Reggio’s Weblog

El segundo chiste del caballo, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Octubre 5th, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Tiene gracia. Escupes al cielo y el cielo te devuelve la bromita con 14 años de intervalo.

Una de mis cartas de octubre del 94 se titulaba El chiste del caballo y su propósito era defender el liderazgo de Aznar frente a la propaganda del Gobierno felipista, coordinada por el malvado Rubalcaba, que le presentaba como un dirigente débil y risible incapaz de ganar unas elecciones.

Pues bien, el otro día el malvado Rubalcaba, de nuevo en el Olimpo del poder, interrumpe sus cuitas sobre cayucos y comandos y, en aras de presentarme a Rajoy como un dirigente débil y risible, incapaz de ganar unas elecciones, va y me dice:

- Oye, ¿tú te sabes el chiste del caballo?

Por un momento pensé que me iba a contar el mismo chiste, rebotándomelo así desde algún pliegue calcáreo de su concha de galápago. Pero no, su historia era distinta de la mía y dejo a los lectores el veredicto sobre cual de las dos tiene más gracia o se ajusta mejor a la realidad.

El primer chiste del caballo trataba de un grupo de asiduos a una tertulia hípica que queda literalmente en vilo el día que uno de sus miembros llega cantando las excelencias de su nueva adquisición: «¡Qué suerte he tenido con este nuevo caballo! Un caballo que igual te sirve para correr en el hipódromo que para los concursos de salto. ¡Y menuda estampa tiene para salir de paseo! Lo engancho al arado y no veas cómo tira. Cuando yo me voy, sabe cómo vigilar la casa. Incluso ha aprendido ya a decir unas palabras».

Al cabo de una exaltación tan encendida y entusiasta de las habilidades del caballo, uno de los presentes se interesa en comprarlo. El propietario se resiste un poco -«No vendería este caballo ni por todo el oro del mundo»-, pero cuando la oferta sube termina por ceder, alegando con tristeza que necesita el dinero.

Una semana después el nuevo dueño del caballo llega a la tertulia echando humo por las orejas: «¡Menuda porquería de caballo! Es el más lento del hipódromo, no salta una valla ni aunque lo lleves en brazos, es tan desgarbado que parece un dromedario… No he visto un jamelgo más vago, ni un bicho más tonto. Se me mete en la casa y deja el suelo perdido, tiene ladillas, ronca por las noches…».

Como quiera que la cascada de vituperios no parecía que fuera a tener fin, el anterior propietario se siente obligado a intervenir y le dice a su airado sucesor: «Sí, tú sigue hablando mal del caballo, y a ver cómo lo vendes…».

Mi moraleja iba dirigida a atajar el masoquismo con que el centroderecha seguía cayendo en la trampa de la propaganda felipista que, gracias a su apabullante superioridad mediática, lograba trasladar el foco del debate desde los desmanes de toda índole amparados por el jefe del Gobierno que unos pocos investigábamos a los defectos del líder de la oposición, ya se llamara Fraga, Herrero de Miñón, Hernández Mancha o Aznar, que todos los demás jaleaban.

Sí, era cierto, Aznar era bajito, tenía bigote, sonreía mal y se expresaba regular. Luego, en el poder, crecería varios centímetros al año hasta alcanzar una altura de pívot de baloncesto y su voz se volvería melodiosa y subyugante como la de los oradores clásicos, pero en el 94, después de sus dos derrotas electorales frente a González, el problema de su mala imagen parecía irresoluble. «¿Qué hacer entonces?», me preguntaba yo retóricamente. «¿Esperar a que Pedro Arriola descubra una poción mágica que transfigure al aspirante justo en el momento en que las cámaras lo enfoquen o ponerse a buscar por todo el reino a alguien a la medida del zapatito de cristal televisivo?». No, «porque eso sería confundir la política con los cuentos de hadas». Mi receta era la de Anguita: «Programa, programa, programa».

Aquel artículo terminaba con una reflexión que algunos lectores de EL MUNDO han hecho ahora suya, en protesta por las críticas que dirigimos a Rajoy durante el periodo comprendido entre el 9-M y el Congreso de Valencia: «Cuando de lo que se trata es de dejar atrás el puerto de Arrebatacapas con la menor dilación posible, no cabe mayor tontería que ponerse a discutir sobre las características del único caballo disponible».

Al margen del hecho de que 14 años después la estrategia del partido y el coaching del candidato continúen en manos del mismo Arriola da una cierta idea de la esclerosis intelectual que embarga al PP, es obvio que entre aquella situación y la de ahora hay importantes diferencias, pero también serias similitudes. El Gobierno de Zapatero no tiene sobre sus espaldas ningún crimen de Estado ni casos de corrupción graves y, sin embargo, en amplios sectores de la sociedad española cunde la sensación de que, por su frivolidad e incompetencia, constituye un mal que habría que lograr atajar cuanto antes.

La segunda derrota de Rajoy -sin la espectacular trayectoria ascendente del resultado de Aznar en el 93- propició una ocasión idónea para que la oposición hubiera cambiado de caballo en un proceso abierto a la americana. Pero los posibles candidatos se achantaron, las bases fueron ignoradas y los barones territoriales prefirieron la continuidad a la aventura. Ese dilema ha quedado como mínimo aparcado hasta después de las elecciones europeas y Rajoy sigue siendo el mismo hombre honrado, cabal, ingenioso y sensato, aunque falto de brío y carisma, que por dos veces hemos apoyado como aspirante a La Moncloa.

Si la negociación con ETA y el disparate del Estatuto de Cataluña ya nos permitieron comprobar en la pasada legislatura cuáles eran los riesgos de estar gobernados por un aprendiz de brujo como Zapatero, su actitud ante la crisis económica -pasando del negacionismo a la búsqueda de la confrontación- está terminando de poner en evidencia que la alternancia en el poder será pronto condición sine qua non para enderezar el mal rumbo de nuestra democracia.

A menos que suceda algo muy improbable estamos a más de tres años de esa encrucijada, pero comprendo que sólo la hipótesis de un tercer triunfo electoral de Zapatero produzca ya sudores fríos en muchas frentes sensatas. ¿Ha llegado por lo tanto el momento de volver a cerrar filas y empezar a vertebrar una alternativa de regeneración y cambio a partir del «único caballo disponible»? ¿Pero es Rajoy el «único caballo disponible»?

Antes de responder a estas preguntas, escuchemos el chiste de Rubalcaba:

Resulta que en la celda de los condenados a muerte se monta una gran algarabía porque uno de ellos ha logrado ser escuchado in extremis por el Emperador y ha obtenido el aplazamiento de su ejecución durante un año. «¿Y cómo lo has conseguido?», le preguntan admirados los demás reos. «Muy sencillo -responde el fulano-, le he dicho al Emperador que, si me daba ese plazo, yo le enseñaría a hablar a su caballo».

«¡Pero tú estás loco! Sabes que eso es imposible. Cuando el Emperador se dé cuenta de que le has tomado el pelo montará en cólera. Tendrás una muerte terrible. Serás torturado. Te cocerán a fuego lento…». El fulano escucha imperturbable las recriminaciones de la parroquia y al cabo de un rato explica sus cálculos: «Sí, todo eso es verdad. Pero, mira, en un año se puede morir el Emperador y entonces su hijo decretará una amnistía… En un año puede producirse un terremoto que derribe las paredes de esta cárcel y todos nos escaparemos cómodamente… Oye y, en el peor de los casos, quién te dice a ti que, de aquí a un año, al jodido caballo no le dé por hablar…».

Según el malvado Rubalcaba ésa es la mentalidad con la que Rajoy está afrontando su reválida como líder de la oposición. Puesto que mientras hay vida hay esperanza, confía en que el hundimiento de la confianza en Zapatero, el extremado deterioro de la situación económica o un inimaginable golpe de suerte provoquen un vuelco en el electorado y le lleven contra todo pronóstico a La Moncloa. El propio líder del PP parecía corroborar esa tesis cuando hace dos semanas le confesaba a la incisiva Mercedes Ibaibarriaga, durante la entrevista doméstica que le hizo para nuestro MAGAZINE, que él va a llegar a presidente del Gobierno, «aunque no se lo cree casi nadie».

No deja de ser lógico que el propio Zapatero sea quien encabece esa larga lista de marianoescépticos, pero el caso es que lo hace no sólo por obligación sino también con devoción. Para el actual inquilino de La Moncloa es poco menos que un imposible metafísico que Rajoy pueda llegar a sucederle. Es más, está convencido de que si nada altera durante la legislatura el desenlace del Congreso de Valencia, tiene prácticamente garantizado un tercer mandato en el caso de que decida volver a presentarse. Y eso al margen de cuál sea la profundidad de la crisis y el calendario de la recuperación: «Con ese candidato el PP no me ganará nunca».

El envés de esa moneda es el profundo desdén que Rajoy siente por Zapatero. Lo considera un simpático profesional que va por la vida de ocurrencia en ocurrencia, sin proyecto para España ni profundidad alguna sobre nada. No le inspira el menor respeto como político ni la más leve confianza como persona: «En la vida hay que ser serios y este tío no lo es».

Son como el agua y el aceite. Entre ellos no existe química alguna, lo que reproduce así la mala relación entre González y Aznar o entre Aznar y el propio Zapatero. Sólo Adolfo Suárez tuvo la suficiente generosidad política para convertir al líder de la oposición en parte de su proyecto de Gobierno. Ahora se da la paradoja de que el máximo predicador de la democracia deliberativa, el diálogo y el talante ya ha pasado a la historia como el presidente que cambió por su cuenta y riesgo las reglas del juego con un Estatuto de Cataluña no consensuado y trató de pactar con ETA por su cuenta y riesgo. Sólo le falta completar el tres en raya, pretendiendo afrontar una recesión como ésta no ya de espaldas a media España, sino en contra de ella.

Las pullas gratuitas y pueriles que se han cruzado durante los últimos días indican que ninguno de los dos interlocutores parece ser consciente de la trascendencia que tiene su próximo encuentro. Un gran acuerdo en torno a un programa ambicioso de medidas presupuestarias, financieras y tributarias que restableciera el crédito, contuviera la destrucción de empleo y acelerara la recuperación tendría un efecto balsámico sobre la aturdida y acoquinada sociedad española. Si por el contrario todo se reduce al ritual fotográfico de rigor y la certificación de las tópicas discrepancias, habrán hecho un pan como unas tortas porque el desánimo cundirá en mucha mayor medida que si no se hubieran reunido.

Zapatero ha tenido que cambiar de guión a la vista de la actitud de colaboración entre Bush, Obama y McCain, pero tanto su partido como el PP se encuentran más a gusto en el papel de los congresistas que rompieron el lunes el acuerdo para poder seguir tirándose más cómodamente los trastos a la cabeza -que si la culpa es de tus desregulaciones y tus tiburones financieros, que si tú lo que pretendes es seguir despilfarrando y subirnos a todos los impuestos- que de los que repararon el daño el viernes.

Al final la gravedad de la situación ha obligado a las dos cámaras norteamericanas a pasar por el aro de un plan de rescate tan discutible en sus fundamentos ideológicos como práctico en sus efectos inmediatos. Si eso tranquiliza a los mercados el efecto dominó será inevitable y en España también habrá que negociar algo así. Será la hora de la responsabilidad y el momento de vincular las enseñanzas de los dos chistes del caballo.

Porque si el primero nos advierte que lo mejor es enemigo de lo bueno y no siempre estamos en condiciones de elegir el cuadrúpedo con el que nos toca arar, el segundo nos invita a creer en los milagros, siempre y cuando hagamos algo para que se produzcan. Porque a día de hoy tanto la estatua del Emperador como las paredes de la cárcel se han agrietado mucho más rápidamente de lo que ni el confiado dueño del palacio ni su voluntarista prisionero hubieran podido sospechar, pero la intensidad del seísmo que se está engendrando será tal que ambos llevan camino de quedar enterrados por igual entre los cascotes. Por eso no les queda otra que apañárselas como quieran para conseguir entre los dos que el caballo logre hablar.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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La esquizofrenia de Creonte, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Derechos, Política by reggio en Septiembre 28th, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Me envía Maite Pagaza la película que acaba de presentar la Fundación Víctimas del Terrorismo, instándome a que la vea con el señuelo de que «sólo dura 14 minutos». Hacía tiempo que no empleaba tan bien un cuarto de hora y no se arrepentirán si, siguiendo mi consejo, aprovechan el enlace que mantendremos activo durante las jornadas de hoy y mañana en la portada de nuestra edición electrónica (www.elmundo.es).

Se titula Las Voces de Antígona y consiste en la reconstrucción del mito de la heroína de Sófocles que al enterrar el cadáver de su hermano Polinices desafía y desobedece el decreto del dictador de Tebas, Creonte, que ordenaba que permaneciera insepulto por no haber sido «un buen patriota». La peculiaridad del cortometraje reside en que cada uno de los episodios de la tragedia clásica aparece ilustrado por el relato de una Antígona contemporánea, hasta sumar una decena de testimonios que cruzan las fronteras de las ideologías, las generaciones e incluso las referencias étnicas y culturales.

Así, la memoria de Ana María Vidal Abarca, viuda de un comandante asesinado por ETA en el 80, sirve para recordar el ostracismo emocional, la clandestinidad en el dolor, al que la comunidad nacionalista, con la complicidad de la Iglesia vasca, condenaba en aquellos años a las familias de las víctimas, como si la colaboración de los ejecutados por la banda con el supuesto opresor atávico de la polis euskalduna las hiciera merecedoras, en palabras de Creonte, del castigo adicional de «ver el cadáver devorado y maltratado por aves rapaces y por perros».

