Reggio’s Weblog

Crítica del método, de Jordi Sevilla en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 1 marzo, 2009

LUCES LARGAS

La manera en la que los gobiernos del mundo conducen la lucha contra la crisis económica les está reforzando como poderes autónomos, alejados de los mecanismos tradicionales de control democrático.Tenemos entre manos una crisis de gran complejidad que afecta a muchos sectores, a muchos países, a muchas personas y carecemos de una estructura democrática de poder mundial con la que hacerle frente.

La ausencia de un gobierno democrático mundial obliga a utilizar ese remedo que hemos dado en llamar gobernanza. Mediante estructuras informales, como la del G-20, cuya próxima reunión tendrá lugar en Londres este lunes, se juntan representantes de unos pocos gobiernos nacionales autoelegidos por su poder, en forma de potencia económica aparente, sin excluir a algunos de países claramente no democráticos ni a otros con sistemas manifiestamente mejorables.

Si la estructura y los mecanismos de toma de decisiones en organismos internacionales consolidados por el tiempo, como la ONU o el FMI, son ya claramente distantes de los principios democráticos occidentales (separación de poderes y una persona, un voto), los nuevos esquemas de coordinación informal pero efectiva de las cosas reproducen un sistema de toma de decisiones elitista, feudal y censitario.

Este tipo de gobernanza, aun siendo mejor que el caos de los mercados incontrolados y siendo preferible estar dentro que fuera, es inferior a un gobierno democrático, tanto desde el punto de vista moral como, también, de la eficacia. La crisis del automóvil, por ejemplo, tiene causas y efectos mundiales, pero estamos intentando buscar soluciones parciales desde cada uno de los países por separado, pues los mercados son globales pero los estados no.

El resultado de este método de coordinación en forma de un club que tiene reservado el derecho de admisión podrá ser positivo desde el punto de vista de la gestión técnica de las cosas, pero deficiente, necesariamente, desde la gestión política, de política democrática, de la misma.

Por tanto, si teníamos el problema de una globalización económica no sometida a reglas y controles, se suma ahora un profundo déficit democrático en el gobierno de esta crisis mundial y, si me apuran, grandes deficiencias, también, en su gobernanza que, como hemos visto, es algo distinto.

En democracia, la forma es parte consustancial del fondo. Cómo hacer las cosas define al sistema democrático mucho más que las cosas que se hacen. El procedimiento mediante el cual se aprueban las políticas es tan importante como el contenido material de éstas. Porque la clave del asunto radica, precisamente, en asumir y dejar constancia permanente de dos cosas fundamentales: nadie tiene por sí solo toda la verdad y los seres humanos somos capaces de discutir y alcanzar acuerdos razonados.

En política democrática no hablamos de cuestiones técnicas que deban decidir los expertos a espaldas de los ciudadanos, sino de decisiones que impactan en las condiciones de vida y en las creencias de muchos. Por eso hay que informar, debatir, consultar con la gente, hacer pedagogía, intentar convencerla con argumentos a favor de un determinado curso de acción. De otro modo, se debilita el valor supremo de la democracia como el mejor procedimiento para resolver conflictos con gran repercusión social.

No aminora este problema el hecho de que la mayoría de miembros asistentes al club de los poderosos sean democracias que tendrán que pasar por sus parlamentos una parte importante de las decisiones acordadas allí. Y no lo hace porque en las últimas décadas da la impresión de que no sólo no hemos sido capaces de democratizar la gobernanza mundial, sino que estamos trasladando parte de los defectos de ésta a la manera nacional de gobernar -incluso en países democráticos- mediante dos fenómenos que debilitan la esencia misma de la democracia. En primer lugar, la sustitución de la critica a las políticas por la descalificación de los políticos.En segundo lugar, la personalización excesiva en líderes, más o menos carismáticos y televisivos, en quienes depositamos toda la confianza y el poder, eludiendo nuestras responsabilidades ciudadanas con la res publica, incluso en la faceta de control adecuado.

Estos dos hechos, aplicados al ámbito de la gestión nacional de la crisis económica, se traducen en que apenas hay debate en torno a propuestas alternativas, a la vez que se desanima la participación pública en la búsqueda de soluciones. Así, las medidas adoptadas por los gobiernos, sea en el ámbito nacional o mediante la coordinación intergubernamental, son iniciativas unilaterales que surgen de ellos mismos y que no han sido discutidas previamente con publicidad y participación de colectivos, con lo que se desincentiva la corresponsabilidad pública.

Una crisis económica de esta magnitud no es una cuestión que deba resolverse de espaldas a la gente. Las medidas a adoptar son política de alto nivel, porque buscan repartir socialmente los esfuerzos, sacrificios y recompensas, abriendo opciones de futuro entre las que la sociedad debe elegir. Pero, en lugar de movilizar la energía colectiva llamando al debate público, a la participación social, al pacto político, dejamos el protagonismo exclusivo en manos de los gobiernos que, a menudo, como en Francia, menosprecian el significado de las protestas sociales que van creciendo conforme se agudiza la crisis.

No he sido capaz de encontrar las razones por las que el paquete de ayuda aprobado por la administración de Obama no ha contado más que con tres votos republicanos cuando se parece más a las soluciones ofrecidas por Bush que a las primeras propuestas demócratas.Sólo hay una: que las peleas entre partidos les ha parecido a éstos más importantes que el futuro de su país, siguiendo un esquema maniqueo según el cual uno tiene todas las virtudes y su adversario, todos los defectos.

El resultado es que, ni a escala internacional ni nacional, las medidas de lucha contra la crisis y a favor de un nuevo orden económico están sirviendo para reforzar y profundizar en una democracia participativa, sino más bien, todo lo contrario. Con ello, nos debilitamos todos. Es un error, espero que de método y no de concepción.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Anuncios
Tagged with:

Estar, no ser crisis, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 22 febrero, 2009

LUCES LARGAS

Toda crisis es un estado de excepción, más o menos recurrente, que altera el funcionamiento habitual de las cosas, incluyendo el comportamiento de los sujetos. Es decir, que las cosas no suceden de la misma manera. En condiciones normales, un trabajador trabaja, un empresario invierte, un consumidor consume y un banco toma dinero prestado para, a su vez, prestarlo. En una crisis, sin embargo, hay paro, cae la inversión, se frena el consumo y los bancos no prestan.

Las pautas de conducta esperables de los agentes económicos varían, también, en sentido relativamente desconocido. Si en una situación normal abaratar el trabajo favorece la contratación, rebajar los tipos de interés estimula la inversión, un descenso en los precios o subir la renta de las familias incrementa el consumo y los bancos aumentan sus préstamos conforme sube su liquidez, durante una crisis nada de esto tiene por qué pasar, al menos, en la misma intensidad o con la misma rapidez de respuesta.

En una crisis, las leyes normales de la economía dejan de funcionar o lo hacen de otra manera. Por ello, hay que hacer cosas diferentes o con una intensidad y duración muy superiores para que tengan alguna probabilidad de surtir algún efecto en la dirección deseada.

Eso explica que inyectar liquidez en el sistema y bajar los tipos de interés -como se está haciendo de manera insistente- esté bien. Hay que hacerlo, pero no garantiza que los empresarios inviertan o las familias se endeuden como lo harían en situaciones normales. De igual manera, un incremento en la renta disponible de los consumidores como consecuencia de una bajada de los precios (la tasa de inflación está siendo negativa en España por primera vez en mucho tiempo) o de los impuestos (la devolución de los 400 euros), les posibilita comprar más, pero no asegura, en situación de crisis, que esa mayor liquidez se traslade al gasto y al consumo contribuyendo a reactivar la economía.

Por la misma razón, abaratar el coste del trabajo mediante la rebaja de las indemnizaciones por despido tampoco significa que se vayan a incrementar la contratación y la ocupación. Tengo dudas de que lo haga incluso en situaciones de bonanza, y, de hecho, en España hemos creado muchos millones de empleos en los últimos años sin que el vigente sistema de indemnización por despido haya sido un obstáculo.

Pero si un empresario se ve forzado a cerrar o a reducir plantilla porque le caen bruscamente la demanda o el crédito bancario debido a una crisis general como ésta, no contratará trabajadores nuevos aunque su coste de despido sea cero. Por último, si un banco tiene tocado su balance por activos dudosos que pueden llevarle a pérdidas, con elevada probabilidad, en algún momento futuro, atesorará la liquidez que pueda tener o recibir para hacer frente a esa eventualidad. Y cuanto mayor sea la posibilidad de que ocurra y más grande el volumen que tenga de activos con elevado riesgo, menor será su propensión a conceder créditos, por muy solvente que sea quien lo solicita.

