Reggio’s Weblog

Trampas blancas sí ofenden, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 18 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Me preguntan los compañeros de nuestra revista La Aventura de la Historia -sin duda la publicación europea de su género que mejor equilibra la divulgación con el rigor científico- cuál hubiera sido la etapa en la que me habría gustado vivir. Como se trata de inaugurar una sección en la que no se buscan generalidades sino concreción, les contesto que en la Francia de la Convención durante el primer semestre de 1793 y explico que fue la primera vez en la Historia en que una asamblea fruto del sufragio universal tuvo que afrontar sin la opresión del viejo régimen como restricción o coartada -Luis XVI sube a la guillotina el 21 de enero- los problemas del ejercicio de la democracia parlamentaria. Cayó la cuchilla sobre el cuello del ungido y los representantes del pueblo se quedaron solos con sus representados. La Nación era suya y la prensa entraba en escena.

Añado que aquello terminó muy mal y que el punto de inflexión hacia el desastre fue el golpe de Estado estimulado por la Comuna de París y el Club de los Jacobinos que el 2 de junio supuso la purga de 22 diputados moderados o «girondinos», arrestados primero en sus domicilios y guillotinados unos meses después. Argumento que aquel pulso fue el antecedente de muchos otros -bolcheviques contra mencheviques, frentismo popular contra burguesía republicana- que han fraguado la historia contemporánea, me doy la vuelta, me olvido del asunto y, de repente, desde el ámbito más inesperado, un vendaval de actualidad no sólo me devuelve al lugar del crimen sino que me hace revivir la sesión clave en la que se fraguó tal liberticidio.

Me refiero a la celebrada en la Convención Nacional aquel lunes 27 de mayo en el que de forma pérfida y espuria se dobló el brazo de la mayoría, imponiéndole la disolución de la llamada Comisión de los Doce, recién constituida por la cámara con el encargo de investigar las conspiraciones de los círculos radicales contra su soberanía. Tres factores determinaron esa inaudita voltereta parlamentaria: en primer lugar, que se votó a mano alzada porque Robespierre había impuesto la doctrina de que el voto secreto era un subterfugio para engañar al pueblo y no responder ante él; en segundo lugar, que desde las tribunas se increpaba constantemente a los diputados moderados, de forma que muchos no acudieron y otros se sintieron compelidos a cambiar el voto; y en tercer lugar, que el populacho terminó invadiendo el hemiciclo, ocupando parte de sus bancos y participando en la votación al camuflarse sus principales activistas entre los diputados de la Montaña.

¡Diantre, si ésas son exactamente las tres cosas que sucedieron el 7 de diciembre en la estrafalaria Asamblea del Real Madrid que ahora ha dado pie a las espectaculares revelaciones de Marca! En efecto, tanto el ejercicio del sufragio como los recuentos fueron chapuceramente asamblearios, los Ultra Sur ejercieron en todo momento el atrabiliario papel de los airados sans culottes y varias docenas de infiltrados usurparon las funciones de los representantes legítimos, desnaturalizando el resultado de las votaciones.

La diferencia -bueno, al menos, una de ellas- es que ni los diarios girondinos ni el más independiente y ecuánime que dirigía Prudhomme bajo la cabecera de Les Revolutions de Paris dispusieron ni de medios, ni de tiempo, ni de libertad para tirar de la manta con la profesionalidad ejemplar con que acaba de hacerlo el equipo de Eduardo Inda, con los periodistas Juan Ignacio Gallardo y Miguel Serrano como primeros solistas.

Basta bailar la segunda y tercera cifra de ese año 1793 para llegar a otro momento histórico en el que la prensa sí estaba ya en condiciones de rendir tales servicios a la sociedad -y vaya que sí lo hizo-, de forma que cualquiera con edad suficiente y un poco de memoria podrá reconocer la pauta de conducta exhibida el pasado miércoles por Ramón Calderón en su penúltima conferencia de prensa como un mal calco de la que desplegó Richard Nixon el 30 de abril de 1973, cuando compareció para anunciar que zanjaba la depuración de responsabilidades del caso Watergate, destituyendo a sus estrechos colaboradores Robert Haldeman y John Erlichman.

