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Cuando las cosas iban bien, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 17 agosto, 2008

Por fin el gobierno de España ha aprobado un paquete de medidas económicas contra esa crisis económica que, según el presidente Rodríguez, no existe.

Ahora bien: si no hay crisis, ¿a qué vienen las medidas? Supongo que a los ministros les debe entrar un sudor frío cuando piensan en lo que pasará el 31 de Agosto, cuando el último turista vuelva a su casa y lo comparan con lo que pasó el día que el último turista abandonó Barcelona después del glorioso verano olímpico de 1992. Esa comparación les ha hecho tan poca gracia que han adoptado 24 medidas preventivas. La pregunta es: ¿solucionarán el problema esas medidas? Claro que una pregunta previa es: ¿cuál es el problema que se intenta solucionar?

En mi opinión, la economía española ha arrastrado no uno sino dos grandes problemas durante los últimos años: el excesivo peso de la construcción y la falta de productividad. Los continuos aumentos de precios de la vivienda hicieron que millones de familias compraran inmuebles a modo de inversión Recuerden lo que decían convencidos: “a diferencia de la bolsa, el tocho no baja”. Para satisfacer toda esa vorágine de familias disfrazadas de maligno especulador, las constructoras construyeron y construyeron hasta convertirse en principal motor de la economía del país. El 19% del empleo creado durante la última década era de la construcción (en Estados Unidos, la cifra sólo era del 4%) cosa que comportó una peligrosa concentración económica en un negocio que sabíamos que se paralizaría en cuanto los precios dejaran de subir. Y la burbuja se desinfló. Y el motor se paralizó.

El segundo y quizá más preocupante problema es el gargantuesco déficit exterior: España compra 100.000 millones de euros más de lo que vende y eso representa el 9,4% del PIB. Ese déficit exterior es, junto con el griego, el más grande de Europa y casi dobla el tan criticado déficit exterior de los Estados Unidos que sólo llega al 4,8% del PIB.

Para entender por qué el déficit exterior es preocupante permítanme una pequeña lección de economía: el déficit exterior es la diferencia entre la demanda y la oferta. Cuando una economía consume (o demanda) mas recursos de los que produce (u ofrece), la diferencia tiene que ser comprada en el exterior. A eso se le llama déficit. Si, por el contrario, la economía produce más de lo que la gente del país compra, la diferencia debe ser vendida en el exterior y eso se llama superávit. El hecho de que la economía española tenga uno de los déficits exteriores más grandes del planeta tierra (y seguramente uno de los más grandes del sistema solar) quiere decir que o bien España compra demasiado o bien vende demasiado poco.

¡Y no! No vale decir que no es que España compre demasiado sino que, al tener que importar todo su petróleo, la factura de importaciones se ha disparado con el aumento del precio del crudo. Eso puede ser verdad… pero no explica por qué España tiene un déficit galáctico y no lo tienen otros países que también importan su petróleo como Alemania, Austria, Finlandia, Holanda, Suecia o Suiza, que no tienen déficits sino superávits de 6,4%, 2,9%, 4,5%, 5,9%, 7,9% y 13,9% del PIB respectivamente.

Si el déficit es la diferencia entre demanda y oferta, es obvio que sólo hay dos maneras de eliminarlo: reducir la demanda o aumentar la oferta. De cajón. Reducir la demanda en un 9,4% del PIB quiere decir que familias, empresas o gobierno tendrán que gastar menos. Eso implica una recesión económica catastrófica. No es lo que persigue el gobierno. Supongo. Ahora bien, si no quieren reducir la demanda, la única alternativa es aumentar la oferta haciendo que las empresas produzcan más con los mismos recursos. Es decir, “aumentando la productividad”.

Problema diagnosticado y aquí es donde quería llegar. La pregunta clave es: ¿contribuyen las medidas adoptadas por el consejo de ministros a aumentar la productividad? Pues algunas, claramente, no. Destinar 10.000 millones a impulsar la vivienda protegida no sólo no aumenta la productividad sino que es un intento burdo de salvar a empresas constructoras en un momento en el que España debería reducir el peso de la construcción en el global de su economía. En el mismo sentido, las regulaciones medioambientales sobre energías renovables y lucha contra el cambio climático tampoco aumentan la productividad sino más bien al contrario.

Por otro lado, las propuestas de reducción de la fiscalidad –como la supresión del impuesto sobre el patrimonio-, el fomento de la competencia en transporte de mercancías por ferrocarril, el reforzamiento de la independencia de los reguladores, la flexibilización de la ley de arrendamientos y, sobre todo, la agilización de trámites para la creación de empresas, son medidas que, a medio plazo, sí contribuirán a la productividad.

El problema de esas medidas es que se quedan cortas. Para aumentar de verdad la competividad empresarial es urgente incrementar la calidad del capital humano a través profundas reformas educativas, introducir más meritocracia en el empleo, fomentar la innovación sin confundirla con gasto en I+D, flexibilizar las mentes de los jóvenes para que sean más movibles sectorial y geográficamente y sean menos burócratas y más emprendedores, y seguir reduciendo los enervantes obstáculos burocráticos. Todas esas medidas son importantes. Pero claro, son tan importantes, que no deberían haberse tomado en un urgente consejo de ministros del mes de Agosto. Deberían haberse tomado antes. Mucho antes. Cuando las cosas iban bien.

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Xavier Sala-i-Martín és Catedràtic de Columbia University i Professor Visitant de la Universitat Pompeu Fabra

© Xavier Sala-i-Martín, 2008

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Entidades de patrocinio público, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 17 julio, 2008

El mundo económico al revés: mientras en Estados Unidos un gobierno autoproclamado antiintervencionista utiliza dinero público para salvar a empresas financieras, en España, un gobierno nominalmente socialista deja que grandes compañías inmobiliarias como Martinsa-Fadesa hagan suspensión de pagos sin intervenir.

Vaya por delante que, en general, aplaudo con entusiasmo la decisión del Gobierno español de no ayudar a empresas en apuros: una de las leyes básicas del sistema capitalista es que cuando las empresas hacen las cosas bien, los accionistas deben poder apropiarse de los beneficios, pero, cuando van mal, son ellos y sólo ellos los responsables de cargar con las pérdidas. Porque si hacemos aquello de que “si sale cara, gana el empresario, y si sale cruz, paga el contribuyente”, las empresas tienden a tomar decisiones demasiado arriesgadas con perjuicio para todos, un fenómeno que los economistas llaman “azar moral”.

¿Por qué el Gobierno de George Bush ha salvado el trasero a empresas como Fannie Mae y Freddie Mac, contrariamente a lo que recomienda su retórica liberal?

Para responder hay que repasar un poco la historia. En los años treinta, el presidente Franklin D. Roosevelt quiso facilitar el acceso de los americanos a la propiedad de sus viviendas. Hasta entonces, cuando un banco concedía un crédito a una familia, el contrato se quedaba en un cajón del banco y este recibía cada mes el pago de la hipoteca. Entonces, Roosevelt creó una institución pública, llamada Fannie Mae, que compraba esas hipotecas a los bancos y las vendía a inversores privados, pasando estos a cobrar los pagos mensuales que efectuaban las familias. De esa manera, el banco recuperaba inmediatamente el dinero, cosa que le permitía conceder inmediatamente otra hipoteca a otra familia. Así, no sólo se multiplicaba el negocio, sino que se permitía que muchos más americanos pudieran comprar una vivienda al poder acceder a una hipoteca. Para atraer a los inversores, Fannie Mae los aseguraba de los posibles impagos. Es decir, el inversor pagaba una prima de, digamos, 7.000 dólares a cambio de que, si algún día la familia no devolvía el crédito de 100.000 dólares, Fannie Mae le reintegraba los 100.000 al inversor. Y así, de 7.000 en 7.000, ganó mucho dinero con esos seguros hipotecarios.