Así, la anécdota de Cristina Cuesta sobre los dueños de la cafetería guipuzcoana que, tras el asesinato de su padre -delegado de Telefónica en la zona-, le sugirieron a ella y sus amigas que tomaran la cerveza en otro sitio porque habían recibido amenazas por tenerlas como clientes, viene a reconstruir la cobardía moral de Ismene, la hermana de Antígona que se declara paralizada por el miedo, «incapaz de actuar y oponer resistencia» a la autoridad porque «el realizar acciones superiores a las posibilidades de uno no tiene sentido alguno».

Así, la denuncia de Natividad Rodríguez, viuda del dirigente socialista Fernando Buesa, describiendo cómo en los días posteriores al crimen brotaban a su paso pintadas de tinta roja con el «ETA, ¡mátalos!», pone en evidencia que la obsesión de todo totalitarismo -como el que practicaban quienes instaban a Creonte a adoptar las medidas más extremas contra los «traidores» a su concepción integrista de Tebas- es perseguir a sus enemigos más allá de la propia muerte.

Así, la firme entereza de Aisha Mohamed, viuda de un policía nacional de origen magrebí («Nos tienen que oír»), Pilar Ruiz, madre de Joseba Pagaza («Que el grito de libertad de mi hijo llegue al mundo»), o Pilar Elías, obligada a vivir en el mismo inmueble que el asesino de su marido Ramón Baglieto («No nos van a callar»), al declararse dispuestas a seguir reivindicando la memoria de sus deudos, permite constatar que 26 siglos después, la insumisión, la valerosa rebeldía ante la injusticia siguen respondiendo a la llamada de la sangre desde lo más hondo y noble del corazón humano con la misma indesmayable convicción que llevó a la heroína de Sófocles a cumplir con su destino.

Son, en efecto, las «voces de Antígona». Voces de mujer como las de Teresa Jiménez-Becerril o Irene Villa, como las de María San Gil o Rosa Díez, como las de la propia Maite Pagaza o la hermana de Miguel Angel Blanco. Voces que emocionan y enardecen. Voces que turban la mirada, quiebran el aliento y te hielan el alma. Ninguna ley de igualdad logrará que los sentimientos de un varón produzcan similares grados de empatía. Es el grito profundo de la especie, es el ansia de perpetuación y trascendencia, es el instinto de conservación del ser humano clamando desde el útero de las entrañas de la Tierra.

Hegel definió esta tragedia como «la más sublime de todos los tiempos». Antígona se resigna a ser castigada con la peor de las penas -el enterramiento en una gruta tapiada con apenas un poco de comida- por haber transgredido un código cruel y absurdo, sectario y maniqueo: «Sin haber conocido el tálamo, sin haber escuchado los cantos de mi boda, sin haber obtenido asignación de matrimonio alguno ni de una criatura infantil… me encamino viva a las profundidades de los muertos». Bertolt Brecht y Jean Anouilh, Salvador Espriu y María Zambrano, Carl Orff y Rolf Hochhuth son algunos de los últimos grandes creadores subyugados por la dimensión de ese sacrificio. Ni siquiera Zapatero, con ayuda de Zerolo, podrá conseguir que la palabra mater signifique nunca algo distinto de aquello a lo que renuncia Antígona.

He querido encontrar alguna forma especial de dejar constancia de mi aplauso, reconocimiento y admiración hacia el brillante guión y la sobria locución de Felipe Hernández Cava -colaborador habitual de nuestras páginas culturales-, hacia la inteligente realización de Pedro Arjona, hacia la emocionante música compuesta para la ocasión por Javier López de Guereña y hacia la serena eficacia con que Jorge M. Reverte ha producido esta película; y no se me ha ocurrido otra mejor que retomar la narración allí donde ellos la terminan.

La última cita de Sófocles que se escucha en la pantalla es la severa pregunta con la que el adivino Tiresias pone contra las cuerdas a Creonte: «¿Qué heroicidad hay en volver a matar al que ya está muerto?». Pero en ese mismo monólogo hay una apelación, no a la clemencia, sino a la cordura del tirano: «Recapacita, pues común a todos los hombres es equivocarse; pero después de equivocarse ya no es insensato ni desdichado quien, tras caer en esa enfermedad, procura curarse y no hacerse inflexible».

¿Pero a quién iría dirigida hoy, aquí y ahora esta recomendación? Comprendo perfectamente el significado de ese plano en el que la fachada de Ajuria Enea va cayendo como una persiana sobre el espectador que los autores de Las Voces de Antígona han incluido justo antes de la intervención de la madre de Pagaza. Para mí también es obvio que Creonte es Ibarretxe, pues no en vano su propio hijo, Hemon, le fustiga con palabras que muy bien podría haber pronunciado Josu Jon Imaz durante alguna de sus discusiones en familia: «Aquellos que piensan que sólo ellos tienen razón o que sólo ellos tienen una lengua y un alma que no tiene nadie más, aparecen vacíos si se les quita el caparazón».

Ese es el problema del nacionalismo: que debajo de su máscara tribal no hay nada consistente que justifique su razón de ser como oferta política diferenciada. Y menos en la era de la globalización, la Europa sin fronteras y la revolución de internet. Pero Ibarretxe ha recogido el martillo pilón de manos de ese viejo terrible en que se ha convertido Arzalluz y como lehendakari trata de mantener a los suyos, dale que te pego, picando piedra en la cantera, acantonados en el dogma del soberanismo. Hasta Otegi le desborda en lucidez cuando plantea que «algo estaremos haciendo mal si resulta que llevamos 100 años liberando Euskal Herria y no lo hemos conseguido».

No en vano el animal emblemático de Tebas es el mismo elegido por ETA como símbolo: la serpiente. Cualquiera diría que el Coro de ancianos de la ciudad no sólo está hablando de lo que ocurrió tras el incesto de Edipo con su madre, de la guerra civil entre sus hijos Eteocles y Polinices o de la tragedia que se cierne ahora tanto sobre Antígona como sobre su verdugo, sino también del espanto recurrente que una y otra vez se apodera del espacio político y social en el País Vasco que conocemos: «A aquellos cuya morada sea sacudida por el dios no les falta desastre alguno, sino que éste les persigue durante un sinfín de generaciones. Desde la fundación de la casa están recayendo penalidades sobre penalidades y no consigue librar de ellas una generación a la siguiente».

El Coro identifica el origen de sus males con «el funesto carcoma de los dioses infernales» -o sea la hubris, o sea la arrogancia- y explica muy bien la dinámica que desencadena la violencia más extrema: «Es igual que el oleaje del mar que cuando, impulsado por los airados vientos tracios, invade el oscuro fondo submarino, remolinea desde las profundidades la negruzca arena y hace que rujan con estruendo los acantilados azotados por los vientos y los embates de las olas». Se habla mucho del árbol y las nueces, pero desde que llegó a Ajuria Enea ni un solo día ha dejado Ibarretxe de «impulsar los airados vientos tracios», destinados a remover «la negruzca arena» del agravio imaginario y el victimismo irredentista que sirven de caldo de cultivo al «estruendo» de las pistolas.

Sólo el coraje de Antígona, invocando principios superiores a sus leyes arbitrarias, y la denuncia de Tiresias, símbolo del compromiso del intelectual en el proceso de formación de la opinión pública, hacen tambalearse el mundo fanático de Creonte. Su primera reacción es considerar que la una es una loca peligrosa que amenaza el principio de autoridad y el otro, un mensajero venal que trafica con sus pronósticos. Pero cuando ellos, como estas mujeres admirables que velan por la memoria, dignidad y justicia debidas a las víctimas del terrorismo, o los escritores y activistas que las respaldan no dan un solo paso atrás ni siquiera ante el riesgo de la muerte, Creonte empieza a sentirse corroído por la duda.

Es el momento de su esquizofrenia. Pasa de un confortable sistema monolítico en el que el ejercicio del poder es algo lineal y consecuente a un incómodo dualismo en el que las palabras se neutralizan entre sí y los hechos se contradicen unos a otros. En ésas está ahora Ibarretxe, homenajeando a las víctimas y dando a la vez hilo a la cometa de sus verdugos.

«Por eso tengo mi alma con mucha desazón», dice Creonte intuyendo la que se le puede venir encima. «Pues el ceder es cosa espantosa, pero a su vez enfrentarme y lastimar así mi coraje con un desastre entra también en la categoría de lo espantoso».

Entonces Sófocles introduce en la tragedia un golpe de efecto que parece anticipar los juegos de enredo de la commedia dell’arte. Viendo la nueva disposición del dictador, el Corifeo le da un doble consejo con tintes perentorios: «Ve allá y saca a la muchacha del cobertizo subterráneo y dispón sepultura para el cadáver que yace a la vista de todos». Creonte se resiste pero termina accediendo porque «no se debe en modo alguno sostener un combate condenado al fracaso». Lo que ocurre es que aplica los remedios en el orden inverso al que le han recomendado: primero entierra a Polinices y cuando se dirige a liberar a Antígona recibe la noticia de que ella ya se ha inmolado en el altar del cautiverio al que le ha llevado su trágico deber. La catarsis se reproduce en cadena cuando el hijo del tirano, Hemon, y su madre Eurídice optan por el mismo camino del suicidio. La hecatombe aplasta a Creonte. Además de malvados, los fanáticos suelen ser bastante tontos.

No es otra la sensación que produce la imagen de Ibarretxe acudiendo inesperadamente al primer homenaje que se rendía en el Parlamento vasco a un militar asesinado por ETA y dando el pésame al jefe del acuartelamiento de Araca y a los demás compañeros del brigada Conde, para reincorporarse de inmediato a la ridícula tarea de mantener en pie, con respiración asistida, un plan desquiciado que implica la expulsión de ese Ejército de ocupación del País Vasco; un plan que, como mínimo, sirve de coartada moral y aliento a quienes están preparando ya la bomba que matará a la siguiente persona uniformada. El lehendakari debería hacer exactamente lo contrario porque en este caso el orden de factores sí altera el producto: primero, desactivar esa bomba, quitándole la espoleta soberanista; luego, contribuir al rito mortuorio con su pésame en versión rostro de espátula.

Creonte únicamente se viene abajo cuando esa «funesta carcoma de los dioses infernales» no sólo se lleva por delante a su empecinada antagonista, sino también a sus seres más queridos: «¡Ay, yerros de mis mentes demenciales, intransigentes, mortales! ¡Oh vosotros que contempláis a los asesinos y las víctimas entre sí emparentados! ¡Ay de mí, qué cosas más desdichadas las decisiones que tomé!».

Si ETA hubiera llegado a consumar la sádica matanza de ertzainas que perpetró en Ondarroa, atrayendo a los agentes autonómicos con cócteles molotov hacia el lugar en el que iba a estallar el coche bomba, ahora veríamos a Ibarretxe dándose de golpes en la pared, tirándose de sus últimos cabellos y entonando esta palinodia. Y si no saliera de él, no faltaría en el Euskadi Buru Batzar quien le escribiría tal guión. No digamos nada si el asesinado fuera un día un jerifalte del propio PNV.

Todos saben que así que pasen otros 100 años la farsa de su independentismo de chapela sólo seguirá engendrando dolor y muerte, pero al único que se atrevió a insinuarlo en público lo condenaron primero al exilio y luego a una precoz jubilación dorada. Las voces de Antígona taladran ya sus tímpanos, pero en lugar de actuar en consecuencia estos tozudos jelkides se limitan a tratar de cubrir las apariencias.

Lo que Sófocles les advierte es que siempre llega un momento en el que todo se precipita. «La intransigencia es con mucho la más grande calamidad que asedia al hombre», concluye el Mensajero que comunica al tirano los desastres por él desencadenados. «Llevadme fuera de aquí, a mí, que más que un miserable soy uno que ya no existe», suplica Creonte tratando de inspirar en vano esa compasión ante el sufrimiento que él sólo supo expresar tarde, mal y nunca. El Coro sentencia entonces que «los razonamientos inmoderados de los arrogantes tienen como castigo golpes inmoderados» y la oscuridad y el silencio de los siglos vuelven a adueñarse del teatro griego de la vida.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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El guillotinado que murió feliz, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Septiembre 21st, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Cuando Zapatero compareció inesperadamente ante la prensa el martes por la tarde en uno de los salones del Congreso no para anunciar ninguna nueva medida de política económica sino para expresar su mal disimulada satisfacción ante el hecho de que «ya nadie puede negar que la crisis tiene su origen en los Estados Unidos», no pude por menos que recordar el genio y la figura del diputado Jean Baptiste Salle cuando iba a ser guillotinado el 19 de junio de 1794 en Burdeos.

Vaya por delante que siempre he admirado a los llamados «girondinos» tanto por el racionalismo de sus actitudes políticas como por el espíritu estoico con que afrontaron la muerte en el cadalso. Algo aplicable por igual a los ejecutados en París tras el simulacro de juicio por el Tribunal Revolucionario como a los que optaron por ocultarse tras la proscripción y fueron capturados más adelante. Fue precisamente en su escondite donde Condorcet escribió sin un solo libro de documentación su obra más ambiciosa: Esbozo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano. Eso sí que era ponerle al mal tiempo buena cara.

El caso de Salle -diputado por el departamento de la Meurthe- fue de los más azarosos pues, tras intentar en vano formar un ejército digno de tal nombre para marchar contra los jacobinos desde Bretaña, prosiguió la huida en barco junto a un grupo de correligionarios del que formaba parte nuestro abate Marchena. Desembarcó cerca de Burdeos y terminó escondido en un hueco oculto bajo el granero de la casa que el padre de otro diputado prófugo, Elie Guadet, tenía en el vinícola pueblo de Saint Emilion, a la sazón rebautizado por los vencedores del golpe de Estado contra una parte de la Convención como Emilion-la Montagne.

Salle tuvo tiempo de escribir en ese zulo una obra de teatro en elogio de la asesina de Marat Carlota Corday y estaba emprendiendo otra sobre la entrada de su detestado Danton en el infierno, «tenant avec lui sa tête entre ses bras», cuando Guadet y él fueron descubiertos y enviados al cadalso. Sólo le dejaron pergeñar una carta de despedida a su mujer en la que le contaba cómo había intentado suicidarse, pero la pólvora de su pistola estaba en malas condiciones, y cómo subiría «con tranquilidad» los peldaños del patíbulo.

