Reggio’s Weblog

Una lengua con otras lenguas /1, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Cultura, Derechos, Educación, Política by reggio on 12 julio, 2008

La multiplicidad de las lenguas es una irrefragable realidad mundial que la globalización ha incorporado a nuestra experiencia cotidiana. Cerca de 6.000 lenguas censadas cuya presencia activa tiene muy diversos niveles de utilización -desde la abrumadora hasta la apenas perceptible, pues en más de 500 ámbitos lingüísticos casi no llegan a 100 sus usuarios- y en múltiples casos con una muy precaria existencia en el propio espacio comunitario, por la batalla lingüística y por la avalancha de otras lenguas.

Unas 30.000 personas, en su mayoría familiares de las víctimas, asistieron ayer en Srebrenica al entierro de los restos de 307 hombres musulmanes asesinados en 1995 por el Ejército serbobosnio del general Ratko Mladic. El acto marcó el 13º aniversario de una matanza (más de 8.000 varones fueron asesinados) calificada de genocidio por el Tribunal Internacional de Justicia de la ONU. Las pruebas de ADN desvelaron la identidad de los muertos. De edades comprendidas entre 18 y 84 años, fueron arrojados en su día a fosas comunes.

En el primer caso hay que situar aquellas en las que los antagonismos nacionalistas se han subido a caballo de las lenguas, como en Bélgica, donde la rivalidad entre el francés y el flamenco se ha complicado con el enfrentamiento entre las comunidades territoriales de Walonia, Flandes y Bruselas. Sin olvidar a Malta, Quebec, Cataluña y tantos otros ámbitos.

En el segundo, nos encontramos con una turbamulta que va desde las 380 lenguas de la India, pasando por las 410 de Nigeria y las 670 de Indonesia hasta el opresivo abigarramiento de las 850 de Nueva Guinea. Recordando también su vigencia institucional que tiene en la Unión Europea una tan brillante ilustración, con las 23 lenguas oficiales para 27 Estados y con un Comisariado (ministerio), reservado exclusivamente al multilingüismo, regido hoy por el rumano Leonard Orban.

Abram de Swaan en Words of the World (Polity Press 2001), insiste en que el contacto y la interacción entre las lenguas depende de que su ubicación en el universo lingüístico sea periférica o central. Los lenguajes periféricos recurren casi siempre a la intermediación de una lengua común con fuerte capacidad conectiva como el quechua en América del Sur, o el wolof, lingala y bambara en África, que se constituyen y funcionan como lenguas centrales.

En Europa, todas las lenguas nacional-estatales asumen una función de centralidad conectora, obviamente con muy distintas modalidades respecto de las lenguas regionales: como sucede con el holandés para el frisón; con el finlandés para el sami, con el francés para el alsaciano, bretón, corso, euskera, occitano. En la perspectiva mundial en la que es hoy inevitable situarse tanto Swann como Jean-Louis Calvet (Por una ecología de las lenguas del mundo, Plon 1999) proponen la figura de lenguas hipercentrales que reducen a 10: árabe, chino, inglés, español, francés, hindi, malayo, portugués, ruso y suajili, a las que confían la responsabilidad de asegurar una mínima comunicabilidad dentro de cada macroárea lingüística y entre ellas.

La gran dificultad en este tema es la de distinguir en el tratamiento de las lenguas entre la dimensión de su uso cotidiano predominantemente privado y la utilización política, eminentemente pública, de las mismas porque está ligada a la indisociabilidad de identidad colectiva y lengua en todas las comunidades.

Es evidente que lo que no es ni legítimo ni deseable es que los líderes de cualquier comunidad, histórica o reciente, impongan la utilización de su lengua o lenguas a los miembros de otros ámbitos lingüísticos con fines políticos nacionalistas. Lo que sí es, en cambio, deseable e incluso necesario es impedirles que se sirvan de su política lingüística como dispositivo para, con pretexto de promover su patrimonio lingüístico, agredir a las otras lenguas. Quiere decirse que es absolutamente inaceptable recurrir a la fuerza de la ley para imponer o vetar un comportamiento lingüístico. Lo optativo y lo promotor son las modalidades que deben privilegiarse en la difícil práctica de la integración lingüística que en nuestro caso debe favorecerse, aunque reitero una vez más no imponerse, tanto a los no catalanes en Cataluña, como a los no hispano-parlantes, en particular a los no europeos en el resto de España. Pues es inevitable que a éstos, en particular a los africanos no lingüísticamente integrados, se les confine en los niveles últimos de la escala laboral, es decir, se les destine a constituir un subproletariado oprimido y explotado.

En el número 9 de Manière de Voir de Le Monde Diplomatique, de febrero-marzo 2008, al que debe mucho esta reflexión, se subraya el empobrecimiento que supone la abrumadora primacía del inglés, que nos está convirtiendo a todos en colonizados lingüísticos e impidiendo no ya el multilingüismo, sino hasta el bilingüismo, tan justificado en España.

Porque no es discutible que el conocimiento de dos lenguas del universo lingüístico latino nos permitiría circular por él con seguridad y provecho a la par que confirmaría la potencia del espacio cultural con sus modos y sus usos. Pluralismo, pues, de las lenguas e integración lingüística, pero con diversidad cultural.

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Imposible Europa política, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 5 julio, 2008

El no al Tratado Constitucional Europeo de Francia y Países Bajos primero, de Irlanda al Tratado de Lisboa después, ahora de Polonia y las amenazas de la República Checa y demás compañeros de reticencias europeas han despertado los viejos fantasmas de la Europa política. ¿Queremos crear una comunidad política única o sólo un espacio económico coordinado pero múltiple? La pregunta sigue todavía en el aire y es evidente que cuanto más numerosos sean sus miembros, más difícil será que encuentren una respuesta coherente y satisfactoria para todos. No se trata, como pretenden los etnicistas, de que la inexistencia de un demos europeo impida contar con ese factor aglutinante que resolvería el problema, sino que el antagonismo, siempre en activo entre impulsos comunitarios y diferencialismos nacionales entre ampliación y profundización es cada día más extremado y pugnaz. A ello ha contribuido de manera decisiva la mundialización, con sus perturbaciones y sus miedos, que al empujar los Estados a un enclaustramiento agresivo hace de la seguridad y de la defensa de sus prerrogativas su principal objetivo. Pero, además, la ampliación a nuevos miembros ha sido un perverso acelerador de la exaltación nacionalista y del encerramiento preventivo y protector. Pues de forma paradójica, el hecho de que hayamos pasado de 6 a 27 miembros lejos de haber reforzado nuestro ego comunitario ha disminuido los niveles de autosatisfacción europea. Tal vez ello provenga de que en muchos casos las nuevas incorporaciones no respondían a urgencias de los postulantes, sino a consideraciones tácticas de los viejos Estados miembros, lo que tenía que problematizar el entusiasmo de los nuevos candidatos y banalizar el éxito que suponía formar parte de la Unión.