En 1970 el gobierno quiso romper el monopolio de Fannie Mae creando una compañía hermana llamada Freddie Mac. Pasado un tiempo, las cuasi privatizó a las dos. Digo “cuasi privatizó” y no “privatizó” porque, a pesar de que los accionistas eran privados, ambas empresas operaban en una especie de limbo legal que les daba privilegios especiales entre los que destacaba la garantía implícita de que, en caso de quiebra, el gobierno las salvaría. De hecho, Fannie y Freddie no eran y no son ni empresas públicas ni empresas privadas, sino algo que se llama government sponsored entities (entidades de patrocinio público). Ese limbo legal hizo que tanto Fannie como Freddie tuvieran incentivos a la hora de asegurar créditos por encima de sus posibilidades, porque pensaban (¡o sabían!) que en caso de problemas el gobierno las acabaría sacando del apuro.

Durante los últimos meses, y cuando entre las dos controlan casi la mitad de los 12 billones de créditos hipotecarios que existen en Estados Unidos, el precio de la vivienda ha empezado a bajar, muchas familias han empezado a no poder o no querer devolver sus hipotecas y, claro, las empresas que habían asegurado esas hipotecas están teniendo que pagar a los inversores el valor de los créditos perdidos. A raíz de eso, los dos gigantes han sufrido unas pérdidas billonarias que les han llevado, literalmente, al borde del colapso. El pasado 14 de julio la Administración norteamericana decidió demostrar por qué esas empresas patrocinadas por el gobierno tenían privilegios especiales e intervino para evitar su quiebra.

La pregunta clave es: ¿hizo bien en intervenir? Pues no es fácil de decir. A favor de la intervención está el hecho de que si se deja que quiebren dos empresas tan grandes, tan íntimamente entrelazadas con el resto de la economía y que tienen asegurada a tanta gente como Fannie y Freddie, las consecuencias para el resto del mundo serían incalculables.

A favor de la no intervención está el argumento de que el Gobierno norteamericano, que en estos momentos no tiene dinero efectivo, deberá pedir un préstamo gigante para hacer frente al rescate de Fannie y Freddie, y eso comportará un aumento de tipos de interés mundiales y un perjuicio para el resto de las economías del planeta. Las dos alternativas son malas.

¿Y qué hay del azar moral? ¿No tienen razón quienes dicen que el gobierno no debe rescatar empresas porque, si lo hace, las demás compañías deciden tomar decisiones demasiado arriesgadas pensando que a ellas también las salvarán? Pues la verdad es que, en este caso la respuesta es que no, porque, al estar en un limbo legal especial, el rescate de Fannie y Freddie no tiene por qué enviar el mensaje a las empresas estrictamente privadas de que también serán rescatadas.

En este caso, Fannie Mae y Freddie Mac tenían problemas de azar moral desde que su cuasi privatización durante los años setenta las dejó con un estatus de privilegio que las indujo a asumir los riesgos excesivos que han desembocado en el colapso actual. Es el problema que tienen las empresas que no son ni públicas ni privadas sino entidades de patrocinio público.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia Univertsity, Fundació Umbele y UP.

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La ley de la oferta y la demanda, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 17 junio, 2008

Uno de los principios más importantes de la economía es el de la ley de la oferta y la demanda: cuando el precio de un producto sube, las empresas aumentan su producción (porque un precio superior hace provechosos procesos que de otra manera no son rentables) y los consumidores reducen las compras (porque pasan a comprar sustitutos más baratos). En una economía de mercado como la nuestra, el equilibrio entre la oferta y la demanda determina el precio final: el precio sube cuando aumenta la demanda o cuando cae la oferta. Así de simple.

A pesar de que todo eso se enseña durante la primera semana en cualquier facultad de economía moderna, la reciente escalada del petróleo ha puesto de manifiesto que son muchos los políticos y analistas económicos que siguen sin entender las leyes fundamentales de la economía. Veamos tres ejemplos reveladores. Primero: cada día está más extendida la idea de que el petróleo está subiendo por culpa de unos supuestos especuladores malignos, especuladores que, dicho sea de paso, han sustituido a los empresarios capitalistas en el papel de causantes de todos los males de la humanidad en el ideario de socialistas, medioambientalistas y demás descendientes intelectuales del marxismo.

Normalmente, los especuladores ganan dinero a base de comprar un producto barato, guardarlo durante un tiempo mientras esperan (especulan) que su precio suba y, cuando lo hace, venderlo y quedarse con la diferencia. Cuando muchos especuladores compran al mismo tiempo, ellos mismos crean una demanda que hace subir los precios. Es por eso que se les acusa de encarecer el petróleo. El problema es que los presuntos especuladores del petróleo no compran barriles de crudo, no los guardan en sus casas y no los vuelven a vender al cabo de unos meses. Para hacer eso necesitarían tener unas casas muy grandes y pagar unos costes de almacenamiento descomunales. Lo que hacen en realidad es comprar contratos de “futuros”. Es decir, adquieren unos papelitos que les da derecho a comprar barriles de petróleo dentro de seis meses a un precio determinado. Si dentro de seis meses el precio de mercado es superior al determinado, comprarán los barriles al precio determinado y los venderán inmediatamente después al precio de mercado apropiándose de la diferencia. De alguna manera, es como si los especuladores “apostaran” a que el precio del petróleo subirá sin tocar nunca ni un solo barril de crudo. Y del mismo modo que los que apuestan a las quinielas de fútbol no tienen ningún impacto sobre el resultado de los partidos, la gente que compra “futuros” de petróleo sin comprar barriles no afecta ni la oferta ni la demanda de crudo y, por lo tanto, no afecta su precio. ¿Por qué sube, pues, el petróleo? Pues por varias razones, la principal de las cuales es el enorme aumento de demanda que proviene de los grandes países en vías de desarrollo como China e India, cuyos ciudadanos cada vez más ricos han decidido ir en coche, utilizar la calefacción y el aire acondicionado. Es la ley de la oferta y la demanda.

Segundo ejemplo: una amplia gama de políticos y huelguistas españoles, europeos y americanos proponen eliminar temporalmente los impuestos sobre carburantes con el objetivo de reducir su precio.

Eso es un craso error. Imaginemos que la oferta y la demanda dictan un precio de la gasolina de 100 y que el Gobierno pone un impuesto de 30: los consumidores pagan 100, los productores de gasolina cobran 70 y el Gobierno recauda 30. Hasta aquí todo normal. Pensemos qué pasará si el Gobierno elimina el impuesto de 30. Si la oferta de gasolina es más o menos constante a corto plazo (y lo es, dado que cambiar la producción de crudo es extraordinariamente costoso), la oferta y la demanda seguirán siendo las mismas, por lo que el precio que deberá pagar el consumidor seguirá siendo 100. Pero el Gobierno ya no cobrará los 30. ¿Pero si el consumidor sigue pagando 100, a dónde van a parar los 30 que hasta ahora recaudaba el Gobierno? Pues directamente al bolsillo de los productores. Es decir, la eliminación del impuesto sobre la gasolina no sólo no contribuirá a reducir precios, sino que representará un enorme regalo fiscal a los ya millonarios regentes de Arabia Saudí o Venezuela.