No sólo cumplió esa promesa sino que, cuando iba a caer sobre su cuello la hoja fatídica de la guillotina, el mecanismo se atascó y ello dio lugar a esa inaudita situación cuyo relato no puede dejar indiferente a nadie. Comoquiera que el verdugo no terminara de entender cuál era el problema e incluso hiciera amago de resolverlo erróneamente, Salle que -fiel al espíritu de la época- aunaba la afición a la mecánica con el amor a la filosofía, se incorporó y explicó tanto lo que fallaba en el sistema de poleas y contrapesos como la manera de arreglarlo. Luego volvió a meter la cabeza en la ventanilla y aguardó su último afeitado con una beatífica expresión. Era la satisfacción de comprobar cómo los hechos le daban la razón, de acuerdo con el principio panglossiano de que «siendo éste el mejor de los mundos posibles… todo problema tiene su correspondiente solución».

Salle creía haber rendido así un último servicio a la Humanidad, demostrando la superioridad de su método analítico sobre el tosco empirismo del verdugo. Equivalente fue la irreprimible alegría de nuestro jefe de Gobierno al ver avalada por los descalabros de Wall Street su tesis de que nuestras agonías son producto de la desregulación de los mercados durante la Administración Bush. Se trata del haz de una moneda en cuyo envés yo colocaría la declaración del nieto de uno de los comunistas fusilados por la propia República, tal y como aparecía recogida el pasado domingo en Crónica: «A nuestra familia no nos queda ni el consuelo de que fuera ejecutado por Franco como el resto de los republicanos». Sí, sí… han leído ustedes bien: el tipo dijo «consuelo».

Como Esperanza Aguirre, yo también me rebelo frente a ese relativismo que en definitiva supedita la valoración de los efectos a una interpretación maniquea de las causas. Siempre he pensado que existe una ética de la objetividad como baremo para interpretar lo que nos pasa. Por muy subjetivos que sean los caminos para acercarnos a los hechos, una ejecución extrajudicial siempre será un crimen execrable independientemente de cuál sea la coartada ideológica del bando que la cometa, y las consecuencias de un seísmo financiero resultarán igualmente nefastos para la economía independientemente de que tenga uno o varios epicentros y de dónde estén situados.

Distinguir entre un asesino malo (Franco) y un asesino bueno (la República), entre una recesión originada por el capitalismo salvaje norteamericano y una recesión fruto del empeño de un gobierno de izquierdas en fomentar el acceso del mayor número posible de españoles a la propiedad de la vivienda, linda entre lo patético y lo estéril. Puede haber familias con ese grado de fanatismo, pero no creo que para la viuda y los hijos de Jean Baptiste Salle fuera ningún alivio saber que la víctima le había enseñado al verdugo cuál era la mejor forma de ejecutarle. Y menos aún que hubiera demostrado a la vociferante concurrencia que era él quien sabía cómo funcionaba la guadaña.

Cuando veo a Raúl Rivero, rescatado de las cárceles castristas, a menudo pienso en nuestro colega el difunto Jacobo Timmerman -cordial e irónico como él-, rescatado de las cárceles de Videla. Un periodista en prisión es un periodista en prisión al margen del color de los barrotes de su celda. El sufrimiento humano siempre es eso: sufrimiento.

Por eso la memoria histórica de una nación no debe ser nunca selectiva. En todo caso el filósofo, el sociólogo y el historiador podrán centrarse en el debate de las causas remotas de las cosas, pero el gobernante no tiene derecho a perderse por esos cerros de Ubeda más allá de lo imprescindible para emitir un diagnóstico y aplicar el remedio. Su misión no consiste en demostrar su superioridad dialéctica sobre la oposición o la prensa crítica, sino en resolver los problemas de la gente.

A quienes han perdido su empleo, a quienes no pueden pagar la hipoteca y llegar a fin de mes, a quienes han visto volatilizarse una parte importante de sus ahorros invertidos en la Bolsa, les importa bien poco que la culpa sea de Bush, de Trichet o de Solbes. Lo que quieren es recuperar cuanto antes su situación anterior y no pueden mirar hacia otro sitio sino hacia el Gobierno del país en el que viven y pagan sus impuestos.

La satisfacción con que en los sedicentes círculos progresistas se han acogido esta semana las catástrofes de Wall Street es equiparable a la exaltación de los valores militares por parte del oficial que solicita y logra mandar su propio pelotón de fusilamiento. ¿De qué le serviría a Zapatero grabar en su lápida «yo estaba en lo cierto» si su falta de respuestas a la crisis le sepulta en una tumba de impopularidad y desprestigio de la que no pueda levantarse nunca?

No seré yo quien celebre que eso ocurra si es a costa del hundimiento previo de toda expectativa de bienestar para los españoles. Jugar al «cuanto peor, mejor porque antes se marchará este tío» es tan inútil como conformarse con poder echarle la culpa de tus males al adversario. Y encima en ambos casos la estimación es falsa. Ni Zapatero caerá antes del fin de la legislatura por muy mal que vaya todo, ni esa atribución monolítica del origen de nuestra gangrena económica a los tumores detectados en Wall Street responde a la verdad.

La explicación profunda de lo que está ocurriendo la han dado al alimón el Papa y el Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Se resume en una palabra tan vieja como la condición humana: codicia. Gandhi explicaba en un sonoro pareado que la Tierra proporciona recursos suficientes para satisfacer cualquier necesidad básica de sus habitantes (need), pero siempre se quedará corta a la hora de afrontar su codicia (greed).

El problema de fondo es que para extirpar un mal inherente a la esencia de la especie no basta con catalogarlo entre otros pecados capitales igualmente tentadores. La percepción generalizada en nuestra sociedad es la que el guión de la premonitoria película Wall Street ponía en boca de uno de sus autodenominados «amos del universo»: «La cuestión es, señoras y señores, que, a falta de una palabra mejor, la codicia es buena. La codicia está bien. La codicia funciona».

Lo que ocurre es que, aunque en cada transacción individual siempre que hay alguien que gana hay alguien que pierde, cuando hablamos de las consecuencias del funcionamiento del mercado en su conjunto puede suceder que la resultante final sea la prosperidad general o la ruina colectiva. Por eso hacen falta leyes, límites y regulaciones que estimulen el buen uso de la libertad económica. Si decimos que el Estado no debe ser juez y parte de la vida económica es porque le atribuimos un importante papel arbitral contra los monopolios, el dumping, la información privilegiada o el empaquetado de productos financieros tóxicos.

Sólo en momentos de emergencia como éstos puede y debe abandonar su neutralidad. Hasta los liberales más doctrinarios reconocen que el Estado tiene como finalidad la preservación no sólo de la vida sino también de la hacienda de los ciudadanos, y hoy en día esto hay que entenderlo como algo más que la protección frente al robo a mano armada.

Claro que el Gobierno norteamericano debió impedir que los bancos y aseguradoras concedieran hipotecas basura y las revendieran con ingenio y habilidad dignos de mucha mejor causa. Pero por la misma regla de tres el Gobierno español debió impedir que los bancos españoles, y no digamos nada las archipolitizadas Cajas, concentraran sus riesgos en el sector inmobiliario, otorgaran préstamos basados en la ficción de que el valor de las viviendas seguiría subiendo eternamente y encima se financiaran en tan gran medida con ahorro exterior.

Que el Reino de España no haya podido colocar una emisión de deuda pública este verano y que el diferencial con el que haya que retribuir a nuestros bonos sea ya de medio punto respecto a los alemanes no tiene desde luego nada que ver con la ligereza de Bush y sus neocon. Y escuchar a estas alturas a Solbes que si hubiera dependido del Banco de España los tipos habrían estado más altos en los años de bonanza y estarían ahora más bajos es como contemplar las lágrimas de Boabdil tras la pérdida de Granada: ¡Llora como ministro de Hacienda lo que no supiste defender como vicepresidente económico porque tenías instrumentos de sobra para haber compensado ese autismo del Banco Central Europeo con medidas que impidieran la formación de la descomunal burbuja inmobiliaria y encauzaran de manera distinta el ahorro de los españoles y el propio negocio bancario!

A quienes hemos tenido delante al señor Luis del Rivero con su servilleta incorporada exhibiendo el apoyo de La Moncloa para convertir su imperio del ladrillo en plataforma de asalto al BBVA, no nos puede venir ahora Zapatero con la irreprochable premisa de que el Gobierno no está para sacarles las castañas del fuego a quienes se han enriquecido de forma inconveniente para España. Lo único peor que el pirómano que se transforma en bombero -tal y como certeramente dice Rajoy que hace ahora Zapatero al incumplir el Estatut en materia de financiación- es la actitud de quien contempla indolente el avance del fuego y prefiere enzarzarse en la discusión de si su origen fue la colilla que él mismo se dejó encendida o aquel rayo del cielo que cayó sobre un rastrojo.

Cuando las llamas avanzan a la velocidad con que lo están haciendo en España -véase el paro, véase la morosidad, véase el consumo, véanse las quiebras, véase el acojone general- ya no es hora de dirimir si son galgos o podencos. Es momento de actuar y en eso sí que los Estados Unidos parecen a punto de enseñarnos el camino con un gran acuerdo nacional entre republicanos y demócratas para adoptar medidas de emergencia que devuelvan la confianza a los mercados. El liberalismo es esencialmente antidogmático y si el Estado dispone de recursos para afrontar una situación límite como ésta debe emplearlos. A quienes le reprochaban haber suspendido el habeas corpus en tiempo de guerra -encarcelar a alguien no es lo mismo que matarle-, Lincoln les contestaba que el primer objetivo de toda democracia es su propia supervivencia. Quien tanto alardea de cintura no debe reservársela para el baile de salón.

Por torpe que haya sido su formulación, eso no vuelve menos pertinente la propuesta de Díaz Ferrán de que el ICO restablezca la liquidez de los mercados garantizando o aparcando activos bancarios bajo sospecha. Pero, claro, algo así no puede hacerse a palo seco, entre otras razones porque sería sólo pan para hoy y hambre para mañana. A corto plazo será inevitable también reanimar la actividad de la construcción como única vía realista para mantener hoy por hoy la ocupación laboral. Y ayudar a quienes se encuentren colgados de la brocha de la hipoteca habiendo perdido la escalera de su puesto de trabajo.

Lo esencial será en todo caso acompañar esos balones de oxígeno con medidas estructurales que impliquen un cambio de modelo hacia bases más sanas vinculadas con la productividad y por lo tanto con la eficiencia tecnológica y la excelencia en la capacitación profesional.

Si a Zapatero le parece que su ministro y amigo Sebastián, los dirigentes del Círculo de Economía y las Cámaras de Comercio o yo mismo somos unos «nostálgicos» por propugnar unos nuevos Pactos de la Moncloa, pues que rebautice el empeño con otro nombre y diga que se le ha ocurrido a él solito mientras volvía de Turquía. Pero que, más pronto que tarde -desde luego antes de terminar de atarse las manos con un Presupuesto totalmente irrealista-, convoque a Rajoy y a los demás y orqueste un paquete consensuado de grandes remedios para los grandes males que nos afligen.

Cuando el fundamentalista y siempre divisivo Bush ha sido capaz de pedir ayuda y ofrecer un pacto a los demócratas a mes y medio de las elecciones presidenciales, ¿va a resultar aquí que el profeta de la deliberación y el buen talante no es capaz de dar su brazo a torcer y prefiere seguir utilizando una economía que se viene abajo como cuadrilátero de confrontación con el PP cuando quedan más de tres años para unas nuevas generales?

No podemos consentirlo, señor presidente, porque en la ventanilla de esta guillotina el que está no es su cuello sino el de todos nosotros.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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‘The Monkey King’, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Septiembre 14th, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Ojeaba y hojeaba indolentemente el periódico del miércoles cuando me quedé enganchado en la foto de Zapatero «en las nubes», abriendo la marcha de la recua de pelotas que le acompañaba en la subida a los Picos de Europa. Pero lo que fijó mi atención no fue ni la árida belleza del paisaje ni el enigmático rictus de felicidad pintado en el rostro del presidente, sino la implacable determinación vertical de su cayado. Tengo que preguntarle al tal Calleja, que al parecer producía el evento, si los hacen de vara de avellano o su procedencia es más exótica. El caso es que si al santo se llega por la peana, yo llegué al escalador por su cayado. Fue una revelación. ¡Cáspita, si resulta que este tío va de Sun Wukong!

¿Sun Wu qué? Nadie mínimamente familiarizado con la cultura china me haría esa pregunta. Es como decirle a un español: «¿Don Qui qué?». Pues Don Quijote, claro. Pues Sun Wukong, claro.

Estamos hablando del protagonista de Viaje al Oeste, una deslumbrante novela de aventuras de más de 2.000 páginas que algunos manuales catalogan como «anónimo del siglo XVI» y otros atribuyen a un tal Wu Cheng-en. Estamos hablando del Rinconete y Cortadillo chino. Estamos hablando de un pícaro con forma de mono que es a la vez mago, sacerdote, juez, sabio y guerrero. Estamos hablando de un Bugs Bunny sin orejas y con rabo. Estamos hablando, tal y como Hollywood nos lo mostrará muy pronto, de… ¡¡The Monkey King!!

Que nadie piense que fue a Walt Disney al que se le ocurrió tratar de forma antropomórfica a los animales. Ni tampoco que fuera cosa de los chinos asociar a los monos a la vez con la travesura y la sabiduría, tal y como consta en los más antiguos naipes castellanos o en las añejas etiquetas del ya legendario Anís del ídem. Pero lo cierto es que esta saga-fuga de Sun Wukong es de lo más apañado que ha dado jamás el género.

