiebre Sacyr!

“¡Ah, qué barbaridad, eso sería un desastre!” Desde luego que sí para los Del Rivero, Abelló y compañía. Y si Sacyr no puede mantener el 20% de Repsol, que los bancos ejecuten la prenda, se repartan el paquete en proporción a su riesgo, lo provisionen y lo vendan cuando puedan. El riesgo directo del Santander en el crédito a Sacyr de 5.175 millones de euros es de 800 millones, poca cosa para un banco que acaba de cerrar su ampliación y está bien capitalizado. Peor le iría a algunas cajas, cierto, pero ahí está el FGD con su manual de instrucciones (artículos 10 y 11 del Real Decreto 2606/1996, de 20 de diciembre, sobre Fondos de Garantía de Depósitos de Entidades de Crédito), de modo que usted, señor Zapatero, no haga nada, por favor, no improvise, por una vez hagamos realidad el célebre “que inventen ellos”, déjese de ocurrencias, buen hombre, olvídese de esos planes de salvamento con los que nos sorprende cada 15 días y dedíquese a la poesía. Los españoles se lo agradecerán de por vida.

Decía ayer el siempre brillante Escudier en este diario que “nos suicidamos poco”, aludiendo con ironía a la falta de ricos de postín dispuestos a emprender por su cuenta el camino del camposanto por culpa de la crisis. Los Dioses no lo quieran. Lo que sí podrían hacer, en cambio, es abandonar el sillón y refugiarse en la Trapa. Ningún empresario o banquero español ha anunciado, que se sepa, la dimisión de su cargo, no obstante lo cual el Gobierno ha provisto para ellos un plan de salvamento equivalente al 15% del PIB. Descuiden, aquí no dimite nadie. Particularmente escandaloso resulta comprobar que al frente de Sacyr sigue figurando un tipo que, después de haberse demostrado como un pésimo gestor, un aprendiz de brujo capaz de meter a su empresa y al sistema bancario entero en un lío de difícil salida, ni ha dimitido, ni la banca ha exigido su relevo inmediato al frente de la sociedad, antes de hablar de ayudas.

El penúltimo capítulo de esta novela se está escribiendo. La operación está tocada, pero no muerta. El problema es que Zapatero se ha comprometido con sus reales valedores a no torpedearla y ahora no puede volverse atrás. Zapatero, La Caixa, el Santander y, sobrevolando la escena, Su Majestad. Póker de ases. Solo queda convencer a los ruskis. Y ello entre el oscurantismo informativo más absoluto, el silencio de un Brufau que ya tenía apalabrado su futuro, y el miedo cerval de Fainé al escándalo. Pero salvar Sacyr, además de una cuestión profundamente inmoral, es premiar la falta de discernimiento y la golfería, e ignorar el primer principio de toda la doctrina liberal basado en la responsabilidad individual. Por eso este episodio es una muestra más de la gran crisis moral y de valores que aqueja a la democracia española.

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Al borde de un ataque de nervios, de Ignacio de la Rica en Expansión

Posted in Economía by reggio on 30 noviembre, 2008

Zapatero es un caso perdido. Siento ponerme tan radical, pero no le veo remedio. Nos va a traer la ruina. Ya no se puede decir que no hace nada; al revés, ahora hay que pedirle por favor que no haga nada más.

Sé que parece una locura, sé que suena a catastrófico, sé lo que significa de parón y de gasto, pero lo único que ya me parece sensato es pedir elecciones; tener la posibilidad de elegir a una persona que sepa, quiera y tenga el mandato de enfrentarse a esta crisis. Con Zapatero no salimos de este agujero ni con cien planes ni con mil medidas.

Zapatero es hoy como un niño a punto de un estallido de histeria. Estaba entretenido con un gran castillo de arena que le habían construido sus mayores; pero ha venido una ola y se lo ha llevado entero. Su cara lo dice todo: se debate entre romper a reír o ponerse a llorar. Está más que desconcertado. Está al borde de un ataque de nervios.

Zapatero tiene dos problemas sin solución. Uno es personal y otro es político. El personal es que no es capaz de analizar correctamente ninguna realidad porque padece del síndrome del optimismo natural desorbitado. Hace unos días, le escuché en directo –en la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo del El Mundo– mostrarse plenamente satisfecho con el nivel alcanzado por la democracia española.

Tan orgulloso está con nuestro torpe, anquilosado y endogámico sistema político que lo equiparó con el americano, ese mismo que acaba de demostrar que es capaz de crear en menos de quince meses un líder que une a todo un país frente a la crisis. Su optimismo no le dejó ver como a los doscientos presentes se nos ponían los pelos de punta, pero es que los optimistas patológicos lo saben todo, no necesitan mirar ni escuchar.

