Reggio’s Weblog

Un abuelo con ‘oído’ de poeta y corazón infatigable, de Cristina Peri Rossi en El Mundo

Posted in Literatura by reggio on 30 noviembre, 2007

PREMIO CERVANTES 2007

Cualquiera de los poetas que fueron candidatos este año al Cervantes podía haberlo recibido legítimamente por su obra poética, pero Juan Gelman, además de gran poeta y lúcido periodista, es un símbolo de la lucha por recuperar a los desaparecidos durante el ignominioso período de la dictadura militar argentina. Su poesía fue «un arma cargada de futuro», como escribió Gabriel Celaya, aunque ese futuro no fuera el paraíso, sino el infierno: su hijo fue secuestrado, junto a su nuera embarazada, y el poeta dedicó su poesía, su acción y toda su energía a intentar recuperar a la nieta, cosa que luego de muchos años de sufrimiento, búsqueda y tenacidad, logró, a pesar de todas las resistencias y obstáculos.

Cuenta Juan Gelman que su vocación de escritor se decidió de niño, cuando leyó Humillados y ofendidos, de Dostoievski (la familia del poeta era de origen ruso), pero también tuvo mucho que ver con el tango. No en vano uno de sus primeros libros de poemas se llamó precisamente Gotan, que en la jerga rioplatense quiere decir tango, y donde se encuentra un poema con el título de uno de los tangos más famosos: Mi Buenos Aires querido. Por eso su poesía fue, desde el principio, una reivindicación del lenguaje popular, coloquial, por contraste con la poesía culturista y de lenguaje deliberadamente literario que escribían otros poetas como Jorge L. Borges o Alberto Girri. Esta reivindicación de lo popular, de la tradición barriobajera y maleva del tango, no concernía sólo a la poesía: Juan Gelman optó ideológicamente por militar en el Movimiento Montonero, peronista, populista, que sedujo a muchos intelectuales.

Juan Gelman es un gran poeta no por los temas (su poesía política es sólo una parte de su obra, pero hay otros libros ajenos a esas preocupaciones, como Los poemas de Sydney West) sino por el ágil, fecundo, extraordinario manejo de la lengua. Combina una espontánea sencillez con una gran musicalidad, el oído de poeta (tan parecido al oído del compositor) nunca le falla. No en vano pertenece a una tradición, la poesía argentina, cuyo poema fundacional es Martín Fierro: «Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela, / que al hombre que lo desvela / una pena extraordinaria / como el ave solitaria / con el cantar se consuela».

Esta voluntad de sencillez -que comparte con el otro poeta rioplatense, Mario Benedetti- busca la raíz de lo poético en los sentimientos y en las emociones, pero no en los más sutiles o refinados, como lo hacían los poetas románticos, sino en aquellos que nos aproximan a los demás; los sentimientos y emociones compartidos. Es, por tanto, una poesía política, en tanto la polis es el centro de lo comunitario, sea la desesperación del desocupado, el enamoramiento del amante o el dolor de los desaparecidos.

Una poesía pegada, por tanto, al yo y sus circunstancias. En su caso, unas circunstancias que lo obligaron a exiliarse (vivió en Roma, y desde hace unos años lo hace en México, por el mejor de los motivos: el amor a una mujer) y a dedicar muchos años a la búsqueda de su hijo, su nuera y su nieta, desaparecidos.

En la foto, Juan Gelman aparece con el ex presidente de Uruguay Jorge Batlle a quien el poeta le escribió una dolorosa carta, de «abuelo a abuelo», reclamando la investigación de la desaparición de su nieta. Jorge Batlle no ayudó a Gelman, propuso declarar muertos a todos los desaparecidos. (La policía y el ejército de ambos países colaboraron estrechamente en la represión, aplicando el plan Cóndor, diseñado por la CIA.) Su búsqueda oceánica tuvo recompensa: la encontró, adoptada por un policía y su esposa.

© Mundinteractivos, S.A.

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El arte de valer la pena, de Luis Sepúlveda en El Comercio

Posted in Literatura by reggio on 30 noviembre, 2007

Son muchas las cosas, los temas y los tangos que me unen a Juan Gelman, el poeta que más admiro, sigo y quiero. En cada correo electrónico que me envía siempre hay un apartado bajo el título ‘noticias del rioba’ (del barrio), un recordatorio de amigos, de lo que hacen o piensan hacer, y de la necesidad urgente de querernos y cuidarnos. Lo quiero y admiro por su bronca tenaz, constante, porfiada, contra todo lo que apeste a autoritarismo, a uniformes, a mediocridad mentirosa. Lo quiero, y lo admiro por su infinita ternura de hombre que perdió a lo más amado, a su hijo, a su nuera embarazada en los laberintos del horror dictatorial, y esa misma ternura le dio el vigor para seguir luchando hasta que recuperó a su nieta desaparecida, hasta que el amor fue nuevamente abrazo y esperanza.Hace un par de años nos encontramos en Italia, la ciudad de Piacenza le hacía un gran homenaje y nos citamos en un restaurante, solos, para hablar del ‘rioba’ y de nosotros. Ya había comenzado la persecución delirante contra los fumadores y como ambos lo somos, salimos a echarnos un pitillo en la calle. Hacía un frío que se metía en los huesos, pero la mirada de Gelman, que ya había recuperado a su nieta, calentaba, y hablando de nosotros le pregunté cómo estaba de salud. Gelman, le dio una calada al pitillo, expelió el humo, miró las volutas y dijo: «bien, querido, yo dejo que los años envejezcan conmigo».

En mi adolescencia leí ‘Violín y otras cuestiones’ y ahí comenzó el cariño y la admiración por un poeta que se merecía el Cervantes, que merece el Nobel, que tiene méritos sobrados para todos los premios.

‘Gotán’ fue para mi generación (y somos pocos los sobrevivientes) el poemario del rigor, porque de Gelman aprendimos que no teníamos derecho a la ternura si no la defendíamos con fuerza, y lo hicimos porque Gelman estaba con nosotros. Una vez se lo dije en París, otro día de invierno y mientras caminábamos por el Jardín de Luxemburgo bajo la mirada atenta -clic clic- del fotógrafo Daniel Mordzinski. Los dos llevábamos sombreros para protegernos de la llovizna fría de Paris, de pronto una ráfaga de viento se llevó el de Gelman, quisimos correr al rescate, pero nos detuvo con unas palabras extrañas y certeras: «no, dejen que se vaya, que se largue. Que permanezca sobre mi cabeza es el mínimo gesto de lealtad que se le puede pedir a un sombrero».

Celebro su Premio Cervantes, lo siento justo, necesario, porque alguna vez hay que premiar a un hombre que simboliza los mejores valores de la humanidad.

Juan Gelman, ¿qué duda cabe! es el más importante poeta de la lengua española y al mismo tiempo un gran referente de la poesía universal.

Sé que pronto nos veremos, que nos saludaremos como siempre, «qué dice, don Juan», «qué cuenta, don Lucho», y enseguida nos abrazaremos como él nos enseñó: con la tierna fiereza y con la fiera ternura de los hombres del sur.