Tercer ejemplo: muchos gobiernos progresistas, después de darnos la lección diaria sobre el cambio climático, van y firman todos los tratados internacionales habidos y por haber, buscan reducir emisiones a través de la coerción estatal y dedican millones de euros a “campañas de concienciación” o a promover las tendenciosas y deliberadamente histéricas películas de Al Gore. A la hora de la verdad, sin embargo, esos gobiernos fracasan e incumplen sistemáticamente los objetivos a los que se han comprometido. Pues bien, esos mismos gobiernos se quejan de la subida de los precios del crudo e intentan tomar medidas para paliar los efectos sobre los ciudadanos, sin darse cuenta que es esa misma subida de precios la que va a lograr lo que ellos no han conseguido hasta ahora: reducir las emisiones de CO2. Porque lo que realmente va a afectar el comportamiento de la gente no son las campañas institucionales a favor de una “nueva cultura de la energía” o las películas pornoclimáticas, sino el bolsillo: los consumidores ahorrarán de verdad cuando les sea demasiado costoso no hacerlo y las empresas ofrecerán alternativas cuando eso les reporte beneficios. Así de simple. Es la lección más antigua de la economía. Es la de la ley de la oferta y la demanda.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University, Fundació Umbele y UPF.

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El problema es la intervención, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 mayo, 2008

Dicen que lo que separa la civilización de la anarquía son sólo siete comidas: la paz social sólo es posible cuando los ciudadanos tienen cubiertas las necesidades básicas y, cuando falla la comida, empieza la revolución. Ese dicho se está haciendo realidad estas últimas semanas en países como Haití, Kenia, Camboya, India o Vietnam, donde la subida de los alimentos está generando reacciones violentas.

¿Por qué suben los precios? Naturalmente Al Gore y sus seguidores se han apresurado a culpar a las sequías y huracanes presuntamente causados por el cambio climático. Pero esa justificación es simplista e interesada, ya que también están subiendo el petróleo, el carbón o el acero, y eso no tiene nada que ver con el clima.

¿Cuáles son, pues, las razones de verdad? Por el lado de la demanda, el crecimiento de países como China, India y el resto de Asia hace que miles de millones de ciudadanos quieran comer más y mejor. Comer mejor quiere decir comer carne y ya se sabe que para producir un kilo de carne se necesitan 6 kilos de cereales. Es decir, cereales que antes iban al consumo humano directo ahora van al consumo de vacas, cerdos o pollos y eso aumenta su demanda y, por ende, su precio.

El crecimiento de esos países también aumenta la demanda y el precio de acero, petróleo, gas natural, carbón, energía o madera. Esto genera mayores costes de producción, costes que son traspasados a los precios finales de los alimentos.

Por el lado de la oferta, existen dos fenómenos curiosos causados por los políticos occidentales. En Estados Unidos, la obsesión por los biocombustibles (causada a partes iguales por la histeria del cambio climático -y la creencia de que el biodiésel emite menos CO2 que los combustibles fósiles- y por la búsqueda de la independencia energética de Oriente Medio) ha hecho que el Gobierno diera importantes incentivos fiscales a la producción de biocombustibles. Casi el 30% de las tierras que antes se dedicaban a producir comida para personas, ahora producen para los automóviles. Consecuencia: los precios de los alimentos se han disparado.

Europa no está (¡todavía!) tan obsesionada por los biodiésel aunque tenemos otro tipo de obsesión: la aversión a los transgénicos. Esta ha causado reducciones importantes de la oferta mundial de alimentos. Y no me refiero a la oferta europea. Me refiero a la de países africanos que, al tener miedo de no poder exportar algún día sus productos agrícolas a Europa, se niegan a adoptar maíz, trigo o arroz transgénicos que les permitirían obtener productividades superiores.

A estos factores de oferta y de demanda, se han sumado últimamente algunos especuladores que, al ver que los precios subían, se han dedicado a comprar esperando vender más caro, y algunos gobiernos, como el de Argentina, cuyas barreras a la exportación no han hecho más que reducir la oferta mundial de alimentos y contribuir a su encarecimiento.

¿Qué se puede hacer para mitigar las consecuencias del encarecimiento de los alimentos? A corto plazo, enviar comida a los 100 millones de ciudadanos que la ONU estima que van a pasar hambre. Se podrían utilizar, por ejemplo, los excedentes que generan los subsidios de los países ricos, empezando por las 400.000 toneladas de arroz que el Gobierno de Japón compra a sus agricultores a precio subsidiado y acaba tirando al mar. A medio y largo plazo, la solución pasa por aumentar la oferta, ya que la reducción de la demanda sería una inmoralidad (aunque estoy seguro de que algún líder de ICV pensará que lo mejor que pueden hacer los chinos es introducir una “nueva cultura de la alimentación” y dejar de comer carne).

Para fomentar la oferta se pueden hacer diferentes cosas. Primera: dedicar recursos a la investigación con el objetivo de aumentar la productividad agrícola en países de climatología complicada. La revolución verde de los años cuarenta y cincuenta (financiada por las fundaciones Ford y Rockefeller) permitió aumentar la productividad agrícola y alimentar a miles de millones de ciudadanos. Se necesita una nueva revolución verde para países africanos. Una posibilidad sería redirigir una parte de la ayuda pública al desarrollo (que ahora se está perdiendo en los profundos bolsillos de corruptos africanos) al I+ D agrario. Nosotros, por ejemplo, podríamos aportar nuestro granito de arena dedicando la próxima Marató de TV3 a la investigación agrícola en el Tercer Mundo.

Segunda, seguir el ejemplo de Brasil y promocionar la creación de medianas y grandes empresas agrícolas. Sí, ya sé que desde Europa tenemos la imagen idílica de las aldeas pobres del Tercer Mundo pobladas por familias felices que producen sus propios alimentos y que la venta de estos en los mercados mundiales no es más que una explotación comercial. Esa imagen idílica es falsa. Los productores familiares son ineficientes y para aumentar su productividad tendrían que aumentar su escala, adoptar tecnologías modernas y exportar a los mercados mundiales.

Tercera, impedir que los países como Argentina penalicen a los exportadores. Si los agricultores son forzados a vender en los mercados locales a precios reducidos, no tendrán incentivos a hacer lo que es necesario: aumentar la oferta.

Y finalmente, abandonar inmediatamente la locura de los subsidios a los biocombustibles y las prohibiciones de transgénicos. Como pasa tan a menudo en economía, la solución de los problemas no es la intervención del sector público. Al contrario. El problema es la intervención.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University, Fundació Umbele y UPF.

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No tienen otro remedio, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 abril, 2008

Desde hace unos meses, cada quince días algún banco importante anuncia un agujero financiero relacionado con las hipotecas subprime. De momento, el récord lo tiene Citigroup con un agujero de 24.000 millones de dólares, seguido de Merrill Lynch con 22.500, la Unión de Bancas Suizas con 18.700. Y así, de millardo en millardo, totalizan un agujero global de 181.500 millones de dólares.

