Reggio’s Weblog

Entre dos bigotes, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 22 febrero, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Ahora que la vida ha acudido una vez más en auxilio de una modesta expresión artística, de forma que Bermejo ha quedado retratado practicando la caza nocturna de jabalíes al aguardo en una finca pública -gratis total- cuatro días después de que yo le imaginara en tal trance en esta página.

Ahora que al haber admitido que lo que ocupaba al juez, al ministro y a sus perros policías durante aquel domingo en el que Garzón tenía en el calabozo a los detenidos, era un sistemático descaste, disponemos ya de una metáfora perfecta del carácter político de su cacería.

Ahora que se ha vuelto tan pertinente averiguar quién paga y con qué propósito estos onerosos festines cinegéticos que con los mismos o parecidos asistentes se reproducen semana tras semana bajo la coordinación de personajes del corte y confección del jefe de seguridad -con nombre de poeta- de una importante compañía.

Ahora que el criterio técnico de la Fiscalía Anticorrupción ha frustrado las pretensiones del Juez Campeador de instruir una causa general contra el PP y la jaleadísima Operación Gürtel ha quedado circunscrita a los mangoneos delictivos de un grupo de aprovechados en dos o tres ayuntamientos de Madrid y a la probable corrupción del destituido López Viejo en los términos desvelados el domingo pasado por este periódico.

Ahora que todo lo que resta de la monumental red de cohechos imaginada en la Comunidad Valenciana es la petición de que el Tribunal Superior investigue si una factura imprecisa de 5.000 euros emitida por un sastre con extraños antecedentes respalda la tesis -taxativamente desmentida por el interesado- de que Camps recibió unos cuantos trajes de regalo. (Lo que, dicho sea de paso, podría ser tan indecoroso como en sí mismo inocuo desde el punto de vista penal).

Ahora que se ha diluido, por lo tanto, la hipótesis de que esto iba a ser la Filesa del PP y no parece tampoco que ningún catedrático con suficientes galones como para impresionar a la opinión pública esté poniéndose en el ángulo de tiro de los descastadores. (Aunque nadie deba descartar la pirueta de última hora por la que Garzón mandaría el caso al Supremo descubriendo indicios, inexistentes a ojos del fiscal, contra algún senador o diputado).

Ahora que Rajoy ha reaccionado con brío y todos los dirigentes del PP han cerrado filas ante lo que evidentemente ha sido un serio intento de desestabilizar o incluso destruir al partido, ha llegado el momento de que -una vez pasado, aparentemente, lo peor- ese grupo humano que desempeña una labor tan esencial en una democracia como el ejercicio de la oposición permanezca unos minutos más ante el espejo y se pregunte qué es lo que les está pasando y por qué les está pasando.

La práctica totalidad de los que salieron en la foto de Génova fueron protagonistas en mayor o menor medida de la gran aventura política que durante los prodigiosos 90 les llevó del congreso de Sevilla a la mayoría absoluta, con parada y fonda en la «amarga victoria» del 96. Por eso recordarán bien cómo los primeros compases de su proyecto fueron gélidamente acogidos por una opinión pública moldeada por el felipismo y presta por lo tanto a asumir el retrato de Aznar como aquel irrelevante y patoso Charlotín del que se mofaba el cántabro Hormaechea con un par de copas de más.

Pero también recordarán que el primer rasgo de su joven líder, que rompió aquel estereotipo y le hizo acreedor al menos del respeto de amplios sectores sociales, fue su intransigencia ante la corrupción. Aznar se había distinguido como presidente de Castilla y León por adoptar medidas de austeridad como la supresión de las Visas Oro de los altos cargos, y cuando los hechos le pusieron a prueba no vaciló en cortar cabezas como las de Cañellas y Peña que, en Baleares o en Burgos, simbolizaban rudimentarias formas de colusión entre la política y los negocios.

