Reggio’s Weblog

Gobierno y capitalismo, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 3 marzo, 2009

Hace apenas un par de años, Alan Greenspan, el ex presidente de la Reserva Federal (Fed), el banco central de Estados Unidos, era considerado un verdadero gurú de las finanzas internacionales. Literalmente un gurú: se le llamaba el Maestro y aparecía casi como un guía espiritual del cada vez más nutrido grupo de hombres y mujeres exitosos y confiados, una nueva aristocracia económica de los bancos y casas de inversión que se dedicaba a las transacciones con dinero, acciones, bonos, coberturas y, sobre todo, instrumentos derivados de deuda.

Se le reconocía prácticamente como un jefe espiritual en sus recurrentes comparecencias ante el Congreso en Washington o en el santuario del Foro económico de Davos. Estuvo en el cargo 18 años (de agosto de 1987 a enero de 2006) y bajo las órdenes de cuatro presidentes de aquel país.

Las declaraciones públicas de Greenspan tenían una resonancia enorme, lo mismo pasaba con las resoluciones que de modo periódico emite el Comité de Mercado Abierto de la Fed que decide sobre los niveles de referencia de las tasas de interés. Pero incluso algún mero comentario informal tenía un efecto extraordinario en los movimientos de los mercados en todo el mundo. Era el jefe de la globalización financiera.

Como responsable de la política monetaria estadunidense contribuyó a definir el carácter de los ciclos económicos mediante la determinación de los precios y las cantidades del crédito. En los años 90 forjó una era de expansión que acabó en 2001 y junto con decisiones muy controvertidas de pública del gobierno contribuyó a crear la enorme burbuja de especulación en el mercado hipotecario que empezó a reventar en 2006 y es una de las fuentes de la actual crisis.

Fue, por supuesto, un defensor a ultranza de la menor regulación de los mercados financieros, bajo la premisa de que ellos mismos tenderían a autorregularse en función de los riesgos del crédito. Hace poco tuvo que reconocer que había subestimado grandemente la capacidad de control que tienen los mercados en épocas de expansión desaforada como la que generó su política de baja tasas de interés. Demasiado tarde para un mea culpa.

Ahora, ante la profunda crisis bancaria, el mismo Greenspan ha dicho que puede ser necesario nacionalizar temporalmente algunos bancos para facilitar una rápida y ordenada restructuración. Entiendo que una vez en cien años esto es lo que se debe hacer. Cuando menos no pierde la arrogancia.

La papa caliente pasó a manos de Ben Bernanke, su sucesor, y desde entonces se ha puesto al descubierto la enorme fragilidad que puede crear una política monetaria sustentada en visiones erróneas del funcionamiento de la economía, sobre todo en dos cuestiones esenciales; primero, los procesos productivos y las corrientes de inversión asociadas y, segundo, los mercados de trabajo. Para decirlo de otra forma, si los flujos financieros se disocian de la creación de riqueza se tiende a la crisis. Ahora la política monetaria se ha hecho irrelevante y los banqueros centrales han perdido su estrella de gestores de la economía. Sólo queda la política fiscal como forma decisiva de intervención gubernamental en la economía.

Y no sólo estamos ante una crisis en curso, con caídas en picada de la producción y el empleo, con aumentos bárbaros en los niveles de endeudamiento y congelamiento de los créditos. Estamos frente a casos cada vez más sonados de ineficacia y negligencia de las agencias estatales responsables de regular y supervisar los mercados, y de enorme fraudes como los de Madoff y Stanford, y sabrá cuáles más. Ante abusos de los banqueros acostumbrados a la ausencia de límites y de responsabilidades y de rendición de cuentas.

Ahora hay puristas que siguen cuestionando si el gobierno debe intervenir en los mercados y en las instituciones financieras, si tiene que apoyar a la gente para conservar sus casas y sus empleos. Si es que Obama debe administrar un presupuesto enorme para tratar de echar a andar de nuevo la economía. Ésas son pamplinas para crear excesos, de una u otra forma, y para arreglarlos el capitalismo necesita irremediablemente del gobierno.

El departamento de Comercio señaló hace un par de días que la tasa anual de crecimiento del PIB en Estados Unidos en el cuarto trimestre de 2008 fue menos 6.2 por ciento y se estima que en el primer trimestre de este año sea menos 3.8 por ciento. Así el presupuesto de Obama para el año fiscal 2010 es del orden de 3.6 billones de dólares, con un déficit no registrado en seis décadas, lo que aumenta enormemente la deuda pública y que deberá ser compensado con menores gastos bélicos y más impuestos a los estratos de mayores ingresos. Por supuesto que el desenvolvimiento de la deuda dependerá del comportamiento de la actividad económica y sobre el cual hay una gran incertidumbre.

