Reggio’s Weblog

La isla de Pascua y el colapso global, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Economía, Sociedad by reggio on 26 febrero, 2009

El destino inmediato del capitalismo liberal, que se precipita en caída libre hacia la implosión de un agujero negro impulsado por el continuo agravamiento de su crisis sistémica y fatalmente atraído por el succionante maëlstrom de un ominoso colapso global, exhibe fascinantes paralelos con la súbita extinción de la cultura de los moaís que tuvo lugar en la polinesia isla de Pascua. Me refiero claro está a esas célebres estatuas gigantes, cerca de 900 en total, que hoy admiran a los turistas en un páramo perdido, árido y casi desierto a miles de kilómetros de las costas vecinas. Pues bien, esos impresionantes moaís fueron erigidos con fines ceremoniales por una floreciente civilización que se embarcó en un proceso de crecimiento acelerado cuyo cenit culminante se alcanzó en el siglo XVII de nuestra era, para precipitarse a partir de ahí (1680) en una vorágine de autodestrucción colectiva que acabó con la civilización de Pascua justo antes de la llegada de colonizadores europeos.

El mejor relato de esta tragedia cultural se contiene en un libro de obligada lectura, Colapso (2005), del geógrafo evolucionista Jared Diamond, que la utiliza de pedagógica ilustración (entre otras extinciones análogas, como la de los mayas del Yucatán o los vikingos de Groenlandia) para explicar cómo la intensificación de la competencia por los recursos puede acabar con el suicidio colectivo de los competidores. Para ello Diamond recurre a la llamada “tragedia de los bienes públicos”, propuesta por el biólogo Russell Hardin en 1968, que predice el agotamiento de los ecosistemas a partir de un cierto umbral de explotación. Pero la originalidad de Diamond reside en que, pese a ser un ecologista reconocido, deduce que la causa última del colapso no es biológica sino social. Lo que hace al sistema inviable y le fuerza a colapsarse no es la escasez de los recursos (según el argumento maltusiano) sino el exceso de su explotación, como un efecto sólo derivado de la escalada social de la competición. Los diversos clanes de Pascua se embarcaron en un juego colectivo de prestigio ostentoso donde todos pugnaban por superar a los demás en la erección de moaís, para lo que no dudaron en agotar el bosque del que extraían la madera para transportar las piedras a edificar. Y al escasear la madera dejaron de producir canoas con las que pescaban su principal fuente de proteínas. Pese a lo cual siguieron erigiendo moaís cada vez mayores hasta que ya no pudieron hacerlo más. Entonces los golpistas tomaron el poder, estalló la guerra civil y la isla de Pascua se desangró hasta extinguirse.

Pues bien, el paralelo que les propongo con la actual deriva de la crisis global resulta transparente: los moaís son las burbujas especulativas que erigen nuestros clanes estatales y empresariales,unos moaís hechos de especulación financiera e inmobiliaria que, al adentrarse en una escalada de intensificación de la competencia, no tardan en agotar los recursos productivos de la economía real.

Véase si no el deprimente ejemplo que dan esas ciudades vacías de la costa mediterránea (Manilva) o la periferia madrileña (Seseña), auténticos moaís desiertos y abandonados por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Y al igual que los isleños de Pascua se endeudaron a muerte agotando sus fuentes de subsistencia para erigir sus moaís, también para erigir sus apalancadas pirámides especulativas nuestros isleños del capitalismo liberal han esquilmado el suelo público, el crédito solvente, el empleo productivo y el tejido empresarial, encaminando al sistema a un colapso colectivo.

¿Cómo detener e invertir esta deriva autodestructiva? ¿Qué escenarios de salida cabe imaginar para esta continua escalada de la crisis global? Jared Diamond señala que, cuando se entra en una espiral de competición intensificada, sólo hay dos medios de evitar el colapso colectivo: la autolimitación de los competidores o el racionamiento impuesto por el poder público. Dos soluciones que equivalen a la autorregulación de los mercados y a la intervención keynesiana del Estado. Pero cada una de ellas excluye a la otra, mientras que hoy se siguen intentando ambas a la vez, por lo que no sabemos todavía cuál de ambas se impondrá a la larga. Así que hagamos un poco de ciencia-ficción y especulemos sobre las cuatro posibles salidas de la crisis.