Hace 20 años, cuando todo esto comenzaba a percibirse surgió la necesidad de acoger en un marco geopolítico europeo a los países que acababan de liberarse de la opresión soviética y que aspiraban a incorporarse al concierto occidental. La sagacidad política de François Mitterrand, entonces presidente de la República Francesa, le llevó a plantearse en 1990, la necesidad de crear un dispositivo institucional que encuadrara la gran Europa, susceptible de integrar a todos los países del Este que lo solicitasen, pero sin que ello supusiera una invalidación por dilución del proyecto político que vehiculaba la UE. Al proyecto se le llamó Confederación Europea, lo que frente al término Federación que reivindicábamos los europeístas más militantes, apuntaba a un conjunto estrechamente interrelacionado de sus miembros, pero que no afectase a la plena autonomía de cada uno de ellos. Por otra parte, Confederación tenía una dimensión jurídico-institucional superior a la más genérica de Comunidad o a la más difusa de Construcción. Mitterrand designó como principales gestores de la propuesta a dos estrechos colaboradores suyos, Hubert Védrine y Jean Musitelli, y se concentró en la búsqueda de una personalidad de los nuevos países que por su sola cocapitanía del proyecto lo dotase de la credibilidad pero sobre todo de la legitimidad simbólico-política que necesitaba. Lo encontró en la persona de Václav Havel que pronto accedería a la presidencia de la República de Checoslovaquia y que entonces, notable escritor recién salido de la cárcel, gozaba de un extraordinario prestigio. Havel se sumó ilusionadamente al proyecto y cuando hubo que decidir el lugar de su lanzamiento propuso y se aceptó su ciudad de Praga en la que se realizó el 14 de junio de 1991. Se crearon cinco comisiones específicas que debían ocuparse de los temas más determinantes y cada una elaboró una serie de propuestas concretas que fueron presentadas y debatidas en las sesiones plenarias. La publicación de las actas en Les Assises de la Confédération Européenne, Editions de l’Aube, 1991, dan más amplia información a este respecto.

En esa época yo era director general de Educación y Cultura del Consejo de Europa y seguramente a causa de ello se me eligió presidente de la Comisión de Cultura. Lo que me permitió comprobar, por una parte, que la utilización del Consejo de Europa para esta operación, que hubiera facilitado mucho la iniciativa, no servía, porque los países del Este pedían un ámbito nuevo que les fuera específicamente destinado y que sirviera como antesala para que los que quisieran se incorporasen luego a la UE. Y por otra, que la oposición atlántica y más concretamente de EE UU a una Gran Europa de vocación política, era absoluta. Las intervenciones del Departamento de Estado para que se propusiera el lanzamiento de la Confederación, rematadas por las dos conversaciones de Bush padre con Havel, pidiéndole que renunciara al Proyecto, fueron decisivas para su abandono. Como ya relaté en una columna en este diario de 28-01-2005, tuve ocasión de comprobar la exactitud de estos hechos en una reunión semipública con el presidente Bush senior, en los Cursos de Verano del Escorial que en ese momento yo presidía, en la que nos confirmó la hostilidad de su Gobierno a cualquier conjunto europeo con Rusia dentro. Una Europa-mercado, bueno, pero un orden político europeo global desde el Atlántico a los Urales, eso nunca.

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La ‘federofobia’ en Europa, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 28 junio, 2008

La negativa irlandesa al Tratado de Lisboa y la desafección creciente a la Europa política corresponden al auge cada vez mayor del nacionalismo de los Estados, que, apoyado en la fervorosa identificación étnica y/o cultural con sus países, condenan a la inexistencia ciudadana a los no connacionales. Por eso, no sólo asumo, con honra aunque con pesadumbre, los calificativos de “ignorante supino y demagogo” con que nos obsequia el jefe del Gobierno español a los que no nos conformamos con la letra pequeña y rechazamos la directiva europea de la inmigración, sino que reclamo otros adjetivos más agraviantes para quienes, como yo, consideramos que, desde una opción de progreso, la aceptación de la directiva, sólo negada por Pepe Borrell, Raimon Obiols y parte de sus compañeros europarlamentarios, es de un oprobioso posibilismo.

Ya sabemos que los tiempos son propicios a las histéricas reacciones fóbicas contra aquellos que seguimos defendiendo la necesidad de las comunidades abiertas y del federalismo solidario, sea éste europeo o de cualquier otra referencia macro-regional, con la circunstancia degradante de que hace ya tiempo que toleramos sin sangre que un parafascista como Le Pen nos motejase de federastas, al igual que aceptamos, casi sin rechistar, un Tratado Constitucional que consagra el triunfo total de la Europa de los Estados. Tratado que transformó la UE en un matrimonio de conveniencia que, como precisó el líder ultraconservador Václav Klaus, entonces presidente del Gobierno de su país, se mantiene mientras convenga a los intereses del partido al que se pertenece y se le pone fin cuando ya no interese. Con lo que la construcción de Europa se somete a una doble y lamentable contabilidad coste-beneficio, por una parte, al servicio de las grandes empresas, y, por otra, de los grandes partidos.

Es evidente que en ese planteamiento no caben ni los avances, ni siquiera las pequeñas alegrías en materia social, ni ningún recorte significativo al poder de los Estados. Para los primeros, basta con recordar la función de cancerbero que cumple el Banco Central Europeo, defendiendo la ortodoxia monetaria y el Pacto de Estabilidad, vigilancia que nos ha impedido ir más allá de lo que ya teníamos en la Carta Social Europea de Turín del año 1961 o en la Carta Comunitaria de los Derechos Sociales de los trabajadores de 1989. Para los segundos, el Tratado Constitucional confirma el primado de la lógica estatal sobre el principio comunitario, y la expresión federalismo intergubernamental con que se le ha caracterizado celebra el pleno triunfo de los Estados, que se reservan la totalidad de las decisiones, que además deben ser unánimes para todos los temas capitales como la PESC, la fiscalidad, la autonomía del BCE, todos los asuntos sociales, la reforma de la Constitución, etcétera. Pero donde el Tratado autodelata con más claridad su condición intergubernamental es en el tratamiento de la Comisión, que, entre todas las instituciones europeas, es la única que, de alguna manera, tiene resabios metagubernamentales, al intentar reducirla a un simple secretariado ejecutivo. A dicho fin se prevé el aumento de casi el 50% en su contenido de trabajo, pero se mantienen, en cambio, constantes tanto los presupuestos de funcionamiento como el staff funcionarial, y se encarga al vicepresidente Kinnock la creación de agencias reglamentarias para que asuman las actividades hasta entonces a cargo de la Comisión. Es decir, se sustrae aquello que era ya de estricta responsabilidad comunitaria.