Resulta que, habiéndose tomado el simio espabilado y siempre insatisfecho las llamadas Píldoras de la Indestructibilidad, se sintió en condiciones de desafiar a todas las fuerzas establecidas en el Reino Celestial. Y así fue como el advenedizo, el teórico don nadie, el simpático macaco, minusvalorado por todos menos por sí mismo, llegó primero a vencer a las más aguerridas cohortes del Ejército Celestial y pudo sobrevivir después a mes y medio de cocción dentro de un Caldero Mágico -algo así como lo del hemiciclo del Congreso, pero a lo bestia- del que salió fortalecido con el don de percibir el mal allí donde se halle, a través de sus Huo Yan Jin Ping o «fieros ojos dorados».

Cinco siglos después de estos hechos cuya desembocadura describiré más tarde, Sun Wukong emprende su magical mistery tour hasta la India para ayudar al monje Xuanzang, alias Tripitaka, a recuperar los textos sagrados del budismo. En ese viaje él y su cayado representan una misma cosa: la rebeldía que late detrás de toda búsqueda, la aventura del inconformismo y la disidencia.

No es casualidad que Mao Zedong se sintiera fascinado por el hedonismo adanista del supermono. Y digo adanismo hedonista porque el Gran Timonel consideraba que, a la postre, no había mejor fuerza seminal de la revolución interminable que esa megalómana capacidad singular de enredar y enredar hasta «crear problemas en el Cielo». Por eso elogiaba a menudo la «temeridad de pensamiento» y la atolondrada arrogancia de quien se comportaba como si fuera el primer simio que jamás hubiera pisado sobre la Tierra.

Por eso tampoco es casualidad que los mayores piropos se los echara en vísperas de desatar su Revolución Cultural. Mao veía en Sun Wukong un espíritu incontrolado, trasgresor y, sobre todo, iconoclasta. Justo el modelo que necesitaba cuando creía llegada la hora no sólo de derribar estatuas -todas, menos la suya- sino también de romperles la crisma a sus modelos. Para los jóvenes Guardias Rojos, diablillos empujados a una orgía de violencia contra sus profesores y sus propios padres, el cayado del Rey Mono se transfiguró de báculo en garrote.

Mao tenía claro que «para enderezar un error es necesario traspasar los límites establecidos» y ello requería gente capaz de comportarse de manera «salvaje y ruda». Pero, sobre todo, disfrutaba escandalizando a los jerarcas comunistas aburguesados por la buena vida y obligándoles a emprender la huida hacia delante de la revolución permanente. Era el momento en que el de facto emperador de China se desdoblaba en su admirado Sun Wukong y procedía a desalojar a bastonazos a los mercaderes del templo que él mismo había instalado allí.

Los propósitos de Zapatero son menos radicales y, por supuesto, sus métodos mucho más pacíficos; pero su irreverencia hacia los valores tradicionales, su afán por desafiar las leyes de la costumbre -e incluso, a poder ser, las de la física-, su afán por desconcertar hasta a sus más próximos y su deleite por el caos creativo le asimilan al modelo de los grandes destructores de templos. He ahí el grave peligro que anida bajo la advertencia de sus «fieros ojos dorados».

Puesto que no hay mejor escaparate de la personalidad de cada quien sino su conducta en la práctica deportiva, día tras día adquiere para mi más relevancia la aguda observación de un amigo común: «Fíjate en que cuando de verdad disfruta José Luis es cuando sólo está compitiendo consigo mismo. Lo del baloncesto con unos cuantos que reúne por allí no es más que un entretenimiento para pasar el rato. Lo que a él le motiva a fondo es subir a la montaña o perderse en un río de León y aguantar tenazmente durante horas hasta que consigue lo que busca».

Cuando se mira en el espejo de su demonio interior, Zapatero nunca se ve ni como un buen administrador, ni como un impulsor de consensos, ni menos aún como un bondadoso padre de la patria. El se siente pacifista, pero no pacificador. Todo lo contrario: él cree que su mandato como gobernante de izquierdas le obliga a rebelarse contra los fundamentos mismos de la sociedad establecida y a servir de agente catalizador de transformaciones profundas en la mentalidad colectiva. Ni los propios pilares que sustentan las siglas del PSOE quedan a salvo de ese implacable revisionismo sonriente, toda vez que «bajar impuestos es de izquierdas» o «la Nación es un concepto discutido y discutible».

Zapatero se siente realizado cada vez que va un paso más allá de la prudencia, incorporando a sus políticas ese punto de más de sal y pimienta que las vuelve conflictivas. A otro le hubiera bastado garantizar la plena igualdad de derechos civiles de los homosexuales con una regulación equivalente a la que rige en la mayoría de los países democráticos; él vio el cielo de la provocación abierto cuando los «colectivos» se empeñaron en que su unión civil también se llamara matrimonio. Otro hubiera dicho que apoyaría el Estatut que aprobaran las Cortes Generales y el Tribunal Constitucional; él tenía que ser más que nadie y se comprometió a hacer suyo «el que viniera de Cataluña». Cualquier otro habría interrumpido para siempre su partida de ajedrez con la muerte tras el atentado de la T-4; él se aferró a la supuesta demanda de los mediadores internacionales para enfangarse en una oprobiosa última ronda, con tal de no tirar la toalla de sus fantasías.

Luchar contra la violencia doméstica protegiendo a las mujeres dentro de los límites del derecho positivo habría sido suficiente para otro; él necesitaba pasar a la Historia como el que pusiera fin al maltrato en los hogares y si para ello había que tirar por la calle de en medio del derecho penal de género y convertir a todo varón denunciado por su pareja, con razón o sin ella, en un español desigual ante la ley, pues mala suerte. No se hacen tortillas sin romper -nunca mejor dicho- algunos huevos.

En la disyuntiva entre fomentar la promoción de la mujer e imponerla, lo suyo es lo segundo. En la disyuntiva entre reformar la Ley del aborto y promover una nueva, vamos a por todas. En la disyuntiva entre eutanasia pasiva y eutanasia activa, ¿para qué limitarnos a regular la muerte digna, cuando existe la oportunidad de legalizar el suicido asistido? En la disyuntiva entre el espíritu de la Transición y el de la revancha, ¿cómo no ensalzar el truculento disparate de Garzón -otro que tal baila, sólo que mucho peor persona- si, aunque no tenga la menor viabilidad jurídica, proporciona el gozo incomparable de ver en estado de irritación a la derecha?

Cada mañana el adalid de la democracia deliberativa se levanta con el zurrón de su talante repleto de buenos propósitos, pero cada tarde el trapecista le gana la partida al estadista. Es algo superior a sus fuerzas. Está en su naturaleza. No lo puede remediar. Zapatero es un racionalista con alma de estratega, pero corazón de saltimbanqui.

Quien niegue el carisma de su maléfico atractivo, o no se ha fijado bien o simplemente miente. Aun en sus más catastróficas comparecencias -verbigracia la del miércoles- hay un punto de desafío en su conducta, un gesto de fresco desparpajo que obliga a prestarle al menos atención. «¿A qué ha venido usted hoy aquí?». «Pues a dar la cara». O sea, que no tengo nada que ofrecer porque las dos o tres cosas que se me han ocurrido ya las he soltado el domingo en el parlamento de los mineros de Rodiezmo y en relación a lo demás no he logrado ni siquiera poner de acuerdo a mis ministros; pero, aunque me vais a brear durante toda la mañana, yo saldré vivo de este caldero y de paso os soltaré cuatro frescas. Toma ya, monólogo interior.

Sun Wukong no tiene razón, pero genera simpatía. Cuando se estrene en España el mes que viene, veremos que tal es The Forbidden Kingdom, última gran adaptación cinematográfica del Viaje al Oeste, pero seguro que the Monkey King funciona como reclamo de taquilla. Hasta los japoneses -enemigos eternos de los chinos- se inspiraron en él para el personaje del protagonista de su cómic manga Dragon Ball y Damon Albarn, una de las figuras con más talento del pop británico, acaba de dedicarle una ópera que se estrenó en julio pasado en un teatro acondicionado ad hoc en Londres. Cuando al nuevo base Sun Yue -encargado esta temporada de abastecer de alley hoops a Pau Gasol en los Lakers-, empezaron a presentarle como el Magic Johnson chino, fue él mismo quien cortó por lo sano: «No me llaméis Magic, llamadme Monkey King».

Nadie duda que el circense y pinturero Sun Yue contribuirá notablemente al espectáculo en el Forum Arena, pero está por ver que ayude de verdad al equipo de Los Angeles a conquistar el anillo de campeones tras el fiasco final de hace unos meses. Una cosa es hacer el mono y otra cambiar la Historia en tiempos difíciles.

El destino ha hecho coincidir las dos investiduras presidenciales de Zapatero con los dos mayores traumas de nuestra experiencia colectiva más reciente. La de 2004 estuvo marcada por el 11-M. Esta de ahora, por el dramático desplome de la Economía. En ambos casos la excepcionalidad de las circunstancias no sólo justificaba sino que abiertamente aconsejaba aparcar los aspectos más polémicos y divisivos del programa socialista e impulsar sendos proyectos de unidad nacional frente a la adversidad. Pero, bañado por lo que deberíamos bautizar ya como el Espíritu del Mono Rey, él optó por manejar la investigación del 11-M como elemento de confrontación contra el PP y está optando por convertir la respuesta a la crisis económica en el nuevo campo de batalla frente a Rajoy. Quien, para escándalo de los suyos, se olvidó del socialismo cuando había riqueza para repartir quiere hacer un alarde ideológico ahora que las arcas públicas se le van quedando vacías.

Hay que reconocer que sería heroico y glorioso capear una crisis tan negra y terrible como ésta incrementando a la vez la protección social. Pero hay cosas que ni siquiera están al alcance de the Monkey King. Por eso mi pasaje favorito de sus aventuras es aquel en el que el mismísimo Buda se ve obligado a poner coto a sus turbulentos envites contra la estabilidad del Reino del Cielo y le atrapa en la palma de su enorme mano. Amiguito, de aquí no escaparás. El futuro de Sun Wukong depende ahora de la apuesta que se plantea entre ambos. Buda le concede una única oportunidad de salir de su mano, pero si no lo consigue le espera la peor de las mazmorras. El supermono acepta el envite desde la confianza de que, con el impulso de su cayado, sus poderes le permiten recorrer 108.000 millas de un sólo salto. Aquello va a ser tan sencillo como coser y cantar.

The Monkey King da, pues, su espectacular brinco y aterriza en un remoto paraje presidido por cinco imponentes pilares. Muy en su papel, no sólo se enorgullece de haber alcanzado los límites mismos del Cielo sino que decide dejar constancia de su gesta orinando en la intersección de los dos primeros pilares cual si se tratara de la tapia de la Academia. Entonces Buda suelta una carcajada, le insta a darse la vuelta y le hace ver que sigue dentro de la palma de su mano y no ha llegado sino hasta el lugar de donde brotan sus dedos.

El castigo del Mono Rey fue quedar enterrado cinco siglos bajo el peso de una enorme montaña. Eso mismo durará la impopularidad de Zapatero si su única manera de tratar de escapar del estancamiento, la inflación y el paro continúa siendo desconcertarnos con sus cada día menos gráciles volteretas.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Obama o la nariz de Cleopatra, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Septiembre 7th, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Aunque Pascal no se refería a la Princesa de Asturias cuando escribió aquello de que «si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta, la faz del mundo habría cambiado por completo», es obvio que estaba abriéndole el camino. Por eso la primera reacción de los republicanos ante el inoportuno embarazo de la hija de Sarah Palin fue encogerse de hombros y desplegar las manos bien abiertas con una sonrisa simpática: «Life happens». Algo así como «la vida sale al encuentro» que decía el título de una novela para adolescentes de los años 60.

A lo sorprendente e inesperado lo llamamos con toda propiedad el factor humano. Siempre defiendo la superioridad del periodismo -o de la Historia- sobre la novela porque la realidad es mucho más emocionante que la ficción. Si alguien inventara una trama sobre una brillante profesional de la televisión que atrae a la audiencia por la personalidad de su rostro, enamora al heredero del trono de su país, se casa con él y le da dos princesitas, pero decide operarse la nariz porque anhela la perfección canónica y no se siente a gusto dentro de esa efigie tan magnética, sería dejado de lado por alterar de forma inverosímil el itinerario narrativo de los cuentos de hadas. Por eso mismo no existe ninguna buena novela ni serie de televisión importante en la que el presidente de los Estados Unidos sea un negro. Lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible. Hasta que un día sucede.

De Zapatero pueden decirse muchas cosas -y más ahora con su nuevo golpe de cintura hacia la izquierda-, pero no que siente indiferencia por aquello a lo que se dedica. Tras esa máscara de la contención que con tanta autodisciplina exhibe, late una borrascosa pasión no tanto por el poder como por la política. Y el tipo lo clavaba cuando el domingo pasado le decía a Esther Esteban que «la democracia tiene un factor que la hace auténtica y es que es imprevisible».

Hablaba de su propia ascensión a La Moncloa, pero hoy en día la reflexión le cuadraría mejor a la democracia norteamericana porque no hay más que ver el muermo en que se ha convertido en España la vida política -justo cuando la dramática situación económica debería haberla transformado en el eje de todas las atenciones- para constatar lo lejos que han llegado los aparatos de los partidos, y muy especialmente el de la oposición, en el secuestro y simulación endogámica de la representación popular. En cambio, es cierto, que en Estados Unidos, allí donde las bases se pronuncian una y otra vez, allí donde todos los candidatos son sometidos a un escrutinio intenso e implacable, allí donde el que gana se queda un máximo de ocho años y el que pierde se va a su casa, el espectáculo de la democracia en marcha tiene pocos parangones con ningún otro género de empeño humano.