La primera es la salida liberal que proponen los poderes financieros globales respaldados por los organismos internacionales como la UE, el FMI o la OCDE: una crisis intensa y aguda, que durará dos o tres años hasta que se complete el proceso de desapalancamiento con altísimos costes sociales, tras lo que se iniciará una lenta recuperación que dará paso a un nuevo proceso estable de crecimiento autosostenido, eventualmente susceptible de abrir nuevas fuentes de negocio convertibles en moaís (pirámides o burbujas especulativas). Este escenario cíclico implica mantener intacto el sistema de mercado, quedando relegado el Estado keynesiano a un papel meramente accesorio, servil y transitorio, tras cuya excepcional intervención se restaurará la dominación absoluta del mercado global. Pero esta salida es de incierta probabilidad porque el keynesianismo light a lo Barack Obama parece predestinado a fracasar, ya que los mercados libres no se pueden gobernar, siendo como son un orden espontáneo. La mano visible del Estado puede regularlos variando su estructura de incentivos pero no puede imponerles normas ejecutivas, pues cuando intenta hacerlo la mano invisible del mercado reacciona generando un desorden espontáneo como el actual.

Así llegamos a la segunda salida previsible de la crisis, que es el colapso definitivo de los mercados tras el fracaso del keynesianismo light, lo que obligará a los Estados a una intervención hardcore mediante nacionalizaciones masivas de la banca y de las empresas en quiebra con el posible cierre de las Bolsas. Esta salida estatal implica la supresión o al menos la suspensión de los mercados libres, que quedarán sustituidos por un proteccionismo mercantilista (colbertismo) de estilo chino e inspiración prusiana. Pero con ello se anula la virtualidad de los ciclos económicos, y la crisis deja de ser un punto de inflexión entre las fases recesiva y ascendente para convertirse en un estado estacionario de estancamiento en forma de L (ramal descendente de caída en picado seguida de una duradera depresión lateral).

Pero si la depresión se eterniza, la salida estatal o proteccionista agravará extraordinariamente el clima de conflictividad social. Y entonces comenzará a ser posible y quizás probable la tercera salida, que podemos llamar violenta: bélica o incluso revolucionaria. Al fin y al cabo, el colapso de la isla de Pascua terminó en un baño de sangre, y lo mismo ocurrió con la depresión económica de los años treinta, cerrada con el crepúsculo de los dioses proteccionistas.

Confiemos en que la memoria histórica nos enseñe a evitar lo peor y nos permita aprender a buscar otra salida menos autodestructiva. ¿Cuál podría ser ésta? Queda una cuarta posibilidad, al menos teórica por improbable que sea, y es la de convertir la actual crisis de los mercados en una verdadera crisis del sistema, eventualmente capaz de dar a luz un nuevo modelo de sociedad. Una sociedad sostenible y ya no basada en el depredador capitalismo neoliberal, que de ciclo a ciclo y de burbuja en burbuja está conduciendo al planeta a un inminente colapso como el de la isla de Pascua, ahora masivamente amplificado a escala global.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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Malestar, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Política by reggio on 2 febrero, 2009

La indulgencia con el presidente José Luis Rodríguez Zapatero que demuestra la sociedad española no debería despistarnos sobre el sordo malestar que bulle de forma latente y que amenaza con emerger a la superficie. Esa tolerancia pudo advertirse en la acogida que tuvo su aparición en el programa de TVE Tengo una pregunta para usted, y luego ha sido corroborada por los sondeos publicados este fin de semana, que no han registrado apenas ningún coste electoral. ¿Por qué no provoca más protestas la aceleración de la crisis económica, con su masiva destrucción de empleo? ¿Cómo logra evitar Zapatero el temible estallido de la conflictividad social?