Ahora, el problema es de un sobrendeudamiento exagerado y una necesidad de desapalancar las posiciones de los deudores y de los bancos, lo que sigue deprimiendo los precios y aumentando los costos y las cargas fiscales de todos los gobiernos. No es posible aferrarse mediante la fe y como muchos proponen a San John Keynes y sus teorías sobre la promoción de la demanda y los efectos multiplicadores del gasto. Es cierto que es más sensato que muchos economistas que han estado de moda demasiado tiempo. En este caso la intervención pública es de distinta naturaleza y más decisiva y, además, indispensable.

Churchill dijo que los estadunidenses siempre hacen lo correcto, pero sólo después de haber agotado todas las otras alternativas. Quién sabe si seguirá siendo cierto, pero ahora se requiere una gran restructuración de la economía y la sociedad en Estados Unidos para enfrentar esta fuerte recesión que aún está a medio camino.

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En medio de la crisis, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Internacional by reggio on 17 febrero, 2009

El pasado viernes 13 de febrero, el Congreso de Estados Unidos aprobó un Plan de Estímulo Económico sobre la base de la propuesta del presidente Obama. Se trata de un paquete de 787 mil millones de dólares que cubren un amplio rango de rubros para su asignación.

Las condiciones económicas en ese país se han ido deteriorando de manera constante desde hace varios meses. En enero pasado se perdieron 598 mil empleos, la mayor cantidad en un mes desde 1934; con ello el número de desempleados ha llegado a 3.57 millones personas (una tasa de 7.6 por ciento) y 4.8 millones disponen de los beneficios del seguro de desempleo.

El mercado de créditos sigue congelado, lo que afecta a la mayor parte de las empresas para su operación y el pago de sus deudas. Muchas de ellas han recortado sus niveles de producción, proyectos de inversión y plantillas de trabajadores.

Según algunas estimaciones, el gasto de consumo de las familias puede caer 2.7 por ciento en el primer trimestre de este año, 0.9 por ciento en el segundo, y sólo después iniciar una cierta recuperación. La tasa de inflación se prevé que sea negativa hasta junio (-1.1 por ciento y cerrar el año en 1.1 por ciento).

El producto caerá, según las previsiones, 4.6 por ciento en el primer trimestre y 1.5 en el segundo, y luego empezaría una leve recuperación. En cuanto al precio de las casas caerían todavía a tasas mayores de 6 por ciento durante el año. Todo esto se basa en las condiciones actuales y, por lo tanto, tienen alto grado de incertidumbre.

La Oficina de Presupuesto estima que en los tres próximos años habrá una brecha del orden de 3 billones de dólares entre el potencial productivo de la economía y lo que efectivamente se producirá. Éste es uno de los indicadores del costo de la crisis y pone en perspectiva la magnitud del paquete que se ha aprobado y señala su posible limitación para contener la recesión en curso.

Por otra parte, las pérdidas acumuladas en el sistema financiero ascienden ya a un billón de dólares y de acuerdo con el FMI pueden llegar a 2 billones e incluso más si se suman las pérdidas de valor de toda una serie de activos que soportaron el aumento de las deudas en el periodo anterior de expansión.

Este último asunto se ha convertido en un elemento clave de la gestión de la crisis puesto que de manera efectiva no existen precios reales de los activos. Entre ellos se cuenta la gran cantidad de los llamados activos tóxicos que impiden en buena medida la reanudación de los créditos por parte de los bancos. Esto se extiende al caso de las hipotecas y las posibles medidas para apoyar a las familias que las deben y así frenar la requisición de sus viviendas.

Hoy, existe ya un paquete de estímulo para la economía, pero no su contraparte en el caso de un plan para el rescate de los bancos. El proyecto del Tesoro, presentado la semana pasada, no caló entre los inversionistas y los bancos, por un lado por el tipo de acciones propuestas, y por otro debido a la vaguedad con las que fueron planteadas.

Esto acrecienta la incertidumbre en el mercado de dinero y capitales y no contribuye a ir reduciendo la fuerte restricción de los créditos. Las empresas, las familias y los mismos bancos están en un proceso de desendeudamiento, lo que habla de la necesidad de deshacerse de sus activos depreciados, que así contribuyen adicionalmente a la baja de sus precios y a la acumulación de las pérdidas.

