Reggio’s Weblog

Fin de época, desaparece una generación, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Historia, Memoria, Política by reggio on 16 febrero, 2009

Paul Nizan no tuvo una juventud feliz: teníamos 20 años y no dejaré a nadie decir que fueron los mejores años de nuestra vida, escribió el autor de Chiens de garde y Aden Arabia, dos libros escritos en la década de 1930 y muy actuales. El segundo incluye, además, una estremecedora introducción de Sartre. Los que teníamos 20 o 25 años a finales de la década de 1960 fuimos afortunados. La historia avanzaba cuando nosotros iniciábamos nuestra carrera de adultos, progresábamos a la vez, podíamos sentirnos protagonistas, la épica no se reducía al Barça. Ahora cuando se cumplieron ya 40 años del mítico 68 y van a cumplirse 30 de las primeras elecciones municipales es inevitable asumir que es el fin de una época y de una generación. De una generación privilegiada, la que vivió intensamente entre los años sesenta y el final de siglo el largo proceso de resistencia ascendente y pudo luego contribuir a crear, con todas las limitaciones que quieran, las bases de una democracia que no quisimos que fuera únicamente formal.

Toni Farrés acaba de morir. Elegido alcalde de Sabadell en las primeras elecciones municipales (1979), reelegido continuamente con más del 50% de los votos, hasta que decidió que 20 años es más que nada y se retiró discretamente en 1999. Había nacido en 1945, lo conocí en 1968 cuando yo regresaba discretamente de una obligada (pero feliz) estadía de algunos años en París. Somos la generación del 68. Él, ex estudiante de Derecho, se había ido a trabajar a Unidad Hermética. Fue destacado sindicalista de CC OO, luego terminó la carrera, hizo de abogado laboral, más tarde fue un alcalde emblemático no sólo del PSUC, también de toda una generación de alcaldes y concejales que pasaron de la militancia clandestina al Gobierno de unas ciudades en crisis. Nunca cambió de barricada, estuvo siempre al lado de los trabajadores, pero entendió que mal servicio les daría si sólo se ocupaba de hacer programas sociales, que se hicieron y muchos en unos años en los que se perdieron varios centenares de miles de puestos de trabajo sólo en la provincia de Barcelona. Toni recuerdo que me dijo poco después de ocupar la alcaldía y discutíamos sobre cómo plantear la cuestión metropolitana: quiero cambiar la ciudad, atraer actividades, arreglar los barrios. No estoy en contra de Barcelona, pero me temo que si nos acercamos demasiado seremos siempre una periferia. Si tenemos que ser como Barcelona quiero que seamos como el Eixample, no como Nou Barris (NB ahora se ha convertido en una estupenda parte de la ciudad, pero en la década de 1960 era donde la ciudad pierde su nombre).

Toni Farrés fue un gran alcalde que heredó una ciudad en crisis, tanto económica, hundimiento del textil local, como urbana, más del 50% de la población vivía en barrios degradados o marginales. Él con un equipo liderado por el histórico PSUC la cambió. Poco después del inicio de su alcaldía, un diputado convergente originario de Sabadell me decía: qué mala suerte, con la grave situación de la ciudad ha sido elegido un alcalde comunista, nos acabará de hundir. No lo creo, contesté, Farrés será muy bueno para la ciudad y ya veremos si en otras ciudades vosotros lo hacéis mejor. Es suficiente visitar el Eix Macià, una obra ambiciosa que se inventó un alcalde con ideas radicales pero sin prejuicios, con prioridades sociales a favor de la mayoría, pero que pensaba para toda la ciudad, en su economía, urbanismo e imagen. Al inicio del proyecto me dijo: ahora estoy seguro de que irá adelante y rápido, hemos conseguido convencer al Banc de Sabadell y a El Corte Inglés de que se instalen en los dos extremos del Eix.

Nos veíamos sólo de vez en cuando, hace unos meses compartimos unos días en Buenos Aires, él me comentó que quería pasar una parte de la semana en Torredembarra y poder escribir un libro sobre los alcaldes, los de ahora y de mañana. Antes de Navidad acordamos vernos en enero cuando él suponía que se habría recuperado bastante. No ha sido posible. Nos queda una tristeza melancólica, por la pérdida de una persona querida. Pero también, me parece, porque nos hace más conscientes de que desaparece también toda una generación, como me decía el viernes, en el ayuntamiento, muy cerca del cuerpo presente de Toni, la amiga Dolors Calvet, la que por unas decenas de votos no pudo sucederle en la alcaldía. El cambio de siglo coincide con el fin de una época.

En los próximos meses celebraremos los 30 años de los primeros ayuntamientos democráticos, tras las elecciones del 3 de abril de 1979. Un mes después de las elecciones generales las municipales depararon un resultado que significaba un viraje a la izquierda. Los socialistas catalanes fueron los más votados y en segundo lugar lo fue el PSUC. En la gran mayoría de los municipios grandes y medianos se constituyeron gobiernos de izquierda, en algunos casos con participación de Convergencia. Los nuevos alcaldes y regidores tuvieron que aceptar el desafío de hacer funcionar una maquinaria deteriorada, con muy escasos recursos y a la vez responder con eficacia a las demandas sociales acumuladas a las que se añadieron las que generaba la crisis económica que desindustrializó una parte importante de la economía del país. Los equipos de gobierno del 79, con la colaboración de equipos de profesionales-militantes y el diálogo con las entidades ciudadanas y vecinales, cumplieron una obra inmensa, que consolidó la democracia y evitó que se produjeran reacciones sociales violentas que la hubieran, quizá, hecho naufragar. Estos equipos se habían forjado en la lucha antifranquista y entonces estuvieron a la altura de las circunstancias. En la crisis actual los nuevos equipos, que no tienen culpa alguna de haber vivido tiempos más fáciles, tendrán que enfrentarse a nuevas situaciones que exigirán, como ocurrió entonces, fuerza, coraje, imaginación y sensibilidad. Les deseamos sinceramente suerte.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

Tagged with:

Raimon, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Cultura, Música by reggio on 5 enero, 2009

Raimon ha celebrado en un Palau de la Música al completo y ante un público entusiasta un recital antológico, por la selección de canciones de todas las épocas y por la gran calidad de las mismas. Pronto se cumplirá medio siglo (dos o tres años más) desde que irrumpió en las aguas estancadas de la cultura popular catalana con una canción de bandera: Al vent. Inevitablemente, los aplausos no cesaron hasta que se despidió con ella después de varios bises, de cantar el siempre contundente y necesario Diguem no. No soy crítico musical y no analizaré la prestación de un artista que ha llegado a un grado de madurez tal que como Gardel cada día canta mejor, y afortunadamente Raimon está muy vivo. Reconozco, además, que sus canciones, su forma de decirlas y su actitud cívica me emocionan lo suficiente como para asumir que no puedo ser objetivo. Descubrí Al vent y a su autor en un pequeño disco, en 1962, joven estudiante refugiado en París. Regresé a Barcelona unos años después y le oí en directo cantar el Diguem no. Un día de finales del 69 el recordado Alfonso Comín, recién salido de la cárcel, me hizo escuchar entusiasmado el recién aparecido y maravilloso Veles i vents. Recuerdo una noche mágica de finales de 1975 en el Palacio de Deportes de Montjuïc cuando cantó creo que por primera vez en Barcelona Jo vinc d’un silenci. La sala oscura se iluminó por centenares o miles de fósforos. Raimon rompió el silencio y los puntos de luz de la sala anunciaban el fin de la dictadura.

Pero si ahora me siento motivado a escribir, al margen de mis artículos habituales, no es por nostalgia, es por la terrible actualidad de muchas de sus canciones, las que fueron más aplaudidas, las que hubo un tiempo que a muchos parecieron más coyunturales, propias de momentos de opresión y resistencia. Y, sin embargo, qué actuales nos parecieron las canciones citadas y otras que cantó (La nit, Indesinter, País Basc, T’he conegut sempre igual, etcétera) y no cantó (D’un temps, d’un país, He mirat aquesta terra, 18 de maig a la Villa, Societat de consum) además de algunas bellas composiciones recientes. Canciones interrumpidas con aplausos, que hablaban de trabajo y de dignidad, de libertad y de identidad, de resistencia y de igualdad, de la gente corriente y de combates cotidianos.

Creo que las canciones de Raimon nunca dejaron de ser actuales pero ahora es más fácil decirlo y percibirlo. Es una época que estalla el escándalo de la corrupción, en la que los financieros delincuentes que se lucraron de la degeneración del capitalismo y los gobernantes cómplices o son confirmados en sus puestos de privilegio o se van a sus casas con indemnizaciones supermillonarias. Mientras que el mundo del trabajo paga la factura con desempleo, sueldos bajos congelados, amenazas de semanas de 65 horas, expulsión de trabajadores inmigrantes. La humanidad no ha dado a lo largo de las últimas décadas indicios de progreso moral, pero por lo menos parecía que era razonable esperar un relativo progreso social. Fue un espejismo. Como lo fueron las esperanzas de progreso de la democracia española, recordemos la cobardía gubernamental sobre la memoria democrática, el miedo a reconocer la dignidad de los resistentes y de las víctimas de la dictadura. El supuesto federalismo del Gobierno actual y del partido que lo sustenta se ha disuelto. Han bastado propuestas prefederalizantes de los partidos catalanes para que haya emergido una santa alianza de facto entre los dos partidos estatales que enarbolan parecidas banderas de rancio españolismo.

