Reggio’s Weblog

Cambiar con el mundo, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

Barack Obama rechaza el legado de Bush y “la falsa elección” entre seguridad e ideales estadounidenses

El rito de la toma de posesión del presidente se confunde con el origen mismo de Estados Unidos. Fue el primer presidente, George Washington, quien puso la primera piedra de lo que ahora es tradición. La Constitución sólo aportaba el texto del juramento que debía prestar el nuevo presidente: “Juro (o prometo) solemnemente cumplir fielmente las funciones de presidente de Estados Unidos y, en la medida de mis fuerzas, salvaguardar, proteger y defender la Constitución de Estados Unidos”. Pero Washington añadió por su cuenta un “¡que Dios me ayude!”, al tiempo que se dirigía a los miembros del Congreso. Ese discurso se ha convertido en tradición.

Barack Obama juró ayer salvaguardar, proteger y defender una Constitución que, originalmente, contempló al hombre negro como tres quintas partes de una persona. La ceremonia de ayer fue así un momento histórico, en el que el primer presidente afroamericano rechazó el legado de su predecesor y culminó, con su discurso, un ejercicio de diplomacia pública que parece recuperar el poder blando que Bush dilapidó.

Las comparaciones entre Obama y Kennedy fueron constantes en la campaña electoral. No fue un recurso periodístico, como demuestran las grandes expectativas que el presidente ha despertado globalmente. Y las comparaciones seguirán. El 20 de enero de 1961, Kennedy pronunció su célebre frase “No os preguntéis, queridos compatriotas, qué es lo que vuestro país puede hacer por vosotros, sino lo que vosotros podéis hacer por vuestro país”. Ayer, Obama lo dijo de otro modo al anunciar, con la economía en crisis, “una nueva era de responsabilidad” personal “para empezar otra vez la tarea de rehacer América”.

En política exterior, Obama repudió el legado de Bush y rechazó “la falsa elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales”. La política exterior estadounidense puede interpretarse históricamente de tres maneras opuestas. Una ve a Estados Unidos como un país con una fuerte inclinación por la diplomacia de las cañoneras o del dólar; esta visión no la aceptará nunca Bush, pero es exactamente la que ha proyectado, pese al envoltorio idealista, para buena parte del mundo. Otra visión es la que pretende que Estados Unidos no sea ni un extraño campeón ético en un mundo de egoístas, ni un país con una avaricia superior a la media, sino un país normal que quiere aumentar su poder; esta es la política que los realistas quieren que abrace Obama. Y la tercera interpretación sólo ve a Estados Unidos como un actor moral; es decir, como un Estado que se mueve no por sus intereses nacionales, sino por principios. Obama echó mano ayer del idealismo americano, pero no desechó el realismo. “El mundo ha cambiado y nosotros debemos cambiar con él”, dijo. George W. Bush pretendió cambiar el mundo unilateralmente y por las bravas.

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Esperando a Obama, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 10 enero, 2009

LA NUEVA AGENDA

Israel siempre ha tenido en Estados Unidos su primer aliado, pero los inquilinos de la Casa Blanca no han sido exactamente iguales. Desde Harry Truman, que apoyó el nacimiento del Estado hebreo, hasta George W. Bush, que le dio más de un cheque en blanco, los presidentes estadounidenses han seguido el guión de manera desigual. ¿Qué hará Barack Obama, quien se ha mantenido en silencio mientras Israel invadía Gaza?

Israel fue asistido en su nacimiento por la ideología de los liberales demócratas estadounidenses cuando, en la sala de espera, una parte sustancial de la Administración Truman mostraba su preocupación por el petróleo de los árabes. James Forrestal, secretario de Defensa, argumentó: “Ningún grupo debería influir en nuestra política hasta el punto de poner en peligro nuestra seguridad nacional” (Forrestal´s Memoirs,1951). Y George Marshall, secretario de Estado, no se comprometió en público.

Avi Shlaim, historiador de origen judío y profesor de la Universidad de Oxford, ha clasificado a los sucesores de Truman en dos categorías según su actitud en Oriente Medio: por una parte, quienes han puesto a Israel por encima de todo; por otra, los que han pretendido equilibrar la balanza. En la primera cesta encontraremos, entre otros, a Reagan, Clinton y Bush hijo; en la segunda, a Eisenhower, Carter y Bush padre.

