Reggio’s Weblog

La política del desastre económico, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Economía, Internacional by reggio on 1 marzo, 2009

Todos los días leo que otro economista, periodista o funcionario del gobierno opina sobre la mejor manera de lograr una recuperación económica en éste o en otro país. No es necesario decir que tales remedios se contradicen, todos, unos con otros. Mas todos estos expertos parecen vivir en fantasilandia. Parecen creer que sus remedios funcionarán en un periodo de tiempo relativamente corto.

El hecho es que el mundo está apenas en el inicio de una depresión que durará bastante y que se pondrá mucho peor de lo que es ahora. El asunto inmediato para los gobiernos no es cómo recuperarnos, sino cómo sobrevivir al creciente enojo popular que, sin excepción, enfrentan todos.

Comencemos con las realidades económicas del presente. Casi todo el mundo –gobiernos, empresas, individuos– ha estado viviendo por encima de su ingreso durante los últimos 10 o 30 años, y lo ha hecho pidiendo prestado. El mundo se hizo frívolo con ingresos inflados y un consumo también inflado. Pero las burbujas tienen que estallar. Ahora, ésta ha estallado (o de hecho varias burbujas estallaron). La imposibilidad de continuar por este sendero ha penetrado en la conciencia y de repente todos se asustan de que se les agota el dinero real: gobiernos, empresas e individuos.

Cuando ese miedo se apodera de la gente, ésta deja de gastar y de prestar. Y cuando gastar y prestar bajan significativamente, las empresas dejan de producir o disminuyen su paso. Pueden cerrar por completo, o por lo menos despedir trabajadores. Esto es un círculo vicioso, debido a que cerrar o despedir trabajadores conduce a reducir la demanda real y causa una reticencia adicional a gastar o prestar. Se le llama depresión y deflación.

Hasta el momento, el gobierno de Estados Unidos, que todavía está en posición de pedir dinero prestado o imprimir dinero, intenta lanzar algún dinero nuevo a la circulación. Esto podría funcionar si el gobierno lanzara grandes cantidades de este dinero, y lo circulara sabiamente. Pero es muy probable que no lo haga con sabiduría. Y es muy probable que lanzar la cantidad que podría funcionar no signifique mucho más que crear otra burbuja. Y el dólar caería entonces mucho más rápido que las otras divisas, hundiendo el último soporte importante de la economía-mundo.

Entre tanto, hay menos y menos dinero para el consumo diario de todo tipo para 90 por ciento inferior de la población del mundo (y tampoco se ve muy bien la cosa para 10 por ciento superior). La gente comienza a inquietarse. Justo el pasado mes, hemos visto gente que protesta en las calles por las dificultades económicas, en un número creciente de países –Grecia, Rusia, Letonia, Gran Bretaña, Francia, Islandia, China, Corea del Sur, Guadalupe, Reunion, Madagascar, México– y probablemente en muchos más que no se notan aún en la prensa mundial. De hecho, ha estado relativamente leve hasta ahora, pero los gobiernos, todos, están en gran tensión.

¿Qué hacen los gobiernos cuando su principal preocupación es lidiar con el desasosiego interno? Tienen en realidad dos opciones: disparar a los manifestantes o apaciguarlos. Dispararles funciona solamente hasta cierto punto. Para empezar, los agentes de esta fuerza deben estar también lo suficientemente remunerados y deseosos de hacerlo. Y cuando hay un descalabro económico, arreglar esto no es fácil para los regímenes.

Entonces los regímenes comienzan a apaciguar a sus poblaciones. ¿Cómo? Primero que nada mediante el proteccionismo. Todo el mundo ha comenzado a quejarse del proteccionismo de los otros países. Pero los quejosos lo practican también. Y le sacarán mucho más provecho. Todos los economistas neoliberales nos dicen que el proteccionismo empeora la situación económica general. Tal vez eso sea cierto, pero es bastante irrelevante en lo político cuando hay gente en las calles que quiere empleos ¡ahora!

La segunda forma en que los gobiernos apaciguan cuando hay desasosiego es mediante las medidas de bienestar socialdemócrata. Pero para emprenderlas los gobiernos necesitan dinero. Y los gobiernos obtienen dinero de los impuestos. Todos los economistas neoliberales nos dicen que subir impuestos (de cualquier tipo) durante un descalabro económico torna la situación económico general aún más difícil. Eso puede ser cierto, pero en el corto plazo también eso es irrelevante. La cosa es que en un descalabro, la recepción de impuestos cae. Los gobiernos no pueden lidiar ni siquiera con los gastos actuales, ya no digamos con el pago de gastos mayores. Así que impondrán impuestos de un modo o de otro.

Finalmente, el tercer modo de apaciguar es mediante una saludable dosis de populismo. La brecha real de ingresos entre uno por ciento superior y 20 por ciento inferior dentro de los países y a escala mundial ha crecido enormemente en los últimos 30 años. La brecha se reducirá ahora a la más normal que existía en 1970, que sigue siendo muy grande, pero de algún modo menos escandalosa. Como tal, tenemos gobiernos que hablan ahora de un tope al ingreso para los banqueros, como sucede en Estados Unidos y Francia. O se puede procesar a la gente por corrupción, como en China.

Es un poco como estar en el sendero del tornado. Lo peor puede caerle a los gobierno de repente. Cuando eso ocurra, tendrán apenas unos minutos para refugiarse en sus sótanos. Cuando el tornado haya pasado, y si queda alguien vivo, uno sale a evaluar el daño. Resultará que los daños son muy extensos. Sí, puede uno reconstruir. Pero ahí es donde comienza la verdadera discusión. ¿Cómo puede uno reconstruir, y qué tan justamente uno comparte los beneficios de la reconstrucción?

¿Cuánto tiempo durará el sombrío panorama? Nadie lo sabe ni puede estar seguro, pero probablemente un buen número de años. Entretanto, los gobiernos enfrentan periodos electorales, y los votantes no serán afables con los gobernantes. El proteccionismo y los programas de bienestar socialdemócrata le sirven a los gobiernos del mismo modo que un sótano sirve durante un tornado. La cuasi nacionalización de los bancos es otro modo de refugiarse en los sótanos.

Lo que la gente debe pensar es qué vamos a hacer cuando emerjamos del sótano, cuando sea que esto ocurra, y prepararnos para ello. La pregunta fundamental es cómo vamos a reconstruir. Ésa será la batalla política real. El paisaje será poco familiar. Y toda nuestra retórica anterior será sospechosa. El punto clave que hay que reconocer es que reconstruir nos puede llevar a un mundo mucho mejor, pero también nos puede meter a uno peor. En cualquier caso, será uno muy diferente.

© Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera

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Rehacer America: las ambigüedades de Obama, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 23 febrero, 2009

Barack Obama asumió el cargo como presidente de Estados Unidos, el 20 de enero, ovacionado por una vasta mayoría del pueblo estadunidense y del pueblo del resto del mundo. En su discurso inaugural, prometió “comenzar de nuevo el trabajo de rehacer America”.

En esta corta frase, que la prensa mundial resaltó en encabezados y análisis, Obama capturó las ambigüedades de sus promesas presidenciales. El verbo rehacer puede significar cosas bastante diferentes. Puede significar el retorno a un estado previo que fue mejor. Y Obama pareció indicar esta posibilidad con otra frase, al llamar a los ciudadanos estadunidenses a escoger nuestra mejor historia. Pero rehacer puede significar también un cambio más fundamental, creando una clase de America bastante diferente de la que el mundo conoce hasta ahora. La ambigüedad es si Obama propone meramente hacer pequeños ajustes en la estructura y las instituciones de Estados Unidos y el sistema-mundo o si se propone transformarlos fundamentalmente.

Lo que debe quedar claro para todo mundo en este momento es que Estados Unidos no eligió presidente al Che Guevara, pese a los histéricos temores de la no resignada ala derecha del Partido Republicano. Tampoco, sin embargo, eligió a otro Ronald Reagan, pese a las esperanzas de algunos de aquéllos que votaron por él y pese a los temores de los más intransigentes críticos de izquierda. ¿Qué fue entonces lo que escogió Estados Unidos? La respuesta no es obvia aún, precisamente por el estilo de Obama como político.

Hay dos cuestiones que ponderar. Una es lo que Obama querría lograr, de hecho, como presidente. La segunda es lo que puede, posiblemente lograr, dadas las realidades de la geopolítica además de una depresión mundial. El vicepresidente Biden describió esta última el 25 de enero como peor, francamente, de lo que todo mundo pensó que sería, y se pone peor a diario.

¿Qué es lo que sabemos, en este punto, acerca de Obama? Es inusualmente listo y muy educado para ser líder político, y es equilibrado, prudente y político muy logrado. Pero, ¿dónde se sitúa realmente en la enorme gama entre meramente reparar con pequeños ajustes y buscar el cambio fundamental? Es probable que en algún punto en la mitad de ese rango. Y probablemente lo que en realidad pueda hacer y lograr estará más en función de las restricciones del sistema-mundo que de sus propias decisiones, por más inteligente que sea.

Hasta el momento, hemos tenido algunos indicios de que se encamina hacia cinco ámbitos: participación incluyente, geopolítica, ambiente, cuestiones sociales internas y cómo lidiar con la depresión. El veredicto inicial está muy mezclado.

Obviamente, donde brilla mejor es en participación incluyente. Su propia elección es una medida de ello. Con toda seguridad, la elección de un presidente afroestadunidense es tan sólo el acto culminante de una tendencia constante en Estados Unidos desde 1945 –de la integración de las fuerzas armadas del presidente Truman, pasando por la decisión de la Suprema Corte de terminar con la segregación en las escuelas, por la designación de Thurgood Marshall a la Suprema Corte, a la designación de Colin Powell a presidente del Estado Mayor Conjunto, o las designaciones sucesivas de Powell y Condoleezza Rice como secretarios de Estado. Sin embargo, sigue marcando una ruptura que pocos esperaban hace dos años. Y es algo que importa.

Obama continuará con estos esfuerzos de ciudadanía incluyente. Sin embargo, el presidente enfrenta una prueba política importante con la cuestión de la inmigración. Hasta el momento no hay indicios de qué tan fuerte vaya a atajar el asunto. Tendrá que luchar con una gran parte de su propia base política. Debido a los niveles de desempleo actuales y esperados en Estados Unidos, podría posponer el hacer algo. Pero el punto no se va a ir, y únicamente se tornará más difícil de resolver. Más aún, no resolver este punto tendrá efectos negativos en la capacidad del mundo para atravesar la crisis con menos dolor.

La postura geopolítica de Obama es mucho menos prometedora. El conflicto israelí/palestino probablemente es irresoluble en este momento. El absoluto mínimo necesario es incluir a Hamas en las negociaciones. Es muy probable que la designación de George Mitchell como representante especial estadunidense presagie que eso se hará. Pero apenas será suficiente eso para obtener una solución política viable. Los israelíes están atrincherados en sus bunkers y no están preparados ni siquiera para pensar en algo que los nacionalistas palestinos pudieran aceptar.