El debate político que se da en los ámbitos institucionales y en los grandes medios de comunicación, tanto en el resto de España como en Cataluña, se caracteriza (con escasas excepciones) por su profundo conservadurismo. Es incomprensible como desde la izquierda política o social, desde el progresismo cultural, no se hacen planteamientos anticapitalistas, o si lo prefieren, reformadores de un sistema tan injusto como indigno, que estimula la codicia de unos y la exclusión de los otros. No es preciso ser un ideólogo de nada para saber que la garantía de que la democracia no sea simplemente formal requiere que la colectividad por medio de las instituciones democráticas se apropie del suelo, del agua y de la energía, que la sanidad y la escuela públicas sean la regla general, que los medios de comunicación y de transporte estén regulados de tal forma que sean un “derecho universal”, que el sistema financiero garantice que estaremos protegidos del fraude de los grupos poderosos y que el crédito llegara a todos los que lo precisen y vengan avalados por su trabajo. En Madrid el famoso talante hoy es la cara tonta del conservadurismo y en Cataluña el discurso autonomista sin proyecto social transformador provoca el rechazo del resto de España sin sumar apoyo popular aquí.

Un amigo me envía como saludo de fin de año el bello poema de Brecht A los por nacer en el que se justifica de no haber sido siempre amable pero asume que vivió tiempos que exigían indignación y rebelión. Raimon es un clásico, en tiempos distintos nos transmite argumentos y estímulos, nos recordó que nunca debemos renunciar a la capacidad de indignarnos, de decir no. ¿Nostalgia? Sí, nostalgia de futuro. Borges escribió: no me importa quién escribe las leyes de un pueblo si yo puedo escribir sus baladas. Las leyes son muy importantes pero las baladas nos dan fuerza para reclamar nuevas leyes, otras políticas.

Jordi Borja es profesor de la Universitat Oberta de Catalunya.

Tagged with:

La ciudad contra el capital, de Jordi Borja en SinPermiso

Posted in Economía, Política, Sociedad by reggio on 15 diciembre, 2008

“La ciudad nos impone el deber terrible de la esperanza” escribió Borges. La recomendación ignaciana de “en tiempos de desolación no hacer mudanza” se presta a interpretaciones conservadoras, aunque quizás podríamos matizarla en sentido opuesto. Si el “enriqueceos, enriqueceos” tan a la moda las últimas décadas nos ha conducido al empobrecimiento de muchos mientras algunos enriquecidos se salvaban sería bueno recuperar el principio de esperanza propio de la izquierda, o dicho de una forma más clara: recuperar sus ideas, sus valores y sus análisis críticos del capitalismo. La “mudanza” se hizo asumiendo los principios y los procedimientos conservadores, es la hora del cambio, de ser lo que fuimos, de resistir a las propuestas interesadas de unos y cobardes de otros, de recuperar lo fundamental del pasado para que en el futuro no se repita la crisis del presente.

Los defensores del “desorden establecido”  nos dicen que la crisis es saludable puesto que el sistema se autocorrige, elimina a los perdedores, reduce los excesos inherentes al modo de acumulación de riquezas, y al cabo de unos años la expansión renace. No cuantifican la destrucción de bienes que se ha producido y menos aún los costes sociales que pagan la mayoría de los ciudadanos.  Hemos vivido una época de despilfarro, de sobreproducción de viviendas que los que las necesitan no podían adquirir, de estimulo al endeudamiento al cual muchos no podrían hacer frente si se reducían lo más mínimo sus ingresos, de destrucción ambiental y crecimiento insostenible, de segregación y desigualdad sociales crecientes. La ciudad, la forma más elevada de civilidad y de progreso, por su potencial de generar convivencia y redistribución, se ha ido fragmentando, disolviendo en las periferias suburbanas, sin cohesión ni sentido. Uno de los aspectos más negativos del tipo de desarrollo promovido por un capitalismo financiero especulativo y salvaje ha sido generar esta dinámica disolutoria de la ciudad.

La historia de la izquierda social, cultural y política va estrechamente unida a la crítica de la economía y a la defensa de la ciudad. Sorprende el grado de desinterés o ignorancia de las izquierdas institucionales y de las cúpulas políticas actuales en ambos temas. La crítica rigurosa del actual capitalismo globalizado, de su modelo de acumulación,  ha estado ausente de la reflexión de gobernantes y dirigentes partidarios y por lo tanto es lógico que a la hora de buscar soluciones no se les ocurre nada más que limitar algunos excesos (vincular las transferencias de recursos públicos a las grandes empresas a una reducción que no resulte demasiado escandalosa de los puestos de trabajo) y crear condiciones para volver a la situación anterior (salvar bancos y grandes promotores por medio del dinero público o comprando sus activos). Los reformistas cuando aparece la necesidad de hacer reformas en serio se asustan y caminan para atrás.

La ciudad ha sido en España durante dos décadas el espejo de la democracia.  En todo el país los años 80 y 90 la mayoría de las ciudades se han transformado espectacularmente, ha florecido un urbanismo ciudadano expresado principalmente por medio del espacio público, bien diseñado en lo físico y animado en lo social y cultural. Pero progresivamente la lógica de un mercado que la acción pública había convertido en apetitoso fue imponiéndose. En las ciudades compactas aparecieron las operaciones terciarias ostentosas, públicas y privadas, y en aras de la competitividad global, los espacios centrales se especializaron y se hicieron excluyentes. Los precios del suelo se dispararon y las hipotecas facilitaron que los sectores acomodados de las clases medias accedieran al mercado libre y  se mantuvieran en la ciudad  junto a los barrios residenciales de las minorías ricas. Algunas zonas antiguas o marginales fueron ocupadas por inmigrantes y los sectores populares y medios, los jóvenes especialmente, fueron emigrando a las periferias segregadas por niveles de renta, pobres en espacio público y equipamientos, los territorios “urbanalizados” según el afortunado palabro de Francesc Muñoz. Los gobiernos locales a veces han sido cómplices, otras veces se han mostrado impotentes, pocas veces han denunciado esta degradación del urbanismo democrático.

Este proceso disolutorio de la ciudad integradora ha tenido unos actores conocidos: bancos y cajas adquirieron por lo menos la mitad del suelo urbanizable, los propietarios del suelo se enriquecieron vendiendo con el único mérito de esperar al comprador, los promotores y los constructores se endeudaron esperando vender a una demanda que consideraban infinita y convencidos que su producto solamente podía aumentar del valor con el tiempo. Ciudadanos de ingresos medianos o modestos compraron por necesidad o para colocar sus ahorros hipotecándose con la complicidad de las entidades financieras y de los sucesivos gobiernos sin suponer que ni sus ingresos ni la vivienda  adquirida iban a tener un crecimiento sostenido ni que las hipotecas podrían resultar más onerosas.

Ahora se plantea una cuestión bien sencilla. Los dueños del capital  quieren que el Estado con el dinero de todos los ciudadanos les subvencione para pagar deudas o impagados o les compre lo que no pueden vender y para repartirse beneficios o indemnizaciones. Los ciudadanos con una vivienda hipotecada que no pueden pagar ni vender por el coste de la deuda en cambio lo que necesitan son que se imponga al sistema financiero una moratoria hasta que la economía se reactive y sus ingresos le permitan volver a pagar las cuotas de la hipoteca. Los gobiernos, imbuidos por la creencia que solo el mercado capitalista puede reactivar la economía, se colocan decididamente al lado de bancos y empresas constructoras y promotoras, especialmente las grandes. Hay matices significativos pues mientras el gobierno británico asume un rol parcialmente protagonista nacionalizando una parte de la banca el gobierno español ofrece el “talante” para convencer a los grupos económicos que no sean malos y tengan un poco de paciencia.

En Catalunya en un periódo de crisis,  distinta a la actual ciertamente, el gobierno republicano municipalizó el suelo urbano y colectivizó las empresas de construcción. Un gobierno cuya composición era muy similar al actual tripartito. No creo que ahora se pueda repetir tamaña hazaña pero aún aceptando las limitaciones que impone el marco europeo y español algo más se podría hacer. Comprar  las hipotecas, imponer moratorias, prohibir la distribución de beneficios o dividendos al sistema financiero, obligar a dar créditos al tejido empresarial pequeño o mediano, etc como medidas coyunturales. Y también es el momento de plantear iniciativas que se opongan a las dinámicas especulativas que han propiciado la burbuja que ahora ha explotado: reformar la legislación urbanística para que imponga por lo menos un 60% de vivienda protegida y un 20% de vivienda social, recuperar el 90% de las plusvalías urbanas, penalizar fuertemente las operaciones urbanizadoras segregadas de la ciudad compacta, crear una banca pública hipotecaria, impulsar un programa de transporte colectivo en detrimento del crecimiento urbanizador de la red viaria.