Eisenhower hizo que fracasara en 1956 una operación militar de británicos, franceses e israelíes contra el presidente egipcio Gamal Abdel Naser, que había nacionalizado el canal de Suez. Israel invadió Gaza, entonces territorio egipcio, pero el presidente estadounidense forzó su retirada. La crisis humilló a Gran Bretaña, que pasó a Estados Unidos el testigo en Oriente Medio.

Carter y Cyrus Vance, su secretario de Estado, patrocinaron la firma de la paz entre Israel y Egipto, pero el presidente demócrata dejó escrita su frustración por la influencia del lobby israelí en Washington. Años más tarde, Carter ha utilizado el término apartheid para calificar la situación de los palestinos en los territorios ocupados ilegalmente por Israel en la guerra de 1967. Y después de la guerra del Golfo (1991), James Baker, secretario de Estado de Bush padre, subrayó la centralidad de la cuestión palestina en la estabilidad de Oriente Medio y arrastró a los dirigentes israelíes hasta la conferencia de paz de Madrid, que en 1991 significó el principio de un fallido proceso negociador.

La paz nunca estuvo tan al alcance de la mano como en Camp David, en el verano del 2000. Pero no hubo acuerdo. El fracaso se debió a Jerusalén y los refugiados palestinos, cuestiones que Israel se negó a tratar. Israel nunca había ofrecido tanto, pero en Taba, meses después, aumentó su oferta, con lo que demostró que Camp David era mejorable. Años más tarde, según The Economist, Clinton, frustrado, le dio un consejo a Colin Powell, secretario de Estado de Bush hijo, sobre Yasir Arafat: “Nunca confíes en ese hijo de perra”.

En abril del 2004, en una carta a Ariel Sharon, Bush hijo cambió la política estadounidense seguida durante decenios sobre los asentamientos judíos en los territorios ocupados. “A la luz de la nueva realidad, incluidos los centros de población ya existentes, no sería realista esperar que el resultado final significara el total y completo regreso (de Israel) a la línea del armisticio de 1949”, escribió Bush. La carta fue uno de los cheques en blanco que dio a Israel.

¿A qué grupo pertenecerá Obama? El presidente electo se ha rodeado de políticos y asesores que pueden encasillarse en los dos grupos citados. Para Hillary Clinton, su secretaria de Estado, Israel siempre ha sido lo primero; pero el general James Jones, que será consejero de seguridad nacional, despierta las sospechas israelíes, según The Guardian, por sus simpatías hacia los palestinos.

¿A qué asesores hará caso Obama? Nadie lo sabe. Pero no faltan quienes dicen que Obama confía en el plan de paz saudí del 2002, en el que se ofrece a Israel el reconocimiento árabe si se retira de los territorios ocupados en 1967. Obama debería hablar con Ehud Olmert. Nadie mejor que Olmert, primer ministro israelí, para que le aconseje. El pasado septiembre, Olmert, cuando se creía descabalgado del poder, concedió una entrevista al diario israelí Yediot Ahronot que después fue reproducida por The New York Times Review of Books.¿Y qué dijo? Algo fácil de entender: “Debemos alcanzar un acuerdo que signifique la retirada de casi todos, o de todos, los territorios. Una parte podría quedar en nuestras manos, pero deberíamos entregarles el mismo porcentaje de territorio (israelí). Si no es así, no habrá paz”.

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Cómo ordenar el mundo, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 22 noviembre, 2008

LA NUEVA AGENDA

Alfonso X fue un rey sabio pero no modesto. Dicen que el monarca dijo en un arrebato: “Si hubiera estado presente en la creación, habría hecho algunos sugerimientos útiles sobre cómo ordenar mejor el universo”. Siete siglos después, Dean Acheson, secretario de Estado de Harry Truman, echó mano de Alfonso X para titular su autobiografía. “Presente en la creación”, escribió para decir que había asistido a la fundación de un nuevo orden. De hecho, Acheson no sólo estuvo presente, sino que fue uno de los hombres sabios que dieron forma a un orden multilateral que, con la ONU como piedra angular, legitimó el poder estadounidense.