No tengo dudas de que los iraquíes harán que Obama cumpla su promesa de retirada en 16 meses. Y no creo que Obama haga algo más que jalonearse verbalmente con los iraníes. Pero ya comenzó a caminar por el sendero del desastre en Pakistán, lo que mina seriamente su gobierno en su primera semana en el cargo. El gobierno de Pakistán es débil y caerá pronto. Y si lo hace, Obama no tendrá opciones defendibles.

El problema básico con Obama es que no ha renunciado al anterior e inflado lenguaje de potencia hegemónica. En su discurso, le dijo al mundo: “Sepan que America está… lista para conducir una vez más”. El mundo quiere que Estados Unidos participe. Precisamente lo que no quiere es que conduzca. No creo que Obama realmente haya entendido esto. Pakistán bien podría ser su ruina.

Además, comenzó con mal paso en América Latina. Al hablar de Chávez sólo dice cosas que se ajustan a los prejuicios populares, sin decir nada serio al respecto ni lidiar seriamente con el punto, y peor aun, no ha atendido el desafío del presidente Lula de que América Latina no creerá que Obama está comprometido con cambios reales hasta que levante incondicionalmente el embargo a Cuba.

Sus primeros pasos respecto del ambiente son positivos –en sus designaciones, en sus decisiones ejecutivas, y en los indicios a otros estados de que Estados Unidos está listo para participar en las medidas colectivas que los científicos indiquen que son las necesarias. Pero aquí, como en otros terrenos, la cuestión es qué tan audaz y rápidamente puede estar listo para actuar.

Las políticas en las cuestiones sociales internas son, de nuevo, una mezcla incierta. Obama ha restaurado las políticas en torno al aborto que tenía el gobierno de Clinton, y en eso claramente se distingue de las políticas de Reagan/Bush. Ha decretado el cierre de Guantánamo y de las prisiones secretas de la CIA, al tiempo que pospuso hasta por un año algunas decisiones acerca de lo que habrá de hacerse con los que al presente están encarcelados. Qué tanto revocará la vasta red de invasiones gubernamentales a la privacidad dentro de Estados Unidos sigue siendo una muy abierta cuestión. Tampoco queda claro a qué grado logrará cumplir su promesa a los sindicatos de deshacer las serias restricciones que los gobiernos previos les impusieron a su capacidad de organizarse.

Finalmente, llegamos al ámbito donde tiene menos margen de maniobra, la depresión mundial. Está obviamente preparado para incrementar vastamente el involucramiento gubernamental en la economía. Pero de igual modo, virtualmente todos los otros líderes políticos por todo el mundo. Y es obvio que está listo para aumentar lo que podrían llamarse medidas socialdemócratas para reducir el dolor económico de los estratos trabajadores. Pero virtualmente, también todos los otros líderes políticos por todo el mundo.

Aquí también la cuestión es qué tan audaces serán las medidas. Obama nombró a un puñado de keynesianos muy cautelosos para cubrir todos los puestos clave. No ha incluido a los economistas estadunidenses que son keynesianos de izquierda, como Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Alan Blinder o James Galbraith. Todos están diciendo que las medidas cautelosas no funcionarán y que se está perdiendo tiempo muy valioso. Tal vez de aquí a un año, Obama recicle a su equipo para que incluya a quienes llaman a acciones más fuertes. Pero quizá eso también llegue un poco tarde.

Obama está ansioso por jalar a los republicanos en el Congreso a que concuerden con sus propuestas económicas. En parte es por su pasión por escoger la unidad de propósito sobre el conflicto y la discordia, en palabras de su discurso inaugural. En parte es política inteligente, en el sentido de que no quiere quedarse en una rama mientras se deteriora más la economía. Pero el liderazgo republicano es lo suficientemente astuto como para entender esto y le otorgarán sus votos sólo a cambio de destripar mucho de su programa.

Obama empezó de modo muy tambaleante. La creencia de que está listo para empujar por una rehechura fundamental de Estados Unidos cuenta con evidencias débiles, pese a su inteligencia y su apertura intelectual. Estados Unidos está logrando buena gramática. Necesita una reconstrucción audaz.

Traducción: Ramón Vera Herrera.

© Immanuel Wallerstein

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Crónica de un suicidio anunciado, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 8 febrero, 2009

El Estado de Israel proclamó su independencia a la medianoche del 15 de mayo de 1948. Naciones Unidas había votado establecer dos estados en lo que había sido la Palestina bajo el dominio británico. Se suponía que la ciudad de Jerusalén habría de ser una zona internacional bajo la jurisdicción de Naciones Unidas. La resolución de la ONU recibió mucho respaldo, específicamente el de Estados Unidos y la Unión Soviética. Todos los estados árabes votaron en contra.

En los 60 años de su existencia, el Estado de Israel ha dependido para su supervivencia y expansión de una estrategia general que combina tres elementos: militarismo macho, alianzas geopolíticas y relaciones públicas. El militarismo macho (lo que el actual primer ministro Ehud Olmert llama el “puño de hierro”) fue posible por el fervor nacionalista de los judíos israelíes, y eventualmente (aunque no al principio) por el muy fuerte respaldo de las comunidades judías de otras partes del mundo.

Geopolíticamente, Israel forjó primero una alianza con la Unión Soviética (que fue breve pero crucial), luego con Francia (que duró un poco más de tiempo y permitió a Israel convertirse en una potencia nuclear) y finalmente (y lo más importante) con Estados Unidos. Estos aliados, que también fueron patrocinadores, ofrecieron sobre todo un apoyo militar al proveerlo de armas. Pero también ofrecieron respaldo diplomático/político y, en el caso de Estados Unidos, un considerable apoyo económico.

Las relaciones públicas se dirigieron a obtener la simpatía de una amplia franja de la opinión pública, que en los primeros años tuvo como base el retrato de Israel como un David pionero contra el retrógrado Goliath, y que en los últimos 40 años ha tenido como base la culpa y la compasión por el masivo exterminio de los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial.

Todos estos elementos de la estrategia israelí funcionaron muy bien desde 1948 hasta los años 80. De hecho, se fueron haciendo más efectivos. Pero en algún momento de los 80, el uso de estas tres tácticas comenzó a ser contraproducente. Israel ha entrado ahora en una fase de declive precipitado de su estrategia. Puede ser muy tarde para que Israel persiga una estrategia alternativa, en cuyo caso habrá cometido suicidio geopolítico. Rastreemos cómo fue que interactuaron los tres elementos de su estrategia, primero durante su envión hacia arriba, luego durante el lento declive del poder de Israel.

Durante los primeros 25 años de su existencia, Israel se involucró en cuatro guerras con los estados árabes. La primera fue en 1948-1949, para establecer el Estado judío. La declaración israelí de un Estado independiente no coincidió con una declaración palestina de establecer un Estado. En cambio, un número de gobiernos árabes le declararon la guerra a Israel. Inicialmente Israel estuvo en dificultades militares. Sin embargo, los militares israelíes estaban mejor entrenados que los de los países árabes, con la excepción de Transjordania. Y, lo que es crucial, obtuvieron armas de Checoslovaquia, que actuó como agente de la Unión Soviética.

Para el momento de la tregua en 1949, la disciplina de las fuerzas israelíes combinada con armas checoslovacas permitió a los israelíes ganar un territorio considerable no incluido en las propuestas de partición de Naciones Unidas, incluido Jerusalén occidental. Las otras áreas se incorporaron a partir de los estados árabes circundantes. Un gran número de árabes palestinos se fueron o los forzaron a abandonar áreas bajo el control de los israelíes y se volvieron refugiados en los países árabes circundantes, donde sus descendientes viven hasta la fecha en gran medida. La tierra que era de ellos fue arrebatada por los judíos israelíes.

La Unión Soviética pronto abandonó a Israel. Esto probablemente se debió principalmente a que sus líderes muy pronto sintieron miedo del impacto que tendría la creación del Estado en las actitudes de los judíos soviéticos, que parecían demasiado entusiastas y que por tanto eran potencialmente subversivos desde el punto de vista de Stalin. A cambio, Israel dejó de lado cualquier simpatía hacia el campo socialista con la guerra fría, y dejó claro su ferviente deseo de ser considerado miembro pleno del mundo occidental, política y culturalmente.

En ese tiempo Francia se enfrentaba a los movimientos de liberación nacional en sus tres colonias norafricanas, y vio a Israel como un aliado útil. Esto fue especialmente cierto después de que los argelinos lanzaron su guerra de independencia en 1954. Francia empezó a ayudar a Israel a armarse. En particular, Francia, que desarrollaba sus propias armas nucleares (contra los deseos estadunidenses), ayudó a Israel a hacer lo mismo. En 1956, Israel se unió con Francia y Gran Bretaña en una guerra contra Egipto. Desafortunadamente para Israel, esta guerra se lanzó contra la oposición de Estados Unidos, y Estados Unidos forzó a las tres potencias a ponerle fin. Después de que Argelia se independizara en 1962, Francia perdió interés en la conexión israelí, que ahora interfería con sus intentos de renovar relaciones más cercanas con los estados norafricanos que ahora se habían vuelto independientes. Fue en este punto en que Estados Unidos e Israel voltearon uno hacia el otro para forjar vínculos cercanos. En 1967, estalló la guerra entre Egipto e Israel, y otros estados árabes se unieron a Egipto. En ésta, llamada la Guerra de los Seis días, por primera vez Estados Unidos le brindó armamento militar a Israel.

La victoria israelí de 1967 cambió la situación básica en muchos aspectos. Israel había ganado la guerra con facilidad, ocupando todas aquellas partes del Mandato Británico de Palestina que ya había ocupado antes, más la península del Sinaí, de Egipto, y las Alturas del Golán, de Siria. Jurídicamente, hubo ahora un Estado de Israel más los territorios ocupados por Israel. Israel comenzó su política de establecer asentamientos judíos en los territorios ocupados.

La victoria israelí transformó la actitud de los judíos en el mundo, que ahora se despojaron de cualquier reserva que tuvieran acerca de la creación del Estado de Israel. Se pusieron orgullosos de sus logros y comenzaron a emprender campañas políticas importantes en Estados Unidos y Europa occidental para asegurarle respaldo político a Israel. La imagen de un Israel pionero que ponía el énfasis en las virtudes de los kibbutz fue abandonada en favor de un énfasis en el Holocausto como la justificación básica para buscarle respaldo mundial a Israel.

En 1973, los estado árabes buscaron reajustar la situación en la llamada guerra del Yom Kippur. De nuevo, esta vez, Israel ganó la guerra con apoyo de Estados Unidos. La guerra de 1973 marcó el final del papel central de los estados árabes. Israel pudo seguir buscando el reconocimiento de los estados árabes, y eventualmente lo logró con Egipto y Jordania, pero era muy tarde para que esto fuera una forma de asegurarle la existencia a Israel.

A partir de este punto, emergió un serio movimiento político palestino árabe, la Organización de Liberación de Palestina (OLP), que ahora se convirtió en el oponente clave de Israel, el único con el que Israel necesitaba llegar a un trato. Por mucho tiempo, Israel se rehusó a tratar con la OLP y con su líder Yasser Arafat, y prefirió el puño de hierro. Y al principio, obtuvo logros militares.