Pero nada de esto ocurrirá, ni tan solo se convertirá en debate público sino emerge un amplio movimiento social de los que tienen más deudas que vivienda, más hipotecas que trabajo remunerado, más indignación que paciencia, más confianza en la fuerza popular que en las promesas vacuas de los gobernantes. En estos momentos la izquierda demuestra su naturaleza. Es capaz de explicar la perversidad del sistema económico o no, se adapta o transforma la realidad, moviliza a las mayoría populares o se muestra pusilánime enroscada en las instituciones. Volvemos a otra cita de Borges: nadie se arrepiente de haber tenido un momento de coraje en su vida.

Jordi Borja es un sociólogo y urbanista radicado en Barcelona, y uno de los luchadores más conocidos de la resistencia clandestina catalana contra el franquismo.

El Carrer, diciembre 2008

Tagged with:

¿Hay un camino a la izquierda?, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política by reggio on 8 diciembre, 2008

¿Dónde quedó mi niñez? ¿Quién se robó mi ilusión? Estos versos de uno de los tangos más bellos, Tinta Roja, han surgido repentinamente y se han instalado en el inicio de este artículo sin reflexión ni premeditación. La patria de cada uno como probablemente escribió Manolo (Vázquez Montalbán) es la infancia, el barrio, la ciudad que fuimos descubriendo y conquistando calle a calle. Los de aquella generación percibimos así la miseria de nuestro entorno, la fealdad ambiental y la pobreza de los barrios trabajadores, el contraste con la lujuria de los comercios del centro y la ostentación de las fachadas ricas, el miedo silencioso en los rostros de tanta gente y la miseria cultural del espacio público monopolizado por el poder político.

La ciudad fue nuestra universidad política y como los ciudadanos de la revolución francesa nuestra patria fue la izquierda, la resistencia al franquismo, las causas populares, las esperanzas generadas por las ideas y los combates compartidos. Recuerdo haber leído hace muchos años El nacimiento de nuestra fuerza, de Victor Serge, crónica novelada de la Barcelona obrera de 1916, relato dominado por la presencia de Darío, que así llama al líder sindicalista el Noi del Sucre. Darío, contemplando la ciudad desde la montaña le dice al cronista: esta ciudad la hicimos los trabajadores, la burguesía nos la ha arrebatado pero un día la conquistaremos, y será nuestra.

Esta asociación de ideas se produjo cuando quería comentar la ciudad ante la crisis generada por la locura enriquecedora del capitalismo financiero y la complicidad de los gobernantes. De pronto me ha golpeado la ausencia de la izquierda, como política, como cultura, como reacción moral, como indignación y como proyecto denunciador, movilizador y alternativa a un sistema unido irremisiblemente a la injusticia, a la corrupción y a la catástrofe. ¿Qué fue de nuestras ilusiones? ¿Por qué nos hemos quedado sin épica y sin lírica? Proclamamos el protagonismo de las ciudades, de Barcelona ante todo, y ahora el gobierno de la ciudad solamente se propone poner algunos paños calientes en forma de promover suelo barato para viviendas y algunos programas para atenuar los efectos del paro.

Mejor esto que nada, pero ahora es el momento de plantear respuestas ambiciosas y radicales. Aquí se asumió acríticamente la ideología tan absurda como peligrosa de la competitividad urbana, pensando que esto nos daba los medios para hacer una ciudad más democrática. Al principio así fue, pero las dinámicas dualizadores globales pronto se manifestaron, la ciudad futura se hacía en periferias y enclaves (Saskia Sassen, que nos ha mostrado luego la otra cara de la ciudad global que primero exaltó). Periferias metropolitanas donde la ciudad se disolvía (urbanalización según Paco Muñoz) y la desigualdad social, la insostenibilidad ambiental y la desgobernabilidad del territorio se imponían. Mientras que la ciudad central se convertía en un oasis del cual se iba a expulsar gradualmente a los sobrantes, inmigrantes, pobres y desocupados, familias de ingresos bajos, jóvenes. No olviden las siniestras ordenanzas del civismo.

En Cataluña más de lo mismo. Se gestiona con buena voluntad que las empresas despidan poco a poco para restablecer sus altos beneficios, se solicita a las entidades financieras que, por favor, den crédito a las empresas productivas con el dinero que reciben del Estado, se compran viviendas para salvar a promotores y constructores. Lo mismo que propone Sarkozy, ni siquiera se sigue a Gordon Brown, que nacionaliza bancos, ni al programa socializante de la nueva dirección del socialismo francés. Es decir, nuestra “izquierda gobernante” no parece pretender otra cosa que volver a la situación anterior, como si fuera posible y como si las mismas aguas no trajeran los mismos lodos. Si éste es el mundo de la izquierda, paren, por favor, yo me bajo.

Que reste-t’il de nos amours, ¿dónde estará la izquierda de mis sueños de juventud? La crisis del 29 que se compara con la actual dio lugar a partir de los años 30 a las políticas keynesianas, se legitimó el welfare state, produjo el new deal roosweltiano. Y fueron las luchas sociales, la emergencia de los partidos comunistas, los frentes populares y el temor a las revoluciones como la soviética, que civilizó relativamente el capitalismo. Cuando esto no ocurrió el vacío lo ocuparon el fascismo y el nazismo.

¿Qué propuestas realmente reformadoras del capitalismo salvaje globalizado nos proponen las izquierdas institucionales? Nada que modifique los mecanismos de acumulación de capital, que acabe con la impunidad y la prepotencia del capital financiero, que promueva la movilización social y garantice el control social sobre los bienes básicos. Domina el miedo a las ideas propias, o las olvidaron o nunca se tuvieron. Pero es el momento histórico de vencer el miedo a pensar, a luchar y a proponer alternativas de sociedad, no simplemente parches a favor de los mecanismos y de los intereses responsables de la crisis.

Los llamados reformistas son siempre conservadores; para hacer reformas hay que tener pensamiento revolucionario. Y este pensamiento nace de la resistencia local, en las ciudades, a la crisis global. En las ciudades se viven los efectos de las crisis, en ellas están las fuerzas sociales y morales que pueden proponer alternativas a un mundo globalizado que produce más catástrofes que bienes, que concentra la riqueza en vez de distribuirla, que ofrece lo que no da, que genera el miedo y la exclusión… Y que tiende a convertirnos a todos en pollos tontos de invernadero. Ahora que no habrá pienso para todos quizás podremos despertar del sueño del capitalismo jauja que todos los gobernantes nos vendieron.

Tagged with:

Democracias imperfectas, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política by reggio on 10 noviembre, 2008

En España la desigualdad social tiende a aumentar, según constataba el Informe Foessa y así lo expresaba un titular de este diario del 29 de octubre. Aproximadamente, se considera que una cuarta parte de la población vive con menos de 600 euros al mes y el 10% puede considerarse en situación de pobreza extrema. Los porcentajes son los mismos de hace 10 años. Es más que previsible que aumente el desempleo y la precarización del trabajo, que se supriman horas extra e incentivos varios y que las Administraciones públicas reduzcan sus inversiones y algunas prestaciones. Si con tasas de crecimiento altas no se han reducido las desigualdades sociales, en periodos de recesión los sectores de bajos e incluso medios ingresos pueden temer lo peor. Lo cual nos dice que esta democracia es imperfecta, o que sólo lo es en el 50%, tomen esta cifra metafóricamente.

Siempre me ha sorprendido oír a muchos responsables políticos afirmar que ellos representan el interés general puesto que deben su autoridad a la elección popular, como así debe ser en un Estado democrático. Pero este elemento formal, indispensable obviamente, sólo es una parte de la cosa. Las autoridades que toman decisiones que afectan a nuestros derechos y a nuestras libertades, a nuestros ingresos y a nuestra calidad de vida sólo pueden hacerlo legítima y legalmente si lo hacen desde instituciones representativas. Pero no es suficiente. La base de una democracia es el reconocimiento de que la sociedad es un conjunto de ciudadanos/as “libres e iguales”, que eligen a sus representantes para que mediante las debidas políticas públicas hagan efectivos los derechos que realmente les hagan más libres e iguales. Si no es así, sus actos pierden legitimidad aunque sean “legales”. Pueden y deben ser rechazados. En resumen, no hay democracia sin instituciones representativas, es decir, su dimensión formal, lo cual no siempre fue entendido por la izquierda socializante en el pasado. Pero tampoco la hay sin su dimensión material, las políticas públicas reductoras de exclusiones y desigualdades, lo cual parece no haber entrado aún en la cultura conservadora capitalista, que considera que el mercado a la larga redistribuirá los frutos del crecimiento, y eso no resiste al análisis empírico.