¿Qué pasa cuando esos bancos anuncian pérdidas tan exorbitantes? Pues en circunstancias normales, el precio de sus acciones cae en picado y son compradas a precio de saldo por otra entidad financiera privada (véase el caso de Bear Sterns que cotizaba a 160 dólares por acción hace unos meses y fue adquirida por JP Morgan por cuatro dólares hace unas semanas). Lo interesante, sin embargo, es que durante la presente crisis han aparecido unos nuevos jugadores en la partida financiera: los llamados fondos soberanos, compuestos por dinero acumulado por los gobiernos de países productores de petróleo más China y Singapur.

La idea de los fondos soberanos surgió en los años setenta, cuando el Gobierno norteamericano decidió poner los recursos que generaba el petróleo de Alaska en un fondo cuyos rendimientos eran repartidos entre los ciudadanos de ese estado. Esa idea fue copiada rápidamente por otros países productores de petróleo para estabilizar sus finanzas: cuando el precio del petróleo está alto, ellos invierten una parte de las ventas en los fondos soberanos. Cuando el precio baje, los ciudadanos podrán vivir, literalmente, de las rentas. Así estabilizan sus economías. Hoy, el mayor fondo del mundo es el de Abu Dabi (que administra 875.000 millones de dólares), seguido por el de Noruega (350.000), el de Arabia Saudí (300.000) y el de Kuwait (250.000). A esos fondos de petróleo se unen los de dos países cuyos gobiernos obligan a los ciudadanos a ahorrar de manera compulsiva (Singapur y China), cuyo monto es ya de 470.000 y 200.000 millones de dólares, respectivamente. Se calcula que, entre unos y otros, los fondos soberanos administran cerca de 3 billones de dólares.

Al principio, los fondos soberanos se invertían en bonos del Estado, con intereses seguros pero miserables. Poco a poco, compraron empresas privadas para obtener una mayor rentabilidad. Lo que nos devuelve a la crisis financiera actual: durante los últimos meses, se han dedicado a comprar o a rescatar bancos occidentales con problemas. El fondo de Abu Dabi rescató al Citigroup, el de Singapur rescató a la Unión de Bancas Suizas, el fondo chino ha comprado parte de Barklays, mientras el de Dubai ha comprado participaciones importantes del Deutsche Bank.

Esta gran inyección de dinero público ha sido bienvenida por el sector financiero occidental ya que, de momento, ha evitado una catástrofe económica… pero ha generado recelo entre los legisladores que no saben exactamente cómo tratar el tema. En Estados Unidos, por ejemplo, los fondos públicos de la seguridad social no pueden ser invertidos en empresas privadas. Ante esa restricción, uno se pregunta: si el dinero público norteamericano no puede invertir en empresas privadas, ¿por qué se deja que lo haga el dinero público de otros países?

En principio, uno debería tener libertad de invertir allí donde a uno guste. Pero, ¿los gobiernos también? Existen tres razones que recomiendan limitar la libertad de los fondos públicos. Primero, la regla básica del capitalismo es que las empresas deben intentar maximizar la rentabilidad de los inversores. El problema aparece cuando un socio mayoritario (en este caso el fondo soberano extranjero) tiene “otros” objetivos políticos. Por ejemplo, un fondo de Abu Dabi que compra una empresa de aviación puede intentar promocionar destinos en Abu Dabi no rentables desde el punto de vista empresarial, pero deseables políticamente. Eso perjudicaría al resto de propietarios de la empresa y debe ser impedido. Segundo, los fondos públicos pueden ser sometidos a presiones políticas que perjudiquen a los accionistas. Ejemplo: no hace mucho, el fondo de Noruega estaba metido en un banco privado que especuló contra la moneda de Islandia. Los accionistas ganaban mucho dinero con esa operación… hasta que el Gobierno de Islandia llamó al de Noruega y amenazó con represalias diplomáticas. Noruega obligó al banco privado en el que participaba a dejar de especular y los accionistas perdieron dinero. Tercero, los gobiernos pueden tener la tentación de utilizar las empresas participadas para contratar a directivos no porque estén capacitados para dirigir esos negocios, sino a cambio de favores políticos.

En honor a la verdad, si exceptuamos el episodio de Noruega-Islandia, hasta ahora los fondos soberanos se han comportado de forma impecable, por lo que, de momento, los problemas existen sólo a nivel teórico. Dicho esto, es preocupante que, cuando se les ha pedido que firmaran un compromiso de no actuar con criterios políticos, se han negado rotundamente. Y la negativa levanta sospechas.

Cuando la tormenta económica haya amainado, el paisaje financiero será peculiar: el dinero público estará infiltrado en el corazón financiero del capitalismo occidental al ser los estados de países extranjeros los propietarios de los principales bancos occidentales. Está por ver si los líderes políticos que tantas trabas ponen a los gobiernos locales para que participen en empresas privadas hacen la vista gorda a los fondos soberanos porque piensan que no habrá problemas… o porque saben que no tienen otro remedio.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University y UPF

http://www.columbia.edu/~xs23/catala/articles/esp/articlesesp.htm

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Soplan vientos de esperanza, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 marzo, 2008

Sabían ustedes que África ha mantenido tasas de crecimiento positivas durante doce años consecutivos? ¿Sabían que eso no pasaba desde… ¡nunca!? El crecimiento ha sido tan importante y tan beneficioso, que los niveles de pobreza extrema (el porcentaje de la gente que vive con menos de un dólar al día) han caído desde el 46% de 1995 al 37% del 2007.

¿A qué se debe este repentino éxito económico? Hay quien busca la causa en las subidas de precios de las materias primas que muchos países africanos producen. Claramente, los países exportadores de petróleo (Nigeria, Camerún, Gabón, Angola o Guinea, entre otros) se han beneficiado del desmesurado aumento del precio del crudo. Pero no hay que olvidar que el resto de África es importadora de petróleo, por lo que la subida de los precios de las materias que exportan se ha visto perjudicado por el encarecimiento del crudo que deben comprar. Puestos en la balanza todos los precios, el efecto neto para ellos ha sido negativo o nulo.

Si no son los precios, ¿qué explica el crecimiento sostenido de África durante doce años? Yo diría que hay al menos cinco factores importantes. Primero, por primera vez en la historia, la mayoría de los países africanos son democráticos. Cuando cayó el muro de Berlín, en África había solamente tres democracias. Hoy hay 23. Aunque las democracias no son inmunes a problemas de corrupción, inestabilidad, imperio de la ley, exceso de regulación o inefectividad del sector público (y, de hecho, la mayoría de países africanos todavía tienen que mejorar mucho en este sentido), sí que es verdad que las dictaduras tienden a ser peores en cada una de estas áreas. Las democracias africanas son jóvenes y delicadas…, pero poco a poco se van consolidando.

Segundo, después de las tan criticadas reformas del consenso de Washington de los noventa, la situación macroeconómica africana tiene una salud razonablemente buena: la inflación está por debajo del 10%, los déficits fiscales extravagantes han sido eliminados y las balanzas comerciales están más equilibradas.

Tercero, la deuda que se contrajo en los años setenta finalmente ha sido eliminada. Como era de esperar, las condonaciones masivas de los últimos años no han liberado los recursos económicos que habían prometido los profetas de la condonación, pero sí han conseguido que los políticos africanos ya no se quejen todo el día de la deuda y ya no tengan excusas para no hacer los deberes.

