Reggio’s Weblog

El raquítico plan de estímulo de Obama, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 25 febrero, 2009

TRIBUNA: LA CRISIS ECONOMICA

El autor analiza pormenorizadamente los fallos de las medidas impulsadas por el presidente americano. Los expertos creen que no servirán para lo que más se necesita: reanimar la econonía a corto plazo

Analizado en profundidad, el programa de estímulo económico de 787.000 millones de dólares de Obama es profundamente decepcionante.Durante semanas, el presidente ha descrito la situación económica en términos catastróficos. «Esta no es una recesión cualquiera -decía en su conferencia de prensa del 9 de febrero- es la peor crisis económica desde la Gran Depresión». Teniendo en cuenta estas dramáticas advertencias, sería de esperar que el paquete de estímulo se centrara casi en exclusiva en la reanimación de la economía. No lo hace, y de ello tiene una gran parte de culpa el propio Obama.

La defensa de un estímulo colosal -del que soy partidario- consiste en evitar una espiral económica bajista devastadora. El gasto se está desplomando en todo el mundo. Durante el cuarto trimestre de 2008, la economía estadounidense se contrajo casi el 4%. En Japón, la economía se desplomó casi 13 puntos porcentuales; en Europa, las pérdidas fueron de casi el 6%. Son descensos espantosos.Si las perspectivas económicas son tan tristes como dice el presidente, no hay ningún motivo para poner obstáculos a la fuerza de choque del paquete de estímulo. Sin embargo, eso es lo que ha hecho.

Sus políticas comprometen el objetivo económico del programa.Fíjense en las cifras. La Oficina Presupuestaria del Congreso estima que alrededor de 200.000 millones de dólares se emplearán de 2011 en adelante, mucho más tarde de lo que sería necesario.Como aperitivo, hay 8.000 millones de dólares destinados al tren de alta velocidad. «Todo el mundo dice que son para el tren de alta velocidad entre Los Angeles y Las Vegas, no lo sé», dice Ray Scheppach, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Gobernadores. Al margen de lo que se ha hecho, el diseño y la arquitectura se prolongarán durante muchos años. No es un estímulo rápido.

También hay 20.800 millones de dólares destinados a mejorar la tecnología de información sanitaria, más historiales clínicos informatizados y similares. La mayoría de la gente está de auerdo con estos cambios, pero no los verá de inmediato. La Oficina Presupuestaria del Congreso calcula que apenas el 3% de los fondos (595 millones de dólares) se emplearán durante los ejercicios de 2009 y 2010. El máximo gasto previsto -14.200 millones de dólares- se producirá en 2014.

Los grandes proyectos llevan tiempo y se han incluido en la legislación de estímulo porque Obama y los líderes Demócratas del Congreso están utilizando este paquete de medidas para impulsar muchas prioridades políticas, cuando lo que en realidad se necesita es reanimar la economía a corto plazo. Durante su conferencia de prensa, Obama defendió (de forma inexacta) que los dos objetivos no son incompatibles. Considere, dijo, la adaptación de los edificios federales para hacerlos energéticamente más eficientes. «Estamos generando puestos de trabajo de manera inmediata», dijo. Sí, pero no muchos. El paquete de estímulo incluye 5.500 millones de dólares para la reforma de edificios federales. La Oficina Presupuestaria considera que apenas el 23% de esos fondos se gastarán en 2009 y 2010.

Y lo que es peor, el impacto económico de la legislación de estímulo es ya menor de lo que se anunció. El paquete incluye una oscura disposición fiscal: un «parche» al impuesto mínimo alternativo.Esto protege a muchos estadounidenses de clase media de las subidas de los impuestos y, sobre el papel, añade 85.000 millones de dólares en concepto de «estímulo» a 2009 y 2010. El único problema es que, como explica Len Burman, del Centro de Política Fiscal, no se trata de un estímulo añadido, puesto que el Congreso tenía previsto aprobarlo de todas formas. De hecho, lo hace todos los años. La finalidad del estímulo es minimizar la posibilidad de que los descensos en una región de la economía arrastren a los demás sectores. Y en este sentido, el próximo gran sector vulnerable serán las instancias locales y estatales.

Rebajar la carga fiscal genera masivos descubiertos presupuestarios.Desde ahora hasta finales del ejercicio fiscal 2011, éstos podrían alcanzar los 350.000 millones de dólares en total, según datos del Centro de Presupuesto y Prioridad Política (CBPP), un colectivo progresista de presión. Obligados a equilibrar sus presupuestos, los estados se enfrentan a enormes presiones para rebajar el gasto y las plazas fijas o subir los impuestos. Cualquiera de las opciones empeora la recesión y ahonda el pesimismo. En definitiva, el paquete de estímulo ofrece sólo un alivio modesto.

Utilizando fondos de la legislación de estímulo, los estados podrían compensar el 40% de sus déficits, según afirma Nicholas Johnson, del citado centro. El efecto sobre los municipios probablemente será aún menor. El Congreso habría hecho más proporcionando subvenciones federales masivas al gasto social de los estados y municipios, dejándoles decidir cómo gastar el dinero. En lugar de eso, la legislación proporciona fondos sobre todo a través de programas concretos. Hay 90.000 millones de dólares más destinados al programa médico, 12.000 millones a educación especial y 2.800 millones de dólares a diversos programas de supervisión. Washington centraliza cada vez más competencias.

Nadie conoce el impacto económico de todo esto; las estimaciones divergen.

