Reggio’s Weblog

El progreso del libertino, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 8 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

No acabo de entender cómo, habiendo transcurrido ya casi un mes desde el estreno en el Real de The Rake’s Progress de Stravinski y contando el periodismo español con un elenco tan brillante de colegas aficionados a la ópera, ninguno haya hecho hasta ahora el pertinente paralelismo entre la saga/fuga de su protagonista y la de Zapatero.

Aunque la función se presentaba titulada como La carrera del libertino, a mí me viene más al caso la traducción literal, pues progreso es lo que seguimos viendo en su itinerario -que no en el nuestro-, a juzgar por las últimas encuestas de popularidad e intención de voto. Por otra parte, el hecho de que Sonsoles Espinosa sepa muy bien hasta qué punto la ópera es espacio natural para el simbolismo y la metáfora -no digamos nada si el libreto lo escribe un gran poeta como W. H. Auden- simplifica el trámite de aclarar que no son inclinaciones licenciosas lo que veo en la personalidad y conducta de su marido.

Pero la súbita ascensión del vaquero Tom Rakewell -un chico que se negaba a subir peldaño a peldaño, pues quería ser o César o nada- a raíz de un episodio tan inesperado como una supuesta herencia, remitida desde el más allá a través de un mensajero significativamente llamado Shadow, supone ya un elemento de semejanza con lo que ocurrió en el PSOE en el 2000 y en España en el 2004.

El pacto con el diablo -pues no otra cosa resulta ser el tal Sombra- evoca luego la negociación política con ETA, y la escena del burdel de Mother Goose, con aires de gaita escocesa al fondo, nos remite a los dispendiosos encamamientos con los nacionalistas vascos, gallegos y catalanes. ¿Y qué decir del episodio en que el luciferino ayudante presenta la máquina que convierte las piedras en pan, habilitando un doble fondo en el interior de un viejo aparato de televisión? No llegaré al extremo de mi vehemente amigo Paolo Vasile de identificar el formato de Tengo una pregunta para usted con la «demagogia» en estado puro, pero tampoco me resulta difícil imaginar a un cándido Zapatero proclamando a la salida del plató, como el personaje de esta ópera, que «he ideado un artilugio portentoso», por lo que «la penuria queda abolida con mi ingeniosidad», convirtiendo así «la Tierra en un edén de buena voluntad». ¿Quién da más con un simple pareado?

Todas éstas son, sin embargo, equiparaciones un tanto artificiosas comparadas con el momento culminante en que Shadow ofrece a Tom la infalible fórmula del éxito: «La atolondrada multitud se ve empujada por el imprevisible ‘tengo que’ de sus placeres. Y los pocos que son sensatos están atados por el inflexible ‘debería’ de su obligación. Son dos servidumbres entre las que no hay nada que elegir. ¿Te gustaría ser feliz? Aprende entonces a actuar libremente. ¿Te gustaría actuar libremente? Aprende entonces a ignorar a esos gemelos tiranos del apetito y la conciencia».

No estoy diciendo que Zapatero carezca en términos absolutos tanto de pasiones como de principios, pero sí que posee una inusual capacidad de mantener a raya a las unas y a los otros. O sea, a «esos gemelos tiranos». No es un mármol sonriente del género de quienes ni sienten ni padecen, pero ejerce un especial dominio sobre sus emociones y practica una utilísima gimnasia moral consistente en amoldar siempre las convicciones al contorno de las conveniencias.A lo primero le ayuda la afabilidad natural de su bien publicitado talante y, a lo segundo, una apañada base intelectual que abarca espacios fronterizos e incluso híbridos entre el liberalismo y el socialismo.