Europa es hoy una de las primeras áreas económicamente integradas del mundo, y su capacidad comercial, industrial y de servicios, su economía del conocimiento, su potencia tecnológica, su arsenal informático, sus niveles de consumo, la sitúan en el pelotón mundial de cabeza. Pero esos logros se han conseguido destruyendo el modelo de sociedad que se buscaba: un paro que no cesa, un medio ambiente múltiplemente agredido, una dramática precariedad social, una implosión de la solidaridad que ha generalizado la exclusión social, una, hoy por hoy, irrecuperable regresión europea. A la que el sarkoberlusconismo, que es el sistema que nos amenaza, añade el Estado-empresa y la democracia-competitiva, con la importación literal al mundo político de las tecnologías del mercado y el evangelio de la eficiencia, fundiendo en el com-management el dogma empresarial con la teatralización mediática. De ello me he ocupado con cierto detalle en mi libro Por una Europa política, social y ecológica, Foca Edic. 2005.

Por lo demás, como allí apunto, el largo debate entre federalistas y funcionalistas en la segunda mitad del siglo XX, que acaba con la absoluta victoria del funcionalismo, ha sido decisivo para el abandono de los objetivos políticos y de cualquier proyecto no económico de algún calado. La doctrina de los pequeños pasos, la creencia eminentemente funcionalista de que sólo si desistimos de promover una comunidad políticamente unida podremos acabar consolidando la construcción europea, nos han llevado a la Europa que tenemos: un gigante económico, un enano político, un indigente social.

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Egotización pública, obscenidad política, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 21 junio, 2008

El título de esta columna apunta a la tendencia hoy dominante, a la celebración triunfal del protagonismo del sujeto, a la glorificación permanente de los avatares del yo que acompaña la información sobre la mayoría de los procesos del acontecer mundial, en particular por lo que se refiere a su dimensión pública, a su relevancia colectiva. La personalización teatralizada, o mejor audiovisualizada del quehacer público en esta fase postpolítica de la política, al mismo tiempo, popular y crispadamente elitista, en la que la obra sucumbe siempre a manos de su creador, en la que los escritores engordan devorando sus escritos, en los que la música enmudece ante el ruido de los músicos, en la que la aventura desaparece para que aparezca el aventurero. Esta pantofagia del autor respecto de sus acciones y productos tiene como función esencial la de eliminar todo lo que no sea él, la de constituir las identidades personales, en primer lugar, la suya, en la única realidad que merece estar en el mundo. Esta preferencia irrestrictiva por los territorios de la intimidad, por los usos de la emoción, por las prácticas especulares del espectáculo público que nos reenvía siempre la misma imagen, la nuestra, nos confina en un espacio en el que sólo puedo estar yo, a solas conmigo mismo, espectador único de un teatro que me está exclusivamente reservado. Narciso tiránico, perspectiva única, la única contemporaneidad a que mi autocontemplación me reenvía.

Salir de ella implica un coming out al que Régis Debray acaba de calificar con el trueno gordo de obscenidad. En su último libro, que lleva precisamente por título La obscenidad democrática (Flammarion, 2008), presenta con la agudeza analítica que le es habitual y una brillantez metafórica más desbordada que nunca, las características del ejercicio de exhibicionismo político a que nos estamos refiriendo. Partiendo de las consideraciones de La sociedad del espectáculo (Guy Debord, 1967) que es cada vez más la nuestra, Debray nos presenta las diversas formas de strip-tease posible, las distintas modalidades más utilizadas para enseñar lo que normalmente debe ocultarse. Es decir, el saber de las artes del desembalaje, las sutilidades de la impudicia, los réditos que produce el resituarse bajo los focos, en especial cuando a uno le han obligado a abandonar la escena (obs-ceno = fuera del escenario), o sea el sacrificio de toda la parafernalia de lo simbólico en el altar de lo personal. Con lo que la realidad se nos llena de insignificancias apasionantes, de privacidades fútiles y goliardas, de anécdotas menores, materia de literatos de best sellers, compañeros del runrún de las siestas. Ejemplos tantos, de los que nos alimentan las crónicas de estos días, como esa preciosidad que nos han ofrecido Paul-Eric Blanrue y Chris Laffaille con el irresistible titulo de Carla et Nicolas, chronique d’une liaison dangereuse (Scali, 2008), así como Carla et Nicolas, la verdadera historia de Yves Azeroual y Valérie Naim (Edit. du Moment, 2008) tan rebosantes de anécdotas de alcoba como la que se nos cuenta a propósito de la cena en el Elíseo, en la que Carla y Rachida (Dati, ministra de Justicia y predilecta del presidente) visitan juntas los apartamentos de la mansión presidencial y al llegar a la alcoba nupcial la nueva esposa le susurra a la ministra: “¿A que te hubiera gustado acostarte aquí?”. El combativo periodista Edwy Plenel, en un artículo de esta semana en la revista Marianne, habla, a propósito de hechos como éste, de una sociedad “abastardada y decadente, en la que lo irrisorio y lo ridículo se llevan la palma”.

Pero más allá de lo mostrenco de este anecdotario de humedades de cama, lo único relevante es su definitiva contribución a la fijación especular del poder y de sus líderes, condición esencial de la eficacia del sistema y de su funcionamiento. El Sarkoberlusconismo, como lo designa Pierre Musso (Ed. de l’Aube, 2008), es un nuevo modelo de formación política que se apoya en los partidos-empresa, en la capacidad de venta de las grandes plataformas electorales, en la estricta bipolarización de las fuerzas políticas, y en la psicologización de sus líderes, catapultados por potentes plataformas publicitarias cuyo eje central sigue siendo la televisión. Berlusconi montó Forza Italia, Publitalia y Mediaset; y Sarkozy se apoderó de la UMP, se asoció con la Boston Consulting Group y fue ganando uno a uno la amistad de los grandes patronos de los medios franceses. Ya los he citado varias veces: Martin Bouygues, Bernard Arnault, Olivier Dassault, François Pinault, Arnaud Lagardère, Hersant, Colombani y Alain Minc. No satisfecho con ello, el presidente nombra y desnombra las grandes vedettes televisivas. Ahí está la anunciada desaparición de Poivre d’Arvor y su sustitución por Laurence Ferrari. ¿Quién da más?

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El socialismo liberal / y 5, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 7 junio, 2008

https://reggio.wordpress.com/2008/05/10/el-socialismo-liberal-1-de-jose-vidal-beneyto-en-el-pais/

https://reggio.wordpress.com/2008/05/17/el-socialismo-liberal-2-de-jose-vidal-beneyto-en-el-pais/

https://reggio.wordpress.com/2008/05/24/el-socialismo-liberal-3-de-jose-vidal-beneyto-en-el-pais/

https://reggio.wordpress.com/2008/05/31/el-socialismo-liberal-4-de-jose-vidal-beneyto-en-el-pais/

