Reggio’s Weblog

La inflación es el menor de los males, de Kenneth Rogoff en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 14 diciembre, 2008

Es tiempo de que los principales bancos centrales del mundo reconozcan que un repentino episodio de inflación moderada sería extremadamente útil para desenredar el tremendo atolladero de la deuda actual.

No obstante, la inflación+n es una forma injusta de amortizar efectivamente las deudas no indexadas de la economía. La inflación en los precios obliga a los acreedores a aceptar pagos en una moneda devaluada. Sí, en principio, debería haber una forma de remediar los males del sistema financiero sin recurrir a la inflación. Lamentablemente, cuanto más estudiamos las alternativas, incluyendo las inyecciones de capital a los bancos y la ayuda directa a los tenedores de hipotecas inmobiliarias, más claro resulta que la inflación sería un apoyo y no un obstáculo.

Las finanzas modernas han logrado crear una dinámica de una complejidad tan pasmosa que desafía los enfoques normales para enfrentarse a las deudas. La titulización, las finanzas estructuradas y otras innovaciones han entretejido tanto a los varios actores del sistema financiero que resulta esencialmente imposible reestructurar una institución financiera a la vez. Se necesitan soluciones que abarquen todo el sistema.

Una inflación moderada a corto plazo -digamos del 6% durante dos años- no arreglaría los problemas, pero los mejoraría significativamente, con lo que otras medidas serían menos costosas y más efectivas.

Es cierto que una vez que se deje salir al genio de la inflación de la botella podría llevar varios años volverlo a meter. Nadie quiere volver a vivir las luchas contra la inflación de los años ochenta y noventa. Pero en este momento, la economía se tambalea a orillas del precipicio del desastre. Ya tenemos una recesión global hecha y derecha. A menos que los Gobiernos tomen el control del problema, corremos el riesgo de sufrir un deterioro mundial como no se ha visto desde los años treinta.

Las acciones de política necesarias implican estímulos macroeconómicos agresivos. Idealmente, la política fiscal debería enfocarse en la reducción de impuestos y el gasto en infraestructura. Los bancos centrales ya están recortando las tasas de interés por todas partes. Es probable que en todo el mundo las tasas de interés oficiales se acerquen a cero; las de Estados Unidos y Japón ya se situaron ahí. A la larga, el Reino Unido y la zona del euro decidirán acercarse lo más posible.

También se deben tomar medidas para recapitalizar y dar una nueva reglamentación al sistema financiero. Mientras el sistema financiero siga recibiendo respiración artificial de los Gobiernos, como sucede en Estados Unidos, el Reino Unido, la zona del euro y muchos otros países, habrá riesgos enormes.

La mayoría de los bancos más grandes del mundo son esencialmente insolventes y dependen de la ayuda y los préstamos continuos de los Gobiernos para mantenerse a flote. Muchos bancos ya admitieron sus pérdidas abiertas en las hipotecas inmobiliarias. Sin embargo, a medida que la recesión se agudice, una nueva oleada de impagos de bienes raíces comerciales, tarjetas de crédito, fondos privados de capital y de cobertura de riesgos golpeará las hojas de balance de los bancos. A medida que los Gobiernos traten de evitar la nacionalización abierta de los bancos, se verán obligados a realizar segundas y terceras recapitalizaciones.

Incluso el extravagante rescate del gigante financiero Citigroup, en el que el Gobierno de Estados Unidos ya ha desembolsado 45.000 millones de dólares de capital y respaldado pérdidas de más de 300.000 millones de dólares de créditos fallidos, puede resultar insuficiente. Al observar el panorama de los problemas restantes, incluyendo el mercado de varios miles de millones de dólares del mercado de los credit default swaps, es claro que el hoyo en el sistema financiero es demasiado grande para taparlo completamente con los dólares de los contribuyentes.

Ciertamente, una parte clave de la solución es permitir que quiebren más bancos, garantizando que los ahorradores, pero no necesariamente los acreedores, reciban todo su dinero. Sin embargo, este camino será costoso y doloroso.