En todo caso, la estrategia política de Obama obstaculiza el alcance que las medidas podrían haber tenido. Al utilizar la legislación de estimulo para fines políticos que no guardan relación con los problemas inmediatos, el gasto se verá retrasado y sus efectos, atenuados. Existe otra desventaja: el gasto «temporal» aumenta la probabilidad de que los programas concretos, en contraste con las subvenciones federales a programas sociales, sean más difíciles de desmantelar, empeorando las perspectivas presupuestarias a largo plazo. Es un hecho que la política y la economía no pueden deslindarse. Pero en el plan de Obama, el partidismo se ha impuesto claramente a la política económica pragmática. Y las concesiones simbólicas realizadas a algunos republicanos restaron fuerza al paquete legislativo.

Robert J. Samuelson es analista de The Washington Post.

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Lecciones de la economía japonesa, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 18 febrero, 2009

TRIBUNA: ECONOMIA

El autor analiza el resultado de los planes de estímulo económico en Japón, después del aprobado por EEUU

Defendemos nuestros argumentos mediante analogías. El presidente de EEUU, Barack Obama, afirma que la historia de Japón ilustra la necesidad de su paquete de estímulo económico. Muy al contrario -afirman muchos dirigentes republicanos-, Japón es un claro ejemplo de que los planes de estímulo no funcionan. Hasta cierto punto, todos están en lo cierto. Pero los posibles paralelismos entre la experiencia de Japón y la de EEUU plantean la duda de si también los estadounidenses nos podríamos enfrentar a una década perdida.

¿Qué le pasó a Japón durante los años 90? No sufrió, como afirman algunos conservadores, una «depresión», ni una «gran recesión», en palabras de otros. Experimentó una prosperidad languideciente y sin altibajos. Su economía se expandió durante cada uno de los años de aquella década, a excepción de 1998 y 1999, si bien es cierto que la tasa de crecimiento anual medio era de un ridículo 1,5%. El desempleo ascendió hasta el 5% en 2001 -en 1990 era del 2,1%-. No es buena señal, pero en absoluto una catástrofe.La japonesa siguió siendo una sociedad enormemente saneada.

Su situación llamó la atención sobre todo porque desconcertó a la opinión pública en general. Desde 1956 hasta 1973, el país había registrado un crecimiento del 9% anual; durante los años 80 siguió creciendo a un ritmo del 4%. Se daba por sentado de forma generalizada que superaría a EEUU como la economía más avanzada y más rica del planeta. No lo hizo. Lo que es peor, su semiestancamiento cuestionó la noción de que las economías modernas recurrían al Gobierno para asegurar un crecimiento satisfactorio.

Se redactaron informes, se celebraron conferencias y se resolvió el veredicto: los japoneses habían metido la pata. Después de que la burbuja económica de finales de los años 80 reventara, el Banco de Japón puso el crédito a disposición con demasiada lentitud. Lastrados por la deuda tóxica, los bancos dejaron de prestar y el Gobierno no saneó las entidades bancarias con la suficiente velocidad. Los paquetes de estímulo gubernamentales fueron demasiado limitados y llegaron demasiado tarde. Como es natural, la economía languideció. Todo plausible, pero incorrecto.

El análisis estándar tranquiliza, porque da a entender que con mejores decisiones Japón podría haber evitado su prolongado cambio de tercio económico. La realidad parece ser que la marcha atrás económica de Japón refleja valores políticos y sociales profundamente sustentados. Lo mismo se podría decir de EEUU.

Japón tiene lo que Richard Katz, editor del Oriental Economist, denomina «una economía dual». Por una parte, las industrias exportadoras (coches, acero, componentes electrónicos) son considerablemente eficientes, aunque se enfrentan a una intensa competencia mundial.Por otra parte, muchas industrias nacionales (alimentos procesados, construcción, venta al por menor) son ineficaces y están protegidas de la competencia regional mediante regulaciones o aranceles.Esto ha beneficiado a la mayoría de los japoneses. Las exportaciones ingresaron la divisa exterior necesaria para adquirir las importaciones de comida y combustibles. Mientras tanto, las industrias nacionales protegidas proporcionaron la estabilidad social y la seguridad laboral que la mayoría de los japoneses preferían a la híper-ompetencia.Mientras las exportaciones prosperaron, ellas y la inversión empresarial que las sustentaba constituyeron el motor del crecimiento económico japonés.

El problema es que este sistema se averió a mediados de los 80.El yen en rápido ascenso encareció las exportaciones japonesas en los mercados mundiales. Aparecieron nuevos competidores -Corea del Sur, Taiwán…-. Japón perdió su motor de crecimiento, y aún no ha descubierto otro. Ese es el principal problema económico del país.

El Gobierno metió baza. Durante los años 80, el Banco de Japón intentó compensar el efecto del yen más caro abaratando el crédito.Pero el tiro salió por la culata, redundando en la economía de burbuja. Desde 1985 hasta 1990, el precio del suelo en Tokio se elevó un 134% y la Bolsa prosperó sustancialmente. Desde el colapso de la burbuja, se han puesto en marcha 13 planes de estímulo gubernamentales. Incluso a estas alturas, la economía es comercialmente dependiente; en diciembre, las exportaciones se desplomaron un 35% con respecto a los niveles del año anterior, empujando a Japón a una acusada recesión.

