Reggio’s Weblog

Cáucaso: ¿y ahora qué?, de Walter Laqueur en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 24 agosto, 2008

Tras el reciente conflicto en el Cáucaso, ¿qué sucederá a continuación? Finalizados los combates, Georgia habrá de admitir que ha perdido definitivamente Abjasia y Osetia del Sur. Estas regiones separatistas formarán ahora parte de Rusia, de hecho si no en breve de derecho. ¿Qué esperaba el presidente de Georgia? Tíbet no quiere formar parte de China y Chechenia no quiere pertenecer a Rusia. Pero Georgia no es una potencia como China o Rusia y no debería haber confiado en recibir ayuda de Estados Unidos y Europa. Pobre Europa. No posee una política exterior ni de defensa común y depende notablemente del petróleo y gas rusos. En tales circunstancias, ¿qué relevancia tiene que los políticos europeos se dediquen a ir y volver de la zona de conflicto y simulen que ejercen algún tipo de influencia sobre Moscú?

El presidente georgiano quedó a expensas de las autoridades rusas y sirvió en bandeja un pretexto para que le enseñaran una lección; y no únicamente a él, sino a todos aquellos que no han entendido que Rusia se ha recuperado de su periodo de debilidad, vuelve a ser una gran potencia y quiere ser tratada como tal.

Putin ha dicho en varias ocasiones que la caída de la Unión Soviética fue la mayor catástrofe del siglo XX.

De ser así, es lógico que se intente devolverle su antigua condición y, si ello es imposible, poner al menos a buen recaudo la máxima porción del poder e influencia de Rusia. Ello no implica la reconquista de todas las repúblicas que se separaron hace quince años. Lógicamente, sería contraproducente reconquistar las repúblicas de Asia Central. Sus dirigentes necesitan a Rusia de todos modos por razones económicas y políticas y anhelarán mantener relaciones amistosas. Tampoco sería muy sensato apoderarse de las repúblicas bálticas: no vale la pena.

Sin embargo, Ucrania es un caso distinto (y también Moldavia): un tercio de su población es de origen étnico ruso. Kiev fue la cuna del Estado y la civilización rusos, por no referirse al hecho de que controlar Ucrania equivale a dominar el mar Negro. Lo sucedido en Georgia inducirá al Gobierno de Kiev a proceder con mayor cautela en el futuro sin contrariar a los rusos, factor igualmente de aplicación en el caso de los países de Europa del Este. En cuanto al resto de Europa, se halla dividida; Alemania considera a Rusia “socio estratégico” y a Francia o Italia no les interesa demasiado lo que les suceda a los vecinos más pequeños de Rusia. Y, aunque les importara, poco pueden hacer por ellos a menos que aminoren su dependencia del petróleo y gas rusos y las importaciones de Oriente Medio. Por otra parte, la dependencia en cuestión aumentará, dado que los yacimientos del mar del Norte se agotarán más rápidamente que los rusos. Sin embargo, a la hora de esforzarse e invertir para encontrar fuentes alternas de energía no se observa mucha voluntad de poner manos a la obra salvo a escala reducida. Tal vez es menester un esfuerzo europeo combinado, pero hasta ahora nadie ha dado un paso al frente ni probablemente promoverá tal iniciativa hasta que la situación sea realmente crítica.

Cabría hablar ciertamente de una política más hábil e inteligente en caso de que el Kremlin avanzara con lentitud en la tarea de devolver a Rusia su condición de potencia grande y fuerte para no asustar a otros países y provocar posiblemente una reacción. Tal fue el error de Stalin después de 1945 y condujo a la creación de la OTAN.

De todos modos, hay que añadir que los rusos también se sienten apremiados al menos por tres razones. En primer lugar, figura la satisfacción emocional alcanzada al cobrar conciencia de que “hemos vuelto a ser una potencia fuerte, por lo que exigimos que se nos preste el respeto debido”. En segundo lugar, los rusos saben que su poder actual descansa en una sola fuente, el petróleo y el gas, que no durarán siempre. En tercer lugar y quizá factor más importante, figura la debilidad demográfica. La población de Rusia disminuye con rapidez; la duración del servicio militar hubo de reducirse a la mitad por insuficiente número de reclutas. De cada cuatro reclutas uno es musulmán y dentro de unos años la proporción será de uno de cada tres reclutas.