Todos somos, de alguna manera, víctimas de nuestros propósitos y eso es lo que les está sucediendo a estas columnas sobre el “socialismo liberal”. Mi intención era dar razón, como creo que cumple al tratamiento periodístico, de una de las modas ideológicas actuales más celebradas en la esfera política moderada: la conciliación complementaria entre socialismo y liberalismo como vía de penetración / recusación, en definitiva tiro de gracia a la tan anémica fundamentación teórica del socialismo último. Anemia que quizá tenga como causa principal la extraordinaria pérdida de presencia y de prestigio del marxismo. Pero al entrar en el tema redescubrí la notable consistencia intelectual de las reflexiones pioneras producidas al amparo de la denominación socialismo liberal, que, tomando pie en el pensamiento de Proudhon, encontraron en el siglo XX poderosos resonadores en las grandes democracias europeas. En Alemania con Eduard Bernstein, Friedrich Nauman y sobre todo el economista Franz Oppenheimer, con unos ramalazos finales que alcanzan a Habermas. En el Reino Unido, la corriente social liberal, como era esperable, abunda en nombres desde los iniciales de Stuart Mill, Green y Hobhouse hasta las más recientes de Cole, Tawney, Titmuss, Crosland, etcétera, cuyo objetivo principal es asociar crecimiento económico y justicia social, olvidando a Giddens. Italia es la tierra de elección de la corriente socialista-liberal, con su primer y principal promotor Carlo Rosselli, al que me he referido ya, y su culminación en el gran Norberto Bobbio, para quien libertad e igualdad son una realidad vivida cuando los excluidos son efectivamente libres, es decir, pueden salir de su exclusión.

Francia es el país donde el socialismo liberal se vive más conflictivamente y no por falta de representantes. Pues más allá de la inspiración proudhoniana, y ya en el siglo XIX, cuenta con las personalidades del filósofo Charles Renouvier, de Charles Andler, del belga Henri De Man, y sobre todo del más influyente pensador socialista francés Jean Jaurès, fundador de la SFIO, primera apelación del Partido Socialista francés; a los que en el siglo XX, se añaden Léon Blum y André Philip, enarbolando la bandera de la emancipación del pueblo obrero y apuntándose, en cierta manera, al socialismo liberal. El último fue un soporte incondicional de los antifranquistas españoles en Francia y por ello Enric Adroher Gironella y yo mismo le somos tan grandes deudores.

El reader Le Socialisme libéral. Une anthologie: Europe, Etats-Unis, Ed Esprit 2003, de Monique Canto-Sperber, seguramente la más pugnaz promotora del proyecto de arrinconar al socialismo histórico de inspiración marxista, y de sustituirlo por un liberalismo social, presenta en su libro Les règles de la liberté, Plon, 2003, que acaba de republicar con el título de Le libéralisme et la gauche, Hachette-Littératures, 2008, los pretendidos argumentos de la total inadecuación del socialismo, incluso en su versión social democrática, con el mundo actual. Bajo el epígrafe de “una falsa buena idea”, la autora procede a su desahucio definitivo, pues la “evolución de la realidad económica con la financiarización de la economía, la autonomización de los mercados financieros, la transformación del capitalismo industrial en capitalismo patrimonial, la agudización de la competencia mundial y la hegemonía de la economía de la información y del conocimiento condenan a la impotencia a los poderes públicos”. Por lo demás, los instrumentos keynesianos típicos: la política monetaria basada en las devaluaciones y las políticas presupuestarias con el juego de los déficits son hoy inutilizables por las reglas de la Unión Monetaria Europea. A lo que según los liberales deben agregarse las mutaciones operadas en el mundo del trabajo: generalización de la precariedad laboral, dominación de la economía de servicios y de su capacidad desestabilizadora, y en especial la agravación del paro, el insostenible crecimiento del costo de los programas sociales y los recursos cada vez más exiguos generados por las políticas fiscales. ¿Qué sentido tiene en esta situación hablar de social democracia? Aunque pueda coincidirse en buena medida con este dramático diagnóstico, lo que no es de recibo, por mucho optimismo liberal que se le eche, es querer superarlo a golpe de “autonomía de la sociedad civil” y de “gobernación mundial” como sostienen los liberales. ¿Qué cabe pues hacer?

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El socialismo liberal / 4, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 31 mayo, 2008

Los textos son casi siempre generadores de ambigüedad y con frecuencia de confusión. En especial los periodísticos. Esto es lo que está sucediendo con mi contribución al tema al que vuelve este artículo. Conviene pues que diga que yo no defiendo, no he querido defender la corriente ideológica-política que cubre la designación socialismo liberal sino que habiendo vuelto a encontrar, 30 años después, los fecundos e ignorados textos de Carlo Rosselli, Guido Calogero, Jean Matouk, Rainer Eisfeld y Aldo Capitini he comprobado que la problemática que les era común conservaba toda su centralidad. Pues la necesidad de instalar la libertad en el corazón mismo de la igualdad y de establecer entre ambas una indisociabilidad radical tiene hoy mayor vigencia, si cabe, que cuando Bobbio la postulaba en Quale Socialismo? -Einaudi 1976-.

Los escapismos individualistas y las exquisiteces hedonistas del pensamiento postmoderno han dejado intacta la estructura de la dominación: los ricos cada vez más poderosos y los poderosos cada vez más ricos. Los promotores de la libertad perdidos en su burbuja personal, los defensores de la justicia social dispuestos a sacrificarlo todo en el altar de lo colectivo. Frente a esta doble renuncia, el sincretismo de las conciliaciones blandas de la Tercera Vía a que nos invita Giddens es un más de lo mismo, absolutamente condenable porque confirma, querido colega Antonio González, el primado de lo híbrido, que acompaña el vivir contemporáneo y subraya lo incongruente de un antagonismo que funciona como desencadenante de múltiples reacciones casi inútiles en la misma dirección.

Entre ellas, en estos días, aquí en Francia, dos en forma de libros-entrevista. Uno de un joven cuarentón franco-catalán, hijo de un gran pintor barcelonés, Xavier Valls, que proclama al mismo tiempo su moderación y su impaciencia de poder, exigiendo una renovación total pero sin romper nada, sin agravios ni sangre. Manuel Valls en las casi 200 páginas de su diálogo con Claude Askolovitch, proclama una y otra vez su pragmatismo, que con los resultados de su acción como alcalde de la ciudad de Evry, son su única credencial política. Un pragmático que quiere cambiarlo todo, hasta el nombre de su partido que dejaría de llamarse socialista. Lo mejor de Manuel Valls, con sus prisas y su simpática ingenuidad, es que no engaña, comenzando por el título de su libro Para acabar con el viejo socialismo… y ser por fin de izquierdas. El autor, de un extremo posibilismo, reivindica, con las debidas precauciones, los OGM y la energía nuclear así como su convencimiento de que “no se puede ser progresista, si no se es liberal”. No tiene sentido, porque no es su propósito, buscar en el libro de Valls una profundización de estos términos y de la posible fecundidad de su conjunción. A él le basta con proclamarse renovador.

La otra reacción también de un alcalde, pero esta vez de París, es la de Bertrand Delanoë, al que el actual director del diario Libération, Laurent Joffrin, somete a una larga entrevista, que acaba de ser publicada en forma de libro con el título de De l’audace! Después de siete años al frente de la alcaldía parisina y de un balance que se considera, en términos generales, positivo, Delanoë es un serio candidato a la jefatura del Partido Socialista francés, y más allá a la presidencia de la república de su país, ya en competencia abierta con Ségolène Royal y la larga lista de rivales potenciales: François Hollande, Lionel Jospin, Strauss-Kahn, etc., razón que aconseja dejar su tratamiento en detalle para mejor ocasión.