Los límites de la política del puño de hierro se hicieron evidentes por vez primera durante la primera intifada, un levantamiento espontáneo de palestinos árabes dentro de los territorios ocupados, que comenzó en 1987 y duró seis años. Fueron dos los logros básicos de la intifada. Forzó a los israelíes y a Estados Unidos a hablar con la OLP, un largo proceso que condujo a los llamado Acuerdos de Oslo de 1993, que ayudaron a la creación de la Autoridad Palestina en parte de los territorios ocupados.

En el largo plazo los Acuerdos de Oslo fueron menos importantes geopolíticamente que el impacto de la intifada en la opinión pública mundial. Por vez primera, la imagen de David y Goliath comenzó a invertirse. Por vez primera, comenzó a existir un respaldo serio en el mundo occidental a la llamada solución de los dos estados. Por vez primera, comenzó a haber una crítica seria al puño de hierro de Israel y sus prácticas vis-a-vis los palestinos árabes. Si Israel hubiera sido serio acerca de la solución de dos estados basada en la llamada Línea Verde –la línea de división al final de la guerra de 1948-1949– probablemente habría logrado un asentamiento.

Sin embargo, Israel siempre estaba un paso atrás. Cuando pudo haber negociado con Nasser, no quiso. Cuando pudo haber negociado con Arafat, no quiso. Cuando Arafat murió y lo sucedió el ineficaz Mahmoud Abbas, el más militante movimiento Hamas ganó las elecciones parlamentarias de 2006. Israel se negó a hablar con Hamas.

Ahora, Israel ha invadido Gaza, buscando destruir a Hamas. Si lo logra, ¿qué organización vendrá después? Y, como es lo más probable, si no logra destruir a Hamas, ¿será posible ahora una solución con dos estados? Tanto los palestinos como la opinión pública se mueven hacia una solución con un estados, y esto, por supuesto, es el fin del proyecto sionista. La estrategia de tres elementos de Israel se está descomponiendo. El puño de hierro ya no funciona, como no funcionó para George W. Bush en Irak. ¿Se mantendrá firme el vínculo con Estados Unidos? Lo dudo. ¿Continuará la opinión pública mirando con simpatía a Israel? No lo parece. ¿Puede Israel ahora cambiar a una estrategia alternativa de negociar con los representantes militantes de los palestinos árabes, como parte constituyente de Medio Oriente y no como puesto de avanzada de Europa? Parece bastante tarde para eso, y muy posiblemente sea demasiado tarde. Por eso, la crónica de un suicidio anunciado.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Pakistán: la pesadilla de Obama, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 22 diciembre, 2008

El 26 de noviembre de 2008, un pequeño grupo de 10 personas atacó dos lujosos hoteles y otros sitios en el centro de Bombay (India) y, por varios días, se las arregló para matar y herir a un gran número de personas y provocar una destrucción material masiva en la ciudad. Fueron necesarios varios días para poder ponerle fin a la matanza. Está muy extendida la suposición de que los ataques fueron conducidos por el grupo paquistaní Lashkar-e-Taiba (Ejército de los Buenos o LET por sus siglas), que se piensa tiene motivaciones similares a Al Qaeda, y que tal vez tiene vínculos directos con éste. La prensa mundial de inmediato calificó las matanzas de “el 11 de septiembre de India”, repetición de los ataques de Al Qaeda lanzados contra Estados Unidos en 2001.

Las motivaciones y la estrategia de Al Qaeda fueron en gran medida mal entendidos en 2001, tanto por Estados Unidos como por los analistas. Hay el riesgo de que ocurra la misma cosa ahora. Por supuesto, en 2001 Al Qaeda estaba buscando humillar a Estados Unidos. Pero desde el punto de vista estratégico, esto sólo era una motivación secundaria. Al Qaeda siempre ha dejado claro que su objetivo primario es la recreación del califato islámico. Y, como asunto de política estratégica, ha considerado que el primer paso necesario es el colapso de los gobiernos de Arabia Saudita y Pakistán. Al Qaeda considera que estos dos gobiernos han sido esenciales respaldos políticos de la dominación política occidental (sobre todo la estadunidense) en la más grande región de Medio Oriente, y como tal los mayores obstáculos a la recreación del califato, cuya base geográfica inicial estaría, por supuesto, en esta región.

El ataque del 11 de septiembre puede verse como un intento por hacer que el gobierno de Estados Unidos se involucre en actividades políticas que le pongan a los gobiernos paquistaní y saudita el tipo de presiones que terminen socavando su viabilidad política. Las principales acciones de Estados Unidos en la región desde 2001 –la invasión de Afganistán primero, y luego la de Irak– ciertamente cumplen las expectativas de Al Qaeda. ¿Cuál ha sido el resultado?

El gobierno saudita ha reaccionado con gran astucia política, esquivando las presiones estadunidenses que la podrían haber debilitado internamente, y ha sido capaz hasta ahora de minimizar el éxito político de Al Qaeda en Arabia Saudita. El gobierno paquistaní ha sido mucho menos exitoso. El régimen de Islamabad es mucho más débil en 2008 de lo que era en 2001 el que lo precedió, mientras que la fuerza política de los elementos tipo Al Qaeda no ha dejado de aumentar. Los ataques de Bombay parecen un esfuerzo por debilitar el Estado paquistaní todavía más. Por supuesto, LET quiso lastimar a India y a aquéllos vistos como sus aliados –Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel–, pero éste fue un objetivo secundario. El primario era derribar al gobierno paquistaní.

En Pakistán, como en cualquier país del mundo, las elites políticas son nacionalistas y buscan impulsar los intereses geopolíticos de su país. El objetivo es fundamentalmente diferente de los grupos semejantes a Al Qaeda, para los cuales la única función legítima de un Estado es impulsar la recreación del califato. La persistente negativa del mundo occidental a entender esta distinción es una fuente importante de la continuación de la fuerza de Al Qaeda. Es esto lo que tornará a Pakistán en la pesadilla de Obama.

¿Cuáles son los intereses geopolíticos de Pakistán? Antes que nada, se preocupa por sus vecinos principales: India y Afganistán. Estas preocupaciones han modelado su estrategia geopolítica durante los últimos 60 años. Pakistán ha buscado poderosos aliados contra India. Históricamente encontró dos: Estados Unidos y China. Ambos apoyan a Pakistán por una sencilla razón, mantener controlado a India, considerado por ambos países muy cercano geopolíticamente a la Unión Soviética, con la cual ambos han tenido conflicto.

En los años 90, con el fin de la guerra fría y la momentánea debilidad geopolítica de Rusia, tanto Estados Unidos como China buscaron tentativamente obtener relaciones más cercanas con India. India era un premio mucho más importante que Pakistán, y lo sabía. Una de las formas en que Pakistán reaccionó fue expandiendo su papel en (y su control sobre) Afganistán, y apoyando la eventualmente exitosa toma del poder de los talibanes en el país.

¿Qué pasó después de 2001? Estados Unidos invadió Afganistán, corrió a los talibanes e instaló un gobierno que tenía elementos amistosos hacia Estados Unidos, Rusia y aun Irán, pero para nada con Pakistán. Al mismo tiempo, Estados Unidos e India se acercaron con más confort mediante los nuevos arreglos de la energía nuclear. Entonces, el gobierno paquistaní se hizo de la vista gorda hacia la renovada fuerza talibán en las regiones tribales del noroeste que hacen frontera con Afganistán. Los elementos talibanes ahí, respaldados por Al Qaeda, renovaron sus operaciones militares en Afganistán, y con considerable éxito, debe resaltarse.

Estados Unidos se molestó bastante, presionó al ejército paquistaní a que actuara militarmente contra estos elementos talibanes/Al Qaeda, y se implicó en acciones militares directas (si bien encubiertas) en esta región. El gobierno paquistaní se halló de pronto entre una roca y un sitio duro. Nunca había tenido mucha capacidad para controlar las cosas en las regiones tribales. Y los intentos que hizo como resultado de la presión del gobierno estadunidense lo debilitaron todavía más. Pero su ineficacia empujó a los militares de Estados Unidos a actuar más directamente, lo que condujo a un severo sentimiento antiestadunidense aun entre las elites históricamente pro Estados Unidos.

¿Qué puede hacer Obama? ¿Enviar tropas? ¿En contra de quién? ¿Contra el propio gobierno paquistaní? Se dice que Washington está particularmente preocupado por el acopio nuclear con que cuenta Pakistán. ¿Intentará apoderarse de este acopio? Cualquier acción en esa línea –y Obama imprudentemente apuntó la posibilidad de acciones de ese tipo en su campaña electoral– haría que el fiasco iraquí se viera como un suceso menor. Sin duda condenaría los objetivos internos de Obama.

No faltará gente que le aconseje que no hacer nada significará una debilidad inaceptable. ¿Es ésa la única alternativa de Obama? Parece claro que continuar con su agenda, como él mismo la ha definido, requiere apartarse de las interminables y nada fructíferas actividades estadunidenses en Medio Oriente. Irak será fácil, porque los iraquíes insisten en que Estados Unidos se retire. Afganistán será más duro, pero no es imposible un arreglo político. Irán puede negociarse. El conflicto Israel/Palestina es por el momento irresoluble, y Obama no puede hacer mucho más que dejar que la situación se pudra aún más tiempo.

Pero Pakistán requiere una decisión. Si ha de sobrevivir algún gobierno paquistaní, será uno que pueda mostrar que se sostiene por sí mismo geopolíticamente. Esto no será fácil, dada la situación interna, y la enojada opinión pública de India. Si hay algún lugar en que Obama puede actuar con inteligencia ése es el sitio.

© Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera.

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Irak: la decimotercera hora, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 15 diciembre, 2008

El 27 de noviembre, el Parlamento de Irak votó 149-35 en favor de ratificar el Acuerdo para el Estatus de las Fuerzas (ampliamente conocido como SOFA por sus siglas en inglés) con Estados Unidos. Conforme se recogía el voto, el viceprimer ministro, Barham Salih, dijo según se le cita: “les recuerdo que en Irak las cosas no han ocurrido en la hora undécima sino en la decimotercera”. En otras palabras, el momento clave está aún por llegar.

¿Qué ha ocurrido en realidad? El Parlamento iraquí tiene 275 miembros. Los presentes en el momento del voto fueron únicamente 198. Quienes votaron en favor del texto fueron 149, apenas una mayoría de los miembros. Los 149 incluyen a los miembros de los dos más importantes partidos chiítas (el SCIRI y Dawa, el partido del primer ministro), los dos partidos kurdos y, lo que es crucial, los miembros del Frente Iraquí de Acuerdo (IAF, por sus siglas en inglés), de base sunita.

Fue crucial el voto favorable del IAF porque el gran ayatola Sistani había dicho que no respaldaría el acuerdo a menos que tuviera un “amplio” apoyo, lo que significaba que tuviera un sustancial respaldo sunita. Así que los sunitas tuvieron un gran poder de negociación con el primer ministro Maliki, cuyo futuro político pendía de lograr el acuerdo SOFA adoptado. El IAF obtuvo dos cosas de Maliki. Una fue que en julio de 2009 habría un referendo nacional relativo al acuerdo. La segunda es el respaldo sustancial que Maliki le está otorgando a los llamados “consejos de apoyo” en las tribus sunitas. Es decir, Maliki está ofreciendo a la vez un soborno y garantías contra futuras represalias a las tribus sunitas que han prestado ayuda a las fuerzas armadas estadunidenses el año pasado a cambio de asistencia material.