Cuarto, las nuevas tecnologías están penetrando rápidamente por todo el territorio. La telefonía móvil, por ejemplo, está permitiendo que la gente más emprendedora aumente los rendimientos de sus negocios de forma creativa: los agricultores pueden enviar SMS a diversos mercados para averiguar los precios antes de emprender un largo viaje con sus carros, lo que les permite dirigirse al sitio que les es más favorable y ganar más dinero; los trabajadores autónomos – fontaneros, pintores, carpinteros, etcétera- no tienen que estar todo el día delante de las tiendas esperando que alguien los contrate sino que cuelgan anuncios por las calles con el número de su teléfono móvil; los pescadores que no tienen refrigeración mantienen los peces vivos en jaulas dentro del mar hasta que reciben el SMS de los clientes demandando producto. Los móviles se están utilizando como bancos para realizar transferencias monetarias (tú vas al vendedor de tarjetas de móvil, le das 100 shillings y él te da un código secreto que tu envías a través del móvil a algún amigo tuyo en otra ciudad; este se dirige a otro vendedor de tarjetas de la misma cadena, le entrega el código y, a cambio, recibe los 100 shillings. Es un método de transferir dinero utilizado por la compañía Safari-Com en Kenia, muy efectivo en países con pocos cajeros automáticos y menos sucursales bancarias.

Las nuevas tecnologías están permitiendo a los africanos saltarse algunos estadios de desarrollo ya que están pasando de la nada a la telefonía móvil sin pasar por la telefonía fija, lo que les ahorra costosas inversiones en infraestructura que no se pueden permitir. Este salto los acerca a los países ricos.

Finalmente, un factor que ha contribuido al crecimiento africano ha sido la aparición de China. El impresionante crecimiento del gigante asiático ha afectado a África de muchas maneras, unas positivas y otras negativas: China es un enorme cliente con 1.300 millones de compradores, China es un competidor con empresas que producen mucho y barato, China es un inversor (el ahorro generado por sus ciudadanos está sirviendo para financiar proyectos empresariales en África), China concede créditos con menos condiciones que el Banco Mundial o el FMI, y, quizá lo más importante, China es un modelo que seguir: en 1975, a la muerte de Mao, China era más pobre que África y su gran éxito económico no sólo demuestra que se puede conseguir, sino que da pistas sobre cómo se puede hacer.

África reúne las condiciones para salir del pozo de la miseria. No será fácil ni automático, porque estas condiciones pueden quebrarse en cualquier momento: las democracias africanas son frágiles (y lo ocurrido en Kenia después de las elecciones es un trágico recordatorio), la inflación de los países ricos se puede contagiar, los políticos se pueden volver a endeudar y la crisis financiera de EE. UU. puede acabar afectando a China y, por ende, a los países africanos. No será fácil, pero lo que sí que es verdad es que, por primera vez en décadas, en África soplan vientos de esperanza.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University, UPF y Fundació Umbele. www. sala-i-martin.com

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La dictadura de los partidos, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 1 marzo, 2008

ELECCIONES

El hecho de que la campaña electoral española ocurra al mismo tiempo que las primarias de Estados Unidos hace que podamos observar las diferencias entre ambos procesos. Aquí van algunas de las más obvias: En España los candidatos son elegidos a través de oscuros mecanismos de partido; en EE. UU. los escoge la ciudadanía mediante primarias. En España no existe la libertad de votar sólo a un determinado diputado (las listas son cerradas, por lo que se vota a todos los candidatos de un partido o a ninguno); en EE. UU. se vota a cada candidato individualmente. En España el gobierno obliga a los medios públicos a destinar una determinada cantidad de minutos a cada partido, violando así la libertad de prensa y expresión y manipulando a los medios públicos que no son suyos sino de la ciudadanía; en EE. UU. existe libertad para informar. Y lo que más ha llamado la atención de todo el mundo durante estos últimos días: en España se acaba de celebrar el primer debate en quince años; en EE. UU. ya se han celebrado 43 debates televisados (20 los demócratas y 23 los republicanos), ¡y eso que todavía están en las primarias, escogiendo a los candidatos!

El tema de los debates televisados es uno de los aspectos que mejor refleja algunas de las carencias del sistema político español. Primero: que en España haya pocos debates no se debe a que no haya demanda social. Se debe a que los políticos no los quieren. Y no los quieren porque tienen miedo. Tienen miedo a debatir ideas. Tienen miedo a contrastar la potencia intelectual, la rapidez mental y los conocimientos de sus candidatos. Tienen miedo a que se descubra que, para llegar a la cúpula del partido, no han tenido que trabajar fuera de la burbuja política, ni han tenido que ver mundo, ni han tenido que pensar y tener ideas nuevas. Simplemente han tenido que ser fieles al partido y, sobre todo, han tenido que ponerse en la fila sin ir a Sevilla para no perder la silla (además de dar alguna que otra puñalada a otros fieles de la fila que les hacían la competencia).

Segundo, cuando aceptan, imponen tantas condiciones que acaban realizando un debate sin debate. Una de las cosas que más me impresionó el lunes es que el moderador no hizo ni una sola pregunta. Y no la hizo porque los partidos se lo prohibieron, ya que odian las preguntas fuera de guión. El mismo día que se hacía el debate en España, Obama y Clinton se enfrentaban por vigésima vez. Uno de los moderadores le preguntó a Clinton si los 5 millones que había puesto de su bolsillo para financiar su campaña los había conseguido su marido con negocios internacionales más o menos oscuros y la instó a que hiciera pública su declaración de la renta. Si alguien se atreviera a preguntar eso en España, les aseguro que el candidato se levantaría y, tras insultar al entrevistador, se iría irritado de la sala (lo sé de buena tinta).

Tercero, cuando finalmente realizan el debate, son incapaces de entender lo que dice el adversario y discutirlo, aunque sean las bobadas más extravagantes. El lunes el presidente Zapatero, enseñando un gráfico que supuestamente mostraba el precio de la vivienda, dijo: “Esta es la evolución del precio de la vivienda con el PP, que llegó al máximo histórico, y la evolución con el PSOE, que ha ido decreciendo”. Cualquier persona que haya vivido en el planeta Tierra sabe que los precios de la vivienda en España han subido en los últimos cuatro años, aunque en los últimos meses hayan empezado a bajar. ¿Cómo podía Zapatero decir lo contrario? Pues bien, utilizó el viejo truco de enseñar el gráfico de las tasas de crecimiento del precio que, efectivamente, eran más altas en época del PP. Pero el hecho de que las tasas de crecimiento en época del PSOE fueran más bajas no quiere decir que fueran negativas. De hecho, eran positivas y eso quiere decir que el precio de la vivienda durante el mandato de Zapatero ha subido hasta alcanzar los niveles más altos desde la última glaciación. A pesar de ello, ahí teníamos al presidente Zapatero ante las cámaras diciendo que bajaban y mintiendo impunemente sin que el moderador dijera nada. Claro que lo más gordo (y lo más curioso) es que Rajoy no se enteraba de lo que estaba pasando. Seguramente, él tampoco entendía el gráfico.

Lo que nos lleva al cuarto punto. Cuando los candidatos no tienen ni la preparación suficiente para entender lo que dice el contrincante ni la rapidez mental para responder, y cuando el moderador no tiene derecho a intervenir ni a preguntar, el debate se convierte en una aburrida serie de monólogos repleto de medias verdades, falsedades y puras mentiras. Lamentablemente, eso es lo que pasó el lunes.