En una situación de crisis, en suma, el miedo paraliza las reacciones.Pero las crisis económicas no son algo meramente psicológico que se supere con jaculatorias o prozac, ya que hunden sus raíces en la realidad: un millón de nuevos parados y subiendo, pérdida de riqueza al bajar un 40% el valor de nuestros activos, desplome generalizado de la actividad, son mimbres reales sobre los que se enreda la depresión.

Los agentes económicos condicionan, entonces, su comportamiento a dos cosas: la realidad tozuda de unos datos negativos generalizados y las expectativas sobre cuánto va a durar la situación a partir de su experiencia de crisis anteriores, su evaluación sobre la dimensión y magnitud de ésta y según cómo interpreten la reacción de los poderes públicos. Ahí entra el elemento anímico de la situación que se basa en un análisis conjunto de realidad e impresiones justificadas.

La tarea de los gobiernos es fundamental en ese contexto. La aportación del Estado resulta útil, precisamente porque su lógica social diferente le permite no actuar como una familia o una empresa. Si lo hacen bien, pueden contribuir a acortar el tiempo de crisis dentro de las restricciones que señala esta primera crisis globalizada donde la dimensión mundial de los problemas no se corresponde con la escala político-administrativa en la que se están buscando las soluciones.

Por poner un ejemplo muy claro: cuando el sector español de automoción es absolutamente internacional y exporta el 80% de lo que produce e importa otro tanto para montarlo, su recuperación es imposible que pueda hacerse sólo con el esfuerzo de nuestro Gobierno si no se reactiva también la demanda y la producción en otros países de los que dependemos.

La primera tarea de un Gobierno es trasladar confianza a los agentes económicos. Ni optimismo, ni pesimismo. Confianza. Para ello, tampoco los gobiernos deben comportarse igual en una situación de crisis que en una normal. Pero pueden aportar mucho dinero público para inyectar liquidez, garantizar los depósitos bancarios, incrementar las inversiones públicas, reforzar las políticas paliativas ante la crisis, endeudarse para mejorar la protección social y no conseguir mejorar la confianza de la sociedad, sobre todo si la gente percibe estos planes como una sucesión de medidas unilaterales anunciadas a golpe de telediario, como alguno ha definido la política del gobierno francés.

Entonces, hay que hacer algo más. Algo más que, en España, pasa por conseguir esa «colaboración nacional» a la que llamó el presidente del Gobierno en su reciente comparecencia. No sé si tendrán que ser otros Pactos de la Moncloa, pero necesitamos un revulsivo de acción y de unidad que consolide nuestra voluntad de salir de la crisis en torno a un programa de reformas coherentes, a la vez que amplio, equilibrado, compensado y negociado con todas las fuerzas políticas y sociales. Algo que asegure un corto estar en crisis, alejando los riesgos de ser en crisis. Y sí. Juntos podemos.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Cuidado con inventar un INI bancario, de Jordi Sevilla en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 15 febrero, 2009

LUCES LARGAS

Hay que ver lo que nos está costando a los contribuyentes el pasado festín desregulador de los mercados financieros internacionales.Todavía desconocemos los efectos totales que tendrá sobre el sistema financiero la depreciación continuada de activos, como los inmobiliarios, que soportaban créditos arriesgados concedidos cuando eso parecía no importar tanto. La conversión de activos buenos en tóxicos aún no ha concluido, la epidemia continúa y con ella, los riesgos de contagio. Todo apunta, por tanto, a que seguiremos hablando de ayudas, banca y crédito durante mucho tiempo.

Pese a los apoyos concedidos, los bancos siguen gripados en la concesión de crédito nuevo, tan necesario para combatir la recesión.La suma de ambos hechos -dinero público que no revierte al interés público- está llevando, en todo el mundo, a una preocupación creciente que incluye la exigencia de responsabilidades morales a los gestores de los bancos.

Me ha llamado la atención la libertad con la que el nuevo secretario del Tesoro americano acaba de acusar a su banca de estar remando en contra de la recuperación económica con su política restrictiva en la concesión de créditos. O cómo se les ha sacado los colores a los dueños del antiguo universo financiero en su comparecencia, esta semana, en un Comité del Senado. De igual manera, sorprende el mea culpa colectivo y el perdón que, de manera individual, han pedido los máximos responsables de los bancos ingleses en su reciente comparecencia parlamentaria, por sus errores y su codicia que han precipitado la crisis económica.

Este ejercicio de catarsis moral relativa puede ser algo más que un tirón de orejas. Podemos aprender. Muchos banqueros han señalado al esquema de incentivos que ligaba la remuneración de los ejecutivos con la valoración en Bolsa de las acciones de su entidad, como perverso, al llevarles a adoptar decisiones que han resultado catastróficas. Igualmente, que empresas prestadoras de servicios públicos esenciales no puedan priorizar exclusivamente los intereses de sus accionistas frente a los de sus usuarios cuando, a menudo, entran en contradicción. Por ahí debería ir, también, esa refundación del capitalismo de la que ya no se habla, aunque siga siendo necesaria: exigir a las entidades financieras unos compromisos de responsabilidad social obligatorios y forzar a quien no tiene accionistas, como las cajas de ahorros, a que en ello se vea una diferencia ventajosa perceptible para la sociedad.

Hay que constatar, además, cómo crece en todo el mundo la presión sobre los bancos para que concedan créditos a la economía real en cuantía superior a la actual y el convencimiento de que para conseguirlo hará falta algo más de lo mucho ya hecho. Así, la Administración americana vuelve a inyectar dinero a la banca por tercera vez, mientras en Europa se abre el debate sobre la creación de un banco malo donde colocar los activos tóxicos que lastran la capacidad de los bancos para cumplir sus obligaciones crediticias.

Si recuerdan, cuando estalló esta crisis financiera, los expertos y los gobiernos se debatían entre dos opciones: comprar activos a la banca para inyectarles liquidez o comprar capital (nacionalizando) para inyectar solvencia. De lo primero se fue pasando a lo segundo, y ahora que muchos bancos son públicos o tienen una participación pública importante, se constata que no es suficiente para recuperar los circuitos del crédito con el vigor necesario. Entre otras cosas porque, a pesar de las modificaciones aprobadas en las normas contables, muchos bancos, con independencia de su propiedad, siguen teniendo un exceso de activos fallidos que son plomo en las alas para la expansión del crédito nuevo. Ahí es donde se plantea la conveniencia de liberarles de esos activos tocados, concentrándolos en una entidad que sea una especie de basurero más o menos temporal, convencidos de que desprendidos de sus activos malos, los bancos recuperarían una capacidad mayor para conceder créditos.

La idea de crear un banco malo para reconvertir en buenos a los demás, sigue la experiencia sueca de los años 90. Pero en Suecia, la compra de activos tóxicos y su colocación en una entidad pública llamada Secorum, que luego recuperó una parte importante de los recursos vendiendo esos activos cuando los mercados se recuperaron, se acompañó de una nacionalización de los bancos que entraban en el esquema. Es decir, se socializaba la pérdida junto con la propiedad. Si lo que se plantea ahora en Europa es concentrar los activos fallidos en un único ente público para limpiar de rémoras los balances de la banca privada, estaríamos reinventando el peor INI del franquismo, aquel que privatizaba beneficios gracias a que socializaba pérdidas.

En la reunión del Ecofin de esta semana que discutió la propuesta de la Comisión sobre el asunto, se analizaron, además, los problemas de valoración transparente de los activos tóxicos, los de la competencia desleal por ayudas públicas que se provocaría con los bancos que no entraran en el mecanismo y los de aquellos países que ya han nacionalizado los bancos en mala situación inyectándoles dinero por la compra de todos sus activos y que, ahora, deberían poner dinero público adicional para hacerse con una parte de esos activos que, siendo los peores, serían comprados dos veces con cargo a los contribuyentes.

Es útil no tener frenos ideológicos para luchar contra la mayor crisis en muchos años. Pero la recuperación del mercado de crédito a la economía real por parte de los bancos tampoco puede hacerse mediante barra libre con cargo a los presupuestos. Porque la deuda, aunque sea pública, también hay que pagarla. En esa dirección, hay quien ha sugerido lo contrario: que se cree con dinero público un banco bueno que compre los activos sanos y conceda créditos y deje los tóxicos a quienes han sido el origen del problema.Como se ve, tendremos que recurrir a otros mecanismos para conseguir que la banca mundial conceda más créditos para crear empleo.¡Menos mal que en España no necesitamos nada de esto, sino sólo despedir más barato!

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Gracias a la banca, de Jordi Sevilla en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 8 febrero, 2009

LUCES LARGAS

En pleno debate sobre los multimillonarios sueldos que cobran los directivos de la banca, un halo de oscurantismo permanece sobre la realidad de las cajas de ahorros. Aunque haya quien los considere escandalosos, al menos la opinión pública puede conocer con todo detalle lo que ganan los máximos ejecutivos de todos los grandes bancos del país. Pero, ¿alguien sabe cuánto gana el presidente de una caja?

