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La cabeza cortada en la plaza de Cesena, de Pedro J. Ramírez en El Mundo

Posted in Política by reggio on 1 marzo, 2009

CARTA DEL DIRECTOR

Cesena es hoy una tranquila ciudad provinciana de la Emilia-Romagna, bajo el golfo de Venecia, hacia el noreste de Italia, cuya única notoriedad contemporánea es la de haber servido de cuna al malogrado ciclista Marco Pantani. Sin embargo cualquiera que conozca su turbulenta historia podría concluir que de ella emanaba el indomable espíritu batallador con que aquel al que apodaban El Pirata acometía sus míticos cambios de ritmo, escalando las más escarpadas cimas.

Tras haber servido de sangriento escenario a algunos de los episodios de la guerra civil en la que Mario y Sila se disputaron el dominio de Roma y sus territorios vasallos, la ciudad fue objeto de permanente disputa entre el Papado y el Sacro Imperio durante gran parte de la Edad Media. A ese período corresponde el llamado Baño de Sangre de Cesena -1377- durante el que Roberto, cardenal de Génova y legado papal, pasó a cuchillo a miles de civiles.

Fue la familia Malatesta la que estabilizó la autoridad del pontífice y ahí queda, en el centro de la ciudad, el castillo bautizado como Roca Malatestana que se convirtió a la vez en símbolo y escenario de su poder. Sus muros sirvieron de prisión a Catalina Sforza, también conocida como La diablesa de Imola, quien, levantando el estandarte de su familia milanesa, plantó cara durante el primer mes de enero del siglo XVI a las fuerzas papales ahora dirigidas por César Borgia. Cuenta la leyenda que la misma noche de su derrota la sensual Catalina yació con el victorioso hijo bastardo del Papa valenciano Alejandro VI.

Pero toda la región estaba en llamas y aquí es donde toma el hilo de la narración un tal Nicolás Maquiavelo que, en el capítulo VII de un manual de avisos a gobernantes titulado El Príncipe que pergeñó apenas una década después, cuenta cómo «para someterla a su obediencia, el Duque -o sea César Borgia- nombró a Maese Remirro de Orco, un hombre cruel y vigoroso al que le dio poderes absolutos». Esto ocurrió en marzo de 1500 y a corto plazo la solución adoptada fue un éxito porque el flamante Teniente General de la Romagna dobló el pulso de forma implacable a cuantos rehusaban someterse a su patrón.

Sin embargo, un par de años después, «el Duque decidió que ya no era necesaria una autoridad tan excesiva y puesto que sabía que la reciente dureza había generado bastante odio, se propuso dejar claro que cualquier acto de crueldad que hubiera sucedido no provenía de él, sino del carácter brutal de su ministro».¿Qué forma más elocuente podía haber de demostrarlo sino depositando el cuerpo de Maese Remirro dividido en dos segmentos -la cabeza por un lado, el resto por el otro- en el centro de la plaza de Cesena, tal y como ocurrió la mañana del día posterior a la fiesta de Navidad del año 1502?

La ferocidad de esta escena dejó a la gente a la vez estremecida y satisfecha», explica Maquiavelo. Una bella fuente renacentista con trazas de tarta nupcial o pastel de cumpleaños, construida unas pocas décadas después al pie de la Roca Malatestana, ocupa hoy en un lateral de la Piazza del Popolo de Cesena el lugar en el que durante días y días continuó exhibida esa cabeza. Nunca he estado allí, pero desde que unos amigos me enviaron una postal, siempre he imaginado la chola del tal Remirro haciendo acrobacias sobre el chorrito de agua presurizada.

Bromas macabras aparte, lo que impresionó tanto a Maquiavelo es la habilidad con que César Borgia se había servido de su lugarteniente por partida doble: primero como perro de presa encargado de realizar el trabajo sucio; después como chivo expiatorio, destinado a absorber todas las culpas y saciar todas las venganzas. Ponía así a la orden del día la práctica de sacrificar un animal para aplacar a los dioses, a la luz de la experiencia de aquellos pueblos que, como los atenienses o los aztecas, reservaban a un tipo determinado de seres humanos para cumplir el papel de víctimas propiciatorias.

