Reggio’s Weblog

Panorama de derechos humanos, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Internacional, Justicia by reggio on 26 febrero, 2009

La situación de los derechos humanos sigue mostrando un panorama desolador en buena parte de los estados del planeta. Ello supone un incumplimiento grave de la Declaración Universal de la ONU de 1948. Que el tema sea muy conocido no lo transforma en menos grave. Pero buena parte de las democracias liberales también presentan incumplimientos concretos en la protección de dichos derechos. De los últimos informes independientes pueden presentarse los casos de RD Congo y España como ejemplos de ambos tipos de incumplimiento.

La realidad actual del Congo es dramática. Y como casi todo lo que se refiere al continente africano su presencia en los medios de comunicación es mucho menor que lo que sugiere la gravedad de los hechos. Ni las instituciones del Estado ni las de carácter internacional han logrado controlar los enfrentamientos entre grupos armados. El ejército parece estar sumido en el caos, especialmente en el este del país. Hasta el punto de que el Gobierno se apoya en milicias que se enfrentan militarmente al Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP) de Laurent Nkunda, el cual se presenta como protector de la comunidad tutsi frente a las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), de composición hutu. Así, el genocidio ruandés de 1994 resuena hoy en el Congo oriental. La población civil se halla a merced de unos grupos armados que se disputan la hegemonía y el control de recursos naturales. El mandato teórico de la ONU es claro: ordena a las fuerzas de mantenimiento de la paz que usen todo medio necesario para proteger a la población civil y a las organizaciones humanitarias. Pero ni esto ni el teórico e incumplido embargo de armas establecido hace unos años impiden la desprotección de la población. Las cifras del conflicto son atroces: cinco millones de muertos en la última década; existencia de entre 3.000 y 7.000 niños soldados; más de un millón de desplazados sólo en el este; multitud (no cuantificada) de casos de violencia sexual a mujeres y niñas…

El Congo actual ejemplifica la necesidad de contar con unas instituciones internacionales que garanticen la seguridad personal y un mínimo de derechos a la población. Yhay bastantes más casos en el mundo de impunidad total ante violaciones de derechos (véase el Informe 2008 de Amnistía Internacional).

Los países desarrollados no se enfrentan a situaciones de este dramatismo. Sin embargo, la práctica de los derechos humanos resulta claramente mejorable también en el mundo de las democracias. En el ámbito internacional se firman documentos, pero son los estados quienes deben ponerlos en práctica. Y es en el paso de la retórica gubernamental a la acción cuando se comprueban los agujeros en la calidad de los liderazgos democráticos.

En relación con el caso español, es obvio que se ha avanzado en los últimos años, pero son varias las organizaciones internacionales que vienen denunciando casos continuados de tortura, denegaciones de asilo decididas sin condiciones procesales adecuadas, o falta de tutela efectiva de derechos en relación con personas inmigrantes. En diciembre del 2008 el Gobierno español aprobó un plan de derechos humanos (www. mpr. es/ Documentos/ planddhh. htm). Es un documento que incluye hasta 172 medidas. Un objetivo es la lucha contra la xenofobia y el racismo. Es un paso en la buena dirección, pero habrá que ver cómo se traduce en la práctica para que, por ejemplo, los interrogatorios de los detenidos sean más transparentes o que no se repitan casos como el de los vuelos secretos o el de deportaciones sin garantías. También para que cesen las prácticas de tortura cuya existencia vienen denunciando desde hace años diversas organizaciones humanitarias, y para que no escape a una protección eficaz la violencia contra mujeres inmigrantes. Si una denuncia puede convertirse en un expediente de expulsión es obvio que se desincentiva que se produzcan. Y siguen dándose islas de impunidad al no existir investigaciones independientes. La mera presentación de un informe anual en el Parlamento corre el riesgo de convertirse en un ritual retórico más. Un punto clave para el éxito del plan es que se establezcan evaluaciones externas. Si se quiere que haya un avance significativo en la protección de los derechos humanos, la evaluación debe ser externa e independiente de las administraciones. Las evaluaciones internas o mixtas siempre despiertan un halo de sospecha al ser las instituciones del Estado a la vez juez y parte.

En el ámbito de las democracias se deben refinar los mecanismos de información y de control de la situación de los derechos humanos, con participación de organizaciones de la sociedad civil. En el ámbito internacional, los dirigentes de las principales potencias mundiales son hoy moral y políticamente responsables de que no se esté avanzando hacia una reforma de las instituciones internacionales que sea capaz de garantizar la seguridad y una protección de los derechos humanos. Se precisa un liderazgo político que galvanice un multilateralismo con incidencia práctica en los asuntos mundiales. Este debiera ser un punto fundamental en la agenda exterior de la nueva Administración norteamericana con apoyo de la UE. La geoestrategia relacionada con los derechos humanos también debiera plantearse hoy en términos globales.

FERRAN REQUEJO, catedrático de Ciencia Política en la UPF y autor de ´Las democracias´ (Ariel 2008).

requejo@upf.edu

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TC y ‘tiranía de la mayoría’, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Política by reggio on 28 enero, 2009

Las relaciones entre el liberalismo político y la democracia han sido conflictivas desde los mismos inicios de la modernidad. Ello resulta bastante explicable ya que ambas concepciones apuntan a objetivos distintos y se basan en diferentes valores. Mientras el liberalismo se mueve impulsado por dos objetivos básicos, proteger una esfera de derechos y organizar un tipo de poder político que sea limitado, sea quien sea el que lo ejerza, la democracia refiere a la igualdad de ciudadanía, la participación y al control popular de las decisiones colectivas. A través de procesos históricos convulsos, la práctica ha acabado produciendo estos sistemas políticos a los que llamamos democracias liberales, un nombre híbrido que indica la yuxtaposición de dos lógicas distintas, cada una con sus partidarios y detractores. Se trata de un tema clásico analizado desde los tiempos de las revoluciones francesa y americana (Madison, Jefferson, Tocqueville, Stuart Mill, Berlin, Dahl, Wolin…).