Eso nos lleva de regreso a la opción de la inflación. Además de atenuar los problemas de la deuda, un episodio moderado de inflación reduciría el valor real (ajustado a la inflación) de las propiedades residenciales, lo que facilitaría la estabilización de ese mercado. En ausencia de una inflación significativa, los precios nominales de las casas tendrían que caer un 15% adicional en EE UU y más en España, el Reino Unido y muchos otros países. Si la inflación aumenta, los precios nominales de las casas no necesitan caer tanto.

Por supuesto, dada la recesión en curso, tal vez no sea tan fácil para los bancos centrales fomentar ni siquiera un poco de inflación en estos momentos. En efecto, parece que lo único que pueden hacer es evitar una deflación sostenida o la caída de los precios.

Afortunadamente, crear inflación no requiere gran ciencia. Todo lo que los bancos centrales necesitan hacer es seguir imprimiendo billetes para comprar deuda pública. El riesgo principal es que la inflación podría descontrolarse y ser del 20% o 30% en lugar del 5% o 6%. En efecto, el temor a ese descontrol paralizó el Banco de Japón durante una década. Pero ese problema se puede salvar fácilmente. Con una buena política de comunicación se pueden contener las expectativas de inflación y se puede reducir tan rápido como sea necesario.

Se tendrán que utilizar todas las herramientas a nuestro alcance para solucionar esta crisis financiera, que es de las que ocurren una vez en un siglo. Al mirarlo en el contexto de una posible depresión global, el temor a la inflación equivale a preocuparse por un posible contagio de sarampión cuando se corre el riesgo de contraer la peste.

Kenneth Rogoff es profesor de economía y políticas públicas en la Universidad de Harvard y fue economista en jefe del FMI.

Copyright: Project Syndicate, 2008. http://www.project-syndicate.org.

Traducción de Kena Nequiz

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El final del triunfalismo financiero, de Kenneth Rogoff en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 17 agosto, 2008

¿Señalará la cada vez más desbocada crisis financiera de hoy el final de la era de triunfalismo financiero? Pidan a cualquier lego que enumere las 10 grandes innovaciones que rigen nuestro mundo actual y probablemente no haya muchos que mencionen la fórmula Black-Scholes para el cálculo de precios futuros. Pero para la comunidad financiera, a las fórmulas pioneras que abrieron el camino a las modernas estrategias de cobertura les corresponde el mismo crédito por el momentáneo periodo de crecimiento mundial que a los teléfonos móviles, los ordenadores o Internet.

Hasta los últimos 12 meses, los defensores de las finanzas parecían tener una causa sólida. Al ayudar a repartir el riesgo, las finanzas de alta tecnología podían ayudar a las economías a crecer con más rapidez. Los macroeconomistas celebraban la “gran moderación” del ciclo económico mundial, con unas recesiones que parecían más suaves y menos frecuentes. Y, por supuesto, la comunidad financiera ganaba dinero a espuertas, creando cientos de millonarios e incluso multimillonarios en todo el mundo.

Los gobiernos también animaban. En los países anglohablantes, presidentes y primeros ministros, por no mencionar algunos de los principales directivos de los bancos centrales, se jactaban de tener sistemas financieros superiores, que eran la envidia del mundo. Cuando los dirigentes franceses y alemanes se quejaban de que los tentáculos extendidos e incontrolados de las nuevas finanzas suponían un enorme riesgo para la economía mundial, se los tachaba de perdedores amargados. Pequeños países como Islandia decidieron unirse a la movida, privatizando sus bancos y estableciendo sus propios centros financieros. Si uno no puede ser Silicon Valley, ¿por qué no crear un mini Wall Street?