Y cuando yo ya pensaba que la farsa y los farsantes iban a quedar sin castigo, despertó la prensa y nos dio la grata sorpresa de la campaña: ¡hizo su trabajo! Es decir, contrastó los números y las afirmaciones, desenmascaró las mentiras y las publicó. A los periódicos que hicieron su trabajo: ¡Chapeau! Chapeau…y gracias por recordarnos que, cuando los periodistas investigan, analizan, comprueban y no se dedican a hacer seguidismo político, existe una gran diferencia entre la democracia y la dictadura de los partidos.

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Los músicos del “Titanic”, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 17 febrero, 2008

¿Sabían que para hervir una rana lo que hay que hacer es ponerla en agua fría y calentarla lentamente? Se ve que si uno la pone directamente en agua hirviendo, la rana salta escaldada, mientras que si la mete en agua fría y la temperatura sube poco a poco, su cuerpo se acostumbra al calor y acaba muriendo cocida.

Que España está perdiendo competitividad económica es cada día más obvio. Lo que no es tan evidente es que la causa sea la misma que la de… ¡la rana!

Países como Finlandia o Suecia hicieron profundas reformas económicas en los años noventa, justo después de sufrir recesiones catastróficas. Esas crisis escaldaron tanto a las autoridades de la época que saltaron como la rana ante el agua hirviendo e iniciaron unas costosas reformas que les han hecho ganar competitividad a medio plazo.

Mientras tanto, España disfrutaba de un crecimiento que ya lleva 13 años ininterrumpidos y que ha hecho que las autoridades presuman y se dediquen a ir por el mundo dando arrogantes lecciones de cómo se hacen las cosas.

El problema es que el crecimiento español se ha basado casi exclusivamente en dos sectores de limitado recorrido: el turismo y la construcción.

El turismo podía seguir tirando al menos hasta que la masificación y los desastres medioambientales hicieran mella. El boom de la construcción, sin embargo, no podía continuar, ya que se basaba en el aumento continuado de precios que hacía que una gran masa de ciudadanos quisiera ser propietaria de viviendas para hacerse rica. Ese deseo de comprar (facilitado en parte por unos bancos que daban hipotecas baratas y larguísimas) retroalimentaba los precios y las ganas de comprar, creando un círculo vicioso – que algunos llaman burbuja inmobiliaria- en el que la construcción creó millones de puestos de trabajo, riqueza y un crecimiento económico espectacular.

La felicidad era tan grande que nadie se daba cuenta de que, para la rana, la temperatura estaba subiendo y que, para España, la competitividad se iba deteriorando. Pero la autocomplacencia hacía que nadie se preocupara de implementar las dolorosas reformas que hubieran permitido pasar a producir bienes alternativos cuando el boom inmobiliario llegara a su fin: la calidad de los estudiantes – y futuros trabajadores- empeoraba objetivamente, las empresas que querían ampliar actividades e innovar encontraban entornos cada vez más regulados y hostiles, la investigación perdía calidad y rumbo, el marco institucional era cada vez más opresivo y la mentalidad general era cada día más funcionarial y menos emprendedora, entre otras cosas.

Pero, en lugar de reformar, España seguía basando su crecimiento en el ladrillo, hasta el punto de que entre el 15% y el 19% del PIB español dependía de la construcción (en comparación, en Estados Unidos esa proporción no llegaba al 5%). Eso creó una dependencia tan grande que ponía en peligro las bases del crecimiento si algún día llegaba la crisis al sector.

Y, naturalmente, la crisis llegó al sector. Y, lógicamente, España no estaba preparada porque la rana ya estaba hervida: las familias norteamericanas subprime dejaron de pagar su hipoteca, las viviendas bajaron de precio, los consumidores se empobrecieron, los bancos dejaron de prestar y se precipitó la recesión. Claro que todo eso sucedía en Estados Unidos…, o al menos eso proclamaban nerviosamente esperanzados el presidente Zapatero y el ministro Solbes.

El problema es que luego llegaron los dramáticos datos del mes de enero: la inflación más alta de los últimos doce años, la producción industrial se derrumbó en 2,4 puntos (la mayor caída de los últimos seis años), el índice PMI empresarial sufrió el descenso más brusco de la historia al pasar de 51 a 42, el paro sufrió el mayor aumento desde que se construyen estadísticas, las reservas de vivienda bajaron en un 60% (lo que obligará a reducir todavía más la construcción en los próximos meses), el déficit exterior llegó al 10% del PIB, el stock de divisas cayó hasta 13.000 millones y sólo permite comprar el equivalente de doce días de importaciones, la confianza de los consumidores se desmoronó de 72,3 a 70,9 y la bolsa sufrió dos desplomes históricos en una semana.

¿Y qué hicieron los líderes españoles ante todo esto? Pues, de hecho…, ¡nada! Se limitaron a proclamar que el superávit fiscal representaba un gran seguro para el país y que todo iba la mar de bien. Pero en economía, la actitud del Gobierno es importante, aunque sólo sea para no crear desconfianza. Si uno dice que no pasa nada pero los números indican lo contrario, uno da la impresión de que está perdido, o que no entiende que existe un problema, o que no sabe solucionarlo… o, simplemente, que está rezando para que la crisis no explote hasta después de las elecciones, a ver si le salva la campana. Sea como fuere, esa actitud pasiva e interesadamente optimista provoca una desconfianza que no hace más que empeorar la situación.

El 21 de enero, día de catástrofe bursátil en España, me llamaron de RAC 1 para que opinase sobre el tema. Uno de los cómicos del programa, al ver la pasividad de Zapatero y Solbes mientras las bolsas se hundían, los comparó con los músicos del Titanic que tocaban el violín, ajenos al hundimiento del transatlántico, para calmar los ánimos, ignorados por una gente que veía como las grietas se abrían y el agua se colaba por todas partes. No es que yo abogue por la intervención cada vez que cae la bolsa, pero la analogía es perfecta: en materia económica, las autoridades españolas están actuando como los músicos del Titanic.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University y Fundació Umbele.

www.sala-i-martin.com

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La Separacion de la Basura, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 17 enero, 2008

Hace unas semanas se produjo en China una curiosa epidemia de enfermedades de transmisión sexual. Curiosa, porque la causa no fue, como cabría esperar, el desenfreno carnal sino unas gomas de cabello. Si, si. Unas gomas de cabello que, al parecer, habían sido hechas con… (por favor no se rían): ¡condones reciclados!

Y es que el último grito en moda medioambientalista pide que compremos papel reciclado, que pongan cánones a la bolsas de plástico del supermercado, que usemos botellas de cristal y, ¿cómo no?, que separemos las basuras en contenedores de colores.

La idea del reciclaje no es nueva. Nuestros antepasados lo hacían porque al ser tanta la escasez en la que vivían, valía la pena reutilizarlo casi todo. Durante los dos últimos siglos los costes de producción se han reducido mucho. Para muchos productos, eso ha significado que sea más barato tirarlos una vez utilizados que lavarlos, reciclarlos y volverlos a usar. Paralelamente a este progreso tecnológico han aparecido unos grupos de presión a los que les disgusta que la gente tenga la libertad de desechar lo que le plazca y eso ha hecho que, desde el punto de vista del reciclaje, los productos del mundo se dividan hoy en cuatro grupos.

Primero están los bienes que reciclamos voluntariamente: las cuberterías de acero inoxidable, los platos de duralex (no los de papel), o la ropa son ejemplos de bienes que todos preferimos lavar y reutilizar. Fíjense que para que la gente recicle este tipo de productos no hacen falta ni regulaciones, ni cánones, ni propaganda institucional.