Una explicación de esta anomalía es la incapacidad de la oposición para ejercer su papel. Nadie entiende las sectarias reivindicaciones nacionalistas en este trance de crisis colectiva, IU está desarticulada, y el PP se desangra encarnizado en sus luchas intestinas, mientras la incapacidad de Rajoy para ejercer su liderazgo lo reduce a la impotencia. Y en ausencia de oposición real, Zapatero se entrega a un frenético ejercicio de activismo sarkozysta, frecuentando las cumbres internacionales y aprobando un paquete tras otro de medidas económicas para presentarse ante las Cámaras como gran campeón de la lucha contra la crisis. Y es que, tras verse confirmado en el cargo por su indiscutible victoria electoral, Zapatero ha descubierto una confianza en sí mismo que antes no tenía, lo que le permite cabalgar sobre las olas de la cruzada anticrisis acogido al patrocinio del efecto Obama.

Pero todo este sarkozysmo de Zapatero no es más que un espejismo mediático que no podrá seguir encandilando a la audiencia por mucho tiempo. Es posible que le sirva para ganar las elecciones autonómicas del próximo 1 de marzo. Pero entretanto el desempleo habrá crecido en otro medio millón adicional, y las secuelas en términos de quiebras, embargos y desahucios no habrán hecho más que agravarse todavía más. Y a juzgar por los augurios del FMI, hasta dentro de dos años no creceremos lo suficiente para volver a crear empleo. De modo que, a medio plazo, el malestar social causado por la burbuja del desempleo expansivo ya no se podrá contener, y lo más probable es que empiece a aflorar en forma de protestas sociales, conflictos interculturales y convocatoria de huelgas generales o salvajes según el reciente ejemplo francés. ¿Qué es lo que hoy retiene su abierto estallido?

Cabe imaginar que una posible razón es la actual composición social del desempleo, que hasta ahora se concentra sobre todo en los cinco millones de inmigrantes atraídos por el boom español del ladrillo. Unos contingentes de inmigrados que, a causa de su exclusión social, no tienen capacidad organizativa ni recursos para movilizarse, por lo que difícilmente iniciarán protestas ni crearán conflictos. Pero en cuanto el desempleo se extienda a los trabajadores autóctonos, y sobre todo a las clases medias profesionales, entonces el malestar estallará y se traducirá en abiertos conflictos que podrían generalizarse. Y hay indicios de que ese malestar social de clase media ya está entre nosotros, por latente y sorda que de momento sea su manifestación.

La literatura especializada señala que la conflictividad estalla no tanto por las carencias básicas o las necesidades insatisfechas de las clases más desfavorecidas (privación absoluta) como por la frustración de las expectativas crecientes que abrigan las clases medias (privación relativa). Pues bien, esto es lo que ha pasado en el caso español: una sociedad de nuevos ricos, mal acostumbrada a expectativas desmedidas tras 15 años de crecimiento, que ve hoy cómo se le cierra el grifo de la abundancia especulativa. Y, en consecuencia, se siente frustrada en sus expectativas de enriquecimiento, creándose el mejor caldo de cultivo para que nazca, cunda y prolifere la figura emergente del español cabreado (trasunto del catalá emprenyat).

Y un símbolo capaz de catalizar este difuso malestar de clase media es la huelga salvaje de jueces convocada para el día 18. Lo de menos es el pretexto gremial buscado para justificar su tabla reivindicativa como trabajadores de un servicio público, pues en realidad la causa última de la protesta es el malestar de los jueces al sentirse desautorizados y desposeídos de sus prerrogativas. Un malestar análogo al que desmoraliza a los docentes, que también se sienten desautorizados como trabajadores del servicio público de la enseñanza. Y un malestar difuso pero creciente que también podrían empezar a sentir muy pronto por efecto contagio otros servidores públicos y profesionales de clase media, como médicos e ingenieros. O quizá periodistas.

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La izquierda ante el cambio de ciclo, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 24 diciembre, 2008

Confirmando el sambenito que se cuelga a los bisiestos, 2008 pasará a la historia como el año en que estalló la mayor crisis económica de la época reciente. Pero reducirlo a eso sería injusto, pues 2008 también es el año de la prodigiosa victoria de Barack Obama. Un acontecimiento tan excepcional como el estallido de la crisis global, aunque de signo radicalmente opuesto. Y esta rara coincidencia en el tiempo de ambos hechos históricos permite aventurar que quizá no sea casual. Es posible que tanto la crisis como el landslide electoral sean producto de un seísmo estructural de los EE UU, dislocados por los efectos del ciclo neoconservador que se inició en 1968 con la elección de Nixon. Es posible que, sin el clima excepcional de crisis aguda del sistema, la elección de un negro como presidente no se hubiera producido. Y es posible también que, dada la gravedad sistémica de la crisis, sólo un presidente tan extraordinario como lo es Barack Obama pueda gestionar su futura resolución con ciertas esperanzas de éxito. Por eso tenemos derecho a pensar que en 2008 se ha producido un cambio histórico de ciclo.