Lo sucedido en Tokio no sentencia el estímulo de Obama al fracaso por inútil. En ocasiones, el Gobierno debe intervenir para atajar la caída de una economía en caída libre. Los paquetes de Japón probablemente reforzaron de manera temporal una economía flaqueante.En este sentido, Obama está en lo cierto. Desafortunadamente, su estímulo es más endeble de lo difundido porque, en gran medida, el impacto se sentirá después de 2009.

No obstante, la palabra clave es «temporalmente». Hannity acierta al decir que los planes de estímulo en serie nipones se volvieron autodestructivos. La deuda asumida es insostenible. En algún momento, la economía tiene que generar un crecimiento fuerte por su cuenta. La de Japón no lo ha hecho. ¿Lo hará la estadounidense?

Desde los años 80, el crecimiento económico de EEUU ha dependido de un acusado incremento del consumo financiado a través de un mayor endeudamiento y del crecimiento de los precios de los activos (acciones, casas). Igual que los años 80 marcaron el final del crecimiento japonés liderado por las exportaciones, el presente bache estadounidense apunta el final del crecimiento optimista empujado por el consumo. Pero su herencia es un sector sobrecargado de casas y mano de obra, desde los concesionarios de coches a los centros comerciales. La pregunta es si nuestro sistema es o no lo bastante adaptativo para crear nuevas fuentes de crecimiento que ocupen el vacío dejado por un consumidor en retirada.

Robert J. Samuelson es analista económico y columnista de The Washington Post.

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El doble valor del presagio, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

NUEVA ERA EN LA CASA BLANCA: La opinión

Para Barack Obama, la gran corazonada es al mismo tiempo tanto una carga formidable como una oportunidad espléndida. Estamos padeciendo unas ventas al por menor, unas cotizaciones de Bolsa y una producción que están por debajo de lo que sería una depresión.Los norteamericanos se han dejado llevar (o se han visto arrastrados) a un estado colectivo de desesperación y desconcierto. No tienen ni idea de lo que les aguarda en el futuro y se preguntan si hay alguien que la tiene. Los norteamericanos han perdido esa sensación de control del futuro que tenían y, si Obama es capaz de devolvérsela, habrá recorrido un largo trecho en el camino de la recuperación económica y de la seguridad de disfrutar de un mandato presidencial satisfactorio.

No es la situación de la economía en el momento actual lo que preocupa principalmente a la gente. Es mala, pero eso no quiere decir que no tenga precedentes. A pesar de las recientes subidas, la tasa de desempleo del 7,2% en diciembre, sigue por debajo del nivel máximo del desempleo alcanzado por término medio en los 10 períodos de recesión registrados hasta ahora desde el término de la Segunda Guerra Mundial, que se sitúa en el 7,6%.Lo que desconcierta a la gente es esa idea inquietante de que nos encaminamos hacia una situación desconocida, amenazadora y duradera. El desempleo, del que se pronostica que alcanzará el 9% o más, va a seguir siendo elevado. Y los aumentos de ingresos serán mínimos o inexistentes.

Precisamente este fantasma es lo que explica las razones por las que se utiliza con tanta profusión la palabra depresión, incluso aunque estamos aún lejos de las colas de reparto de pan de los años 30.

El pesimismo se extiende sin distinción de clases ni tendencias políticas. Un sondeo realizado el pasado mes de diciembre por el Pew Research Center preguntaba si las condiciones económicas serían peores dentro de un año. Entre quienes perciben ingresos inferiores a los 30.000 dólares [aproximadamente 22.500 euros al cambio actual], el 51% pensaba que sí; entre aquellos cuyos ingresos superaban los 100.000 dólares [alrededor de 75.000 euros], el porcentaje era prácticamente idéntico, del 53%. Otra de las preguntas era si el desempleo aumentaría al año siguiente; [a lo que contestó afirmativamente] el 57% de los votantes del Partido Demócrata, el 64% de los independientes y el 66% de los votantes del Partido Republicano.

Este desaliento tan democrático obedece a numerosas causas. A medida que más y más norteamericanos invertían en Bolsa, más y más de ellos quedaban expuestos a las violentas oscilaciones psicológicas y financieras del mercado. El desplome del precio de las viviendas ha hecho más pobres a trabajadores que cuentan con un puesto de trabajo seguro. Por supuesto, los despidos se han vuelto más democráticos. En otros tiempos, los que tenían que aguantar la gran mayoría de los despidos eran los empleados jóvenes y los obreros manuales; ahora, prácticamente cualquiera, desde directivos hasta banqueros de inversiones, pasando por periodistas o científicos, corre peligro de que lo echen. La edad aporta poca seguridad. En diciembre, casi una tercera parte de los desempleados tenía 45 años o más.

Lo que peor llevan los norteamericanos de clase media es la evolución caprichosa de la economía. Todo el mundo quiere orden, previsión y seguridad. Quieren creer que las virtudes individuales del estudio, el trabajo duro y la preparación se verán recompensadas en el mercado del trabajo. Hasta en los buenos tiempos se suelen ver frustradas estas ambiciones, pero es que en la economía de hoy la desconexión entre las ambiciones y la realidad se ha vuelto aún mayor. Los reveses y las pérdidas de fortuna parecen cada vez más divorciadas del esfuerzo personal. Nuestro sistema de valores parece asediado por todas partes.

La penosa situación económica actual es una oportunidad política.La popularidad de Ronald Reagan subió vertiginosamente al creerse que había sido él quien había restablecido el orden económico; que el país había retomado el control de su futuro. Estas consideraciones contrarrestaron la severidad de la recesión y su resaca.