Eran dos peces gordos. Haldeman, jefe del staff de la Casa Blanca, ocupaba como el tal Bárcena un cargo orgánico importante. Erlichman, como ese avispado y precoz Nanín, era una mezcla de asesor, confidente personal y hombre para todo de Nixon.

A estas alturas, con casi todos los hombres del presidente y el propio Deep Throat criando malvas y Woodward y Bernstein al borde de la jubilación, continúa siendo un misterio como consiguió Dick el Tramposo que sus peones de brega se inmolaran tratando de salvarle, a sabiendas de que eso iba a acarrearles consecuencias penales (Erlichman se chupó año y medio de cárcel). Cuando se estrene en España la película El desafío. Frost contra Nixon podrán fijarse -es una de las cosas que más me llamó la atención cuando les hablé de la versión teatral representada en Londres- en el halo de remordimiento con que el ángel caído explica que sus dos cabezas de turco también «tenían familias» y tal vez debía haber luchado más por ellos.

La aproximación más detallada al enigma es la del libro Alone in the White House, en el que, reconstruyendo en 2001 lo ocurrido casi 30 años antes, el gran Richard Reeves relata cómo Nixon se reunió sucesivamente con Haldeman y Erlichman y les endilgó la misma milonga: que se sentía enfermo, que le daban ganas de dejarlo todo, que la noche anterior había rezado pidiendo al cielo no volver a abrir los ojos para no tener que despertarse en medio del infierno cotidiano al que la jauría periodística había arrastrado su presidencia. Las mismas teclas del victimismo que Calderón ha tocado estos días con tanto desparpajo.

Todo indica que fue Erlichman quien poco antes de morir le contó a Reeves el contenido de la conversación clave. «Esto es como cortarme los dos brazos», le dijo Nixon entre sollozos. «Tu y Bob necesitaréis dinero. Yo tengo algo, Bebe (se refería a su amigo el multimillonario Rebozo) lo tiene podéis contar con ello». A lo que Erlichman respondió: «Eso sólo serviría para empeorar las cosas. Pero hay algo que puedes hacer por mí, en algún momento. Explícaselo tú a mis hijos. ¿Lo harás?». Y Nixon asintió, abrazándole.

A juzgar por las informaciones que sitúan el finiquito de los menos de dos años de relación laboral del tal Bárcena en las inmediaciones del millón de euros, la dinámica de soltar lastre de Calderón tuvo más consistencia crematística (a cuenta del club) y menos grandeza shakesperiana -es lo que va de una a otra Casa Blanca-, pero desde el momento en que consumó la felonía de intentar cargar el peso de su culpa sobre las espaldas de sus ayudantes las cosas empeoraron para él tanto como para Nixon.

No sólo porque el tal Nanín con sus medidas declaraciones -«Todo lo que hice me lo ordenaron desde arriba»- pasó a representar el mismo papel que el destituido consejero presidencial John Dean, a mitad de camino entre el arrepentimiento y la insinuación hacia el ministerio público de cara a un eventual pacto en un proceso penal. No sólo porque las fotografías de Marca, probando la intimidad entre los tramposos y la familia Calderón, cumplieron la misma función de pistola humeante que las cintas grabadas en el despacho oval en las que Nixon demostraba estar perfectamente al tanto de las andanzas de los cubanos contratados para asaltar el cuartel general demócrata. No sólo porque la reacción de los directivos espantados ante la forma en que Calderón les había engañado y utilizado para engañar a los demás fue mimética a la de los congresistas y senadores republicanos que optaron por abandonar a Nixon a su suerte.

No, las cosas empeoraron sobre todo para Calderón porque la notoriedad de su rueda de prensa fue tal que millones de ciudadanos que hasta entonces no habían reparado demasiado en su conducta, adquirieron instantáneamente conciencia de qué tipo de personaje tenían delante.Y desde ese momento la bola de nieve de la opinión pública comenzó a envolver al madridismo con una pañolada virtual de tal empaque que la defensa de Calderón en la España actual se convirtió en una causa tan perdida como la de Nixon en la Norteamérica de hace 35 años. Sé lo que me digo porque yo estaba allí.