Desde el episodio de la madrastra de Adolfo Suárez, no recuerdo una situación parecida, que en nada nos favorece. Y aunque todas las partes tengan razones a su favor, con esta confrontación, todas la pierden.

Por dejar clara mi posición desde el principio: el Gobierno no es un club de debates, ni puede permitirse el lujo de hacer esgrima verbal con la banca cuando dispone del BOE, ni puede amenazar con que se le acaba la paciencia ante situaciones que, en buena medida, ha contribuido a crear cuando éramos el asombro de propios y la envidia de extraños. De otra parte, los portavoces de las entidades financieras tienen que reconducir el tono innecesariamente altanero y agresivo de sus declaraciones recientes, para convencernos de que también ellos están haciendo lo posible para que salgamos todos de la crisis y no sólo ellos de la suya. Especialmente las cajas de ahorros, que deben esforzarse más en demostrar que son otra cosa distinta de los bancos precisamente buscando complicidades sociales en situaciones como ésta.

No tengo ningún interés en cargar las tintas contra la banca.Esa fiebre se me pasó con la juventud. Me parecieron acertados los paquetes de ayuda a nuestro sistema financiero, de manera especial la elevación de la cobertura pública a los depósitos que puso fin a incipientes movimientos de retirada masiva de los mismos en algunas entidades. Pero ya avisé aquí de los problemas que podría generar la insensibilidad de quienes parecen vivir encerrados en torres de marfil y, todavía, pretenden actuar como si la crisis de las subprime y las nacionalizaciones de bancos por insolventes, no por ideología, no hubieran tenido lugar en varios países de la OCDE. Siento que nos toman por tontos cuando algunos portavoces de la banca se justifican diciendo que cuando el crédito crece lo mismo que el PIB nominal, no se puede hablar de restricción de crédito, sino de algo normal. Entonces, en estos años cuando el crédito crecía cuatro más que el valor nominal de nuestra economía, ¿qué era eso? ¿cómo toleró la banca esa situación de anormalidad continuada? ¿quién les forzaba entonces a dar tanto crédito?

Defender que en España, a diferencia del resto del mundo, ha sido el sector real quien ha puesto en riesgo al sistema financiero y no al revés es, por decirlo suave, contar la mitad de la verdad.Sobre todo, porque lo dicen los mismos que, con sus créditos sin límite y valoraciones exageradas, han cebado, en compañía de otros, la bomba de nuestra burbuja inmobiliaria hasta alcanzar los niveles disparatados que alcanzó, y ahora impiden su ajuste a la baja en precios para no incrementar la toxicidad de una parte importante de sus activos, los inmobiliarios. Sin la colaboración activa y complaciente de nuestro sistema financiero (y de otros poderes) ¿podríamos habernos endeudado como lo hemos hecho? ¿hubiera alcanzado la burbuja inmobiliaria la altura que cogió?

Yo no sé si la economía es un estado de ánimo, pero el sistema financiero es una cuestión de confianza. Confianza en que el dinero que depositas estará ahí cuando lo necesites, confianza en que las inversiones que te aconsejan no sean ruinosas y confianza en que si les presentas una operación sensata y viable, tendrás el crédito necesario para hacerla posible. Esa confianza no es ciega. De hecho, se refuerza mediante la supervisión, inspección y sanción que realiza sobre el sector financiero una entidad independiente como el Banco de España. Y esa confianza se pone en cuestión cuando los encargados de gestionarla cometen errores excesivos, abusos cuantiosos y faltan a sus responsabilidades con el conjunto de la sociedad y no sólo con sus accionistas.

Usted y yo no podemos montar un banco como podemos abrir una librería. Hace falta un conjunto de requisitos y autorizaciones especiales porque se entiende que la actividad financiera es un servicio público, diferente. Todo ello ha forjado, a lo largo de los siglos, un perfil de banquero austero, discreto, poco dado a las aventuras empresariales y al protagonismo personal, con gran poder sobre la economía real y cierta capacidad de influencia sobre los gobiernos. Un banquero al que le parecería obsceno escuchar lo que hemos escuchado esta semana por parte de algunos portavoces de la banca española y que evitaría sacar pecho publicitando grandes beneficios en medio de una de las mayores crisis económicas de los últimos cincuenta años, que está dejando sin trabajo a muchos de sus clientes, depositantes y empleados. La reputación de un banco no puede cotizar sólo en la bolsa. Sobre todo hoy, cuando en la retina de la gente siguen presentes las imágenes de Madoff, del anterior presidente de Lehman o la comparecencia ante la Comisión del Senado americano de esos banqueros avariciosos, con nuevos aviones privados y grandes indemnizaciones, mientras el Gobierno inyectaba solvencia a las entidades que habían arruinado con su desastrosa gestión.

En situaciones excepcionales como ésta, todos debemos unir fuerzas para buscar soluciones y no culpables. El Gobierno debería precipitar una catarsis colectiva que diera pie a una gran convocatoria nacional, a la que no puede faltar la banca, para consensuar medidas que ayuden a salir del pozo. Porque mientras discutimos sobre galgos y podencos, el contador del paro sigue aumentando.Y esa es la mayor preocupación del presidente, como nos dijo y como sin duda veremos esta semana en su comparecencia parlamentaria donde todos esperamos cordura, liderazgo y confianza en base a una salida concertada de la situación.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Ayuntamientos contra la crisis, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 1 febrero, 2009

LUCES LARGAS

No es la única munición del Gobierno en la batalla contra el paro, pero el Fondo Estatal de Inversión Local es, sin duda, su pieza más publicitada. No es extraño: los 8.000 millones de euros pagados por el Ejecutivo para financiar inversión pública local en proyectos medianos a realizar en un corto espacio de tiempo duplican el volumen de inversión anual del conjunto de los Ayuntamientos, y son algo tan novedoso como la misma crisis económica que se pretende combatir con este tipo de medidas excepcionales. El que se haya podido resolver todo en pocas semanas y sin presentar un solo papel, ya que la tramitación entera se ha hecho por procedimientos telemáticos, adelantando la administración electrónica prevista en la Ley aprobada la pasada legislatura, es otra prueba de que, cuando queremos, podemos.

Los ayuntamientos españoles, con independencia del partido político que esté al frente, han presentado casi 31.000 proyectos al Fondo, más del 80% de los cuales son para rehabilitación de espacios públicos y equipamiento de servicios públicos básicos, en una de las pocas iniciativas transversales de lucha contra la crisis.Con ello, han demostrado que son una administración eficaz, además de cercana a los problemas y a los ciudadanos. Es precisamente esta capacidad para dar respuestas rápidas a los problemas, lo que les coloca en primera línea hasta el punto de que un tercio de sus gastos van destinados a lo que llaman competencias impropias, es decir, a ocupar los huecos dejados sin cubrir en sus municipios por otras administraciones que, además, no les recompensan financieramente por este servicio.

La inyección de dinero anticrisis a través de los ayuntamientos se aprobó cuando la reivindicación de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) en favor de un nuevo modelo de financiación local estaba en su punto álgido. Pero no debe frenar este debate porque se trata de dos asuntos distintos, aunque ambos se resuman en más dinero. De hecho, hay un compromiso gubernamental para discutir en paralelo la nueva financiación autonómica con la municipal ya que ambas tienen muchos puntos en común, por ejemplo, la necesaria creación de una participación de los ayuntamientos en los ingresos de las Comunidades Autónomas como ya está establecida su participación en los del Estado.Parece razonable que si queremos mantener en España los tres niveles administrativos que existen hoy, todos ellos con legitimidad democrática propia, la discusión sobre qué hace cada uno de ellos y cómo lo financia, se haga de manera coordinada ya que todas las administraciones tienen al mismo cliente: los ciudadanos.

Muchas veces he tenido la impresión de que la derecha, cuando no sabía cómo resolver un problema, decía que ya se encargaría de hacerlo el mercado. De igual manera, la izquierda, cuando no sabe qué hacer con algo, se lo lanza a los ayuntamientos, lo cual, no es una mala idea siempre que, como en el caso del Fondo, el encargo vaya acompañado de financiación suficiente, o de instrumentos para conseguirla. Aunque el poder local en España establece y cobra tasas e impuestos propios en mayor proporción que las Comunidades Autónomas, durante mucho tiempo los ingresos municipales en España han estado demasiado vinculados al suelo.Mejor dicho, a las actividades relacionadas con los usos del suelo, incluyendo la recalificación para construcción de viviendas.Ello explica una parte importante de la burbuja inmobiliaria que hemos vivido y la sequía de ingresos que viven hoy muchos ayuntamientos ante el desplome del sector. Asegurar una financiación municipal desligada de la especulación inmobiliaria sería eliminar un poderoso incentivo a la misma, y debería formar parte de cualquier estrategia nueva de desarrollo sostenible de la construcción en nuestro país.