Los desafíos que ahora tiene planteados Barack Obama, presidente electo de Estados Unidos, no son los mismos que en los tiempos de Acheson. Entre el escenario actual y el de 1945 existen paralelismos. Y la cuestión sigue siendo cómo poner orden. Pero el mundo del siglo XXI es multipolar, a diferencia de la escena bipolar de la posguerra.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, la preocupación de las grandes potencias era qué hacer después del colapso de los imperios y el surgimiento de frágiles estados en Europa, Asia y África.En 1914 se contabilizaban 62 estados; en 1946, 74. Pero la guerra fría congeló el desafío, que ahora es una cuestión caliente, desde Somalia, donde los piratas hacen su agosto, hasta Iraq, Afganistán y Pakistán, pasando por Darfur y Kivu Norte, región en la que el número de muertos se relaciona con la multiplicación en Occidente de los teléfonos móviles, que devoran el coltán congoleño. La ONU tiene ahora 194 miembros, pero abundan los estados fallidos, prospera el crimen organizado y crecen las zonas desgobernadas.

En el siglo XX, Estados Unidos intentó en dos ocasiones crear un orden internacional basado en sus valores. Primero, con el presidente demócrata Woodrow Wilson, un idealista que ignoró la realidad del poder, lo que facilitó el naufragio de la Sociedad de Naciones. Y, después, con Franklin D. Roosevelt, quien promovió la ONU, creada cuando Truman ya le había sucedido. Acheson, el realista que trabajó para Truman, comprendió que la paz no podía alcanzarse sólo a través de la fuerza, por lo que el principio fundamental de la democracia estadounidense -la superioridad de la ley-fue proyectado sobre el escenario mundial.

En el siglo XXI, otro presidente estadounidense, el republicano George W. Bush, utilizó el 11 de septiembre para romper el statu quo y estar presente en la destrucción de un orden internacional. Fue la etapa que Charles Krauthammer bautizó como “el momento unipolar”. Y después de los atentados perpetrados por Al Qaeda en Nueva York, Washington y Pensilvania, los neoconservadores decidieron utilizar el entonces inmenso poder de Estados Unidos para prolongar el momento unipolar en una era unipolar. Así actuó la Administración Bush, instrumentalizando el idealismo wilsoniano, ya que abjuró del multilateralismo. Bush pretendió reorganizar el mundo por las bravas, pero el resultado ha sido un fiasco, ya que la guerra contra el terrorismonose ha convertido en ningún principio organizador del sistema internacional.

Barack Obama recibirá un mundo bien distinto del que se encontró Bush hace ocho años. El G-7, club de los países más industrializados, parece ya una pieza de museo, mientras que el G-20, con las potencias emergentes (China, India y Brasil), es una prueba de la creaciente difusión del poder. Occidente, amenazado por el terrorismo, se encuentra frente a un sur atomizado, inestable e imprevisible. El sistema financiero internacional de la posguerra está en fase de reformas. Yel planeta tiene planteados desafíos globales, como el cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales.

En este contexto, Estados Unidos aún es la superpotencia, pero no tendría el poder que antes de Bush. Un informe del National Intelligence Council (NIC), una agencia estadounidense, pronostica que, en las próximas dos décadas, “Estados Unidos continuará siendo el actor más importante pero será menos dominante”. El documento sentencia que China, India y Rusia desafiarán la influencia estadounidense.

¿Qué hará, entonces, Obama? La continuidad de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar dependerá en buena parte de la percepción que de ella tenga el resto del mundo, si modesta y benigna, como ocurrió con los presidentes que supieron combinar los intereses nacionales estadounidenses con lo que también convenía a sus aliados, o arrogante y maniquea, como ha sido el desastre de Bush.

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Obama puede, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

Barack Obama ha sido aclamado en la convención demócrata.

Ha hecho historia: es el primer afroamericano en haber sido investido oficialmente candidato de uno de los grandes partidos estadounidenses. Y su gran rival, Hillary Clinton, ha pedido a quienes la votaron en las primarias (18 millones) que le apoyen. Pero la senadora por Nueva York pareció tan convincente en Denver que cabe preguntarse (sobre todo después de que John McCain haya elegido a una mujer, Sarah Palin, como compañera de ticket) si Joe Biden, el candidato demócrata a la vicepresidencia, ayudará a Obama a ganar el 4 de noviembre.