Ese mismo optimismo le impide atisbar la profundidad de la crisis económica; no le deja aceptar que esta situación tiene causas que revelan nuestras vergüenzas y que requiere un esfuerzo descomunal y doloroso para todos, también para los más desfavorecidos.

Su optimismo no le deja entender que no tiene –porque no existe– una fórmula mágica para sacar indemnes de esta crisis a las personas que a él –y a todos– nos gustaría que se libraran del daño. No comprende que no se trata de dejarse los pulmones inflando un globo pinchado sino de parchear los agujeros y, por encima de todo, cambiar de globo.

Siempre dudo si su optimismo proviene de un idealismo cósmico inasequible al desaliento o es una manifestación más del mismo resentimiento enquistado que tiene con esa media España a la que descalifica como conservadora. Pero estando donde estamos, ya da igual: el problema es su enfermizo optimismo, no la causa. Y lo peor es que ese optimismo nunca le dejará ver la imposibilidad metafísica de que una persona como él pueda liderar una pelea como esta.

El segundo problema es político. Zapatero no tiene, no se ha ganado, la autoridad para ser el presidente que haga frente a la crisis. Ganó las elecciones con la bandera de la “no crisis”. Nunca me atrevo a interpretar las razones de ningún votante, pero es evidente que él negó la crisis hasta mucho después de ganar las elecciones. Nadie que le creyera pudo votarle para que gestionara la crisis. No era una opción pues con él no había crisis.

Pero además a lo largo de su presidencia ha perdido cualquier posibilidad de liderar este esfuerzo colectivo. Nunca ha pretendido ser el presidente de todos los españoles. Al contrario, siempre ha dado la impresión de disfrutar pisoteando conceptos y sentimientos sagrados para muchos españoles, ya fuera aprobando leyes para hurgar en recuerdos históricos que esa gente pretende olvidar, ya fuera cuando se empecinó en llamar matrimonio a la unión de dos homosexuales o dispuso revisar la ley del aborto sin más necesidad que distraer la atención política.

Sin autoridad ni liderazgo, si España fuera una democracia sana, Zapatero daría por cerrada esta legislatura mal parida y daría la oportunidad a los españoles de elegir a quien crean más adecuado para liderar la lucha contra la crisis. Y cuanto antes, menos daño causará.

Las cuentas del Gran Capitán

Mientras tanto lo que hay es otro plan anticrisis que se incorporará a los presupuestos del 2009. Siempre me ha intrigado cómo esta gente hacen sus estimaciones y sus cuentas y siempre me ha sorprendido que se acepten sin rechistar. Según el plan, 8.000 millones de euros invertidos en mejorar emplazamientos municipales crearán 200.000 empleos, que, comparados con los que se están perdiendo, no son gran cosa. Aún así, me encantaría saber cómo concluyen que serán 200.000 y no el doble o la mitad.

Pero si queremos avanzar no tenemos más remedio que dar por buena la cifra estimada. Así, cada uno de estos empleos requiere 40.000 euros pero, por otro lado, el plan destina 3.000 millones a cuestiones diversas que asegura que crearán 100.000 empleos. Éstos salen a 30.000 euros cada uno. La pregunta es obvia: ¿por qué no dedicar los 11.000 millones a esas cuestiones diversas que crean un empleo con 10.000 euros menos que las obras municipales nuevas? Al mismo precio, se conseguirían 66.667 empleos más.

Supongo yo que el Gobierno pretende con este plan matar dos o tres pájaros de un tiro. Por un lado, aprovecha compromisos presupuestarios previos con la administración local y aunque ni siquiera intenta arreglar la precaria situación financiera de muchos municipios, insuflando dinero por esta vía pretende crear una ilusión de sanidad financiera municipal.

Pero los datos son los que son: el 31 de diciembre de 2007 las corporaciones locales debían 44.793 millones de euros, de los que 18.066 millones eran deuda con proveedores (cifras del Banco de España). Meter ahora 8.000 millones para contratar “obra de nueva planificación y ejecución inmediata” no deja de ser un sarcasmo para los acreedores eternos de los ayuntamientos.

Sería oportuno que alguien calculara –aunque sea con la misma frivolidad– las empresas que quiebran y los empleos que se pierden por la mala costumbre municipal de pagar muy tarde y muy mal a sus proveedores.