Si Obama es capaz de superar esta sensación de impotencia, acumulará sin género de dudas un gran capital político. No será necesario que haya una situación boyante; basta con que la economía registre un crecimiento sostenido para convencer a la mayor parte de la gente de que la situación se puede controlar y de que no hemos retrocedido a una nueva Edad Media.

Obama se enfrenta a una recesión global provocada por unas fuerzas oscuras que escapan a la comprensión general. El esfuerzo para contrarrestarlas e impedir nuevos daños a la economía es un experimento no bien definido y a una escala imponente. Si fracasa, el peso que ha recaído sobre Obama puede acabar con él.

Robert J. Samuelson. The Washington Post Writers Group.

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Los decisivos presidentes de los bancos centrales, de Robert J. Samuelson en Mercados de El Mundo

Posted in Economía by reggio on 4 enero, 2009

ANALISIS

Son tecnócratas y expertos en materias que aburren a la mayoría.Los designan -no los eligen democráticamente- para ocupar altos cargos públicos, y su labor no se entiende comúnmente. Pero son enormemente poderosos, y en 2009 pueden determinar si la economía global sortea o no la ruina. Ellos son los presidentes de los bancos centrales: Ben Bernanke, de la Reserva Federal de Estados Unidos; Jean-Claude Trichet, del Banco Central Europeo; Masaaki Shirakawa, del Banco de Japón; y sus colegas de China, la India, Brasil, México y todas partes. Y no fue hasta los primeros años 80, en los que la elevada inflación castigaba muchas economías avanzadas, (o quizá en los años 30) cuando su papel se volvió tan decisivo.

Ahora, la expansión económica global está aminorándose hasta el estancamiento. Economistas del Deutsche Bank pronostican un paupérrimo crecimiento del 0,2% en 2009, el peor año desde 1980 por lo menos. En 2007, el crecimiento mundial rozó el 5%, pero sin un aumento más fuerte, la depresión podría retroalimentarse y alimentar el nacionalismo económico.

En apariencia, los presidentes de los bancos centrales parecían estar coordinados para lanzar una recuperación. Como aguardando al momento justo, los principales bancos recortaron los tipos de interés en noviembre y diciembre para estimular el crecimiento y dar un respiro a sus sistemas financieros. El BCE redujo sus tipos de préstamo bancario al 2,5%; el Banco de Inglaterra recortó al 2%, equiparando al tipo más bajo desde su fundación en 1694; y muchos otros bancos centrales, como los de China, la India o Canadá, también bajaron drásticamente los tipos . En cuanto a la Fed, viene recortando su tipo de préstamo a corto plazo del 5.25% de septiembre de 2007 hasta -la semana pasada- una horquilla entre 0 y 0,25%.

Con tipos de préstamo a corto plazo así de bajos, la Reserva Federal se embarca en una estrategia encaminada a intentar reducir los tipos de interés a largo plazo adquiriendo frontalmente bonos y otros valores relacionados con deuda que no había tocado nunca.Antes de la crisis, la Fed intervino los tipos a corto plazo con la esperanza de que la deuda a largo plazo sobre hipotecas y los bonos siguieran la tendencia. Ahora, ya ha anunciado que podría plantearse adquirir cientos de miles de millones de valores respaldados con deuda de hipotecas y tarjetas, préstamos a la compra de automóviles y créditos a la pequeña empresa.

Todo esto vaticina una nueva agresividad por parte de los bancos centrales. Hasta hace poco tiempo, había poca unanimidad de fines.En julio, el BCE elevó su tipo de préstamo bancario para evitar que los astronómicos precios del crudo disparasen la inflación total. «Europa se encontraba en estado de negación de la realidad (de la crisis) hasta la quiebra de Lehman el 15 de septiembre», afirma Fred Bergsten, del Instituto Peterson de Economía internacional.Pero el concurso de Lehman y la caída paralela de los precios del petróleo alteraron posturas.

Durante una crisis, la Historia aconseja cooperación. Su ausencia en los años 30 resultó desastrosa. Considérese la bancarrota en mayo de 1931 del Creditanstalt, el entonces mayor banco de Austria. Esa quiebra se pudo haber evitado si Alemania y Francia se hubieran puesto de acuerdo en un paquete de medidas de rescate.No se pusieron de acuerdo. El pánico bancario «se propagó a Hungría, Polonia, Alemania y Gran Bretaña y al resto del mundo después», dice el politólogo de Harvard, Jeffry Frieden.

Las masivas líneas de crédito contra divisa extendidas entre la Reserva y otros 14 bancos centrales públicos encarnan una señal de la cooperación de hoy en día. Estos acuerdos de apoyo recíproco proporcionan dólares a los demás bancos centrales, que a continuación pueden prestar a las entidades locales. Empresas, inversores y bancos de Europa, Asia y América Latina han contraído deudas considerables en dólares. A medida que los mercados estadounidenses de crédito se congelaron, amortizar sus préstamos contraídos en dólares se hizo cada vez más difícil. Los acuerdos de apoyo de la Reserva -alrededor de medio billón de dólares en las últimas semanas- sustituyen el escaso crédito privado, minimizando las pérdidas por descubierto.

También parece esperanzador que la cooperación entre bancos centrales plasme un consenso político más amplio. Tras reunirse en noviembre, las naciones del G-20 (Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, China, la India y algunas naciones importantes más) difundieron un documento en el que se comprometían a renunciar a las protecciones y prometían programas «de estímulo económico» paralelos. ¿Globalismo?, No, nacionalismo. ¿Todos contentos pues?