Nadie podrá denunciar modales despóticos en su forma de ejercer el poder, pero ni siquiera González o Aznar en los tiempos de sus mayorías absolutas controlaron sus partidos de manera tan omnímoda como lo hace él o dieron la sensación de gobernar de forma tan desenvuelta. Zapatero oscila al compás del péndulo del pragmatismo no tanto en una escala ideológica como en un perpetuo viaje de ida y vuelta entre la transgresión y la contención.Hay en él una permanente inclinación a los gestos provocadores, pero tan pronto como cae en la tentación está ya empezando a salir de ella. ¡Qué maestro en el arte de recoger velas! ZetaPé aprieta pero no ahoga, debió decirle la vicepresidenta De la Vega al cardenal Bertone.

Todo esto se corresponde en gran medida con el perfil del cínico astuto que triunfa en la política flotando como el corcho. «Sus opiniones dependían generalmente de la situación en la que se encontraba y sus verdades no eran sino los puntos de vista de su fortuna», escribió Lamartine de Tayllerand. Para un superviviente nato como el antiguo obispo de Autun los distintos escenarios políticos no eran sino «expedientes del destino» que le permitían reafirmarse en su condición de «servidor feliz de los acontecimientos».

Según el romántico autor de la Historia de los Girondinos, para desempeñar ese papel «se necesita que el hombre separe las dos cosas que constituyen la dignidad del carácter y la santidad de la inteligencia, que son la fidelidad a los compromisos contraídos y la sinceridad de sus convicciones o, lo que es lo mismo, la mejor parte del corazón y del alma». Autonomía ante las emociones, desdén frente a las devociones. Ni que Auden lo hubiera tomado como fuente de inspiración de su libertino

Sin embargo, Lamartine advierte algo decisivo: «Estos hombres son aduladores y no auxiliadores de la Providencia». Tayllerand pudo servir a los regímenes más diversos -absolutismo, revolución, directorio, consulado, imperio, restauración- o, mejor dicho, servirse de ellos, pero nunca tuvo ni siquiera la pretensión de liderar ninguno. Lo suyo era mantenerse en el poder, no ejercer su fuerza transformadora. Permanecer en la cima, no desgastarse en ningún empeño.

Hay gobernantes que son y otros que tan sólo están. La diferencia se nota poco en tiempos de bonanza y mucho cuando pintan bastos y, como ahora, los problemas excepcionales requieren de respuestas excepcionales. ¿Por qué Zapatero no sale de su rutina de las manipulaciones pequeñas ni siquiera cuando el escenario se hunde bajo sus pies? Es verdad que ha conseguido llevarnos una vez más del ronzal en el trayecto que va del engaño al desengaño con el asunto de las ayudas a los banqueros -hace tres meses el dinero público iba a redundar en un incremento del crédito a familias y empresas, ahora se nos hace ver que eso es imposible-, pero aunque tal vez ese viaje haya servido para salvar una situación límite, así no se resuelven los males de nuestro sistema financiero.

El desastre económico en marcha sólo será atajado con medidas contundentes y reformas estructurales. En lugar de poner indiscriminadamente a disposición de bancos y cajas hasta el 25% del PIB, urge detectar cuáles son las entidades con agujeros negros, destituir a sus gestores y sanearlas a través del Fondo de Garantía de Depósitos para desembocar en un proceso de absorciones y fusiones. En lugar de quedarse de brazos cruzados mientras el vendaval arrasa el bosque del empleo, urge tomar decisiones impopulares de recorte del gasto público atajando el despilfarro -estos días nacen tres nuevos canales de televisión pública en otras tantas autonomías-, congelar los sueldos y plantillas de los funcionarios e impulsar nuevas modalidades de contratación, nuevas reglas sobre pensiones y jubilación y relanzar la economía rebajando la presión fiscal.

Estas recetas funcionaron hace 12 años y volverían a funcionar ahora. Sólo se requiere para ello voluntad y capacidad política. La escaramuza entre la impaciencia de Sebastián y la paciencia de Solbes hacia los banqueros no es sino la punta del iceberg del desasosiego que destacadas personalidades socialistas sienten, dentro y fuera del Gobierno, ante la estéril pachorra del vicepresidente y el inmovilismo flemático del presidente. Y toman nota, claro, de lo que está sucediendo con el ministro de Economía alemán, convertido en poco más que un pasmarote: ayer hizo ademán de dimitir alegando que a los 65 -tiene un año menos que Solbes- ya no está para estos trotes.