Cualquier acción del gobierno encaminada a intervenir en esos mercados topa con la dificultad de valuar los activos. Ante esa situación, si se paga de más se beneficiaría a los bancos y otras instituciones financieras que han incluso tomado dinero público para reforzar sus posiciones. Y eso sería en perjuicio directo de los contribuyentes, cuyos recursos se usan para el salvamento, y, además, incrementando la deuda pública.

La condición de muchos bancos es aún muy frágil y requerirán de más capital, de modo que hay quienes argumentan a favor de la nacionalización y depuración de las cuentas.

En este marco hay una fuerte disputa ideológica que se centra en las concepciones acerca de las funciones del Estado. Una postura dominante en el espectro de la derecha más conservadora es que la intervención a gran escala que emprende el gobierno de Obama atenta contra los principios liberales y el funcionamiento del sector privado. El caso es que, precisamente, son los mercados y el sector privado los que responden a los incentivos negativos de la propia crisis y empujan la economía a la recesión.

También se discute técnicamente sobre las posibilidades del paquete para estimular la actividad productiva y el gasto de las familias. La experiencia actual está poniendo así a prueba las bases de las concepciones sobre el modo de operación de la economía y la esencia de las políticas públicas.

El escenario se complica todavía más por el carácter global de la crisis. La Unión Europea, los países del este de ese continente y los asiáticos están ya en una franca recesión, y en América Latina, según comprueban los organismos financieros internacionales, el deterioro se agrava más allá de lo previsto.

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La crisis de reojo, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Internacional by reggio on 18 noviembre, 2008

El pasado fin de semana se reunieron en Washington y bajo los auspicios del Grupo de los 20 (G-20) un grupo de jefes de Estado y las cabezas de diversos organismos internacionales. La asamblea revisó las condiciones de la crisis financiera y las acciones para enfrentarla.

El momento político no es el más propicio para llegar a acuerdos funcionales. George W. Bush ya no tiene espacios efectivos de maniobra y Barack Obama no tomará posesión hasta enero de 2009. Pero la catarsis parece necesaria. Todos querían estar ahí.

En cuanto a las causas de la crisis, se pronunciaron por establecer condiciones de regulación más estrictas sobre los mercados financieros, en especial de los fondos de cobertura y la transparencia de los títulos derivados, como los créditos de hipotecas.

En lo que concierne a la gestión de la crisis propusieron emprender acciones conjuntas de política monetaria y fiscal para evitar una recesión profunda y de larga duración. El texto de la resolución es amplio en cuanto a temas que abarca.

Los acuerdos llevarán un tiempo más bien largo para instrumentarse y habrá que observar la verdadera disposición política una vez que cada uno vuelva a casa. El asunto es el tránsito entre lo convenido alrededor de la mesa y las condiciones políticas internas en cada país, así como la eficacia de las públicas. No es claro qué tanta soberanía estarán finalmente dispuestos a ceder a cambio de arreglos de índole global.

La atención en las brechas que hay en regulación y supervisión de los mercados financieros. “Después de ahogado el niño, a tapar el pozo.” Pero en una reafirmación de sus convicciones más íntimas, Bush ya había sentenciado, aun antes de la reunión, que los cambios en esa dirección deben ser modestos y no crear sobrerregulación o límites al comercio global. Habrá que ver qué tanto es tantito para librar la recesión a escala mundial, que ya se ha instalado.

Reconoció el mismo Bush que en el entorno de la crisis se equipara el sistema de libre empresa con la avaricia, la explotación y la quiebra. Pero haciendo profesión de fe dijo que la crisis no representaba una falla del libre mercado y que la intervención del gobierno no era cura para todo.

La paradoja radica en que hoy el gobierno de Estados Unidos tiene intervenida y nacionalizada una gran parte del sistema financiero, en un claro antagonismo con los principios librecambistas que defendió a ultranza durante su administración. Esto se puede extender a áreas productivas, según se ve en el caso de General Motors.

Los líderes que visitaron Washington señalaron que se trata de que una crisis como ésta no ocurra de nuevo. Esa es, sin embargo, una declaración vacía de contenido técnico y político. Las crisis de este tipo han ocurrido muchas veces y son incluso cada vez más recurrentes.

Al final todos parecen pensar como Greenspan, cuya reciente declaración de culpa por haber subestimado la inestabilidad de los mercados no regulados es inútil.

