Reggio’s Weblog

El precio de la victoria, de Jean-Marie Colombani en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 20 enero, 2009

Esta vez Israel ha golpeado demasiado fuerte. Por supuesto, están esos soldados que lían el petate haciendo la V de la victoria; y está también la sonrisa satisfecha de Ehud Olmert en mitad de los dirigentes europeos llegados para abogar por el alto el fuego y hablar de paz. El hombre que portaba la carga de la práctica derrota frente a Hezbolá es el mismo que ahora puede vanagloriarse de haber hecho retroceder a Hamás. Pero ¿a qué precio? Al del sacrificio de la confianza que buena parte de la opinión pública de nuestros países depositaba aún en la democracia israelí. Demasiadas víctimas civiles, demasiados niños muertos: para la opinión pública, Israel ha ocupado sin duda el lugar de George Bush, culpable también, aunque no tanto de la guerra como de la forma (Guantánamo, Abu Ghraib) en que permitió que se desarrollase, a costa de los valores en los que se suponía se basaba su acción. Es pues la primera vez que en Europa, Reino Unido e incluso Estados Unidos se ha alzado un número significativo de voces para denunciar posibles crímenes de guerra.

La respuesta a la pregunta de por qué Israel se ha beneficiado siempre -y no sólo en Occidente, sino también en numerosos países árabes-, de una forma de indulgencia, es que todo el mundo es consciente de lo que es Hamás: no un movimiento nacional que, como el Fatah de Arafat, y hoy de Abbas, intente edificar un Estado palestino, sino un movimiento fundamentalista y fanático que pretende extender su influencia sobre la “comunidad de creyentes” y, por tanto, hacerse con el poder lo mismo en Egipto (a través de su matriz: los Hermanos Musulmanes), que en Indonesia o Líbano, y, claro está, derrotar a Israel. Esto representa una diferencia esencial que, por supuesto, modifica el análisis de la situación: la indulgencia será necesaria mientras dure la obsesión por destruir Israel.

Hamás no sólo ha podido comprobar los límites del apoyo de Irán, sino también el deseo de los grandes países árabes de la región de ver a Israel infligirle una derrota y frenar así su expansión. Los dirigentes de Hamás se inspiraban imprudentemente en Hezbolá, subestimando la capacidad de los militares israelíes para extraer lecciones de su expedición contra el sur del Líbano en 2006. En consecuencia, han sufrido y han hecho sufrir a la población de Gaza, un diluvio de fuego. Y se han visto completamente aislados diplomáticamente.

Desde el punto de vista de Israel, la victoria militar puede resultar totalmente inútil y cargada de consecuencias -teniendo en cuenta el coste humano (o más bien inhumano) infligido a la población de Gaza-, si su próximo Gobierno resulta incapaz de construir la paz.

Desde el intento de Ehud Barak en Camp David, bajo los auspicios de Bill Clinton, de sellar la paz con Arafat y Fatah (que este último rechazó in extremis), Israel ha demostrado no tener estrategia. Al menos una que no sea ganar tiempo. Ya en la época de Moshe Dayan, Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, observó que tal vez llegaría el día en que los norteamericanos no se conformarían con entregar armas a Israel, sino que condicionarían su apoyo al respeto, por parte de este último Estado, de ciertas directivas y consejos políticos. Dayan respondió: “Ese día ya pensaremos en ello”.

A su manera, Ariel Sharon lo hizo y concibió las retiradas unilaterales, cierta forma de paz también unilateral y dos Estados separados. Su sucesor, Olmert, no ha demostrado la menor visión estratégica, ni siquiera unilateral. Y las próximas elecciones bien podrían dar la victoria a quienes se contentan con ganar tiempo, cuando no son extremistas, como Benjamín Netanyahu. Sin embargo, la política del bloqueo ya demostró que Hamás es capaz de transformar Gaza en un fortín; y la ofensiva recién concluida ha cohesionado a una parte de la población en torno a un movimiento cuya popularidad, por el contrario, habría convenido socavar.