Ahora, ante la crisis financiera de la economía virtual se trasladan los problemas y sus posibles soluciones a la economía real de los Estados y de los ciudadanos. Se reducen los presupuestos públicos y los créditos a consumidores y a inversores. Y en Estados Unidos y en Europa presenciamos el espectáculo obsceno de las ingentes transferencias que los gobiernos hacen a las entidades financieras mientras los responsables de las mismas se mantienen o se retiran con indemnizaciones de decenas e incluso centenares de millones de dólares o de euros salidos de los bolsillos de los contribuyentes. Por lo menos, algunos financieros de la crisis del 29 tuvieron el detalle de tirarse por el balcón. La lógica del capitalismo teórico, el cual justifica el beneficio por el riesgo, sería que paguen los que buscaron beneficios fáciles asumiendo riesgos especulativos. Y la lógica de la democracia “material” sería transformar, no reconstituir, un sistema perverso, el actual capitalismo financiero, que cuando va bien aumenta a la vez las riquezas y las desigualdades y cuando va mal deben pagarlo la economía real y el conjunto de la ciudadanía. En Estados Unidos 10.000 familias pierden cada semana su vivienda por no poder pagar las hipotecas. España, reina europea de la burbuja inmobiliaria, es el país de la Unión Europea que afronta un riesgo mayor. Tanto los anteriores gobiernos como el actual se subieron en la pirámide con una frivolidad pasmosa, no queriendo saber lo que sabían: un ciclo expansivo basado en una sobreproducción de viviendas, aumento continuado de los costes debido a la apropiación privada de la sobrevaloración del suelo y una demanda cuya solvencia creciente se basaba en el crédito debía necesariamente terminar en una crisis que afectaría tanto al sistema financiero como a la economía productiva. El mal viene de lejos, del “neoliberalismo urbano” de Miguel Boyer, del mal uso de la concertación urbanística, de la permisividad cómplice de muchos municipios, del “todo urbanizable” (uno de los mayores disparates de la historia del urbanismo) de los gobiernos de José María Aznar, del miedo a aplicar medidas destinadas a recuperar las plusvalías urbanas por parte de todos los gobiernos, incluido el actual.

Pero lo que más sorprende es que cuando empezaron a sonar las alarmas que anunciaban la proximidad de la crisis, que coincidió con el inicio de los gobiernos socialistas, tampoco se hizo nada para prevenirla. Si no les bastaban algunas declaraciones del Banco de España, de expertos competentes y de organizaciones sociales por lo menos habrían debido atender al comportamiento del mismo sector financiero. Bancos y cajas habían comprado el 50% del suelo urbanizable entre mediados de la década de 1990 y principios del año 2000, pero luego dejaron de hacerlo y procuraron vender mientras la burbuja inmobiliaria seguía con su estela de despilfarro y corrupción. El dinero, “que siempre es cobarde” (como me decía un directivo de banco), les transmitía un mensaje. Aunque, eso sí, continuaron dando hipotecas fáciles, incapaces de reducir el negocio inmediato.

En Cataluña, parece que hay una mayoría de socialdemócratas. Los socialistas gobernantes, por descontado. A su manera, también los “ecosocialistas” y los republicanos. Sectores convergentes se han autocalificado de socialdemócratas en lo “económico”. La cultura socialdemocrática parece hegemónica tanto en los medios profesionales e intelectuales como en las organizaciones sociales y sindicales. Incluso núcleos evolucionados del empresariado admiten moderadamente soluciones de este tipo. Pues que hagan algo que se note. Gordon Brown, en el Reino Unido, nacionaliza de facto la banca. Aquí sólo proponemos comprarles los pisos que no pueden vender. Por favor, ya no pedimos como Nanni Moretti que “digan algo de izquierdas”. Simplemente, no se pongan al servicio de las aguas que trajeron estos lodos.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

Tagged with:

La otra memoria, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Derechos, Historia, Memoria, Política by reggio on 15 septiembre, 2008

Adorno escribió: no combatir o rememorar o conservar lo que fue el pasado, sino cumplir sus esperanzas. El 11 de septiembre es una fecha demasiado rememorativa. Entre la nostalgia de agravios históricos del centralismo y la incomprensión estatal actual ante las reivindicaciones económicas estatutarias se nos han perdido las esperanzas. Y ante la deriva uniformadora que se ha impuesto en los aparatos del Estado y en amplios sectores de la opinión pública parece pertinente que desde la periferia se reaviven las esperanzas que movilizaron a distintos pueblos de la Península contra el franquismo y por la democracia. Una de ellas, y no la menor, la de la autodeterminación.

La Diada ha coincidido con la sentencia del Tribunal Constitucional, que como es bien sabido es una autoridad independiente y que no actúa por intereses o prejuicios políticos, declarando ilegal la consulta promovida por el Gobierno vasco. Es una sentencia que resulta tan esperada como sorprendente. Se puede considerar la consulta poco oportuna políticamente y razones hay: fractura el frente antiterrorista, divide al Parlamento vasco, genera una expectativa destinada a verse frustrada en el marco legal elegido. Pero prohibir a una asamblea electa que consulte a la sociedad que la ha elegido la pertinencia de una iniciativa política, una consulta no vinculante y que se concreta en abrir un proceso negociador que pretende el reconocimiento de un “derecho a decidir” sobre su futuro no es fácil de entender en una democracia y menos en un marco político-legal que reconoce las nacionalidades.

Todos los partidos democráticos y organismos unitarios durante la dictadura reclamaron el derecho a la autodeterminación. La Constitución no puede cerrar puertas a la libertad. Y principios generales hay en la misma Constitución y en la Carta de derechos humanos que España ha suscrito que legitiman ese derecho. Más incomprensible es cuando la sentenciada consulta sólo solicitaba la opinión para negociar otro tipo de relación con el Estado. No soy nacionalista, tampoco nacionalista español. No creo que la mejor solución para los pueblos de España sea que cada uno se independice. Pero tampoco me parece admisible que una coacción exterior impida a una colectividad que lo desee alcanzar un mayor grado de autonomía. Y el argumento jurídico de que correspondería al “pueblo soberano” de toda España decidir el futuro del País Vasco es una broma sin gracia.

No nos engañemos: en Europa no es independiente ni soberano nadie. Y tan anacrónico es reclamar la soberanía de España como la de cualquiera de sus nacionalidades. Y observando la emergencia renovada de pueblos y nacionalidades en toda Europa también resulta anacrónico mantener posiciones jacobinas y no reconocer las vocaciones de autogobierno de entidades territoriales cuyo sustrato no es sólo histórico y cultural, sino también económico. En estos territorios aparecen actores sociales interesados en conquistar una cuota de poder político superior: la globalización genera reacciones identitarias y una mayor competencia entre los territorios de ámbito subestatal.

No deja de sorprender tampoco la mansedumbre catalana, comparada con la vasca, a pesar de que su posición relativa en España es más desfavorable y la cohesión política y cultural, sin el chantaje terrorista, mayor. En la década de 1970 nadie discutía, en el escenario democrático, la legitimidad irrenunciable de la autodeterminación. Este derecho no significaba para la mayoría de las opciones políticas la independencia, pero sí un grado de autonomía incomparablemente mayor que el estatutario, especialmente en lo que se refiere a los recursos y a la definición de competencias que no pudieran ser reabsorbidas por los gobiernos centrales. Se renunció a la autodeterminación cuando mantener este derecho es lo único que nos da fuerza para negociar un encaje más favorable en el Estado. Se pueden aceptar avances limitados como los dos Estatutos. Pero es inaceptable renunciar a las esperanzas.

En España la cultura federal, excepto en Cataluña, es casi inexistente. Y en todo caso los partidos estatales principales son incurablemente analfabetos en federalismo. Como sólo entienden subordinación o separatismo hay que amenazarles con la autodeterminación para llevarles a negociar una solución federal. Una iniciativa paralela de instituciones y sociedad civil convocando formas de movilización y consulta popular reivindicando la autodeterminación podría frenar la dinámica uniformista actual.

En este periodo de crisis cíclica no parece el más adecuado para este tipo de iniciativas. Creo lo contrario. En estas situaciones, las políticas públicas requieren más proximidad y más cooperación entre actores públicos y privados. Barcelona fue consciente de la necesidad ineludible de más autonomía, competencias y recursos cuando coincidió el inicio de la democracia con una crisis mucho más grave que la actual. Por cierto: en todo este lío autonómico, la ausencia de la ciudad capital como un actor protagonista resulta una omisión escandalosa. Mientras las esperanzas se marchitan, cuando el futuro del país está en juego, el cap i casal nos propone un tranvía por la Diagonal como gran proyecto. Me parece bien y lo defendí ante colegas del Ayuntamiento cuando se planteó la idea hace una década. Si se opta por el transporte colectivo de superficie hay que asumir que se penaliza al coche privado. Pero es en estos momentos cuando una ciudad como Barcelona debe plantear proyectos ambiciosos. Como una propuesta compleja de grandes infraestructuras vinculada a la construcción de la Eurorregión. Un proyecto vinculado a una esperanza.