El capitalismo es inestable por naturaleza y aún más en un entorno de mercados financieros muy desarrollados, globalizados y sin regulación suficiente. Hyman Minsky lo planteó de manera clara en su libro ¿Puede pasar otra vez? (1982). La respuesta es sí, por supuesto. Pero eso ocurría al margen de las teorías convencionales que se repiten sin ningún contenido crítico por todas partes y que no hicieron sino provocar más inestabilidad.

Hay una anécdota que no debería omitirse en el análisis de la crisis. Myron Scholes, Nobel de Economía 1997 (en realidad ese premio lo concede el Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel), fundó junto con Robert Merton, con quien compartió el galardón, un fondo de coberturas llamado Long Term Capital Management. Esta empresa quebró estrepitosamente hace 10 años y tuvo que ser rescatada por el gobierno de Estados Unidos en la era Greenspan.

Luego de aquel fiasco, Scholes volvió a las andanzas con su nuevo Platinum Grove Asset Management, que tiene un capital de más de 4.5 mil millones de dólares. En octubre había perdido 40 por ciento de su valor y congeló los fondos de sus inversionistas. El Nobel se lo dieron por sus teorías sobre la valuación de los activos financieros; ustedes dirán si la memoria financiera no es bastante corta.

Hace unos días comparecieron ante el Congreso los directores de los mayores fondos de coberturas. Maestros del universo, los ha llamado el escritor Tom Wolfe. Luego de defender su línea de negocios argumentaron que no debería aumentar la regulación sobre ese mercado.

Esos fondos aprovechan las brechas de los precios de los títulos financieros y realizan enormes ganancias; la creación de riqueza no es asunto de ellos. Pero, ojo, éste no es un argumento ético, es un hecho del funcionamiento del capitalismo financiero, que en una gran medida promueve las ganancias grandes y rápidas y se vuelve un modelo de éxito social.

La crisis no es sólo un asunto técnico, tiene que ver con los arreglos sociales prevalecientes, con ideologías y políticas desgastadas, con la mala gestión del gobierno y con la existencia de fuertes conflictos de intereses. Eso no estuvo en la agenda de la reunión sabatina de los presidentes en Washington. Como suele ocurrir en conflictos de esa naturaleza, ¿se tratará de cambiar para que nada cambie demasiado?

leon@jornada.com.mx

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La recesión, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 11 noviembre, 2008

La economía de Estados Unidos se sume en la mayor recesión de los últimos 25 años, y la expectativa es que la situación pueda llegar a convertirse en una depresión como la de los años 1930.Los indicadores del desempeño de la economía en octubre recién terminado son negativos. El Departamento de Comercio estima que producto interno bruto cayó 0.3 por ciento en el tercer trimestre (con respecto al inmediato anterior), mientras en el segundo trimestre todavía había crecido 2.8 por ciento.

El Departamento del Trabajo emitió su informe sobre el empleo el 7 de noviembre, y las cifras de desempleo aumentaron de modo notorio. En octubre se perdieron 240 mil puestos de trabajo; 90 mil de ellos en el sector de las manufacturas, para acumular 200 mil plazas menos en los últimos tres meses; en la construcción se perdieron 49 mil, para llegar a 100 mil puestos perdidos en el mismo lapso.

En lo que va del año se han cancelado en total un millón 200 mil empleos. Así, la tasa de desempleo llegó a 6.5 por ciento, la mayor desde marzo de 1994. El número de personas desempleadas es de 10.1 millones. La tasa de desempleo seguirá creciendo en los próximos meses y se estima que pueda llegar a 8 y hasta 10 por ciento.

La confianza de los consumidores se derrumba y con ella el gasto en consumo. Las ventas al menudeo, según las cifras oficiales, cayeron 1.2 por ciento en septiembre con respecto al mes anterior, y 1.4 por ciento en términos anuales. Los datos de las cadenas de tiendas indican que en octubre el nivel de las ventas sería el peor de los últimos 35 años, las proyecciones para la época de Navidad son muy pobres. Esto es un síntoma claro de la fuerte contracción económica que está en curso.

Un indicador sectorial del frenazo de la actividad económica es la venta de autos. En octubre cayeron 32 por ciento, mientras en el caso de los vehículos utilitarios bajaron 42 por ciento, los peores registros en 25 años.