De Biden, senador por Delaware, se ha dicho de todo. Algunos han reparado en que en la campaña de 1988 tuvo que admitir que plagió un discurso de Neil Kinnock, entonces el líder de los laboristas británicos. Y otros han descubierto que exageró su currículum académico. Pero no todo lo que se ha dicho sobre Biden ha sido negativo. Ha habido una coincidencia casi universal en subrayar su gran experiencia. El editorialista de The Wall Street Journal,que no tiene ninguna debilidad por los demócratas, ha escrito que Biden ha sido elegido para que sea, por su experiencia en política exterior, el Dick Cheney (vicepresidente con Bush) de Obama. Y Obama, al anunciar a Biden, tuvo un lapsus. “Déjenme que les presente al próximo presidente”, dijo.

Obama habrá calculado que no podía elegir a Hillary, que como vicepresidenta, y con el carácter que tiene, no se conformaría con ser un florero. Pero Biden, para satisfacción de Mc-Cain, no tiene tantos votos populares como Hillary. Biden, por su experiencia y por su liberalismo internacionalista, que son la antítesis de Bush, puede ser un magnífico complemento para gobernar, pero antes hay que ganar las elecciones. Obama puede estar convencido de haber unido a los demócratas bajo la idea del cambio. Pero la lírica del cambio, que funcionó en las primarias, puede no funcionar el 4 de noviembre si no se abordan los temas más prosaicos. Y Obama, una vez centrado, ha apostado por Biden, de quien lo único que no se puede decir es que, después de 36 años en el Senado, personifique el cambio.

En cuarenta años de dominio republicano, los dos únicos demócratas en llegar a Casa Blanca, Carter y Clinton, procedieron del sur. McGovern, Mondale, Dukakis y Kerry, todos liberales del norte, como Obama, fueron derrotados. Por eso un ex consejero de Bill Clinton, William Galston, ha dicho ahora que habría sido mejor elegir como vicepresidente a alguien de un estado decisivo, indeciso y poblado. En 1960, un senador inexperto llamado John Kennedy se inclinó por Johnson pese a detestarlo. ¿Por qué lo hizo? Porque Johnson, texano, podía ganar en Texas, y así fue. Delaware es el sexto estado menos poblado, y Biden sólo sumó 638 votos en las primarias de New Hampshire el pasado mes de enero. ¿Puede perder, entonces, Obama? Puede.

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No a Irlanda, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 14 junio, 2008

LA NUEVA AGENDA

México se ha lamentado históricamente de estar lejos de Dios y demasiado cerca de Estados Unidos. Por el contrario, Irlanda, un país no menos supercatólico, solía decir, antes del milagro económico de la década de 1990, que estaba muy cerca de Dios y demasiado lejos de la Europa comunitaria. Pero los irlandeses han dicho no ahora al Tratado de Lisboa, un sucedáneo de la extinta Constitución comunitaria, por lo que han puesto otro palo en la rueda de la construcción europea, que, con sus ayudas generosas, obró el milagro de cambiar el país de arriba abajo.

La Unión Europea recuperó el pulso en la cumbre de hace un año en Bruselas. La obstinada canciller alemana, Angela Merkel, presidenta comunitaria en el primer semestre del 2007, logró entonces pasar la página de la crisis que desde hacía dos años, cuando franceses y holandeses dijeron no a la Constitución europea, atenazaba a los comunitarios. Habitantes en En Bruselas se millones 0,0 abandonó la idea de Votos 0 0 elaborar una Constitución como texto único que derogara los tratados comunitarios vigentes. Y en su lugar se acordó convocar una conferencia intergubernamental que después redactó un tratado que modifica todos los tratados anteriores. Se evitó, pues, el precipicio. Pero los irlandeses, jaleados entusiásticamente por los euroescépticos británicos, han vuelto a jugar con fuego un año después.

Irlanda ha cambiado profundamente gracias a la Unión Europea. No hace tanto, en la década de 1980, la economía irlandesa daba pie a una chanza. A la economía irlandesa se la conocía entonces como la economía de la Guinness,es decir, de la cerveza tradicional de la isla. ¿Cómo funcionaba? Muy sencillo. Los irlandeses disfrutaban de un modesto Estado de bienestar que se financiaba con muy altos impuestos. Y entre las prestaciones sociales se contaba el seguro de desempleo en un país con un elevado índice de paro. A partir de aquí, la economía de la Guinness funcionaba de la siguiente manera, según la chanza: el desempleado cobraba el seguro y, a continuación, acudía a un pub, lo que, dados los altos impuestos, permitía al Estado recuperar el 90 por ciento del seguro de desempleo, y la rueda volvía funcionar. Tres decenios después, Irlanda es una de las economías más globalizadas.