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El solitario que somos todos, de Félix de Azúa en El Periódico

Posted in General by reggio on 29 noviembre, 2007

LA REEDICIÓN DE UN TEXTO FUNDAMENTAL

Cien años después de descubierto el continente americano, el mundo comenzó a temblar sacudido por un terremoto. Una violencia huracanada se apoderó de Europa, pero la más destructiva era interior y afectaba al espíritu de los humanos. Habían vivido miles de años confiados en que los Inmortales (fueran los dioses clásicos o el Dios cristiano) intervenían en los asuntos terrestres, pero ahora se estaban despidiendo. Los habitantes del planeta iban a comenzar una experiencia agobiante: la de su soledad cósmica. Soledad tanto más insoportable cuanto que el cosmos crecía de forma desmesurada. Cuanto mayor era el universo astronómico, más cruda nuestra soledad.

Uno de los mejores presagios de que debíamos apañarnos sin ayuda externa fueron los Ensayos de Michel de Montaigne, el diario de alguien que, recluido en la soledad de un castillo, escribe sobre sus temores y temblores persuadido de que todo fluye hacia la nada. Mucho antes de que Marx lo dijera, todo lo sólido parecía diluirse en el aire. La consternación de que no pudiéramos conocer nada estable, permanente o duradero, así como la inconstancia de la verdad, se convertía en asunto de estudio.

Montaigne era experto en asuntos humanos: había sido parlamentario y luego alcalde de Burdeos, ciudad donde las matanzas entre católicos y protestantes, así como la peste negra, habían sido feroces y causado espantosa zozobra. La locura abundaba más que la razón; la crueldad más que la caridad; la ira, la vesania reinaban por doquier. Montaigne decidió retirarse a su castillo para tratar de poner por escrito algunos juicios seguros, algo que pudiera mantenerse a flote en el oleaje de aquella tormenta mundial. Sus Ensayos son, hoy más que nunca, una isla de sensatez a la que acudir cuando el crimen, la imbecilidad y el cinismo se nos hacen insoportables.

Sin embargo, todo está en constante fluir y desvanecerse, así que tampoco los Ensayos se libraron de verse sumidos en un torrente de lava. Desde sus primeras publicaciones, entre 1580 y 1595, lo que había nacido con deseo de permanencia se convirtió en otro fluido cambiante e inseguro. Tras la muerte del autor se editó el texto de su hija adoptiva, Marie de Gournay, pero en 1906 los eruditos prefirieron el llamado “manuscrito de Burdeos” con abundante anotación de Montaigne. Las diferencias eran considerables. Y hace diez años los mismos eruditos, con nombres nuevos, decidieron regresar al texto de Marie de Gournay, convencidos de que el viejo Montaigne había intervenido en aquel último y definitivo escrito. Ahora por fin aparece en El Acantilado la edición española del texto completo.

Como muy bien dice su prologuista, Antoine Compagnon, la paradoja es que será más fácil de leer y entender en español que en francés. La lengua de Montaigne, como él mismo había reconocido, estaba en un momento tan fluyente y convulso como la entera sociedad, de modo que los jóvenes franceses sudan tinta para leerlo. La traducción, en cambio, pone a Montaigne en el siglo XXI. Puede parecer una traición, pero también Borges recomendaba a los jóvenes leer Don Quijote en inglés y luego, ya adultos, si habían logrado hacerse con una cultura lingüística suficiente, podían acudir al original. La traducción de Jordi Bayod Brau es una delicia y, si queda algo de vida en el cadáver de la cultura oficial, deberían otorgarle el Premio Nacional de Traducción por una tarea gigantesca que ocupa casi 1.800 páginas.

Cuando Mitterrand se sometió al fotógrafo para fijar el retrato oficial del presidente, tomó en sus manos el volumen de Montaigne. Uno se pregunta qué autor clásico podrían sostener en sus manos nuestros representantes. Da miedo pensarlo. Es cierto que Cervantes podría cumplir una función similar, pero eso se debe a la edulcoración de una novela que en realidad es la denuncia más salvaje que se haya hecho sobre la locura de los poderosos y el gregarismo de los súbditos. La narración más corrosiva que se conoce ha sido convertida en un cuento infantil para uso de funcionarios. Y, además, Montaigne no es Cervantes. El primero era todavía un humanista que trataba de salvar algo, aunque fuera mediante aquel escepticismo radical que tanto influyó en Josep Pla, su mejor discípulo moderno. El segundo, un profundo nihilista, persuadido de que la insensatez del mundo no tiene remedio. Por eso, en una de las escenas más conmovedoras de toda la literatura, Don Quijote muere en la cama admitiendo su locura como algo inexorable. En cerrado contraste, los Ensayos concluyen con el espléndido tratado sobre la Experiencia, que comienza así: “Ningún deseo es más natural que el deseo de conocimiento”, y se cierra con la inscripción que dedicaron los atenienses a Pompeyo: “Eres dios en la medida en que te reconoces humano”.

Nuestra naturaleza (el programa genético, dirían los clérigos) nos obliga a conocer porque nos angustia la ignorancia. No obstante, es esa misma naturaleza la que nos convierte en petulantes endiosados que se ponen por encima de los demás en cuanto creen saber alguna cosa. Contra la jactancia solo hay un remedio: aceptar que somos insignificantes, efímeros, fugaces. Razón por la que es imperioso leer los Ensayos.

Félix de Azúa. Escritor.

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Público, privado, cotidiano, de Joan Subirats en El País de Cataluña

Posted in Política by reggio on 29 noviembre, 2007

Estos días asistimos a una revuelta de la población catalana hacia la falta de funcionalidad de un sistema público que creíamos más o menos sólido. En muy pocos meses hemos ido asistiendo a la creciente fragilidad de los servicios públicos, y con ello a las evidentes repercusiones en la esfera privada, en la cotidianidad de una vida cada vez más vulnerable a los hipotéticos impactos del desorden público. Y si ya habíamos llegado con reservas muy cortas de confianza en relación con el sistema político catalán después del espectáculo de la aprobación del nuevo Estatuto, la sospecha creciente sobre los sistemas de responsabilidad pública de provisión de energía, de transporte, educativos o de sanidad, han empezado a generar una doble crisis de legitimidad y funcionalidad que tiene raíces sólidas y que será difícil de superar. La manifestación del próximo sábado, de matriz civil e incrustaciones políticas, es una prueba de ello, y deberá ser procesada debidamente por unas fuerzas políticas catalanas que deberían evitar intentos de capitalización apresurados. No hay fuerza política que pueda tirar la primera piedra, sin que corra el riesgo de acabar golpeada por el efecto bumerán.Más allá de la coyuntura, hemos de recordar que procedemos de una tradición que nos ha enseñado a distinguir entre la esfera pública y la esfera privada. Esa distinción está en la base de la creación del estado liberal. La progresiva democratización de ese estado, condujo a la creciente ampliación de las responsabilidades públicas que fueron así extendiéndose a ámbitos como la educación, la sanidad, los servicios sociales o el cuidado de personas, que habían sido considerados como impropios de merecer la atención de los poderes públicos. Los recientes cambios sociales y familiares, la progresiva autonomía de las personas, las exigencias generadas por una mayor movilidad, las presiones de una existencia crecientemente competitiva, han hecho que el bienestar no dependa sólo de que existan unos derechos y que sean reconocidos, sino, sobre todo, de que se puedan ejercer cotidianamente. No es suficiente, por ejemplo, que tengamos derecho a la escuela, sino que esta escuela funcione adecuadamente, teniendo en cuenta cómo se ha movido todo el entorno que rodeaba tradicionalmente ese espacio educativo. No es suficiente que estén previstos los servicios públicos, sino que el día a día de estos servicios ha de ser fiable. Cada contratiempo en la marcha de esos servicios supone enormes quebraderos de cabeza para las personas que ya llegan con la lengua fuera a cada cita, a cada compromiso, a cada final de mes.