Una concreción constitucional de las tensiones entre liberalismo y democracia la constituye la de las denominadas instituciones antimayoritarias.El liberalismo ha tratado de combatir el riesgo de la tiranía de la mayoría a partir de un conjunto de instituciones (derechos, separación de poderes, elecciones competitivas, federalismo…) que garanticen los derechos de las minorías y evite las versiones autoritarias (no liberales) de la democracia. Pero cuando la tradición liberal habla de minorías normalmente se ha referido a las de carácter transitorio, es decir, aquellas que lo son de momento pero tienen opciones de convertirse en mayoría en el futuro (por ejemplo, los partidos de la oposición). En cambio, el tema de las minorías permanentes de las democracias no ha empezado a tratarse de manera solvente hasta finales del siglo XX (minorías nacionales, culturales, étnicas…).

Los Tribunales Constitucionales (TC) son una concreción, en principio conveniente, de las instituciones antimayoritarias. Pero, como casi todo en la vida, depende de cómo se regulen. Y ello remite al tipo de sociedad y de Estado concreto de que se trate. En el caso español, una sociedad con una importante presencia de minorías nacionales permanentes y un Estado con autonomías políticas. Sin embargo, la regulación constitucional y legislativa actual del TC en relación con ambos aspectos presenta graves deficiencias, especialmente en tres aspectos: su composición, sus procedimientos y la relación que propicia con los partidos.

1. Composición. El TC está formado por doce magistrados, todos ellos nombrados por instituciones del poder central (Parlamento, Gobierno y una organización judicial centralizada). Las autonomías no desempeñan aquí ningún papel relevante, pese a que es el TC quien falla los casos de conflicto entre los dos niveles de gobierno. El supuesto árbitro sólo lo nombra uno de los equipos (la actual regulación a través del Senado de cuatro magistrados es una simple tomadura de pelo).

2. Procedimientos. El caso de las reformas de los Estatutos aprobados por referéndum supone un sinsentido en términos procedimentales. No es de recibo que el TC pueda actuar después de la aprobación del texto por parte de dos parlamentos

(autonómico y central) ydeun referéndum de los ciudadanos implicados. Este es un procedimiento que enfrenta la legitimidad democrática y representativa con la legitimidad judicial. Si el TC ha de actuar, ello debería producirse antes del referéndum, no después. La última palabra deberían tenerla los ciudadanos.

3. Dependencia de los partidos. En los últimos años la lucha entre PSOE y PP ha sumido al TC en un profundo desprestigio. Hasta el punto de que hoy puede decirse que es una institución con un poder político importante, pero con casi nula autoridad moral. Ello representa un problema para el conjunto del sistema, especialmente en un Estado plurinacional y con un doble nivel de gobierno.

La experiencia del TC hasta ahora ha mostrado diversas fases de actuación que han ido de mejor a peor.

Hoy predomina un legalismo de corto alcance y de bajo contenido intelectual, muy alejado, por ejemplo, de las sentencias de otros tribunales europeos o americanos cuando se enfrentan a casos de pluralismo nacional o sobre la organización territorial del Estado. El tema mal regulado es de fondo.

En las democracias plurinacionales, las fórmulas antimayoritarias pueden asegurar una regulación solvente del pluralismo interno que proteja el reconocimiento y autogobierno de las minorías nacionales. Pero en este caso dicha protección debe ser explícita y contundente en el texto constitucional. En caso contrario, si se establecen regulaciones constitucionales ambiguas y procedimientos legales de dudosa legitimidad que no impiden la tiranía de la mayoría,como aquí ocurre, es la misma democracia liberal la que se resiente. La Constitución actual se estableció antes que las teorías liberal-democráticas actuales aclararan cómo proceder a un reconocimiento y a una acomodación eficiente de las minorías nacionales. El progreso siempre llega tarde. Pero una de las virtudes de las democracias es la rectificación de lo que está mal regulado. Y, más allá de la nefasta situación en caída libre actual del TC en términos de prestigio y de legitimidad, la deficiente regulación legal de los tres aspectos anteriores debería ser cambiada de raíz.

FERRAN REQUEJO, catedrático de Ciencia Política en la UPF y autor de ‘Las democracias‘ (Ariel, 2008)

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Gasto militar, liderazgo, seguridad, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 diciembre, 2008

El panorama mundial de los conflictos armados a finales del 2008 muestra continuidad con la situación internacional a partir del año 2001. Sin embargo, se han producido hechos que a buen seguro modularán el futuro inmediato. Veamos algunos datos.

El conflicto entre Rusia y Georgia del pasado mes de agosto rompió la ausencia, desde el año 2004, de nuevos conflictos entre estados. Los que perduran se iniciaron antes (Iraq, 2003). De hecho, la mayoría de los más de 30 conflictos armados de la última década se han producido en el interior de los estados. Algunos de los más importantes han sido: Afganistán, Birmania, Sri Lanka, Turquía (Kurdistán), Sudán, Somalia, Filipinas, Burundi y Congo.

¿Han supuesto estos conflictos un incremento global del gasto militar? Sí, y de modo importante en términos de cifras absolutas.

Se calcula que el gasto militar mundial durante el año 2007 fue de 1,4 billones de dólares (a precios constantes del 2005). Ello representa un incremento del 45% desde el año 1998 (International Peace Research Institute, SIPRI Yearbook 2008). Por países, EE. UU. encabeza de forma aplastante el porcentaje mundial de gasto militar (45%), seguido del Reino Unido, China, Francia y Japón -que gastan cada uno alrededor de un 4% del total-, y de Alemania, Rusia, Arabia Saudí e Italia -un 3% cada uno-. España ocupa el lugar 15.º, con alrededor del 1% del gasto militar mundial (datos del año 2007).