Tanto ha mejorado la economía irlandesa, siempre dispuesta a cobrar religiosamente las ayudas comunitarias, que no faltan quienes opinan que será un factor clave para una hipotética reunificación irlandesa. Con el terrorismo, una Irlanda unida era imposible, pero la reunificación mediante el diálogo parece inevitable. La esperanza de una sola Irlanda se podrá materializar algún día gracias, como ha escrito el laborista británico Roy Hattersley, a la Unión Europea y al desarrollo económico. Bruselas ha cambiado la República de Irlanda y la bonanza económica atrae ahora hacia el sur a los condados del Ulster. Pero los nacionalistas del Sinn Fein, que están por la reunificación de la isla, han pedido el no en el referéndum.

Los irlandeses han dado una alegría a los euroescépticos británicos, que sólo quieren a Europa como un inmenso mercado libre. En 1960, Londres impulsó la EFTA, un organismo de libre comercio, para rivalizar con la Comunidad Económica Europea. Pero los británicos no tardaron en comprender que la competencia tenía más éxito y se tragaron el sapo, aunque una vez dentro no han renunciado a diluir la comunidad en un club menos integrado políticamente. Y Tony Blair logró cambiar el escenario: la prueba es la ampliación por el este europeo, donde predominan los gobiernos atlantistas que hubieran preferido ingresar en Estados Unidos.

¿Qué pasará a partir de ahora? El no irlandés no es un golpe fatal al Tratado de Lisboa. Es un palo en la rueda comunitaria, por lo que es lógico que la respuesta inicial sea prudente. Diego López Garrido, secretario de Estado para la Unión Europea, explicó ayer, en el Centro Internacional de Prensa de Barcelona, la posición del Gobierno español: “Respeto a la decisión de Irlanda y determinación en continuar con el proceso de ratificación del tratado”. Pero ¿habrá que volver a negociar con los irlandeses hasta que obtengan un traje a la medida? Europa debería decir no.

La Unión Europea se ha hecho paso a paso, negociando y renegociando. Y el método se ha demostrado bueno. Pero esta vez los dirigentes europeos harían un flaco favor a la Unión Europea si terminaran aceptando sin más las condiciones de quienes se han acostumbrado a recibir y no quieren renunciar a nada. El proceso de ratificación del tratado debe continuar hasta que lo hagan o no los ocho países que todavía faltan, entre ellos España. Y, al final del proceso, antes de que termine el año, los países que hayan dicho no quedarán emplazados a decir si quieren seguir los pasos del resto. Si Irlanda no está a gusto con las reglas del club, tiene el derecho sagrado de poder alejarse de la Unión Europea.

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El mundo de Obama, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 7 junio, 2008

LA NUEVA AGENDA

Barack Obama se ganó la ojeriza de los Clinton cuando dijo que Ronald Reagan fue un presidente transformacional. El término transformacional implica, en la jerga política estadounidense, que el inquilino de la Casa Blanca no se ha limitado a adaptarse a la situación, sino que ha impulsado, y con éxito, un cambio profundo en la estrategia exterior. “Reagan cambió la trayectoria de Estados Unidos de un modo en que ni Nixon ni Clinton hicieron”, afirmó Obama a principios de año.

Los incondicionales dicen que Obama es un líder transformacional. No es un candidato como fue Bush padre, que antes de ser presidente dirigió la CIA, fue embajador en Pekín y pasó ocho años en la vicepresidencia. Tampoco es como John McCain, su rival republicano, que sobrevivió a la guerra de Vietnam y a la tortura antes de su larga carrera en el Senado. Pero Obama niega que no tenga experiencia. “Comprendo mejor el mundo que la senadora Clinton y que el senador McCain”, afirmó recientemente en San Francisco.

En cuatro páginas de su libro Dreams from my father,Obama ha resumido su infancia, que, después de que su padre keniano abandonara a la familia, se desarrolló en Yakarta con su padrastro indonesio, Lolo Soetoro, y su madre blanca, Ann Dunham, empleada en la embajada estadounidense. Fueron unos años que los indonesios vivieron peligrosamente. Sukarno, un nacionalista, fue derrocado en un sangriento golpe de Estado que contó con el apoyo de la CIA. Y, según ha escrito Obama, su madre le enseñó entonces a repudiar “la ignorancia y la arrogancia que a menudo caracteriza a los estadounidenses en el extranjero”. Después, en 1981, Obama viajó a Pakistán, del que le quedó grabado su feudalismo, y comenzó a modelar su visión del mundo. La experiencia de Obama sería así consecuencia de haberse criado en el extranjero, es decir, de ver el mundo desde el otro lado del espejo, donde hizo amigos musulmanes y conoció el antagonismo entre suníes y chiíes. Esta es la razón, según ha dicho a Newsweek,por la que se opuso a la guerra de Iraq.