Ahora los bancos de Islandia, endeudados en una proporción que supera varias veces el PIB nacional, se encuentran en una situación desesperada, con deudas muy superiores a lo que los contribuyentes pueden absorber. Hasta la conservadora Suiza cedió a las tentaciones de las finanzas de alta tecnología y las riquezas que éstas prometían. Hoy, los dos mayores bancos suizos están hundidos en deudas siete veces superiores a la renta del país helvético.

Por supuesto, la madre de todas las ayudas estatales es el absurdo cheque en blanco que el Gobierno estadounidense está concediendo a los gigantes del préstamo hipotecario, Fannie Mae y Freddie Mae, los cuales conservan o garantizan 3,2 billones de euros en hipotecas que parecen cada vez más dudosas. Es verdaderamente irónico que el secretario del Tesoro estadounidense, Hank Paulson, ex presidente de Goldman Sachs, una empresa que ejemplifica el triunfalismo financiero, esté liderando el esfuerzo para salvar a estos mastodontes avalados por el Estado que tan claramente han sobrevivido a su utilidad.

Los avances en el campo de las finanzas posiblemente han contribuido a aumentar y suavizar el crecimiento mundial. Pero hay también un elemento cíclico en el florecimiento de las finanzas. Cuando los precios inmobiliarios se dispararon, los genios de las finanzas hipotecarias parecían infalibles. Ahora que los precios caen, las estrategias de los genios no parecen tan brillantes.

Es una vieja historia. A comienzos de la década de 1980, los ingenieros financieros inventaron un “seguro de cartera”, una elaborada estrategia de cobertura activa para controlar el riesgo de pérdida de valor de las acciones. Ganaron montones de dinero. Por desgracia, cuando los mercados bursátiles se hundieron, en octubre de 1987, el seguro resultó inútil, principalmente porque los mercados de cobertura se hundieron.

A finales de la década de 1990, el fondo de cobertura estadounidense Long-Term Capital Management (LTCM) convenció al mundo de que sus socios eran los amos del universo. Durante un tiempo, obtuvo beneficios siempre superiores a la media, supuestamente debido a que tenía unos asesores financieros que habían ganado el Premio Nobel. En 1998, cuando LTCM quebró finalmente, quedó muy claro que lo que la empresa estaba haciendo básicamente eran enormes cantidades de simples operaciones de bonos, con un enorme endeudamiento y un enorme riesgo.

En lo que respecta a los gobiernos, la clave del éxito para regular los mercados financieros radica en mantener unas restricciones razonables durante los momentos de auge para evitar someter a un riesgo excesivo a los fondos de los contribuyentes. Por desgracia, esto es difícil, porque en tiempos de auge quienes advierten de los riesgos parecen pájaros de mal agüero. Por eso es importante que de vez en cuando el Estado permita a las empresas financieras quebrar. Es el único modo de imponer verdadera disciplina a accionistas, propietarios de bonos y directivos empresariales.

¿Ha terminado la actual era dorada del triunfalismo financiero? En muchos países, entre ellos Estados Unidos, se habla de que ha llegado el momento de garantizar que todo el sistema financiero, incluso los fondos de cobertura y los bancos de inversión, sean sometidos a una reglamentación mucho más estricta.

Las empresas financieras han puesto el grito en el cielo, pero no es tan evidente que una reglamentación financiera más amplia y mejor sea algo malo. En nuestra investigación sobre la historia de las crisis financieras internacionales, la profesora Carmen Reinhart y yo llegamos a la conclusión de que las épocas de fuerte reglamentación financiera tienden significativamente a experimentar menos crisis financieras que las épocas de libertad poco reglamentadas, como las relacionadas con el reciente periodo de triunfalismo financiero.

Nadie está insinuando que volvamos a la “represión financiera” de la década de 1950, pero la crisis más reciente ha dejado pocas dudas de que todo el sistema de reglamentación financiera mundial necesita urgentemente una puesta al día. Debería permitirse que florezca la innovación financiera, pero no sin mejorar los frenos y equilibrios. De lo contrario, nos veremos atrapados para siempre en un marco en el que se obliga a los contribuyentes a rescatar a los bancos en épocas de vacas flojas, mientras que los accionistas ricos cosechan enormes beneficios en las épocas de vacas gordas. Es hora de imponer al triunfalismo financiero cierta humildad y sentido común.