Por eso las convenciones de Denver y Saint Paul han ganado la batalla del prime time con audiencias de más de 38 millones. Empezaron con el último «hurra» de Ted Kennedy y han concluido con la primera victoria sobre el cuadrilátero de Sarah Palin a costa de John McCain. En medio han transcurrido dos semanas de inaudita intensidad dramática por cuya abigarrada pasarela han desfilado Michelle Obama y sus dos niñitas succionadas de los grabados de Norman Rockwell, Hillary Clinton con su corazón partío por el dilema de ayudar o no ayudar, Bill Clinton reivindicándose a sí mismo con motivo para ello, Jimmy Carter recordando que se puede ser tan buena persona como mal presidente, Al Gore con su cruzada verde marchando a todo gas, el senador Biden afilándose las uñas, el ectoplasma de George Bush encerrado en la jaula de su videoconferencia, Cindy McCain con su traje de Oscar de la Renta y sus diamantes en las orejas, Rudolph Giuliani sacando la cara por la nueva Cenicienta de Alaska y, por supuesto -ha nacido una estrella-, la única, la incomparable, la incansable, la indoblegable Sarah Barracuda dando cera a siniestro y siniestro, acompañada de su marido, de su hija, del maridable de su hija y del futuro nieto que aun antes de nacer ya ha entrado eficazmente en campaña. Todo ello amenizado con unas cuantas pasadas del huracán Gustav, mientras los propios Obama y McCain se ejercitaban ante el espejo para comparecer únicamente en el momento culminante de la fiesta, tal y como el Gran Gatsby hacía cuando congregaba a sus invitados en torno a la piscina de su mansión de Long Island.

Hay quien dé más? Por supuesto que sí: a la chita callando -o casi- Vladimir Putin ha movido durante el mes de agosto sus fichas en el Cáucaso y nos ha enviado a todos los ciudadanos de los países democráticos un escueto mensaje de comienzo de curso: «El mundo vuelve a ser normal». Y por «normal» se entiende, claro está, turbulento, peligroso… y explosivo.

Esas seis palabras no han salido por supuesto de la boca del ahora primer ministro de Rusia, pero componen la primera frase de un libro profético de apenas un centenar de páginas, publicado antes del verano, anticipando la pauta de conducta del amo del Kremlin. Se trata de The Return of History and the End of Dreams, de Robert Kagan. Tanto lo del «regreso de la Historia» como lo del «fin de los sueños» va por la ingenua tesis de Fukuyama y sus optimistas seguidores, según la cual la caída del Muro de Berlín habría supuesto el último acto de la tragedia clásica basada en la pugna entre las grandes potencias por dominar el mundo y daría paso a un periodo de cooperación internacional, prosperidad y desarrollo semejante a la «Paz Perpetua» imaginada por Kant.

Según Kagan, los hechos están demostrando cuán equivocados estábamos los demócratas del mundo occidental al creer que las altas dosis de libertad económica introducidas en Rusia y China traerían consigo las libertades políticas. Teniendo en cuenta la irrupción en escena de implacables nuevas oligarquías, las condiciones infrahumanas en las que sigue desarrollándose la actividad económica, la represión de toda disidencia y los afanes neoimperialistas de su política exterior, casi podríamos decir, por el contrario, que la forma en que estas autocracias han decidido superar la bipolaridad del pasado es tomando -en feliz expresión de Javier Ortiz- «lo peor de ambos sistemas».

En las páginas 23 y 24 de su libro Kagan advierte: «Un conflicto entre el Gobierno de Georgia y las fuerzas separatistas de Abjasia y Osetia del Sur apoyadas por Rusia podría provocar un enfrentamiento entre Tbilisi y Moscú. ¿Qué es lo que harían Europa y los Estados Unidos si Rusia jugara fuerte en Ucrania o en Georgia? Probablemente nada. La Europa postmoderna apenas puede imaginarse la idea de volver a los tiempos de un conflicto con una gran potencia y hará lo que sea por evitarlo. Y tampoco los Estados Unidos están ansiosos de vérselas con Rusia cuando están tan absorbidos por su implicación en Oriente Medio. Y sin embargo una confrontación entre Rusia y Ucrania o Georgia nos introduciría en una especie de nuevo mundo o, en realidad, en un mundo muy viejo».

Pleno al quince. Esto es punto por punto lo que ha sucedido durante las últimas cuatro semanas: el intento del presidente Saakashvili de ejercer la soberanía sobre sus autonomías rebeldes, la brutal invasión rusa a la antigua usanza con su aviso a navegantes incorporado, los patéticos intentos de mediación de una UE condicionada por su incoherencia en Kosovo y su dependencia del suministro de gas ruso, la negativa del Kremlin a soltar su presa, la incapacidad de las democracias de implementar sanciones y la respuesta también old fashion de Estados Unidos, intensificando su ayuda a Georgia y cerrando un acuerdo con Polonia para instalar allí su tan polémico como dudosamente fiable «escudo antimisiles».

Cualquiera que conozca bien la historia del valle oscuro que fue Europa durante el periodo de entreguerras se sentirá ahora envuelto en una vieja pesadilla al contemplar el desinterés con que la mayoría de los europeos están siguiendo «esa pelea en un país lejano entre gentes sobre las que no sabemos nada». La expresión fue de Neville Chamberlain y se refería a Checoslovaquia.

Los paralelismos acaban por ahora aquí -en el intento de una resurgente gran potencia herida en su orgullo nacional por recuperar su espacio natural de influencia-, pero algunas de las diferencias entre aquel despeñadero y el actual orden mundial no inducen precisamente a la tranquilidad. Por ejemplo el auge, como tercera gran fuerza en discordia, del fundamentalismo islámico. Baste imaginar con espanto lo que implicaría una intensificación de la colaboración entre las dos grandes autocracias y un Irán nuclearizado.

El hecho de que Kagan sea una persona próxima a McCain y que la primera de las citas encomiásticas en la contraportada de su libro sea del hoy candidato republicano ha contribuido a alimentar estos días la enrevesada teoría de la profecía autocumplida, esbozada por el propio presidente títere de Rusia, Dimitri Medvedev. Según esa tesis, la Administración Bush habría empujado a Saakashvili, el hombre de Washington en el Caúcaso, por la senda de la provocación a Moscú para desatar un conflicto que hiciera patente a los norteamericanos lo importante que es tener en la Casa Blanca un comandante en jefe curtido y con capacidad resolutiva. O sea McCain.

Al margen de que, a juzgar por la precisión quirúrgica con que actuó la apisonadora rusa, esta interpretación exculpatoria sólo se sostendría si el Kremlin contara con un topo en el Estado Mayor republicano que le hubiera permitido estar en el ajo, lo de menos es ya cómo se inició el incendio. Lo esencial es que la invasión de Georgia marca un antes y un después: desde la caída del Muro, Rusia se había sentido lo suficientemente débil como para permitir la impregnación de su tradicional zona de influencia por la democracia occidental a cambio de las ventajas materiales que para ella suponían sus lazos privilegiados con la OTAN, la UE o el G-7. Ahora han cambiado las tornas porque la evolución de los precios del gas y del petróleo ha actuado como reconstituyente y el oso herido ha recuperado bastante vigor como para volver a imponer la ley de los carros de combate. De momento en su patio caucásico y quién sabe si también muy pronto en su fachada con vistas a Europa.

Previendo con ojo de lince tanto este escenario como una similar deriva de China, Kagan propone en su libro «el establecimiento de un concierto o liga global de las democracias», vertebrada por Estados Unidos y la UE, pero que integre además no sólo a Japón, Australia y Canadá, sino también a Brasil, la India y demás países emergentes que adopten las reglas del juego de la separación de poderes y el imperio de la ley. Pues bien, lo siento por las afinidades políticas del autor, pero ese magnífico proyecto parece hoy por hoy muy lejos del alcance del partido de McCain y en cambio cualquiera diría que ha sido concebido a la medida de las capacidades de Barack Obama.

Estados Unidos afronta la recta final de la campaña con el clásico dilema entre lo malo conocido -que, insisto, no es tanto el candidato como la maquinaria política republicana- y lo bueno por conocer. Cuanto ha sucedido en los últimos tres meses me reafirma en el convencimiento de que la sociedad norteamericana ha perdido una ocasión histórica de apostar por un cambio razonable y controlado, llevando a la vez a la Casa Blanca a una mujer. Pero los prejuicios contra Hillary han sido tan grandes que todavía muchos no se han dado cuenta de que si ella hubiera sido la candidata no habría sido necesario buscar en ningún otro sitio ni la experiencia y solvencia que Obama ha creído encontrar en Biden, ni el coraje y la chispa provocadora que McCain ha creído encontrar en Sarah Palin.

Así las cosas, sólo queda aplicar la misma regla que ya esbocé con motivo de las últimas elecciones españolas: ganará el que en los debates televisivos sea capaz de añadir a su imagen una mayor proporción de las cualidades del adversario con menor merma de las propias. Eso se ha reflejado ya en la selección de los candidatos a vicepresidente y ahí ha sido cuando, en mi opinión, McCain se ha pasado de frenada. No porque la gobernadora de Alaska sea todavía más novata que Obama, sino porque la ha elegido con la ligereza propia de una celebrity como él dice que es Obama. Un hombre de Estado no toma una decisión así tras sólo un par de conversaciones y sin realizar un completo escrutinio de la aspirante. Máxime cuando sus 72 años y su salud frágil incrementan las posibilidades de que la elegida llegue a ser un día de rebote la primera mandataria de la Tierra.

Está claro que Sarah Barracuda estaría dispuesta a calzarse esos patines y lo que le echen y que las bases de su partido están encantadas con la elección. Sobre todo después de su fácil recurso -Nixon y Agnew parecían hablar por su boquita de piñón el jueves- a arremeter contra la prensa de «Washington». ¿Pero qué pensaran los decisivos sectores moderados del electorado de su amago de hacer una lista de libros prohibidos cuando era alcaldesa, de sus coqueteos con los defensores de la independencia de Alaska, de sus presiones a un funcionario para solventar cuestiones familiares o de su invocación a Dios como inspirador de la invasión de Irak?

A diferencia de lo que concierne al embarazo de su hija adolescente, si McCain sabía todo esto, malo; y si no lo sabía, aún peor. Cualquiera diría que ha trabajado para Obama, pues a partir de ahora, y pese al tono conciliador que adoptó anteayer, le va a resultar más difícil desprenderse del antipático tufo integrista de los movimientos religiosos que auparon a Bush.

No se puede negar que en el otro rincón el aspirante demócrata continúa rodeado de un aura de ambigüedad, oportunismo y progresismo de salón. Su propio discurso de aceptación -desnaturalizado por su inaudito traslado del recinto de la Convención a un estadio deportivo, como si fuera un cantante de rock o tuviera que competir con las ceremonias olímpicas- fue más un vademécum de eslóganes brillantes y golpes de ingenio bien escenificados que la pretendida presentación de un programa. Pero el que sus extraordinarias dotes como comunicador parezcan superficiales no significa que sean menos importantes en una era en la que el presidente de los Estados Unidos debe ser un líder mediático.

Es cierto que Reagan y Clinton tenían mucho más que eso y que Obama -más intelectual que ellos- es una incógnita desde el punto de vista de que nadie sabe cuál es la médula política que hay dentro de sus huesos. Pero, en cambio, su expectativa de convertirse en el primer presidente negro de un país en el que el 85% de los electores son blancos y en el que no hace tanto cuando un negro quería inscribirse como votante le preguntaban cuántas burbujas había en una pastilla de jabón para demostrar, contestara lo que contestara, su estupidez congénita, da tal credibilidad a la regeneración del sueño americano que es difícil imaginar un activo mayor de cara a la tarea de mejorar la maltrecha imagen estadounidense ante la opinión pública mundial y relanzar las relaciones transatlánticas.

No deja de ser una paradoja que el político yanqui mejor valorado en Europa durante décadas sea un afroamericano y que en los cinco continentes haya quien esté ya echando las cuentas del llamado efecto Bradley -en memoria del alcalde negro de Los Angeles que perdió cuando todas las encuestas le daban vencedor-, según el cual a la ventaja que adquiera Obama en los sondeos habría que restarle hasta siete puntos de racismo encubierto destinado a aflorar en la confidencialidad de las urnas. Pero ocurre como con el Real Madrid, los Lakers o el caballito de Ferrari: se trata del primer candidato global con fans en todas partes.

No faltan estos días quienes se esfuerzan en desacreditar a los capturados en las redes de la Obamanía con argumentos objetivos cargados de tanta sensatez como los que hace 21 siglos trataron en vano de rescatar a César, Pompeyo y Marco Antonio de su cuelgue por aquella mujer que, a juzgar por ciertas evidencias numismáticas, poseía una nariz aquilina tan leve y bellamente curvada como la que hasta el mes pasado adornaba a la Princesa de Asturias. ¿Cómo era posible, por utilizar palabras de Shakespeare, que «las tres columnas que sostenían el mundo» terminaran sirviendo de «abanico para calmar el impudor de una egipcia»?

Plutarco nos ha dejado un buen compendio del enigma que anidaba tras aquel debate estético: «La belleza de Cleopatra no era tal que deslumbrase o que dejase parados a los que la veían; pero su trato tenía un atractivo inevitable y su figura, ayudada de su labia y de una gracia inherente a su conversación, parecía que dejaba clavado un aguijón en el ánimo».

O sea que el magnetismo político, como el sex-appeal, o se tiene o no se tiene y depende de la mismidad del sujeto transformado por los demás en -oscuro - objeto de deseo. De ahí que la única promesa electoral que conviene arrancar cuanto antes a Obama sea la de no decolorarse la piel como Michael Jackson, no ponerse alzas en los zapatos como Sarkozy y no someterse a ningún implante capilar como el que le atribuyen a Pepe Bono. Haga, pues, su aguijón este milagro cuando el áspid salga de la cesta el primer martes de noviembre; y que siga la función.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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30 años de ‘revolución’ a la española, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Derechos, Historia, Política by reggio en Agosto 31st, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Las comillas de este título no son irónicas, enfáticas o adversativas, sino meramente atributivas, porque aluden a la primera respuesta de Jordi Pujol dentro de la memorable serie de entrevistas con los grandes protagonistas de nuestra democracia, firmada esta semana por Esther Esteban. «Se han hecho las revoluciones pendientes que tenía España; todas no, ni todas bien, pero en general se han hecho», argumenta el presidente de la Generalitat de Catalunya más duradero y estabilizador de la Historia para justificar su veredicto de que el balance del periodo arroja «muchos más aciertos que errores».