Tagged with:

El socialismo y el dinosaurio, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 7 julio, 2008

“¿Qué es la inteligencia?” preguntaron a Binet, el creador del famoso test de cociente intelectual. Respuesta: “Inteligencia es lo que mide mi test”. Una respuesta inteligente, hiperrealista y que nos deja igual que antes. En un libro colectivo promovido por Raimon Obiols y Toni Comín que se presentó el jueves pasado, L’esquerra, un instint bàsic (Pagés Editors), un socialista histórico de origen cristiano y catedrático de Derecho Constitucional, José Antonio González Casanova, recuerda una respuesta similar. Narcís Serra, cuando ejercía de vicepresidente del Gobierno, contestó así cuando se le preguntó sobre el socialismo: “Es lo que estamos haciendo”. Este hombre bueno que es el entrañable José Antonio no puede reprimir un comentario tan espontáneo como sintético: “¡Caramba, ojalá fuese así!”.

Este texto, probablemente el más sugestivo del libro, plantea la cuestión clave de un pensamiento y una política de izquierdas. El pensamiento se refiere al futuro, un cierto ideal de sociedad libre e igualitaria. La política se refiere al presente: un conjunto de actuaciones prácticas que hagan avanzar en esta dirección, lo cual supone no sólo paliar los efectos de los mecanismos que generan desigualdades y exclusiones, sino también revertir las dinámicas económicas y culturales que producen estos efectos. Para lo cual hay que actuar sobre las contradicciones que genera un sistema económico, el capitalista, que, como dice Joan Subirats en otro de los textos más interesantes, nunca ha sabido convivir bien con la democracia.

El viejo “socialismo real”, estatista y autoritario, nunca fue democrático y derivó en el terror político y la pobreza de la sociedad civil. El “socialismo hiperreal” de partidos y gobiernos como los que han gobernado en la España democrática y en los países vecinos no sabemos muy bien hacia dónde pretende ir, pero sí podemos verificar que sus políticas sociales “asistenciales” y la ampliación de los derechos de las personas en ningún caso inciden en los procesos que generan desigualdades crecientes y enriquecimientos ilícitos, corrupción de la política y desregulación de la economía (ejemplo: el sector inmobiliario y el suelo), incertidumbres crecientes y exclusiones múltiples (jóvenes, inmigrantes). La democracia tiene dos dimensiones. La formal configura el Estado de derecho, las libertades individuales, la representación política, la participación ciudadana. La material se expresa por el conjunto de políticas públicas que están destinadas a hacer efectivos estos derechos y libertades, en el ámbito de la economía, de la educación, de los programas sociales, etcétera.

En el reciente congreso del PSOE se han aprobado algunas propuestas democráticas obviamente positivas: cuidados paliativos para enfermos terminales, facilitar la interrupción voluntaria del embarazo, supresión de ceremonias y símbolos religiosos en actos oficiales, etcétera. Pero, como ha reconocido Miquel Iceta, no se trata de cuestiones de izquierdas o derechas, sino de demandas propias de la sociedad actual. Podría añadirse que estas medidas, que en otros países europeos ya existen, son necesarias porque en nuestros sistemas normativos y culturales persisten muchos residuos heredados del franquismo, del nacionalcatolicismo y de las inercias elitistas y reaccionarias tan arraigadas en corporaciones como la judicatura y la alta administración, y en la mayoría de los cuerpos de profesionales con posiciones de poder. Lo sorprendente es que 30 años después de aprobada la Constitución aún estemos pendientes de estos temas. El partido político de la “izquierda real” (gobernante) ejerce de centro democrático y el partido centrista insiste, al oponerse a estas medidas, en posicionarse hacia la extrema derecha. Del lamentable espectáculo de sometimiento que ha dado el PP en Cataluña, mejor no hablar.

Volvamos, pues, al libro objeto de este comentario. En la presentación del libro y posteriormente en una primera y apresurada lectura, me he sentido como un dinosaurio. Casi todo lo que se dice y escribe es “políticamente correcto”, no hay ningún rasgo de crítica a las políticas de los gobiernos socialistas, no se plantean avances que cuestionen los mecanismos más perversos de nuestro peculiar capitalismo, no se proponen promover movimientos y conflictos sociales o culturales que modifiquen el statu quo. Predomina el discurso analítico, interesante pero académico, las abstracciones bienintencionadas y algunas reflexiones intelectuales inteligentes sobre el socialismo del siglo XXI (por ejemplo, las contribuciones de los dos promotores del libro). Pero falta, a nuestro parecer, situarse en lo que es central desde un pensamiento y una política de izquierdas: las contradicciones objetivas de la realidad, las propuestas que orienten la conflictividad social, las reformas realmente transformadoras que ordenen el desarrollo caótico de un mundo desregulado. Hay excepciones, como las citadas y algunas otras muy sintéticas (Navales, Navarro, Valls), pero en general el libro parece querer evitar cualquier incidencia política que remueva el suelo en el que se mueven los partidos institucionalizados.

Quizá la buena política hoy es precisamente esto: moverse en el barco sin avanzar hacia mar abierto. Y entonces es cuando uno se siente dinosaurio, miembro de una especie en proceso de extinción. No se trata tanto de especular sobre un futuro ideal, y menos aún de construir un modelo de sociedad al margen de los procesos sociales reales. El marxismo ha demostrado una gran capacidad de prever el pasado, no el futuro. Los inventos, con gaseosa, no con los pueblos. Pero los dinosaurios no estamos pendientes de los sondeos para saber lo que se puede o no se puede hacer. Pensamos, por el contrario, que tomando iniciativas de cambio se cambian los estados de la opinión. “Uno empieza y después se ve”, decía Napoleón. Una acción bien planteada, que responda a una contradicción de la realidad, modifica las condiciones. Lo saben los militares y los dirigentes sindicales. La política es otra cosa. Es conservadora. Sin querer, nos encontramos fuera de este juego.

Tagged with:

El ‘kleenex’ de la traición, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Derechos, Política by reggio on 23 junio, 2008

Se usan y se tiran. Los residuos se reciclan, los kleenex son poca cosa, no demandan un cuidado especial. Como los inmigrantes. Se usan como mano de obra barata, se les mantiene en la precariedad, se les marca como diferentes, se les atribuye una situación legal de inferiores. Cuando parecen menos necesarios se les tira. Como un kleenex.

Y entonces se vota una ley, una directiva europea. Sin vergüenza de traicionar los derechos humanos más elementales, los principios democráticos que informan la llamada constitución europea, sus derechos fundamentales, las constituciones nacionales. Lo vota una derecha liberal y cristiana, europeísta y democrática, no faltaba más. Y una parte de la izquierda que se declara socialista, precisamente la española. Una traición con circunstancias agravantes. Traicionan a su historia y a sus principios, a su supuesta opción por los trabajadores y los sectores más vulnerables de la sociedad, incluso a sus compañeros de la Internacional Socialista que mayoritariamente han votado en contra. Cierto: dos destacados dirigentes del socialismo catalán y español votaron también en contra. Es el honor de Obiols y Borrell que recordaremos siempre. Como recordaremos la indignidad de todos los que votaron a favor de una directiva vergonzosa.

Este periódico publicaba recientemente un imprescindible artículo de dos notables europeístas poco sospechosos de radicalismo: Delors y Rocard. Y un extenso artículo de otro socialista diputado europeo, el politólogo Sami Naïr. “Se legisla desde la exageración de los datos y la mentalidad represiva” dice éste. Por una falta administrativa, no tener “todos los papeles”, se puede tener encarcelada a una persona sin garantías de ningún tipo durante 18 meses (se les trata peor que a los sospechosos de terrorismo). Se puede expulsar a los menores de edad aunque no tengan familia y a cualquiera sin prestarle asistencia jurídica. Delors y Rocard hacían un llamamiento a que la UE no aprobase esta directiva y elaborase una nueva que tuviera en cuenta los derechos humanos básicos y las debidas garantías de su protección. La UE la ha aprobado, como las 60 o 65 horas de trabajo semanal. Parece querer fomentar el antieuropeísmo.

El Gobierno español parece estar no ya a remolque de la derecha europea, sino en la vanguardia represiva. Su responsable parlamentario, el señor López Garrido (por cierto un ex comunista, ¡líbranos, Señor, de los conversos!) dio la orden de votar a favor. Es la posición del Gobierno y de la dirección del PSOE. ¿Del PSC también, o bien Obiols y Borrell son la excepción? El ministro del ramo es a su vez del PSC y sus declaraciones en Francia serían más propias del Frente Nacional. Asume con gusto la imagen de dureza con los inmigrantes, propio de la cobardía de los que se hacen el valiente con los débiles.