General Motors, la empresa más grande de esta industria, anunció que enfrenta graves problemas por la falta de suficiente capital de trabajo, lo que podría llevarla a la quiebra en el primer trimestre del año. Con esto, suspendió los planes de fusión con Chrysler, mientras Ford exhibe también grandes pérdidas.

Este es uno de los canales por los que se transmite la crisis a la economía mexicana, y ha empezado ya a sentirse el efecto en el cierre de plantas y la pérdida de empleos. La industria automotriz representa casi 17 por ciento del total del producto manufacturero y casi 4 por ciento de la producción total; además, da cuenta de una parte relevante de las exportaciones.

En todo caso, la recesión estadunidense afectará de modo adverso la dinámica exportadora mexicana, incluyendo al petróleo, cuyo precio permanecerá bajo por la menor demanda, y a los servicios, como el caso del turismo. La situación de las remesas estará ligada con la dificultad para encontrar trabajo en Estados Unidos, sobre todo con el estancamiento de la construcción.

La bolsa de valores de Nueva York perdió 39 por ciento de su valor entre octubre de este año y de 2007. Esto significa que se han borrado alrededor de 6 billones de dólares en los 10 últimos meses. La volatilidad sigue siendo el rasgo dominante en los mercados de capitales, con una franca tendencia a la baja.

Esto no se ha remontado y se sigue a la espera de que se aplique el programa de rescate de 700 mil millones aprobados hace unas semanas por el Congreso de Estados Unidos. La asignación de estos recursos entre los bancos y otras empresas financieras empieza a ser competido por otros negocios, como es el caso de la demanda de acceso a la liquidez que ha hecho General Motors. Hasta ahora no se han definido las condiciones mínimas que restablezcan las corrientes de financiamiento entre los bancos y hacia las empresas.

Será necesario un paquete de estímulo adicional para evitar que se contraiga más el crédito, la producción, el consumo y las ventas. Esta es una parte relevante del periodo de transición que ya está en curso entre las administraciones Bush y Obama.

La próxima conferencia del Grupo de los 20, citada por Bush para atender las condiciones globales de la crisis, ocurre en un momento en que el liderazgo estadunidense está en tránsito. Se han creado expectativas de que de ahí pueda surgir un acuerdo del tipo de Bretton Woods para crear un nuevo sistema financiero internacional, como ocurrió en 1944.

Esta perspectiva puede estar sobrevaluada, las condiciones internacionales son muy distintas a las del fin de la Segunda Guerra Mundial. Los consensos políticos no son claros y las discrepancias económicas son muy grandes. No obstante, una nueva organización financiera es ineludible para restaurar las condiciones que permitan contener la fuerza de la recesión y evitar una depresión.

En este entorno quedan en entredicho las prácticas en curso para definir y aplicar las políticas públicas, así como las ideas y teorías económicas que hoy todavía prevalecen en las escuelas y en los centros de decisión. También habrá que superar esa recesión intelectual.

leon@jornada.com.mx

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Panglós contra Jeremías, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 7 octubre, 2008

Los mercados financieros en Estados Unidos están prácticamente paralizados: el papel comercial que emiten les empresas no se compra ni se vende y hay grandes problemas de refinanciamiento de las deudas que están por vencerse en los próximos meses; no hay acceso al crédito de corto ni de largo plazos; el mercado interbancario, que es esencial para que funcionen las instituciones financieras, ha cesado de funcionar. Los activos financieros y físicos, como ocurre con las viviendas, no tienen precios válidos en los mercados que están trabados.

Se advierten corridas contra los bancos. No sólo se retiran depósitos, sino también fondos de coberturas. Muchos bancos están en situación de extrema fragilidad y unos quiebran; centenares de empresas dedicadas a los préstamos hipotecarios han cerrado. Todos demandan la mayor liquidez posible para no comprometer más el valor de sus inversiones. La solución individual complica la condición general.

El multimillonario plan de salvamento propuesto por el gobierno en una segunda ocasión fue finalmente adoptado en el Congreso. Pero no es suficiente para frenar la crisis financiera. La Reserva Federal tendrá que inyectar miles de millones de dólares adicionales al sistema para tratar de que no se sequen por completo los mercados de crédito.

El Tesoro deberá separar los negocios malos de los bancos de los buenos, con lo que se quedará con los “activos tóxicos” de millones de hipotecas. La deuda pública crecerá con respecto al producto.

Y todo eso deberá restaurar alguna confianza en el sistema financiero, precisamente cuando la confianza es el bien más escaso y se eleva su precio. Por eso es que ahora no hay crédito y nadie se puede mover.