Es evidente que, con el canon de Vicens Vives en la cabeza, Pujol se refiere a que en estas tres décadas hemos dejado atrás el llamado problema de España y que nuestro país es ya una democracia europea en torno a una sociedad laica que ha prosperado gracias a la libertad económica, goza de seguridad jurídica y ha conquistado la igualdad de la mujer. ¿Pero es esto revolucionario? Si atendemos a los orígenes de la Transición es obvio que, aunque se produjeron grandes movilizaciones ciudadanas a favor del anhelado cambio político, su desencadenante no fue ningún episodio violento, ninguna toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno, ninguna sublevación contra el ocupante extranjero o el déspota local. No fue necesario, pues el viejo régimen solo desenvainó la espada para hacerse educadamente el haraquiri, apenas comenzó el baile.

Pero si, a falta de esta denominación de origen, nos fijamos en el otro parámetro aún más decisivo para caracterizar una experiencia como revolucionaria, o sea en la celeridad, profundidad y extensión de las transformaciones acometidas por un sistema político, parece claro que Pujol no habla a humo de pajas. El macrosondeo con el que iniciamos hace un mes este gran proyecto de auditoría de nuestra democracia que el próximo domingo alcanzará su momento álgido, ha demostrado hasta qué punto la sociedad española de 2008 es distinta de la de 1978.

Ni el Ejército ni la Iglesia son ya referencias de autoridad en el plano político -algo inaudito en estos lares desde que surge el Estado moderno hace cinco siglos- y eso genera a la vez una tolerancia casi absoluta en la regulación de las costumbres y una exigencia sin complejos de calidad y eficiencia en servicios como la Justicia, la Enseñanza o, no digamos nada, la Seguridad Ciudadana. Los españoles han pasado a comportarse como demócratas de toda la vida que -polémicas nominales al margen- ni siquiera parpadean ante la introducción del matrimonio homosexual, mantienen un sano utilitarismo sobre el debate Monarquía-República y creen desfasado el papel tutelar de la unidad de la patria que la Constitución atribuye a las Fuerzas Armadas. Pero nadie les sacará ya los colores por defender la cadena perpetua con juicio de revisión para los asesinos múltiples, la recuperación de competencias por parte del Estado para garantizar la enseñanza en castellano en todo el territorio nacional, o la estricta vinculación de los derechos sociales de los inmigrantes a la obtención del permiso de residencia.

Puede que todo esto no sea sino la decantación final de las influencias liberales que venían adhiriéndose a nuestro ADN colectivo al menos desde la Ilustración. Pero, tomando la perspectiva de lo que era la sociedad tradicional del franquismo, es obvio que en esta España en la que el partido conservador exhibe como timbre de modernidad la opción de libertad personal inherente a la condición de madre soltera de su secretaria general, la famosa profecía de Alfonso Guerra se ha cumplido casi hasta en su sentido más literal.

¿Hemos inventado, sin siquiera darnos cuenta, la vía de la reforma rupturista como variante de las revoluciones de terciopelo? Esa es la fascinante pregunta que en el fondo tratará de responder a partir de la próxima semana la monumental obra dirigida por Victoria Prego en su soporte audiovisual con el título de El camino de la libertad, y por Juan Carlos Laviana en su soporte literario, año a año, tomo por tomo. Tanto la autora de la inolvidable serie de TVE sobre la Transición como el departamento de Grandes Proyectos de EL MUNDO han producido una historia narrativa cargada de épica y orgullo democrático en la que brilla lo que hemos hecho bien y no falta lo que hemos hecho mal.

Nuestro propósito no es sólo rememorar e interpretar las sonrisas y lágrimas que han moldeado la aventura vital de las actuales generaciones de españoles -que también-, sino sobre todo fijar, como diría Espriu, «el toro en la arena de Sepharad». Contribuir a que podamos entender cuáles son las causas directas de los graves problemas presentes que aquejan a la piel de toro, ahora que aún es tiempo de evitar «morir de éxito», como dice Pujol que le ocurrió a Aznar en su segunda legislatura.

En su paso por Mallorca el pasado fin de semana con motivo de las recuperadas Conversaciones Literarias del Hotel Formentor que hace medio siglo movilizaban a intelectuales como Borges, Cela, Carlos Barral y otras jóvenes promesas, Carlos Fuentes echó mano de su dulce ironía para darnos una buena clave de interpretación de esta hora de España: «A veces me pregunto si cuando hay un poquito de represión no se dan mejor las cosas que en absoluta libertad».

Es lo mismo que en circunstancias mucho más dramáticas planteó el Procurador de la Comuna Revolucionaria de Paris Pierre Manuel ante la iracunda audiencia del Club de los Jacobinos en septiembre de 1792, a los pocos días de las matanzas de aristócratas y sacerdotes extraídos de las prisiones: «Une idée me tourmente: la liberté serait-elle meilleure à espérer qu’a posséder?».

Manuel, un hombre con pretensiones literarias y uno de los tipos más decentes que alcanzaron puestos de relieve durante ese periodo, estaba tan espantado ante los agraces frutos de la «posesión» de la libertad que se permitía añorar los días de la «espera» de la libertad en la atmósfera injusta y represiva de la sociedad estamental. Y lo hacía en la propia guarida de la fiera. Con tales ideas y sentimientos no es de extrañar que a los pocos meses dimitiera como diputado de la Convención en protesta por la ejecución de Luis XVI, y que él mismo terminara siendo guillotinado como contrarrevolucionario. Antes había tenido tiempo de salvar de las garras del Terror a destacadas figuras identificadas con la moderación o el partido aristocrático, incluida Madame Stäel, a quien sacó de Paris con un salvoconducto, acompañada por uno de sus colaboradores en la Comuna. El escolta elegido por Manuel fue el mismo Jean Lambert Tallien que muy pronto se convertiría en amante de Teresa Cabarrus, correa de transmisión de sus gestiones humanitarias y artífice de la caída de Robespierre.

La atmósfera espesa y sanguinaria de esos días en los que las cabezas bailaban en la punta de las picas y los más dilectos hijos de Saturno subían atónitos los peldaños del cadalso para aplacar la sed insaciable de los nuevos dioses revolucionarios, ha quedado descrita con talento, emoción y brío en la nueva novela de Carmen Posadas para Planeta, probablemente destinada a ser el gran best seller de este curso literario. Con el título de La cinta roja y siguiendo el hilo conductor de la vida de la Cabarrús, plagada por igual de avatares amorosos y episodios políticos siempre al borde del precipicio de la roca Tarpeya, Posadas ha logrado reconstruir con gran precisión histórica la dinámica social de esos cinco años -de la toma de la Bastilla al golpe de Thermidor- en los que quedaron planteados con su peor crudeza todos los debates contemporáneos sobre las relaciones entre el pueblo, el individuo y el Estado.

¿Cómo es posible que aquella semilla depositada con tanta crueldad ritual, con tan mezquina iniquidad, con tan sádica y desaforada truculencia prendiera en los surcos de la civilización humana con la suficiente fuerza como para que doscientos veinte años después los ciudadanos de cualquier democracia de la tierra nos consideremos herederos de la Revolución Francesa, independientemente de cuál sea nuestro color político? Pocos caminos hay tan atractivos y elocuentes para responder a esta pregunta como el que nos proporciona otro acontecimiento editorial de pretensiones más modestas pero de significación más honda. Me refiero a la primera reedición acometida en España en más de un siglo de la Historia de la Revolución de Jules Michelet. Es fruto del empeño personal del editor y bibliófilo Ernesto Santolaya, que bajo el sello de Ikusager y con el apoyo testimonial de la Fundación Pablo Iglesias -bravo esta vez por A.G.- ha logrado culminar un proyecto tan romántico como el propio latido de la deslumbrante prosa de quien ha sido definido como «el mayor intercesor entre la Revolución francesa y la cohorte infinita de sus hijos».

Son palabras de Francois Furet, para quien Michelet es ante todo el cronista de «la llegada del pueblo al teatro del poder» y el primer hombre capaz de captar el «universalismo filosófico» y el «radicalismo abstracto» de la Revolución. Roland Barthes ha deconstruido su código narrativo, presentándolo como una «celebración procesional» calcada de los ritos cristianos «usurpados» por las propias fiestas revolucionarias. Asistimos al nacimiento de lo que entonces sólo podía ser percibido como una nueva religión con todos sus apóstoles, mártires, demonios y pecadoras vírgenes: no en vano el último empeño de Robespierre será la organización del culto al Ser Supremo, y Teresa Cabarrús merecerá el sobrenombre de Nuestra Señora de Thermidor por su decisiva contribución a la tarea de librarse de él. Michelet reprueba implacablemente los desbordamientos del Terror pero ni siquiera eso le distrae del propósito vertebral de presentar con toda su grandeza al nuevo actor que ha entrado en escena: una ciudadanía organizada como opinión pública y sociedad civil.

Es obvio que Burke se equivocó al alegar cínicamente que «cuando una revuelta tiene éxito se convierte en una revolución y cuando fracasa en una rebelión». El gran fustigador de cuanto sucedía al otro lado del Canal de la Mancha se quedaría lívido si pudiera comprobar hasta dónde ha llegado la huella de algo que, en definitiva, sólo duró cinco años o incluso menos de dos, si tomamos como referencia la caída de la Monarquía. Sensu contrario John Reed no saldría de su pasmo al descubrir cómo sus «diez días que conmovieron al mundo» engendraron siete décadas de ininterrumpido poder soviético, y cómo esa experiencia política desvirtuó hasta tal punto el propósito emancipador del impulso revolucionario, que si el asalto al Palacio de Invierno y el fusilamiento de Nicolas II fueron calcomanías del asalto a las Tullerías y la ejecución de Luis XVI, la caída del Muro de Berlín terminó siendo celebrada, en un irónico reverso de la historia, como algo equivalente a la toma de la Bastilla, de forma que sus ladrillos se venden como souvenirs de la lucha contra la tiranía al igual que ocurría en 1790 con las piedras de aquella fortaleza del despotismo.

«¿Qué es lo que hace que una revolución tenga éxito?», preguntaba hace unos meses uno de los colegios de la Universidad de Oxford como tema de su competición anual de ensayo político para jóvenes escolares. Visto lo visto, el baremo no es ni el número de cabezas cortadas, ni la contundencia de la caída del Viejo Régimen, ni la importancia de sus triunfos militares, ni siquiera la perpetuación del gobierno revolucionario, sino la fuerza nutricia de sus ideas al amamantar un sistema político capaz de resolver de forma duradera y justa los problemas reales de la sociedad. Eso se traduce en dos requisitos básicos: buenos fundamentos y capacidad de auto reinvención.

No es casualidad que la democracia norteamericana -paradigma de los interminables frutos de una revolución triunfante- se haya vertebrado en torno a una Constitución enmendada ya nada menos que 27 veces. Sólo el hecho de que una de esas correcciones -ora cosméticas, ora decisivamente profundas- fuera la abolición de la esclavitud explica que Barack Obama haya podido presentar anteanoche su histórica nominación a la Casa Blanca como un elemento de continuidad respecto a la inmensa movilización por los derechos civiles promovida el mismo día de agosto de hace 45 años a los pies del Lincoln Memorial. El «sueño» invocado esa noche de verano por Martin Luther King es el mismo que llevó febrilmente a la guerra civil al gran presidente emancipador cuyo bicentenario celebraremos pronto, y el mismo que estimuló a preservar la paz mundial al hermano del viejo titán que con un tumor en el cerebro interpretó el lunes en Denver su último solo de violín con la elegancia inteligente de toda buena dinastía.

San Adolfo Suárez dimitió generosamente en 1981 para que la democracia constitucional alumbrada tres años antes en España no fuera un paréntesis entre dos periodos dictatoriales o autoritarios. A nuestros lectores no les habrá sorprendido que Arzalluz diga que los nacionalistas vascos no cejarán hasta lograr la autodeterminación o que Anguita pida la apertura de un «proceso constituyente hacia la Tercera República», pero sí les habrá dejado como mínimo perplejos la afirmación de Aznar de que «el régimen constitucional del 78 ha durado hasta 2004». Está claro que de igual manera que nuestra crisis económica no es de «crecimiento» sino de «modelo de crecimiento», nuestra rampante crisis política tampoco podrá resolverse con las cataplasmas del trapicheo que tanto agradan a Zapatero.

Es alentador que el presidente pronostique hoy en EL MUNDO que «nuestra generación verá la reforma de la Constitución». Pero como él nunca da puntada sin hilo, la referencia que hace a una supuesta «Constitución material» de España para justificar la falta de respuesta política al carácter «permanente» e «insaciable» de las reivindicaciones nacionalistas, produce una gran alarma intelectual. ¿Cuál es esa «materia» que permite que sea en Cataluña y no en Córcega, Gales, Bretaña, Escocia, Baviera o ningún otro lugar de Europa donde se aplique el mismo modelo de inmersión lingüística con que las Islas Feroe certifican los miles de kilómetros de océano oscuro que las separan del resto de Dinamarca?