Vean estas declaraciones impagables a El Mundo. Sobre el teórico derecho de los inmigrantes residentes legales a votar contesta: “Es muy complicado… pero si una persona lleva ocho o diez años viviendo aquí, tiene una unidad familiar formada, es parte de esa ciudadanía… me parece razonable que participe de la vida cotidiana a todos los niveles. Siempre dentro del marco de las elecciones locales”. Una declaración curiosa de un ministro que ha hecho bandera de la restricción drástica del reagrupamiento familiar hasta hacerlo casi imposible. Un caso de populismo reaccionario y de ignorancia. No sabe que en Europa más del 70% de la ciudadanía es favorable al voto de los inmigrantes en las elecciones locales y aproximadamente el 50% lo admite en todo tipo de elecciones, y una gran mayoría aprueba el reagrupamiento familiar (encuestas de la publicación europea Carta de la ciudadanía).

En los Estados actuales la interrelación institucional hace imposible establecer un criterio racional que justifique otorgar el derecho de voto en unas elecciones y en otras no. La concepción de la ciudadanía (igualdad de derechos de los que conviven en un territorio) por residencia forma parte del bloque de los principios democráticos. Además, el gobierno del frívolo buen talante se caracteriza por hacer de España uno de los países más reacios a conceder el estatuto de refugiado a los inmigrantes que lo solicitan e incluso lo documentan (menos del 3% lo obtienen). El autor, que llegó a Francia sin papeles en la década de 1960, lo obtuvo en un mes y debo decir que el PSOE me ayudó a ello puesto que el PSUC también estaba prohibido allá.

La cuestión de la inmigración es hoy un test democrático fundamental como lo fue en el pasado el colonialismo. Practicar una política represiva, que estimula el racismo y la xenofobia, es, además, una traición a los ideales históricos de la izquierda. El presidente de la Generalitat, el alcalde de Barcelona, los dirigentes socialistas catalanes, si callan, otorgan. No son simples gestores, nos representan. Pronto sabremos si debemos o no avergonzarnos de ellos.

Es común en la política y en los medios de comunicación europeos denostar el populismo latinoamericano. Correa, los Kichner, Evo Morales, Chaves, todos tan distintos entre sí van al mismo saco: demagogia, corrupción, autoritarismo, promesas incumplidas a los pobres, amenazas a los ricos, etcétera. Se olvidan de que estos gobernantes responden a unas mayorías populares en gran parte pobres y excluidas, pueden demostrar con números que practican una redistribución a favor de éstas, se mantienen tasas de crecimiento económico altas (especialmente en Argentina), pero los ricos antiguos y los nuevos de medio pelo no estaban acostumbrados a pagar impuestos.

Estos presidentes han sido elegidos por el voto popular y mantienen un alto nivel de adhesión. Si quieren analizar críticamente el populismo pueden empezar acá. Las rebajas o supresiones de impuestos, los regalos ficticios de 400 euros, la criminalización de la inmigración, la excitación de los miedos sociales, el enfrentamiento entre territorios… la lista es larga. Aunque es cierto, acá el populismo cuando reparte es a favor de los ricos. Es otra cosa.

Ahora que la derecha se va hacia el centro, por poco que dialogue con los nacionalistas, puede lograr una hegemonía por mucho tiempo. La izquierda que se acerca a los peores rasgos de la derecha se suicida. El voto europeo del socialismo español es un error. Y una maldad.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

Tagged with:

Rossana Rossanda, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Internacional, Política by reggio on 12 mayo, 2008

“¡Usted ha sido un mito!”, le han dicho muchas veces. “Ahora bien, ¿quién quiere ser un mito? Yo no. Los mitos son una proyección ajena, con la que no tengo nada que ver. Me desazona. No estoy honrosamente clavada en una lápida, fuera del mundo y del tiempo. Sigo metida tanto en el uno como en el otro”, contesta con firmeza y algo inquieta la compañera Rossana Rossanda. Siente que a través de ella se interpela a los que fueron revolucionarios europeos. A los que ya no lo son, la mayoría, y a los que, como ella, no renuncian ni a su pasado ni a su deseo ardiente de un mundo distinto.

Rossana ha estado esta semana en Barcelona. Los medios de comunicación le han prestado atención pero quizás no tanta como el personaje “mítico” se merece. En TV-3, en una de sus últimas apariciones en televisión antes de ser nombrada directora, Mònica Terribas le hizo una sensible entrevista. El Instituto Italiano de Cultura, una vez más, ha sido el lugar en el que durante unas horas ha brillado la inteligencia apasionada procedente de Italia. Mientras allá soportan el estilo chabacano, las declaraciones fascistas y la exaltación de la ignorancia de Berlusconi y sus bandas, aquí en Barcelona tuvimos el privilegio de escuchar y conversar con uno de los grandes personajes del siglo.

El motivo ha sido la presentación de su libro, La muchacha del siglo pasado, editado por Foca-Akal. Hace un año y medio publiqué un artículo en este periódico, El fantasma desaparecido, en el que llamaba la atención sobre las memorias de “la Rossanda” y de Ingrao (Quería la luna), probablemente los dos dirigentes del comunismo italiano más brillantes intelectualmente. Sugerí a algunas editoriales su traducción pero encontré bastante escepticismo sobre su posible valor comercial. Me debí contagiar de este espíritu puesto que a pesar de que desde la dirección de EL PAÍS me sugirieron que escribiera más sobre estos personajes, no lo hice. Afortunadamente, la interesante editorial madrileña lo ha hecho y además ha propiciado que primero se presente en Barcelona.

Rossana quiso no sólo presentar sus memorias y aceptar todas las demandas de los medios. También se ofreció para participar en encuentros de debate, en igualdad de condiciones que sus compañeros de mesa. En tres días, de lunes a miércoles de la semana pasada, además de los encuentros con los medios y con amigos de la época de sus viajes clandestinos, y otros más jóvenes, y de la presentación de su libro, estuvo en la universidad y en dos largas sesiones de debate organizadas por la Universitat Nòmada, el lunes en Terrassa, en el estupendo centro cultural Candela, y el martes en Barcelona, organizado por Exit, en su local de la calle de Santa Anna. En ningún momento nos hizo sentir ni que era mito o no, un gran personaje histórico, ni tampoco una señora de 84 años. Discutía del presente con pasión y se refería al pasado sin acritud. Escuchaba con atención a jóvenes que acababa de conocer y con complicidad a viejos compañeros de militancia. Ante un café en el Zurich recordamos una mañana el viaje en el que nos conocimos, en los años 70 en pleno crepúsculo de la dictadura, por medio de Fernando Claudín. Entonces ella ya no era del PCI sino dirigente de Il Manifesto, la corriente de izquierdas que en el fragor del 1968 fue expulsada del Partido.

En el prefacio de las memorias, otro intelectual histórico de la izquierda europea, su amigo Mario Tronti, nos dice que el libro es “el relato de un gran amor malogrado… el amor entre Rossanda y el PCI”. Un amor nacido en la resistencia: ingresa en el PCI en 1943, a los 19 años. Para combatir el fascismo, a los nazis que ocupan el país. Pero hay algo más. Descubre en el comunismo un principio al que no renunciará nunca: no transigir con lo inaceptable. “¿Cómo soportar que la mayoría de las personas que nacen no tengan ni siquiera la posibilidad de pensar quiénes son, qué harán con sus vidas, que hayan perdido la aventura humana antes de emprender el viaje…? Los comunistas eran los únicos que negaban la inevitabilidad de lo no humano”. Asume la militancia en “el partido duro… una red fatigosa pero viva que estructuró el pueblo de izquierda… una inmensa aculturación de masas… la ignorancia es el arma de los ricos contra los pobres”, escribe Rossanda. Y añade más adelante: “Mientras la URSS continuó siendo un signo de contradicción pensé que era preciso aguantar y esperar… mientras el PCI organizó y expresó a los que carecen de medio de producción, sus límites, tosquedades, sectarismo o prudencias fueron soportables”. Pero llegó un momento que ya no fue soportable. El menosprecio del PCI a las movilizaciones estudiantiles de 1968 y a las obreras de 1969 y a la invasión de Checoeslovaquia por parte de la URSS que acabó con el “socialismo democrático” de la primavera de Praga provocaron su oposición radical a la dirección y su posterior expulsión.

Rossanda se interroga, con una lucidez que interpela a toda la izquierda, sobre cuándo el PCI, o su dirección, renunció a la revolución e hizo desaparecer de su horizonte la posibilidad de acabar con el capitalismo.