Rusia carece de aliados en quien confiar. Uno de los últimos zares, Alejandro III, dijo una vez que Rusia tiene sólo dos aliados en quien confiar realmente: sus fuerzas armadas y su artillería. Y lo cierto es que a Putin le agrada citarle. Rusia ha impuesto a Ramzan Kadirov como hombre fuerte de Chechenia y desde entonces la situación ha sido mucho más tranquila.

Sin embargo, de puertas adentro Kadirov se desenvuelve con notable independencia. Hasta cierto punto, la charia se ha convertido en ley del territorio y el Kremlin sabe muy bien que en una situación de emergencia no puede tener confianza plena en este dirigente. Daguestán, vecino de Chechenia, atraviesa una situación similar. Algunos expertos rusos han pronosticado que tarde o temprano Rusia perderá la zona norte del Cáucaso por la sencilla razón de que quedarán pocos rusos en la zona. Pero Rusia necesita el Cáucaso, aunque sólo sea para proteger los oleoductos y gasoductos hacia el oeste y el sur.

Hace unos cuantos años, numerosos libros y artículos pronosticaban que el siglo XXI sería una era en la que prevalecerían la paz y los derechos humanos y Europa sería la potencia dominante no por su fuerza militar, política o económica, sino porque podría presentarse como ejemplo perfecto a ojos del mundo. Tales pronósticos, por desgracia, eran prematuros.

WALTER LAQUEUR, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington.

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Europa y el dólar, de Walter Laqueur en La Vanguardia

Posted in Economía by reggio on 6 abril, 2008

Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal estadounidense, es al día de hoy la figura más importante de EE. UU. Enseñó muchos años en la Universidad de Princeton y se especializó en la gran depresión de los años treinta. Sin embargo, no está claro que las enseñanzas de aquella crisis puedan brindar la varita mágica que solucione la crisis actual. Bernanke ha sido objeto de las críticas de los conservadores por intentar salvar a los bancos en quiebra y seguir tirando el dinero, en tanto que otros le han censurado por intervenir demasiado tarde.

No obstante, la crisis actual coincide con la depresión de los años treinta y posiblemente el resto de las crisis en que se observa casi indefectiblemente la presencia destacada de un factor psicológico.

¿Por qué? Pues porque en todas estas crisis el factor desencadenante ha sido psicológico. La economía real (administración y distribución de recursos tangibles en la sociedad) no atravesaba una situación crítica, pero los mercados financieros se basan en la confianza. Y, perdida la confianza, la gente puso pies en polvorosa y surgió el pánico. Así sucedió incluso en una de las primeras crisis de que se tiene noticia, cuando la burbuja de la South Sea Company en 1720 derivó en el desplome de la Bolsa de Londres debido a las promesas fraudulentas de la empresa relativas a sus riquezas en los mares del sur.

En el curso de la crisis, Isaac Newton recibió la visita de numerosas personas interesadas en sus pronósticos sobre el asunto. Newton respondió que era incapaz de explicar la locura de las multitudes (él mismo, sin embargo, se contó también entre las víctimas del escándalo).

En una crisis económica, la producción debería menguar. Pero no ha sido normalmente el caso. Los historiadores económicos nos informan de que EE. UU. y gran parte de Europa cayeron en recesión entre 1873 y 1896, aun cuando la producción industrial aumentaba en todos estos países y concretamente en EE. UU. se cuadruplicaba. En la actualidad, las economías estadounidense y europea crecen (para no hablar de los casos de China e India), si bien no de manera notable. Las previsiones para los años 2008 y 2009 apuntan también a un crecimiento aunque en menor medida que en los últimos años.

¿Cuál es, entonces, el problema? Que la economía real a la que antes me refería no coincide con los mercados financieros, que dependen de la confianza; factor que, en caso de perderse, no se restituye ni se recupera fácilmente. Los torpes bancos inversores y corredores de bolsa que actuaron sin cautela ni freno, concediendo préstamos y créditos sin garantía de recuperación -y que fueron presa de pánico cuando las cosas se torcieron-, son ahora objeto de las iras de la ciudadanía. Pero muchos de ellos cobraron elevados salarios e incentivos por sus equivocados consejos.

¿Hacia dónde vamos? Por desgracia, la respuesta de Newton aún es de aplicación. Los gobiernos habrán de adoptar un papel más activo a la hora de restablecer la estabilidad y arbitrar mecanismos de control en el futuro. Probablemente, ni un solo gobierno se hallará en condiciones de hacerlo, de modo que habrá de alcanzarse un deseable grado de coordinación y cooperación entre los responsables de las principales economías del mundo.

Parte de las cuestiones pueden solucionarse sin excesivo ánimo intervencionista (pienso en los costes crecientes de los alimentos en todo el mundo, aunque tras las malas cosechas de los últimos años las tornas pueden cambiar).

Indudablemente, el problema alcanzará a Europa, Asia y el resto del mundo. En el siglo XIX, las crisis no quedaban confinadas a un solo país. La recesión entre 1873 y 1896 a la que me he referido antes dio comienzo con el desplome de la Bolsa de Viena, pero pronto se propagó al resto del mundo. Lo propio puede decirse de la de 1929 y es de temer que el fenómeno se intensifique en un mundo globalizado. A Europa le resultará más difícil exportar no sólo a EE. UU. sino también al Extremo Oriente e incluso en el seno de la propia UE. El euro está demasiado alto y, si se devaluara, se producirían problemas de otra índole. A China le costará mantener sus exportaciones e incluso es probable que pasen apuros los países productores de petróleo. Todo ello no entraña necesariamente que una honda crisis se dilate a lo largo de muchos años. Al fin y al cabo, se han podido extraer algunas lecciones del pasado. Pero no es probable que la recesión termine pronto.

¿Cómo influirá la crisis en las elecciones estadounidenses? El Partido Republicano está en el poder, así que probablemente se le achacarán las actuales dificultades y de ello se beneficiará el Partido Demócrata. Así llegó al poder Roosevelt en 1933. Pero no siempre ha sido así. La recesión bajo el mandato de Reagan no perjudicó a los republicanos y el parón del puntocom -ni interés- en la economía. Todos los candidatos cuentan con reputados expertos y consejeros, pero nadie garantiza que sean de fiar: estos últimos años ya hemos padecido los efectos de muchos malos consejos de mentes preclaras y famosas… Y, además, los candidatos tampoco difieren tanto entre sí: Obama no es un radical y McCain ha pasado por alto con frecuencia los intereses de las grandes empresas.

WALTER LAQUEUR, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa

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La magia de Obama, de Walter Laqueur en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 24 febrero, 2008

En este mundo no hay certezas, y menos aún en la política interna estadounidense. Sin embargo, Barack Obama parece contar con buenas posibilidades de ser el próximo presidente de Estados Unidos. Su ascenso espectacular, la admiración por su persona y el entusiasmo que despierta conforman una de las crónicas más fascinantes de la política estadounidense de los últimos tiempos. Obama, excelente orador cuando ya quedan muy pocos, posee en su haber un historial de hombre de izquierdas, lo que convendrán conmigo que en el contexto estadounidense tampoco aclara mucho las cosas; sin embargo, entre los muy ricos cuenta, proporcionalmente, con un apoyo mucho más intenso que el que recibe entre la clase trabajadora y, de hecho, ha reunido fondos muy superiores a los de todos sus rivales.

Los medios de comunicación y los estudiantes universitarios son tradicionalmente las voces más críticas en las sociedades democráticas, pero no así en Estados Unidos, donde escuchan a Obama con veneración y fervor y le ven como al salvador que los sacará del agujero. En una época en que la política estadounidense ha adquirido tintes estridentes y muy agresivos, Obama adopta mayor prestancia de caballero que sus competidores: sin palabras ásperas, sin denuncias, sin ataques personales. No divide, une.

