Reggio’s Weblog

1-M, unos resultados envenenados, de Ignacio Urquizu en El País

Posted in Política by reggio on 3 marzo, 2009

El pasado domingo, vascos y gallegos no sólo han evaluado y elegido Gobiernos. Además, los resultados electorales en Euskadi y Galicia van a influir en las estrategias que vienen desarrollando el Partido Socialista y el Partido Popular durante el último año. Tras las últimas elecciones generales, ambas formaciones se enfrentan a numerosos dilemas, y el domingo aparecieron algunas respuestas a los mismos, a la vez que se generaron nuevas intrigas.

En principio, podríamos pensar que el Partido Popular es el gran vencedor: recupera el Gobierno gallego y puede jugar un papel relevante en el País Vasco. Pero lo cierto es que sus resultados electorales están lejos de ser excepcionales. Según los datos provisionales, respecto a las elecciones de 2005, pierde casi un tercio de su electorado en el País Vasco y gana algo más de dos puntos en Galicia. Es decir, sigue siendo un partido minoritario en Euskadi y, como viene sucediendo desde 1979, la primera fuerza política gallega. Su euforia hay que leerla en clave interna, puesto que con quien competía Mariano Rajoy era con parte de su propio partido.

En el último año, el liderazgo del PP ha sido constantemente cuestionado por un sector relevante de esa organización. Las redes de espionaje en la Comunidad de Madrid sólo han confirmado la profunda desconfianza que reina dentro del partido. Pero las noticias sobre la trama de corrupción, que afecta a las finanzas del PP, han frenado temporalmente las disputas internas: no hay nada que una más a un partido que la existencia de una teoría de la conspiración en la que un enemigo externo pretende acabar con todo el mundo.

Los resultados de Galicia y País Vasco van a reforzar el liderazgo de Rajoy y su apuesta por la moderación. No obstante, es una tregua temporal, porque los críticos siempre podrán decir que el enorme descenso en el País Vasco se debe a la renuncia a las esencias y alentarán el riesgo de perder apoyos entre su electorado más tradicional.

Por su lado, el Partido Socialista tiene motivos para la preocupación, pero no tanto por pasar a la oposición en Galicia -de hecho, sólo ha gobernado seis de los 28 años de existencia de la Xunta- como por los dilemas que le plantea cualquiera de las decisiones que adopte en Euskadi. Dos son las alternativas: reeditar los gobiernos de coalición PNV-PSOE u optar por la alternancia con el Partido Popular. Los dos escenarios presentan problemas. Si Patxi López elige la alianza con los nacionalistas, su mensaje de cambio puede verse frustrado. Seguramente, desde el PP y sus aliados mediáticos se daría comienzo a una campaña negativa, presentando a los socialistas como rehenes de las minorías nacionalistas. Esta imagen es la que quería evitar Rodríguez Zapatero en su investidura, cuando renunció al apoyo del resto de grupos parlamentarios. Pero si con este pacto en Euskadi se consigue dar oxígeno al sector más moderado del PNV y, además, garantizar la estabilidad parlamentaria del Gobierno de Rodríguez Zapatero, los beneficios pueden ser enormes.

Apostar por la investidura de Patxi López como lehendakari con los votos del Partido Popular no está exento de riesgos. El beneficio más inmediato es la presencia de un no nacionalista en Ajuria Enea. Pero esta decisión lleva al PSOE a un futuro electoral incierto. Parte de la victoria socialista de marzo de 2008 se explica por el enorme apoyo recibido en el País Vasco y Cataluña. En aquellos momentos, ciudadanos nacionalistas votaron al Partido Socialista para impedir la victoria del PP, y éstos no entenderían ahora posiciones frentistas. Además, la coalición de gobierno PSOE-PP goza de escaso apoyo popular. Según la encuesta del CIS, sólo un 4,6% de vascos la apoya y la gran mayoría de ellos son votantes del PP.

Mientras el PSOE no consiga aumentar sus votos en los principales feudos conservadores -Comunidad de Madrid, Comunidad Valenciana y Murcia-, mucha de su futura suerte electoral va a depender de que logre mantener sus apoyos en el País Vasco y Cataluña. Un pacto con el PP no le ayudará en este objetivo y, además, no existe la certeza de que los votantes socialistas vayan a aumentar en el resto de España por este motivo.

Finalmente, los resultados electorales del domingo envían una clara señal al Gobierno. Sería erróneo pensar que la gestión de la crisis económica no afecta electoralmente al PSOE porque gana votos en Euskadi y los pierde en Galicia. Es razonable pensar que si los ciudadanos tuvieran una mejor opinión de la gestión de la crisis, los socialistas habrían obtenido un mayor respaldo en ambas comunidades. Sabemos que en sistemas descentralizados, la gestión del Gobierno central influye en las expectativas electorales del partido en los espacios regionales. Por ello, Rodríguez Zapatero debe cambiar el rumbo de su estrategia y, tal y como viene haciendo las últimas semanas, mostrar un perfil más realista.

Las elecciones europeas van a ser muy importantes. Si el PSOE no consigue recuperar la confianza de los ciudadanos, no podemos descartar una victoria del Partido Popular en las elecciones de junio, algo que reforzaría notablemente el débil liderazgo de Mariano Rajoy.