Parece obvio a dónde o, más bien, a quiénes vamos a llegar. Pero ha sido una nota a pie de página en una de las ediciones de El Príncipe la que ha terminado por cincelar la analogía. Resulta que De Orco era, como los Borgia o Borja, de origen español y que, siendo su nombre primigenio el de Ramiro de Lorca, no es difícil imaginar que él o sus ancestros procedían de la misma región murciana a la que Mariano Fernández Bermejo continúa representando en el Congreso de los Diputados, portando su ya seccionada cabeza gentilmente bajo el brazo.

El presidente Zapatero encaja bastante bien en la descripción que Maquiavelo hace de «aquellos particulares elevados a la condición de Príncipe por la buena suerte», sobre todo cuando se trata de «hombres con tanta astucia natural como para disponerse rápidamente a preservar lo que la fortuna ha vertido sobre ellos». Y, ojo, porque el politólogo florentino identifica esa astucia natural nada menos que con la virtud.

Si apela de tal modo a la destreza con que el gobernante maneja las riendas del poder, es evidente que Zapatero ha exhibido un alto grado de virtuosismo en el empleo de las utilidades sucesivas que le proporcionaba la personalidad de Bermejo. Su nombramiento nos dejó estupefactos a muchos -desolados más bien-, pero no fue una ocurrencia. El mundo judicial era a los ojos del presidente un territorio tan levantisco como la Emilia-Romagna lo era para el Papado. Había que meter en cintura a sus señorías togadas, neutralizando su querencia conservadora, aprovechando sus errores, echándoles encima a la opinión pública, cambiando las reglas del juego, estimulando a través del Consejo el nombramiento para puestos clave de jueces progresistas dispuestos a convertirse en una expresión más de la mayoría social de izquierdas esa mayoría a la que le corresponde de forma natural gobernar España hasta hacernos ver «la vida en colores, ¡coño!».

Bermejo garantizaba hasta los exabruptos. Zapatero sabía lo que se hacía cuando lo eligió y la estampa del encuentro cinegético entre el ministro, el juez que acababa de enchironar a los del PP y el policía que le había suministrado los argumentos para hacerlo resume el triunfo de su proyecto. Pero, claro, como ocurrió en la Italia que inauguraba el Cinquecento, unos métodos tan expeditivos no podían dejar de provocar desagradables secuelas.Tanto desde el punto de vista del resentimiento generado entre los destinatarios de las medidas represivas -ahí está el éxito de la muy contraproducente huelga judicial- como en función del propio rastro de una conducta a la vez desafiante y obscena.

La acumulación de detalles impúdicos como el gorroneo familiar en Quintos de Mora o la caza sin licencia en Andalucía llevaron a Zapatero a la conclusión de que Bermejo se había pasado de frenada y ya tocaba entrar en la siguiente fase de su aprovechamiento político. Su mandato había durado unos meses menos que el de Remirro o Ramiro, pero a cambio su decapitación fue más elegante.

Zapatero tuvo la habilidad de ir cercando a su ministro con las reacciones críticas orquestadas desde dentro del partido, empujándole así hacia una dimisión tan aparentemente espontánea como implacablemente exigida. Aquí tienes esta afilada espada, tú verás lo que haces cuando el gallo cante el lunes. Hasta el timing funcionó con precisión de relojería: ni un día antes de que la opinión interna estuviera madura, ni un día después del inicio de la última semana de campaña, con tiempo para limpiar los últimos restos de sangre antes de que gallegos y vascos acudan hoy a las urnas.