Maliki ha emergido como el gran ganador político y demuestra que es más hábil maniobrando políticamente de lo que la mayoría de los analistas esperaba. Miremos qué es lo que logró al pasar el acuerdo SOFA, que los iraquíes comienzan a llamar el “acuerdo de retirada”. Su primer logro fue mantener a raya a los sadristas [los seguidores de Moqtada Sadr] cooptando la estrategia sadrista –sacar a los estadunidenses de Irak haciendo un trato con los sunitas. Tanto SCIRI (el otro partido chiíta dominante) como los kurdos, refunfuñan por la posibilidad de que se esté cocinando una “dictadura” de Maliki con el asunto, pero no tuvieron otra que ratificar el acuerdo. Los sadristas han mantenido su postura de espera votando en voz alta contra el pacto.

¿Cuál es el pacto? Los elementos clave son el requisito de que las fuerzas estadunidenses abandonen todas las ciudades y poblados para junio de 2009, y que abandonen totalmente Irak para diciembre de 2011. Además, todas las acciones militares estadunidenses deben ahora estar coordinadas por adelantado con los iraquíes, y Estados Unidos no puede utilizar a Irak como base para atacar a sus vecinos (es decir, Siria e Irán).

¿Por qué accedió Bush? No tenía otra opción. La alternativa era que las fuerzas estadunidenses se volvieran ilegales después del 31 de diciembre de 2008 y todo el asunto quedara en manos de Obama. El gobierno estadunidense tenía tanto miedo de la reacción de su Congreso a los detalles del pacto que rehusaron difundir una versión en inglés del acuerdo antes de la votación. No querían que el público estadunidense discutiera el pacto antes de que el Parlamento iraquí votara.

Los términos del pacto contienen algo de lenguaje vago y los militares estadunidenses dicen que confían en su habilidad para interpretar su lenguaje del modo en que lo prefieran. Por lo tanto se dice que Bush consiguió un mejor arreglo que el plan de retirada de 16 meses propuesto por Obama. Pero esto no es verdad para nada. En realidad es peor. La propuesta de Obama era que las fuerzas combatientes estadunidenses se retiraran en 16 meses, pero no fijaba fecha alguna para las fuerzas de “entrenamiento”, dejando abierta la posibilidad de un estacionamiento indefinido de algunas fuerzas estadunidenses. El acuerdo SOFA hace que todas las fuerzas salgan para diciembre de 2011. Y fue Bush, no Obama, quien tuvo que firmar esto.

En la práctica todas las fuerzas estadunidenses se irán mucho antes de diciembre de 2011. Es aquí donde entra en juego el referendo. Éste se llevará a cabo en julio de 2009. Las fuerzas estadunidenses deben abandonar las ciudades y los poblados hacia junio de 2009. Si no lo hacen, con toda seguridad el referendo no pasará. Si cumplen, Maliki tiene todavía que ganar el referendo. Para lograrlo, tendrá que asumir una línea dura hacia los estadunidenses. Cualquier idea de que los militares estadunidenses podrán “interpretar” el lenguaje vago en su favor es una total ilusión. En cualquier caso, el referendo puede estar en aprietos, dado que Sistani expresó sus reservas después del voto parlamentario. Maliki sabe que si le otorga siquiera una pulgada a Estados Unidos, Moqtada Sadr estará esperando en las alas.

Así que Maliki tiene todas las fichas del asunto y Obama no tendrá ninguna. Obama tendrá que acceder graciosamente a las demandas iraquíes. Estas demandas escalarán, no se harán menores, conforme pasen los meses.

Y por cierto, los etíopes (los sustitutos de Estados Unidos en Somalia) acaban de anunciar que retirarán sus tropas para finales de 2008. Y el presidente Karzai de Afganistán anunció recientemente que quiere formalizar una fecha de retirada de las fuerzas estadunidenses y de la OTAN que se encuentran ahí. La sensación general en la región parece ser la de que no sólo es posible hablarle rudo a Estados Unidos. Resulta bien. Se acerca la hora decimotercera.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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La victoria de Obama: temor y esperanza, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 17 noviembre, 2008

La totalidad de Estados Unidos y, de hecho, del mundo observó y casi toda ésta vitoreó la elección de Barack Obama como próximo presidente de Estados Unidos. Y aunque durante la campaña electoral casi todos disminuyeron la central importancia del aspecto racial, el 4 de noviembre pareció que nadie podía hablar de nada más. Hay tres cuestiones centrales de esto que casi todos los comentaristas llaman un “evento histórico”. ¿Qué tan importante es? ¿Qué es lo que explica la victoria? ¿Qué es lo más probable que pase ahora?

La noche del 4 de noviembre una inmensa multitud se reunió en el parque Grant, en Chicago, para escuchar el discurso de aceptación de Obama. Todos aquellos que observaron la televisión estadunidense vieron que la cámara hizo zoom sobre Jesse Jackson y que él estaba llorando. Esas lágrimas reflejan el punto de vista virtualmente unánime de todos los afroestadunidenses, que consideran la elección de Obama como el momento de su integración definitiva al proceso electoral estadunidense. No creen que el racismo haya desaparecido. Pero se cruzó una barrera simbólica, primero que nada para ellos, y luego para el resto de nosotros.

Este sentimiento es bastante paralelo al de los africanos en Sudáfrica el 27 de abril de 1994, cuando votaron para elegir a Nelson Mandela presidente de su país. No ha importado que Mandela, como presidente, no haya cumplido con todas las promesas de su partido. No importará que Obama no cumpla todas las promesas de su campaña. En Estados Unidos, como en Sudáfrica, ocurrió el amanecer de un nuevo día. Aun cuando sea un día imperfecto, es un mejor día que antes. Los afroestadunidenses, pero también los hispanos y la gente joven en general, votó por Obama en aras de la esperanza –esperanza difusa, pero real.

¿Cómo fue que ganó Obama? Como cualquiera que triunfa en una situación política compleja: reuniendo una enorme coalición de fuerzas políticas diferentes. En este caso, el espectro abarcó desde muy a la izquierda hasta la derecha del centro. No habría podido sin ese enorme rango de respaldo. Y, por supuesto, ahora que ya ganó, los diferentes grupos quieren que gobierne como cada uno de ellos prefiere, lo cual, por supuesto, es imposible.

¿Quiénes son esos diferentes elementos y por qué lo respaldan? En la izquierda, aun muy a la izquierda, votaron por Obama debido al profundo enojo por el daño que el régimen de Bush infligió a Estados Unidos y al mundo, y por el temor genuino a que McCain no fuera mejor, tal vez fuera peor. En el centro-derecha los independientes y muchos republicanos sufragaron por él, sobre todo porque se han horrorizado de la siempre creciente dominación de la derecha cristiana en la política del Partido Republicano, sensación que quedó subrayada por la elección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia. Esa gente votó por Obama, porque tuvo miedo a la fórmula McCain/Palin y porque Obama los convenció de que era un sólido y sensato pragmatista.

Y entre esos dos grupos están los llamados demócratas reaganitas, en gran medida obreros industriales –muchos católicos, muchos racistas– que han tendido a desertar de las bases del partido demócrata en las elecciones recientes porque consideran que el partido se había movido muy hacia la izquierda y desaprueban sus posiciones en cuestiones sociales. Estos votantes se regresaron al partido demócrata no porque su postura haya cambiado, sino por miedo. Les asustó mucho la depresión económica hacia la que se ha movido Estados Unidos y piensan que su única esperanza es un renovado Nuevo Trato. Votaron por los demócratas, pese a que Obama es afroestadunidense. El temor pudo más que el racismo.

¿Y qué va a hacer Obama ahora? ¿Qué puede hacer ahora? Es muy pronto todavía para estar seguros. Parece claro que se moverá con prontitud para sacar ventaja de la situación de crisis, como lo puso su nuevo jefe del gabinete, Rahm Emanuel. Yo sospecho que veremos una dramática serie de iniciativas en los tradicionales 100 primeros días. Y mucho de lo que Obama haga puede ser sorprendente.

Sin embargo, las dos situaciones más importantes se encuentran más allá de su control –la transformada geopolítica del sistema-mundo y la catastrófica situación económica mundial. Sí, el planeta recibió la victoria de Obama con júbilo, pero también con prudencia. Es notable que dos centros de poder importantes emitieran declaraciones muy expresas y directas acerca del escenario geopolítico. Tanto la Unión Europea, en una declaración unánime, como el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, de Brasil, dijeron estar dispuestos a renovar su colaboración con Estados Unidos, pero esta vez como iguales, no como socios menores.

Obama se saldrá de Irak más o menos en los términos prometidos, aunque no sea sino por el hecho de que el gobierno iraquí insistirá en ello. Intentará una graciosa salida de Afganistán, lo cual no será fácil. Pero que vaya a hacer algo significativo en relación con el empantanado conflicto entre Israel y Palestina o que pueda avanzar hacia un Pakistán más estable, eso es más incierto. Y tendrá menos qué decir de lo que él piensa. ¿Podrá Obama aceptar el hecho de que Estados Unidos ya no es el líder mundial, sino únicamente un socio con otros centros de poder? Y si puede hacerlo, ¿podrá hacer que el pueblo estadunidense acepte esta nueva realidad?

En cuanto a la depresión, sin duda tendrá que buscar una salida. Obama, al igual que los otros líderes importantes del mundo, es un capitán en un mar tormentoso, y puede hacer relativamente un poquito más que sólo evitar que su barco se hunda por completo.

Donde Obama tiene margen de maniobra es en la situación interna. Hay tres cosas donde se espera que actúe y pueda actuar, si es que está listo para ser audaz. Una es la creación de empleos. Esto sólo puede hacerse eficazmente en el corto plazo mediante acciones gubernamentales. Y se realizará mejor si se invierte en la reconstrucción de la degradada infraestructura de Estados Unidos y en medidas que reviertan el deterioro ambiental.

La segunda cuestión es el establecimiento, por fin, de una estructura de atención a la salud en Estados Unidos que sea decente, en la cual todos, sin excepción, estén cubiertos y en la cual haya énfasis considerable en medicina preventiva.

Una tercera área es enmendar todo el daño que el gobierno de Bush hizo contra las libertades civiles básicas, pero que también hicieron gobiernos anteriores. Esto requiere una revisión fundamental del Departamento de Justicia y del aparato legal y paralegal que se ha construido en los últimos ocho (pero también en los últimos 30) años.

Si Obama actúa decididamente en estos tres ámbitos, entonces podremos decir que ésta fue en verdad una elección histórica, una en la que el cambio ocurrido fue algo más que simbólico. Si no lo logra, el desencanto será mayúsculo.

Muchos intentan distraer su atención hacia ámbitos en los que no puede hacer mucho y en los cuales su mejor postura es guardar un bajo perfil, aceptando la realidad de un mundo nuevo. Hay mucho que temer en torno a las acciones futuras de Obama, pero también mucho que ofrece esperanzas.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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La depresión, una visión a largo plazo, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Economía, Política by reggio on 20 octubre, 2008

La depresión ya empezó. Algo cohibidos, los periodistas siguen preguntándole a los economistas si será que tal vez sólo estamos entrando a una mera recesión. No lo crean ni por un minuto. Estamos ya en el comienzo de una depresión mundial de gran envergadura con desempleo masivo en casi todas partes. Puede asumir la forma de una deflación nominal clásica, con todas sus consecuencias negativas para la gente común. Es un poquito menos probable que asuma la forma de inflación galopante, que es simplemente otro modo en que los valores se desploman, y que es incluso peor para la gente común.