La decisión del Gobierno es que 8,3 de cada 10 euros del nuevo plan se destinan a nueva obra pública municipal. Hagamos como hacen los profesores en la Universidad. Supongamos que los 8,3 euros no van a tapar los profundos agujeros presentes; supongamos que no acabarán en las cloacas de los partidos políticos; supongamos que no se convertirán en blindaje de ‘audis’, ni se zamparán en mariscadas “por razones de trabajo” ni se soplarán en fiestas particulares de concejales corruptos; supongamos que serán repartidos con criterios objetivos sin ánimo de facilitar la vida a los alcaldes socialistas; supongamos que se destinan a inversiones nuevas e inmediatas; supongamos que los ayuntamientos pagan en plazos razonables; y supongamos que crean, mientras duran las obras, los numerosos empleos temporales que el plan se propone crear. Suponemos todo eso, y después qué queda.

Quedarán unos equipamientos municipales renovados que, seguramente, no podrán mantenerse en condiciones porque la empresa que lo hacía habrá quebrado por no cobrar. Después también habremos gastado 8.000 millones de euros en prender un gran fósforo con la mecha mojada y habremos aumentado nuestro déficit público en 8.000 millones de euros que -no conviene olvidar- habrá que pagar. Una tarde en el Congreso que nos costará casi el 1 por ciento del PIB.

Amplitud de miras

Al mismo tiempo que Zapatero nos presenta este bodrio municipal, lo que se discute en Europa es cómo utilizar la política fiscal para reactivar la economía. Echada al mar la llave de la política monetaria, a los gobiernos les queda manejar los ingresos y los gastos públicos para controlar la cantidad de dinero en manos de particulares y empresas. O sea, la política fiscal. Y, sobre todo, les queda la capacidad normativa para fijar los grandes objetivos estratégicos y configurar estructuras y mercados en los que la competencia saque el máximo provecho de los recursos disponibles.

Los ingleses han optando por bajar el IVA para incentivar el consumo, dejar que los particulares tengan más dinero para gastar. Pero en el continente son escépticos porque piensan que, en este momento, un euro extra en manos de cualquier particular se destinará a reducir deuda o a ahorrar, comportamientos ambos muy racionales pero que no reactivan la economía. Según esta opinión, no es el momento de bajar los impuestos. Bastante ha descendido la recaudación con la caída de la actividad.

En política fiscal queda aumentar el gasto público, pero hay que hacerlo también de manera racional, buscando encender mechas secas que provoquen la creación de empresas que siempre ha sido, es y será la manera más eficaz de crear empleo sostenido en el tiempo. No se trata de levantar autopistas de ocho carriles entre Soria y Palencia ni de que el Ayuntamiento de Madrid renueve otra vez las dependencias del Palacio de Comunicaciones.

Desde mi punto de vista es el momento de utilizar la política fiscal pero ampliando el horizonte temporal. Hay que entender que esta crisis no es “un mal de las vacas locas” que nos han contagiado desde América; sino un crack del modelo de crecimiento que requiere una revisión profunda de los cimientos, las estructuras y los mercados.

Hay que encender mechas secas que reactiven la economía pero con objetivos ambiciosos, que sustituyan al mercado inmobiliario y al turismo barato como motores del crecimiento económico. Además, estoy convencido de que actuando con visión a medio plazo resolveremos los problemas inmediatos.

La concreción de todo esto está encima de todas las mesas, pero no acabamos de tener una clase política que coja el toro por los cuernos. Por ejemplo, ni Gobierno ni Oposición tienen un plan para acabar con nuestra dependencia energética, que es posible y que crearía toda una nueva economía.

No debería preocuparnos quien se quede con Repsol porque deberíamos estar ya subidos a vehículos eléctricos, deberíamos estar tejiendo la “internet” eléctrica, esa inmensa red en la que cada casa familiar, cada comunidad de vecinos, cada oficina y cada farola se autoabastecen de energía y vuelcan en la red la que les sobra.

No tenemos petróleo, que produce una energía sucia que se agota, pero tenemos sol, viento, el mar y toneladas de basura. Tenemos las materias primas de las energías renovables y limpias. Este objetivo requiere mucho investigar, mucho invertir y mucho trabajo; pero con 11.000 millones de euros sobra para empezar.

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Obama: la línea de inmanencia, de Ángel Luis Lara en La Jornada

Posted in Derechos, Economía, Política by reggio on 30 noviembre, 2008

En las últimas décadas hemos asistido a una significativa transformación de la soberanía: mientras el credo neoliberal convertido en práctica legislativa operaba una transferencia del poder soberano del Estado hacia las instituciones financieras y los mercados, la globalización imponía la insuficiencia de la escala política nacional en el ejercicio del gobierno. Sin embargo, y pese a lo profundo de la transformación desatada desde el inicio de la década de los 80, el principio lógico fundamental de la función soberana ha permanecido inalterado: la unidad en la trascendencia.