Se ha dicho que el siglo XXI comenzó con la caída del Muro de Berlín que puso fin a la guerra fría o con la caída de las Torres Gemelas que inició la llamada guerra contra el terror. Pero con iguales o mejores razones podríamos decir que el siglo XXI ha comenzado en 2008. La coincidencia de la crisis financiera con la elección de Obama ha supuesto el final del ciclo económico-político iniciado en 1968 con la elección de Nixon bajo el síndrome de la guerra de Vietnam. Entonces se puso fin a la era de predominio estatal, demócrata y keynesiano abierta 40 años antes con el New Deal de Roosevelt y concluida con la Great Society de Kennedy-Johnson. Mientras que a partir de 1968 se inició un nuevo ciclo opuesto al anterior, caracterizado por la primacía del mercado, del ultraliberalismo y del pensamiento neoconservador, bajo la égida de los presidentes republicanos Nixon, Reagan y Bush. Y por eso, el acceso a la presidencia de alguien tan excepcional como Barack Obama, en medio de una crisis económica sin precedentes y bajo el síndrome de la guerra de Irak, parece augurar el comienzo de un nuevo ciclo antitético y contrapuesto al anterior: un ciclo de nuevo estatal, keynesiano y progresista, aunque no necesariamente izquierdista.

¿Qué posibilidades hay de reconstruir la izquierda, al hilo de este cambio de ciclo económico-político abierto en 2008? Aparentemente, no demasiadas. La izquierda está literalmente arrasada en toda Europa, sin que el Reino Unido y España supongan ninguna excepción. Por su parte, la izquierda latinoamericana está degenerando hacia el peor autoritarismo populista. Y en cuanto al movimiento altermundista, continúa dejándose seducir con demasiada frecuencia por el estéril nihilismo de la violencia antisistema, dado el atractivo mediático de disturbios como los de Atenas o las banlieues parisinas. Por eso, la mejor forma de entender el actual marasmo de la izquierda es explicarlo como un final de ciclo. En efecto, la izquierda actual todavía continúa afectada por los efectos retardados de Mayo 68: aquel festival político improvisado en el mismo año que alumbró la elección de Nixon. Y es que su impacto mediático fue tal que en seguida se revistió con el carisma o la aureola del método infalible, dada su demostrada eficacia movilizadora. De ahí que, inmediatamente, todos los movimientos sociales y políticos de la izquierda europea se convirtieran en emuladores de Mayo 68, pasando a imitar sus nuevos repertorios movilizadores y discursivos.

El método Mayo es otra muestra de la “estetización de la política” atribuida por Walter Benjamin al fascismo de entreguerras. Lo que el fascismo de hace 80 años significó para la derecha como método de movilización política es lo mismo que 40 años después significó Mayo 68 para la izquierda, haciendo de la lucha política una función de teatro mediáticamente movilizadora, que busca el golpe de efecto espectacular para atraer la atención del espectador. Pero por eficaz que parezca a primera vista, el problema de la espectacularización política es que cae víctima de un esteticismo estéril y gratuito. De ser un medio puesto al servicio de fines políticos, el método movilizador tipo Mayo 68 se autonomiza para convertirse en un fin en sí mismo. Ya no hay estrategia política de largo plazo (¿qué objetivos buscamos alcanzar con nuestra movilización?) sino sólo táctica movilizadora de corto plazo: ¿qué repertorio es más eficaz para interesar a los medios informativos? Y la movilización degenera hasta convertirse en miope activismo gratuito, que se desentiende de cualquier contenido político (organizar bases sociales, crear redes de solidaridad, defender intereses y derechos) para concentrarse en la busca de titulares de prensa cada vez más impactantes. De ahí la deriva activista de Mayo 68 y sus secuelas hacia una escalada de la transgresión que, como el fascismo de entreguerras, acabó por caer en el terrorismo nihilista. Una deriva que en el mejor de los casos, aun renunciando a la violencia, no supo evitar la compulsión antipolítica que define a la izquierda puritana, libertaria o exquisita.