En el otro extremo están los productos que nadie quiere reciclar como el papel higiénico. En este grupo también hay bienes que nuestros abuelos reciclaban y nosotros, al tener alternativas mejores, no como los pañales de los bebés o las compresas femeninas (que antiguamente eran de tela y se reutilizaban tras un lavado).

El tercer grupo de bienes son los que no se reciclarían si no fuera por el marketing medioambiental. Perdón. No es marketing. Son “campañas de sensibilización”. En este grupo está el papel: durante el “día de la tierra” los maestros llevan a los niños de excursión a la montaña y, tras plantar un bonito árbol, les explican que cada vez que pintan un folio, están matando a una criatura tan preciosa como la que acaban de plantar. Independientemente de los daños psicológicos que sufren los pobres chavales cada vez que hacen los deberes, nadie les explica que el papel proviene de árboles plantados expresamente para ser transformados en papel. Reciclar papel para salvar a los árboles tiene tanto sentido como reciclar pan para salvar al trigo o reciclar boniatos para salvar… a otros boniatos.

En cualquier caso, para los árboles (que no para los pobres boniatos) la propaganda tiene tanto éxito que alguna gente está dispuesta a pagar por un papel de ínfima calidad lo que hace que algunas empresas tengan incentivos a reciclarlo.

El cuarto y más problemático grupo incluye aquellos bienes que no se reciclan voluntariamente ni siquiera después de “campañas de sensibilización” pero a los que los medioambientalistas no renuncian. Aunque últimamente está creciendo la popularidad del canon a las bolsas de plástico, el producto estrella aquí todavía es la basura: esa basura que debe separarse en preciosos contenedores de colores. Dado que los ciudadanos normales no separarían la basura por iniciativa propia porque el coste de hacerlo es demasiado alto y el beneficio nadie sabe dónde está, los activistas recurren al estado para que nos obligue bajo amenaza de multas y sanciones. Además, crean un cuerpo de vigilantes de bazofias para perseguir a quien utilice el contenedor equivocado, obligan a las empresas a llevar “contabilidades de residuos” y aparecen consultores (que, lógicamente, son los propios medioambientalistas) que cobran por asesorarnos sobre cómo cumplir con el reglamento.

A pesar de su popularidad, nadie ha demostrado que los costes de separación de basuras (que incluyen las molestias que sufrimos los ciudadanos, el espacio que ocupan tantos containers en casas de 50 m2 y los gastos de recogida selectiva de residuos) sean inferiores a los beneficios sociales asociados a algún tipo de misteriosa externalidad que nadie ha conseguido medir. De hecho, hay evidencia de que la separación en casa es ineficiente hasta el punto que cada vez son más los ayuntamientos y empresas de recogida que deciden separar los desechos ellos mismos, un fenómeno que en Estados Unidos se llama “single stream recycling”. La empresa texana Waste Management, encargada de recoger la basura de 20 millones de familias, hace tiempo que se ha pasado al “single stream”, a pesar de que este método les obligue a pagar unos costes de separación que en el sistema tradicional asumen los ciudadanos en casa.

Antes de que el establishment de la corrección política me condene a la pira purificadora, déjenme clarificar que no estoy sugiriendo que la gente no tenga derecho a reciclar. La gente tiene derecho a practicar los rituales que crean que mejor les acercan a sus dioses, sean éstos cristianos, musulmanes, paganos o medioambientales. Lo que es inaceptable es que alguna de estas religiones nos obligue a los infieles a participar en sus liturgias simplemente porque no creemos en ellas. Garantizar nuestra libertad manteniendo la separación entre estado e iglesia (y eso incluye a la iglesia medioambientalista) es mucho más importante para nuestro bienestar que la separación de la basura.

Xavier Sala i Martín. Catedràtic de Columbia University y Professor Visitant de la Universitat Pompeu Fabra.

© Xavier Sala-i-Martín, 2008

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La tormenta perfecta, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 8 enero, 2008

Día de Halloween de 1991. La costa este de Estados Unidos sufre una descomunal tempestad causada por la improbable combinación de aire caliente y bajas presiones provenientes del norte, aire frío y altas presiones provenientes del este y el resto de un huracán tropical que sube del sur. Estos tres factores no se dan simultáneamente casi nunca. Pero cuando se dan, originan lo que se conoce como… la tormenta perfecta.

Enero del 2008. Como cada año, los economistas nos vemos acosados por la prensa para que hagamos las predicciones del año nuevo. Si uno no quiere quedar como un ignorante, debe profetizar alguna cosa con más o menos sentido. Ya que yo soy de los que no tienen bola de cristal, déjenme que les cuente lo que están diciendo los grandes gurús de la futurología económica: durante el 2008, ¡habrá una profunda crisis económica!

Hay seis factores que apuntan en esa dirección. Primero, la crisis financiera del subprime.Empezó hace unos años cuando unos bancos espabilados hicieron préstamos hipotecarios a familias con poca capacidad de devolver el dinero (subprime).En lugar de guardarse esas hipotecas peligrosas, esos bancos las “securitizaron”. Es decir, las pusieron en paquetes con otras hipotecas y las vendieron al mejor postor. Este, por su lado, las reempaquetó y las volvió a vender. Y así, los paquetes de hipotecas peligrosas fueron de banco en banco hasta su destino final. El problema es que ni ese destino final se conoce, ni se sabe cuántas hay. En las últimas semanas hemos descubierto que Merrill Lynch, Citigroup y Unión de Bancas Suizas (UBS) poseían decenas de miles de millones de dólares. Es decir, hemos descubierto que el agujero financiero es grande y que no lo tienen bancos desconocidos, sino bancos muy importantes.

El problema es que, al no saberse quién tiene agujeros financieros, los bancos se guarden el dinero porque tienen miedo a prestar. Eso hace que muchas empresas que querrían invertir, es decir, que querrían comprar maquinaria y ampliar su capacidad productiva, no lo hacen porque nadie les presta dinero. La empresa de maquinaria no vende, por lo que debe despedir a algunos trabajadores. Esos trabajadores dejan de comprar comida o ropa, por lo que las empresas de comida o ropa pierden dinero y despiden a sus trabajadores, y el círculo vicioso se expande por toda la economía. Es decir, lo que empezó como una crisis de hipotecas subprime,se contagia a la economía real y se transforma en una recesión económica en toda regla.

Segundo factor: los precios de la vivienda en Estados Unidos están cayendo y se estima que durante el 2008 la caída puede llegar a ser de hasta un 25%. Esto puede provocar lo que se conoce como “efecto riqueza”: el gasto realizado por los consumidores depende de lo ricos que estos son o creen que son. Cuando el precio de sus viviendas baja, perciben que se han empobrecido y dejan de comprar comida o ropa por lo que las empresas de comida o ropa pierden dinero, despiden a sus trabajadores… y el círculo vicioso vuelve a empezar.

Tercero: el precio del petróleo ronda los 100 dólares por barril. En el año 1974, un aumento parecido, por si solo, causó una de las más grandes recesiones del siglo XX. Es cierto que la economía de hoy, con muchos más servicios y menos industria, es menos dependiente de los precios de la energía. Pero también es cierto que el aumento del precio del petróleo coincide con el de otras materias primas. La razón es que, esta vez, los precios no suben porque unos locos de la OPEP han reducido la oferta, sino porque los dos países más poblados del mundo, China e India, están creciendo rápidamente y demandan grandes cantidades de materias primas.