La situación es grave. Hay, por supuesto, fuertes implicaciones políticas respecto a cómo se llegó a esta situación. Ya se verá cómo se procesan. También las hay hacia delante y marcarán la acción del gobierno de Bush para superar la crisis y qué hará el nuevo en unos meses.

La estructura financiera y el sistema de crédito han cambiado de manera completa. Además, la presión crecerá sobre la actividad productiva como se ve en el caso de la industria automotriz, y se complica con pérdida de empleos.

El recuento de estos hechos parece la crónica de la versión dramatizada que hizo por la radio Orson Welles en 1938 de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Pero ésta sí hay que creerla.

La visión triunfadora del orden neoliberal y neoconservador –salida de Washington– de que el mundo tal como ella la ofrecía era el mejor posible, está acabada. Panglós ha sido derrotado y a cambio muchos proponen la versión de un Jeremías.

Ya se verá en qué situación queda todo esto, pero las repercusiones se van a extender por mucho tiempo.

Los efectos de la crisis se transmiten a lo largo del sistema financiero. En Europa ya hay bancos, hipotecarias y aseguradoras en serios problemas, y empezó la intervención de los gobiernos. Los miembros de la Unión Europea han decidido no actuar de manera conjunta, sino sólo coordinada. La incertidumbre es cada vez más grande. Japón se contagia. Falta aún por ver cómo se afectan las economías en desarrollo y si resisten China e India.

Las evidencias de la crisis deberían hacer saltar aquí como por un toque eléctrico a la Secretaría de Hacienda y al Banco de México. El secretario Carstens conduce su ministerio en automático. Eso fue lo que dejó ver con el Programa Económico para 2009 que mandó al Congreso el 8 de septiembre. Las proyecciones del comportamiento de la economía para el cierre de este año y para el siguiente no tenían nada que ver con lo que está pasando en Estados Unidos y de cuya economía es tan dependiente la nuestra.

En los Criterios Económicos se propuso una tasa de crecimiento del producto de 2.4 por ciento este año y de 3 en 2009, con un aumento del consumo privado de 2.9 y 3.1 por ciento, respectivamente; para las exportaciones, tasas de 3.4 y 6.3 por ciento, y para la inversión privada 3.7 y 5.6 por ciento. En el campo financiero se proyectaban tasas de inflación de 5.5 por ciento en 2008 y 3.8 en el entrante; las tasas de interés al final de cada año en 8.2 y 8 por ciento y el tipo de cambio en promedios anuales de 10.4 y 10.6 pesos por dólar.

Hay en todo eso cuando menos una sobre valoración de la fortaleza actual de la economía mexicana y de su capacidad de resistencia. Éste es, sin duda, un asunto que conviene discutir ampliamente y pronto sobre las perspectivas económicas. Igual debe hacerse con la gestión monetaria y cambiaria del banco central.

En todo caso, Hacienda anunció que mandará otro proyecto económico a los legisladores que tendrán que tomarse su trabajo bastante en serio y junto con el gobierno de Calderón ver más allá de las tentaciones electorales de 2009.

Carstens tendrá que revisar el modo de conducir de su dependencia y no vaya a ser que al cambiar de velocidad se atasque el embrague. Aquí también ha prevalecido por largo tiempo el ánimo de Panglós y no se trata de pasar sin cortapisas al escenario de las calamidades de tipo Jeremías. Lo que no se puede posponer es definir alguna estrategia y definir los márgenes de acción que realmente existen.

leon@jornada.com.mx

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Miles de millones, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 23 septiembre, 2008

En los últimos seis meses el gobierno estadunidense ha hecho cuatro intervenciones de gran escala en el sistema financiero, sin haber logrado detener los efectos destructivos de la crisis.

Facilitó recursos para la venta de Bear Stearns, nacionalizó las empresas hipotecarias Fannie Mae y Freddie Mac y la aseguradora American Internacional Group (AIG). Ahora se propone una intervención masiva en el sector que no tiene precedentes desde la década de 1930.

Tres medidas componen esta nueva estrategia y aparecen hoy como una exigencia en esta fase de la crisis financiera. Así, el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal han tenido que dejar de intervenir paso a paso y ahora lo hacen de manera general. Con ello, sin embargo, se abre un nuevo entorno de incertidumbre.