Habrá que esperar que, tras la libertad de acción otorgada a los militares, Israel se dote de una dirección política realmente decidida a aceptar al Estado palestino. Será necesario que la política norteamericana adopte un nuevo rumbo, así como la cohesión entre norteamericanos, europeos y países árabes “moderados”, que, tras comprobar que el sufrimiento ha llegado al límite, se organicen para imponer una paz duradera y segura para Israel. A no ser que acepten que, pese a una derrota momentánea, los extremistas recuperen terreno.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

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Miedo al contagio griego, de Jean-Marie Colombani en El País

Posted in Política by reggio on 23 diciembre, 2008

El miedo al contagio griego ha conducido al Gobierno francés a aplazar la reforma de los institutos. La presencia de cada vez más manifestantes -y muy jóvenes- en las calles de las ciudades, el estallido de un número creciente de incidentes provocados por unos manifestantes que buscan el enfrentamiento, y las imágenes de los tumultos de Atenas circulando en bucle por Internet, son algunos de los elementos que han llevado al presidente Nicolas Sarkozy a pedir que por el momento se posponga la reforma.

A decir verdad, este temor a una explosión existe también en Italia -que acaba de salir de dos meses de manifestaciones y movilizaciones contra la reforma de la escuela-, donde hay un profundo malestar entre la juventud; e incluso en una España en vías de adaptación a las normas europeas cuyo Gobierno teme un levantamiento en masa de los estudiantes.

El temor al estallido de un movimiento amplio existe pues tanto en París como en Roma y en Madrid. Ahora bien, en nuestros países democráticos, es imposible controlar este tipo de movimientos con los medios policiales clásicos, a no ser a costa de granjearse la hostilidad de toda la población. Hay que hablar, explicar, convencer. Es lo que va a intentar hacer el Gobierno francés.

Lo cierto es que, sin detenernos en los problemas específicos del contexto griego -corrupción, estado desastroso de la educación, Gobierno pusilánime-, existen factores comunes que alimentan el profundo malestar de la juventud. En todas partes existe, en efecto, una especie de ruptura generacional que coloca a las generaciones activas ante su responsabilidad con las generaciones por venir.

Esos factores son numerosos. He aquí algunos de ellos. Para empezar, hay un abismo entre el poder de compra de los asalariados de 50 años y el de los de 30 Hace tres décadas en Francia, la diferencia era del 15%; ahora es del 40%. En los países latinos se habla de los mileuristas en referencia a unos salarios que son la única perspectiva de unos treintañeros diplomados a los que, precisamente, sus diplomas hubieran debido garantizarles unos empleos mejores y más cualificados. Es sin duda el factor más importante de la fractura generacional.

A los jóvenes cada vez les piden más diplomas para acceder al mercado laboral. Al final de una larga carrera universitaria descubren que, después de tantos esfuerzos, no tienen otra perspectiva que aceptar empleos subcualificados en relación con su nivel de estudios.

A esto se añade la práctica paralización de las oportunidades de ascenso social. Desde ese punto de vista, la generación que tenía 20 años en 1968 fue privilegiada; conoció una inserción inmediata en el mercado laboral y un ascenso rápido tanto en términos de carrera como en términos de poder de compra. Hoy, la inserción es tardía y deja poco margen para las perspectivas rápidas. También sabemos que tanto la cuestión de las pensiones como la del endeudamiento representan una carga para las generaciones futuras que la generación en el poder se niega a pagar y recae pues sobre las próximas. Éstas son algunas de las cuestiones subyacentes a las manifestaciones que se están produciendo.

Hay que añadir que en Europa se ha levantado por casi todas partes un viento de radicalidad, especialmente en la extrema izquierda, con aspiración a la violencia -cuyo origen se puede datar en torno a la cumbre altermundialista de Génova, violentamente reprimida-. Es un fenómeno que tiende a cobrar amplitud. Y que es casi mecánico desde el momento en que se combinan la renovación de la crítica anticapitalista, alimentada por los sobresaltos, a veces asombrosos (caso Madoff), de la crisis financiera y la presencia de un Gobierno de derechas (Sarkozy, Berlusconi) que permite polarizar la crítica. En Alemania, la tentación de la violencia resurge alrededor del rebrote antinuclear. Sólo cabe incitar a los Gobiernos a la prudencia y la vigilancia. Deberían tener presente que, como decía Mao Zedong, “una sola chispa puede incendiar la pradera”.

Traducción: José Luis Sánchez-Silva.