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional. © Project Syndicate, 2008.

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El tren descontrolado del mundo, de Kenneth Rogoff en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 13 julio, 2008

La economía mundial es un tren descontrolado que empieza a frenar, pero no con suficiente rapidez. Eso es lo que nos grita el extraordinario aumento de precios del petróleo, los metales y los alimentos al que estamos asistiendo. La espectacular e histórica prosperidad económica mundial de los últimos seis años está a punto de estrellarse contra una pared. Por desgracia, nadie, desde luego no en Asia o en Estados Unidos, parece estar por la labor de hacer de tripas corazón y ayudar a idear el necesario repliegue coordinado hacia un crecimiento sostenido por debajo de la tendencia, lo cual es necesario para que nuevos suministros y alternativas de materias primas puedan ponerse a la altura de la demanda.

Sin embargo, los gobiernos se empeñan en estirar unos auges insostenibles, impulsando aún más los precios de las materias primas y aumentando el riesgo de que se produzca uno de esos caos financieros y económicos que sólo se viven una vez. Todo esto no tiene por qué acabar de manera horrible, pero los políticos de la mayoría de las regiones del mundo tienen que empezar a pisar con fuerza los frenos, no el acelerador.

No miren hacia Estados Unidos en busca de liderazgo en un año de elecciones presidenciales. Por el contrario, el Gobierno estadounidense ha estado entregando cheques de devoluciones fiscales para que los estadounidenses compren hasta la extenuación, y ahora el Congreso habla de seguir.

No miren tampoco hacia los nuevos mercados. Desesperados por mantener el tirón político y económico, casi todos han tomado una serie de medidas para evitar que sus economías sufran de lleno el golpe de las fuertes subidas de precio de los productos básicos. A consecuencia de ello, estos precios están consumiendo los colchones fiscales en lugar de reducir la demanda.

Me desconcierta que tantos expertos económicos parezcan pensar que la solución es que todos los gobiernos, ricos y pobres, repartan más cheques y subvenciones para que siga la expansión económica. La política keynesiana de estímulos podría contribuir a aliviar un poco a algún país que actúe por su cuenta. Pero si todos los países intentan estimular el consumo al mismo tiempo, no funcionará.

Un aumento general de la demanda mundial se traducirá sencillamente en una subida de precios de las materias primas, y tendrá poco efecto útil para el consumo. ¿No es esto evidente? Sí, sigue habiendo crisis financiera en Estados Unidos, pero cebar la inflación es un modo increíblemente injusto e ineficaz de enfrentarse a ella.

Algunos gobernadores de bancos centrales nos dicen que no nos preocupemos, porque serán mucho más disciplinados que los bancos centrales de la década de 1970, cuando el mundo afrontó una subida de precios similar de los productos básicos. Pero esta vez es distinto. El problema de las materias primas nos ha pillado por sorpresa, a pesar de las notables reformas institucionales de la política macroeconómica en todo el mundo.

La afluencia histórica de nuevos participantes en la población activa mundial, todos los cuales aspiran a los niveles de consumo occidentales, está llevando el crecimiento mundial más allá del marcador de seguridad del velocímetro. En consecuencia, la limitación de los recursos naturales que antes esperábamos que terminara hacia mediados del actual siglo XXI nos está golpeando ahora.

Espere un segundo, dirán ustedes. ¿Por qué no pueden nuestras economías de mercado tan maravillosamente flexibles capear el temporal? ¿No harán los precios elevados que las personas limiten el consumo y busquen nuevas fuentes de suministro?