“Tuvo que haber un momento en que el grupo dirigente comunista decidió que a fin de cuentas había que asumir lo mejor de la burguesía… acompañado de la democracia parlamentaria, garantizando esta última sin aventurarse más allá. Las cautelas de los comunistas en las Constituyentes se tornaron estables. Pudo ser que Togliatti y los suyos se convencieran de que todo intento de terminar con la propiedad y el mercado habría conducido al régimen de la URSS… ¿La hipótesis de una revolución, la más moderna o la menos parecida al asalto al Palacio de Invierno, la más madura en sus fines y en sus medios había desaparecido hacía ya mucho tiempo? ¿Había sido solamente un símbolo y nada más?”.

En resumen: ¿asumir como valor intangible la democracia es compatible con mantener el ideal revolucionario? Aunque el marxismo maneja la dialéctica de las contradicciones, no es fácil resolver esta síntesis.

Agua, azucarillos y aguardiente, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Economía, Política by reggio on 28 abril, 2008

En Cataluña hay medio millón de personas que viven en el territorio correspondiente a la cuenca del Ebro (unos 200.000 en las comarcas del entorno del delta) y 6,5 millones en el resto, que incluye las regiones metropolitanas de Barcelona, Girona y Tarragona. El 60% de los recursos hídricos corresponden a la cuenca del Ebro y se destinan en un 95% a usos agrícolas. El resto del territorio dispone del 40% del agua, que se consume en un 65% en las áreas urbanas. Parece, pues, lógico que deba producirse una transferencia de “agua de tierras con pocas personas a tierras con muchas personas y poca agua”. La cuestión no es tan sencilla.

Las tierras del sur y de poniente han sido históricamente las más pobres, secas y abandonadas. El río (los ríos: Ebro, Segre, Francolí, etcétera) ha sido a la vez fuente de trabajo y de identidad. En las tierras del Ebro ha dominado el caciquismo y el latifundio que han controlado las comunidades de regantes. Sus gentes han vivido del agua sin poseerla: hasta el año 1980 algunos pueblos del delta no dispusieron de agua corriente. No ha habido una ciudad potente, emblema y motor del territorio. El soberano protector ha sido el río. Ha arraigado la adhesión popular y el sentimiento apropiatorio de las gentes del Ebro a su río. El trasvase no es una cuestión técnica, es su ser el que está en cuestión. No pueden sentirse solidarios de la metrópoli, que representa para ellos el poder y el despilfarro, ni aceptan de entrada los argumentos políticos y económicos procedentes de los gobiernos que consideran responsables de una colonización perversa del territorio mediante la acumulación de industria petroquímica y centrales nucleares.

La realidad tiene otra cara. El sentimiento anticiudad y especialmente contra una Barcelona “cuya voracidad no tiene límites a la que dar agua es como dar cocaína a un drogadicto”, según palabras de una concejal es prejuicioso. Barcelona consume relativamente poca agua (110 / 130 litros por persona y día). En la segunda y tercera coronas de la región metropolitana el consumo por habitante es dos o tres veces mayor, pero es similar al de los núcleos urbanos de las tierras del Ebro. La realidad hoy es que vivimos en una sociedad urbana y, a menos que se aplicará un “programa camboyano” al estilo de Pol Pot y se deportara a cinco millones de personas a las zonas poco pobladas del país, es preciso garantizar el agua para todos. El modelo de crecimiento se puede discutir, pero el despilfarro de suelo, agua, energía y aire no es el producto de la gran ciudad compacta, sino de la urbanización difusa que ha prevalecido en las últimas décadas. En el último cuarto de siglo XX la población de la región metropolitana prácticamente no aumentó, pero la superficie urbanizada se duplicó.

Hay que poner azucarillos, es decir, endulzar nuestros discursos sobre el agua, para que nos podamos entender y evitar el peligroso y emocional enfrentamiento de territorios. Hay que asumir que las gentes del Ebro deben ser escuchadas y tener en cuenta sus agravios y sus sentimientos y, por otra parte, comprender que los cinco millones de personas que viven y trabajan en la región metropolitana barcelonesa crean riqueza y necesitan agua. En plan político: en una situación excepcional hay que dar prioridad al agua para las personas. O en plan técnico: la conexión de cuencas y los posibles trasvases sólo se justifican para estos momentos excepcionales.

Pero para que la excepción no se convierta en regla hay que animarse a pensar, si es necesario con la ayuda del aguardiente, sin temor a constatar responsabilidades y proponer soluciones no siempre de entrada populares. El documento de la Agencia Catalana del Aigua (Bases per a un model de gestió de l’aigua, 15-4-2008) ofrece un diagnóstico riguroso y propone soluciones que parecen razonables, lo mismo que la mayoría de los expertos que se han pronunciado públicamente (por cierto, fueron contrarios al Plan Hidrológico del PP). La falta de previsión viene de lejos. Se sabe que cada cuatro o cinco años hay una sequía y que en algunos casos, como ahora, puede ser especialmente fuerte. La capacidad de los embalses debe renovarse cada año, pues casi equivale al consumo anual, es decir, no hay colchón de seguridad. Desde el trasvase del Ter (1966) y la posterior conexión Ter-Llobregat prácticamente no se ha invertido en obras para abastecer de agua la región metropolitana. En el largo periodo autonómico, entre 1980 y 2003, no sólo ha habido un aumento de la población, sino también del consumo diario por habitante. Y se ha vivido al límite en disponibilidad de agua sin otra idea que la peor de todas las soluciones posibles: traer agua del Ródano. La conexión de las cuencas sirve como solución de excepción. Para el equilibrio del territorio y el uso responsable de un bien escaso la regla es la recuperación y el reciclaje del agua (pueden reducir a casi la mitad el consumo urbano y el uso agrícola), la recuperación de los acuíferos contaminados (importante en el caso de Barcelona) y la desalinización (se han reducido los costes, aunque supone un importante consumo de energía: ¿nuclear?). Los trasvases pueden servir para momentos críticos, pero el último que se debe considerar es el Ródano, la opción más costosa de todas (el doble que la desalinización). Discutirlo ahora ha sido un nuevo anuncio televisivo de José Luis Rodríguez Zapatero con Josep Antoni Duran, como lo fue la foto del presidente del Gobierno con Mas.

Si se completan las actuaciones iniciadas en los últimos cuatro años, una situación como la actual no debiera reproducirse a corto plazo, siempre y cuando se inicien nuevos proyectos destinados tanto a la demanda (un uso más responsable del agua) como a la oferta (desalinizadoras, acuíferos, reciclaje, etcétera). La tendencia actual es a un aumento de la población y de los consumos y también a una mayor frecuencia e intensidad de los periodos de sequía. La nueva cultura del agua es tan necesaria como el agua.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

Tagged with:

¿Qué hacer con los votos?, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 31 marzo, 2008

Tan importante como ganar o no ganar unas elecciones es saber qué hacer con los votos obtenidos. Es un capital que se debe invertir bien. Los partidos, sus electos, son los gestores de los votos, pero no sus propietarios. Los propietarios, los votantes, pasarán cuentas en las siguientes elecciones.

¿Podemos intentar descubrir los motivos o lo que quieren los votantes del PSC? No dudamos de que una parte del electorado ha votado al PSOE y a Rodríguez Zapatero por tradición o por algunas de sus iniciativas (Irak, políticas sociales, etcétera). Otros han votado al PSC por representar un catalanismo no nacionalista y de izquierda, por gobernar en la Generalitat, por su fuerza municipal. Pero muchos han votado sobre todo útil, contra el PP, especialmente por su actitud agresiva en todo y por su irresponsable anticatalanismo.

Ahora los votantes están callados, pero no indiferentes. Muchos estarán atentos a ver qué se hace con sus votos. Y es probable que los aires que nos llegan desde la capital del Estado no les gusten demasiado. Parece que los gobernantes del PSOE consideran que el éxito en Cataluña es exclusivamente suyo y que ahora deben recuperar votos en el resto del país debido a la excesiva atención que nos han prestado. No parecen muy dispuestos a atender las demandas pendientes sobre desarrollo estatutario, financiamiento, gestión de las infraestructuras, etcétera. Creen que podrán gobernar cómodamente con sus 169 diputados, 15 más que el PP, a 7 solamente de la mayoría absoluta, y con una veintena de diputados flotando en el centro o en los bordes del escenario mucho más proclives a entenderse con un gobierno que puede hacer concesiones que con un partido opositor que no ofrece nada. Un panorama que muchos votantes catalanes del PSC pueden considerar todo menos bonito.

Los socialistas catalanes dicen que van a influir mucho en el Grupo Socialista del Congreso. No es un argumento serio. El grupo funciona jerárquicamente, por la regla de la mayoría, e impone la disciplina de voto. Los diputados del PSOE no van a apoyar a los socialistas catalanes en sus dificultosas relaciones con el Gobierno. La defensa que el presidente del PSOE ha hecho de la ministra de Fomento se lee como una advertencia al PSC, aunque se dice que el señor Chaves lo que pretende es tener a la señora Álvarez lejos de Andalucía. Más sintomática es la reciente expresada posición del PSOE de oponerse a cualquier acuerdo bilateral respecto al financiamiento, contradiciendo así el contenido mismo del actual Estatuto.