Hoy y aquí sólo insistir en su vocación y capacidades de gestión desde la izquierda que profesa y ejerce. Delanoë el antigauchista militante, totalmente alérgico al comunismo, para quien la economía de mercado no es una opción ni un debate sino un hecho, sólo se interesa por los proyectos que conducen a la acción como es propio de quien se considera parte de la izquierda de gobierno. Lo que quiere decir, según él, aceptar las exigencias de la gestión e introducir los métodos del management privado en la administración pública, o sea, conocer y adoptar la cultura de la empresa. Todo esto lo dice y hace el alcalde de París con la serenidad y autoridad con la que se declaró públicamente homosexual. Delanoë se manifiesta como liberal porque considera la libertad como algo irrenunciable en un demócrata socialista. Pero sin ahondar tampoco en esta necesaria coexistencia.

Por lo demás, la implacable redundancia mediática vuelve al tema, una y otra vez. En Le Monde de ayer dos referencias: una de Thomas Ferenczi en su crónica Las socialdemocracias en busca de renovación y otra de Christian Salmon en su columna de la última página.

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El socialismo liberal / 3, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 24 mayo, 2008

No hay programa más movilizador que el de una buena utopía, sobre todo si es necesaria

El pensador y analista social Jürgen Habermas, considerado la figura más relevante de la segunda hornada de la Escuela Crítica, no puede calificarse como un miembro de pleno derecho del grupo promotor del socialismo liberal, pero su obsesión por la urgencia en refundar la democracia y su insistencia en la necesidad de repensar el socialismo lo sitúan en el cogollo mismo de las preocupaciones de quienes defienden que la libertad que aparece como quintaesencia del liberalismo y la igualdad que se presenta como el propósito fundamental de los socialistas sólo pueden existir de manera efectiva si logran realizarse conjunta y simultáneamente.

Habermas, que comparte este supuesto, parte en su análisis del descalabro de la experiencia comunista, sobre la que tiene una opinión matizada, por cuanto, si por una parte condena severamente el totalitarismo, por otra teme y lamenta que con el fin del comunismo desaparezcan las exigencias sociales introducidas para equilibrar el dogma productivista, el primado absoluto de la economía y el reino de la desigualdad, características del capitalismo contemporáneo que el socialismo ha aceptado tal cual y con las que ha declarado que es necesario convivir.

Por otra parte, los socialistas al recibir de su propia tradición y de los comunistas una herencia en la que el trabajo es el único valor capaz de organizar la sociedad y el pueblo es el referente central y el portador capital de la soberanía popular, confirman y radicalizan las servidumbres a que conducen las características descritas. Por eso frente a ellas, al igual que frente al mitificado colectivo de trabajadores asociados, de lo que se trata es de establecer una comunidad pública de ciudadanos capaz de dar respuesta cabal al mayor número de demandas de cada uno de ellos. Frente a los macrosujetos, como el pueblo y la clase social, cuya sola virtualidad hermenéutica reside en su abstracción y generalidad y cuya exclusiva utilidad es como arma del combate político, se trata de volver, escribe Habermas como nos predicaba Husserl, a las cosas mismas, de encontrar en la intersubjetividad asumida de los actores y de sus prácticas el cimiento real de nuestra vida en común, lo que equivale en el ámbito político a apoyarse en el conjunto de interacciones, sobre todo comunicativas, que pueblan el espacio de la deliberación pública y constituyen la trama última de la democracia. Más allá de los imperativos de la sociedad del trabajo y de la ética puritana que le confiere validez máxima, Habermas nos invita a privilegiar el mundo de la comunicación humana y de la interacción ciudadana, a sustituir el ethos del trabajo por la ética del diálogo como ya había adelantado Guido Calogero.

La temática del tiempo cobra así relieve especial como no-trabajo o tiempo libre, como el espacio por excelencia de la realización personal que a su vez exige que todos los individuos dispongan de una renta mínima garantizada que se les concede no en cuanto trabajadores sino en cuanto ciudadanos. Habermas no ha desarrollado especialmente esta problemática pero sí lo han hecho los habermasianos, y en particular J.M. Ferry, quien ha propuesto una asignación dineraria anual, universal y permanente, que libere de la obligación de ser convencionalmente rentables y permita ayudar a los demás en campos específicos de la solidaridad como la enseñanza, la salud, la infancia, los ancianos, etc., actividades que Ferry califica con André Gorz como contribución social.

Este último evaluaba en 20.000 horas el volumen de la prestación que cada individuo deberá proveer como contrapartida de la citada asignación. Dado que la complejidad económica de la sociedad contemporánea y nuestra escasa capacidad inventiva nos obligan a continuar con el mercado es fundamental, por una parte, vedarle la sociedad y confinarlo en la economía y por otra hacer del Estado social y ecológico de derecho su imperativo acompañante. Un Estado que encarne y realice un nuevo Welfare State y que más allá de la burocratización y de los corporatismos restablezca la igualdad entre los que tienen un trabajo y los que sin él sólo tienen la exclusión como destino. Un Estado que alumbre una socialdemocracia en la que se ponga fin a la práctica del privilegio y se universalicen los intereses mediante el diálogo y el consenso. Lo que producirá una verdadera democracia en la que el ejercicio de la libertad de cada cual contribuirá a que todos vean satisfechas el mayor numero posible de sus necesidades y preferencias; es decir, su efectiva igualdad.

Éste es hoy el único contenido deseable del único socialismo posible, el liberal. ¿Utópico? No hay programa más movilizador que el de una buena utopía. Sobre todo si es necesaria.

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El socialismo liberal /2, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 17 mayo, 2008

Norberto Bobbio, figura mayor de la sociología italiana del siglo XX y referente principal de la vida intelectual de su país, fue un militante indefectible de la democracia y de la lucha antifascista en Italia. Primero en los grupos social-liberales de Guido Calogero, después desde las filas del Partido de la Acción, y finalmente en su denuncia última del berlusconismo corrompido y faccioso. Reivindicando el conflicto como eje articulador de la vida política, insiste en la diferencia entre derecha e izquierda, cuya negación, nos dice en Destra e Sinistra (Donzelli, 1994), es siempre represiva y funciona como coartada de la injusticia. Por lo demás, la complejidad de las sociedades actuales y su exigencia de competencias técnicas se traduce necesariamente en una jerarquización social que conlleva estratificaciones insalvables y oligarquías férreas. Frente a ello, Bobbio, en Il futuro della democrazia (Einaudi, 1984-1995), no impugna las élites, sino que aboga por su democratización mediante su apertura a la sociedad y la práctica de nuevas incorporaciones que la doten de mayor capacidad innovadora.