Obama ha dado pasos que indican que es un político que quiere cambiar la política, lo que en buena parte explica la obamamanía.Un ejemplo de esto es su posición sobre el Irán que se quiere nuclear y odia a Israel. El senador por Illinois, que acusa a Bush de ignorar la diplomacia, afirmó el año pasado que está dispuesto a dialogar directamente con el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, sin condiciones previas. La iniciativa recuerda, salvando todas las distancias que se quiera, la propuesta de George McGovern de viajar a Hanói para negociar la paz en Vietnam. McGovern, el candidato demócrata en 1972, fue destrozado por Richard Nixon. Obama, por su actitud dialogante con Irán, fue ridiculizado esta semana por John McCain ante los miembros del American Israel Public Affairs (AIPAC).

Obama también puede ser, sin embargo, un político al que cambia la política. Un ejemplo de esto sería su posición hacia Israel. El año pasado, en Iowa, Obama afirmó que “nadie sufre más que el pueblo palestino”. Ann Lewis, asesora de Clinton, dudó entonces de las credenciales proisraelíes de Obama. Y eso, dicho ante las organizaciones judías estadounidenses, fue grave. Según la versión dada por Newsweek,Lewis añadió que “el asesor jefe en política exterior” de Obama era Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional de Jimmy Carter. ¿Qué habría hecho Brzezinski? Apoyar la tesis de que muchos de los problemas de la política exterior estadounidense se deben a sus estrechas relaciones con Israel. Pero Obama ha demostrado ingeniosamente que rectificar es de políticos. “Nadie ha sufrido más que los palestinos por el fracaso del liderazgo palestino en reconocer a Israel”, dijo posteriormente, al tiempo que se alejaba de Zbigniew Brzezinski.

Joseph Nye, profesor de Harvard, considera que Reagan no fue un presidente transformacional. Para Nye, sólo dos presidentes transformaron inequívocamente la política exterior de Estados Unidos en el siglo XX: Franklin Roosevelt, que derrotó el aislacionismo y el unilateralismo, y Harry Truman, que construyó los organismos internacionales basándose en las ideas de su antecesor. Nye dice que la primera cualidad de un presidente transformacional es la visión política, y Obama tiene visión política. Pero la visión, que es necesaria, no es suficiente. Y Nye pone el ejemplo de Woodrow Wilson, que envió tropas a Europa para cambiar las reglas del juego y hacer una revolución democrática mundial. Wilson fue aplaudido en el exterior, pero en casa le falló la práctica

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Guerra peninsular, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Historia by reggio on 4 mayo, 2008

El conflicto que en España se conoce como la guerra de la Independencia y en Catalunya como la guerra del Francés, en Gran Bretaña se denomina la guerra Peninsular, en la que el duque de Wellington, el más grande de los generales británicos, arrimó decisivamente el hombro en la primera gran derrota de Napoleón.

Desde finales del siglo XI, cuando los normandos invadieron tierras inglesas, Francia e Inglaterra han protagonizado una rivalidad de las que hacen historia. Las batallas de Hastings, Agincourt, Trafalgar y Waterloo son pruebas contundentes, en especial las libradas contra la Francia revolucionaria, protagonista de una revolución ideológica que cambió radicalmente la historia de Europa.

Para los franceses, Napoleón pudo ser un dictador brutal pero también fue el principio de los tiempos modernos, ya que racionalizó el Estado e introdujo principios legales y educativos que han perdurado hasta nuestros días, al tiempo que con la meritocracia -y no con la aristocracia- aceleró el final del feudalismo y sentó las bases de la política moderna. Pero los británicos no ven la historia del mismo color rosa: antes que modernizar, Napoleón, con sus guerras, habría retrasado el cambio varios decenios. Para los británicos, la modernidad no empezó en Austerlitz, sino en las fábricas de Lancashire. Es más, los británicos, siempre realistas en política exterior, recuerdan que Talleyrand, ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, aconsejó, después de la victoria francesa en Austerlitz, que Austria fuera tratada generosamente, pero el emperador impuso unas condiciones humillantes a los austriacos, lo que, para sus críticos, ayudó a crear, después de su derrota definitiva, el sistema europeo que más tarde provocó dos guerras mundiales.