En política cuentan los intereses y las fuerzas de cada uno. Los intereses no coinciden y las fuerzas no están equilibradas. Pero el PSC tiene una carta que los votantes conocen y que si no la utiliza se lo tendrán en cuenta: formar grupo parlamentario, como ya tuvo. Los 25 diputados del PSC son indispensables al PSOE. Son más que la suma de todos los grupos o diputados que no son ni del PSOE ni del PP. Si el PSC renuncia a ser fuerte lo pagará en las próximas elecciones, lo pagará de rebote el PSOE y sobre todo lo pagará Cataluña.

El universo nacionalista anda revuelto y si las contradicciones existentes en los partidos que lo representan (CiU y ERC) estallan ello supondrá no sólo el debilitamiento del frente catalán en su relación con el Estado, sino una pérdida de apoyo social en Cataluña. Los ciudadanos huyen de los partidos que se fraccionan y cuyos dirigentes se enfrentan públicamente. Creo que muchos votantes convergentes o republicanos pueden entender que uno esté en el Gobierno y otro en la oposición en Cataluña, pero le será muy difícil aceptar que en la conflictiva relación con el Gobierno de España no estén del mismo lado.

Iniciativa con verdes, izquierdas unidas (¿unidas?) y alternativas, etcétera, acumula más siglas que diputados. El sistema electoral pervierte la democracia representativa y perjudica a IC. Sus potenciales votantes de Lleida, Girona o Tarragona saben que su voto se perderá, no hay lugar para más de tres listas. Incluso en Barcelona el sistema penaliza a IC: recibe un tercio de los votos que obtiene el PP, pero éste elige seis diputados por uno IC. Sus casi 200.000 votos son votos resistentes puesto que la atracción del voto útil ha afectado especialmente a esta izquierda bien educada. Su problema no es sólo de legislación electoral. IC ya no es un partido arraigado en las clases populares. Por ejemplo, en Nou Barris, distrito trabajador emblemático, en donde el PSUC reinó en los años setenta, ¡el PSC ha obtenido 10 veces más votos que IC, CiU el doble y el PP cuatro veces más! IC no ha conseguido una identidad definida, es difícil saber cuál es su ser izquierda y su conversión al ecologismo le proporciona más militantes que votos. Con un buen candidato y una buena campaña ha tenido un mal resultado. No le recomendaría hacer introspección, algo que en un partido político puede resultar tan nefasto como en una pareja. Pero sus votos pueden ser la base para promover iniciativas radicales movilizadoras y llegar así al conjunto de la opinión pública.

El más de medio millón de votos del PP expresa su arraigo en Cataluña. Es el tercer partido y sus votos superan la suma de los obtenidos por ERC y por IC. Todo ello a pesar de la política y de la mala imagen acá de sus dirigentes, de la dimisión del líder destinado a llevar al partido hacia un centro moderado y del fuerte rechazo por parte de amplios sectores de la sociedad catalana. El PP se ha visto favorecido por la bipolarización, dispone de una base suficiente para garantizar su existencia, pero sin un cambio de política no puede progresar mucho más. Su base militante más radicalizada puede ser un obstáculo para su desarrollo en Cataluña. Su problema no es qué hacer con los votos, sino cómo llegar a otras fuentes de votantes.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

Tagged with:

Elecciones y fraudes a la democracia, de Jordi Borja en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 17 marzo, 2008

Eléctions, piège à cons (Elecciones, trampa para idiotas) titulaba Jean Paul Sartre el editorial de su revista, Les Temps Modernes, cuando se cumplían cinco años del mayo del 68 y se convocaban nuevas elecciones. Oponía el movimiento de calle a las anteriores elecciones convocadas por De Gaulle y que fue el golpe de gracia al extraordinario movimiento social iniciado hace ahora cuatro décadas, el 22 de marzo exactamente. Su tesis era simple. La participación en un movimiento colectivo hace fuerte, el acto electoral en cambio sitúa al individuo, aislado, “serializado” (un átomo de una serie supuestamente uniforme) frente al poder, débil ante el mismo, conservador a fin de cuentas. No es un análisis teórico equivocado, excepto que no hay otro modo mejor que el sufragio universal para legitimar la representatividad de los gobiernos y parlamentos. Razón de más para que el sistema electoral garantice una representación justa, sin privilegios ni exclusiones.

En las recientes elecciones ha habido un factor relativamente excepcional que ha motivado una alta movilización ciudadana a pesar de la distancia existente entre instituciones y ciudadanos. El Partido Popular, con su estilo agresivo, su negatividad permanente y su discurso en muchos aspectos más propio de la extrema derecha que del centrismo democrático, ha excitado hasta la irracionalidad en algunos temas a su electorado estable y ha sido también un estímulo decisivo para movilizar a importantes sectores de la ciudadanía decepcionados por la política pero de convicciones democráticas. Sería absurdo pensar que el PP vaya a repetir en el futuro el error y la irresponsabilidad que supone practicar una oposición y hacer una campaña electoral que promueve el miedo, la intolerancia, el patrioterismo y la xenofobia, en vez de orientarse a la conquista de nuevos espacios moderados, en un país cuya mayoría está más cerca del centro izquierda que de la derecha. Esperemos que así sea y que no haya que votar “contra el PP”, sino a favor de la propuesta democrática más convincente para cada uno. Al PP le corresponde hacer su cambio y no conformarse con la cuota de voto importante pero sin futuro que ahora posee. Su anomalía no hace olvidar las grandes deficiencias de nuestro sistema electoral y del funcionamiento de los partidos.

En vez de abundar en la crítica, nos permitiremos apuntar algunas propuestas reformadoras de un sistema electoral que favorece a los grandes partidos y penaliza a las zonas más urbanizadas. Es decir, que es un fraude relativo a la democracia. En la provincia de Barcelona se necesitan de promedio 130.000 votos para elegir un diputado; en Lleida, 75.000; en Murcia, 95.000; en Ávila o en Zamora, 33.000, y en Soria, 25.000. El corrector que se aplica a la proporcionalidad favorable a las candidaturas con más votos aumenta la perversión del sistema. En la provincia de Barcelona socialistas y populares han necesitado 80.000 votos por diputado, e ICV-EUiA, 155.000. La circunscripción provincial en gran parte del territorio supone reducir la elección a dos candidaturas. Izquierda Unida ha obtenido un mal resultado, obviamente; pero su casi millón de votos sólo le ha proporcionado dos diputados. El PSOE y el PP tuvieron 11 y 10 veces más votos y 85 y 75 veces más diputados. En Cataluña el PSC ha obtenido nueve veces más votos que Iniciativa, pero la relación de diputados es de 25 a 1. Sería suficiente para restablecer la proporcionalidad reducir el número de diputados elegibles por las actuales circunscripciones o incluso más pequeñas y que cada opción presentara una segunda lista para todo el territorio (España o comunidad autónoma). Esta segunda lista compensaría el actual déficit de proporcionalidad. Si se eligen 350 diputados y la candidatura A ha obtenido el 10% de los votos y le corresponden 35 diputados pero sólo ha obtenido cinco elegidos por provincia, elegiría los 30 restantes en la lista general.

Todos los sistemas electorales tienen virtudes y defectos, por lo cual sería interesante que se pudiera innovar y experimentar. La legislación estatal debe regular las elecciones estatales y establecer unas bases derivadas exclusivamente de los principios constitucionales para el resto de las elecciones. Comunidades autónomas y ayuntamientos podrían entonces innovar teniendo en cuenta las características de sus territorios y la imaginación política. En unos casos la provincia puede servir como circunscripción electoral y en otros no. Incluso el ámbito municipal merece algo más que el actual y rígido uniformismo. ¿Por qué no podrían las comunidades autónomas decidir que en cierto tipo de municipios se eligieran los alcaldes directamente o que los ayuntamientos de grandes ciudades eligieran a los concejales por distritos?

Actualmente el voto es un cheque en blanco a los partidos políticos. Sugerimos que el voto sea programático, obligatorio y universal. El programático vincula a los elegidos con sus compromisos. Si no existen razones de fuerza mayor, como una imposibilidad legal o la falta de mayoría suficiente, deben ser de obligado cumplimiento, para lo cual bastaría un procedimiento de advertencia primero y luego de cese para los que los incumplieran. El voto es un deber ciudadano y es obligatorio en otros países democráticos. Ya existe el voto nulo o en blanco para los que no desean apoyar a ninguna de las opciones existentes. Y aumentaría la calidad de la democracia que todos los ciudadanos que tuvieran residencia legal en el país pudieran votar y ser elegidos. La universalidad del voto supone distinguir la nacionalidad de la ciudadanía, lo cual es coherente con la globalización.

Como ven, propuestas bastante simples no faltan. También hay que mejorar las relaciones entre instituciones, partidos y ciudadanía. Continuaremos en un próximo artículo.

Jordi Borja es profesor de la UOC.

Tagged with: