Reggio’s Weblog

La libertad, en vías de extinción, de Timothy Garton Ash en Clarín

Posted in Derechos, Libertades, Política by reggio on 28 febrero, 2009

Llevo 30 años viajando a lugares que carecen de libertad, desde Alemania Oriental hasta Birmania, y he escrito sobre ellos convencido de que mi país de origen, Gran Bretaña, era uno de los más libres del mundo.

En los últimos años, he abierto los ojos a cómo se están recortando las libertades individuales, la intimidad y los derechos humanos en Gran Bretaña bajo gobiernos del nuevo laborismo que aseguran creer que la libertad es el tema central de la historia británica.

Los alemanes del Este tienen hoy más libertad que los británicos, al menos en cuanto a las leyes y a prácticas administrativas en ámbitos como la vigilancia y la recopilación de datos. Hace 30 años tenían la Stasi. Hoy, Gran Bretaña posee unas leyes sobre vigilancia tan vagas y elásticas que el ayuntamiento de una pequeña ciudad llamada Poole ha podido aprovecharlas para espiar durante dos semanas a una familia erróneamente acusada de haber mentido en un formulario de solicitud de matrícula en un colegio.

Aunque la comparación con la Stasi es irresistible, el hecho de emplear esos métodos no quiere decir todavía que seamos un Estado controlado por una Stasi. El contexto político es muy diferente. Los británicos no vivimos en una dictadura controlada por un partido único. Pero tampoco es “un caso aislado”, como protestan siempre los ministros. Casi cada semana aparece una nueva revelación sobre cómo está recortando nuestro gobierno otro pedazo más de nuestra libertad, siempre en nombre de algún bien real o imaginario: la seguridad nacional, la protección frente al crimen, la cohesión comunitaria, la eficacia o nuestra “relación especial” con Estados Unidos. La libertad se queda para el final.

No hay duda de que la lucha contra el terrorismo exige ciertas restricciones. Pero resulta que tenemos más circuitos cerrados, una base de ADN más grande, un Registro Nacional de Identidad más ambicioso (e impracticable), más poderes policiales y más vigilancia del correo electrónico que cualquier otra democracia liberal comparable.

Timothy Garton Ash. HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE OXFORD Y DE STANFORD

Copyright Clarín y Timothy Garton Ash, 2009.

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Unir EEUU y dividir al mundo, de Timothy Garton Ash en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 23 enero, 2009

NUEVA ERA EN LA CASA BLANCA: La opinión

Al 44º presidente le han tomado juramento en un día de enero excepcionalmente caluroso para esta época del año. La presidenta, Gloria Evangelista, el primer hispano y la segunda mujer en llegar a la Presidencia de Estados Unidos, ha prestado juramento sobre una Biblia en versión española que sostenía su marido, Victor Chu. Ha quedado aparcada temporalmente la polémica acerca de los sustanciosos contratos que la labor de cabildeo de Chu ha reportado a empresas chinas. El ex presidente Barack Obama, al que no le han desaparecido las canas desde los traumáticos últimos meses de su segundo mandato, ha sido uno de los que han seguido atentamente la ceremonia, flanqueado por su predecesor, el republicano George W. Bush, y su sucesora, Kitty McFarlane. El tiempo tan impropio de este 20 de enero de 2025 se atribuye al recalentamiento global que el Gobierno de Obama se esforzó en vano por aminorar. En su discurso de toma de posesión, pronunciado parte en inglés y parte en español, la presidenta Evangelista ha rendido un homenaje quizás exagerado a la asociación estratégica entre chinos y norteamericanos, coloquialmente conocida como el G2.

Se ha hablado hasta la saciedad de que se considera «histórico» (¡Qué pesadez de calificativo!) el día de la toma de posesión de Obama dentro de la larga trayectoria de la historia de EEUU, pero deberíamos analizarlo en la perspectiva de un futuro probable.Según la más reciente proyección del propio National Intelligence Council de EEUU, «en 2025, el sistema internacional será multipolar y global; seguirán estrechándose las diferencias de poder de las naciones entre los países desarrollados y los países en desarrollo».Eso no implica que EEUU deba entrar en decadencia, sino sólo que los demás seguirán haciéndose más fuertes. Había un punto casi de resistencia terca y melancólica en la proclama del discurso de toma de posesión de Obama: «Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la tierra. Seguimos siendo…». En un discurso francamente bueno, aunque no el magnífico discurso a lo Lincoln que tanto se había cacareado, el presidente Obama no sólo se dirigió a su país, sino también al mundo. Tengo la impresión de que salió bien parado en el plano de la oratoria, y es posible que también salga bien parado en la práctica con la primera de esas audiencias, a pesar de las dificultades actuales, pero no estoy tan seguro de que sea así con la segunda. De hecho, hay una tensión casi inapreciable entre la forma en que habla para, de cara a y sobre EEUU y la forma en que habla para y sobre el mundo.

El gran tema de toda su vida hasta este momento (incluyendo la literatura que sabemos que lee con mayor dedicación; el mejor libro que ha escrito, Dreams from My Father, y su mejor discurso hasta la fecha, el de Filadelfia sobre «la raza») es la mezcla de múltiples identidades en unos Estados Unidos que terminarán por reconciliarse consigo mismos. El no sólo es fruto de esa mezcla, sino que se presenta a sí mismo como la apoteosis del sueño americano. Promete ya no sólo superar, por fin, la contradicción fundacional de EEUU entre libertad y esclavitud, sino incluso preparar al país para un nuevo orden de diversidad racial.

Su núcleo familiar, Michelle y las niñas, personifica lo primero: un día sí y otro también nos facilitarán alguna fotografía de una familia negra en la Casa Blanca. Su familia en sentido amplio, de una diversidad casi enciclopédica, en la que los idiomas que se hablan son, según se ha dicho, francés, chino cantonés, alemán, hebreo, suahili, luo e igbo, representa lo segundo. Como todo artífice de la palabra, Obama es un maestro en el empleo de un lenguaje que evoca esta mezcolanza norteamericana. Con el tiempo, este sentimiento de un «nosotros» en que todo el mundo se vea mejor representado será capaz de insuflar nuevas energías entre los miembros menos privilegiados de la sociedad norteamericana.«La diversidad de nuestra tradición es uno de nuestros puntos fuertes, no una debilidad», dijo. Y es capaz de conseguir que así sea. Aunque han sido las locuras financieras de EEUU, tanto privadas como públicas, lo que originariamente nos ha metido en esta desastrosa situación, este país está probablemente mejor colocado para sacarnos de ella que la mayor parte de los europeos.Quizás no resulte justo, pero, ¿quién dijo que la vida fuera justa? Es más, está en condiciones de aprovechar la oportunidad de la crisis para realizar inversiones transformadoras en energía, educación e infraestructuras.

¿Hablamos de la reconstrucción de EEUU? Sí, él puede. No hay nada seguro en el futuro, excepto la muerte y los impuestos, pero Obama tiene algo más que la mera posibilidad de llevarla a cabo, especialmente si se le otorga un segundo mandato. Ahora bien, ¿reconfigurar el mundo bajo el liderazgo renovado de EEUU? Ahí soy más escéptico.

Las cosas irán mejor que durante los últimos ocho años, eso con toda seguridad. Lo contrario sería verdaderamente difícil (aparte de ver a Bush de espaldas, una de las gozadas -de tipo carencia freudiana- de la transferencia de poder del 20 de enero fue, francamente, ver al ex vicepresidente, Dick Cheney, en silla de ruedas y con un aspecto cada vez más parecido al doctor Strangelove).

Obama tocó muchas notas que el mundo quería oír de Washington, y las tocó con la elegancia que le caracteriza. Habló de «las cualidades atemperadas de la humildad y la moderación». Indicó algunas prioridades: combatir la proliferación de armamento nuclear y el cambio climático, contribuir en mayor medida al desarrollo de las «naciones pobres». Envió una oferta especial al «mundo musulmán», un nuevo camino hacia el futuro, «basado en el interés y en el respeto mutuo».

El pasaje clave fue éste: «Por eso mismo, que todos los demás pueblos y gobiernos que nos están viendo hoy, desde las más grandes capitales a la pequeña aldea en que nació mi padre, sepan que EEUU es amigo de toda nación y hombre, mujer y niño que persiga un futuro de paz y dignidad, y que una vez más estamos dispuestos a asumir el liderazgo».

Unas ideas magníficas, pero la pega está al final. Es posible que EEUU esté dispuestos a asumir el liderazgo «una vez más», pero, ¿qué ocurriría si el mundo ya no estuviera dispuesto a seguirlo? ¿Qué ocurriría si el mundo creyera que en los últimos ocho años, Estados Unidos ha perdido parte de su derecho moral a dirigirlo, que ya no tiene el poder que tenía y que, de todos modos, nos estamos moviendo hacia un sistema global multipolar, como pronostica el propio National Intelligence Council de Washington?

Estoy impresionado por las pocas pegas y peros apuntados por los dirigentes mundiales en sus acostumbradas palabras de bienvenida.La canciller de Alemania, Angela Merkel, ha enviado sus felicitaciones afables y cristianas, pero ha añadido que «ningún país en solitario está en condiciones de resolver los problemas del mundo». Nicolas Sarkozy ha dicho: «Esperamos con ilusión que se ponga a trabajar para que junto con él podamos cambiar el mundo». Ya lo ven, Francia está dispuesta a asumir el liderazgo una vez más. Cuando tengamos las reacciones de China, Rusia o un mundo árabe encolerizado por el silencio de Obama sobre Gaza, los reproches no adoptarán la forma de delicados alfileres sino de obuses de artillería.

Cualquiera podrá consolarse con que, a buen seguro, Obama es, de entre todos, quien mejor entiende la enorme complejidad del mundo. Yo personalmente creo que es así, y que ésa es nuestra gran esperanza. Al mismo tiempo, el relato que quiere contar a los norteamericanos exige una versión mejorada de las ideas tradicionales de excepcionalidad, misión y liderazgo de EEUU.El patriotismo norteamericano, ligado también a esa idea de una misión que hay que asumir como líderes, es el pegamento con el que va a unir una nación, la suya, cada vez más dispar. Cuanto más diferente sea, más pegamento se necesitará. Y no se trata de un recurso. Este relato y esta misión son también, si me guío por los elementos de juicio de los que dispongo, un relato y una misión en los que él cree de verdad, porque, ¿acaso no es su trayectoria personal una prueba más que palpable de la autenticidad del relato y la justicia de su misión?

Se produce, por tanto, una tensión entre la idea de un renacido liderazgo de EEUU en el mundo, de aires kennedianos, que Obama ha expuesto a su país, y lo que el resto del mundo quiere oír o está dispuesto a aceptar ahora. Una tensión, repito, no una contradicción flagrante. La manera en que gestione esa tensión será otro de los muchos problemas complejos a los que deberá hacer frente este todavía joven maestro de la complejidad.

Timothy Garton Ash, prestigioso historiador y analista británico, es columnista de The Guardian. Su último libro publicado es Mundo Libre.

© Mundinteractivos, S.A.

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Obama y el rey Canuto, de Timothy Garton Ash en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

No hay más que mirar más allá de la exhibición de sentimentalismo de la Convención de Denver para ver que los puntos débiles de Estados Unidos, cada vez más numerosos, están presentes en todas partes