Con esta dura confrontación de ideas sobre cómo debería funcionar el mundo, los ingleses se pusieron en marcha cuando Napoleón tomó la decisión en 1807 de entrar en España, entonces su aliada, para ocupar Portugal, aliada de Inglaterra, e impedir el comercio con Londres. Sir Arthur Wellesley, como entonces era conocido Wellington, acudió en defensa de Portugal y los franceses tuvieron que retroceder. La disparidad de fuerzas subrayó el éxito de Wellington, y el desenlace final, que en España sentó al reaccionario Fernando VII en el trono, dejó a Inglaterra como la superpotencia emergente.

Los franceses han contraatacado históricamente con la imagen de Napoleón como “el primer europeo”, un genio dispuesto a organizar un sistema continental en el que Gran Bretaña, por considerarla antieuropea, no tendría sitio. Pero Nicolas Sarkozy contempla ahora a Londres con ojos distintos, igual que hizo José María Aznar, que cuando se reunía con su amigo Tony Blair parecía decirnos que España combatió en el bando equivocado en la batalla de Trafalgar (1805), donde nació el imperio británico.

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Ideas, claras o no, de Xavier Batalla en La Vaguardia

Posted in Política by reggio on 2 marzo, 2008

Todo repaso de la historia subraya el extraordinario progreso técnico de la humanidad. La crónica histórica nos habla también del auge y desplome de las grandes potencias. Pero si el estudio de la historia no tiene en cuenta las ideas, nos dejaremos en el zurrón aquello por lo que los hombres han querido vivir o han estado dispuestos a morir. John Maynard Keynes dejó escrito: “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando son acertadas como cuando son equivocadas, son mucho más poderosas de lo que normalmente se acepta. De hecho, el mundo está gobernado por muy poco más. El poder de los intereses creados ha sido exagerado en comparación con la gradual invasión de las ideas”.

George W. Bush puede haber sido un desastre para la economía estadounidense, pero ha resultado ser un revulsivo para la industria de las ideas, sobre todo en lo que respecta a las relaciones internacionales. Lo que explica la cantidad de dólares que ahora reciben los laboratorios de ideas es muy fácil de entender: el terrorismo apocalíptico y la desastrosa política exterior de la Administración Bush.

Estados Unidos es la tierra de promisión de los think tanks o laboratorios de ideas, unas veces independientes y otras con muchos intereses ideológicos, cuyos principales objetivos son dos: influir en el poder y en la opinión pública. El negocio de los think tanks es promover ideas y sus beneficios no se miden por los resultados económicos, sino por la influencia que ejercen. Y ahora, en año de elecciones, estos laboratorios están haciendo su agosto.

Los primeros laboratorios estadounidenses se remontan a principios del siglo XX, cuando, entre otros, se fundó el Council on Foreign Relations, que desde 1921 ha pasado de ser una cena mensual sobre temas de actualidad a convertirse en una institución sobre las relaciones internacionales. Y después surgieron, entre otros, el Institute for Government Research, del que nació la Brookings Institution (1927), y el American Enterprise Institute (1943).

Barack Obama es aconsejado ahora por asesores de la Brookings, de tendencia liberal (en el sentido estadounidense), y del Center for Strategic and International Studies, que en el 2003 publicó una carta para pedir a Bush que moderara su actitud hacia la Unión Europea. Hillary Clinton recibe ideas de la Brookings; del Council on Foreign Relations, al que la ultraderecha acusa de conspirar contra la soberanía estadounidense, y del Center for a New American Security, que se dice independiente y pragmático, es decir, realista. Y el republicano John McCain confía en el American Enterprise Institute, el primer fabricante de ideas neoconservadoras y abogado de la guerra de Iraq, y en el Council on Foreign Relations. No todo el mundo es tan simplista como para decir que siempre tiene las ideas claras.