Cuarto, el euro está por las nubes: un euro caro hace que los productos europeos sean caros y eso impide que Europa exporte y tome el timón de la economía mundial cuando Estados Unidos entre en crisis.

Quinto, el dólar corre el riesgo de sufrir una caída catastrófica. En estos momentos hay tres grandes grupos de personas que tienen dólares en sus carteras: los chinos, los fondos de pensiones alemanes y japoneses y los exportadores de petróleo. Si estos grupos ven que el dólar se debilita, pueden intentar quitarse sus miles de millones de dólares de encima para no sufrir pérdidas, cosa que precipitaría la caída de la moneda norteamericana, provocando un siniestro financiero sin precedentes.

Sexto: la situación geopolítica sigue teniendo elevadas dosis de incertidumbre. El asesinato de Benazir Bhutto, candidata a primera ministra de un país islamista poseedor de la bomba nuclear, es un triste recordatorio de que conflictos bélicos o atentados terroristas en gran escala pueden ocurrir en cualquier momento.

Total, seis son los factores que apuntan a una crisis económica global. Lógicamente, por más que insistan los profetas, nadie sabe con certeza si esa crisis finalmente se va a producir porque también hay razones para ser optimista. Por ejemplo, los bancos centrales de Europa y Estados Unidos están aumentando la cantidad de dinero para que las empresas que deseen invertir puedan hacerlo y el Gobierno norteamericano está ayudando a las familias subprime a pagar sus hipotecas.

Lo que pasa es que, si bien cada uno de estos seis factores, por sí solo, podría desencadenar una crisis económica mundial, hoy se dan todos simultáneamente. Es decir, estamos ante la combinación improbable de factores que no se dan casi nunca pero que, cuando se dan, podrían acabar originando… la tormenta perfecta.
X. SALA I MARTÍN, Columbia University y Fundació Umbele http://www.sala-i-martin.com

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Los problemas olvidados, de Xavier Sala i Martin en La Vanguardia

Posted in General by reggio on 17 diciembre, 2007

Accra, Ghana. Enero del 2004. Emmanuel Teteeh Kuadzi acaba sus estudios de secundaria. Observa que Ghana está experimentando un boom económico y muchas empresas quieren conectarse a internet. Emmanuel, que es aficionado a la informática, ve la oportunidad de negocio y crea una empresa de diseño de páginas web. Primero trabaja solo, pero la faena se le acumula y pronto tiene que contratar a un compañero… y luego a otro… y en menos de un año, 22 jóvenes entusiastas trabajan con él diseñando e instalando páginas web. Frankfurt, Alemania. Enero del 2006. GTZ, una ONG creada por el Gobierno alemán para fomentar el “desarrollo sostenible”, estima que una de las causas de la pobreza en África es que la ineficiencia de sus empresas les impide crear empleos bien remunerados. GTZ piensa que una manera de ayudar a aumentar su competitividad es integrar a esas empresas en el ciberespacio. La ONG decide utilizar a su ejército de voluntarios alemanes para crear páginas web y regalárselas a todas las empresas africanas que lo deseen. El diagnóstico de GTZ es totalmente acertado: es cierto que uno de los principales problemas de África es que sus empresas son ineficientes y no crean empleo de alto valor añadido. Su acción, sin embargo, no sólo no soluciona el problema sino que tiene consecuencias catastróficas: gracias a su (sin duda bien intencionada) intervención, Emmanuel ve como su empresa se arruina y 22 jóvenes africanos pierden su puesto de trabajo. Seguramente los alemanes nunca se dieron cuenta del mal que causaron a unos emprendedores que enviaron al paro. De haberse enterado, seguramente hubieran actuado de manera distinta. Por ejemplo, si en lugar de utilizar voluntarios alemanes para producir las páginas web gratuitas, GTZ hubiera contratado a la empresa de Emmanuel para que las diseñara y después las hubieran regalado a las empresas africanas, la ONG alemana habría obtenido el mismo objetivo (que no era otro que las empresas africanas tuvieran sus páginas web) sin acabar matando esa iniciativa empresarial que África tanto necesita.

La Navidad despierta en todos nosotros el espíritu más benevolente. Durante estas fechas realizamos acciones solidarias que no hacemos durante el resto del año. Esta es una de las razones por las que Televisió de Catalunya hace anualmente y desde 1992 un maratón televisivo que canaliza las donaciones de los ciudadanos hacia la investigación de enfermedades incurables como el dolor crónico, el alzheimer, la diabetes o, como es el caso de este año, las enfermedades cardiovasculares. La recaudación anual desde 1996 no ha bajado de cuatro millones de euros y alcanzó un récord de más de siete en el 2005. Ayer tuvo lugar La Marató 2007. Escribo este artículo desconociendo cuál ha sido la recaudación final, pero seguro que habrá superado los seis millones.

La idea de fomentar la solidaridad a través de TV3 es buena. Pero sorprende que se dedique el dinero a la investigación médica cuando, si analizan los datos, se ve que la industria farmacéutica global es una de las más ricas y rentables del planeta: las 50 primeras empresas farmacéuticas ingresan 570.000 millones de dólares anuales, ¡más del doble de lo que ganan anualmente todos, repito, todos, los ciudadanos de Catalunya juntos! Esas 50 multimillonarias empresas dedican anualmente unos 90.000 millones de dólares a la investigación: ¡unas 15.000 veces más de lo que recauda TV3 con su maratón!

Los problemas médicos de los ciudadanos más ricos del mundo, pues, parecen recibir una atención adecuada por parte de la industria farmacéutica. Y es que las empresas saben que, al ser sus clientes ricos, acabaremos pagando por vacunas que curen nuestras enfermedades, por pastillas que alivien nuestro dolor o por procedimientos que mejoren nuestra situación cardiovascular, por lo que les es rentable invertir en I+ D.

A todo el dinero privado hay que añadir lo que gastan los gobiernos de los países ricos. Sólo el National Institutes of Health de Estados Unidos financia a 325.000 investigadores de 3.000 universidades, centros médicos o de investigación con un presupuesto global de 28.000 millones de dólares. Y eso es sólo lo que gasta el gobierno norteamericano y no tiene en cuenta lo que gastan los gobiernos de todos los países europeos más Japón.

El problema de todo esto es que, al utilizar un medio tan potente como la televisión para recaudar dinero, TV3 acaba desviando seis millones de euros que los catalanes podrían dedicar a financiar otro tipo de proyectos como la educación de niños pobres o el tratamiento de enfermedades que afectan solamente a ciudadanos africanos pobres. De alguna manera, La Marató de TV3 acaba quitando dinero a proyectos importantes que reciben poca financiación para dárselo a proyectos igualmente importantes…, pero que acabarían siendo financiados por multinacionales farmacéuticas o gobiernos occidentales ricos. Lo que nos devuelve al caso de la ONG alemana GTZ: las buenas intenciones no siempre conllevan resultados satisfactorios.

Como ciudadano de Catalunya, estoy orgulloso de que TV3 utilice su enorme poder de disuasión para fomentar la benevolencia individual y voluntaria de los ciudadanos de nuestro país. Mis preguntas navideñas para las autoridades de TV3 son: dado que las multinacionales farmacéuticas y los gobiernos ricos dedican más de 20.000 euros por cada euro que recauda TV3: ¿qué impacto real acaba teniendo La Marató?¿No sería mejor dedicar la recaudación a solucionar los problemas más olvidados del mundo?

X. SALA I MARTIN, Columbia University y Fundació Umbele

www.sala-i-martin.com

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