Me gusta pensar que la administración local no va a terminar su contribución a la lucha contra el desempleo con la puesta en marcha de los proyectos del actual Fondo Estatal. Que los recuperaremos, en su agilidad y proximidad, para nuevos fondos locales de empleo, de acuerdo con la amplia experiencia habida en el pasado, o para el impulso a medidas intensivas en mano de obra como la creación de una amplia red de asistencia social para personas dependientes. Sobre todo, porque ya estamos en recesión. El Banco de España acaba de confirmar los peores augurios al anunciar una importante caída del PIB en el último trimestre del año pasado como consecuencia, sobre todo, de un brusco frenazo del consumo privado que ha caído mucho más que la renta disponible de las familias. Es el efecto congoja del que hemos hablado aquí y que transfiere a la inversión y al gasto público todo el protagonismo reactivador en momentos de crisis grave como el actual.

Además, y según el FMI, la recesión se extenderá en nuestro país durante este año y el siguiente. Coincide con aquellos que pensamos que la fase depresiva de este ciclo será larga. Que antes de iniciar la recuperación, viviremos varios trimestres renqueantes entre crecimientos negativos o cercanos a cero. Que el transcurrir de la crisis no ha terminado y que no conocemos todo su alcance porque la cantidad de burbuja especulativa a deglutir y asimilar es mucha, y abarca a muchos mercados que todavía no han terminado de ajustar los valores de sus activos a la realidad actual de la demanda efectiva, es decir, aquella con capacidad suficiente para obtener crédito de un sistema financiero que sigue haciendo malabarismos para evitar enseñarnos todas sus vergüenzas. Que aún podemos encontrarnos con sorpresas desagradables.

Los responsables de política económica deben estar preparados para responder con celeridad a nuevos accidentes que se presenten en el camino y a ajustar la intensidad y duración de las medidas anticrisis según ésta evolucione. Dicho de otra manera, deberíamos estar pensando en repetir el Fondo de Inversión Local el año que viene. Me temo que seguirá haciendo falta. Porque la crisis es global, pero el paro es siempre local.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Los momentos más duros, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 25 enero, 2009

LUCES LARGAS

Ha llegado el infierno. Lo adelantó la vicepresidenta cuando dijo en septiembre aquello de «vendrán más trimestres difíciles».Pero la confirmación de Solbes, unida a la puntilla de Almunia, de que en 2009 viviremos los momentos más duros de la crisis, está a punto de desatar el pánico. Los mismos que criticaron al Gobierno por negar, supuestamente, la gravedad de la situación, le acusan ahora de constatarla. Y quienes nos situábamos peligrosamente cerca del pesimismo, ahora, sin movernos, corremos el riesgo de convertirnos en moderadamente optimistas, sobrepasados por todos los que corren en busca de la última peor previsión.

Las cosas no pintan bien. Es cierto. La desaceleración iniciada a mediados de 2007 -transformada en crisis a cámara lenta a lo largo de 2008- se ha convertido en la más importante recesión de nuestra historia reciente, puede durar un año y medio más antes de iniciar la recuperación, y está alterando algunos parámetros fundamentales.

Se trata de una crisis mundial, generalizada, con un claro detonante financiero, pero con la dimensión y las características de un gran acontecimiento histórico, cargado de grandes incertidumbres mucho más importantes que el estéril debate actual en torno a unas décimas de previsión.

Una crisis que no se está quieta. Que cambia de contenido, de dirección, y cuyo recorrido total no ha terminado porque aún hay activos susceptibles de intoxicarse. Esa es la primera gran incertidumbre: ¿por dónde evolucionará esto? Siguiendo el símil del Titanic que ya utilicé en otra columna, ahora hay mamparas que todavía aguantan con dificultad la presión del agua que entra.Pero no sabemos si lo podrán seguir haciendo durante mucho más tiempo o si cederán, y el resultado global será muy diferente en uno u otro caso.

Este análisis es distinto de la tradicional discusión sobre cuándo tocaremos fondo, porque sólo sabremos que lo hemos tocado después, cuando pase. Entonces veremos durante cuánto tiempo nos arrastraremos por ese fondo antes de volver a subir. Y puede ser largo. Pero todo depende ahora de la fortaleza de esas mamparas y de lo que haga el Gobierno-fontanero para reforzarlas.

Sobre este asunto quiero dejar clara mi posición: el Gobierno hace lo que debe, lo que puede, lo que están haciendo el resto de gobiernos. Y lo que proponen otros en nuestro país, aquello de austeridad en las cuentas y recorte del gasto público para compensar reducciones impositivas sin disparar la deuda, junto al nacionalismo pseudoproteccionista, es exactamente la política económica que fracasó a comienzos de la depresión de los años 30, quedando desplazada, afortunadamente, por las orientaciones contrarias encabezadas por Roosevelt y Keynes.

Porque el Estado ni es, ni se comporta, como una familia, ya que la acción colectiva, el todo, es siempre mucho más que la suma de sus partes, especialmente en situaciones de crisis. Y este reconocimiento es lo que pone fin a la ilusión neoliberal de un mercado perfecto que se equilibra sólo a base de sumar comportamientos individuales.

La segunda incertidumbre actual es saber hasta cuándo estarán taponadas las vías de salida de esta situación, ya que vivimos nuestra primera gran crisis con el euro. La economía española ha salido de estas situaciones con una secuencia relativamente constante: primero se recuperan las exportaciones, luego las ventas en comercios, el turismo, y la vivienda. Pero claro, eso era cuando podíamos devaluar nuestra peseta y, además, el resto del mundo iba un poco por delante de nosotros en el ciclo, iniciando la recuperación también antes.

Ninguno de estos elementos están presentes hoy, y todavía no sabemos dónde estará la senda de la recuperación esta vez. En todo caso, algo parece claro: hasta que no volvamos a construir y consumir medio millón de viviendas nuevas al año, no empezaremos la recuperación. Si eso es así -y aunque los procesos no pueden sustituirse de manera artificial- resulta urgente definir, entre las tres administraciones afectadas y la banca, una política articulada, global y sostenible para el sector de la construcción residencial que empiece por ayudar a absorber el remanente invendido que se acumula hoy por toda España.

La tercera incertidumbre es saber dónde y hasta dónde tiene el Estado que ejercer una cierta tarea planificadora, junto al sector privado, sobre el destino de los cuantiosos volúmenes de recursos públicos puestos en circulación para hacer frente a lo peor de la crisis, incluyendo las contrapartidas exigibles a la iniciativa privada para acompasarlos. Esto vale tanto para las ayudas bancarias como para la proliferación de ERE que deberían convertirse en auténticos planes de reconversión sectorial como los de antes, en línea con las actuaciones de otros países como Francia.

Si esto va para largo, deberemos tener claro que las ayudas públicas tendrán que mantenerse también durante un tiempo. Y más vale hacerlo con la intensidad adecuada, pero de forma coherente y planificada por actuaciones, y no por ministerios o autonomías.

La cuarta incertidumbre sobre nuestra situación actual se refiere a cuándo el Gobierno planteará a los interlocutores sociales un cambio en la actual regulación de la protección por desempleo para… ampliarla. El auténtico debate con relevancia social y política no es apostar por si rebasaremos determinado número de parados a finales de año, sino ver cómo mejoraremos la situación de aquéllos que, de manera creciente en los próximos meses, no encuentren empleo, tengan la cobertura agotada y no cumplan los requisitos para acceder al subsidio.

Hacer frente a la crisis sin recortes sociales, como ha destacado de manera reiterada el presidente del Gobierno, significa exactamente eso. Porque el mercado de trabajo es secundario respecto al crecimiento, y ni el paro ni el empleo se generan de manera endógena desde las reglas del mercado de trabajo, a pesar de las mejoras introducidas en los servicios públicos de empleo.

Espero que el próximo debate parlamentario sobre la crisis, el quinto que protagonizará el presidente del Gobierno esta legislatura, ayude a despejar las dudas, a templar los ánimos y a resaltar la crudeza de las cosas, pero también nuestras fortalezas y oportunidades.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Lecciones marginales de esta crisis (II), de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 18 enero, 2009

LUCES LARGAS

Toda crisis airea nuestras debilidades y pone fin a la sensación de invulnerabilidad que recubre al éxito continuado. Pero también abre oportunidades para poner fin a los excesos que se han producido, sentando las bases de una nueva etapa de bonanza más sostenible.