Los poderes públicos tiene hoy el reto de seguir demostrando que la proclamación de derechos es coherente con su realización cotidiana y efectiva. Y en la superación de ese reto han de ser conscientes que el compromiso político real, la relación de confianza básica, se fundamenta en que los servicios públicos funcionen fiablemente. No valen las distinciones entre quiénes tienen la responsabilidad pública de esos servicios y los que asumen la provisión privada de los mismos. Ese es un tema de gestión, operativo, pero no forma parte del pacto fundacional entre ciudadanos y poderes públicos. Nosotros confiamos en las instituciones públicas, les damos nuestra legitimidad, pagamos nuestros impuestos, y necesitamos que los servicios de los que depende cada día nuestro bienestar, nuestra vida, nuestra familia, estén asegurados. Es evidente que aquellos que tienen más recursos, aquellos que disponen de mayores cuotas de riqueza e información, son los que más fácilmente maniobran, presionan y actúan para no depender exclusivamente de los servicios públicos. Su voz se oye mucho más. Pero ese sector social navega con maestría en las aguas que conectan las esferas públicas y privadas, aprovechándose de las ventajas de cada ámbito, y sorteando las dificultades con mayor facilidad. Los menos agraciados, los que cuentan con menos recursos educativos y económicos, son mucho más dependientes. Su voz es menos potente, su capacidad de maniobra es mucho menor.

Gran parte de la crítica del feminismo del siglo XX a las bases fundacionales del liberalismo se dirigió a la distinción entre la esfera pública y privada. Y lo hizo para así atacar el fundamento del patriarcalismo, la división sexual del trabajo, y la visión excluyente de la política. Desde entonces, sin haber superado ni mucho menos esos problemas, resulta cada vez más intolerable el que se pueda uno atrincherar en la distinción entre lo público y lo privado para justificar faltas de consistencia y de coherencia entre lo que se proclama públicamente y lo que se practica privadamente. Hemos aprendido que no hay transformación social posible sin transformación personal y vital. Las desigualdades que subsisten en el ámbito privado, quedan ocultas bajo una aparente homogeneidad y unidad de lo público. Los dirigentes políticos no deberían utilizar el argumento de la opción privada para eludir sus responsabilidades sociales y personales con el buen funcionamiento de unos servicios públicos esenciales para la comunidad. Mientras unos pueden escoger, otros simplemente no pueden hacerlo. Y el mensaje que se lanza es, si puedes móntatelo, si no puedes, siempre te queda la opción pública. Dice el profesor Enric Tello que la revolución que nos queda por hacer, debería ser “prosaica, femenina y cotidiana”. La manifestación del sábado puede interpretarse como la exigencia de una cotidianidad que permita mantener la autonomía de cada quién, asegurar el acceso equitativo a los servicios y reconocer la diversidad de situaciones con que cada quién accede a esos servicios. Ese es el reto, y ante ese reto los políticos harían bien en no refugiarse en opciones privadas o particulares para justificar aquello que acaba percibiéndose como falta de coherencia política o de compromiso real con el sistema de provisión pública de los servicios esenciales para la comunidad.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.

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El nomenclator, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Posted in Política by reggio on 28 noviembre, 2007

El ojo del tigre

He leído que el señor Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de Oviedo confía plenamente en la independencia, la libertad y el buen conocimiento que tienen de la heroica e invicta Ciudad, los notables ciudadanos que componen la comisión -recientemente creada- a la que el hombre fuerte de la Municipalidad ovetense le ha endosado la delicada tarea de convertir el vigente callejero, heredado de la anterior dictadura, en un nomenclátor de calles y plazas perfectamente homologado con el espíritu democrático -y pluralista- en que devino aquel régimen tan imperativo, que no sólo controló, durante tantos años, la inteligencia cívica sino que, además, la configuró -primero- y la tuteló -después- de acuerdo con sus intereses políticos, culturales, económicos, católicos, apostólicos y romanos.

La tarea que se les adjudica a los distinguidos ciudadanos que -por sus méritos personales y profesionales- representan al espíritu culto de esta sagrada Ciudad, no es fácil. Quizás, tampoco sea lo suficientemente grata como para envidiarlos. Mucho menos, ideal para actuar con la objetividad -incluso, con la sofrosine suficiente para evitar polémicas internas- que una empresa de este calibre político requiere para salir de ella no sólo airosos, sino también ilesos ideológicamente. Y, además, dando una lección magistral de equilibrio democrático, de equidad ideológica y de imparcialidad cívica.

No lo digo porque dude de la capacidad de todos -como comisión- y de cada uno de ellos -como comisionados- para llevar a cabo tan delicada tarea de arbitraje histórico, político y cultural. Lo digo porque la razón fundamental de la creación de este grupo de experimentados intelectuales no es la mera obligación de cambiar los nombres actuales de las calles y las plazas, sino la de cumplir reglamentariamente con las obligaciones cívicopolíticas que, al parecer, les va a exigir la controvertida Ley de Memoria Histórica a los gobiernos locales, sin que se les note demasiado su tendencia a practicar el lampedusismo.

El señor Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de Oviedo, de acuerdo con su magistral astucia (advierto que ser astuto es una condición natural humana imprescindible para triunfar en política, desde mucho antes de los éxitos personales del conde de Romanones…), traslada la responsabilidad que debe asumir su equipo de gobierno -para democratizar el callejero histórico de la Ciudad- a la comisión de notables que ha nombrado de acuerdo con su personalísimo e intransferible criterio político. Conviene saber que Oviedo es -por encima de la Constitución, de las leyes municipalistas, de la ética democrática, etc, etc…- un pequeño estado que se rige con criterios presidencialistas. En los árboles de los parques y jardines de la Ciudad, no se mueve ni una sola de sus hojas -por muy fuerte que sea el soplo de viento del noroeste- sin que antes les de permiso el señor Alcalde-Presidente para agitarse.

Cuando advierto sobre este fenómeno sociológico, que ocurre desde hace tiempo en Oviedo, no le estoy imputando al señor Alcalde-Presidente la comisión de un delito absolutista; sino, simplemente, estoy definiendo su fuerte personalidad individualista, que tanto influye en su función pública; tal y como cualquier ciudadano puede constatar si le observa atentamente desde la sideral distancia que le separa de la egregia personalidad política que adorna al perenne Regente del Oviedo moderno.

No tengo la menor duda sobre la buena intención, que anima a los señores comisionados, para asumir la enorme responsabilidad que supone -sobre todo, en tiempos tan alborotados como el presente- democratizar las calles que, hace setenta años, la dictadura incluyó en su victorioso nomenclátor. Lo mismo puedo decir de la buena voluntad del señor Alcalde-Presidente para estimular ese cambio con el fin de que -en teoría, sólo en teoría- se civilicen las relaciones políticas de sus ciudadanos (aunque, más bien sean sus súbditos). Pero no conviene olvidar aquello que se decía en pleno auge imperial y totalitario: si quieres que algo no se resuelva jamás, nombra una comisión.