Bien, quizá. Como señala Frieden, gran parte de la «cooperación» actual se da a través de circulares de prensa. Los países convienen en principios genéricos pero a continuación siguen caminos divergentes.El «programa de estímulo» de Alemania, por ejemplo, es mucho menos ambicioso que el proyectado en principio por la administración de Obama. Los países renuncian al proteccionismo, pero existen indicios de que China -con un masivo superávit comercial- podría flexibilizar su política de revalorización de la divisa. Al abaratar el renminbi, China añadiría a sus exportaciones una ventaja comparativa en su importe. Si Estados Unidos inserta disposiciones proteccionistas en cualquier legislación de estímulo, también estaría suscribiendo el nacionalismo económico.

Los riesgos multiplican las presiones sobre los bancos centrales dirigidas a restaurar el desarrollo económico. No es tanto cooperación entre ellos como temores compartidos fundados en conclusiones académicas ampliamente aceptadas sobre la Gran Depresión de los años 30. Los errores públicos, es opinión generalizada, agudizaron la depresión. Las lecciones parecen obvias: no dejar que el pánico destruya el sistema financiero, por lo que los agentes públicos de préstamo deben anticiparse siempre que los privados escaseen.

Estas respuestas parecen plausibles pero plantean una cuestión inquietante. ¿Qué pasa si este cambio bajista del ciclo está siguiendo un guión distinto y desbarata la agresividad de los bancos centrales?

La presente columna fue publicada en Newsweek.¸ 2008, The Washington Post Writers Group

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El audaz experimento de Ben, de Robert J. Samuelson en Mercados en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 21 diciembre, 2008

Análisis

Cuando se es Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, uno tiene la última palabra en materia de política económica. Y la seguirá teniendo tras la investidura de Barack Obama. Las decisiones que tome -o que no tome- influirán decisivamente en el desenlace de la actual crisis. ¿Superará a la brutal recesión de 1981-82 (con un desempleo máximo del 10,8%, el peor desde la Segunda Guerra Mundial)? ¿Podría caer en un colapso global más virulento que justifique la comparación con la Gran Depresión?

En mitad de las salvas a la presentación del equipo económico de Obama, vale la pena recordar que el papel de Bernanke será decisivo. Durante su mandato al frente de la Reserva Federal, se han inventado más herramientas económicas que durante ningún periodo comparable de tiempo en los 94 años de historia de la Fed. El objetivo: impedir un colapso crediticio sustancial. Desde finales de 2007, la Reserva viene encontrando maneras nuevas de prestar a bancos, antiguos bancos de inversión, fondos de inversión en divisa y empresas de valores negociables. Ha incrementado de manera drástica los préstamos combinados -llamados acuerdos recíprocos- a los demás bancos centrales públicos que, a continuación, prestan el líquido a sus bancos comerciales.

En total, los nuevos préstamos y líneas de crédito de la Reserva superaron con creces el billón de dólares, lo que deja cortos los 335.000 millones de dólares comprometidos por el Departamento del Tesoro bajo el más familiar Fondo de Apoyo a Activos sin Liquidez. Hasta hace poco, la mayor parte de estos préstamos, incluyendo los extendidos para rescatar a Bear Stearns, AIG o Citigroup, se han justificado como desempeño del papel tradicional de institución de amparo de la Reserva. Con el fin de evitar el pánico, los bancos centrales públicos apuntalan a las instituciones financieras consideradas «demasiado importantes para que se colapsen» o adquieren carteras en mercados donde la precipitación de los vendedores abruma a los compradores.

Ahora se prescinde hasta de esta justificación. En noviembre, la Reserva anunció más préstamos nuevos: compras de hasta 600.000 millones de dólares de valores hipotecarios y 200.000 millones en carteras de inversión en deuda del automóvil, de tarjetas de crédito, de préstamos estudiantiles y de créditos a la pequeña empresa. No era ninguna exageración decir que estos mercados estaban al borde del pánico. El propósito era simplemente inyectar más liquidez a la economía.

Las nuevas prácticas de préstamo de la Fed tienen lugar a través de fondos de nombres desconcertantes como Fondo de Liquidez ABCP MMMF. Jerga aparte, la Reserva necesita de métodos nuevos porque los antiguos no funcionan. Tradicionalmente, la Fed ha bajado los tipos recortando un único tipo a corto plazo (el tipo de interés de la Reserva aplicado a los créditos entre bancos a un plazo de un día) y asumiendo que, al hacer el crédito más cuantioso y más barato, los demás tipos de los créditos al consumo y la empresa seguirían la tendencia. Desde septiembre de 2007, la Reserva ha bajado los tipos de interés del 5,25% al 1%. Pero algunos tipos diferentes en realidad han subido (los bonos corporativos garantizados apuntaban en noviembre un punto porcentual por encima del valor de inicios de 2007), y ciertos préstamos son inasequibles con independencia de los tipos que marquen.

Hay franjas del mercado crediticio que simplemente han colgado el cartel. Traumatizados por las pérdidas causadas por las carteras de valores hipotecarios de riesgo, muchos inversores huyen despavoridos de cualquier forma de préstamo convertible en valores (préstamos convertibles en títulos financieros parecidos a los bonos). En 2006, los préstamos automovilísticos convertibles promediaron casi 7.000 millones de dólares al mes; el mes pasado, sumaron 500 millones. Sin abundantes préstamos a la compra de automóviles, se venderán menos coches. Durante algún tiempo, el préstamo bancario más abundante compensó en parte el colapso de la titulización.Ya no. Temiendo pérdidas más elevadas a cuenta de los créditos al consumo y la empresa, los bancos han endurecido los estándares de crédito y están haciendo acopio de fondos. De finales de octubre a mediados de noviembre, el préstamo bancario se desplomó 162.000 millones de dólares.

Bernanke se enfrenta así a una situación infrecuente, por no decir sin precedentes. A pesar de los frenéticos esfuerzos de la Reserva por facilitar el crédito, parece escasear en mitad de una dura recesión. Lo contrario de lo que se pretende. El comportamiento del sector privado está neutralizando la política en el sector público. Las instituciones de préstamo están aterrorizadas ante las pérdidas y el temor a lo desconocido; la súbita quiebra de Lehman Brothers en septiembre se sumó a sus inquietudes. Habiendo tenido en tiempos escasa aprensión al riesgo (léase hipotecas de riesgo), los agentes de préstamo pueden correr ahora demasiados.El peligro reside en que un crédito escaso y el pesimismo del consumidor se combinen para rebajar el gasto, elevar el desempleo y provocar más descubiertos.

La Reserva lucha por paliar esta clase de espiral. Hay fuerzas compensatorias. El descenso de los precios del crudo fortalece el poder adquisitivo del consumidor. El dato más reciente anunciado por la Fed de la compra de hipotecas empujó a la baja los tipos, estimulando una mayor demanda para refinanciar créditos antiguos, reduciendo así la deuda del consumidor. Se espera masivamente que la Reserva Federal acabe reduciendo a cero los tipos y, a continuación, comprando bonos del Tesoro a largo plazo, intente empujar a la baja los tipos de interés a largo plazo.

Todo esto es un experimento monetario colosal y atrevido, global en su alcance y trufado de peligros. El dinero y el crédito puestos en circulación por la Reserva se crean de la nada. Si la Fed se queda corta, podría profundizar la depresión de hoy; la revista financiera Barron’s -que no es para nada un bastión socialista- sugería que la Reserva debería inflar su deuda hasta unos asombrosos seis billones de dólares.

Pero demasiado dinero y crédito podrían salir algún día por la culata en forma de inflación más elevada. En vista de las consecuencias de equivocarse, Bernanke se enfrenta a un enorme desafío intelectual y a un no menos angustioso lastre personal.

Robert J. Samuelson es columnista de The Washington Post.

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Votantes jóvenes… ¡cabreaos!, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Derechos, Política by reggio on 23 octubre, 2008

CARRERA A LA CASA BLANCA: LA OPINIÓN

Os están chuleando. Barack Obama y John McCain quieren vuestros votos, pero pasan por alto vuestros intereses. Os enfrentáis a un futuro fuertemente hipotecado. Vais a pagar la seguridad social y las recetas de los ancianos de la generación post II Guerra Mundial. El incremento fiscal necesario podría alcanzar en total el 50% de la renta a lo largo de los próximos 25 años. Además están los gastos de mantenimiento de la infraestructura -carreteras, puentes, saneamiento-. Los costes de las pensiones y la sanidad de los funcionarios estatales y locales han sido subestimados, sin duda. Todo esto asfixiará los demás servicios cruciales del Gobierno: la educación, la defensa, el orden público.

¿Sabéis qué? No vais a escuchar gran cosa sobre esto en la campaña. Un motivo, sinceramente, es que no parece que os preocupe. Obama es vuestro candidato favorito (por un margen de entre el 64% y el 33% entre los jóvenes de 18 a 29 años, según la última encuesta ABC News/The Washington Post). Pero él ha delegado su postura en estos asuntos en la Asociación Americana de Jubilados (AARP), el colectivo de 40 millones de integrantes que se ocupa de los estadounidenses de 50 años en adelante. ¿No os lo creéis? Id a la página web www.aarp.org. El 6 de septiembre, tanto Obama como McCain se dirigían a una convención de la AARP que celebraba el 50 cumpleaños del colectivo.

Cliquead en el vídeo Obama (en Guía electoral). Veréis un ejemplo de proxenetismo a gran escala. Existen tres maneras básicas de reducir los gastos de la seguridad social y Medicare: elevar la edad de jubilación; recortar las prestaciones; o exigir a los asegurados pagar más por sus prestaciones de Medicare (primas más elevadas, porcentajes más elevados de los gastos cubiertos parcialmente o deducciones). En su discurso, Obama rechazaba en la práctica cada una de las tres.

O eche un vistazo al número de septiembre-octubre de la revista de la AARP, que traía una Guía del elector. En ella, Obama y McCain tienen la oportunidad de marcar las casillas de convenir o discrepar con las posturas de la AARP en 11 asuntos. Obama marcó coincidencia en 10. No es un agente de cambio, sino un férreo defensor del statu quo. En la práctica, tendrá que ampliar los subsidios a la tercera edad declarando exento de pagar el impuesto sobre la renta a cualquiera con 65 años o más con una renta por debajo de los 50.000 dólares.

McCain también se dedicó al cortejo. En su vídeo, elogiaba efusivamente a la AARP. No mencionaba recortes en las prestaciones. Pero él se cubrió las espaldas. Decía que el sistema de hoy está «averiado» y no debería ser impuesto a las futuras generaciones. En su guía del votante, no marcó «de acuerdo» ni «discrepo», sino que simplemente describió sus posturas. La diferencia es que, como presidente, intentará contener el gasto de jubilación. Existe un precedente; McCain votó en contra de la prestación de recetas de Medicare.

Yo tengo 62 años. La mayoría de mis amigos tienen 50 y tantos, 60 y tantos o 70 y tantos. Deseo a todo el mundo una jubilación agradable. Pero tenemos que reforzar los programas de jubilación de nuestro Gobierno por el bien común y no solamente por el bien de los ancianos. Hemos esperado tanto tiempo ya que no hay manera de hacer esto sin ser injustos con alguien, sobrecargar a los jóvenes o retirar prestaciones prometidas a los estadounidenses de la tercera edad. La presente crisis financiera, al reducir enérgicamente los ahorros de la jubilación, ha dificultado aún más una labor difícil. Aun así, estos programas federales empezaron como red de seguridad para el necesitado; ahora se han convertido en subsidios para vivir bien, al margen del necesitado.

Lo que ha faltado hasta la fecha en el debate es una dimensión moral. Obama dice que está bien subir los impuestos a aquellos con rentas superiores a 250.000 dólares. Bueno, ¿por qué los beneficiarios de la seguridad social y Medicare con rentas de 250.000 dólares deben recibir subsidios procedentes de jóvenes que ganan menos que ellos? ¿Qué hay de los de 200.000 dólares o de los de 100.000 dólares? ¿Cuáles son las edades mínimas de acceso? La gente vive más tiempo; puede trabajar durante más tiempo. La generación post II Guerra Mundial no puede ser excluida, porque es el problema.

No puede haber edición del contrato social sin recortes de las prestaciones, porque sufragar las prestaciones de hoy en día implica inevitablemente impuestos mucho más elevados, déficits masivos o recortes draconianos en los demás programas del Gobierno. Hasta con recortes sensatos, habrá que subir los impuestos y habrá presiones sobre los programas restantes.

¿Qué debéis hacer vosotros los jóvenes? En primer lugar, cabrearos con los medios de comunicación y los laboratorios de ideas, por debatir este problema mediante eufemismos engañosos (por ejemplo, el problema no es una «crisis de los derechos sociales», son las prestaciones excesivas para la tercera edad); y con los candidatos por explotar vuestra inocencia; y con vosotros mismos, por vuestra incredulidad.

A continuación, empezaría formando piquetes en la AARP. Es la fortaleza del poder político de los ancianos y el grupo de intereses especiales más poderoso del país. Ostenta un poder de veto virtual sobre las dos quintas partes del presupuesto federal más o menos. Vuestros grupos de activistas tendrían que estar allí todos los días con pancartas que rezaran: «Queremos justicia generacional» o «Bajaos de nuestra chepa». Haría preguntas directas a los candidatos federales acerca de las prestaciones que recortarían, aquellas que conservarían, y los motivos.

Tenéis que apelar a la vergüenza y la culpa de los estadounidenses más ancianos recordándoles que su egocentrismo actual no es un ejercicio de victimismo. Sólo con que los estadounidenses más ancianos cumpliesen sus promesas retóricas de preocuparse por sus hijos, el clima político cambiaría. Si vosotros -los jóvenes- no cuidáis de vosotros mismos, podéis creerme, vuestros mayores y vuestros políticos no lo van a hacer.

Robert J. Samuelson es analista del diario The Washington Post.

The Washington Post Writers Group

© Mundinteractivos, S.A.

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Las vacas gordas engendran las vacas flacas, de Robert J. Samuelson en El Mundo

Posted in Economía by reggio on 21 octubre, 2008

TRIBUNA LIBRE

Hace 12 años, James Grant, uno de los comentaristas más sagaces de Wall Street, escribió un libro titulado The Trouble With Prosperity [Los problemas de la prosperidad]. El repaso de Grant a la historia de las finanzas reflejaba su correosa teoría de la predestinación económica: si las cosas parecen marchar espléndidamente, se pondrán peor. El éxito inspira demasiada confianza y excesos. Si las cosas parecen ser poco prometedoras, se pondrán mejor. Las crisis generan oportunidades y progreso. Nuestros triunfos y nuestras locuras siguen un ritmo cuyo rumbo, aunque quepa influir en él, no puede corregirse.

Los buenos tiempos alimentan los malos y viceversa. Tener esto presente nos puede ayudar a comprender la confusión y las recriminaciones ante la situación que estamos viviendo en estos momentos. Los hechos asombrosos recientemente acontecidos, como la adquisición de las hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac por el Gobierno estadounidense, las inversiones del Departamento del Tesoro de EEUU en bancos privados y las oscilaciones brutales de la Bolsa, nos han sumido en agrios debates. ¿Se ha hecho lo suficiente para proteger la economía? ¿Quién o qué ha causado este desastre?

Los ciudadanos queremos soluciones inmnediatas a los problemas. Reclamamos un mundo de certidumbres morales claramente nítidas, pero el mundo real está inundado de ambigüedades turbias. Así es como está ahora. Empecemos por la preguta más inmediata: ¿se ha hecho lo suficiente? Vamos a ver, ¿lo suficiente, para qué? Si el objetivo es impedir un hundimiento catastrófico del crédito bancario, la respuesta probablemente sea afirmativa.