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Un liderazgo creíble, de Jean-Marie Colombani en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 11 noviembre, 2008

“Obama soy yo”. Así es como la mayor parte de los responsables políticos han acogido en Francia la elección del cuadragésimo cuarto presidente estadounidense. Un poco como si cada uno de ellos quisiera apropiarse de una parte del extraordinario entusiasmo que ha despertado el senador de Illinois en Francia y el resto de Europa. Pero, evidentemente, es la izquierda la que más se da por aludida en toda Europa y, particularmente, en Francia, país en el que ésta no tiene empacho en considerarse única poseedora del certificado de buena conducta “de izquierdas” ni, en consecuencia, en dar lecciones a las demás, cuando más le valdría escuchar el consejo que recibe Leonardo DiCaprio de uno de los personajes de la película de Ridley Scott Red de mentiras: “¡Observa y aprende!”.

¿Qué retener, pues, que valga para todas las izquierdas; y para la francesa en particular? Primero, la participación, lo que Ségolène Royal llama “democracia participativa”, que quedó de manifiesto a lo largo de toda la campaña de Barack Obama y ha tenido como resultado un porcentaje récord de financiación a base de pequeñas contribuciones y una extraordinaria entrega por parte la militancia: casi uno de cada tres electores del candidato demócrata fueron contactados telefónicamente antes de la votación.

Después, la coalición: la victoria de Obama reúne a los dominados y a los instruidos. Todas las minorías, las mujeres, los jóvenes, a excepción de los blancos y los mayores de 50 años, le han votado mayoritariamente. Lo mismo que los diplomados universitarios. Para ganar siendo de izquierdas hay que ser capaz de unir a las clases medias, a las capas populares y a los intelectuales.

En Francia, durante las últimas elecciones presidenciales, el voto popular fue a parar a Nicolas Sarkozy. Y en Francia la izquierda cree poder ganarse a las capas populares coreando las divisas más demagógicas y populistas. Barack Obama es un intelectual con divisas a menudo matizadas, que duda y no vacila en reconocerlo, y que valora las trayectorias meritocráticas.

Su doctrina también debería inspirar a la izquierda, ya que toda ella está orientada hacia la restauración de una política favorable a las clases medias. En esto, Estados Unidos representa una excepción, pues en ninguna otra parte las políticas conservadoras han llevado tan lejos las concesiones a ese 1% más rico de la población, a costa de todo lo que constituyera el aporte del New Deal. En nuestros países, las estructuras del Estado del bienestar, aunque debilitadas, se mantienen en pie; en Estados Unidos, el nuevo Gobierno tiene por delante una enorme tarea de reconstrucción. Pero el eje de esta política será sin duda el retorno al primer plano de la lucha contra las desigualdades con unos mecanismos de redistribución desprestigiados durante los últimos veinte años. Un duro ejercicio para la izquierda, que había perdido la costumbre de creer en ello.

Finalmente, el método también debería hacer reflexionar a ciertas izquierdas: Obama reniega del sectarismo de su predecesor y preconiza, en plena crisis financiera y económica, un enfoque bipartidista. Evidentemente, el ejemplo alemán y el nacimiento de La Izquierda frente al SPD no van por ahí. Sin embargo, una izquierda que está en la oposición debería tener el valor de secundar unas medidas que, si fuera honesta, no podría desaprobar, como la intervención masiva del Estado para salvar al sistema financiero.

Pero, más allá de todos estos aspectos, lo que podría volver a situar a la izquierda europea en el centro del mapa político es evidentemente el vuelco intelectual e ideológico que representa, con ayuda de la crisis, la elección de Barack Obama y el retorno al primer plano de unos valores explícitamente combatidos por las derechas radicales inspiradas en el Partido Republicano: los derechos colectivos como equilibrio de la búsqueda del éxito individual, el Estado como “solución” y no como “problema”, y el refuerzo de la solidaridad. A condición, claro está, de que este retorno de los valores de la izquierda se encarne en un liderazgo creíble…

Jean-Marie Colombani, periodista francés, fue director de Le Monde. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

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Una amenaza para Europa, de Jean-Marie Colombani en El País

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 15 agosto, 2008

Todavía es difícil extraer conclusiones de los combates que han enfrentado a Rusia y Georgia con el pretexto oficial de la suerte de las provincias de Osetia del Sur y Abjazia, aparte de ésta: se confirman los peores temores que podíamos tener sobre la Rusia de Putin. Año tras año, suceso tras suceso, el país se reafirma en su oposición a lo que denomina Occidente y vuelve a ser una amenaza para Europa.