Sí, y eso es lo que acabó ocurriendo con los suministros de energía en la década de los años ochenta del pasado siglo. Pero el proceso lleva tiempo, y, debido al peso creciente en el consumo mundial de unas economías de mercado emergentes relativamente inflexibles, el ajuste probablemente llevará más tiempo que hace unas décadas.

Por diversas razones, la mayoría relacionadas con la intervención estatal, no se puede decir que muchas economías de mercado emergentes tengan una demanda de recursos flexible, de modo que los picos de los precios no están teniendo consecuencias especialmente apreciables sobre la demanda.

Los gobernadores de bancos centrales que nos dicen que no nos preocupemos por la inflación señalan la relativa estabilidad de los salarios. Por lo general las expansiones empiezan a paralizarse cuando la mano de obra se vuelve demasiado escasa y demasiado cara. Pero la actual expansión se sale de lo normal porque, debido a circunstancias únicas (en la época moderna), las restricciones del trabajo no son el problema. Por el contrario, la población activa real del planeta sigue aumentando.

No, esta vez, los recursos de materias primas son la principal restricción, y no un problema secundario, como en el pasado. Por eso los precios de estas mercancías seguirán subiendo hasta que el crecimiento mundial se ralentice durante el tiempo suficiente como para que nuevas ofertas y nuevas opciones de ahorro se pongan a la altura de la demanda.

Esta economía mundial convertida en tren descontrolado tiene todos los visos de una gigantesca crisis -financiera, política y económica- en ciernes. ¿Encontrarán los políticos un modo de alcanzar la coordinación internacional necesaria? Hay que empezar por hacer un diagnóstico correcto. El mundo en su totalidad debe endurecer su política monetaria y fiscal. Es hora de pisar el freno de este tren descontrolado, antes de que sea demasiado tarde.

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública de la Universidad de Harvard y ex jefe de economistas del Fondo Monetario Internacional. © Project Syndicate, 2008.

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La realidad de la inflación, de Kenneth Rogoff en Negocios de El País

Posted in Economía by reggio on 20 abril, 2008

Ahora que la inflación se dispara por doquier, puede que los gobernadores de los bancos centrales del mundo necesiten un susto que les saque de su complacencia. ¿Por qué no celebrar uno de sus encuentros bimestrales en el hiperinflacionario Zimbabue? Puede que no resultara cómodo, pero sí muy instructivo.

Según la agencia oficial de estadística de Zimbabue, en 2007 la inflación superó el 66.000%, lo que se parece más a la Alemania de Weimar que a la África de la actualidad. Por supuesto, por mucha curiosidad que puedan sentir, los gobernadores de los bancos centrales podrían llegar a la conclusión de que reunirse en Harare sería muy poco práctico e inaceptable desde el punto de vista político.

Afortunadamente hay muchos destinos más con una inflación elevada, aunque menos espectacular. Incluso Estados Unidos tenía el año pasado una inflación del 4%.

Muchos gobernadores de bancos centrales y economistas argumentan que la inflación mundial actual en aumento es sólo una aberración temporal, provocada por los precios de los alimentos, los combustibles y otras materias primas, que están por las nubes. Es verdad que los precios de muchas materias primas esenciales han aumentado entre un 25% y un 50% desde comienzos de año. Pero si los gobernadores de los bancos centrales creen que la inflación actual es únicamente el producto de la escasez de recursos a corto plazo y no el de una política monetaria relajada se equivocan. El hecho es que en la mayor parte del mundo, la inflación seguirá aumentando a menos que los bancos centrales empiecen a endurecer sus políticas monetarias.

La inflación en EE UU se contendría de no ser porque tantos países, desde Oriente Próximo hasta Asia, ligan sus monedas al dólar. Otros, como Rusia y Argentina, no se vinculan literalmente al dólar, pero intentan, no obstante, suavizar las fluctuaciones. En consecuencia, siempre que la Reserva Federal recorta los tipos de interés ejerce presión sobre todo el bloque del dólar para que éste haga lo propio, no sea que sus monedas se revaloricen al buscar los inversores un rendimiento más alto.