Nadie es capaz de imaginar hoy que, en 1938 -para citar una gloriosa época histórica-, el Ayuntamiento de Oviedo hubiera acordado nombrar una comisión de expertos independientes para elegir los nuevos -entonces- nombres de las calles de la sufrida Ciudad, para que no quedara ni el más leve rastro de la corta -¡cortísima!- etapa republicana, y para dejar escrita para la posteridad la épica gesta de quienes salvaron a España del crepúsculo de la historia. Comprendo que los tiempos no cambian gratuitamente. Además, es incuestionable que hoy no es ayer. Sin embargo, lo que de verdad les importa a los actuales líderes políticos de la derecha (¿la patriótica o la democrática?), con respecto al cumplimiento estricto de la próxima Ley de la Memoria Histórica, es esquivarla de la mejor manera posible.

En el asunto de las calles, por varias razones: a) aman a su callejero imperial porque se fue haciendo viejo al mismo tiempo que ellos envejecían españolísimamente; b), porque la historia que ellos y sus antecesores han escrito, no debe borrarse; c), porque esa memoria legislada es la memoria de un resentimiento acumulado a lo largo de los años azules que, tan plácidamente, disfrutaron. Sobre todo, porque ellos son los que ganaron la guerra que propició ese callejero, y esa historia está escrita con caracteres indelebles en el alma de la Nación española.

Es posible que algunos piensen que si se borra el callejero de la dictadura, estarán cargándose el alma del pueblo español. Este conflicto, probablemente no se hubiera planteado si se hubieran hecho bien las cosas a su debido tiempo. Por ejemplo, cuando se estaba inventando la legitimidad jurídica de la Transición. Para que todo quedara bien atado. Ahora, ya es tarde. Sólo nos queda el consuelo de esperar para ver cómo se las arregla la comisión para desatar el convoluto del callejero franquista.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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El perro flaco, de Pilar Rahola en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 28 noviembre, 2007

Mirada de cerca, La deessa reviste una serena grandeza. Es una escultura bella, dulcemente inserida en el ideal noucentista que inspiró la obra de Josep Clarà. Civilizada y armónica, esta humana diosa de mármol es algo más que un ideal soñado.Quizás representa el ideal fallido de este acomplejado país. El modernismo quería quebrar los límites de la realidad y soñó un arte de horizontes lejanos. Pero fue el noucentisme el que evocó un ideal cívico que trascendía al arte, para aterrizar en la vida colectiva, y plantear un auténtico proyecto nacional.

Si alguna vez Catalunya ha sido seriamente “pensada”, lo han hecho Eugeni d´Ors y Prat de la Riba. Y no sólo por el ideal estético, sino por la ambición política que dejaría, como herencia, las obras de gobierno más importantes de nuestra historia. Lo estético nos legó, en la capital de esa Catalunya-ciutat anhelada, los frescos de Joaquim Torres Garcia, o las esculturas de Gargallo y Clarà, o incluso las “rondas” de León Jaussely. Sometido el urbanismo al concepto de “belleza, cultura y valores cívicos”, la persecución de una capital “bella y culta” fue un auténtico proyecto administrativo que se concretaría en la creación de escuelas, bibliotecas, museos…

Pero fue en el plano político, de la mano de Prat de la Riba y Puig i Cadafalch, donde el legado llegó a la categoría de histórico: Biblioteca Nacional, Ferrocarrils de Catalunya, Escola Industrial, Institut d´Estudis Catalans, Servei Geogràfic, Escola Superior de Belles Arts, promoción de la magna obra de Pompeu Fabra y una importantísima labor de creación de infraestructuras, puertos, obras hidráulicas, teléfonos, red sanitaria, mejoras agrícolas, educación y obra social. Incluso se creó la Escola d´Administració Local, para consolidar un cuerpo moderno de funcionarios catalanes. En pocos años, pues, y fruto de un proyecto social y de una estrategia política brillante, Catalunya sentó las bases de un país moderno.

Casi cien años después, no hemos inventado nada nuevo. Peor aún, perdidos los ideales y desaparecida la ambición, la vida política catalana da vueltas alrededor de la misma tediosa mediocridad, mareada en debates estériles de grueso verbo y corto recorrido.

Desde que tenemos democracia, ¿recordamos alguna gran obra de gobierno, a excepción de la creación de TV3? Y, sobre todo, ¿recordamos alguna aspiración política que fuera más allá del cortoplacismo táctico, o del esencialismo banal? A riesgo de merecer el maldito epíteto de derrotista, en este país que ha hecho del cofoisme una identidad, me atrevo a afirmar que Catalunya está seriamente enferma. Y no sólo por el insostenible crac de las infraestructuras, o la pérdida de competitividad económica, sino por algo mucho más profundo. Veamos la derivada infernal que nos dan las noticias.

La misma Catalunya que había llegado a ser exportadora de pedagogía, y que cuenta con pedagogos de la categoría de un Francesc Ferrer i Guàrdia, un Alexandre Galí, una Rosa Sensat, un Joaquim Xirau o un Pere Vergés, es ahora tristemente célebre por encabezar el ranking del fracaso escolar. No sólo hemos perdido el liderazgo del pensamiento pedagógico, sino la ambición política para llevarlo a cabo.

Para muestra el botón: la Generalitat está a la cola en inversión pública en educación, y dedica casi 1.500 euros menos por niño de lo que dedica el País Vasco. Si de la educación pasamos a la seguridad, Catalunya encabeza el ranking de consumo de cocaína, es líder en prostitución callejera y han aumentado sensiblemente los delitos con arma de fuego. Peor aún: dicen los expertos que Catalunya es el centro más importante de toda Europa de captación de militantes yihadistas. Mientras tanto, el conseller del ramo se debate entre hacer de jefe de los Mossos o de miembro emérito de Amnistía Internacional.

No hablaré de la cultura, porque merece capítulo aparte, pero hace años que no somos el referente de nadie, en ninguna de las disciplinas creativas que tanto consolidaron el orgullo catalán de antaño. Y si hablamos de economía, ahí están las sonoras palabras de José Manuel Lara, alertando de la pérdida de dinamismo, la falta de estrategias inteligentes y la nula capacidad autocrítica. Nuestra máxima aspiración acaba siendo inaugurar, ministra en mano, alguna obra que no se hunda.

¿Qué hace la política en el accionar de la crisis? Primero, la niega, más cómoda en la retórica victimista que en el ejercicio de la autocrítica. Segundo, se instala en el tacticismo, el verbalismo efectista y la cultura de la subvención. Y finalmente, lejos de nutrir al país de grandes líderes, genera funcionarios de la política, inmunes a cualquier tentación estadista. En esta Catalunya enferma, lo único que nos venden es autodeterminaciones a largo plazo, derechos a decidir no se sabe qué, o más de lo mismo, por los caminos de ZP.

Ni altos ideales, ni brillantes estrategias, ni diagnóstico severo, sólo inmediatismo electoral. Es decir, el mismo país que soñó un ideal civilizado, hoy es un enfermo crónico que sólo aspira a gestionar, soberanamente, su sonoro fracaso. ¿Falta de ambición? Peor: la mediocridad convertida en un valor patrio.