Tercera lección: lo público y lo privado se necesitan mutuamente.Visto lo visto, deberíamos acordar que ni el Estado es el problema, siempre, ni lo privado es la solución, siempre. Que cada uno tiene una importante función que cumplir, que cada uno se necesita porque sus labores son complementarias. Aunque la gente se fía de lo privado, cuando llegan las dificultades serias, confía más en lo público.

Si la crisis de los años 70 del siglo pasado fue, en buena medida, una crisis de lo público (empresas y banca pública, excesivos costes de la sobreprotección social, etcétera) y ello dio pie a la revolución neoconservadora de Reagan y Thatcher, la actual ha sido, claramente, una crisis de la ideología de lo privado.Encontrar un nuevo equilibrio dinámico entre sector privado y público es el reto de los tiempos por venir, sin deslegitimar a ninguna de las dos piernas con las que avanza nuestra sociedad.

En sociedades complejas como las nuestras, la mayoría de los problemas de gestión importantes existen con independencia de la propiedad. En aeropuertos, como en hospitales o en transportes públicos, la calidad del servicio ofrecido depende más de los esquemas de control y de los incentivos internos de gestión que de la titularidad de la propiedad. En las grandes empresas por acciones hay propietarios, pero no dueños y los gestores tienen un margen de actuación enorme.

Hay que entender que el valor de una empresa es algo más que su cotización en Bolsa y que la responsabilidad social de las mismas debe verse reflejada en códigos de buen gobierno exigibles desde fuera. Porque si algo ha quedado claro en esta crisis es que ni el mercado ni las empresas parecen capaces de autorregularse y mantener el cumplimiento de normas y reglas que no sean impuestas, supervisadas y sancionadas desde fuera por los poderes públicos.

Cuarta lección: sobre delitos y normas. Parte de lo ocurrido, sobre todo en los mercados financieros internacionales, ha tenido que ver con la ausencia de normas donde se ha demostrado que hacían falta. Por ejemplo, en la configuración, comercialización y contabilización de los llamados productos derivados. Creo que ya hemos aprendido esto y las propuestas sobre una mayor regulación y supervisión del capitalismo financiero mundial cobrarán protagonismo en las próximas reuniones del G-20. Pero lo ocurrido con el caso Madoff no es consecuencia de una ausencia de regulación, sino de la comisión de un delito. Y no ha sido el único caso de vulneración de una norma existente, porque ha ocurrido también cuando ha habido sobrevaloración de activos inmobiliarios o connivencias sospechosas entre regulador y regulado; o entre empresas y analistas de riesgos.

Por tanto, faltan normas donde faltan pero también ha faltado el cumplimiento adecuado de las ya existentes. En muchos casos, porque a la entidad supervisora le falta capacidad gestora o inspectores suficientes, y en otros porque la sanción por incumplimiento es tan escasa que compensa arriesgarse. De poco sirve que se aprueben más normas y regulaciones si luego no cumplen porque no se dota, a quien corresponde, de los instrumentos necesarios para controlar su aplicación y sancionar su incumplimiento.

Quinta lección: los nuevos valores al alza. No pretendo hacer en este punto una reflexión moral, sino de eficiencia económica.Si queremos dotar de mayor estabilidad a nuestro modelo de crecimiento, tenemos que poner boca abajo algunos de los valores sociales y económicos sobre los que hemos construido la bonanza anterior.Cuando el conjunto de la riqueza acumulada en productos financieros especulativos multiplica por tres o por cuatro el valor total de la riqueza real producida, las señales que estamos enviando a la sociedad son malas. Por ejemplo, que su trabajo y su inteligencia es menos importante que un buen pelotazo bursátil o inmobiliario, ya que la recompensa principal no se distribuye en función del esfuerzo o de la capacidad, sino de la oportunidad y del azar.Que las consideraciones a corto plazo predominan sobre aquéllas otras que miran con una perspectiva temporal mayor, como las que afectan a la lucha contra el cambio climático o la pobreza en el mundo. Que el particularismo de cada uno debe situarse por delante de un interés general cada vez más diluido. Son tres mensajes con los que difícilmente podremos construir una sociedad cohesionada, ni tampoco una economía estable.

La especulación ha existido siempre y desempeña un papel equilibrador en un sistema de mercado. Pero el peso de la misma sobre nuestro modelo económico y social ha sido exagerado en los últimos tiempos, generando graves perjuicios a una mayoría social.

Recuperar la importancia del trabajo, la formación y el conocimiento para construir sobre ellos nuestro modelo productivo va a exigir cambios importantes. De control y regulación sobre los mercados financieros, pero también sobre decisiones públicas que alienten más estos valores que los otros. Por ejemplo, en el terreno impositivo, donde resulta difícil de sostener que las rentas ganadas por un trabajador mediante su trabajo paguen más impuestos que la misma cantidad cobrada por un rentista como consecuencia de una simple revalorización pasiva de su patrimonio. Si una sociedad más cohesionada es, además, más eficiente porque incentiva mejor las capacidades individuales de todos, pongámonos a ello. En todo.

Sexta y última lección (de momento): falta gobernanza internacional.Dada la magnitud y características de las cuestiones a abordar, no tenemos una adecuada estructura político-administrativa de gobernanza internacional de los mismos. Los problemas no conocen fronteras y la base de respuesta sigue siendo la defensa del interés nacional. Esa incapacidad pública para organizar respuestas eficientes a nivel mundial, estimula comportamientos privados desestabilizadores y perjudiciales para el conjunto.

Las lecciones que he extraído de esta crisis son parciales y subjetivas. Pero espero que útiles. Así sea.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Lecciones marginales de esta crisis (I), de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 11 enero, 2009

LUCES LARGAS

No hay dos crisis económicas iguales, pero todas cursan con los mismos síntomas principales: paro y recesión. Cada episodio se desarrolla y estalla en un contexto distinto aunque pueden encontrarse pautas comunes vinculadas a características humanas básicas (codicia, incredulidad, engaño, etcétera). Sin embargo, resulta útil aprender de las experiencias, no tanto para evitar que se repitan ya que nunca lo hacen de la misma manera, sino para ayudarnos en los períodos de bonanza introduciendo mejoras en el comportamiento colectivo derivadas de una mejor comprensión del mismo.

Más allá de todo lo dicho hasta la fecha, algunas lecciones marginales podemos extraer de la crisis que estamos viviendo desde que en agosto de 2007 estalló el caso de las hipotecas basura.

Primera lección: las crisis existen. No hace tanto tiempo que sesudos analistas vaticinaban el final de los ciclos económicos y, por tanto, de las crisis recurrentes. Basándose en la globalización, las nuevas tecnologías y el adecuado manejo de los instrumentos de política económica, dibujaban un panorama idílico de crecimiento mundial continuo salpicado, como mucho, de pequeños sobresaltos acotados en el espacio y en el tiempo.

Sea o no una depresión equiparable a la de comienzos del siglo pasado, lo que sufrimos ahora es una crisis con efectos generalizables, duraderos y profundos. De esas que, cuando pase, marcará un antes y un después. Y que se ha presentado a cámara lenta pero con un alarde de medios tal que la convierte en la primera crisis global, de la que todavía no conocemos todos sus recorridos.Para entenderla, debemos recuperar los análisis sistémicos que permitan determinar qué tiene nuestra economía capitalista que parece no saber avanzar si no es con pronunciados ciclos. Volver a la economía política que estudia no tanto las relaciones de producción y distribución entre agentes económicos aislados, sino entre grupos sociales y geográficos, cuya lógica de actuación es distinta, ya que la acción colectiva no es una simple agregación de decisiones individuales. El modelo económico de los países avanzados de la OCDE es el mejor que el ser humano haya sido capaz de construir, hasta la fecha. Pero la propiedad privada, la competencia y el mercado aúnan una gran capacidad de creación de riqueza y de aprovechamiento de las iniciativas y de la creatividad humana con una no menor capacidad autodestructiva en forma de mantenimiento de amplias regiones geográficas marginadas y de una tendencia intrínseca a provocar altibajos periódicos. Esta crisis es la otra cara de la moneda del crecimiento económico vivido en los últimos años y no es fruto del error, de la casualidad o de la avaricia individual, sino una consecuencia social de un determinado esquema de incentivos económicos privados. Algo intrínseco a la misma lógica de funcionamiento del actual sistema capitalista, que ha ido arrinconando el espacio de lo público a favor de manos libres precisamente para los sectores más inestables de nuestra economía.

Esta crisis, además, no se ha producido por una ausencia de demanda agregada o por un problema de oferta. El desencadenante ha sido el brusco pinchazo de una burbuja especulativa articulada desde los mercados financieros, convertidos en pieza clave del engranaje.Aunque algunas empresas tenían problemas de competitividad y necesitaban un ajuste en sus estrategias de negocio en un mundo global, lo que las hace entrar en dificultades no es eso, sino un cierre inesperado y brusco en el acceso al crédito, que afecta incluso a quienes no tenían problemas. La misma generosidad financiera que ha hinchado el globo especulativo, pero también el crecimiento, se vuelve en contra en forma de tacañería y de crisis, como en una patología bipolar.