Desde luego, siempre es posible explicar su actitud y atribuirle razones válidas para haber querido dar una lección a Georgia y, a través de ella, a Estados Unidos. Hay que recordar que, con la desintegración de la URSS y el nacimiento de la Georgia independiente, las dos provincias en disputa hicieron público su rechazo a integrarse en esta última república y su deseo de situarse bajo la tutela rusa. Fue la Rusia de Yeltsin la que quedó encargada de “mantener la paz” en Osetia y luego en Abjazia; en la práctica, los dos territorios, bajo la protección del Ejército ruso, no aceptaron nunca formar parte de Georgia.

Por lo tanto, era no sólo arriesgado sino ilógico por parte del presidente Saakashvili querer restablecer su autoridad por la fuerza. Lo que ha conseguido ha sido permitir una demostración de fuerza a Putin y una prueba de la impotencia de Estados Unidos en la región, aunque el derecho internacional estuviera claramente de parte de Georgia.

Pero habría sido conveniente acordarse de la advertencia que hizo Rusia en el momento en el que se aceptó la independencia de Kosovo. Los rusos avisaron, en nombre de la protección que consideraban que debían otorgar a los nacionalistas serbios, que, si se aceptaba la independencia de Kosovo, ellos la considerarían como un precedente aplicable a las provincias separatistas de Georgia. Salvo España, que lo había advertido en su momento, los norteamericanos y los europeos hicieron mal en no tener en cuenta la amenaza rusa: si los occidentales violaban el Derecho Internacional en Kosovo, los rusos advertían que harían lo mismo en Georgia.

Además, con esa mezcla de cinismo absoluto e ironía hiriente que caracteriza el vocabulario de Putin, Rusia ha resaltado que ha actuado en Osetia como los estadounidenses lo hicieron en Irak. No importa que Georgia sea una democracia, sólo importa el hecho de poder dar la vuelta a la doctrina de los neoconservadores que justificó la guerra de Irak y que Rusia dice haber aplicado en Georgia, en este caso para un cambio de régimen que quizá ha sido uno de los objetivos de Rusia para la guerra. Es decir, los norteamericanos han recibido una dosis de su propia medicina.

En este contexto, Europa ha desempeñado el único papel al que podía aspirar: el de la diplomacia y el alto el fuego. Desde este punto de vista, el presidente Sarkozy ha cumplido su tarea lo mejor que ha podido, con una relativa eficacia, más meritoria todavía porque la Europa a la que representaba no era unánime. Entre la postura radical de Polonia y los países bálticos y la preocupación de Alemania, para no hablar de Berlusconi, ayer portavoz de Bush y que ahora parece haber querido serlo de Putin. Porque, más allá de este episodio, es preciso valorar el peligro que representa hoy para Europa la ambición de Putin.

Recordemos la frase clave que explica el comportamiento de Putin en el escenario internacional: la de que la caída del imperio soviético fue “la mayor catástrofe estratégica de la historia”. Un poco después, en febrero de 2007, durante la conferencia de seguridad en Múnich, agitó la amenaza de la vuelta de la guerra fría.

La obsesión de Putin, formado en la escuela del KGB, es el regreso de la potencia rusa; no una potencia que contribuya al equilibrio mundial, sino una potencia con objetivos estrictamente nacionalistas.

Representa, pues, una amenaza para países como Georgia, Ucrania y los países bálticos, a los que Moscú considera parte de su cinturón de seguridad, de las marcas del Imperio. Ya se sabe que, para Moscú, la adhesión de Ucrania y Georgia sería un casus belli. A ello hay que añadir el chantaje permanente que la condición de productor de gas y petróleo de Rusia le permite ejercer sobre los países europeos, que cometen el error de presentarse ante ella de forma dispersa. Ésa es la gran pregunta estratégica que debe hacerse la UE: cómo comportarse ante una Rusia que ya no duda en pasar de la amenaza a la ejecución.

Jean-Marie Colombani, periodista francés, fue director de Le Monde. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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