Reggio’s Weblog

Los peores y los más opacos, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 14 diciembre, 2008

CARTA DEL DIRECTOR

Estremece ver cómo se tambalean algunas de las manchetas que han dado más lustre a la historia del periodismo. Fue Joseph Medill, el legendario director de este mismo Chicago Tribune que acaba de ser arrastrado a la quiebra por la adquisición de activos sobrevalorados, quien hace siglo y medio obtuvo las confidencias de Abraham Lincoln sobre su iniciativa más inesperada y controvertida como presidente electo.

¿Cómo era posible que hubiera nombrado secretario de Estado a su más encarnizado rival para la nominación republicana -el senador neoyorquino William Seward- y que hubiera incorporado a otros dos significados adversarios -el gobernador Chase y el juez Bates- a otros dos puestos clave de su gobierno? ¿Cómo iba a funcionar aquello? ¿Quién iba a mandar en un corral con tantos gallos? «Necesitábamos a los hombres más fuertes del partido en el gabinete y yo no tenía derecho a privarle al país de sus servicios», le explicó Lincoln a Medill.

Así nació el mito del equipo de rivales o Team of Rivals y desde que se supo que Barack Obama tenía el libro del mismo nombre de la historiadora Doris Kearns Goodwin entre sus lecturas de cabecera, resultó inevitable que el proceso de formación de su propio gobierno se mirara con esa óptica. Sobre todo desde que quedó confirmado que el puesto de Seward lo iba a ocupar quien también había sido su Némesis durante las primarias… y representando igualmente a Nueva York en el Senado.

El fichaje de Hillary fue la mayor prueba de fortaleza y confianza en sí mismo que podía dar Obama. Especialmente después de haberla descartado como running mate o candidata a la Vicepresidencia. Una vez que estaba claro que no le debía una parte de la victoria -siempre difícil de cuantificar- y desde la cima de popularidad de su triunfo histórico, bien podía permitirse el lujo de ofrecerle a ella el puesto y a la nación, la mejor «ministra de Asuntos Exteriores» posible de cara a las tribulaciones del porvenir.

A medida que el gabinete se fue completando con el mismo Robert Gates que había servido lealmente a Bush como secretario de Defensa, con el malabarista hispano Bill Richardson o con grandes figuras de la universidad y la banca como Lawrence Summers y Timothy Geithner, el equipo emergente fue tiñéndose de un tinte tan moderado y centrista como meritocrático y elitista. Por lo tanto el libro del momento ya no era Team of Rivals sino, de nuevo, The Best and the Brightest.

¡Los mejores y los más brillantes! Guardo como oro en paño en un estante especial de mi biblioteca un ejemplar de The Best and the Brightest autografiado por su autor, David Halberstam, en agosto de 1973 en el emporio veraniego de la isla de Nantucket.

Aunque el título se refiere a los caballeros de la nueva Tabla Redonda -los McNamara, Dean Rusk, McGeorge Bundy, Arthur Schlesinger…- convocados por Jack Kennedy a su Camelot de la Casa Blanca, si alguna vez hubiera que distribuir la Legión de Honor o la Orden de la Jarretera del periodismo contemporáneo no cabe duda de que el propio Halberstam sería uno de los primeros condecorados. Falleció el año pasado en un absurdo accidente de tráfico, dejando una estela que incluye una ejemplar cobertura de la guerra de Vietnam para el New York Times, deslumbrantes contribuciones al reporterismo deportivo -Segurola, Inda, Julio César o Rafa Alique sabían muy bien de lo que hablábamos cuando evoqué su figura durante el homenaje que Marca rindió a sus redactores históricos- y, sobre todo, una decena de libros políticos entre los que destaca esta obra de magnitud icónica que, como las mejores mareas, vuelve una y otra vez a romper contra el acantilado de la actualidad.

Tanto es así que el otro día el columnista Frank Rich primero se sintió obligado a recordar el aura de ironía con que Halberstam catalogó a aquella aristocracia del talento que terminó sumergiendo a su país en la pesadilla de Indochina; y después se sintió obligado a subrayar, como aviso anticipado por si la historia se repite con los Obama boys (and girl), que «los más brillantes no son siempre los mejores».

¡Bendita precisión! Ojalá hubiera motivo para aplicárnosla aquí y ahora, en una España en la que tantos espacios de representación parecen estar siendo cubiertos mediante un sádico proceso de selección a la inversa. Basta un primer vistazo al banco azul para convenir que hoy por hoy no hay el menor riesgo de que el complejo de superioridad figure entre las taras de casi ninguno de nuestros gobernantes. Aunque se escuden en el muy inferior parapeto de la chulería, las almas insípidas nunca incurren en el genuino pecado de soberbia a lo Areilza, a lo Tierno Galván o a lo Herrero de Miñón, pues de donde no hay, no se puede sacar… ni siquiera para mal. Quién pillara a los «más brillantes», aun a costa de asumir con gusto el riesgo de que no resulten ser siempre «los mejores».