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Decidme cómo es un árbol, de José F. de la Sota en El País del País Vasco

Posted in Política by reggio on 27 noviembre, 2007

En noviembre de 1961, después de soportar 23 años de cautiverio, salió a la libertad por la puerta del penal de Burgos el poeta Marcos Ana. Mañana lo tendremos en Bilbao presentando su libro de memorias Decidme cómo es un árbol. En plena rebatiña por la llamada Ley de la Memoria Histórica, tan malinterpretada y mal encaminada, la presencia de Fernando Macarro (identidad civil de Marcos Ana) en el País Vasco puede ser algo más que un ejercicio de memoria política y desde luego más (bastante más) que la presentación de un libro. Hay que citar a Whitman: “Camarada, esto no es un libro; quien toca esto, toca a un hombre”.Marcos Ana no ha escrito Hojas de hierba, pero su libro tiene la precisa contextura de un hombre.Quinceañero afiliado a las Juventudes Socialistas Unificadas, miliciano adolescente, comisario político con diecisiete años, preso a los dieciocho y condenado a muerte sin haber estrenado la vida. “¿Cómo es la vida?”, se preguntaba el preso, heredero de todos los presos, nieto del prisionero del Romancero Viejo y hermano de los presos de Abu Ghraib, Guantánamo y las negros, invisibles calabozos del mundo.

Todos los prisioneros necesitan saber cómo es un árbol. Marcos Ana también. Por eso y para eso se hizo poeta en las cárceles, donde “el mundo era un patio con un cielo de fosa”. En ellas coincidió con escritores como Buero Vallejo, el raro Hoyos Vinent y el gran Miguel Hernández, muerto en 1942 de franquismo, aquella enfermedad a la que nadie puso tratamiento durante 40 años.

Marcos Ana es el preso político que más tiempo pasó en las cárceles franquistas. Pero lo más difícil, según confesión propia, más difícil aún que soportar media vida en la cárcel, fue enfrentarse a la vida en libertad. La libertad mareaba. Aquel otoño de 1961, al salir de la cárcel de Burgos, el hombre sintió vértigo, mareos, ganas de vomitar. Alguien había colocado el horizonte lejos, en un sitio imposible que ni el pequeño dictador de El Pardo podía someter, anegar o tapiar. Marcos Ana había entrado en presidio con dieciocho años y acababa de salir con cuarenta y uno, pájaro experto en jaulas, perito en celdas y doctor en torturas.

Tanta cárcel a cuestas y ni un adarme de resentimiento. Aunque cueste creerlo, es lo cierto. Cuando salió a la calle y pudo ponerse en la frontera, se ocupó en Francia de la dirección del Centro de Información y Solidaridad con España, presidido por Pablo Picasso. Desde allí y desde entonces no ha dejado de transmitirnos la noticia de que la dignidad puede reinventarse como la reinventaron Primo Levi o él mismo.

No había pasado un año desde que recobró la libertad. Marcos Ana tenía que hablar en el Mathama Ghandi Hall de Londres y dijo, entre otras cosas, lo siguiente: “Podía haberme convertido en una bestia llena de odio. Pero, al contrario, mi experiencia personal me llevó a la conclusión de que nunca sería capaz de ejercer la violencia contra nadie. Precisamente porque la he sufrido. Pese a mi largo cautiverio, no salí marcado por el resentimiento y en todas mis actuaciones públicas y políticas, en mis poemas, en mi vida, el amor a la libertad aparece siempre ligado al amor a España y a la reconciliación de sus hijos, a la necesidad de acabar con las consecuencias extenuadoras de la guerra civil. Hay que frenar la noria trágica de España, aunque tengamos que poner de calzo el corazón para lograrlo”.

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Sacco y Vanzetti: ochenta años después, de Alberto Piris en Estrella Digital

Posted in Política by reggio on 27 noviembre, 2007

A los ochenta años de la ejecución en Massachusetts (EEUU) de los anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, inmigrantes de origen italiano condenados por un robo y dos asesinatos que no cometieron, tras un simulacro de juicio en el que no se aportaron pruebas suficientes y en el que las tensiones políticas y raciales distorsionaron de modo irreversible la acción de la Justicia, su caso sigue estando de actualidad, cuando en EEUU se pone en entredicho la ejecución de la pena capital y se pretende correr una espesa cortina sobre algunas recientes aberraciones judiciales como Guantánamo, la actividad secreta de la CIA o la tortura. También en otros países, sin olvidar España, la acción de la Justicia se ve sometida con frecuencia a severas críticas, no carentes de fundamento.El escritor, historiador, activista y profesor de Ciencia Política en la Universidad de Boston, Howard Zinn, ha publicado recientemente una colección de ensayos (A Power Governments Cannot Suppress: Un poder que los gobiernos no pueden eliminar). En este libro, el polifacético analista estadounidense, reforzando y completando —quizá sin conocerlo— el concepto unamuniano de la “intrahistoria”, muestra cómo la definitiva verdad histórica no está en las actuaciones de los gobiernos o en las “representaciones cinematográficas del poder”, sino en la lucha diaria de los ciudadanos ordinarios que se esfuerzan por que todos podamos vivir en un mundo mejor. Son los inmigrantes, los trabajadores, el pueblo común, cuya historia es la historia real de EEUU, según Zinn, y entre los cuales la memoria de Sacco y Vanzetti ocupa un lugar destacado.

Es interesante averiguar por qué un caso tan antiguo como el de los dos anarquistas suscita todavía interés y por qué, también, contemplar hoy el filme que en 1971 lo llevó a las pantallas sigue produciendo sensaciones de viva intensidad.

Zinn no se anda con rodeos: “El caso Sacco y Vanzetti reveló, de la forma más cruda, que las nobles palabras que presiden nuestras salas de justicia —‘Una Justicia equitativa ante la Ley— siempre han sido una mentira”. Y prosigue: “Esos dos hombres, el vendedor de pescado y el zapatero, no podían obtener justicia en el sistema americano, porque la justicia no se aplica por igual al pobre y al rico, al nativo y al emigrante, al biempensante y al radical, al blanco y al negro. Y aunque hoy las injusticias se deslizan por caminos más sutiles e intrincados que en la época de Sacco y Vanzetti, su esencia permanece”.

Juzgados y condenados por robo y asesinato, su proceso se desplazó enseguida al plano político. Mintieron a la policía, denegando su afiliación anarquista, porque temían ser detenidos por sus ideas políticas e ignoraban que se les atribuían otros delitos, por los que podrían ser condenados a muerte. Sobre esa su mentira inicial se montaron las razones para desechar todos sus argumentos de defensa y se acumularon luego las acusaciones sin pruebas y los testigos falsos. Pero, advierte Zinn, ¿no mentiría un disidente en la Rusia soviética, enfrentado al KGB? ¿Y un judío, ante la Gestapo? ¿O un negro, en la Sudáfrica del apartheid? Todos estos sabían de sobra que la verdadera justicia no les era aplicable a ellos.