La semana pasada, el Gobierno de EEUU garantizó prácticamente todos los préstamos interbancarios (los préstamos que se hacen los bancos entre sí) y presionó a los nueve bancos más importantes para que aceptaran 125.000 millones de dólares de una inyección de confianza. En conjunto, estas medidas hacen más fácil que los bancos presten y tomen prestado. Hay menos necesidad de acumular dinero en efectivo. Ahora bien, si el objetivo es vacunarnos contra la recesión y contra nuevos problemas financieros, la respuesta es negativa.

Probablemente, EEUU haya entrado ya en recesión. En septiembre, las ventas al por menor cayeron un 1,2%. El hundimiento de la vivienda, los precios más altos del petróleo (ahora a la baja), la pérdida de puestos de trabajo y la debilidad de las acciones han dejado maltrecha la confianza. Es posible que en el tercer trimestre haya caído el gasto de los consumidores por primera vez desde 1991. Se ha vuelto más difícil conseguir un crédito porque se han endurecido las anteriores condiciones poco rigurosas de concesión de créditos. El desempleo, ahora en el 6,1%, habrá alcanzado posiblemente el 7,5% o más a finales del año próximo.

Similares reservas cabe aplicar a los peligros financieros. «Estados Unidos dispone de un sistema financiero de grandes dimensiones al margen de los bancos», afirma el economista Raghuram Rajan, de la Universidad de Chicago. Piénsese, por ejemplo, en los hedge funds (fondos de cobertura de riesgos). Administran unos dos billones de dólares y dependen en muy gran medida de dinero prestado. Han experimentado amortizaciones muy cuantiosas (43.000 millones de dólares en septiembre, según el Financial Times). Vender bajo presión puede desestabilizar los mercados. Se está produciendo, además, una hemorragia global. Valga como ejemplo el hecho de que la Bolsa de Brasil ha perdido prácticamente la mitad de su valor desde la primavera.

En esta situación tan fluida, hay una cosa que sí se puede predecir: la crisis va a dar lugar a toda una industria casera de intelectuales, periodistas, expertos, políticos y blogueros repartiendo culpas a diestro y siniestro. ¿Es Alan Greenspan, el ex presidente de la Reserva Federal, responsable de haber mantenido los tipos de interés excesivamente bajos y de no haber impuesto unas normas más estrictas al crédito hipotecario? ¿Vio venir esta crisis con antelación el secretario del Tesoro con Clinton, Robert Rubin? ¿Fueron los ideólogos republicanos del libre mercado los que dejaron campar a sus anchas a los codiciosos individuos de Wall Street?

Algunas cosas que se cuentan son puras fantasías. Después de abandonar el Gobierno, Robert Rubin aterrizó en el Citigroup como uno de sus máximos ejecutivos. Fue incapaz de identificar los avales de las hipotecas tóxicas como un gran problema dentro de la propia cartera de inversiones del banco. No resulta verosímil pensar que hubiera detectado eso mismo en Washington. Como demuestran informaciones recientes publicadas en los diarios The New York Times y The Washington Post, el Gobierno de Clinton apoyó sin reservas las desregulación financiera que ahora los demócratas denuncian poniendo el grito en el cielo.

Lo de Greenspan es más peliagudo. Son legítimas las críticas a su resistencia a una regulación más rigurosa de los préstamos hipotecarios, pero la historia de su política de bajos tipos de interés es más complicada. Ciertamente, el tipo de los fondos de la Reserva Federal a un día cayó al 1% en el año 2003 para compensar los efectos del estallido de la burbuja tecnológica y los atentados del 11 de septiembre del 2001. Aun así, la Reserva Federal empezó a elevar los tipos a mediados del 2004. Desgraciada y sorprendentemente, no se vieron secundados por los tipos de interés de las hipotecas a largo plazo (unos tipos que fija el mercado), lo que suponía que estaban más baratos que los de la Reserva Federal, fenómeno que se suele atribuir a la entrada de capital barato de China y de otros países asiáticos.

Aquí hay una lección más general. Cuando las cosas van bien, todo el mundo quiere subirse al carro. A los escépticos se les considera unos locos. Para el Gobierno, como para cualquiera, resulta difícil decir «¡Eh, chicos! ¡Esto no va a durar siempre!». Mientras fue engordando el boom de la vivienda, el precio de las casas de segunda mano se incrementó en un 50% entre los años 2000 y 2006. Los banqueros de inversiones empaquetaban préstamos dudosos dentro de títulos opacos. Al final, para su mal, esos mismos banqueros se quedaron muchos créditos malos. Prácticamente no hubo nadie que no diera por hecho que los precios de las viviendas seguirían subiendo eternamente, por lo que se consideró que los riesgos eran mínimos. El Congreso autorizó a Fannie y a Freddie a funcionar con un capital escaso. El Congreso incrementó asimismo el porcentaje de hipotecas de ambas sociedades que tenían que ir a parar a compradores de rentas bajas y medias, que pasaron de un 40% en 1996 a un 52% en 2005. Eso es lo que fomentó los préstamos hipotecarios basura.

Así pues, se confirman las tesis de Grant. Atravesamos ciclos en los que nos hacemos vanas ilusiones, en unas ocasiones dejándonos llevar excesivamente por el vértigo y en otras dejándonos llevar excesivamente por el pesimismo. El consuelo es que la génesis de la siguiente recuperación late por lo general entre las ruinas de la última recesión.

Robert J. Samuelson es periodista y columnista del periódico estadounidense The Washington Post.

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