En conjunto, el gasto militar global representa un 2,5% del PIB mundial. Sin embargo, el porcentaje que dicho gasto supone respecto al producto interior bruto de los distintos países es muy variado. Por ejemplo, a pesar de que el gasto militar de EE. UU. ha aumentado más de un 60% desde el año 2001 debido a su fuerte crecimiento económico, ello supone menos del 5% de su PIB global (2007), un porcentaje casi siempre inferior al del periodo 1950-1990. Por su parte, países como China y Rusia han aumentado también de forma importante su presupuesto militar en los últimos años. China lo ha triplicado desde 1998, pero en términos relativos su gasto militar no llega al 2,1% del PIB.

Todo esto tiene diversas lecturas. El crecimiento económico de los países en vías de desarrollo es un objetivo deseable en términos del bienestar medio de su población, pero a su vez facilita escaladas del gasto militar sin que ello suponga a menudo un esfuerzo económico desorbitado para dichos países. Parecería que un mundo con mayor desarrollo medio sería un mundo más seguro, pero los arsenales militares son cada vez más imponentes en un mundo sin instituciones internacionales de peso. De ahí la necesidad de liderazgos eficientes por parte de las principales potencias. Un liderazgo que ya sólo puede ser de carácter multilateral. Pero multilateralismo no equivale siempre a consenso, sino a establecer “equilibrios estables” en el mapa geoestratégico mundial. Y de ahí también la importancia de las decisiones que la nueva administración de EE. UU. impulse a partir del 2009. Se trata de la única superpotencia mundial. Las administraciones estadounidenses del siglo XX han cometido graves errores, principalmente en Asia y Latinoamérica. Sería un desastre pretender un liderazgo unilateral a partir de sus intereses inmediatos. El mundo ni es así, ni va serlo en el futuro.

Un nuevo escenario en el que la seguridad internacional puede jugarse cosas importantes es el Cáucaso. Puesto de nuevo bajo el foco de la atención pública desde la guerra de agosto del 2008, constituye una región fácilmente amenazada de inestabilidad. En el trasfondo aparecen cuestiones energéticas y económicas, pero la situación no se acaba ahí. De hecho, ahí sólo comienza. Un factor decisivo es el de la hegemonía estrictamente política que Rusia parece dispuesta a recuperar y que no puede sino condicionar la posición de la OTAN y de la UE en la región. El Cáucaso reúne a un conjunto de 17 territorios a ambos lados de la frontera entre Rusia con Georgia y Azerbaiyán. La parte norte, situada toda ella en el interior de Rusia, incluye a Osetia del Norte, Ingushetia -con conflictos entre sí- y Chechenia, cuya guerra, aún por finalizar, ha supuesto alrededor de un cuarto de millón de víctimas. Todos ellos son territorios estratégicos en términos de energía y con situaciones económicas fuertemente degradadas. En la parte sur, la política prooccidental un tanto irreflexiva de los líderes de Georgia mantiene tensiones en los territorios prorrusos de Osetia del Sur y Abjasia, formalmente internos pero con una independencia práctica. Azerbaiyán, el otro Estado fronterizo con Rusia, supone un aliado para esta última, pero enfrenta también el conflicto interno de Alto Karabaj, en la práctica bajo la órbita de Armenia. Y Turquía e Irán, a su vez fronterizos con estos dos últimos países, tienen sus propios intereses en la zona (véase La Vanguardia Dossier,número 30). Toda una agenda para las administraciones estadounidense y europea en los próximos años en un contexto en el que el gasto militar seguirá en aumento.

El horizonte del año 2020 será previsiblemente bastante diferente, con China, Rusia, India y Brasil situados en posiciones de liderazgo regional. La Unión Europea debe replantear su posición si no quiere quedarse en una posición marginal del mapa político. De hecho, las cosas apuntan a que dicho mapa ya no tendrá su centro de gravedad en el Atlántico, sino en el Pacífico. O ya está situado ahí.

FERRAN REQUEJO, catedrático de Ciencia Política de la UPF.

ferran.requejo@upf.edu

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Salsa boloñesa, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Educación by reggio on 27 noviembre, 2008

A los sistemas educativos se les suelen exigir muchas cosas a la vez. Por una parte, se les exige la transmisión eficiente de conocimientos y de técnicas de análisis e investigación a las nuevas generaciones. Por otra parte, suele también demandárseles la formación de ciudadanos imbuidos e interesados por “la cultura”, a la vez que dotados de “espíritu crítico”.

Parece claro que las esperanzas depositadas en los sistemas educativos suelen ser exageradas. Ello no es algo nuevo. En los tiempos de la Grecia clásica, Tucídides, Aristóteles o Isócrates ya señalaban a la educación como una de las fuentes potenciales de solución en el momento de corregir los problemas que arrastraban las sociedades de su tiempo.

El plan actual de reforma de la educación superior, conocido como modelo Bolonia, plantea aspectos interesantes: una mayor movilidad de los estudiantes, el fomento del aprendizaje de lenguas, un mayor contacto con el mundo profesional, una mayor importancia del trabajo del estudiante, etcétera. Se trata de una oportunidad para corregir aspectos deficientes del sistema universitario actual. Pero es un modelo que también presenta riesgos. De no controlarse, puede que haya un flagrante contraste entre los objetivos propuestos y los resultados finalmente alcanzados. Uno de los riesgos es que se establezca un modelo uniformista que, de no modularse según el contexto y el tipo de estudios que impartir, puede deslizarse hacia preparaciones académicas deficientes.

Otro riesgo de la reforma boloñesa está asociado a que los estudios se destinen básicamente a ofrecer conocimientos para el desempeño profesional de los estudiantes. Ello parece estar basado en una visión muy estrecha sobre el papel de las universidades en la sociedad. Manejarse bien en la mayoría de puestos de trabajo requiere una habituación práctica de unas pocas semanas. En cambio, los antiguos estudiantes con los que uno se encuentra suelen señalar con añoranza no haber aprovechado mejor el mundo de la teoría cuando pasaron por la universidad. Cuando se está fuera de esta, resulta mucho más difícil adquirir estas habilidades.

Los programas de máster pretenden solventar algo la cuestión, pero con el modelo adoptado en España de efectuarlos en un solo curso académico – en contra de la posición de las universidades catalanas-las posibilidades son más bien limitadas.

Por otra parte, la reforma puede incidir en una serie de prejuicios académicos todavía muy arraigados. Por ejemplo, puede ahondar la brecha entre los estudios de ciencias y de humanidades, a pesar de que se sabe que su interrelación resulta conveniente desde los dos lados de la ecuación. Y ello es algo que la universidad puede hacer con solvencia. Raymond Chandler escribió en su diario (1938) que “la verdad del arte impide a la ciencia volverse inhumana, y la verdad de la ciencia impide al arte volverse ridículo”. Pero para ello resulta conveniente tener la lucidez y la decisión de Marlowe, el detective creado por Chandler, en el momento de investigar qué es lo que falla, dónde falla y por qué falla en la oferta actual. En ambos ámbitos debería evitarse que se mantuviera la ignorancia sobre las repercusiones epistemológicas, por ejemplo, de la teoría darwinista o de la física cuántica, incidiendo en las implicaciones que supone la formación evolutiva del cerebro humano (y de la moral), la termodinámica estadística de Boltzmann, o el principio de incertidumbre de Heisenberg.

En las facultades de ciencias se ofrecen a veces enfoques poco críticos con los conocimientos que se transmiten. Estos últimos han representado verdaderas revoluciones teóricas, pero en su transmisión predomina cierto conservadurismo mental, poco atento a señalar, por ejemplo, los puntos débiles de las teorías científicas. Desde el otro lado, muchas veces sigue admitiéndose que una persona “culta” es aquella que se mueve bien en el ámbito de las “humanidades”, alguien con conocimientos de filosofía, literatura, arte, etcétera, aunque sea un auténtico zopenco en cuestiones científicas.

Todo esto no parece corregirlo la reforma actual; de hecho, puede empeorarlo. De entrada, parece faltar claridad en los objetivos que alcanzar, en ver si estos resultan compatibles, y si los medios propuestos son los adecuados. Y la propuesta se ha explicado mal. En todo caso, estamos ante una reforma que debe conllevar mucha flexibilidad y sentido común en su aplicación; una sensibilidad hacia las distintas concreciones según el tipo de estudio y de universidad; una modulación poco uniforme sobre el tipo de actividades que realizar en las aulas -por ejemplo, un exceso de “seminarios prácticos” en los primeros cursos puede ser irracional, cuando no se conocen los conceptos básicos de la disciplina-.Y no se debe ser tímido en el momento de analizar y evaluar lo que se está haciendo, ni en el de rectificar lo que no funciona.

Los problemas complejos casi nunca suelen tener una solución única. Suele decirse que la educación no es un gasto, sino una inversión. Como frase está bien. Pero las inversiones deben producir rendimientos. Especialmente aquellas que se hacen en la esfera pública. En caso de que se implemente un sistema uniforme, centrado en adquirir meras habilidades prácticas, sin romper, por otra parte, las inercias y compartimentos estancos de las disciplinas tradicionales, la reforma hoy en marcha puede suponer un paso atrás y una oportunidad fallida en la promoción de la calidad final del producto ofrecido.

FERRAN REQUEJO, catedrático de ciencia política en la UPF y autor de ´Las democracias´ (Ariel 2008)

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Desafección, partidos y medios, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Libertades, Medios, Política, Sociedad by reggio on 30 septiembre, 2008

En la última década han proliferado análisis sobre la creciente distancia que existe entre los ciudadanos y sus gobernantes. Se trata de un fenómeno que afecta a la mayoría de las democracias y que, siguiendo la terminología anglosajona, se ha caracterizado como desafección democrática. El indicador más claro es la creciente abstención que se registra en las elecciones. Pero ni es este el único aspecto, ni tal vez sea el más decisivo. Esta desafección se da al mismo tiempo que una gran adhesión ciudadana a los sistemas democráticos. Ello no es ninguna esquizofrenia. Indica un contraste entre los valores e instituciones y las experiencias prácticas de los gobiernos.

Todo esto no es nuevo, pero sí parece serlo el cariz que toma en estos momentos. Los análisis de política comparada muestran tres tipos de factores que inciden en la desafección. En primer lugar, aquellos que son comunes a todas las democracias, por ejemplo, la percepción de que, tras la globalización actual, los gobiernos no controlan los resortes decisivos de influencia (frente a crisis económicas, problemas ecológicos, etcétera). En segundo lugar, los factores de carácter “local”, como la falta de eficiencia de los gobiernos, escándalos de corrupción o un ensimismamiento de la clase política en polémicas de poco alcance. Finalmente, se dan factores que se hallan en una posición intermedia: ni son del todo generales ni están asociados a un sistema político concreto.

Aquí quisiera incidir en dos factores que todos los análisis señalan como relevantes e interrelacionados: la calidad de los partidos políticos y de los medios de comunicación. La calidad interna de cada sector depende de ellos, pero la “imagen” de los políticos y la percepción de la ciudadanía dependen decisivamente de la labor de los medios (escritos y, sobre todo, audiovisuales).

1) Los partidos. La política es una profesión “dura”, a la vez que imprescindible y poco valorada socialmente. Es una actividad absorbente y en buena medida ingrata. En el plano individual, sólo el hecho de tener que resistir tanto una presión mediática permanente a caballo de la actualidad, como la competencia dentro y fuera del partido es algo que pocos soportarían. Además, la “colonización del tiempo” que sufren los políticos profesionales es algo casi patológico.

Sin embargo, a escala colectiva, está claro que cualquier partido necesita disponer de buenos profesionales, es decir, de buenos economistas, ingenieros, politólogos, urbanistas, juristas, expertos en energías y ecología, etcétera. Cuando se habla personalmente con líderes políticos su imagen mejora en la mayoría de los casos. Pero un partido es bastante más que los liderazgos de turno. La ciudadanía siempre espera que la práctica totalidad de los cargos sean desempeñados por personas “competentes”. A veces he formulado a los dirigentes de algunos partidos la pregunta sobre cómo disponer de buenos profesionales. Es decir, ¿cómo captan talento? En algunos casos, el desconcierto ante dicha pregunta ya suponía la respuesta.