Segunda lección: hemos reaccionado tarde y bien. Esta crisis ha pillado desprevenido a todo el mundo. Lo cual dice poco en nuestro favor, ya que las señales anunciadoras de los problemas estaban presentes desde hace tiempo, aunque una especie de autosatisfacción colectiva en torno a un optimismo ingenuo nos impidió reconocerlas y hacer algo para evitarlas. Todavía más, algunas de las actuaciones de política económica adoptadas en plena burbuja iban destinadas a mantenerla más que a intentar deshincharla, si es que eso era posible. En el caso de España, puede verse lo que digo analizando los cuatro jinetes de nuestro Apocalipsis: excesivo nivel de endeudamiento privado, peso determinante de la construcción de viviendas en nuestro crecimiento, excesiva temporalidad en el mercado laboral e insuficiente estímulo institucional a un sistema productivo de ciencia y tecnología. Aunque desde hace años se venía señalando estos pies de barro de nuestro crecimiento económico, cuando las cosas van bien, resulta muy difícil cambiarlas, perjudicando a algunos con el argumento de anticipar un mejor futuro para todos.

Asumida la gravedad de la situación, no obstante, la respuesta de los Gobiernos ha sido acertada, aunque no se llegó a ella de manera lineal. Cuando aún se infravaloraba la gravedad de lo que pasaba, se intentaron otras soluciones como dejar que el mercado se autocorrigiera (quiebras de Lehman y de Martinsa), o, en Europa, se seguían subiendo tipos de interés por considerar mas probable la inflación que la recesión. La evidencia de un colapso bancario inminente hizo cambiar la estrategia, para atacar con todo lo disponible no tanto porque fuera lo que había que hacer, sino porque ya que no se sabía qué hacer, se decidió utilizarlo todo, esperando que algo funcionaría: políticas monetarias y presupuestarias expansivas, nacionalizaciones, planes masivos de rescate, etc. Nadie podrá decir que el apego a una ortodoxia haya frenado ninguna decisión. Más bien lo contrario, la posmodernidad liquida llevada a la política económica ha hecho de la heterodoxia gubernamental el principal elemento para la salvación privada.Aunque de unos, las entidades financieras, todavía más que de los otros. En esos momentos todavía es pronto para saber si lo hecho será suficiente, pero hay que reconocer que queda poco en el tintero por hacer, aunque importante. Salvo que las cosas vayan mucho peor de lo previsto hoy, claro.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Decíamos ayer…, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 4 enero, 2009

LUCES LARGAS

Debe resultar descorazonador para los economistas actuales, incluidos los premios Nobel, enfrentarse a una de las mayores crisis económicas de las que tenemos constancia con poco más que las recetas propuestas por otro economista en los años 30 del siglo pasado.

El comportamiento humano parece no haber cambiado demasiado desde entonces. Por ello, sabemos que ante una incertidumbre paralizante provocada por una crisis económica de gran magnitud que se prevé duradera, los individuos tienden a atesorar el dinero de que disponen, frenando el consumo y la inversión privada. Esa actitud, generalizada, limita la capacidad de la política monetaria o de las rebajas impositivas como instrumentos para reactivar la demanda privada al colocar más liquidez en manos de quien ahora, como los bancos, la guarda. Ello sólo deja a un agente económico, el Estado, cuyo gasto público actúa con una lógica distinta, como principal motor en la lucha contra la parálisis de los circuitos normales de la economía.

Debemos a Keynes esta hipótesis sobre el comportamiento humano en situaciones de crisis y su propuesta de cambiar las reglas del juego inyectando recursos desde un nuevo agente económico -el sector público- aunque sea a costa de padecer déficit. Esa genial intuición, transformada en revolucionaria propuesta de política económica, fundamenta todavía hoy la principal línea de actuación del G-20 ante la situación actual, ya que el resto de reformas planteadas se está diluyendo a pasos agigantados.

La cuestión es, sin embargo, que aún aceptando que las reacciones humanas no han variado mucho desde entonces, el entramado institucional sobre el que actúan, el conjunto del sistema económico encargado de canalizar esas actuaciones, se parece poco al de hace 70 años.En muchas cosas, pero algunas tan fundamentales que deberían, a su vez, afectar al impacto de medidas de política económica pensadas para funcionar en una realidad muy distinta. Me centraré en dos: la globalización y la propia realidad del sector público en nuestra economía actual.

Cuando los mercados son, más o menos, libres a escala mundial, la eficacia del keynesianismo en un solo país se reduce mucho.Reactivar de manera artificial la demanda agregada nacional en situación de crisis puede acabar estimulando la producción en otro país del que nos abasteceremos sin restricción mediante importaciones. De ahí la necesidad de coordinar internacionalmente las medidas de estímulo económico para que tengan un efecto compensado entre países.

Pero la globalización en que vivimos es mucho más que mercados abiertos. Es, sobre todo, un sistema financiero único que permite recoger los ahorros de un pequeño campesino hindú e invertirlos en una fábrica polaca, pero también convertir una hipoteca concedida a una familia americana en un título de deuda comprado por un empresario de Castellón. Aunque ya en 1907 un economista marxista, Hilferding, escribió sobre la preponderancia del capitalismo financiero, casi nada de lo conocido hoy en este terreno se parece a lo existente entonces.

La apertura comercial mundial y el mercado financiero único forman parte de una realidad nueva y distinta, etiquetada como globalización, que afecta de manera directa a la capacidad de reacción de los gobiernos nacionales ante dificultades que desbordan sus fronteras.Esta inadecuación de tamaño entre el problema que se quiere abordar y la instancia principal desde la que se quiere hacer frente restringe de manera directa la capacidad de la política económica keynesiana pensada para un marco institucional muy distinto.

La segunda realidad diferente hoy respeto a hace 70 años es, precisamente, el propio éxito del keynesianismo. Cuando el sector público representa en torno a la mitad del PIB, cuando mecanismos como el seguro del desempleo o determinados servicios públicos vienen existiendo desde hace décadas como algo normal en el sistema económico, y cuando el déficit público ha sido una presencia habitual, las propuestas que hizo Keynes antes de que nada de esto existiera, no pueden tener el mismo impacto sobre la economía que entonces, salvo que incrementemos mucho la dimensión y la dosis de las mismas. Podríamos decir que la sociedad actual se ha hecho resistente a la medicina keynesiana por sobreconsumo de la misma. Y como no se nos ocurre otra cosa, debemos ser conscientes de ello a la hora de buscar eficacia en las mismas.

Sobre la Gran Depresión del siglo pasado hay cosas que casi todo el mundo comparte. Por ejemplo, que hasta que llegaron Keynes y Roosevelt ni economistas ni políticos estuvieron a la altura de los problemas, entre otras cosas por su excesivo apego a una anticuada y equivocada ortodoxia en política económica. Hoy no tenemos ese problema. Es verdad que nuestros políticos y la mayoría de nuestros economistas no se han apegado de manera dogmática a ninguna doctrina y, de hecho, están tocando todos los palos, confiando en que alguno funcionará.

Pero pueden cometer un nuevo error no menos grave: soslayar con retórica hueca los difíciles pero necesarios cambios institucionales tanto a escala nacional como global como, por ejemplo, la supresión de los paraísos fiscales. La crisis les ha pillado por sorpresa y, prefieren transmitir la sensación de que estamos ante algo transitorio que escampará. Que todo lo que tenemos que hacer es resistir con optimismo para que pronto, todo vuelva a ser como antes. Y me temo que no.

Si estamos ante un problema sistémico de un capitalismo globalizado cuya lógica de funcionamiento le condena a sufrir crisis periódicas, hará falta algo más que un neokeynesianismo maquillado para salir bien de esta crisis. Porque salir saldremos. ¡Claro que saldremos! El problema es cuándo, cómo y quiénes; es decir, con qué correlación de fuerzas sociales. Se trata del viejo asunto de ganadores y perdedores, del poder y del dinero. Y aquí juega un papel determinante lo que hagan quienes tienen no sólo la legitimidad democrática, sino la última reserva de confianza pública: los gobiernos. De qué intereses consideren prioritario defender y qué privilegios sigan respetando como intocables dependerá la posición relativa de cada uno en la sociedad postcrisis. Otra vez la Política. Como ya decíamos, por cierto, antes de ayer.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Hacer tortilla sin romper los huevos, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 28 diciembre, 2008

LUCES LARGAS

A veces, evitar un fracaso, se considera un éxito. Es lo que ha pasado en la reciente Cumbre del Clima de Poznan que preparaba el Acuerdo de Naciones Unidas que sustituirá, a partir de 2012, al Convenio de Kyoto y que se deberá concluir a finales del próximo año en una nueva reunión de las partes en Copenhague. Se han producido pequeños, aunque importantes, avances en el compromiso de lucha contra un cambio climático cuyo adelanto ya está aquí en forma de 25 millones de refugiados a nivel mundial como consecuencia de sequías, inundaciones, tornados y otras catástrofes de magnitud y frecuencia desconocidas, identificables con factores medioambientales.