Aunque los anarquistas italianos murieron condenados por robo y asesinato, por lo que en verdad se les juzgó fue por su ideología política. Como en 1953 serían enviados a la silla eléctrica Ethel y Julius Rosenberg, no por espiar en EEUU a favor de la URSS, sino por ser comunistas y manifestarlo abiertamente. Por entonces, la histeria anticomunista, que culminó en el fenómeno del Macarthismo, dominaba el país; el comunismo se adueñaba de China, EEUU luchaba en Corea y el matrimonio judío se encontró en situación análoga a la de los anarquistas italianos 33 años antes.

Por lo que el asunto de Sacco y Vanzetti sigue suscitando hoy interés es, sobre todo, porque pone de manifiesto la facilidad con la que se corrompe un sistema judicial que se considera invulnerable. En un clima de sobreexcitación patriótica posbélica y de temores revolucionarios (como ocurría en EEUU en 1920, cuando tuvo lugar el juicio), la Justicia buscó sobre todo un castigo ejemplar, violentando todos los mecanismos teóricos de defensa de las libertades y los derechos civiles de los ciudadanos. Dejó de ser imparcial y justa. Solo supo ser vengativa y torpemente ejemplarizante.

La obsesión antiterrorista se extiende hoy por el mundo y las implicaciones delictivas de ciertos sectores islámicos resultan inocultables. En tales circunstancias reconforta observar la limpieza del proceso que se ha seguido en España contra los implicados en el sangriento “11 de marzo” madrileño. Es de lamentar que algunas recientes derivaciones mediáticas, inexplicablemente inoportunas y que afectan al juez que con energía, paciencia y profesionalidad dirigió el proceso, hayan ensuciado lo que, hasta ahora, se ha mantenido lejos de las vergonzosas distorsiones jurídicas que llevaron a la silla eléctrica a Sacco y Vanzetti, y que han encerrado a numerosos inocentes en la ignominia jurídica de Guantánamo, de Abu Ghraib o las prisiones secretas de la CIA.

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Las enseñanzas de Aznar en México / II, de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada

Posted in Política by reggio on 26 noviembre, 2007

Si se trata de poner el acento en la pertenencia de América Latina a Occidente, es en este contexto donde observamos la construcción del proyecto de la derecha española. Queda claro que estamos en presencia de una propuesta política. Según sus autores, América Latina: una agenda de libertad es un diagnóstico desde el cual se definen problemas, se observan amenazas y se visualizan las oportunidades para el futuro del subcontinente. Es, por tanto, un estudio de prospectiva de fuerzas políticas. La definición cobra así relevancia para proyectar su programa político. Es una definición ideológica.Su inicio es peculiar. Occidente es un sistema de valores universales, ¿cuáles? Para la derecha, tres dan lugar a esta construcción: 1) Las ideas nacidas en Grecia como superadora de la monarquía de origen religioso y mágico. Aparición de la polis y el Ágora, desde la cual se distingue el orden de la naturaleza y el orden social. La noción de semejanza, de igualdad ante la ley y la idea de libertad. 2) Los aportes de Roma, el derecho, esencial para la humanidad, delimita lo tuyo y lo mío. Permite individualizar la vida, porque la propiedad ya no se confunde con el magma comunitario, dirán sus redactores. Así, se extiende la idea de un derecho superior, perfecto e inmutable, un derecho natural del que el derecho positivo no es más que una aproximación, se lee en la agenda; y 3) los valores procedentes de la tradición judeocristiana, “cuyo valor fundamental a los efectos que aquí interesan es la idea de compasión, concepto que va más allá de la justicia propia de la tradición romana”… donde se unen: “i) el relato bíblico de la creación que hace hermanos a todos los hombres; ii) la idea de tiempo lineal y no circular que hace posible la idea de progreso; iii) la idea de la dignidad esencial del ser humano, universal”, factores necesarios para facilitar que el “no matarás no rija sólo para los judíos, sino para toda la humanidad. Algo por completo novedoso en comparación con otras civilizaciones. Tanto en el antiguo como nuevo testamento”.

Además, sobre estos tres pilares, dicen, se asienta la idea de persona. Ser libre, previo a cualquier construcción política. Y por arte de birlibirloque dan un salto al presente y extrapolan dichos valores a un régimen en el cual sintetizan las premisas: la democracia liberal.

Éste, alegan, condensa lo anterior por cuanto elige a sus gobernantes, limita las decisiones a un estado de derecho, garantiza el derecho a la vida, la igualdad ante la ley, las libertades de reunión, asociación y culto, la tolerancia y pluralismo. Además de reconocer el desarrollo del pensamiento científico y crítico y el método racional. No sin dejar de lado que en el orden económico “se traduce en la economía de mercado”, capacidad de emprender y comerciar, factor de pluralismo e iniciativa, complemento obligado de la libertad y la propiedad. Bajo esta enumeración de cualidades, Occidente se yergue en patrimonio de la humanidad expandiéndose a lo largo de la historia, por ende: “América Latina es el fruto histórico de esa expansión a fines del siglo XV”. Donde lo más relevante de dicha “incorporación de todas esas sociedades a la idea de Occidente se produjo mediante la extensión del cristianismo”.

Pero por la supremacía frente a otras civilizaciones se encuentra amenazada por quienes desean retrotraerla al magma comunitario de El salvajismo o La barbarie. Las experiencias del comunismo sin ir más lejos. “En América Latina hubo dictaduras, totalitarias o no, y represión. Pero han sido periodos limitados en el tiempo (…) La aspiración ha sido siempre retornar a formas de gobierno democráticas.” Sobre este principio, subrayan los redactores, el proceso de inserción de América Latina a Occidente ha sido imperfecto e incompleto, pero por su historia y su tradición, por sus aportes a la creación, al pensamiento y la cultura es una parte de él. Sin embargo, ahora toca dar un nuevo impulso para evitar caer otra vez en el salvajismo.

El camino es incorporar los países a la modernidad y ello pasa por aceptar la agenda para la libertad. Su itinerario se traza en el apartado “¿Dónde estamos?” Su redacción presenta un cuadro cuyo objetivo es mostrar las amenazas que se ciernen en el horizonte para cumplir objetivos políticos.

Se inicia con una afirmación: “En el último tercio del siglo XX había razones para que América Latina tuviera confianza en sí misma”. Sus argumentos son cuantitativos: índices educativos, de salud, tasas de alfabetización o mortalidad. Factores que los equiparan, según los autores, a los países desarrollados en los años 80.

Asimismo, señalan que sus instituciones políticas y su proceso de industrialización y modernización se extendió en los años 50 y 60, pero, a diferencia de otras zonas de Occidente, fracasaron a la hora de crear condiciones de bienestar y calidad de vida. Pretexto para la propagación de los movimientos revolucionarios, que a la vez generó golpes militares.