Primero, han garantizado una buena parte de los activos financieros de la denominada industria de fondos mutuales del mercado de dinero que perdían valor a pasos acelerados en las últimas semanas. Estas son las cuentas bancarias que pagan algún interés y es una forma de inversión para los depositantes, que era convencionalmente considerada la más segura, pues el dinero está en efectivo y se puede retirar sin plazos de espera. Pero en la semana anterior esas cuentas ya no se pagaban a los clientes a la par, es decir, dólar por dólar, sino que su valor había descendido. El riesgo era enorme para el público y para el sistema bancario. Son 50 mil millones de dólares los que se han garantizado.

Segundo, el Tesoro comprará las deudas impagables del sector hipotecario para tratar de frenar la caída de los precios de las viviendas y, con ello, las pérdidas de los bancos. El gobierno se volverá así dueño de los créditos de hipotecas más riesgosos y deberá administrarlos mediante una agencia que se creará especialmente y tratará de venderlos con la menor pérdida posible. Los criterios de gestión de esa agencia serán responsabilidad del secretario del Tesoro y deberá informar al Congreso dos veces por año.

Esta medida consiste en tratar de “desapalancar” a los bancos y en cierta medida a los deudores que tienen hipotecas, o sea, reducir la proporción de la deuda que tienen con respecto a sus activos, que es la situación provocada por la caída de los precios de las casas. El problema es que cuando esto se hace en una dimensión tan grande como la que ahora representa el mercado hipotecario en Estados Unidos, es muy probable que el precio de los activos (las viviendas) siga cayendo y se acumulen más pérdidas, pero ahora para el gobierno.

En todo caso, la intervención propuesta equivale a separar los negocios de los bancos en una parte buena y otra mala, y el gobierno se quedará con esa última. No se sabe cómo afectará esto a la estructura financiera vigente antes de la crisis ni cómo se ordenarán las operaciones de los bancos para limitar la gestión de los riesgos de sus carteras. En todo caso la cifra que se ha estimado en la propuesta de intervención en los mercados es de 700 mil millones de dólares, lo que alza el límite superior de la deuda nacional a 11.3 billones de dólares (trillones en la nomenclatura usada en Estados Unidos)

Tercero, y en este campo aún no hay una oferta clara del Tesoro y de la Reserva Federal, se tendrá que rediseñar el marco reglamentario de las operaciones del sector financiero y de la Comisión de Cambios y Valores (Securities and Exchange Comisión) para prevenir una nueva ronda de exceso especulativo que ponga en riesgo los depósitos de los ahorradores, la solvencia de los bancos y ahora, además, los enormes recursos públicos comprometidos en el salvamento que emprende el gobierno.

Esta última parte todavía está por atenderse, pero en el reacomodo que se ha dado en los últimos seis meses se está manteniendo una estructura en la que siguen unidos los negocios bancarios con los de inversión en las mismas empresas que ya se están reconfigurando. Éste es el caso de la compra que hizo Bank of America de Merrill Lynch o el de JP Morgan Chase que adquirió a Bear Stearns. Y aún están en vilo empresas grandes como Morgan Stanley, que es sólo una de las más visibles por ahora.

Esa falta de separación de uno y otro tipo de operaciones está en el centro del surgimiento de esta crisis. Se trata del esquema de organización financiera que se fue creando durante muchos años a medida que se debilitaban progresivamente los lineamientos de la ley conocida como el Acta Glass Steagall. Esa ley regulaba la separación de las actividades de los bancos comerciales y de las empresas de inversión luego de la crisis de 1929-1933.

Desde las décadas de 1960 y 1970 los bancos comerciales cabildearon fuertemente en el Congreso para quitar restricciones y ampliar los márgenes de las operaciones de inversión que realizaban. Finalmente, con la fuerte presión de Citicorp hacia fines de los 90 y con la anuencia del entonces secretario del Tesoro, Robert Rubin, y del presidente de la reserva Federal, Alan Greenspan, el gobierno de Bill Clinton derogó la ley. Hoy habrá necesidad de replantearse el esquema vigente y que ha estallado en pedazos, sobre todo con el gran costo que tiene para los ciudadanos que pagan los impuestos.

leon@jornada.com.mx

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Agflación, de León Bendesky en La Jornada

Posted in Economía by reggio on 29 abril, 2008

En el último año los precios de los alimentos se han incrementado alrededor de 60 por ciento, según indican los índices calculados por el Banco Mundial. A este fenómeno suele referirse ahora como agflación. El presidente de ese organismo, Robert Zoellick, ha dicho que se está creando una “tormenta perfecta” que vincula el alza de los precios del petróleo y la energía, la creciente producción de biocombustibles y la mayor demanda de comida en varios países en desarrollo, notablemente China e India. Estima, además, que la agflación podría empujar a una mayor pobreza a 100 millones de personas.