La Unión Europea ha mantenido en Poznan su decisión de alcanzar en 2020 una reducción de emisiones de efectos invernadero del 20%, incrementando el uso de energías renovables hasta un 20%.Mientras, países emergentes como China, México, India o Brasil se comprometían, por vez primera, a seguir contaminando, pero un poco menos, a cambio de recibir ayuda económica y tecnológica de los países desarrollados. Y todos, todos, esperan que Obama, con su compromiso nacional -el Green Deal ya lanzado- se sume al esfuerzo colectivo, venciendo reticencias de la anterior administración republicana, con demasiadas vinculaciones con el sector petrolífero.¿Dónde está pues la duda, la reserva, el resquemor?

En que la experiencia, las concesiones internas que se han hecho para alcanzar este acuerdo histórico y los ritmos fijados en el mismo plantean la duda razonable de que no llegaremos. De que, a pesar de todo, no seremos capaces de reducir las emisiones de CO2 con la suficiente rapidez y contundencia como para evitar algunos de los peores escenarios de amenaza para grandes zonas del planeta. Y, además, de que la inmensa mayoría de los países no tendrán recursos y capacidades suficientes para adaptarse convenientemente a esos devastadores efectos.

El amplio consenso existente entre los científicos ante el cambio climático no parece darse entre nuestros responsables políticos mundiales. Por ello, tendremos que negociar un Acuerdo poskioto sin haber cumplido los compromisos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero establecidos en Kioto. Y si esto es así, nos enfrentamos a tres de los principales problemas actuales de la humanidad: su incapacidad para articular respuestas eficientes para desafíos vitales de alcance global; en segundo lugar, una excesiva ponderación del corto plazo que reduce los incentivos para hacer esfuerzos ahora en busca de mayores beneficios (o menores costes) más tarde y, en tercer lugar, un aparentar que se hace algo, para transmitir confianza televisiva a los ciudadanos aunque, en realidad, lo que se hace luego sea mucho menos.

La disparidad entre la magnitud de los desafíos y la limitada ambición de nuestras respuestas lo hemos visto, también, con la crisis financiera. Frente a problemas globales, resulta ridículo buscar únicamente soluciones nacionales. Si, por las razones que sean, preferimos seguir manteniendo el Estado-nación como referencia central de nuestra actuación política en lugar de avanzar hacia la constitución de un verdadero Gobierno mundial democrático deberíamos, por lo menos, establecer bien las reglas del juego cooperativo entre países para que nos permitan trabajar juntos en la resolución de problemas que ninguno puede resolver por sí solo. La existencia de la Unión Europea y el mantenimiento de Naciones Unidas abre esperanzas sobre este punto, aunque todavía estamos muy lejos de saber hacerlo con la suficiente eficacia como para estar a la altura de los retos que tenemos.

En este sentido, las excesivas concesiones internas a la industria europea, alargando el plazo de entrada en vigor de la propuesta de la Comisión para que paguen por los derechos de emisión, o a los nuevos socios comunitarios permitiéndoles mantener el uso exagerado del carbón, sin duda han sido necesarias para alcanzar un acuerdo. Pero le coloca a éste un gran peso en las alas de su credibilidad.

Resulta curioso cómo el tradicional principio de que el que contamina, paga no se quiere aplicar aquí. Ninguna empresa europea puede lanzar libremente vertidos tóxicos a un río y todas han adaptado ya sus procesos productivos a este hecho sin merma de competitividad.Sin embargo, ninguna quiere internalizar el coste de emitir dióxido de carbono, pagando por los derechos, a pesar del constatable efecto invernadero que provoca. Las referencias a la crisis económica o a los riesgos de deslocalización sólo pueden entenderse, ante un problema como éste, o bien como presión para trasladar el coste a otro, o bien, como prueba de que, en realidad, no se acaban de creer las previsiones científicas sobre las causas del cambio climático y sus terribles consecuencias.

Y aquí entra la mencionada preferencia por el presente sobre el futuro. Combatir, de verdad, con eficiencia e impacto adecuado, el cambio climático provocado por la acción del ser humano en los últimos 200 años exige introducir algunas modificaciones importantes en nuestro modelo productivo, tecnológico, de consumo e incluso de vida. Si de verdad queremos evitar que la temperatura del Planeta suba más de dos grados adicionales en las próximas décadas con efectos devastadores sobre el PIB y sobre la población mundial equivalentes a una gran guerra mundial, algunos esfuerzos tendremos que hacer ahora que aún estamos a tiempo.

Esfuerzos y sacrificios que deben de tener la intensidad suficiente como para producir el efecto que se desea. Sobre todo cuando, como es el caso, hacer menos invalida la eficacia de la acción respecto al objetivo perseguido. En asuntos donde la dosis y el tiempo son fundamentales, como los antibióticos, reducir la cantidad o alterar los plazos convierte en dudoso el tratamiento o nos lleva a escenarios distintos, con mayor incremento en la temperatura mundial y con sus correspondientes peores impactos sobre vidas y haciendas.

Estamos haciendo lo posible. Sin duda. Pero cuando necesitamos hacer lo necesario, hacer lo posible puede no ser suficiente para evitar que millones de personas pierdan sus vidas o sus hogares debido al cambio climático, mientras otros no han querido sufrir una pérdida económica menor. Todavía nos queda Copenhague.Pero sin romper huevos, no hay tortilla.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

Un vals en el Titanic, de Jordi Sevilla en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 21 diciembre, 2008

LUCES LARGAS

«Estamos bailando un vals en la cubierta del Titanic», cuentan que dijo un conocido e importante hombre de negocios español en una reunión privada. Y la imagen, aunque facilona, me parece un reflejo tan adecuado de la situación, que he hecho lo que Oscar Wilde recomendaba para evitar las tentaciones: caer en ellas.

Como todos los grandes sueños humanos, la hazaña del mayor barco del mundo da pie a muchas metáforas. Añadiré dos datos: el Titanic tardó dos horas y cuarenta minutos en hundirse desde que colisionó con el iceberg. Momentos de perplejidad ante lo imposible, dudas sobre sus repercusiones, confianza en la capacidad de las novedades técnicas introducidas en el barco, más perplejidad, nerviosismo, pánico y, al final, resignación ante lo inevitable. Segundo dato, mucho antes de agotarse ese tiempo, ya fue evidente que no había sitio para todos en los escasos botes salvavidas.

Si consideramos que la crisis de las hipotecas subprime fue el iceberg con el que chocó ese nuevo Titanic llamado capitalismo financiero internacional, el paralelismo es ¿nos hundiremos? ¿En cuánto tiempo? ¿Quiénes se salvarán?

Desde esa clave analítica, las nuevas y espectaculares medidas adoptadas esta semana por las autoridades monetarias de Estados Unidos -tipos de interés cercanos a cero y expansión casi ilimitada de la base monetaria- cabría interpretarla como un intento desesperado de lanzar al agua todo lo que flote para agarrarse a ello por si esto se hunde. O para cuando esto se hunda.

Vengo sosteniendo que, en situaciones de grave crisis económica como la que vivimos, hacer lo de siempre no sirve de mucho. Eso es lo que convierte, ahora, en ineficaz para reactivar la actividad económica el uso de la política monetaria o las rebajas de impuestos.Conseguir que la gente tenga más dinero en sus bolsillos no garantiza que lo gaste, cuando lo que predomina es una fuerte incertidumbre y desconfianza ante el futuro.

Sin embargo, las nuevas medidas americanas, por su intensidad, parecen dirigidas también a desatar una guerra preventiva contra el siguiente, posible y más temible adversario común llamado deflación. Una situación en la que los consumidores aplazan indefinidamente sus decisiones de compra ante las perspectivas de descensos adicionales de precios y, con ello, reducen el consumo, la producción y el empleo en un autoalimentado círculo bajista de la actividad económica.

Por aclararlo más. No se trata de que la tasa de inflación baje (desinflación) sino de que sea negativa, de que los precios evolucionen de manera contraria a como lo hacen en una inflación con una bajada persistente y generalizada en toda la economía, hasta el punto de que deja de ser rentable producir. Y lo peor de todo es que no sabemos cómo salir de una situación como esa que no responde a los incentivos económicos tradicionales por estar más relacionada con procesos institucionales y su capacidad para trasladar confianza a la sociedad. Japón lleva casi 20 años intentándolo, sin éxito.