Por supuesto que todo el mundo se pregunta qué fue lo que disparó esta depresión. ¿Serán los instrumentos derivados, que Warren Buffett llama “armas financieras de destrucción masiva”? ¿O son acaso las hipotecas de segundo grado? ¿O los especuladores del petróleo? Jugar a las culpas no tiene importancia real. Eso es concentrarse en el polvo, como Fernand Braudel le llamaba, de los eventos de corta duración. Si queremos entender lo que está ocurriendo necesitamos echar un vistazo a otras dos temporalidades, que son mucho más reveladoras. Una es la de los vaivenes cíclicos de media duración. La otra es aquella de las tendencias estructurales de larga duración.

La economía-mundo capitalista ha tenido, durante varios cientos de años, por lo menos, dos formas importantes de vaivenes cíclicos. Uno son los llamados ciclos de Kondratieff que históricamente tenían una duración de unos 50-60 años. Y otros son los ciclos hegemónicos que son mucho más largos.

En términos de los ciclos hegemónicos, Estados Unidos fue un contendiente emergente de dicha hegemonía por ahí de 1873, logró su dominación hegemónica en 1945 y ha ido declinando desde los años 70. Las locuras de George W. Bush han transformado ese lento declinar en uno precipitado. Y ahora, estamos ya lejos de cualquier asomo de hegemonía estadunidense. Hemos entrado, como ocurre normalmente, en un mundo multipolar. Estados Unidos permanece como potencia fuerte, tal vez la más fuerte, pero continuará declinando en relación con otras potencias en las décadas venideras. No hay mucho que nadie puede hacer para cambiar eso.

Los ciclos de Kondratieff tienen una temporalidad diferente. El mundo salió de la última fase B del ciclo Kondratieff en 1945, y entonces vino el vuelco más fuerte hacia la fase A en la historia del sistema-mundo moderno. Llegó a su clímax cerca de 1967-1973, y comenzó su descenso. Esta fase B ha sido mucho más larga que las fases B previas y seguimos en ella.

Las características de una fase B de Kondratieff son bien conocidas y coinciden con lo que la economía-mundo ha experimentado desde los años 70. Las tasas de ganancia en las actividades productivas bajan, especialmente en aquellos tipos de producción que han sido más rentables. En consecuencia, los capitalistas que deseen niveles de ganancia realmente altos se inclinan hacia el ámbito financiero, y se involucran en lo que básicamente es especulación. Para que las actividades productivas no se vuelvan tan poco redituables, tienden a moverse de las zonas centrales a otras partes del sistema-mundo, negociando costos menores de transacción por costos menores de personal. Es por eso que comienzan a desaparecer los empleos en Detroit, Essen y Nagoya, y que se expanden las fábricas en China, India y Brasil.

En cuanto a las burbujas especulativas, algunas personas siempre hacen mucho dinero con ellas. Pero tarde o temprano las burbujas especulativas siempre revientan. Si uno se pregunta por qué esta fase B del ciclo Kondratieff ha durado tanto, es porque los poderes existentes –el Departamento del Tesoro y el Banco de la Reserva Federal estadunidenses, el Fondo Monetario Internacional, y sus colaboradores en Europa occidental y Japón– han intervenido en el mercado de modo regular e importante para llevar a puerto la economía-mundo –en 1987, al desplomarse el mercado de la bolsa; en 1989, en el colapso de los préstamos y ahorros en Estados Unidos; en 1997, en la caída financiera de Asia oriental; en 1998, por los malos manejos del llamado fondo de manejo de capitales de largo plazo (mundialmente conocido por su nombre en inglés Long Term Capital Management); en 2001-2002, con Enron. Aprendieron las lecciones de las previas fases B de Kondratieff, y los poderes existentes pensaron que podían vencer al sistema. Pero hay límites intrínsecos para hacer esto. Y ahora hemos llegado a ellos, como Henry Paulson y Ben Bernanke lo están aprendiendo para su vergüenza y tal vez para su asombro. Esta vez no será tan fácil, probablemente sea imposible, evitar lo peor.

En el pasado, una vez que una depresión daba rienda suelta a sus estragos, la economía-mundo se levantaba, sobre la base de innovaciones que podían ser cuasi monopolizadas por un tiempo. Así que cuando la gente dice que el mercado de la bolsa de valores se volverá a levantar, es esto en lo piensa que ocurrirá, esta vez como en el pasado, después de que las poblaciones del mundo hayan resentido todo el daño causado. Y tal vez así sea, en unos pocos años o así.

Hay sin embargo algo nuevo que puede interferir con este bonito patrón cíclico que ha sostenido al sistema capitalista por unos 500 años. Las tendencias estructurales pueden interferir con las tendencias cíclicas. Los rasgos estructurales básicos del capitalismo como sistema-mundo operan mediante ciertas reglas que pueden trazarse en una gráfica como un equilibrio en movimiento ascendente. El problema, como con todos los equilibrios estructurales de todos los sistemas, es que con el tiempo las curvas se mueven mucho más allá del equilibrio y se torna imposible regresarlas a éste.

¿Qué ha hecho que el sistema se mueva tan lejos del equilibrio? En breve, lo que ocurre es que a lo largo de 500 años los tres costos básicos de la producción capitalista –personal, insumos e impuestos– han subido constantemente como porcentaje de los precios posibles de venta, de tal modo que hoy hacen imposible obtener grandes ganancias de la producción cuasi monopólica que siempre fue la base de la acumulación capitalista significativa. No es porque el capitalismo esté fallando en lo que hace mejor. Es precisamente porque lo ha estado haciendo tan bien que finalmente minó la base de acumulaciones futuras.

Lo que ocurre cuando alcanzamos un punto así es que el sistema se bifurca (en el lenguaje de los estudios de la complejidad). Las consecuencias inmediatas son una turbulencia altamente caótica, que nuestro sistema-mundo está experimentando en este momento y que seguirá experimentando por unos 20-50 años. Como todos empujan en cualquier dirección que piensan que es mejor en lo inmediato para cada quien, emergerá un orden del caos en uno de los dos muy diferentes senderos alternos.

Podemos aseverar con confianza que el presente sistema no sobrevivirá. Lo que no podemos predecir es cuál nuevo orden será el elegido para remplazarlo, porque éste será el resultado de una infinidad de presiones individuales. Pero tarde o temprano, un nuevo sistema se instalará. No será un sistema capitalista pero puede ser algo mucho peor (aun más polarizado y jerárquico) o algo mucho mejor (relativamente democrático y relativamente igualitario) que dicho sistema. Decidir un nuevo sistema es la lucha política mundial más importante de nuestros tiempos.

En cuanto a las perspectivas inmediatas de corta duración ad interim, es claro lo que ocurre en todas partes. Nos hemos estado moviendo hacia un mundo proteccionista (olvídense de la llamada globalización). Nos hemos estado moviendo hacia un papel mucho mayor del gobierno en la producción. Aun Estados Unidos y Gran Bretaña están nacionalizando parcialmente los bancos y las moribundas grandes empresas. Nos movemos hacia una distribución populista conducida por el gobierno, que puede asumir modos socialdemócratas a la izquierda del centro o formas autoritarias de extrema derecha. Y nos movemos hacia conflictos sociales agudos al interior de algunos estados, debido a que todo el mundo compite por un pastel más pequeño. En el corto plazo, no es, de ningún modo, un panorama agradable.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Nuevo orden geopolítico mundial: fin del Acto Primero, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Derechos, Economía, Internacional, Política by reggio on 29 septiembre, 2008

Sería un error subestimar la importancia del acuerdo que el 9 de septiembre tomaron Nicolas Sarkozy de Francia, en su capacidad de actual presidente de la Unión Europea (UE), y Dimitri Medvedev, presidente de Rusia. Es un acuerdo que marca el fin definitivo del Acto Primero del nuevo orden geopolítico mundial.

¿Qué se decidió? Los rusos accedieron a retirar todas sus tropas de lo que se conocen como “áreas centrales de Georgia”, o “Georgia, propiamente”, es decir, las partes de Georgia que los rusos reconocen como Georgia. Estas tropas están siendo remplazadas por 200 monitores de la UE, y es algo que se emprende con base en las garantías ofrecidas por la UE de que no habrá ningún uso de fuerza contra Osetia del Sur y Abjazia.

El asunto del reconocimiento ruso a la independencia de Osetia del Sur y Abjazia se ha dejado abierto por completo. Sarkozy y el ministro de Relaciones Exteriores de la UE, Javier Solana, “esperan” que en el futuro Rusia permita que los monitores de la UE entren en estas áreas. El ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, dijo que no hacen tal promesa y que “todo arreglo de supervisión futura requerirá de la ratificación de los gobiernos de Osetia del Sur y Abjazia”. Lavrov dijo que las tropas rusas se mantendrían en ambas áreas “en el futuro previsible”. Y aunque el secretario del Consejo de Seguridad Nacional de Georgia, Alexander Lomaia, aplaudió las claras fechas límites para la retirada rusa de la Georgia “propiamente dicha”, anotó que era “mala noticia que [el acuerdo] no se refiriera a la integridad territorial [de Georgia]”.

Este acuerdo fue alcanzado por Europa y Rusia, y Estados Unidos no jugó ningún papel diplomático en lo absoluto. Medvedev acusó a Estados Unidos de haber dado su bendición a la acción original georgiana de invadir Osetia del Sur. Dijo que, por el contrario, los europeos son “nuestros socios naturales, nuestros socios clave”.

El presidente de Georgia recibió mucho aliento de John McCain, y el vicepresidente Cheney voló ahí para decir que Estados Unidos daría mil millones de dólares en asistencia para la reconstrucción de Georgia. Pero el secretario de Defensa, Robert Gates, al explicar por qué esta ayuda no incluía asistencia militar y por qué no habría sanciones económicas contra Rusia, dijo: “si actuamos muy precipitadamente, podemos ser nosotros quienes quedemos aislados”.

Así que, ¿cuál es el fondo del asunto? Rusia consiguió en Georgia más o menos lo que quiso. Su reconocimiento “irrevocable” de Osetia del Sur y Abjazia es algo que tal vez pueda canjear en el futuro por un viraje básico en las relaciones de Georgia con Rusia. Si no, no. El hecho es que Europa cree que necesita reconciliarse con Rusia y ha descartado reanudar lo que los chinos llaman “la guerra civil europea”.

Estados Unidos se percata de que no tiene cartas reales con qué jugar. Entre tanto, en Medio Oriente sus aliados más cercanos lo rechazan públicamente. En Irak, el primer ministro Maliki se ha vuelto un negociador muy rudo en torno a la continuada presencia de las tropas estadunidenses, y no es imposible que, si Estados Unidos no hace más concesiones importantes, los acuerdos actuales que terminan el 31 de diciembre simplemente se agoten.