Cuarenta años después, aquellos polvos han traído estos lodos. Al dejarse contagiar por la miope eficacia movilizadora del método Mayo, mediáticamente provocador pero políticamente estéril y gratuito, la izquierda europea ha ido perdiendo su hegemonía cultural sobre sus bases sociales tradicionales (clases trabajadoras y segmentos sociales progresistas) hasta dilapidar sus antiguas redes de confianza y capital social. Todo por culpa del abandono de una estrategia política basada en el reforzamiento organizativo de los partidos de clase como partidos de masas para pasar a concentrarse en la lucha mediática por el control de la opinión pública, dentro de lo que Sartori llama “videopolítica” y Bernard Manin “democracia de audiencia”. Hora es de que cese esta deriva mediática y la izquierda recupere su sentido de la política.

Por eso es de esperar que la experiencia de 2008, con la crisis económica y la elección de Obama como catalizadores, permita a la izquierda superar su crítica decadencia e iniciar un nuevo ciclo de ascenso y recuperación. Un nuevo ciclo de acumulación política en el que, renunciando al fallido repertorio transgresor de Mayo 68, vuelva a rehacer sus fuerzas movilizadoras reconstruyendo nuevas redes de confianza y capital social. Y ello, además, según el eficaz ejemplo que ha dado la victoriosa plataforma de Obama, que logró movilizar en un solo movimiento unitario a fuerzas tan heterogéneas como los latinos, los afroamericanos, las feministas o los trabajadores amenazados por la crisis económica. Pues bien, eso mismo tendría que hacer la izquierda europea. En lugar de encerrarse en sí misma según el ejemplo del socialismo francés, étnicamente limpio frente a unas bases sociales tan multiculturales como las francesas, habría por el contrario que abrir la izquierda a la representación de los auténticos trabajadores que son los inmigrantes de múltiples procedencias: latinos, eslavos, magrebíes, africanos, asiáticos. Pues sólo así, construyendo desde abajo redes interculturales y pluralistas de confianza mutua y solidaridad colectiva, podrá la izquierda enfrentarse con éxito a la crisis económica, como condición necesaria y suficiente para recuperar su capital social, recrear su poder de convicción y diseñar una nueva estrategia política.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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Impotencia, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Economía, Internacional, Política by reggio on 27 octubre, 2008

La anterior semana negra de la crisis, que concluyó el pasado 10 de octubre con la mayor caída anual de las bolsas mundiales, provocó una reacción política de respuesta en forma de ingentes planes de rescate estatal. Semejante intervencionismo público pareció calmar por algún tiempo el pánico bajista de los mercados, hasta el punto de que muchos analistas llegaron a pensar que la crisis podría haber tocado fondo. Pero el alivio estatal se ha disipado en dos semanas justas, pues el viernes pasado, cuando se cumplían 79 años del crack de 1929, se ha cerrado otra semana fatídica que ha vuelto a llevar los índices bursátiles a un nuevo mínimo anual, todavía más bajo que el anterior. Así se da una nueva vuelta de tuerca en el descenso por la escalera de caracol que conduce al fondo del infierno financiero, sin que podamos saber a qué profundidad de la ruina global se hallará el suelo de esta crisis interminable.

Si hace dos semanas todavía parecía posible que los Estados fueran capaces de controlar el pánico de los desbocados mercados, hoy ya no podemos ser tan crédulos, pues ahora los poderes públicos ya no tienen mucho más que hacer. Es verdad que el 15 de noviembre, con la participación de España o sin ella, se reunirá el G-20 para replantear una nueva regulación del capitalismo global. Y también es verdad que, para entonces, ya contaremos con un nuevo presidente de EE UU, bastante más esperanzador que el actual. Pero tampoco cabe esperar demasiados milagros del mesías Obama, cuya Administración no tomará las riendas hasta enero próximo. Y en consecuencia, de la reunión del 15-N no saldrán más que gestos grandilocuentes, buenas intenciones a coro y muy poco más. Es la impotencia global, que nos deja a todos inermes y entregados con aciago fatalismo a lo que pueda pasar.