En estos agitados días poselectorales se vive en Nueva York una sobrexcitada circulación de opinión y una producción progresista de debate cuyo alcance se trata de circunscribir a dos ideas repetidas en artículos y tribunas públicas. La primera remite a una moralización de la actual crisis que distingue entre supuestos buenos capitalistas y supuestos malos capitalistas, culpando a los segundos de la debacle financiera. La segunda es aquella que reduce el sentido del movimiento surgido en torno a la candidatura de Obama al hecho electoral y lo declara disuelto, proclamando la victoria del candidato demócrata como restauración de la delegación y presentando el New New Deal que preconizan como rehabilitación del republicanismo de Estado. Ambas ideas no solamente son altamente peligrosas, además resultan del todo descabelladas.

A lo largo de los últimos meses han sido muchos los que han establecido numerosos paralelismos entre las elecciones del pasado 4 de noviembre y los comicios que auparon a Franklin D. Roosevelt al poder en 1932. También ha habido quien durante la campaña ha apuntado los innumerables puentes retóricos que ligaban a Obama con el trigésimo segundo presidente estadunidense. Sin embargo, lo que pocos han señalado es que Roosevelt desarrolló su política reformista presionado por un masivo movimiento de protesta que lo obligó a radicalizar su apuesta.

La veterana socióloga Frances Fox Piven cuenta cómo la plataforma electoral del Partido Demócrata de 1932 no era muy diferente de la de 1924 o 1928, indicando que fue el crecimiento de los movimientos sociales el que convirtió a Roosevelt y al Congreso Demócrata en profundos reformadores. En un artículo reciente señalaba cómo en las grandes ciudades florecieron a partir de 1929 movimientos de inquilinos que resistían armados la creciente oleada de desahucios. Que en Harlem y en el Lower East Side de Manhattan, miles de personas se organizaban para recuperar las casas desalojadas. Que en Chicago grupos de activistas afroamericanos recorrían las calles del gueto tejiendo redes de resistencia. Que en 1932 muchos granjeros se organizaban por todo el país y se armaban con rastrillos y palos para impedir el envío de productos a los mercados en los que el dinero que les daban por sus mercancías no cubría ni siquiera los costos de producción. Redes y tejidos sociales de resistencia que cambiaron el sentido de la inicial y conservadora plataforma electoral demócrata, llevando a Franklin D. Roosevelt a declarar su voluntad de “construir desde abajo hacia arriba y no desde arriba hacia abajo, teniendo fe una vez más en el hombre anónimo que soporta el peso de la pirámide económica”. Las numerosas y masivas huelgas de trabajadores industriales lo llevaron además a promulgar una política prosindical y a firmar en 1935 la National Labor Relations Act, la primera ley de protección de los derechos de los trabajadores del sector privado en Estados Unidos.

Hace unos días, en una vieja parroquia protestante de Brooklyn, una organización de trabajadores y familias de migrantes mexicanos se juntaba para celebrar la fiesta de la Independencia de su país. Entre pozole y tamales, uno de sus portavoces agarraba el micrófono y se felicitaba por la salida de Bush de la Casa Blanca. Luego añadía que con la llegada de Obama había nacido una gran esperanza, pero que ellos iban a seguir con lo que siempre habían hecho: tejer comunidad y conquistar derechos con la pelea. “Obama lo único que hace es cambiarnos el contexto en el que vamos a seguir con nuestra lucha”, decía, antes de que la música y el baile le arrebataran la palabra. Con la sencillez de su improvisado discurso trazaba una línea de inmanencia diametralmente alejada de la trascendentalidad con la que el republicanismo de Estado o de mercado se apropia de los debates y de la esfera pública en estos días. El fenómeno Obama sería impensable sin las resistencias difusas que en los últimos años han recorrido de costa a costa Estados Unidos. También sin los importantes movimientos sociales que han logrado irrumpir en la escena pública, del primero de mayo migrante de 2006 a la victoriosa huelga de los guionistas de cine y televisión del año pasado.

Mientras el conjunto de la clase política estadunidense se pone de acuerdo en Washington para inyectar miles de millones de dólares a los bancos, a los patronos y las aseguradoras, al paso de los días comienza a reposar la alegría que la victoria de Obama ha sembrado entre los jodidos. Ellos son los verdaderos protagonistas de la historia: con su determinante irrupción en la escena electoral estadunidense han puesto en cuarentena la doctrina clásica del individuo propietario, aislado, egoísta, competitivo y atomizado. Su insurrección el pasado 4 de noviembre señala que de nuevo es la hora de la política y del sujeto, que se abre un contexto propicio para la reconstrucción de los tejidos sociales, para la cooperación y la defensa colectiva de lo común. Aunque sólo sea por eso, merece la pena gritar: “¡Que viva Obama!”

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