Por suerte, constatan, en los años 80 las transiciones, “con la anomalía irritante de Cuba”, supusieron un cambio acompañado “de un descrédito del nacionalismo económico fundado en el proteccionismo comercial, la sustitución de importaciones y la hipertrofia del sector público. Todo ello seguido del respaldo del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, que apoyaron las reformas liberales en los años 90. Lamentablemente se aplicó de manera deficiente y parcial el consenso de Washington”. Ha sido esta circunstancia nuevamente, según la derecha española, lo que lleva a cobrar fuerza a “partidos y movimientos que apelan a las emociones, antes que a la razón para el apoyo popular”. Es el “discurso viejo y falaz del nacionalismo económico, de la retórica antimperialista, del victimismo histórico, cuando no del racismo inverso que niega la raíz europea de las sociedades americanas” lo que pone en riesgo el futuro. Además, estos movimientos están anclados a fórmulas fracasadas y ajenas a la tradición liberal latinoamericana. No son viables. “Si dan crédito a estos espejismos y abandonan los esfuerzos reformadores, la región corre el riesgo de perder otro tren hacia la modernidad.” Por ende, hay que profundizar en las reformas liberales y los valores occidentales antes que sea demasiado tarde.

El problema es grave, aunque “los regímenes democráticos se generalizan, persisten los problemas de inestabilidad política, fragilidad democrática y falta de confianza en las instituciones.” En este contexto se esconde la amenaza colectivista: “movimientos, pues no cabe identificarlos como partidos políticos, continuadores de grupos revolucionarios que proclaman su adhesión a las doctrinas de la izquierda radical del siglo XX … Esta izquierda tiene un proyecto… el socialismo del siglo XXI”.

Desde el más acá de la memoria, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Posted in Política by reggio on 26 noviembre, 2007

Efectismo populista de Gabino. Lo último es el nombramiento de una comisión de notables para abordar la aplicación de la llamada ley de la Memoria al callejero de Oviedo. La polémica está servida. Sin embargo, no es propósito de este artículo hacer disquisiciones sobre la mayor o menor pertinencia de los nombramientos, sino de aquello que va a ser dirimido por la susodicha comisión.En la historia contemporánea de esta ciudad, hay un acontecimiento que anuncia la tragedia que se sufriría en los años 36 y 37. Estoy hablando del lecho de muerte de Clarín y de las personas que lo acompañaban. Su hijo, el rector Alas, fusilado en febrero del 37 tras un consejo de guerra infame e injusto. Su condena a muerte no fue indultada por el invicto caudillo. El galeno de Clarín, don Alfredo Martínez, asesinado en vísperas de la guerra civil, y Melquíades Álvarez, el político de la generación del 98, nacido en el mismo año que Unamuno, al que le dieron muerte en Madrid unos desalmados en agosto de 1936. Los dos últimos fueron víctimas de elementos incontrolados y desalmados de la España que perdió la guerra.

Más de una vez se dijo -y es cierto- que aquel episodio fue el antecedente de unos de los mayores horrores sufridos por el liberalismo español, liberalismo que, hay que repetirlo una vez más, nada tiene que ver con quienes así se reclaman desde postulados supuestamente economicistas.

La herencia de lo mejor de nosotros mismos, históricamente hablando, fue el legado (no sólo literario, que también) de Clarín. Lo que esa herencia representaba fue abatido por las balas en aquellos días de locura previos y posteriores a la guerra civil. Y, si de memoria hablamos, no olvidemos, por favor, que la excelencia, si esto traduce el término griego «areté», fue perseguida en ese momento trágico de nuestra historia. Y el caso es tan particular, en lo que toca a Oviedo, como general, en lo que concierne al país.

Desde el más acá de la memoria, Clarín, en Oviedo, siempre Clarín. Ya no se trata de esa ciudad que constituyó la referencia de su novela. De la narrativa se pasó a la tragedia. Y, con la tragedia, hay que hacer catarsis. Para eso tendría que servir esa ley que, para unos, es revanchista, y, para otros, insuficiente. Para una catarsis sobrevenida muchas décadas después. Pero, perdón por la obviedad, la historia sólo puede ser desandada virtualmente.

Medítese sobre ese legado en el que se encuentra lo mejor de nosotros mismos históricamente hablando. Preguntémonos qué se ha hecho y qué se puede hacer con él. Dejen algunos sus monsergas insostenibles. No se abren heridas por recordar la excelencia. No es de recibo que quienes defienden (y están en todo su derecho de hacerlo) la beatificación de víctimas de la guerra civil rechacen que otros también quieran recordar y homenajear a los suyos. ¿Acaso existe argumentación posible para esgrimir que sólo pueden ser recordadas y enaltecidas las víctimas de un lado de la contienda?

Y ahí están las calles de Oviedo. Ahí están las contradicciones del PSOE, que no quiere recordar que, durante sus 8 años de mandato, pudo haber dejado casi resuelto este asunto. Ahí está el PP, que, en el ámbito local, asturiano y estatal, no quiere, no puede o no sabe desmarcarse del franquismo. Una cosa es que en el callejero figuren personas que fueron conservadoras en lo político, con todo el derecho a ello y con todos los merecimientos para formar parte de él, y otra muy distinta es que se encuentren nombres impuestos por una dictadura que, mire usted, existió.

En todo callejero, hay personas que fueron ilustres y brillantes en una determinada faceta, y que, sin embargo, fueron manifiestamente mejorables en tanto ciudadanos. No es muy fácil la conjunción de ambas cosas. El callejero no es un libro de recopilación de personajes de la historia, sino un homenaje, inevitablemente discutible y susceptible de perfeccionamiento. En todo caso, en ese homenaje no parece que deban figurar quienes incurrieron más o menos directamente en la tiranía y en la represión.

«Memoria, ciega abeja de amargura». Así lo escribió certeramente el poeta. Que Oviedo se enfrente con la revisión de su callejero no es ninguna frivolidad, no se trata de un espectáculo político y mediático. La cosa debe llegar, como le gustaba decir a Unamuno, al hondón mismo de sus habitantes. Si nos duele esta ciudad, si la sentimos y la queremos nuestra, hora va siendo ya de dejar de frivolizar. La historia contemporánea de la capital de Asturias, como la del resto de España, vivió muy duros episodios de sangre, sudor y lágrimas. Y alguna vez, como diría el personaje lorquiano, hay que mirarlos cara a cara.

Dejemos por una vez de señalar, como quien se refiere a sus antepasados rancios, los topicazos de la Vetusta regentiana, y vayamos directamente a Clarín, al legado suyo que fue tan maltratado. ¿Acaso sería exagerado decir que con Leopoldo Alas hijo se termina la época más gloriosa de nuestra alma máter? Hablamos no sólo del hijo de Clarín en lo biológico, hablamos de que estaba al frente de la institución que mantenía viva la antorcha de aquella excelencia. En Oviedo, a Clarín, se le mató más de una vez.

Desde el más acá de la memoria, dejemos los partidismos, los juegos de buenos y malos y los maniqueísmos inadmisibles. Dejemos de insultar a la inteligencia y de frivolizar. No es en modo alguno pedir lo imposible demandar que las modificaciones en el callejero dejen muy claro que no se puede homenajear a quienes combatieron los grandes principios en que se funda la democracia.

Desde más acá de la memoria, hay que clamar para que se corrijan los desequilibrios.

Como coda final, un ejemplo. Si se considera plausible que José Calvo-Sotelo, como personaje histórico brutalmente asesinado, siga formando parte de nuestro callejero, no veo motivos para negarle una calle a don Manuel Azaña, algo que no hace muchos años fue solicitado al Alcalde por el Ateneo republicano de Asturias y que fue denegado por el regidor. ¿Reconsideraría usted, don Gabino, esta inclusión, la inclusión del hombre que clamó por la paz, la piedad y el perdón?