Pronto empezó a hablarse de «el del bigote» con el deje de admiración que merece quien ejerce su autoridad y con ese punto de empatía con el que las clases medias reconocen a uno de los suyos. Aznar y Botella eran ordinary people que vivían modestamente con su hipoteca y su asistenta de toda la vida. Frente a la España del pelotazo y de la beautiful ellos representaban el tesón y el esfuerzo de tantas familias orientadas a sacar a sus hijos adelante sin buscar los atajos del dinero fácil. Además, la gente percibía que el éxito no iba a hacerles cambiar de actitud y por eso nadie veía simulación o impostura cuando Aznar declaraba que si ganaba las elecciones no se irían a la Moncloa sino que seguirían viviendo en su casa de siempre con sus muebles de siempre.

El intento de asesinato de 1995 y el baño de realismo que siguió a la conquista del poder alteraron esa utopía de que todo seguiría igual, pero cuando Jose y Ana entraron en su nueva residencia aquella primavera, caminando bajo la arcada de los plátanos monclovitas, yo escribí la crónica de la llegada de Gulliver -o del Sastrecillo Valiente- al País de los Gigantes. Todo les quedaba grande, todo les parecía pretencioso, todo les remitía a una forma de estar en la cumbre que no era la suya. Cerraron la Bodeguiya, suprimieron el timbre de pedal incrustado junto a los sillones de la sala de columnas y decidieron volver a veranear en Playetas.

O tempora, o mores! El hábito fue poco a poco haciendo al monje y los compromisos propios de la agenda de un jefe de Gobierno abrieron ante los Aznar nuevos horizontes dentro y fuera de España, cual si del escaparate de una sofisticada pastelería se tratara.Ni su escala de valores ni su integridad personal sufrieron un vuelco, pero su reticencia ante la ostentación y el lujo fue deslizándose por una suave rampa hacia espacios más laxos y permisivos.Sólo en el caso de las stock options de un íntimo amigo como Juan Villalonga se produjo una reacción de rechazo ante el enriquecimiento súbito, pero ese rebote no tuvo continuidad en episodios posteriores objetivamente mucho más reprobables. Quizás porque para entonces ya se había cruzado en la vida del presidente la más sensual, despampanante y voraz de las amantes: Miss Absolute Majority.

Esa mayoría absoluta y el compromiso de no presentarse a la reelección lo trastocaron todo. Aznar empezó a acariciar la textura de la estatua que le reservaba la Historia y todos sus mecanismos de autocontrol político, personal e ideológico fueron desactivándose.El había acabado con las secuelas políticas de la Guerra Civil, él se había ganado el derecho a poner los pies sobre las mesas más importantes del mundo, él iba a situar a España de un día para otro en el puente de mando de la Historia desde el que se materializaba la eterna lucha entre el bien y el mal encarnado por el terrorismo internacional, él iba a dejar a los suyos asentados para siempre en el merecido confort de la tierra prometida después de hacerles probar sus más selectas y felices mieles en el marco incomparable de la boda de El Escorial. Fue entonces cuando, en vísperas de la invasión de Irak, le dijo a Bush aquello de «siempre tendrás un bigote a tu lado».

Toda la meritoria saga que incluye la ascensión, apogeo y caída de la más importante expresión política de la derecha democrática en España se compendia en este fascinante trayecto que media entre el subestimado Charlotín y el sobrestimado Bigote Defensor del Mundo Libre. Desde 2004 -y va para cinco años- el PP no vive sino el largo epílogo del aznarismo. Un aznarismo que en el momento del paso atrás de su inventor incluía ya un legado complejo y variopinto con incrustaciones tan embarazosas como las que acaban de aflorar.

Los jóvenes cachorros del clan de Becerril y asimilados se han hecho mayores. Unos se han consagrado en la política, otros en los negocios y no faltan quienes mantienen equívocamente un pie en cada lado de la raya: dos o tres de estos últimos sacaban la cabeza en la foto del prietas las filas. Entre tanto la figura del yerno de Aznar, Alejandro Agag, con sus negocios en el mundo de la Fórmula 1, su proyección internacional, su visión del marketing deportivo, su personalidad y simpatía se ha ido convirtiendo en una referencia generacional de cómo en dos patadas, con desparpajo y buenas conexiones, se puede alcanzar la cima del éxito, donde sólo el cielo es el techo.

