Reggio’s Weblog

Anticapitalismo dirigido, de Matteo Dean en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 17 agosto, 2008

Al fracaso actual del neoliberalismo no responde un igual y contrario desarrollo del antagonismo de izquierda. La ilusión de ciertas luchas que se definen a sí mismas “anticapitalistas” choca con la realidad de grupos de intelectuales y militantes que en ciertos ambientes –los partidos políticos, ante que todo– han encontrado el lugar en donde estacionarse y sobrevivir a una forma de luchar y organizarse atropellada por el paso del tiempo.

Si es cierto que el neoliberalismo, tal cual lo hemos vivido y sufrido hasta hoy, está en una etapa de profunda crisis estructural, la razón no hay que buscarla del otro lado de la barricada, sino en el interior mismo del modelo político económico. Las causas residen en el tejido más profundo de este sistema que había ilusionado a los más –o al menos a la mayoría de los que gobiernan– con ofrecerles un sistema perfecto de equilibrio entre la producción, la ganancia y el bienestar colectivo. El sistema neoliberal, en cambio, se está derrumbando bajo el peso de sus propias ilusiones transformadas en pesadillas para los que lo promovieron y en miserias y muertes para la humanidad. No obstante, lo más probable es que asistiremos, una vez más, a la transformación de esta bestia feroz llamada capitalismo, transformación que le permitirá dejar de ser “neoliberal” para convertirla en algo más.

Pero, ¿qué hay del otro lado de la barricada?

Ciertamente hay una “izquierda anticapitalista”. Y, sin embargo, rechazamos la tesis según la cual ésta se encontraría entre las filas de los partidos políticos. El caso italiano, recientemente tomado por ejemplo en estas páginas, es paradigmático del vacío que representa cierta izquierda partidaria. El Partido de la Refundación Comunista (PRC) no es hoy la alternativa a este modelo. Ni lo ha sido en los últimos 15 años. Será, sin embargo, suficiente observar la trayectoria del PRC desde 2006, cuando la elección movimentista de la entonces dirección del partido se canjeó con una rebanada del poder político italiano. En las elecciones políticas de ese año, cuando la llamada “facción de centroizquierda” logró arrebatar el gobierno italiano al conservador Silvio Berlusconi, el PRC se presentó al electorado con pocas, pero claras consignas: no a la guerra, no a los centros de detención para migrantes, no a la precariedad laboral. Pero, como suele suceder, llegados al poder, alcanzados los escaños del palacio de gobierno, los del PRC parecieron olvidar repentinamente las consignas. Y, aún más grave, parecieron olvidar a los que hasta unos días antes eran los “compañeros de lucha”, es decir, al vasto movimiento que desde antes del G-8 de Génova y hasta por todo el ciclo de batallas en contra de la guerra, habían aceptado entablar un diálogo y una colaboración con la base inscrita en el PRC.

Un ejemplo sobre todos: el actual secretario nacional del partido, ese Paolo Ferrero que sorpresivamente arrebató el puesto al oficialista Nichi Vendola, en ese 2006 ganó el puesto de ministro de la Solidaridad Social. Si fuera poco, el neoministro logró conseguir las delegas por parte del gobierno al tema migratorio y a las políticas sociales. Bien, de solidaridad social se vio muy poco en el gobierno de centroizquierda italiano: la afamada ley migratoria italiana –amenazada de profundos cambios por los entonces candidatos de izquierda– sigue siendo la misma, sin alguna modificación sustancial; las tropas italianas siguen desplegadas en las mal llamadas “misiones de paz” en diferentes países, como por ejemplo Afganistán; la precariedad laboral –y contractual– continúa siendo el eje del sistema productivo italiano sin que los temidos neocomunistas hayan siquiera intentado cambiar los equilibrios de fuerzas entre el capital y la masa trabajadora.

Efecto “estómago”

Se podría ingenuamente esperar que todo lo anterior –más lo omitido que no alcanza para este espacio– haya sucedido a costa del PRC, sacrificado por una correlación de fuerzas internas a la mayoría de gobierno imposible de cambiar. Y sin embargo duele admitir que así no fue. Los votos a las misiones militares en el exterior, la inmovilidad que no permitió cambiar ciertos aspectos fundamentales de la convivencia colectiva, procedieron ambos de las filas del PRC. ¿Por qué? Por miedo a que el gobierno –en déficit de votos en el Parlamento– tuviera que renunciar, ofreciendo el espacio a la derecha que hoy ya gobierna Italia. ¿Cálculo para el bien de todos? ¿Un sacrificio de estos diputados y senadores y dirigentes neocomunistas, obligados a tragar lo indigestible de la política capitalista con tal de impedirnos el nefasto regreso de la derecha? Quizás. Y, sin embargo, hubo quienes ya no aguantaron y votaron en contra. Fue así que el senador del PRC Franco Turigliatto, quien se opuso a votar en favor de la política militarista del gobierno, tuvo que salir entre críticas y desprestigios del partido.

La esperanza es la última en morir y caminamos preguntando si esta vez el PRC será capaz de transformarse en algo distinto a lo que hasta hoy ha sido. Vistos los precedentes, el sentido común nos sugiere mantener cierto pesimismo, porque creemos difícil revertir lo que el subcomandante Marcos recientemente ha señalado, es decir, el efecto estómago del poder, que o te digiere o te hace mierda.