Una posibilidad para hacerlo es establecer el llamado mecanismo de la “puerta giratoria”: captar a destacados profesionales con vocación pública externos al partido, para que se integren en la política ejecutiva por un periodo de tiempo específico, y luego se reintegren a su profesión. Aquí esto se hace poco.

La eficiencia del sistema democrático se resiente, sin más, si en los cargos se premia e incentiva más la fidelidad al partido que la competencia profesional. Los perjudicados somos todos, los partidos, la ciudadanía y el vigor del sistema democrático.

2) Los medios de comunicación. Situados en el epicentro de la información y de la evaluación de la actualidad, los medios constituyen uno de los principales centros de gravedad de las democracias actuales.

Desde los tiempos del primer liberalismo político se sabe que sin unos medios de comunicación libres no se asegura ni un control eficiente del poder ni la protección de los derechos ciudadanos. Pero también en este caso, una cosa es la cantidad y otra la calidad.

Tanto la prensa escrita como la radio y la televisión necesitan proveer informaciones y análisis en un tiempo muy limitado. No es tarea fácil. El riesgo está en caer en una inmediatez superficial, poco propensa a buscar los distintos ángulos de un tema determinado. A veces, las fuentes consultadas, más que parciales, son escasas. También se dan los riesgos de buscar titulares fáciles, basados más en lo que los políticos “dicen” que en lo que “hacen”, y de reflejar las ideas a priori que tienen los propios medios sobre países, gobiernos, líderes y partidos. Unos medios de calidad son, entre otras cosas, aquellos que efectúan investigación propia y ofrecen al lector, oyente o espectador resultados comprensibles de esa investigación.

Ciertamente, en nuestro contexto inmediato, hay medios de calidad (escritos y audiovisuales). Pero creo que no utilizan todas las posibilidades de acercar la política a los ciudadanos. ¿Para cuándo un buen programa de televisión sobre democracia que sea comprensible y atractivo? Hoy hay medios técnicos y profesionales que hacen que el proyecto, aun siendo un reto, resulte atrayente.

Es importante que partidos y medios evalúen qué hacen, que contrasten los objetivos propuestos con los resultados alcanzados. La política puede ser a la vez inteligente y apasionante. Y la democracia es siempre un viaje inacabado y un experimento permanente.

FERRAN REQUEJO, catedrático de Ciencia Política de la UPF y autor de ´Las democracias´ (Ariel 2008)

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Convencer, persuadir, disuadir, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Derechos, Política by reggio on 31 julio, 2008

Los principales actores políticos no prestan hoy prácticamente ninguna atención a la retórica, al arte clásico de la persuasión y disuasión pública a través del lenguaje. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la práctica política, especialmente en las democracias globalizadas y mediáticas actuales, viene siempre asociada a discursos que buscan legitimación, esta falta de atención parece sorprendente. Una razón de esta ausencia está en la actitud desconfiada que las concepciones racionalistas modernas han tenido hacia la retórica, asociándola muchas veces, simplemente, a la manipulación, la superficialidad y el engaño.

Desde los tiempos de Hobbes y de los inicios del liberalismo político (siglo XVII) esta sospecha antirretórica devino casi un dogma de la teoría política moderna. Se construyó la ficción de que en la moralidad y en los procesos de legitimación política no se trataba de persuadir o de disuadir a los ciudadanos o a otros actores políticos, sino de convencer a través del mejor argumento, a partir de información verídica, conocimiento científico, valores universales e intereses particulares. Apelar a las emociones y al uso técnico del lenguaje para conseguir determinados fines se asociaba a la manipulación y a la demagogia políticas. Sin embargo, teóricos como Aristóteles o Cicerón ya distinguieron hace tiempo entre retórica y demagogia. Hoy esta distinción casi se ha olvidado. El resultado es un empobrecimiento de la reflexión sobre el uso del lenguaje en política, y una pérdida de la conexión que existe entre las emociones y la racionalidad humanas.

Ya en la época de los sofistas clásicos, Gorgias sostuvo que el carácter persuasivo de la lógica resultaba limitado en las acciones humanas. Mientras los racionalistas creían que el convencimiento sobre una cuestión se establecía a través del razonamiento, Gorgias sugería que más bien se basaba en el poder de las palabras empleadas en dicho razonamiento. Unas mismas razones expresadas con otras palabras suelen cambiar el grado de persuasión del argumento. Es lo que normalmente se caracteriza como el hechizo que provocan en la mente de los humanos unas palabras que nunca son neutras en términos emotivos (algo en lo que posteriormente insistirían Nietzsche y Wittgenstein). La lógica es un recurso imprescindible en el momento de hacer teorías científicas, morales o políticas, pero su riesgo práctico está en no prestar atención a los componentes emocionales que están en la base de las acciones humanas y del uso de la misma razón. Se trata de una base heredada por nuestros cerebros a través de milenios de evolución.

D. Hume y A. Smith destacaron hace más dos siglos el fondo emocional de la moralidad humana. Las neurociencias actuales muestran como las partes que están activas en nuestro cerebro cuando tomamos decisiones en las que están implicadas las emociones propias y las ajenas son distintas a las que se activan cuando tomamos decisiones más impersonales, más racionales. Las primeras activan componentes muy antiguos de nuestro cerebro (anteriores a la existencia de los mamíferos en el planeta). La evolución nos ha preparado mucho más para este tipo de decisiones que para las de carácter racional. Los sentimientos pueden refinarse a través del contexto cultural y de la educación, pero su emotividad de base seguirá estando presente en nuestras respuestas prácticas (cuando intuitivamente rechazamos, por ejemplo, que se le extirpen cuatro órganos vitales a una persona sana a pesar de que ello podría salvar la vida de otras cuatro personas).