Han sido, además -1996-2008-, 12 años de prosperidad, boom inmobiliario y actividad frenética. Las oportunidades estaban ahí al alcance de los audaces; también las tentaciones para los ligeros de conciencia.Mindundis como estos alcalditos de Boadilla y Majadahonda o este diligente chico de los recados deportivos sin apenas formación que tan engañada ha tenido a Esperanza Aguirre durante tanto tiempo -y no habrá sido por falta de advertencias- sólo tenían que alargar la mano para coger el dinero fácil. Ex altos cargos y diputados con despacho empezaban a coquetear en las fronteras de lo admisible.

Ya no había un Gran Bigote que vigilara sus actos y pusiera tasa a sus abusos. El PP había perdido el Gobierno de la nación, el poder autonómico del partido se había federalizado -también la corrupción- y un Rajoy benévolo y condescendiente mantenía la probidad y el decoro personal pero dejaba que cada uno hiciera de su capa el sayo de la conveniencia. ¿Por qué si en una fecha nunca del todo aclarada Génova interrumpió sus relaciones con Correa y su pandilla, no transmitió sin embargo una consigna clara para que las administraciones autonómicas y municipales hicieran lo propio?

Este clan de arribistas con gomina que la moviola nos enseña una y otra vez desfilando sobre mancilladas piedras venerables con sus muñecas neumáticas y sus chaqués desafiantes ha germinado a la sombra del PP como los más dañinos hongos saprofitos lo hacen al pie de los viejos troncos. Su estandarte vuelve a ser un bigote pero esta vez no inspira ni inconformismo, ni ansia de regeneración, ni autoridad contenida, ni siquiera delirios de grandeza. Es el bigote fanfarrón, truhán, circense y arrebatacapas que Alvaro Pérez, alias El Domador, debió extirpar en el momento de su muerte al legendario actor Terry Thomas -el inolvidable Sir Percy de Aquellos chalados en sus locos cacharros- para trasplantarlo escobillado al bies sobre sus propios labios.

La música y letra de este vodevil trágico podría ponerlas Aute, a base simplemente de cambiar el destinatario de aquella canción que a mediados de la pasada década todos relacionamos con la corrupción socialista: «Míralos, como reptiles,/ al acecho de la presa,/ negociando en cada mesa/ maquillajes de ocasión;/ siguen todos los raíles/ que conduzcan a la cumbre,/ locos por que nos deslumbre/ su parásita ambición./ Antes iban de profetas/ y ahora el éxito es su meta;/ mercaderes, traficantes,/ más que náusea dan tristeza,/ no rozaron ni un instante la belleza ».

La cuestión es, pues, ética y estética. Sean cuales sean los resultados del próximo domingo y de las elecciones europeas, este partido no puede seguir así, escurriéndose de escaramuza en escaramuza hacia el albañal del «todos los políticos son iguales».El electorado moderado es mucho menos incondicional que la izquierda militante y si el PP no se reinventa con un nuevo impulso democrático, sus seguidores buscarán la ilusión en otro sitio.

No se trata de reeditar el «Maura sí, Maura no» de hace un siglo.Esta no es una cuestión de fulanismos, sino de reglas y principios.El PP padece hoy un serio déficit democrático, agravado por el fiasco del Congreso de los avales bien atados. Tiene tiempo, margen y unos nuevos estatutos para resolverlo. Insisto y quiero ponerlo por escrito: aunque pueda tener mis preferencias, yo no contrapongo al «Rajoy sí» de los barones, la bola negra de un enfurruñado «Rajoy no», sino algo todavía más lacónico. Así, no.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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