Ignacio Urquizu es politólogo de la Fundación Alternativas y profesor en la Universidad Complutense de Madrid.

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Dedo, congreso o primarias, de Ignacio Urquizu en El País

Posted in Política by reggio on 9 mayo, 2008

Tras una derrota electoral, la vida interna de un partido cobra protagonismo. En muchas ocasiones, un sector “crítico” que anteriormente no existía comienza a pedir cambios. Generalmente, entre sus reivindicaciones suele haber demandas de democratización del funcionamiento interno. En grandes líneas, es lo sucedido en las últimas semanas dentro del Partido Popular. Tras los resultados del 9-M, aquellos que durante la anterior legislatura alentaron la estrategia de la crispación comenzaron a pedir la dimisión de Mariano Rajoy. Y cuando éste resistió y ellos vieron que su alternativa no podía triunfar en el próximo congreso del partido, se convirtieron en defensores de las primarias. Pero ¿son las primarias el mejor método de selección de líderes?

Las formaciones políticas son democráticas en la medida que permiten a sus miembros tener un papel activo en la toma de decisiones. Cuanta más gente pueda participar, más democrática es su organización interna. Y su contribución no debe reducirse a la selección de dirigentes, sino también a las labores programáticas y de definición ideológica. Ahora bien, abrir los partidos a la participación interna tiene beneficios pero también costes.

La principal ventaja de la democracia interna es que la receptividad de los políticos aumenta, cumpliendo así uno de los objetivos de la democracia: que los partidos escuchen a la ciudadanía. La apertura de la organización interna puede funcionar como un sistema de alerta temprana. Al igual que sucede en los aviones, cuando el rumbo de la nave es el equivocado comienzan a encenderse luces rojas. Una formación política que permite una amplia participación de sus miembros gana en señales de alarma y permite que el partido no se aleje de uno de sus principales fines: mantener sintonía con los ciudadanos. Un ejemplo puede clarificar esta idea. A finales de los ochenta y principios de los noventa, en el PSOE florecieron casos de corrupción, pero la férrea disciplina interna que impuso Alfonso Guerra no permitió que las luces rojas se encendieran, lo que terminó mermando los apoyos electorales de ese partido.

La democracia interna también tiene costes. Si una formación política está dividida en familias, su organización se puede debilitar. Surgirán dirigentes que compitan manifiestamente entre sí. Y este debilitamiento le restará fuerza electoral, porque los ciudadanos no apoyan a partidos divididos. Si nos centramos sólo en la selección de líderes, hay tres modelos posibles, cada cual con sus costes y beneficios. En primer lugar, los partidos pueden optar por elegir a sus dirigentes contando con la opinión de un número muy reducido de personas. El ejemplo más reciente es la selección de Rajoy como líder del PP al final de las dos legislaturas presididas por Aznar. En este modelo, la receptividad del partido es nula; nada garantiza que la nomenklatura siga las preferencias de la ciudadanía. En cambio, la disciplina interna garantizará la unidad.

En segundo lugar, pueden inclinarse por el extremo opuesto: las primarias. Así son muchos los que participan en el proceso de selección del líder. El partido es enormemente receptivo y las preferencias de la ciudadanía llegan de forma nítida. El coste es para su organización interna. Por un lado, conlleva un exceso de desgaste. No sólo los electores se pueden sentir desconcertados, sino que además la estructura interna se debilita. De hecho, en aquellos lugares donde se usan las primarias para seleccionar a los líderes, los partidos son frágiles. Por otro, si las primarias sólo se usan para elegir a candidatos electorales, la bicefalia se convierte en foco de inestabilidad.

Una tercera opción es elegir a los dirigentes a través de congresos. Es el modelo preferido por los partidos en las democracias parlamentarias. Cuando no son a la búlgara, los congresos nacionales incrementan la receptividad de los políticos. En la medida que dependen de numerosos delegados, aquellos que quieren ser elegidos deberán escuchar sus demandas. Algunos pueden considerar que este grupo de militantes no son una muestra representativa de la sociedad, pero lo cierto es que no existe evidencia empírica que demuestre que los miembros de un partido son muy diferentes del resto de ciudadanos.

El coste de este modelo de selección es el posible debilitamiento de la organización interna. Cuando la formación se encuentre muy dividida, los congresos hacen emerger esta fragmentación. No obstante, también es cierto que los cuadros intermedios pueden atemperar los posibles conflictos internos. Así el debilitamiento organizativo es menor que en las primarias.

Podemos concluir que los congresos son el modelo óptimo de selección de dirigentes: incrementan la receptividad de los partidos y su organización interna sufre menos desgaste que en los modelos más abiertos. En cuanto a las primarias, podrían ser una buena alternativa si todos los partidos las usaran, si se emplearan para algo más que seleccionar candidatos y si las reglas del juego estuviesen claramente delimitadas.

Pero las esporádicas reivindicaciones que escuchamos en la democracia española no parecen responder a una preferencia sincera. Más bien, son la reclamación de aquellos que se saben minoría dentro de una determinada organización. De hecho, muchos de los que ahora las proponen para el PP, las usaron en su momento contra el Partido Socialista.

Ignacio Urquizu es politólogo de la Fundación Alternativas.

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