Por consiguiente, la política monetaria más flexible de EE UU ha marcado el ritmo de la inflación en una parte considerable -quizás hasta el 60%- de la economía global. Pero con la mayoría de las economías en mucha mejor forma que la de EE UU y la inflación ya en claro aumento en la mayor parte de los países con mercados incipientes, un estímulo monetario agresivo es lo que menos necesitan ahora mismo.

Por el momento, el Banco Central Europeo (BCE) está manteniendo la calma, pero lo más probable es que esté conteniéndose para no subir los tipos de interés en parte por miedo a hacer que el valor del euro, que ya se encuentra en máximos históricos, siga subiendo. Asimismo, al BCE le preocupa que si la recesión de EE UU termina siendo contagiosa, quizás tenga que dar media vuelta y recortar los tipos drásticamente de todos modos.

Así que, ¿qué va a pasar a continuación? Si EE UU pasa de una recesión suave a una profunda, las implicaciones deflacionarias globales compensarán algunas de las presiones inflacionarias a las que el mundo se está enfrentando. Los precios globales de las materias primas se desplomarán y los de muchos bienes y servicios dejarán de incrementarse tan pronto como aumenten el desempleo y el exceso de capacidad.

Está claro que una recesión en EE UU también conllevará nuevos recortes de tipos por parte de la Reserva Federal, lo que exacerbará más adelante los problemas. Pero las presiones inflacionarias serán aún peores si la recesión en EE UU sigue siendo suave y el crecimiento global sigue siendo sólido. En ese caso, la inflación podría aumentar fácilmente hasta alcanzar los niveles de los años ochenta (si no de los setenta) en casi todo el mundo.

Hasta ahora, la mayoría de los inversores han pensado que prefieren arriesgarse a que haya una inflación alta durante unos años a aceptar una recesión, aunque sea corta y poco profunda. Pero olvidan con demasiada facilidad los costes de una inflación alta y lo difícil que es eliminarla del sistema. A lo mejor, también ellos debieran probar a organizar alguna que otra conferencia en Zimbabue y ver la realidad con sus propios ojos.

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública de la Universidad de Harvard y ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional.

(c) Project Syndicate, 2008.

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Un baño de realidad inflacionaria, de Kenneth Rogoff en Project Syndicate

Posted in Economía by reggio on 22 marzo, 2008

Mientras la inflación sigue creciendo en todas partes, quizá los bancos centrales del mundo necesiten una sacudida que los saque de la complacencia. ¿Qué tal llevar a cabo una de sus reuniones bimensuales en la Zimbabwe hiperinflacionaria? Tal vez no resulte cómodo, pero sería educativo.

Según la agencia oficial de estadísticas de Zimbabwe, la inflación alcanzó el 66.000% en 2007, lo que se asemeja más a la Alemania de Weimar que al Africa moderna. Si bien nadie está completamente seguro de cómo hizo el gobierno para calcular los precios, dado que prácticamente no hay nada a la venta en los negocios, la mayoría de los indicadores sugieren que Zimbabwe tiene buenas chances de romper los récords mundiales de inflación.

Por supuesto, por más curiosos que pudieran parecer, los banqueros centrales podrían decidir que reunirse en Harare sería demasiado inconveniente y políticamente indigerible. Por suerte, hay otros muchos destinos inflacionarios agradables, aunque menos espectaculares. La inflación en Rusia, Vietnam, Argentina y Venezuela está sólidamente instalada en los dos dígitos, sólo para nombrar algunas posibilidades.

De hecho, a excepción de Japón que está acosado por la deflación, los banqueros centrales podrían reunirse casi en cualquier parte y ver una inflación alta y en alza. A las autoridades chinas les preocupa tanto la inflación del 7% de su país que están imitando a la India e imponen controles de precios sobre los alimentos. Incluso Estados Unidos tuvo una inflación del 4% el año pasado, aunque la Reserva Federal de alguna manera esté convencida de que la mayoría de la gente no se va a dar cuenta.