Porque la profundización de la democracia, según él, no puede consistir en condenar a los comunistas sino que tiene que esforzarse por integrarlos en las filas de la democracia y asociarlos en el combate para la emancipación de los trabajadores y de los oprimidos. Su voluntad de diálogo llega hasta el gauchismo, puesto que la igualdad es también para ellos el criterio fundamental entre quienes apuestan por el progreso y quienes se han apuntado a la obscena acumulación capitalista constituyendo una especie humana aparte: los superricos. Por eso, sin confundir la igualdad con el igualitarismo de Baboeuf, el gran filósofo social que fue Bobbio, sostiene que la libertad no es como pretende la derecha el soporte del enriquecimiento y que la desigualdad no es el motor del progreso histórico, sino que libertad e igualdad son indisociables y su realización conjunta es la mejor prueba de su autenticidad. De aquí su afirmación, compartida tanto por expertos europeos como extraeuropeos, y entre ellos de forma principal por Amartya Sen en La Economía es una ciencia moral, que la libertad es una responsabilidad social, y que el “ethos de la igualdad” es la esencia de la democracia representativa.

Tres pensadores mayores de lo social se enrolarán en Francia en ese difícil combate: Edgar Morin, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort. Tuve el privilegio de coincidir con el último, a finales de los años cincuenta, en algunos de esos extraordinarios ejercicios de pensar que eran las clases de Merleau-Ponty en el Collège de France. El autor de Las Aventuras de la Dialéctica, curado de su ruptura con Sartre y pacificado su espíritu, proponía un liberalismo progresista de pura libertad, un liberalismo unitivo tan alejado del conservadurismo como de las radicalidades comunistas. Claude Lefort recoge el envite y, centrándolo en los derechos humanos, los declara irreductibles al individualismo liberal, porque más allá de consagrar un espacio individual totalmente independiente del Estado, inaugura un ámbito publico de opinión y de comunicación que es la base de la democracia. Marx, dice Lefort, se equivoca al calificar a los derechos humanos de artilugios de la dominación burguesa y deja escapar con ello la capacidad emancipadora de la democracia moderna. Pues toda lucha de clases que logra salirse de la cárcava del dogma marxista desemboca en una ampliación de la libertad de todos. Desde ahí, situándose en la perspectiva del socialismo liberal, exige el reforzamiento de los derechos sociales, susceptibles de asegurar el bienestar económico y social, condición imperativa de cualquier libertad política efectiva. Sin olvidar los derechos societarios de los grupos de base (mujeres, minorías étnicas y sexuales, defensores del medio ambiente, etcétera) que al igual que sucede con los derechos sociales y contrariamente a la práctica de los derechos de opinión, de asociación o reunión, no se encierran en un estatus jurídico negativo sino que tienen condición positiva, lo que obliga al Estado a eliminar los obstáculos que los dificulten y aun más los hagan imposibles. Lefort no formula propuestas concretas, pero lo hacen quienes en su línea participan en la crítica del productivismo de la sociedad salarial de André Gorz, y prevén pasarelas, como los subsidios universales o las rentas de ciudadanía, que hagan posible la supervivencia económica de los individuos, compatible con su desarrollo personal y el cumplimiento de todos.

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El socialismo liberal / 1, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 10 mayo, 2008

En el siglo XX la lucha contra los totalitarismos nazifascistas y el desafío que representan el marxismo y el comunismo polarizan la vitalidad ideológica derivada del antagonismo político que habían mantenido el liberalismo y el socialismo durante el XIX, atenuando considerablemente el perfil diferencial de ambos y su capacidad creadora. A ello se agregan por una parte el parlamentarismo en el que los socialistas concentran su acción y, por otra, el primado de la economía en todos los planteamientos liberales que confieren a lo económico tratamiento preferente cuando no exclusivo, lo que al evacuar, de alguna manera, la confrontación directamente política, contribuye a su convergencia ideológica. Queda sólo en pie el diverso tratamiento de la cuestión religiosa, en particular en su versión integrista, cuya causa hacen suya de manera paradójica los liberales, lo que nos lleva al esperpento romano del alcalde Alemanno, que con su suegro Rauti han mantenido en Italia durante años el referente fascista, asociado hoy al gran capital de Forza Italia y fervorosamente bendecido por el Vaticano. Este pragmatismo politiquero en las alianzas está facilitado por el acercamiento de las posiciones doctrinales y por la atenuación del debate ideológico que, al coincidir con la atonía ciudadana, reduce la política a las luchas por el poder en los partidos. Todo lo cual genera una interpenetración y desleimiento simultáneos que conllevan un proceso de hibridación que recorre la segunda mitad del siglo XX e inaugura procesos de los que los principales son el liberalismo social entre los liberales y el socialismo liberal en el ámbito socialista.

Sobre ambos el centrismo político y su oportunismo maniobrero han operado una apropiación ilegítima que sólo ha servido para aumentar la confusión, cuyo ejemplo más revelador es el New Labor de Tony Blair y la propuesta de la Tercera Vía de Anthony Giddens que le sirve de corpus doctrinal. Su propósito es adecuar la socialdemocracia al capitalismo de las multinacionales mediante algunos ajustes y retoques que permitan la convivencia de ambos, después que el laborismo haya enterrado sus ideales de igualdad y justicia social. Pero esa interpretación de lo que pueda ser el socialismo liberal contradice el planteamiento y las propuestas de quienes han abordado con más rigor y radicalidad su problemática. Reduciéndonos a lo esencial, de lo que se trata es de hacer convivir libertad e igualdad, que son los grandes polos, los referentes centrales a la par que modelos que nos proponen ambas corrientes.

En los años 20/30 del siglo pasado, Carlo Rosselli, militante antifascista formado en los ideales del Risorgimento, voluntario en la guerra civil española y asesinado en París con su hermano Nello por la siniestra banda fascista La Cagoule, en sus dos libros de 1924 y 1930 sobre Socialismo liberal, hace la primera y más acabada presentación de esta nueva corriente. Para él, el liberalismo político, que nada tiene que ver con el económico al que califica de “liberismo”, sólo es inteligible como una filosofía de la libertad que hace de la autonomía del individuo al mismo tiempo su arma de combate y su objetivo final. Frente al mercado que es un simple instrumento técnico y al Estado cuya función se limita a ser un órgano de policía y de defensa, el actor principal del socialismo liberal es el mundo del trabajo al que corresponde hacer efectiva la libertad de todos y no sólo de los ricos. Para Giustizia e Libertà, el movimiento que funda durante su exilio parisino, hay que acabar con los monopolios de hecho y con la concentración de la riqueza en unas pocas manos no recurriendo a la nacionalización operada por un poder público centralizado y burocrático, sino mediante la socialización realizada por organismos autónomos gestionados por trabajadores, técnicos y consumidores. Como insistirá 15 años después Guido Calogero, sólo una socialización de este tipo permitirá democratizar las empresas, tanto públicas como privadas, poniéndolas en manos de quienes tienen que ver con ellas e impidiendo que se conviertan, sobre todo en su versión última de grandes multinacionales, en patronos-dictadores de nuestras vidas. La dimensión federalista, propuesta en especial a nivel europeo, que recoge y empuja Altiero Spinelli, cierra su cuadro programático. Tres pensadores mayores de lo social, Bobbio, Lefort y Habermas, retomarán este intento de interfundir libertad e igualdad y de pensar el cumplimiento del individuo en y por su realización social.