Barack Obama, sin gran experiencia, posee ciertamente una gran comprensión intuitiva de las cosas: sabe lo que quiere la gente y lo que esta quiere oír sobre la esperanza y el cambio; encarna la fuerza de la mentalidad positiva.

No obstante, ello no explica la magia de Obama y su éxito. Algunos de sus críticos han comparado el culto a Obama con el tributado a Diana Spencer, princesa de Gales, e incluso al presidente Kennedy. De todos modos, la princesa de Gales no era una figura especialmente carismática, más bien lo fue en la imaginación de las masas. Kennedy fue una figura carismática. Como Obama, simbolizó la juventud, la energía y el cambio; su trágica muerte lo convirtió en un mártir. Pero Kennedy no fue un gran éxito en política; cometió errores en política exterior y el gran logro en materia de derechos civiles tuvo lugar bajo su sucesor, el presidente Johnson, que fue cualquier cosa menos una figura carismática: político de la vieja escuela, escasamente de fiar, brutal y manipulador.

Estados Unidos afronta serios problemas económicos y de política exterior. ¿Cuenta Obama con buenos asesores? No, por desgracia; expertos imparciales le dirían que urgen dolorosas reformas para que la economía siga funcionando y baje el déficit presupuestario. Pero mencionarlas (como, por ejemplo, la necesidad de una edad de jubilación más avanzada) no sería popular. Puede ser menester, como propone, subir los impuestos a los muy ricos, pero ello no bastará para solucionar el grueso del problema. Tal vez convenga proteger a la industria estadounidense más que ahora, pero el proteccionismo que sugiere Obama no beneficiará al país a largo plazo ni le proporcionará popularidad en el extranjero.

Los consejos que recibe Obama en materia de política exterior son aún más preocupantes. Su principal asesor en el tema, un profesor de Harvard, apunta que las Naciones Unidas solucionarán, en definitiva, los problemas de la política exterior estadounidense. Otros juzgan que si al menos se solucionara el conflicto palestinoisraelí, todas las crisis de Oriente Medio hallarían, de un modo u otro, su vía de solución. Debería hallarse una solución al conflicto palestino basada en la existencia de dos estados; Estados Unidos debería esforzarse más que en el pasado para alcanzarla. Pero la idea de que ello ejercería un efecto decisivo sobre las crisis y peligros que se ciernen sobre la región, sobre la situación iraní y pakistaní, sobre la proliferación de armas nucleares, sobre la yihad y el terrorismo da muestra de una tal ignorancia abismal sobre el estado del mundo que basta para provocar la estupefacción. Seamos sinceros: no cabe envidiar al próximo presidente de Estados Unidos, sea quien sea. Las tareas con que se topará serán de enorme magnitud. Y no hay seguridad alguna de que se alce con el triunfo.

¿Qué pasaría si Obama es elegido? Todo nuevo presidente cuenta con un periodo de gracia, de tres o cuatro meses, pero a continuación podría sobrevenir un amargo despertar, sobre todo a la vista de las expectativas inspiradas por el culto a Obama: cuanto mayor la esperanza, mayor la decepción. No hemos de temer nada salvo al propio temor, dijo Roosevelt, idea que ha reiterado Obama. Sin embargo, Roosevelt y el new deal no solucionaron la crisis económica de los años treinta. Sólo lo hizo la Segunda Guerra Mundial.

La seducción y el carisma no solucionarán los problemas económicos y la magia de Obama no funcionará en Moscú y Pekín, por no hablar de Teherán y Damasco. ¿Qué habrá que hacer, pues? El daño ya se habrá hecho, un daño tal vez irreparable, susceptible de conducir a una crisis auténtica y profunda. Todo dependerá de la buena disposición y capacidad del presidente a la hora de entender por qué se han torcido las cosas y modificar el rumbo en consecuencia.

Repito: en este mundo no existen certezas y tal vez he expresado exagerados temores. Sea como fuere, sigue dando la sensación de que numerosos estadounidenses están dispuestos a correr riesgos mucho mayores en su vida política que en sus asuntos personales.

WALTER LAQUEUR, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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