Las caras del catalanismo, de Toni Soler en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 25 noviembre, 2007

QUÉ HAY DE LO NUESTRO

AMBIGUOS.

El topicazo número 1 en Catalunya es decir que los de CiU son unos ambiguos. Como pasa con todos los tópicos, se trata de una verdad como un templo. Y a mucha honra -diría Jordi Pujol-, que por algo al invento le llamaron Convergència, así Roca y Trias Fargas podían sentirse más o menos cómodos (cómodos del todo, jamás) flanqueando a su líder, poniendo el acento aquí y allá según convenía. CDC ha sido históricamente una alianza de catalanistas de distinto pelaje unidos por la ambigüedad, el poder y el culto a Pujol. Ahora que no mandan, ni tienen a Pujol, los convergentes siguen unidos por la dúctil argamasa catalanista, el deseo de volver al poder y el culto a Artur Mas, que en parte es arturismo sincero y en parte es la mejor manera de ningunear a Duran Lleida.

Sin embargo, ¿qué gran partido no se basa en la ambigüedad o, mejor dicho, la mixtura ideológica? En democracia, la pureza es un lujo que sólo se pueden permitir las minorías. Los que quieren gobernar necesitan ser lo bastante ambiguos para reunir mayorías de voto y, sobre todo, facilitar el pacto con las fuerzas vecinas: Gobernar, a malas, con quien sea. CiU podría pactar con ERC y con el PSC. El PSC gobierna con Esquerra pero podría hacerlo con CiU. Esquerra, para qué contarles. La casa gran de Artur Mas no es una masía en mitad del campo, sino una casa adosada en una urbanización de cases grans posibles: la del catalanismo, la del centroderecha, la constitucional, la soberanista, y la única que realmente existe: la de la izquierda tripartita.

CiU es ambigua, sí, porque el centro de gravedad de su electorado también lo es. CiU vol i dol, pero el catalanismo también. CiU es autonomista en los entremeses, y soberanista después de un par de chupitos. CiU, en suma, representa a la perfección los miedos y los sueños del catalanismo de hoy.

DOS CARAS.

Mientras Artur Mas saca a relucir la versión buen rollo del proyecto convergente, la versión que suma, integra y proyecta voluntades, David Madí ha puesto por escrito el lado avinagrado y resentido de CDC en su libro Democràcia a sang freda. Es curioso como en las mismas páginas se puede mostrar tanta fascinación por la política y, a la vez, presentarla como una pocilga llena de trapos sucios, puñaladas traperas y un desfile de mediocres sin convicción ni escrúpulos.

Como profesional de los medios, el pasaje que más me ha llamado la atención es este: “Dels mitjans, em va sorprendre el fet de ser capaç de transmetre el que tu vols, la frivolitat de la professió i la capacitat per fer córrer rumors i notícies falses. No només perquè n´he fet córrer quan m´ha convingut, sino perquè els he patit”. No dudo de que la intoxicación sea una práctica general en la relación entre políticos y periodistas, pero sorprende la desenvuelta franqueza de Madí, que con esta afirmación ha hecho simultáneamente una demostración de sinceridad y de cinismo.

EL PRECIO.

En los ochenta, el catalanismo pujolista era unitario, autonomista y pedagógico; hoy en día, el catalanismo es dual, cabreado y con tendencia al soberanismo. Todo esto ocurre mientras el ADN histórico del país, su idioma, retrocede de forma evidente por la presión de la inmigración y la globalización. Para algunos, la situación del catalán revela que la llamada ola soberanista es un espejismo; para otros, demuestra que el catalanismo ha superado la barrera idiomática. A lo mejor podemos seguir los pasos de Irlanda, Escocia o Euskadi, que han deslindado identidad e idioma. Puede ser que, sin el “inconveniente” del catalán, muchos castellanohablantes emprenyats con España, pero temerosos del maximalismo lingüístico, se unieran al carro soberanista. Pero si el precio de la soberanía es el idioma, ¿quién, en este país de sentimentales, se atreverá a pagarlo?

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Ciudadano de utopía, de Fabián Estapé en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 25 noviembre, 2007

CIUDADANO DE UTOPÍA

Supongo convendrán conmigo la existencia de personas -finalmente convertidas en personajes- que marcan con el sendero de su vida una guía; ideologías al margen, brindan una percha de la cual sostenerse. Existen muchos motivos que incluso tangencialmente me limitan los juicios de valor que siempre pretendo en estas páginas. Pero diciendo lo que creo, debo señalar que siento como propia la persona de este varón, con sus 93 años, en pleno uso de unas facultades mentales singulares.

Ahí, en Gregorio López Raimundo, converge una vida plena y comprometida con una causa. Veamos un currículum sucinto: en 1934 inició su militancia en las Juventudes Socialistas; ya en el crucial año de 1936 participó en la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas y se afilió a la formación política que abrazó hasta el final de sus días. En los años de la Guerra Incivil fue comisario político en el Frente de Aragón, donde se frustraron tantas esperanzas. Ya en abril de 1939, sin abandonar su labor de militante, se exilió. En el año 1947 retornó clandestinamente consagrándose a las tareas de organización y auge del PSUC. En 1951 cae en las redes de la policía y es condenado a pena de cárcel. En 1956 fue designado máximo responsable del PSUC y en 1965 fue elegido secretario general de su partido. El final de la dictadura facilita no sólo ser proclamado presidente del PSUC, sino que en las elecciones generales del 15 de junio de 1977 fuera elegido diputado por Barcelona, lo que se repite en las elecciones del 1979 y 1982.

Después de una vida tan agitada, Gregorio López Raimundo se retira de la política en 1985, pero conservando siempre una fidelidad sin mácula a aquellos principios que defendió a ultranza y conservando una sensibilidad extrema ante los anhelos de los estudiantes.

UNA EXPERIENCIA

Hoy es un buen momento para señalar que siempre he sabido dónde andaba Gregorio López Raimundo. De manera más acusada cuando recibía lecciones -con exquisita educación- y a través de ellas podía asimilar sus ideales. Quiero recordar una experiencia inmejorable que tuve por espacio de casi dos años, mientras participaba en el espacio radiofónico dirigido por Josep Cuní y en el cual, gracias a una iniciativa que pudiera parecer fuera de tono -pero que personalmente me satisfizo- compartí mesa con Teresa Pàmies (vean las Lliçons d´economia recreativa, publicadas a instancias de Xavier Folch). En esas sesiones de los miércoles supe advertir una y otra vez la muy dura regla que se seguía en el hogar de López Raimundo. Todavía conservo el testimonio de la estructura moral de este hombre que llegó a rechazar -parece un chiste- que se convirtiera la presentación del primer volumen de sus memorias en una especie de homenaje. He releído estos días las Lliçons d´economía recreativa y en cada intervención surge una muestra más de la que llamo moral de ejercicio.

Hay un libro que me gusta hojear a menudo; se trata del breve texto La nostra utopía; cuyo contenido, escrito por Francesc Roca, profesor titular de Política Económica (merecía ser más), responde plenamente a la visión y descripción de una quimera. Que tenga en cuenta mi discípulo y amigo Francesc que en esa señalada utopía ha tenido y tendrá siempre un lugar preeminente Gregorio López Raimundo.

Fabián Estapé. Economista.

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