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La perversión de los ideales / 4, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 3 mayo, 2008

Éstos son tiempos de confusión, de voracidad, de desvergüenza. En todos los ámbitos, muy en primer lugar en el político y en el económico. Sólo existe el que gana. De ahí que el casi siempre indecente emparejamiento de los más ricos con quien manda no perdona país. Los tenéis en Francia todos apiñados en torno de Sarkozy: Bolloré, Arnault, Lagardère, Pinault, Bouyghes. No falta nadie de los que cuentan en esta ceremonia del glamour y del dinero que a todos nos engorda, en esta celebración de esos microfascismos supervivientes que son la especulación y el beneficio. Un poco a trasmano quedan las desigualdades que matan: la falta de trabajo, la miseria, la cárcel, pero sobre todo, el hambre. Pero es inútil, nos dicen, plantearse problemas en política que no se pueden resolver, especialmente en democracia que es un régimen definitivamente modesto, pragmático, para el que lo bueno coincide siempre con lo posible. Este primado de la sola racionalidad de lo practicable, contrafigura heredada de los desperfectos causados por la radicalidad de los grandes planteamientos totalitarios de cualquier signo -fascismos y comunismos en particular- tenía que traducirse en un rechazo de las ideologías mayores que les sirvieron durante los últimos dos siglos de antecedente. Y lo han hecho por el procedimiento más indoloro: la dilución. Que ha producido ese pensamiento único en el que todos estamos y en el que nadie se reconoce. Un producto blando, informe, absolutamente maleable, que puede justificar cualquier cosa y borra las fronteras entre lo público y lo privado, el gobierno y los negocios. Entre los que se establece una rentable circulación, alimentada en España sobre todo por personalidades del PP como Rodrigo Rato, Manuel Pizarro, Eduardo Zaplana, sin olvidar a su fundador José María Aznar, hoy homme à tout faire del primer tycoon mundial de la información, Robert Murdoch.

En paralelo a esta popularización divulgadora discurren dos procesos de mucho mayor calado, uno desde la posición liberal y otro desde la socialista que intentan reforzar sus respectivas opciones incorporando los elementos más valiosos de la otra que consideran compatibles con su propia identidad. Comenzando con el liberalismo social que tiene su gran arranque en John Stuart Mill que con su propuesta de un New Liberalism no sólo libró a la corriente liberal de los excesos de un individualismo extremo y estéril, sino que dotó de nuevas bases a la economía política y con su obstinada insistencia en asociar la libertad a la igualdad, abrió el camino a una nueva práctica de la democracia. Pionero en muchas cosas, en lo político postuló la extensión del sufragio en todos los ámbitos e impulsó las libertades locales promoviendo el mayor autogobierno posible. Luego acompañado por su mujer, Harriet Taylor, pionera militante feminista, luchó por la igualdad política y civil de los dos sexos y se movilizó en favor del movimiento obrero defendiendo la autoeducación de los trabajadores y la sustitución de la empresa capitalista por la organización cooperativa. Distinguiendo entre producción de riquezas y su distribución proponía introducir la asociación de trabajadores libres en la segunda para, mediante las cooperativas de distribución, reducir las injusticias sociales iniciales derivadas de la producción.

Por lo demás sólo recurriendo a la instrucción universal, a una aceptada limitación de los nacimientos y a una creciente participación de todos en los beneficios, podemos acercarnos al autogobierno económico. Pero quizá la aportación más importante y actual de Mill es su impugnación del productivismo y de los desastres medioambientales que produce con la autolimitación que propone, en la tercera edición de sus Principios de Economía Política (1871), en su cuadro “del estado estacionario” y en la estabilización del capital y la riqueza. Propuesta que le enfrenta totalmente a Hayek y a los neoliberales al uso y lo acerca a las teorías del decrecimiento de Georgescu-Roegen y a las tesis del estacionarismo de Daly. Thomas Hill Green y Leonard T. Hobhouse son los dos grandes compañeros de viaje de Mill en su ruptura con el liberalismo clásico y su justificación de una limitada pero imprescindible intervención del Estado. Green desde su cátedra en Oxford, apoyado en el neohegelianismo lanzó el nuevo credo con el sujeto como una noción abierta y comunitaria y con la libertad positiva como aquella que nos permite hacer algo útil para y con los demás. Hobhouse primer catedrático de Sociología de Londres y editorialista de The Guardian nos ofrece un repertorio de las libertades esenciales -libertad civil, personal, familiar, política, local, internacional, etcétera- todas encardinadas en torno de la libertad social que no es la de un individuo frente a la de los demás sino la que se realiza con y a través de ellos. La libertad de uno, sólo se cumple con la de todos los otros. Estamos en el cogollo del liberalismo social.

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La perversión de los ideales / 3, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Política by reggio on 26 abril, 2008

La política se muere, los partidos exultan, la ideología se ahoga en la confusión, el poder es el objetivo único y sus aspirantes se multiplican e impacientan. Esa turbamulta de ambiciones y de urgencias cuyos objetivos colectivos son precarios e intercambiables tiene un solo polo de agregación: el éxito personal. Los principios y valores que son su razón de ser han perdido sus perfiles diferenciales y funcionan como pretextos, en algunos casos con voluntad de legitimación, de sus opciones y prácticas. Público y privado son espacios de interpenetración y convergencia igualmente aptos para la práctica del mando, en particular dentro de los partidos. De aquí que a sus puertas se agolpen todos aquellos que se sienten particularmente concernidos por esa actividad y que los partidos se hayan convertido en campos privilegiados de las luchas por la conquista del poder en la sociedad en su conjunto y dentro de los colectivos que cada uno de ellos forma.

Ciñéndonos a la inmediata actualidad, el Partido Popular español y la pugna entre Esperanza Aguirre y Mariano Rajoy y sus contornos militantes más inmediatos, por no hablar de las rivalidades dentro de los nacionalismos catalán y vasco; o la desaforada carrera en pelo en el socialismo francés en el que la porfía Ségolène Royal / Bertrand Delanoë sigue estando acompañada por un nutrido escuadrón de barones de los que ninguno se quiere bajar del tren. Entre ellos destacan Dominique Strauss-Kahn, Laurent Fabius, Pierre Moscovici, Martine Aubry, Julien Dray, Vincent Peillon, sin olvidar la función de hermano mayor que sigue cumpliendo Lionel Jospin y los últimos reclutados Arnaud Montebourg y el catalán francés Manuel Valls. Brega que deja necesariamente cicatrices y que no puede abreviarse mediante una clarificación ideológica que ayude al posicionamiento y por ende a la agrupación de unos y de otros. Aunque tanto en el campo liberal como en el socialista se reclame un esclarecimiento programático que precise y redefina cuál es su marco doctrinal y cuáles sus fundamentos políticos básicos.