Muchos banqueros centrales y economistas sostienen que la creciente inflación global de hoy es sólo una aberración temporaria, impulsada por los crecientes precios de los alimentos, el combustible y otras materias primas. Es verdad, los precios de muchas materias primas clave están entre un 25% y un 50% más altos que a principios de año. Pero si los banqueros centrales piensan que la inflación de hoy es simplemente producto de una escasez de recursos a corto plazo y no de una política monetaria laxa, se equivocan. El hecho es que, en gran parte del mundo, la inflación -y llegado el caso las expectativas inflacionarias- seguirá subiendo a menos que los bancos centrales empiecen a ajustar sus políticas monetarias.

Estados Unidos hoy es el origen de la inflación global. Frente a una combinación viciosa de precios de viviendas que colapsan y mercados crediticios que implosionan, la Fed ha sido agresiva a la hora de recortar las tasas de interés en un intento por evitar una recesión. Pero aunque la Fed no lo admita en sus pronósticos, el precio de esta “política de aseguramiento” casi con certeza será una inflación más elevada, y quizá por varios años.

La inflación de Estados Unidos estaría contenida excepto por el hecho de que muchos países, desde Oriente Medio hasta Asia, pegan sus monedas al dólar. Otros, como Rusia y Argentina, no tienen una paridad literal con el dólar pero, de todos modos, intentan suavizar los movimientos. En consecuencia, cada vez que la Fed recorta las tasas de interés, ejerce presión sobre todo el “bloque del dólar” para que haga lo mismo, por miedo de que sus monedas se aprecien a medida que los inversores buscan mayores rendimientos.

Una política monetaria más laxa en Estados Unidos, en consecuencia, ha marcado el ritmo de la inflación en una porción importante -tal vez cercana al 60%- de la economía global. Pero, dado que la mayoría de las economías en Oriente Medio y Asia están en mejor forma que Estados Unidos, y teniendo en cuenta que la inflación ya trepa de manera sostenida en la mayoría de los países emergentes, un estímulo monetario agresivo es lo último que necesitan en este momento.

El Banco Central Europeo se mantiene calmo por el momento, pero probablemente él también esté frenando cualquier suba de la tasa de interés en parte por miedo a hacer subir aún más el euro, que ya alcanzó niveles récord. Y el BCE teme que si la recesión norteamericana demuestra ser contagiosa, tal vez tenga que cambiar de rumbo y empezar a recortar las tasas de todas maneras.

Ahora bien, ¿qué sucede a continuación? Si Estados Unidos pasa de una recesión suave a una recesión profunda, las implicancias deflacionarias globales cancelarán algunas de las presiones inflacionarias que enfrenta el mundo. Los precios de las materias primas globales colapsarán, mientras que los precios de muchos bienes y servicios dejarán de subir tan rápidamente a medida que crezca el desempleo y el exceso de capacidad.

Por supuesto, una recesión norteamericana también traerá aparejados más recortes de las tasas de interés por parte de la Fed, lo cual exacerbará los problemas más tarde. Pero las presiones inflacionarias serán aún peores si la recesión norteamericana sigue siendo suave y el crecimiento global se mantiene sólido. En ese caso, la inflación podría aumentar fácilmente a los niveles de los años 1980 (si no, de los años 1970) en gran parte del mundo.

Hasta ahora, la mayoría de los inversores pensaron que preferirían arriesgarse a una inflación alta por un par de años que aceptar incluso una recesión breve y poco profunda. Pero se olvidan fácilmente de los costos de la inflación alta y de lo difícil que es erradicarla del sistema. Tal vez ellos también deberían intentar llevar a cabo algunas conferencias en Zimbabwe y darse su propio baño de realidad.

Kenneth Rogoff es profesor de Economía y Política Pública en la Universidad de Harvard y fue economista principal del FMI.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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Traducción de Claudia Martínez.

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