En Afganistán, el presidente Karzai está tan exasperado con las misiones de bombardeo de las tropas especiales estadunidenses que ha exigido “una revisión de la presencia de tropas estadunidenses y de la OTAN en el país”, en lo que CBS News llama un “discurso de palabras ásperas”. La provocación inmediata fue un ataque aéreo en Azizabad que el ejército estadunidense alega que dejó pocas bajas y que estaba dirigido contra los talibanes. Los afganos insisten en que no había talibanes ahí y que un gran número de civiles fue asesinado. Cuando los funcionarios de Naciones Unidas y otros dieron credibilidad a la versión afgana, el general estadunidense de mayor rango en Afganistán, David McKiernan, se retractó de la posición estadunidense e hizo un llamado a que se emprendiera una investigación estadunidense de alto nivel, a cargo de un general venido de Estados Unidos.

Y en Pakistán, el presidente Bush autorizó la persecución álgida de los talibanes de Afganistán a Pakistán, contraviniendo la advertencia del Consejo Nacional de Inteligencia de que esto conllevaría “un alto riesgo de desestabilizar más al gobierno y al ejército paquistaníes”. La incursión consiguió lo que el New York Times llama “una declaración inusualmente fuerte” del jefe del ejército paquistaní, el general Asfaq Kayani, quien dijo que sus fuerzas defenderían la soberanía paquistaní “a toda costa”. Dado que el gobierno estadunidense ha considerado al general Kayani como su fuerte simpatizante en Pakistán, esto no es exactamente lo que Estados Unidos quería escuchar.

Así que, ignorado en Georgia, y atacado por sus aliados más cercanos en Irak, Afganistán y Pakistán, Estados Unidos se encuentra algo descontento por cómo entra en las realidades del mundo posterior a la guerra fría, en el cual tiene que jugar con reglas nuevas que le resultan muy poco de su agrado.

Entre tanto, como nota al margen, irónica y no carente de importancia, el 10 de septiembre se celebró en Ginebra un importante desarrollo de la física de partículas, cuando el laboratorio de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (conocido como CERN, por sus siglas en francés) logró un avance científico importantísimo después de 14 años de trabajo y un gasto de 8 mil millones de dólares. Fue un momento tan importante en la ciencia mundial que sus contrapartes estadunidenses en el Fermilab de Batavia, Illinois, abrieron botellas de champaña a las 4:38 de la mañana para celebrar. Sin embargo, Pier Oddone, el director del Fermilab, admitió que era un “momento agridulce”. Hasta 1993, Estados Unidos era la autoridad en la física de partículas. Ese año, el Congreso estadunidense, inundado de confianza en sí mismo por haber “ganado” la guerra fría, consideraba que resultaba muy costoso construir el tipo de supercolisionador necesario para este avance de la física de partículas –ahora que geopolíticamente era ya algo innecesario. Los europeos tomaron una decisión muy diferente y Estados Unidos se halla ahora en un segundo lugar aquí también.

Llamo a esto el fin del Acto Primero porque ha sellado la realidad de una arena geopolítica verdaderamente multilateral. Por supuesto, hay otros actos por venir. Y cualquier amante del teatro sabe que el Acto Primero meramente establece quiénes son los actores. Es en el Acto Segundo donde vemos lo que ocurre realmente. Y luego ocurre el Acto Tercero con el desenlace.

© Immanuel Wallerstein

Traducción: Ramón Vera Herrera.

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¿Puede la OTAN sobrevivir Georgia?, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 21 septiembre, 2008

En medio del barullo periodístico acerca de una nueva guerra fría, la mayoría de los analistas se pierden la crisis real que quedó cristalizada con la imprudente excursión de Saakashvili a Ossetia del Sur: la mera existencia de la OTAN ha quedado en entredicho. Para entender eso, tenemos que regresarnos a los inicios de la OTAN como institución y como concepto.

La historia comenzó en 1947 cuando el Reino Unido y Francia firmaron el Tratado de Dunquerque, que prometía asistencia mutua en caso de que revivieran las agresiones militares alemanas. En 1948, este agrupamiento se expandió para incluir a Holanda, Bélgica y Luxemburgo en el Tratado de Bruselas, en una jugada diseñada, todavía, como defensa contra Alemania. Más tarde ese año, las cinco naciones establecieron la Organización de la Defensa de la Unión Occidental, que contaba con un Estado Mayor Conjunto. Hay dos cuestiones que anotar al respecto de estos tratados. Estados Unidos no era parte de ellos, y su preocupación en esa época era Alemania, no la Unión Soviética.

La fundación de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) en 1949 llegó con la ola del bloqueo de Berlín, en 1948. La OTAN, en efecto, nulificó los tratados de defensa de la Unión Occidental. Su foco no fueron los peligros de algún renovado militarismo alemán sino la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Desde el punto de vista de Estados Unidos, la OTAN servía varios propósitos. Era un mensaje a la Unión Soviética de que Estados Unidos estaba comprometido con mantener las fronteras existentes de la división de poderes en Europa, que parecían haber quedado amenazadas por el bloqueo de Berlín. Fue un método para reconciliar a los franceses y los británicos con el rearme de Alemania Occidental. Y una manera de controlar las operaciones militares de los aliados deshaciendo su naciente estructura militar para subordinar sus tropas al comando estadunidense.

Los líderes políticos y la mayoría de la población de los países de Europa occidental fueron en principio bastante favorables al concepto de la OTAN. Según ellos garantizaban que Estados Unidos los defendería de hecho si la Unión Soviética llegaba a pensar que podía violar los acuerdos de Yalta. Y Francia estaba lista a aceptar el rearme de Alemania Occidental como parte de su reconciliación histórica. Sin embargo, Francia se enfadó con el tercer objetivo –mantener las tropas francesas bajo el mando estadunidense, que es lo que llevó a Charles De Gaulle a retirarse de la estructura de comando de la OTAN en 1966 y exigir que sus cuarteles generales se mudaran de París a Bruselas.

A principios de los años 70, Europa occidental no sólo se había recuperado de sus preocupaciones respecto de Alemania sino que había comenzado a pensar que la Unión Soviética no representaba ya una inminente amenaza de invasión. Varios países, y no sólo Francia, comenzaron a buscar cómo atraer a una Unión Soviética, posestalinista, más dócil, hacia una cooperación más intensiva con Europa occidental. Notablemente, éste fue el caso de la Ostpolitik de Alemania Occidental. Y cuando, en los 80, surgió la idea de un gasoducto de la Unión Soviética a Europa occidental, esto fue recibido favorablemente aun en el Reino Unido de Margaret Thatcher.

Estados Unidos se abrumó con este rumbo de los acontecimientos. Se opuso al gasoducto sin lograr nada. Buscó desalentar toda negociación encaminada a revivir un ejército europeo que no fuera parte de la OTAN. En general, se volvió mucho menos amistoso con la idea de Europa como Europa, una que estuviera separada de la comunidad del Atlántico norte.

En 1989, el desgaste se intensificó con el colapso de los comunismos y con la disolución de la Unión Soviética en 1991. Dado que la OTAN fue creada como una estructura para defender a Europa Occidental de una Unión Soviética gobernada por un partido comunista, ¿qué función tendría ahora la OTAN? Estados Unidos estaba decidido a mantener la OTAN, y buscó una nueva definición de su papel. Estaba empeñado a no permitir la emergencia de una estructura europea autónoma, desvinculada de Estados Unidos, y peor aún, que posiblemente creara “el hogar común europeo” que incluiría a Rusia, como lo había propuesto Mijail Gorbachov.

La cuestión estructural inmediata para la OTAN fue el asunto de la expansión –incluir o no a los antiguos satélites soviéticos, que ahora se habían emancipado de sus lazos con la Unión Soviética/Rusia. Estados Unidos pujó fuerte, casi de inmediato, para incorporarlos a la OTAN. Europa occidental fue menos entusiasta. Los antiguos satélites veían su incorporación como un vínculo con Estados Unidos, como una protección contra Rusia y como una puerta de entrada al mejoramiento económico. Estados Unidos vio la incorporación de éstos como una restricción al posible resurgimiento de Rusia pero más como una garantía de que “Europa” no podría desvincularse de su cercana alianza con Estados Unidos, dado que estos países se opondrían. Europa occidental era menos entusiasta precisamente porque entendió lo que Estados Unidos estaba haciendo.

La guerra de Irak exacerbó la situación enormemente. Donald Rumsfeld se regodea con la idea de dos Europas –la “vieja” Europa que era decadente y poco cooperativa, y la “nueva” Europa, comprometida con los mismos objetivos mundiales que Estados Unidos. De hecho, en la situación inmediata tras la invasión estadunidense a Irak en 2003 había tres Europas: la “nueva” Europa de Rumsfeld (es decir los antiguos satélites soviéticos); aquéllos que se rehusaron a unirse a la “coalición de la voluntad” (notablemente Francia y Alemania); y aquellos países de Europa occidental que en 2003 apoyaron la invasión estadunidense de Irak (el Reino Unido, España e Italia). Francia y Alemania se acercaron, políticamente, a la Rusia de Putin en su oposición común a Estados Unidos en Naciones Unidas.

El desgaste continuó. Cuando Estados Unidos pujó este año por el lanzamiento del proceso para incluir a Ucrania y Georgia en la OTAN, se topó con la fuerte oposición no sólo de Francia y Alemania sino también del Reino Unido, España e Italia. De hecho contó con el fuerte respaldo de sólo cuatro de los estados de Europa Oriental –Polonia y los tres estados bálticos. Los otros estados de Europa del este también tenían reticencias.

Luego ocurrió la marcha de Saakashvili a Ossetia del Sur y el exitoso y fuerte revire de Rusia. Polonia y los otros tres estados bálticos dieron su inmediato y pleno respaldo a Georgia, y Estados Unidos, un poco menos pronto, elevó su nivel de retórica y mandó barcos de guerra con ayuda humanitaria.

¿Qué hizo Europa occidental? De inmediato y sin consultarle a nadie, el presidente Sarkozy de Francia negoció una tregua en los combates y luego hizo que la Unión Europea respaldara este fait accompli. La canciller Merkel, de Alemania, entró entonces a escena y emprendió más negociaciones con Rusia. Aun Silvio Berlusconi, de Italia, telefoneó a Putin. Todo este tiempo, Condoleezza Rice estuvo fuera de la real escena diplomática.

¿Funcionó la diplomacia? Sólo hasta cierto punto, por supuesto, ya que sigue la controversia acerca del sitio en que se hallan acantonadas las tropas rusas y el reconocimiento definitivo que Rusia le otorgue a la independencia de Ossetia del Sur y Abjazia. Pero los hombres de Estado de Europa occidental continúan haciendo declaraciones en el sentido de que hay que cuidarse de no cortar lazos con Rusia. Y parecería que lo más que puede hacer la prensa de Europa occidental es reprender a Rusia alegando que es ella la que está rompiendo las relaciones amistosas con Europa occidental. Lo más revelador de todo es la nota, aparecida en el New York Times, de que Polonia, República Checa y los estados bálticos no llaman a Rice sino a Angela Merkel, y le piden que use su influencia para resolver la situación. Angela Merkel ha dejado claro que Alemania no va aceptar que la apresuren a aprobar la membresía de Georgia en la OTAN.