César Borgia habría envidiado esas dos comparecencias de Zapatero en Antena 3 y la Ser en las que el presidente primero dijo que no estaba en sus planes «destituir» a Bermejo, pero que su «dimisión» era digna de «aplauso»; y luego añadió que su salida del Gobierno sólo está «muy muy indirectamente relacionada» con la causa que instruye Garzón contra el PP. O sea que la cabeza cortada lleva ya un rato dando brincos sobre su lecho de agua, pero no se trata de un ajusticiamiento sino de un suicidio y además su móvil no ha sido la vergüenza sino la dignidad. ¿Hay quién dé más? Maquiavelo habría aplaudido con las orejas.

Daría cualquier cosa por haber estado presente en las conversaciones entre Zapatero y Bermejo -episodios así deben quedar para la posteridad-, pero su fase culminante debió parecerse mucho al momento en que el general T’sao T’sao, conquistador de la China central hace 2.200 años, mandó llamar al jefe de su intendencia cuando sus desabastecidas tropas estaban al borde la rebelión.

«Quiero pedirte que me prestes algo y tu no puedes negarte a ello», le dijo T’sao T’sao. «¿De qué se trata?», respondió su siempre bien dispuesto subordinado. «Necesito que me prestes tu cabeza para mostrársela a las tropas», añadió el general.«Pero si no he hecho nada malo», repuso espantado el intendente.«Ya lo sé, pero si no mando que te maten habrá un motín; no te preocupes: yo me ocuparé de tu familia cuando tú ya no estés», concluyó T’sao T’sao.

El relato está incluido en el libro de Robert Greene The 48 Laws of Power como ejemplo ilustrativo de un epígrafe titulado «Oculta tus errores, ten un chivo expiatorio a mano para cargarle las culpas». Bermejo ha demostrado muchas veces tener alma de sayón -cuando encarceló a Mariano Rubio para hacer más cómoda una conferencia de prensa de González, cuando abortó un tercer grado de Mario Conde que cumplía todos los requisitos – pero en esta ocasión también ha dado pruebas de que tonto no es. Mejor atrincherarse bajo el pupitre del escaño, preservando la jeta en formol como si fuera el corazón de Marat, que seguir sirviendo de pim-pam-pum a la intemperie sin protección de ninguna clase.

Lo macabro del caso es que el muy prescindible y sustituible ministro no sólo ha pagado por los pecados de quien le nombró sino que también lo ha hecho por los de su compañero de fechorías escopeteras. Porque, claro, Garzón no hay más que uno y a ver quién prescinde de él cuando su desdén por la legalidad y el derecho sólo tendría parangón si descubriéramos a un Papa ateo, cotidianamente ejercitado en la blasfemia.

En el fondo lo que aquí ha ocurrido se parece bastante a la historia de ese pueblecito judío en el que sorprendieron al zapatero cometiendo un asesinato y el alcalde -tan avispado como nuestro presidente- decidió que, puesto que nadie más conocía su oficio y en cambio tenían unos cuantos albañiles, lo mejor era ahorcar al más malencarado de entre ellos.

Sólo los defensores de los animales encartelados ante la Audiencia han compensado tanta injusticia política con una brizna de justicia poética, pero ni siquiera su mirada idealista puede convertir a Galeote y Bárcenas en tiernos cervatillos.

P. D.- Aunque soy consciente de que a los lectores les importan muy poco estas tontunas y hace tiempo que desesperé de ser tratado con ecuanimidad, nunca dejaré de esforzarme por preservar y practicar la mía. Una palabra, pues, sobre la penúltima escaramuza entre periodistas vanidosos. Así como me reafirmo en que antes de que EL MUNDO desvelara ante el gran público el episodio de la cacería yo sólo había oído «rumores y chau chau», luego he sabido que, mientras nuestro periódico realizaba las comprobaciones de rigor, incluido el emplazamiento formal al Gobierno a que confirmara o desmintiera el hecho, una página web de su mismo grupo difundió la portada de la revista Epoca con los primeros datos sobre el asunto. No seré yo quien niegue a ningún colega sus méritos.

pedroj.ramirez@elmundo.es

© Mundinteractivos, S.A.

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