Incluso el subsiguiente cantinfleo en torno a la opción de tirar o no la toalla con un deje de deleitación masoquista en la propia desgracia alimenta el paralelismo. Lo que cuentan algunos de los asistentes a las reuniones del jueves por la noche en la residencia del aún presidente madridista recuerda mucho al episodio en el que Nixon se planta sobre el cogote del ayudante que estaba redactando el texto del discurso con el que anunciaría las dimisiones arrancadas a sus colaboradores y le dice: «Tal vez soy yo el que debería dimitir, Ray. Si tú lo piensas, ponlo en ese texto». El tal Ray dejó de escribir y acompañó al presidente hasta el borde de la piscina creyendo que estaba tan desesperado que era capaz de tratar de ahogarse.

En la era de internet los procesos son mucho más fulgurantes y las laderas de la montaña por las que rueda y se autoalimenta un estado de indignación bastante más verticales y afiladas que nunca. Su impostura había quedado tan en evidencia por la segunda entrega fotográfica de Marca que en cuestión de horas Calderón era ya un cadáver ambulante. Quedaba por ver cuánto tiempo tardaría él en enterarse. Boqueó contra las tablas y tuvieron que acudir sus propios directivos a apuntillarle.

El último hurra del viernes por la tarde fue también genuinamente nixoniano. Su 50% iracundo recordó la legendaria última conferencia de prensa de noviembre del 62, en la que el derrotado candidato a gobernador de California juró, tan en falso como suele hacerlo Calderón, que los detestados periodistas -encarnación ahora del «triunfo de la injusticia y la maldad»- no volverían a tener la oportunidad de darle «patadas en el trasero nunca más». Y su 50% lacrimógeno evocó el discurso Checkers de septiembre del 52, en el que el compañero de campaña de Eisenhower esquivó las acusaciones de financiación ilegal, parapetándose en su familia -trasladando a la nación entera que su hija no quería desprenderse del perro que le había regalado uno de los donantes- con la misma almibarada grandilocuencia con que anteayer lo hizo Calderón.

¿Robespierre y la Convención Nacional? ¿Nixon y el Watergate? Oiga, oiga que esto es sólo una trapacería futbolera más. ¿No le habrá llevado hoy demasiado lejos su manía plutarquiana?

Ocúpese, por favor, de los problemas reales que desgraciadamente no nos faltan en España y allá se las entiendan quienes hacen girar su vida en torno a la tontería de si la bolita entra o no en la portería.

Agradezco que haya lectores con aguante para llegar hasta aquí antes de formularme este reproche y comprendo que otros hayan podido plantear su objeción de conciencia desde el inicio porque yo soy el primero en encontrar, más que cargante, inaguantable la prosopopeya, el ombliguismo y el énfasis trascendentalista con que sobre todo la prensa de Barcelona suele desmadrar las intrigas balompédicas.

Pero cualquier regla tiene su excepción y resulta que este caso reúne todos los ingredientes para hacer de él una parábola moral destinada a un público de todas las edades, porque el madridismo es una ilusión inocente y transversal.

Calderón no ha sido sino una máscara tras la que se pueden colocar unos cuantos nombres y apellidos de nuestra vida política, económica y social. Algunos de ellos han llegado a ocupar muy altas magistraturas, lugares de preeminencia o poltronas envidiables, con el denominador común de que su ambición y falta de escrúpulos primero les llevó a vulnerar las normas de la legalidad y su contumacia en la indecencia les empujó luego a tratar de eludir su responsabilidad, desviándola hacia otros y sometiendo a las instituciones que representaban a infames agonías. Unos han terminado en la cárcel de verdad, otros sólo en la de las hemerotecas. Puesto que ya en el siglo I Dionisio de Halicarnaso definió la Historia como «la enseñanza de la Filosofía a través de ejemplos», bueno es que éste nos haya servido para subrayar, una vez más, que el que mal anda, mal acaba.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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