Lo más notable de todo es un artículo de opinión en el Financial Times, escrito por Kishore Mahbubani, académico de alto rango en el profundamente pro occidental Singapur. Mahbubani dice que 10 por ciento del mundo está unido en su condena a Rusia y el otro 90 por ciento “está divertido con la moralina occidental acerca de Georgia”. Él dice que Mao Tse Tung tenía razón en una cosa –la distinción entre la contradicción primaria y las contradicciones secundarias ante las cuales uno siempre acaba concediendo. “Rusia no está a punto de volverse la contradicción primaria que encara Occidente”. Termina diciendo que es “el fallido pensamiento [estratégico]” occidental lo que ocasiona que el mundo sea un lugar más peligroso.

Estados Unidos no está preparado para escuchar el sabio consejo de sus propios amigos en el mundo no occidental. Europa occidental anda a tientas intentando entender qué es lo que está en juego para ella. La OTAN no puede sobrevivir la irrelevancia de su actividad estratégica en lo que Mahbubani llama “la era posguerra fría”.

Traducción Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Ajedrez geopolítico: el trasfondo de una miniguerra en el Cáucaso, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 14 septiembre, 2008

En agosto el mundo fue testigo de una miniguerra en el Cáucaso, y su retórica fue apasionada aunque en gran medida irrelevante. La geopolítica es una gigantesca serie de juegos de ajedrez entre dos jugadores en que ambos buscan ventajas en su posición. En estos juegos, es crucial conocer las reglas actualizadas que gobiernan las jugadas. Los caballos no pueden moverse en diagonal.

De 1945 a 1989, el principal juego de ajedrez ocurrió entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Se le conoció como guerra fría y las reglas básicas fueron llamadas, metafóricamente, “Yalta”. La regla más importante tenía que ver con una línea que dividió Europa en dos zonas de influencia. Winston Churchill la llamó la “cortina de hierro” e iba de Stettin a Trieste. La regla era que sin importar qué tantos disturbios provocaran los peones en Europa, no debía haber enfrentamientos bélicos reales entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Al finalizar cada una de las instancias de disturbio, las piezas regresaban a su posición inicial en el juego. Estas reglas se cumplieron meticulosamente hasta el colapso de los comunismos en 1989, que estuvo marcado, muy notablemente, por la destrucción del Muro de Berlín.

Es perfectamente cierto, como todo el mundo lo observó en su momento, que las reglas de Yalta quedaron abrogadas en 1989 y que el juego entre Estados Unidos y la Rusia (de 1991) ha cambiado radicalmente. Desde entonces el principal problema es que Estados Unidos malentendió las nuevas reglas del juego. Se proclamó a sí mismo, y fue proclamado por otros, como la superpotencia única. En términos de las reglas de ajedrez, esto se interpretó como que Estados Unidos podía moverse por todo el tablero a su antojo y, en particular, que podía transferir los antiguos peones soviéticos a su esfera de influencia. En el régimen de Clinton, y más espectacularmente con George W. Bush, Estados Unidos procedió a jugar de este modo.

Había un problema con esto: Estados Unidos no era la única superpotencia; no era ya siquiera una superpotencia, para nada. El fin de la guerra fría significó que Estados Unidos fuera degradado: de ser una de las dos superpotencias pasó a ser un Estado fuerte en una verdadera distribución multilateral de poder real en el sistema interestatal. Muchos países grandes pudieron ahora jugar sus propios juegos de ajedrez sin consultar sus jugadas con alguna de las dos antiguas superpotencias. Y comenzaron a jugar así.

Dos importantes decisiones geopolíticas se tomaron en los años de Clinton. Primero, Estados Unidos pujó duro, y más o menos logró, incorporar como miembros de la OTAN a los antiguos satélites soviéticos. Estos países estaban ansiosos, ellos mismos, de entrar, aun cuando los países claves de Europa occidental –Alemania y Francia– estuvieran bastante renuentes de aceptar este curso de los acontecimientos. Consideraban la maniobra estadunidense como algo dirigido, al menos en parte, contra ellos, algo que buscaba limitar su recién adquirida libertad de acción geopolítica.

La segunda decisión clave de Estados Unidos fue convertirse en jugador activo en los realineamientos de límites al interior de la anterior República Federal de Yugoslavia. Esto culminó en la decisión de sancionar, y hacer cumplir con tropas, la secesión de facto que emprendió Kosovo de Serbia.

Aun con Yeltsin, Rusia no quedó contenta con estas dos acciones estadunidenses. Sin embargo, el desarreglo político y económico de Rusia en los años de Yeltsin fue de tal magnitud que lo único que pudo hacer fue quejarse, con bastante debilidad, debemos añadir.

El advenimiento en el poder de George W. Bush y Vladimir Putin fue más o menos simultáneo. Bush decidió impulsar la táctica de superpotencia única (Estados Unidos puede mover sus piezas como le plazca) mucho más que Clinton. En 2001, Bush se retiró de Tratado Antibalístico de Misiles firmado por Estados Unidos y Rusia en 1972. Luego anunció que Estados Unidos no ratificaría los dos nuevos tratados firmados en los años de Clinton: el Tratado de Prohibición Completa de 1996 y los cambios aprobados al tratado de desarme nuclear conocido como SALT II [segunda versión del tratado conocido como Strategic Arms Limitation Talks, diálogos para limitar las armas estratégicas]. Después Bush anunció que Estados Unidos avanzaría con sus sistema nacional de misiles defensivos [National Missile Defense].

Y por supuesto, Bush invadió Irak en 2003. Como parte de este conflicto, Estados Unidos buscó y obtuvo el derecho a establecer bases militares y a sobrevolar en las repúblicas de Asia central, que antes fueron parte de la Unión Soviética. Además, Estados Unidos promovió la construcción de ductos para transportar crudo y gas natural del Cáucaso y Asia central que evitaran pasar por Rusia. Finalmente, Estados Unidos entró en acuerdos con Polonia y la República Checa para establecer enclaves de misiles de defensa, ostensiblemente para protegerse de los misiles iraníes. Rusia, sin embargo, consideró que estos misiles estaban apuntados en su contra.

Putin decidió contestar el empuje con mucho más eficacia que Yeltsin. No obstante, como jugador prudente, maniobró primero para fortalecer su base propia –y le restauró una autoridad central efectiva y revigorizante a los militares rusos. En este punto, las mareas de la economía-mundo cambiaron y Rusia, repentinamente, se tornó en un controlador poderoso y rico no sólo en cuanto a la producción de petróleo sino del gas natural que tanto necesitan los países europeos.

De aquí en adelante Putin comenzó a actuar. Empezó a entablar relaciones con China para llegar a tratados. Mantuvo relaciones cercanas con Irán. Comenzó a empujar a Estados Unidos fuera de sus bases en Asia central. Y asumió una postura muy firme en cuanto a la extensión de la OTAN en dos zonas clave –Ucrania y Georgia.

La fractura de la Unión Soviética condujo a movimientos étnicos secesionistas en muchas de las antiguas repúblicas soviéticas, incluida Georgia. Cuando en 1990 Georgia intentó ponerle fin al estatus autonómico de sus zonas étnicas no georgianas, éstas se proclamaron estados independientes con gran celeridad. Nadie las reconoció pero Rusia les garantizó su autonomía de facto.

Los acicates recientes que condujeron a la actual miniguerra fueron dos. En febrero, Kosovo transformó su autonomía de facto en una independencia de jure. Esta maniobra fue apoyada y reconocida por Estados Unidos y muchos países de Europa occidental. En el momento, Rusia advirtió que la lógica de esta jugada se aplicaba de igual modo a las secesiones de facto de la antigua Unión Soviética. En Georgia, Rusia actuó de inmediato, por vez primera, para autorizar el establecimiento de relaciones directas con Osetia del Sur y Abjazia en respuesta directa a la independencia de Kosovo.

En abril de este año, Estados Unidos propuso en la reunión de la OTAN que se les diera la bienvenida a Georgia y Ucrania a un llamado plan de acción de membresía. Alemania, Francia y el Reino Unido se opusieron a esta acción, diciendo que esto provocaría a Rusia.

Para entonces, el presidente de Georgia, neoliberal y fuertemente pro estadunidense, Mijail Saakashvili, estaba desesperado. Se dio cuenta que la reafirmación de la autoridad de Georgia sobre Osetia del Sur (o Abjazia) se desvanecía para siempre. Así, aprovechó un momento de desatención ruso (Putin en las olimpiadas, Medvediev de vacaciones) para invadir Osetia del Sur. Por supuesto, el insignificante ejército de Osetia del Sur se colapsó por completo. Saakashvili confió en que eso le forzaría la mano a Estados Unidos (y de hecho a Alemania y Francia también).

Lo que ocurrió es que obtuvo la respuesta inmediata del ejército ruso que aplastó al pequeño ejército georgiano. Lo que obtuvo de George W. Bush fue retórica. Después de todo, ¿qué podía hacer Bush? Estados Unidos no es una superpotencia. Sus fuerzas armadas están trabadas en dos guerras en Medio Oriente, que va perdiendo. Y lo más importante de todo es que Estados Unidos necesita a Rusia mucho más de lo que Rusia necesita a Estados Unidos. El ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, apuntó en un editorial de opinión del Financial Times que Rusia es “socio de Occidente en Medio Oriente, en Irán y Corea del Norte”.

Y en cuanto a Europa occidental, Rusia controla esencialmente su abasto de gas. No es casual que fuera el presidente Sarkozy, de Francia, no Condoleezza Rice, quien negoció la tregua entre Georgia y Rusia. La tregua contiene dos concesiones esenciales por parte de Georgia. Georgia se compromete a no utilizar ningún tipo de fuerza contra Osetia del Sur, y el acuerdo no contiene ninguna referencia a la integridad territorial georgiana.

Así que Rusia emerge mucho más fuerte que antes. Saakashvili apostó todo lo que tenía y ahora está en bancarrota política. Y como irónica nota al pie, Georgia, uno de los últimos aliados de Estados Unidos en su coalición en Irak, retiró sus 2 mil efectivos militares de Irak. Estas tropas jugaban un papel crucial en las áreas chiítas y ahora tendrán que ser remplazadas por tropas estadunidenses, que tendrán que retirarse de otras áreas.

Si uno juega ajedrez geopolítico, es mejor conocer las reglas, o se pierde mucho por las maniobras del contrincante.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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Se avecinan riesgos ocultos para el presidente Obama, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 11 agosto, 2008

Obama ha basado su campaña, y se ha vuelto atractivo para los votantes estadunidenses, en gran parte por su posición acerca de la guerra en Irak. Se opuso públicamente a ella desde 2002. Le ha llamado guerra “estúpida”. Votó en contra de la llamada “oleada”. Ha hecho llamados a que se retiren las tropas de combate en el lapso de 16 meses. Se ha negado a conceder que estuvo mal que se opusiera a la “oleada”.

Al hacer todo esto, siempre argumenta que Estados Unidos debería hacer más en Afganistán. Esto incluye explícitamente el envío de 10 mil tropas más, tan pronto como sea posible. No parece pensar que la guerra ahí sea algo estúpido. Parece pensar que Estados Unidos puede “ganar” esa guerra, con más tropas y más asistencia de la OTAN. Una vez en la presidencia, debe prepararse para una ruda sorpresa.