Pero además de descorchar todas las botellas del cava monetario, las autoridades americanas han aprobado o anunciado proyectos de estímulo presupuestario por un valor equivalente al 8% del PIB. Más de tres veces el importe de las adoptadas en Europa que, a su vez, es más timorata en el uso expansivo de los instrumentos monetarios.

Así pues, ante la misma crisis económica mundial, Estados Unidos y Europa empiezan a marcar distancias en las respuestas adoptadas.Posiblemente, no tanto en su dirección, pero sí en la intensidad de la misma que es la clave hoy para medir la eficiencia de medidas que, tomadas a medias, no sirven para mucho. Esta brecha puede deberse a una diferente percepción sobre la situación. Estados Unidos parece asumir ya que la colisión ha sido de tal tamaño que más vale intentar salvar a los más posibles. Mientras, Europa parece seguir confiando en que el barco no se hundirá porque ya están trabajando el capitán y los técnicos en arreglar la brecha y porque la nueva tecnología con que fue construido permite cerrar los compartimentos anegados y evitar el contagio. Aunque también puede deberse al diferente grado de maduración institucional interno, que establece procesos de toma de decisiones muy distintos.Construir Europa a partir de los estados nacionales puede ser necesario en situaciones normales. Pero es limitativo y perjudicial ante situaciones críticas, sean ayer la guerra de los Balcanes u, hoy, la crisis económica. Si a escala internacional es cada vez más denunciable la distancia existente entre la magnitud global de los desafíos y la inadecuación de los mecanismos de gobernanza, a escala europea, ocurre algo similar. Los acuerdos posibles son siempre de mínimos, cuando lo que la situación requiere son acciones de máximos.

En España ya podemos intuir lo que es esa deflación que tanto temen -y con razón- los americanos. Me refiero a la actual situación que vive el sector de la construcción de vivienda después de haber tenido momentos insuperables de esplendor. La convicción generalizada de que al exceso existente de oferta sólo se le puede poner fin mediante un descenso de precios superior al que se está produciendo paraliza las decisiones de compra. Y bajadas adicionales de precios, con el actual esquema del sector y de sus apoyos bancarios, no son posibles a corto plazo sin provocar una crisis de hipotecas prime, concedidas sobre un valor del activo muy superior al que resultaría de ajustarse hoy los precios a la demanda. Todo ello detiene progresivamente la actividad y el empleo aún más, tras la fuerte caída inicial.

Los efectos sobre la economía mundial de la colisión con el iceberg aún no han acabado. En este momento, todavía desconocemos si aguantarán o no la fuerza del agua determinadas compuertas. La realidad cambia, se mueve rápido y así deben reaccionar nuestros gobernantes. En la buena dirección pero, también, con la contundencia adecuadas. De momento, los americanos van por delante. En Europa, parece que todavía seguimos escuchando la música de la orquesta.Y suena como un vals en el Titanic. Feliz Navidad.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with:

No es barra libre, de Jordi Sevilla en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 14 diciembre, 2008

LUCES LARGAS

Tengo la impresión de que algo estamos haciendo mal. Concentrados en la búsqueda de soluciones a la crisis, corremos el riesgo de que las cosas se nos vayan de las manos porque se nos olvide cuál era el origen del problema. Parece que se está instalando entre algunos gestores privados una idea peligrosa: dejemos que se ocupen los gobiernos de la gestión de la crisis y abandonemos toda responsabilidad social propia.

Quizá ello explique que los créditos a la economía real no se hayan restablecido de manera proporcional al esfuerzo público que los gobiernos y los bancos centrales han hecho con el sistema financiero para que así sea. Millonarias inyecciones de dinero, descensos significativos de tipos de interés, avales y garantías estatales para préstamos y emisiones: nada parece suficiente para reactivar el mercado interbancario, bajar suficientemente el Euribor o trasladar liquidez a la economía real. No sé si nuestros banqueros y bancarios son conscientes de que cada día que pasa sin que transformen en crédito las ayudas recibidas se incrementan las demandas a favor de su nacionalización, o las sospechas de que sus balances no estaban tan saneados como decían. Porque hay empresas y puestos de trabajo en riesgo y porque con la crisis hemos roto algunas de las barreras convencionales de actuación en política económica.

No soy partidario de entender lo que ha pasado en clave de comportamientos personales avariciosos, ni creo que todo se deba a errores en la gestión de la política monetaria o en la supervisión bancaria.Sin necesidad de ser marxista, me inclino por pensar que es en la lógica del sistema económico que hemos construido en las últimas décadas donde hay que buscar la causa de nuestras dificultades.En la lógica de un sistema capaz de desarrollar al máximo todo lo bueno de nuestro potencial económico, pero capaz también de permitir, cuando no estimular, comportamientos irracionales o fallos evidentes (ahora) de regulación financiera y que presenta una tendencia intrínseca a las crisis periódicas.

Verlo así tiene gran utilidad práctica más allá del apasionante, aunque enmarañado debate, sobre quién tenía razón. Una utilidad no para buscar culpables, pero sí para establecer límites y solicitar responsabilidad social por las ayudas pública cuantiosas que los gobiernos están poniendo a disposición de unos más que de otros. Como ven, no hablo de si estas ayudas públicas alteran o no la competencia. Hablo de una cuestión (casi) moral. Por ejemplo, ¿pueden los bancos y cajas no aceptar las ayudas ofrecidas, por una cuestión de imagen? O mejor todavía, después de recibirlas, ¿tienen derecho moral a quedárselas y no repercutirlas a las familias y empresas?

Ante el bloqueo de liquidez, los gobiernos han tenido que autorizar una especie de by-pass financiero heterodoxo, permitiendo que el Tesoro o nuestro ICO presten dinero directamente a empresas y familias. Además, esta misma semana hemos debatido en el Congreso de Diputados una moción presentada por Convergencia i Unió precisamente para instar al Gobierno a adoptar nuevas medidas que trasladen a los sectores productivos la liquidez necesaria para garantizar su actividad. Medidas que se centraban en una nueva vuelta de tuerca a los Presupuestos del Estado para exprimir de ellos lo que deberíamos exigir que facilite el sistema financiero pero que no hace. Al menos, todavía.

Está muy bien que no exista un corsé ideológico que impida actuar con contundencia desde los Presupuestos cuando todo lo demás falla y el paro crece de manera desmesurada. Pero de ahí al «todo vale», hay pasos que no deberíamos dar por cuestiones económicas obvias, como que el déficit y la deuda de hoy son los impuestos del mañana, pero, sobre todo, por una cuestión de principios.

En los inicios del debate sobre los paquetes de ayuda a la banca, ya vimos protestas ciudadanas ante el hecho de que los responsables de habernos llevado a la crisis siguieran cobrando sus cuantiosos bonos y viajando en aviones privados a costa, ahora, del dinero público de salvamento. La cuestión era: ¿debemos ayudar a los que se han hecho ricos con decisiones que han acabado provocando la crisis?

La segunda fase de la discusión fue: ¿qué garantías tenemos de que si ayudamos a la banca ella nos ayudará restableciendo el mercado de créditos? En mi opinión, fallamos en la respuesta a esta pregunta. Debimos imponer condiciones a estas ayudas en términos de compromisos concretos de trasladar una parte de esa liquidez a la economía productiva, con mecanismos de control por parte del Banco de España y de sanción en caso de incumplimiento.

La sociedad está haciendo un importante esfuerzo para pagar platos que no ha roto. Pero si aquellos que perciben las ayudas no se comportan a la altura de las exigencias, si no reconocen que no hay barra libre y que tienen responsabilidades sociales también ellos en favor de los ciudadanos que les están ayudando a través del Estado, las cosas pueden cambiar de base.

Estos días, gracias a la intervención judicial, nos estamos enterando de que una gran constructora española tenía inflados sus balances, junto a otros activos importantes fuera de ellos. Nada de esto impidió que las tasadoras y los bancos les dieran generosos créditos como si todo estuviera bien. Eso, que no tenemos por qué asumir que haya sido una práctica aislada, no es un fallo de regulación.Y cuestiona el comportamiento de algunos que, tal vez, han tenido más responsabilidad que otros en que las cosas hayan llegado al punto al que han llegado. Por tanto, cuidado. Que los gestores de nuestro sistema financiero no echen en saco roto tiodo lo que ha pasado y está pasando. Que sean tan responsables y cuidadosos con el cumplimiento de sus obligaciones con la sociedad como se les va a exigir que lo sean a quienes van a perder su trabajo y su vivienda, por haber aceptado cosas que, con ojos de hoy, no lo eran. Y no lo son.

jordi.sevilla@diputado.congreso.es

© Mundinteractivos, S.A.

Tagged with: