Reggio’s Weblog

Molly Brown siempre a flote, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 4 enero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Feliz año malo, feliz año duro, feliz año rudo… Son tan nefastas las expectativas con las que abrimos este último ejercicio de la primera década del siglo XXI que cada día que pase sin que se desmoronen espacios de libertad y dicha personal será un triunfo a la vez de la inteligencia y de la voluntad humana sobre la fatalidad de los feos augurios.

Pero este partido lo vamos a ganar los de Triunfópolis, por mucho que haya que remar contra la corriente. Se lo decimos quienes algo sabemos ya de lo que son las crisis, pues no en vano este periódico se ha forjado en la tribulación y ha llegado a ser lo que es en medio de las peores dificultades imaginables.

Sobre mi mesa hay un recipiente de plata en el que guardo plumas, lápices y bolígrafos con una frase de Séneca grabada en bellas letras cursivas: Adversarum ímpetus rerum viri fortis non vertit animum. «El ímpetu de las adversidades no cambia el ánimo del hombre fuerte».

Pero no es la fortaleza del estoico, que se siente tan espiritualmente inmune como físicamente vulnerable ante unos acontecimientos en los que hace tiempo que ha renunciado a intervenir, la que estoy invocando. No, es la hora de salir al encuentro de los problemas, adentrarse hasta el corazón de la tormenta y luchar a brazo partido contra todos los rayos y relámpagos que nos envíe el destino.

Pónganse para ello los mejores trajes de su armario y las mejores sonrisas de su almario -como si 2009 tuviera 365 grandes ocasiones- y no dejen de comprar ni un solo día EL MUNDO ni de visitar cada pocas horas nuestra edición electrónica, pues eso les ayudará a responder al peor tiempo con la mejor cara. No sólo porque una vez más sabremos estar a la altura de las circunstancias y cada mala noticia irá siempre acompañada de su correspondiente propuesta de remedio, sino porque para nosotros éste es un año muy especial -el de nuestro vigésimo aniversario- y no vamos a permitir que ningún temporal o inundación nos agüe la fiesta.

EL MUNDO del Siglo XXI nació el 23 de octubre de 1989 como «un periódico nuevo al servicio de una nueva sociedad». Hasta sus más acérrimos detractores admiten que España habría sido distinta -nosotros decimos que bastante peor- sin un diario como éste. Ahí queda en las hemerotecas la contribución de nuestro periodismo de investigación a la regeneración del sistema democrático y toda una galaxia de proposiciones éticas y estéticas, acompasadas al progreso de la sociedad española.

Pues bien, ha llegado el momento de modernizar nuestra modernidad, y por eso hemos lanzado de nuevo simbólicamente la gorra de ese compromiso al otro lado de la valla para obligarnos a saltarla. Desde el próximo domingo día 11 irán descubriendo importantes innovaciones tanto en la edición impresa como en nuestro sitio de internet, con cambios de diseño, nuevas secciones, nuevos suplementos y nuevos formatos a los que podrán tener acceso en distintos soportes, incluida nuestra emergente Veo TV que hace ya sus ejercicios de calentamiento por la banda, a la espera de poder saltar en plenitud de facultades al estadio en el que, tras el apagón analógico de abril de 2010, se iluminará la fuerza del pluralismo de la Televisión Digital Terrestre.

Aunque en este universo post McLuhan la marca -y no el medio- es, como digo, el mensaje, nada habrá, en todo caso, tan esencial para entender nuestra redoblada modernidad como la insistencia con que la realidad seguirá imitando al arte, la política reinventándose a sí misma y el periodismo investigando la verdad de lo soñado. Sólo cuando se apagan las luces de la sala y se enciende el proyector nos damos cuenta ante el espejo de que no somos sino lo que sentimos. Por eso, porque como bien canta Aute -su gran estuche recopilatorio ha sido el mejor regalo de esta Navidad y aún tienen tiempo de conseguirlo para Reyes- «toda la vida es cine y los sueños cine son», hemos querido contribuir a alegrarles a todos ustedes el comienzo de este año revirado con un regalo décuplo: estas 10 películas que ven ustedes aquí abajo y que recibirán durante 10 domingos sin recargo alguno, como compendio del homenaje que el cine ha rendido al periodismo durante más de un siglo y como expresión del homenaje que, en señal de gratitud, EL MUNDO debe a la fidelidad de sus lectores.

Desde el próximo domingo, en que nos reiremos de nosotros mismos con The Front Page, hasta el 15 de marzo, en que con plenitud de intención y propósito haremos coincidir el quinto aniversario del 11-M con la entrega de Call Northside 777 -la estimulante película de Henry Hathaway, traducida en España como Yo creo en ti, de la que ya les hablé hace unos meses-, cada semana compartiremos las grandezas y miserias del periodismo, sus tensiones políticas, sus dilemas éticos, sus hitos memorables y sus pifias para olvidar, tal y como las ha reflejado el cine, anudando así aún más esta relación tan especial que se ha forjado desde hace 20 años entre ustedes y nosotros.

¿Y de los políticos, qué? Bueno, no están en esta colección -a lo mejor habrá que dedicarles otra-, pero seguro que si abrimos un concurso se les ocurren muchos títulos con los que asociar tanto al presidente del Gobierno como al líder de la oposición, o no digamos a algunos tiranuelos autonómicos. A Zapatero ya lo he presentado ante ustedes como la Mary Poppins que todo lo resuelve con un gramo de azúcar, el Pimpinela Escarlata que esconde su astucia bajo una apariencia bobalicona, el camaleónico Zelig, la irresponsable Maria Antonieta, el caballero Block que juega al ajedrez con la muerte en El Séptimo Sello, uno de los Rescatadores en Cangurolandia -perdón, Banquerolandia-, el Príncipe de las Mareas que se adapta a lo que sea, el irreverente Mono Rey o el Jovencito Frankenstein cuando se le escapa el monstruo.

¿Hay quién dé más? Pues sí, porque a la vista del provocador desparpajo con que ha hecho su balance de año viejo y sobre todo del inaudito resultado de la encuesta con la que anteayer comenzamos el nuevo, les reto a que me propongan un título, un argumento y un concepto que se adapten mejor a él que los de Molly Brown siempre a flote.

Les refrescaré la memoria sobre esta película. Se trata de la versión musical -primero fue una producción teatral en Broadway-, protagonizada por Debbie Reynolds, de la historia de Margaret Tobin, una chica de humilde ascendencia irlandesa con la cabeza llena de pájaros, nacida en la misma localidad de la ribera del Misisipí -Hannibal (Misuri)- en la que transcurrió la infancia de Mark Twain y en la que están ambientadas gran parte de las aventuras de Tom Sawyer y su inseparable Huckleberry Finn.

Tras sobrevivir a unas inundaciones en las que, según la leyenda, su cuna de bebé estuvo durante un tiempo a la deriva, y tener que ponerse a trabajar en una fábrica a los 13 años por un sueldo miserable, la pequeña Molly y su familia se sumaron a la quimera del oro y emigraron hacia las Montañas Rocosas. En Leadville (Colorado) conoció a un ingeniero con talento pero sin fortuna llamado J.J. Brown y se casó con él aún adolescente.

Cuando todo parecía irles mal como consecuencia del crash de la plata de los últimos años del XIX, J.J. descubrió por azar un rico yacimiento en la mina de la que era superintendente y los propietarios le premiaron con una parte de las acciones, convirtiéndole en multimillonario. El matrimonio se instaló en Denver y ella dedicó todo su tiempo y una parte de su recién adquirida fortuna a la causa de la reforma social y especialmente a la lucha por el sufragio femenino, llegando a presentar su candidatura al Senado de Colorado, en abierto desafío de la máxima imperante -compartida, por supuesto, por su horrorizado marido-, según la cual una mujer sólo debía salir en el periódico con motivo de su boda, su bautizo y su funeral.

Zapatero la habría hecho ministra de Igualdad con mejores avales que los de la pobre chica que tiene en el cargo, pero si yo asimilo ahora su figura a la del presidente no es por su militancia feminista sino por su desafiante jactancia ante la buena suerte. Y es que Molly Brown, ya divorciada, fue una de las supervivientes del Titanic, en el que regresaba de uno de sus habituales viajes por Europa. Cuando llegó en el buque que la había rescatado -el Carpathia- al abarrotado Muelle 54 del puerto de Nueva York, donde aguardaban decenas de miles de personas y un alud de reporteros, ella resumió su sino con palabras memorables: «La típica suerte de los Brown… Somos insumergibles». Había vuelto a nacer y prometía repetir el número la próxima vez: «The unsinkable Molly Brown».

¿Con qué paralelismo cinematográfico, literario o histórico podría describirse mejor el caso de un gobernante que cuando la economía se viene súbitamente a pique -en parte por la fatalidad del choque con unas inmensas masas de fraude sumergidas y por los graves defectos estructurales de la nave, pero también por su falta de pericia como piloto y capitán del barco- y la inversión, el consumo, el empleo… todo se hunde a su alrededor, él continúa a flote con su popularidad relativamente intacta y casi tres puntos de ventaja en la intención de voto?