Para prevenir conflictos sociales derivados de la escasez que genera el incremento de los ingresos asociados con el rápido crecimiento económico, países productores de arroz, como India y Pakistán, han impuesto restricciones a la exportación del grano. Por otro lado, cada vez hay más protestas en contra del alza de los precios en lugares como Bengal occidental, Mauritania, Senegal y Yemen, y se extienden a otros lugares.

De modo sorprendente, el efecto del alza de los precios se da también en Estados Unidos, donde la semana pasada se racionó en algunas localidades la venta de arroz para evitar el acaparamiento. Ese país disfrutó de una inflación muy baja en los alimentos durante más de 20 años, pero ahora suben los precios del pan, la leche, los huevos y otros. El impacto que esto tiene puede medirse por el hecho de que la comida representa 13 por ciento del gasto promedio de las familias, mientras la gasolina sólo 4 por ciento. Se estima hoy que el movimiento al alza de los precios continúe cuando menos un par de años.

Si se concibe la globalización como la tendencia a convertir al mundo en una unidad de actividades interconectadas con cada vez menos restricciones impuestas por fronteras locales, puede advertirse que las distorsiones en la producción y los precios agrícolas es de carácter global.

Pero hay contrapesos relevantes a esa tendencia global. Así, la restricción a exportar productos agrícolas es una clara medida de protección para asegurar la oferta interna, mantener los precios bajos y evitar fricciones sociales internas. Sin embargo, de esa forma se exporta el conflicto político. Las fronteras siguen existiendo y operan de modo efectivo.

Los países importadores reaccionan, a su vez, con el uso de controles de precios, de subsidios a los productos del campo y con cambios en las políticas agrícolas con el fin de estimular la oferta, abatir los precios a los consumidores y evitar, igualmente, las protestas sociales.

En México, que aparece en el mapa de la turbulencia social asociada con el alza de los precios de los alimentos, se fijaron controles al precio de la tortilla el año pasado y se removieron las cuotas y tarifas a la importación de leche, maíz y azúcar. El gobierno anunció que permitirá la siembra experimental de granos modificados genéticamente y que intenta reducir el precio de los fertilizantes, esto último incluso vinculado con la propuesta de reforma energética que se debatirá en el Congreso.

En todo caso al agflación no está ausente en el mercado nacional, ya que entre marzo de 2007 y marzo de 2008 aumentaron los precios del arroz en 12 por ciento; de los aceites y grasas vegetales, 33.3; del huevo, 23.5; y del pollo entero, 11.9 por ciento. Se estima que los precios de los alimentos contribuyen entre una cuarta parte y la mitad del aumento general de la inflación.

La agflación se genera por una serie de procesos económicos y se suma a la inestabilidad prevaleciente en el terreno financiero. Obedece también a la naturaleza desigual del crecimiento del producto y de la distribución del ingreso en el mundo. No puede dejarse de lado la repercusión del cambio climático sobre las condiciones de la producción agrícola en el planeta. El caso de la sequía en Australia es ilustrativo.

Una parte del fenómeno tiene que ver con el muy debatido asunto de los biocombustibles, en particular el uso del maíz, que desvía la oferta del consumo humano y para forraje, lo que provoca tanto carestía de forma directa como indirecta, es decir, derivada del efecto sobre productos como la carne. En el Departamento de Agricultura de Estados Unidos calculan que 31 por ciento del total de la producción interna de maíz se destinará a producir etanol en la temporada 2008-09, cifra que se compara con 5 por ciento usado para ese fin en 1995-96, o bien, 10 por ciento en 2003-04. La disyuntiva que plantea la producción de alimento o de combustibles está abierta y ya es fuente de confrontación económica y social.

Este proceso de encarecimiento de los alimentos ya está en marcha y avanza rápidamente. Es imprescindible que la política agropecuaria en México atienda la situación prontamente, buscando las formas en que el alza de los precios se vuelva una oportunidad para los productores, no sólo para los más grandes. Se trata de que aumente a tiempo el abasto interno y se evite la escasez y la carestía que pueden abatirse sobre los grupos más vulnerables de la población. Una reacción tardía provocará un obstáculo adicional al magro crecimiento del producto que ni la renta petrolera podrá contener.

leon@jornada.com.mx

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