De todas las etapas de la democracia, sólo durante el quinquenio de UCD rodaron de verdad esos dados del talento por el ágora pública. Fuera por la magia del estreno o por la ingenuidad propia de quienes no habían paladeado aún el acíbar de una vida política mezquina e implacable, el caso es que la nómina de aquellos gabinetes del «chusquero de Cebreros» -el propio Suárez se flagelaba con los espectaculares currículos de sus ministros- incluía lo mejor de cada casa. ¿Nombramos a 10? Ahí van, a voleo: Fuentes Quintana, Garrigues, Ordóñez, Oreja, Lladó, Cavero, Lavilla, Oliart, Calvo Sotelo, Jiménez de Parga.

¿Nombramos a 10 más? Pues aquí los tienen: García Díez, Bustelo, Añoveros, Clavero, Ortega Díaz-Ambrona, Fontán, Lamo, Pérez Llorca, Rodríguez Sahagún, González Seara.

¿Y a otros 10 más, incluidos los ministros del «tío Leopoldo»? Dicho y hecho: Arias Salgado, Bayón, Gámir, Alvárez, Leal, Martín Retortillo, Rodríguez Miranda, Punset, Mayor Zaragoza, Rodríguez Inciarte.

Fíjense que he omitido a los políticos profesionales que venían del viejo régimen como Martín Villa, Rosón o el ilustrado Pío Cabanillas. Pero esa lista, incompleta en el recuerdo, reflejaba -como ha quedado corroborado después- la gloria del foro y de la cátedra, la crema de la nación, el cuadro de honor de las profesiones, la orla de la empresa y de la banca. Todos perdieron dinero con la política o al menos dejaron de ganarlo. Todos acudieron vocacionalmente a la llamada del servicio público y se reintegraron sin traumas ni problemas a los escalones más altos de la actividad privada.

El primer gobierno de González también alineó lo mejor que la izquierda podía dar de sí. Un buen plantel de cabezas pensantes con vitola intelectual y prestigio ganado en las facultades o los servicios de estudios, pues ahí estaban los Boyer, Maravall, Solana, De la Quadra, Ledesma o el luego asesinado Lluch, de quien acabo de descubrir, por cierto, un magnífico texto en un volumen de estudios sobre Condorcet.

Es verdad que también había personajes tan oportunistas como Barrionuevo o tan nefastos como Solchaga y que luego la llegada del electricista Corcuera, la sectaria Matilde Fernández o el turbio García Valverde fueron empeorando las cosas, mientras el banco azul se completaba cada vez más con meros nombres de relleno. Pero aun así la clase política felipista, condescendiente con el crimen de Estado y la corrupción como lo fue, siempre mantuvo un cierto nivel de competencia y en los momentos clave González fue capaz de sacar de la chistera atractivos conejos como el propio Ordóñez -único caso, asimilable al de Gates, de presencia en dos gobiernos de colores diferentes- o el Belloch renovador e intrigante de las horas finales.

Aznar trató de reeditar la experiencia meritocrática de UCD, pero con las acertadas excepciones del eficaz Piqué y la valiente Margarita Mariscal, y la sospechosa incrustación de Eduardo Serra, todas las carteras clave se distribuyeron en realidad entre los compañeros de viaje de la refundación del PP, emprendida en el Congreso de Sevilla del 90. Tanto ellos (Rato, Cascos, Mayor Oreja, Rajoy, Arenas o Aguirre) como quienes fueron completando los núcleos duros de los sucesivos equipos ministeriales (Acebes, Zaplana, Trillo) eran ya políticos profesionales dentro de la variedad bautizada como «jóvenes pero suficientemente preparados» y en conjunto mantuvieron un tono notable de eficiencia en la gestión.

Que Isabel Tocino pudiera terminar en Medio Ambiente o, sobre todo, Celia Villalobos en Sanidad -sin que se resintieran ni el equilibrio ecológico ni la salud de los españoles- puso de relieve que los tejemanejes de los partidos producen a veces extrañas combinaciones. Pero si algo cabe decir de aquel «cuaderno azul» cuyo mito se alimentaba deliberadamente es que, en general, era tan predecible como la mismidad de su propietario. Aquello terminó mal, con el disparate de Irak y el trágico misterio del 11-M, pero ni siquiera en los momentos en los que se le fue la olla por la soberbia de la mayoría absoluta, Aznar hizo nada parecido a nombrar cónsul a su caballo o ministra a Bibiana Aído.

Pese a que Zapatero tuvo los buenos reflejos, el tacto y la paciencia necesarios para integrar a Bono, muy a la manera de Seward o Hillary Clinton, ya su primer gobierno llegó muy flojo de remos. Aquel equipo era el resultado de una experiencia de agrupación de ilusiones similar a la de los chicos de Aznar -Fernando Garea les llamaba «José Luis y su alegre pandilla»-, pero con la diferencia de que en 2004, muy pocos días antes de las elecciones y el macroatentado, ni ellos mismos creían tener posibilidad alguna de ganar.