En el caso del Partido Popular español convendría confirmar si la decisión de José Maria Aznar de alinearlo frontalmente en el espacio de los neocons norteamericanos sigue vigente tanto respecto de la política internacional como en los temas de política social y de tratamiento de la naturaleza, o por el contrario las matizaciones en favor del liberalismo clásico de Rajoy, Camps, Arenas, etcétera, son hoy los dominantes. En cualquier caso, la existencia de una plataforma doctrinal tan potente como FAES debería ayudar a su partido a situarse con claridad en el nuevo liberalismo o en el integrismo neocon. El Partido Socialista francés se dotó el martes pasado de una nueva Declaración de Principios, que se someterá a debate y votación en la Convención Nacional del próximo 14 de junio y sustituirá a la que se aprobó en el año 1990. La declaración que revindica una economía social y ecológica de mercado; que se declara favorable a un modelo de desarrollo sostenible y se manifiesta comprometida con la salvaguardia del planeta; insiste en la obligación de promover un sector privado dinámico. Parece claro que la nueva opción del socialismo francés, como veremos después, se sitúa en la línea de lo que se ha calificado de socialismo liberal.

Clarificación especialmente importante en este momento en el que las dos grandes opciones político-ideológicas, el liberalismo y el socialismo que durante los siglos XIX y XX han señoreado la vida publica del mundo occidental, han perdido bastantes de sus características antagónicas y han ido acercando sus posiciones hasta constituir un continuum en diversos ámbitos.

Este proceso de aproximación doctrinal y de homogeneización en los planteamientos y soluciones es lo que ha generado el resultado que hoy se designa como pensamiento único. Pero más allá de la vaguedad y de la indefinición básica propia de esta designación, la interrelación entre liberalismo y socialismo puede ser objeto, tanto en su decurso histórico como en su aprehensión teórica, de una doble consideración, que parte en ambos casos del descrédito de las experiencias comunistas, en especial de la soviética. Sus dos grandes referentes, que constituyen los ejes centrales de la democracia radical, son la libertad y la igualdad. El tratamiento de su interacción y la secuencia de sus prioridades se traducen en las dos grandes variantes: el liberalismo social desde J. S. Mill pasando por Calogero hasta Monique Canto-Sperber, y el socialismo liberal con Rosselli, Bobbio, Lefort y Habermas.

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La perversión de los ideales: Italia, de José Vidal-Beneyto en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 19 abril, 2008

Las últimas elecciones italianas y sus resultados ofrecen una ilustración paradigmática de la corrupción de la política democrática que he comenzado a comentar en esta columna. Corrupción que se delata en la malversación de los principios y en su pandemónium ideológico; en la mediocridad, a la par que en el envilecimiento de muchos de sus actores individuales (los políticos) y colectivos (los partidos); en el descrédito de la mayoría de sus prácticas; en la falsificación del lenguaje y de los signos; en la producción de una devastadora desigualdad entre personas y países.

El sábado, al presentar los ideales del liberalismo democrático, se insistió en que, más allá del mercado, su referente principal es el individuo y el marco jurídico que hace posible el pleno ejercicio de su libertad. Ese propósito encuentra su mejor cumplimiento en el ámbito de la sociedad civil, siempre amenazada por el Estado y las políticas gubernamentales, cuyo espacio hay que reducir a la mínima expresión.

Pues bien, Silvio Berlusconi, jefe de Gobierno en dos ocasiones anteriores, ganador absoluto de estos comicios y uno de los hombres más ricos de Italia, así como su coalición de fuerzas autodenominada Pueblo de la Libertad, al mismo tiempo que se proclaman liberales y demócratas se comportan como sus más acerbos antagonistas. Por de pronto, integran en su coalición la Alianza Nacional de Gianfranco Fini, heredera del fascismo italiano, que se honra con una nieta del duce y confía a una militante como la abogada Giulia Bongiorno, defensora de Giulio Andreotti en los dos juicios que se le hicieron por asociación mafiosa, la cartera de ministro de Justicia. Reservan después el Ministerio del Interior a Roberto Maroni, que es el número dos de la Liga del Norte, cuyo ultranacionalismo regional tiene en su presidente, Umberto Bossi, su portavoz más eficaz, que no se recata en decir que la medida más eficaz contra la inmigración ilegal son las ametralladoras, que Roma es una ladrona y que “la limpieza étnica debe comenzar por los maricones”. Gianni Letta, el brazo derecho de Berlusconi, vigilará desde la vicepresidencia, o una posición central análoga, que este imparable dispositivo no sólo controla la política, sino que ocupa todo el espacio de la sociedad. O, para decirlo con palabras de Franco Rositi, uno de los más agudos científicos sociales italianos, estas elecciones han servido para desmontar el Estado de derecho en Italia, condición necesaria para someterlo todo a la voluntad política del Gobierno, que es precisamente el antiideal liberal.

Esta politización total de la acción pública, extendida a todos los espacios societarios, coincide además con el máximo desprestigio de la política, como prueban el éxito de El Caimán, parodia burlesca que Nanni Moretti ha dedicado a Berlusconi, y la extraordinaria notoriedad e influencia del humorista político Beppe Grillo, cuyo blog, centrado en la crítica de la política, es uno de los más visitados del mundo y cuya convocatoria del V-Day, día de la vergüenza, movilizó a más de 20 millones de personas en 20 ciudades de Italia.

Cuando este extraordinario empresario reiteradamente procesado y en alguna ocasión condenado, cuya compatibilidad con la Mafia puso de relieve la sentencia a nueve años de su íntimo colaborador Cesare Previti y la de Dell’Utri, cofundador de Forza Italia, alcance su meta de conquistar la presidencia de la República se habrá quedado con el Estado italiano como antes se quedó con la televisión y habrá cerrado gloriosamente el ciclo de la absoluta privatización de la política, mediante la absoluta politización de lo privado.

Lo que es posible porque, como sostiene Guido Martinotti, a quien tanto debe la institucionalización de la sociología en Italia y en el mundo, la República (como Res Publica) ya no existe en su país. Con lo que sin el marco global republicano; sin la presencia parlamentaria de los partidos de la izquierda real, con el Arco Iris reducido a poco más del 3% desde el 10% anterior y con los socialistas de Boselli apenas llegando al 1%; con una estructura judicial frágil y politizada que la señora Bongiorno se encargará de tener a raya; con un empresariado dócil y ganado a la causa del capitalismo puro, al que, por boca de Giulio Tremonti, recién nombrado ministro de Economía, todos los males le vienen de la globalización y de mayo del 68; y con una esfera de la comunicación que sólo se mueve de su mano es evidente que toda oposición será casi imposible. Sólo quedarán por liquidar algunos núcleos intelectuales, pero la limpieza de personas y doctrinas ya está servida. Se anuncia en efecto la revisión en los textos escolares de la presentación de la lucha antifascista con el fin de acomodar su memoria histórica a los designios del poder político. Queridos Franco, Eva, Guido, Marino, ¿qué ha sucedido con nuestras esperanzas italianas?

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