Las emociones también se reflejan en la importancia de la competitividad/cooperación, de la empatía y de la reciprocidad en el comportamiento humano que nos muestran la etología y la primatología actuales. Estos tres elementos básicos de la moralidad humana son también evolutivamente antiguos. La razón ha venido después. Mucho después. Y se nos nota, para bien y para mal. Recordemos que la racionalidad puede emplearse tanto para disminuir el dolor como para la maximización del odio y de la venganza. Y hoy sabemos, especialmente tras las experiencias del siglo XX, que cuando algunos se han empeñado en construir paraísos racionales, más bien han creado pesadillas infernales (ya sean de derechas o de izquierdas). Ello no es fruto de que “la teoría era correcta pero se ha aplicado mal”. El tema es más profundo, en un sentido histórico, evolutivo, del término.

El progreso moral y político es lento. Lo que nos ha facilitado llegar hasta aquí como especie, el fondo natural que conforma los circuitos integrados con los que nacemos, es también lo que muchas veces nos impide avanzar hacia sociedades moral y políticamente más evolucionadas.

En política, la retórica de la persuasión y de la disuasión que apela a nuestro fondo emocional resulta inevitable. Creo que para aumentar la calidad democrática, los profesionales de la política y de los medios de comunicación deberían prestar más atención no sólo a su competencia técnica y a la lógica, sino también al análisis de la retórica clásica que conectaba la racionalidad al arte de la persuasión y contribuía a discriminar entre buenos y malos argumentos. Ello ayudaría a razonar mejor, y a descubrir y prevenir las demagogias populistas y los engaños mediáticos que se encuentran presentes en los discursos cada vez más simples, efímeros y fragmentados de nuestras democracias.

FERRAN REQUEJO, catedrático de Ciencia Política de la UPF y autor de ´Las democracias´ (Ariel 2008).

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Hamlet en la Rambla, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 29 mayo, 2008

Hace unos meses mantuve que lo que caracteriza políticamente a buena parte de los catalanes no es su derecho a la autodeterminación, sino su derecho a la “autoindeterminación“. Es decir, el derecho a mantenerse en la ambigüedad. En cierto modo, podemos decir que cierta alma del país expresa elementos hamletianos.

En Hamlet, Shakespeare plantea el tema de la identidad. La pregunta básica del personaje es ¿quién soy? Y en lo elusivo y caleidoscópico de la respuesta se ve la influencia del escepticismo de Montaigne: no existe un yo permanente, sino un conjunto de percepciones cambiantes y en buena medida contradictorias (Hume mantendrá algo similar un siglo más tarde). Hamlet es muchas cosas a la vez, un estudioso de la filosofía, un apasionado de las palabras, un moralista indiferente, un asesino, un indolente, alguien que desprecia las emociones de los demás y es capaz de actuar, cuando lo hace, con una crueldad extrema, etcétera.

Carl Schmitt nos recuerda que, a diferencia de las certezas sobre la culpabilidad de los personajes de la tragedia griega (Orestíada), Hamlet empieza con la incertidumbre sobre si la madre del protagonista es o no cómplice del asesinato del padre. La obra no aclara el tema, probablemente porque esa misma circunstancia ocurrió de verdad con Jacobo I y su madre María Estuardo de Escocia. Pero sí resuelve la culpabilidad de Claudio, el tío de Hamlet y luego su padrastro y rey. Hamlet quiere conocer la verdad de lo sucedido. Su mente es ágil. Está llena de palabras certeras. Pero su inteligencia arrastra una permanente tensión epistémica que le paraliza. Cuanto más conoce menos capaz es de actuar. De hecho, no actúa ni cuando ya está seguro de la culpabilidad del nuevo rey. Tiene decidida su venganza, pero no es capaz de llevarla a cabo. Hamlet manifiesta una enfermiza debilidad de espíritu y de carácter. Su melancolía tiraniza las demás emociones. El dilema del famoso “ser o no ser” lo es entre el estoicismo y el activismo: aceptar los problemas con serenidad o actuar con el fin de superarlos. Lo primero supone la aceptación voluntaria de lo que se percibe como inevitable. Muestra la aceptación de los cuatro principios estoicos: imperturbabilidad, indiferencia, insensibilidad y autosuficiencia. Por el contrario, lo segundo aboca a la acción, aun ignorando parte de los elementos que nos encontraremos, pero sabiendo que la acción transforma a los propios actores y sus resultados.

Diríase que buena parte del nacionalismo catalán, incluidos los sectores catalanistas del PSC y de ICV, están presos en un dilema hamletiano. Saben de sobras que el país no va a disponer ni de un reconocimiento nacional adecuado ni de un autogobierno que merezca ese nombre mientras el Estado siga manifestando una cultura política primitiva, poco liberal y nada pluralista, así como un neonacionalismo con una creciente seguridad en sí mismo. Y saben también que la Unión Europea no supone una vía para esos objetivos, puesto que es y actúa como una organización de estados, en los que se apoya y a los que refuerza. Pero a pesar de dicho conocimiento, este nacionalismo catalán no establece proyectos y estrategias potentes para que el país se autogobierne realmente, garantice su libertad colectiva y sea un actor internacional.

La conversación catalana de estos temas muestra una permanente intranquilidad insatisfecha. Y una vocación por la retórica más que por la acción decidida. Como Hamlet, es en parte víctima de su propia reflexión. Y también expresa debilidad de espíritu. En el siglo XXI, las minorías nacionales de las democracias complejas en tiempos de globalización y multiculturalidad tienen dos marcos generales posibles -que luego se concretan en varios escenarios institucionales-: buscar una acomodación solvente a través de fórmulas de federalismo plurinacional o de consenso o buscar una mayoría interna suficiente para lograr su independencia. ¿Cuál es más realista en este caso? La respuesta no es clara.