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Emergencia y autoridad, de Matteo Dean en La Jornada

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 3 agosto, 2008

Parecería la pesadilla realizada, el delirio al poder. La mentira que regula la vida de todos. Era ayer cuando las expresiones de violento racismo y agresiva xenofobia de ciertos exponentes políticos se podían liquidar como expresiones de un fanatismo producto de los histerismos de algunos locos que se hacían los ridículos.

Sin embargo hoy, la violencia, el racismo, la xenofobia, el fanatismo, la histeria, se han vuelto ejes éticos de quienes regulan nuestra vidas –o pretenden hacerlo– y en nombre de los cuales se ponen a dictar las nuevas leyes. Y estas prácticas nos ofrecen una vez más la pruebas de cuán débiles son hoy en día las tutelas ofrecidas por conceptos como el de legalidad y el estado de derecho en el efectivo ejercicio de la democracia y de las igualdades sustanciales.

Hace unos días el gobierno italiano proclamó el “estado de emergencia” frente a la oleada de inmigrantes que están desembarcando en las costas italianas. Medidas extraordinarias frente a un supuesto fenómeno extraordinario. Hace unas semanas la Unión Europea formalizó las últimas medidas represivas en el tema migratorio: más expulsiones, más tiempo de detención para los indocumentados, más tropas a las fronteras. Y sin embargo…

Hace mucho tiempo ya que el curso político europeo –y viene la tentación de no quedarse solamente con esos territorios– está marcado por conceptos como “emergencia”, “orden público”, “seguridad”, “decencia”, “peligro”. Evidentemente se trata de términos con una connotación fugaz, naturalmente no unívocos, arbitrarios, sujetos a asumir contenidos y significados opinables y subjetivos. Y sin embargo, los pensamientos y las imágenes que aparecen en la mente cada vez que estas palabras se pronuncian son casi siempre los mismos. De manera disciplinada y conformista hemos aprendido a saber qué hay que temer, que significado asignar a la sensación de miedo, cuál significado darle a la palabra peligro, qué entendemos por seguridad y cuál es la amenaza a ésta. Y todo esto ha sucedido en la única manera en que podía suceder: es decir, más allá o a los márgenes de cualquier principio ético, pero sobre todo por encima de la racionalidad, de cualquier dato objetivo, de cualquier evidencia, de cualquier hecho, de cualquier correspondencia con la realidad.

El camino que nos llevó a este resultado está lejos de pertenecer a la coyuntura política que ve la Unión Europea gobernada por una derecha retrógrada y conservadora. Desde hace mucho tiempo los países más poderosos del mundo encuentran dificultad en conseguir fuentes de su propia autoridad. El juego de la globalización económica no ha dejado ganadores, o al menos no los ha dejado entre quienes la habían impulsado alegremente, dictando sus reglas y sin preocuparse de sus consecuencias. Estos gobiernos –más allá de las alternancias tan poco significativas hoy entre izquierdas y derechas– se encuentran con la incapacidad de hacerle frente solamente a uno de los problemas que agobian a sus poblaciones y con la imposibilidad de tener fe solamente en una de las promesas que le habían hecho a sus ciudadanos. Ha llegado entonces el momento de engañarlos –a los ciudadanos–, de asustarlos y de obligarlos a no rebelarse en contra de quienes los traicionaron, convenciendo a la población de que estos mismos que los traicionaron siguen siendo los únicos que aún pueden protegerlos. ¿Protegerlos de qué? Ciertamente no de ellos mismos, ni de lo que no tienen los medios para enfrentar: la crisis económica, por ejemplo, sino de algo que aun no existiendo puede ser enfrentado. Y así se crea al monstruo, que siguiendo la costumbre, debe de ser el más débil y el más privado de protección. Más fácil aún si este sujeto habla otro idioma, tiene otro color de piel, tiene otras costumbres, se viste de forma distinta.

Es esta invención y reinvención constante la que está hoy moviendo el mundo. En su nombre se declaran guerras civiles y guerras internacionales, guerras en contra de un fantasma, sangre por una mentira, muerte por una ilusión. Está sucediendo en todas partes, en Estados Unidos y en la Unión Europea, aunque en cada lugar se decline según las circunstancias específicas de cada territorio.

Es una cuestión de fondo que ha marcado también la historia de la Unión Europea, esta nueva entidad supranacional que ha tenido que volver a proponer las fronteras de su territorio, de su ciudadanía y de su movilidad de la misma manera que eran conceptualmente entendidas en la creación del Estado nacional: como algo que excluye, marca la diferencia y fragmenta en el ejercicio de la función incluyente, porque no sabe unir sin separar, porque no sabe proteger sin limitar.

Y es una desesperada búsqueda de legitimidad y autoridad que se ha perdido ya hace mucho tiempo frente a la crisis hecha normalidad, frente a la excepción transformada en administración ordinaria. Es el fracaso del sueño de un mundo unido por el progreso y la riqueza de sus ciudadanos y que en cambio ha promovido el egoísmo social y ha provocado –o está provocando– la temida balcanización de sus territorios. El quiebre de una ilusión que se estrella contra el muro de la realidad. Ha llegado el momento en que el precio de nuestros deseos –o caprichos– frustrados sea cobrado. Es difícil buscar arriba, entre los elegantes demagogos que siguen alimentado nuestras precarias esperanzas. Mejor inquirir abajo, entre los que siendo tan distintos no nos permiten ser tan iguales a nuestros héroes de películas.

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