Tengo que mandarle un día de éstos a Zapatero el curioso decreto del 3 de Pluvioso del Año II por el que la Convención francesa regulaba las normas para el buen mantenimiento del llamado Arbol de la Libertad, plantado en cada municipio revolucionario. En muchos lugares bastaba regar sus raíces y sacar lustre a sus hojas, pero cuando tocaba podar, había que podar, y las situaciones límite también tenían sus correspondientes soluciones extremas: «En todas las comunas en las que el Arbol de la Libertad hubiera perecido, será plantado otro antes del Primero de Germinal». En esa capacidad proteica está la salvación.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Tormenta en el Mar de Galilea, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en General by reggio en Agosto 24th, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Las dos agujas del reloj, la una al hombro de la otra, acaban de pasar bien tiesas el mediodía de este miércoles 20 de agosto cuando el vuelo 0762 de Iberia con destino a Palma de Mallorca despega de la T-4 como si fuera un moscardón alejándose del esqueleto varado de un diplodocus de diseño. Hace mucho calor en Madrid y la pista rodeada de tierra reseca se empequeñece como un surco más en medio de la aburrida telaraña de los trajines del verano. -Imagínate que ahora nos pasara algo, no lo quiera Dios. Pero si se cayera este avión, saldríamos en los periódicos y lo que la gente se preguntaría es que hacíamos aquí, tú y yo, sentados juntos. Porque todo tiene un sentido. Sabes que yo creo mucho en la Providencia…

Después de tantos años sin verle -ocho o diez por lo menos- acabo de encontrarme con José María Ruiz-Mateos, tan locuaz y zalamero como siempre. Va acompañado de uno de sus hijos y otro colaborador y resulta que su asiento es el contiguo al mío, pasillo de por medio, en la parte delantera de la cabina. A mi derecha se sienta un piloto fuera de servicio, de aire apacible y sienes canosas, que vuelve a su base de operaciones.

-Si pensabas leer, has tenido mala suerte porque no voy a desaprovechar esta oportunidad de charlar con uno de los mejores periodistas de… ¡¡Europa!! Además, durante este vuelo no tenemos por qué preocuparnos porque si le pasa algo a uno de los pilotos, aquí tenemos otro. ¿No es así?

El hombre canoso y apacible entra en el juego con la más comprensiva de las sonrisas.

-Claro que sí. Si un compañero se queda dormido o se desmaya, yo me siento en su lugar. No se preocupe, don José María que sé como llevar el aparato…

Le han estirado y barnizado el rostro como un pergamino reluciente y habla un poco más bajito que cuando llamaba «cobarde» a Boyer y le aplastaba tartas en la cara, pero a sus 77 años Ruiz-Mateos sigue siendo fiel a sí mismo. «Señorita, si usted se presentara a las Olimpiadas ganaría la medalla de oro… ¡¡de la belleza!!», le dice a una azafata pelirroja. Va literalmente embutido en un traje beige claro de botonadura cruzada, más ceñido de lo normal, con una corbata granate y un pañuelo blanco, reventando picudo sobre la barandilla del bolsillo.

-Llevo puesto el uniforme de empresario porque vamos a cerrar en un almuerzo la compra de dos hoteles. Once mil millones de pesetas, ¿sabes?, y en estas cosas es muy importante dar confianza con la buena presencia en el vestir.

Genio y figura. Durante la hora que dura el vuelo me pone al día del estado de su lucha por obtener una indemnización por la expropiación de Rumasa: «Todo depende del Gobierno, pero es de justicia», me dice. Y yo asiento porque realmente lo creo: aquello fue una merienda de negros y es aún una asignatura pendiente. También describe las cinco divisiones de la nueva Rumasa y concretamente me enseña el catálogo de sus empresas de alimentación: Cacaolat, Trapa, Elgorriaga, Clesa, Dhul…

-Caray, qué buenas marcas tienes.

-Y si vieras cuál es nuestra liquidez… No quiero decirlo para no dar envidia en medio de la crisis. ¡Si Luis Valls saliera de su tumba! Pero yo no soy rencoroso y todos los días rezo para que su banco vaya lo mejor posible. Todo lo que me ha ocurrido ha sido cosa de la Providencia…

Saca entonces de su maletín una cajita forrada de cuero azul, con muelle de joyería y una inscripción que dice «Fundación alcalde Zoilo Ruiz-Mateos. Rota (Cádiz)». Me la tiende cordialmente.

-La fundación en memoria de mi padre hace algunas cosas en plata y ya sabes que yo tengo una gran devoción por Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La puedes doblar y llevarla en el bolsillo o donde quieras.

Es un bello relieve de la Virgen con el Niño, muy agradable al tacto, de unos siete centímetros de alto, con dos medias rejas plegables a modo de librillo hasta formar una capilla en miniatura.

Le pregunto por su actual relación con el Opus y me dice que sigue admirando mucho al fundador -«Fue un santo y así lo ha reconocido la Iglesia»-, pero bastante menos a sus sucesores. Estamos tomando tierra en Son San Joan cuando me da más detalles sobre la compra de los dos hoteles.

-Les dimos una especie de ultimátum y cuando nos dijeron que viniéramos a comer, yo me di cuenta de que la cosa estaba hecha. Queda rematar, claro. Un hotel en Palma y otro en Las Palmas de Gran Canaria. Los propietarios venden los dos. Nos han citado aquí, pero además del de Palma, también nos venden el de Las Palmas. Once mil millones, ¿qué te parece?

Ruiz-Mateos felicita a los dos pilotos de la cabina por su perfecto aterrizaje y se despide del suplente innecesario y de la azafata olímpica. Miro mi reloj, es la una y cinco. En ese preciso instante el comandante Antonio García Luna está abortando en la misma pista de la que hemos despegado hace una hora su primer intento de poner en el aire el vuelo JK 5022 con destino a la capital de Gran Canaria. Antes de decirme adiós, Ruiz-Mateos vuelve a la carga con Rumasa y sus otras obsesiones:

-Comprendo que no es el mejor momento para las indemnizaciones, pero se pueden buscar fórmulas. El otro día me encontré con la vicepresidenta en un avión como éste y ella me escribió una carta muy cordial, diciéndome que le diera argumentos. ¡Fíjate, qué actitud tan positiva! También le regalé un tríptico de la Virgen y no sabes cómo me lo agradeció. Todo tiene su porqué. Como nuestro encuentro de hoy. Estoy seguro de que dará frutos. Pero imagínate que hubiéramos tenido un accidente y yo me hubiera quedado ahí, frito como un pajarito en el asiento de al lado del tuyo… Por eso cada día creo más en la Providencia.

Hora y media después me llaman del periódico y me cuentan lo ocurrido en Barajas. El MD-82 iba a Canarias, pero también había hecho el servicio a Baleares. La víspera yo había dicho en la Secretaría de Redacción: «No me saquéis un vuelo de Spainair, que con esto de la regulación de empleo y la huelga de celo, seguro que tienen retrasos». El azar y la necesidad. Si los vendedores de los dos hoteles hubieran convocado la reunión en la sede del segundo en lugar de en la del primero, Ruiz-Mateos habría tenido que viajar esta mañana a Las Palmas en vez de a Palma -muchos extranjeros se confunden- y habría contado con bastantes papeletas para estar en ese vuelo. De 172 pasajeros sólo han sobrevivido 19.

Busco un libro editado hace 12 años y lo encuentro en la estantería de las lecturas de verano. Se titula Against the Gods, es una «historia del riesgo» y lo compré porque me pareció muy apropiada la ilustración de la portada. Reproduce el sobrecogedor cuadro de Rembrandt Tormenta en el Mar de Galilea que muestra cómo las olas y el viento zarandean la barca en la que viajan Jesús y sus discípulos -la belleza convulsa-, de modo similarmente espantoso a lo que le ocurre a un avión cuando entra en un espacio de turbulencias entre los rayos de una tormenta.

El maestro de la luz divide la escena en dos ambientes. La mitad de los discípulos se entregan denodadamente en la proa, iluminada por el reflejo de la luna sobre el mar, a la tarea de tensar las jarcias y otros aparejos para dominar las velas y hacerse con el control de la embarcación. La otra mitad rodea a Jesús en la penumbra de la popa, ora instándole a actuar, ora aguardando pasivamente su decisión de imponer o no la calma sobre la naturaleza desbocada. Según el autor del libro, el economista Peter Bernstein, ahí está la frontera entre los tiempos antiguos en los que los griegos «se arrodillaban ante los vientos» invocando la misericordia de los dioses y la edad moderna en la que el hombre ha dejado de estar «pasivo ante la naturaleza» y ha pasado «a gestionar el riesgo» inherente al propio concepto de civilización y progreso.

Es imposible representar mejor esa «jornada» de la condición humana que transcurre entre el amanecer de la razón y el crepúsculo en el que aúlla lo incomprensible. Si los aviones se diseñan y construyen cumpliendo todos los requisitos para que no se caigan nunca, ¿por qué se ha tenido que caer éste? Leibnitz, precursor del racionalismo, nos dejó una reflexión tan certera como inquietante: «La naturaleza ha establecido pautas que marcan el desarrollo de los acontecimientos, pero sólo en la mayoría de los casos». Terribles palabras.

Cuando sucede lo imprevisto, camuflamos nuestra ignorancia diciendo algo tan anticientífico como que se trata de la excepción que confirma la regla. El problema no está en la excepción -una vez ocurrió que…-, sino en que sea parte indisociable de la regla. Arthur Rudolph, diseñador de los cohetes del proyecto Apolo, lo explicaba muy gráficamente: «Lo que tú quieres es una válvula completamente hermética y haces todo lo posible por desarrollarla. Pero lo que el mundo real te proporciona es una válvula que produce filtraciones y sólo te queda por determinar qué nivel de filtraciones estás dispuesto a tolerar». ¿Qué es, pues, el riesgo sino la impotencia y la falta de certeza ante la imperfección esencial de cualquier obra humana?

El cuadro de Rembrandt no sólo refleja esa divergencia entre quienes tratan de dominar la tormenta y quienes se dejan llevar por ella, sino también los distintos grados de respuesta emocional ante la sensación de peligro, pues en ambos grupos hay quienes tienen la angustia pintada en el rostro y quienes afrontan el desenlace con serenidad imperturbable. Cuando un avión da botes en pleno vuelo hay quienes empiezan a sudar y se aferran a la mano de su acompañante -¿tuvieron tiempo de hacerlo los pasajeros del vuelo JK 5022?, ¿llegaron a darse cuenta de que en cuestión de unos instantes la mayoría de ellos estarían muertos?- y quienes siguen durmiendo, leyendo o divagando relajadamente.

El hecho de que el máximo nivel de tensión suela corresponder a los más mayores y la inconsciencia ante el peligro se identifique con la juventud corrobora sin duda la llamada ley de Bernouilli -a menudo subtitulada por qué el Rey Midas era infeliz- según la cual «la utilidad resultante de un pequeño incremento en la riqueza es inversamente proporcional a la cantidad de bienes previamente poseídos». Para el anciano que sabe que su final está cercano el valor de cada día de vida es infinitamente superior al que le da el joven que cree que tiene por delante un caudal poco menos que ilimitado.

Ruiz-Mateos ha irrumpido este miércoles al mediodía a bordo de un vuelo que despegaba de la T-4 como lo hacían los mensajeros de los dioses en las tragedias griegas, recordando a los mortales que ellos tomarán a su debido tiempo las decisiones claves para regular su existencia. Al menos desde el Renacimiento -sin duda desde la Ilustración-, el pensamiento humano ha venido rebelándose contra tal determinismo. «Tú crees en un Dios que juega a los dados con nosotros y yo en la ley y el orden de un mundo que existe objetivamente», le decía Einstein a su colega Max Born.

A esa ley y ese orden, esencialmente «relativos», les llamamos unas veces civilización y otras, Estado de Derecho. Cuando, según la teoría del caos, el aleteo de una mariposa en Hawai puede terminar desencadenando un tremendo huracán en el Caribe, es obvio que estamos muy lejos de controlar todas las variables, pero nuestra obligación es mantener las jarcias tensas y los aparejos en perfecto estado de revista. Hacer nuestra parte, cumplir con el deber. La ética indolora, querido Zapatero, simplemente no existe. Chesterton decía que «la vida no es ilógica, pero sí es una trampa para lógicos porque mientras su exactitud es evidente, sus inexactitudes están escondidas y lo salvaje permanece al acecho».

Tratándose de navegación aérea, pocas veces hemos escuchado la voz de «lo salvaje» con tan dramática contundencia como cuando conocimos las últimas palabras del comandante del aparato de Avianca que se estrelló en Madrid en noviembre de 1983 matando a 191 personas: «¡Cállate, gringa!», le dijo a la grabación del sistema de navegación de su Boeing 747 cuando le advertía de que se estaba confundiendo y pretendía aterrizar donde no estaba la pista. ¿Ha sido esa misma la pauta de conducta irracional de unos directivos de Spanair sobrepasados por las pérdidas, la incapacidad de vender la compañía, la obsesión por reducir costos y recortar plantilla y el desdén por las advertencias del Sepla? ¿Han permitido los inspectores de Aviación Civil que se fueran deteriorando entre tanto los controles de seguridad, tal y como descubrimos a posteriori que había ocurrido con la quebrada Air Madrid?

La Virgen de plata de Ruiz-Mateos protege con su mano derecha extendida a la criatura que tiene en el regazo y la mira dulcemente. In hac lacrimarum valle. No se llama María Inmaculada, sino Amalia Filloy Segovia. Es la mujer que le dijo al bombero que la encontró entre los hierros calcinados del avión que no se ocupara de ella sino que salvara a su hijita de 11 años, malherida a su lado. Illos tuos misericordes oculos.

Ningún cristiano discutirá que la Sagrada Familia es aquella última que haya sido mutilada. La mirada de los niños huérfanos, del hermano separado de su hermana, la memoria de todas las vidas truncadas de las víctimas nos obliga a exigir que la investigación de la verdad y la depuración de responsabilidades -criminales también, claro- llegue hasta el último tornillo. Es cuanto podemos hacer para mantener encendido el fuego de Prometeo y ser dignos coespecímenes de todos los navegantes que han surcado los mares más procelosos, intentando dominar los aterradores vientos de la incertidumbre.

Sabemos que los aviones seguirán llegando puntualmente a sus destinos, que el pasaje saldrá sano y salvo por la boca de los finger y que la calma volverá al Mar de Galilea. ¿Pero es esto suficiente?

Sócrates empleaba la palabra eikos para referirse a lo «probable» y definía su significado como «lo que se parece a la verdad». Venga, pues, una versión autorizada de la realidad para dormir tranquilos. La exactitud evidente, desprovista de las inexactitudes escondidas. La copia maquillada de lo que finalmente somos cuando pliega sus alas la lechuza de Minerva. Verbigracia, la reproducción del cuadro de Rembrandt en la cubierta de mi libro…

Porque no debo seguir ocultando al lector ni un solo momento más que el original de esta emblemática apología de la salvación a través de la fe y las buenas obras fue robado el 18 de marzo de 1990 del Museo Isabella Stewart Gardner de Boston por dos hombres disfrazados de policías y que, por increíble que parezca, habiendo mediado todo tipo de pesquisas y hasta cinco millones de dólares de recompensa, casi 20 años después ni el eficacísimo FBI ni la Divina Providencia, tan directamente concernida, han conseguido la restitución del lienzo al patrimonio de la humanidad al que pertenece.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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Zapatero y el diablo en la pared, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Publicado en Economía, Política by reggio en Agosto 17th, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Aunque haya sido para anunciar por quinta o sexta vez la supresión del impuesto sobre el Patrimonio y suministrar unas triviales «aspirinas» a una economía aquejada de una infección masiva y galopante, al menos Zapatero ha dado la cara en agosto. Sus ministros, secretarios de Estado y subsecretarios, le han encontrado esta semana en plena forma y con hambre de balón, pero un amigo mío que estuvo con él pocos días antes vio a Zapatero muy cansado y con ojeras macroeconómicas. El resumen que me hizo de algunos pasajes de su conversación constituye el testimonio más actualizado de lo que el presidente piensa de verdad en relación a esta crisis que se ha abatido sobre las familias y empresas españolas, y del ánimo con que la afronta.

«Me hace gracia que seáis los que os definís como liberales los que ahora más pedís que el Gobierno intervenga», le comentó el presidente. «Como ves, yo he decidido adoptar una actitud de serenidad y cierta distancia respecto a los detalles. Quiero transmitir un mensaje de tranquilidad, de que no reaccionamos alocadamente. Que la gente vea que mi respuesta no es la de una persona fría o impasible, o mucho menos irresponsable, como demagógicamente se dice a veces, sino la de una persona… no sabría cómo decirlo…».

«¿Flemática?».

«Sí, tal vez ésa sea la palabra».

Zapatero piensa que la situación es grave, pero no dramática. Que los españoles la encaran después de unos años en los que la renta per cápita ha superado a la de Italia, acercándose a la de Francia. Que además seguimos creciendo algo, cosa que ya no hace Alemania. Sostiene que se trata de una crisis importada, fruto de la falta de control de las hipotecas basura en los Estados Unidos y de la evolución especulativa del precio del petróleo. Está convencido de que la gran capacidad de reacción de la economía norteamericana le permitirá recuperarse pronto y de que «España superará la crisis en 2010».

Entre tanto el presidente descarta acudir en ayuda del sector inmobiliario o inyectar liquidez en el sistema financiero a través del ICO -más allá de estos testimoniales 20.000 millones para Vivienda de Protección Oficial y pymes-, al modo en que amagó hacerlo el Banco de Inglaterra, pues ello rebajaría nuestra solvencia internacional «y además no serviría para nada». Zapatero piensa que los barones del ladrillo deben pagar por sus errores al asumir riesgos sin tasa ni prudencia. Confía, en cambio, en la solidez de nuestra banca, fruto del «espléndido trabajo del Banco de España», que ha impedido la heterodoxia de las subprime con sus inquietantes vehículos de inversión encaminados a situar activos dudosos fuera del balance y ha obligado a realizar importantes provisiones genéricas que hoy sirven de providencial colchón ante el aumento de la morosidad.

Obviamente The Wall Street Journal -cuyo director, Robert Thompson, acaba de tener la oportunidad de comprobar in situ la realidad en tres comunidades españolas- aún no había dado la voz de alarma sobre la situación de las Cajas de Ahorros, estrechamente abrazadas a la burbuja inmobiliaria, pero el propio Zapatero ya reconocía hace un par de semanas que alguna podría tener problemas, «y en ese caso lo lógico sería recurrir a las fusiones».

Zapatero comprende que la escalada de la inflación está suponiendo un empobrecimiento real de las familias, que ven cómo sube la cesta de la compra, cómo se encarecen las hipotecas mientras baja el valor de las viviendas, y cómo cada día cuesta más llenar el depósito de la gasolina. Recuerda con nostalgia que cuando él llegó al Gobierno el barril de crudo estaba a 30 dólares, y ahora ha llegado a bordear los 150. Cruza los dedos para que la tendencia bajista de las últimas semanas se confirme, porque cree que la economía española puede absorber un precio de hasta 100 ó 105 dólares, y es a partir de ese techo donde empiezan los problemas y el IPC se desboca.

Al presidente le obsesiona reducir nuestra dependencia energética y considera que su apuesta por las energías renovables -sobre todo solar y eólica- va a ser un modelo a imitar en todo el mundo. Incluso justifica su resistencia a reabrir el debate sobre las centrales nucleares -después de decir que son «carísimas» y que, además, ningún coche utiliza esa energía-, alegando que eso distraería la atención de la opinión pública y de los sectores industriales ahora implicados en impulsar las renovables.

Vincula, pues, la suficiencia energética al conservacionismo ambiental, y es un entusiasta defensor de los planes de ahorro de su ministro y amigo Miguel Sebastián. Frente a quienes objetamos que en una sociedad abierta no se pueden variar los hábitos individuales de millones de ciudadanos más que en situaciones verdaderamente límite y de forma coyuntural, él exhibe con orgullo la reducción de la siniestralidad en las carreteras, que no sólo está suponiendo salvar muchas vidas, sino también importantes ahorros en sanidad o seguros. «Mi visión es kennediana, en el sentido de pedirle a la gente que se dé cuenta de lo mucho que puede hacer por su país».

Z apatero relativiza la trascendencia de lo que está pasando en el sector de la construcción, subrayando que su aportación al empleo sólo es la octava parte que la de los servicios. Ahora ve muy claro que era imposible continuar construyendo 750.000 casas al año, pero habría que reprocharle que no lo dijera a tiempo de contribuir a evitar la irresponsable huida hacia delante de los ayuntamientos recalificando alocadamente suelo, las promotoras y constructoras comprándolo y urbanizándolo -corrupción incluida- a costa de lo que fuera, las empresas de tasación valorándolo por las nubes, los bancos y cajas financiándolo alegremente para ganar cuota de mercado y sobre todo las familias cayendo en la trampa de endeudarse de por vida y en el espejismo de que la vivienda no se devaluaría nunca.

El presidente cree, en suma, que «España vive una crisis de crecimiento», que después de unos años de auge económico fortísimo «ahora estamos en un valle», pero que nuestras grandes cifras indican que saldremos «pronto y bien» de esta etapa tan negativa. Concretamente invoca que en la España de 2008 hay más de 20 millones de personas trabajando, ocho millones de pensionistas con unas prestaciones revalorizadas y cerca de dos millones de parados que en el sector de la construcción reciben una media de 1.200 euros por desempleo. Estos «treinta millones de personas con un sueldo» y el saneamiento del sector público -tras una legislatura de equilibrio presupuestario o superávit, el Reino de España como tal tiene un nivel de deuda muy inferior al de otros países desarrollados- son los pilares en los que se asienta la convicción de Zapatero de que en ningún caso viviremos situaciones como las de mediados de los 90.

El ve, en definitiva, una crisis en forma de U, y nos sitúa ya cerca de la mitad de la tripa de la letra. ¿Pero qué pasará si resulta que nuestra trayectoria tiene forma de L y además la base, ese fondo del pozo en el que aún no hemos terminado de caer, se prolonga durante toda una década de recesión o crecimiento raquítico al modo de lo que han vivido Japón o Portugal? Según mi amigo, el presidente no tiene respuestas para esta pregunta porque descarta tal escenario.

Utilizando una expresión muy centroeuropea, el periódico más importante de Stuttgart resumía el pasado lunes esa actitud diciendo que «Zapatero y Solbes no han querido ver el diablo pintado en la pared». O sea, que los síntomas de que la situación española no es grave sino gravísima están ahí y nuestras máximas autoridades se empeñan en ignorarlos. Y puesto que no reconocen los grandes -enormes- males que nos acechan, tampoco porfían en procurar los grandes -excepcionales- remedios que permitirían curarlos.

Nuestros dos principales problemas son el altísimo endeudamiento de familias y empresas vinculado a activos inmobiliarios en caída libre y el altísimo endeudamiento exterior en que han incurrido nuestros bancos y cajas para financiarlo. En España hay ahora cerca de un 1.200.000 viviendas en el mercado, y su caída de precio -será muy difícil venderlas por encima del 75% de su valor actual- devalúa también el suelo acumulado por las promotoras y desincentiva las operaciones de rescate de los bancos, a menos que tengan músculo suficiente como para aparcar esos activos durante un mínimo de tres o cuatro años en los que se vaya digiriendo el exceso de oferta.

El drama es que, a falta de ahorro nacional, la mayor parte de esa aparentemente interminable oferta monetaria de crédito barato ha procedido del extranjero. Nuestras entidades financieras deben en la actualidad más de medio billón de euros -se dice pronto, pero es la mitad del PIB- a sus colegas de todo el mundo. La súbita contracción del crédito y el bloqueo del mercado interbancario en un sistema envenenado por la desconfianza les han colocado, pues, entre la espada de unos acreedores nada propicios a ayudarles a seguir empujando el balón hacia delante y la pared de unos deudores asfixiados por su imprevisión o su codicia.

Es evidente que las suspensiones de pagos de los promotores inmobiliarios y la morosidad de empresas y particulares se van a disparar en los próximos meses. Muy pronto habrá que acuñar el concepto de hipotecas basura a la española: aquellas concedidas a personas que podían pagarlas porque su sueldo les permitía afrontar un tipo de interés bajo mientras el inmueble se revalorizaba, pero ya no van a cumplir sus compromisos porque no pueden o no quieren pagar más por algo que vale menos cuando han perdido su puesto de trabajo o corren el riesgo de hacerlo. Tratándose en muchos casos de hipotecas a 30 años, los prestamistas habrán recuperado una parte mínima del principal y tendrán que quedarse con inmuebles devaluados y de muy difícil venta a corto plazo. Primero quemarán sus provisiones y después empezarán a consumir su propio capital.

En el documentado y sólido análisis de estas variables que viene divulgando a través de Libertad Digital, Alberto Recarte advierte que la actual crisis de liquidez de los bancos y cajas será pronto «una crisis de solvencia», toda vez que las entidades de menor proyección internacional y tamaño tendrán que arrastrar pérdidas durante unos cuantos años. Su pronóstico es que eso «afectará a la economía real de forma indiscriminada» y llegaremos no a los tres sino a los «cuatro millones de parados». Volveríamos pues, mal que le pese a Zapatero, a la pesadilla felipista del 20% de desempleo con el agravante de que el colectivo más castigado serían esta vez los cinco millones de inmigrantes poco menos que recién llegados, cuya falta de arraigo les impediría contar con los tradicionales amortiguadores del entorno familiar o el repliegue en el ámbito rural.

Hace 10 años, cuando todas las campanas se lanzaban al vuelo de la moneda única, yo planteé la que entonces era «la pregunta de los 910.994 euros», pues un millón de dólares seguía siendo un millón de dólares: «¿Contribuirá la implantación del euro a que los países europeos introduzcan los cambios estructurales que les hagan ser más competitivos frente a Estados Unidos, Japón o los otros dragones asiáticos?». A mi modo de ver sólo una contundente respuesta afirmativa hubiera servido para paliar los obvios inconvenientes que implicaba la cesión de la política monetaria a una autoridad supranacional -el Banco Central Europeo- cuando llegara la hora de hacer frente a los llamados «shocks asimétricos», es decir, a esas situaciones en las que un país entra en recesión por su cuenta, crece mucho menos que los demás o tiene mucho más paro o inflación.

Aferrándose a los últimos datos de Eurostat que avalan sus tesis, Zapatero niega, por supuesto, que esa «asimetría» vaya a producirse en perjuicio de España durante los próximos meses y años. Lo veremos pronto porque el resto de Europa tampoco crece, pero ningún país padece el endeudamiento exterior y el crack inmobiliario con la intensidad del nuestro. En cualquier caso es indiscutible que todo sería más sencillo si ahora pudiéramos devaluar la peseta, reconociendo el empobrecimiento real que acabamos de sufrir, en vez de tener que hacer todo el ajuste a través de la pérdida de empleo. Y, sobre todo, es obvio que ya ha habido una «asimetría» respecto al resto de la zona euro, la del desaforado crecimiento de la oferta crediticia, a la que un regulador monetario nacional hubiera sin duda puesto coto a tiempo.

Conste que no reivindico ahora un euroescepticismo retrospectivo, sino que más bien lamento la interrupción del proceso de construcción política de Europa que vuelve impotentes tanto a una UE que sólo controla el valor de la moneda como a unos estados miembros a los que les falta esta decisiva palanca que tanto condiciona el manejo de los demás resortes. Ojalá toda la «caja de cambios» estuviera en Bruselas tras la constitución democrática -por quimeras que no quede- de los Estados Unidos de Europa.

Durante las dos legislaturas de Aznar, España hizo bien sus deberes introduciendo reformas estructurales en sintonía con la llamada «agenda de Lisboa» que liberalizaron la economía y aumentaron la productividad. Pero Zapatero estuvo luego demasiado ocupado negociando con ETA y promoviendo «el Estatuto que venga de Cataluña» como para profundizar en la jugada -aunque, justo es decirlo, tampoco desanduvo el camino- y ahora se siente desbordado por los acontecimient