Enseguida quedó claro que el poder les venía muy grande, pero los dones políticos del presidente, la admirable capacidad de echarse la administración sobre sus frágiles espaldas de la vicepresidenta y sobre todo el contexto de prosperidad apacentado por un Solbes imperturbable, paternal y benéfico enmascararon muchas de sus carencias. Quedan las secuelas de la negociación con ETA y la catástrofe larvada del Estatuto catalán con el que se liquidó el espíritu de la Transición, poniendo en jaque el orden constitucional, pero los españoles de nuestra generación siempre podremos vanagloriarnos de haber sobrevivido relativamente indemnes al primer gobierno de Zapatero.

¿Podremos decir otro tanto respecto a este segundo que prueba que hasta lo más desastroso es susceptible de empeorar? Ni López Aguilar, ni Caldera, ni Alonso, ni por supuesto Bono continúan en el gabinete. Eran los cuatro caballos y alfiles que aportaban una cierta sensación de concierto y orden de combate. Sólo Rubalcaba -otro veterano del felipismo como ella- añade ahora peso político y destreza en la lucha antiterrorista a una Fernández De la Vega a la vez consumida por las dificultades y crecida ante la adversidad. Solbes se ha transformado en un buda estólido que parece deleitarse en el masoquismo de la transmisión de malas noticias. Por increíble que resulte, el irrelevante Moratinos, la inenarrable Magdalena Alvarez y el atrabiliario Bermejo han continuado en el gabinete. Nada más anunciar su nueva composición Zapatero le comentó a un amigo que había decidido «darles una segunda oportunidad» para que se desquitaran de las críticas recibidas. Sentido del Estado que tiene el mozo.

Las nuevas incorporaciones continúan siendo verdes incógnitas. Empezando por Chacón, cuyo único logro hasta el momento es el de estar compatibilizando su maternidad y las tareas de representación ministerial con buen estilo. Siguiendo por Miguel Sebastián, que propone 50 cosas, sólo le dejan hacer 10 y ya es milagro que con los tiempos que corren acierte en dos o tres. Y terminando con Cristina Garmendia y César Antonio Molina, dignos personajes en busca de competencias y autor.

De los demás muy poco cabe añadir. Tenemos a un voluntarioso percherón como Corbacho, impotente y desbordado ante la inmensidad del campo que le toca arar; a dos ministros sin cartera -Mercedes Cabrera, Bernat Soria- abandonados a la deriva de sus fantasías; a una Beatriz Corredor que pasaba por allí; y a dos hormiguitas laboriosas como Salgado y Espinosa que van acarreando miguitas de pan de un lado para otro.

Dejo en manos de cada lector el veredicto sobre cuáles son los peores y cuáles los más opacos. Cada vez que veo a algunos de ellos salir de su coche oficial me acuerdo del día en que escuché a aquel pobre tontorrón llamado Julio Rodríguez, al que Franco confundió con el rector de Salamanca de igual nombre y apellido, contarnos a los periodistas cómo celebró su nombramiento en familia: «Yo me despertaba cada media hora y le decía a mi mujer: ¡que soy ministro, Mari Perta! ¡Que soy ministro, Mari Perta!».

Zapatero ha hecho, pues, felices a media docena de Mari Pertas y otra media docena de Mari Pertos, pero lo que ahora ocurre en España no es sólo un problema de personas -que también- sino sobre todo de visión de conjunto. Es la dramática disonancia entre la liviana oferta de este flojo gabinete y la abrumadora demanda que brota de nuestro actual laberinto de tinieblas lo que pone los pelos de punta.

El Gobierno que nos endilgó Zapatero tras su trabajada victoria de marzo tuvo por comadronas la frivolidad y la soberbia. Sólo alguien con la amabilidad externa y la altanería interior del presidente tendría bemoles para alumbrar lo de Aído. Pero en la primavera todavía había cierto margen para hacer el bobo. Los ocho meses de penalidades económicas padecidos desde entonces empiezan a pesarnos ya como si fueran ocho trimestres y todos somos conscientes de que la cuesta de enero será terrible y puede durar medio lustro.

Así las cosas, la incógnita no debería ser si Zapatero va a cambiar el ya consagrado como gobierno más incompetente de la democracia, sino si lo hará esta semana o la que viene y, sobre todo, si renovará las tres quintas partes del elenco o sólo unos tímidos dos tercios. El verá de dónde los saca, pero España necesita más que nunca ministros con crédito político, sabiduría y brío. Ya que tanto parece haberse aficionado a su gran figura emancipadora, Zapatero debería darse cuenta de que si Lincoln «no tenía derecho» a privar al país de los mejores y los más brillantes, aún menos derecho tiene él a empeñarse en penetrar en la jungla aterradora do mora la fiera corrupia de la crisis al frente de una trivial troupe de mindundis con pegatinas y cazamariposas.

P. D.- Y el próximo miércoles -en el Foro de la Nueva Economía-, ¡hablaremos de la prensa!

pedroj.ramirez@el-mundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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  1. Trackback said, on 18 diciembre, 2008 at 10:52 pm

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    From Colombia…


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