Cuando se requeriría el diseño ambicioso de unos nuevos Pactos de la Moncloa que engendraran todo lo antedicho, seguimos inmersos en una mortecina dinámica de parcheo y huida deficitaria hacia delante. Pronto habremos vuelto a las andadas y podrá decirse, como en Inglaterra, que cada niño que nazca tendrá los ojos de la madre, la boca del padre y «la deuda de Gordon Brown», o sea, de Zapatero.

La piedra de toque de la rectificación es el reajuste ministerial. ¿No se da cuenta el presidente de que al empecinarse en que este Gobierno, diseñado en circunstancias económicas muy distintas, es el adecuado para hacer frente a una crisis súbita y descomunal, viene a dar pábulo a dos interpretaciones tan terribles para él como que ya sabía la que se nos venía encima pero lo ocultó con fines electorales y que si esto es lo que hay es porque su proyecto no da ni dará nunca más de sí?

Tan nefasto como perder los nervios ante las adversidades es aguantar estoicamente a que escampe, aferrándose ahora a la idea de que si de Estados Unidos vinieron las hipotecas basura, de Estados Unidos vendrá también la recuperación del crecimiento.Los grandes males requieren grandes remedios y la asimetría de la destrucción de empleo en España indica que si no ponemos nuestra casa en orden, quedaremos relegados durante mucho tiempo al pelotón de los torpes.

Volvemos, pues, a la cuestión de la capacidad política. ¿Está Zapatero a la altura de ese desafío? En el estimulante ensayo escrito para el programa del Real con el título de El tedio del canalla, el catedrático de filosofía Antonio Valdecantos analiza el desastroso final de Tom Rakewell no desde el punto de vista de la ética sino desde el de la eficiencia, pues habla «del sinvergüenza que fracasa en sus empeños por impericia, por vacilación, por incuria y por falta de disciplina».

Nada de esto le pasó a Tayllerand, pero es que «convertirse en un sinvergüenza no está ni muchísimo menos al alcance de cualquier persona de moral relajada o de pocos escrúpulos, porque la conducta del canalla es el resultado de un control de la propia vida obsesivamente exigente y puritanamente rigorista».

Valdecantos culmina así su argumentación: «Cuando el canalla es un experto más, la impericia o negligencia canallesca ya no es motivo de perdón, sino un vicio prosaico que, desde luego, no da lugar a técnica ninguna. Fracasar en la transgresión es entonces un deshonor merecido, tan culpable como cualquier otro fracaso. El sinvergüenza que transgrede poco y mal, que vacila en la ejecución de la empresa y que al final del empeño obtiene una cuenta de resultados magra o ridícula es un perfecto don nadie y no merecerá ser incluido en ninguna relación de virtuosos».

O sea, que el problema no es que Zapatero sea un malvado o carezca de escrúpulos -visto de cerca como ser humano superaría holgadamente el contraste con la mayoría de sus antecesores y homólogos- sino que su probado dominio sobre pasiones y razones basta para rilar sobre la mar en calma pero no se traduce en las suficientes dosis de inteligencia práctica como para domesticar una tempestad.

Su situación se parece cada día más a la descrita por el pintor William Hogarth en una de las estampas que inspiraron a Stravinski para componer The Rake’s Progress. En ella se ve al libertino en un garito de juego, culpando al destino por sus pérdidas, mientras la mayoría de los clientes siguen a lo suyo y sólo unos pocos empiezan a darse cuenta de que la habitación arde ya por varios de sus costados. Fuera, la multitud, entona la protesta con que el coro inicia la Escena Primera del Tercer Acto de la ópera: «¡Ruina! ¡Desastre! ¡Vergüenza!».

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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