Cuando las olas gloriosas de la retórica de Barack Obama hayan pasado sobre nosotros y nos hayan dejado una sensación cálida, refrescante y de cosquilleo, como si fuéramos unos surfistas de Hawaii, conviene que nos acordemos del rey Canuto. El día en el que Obama ganó las primarias, a principios de junio, declaró que “dentro de muchas generaciones, podremos mirar atrás (los que tengamos la suerte de seguir con vida dentro de muchas generaciones) y decir a nuestros hijos (que para entonces, supongo, irán apoyados en andadores) que ‘ése fue el momento en el que la subida del nivel de los océanos empezó a frenarse y nuestro planeta empezó a cicatrizar”. Esta frase representa un récord olímpico de hipérbole. Qué diferencia con el rey Canuto, que, en el siglo XI, hizo que colocaran su trono en la playa, ordenó al mar que dejara de acercarse y se mojó los pies. Lo hizo (según dice la leyenda) precisamente para mostrar a sus partidarios los límites de su poder. Claro que Canuto no se presentaba a unas elecciones a presidente.

Durante las próximas 10 semanas, Obama debe decir lo que haga falta para ser elegido y evitar todo aquello que le pueda causar problemas más adelante, una tarea para la que es brillante, un genio que sabe inspirar sin decir nada específico. A la mañana siguiente, llamarán a Canuto. Sospecho que en el fondo, en su cabeza, si no en su corazón, Obama lo sabe. Sus libros y sus documentos políticos detallados muestran que comprende los matices y la complejidad del mundo. Podemos confiar en que no cometerá el error de confundir su propia retórica con la realidad, así que tampoco debemos hacerlo nosotros.

Su recién designado compañero de candidatura, Joe Biden, elogia al mesías de los demócratas por ser un “pragmático lleno de lucidez” (una cualidad que no suele atribuirse a un mesías), y dice que, si Obama es presidente, tendrá la oportunidad “no sólo de cambiar Estados Unidos, sino de cambiar el mundo”. Y lo más sorprendente es que eso es lo que espera una buena parte del mundo también. La verdad es ésta: con mucha suerte y una participación masiva de voluntarios y votantes jóvenes, es posible que Obama sea elegido presidente, que supere los obstáculos electorales de ser negro, inexperto, liberal (en el peculiar sentido estadounidense y contemporáneo del término) e intelectual. Sólo por ser elegido y por ser quien es, ya lograría cambiar Estados Unidos y la imagen que el mundo tiene de Estados Unidos. Ahora bien, cambiar el mundo es otra cuestión.

La sensiblería es un ingrediente básico de la política estadounidense, y no hay una exhibición sensiblera más untuosa que una convención demócrata. Pero lo que dijo su mujer, Michelle, en un discurso lleno de sentimentalismo, contiene una conmovedora parte de verdad. El hecho de que “una chica del sur de Chicago y el hijo de una madre separada de Hawaii” hayan podido llegar hasta donde han llegado representa todo lo que de bueno y esperanzador tiene Estados Unidos. Después de West Side Story, un mundo invadido de cultura estadounidense se emociona con la South Side Story. Una historia que, en realidad, son dos: la de él y la de ella, ahora mezcladas en sus hijas, Malia y Sasha.

Cuando los estadounidenses dicen “raza”, quieren decir más cosas de las que encierra ese término para los europeos. “Raza” significa el legado de generaciones de esclavitud y una segregación asombrosamente reciente. Obama aceptó su designación como candidato el jueves 28 de agosto, el día en el que se cumplía el 45º aniversario del histórico discurso Tengo un sueño, de Martin Luther King. Hace sólo 45 años, la igualdad básica de los ciudadanos era sólo un sueño. Por tanto, la primera historia es que Obama tiene en su casa a una descendiente de esclavos que podría llegar a ocupar la Casa Blanca. Después de Colin Powell y Condoleezza Rice en el Departamento de Estado, ésta es la última frontera. Y la segunda historia es la suya, la del vástago de un padre keniano que emigró y una madre estadounidense blanca, con raíces familiares en muchas culturas. Un hijo de nuestro mundo, cada vez más mezclado, que ahora tiene posibilidades de convertirse en el hombre más poderoso.

El más poderoso, sí, pero menos, en términos relativos, que la mayoría de sus predecesores desde 1945. Porque ése es otro factor que define el momento de Obama: que el poder relativo del presidente de Estados Unidos de América ha disminuido, está disminuyendo y va a disminuir todavía más. No hay más que ver lo que ocurre fuera de la burbuja electoral norteamericana. En Georgia, Rusia se ha reído de Washington y ha hecho trizas los términos del acuerdo posterior a la guerra fría. En Afganistán y Pakistán, los extremistas islámicos son cada vez más fuertes, no más débiles, y estamos pagando el precio de la loca aventura de Bush en Irak.

En los Juegos de Pekín, China ha proclamado su pacífica reaparición como potencia mundial de forma espectacular. Las masas de acróbatas, tamborileros y bailarines en el estadio del Nido, en una exhibición más hollywoodiense que el propio Hollywood, transmitieron un mensaje más poderoso que cualquier carro de combate ruso. Y el mundo ha recibido el mensaje. Ya antes de los Juegos, el Proyecto sobre Actitudes Mundiales de Pew publicó los extraordinarios resultados de una encuesta en la que se preguntaba a gente de 24 países si China va a sustituir o ha sustituido ya a Estados Unidos como primera superpotencia mundial. Pocos pensaban que ya lo ha sustituido, pero aproximadamente la mitad de los franceses, alemanes, británicos, españoles y australianos -por no hablar de los propios chinos- creía que lo hará en el futuro. Más sorprendente aún: lo decía también uno de cada tres estadounidenses. Y en política exterior, como en los mercados financieros, la percepción es una parte importante de la realidad.

Mientras tanto, las negociaciones del comercio mundial han fracasado, por la incapacidad de los países desarrollados y los países en vías de desarrollo de llegar a un acuerdo. Estamos muy lejos de cumplir los “objetivos de desarrollo del milenio” de la ONU para ayudar a los pobres y enfermos del mundo. No se están tomando las medidas necesarias para reducir -sobre todo, en las economías asiáticas en crecimiento- las emisiones de carbono. Los casquetes polares siguen derritiéndose. No se está haciendo lo suficiente, ni mucho menos, para detener la subida del nivel de los océanos. No está claro cómo va a ser posible que cambie esa situación ni siquiera con una transformación radical de la política estadounidense. Michelle Obama habló con elocuencia sobre el deseo de su marido de cambiar “el mundo tal como es” hacia “el mundo tal como debería ser”. Pero la capacidad de Washington de hacer algo así es mucho menor que en los años cuarenta, e incluso que en los noventa, cuando Bill Clinton tuvo la suerte de entrar en la historia.

Los puntos fuertes que tenía Estados Unidos tampoco son ya lo que eran. En la crisis actual del turbocapitalismo, vemos cómo bancos de bandera estadounidense corren a pedir ayuda a los fondos soberanos de Oriente Próximo y el este asiático. El mercado estadounidense de la vivienda está a punto de derrumbarse. El empleo está difícil. La clase media está quedándose sin cobertura sanitaria y entrando en la pobreza. Mientras se despilfarraban miles de millones de dólares en Irak y en maquinaria digna de Terminator IV para el Ejército más poderoso que ha conocido el mundo, cualquiera que pase tiempo en Estados Unidos puede ver que las infraestructuras civiles están viniéndose abajo. Éste no es un país que hoy pueda “pagar cualquier precio, soportar cualquier carga”, como decía la inspiradora retórica con la que el hermano mayor del senador Edward Kennedy emocionó en otro tiempo al mundo.

Estados Unidos sigue teniendo muchas cosas extraordinarias. Una de las mejores es su capacidad de atraer a los hombres y mujeres más inteligentes, emprendedores y llenos de energía de todo el mundo para darles la libertad y la oportunidad de aprovechar su talento al máximo. Gente como Barack Obama. Como hombre, Obama encarna las cosas buenas que sigue teniendo Estados Unidos. Como presidente, tendrá que enfrentarse a sus puntos débiles, cada vez más numerosos.

Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y miembro de la Hoover Institution en la Universidad de Stanford. www.timothygartonash.com. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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