A Obama le haría bien reflexionar sobre la reciente entrevista que otorgó Gérard Chaliand a Le Monde. Chaliand es uno de los geoestrategas más importantes, especializado en lo que se conoce como guerras irregulares. Conoce Afganistán excesivamente bien, habiendo ido y venido durante los últimos 30 años. Pasó mucho tiempo con los mujaidines durante su lucha contra las tropas soviéticas en los años 80. Actualmente pasa varios meses al año en Kabul en Centro de Estudios de Conflicto y Paz, del cual es uno de los fundadores. Tiene muy clara la situación militar. “La victoria es imposible en Afganistán… hoy, uno debe intentar negociar. No hay otra solución”. ¿Por qué? Debido al control talibán de los poderes locales por todo el oriente y sur del país, donde prevalecen las poblaciones pashtún. Duplicar el número de tropas occidentales, duplicar el tamaño proyectado del ejército gubernamental, y gastar mucho más del actual 10 por ciento de asistencia externa para el desarrollo económico podría cambiar la situación. Pero Chaliand duda, y yo también, que esto sea algo políticamente probable para Estados Unidos y los países de la OTAN. El ministro de Relaciones Exteriores alemán ya advirtió a Obama que no presione a Alemania en busca de más tropas con las cuales combatir a los talibanes. Tampoco es que los talibanes puedan ganar, dice Chaliand. Más bien se trata de un “impasse militar”. Los talibanes, que son geopolíticamente muy astutos, esperan pacientes a que Occidente “se canse de una guerra que se alarga”.

Para entender cómo fue que Estados Unidos se metió en este cul-de-sac, en este punto muerto, tenemos que regresarnos un poco en la historia. Desde el siglo XIX, Afganistán ha sido el punto focal del “gran juego” entre Rusia y Gran Bretaña (a la que ahora le ha sucedido Estados Unidos). Nadie nunca ha logrado un control de largo plazo sobre esta crucial zona de tránsito.

Afganistán tiene hoy frontera con un Estado llamado Pakistán, que cuenta, precisamente en la frontera, con gran población pashtún. El primordial interés geopolítico de Pakistán es tener de vecino a un Afganistán amigable –y que no venga India, pero tampoco Rusia, Estados Unidos y/o Irán a dominarlo. Paquistán ha estado apoyando, de un modo u otro, a la mayoría pashtún, que hoy significa talibanes. Pakistán no tiene intención de dejar de hacerlo.

Con el presidente Carter, Estados Unidos decidió intentar sacar a un gobierno al que tildaban de comunista y de ser muy cercano a Rusia. Sabemos ahora, por la liberación de archivos del gobierno de Carter, y vía la famosa entrevista que concediera hace 10 años Zbigniew Brzezinski, entonces asesor de seguridad nacional de Carter, que el respaldo estadunidense a los mujaidines antecedió por lo menos seis meses a la intrusión de las tropas soviéticas. De hecho, uno de los objetivos era, precisamente, atraer a la Unión Soviética para que interviniera militarmente bajo la suposición correcta de que esto, a fin de cuentas, sería una equivocación grave y dañaría el régimen soviético en casa. ¡Bravo! Lo lograron. Pero también, al mismo tiempo, la política estadunidense generó a Al Qaeda y a los talibanes, un clásico ejemplo de efecto contraproducente para Estados Unidos. En cualquier caso, es el mismo Brzezinski quien ahora advierte a Obama que no cometa el error soviético.

Así, Obama promete ahora algo que no está en posición de cumplir. Está muy bien para él que reciba la adhesión implícita del gobierno iraquí por sus propuestas en torno a Irak. Le está yendo muy bien por eso, y recibirá el crédito, de Estados Unidos y del mundo, por su gesto. Pero puede echar ese crédito abajo si no es capaz de cumplir una imposible promesa respecto de Afganistán. Su banda de 300 asesores no le sirven adecuadamente en este asunto. Obama sabe ser prudente cuando es necesario. No está siendo muy prudente respecto a Afganistán.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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¿Victoria de Obama? ¿De qué alcance?, de Immanuel Wallerstein en La Jornada

Posted in Internacional, Política by reggio on 30 junio, 2008

Que nadie lo subestime. Barack Obama ha ganado en grande. Ha ganado no sólo la nominación demócrata a la presidencia. Va a barrer en las elecciones con una gran mayoría del Colegio Electoral y un incremento considerable en la fuerza demócrata en ambas cámaras del Congreso. Antes de que analicemos qué tan lejos llegará, o podrá llegar –es decir, qué tanto cambio significa esto–, debemos mostrar qué tan real es su triunfo electoral.

En la demasiado prolongada competencia entre él y Hillary Clinton, tanto las encuestas como los resultados mostraron que cada uno de ellos era más fuerte en ciertas categorías de votantes. Obama tenía mayor fuerza entre los más jóvenes, los más educados, por supuesto entre los afroestadunidenses, y entre los situados políticamente más a la izquierda. Pero también le resultó más atractivo a los votantes independientes o a los republicanos que prefirieron votar por un demócrata. Clinton tuvo más fuerza con los más viejos, con los de menor educación, con las mujeres por supuesto, con los latinos y con los situados en lo político más en el centro.

Sin embargo, la decisión real fue la de los superdelegados. Y ellos votaron sobre una base muy diferente. Parecen haber estado convencidos de que sería un candidato más fuerte y que podría ganar aun en algunas áreas tradicionalmente republicanas. O aún si no ganara en la mayoría de esos estados, podría ayudar a ganar a los candidatos demócratas al Congreso. Es bastante sorprendente que, justo en esos estados, haya obtenido gran respaldo de los superdelegados, muchos de los cuales, individualmente, estaban entre los líderes demócratas más centristas, menos orientados hacia la izquierda. Dado que estos superdelegados estaban anclados a sus situaciones locales, algo nos dicen de las realidades políticas estadunidenses de 2008.

Acabo de terminar un análisis comparando de la fuerza de John McCain estado por estado en las encuestas más recientes, con la proporción de votos reales de Bush en 2004. En 45 de 50 estados, McCain es más débil, con frecuencia mucho más débil, de lo que era Bush. Por supuesto, si Bush ganó un estado por amplio margen, McCain podría ganar con un margen menor. Pero en los estados donde la competencia fue cerrada en 2004, la ola está en favor de Obama.

Es más, debemos percatarnos de que McCain se encuentra ahora en el clímax de su fuerza. El Partido Demócrata se reunifica y está hambriento de triunfo. Obama no perderá casi ninguno de los porcentajes demócratas tradicionales entre las mujeres y los judíos. Incrementará el porcentaje nacional entre los latinos y logrará incluir a un gran número de jóvenes y afroestadunidenses que de otro modo no habrían votado. Conseguirá también los votos de un número considerable de independientes y de republicanos desilusionados con Bush. La gente que votará contra Obama porque es afroestadunidense ya desde antes iba a sufragar por los republicanos. Este punto ya quedó atrás, no está frente a él.

Los republicanos, por otro lado, están profundamente divididos y son bastante morosos. La derecha cristiana no confía en McCain, y hasta ahora va con pies de plomo. Y olvidamos muy fácilmente la defección de los libertarios. Ron Paul planea una lucha en la convención. Y aunque por supuesto la perderá, sus simpatizantes están ya descontentos. Como Bob Barr compite por el partido libertario, muchos de los simpatizantes de Paul votarán por él. Barr puede ser para McCain en 2008 lo que Nader fue para Gore en 2000 –lo suficientemente fuerte como para negarle algunos cuantos estados. Y en general, la línea de McCain respecto de la economía estadunidense que se hunde es algo que le va a hacer perder mucho del respaldo que supone obtener entre los llamados demócratas reaganianos.

Si uno analiza la situación en detalle, estado por estado, el único que votó por los demócratas en 2004 en el cual McCain parece ser competitivo hoy es Michigan. Los estados que Bush ganó en 2004 en los cuales Obama es competitivo son numerosos –Ohio, Indiana, Iowa, Misuri, Nuevo México, Colorado, Virginia y tal vez Nevada, Carolina del Norte y Montana. Está haciéndola tan bien en Misisipi que los republicanos tendrán que invertir dinero y tiempo en hacer campañas ahí. Si Obama ganara en todos los estados competitivos excepto en Michigan, tendría entre 310 y 333 votos electorales. Y necesita 270.

El cuadro se ve mejor en las competencias para el Senado, donde los demócratas podrían ganar en algunos estados en los que Obama puede no lograrlo –por ejemplo en Kentucky, donde el líder de la minoría republicana en el Senado está en serios problemas pese a ser un estado muy republicano.

Entonces, ¿qué significa todo esto? Obama no está planeando ningún vuelco revolucionario de la política estadunidense. Está rodeado de muchos políticos y asesores demócratas convencionales. Pero será impulsado al poder por una ola de entusiasmo por el cambio que Estados Unidos no había visto desde la elección de Kennedy. Es cierto que no podrá hacer mucho en la escena mundial, pese al hecho de que será vitoreado por el resto del mundo. Hoy, la anarquía geopolítica global está mucho más allá del control de cualquier presidente estadunidense.

Pero será empujado a realizar importantes cambios dentro de Estados Unidos. Por supuesto, la mera elección de un afroestadunidense representará un notable cambio cultural, y no dejará de tener gran impacto. Sus electores esperan que internamente, Obama lance el equivalente de otro Nuevo Trato —cobertura de atención a la salud, restructuración fiscal, creación de empleos, salvamento de las pensiones. Qué tanto pueda hacer dependerá en parte de la recesión global, que está en gran medida más allá de su control, pero aun un liderazgo tan fuerte puede jugar un papel importante, solamente hasta cierto punto. El ejemplo de Roosevelt nos muestra eso.

La gran interrogante es qué tan lejos llegará para desmantelar las estructuras estatales cuasi policiacas que el régimen de Bush instituyó bajo la cobertura de una guerra contra el terrorismo. Esto implica mucho más que nombrar mejores jueces. Significa una revisión radical de la legislación y de las políticas ejecutivas, y sacar a la luz del día las reglas y prácticas ultrasecretas. Mucho puede hacerse, como sabemos, a partir de lo que se logró en los 70 respecto de los ámbitos de la CIA y la FBI. Pero la situación es mucho peor ahora y requiere más. La historia puede muy bien juzgar a Obama, sobre todo en relación a lo que logre en este terreno. Hasta ahora ha permanecido bastante en silencio al respecto.

Obama ha ganado en grande. Su elección marcará –marcará, no causará– el fin de la contrarrevolución de la derecha mundial de los 80. Él ha rencendido la esperanza y ha creado el espacio para un mundo más progresista pero dicho espacio se encuentra estructuralmente constreñido por las limitantes de un sistema-mundo más anárquico que nunca. La cuestión básica no es si podrá transformar el mundo o restaurar el liderazgo estadunidense en el sistema-mundo –no hará ni lo uno ni lo otro–, sino si hará todo lo posible para permitirnos a todos impulsar nuestra vía hacia delante. Aun si esto es menos de lo que el mundo desearía que hiciera.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

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