En relación con la segunda opción, lo que en el fondo viene a decir la conocida opinión del Tribunal Supremo canadiense sobre la secesión de Quebec es que en una verdadera democracia, si se cuenta con una mayoría suficiente, la secesión resulta un proceso imparable, por encima de las reglas constitucionales y del derecho internacional. Cuando Hamlet finalmente actúa, muestra que su carácter no estaba capacitado para enfrentar la situación. Y la tragedia sobreviene. Podría argumentarse que eso también ocurriría en el caso de un proceso de Catalunya hacia la independencia. No lo creo. La sociedad catalana ha demostrado con creces que no es nada hamletiana en muchos ámbitos donde actúa: en economía, en investigación, en cultura, en la iniciativa de su sociedad civil, en arte, en deportes… Es decir, en los ámbitos en los que no tiene tantas constricciones.

La ambigüedad de la “autoindeterminación” ha dado sus frutos en las últimas décadas, pero, para llegar a cualquiera de los dos marcos anteriores, es el momento de cambiar de guión. Entre otros motivos porque “la otra parte contratante” está cambiando el suyo. Pero para ello hay que mostrar proyectos claros, voluntad de acción y la máxima unidad transversal entre partidos. ¿Tan difícil es mostrar liderazgo político y unidad de acción en lo fundamental para el futuro del país?

FERRAN REQUEJO, catedrático de ciencia política de la UPF y autor de ´Las democracias´ (Ariel, 2008)

ferran.requejo@upf.edu

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Hijos de la prisa, de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 1 mayo, 2008

Los griegos clásicos condensaron las características distintivas de los humanos en el mito de Prometeo y Zeus (recogido en el diálogo Protágoras de Platón). Los dioses encargan a los hermanos Prometeo y Epimeteo que distribuyan capacidades a los animales y a los hombres para que puedan desarrollar sus vidas. Epimeteo pide hacer la distribución. A unos les concede fuerza, a otros velocidad o alas para huir, etcétera, de forma que ninguna especie corra el riesgo de ser aniquilada. Cuando ya había distribuido todas las capacidades, aún quedaba la especie humana sin asignación alguna. Y ya era el día en que expiraba el encargo de los dioses. Prometeo, tratando de hallar alguna rápida protección para los hombres, roba a Hefesto y a Atenea el fuego y la sabiduría profesional (por lo que luego será castigado). Los hombres poseyeron esas capacidades, pero siguieron careciendo de la “ciencia política”, ya que esta dependía de Zeus. Los hombres perfeccionaban sus tecnologías, pero cuando se reunían se atacaban entre ellos.

Temiendo que la especie humana se extinguiera, Zeus envió a Hermes a que “trajera a los hombres el sentido moral y la justicia, para que hubiera orden en las ciudades”.

Visto el desarrollo de la humanidad, parece claro que en las cantidades distribuidas de los saberes, Prometeo fue bastante más generoso que Zeus.

Se nos da mejor la tecnología que la política y la justicia. Este mito señala bien que los humanos somos hijos de la prisa y la improvisación. Un enfoque que hoy sabemos acertado a través de los estudios sobre la evolución de la vida en el planeta. La evolución no responde a ningún plan, sino que más bien supone la selección de un conjunto de azarosas improvisaciones que han resultado adaptativas.

Sabemos que las ideologías políticas, tomadas unilateralmente, distorsionan la realidad. Pero junto a las distorsiones ideológicas existen otras de las que somos menos conscientes: aquellas asociadas a cómo pensamos, a cómo usamos el lenguaje cuando tratamos de analizar e intervenir en el mundo. Veamos tres de ellas.

1. La tendencia a usar categorías muy abstractas con el fin de incluir un máximo de casos de la realidad. En cierto modo, ello resulta inevitable. Nombrar una cosa ya supone crear una abstracción. “Hablar es una exageración”, decía el dramaturgo Thomas Bernhard. Pero a veces tendemos hacia lo que podemos llamar la falacia de la abstracción: creer que entendemos mejor algún fenómeno cuanto más abstracto es el lenguaje que utilizamos para describirlo, explicarlo o transformarlo. Y muchas veces lo que ocurre es exactamente lo contrario: cuanto más abstracto es el lenguaje, más pobre y alejado está de los casos empíricos a los que pretende referirse. Hegel sabía bastante de todo esto. Algunos marxistas, por ejemplo, adolecían de este tipo de distorsión cuando a través de unas pocas categorías – “lucha de clases”, “base económica”, etcétera-, pretendían explicar desde el imperio de los sumerios hasta las revoluciones anticoloniales.

2. La tendencia a diseccionar dicotómicamente la realidad. Dado lo general de esta tendencia, parece que nuestro cerebro muestra un apego hacia contraposiciones conceptuales del tipo razón-emociones, materia-espíritu, genética-cultura, Oriente-Occidente, yin-yang, eros-tanathos, etcétera. Muchas veces sabemos que la realidad está llena de interrelaciones, de zonas grises, de complejidades que exigen introducir matices o pensar directamente en términos distintos, por ejemplo, hablar de cultura en la genética, de emociones en la razón, etcétera. Pero ello siempre es más costoso. Necesitamos usar muchas más palabras para superar la tendencia hacia la contraposición entre unos términos que, de hecho, no son lógicamente excluyentes y pueden combinarse en diferentes formas e intensidades.

3. La tendencia del pensamiento occidental a no pensar bien la pluralidad. Hoy reconocemos que el pluralismo político y moral no es sólo un hecho insuperable, sino también un valor irrenunciable. Sabemos que frente a una determinada situación no hay una sola manera de actuar correctamente en términos morales, y que no hay una sola decisión política adecuada en un momento concreto. Casi siempre hay distintas opciones igualmente razonables. Pero en la historia de la filosofía se ha pensado de otra manera, se ha pensado en términos “monistas” más que en términos “pluralistas”. Se ha pensado en el “hombre”, en algún tipo unívoco de “deber”, en algún sistema político ideal único (cada ideología el suyo). Hannah Arendt e Isaiah Berlin ya señalaron que la falta de pluralismo recorre el pensamiento occidental desde Platón. Pero a pesar de que reconozcamos el pluralismo de valores y de estilos de vida equiparables, con frecuencia aún seguimos pensando que sólo hay una respuesta correcta y que todas las demás son incorrectas.

Las distorsiones abstractas, dicotómicas y monistas están presentes en concepciones actuales. Piénsese, por ejemplo, en la simplificación que constituye pensar el contraste entre culturas, como un “choque de civilizaciones” (S. Huntington). Una clave para pensar y actuar mejor está en controlar críticamente esa tríada de distorsiones que vive en nuestros lenguajes. Hacerlo no siempre es fácil, requiere esfuerzo, pero resulta necesario para refinar tanto nuestras capacidades analíticas como nuestras acciones políticas y morales.

FERRAN REQUEJO, catedrático de Ciencia Política en la UPF y autor de ´Las democracias´ (Ariel, 2008).

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Seis escenarios de futuro (y Hegel), de Ferran Requejo en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 30 enero, 2008

¿Cuál es el futuro más conveniente del Estado de las autonomías para solucionar el tema del reconocimiento y acomodación de la pluralidad nacional del Estado? ¿Puede el Estado evolucionar hacia dicho objetivo? Se trata de dos preguntas distintas. Para situar las dos respuestas, pueden describirse hasta seis escenarios posibles del desarrollo del Estado autonómico. La cuestión básica e irresuelta de fondo es la de cómo estructurar las realidades nacionales de Catalunya y del País Vasco desde su propia especificidad en la democracia española. Una cuestión en la que el modelo actual sigue fracasando estrepitosamente.

1) Escenario involutivo. Descartamos la posibilidad de una involución hacia un Estado centralizado. La involución consistiría en una reforma constitucional pactada por PP y PSOE para cerrar el modelo autonómico, reforzando aún más al poder central, sus instituciones y sus procesos de decisión. Previsiblemente, sería un escenario de agudización de los conflictos territoriales que alejaría la perspectiva de estabilidad.

2) Escenario de continuidad autonómica. Las cosas seguirían más o menos como están, tanto en autogobierno como en prácticas institucionales. Se mantendrían los déficits de protección jurídica de las autonomías en el Tribunal Constitucional (TC), basados en las ambigüedades constitucionales y el sistema de nombramiento de magistrados del propio TC. Las comunidades autónomas seguirían sin poder hacer políticas diferenciadas en la práctica totalidad de sus competencias (educación, sanidad, servicios sociales, investigación, función pública, universidades, régimen local, etcétera). El carácter plurinacional del Estado seguiría sin reconocerse constitucionalmente. Podría revisarse el sistema de financiación, siguiendo las pautas uniformistas del actual (manteniéndose el trato diferenciado del País Vasco y Navarra). También podría reformarse el Senado (otro fiasco constitucional) en un sentido simplemente autonómico.

3) Escenario federal clásico (uninacional). Se trataría de desarrollar el Estado autonómico a partir de las premisas del federalismo clásico. Ello supondría algunas reformas constitucionales (federalización del Senado y del poder judicial, funciones de las comunidades autónomas en la UE, federalismo fiscal con reglas claras y publicidad de las balanzas fiscales…). En el ámbito de las competencias: ruptura de las ambigüedades constitucionales que favorecen al poder central. Seguiría ausente el reconocimiento de la plurinacionalidad, con déficits en los ámbitos simbólico, económico e internacional. Pero se ganaría en claridad, probablemente en estabilidad, y se reforzarían la descentralización y las garantías jurídicas de las minorías (precarias en los escenarios anteriores).

4) Escenario federal plurinacional. Se reconocería constitucionalmente el carácter plurinacional del Estado, con autogobiernos diferenciados en Catalunya y País Vasco. Dicha especificidad se aplicaría a cinco ámbitos: simbólico, institucional, competencial, económico-fiscal e internacional. Se trataría de lograr un friendly state,un Estado amable con las minorías nacionales. La participación de estas últimas en las instituciones del Estado (Parlamento central, TC…) incluiría procedimientos liberales de protección de las minorías frente a la versión colectiva de la tiranía de la mayoría (derechos de veto, timbres de alarma, procedimientos de opting in y opting out…).

5) Escenario del partenariado (o soberanía-asociación). A diferencia de los escenarios anteriores, que implican acuerdos de carácter federal, aquí el proceso dependería únicamente de la voluntad de los ciudadanos de las naciones minoritarias, estableciéndose acuerdos de carácter confederal con el Estado sólo en materias concretas (defensa, pasaporte, algunas cuestiones de política exterior y tributación, etcétera). La regulación de estos acuerdos sería parecida a la establecida en algunos estados asociados o federaciones de la política comparada.

6) Escenario de la secesión. Aquí la ruptura con el Estado y el nivel de autogobierno serían máximos, dentro del esquema de soberanías compartidas de la UE. Una acomodación liberal-democrática estable del pluralismo nacional del Estado sólo resulta posible en los tres últimos escenarios. En los escenarios segundo y, sobre todo, tercero, podrían darse algunos avances en autogobierno y un marco institucional más amable con las minorías nacionales. Pero la previsible falta de regulación de la plurinacionalidad en los ámbitos simbólico, económico e internacional impediría un solución con vocación de futuro.

En este tema no ha habido aún ningún presidente de Gobierno español que pueda calificarse de estadista. La falta de cultura federal y plurinacional de los dos partidos mayoritarios, que impide avanzar hacia el cuarto escenario indicado, está haciendo que las posiciones independentistas en Catalunya y el País Vasco sean cada vez más racionales y más razonables. El siglo XXI será un siglo de reforzamiento de las minorías nacionales en las democracias (de lo que Hegel llamaba la “autodeterminación en la interdependencia”), sea a partir de su acomodación en estados plurinacionales, sea a partir de procesos de partenariado o secesionistas cuando lo anterior no es posible.
F. REQUEJO, catedrático de Ciencia Política de la UPF y autor de ´Federalismo plurinacional y pluralismo de valores´

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