Aquí hay algo paranormal. Mientras el oscuro océano engulle el transatlántico de nuestra prosperidad, ahí aparece él tan pimpante a bordo del bote salvavidas de las encuestas. Y, sin embargo, sólo el contraste de la situación actual con los cánticos al crecimiento y estabilidad de nuestra economía con los que, como oportunamente ha recordado Carlos Segovia, Zapatero comenzó el pasado ejercicio -fulminando a aguafiestas como Zaplana, que había osado pronunciar a modo de futurible la palabra «recesión»-, debería bastar para que los españoles arrojaran al fondo de ese mar metafórico de la popularidad a alguien cuya imprevisión y cuya falacia han sido puestas tan en evidencia.

Si a ello le sumamos el último alarde de irresponsabilidad que supone resolver el problema de la financiación autonómica, fruto de sus disparatados compromisos con Cataluña, mediante la patada hacia delante del caviar para todos, podríamos llegar a la conclusión de que el pueblo español ha adquirido un fuerte componente masoquista. A lo mejor es la consecuencia lógica del «sadismo en nuestra infancia» -política-, tal y como teorizaba Vázquez Montalbán en una de sus obras de juventud, y resulta que tras el terrorismo de Estado felipista y los pies sobre la mesa de los amos del universo, con excursioncita a las Azores incluida, de Aznar ya nos hemos acostumbrado a que el verdadero sentido del ejercicio del poder en España sea estropear las cosas.

¿O acaso no es evidente que esta fórmula en la que a corto plazo todas las comunidades ganan -unas por renta, otras por población y las restantes por San queremos-, mientras el Estado se endeuda más y más, sólo implica hipotecar el porvenir para pagar los vencimientos de los caprichos políticos del ayer y el anteayer? ¿O acaso no es evidente que al tirar así la casa por la ventana, precisamente cuando la coyuntura exige más austeridad, seremos los contribuyentes quienes nos romperemos la crisma, mientras los políticos gordinflones caerán sobre nosotros con el paracaídas clientelar del gasto -incluidas sus tan patéticas como onerosas televisiones autonómicas- cómodamente desplegado? ¿O acaso no es evidente que entre los beneficiarios de esta bula hacia una reelección segura figuran tres gobiernos como los de Galicia, Baleares y Cataluña, que vienen dedicando cuotas importantes de esos recursos a la tarea de la demolición política, histórica, cultural y por supuesto lingüística de la España constitucional, aun a costa de pasarse por los mismísimos las sentencias del Tribunal Supremo? ¿O acaso no es evidente, en definitiva, que la aplicación de este modelo supondrá un nuevo paso adelante en la estúpida transformación de España en la mera suma -de momento- de sus cada vez más alejadas partes?

A Zapatero no se le puede negar que, como Molly Brown, siempre está ahí, dando la cara con una sonrisa de oreja a oreja que para sí la quisiera el gato de Cheshire, con una moral a prueba de bomba o, si se prefiere, con un rostro de cemento armado, demostrando un creciente dominio de la escena -a la multimillonaria también le dio por el teatro, tratando de emular a Sarah Bernhardt- y una descomunal habilidad en el arte de hacerse el simpático. Hasta el extremo de que puede estar labrándonos la peor de las ruinas y cualquiera diría que tuviéramos que mostrarnos agradecidos por la diligencia, la cordialidad y el buen ánimo con que lo hace.

Lo que ocurre es que, claro, siempre que se destaca es con relación a alguien y, en este caso, lo que contemplamos al frente del PP sólo puede resumirse como una tragedia española. Rajoy tiene razón en casi todo lo que dice, pero nunca le servirá de nada porque no genera ni empatía, ni ilusión -por algo se identificaba Zapatero con Obama en el artículo que escribió la semana pasada para EL MUNDO-, ni ninguna de esas otras emociones que pavimentan la intención de voto. No es un malvado aunque, como a tantos otros, se le nota demasiado que va a lo suyo; pero se hace fotos con los jóvenes y en lugar de rejuvenecerse él, avejenta a los de al lado. Quisiera equivocarme, pero incluso si ganara unas generales por una de esas chiripas que a veces suceden en la vida, seguiría siendo percibido como un estorbo y no como un agente de transformación y cambio. La vida es así de injusta: ni Butragueño nació para tribunas, púlpitos o estrados, ni yo para el bel canto, y mira que nos hubiera gustado.

No quiero adornarme, una vez que los hechos están corroborando todo lo que yo dije el 10 de marzo, pero el año comienza bajo los auspicios del deseo de derrota de gran parte de los cuadros, militantes y votantes del PP que ya sólo sueñan con la regeneración en la catarsis -gallegas, vascas, europeas… qué tres grandes oportunidades de perder-, y eso no sucedía desde que el PSOE inició el 97 con la obsesión de liquidar a su padre padrone. La ventaja del PP es que no necesita descubrir a su insumergible Molly Brown porque tiene dos en el banquillo y un tercero en el bancazo.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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