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Un choque en casa, de Xavier Batalla en La Vanguardia

Posted in Internacional by reggio on 9 febrero, 2008

LA NUEVA AGENDA

La mejor manera de averiguar si un estadounidense blanco es demócrata o republicano no es tener conocimiento de cuáles son sus ingresos. La clave es saber quién de los dos va más a la iglesia, como mantiene John Micklethwait en The Economist.En los últimos comicios presidenciales, el republicano George W. Bush cosechó el 71% de la parroquia evangélica, donde los más integristas se salen por la extrema derecha.

La religiosidad de la sociedad estadounidense resulta chocante para los europeos desde que Alexis de Tocqueville escribiera sobre el fenómeno a principios del siglo XIX. Estados Unidos es la nación más religiosa entre las más avanzadas, pero ni todos los estadounidenses son fundamentalmente religiosos (el 60% considera que la religión es muy importante) ni los que se confiesan religiosos son íntegramente iguales (los evangélicos son el 26% de la población). Garry Wills sugirió en The New York Times que el ascenso de los integristas cristianos es una revuelta contra la Ilustración, la base fundacional de Estados Unidos. ¿Se trata, entonces, de un choque de civilizaciones en casa?

El término evangélico se utiliza para referirse a quienes dicen tener la fe del carbonero en un conjunto de tradiciones, se toman la Biblia al pie de la letra o creen haber tenido una experiencia personal que les permite decir que han vuelto a nacer. Bush hijo, por ejemplo, se declara cristiano que ha vuelto a nacer después de haber creído que la solución estaba en la botella.

Los evangélicos se quejan de que la prensa emplea machaconamente el término para referirse a la franja del protestantismo más conservador. Los evangélicos dicen que han evolucionado, aunque todo indica que lo han hecho más socialmente que en las ideas. En la primera mitad del siglo XX, H. L. Mencken, un librepensador, calificó a los evangélicos de “puritanos atrasados”, y Richard Niebuhr, un teólogo que fue fuente de inspiración para los demócratas, dijo que la fe de los evangélicos era la “religión de los desposeídos”. Ahora, al menos sociológicamente, el mundo evangélico ha sufrido un cambio copernicano. Hasta principios de la década de 1990, a los evangélicos se les tenía por un grupo de gente pobre, sin educación y fácil de manejar. En los últimos treinta años, muchos evangélicos han pasado a formar parte de la elite económica y manejan con soltura a amplios sectores de la sociedad estadounidense. Los evangélicos han penetrado incluso en algunos templos considerados laicos, como puede ser Hollywood. El actor Mel Gibson ya ha demostrado la influencia del dólar evangélico con el éxito de su película La pasión de Cristo.

La influencia de los evangélicos en las dos victorias de Bush como candidato a la presidencia fue más que notable. En las elecciones del 2000 y del 2004, no hubo otro grupo más importante para Bush que el formado por evangélicos y cristianos conservadores, cuya fortaleza radica en el sur. Los evangélicos representaban entonces el 23% del electorado, y los republicanos pusieron todos sus huevos en el cesto de los más fieles, cuya respuesta fue casi un milagro político, incluido el de Florida.

A principios del siglo XX, la corriente principal del protestantismo apoyó la tradición idealista del internacionalismo liberal del demócrata Woodrow Wilson. Pero ahora, cien años después, esta corriente ha retrocedido ante los fundamentalistas, mientras la Iglesia católica, que también apoyó el multilateralismo de Wilson y Roosevelt, no acaba de recuperarse de los escándalos sexuales. Los wilsonianos históricos creían, y creen, que una sola nación, por iluminada que sea, no puede ser el juez mundial. Pero evangélicos y neoconservadores les han enmendado la plana.

Las creencias sobre el carácter providencial de Estados Unidos, amplificadas por los neoconservadores de Bush, han moldeado la idea que los estadounidenses tienen de su papel en el mundo. No han faltado voces – como Arthur Schlesinger con The vital center que han tratado de racionalizar este debate, aunque su influencia ha sido limitada. Ahora, John McCain, un moderado, es el favorito entre los republicanos, pero tiene problemas con su parroquia, ya que los evangélicos no lo consideran uno de los suyos. Algunos incluso han dicho que prefieren que gane Obama o Clinton antes que un liberal que se dice republicano. Y otros mantienen que lo lógico es que McCain tenga como compañero electoral a Mike Huckabee, pastor evangélico, para ampliar su base en los estados bíblicos. Veremos si Dios será tan omnipresente en los comicios del 2008 como lo fue en los dos anteriores.

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