En suma, la economía ha entrado en un imprevisible proceso de caída libre que escapa por entero fuera de todo control, sin que quepa descartar el inicio de un largo ciclo de parálisis, desempleo y deflación análogo al que se vivió durante la gran depresión de los años 30, que alumbró una agitada era de crisis social, fanatismo ideológico y cruentos conflictos bélicos. Y mientras tanto, ¿qué hace la política? ¿Cómo reaccionan nuestros gobernantes electos ante la patente constatación de su impotencia para controlar los acontecimientos? Se diría que el común denominador de sus performances escénicas es el hiperactivismo acuñado por Sarkozy: un febril estado de agitación permanente que les lleva sin parar de una reunión a otra con sonoras declaraciones ante las cámaras donde anuncian con mayestático arbitrismo nuevos ensayos tan improvisados como contradictorios de intervención en la economía. En suma, gesticulación y palabrería para ocultar su estéril incapacidad.

Y éste es también el nuevo personaje que interpreta el presidente Zapatero en el escenario español: un remedo celtibérico, una copia a la española, del hiperactivismo á la Sarkozy. Se recordará que, durante su anterior legislatura, al presidente Zapatero no le gustaba para nada la política exterior, en la que se sentía tan inseguro como desplazado, y por eso rehuía tanto como podía asistir a las cumbres internacionales. Pues bien, en esta legislatura está sucediendo justo al contrario. Tras caerse del caballo camino de Damasco, y descubrir con ello el fatal advenimiento de la crisis económica, el presidente Zapatero se ha convertido en un cruzado de la causa exterior, a cuya arena internacional acude una y otra vez como un quijotesco caballero dispuesto a entablar combate contra los molinos de la crisis. Es como si quisiera compensar su retirada de la guerra contra el terror que Bush declaró, participando ahora en primera línea de batalla en esta guerra contra la crisis. Y por eso llama a todas las puertas (menos a las de la Casa Blanca), porfiando por ser invitado a la magna cumbre del 15-N, donde, al no poder decidirse el destino del mundo, se discutirá a cambio el sexo de la crisis.

Y mientras Zapatero se entretiene paseando de una a otra cumbre internacional, entretanto la política española discurre a su aire, carente de suficiente liderazgo. Es verdad que el Gobierno puede permitírselo, pues la aprobación de los Presupuestos del año que viene a cambio de las oportunas tajadas otorgadas a vascos y gallegos le ha permitido comprar un seguro de vida hasta el curso próximo, además de garantizarle unas mejores perspectivas de cara a las próximas elecciones autonómicas gallegas y vascas, donde se pondrá en juego el menguante crédito de Rajoy. Pero aparte de eso y de apuntarse algunos tantos más (como el creciente divorcio navarro entre UPN y PP), lo cierto es que nuestros graves problemas de fondo (financiación autonómica y Tribunal Constitucional, además de la crisis de la economía real) continúan sin resolver, mientras se abren otros problemas nuevos (rebelión de los juzgados, inquisición de Garzón) que no parecen menores.

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Educación para el segregacionismo, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Derechos, Educación, Religión by reggio on 23 octubre, 2008

El comienzo del curso académico parece un momento apropiado para reflexionar sobre los problemas de la enseñanza en España, que son muchos y variados como sucede en todas partes. Pero a juzgar por nuestros debates políticos, se diría que la agenda pública de la educación se reduce a tres puntos fundamentales.

Ante todo aparece la objeción de conciencia de los católicos a la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía: un falso problema, manipulado por el obispado y la derecha integrista para exacerbar el clima de crispación con su cruzada antilaicista, en el que aquí no voy a entrar.

Mayor interés encierra el debate sobre la calidad de nuestra enseñanza secundaria, en cuya discusión se esgrimen las cifras comparadas que suministran los organismos internacionales. Pero en este campo todo es relativo, y no parece que tengamos derecho a flagelarnos demasiado, pues estamos dentro del mismo montón de medianía que casi todos los demás, según ha demostrado en su análisis de los Informes PISA Julio Carabaña, a cuya autoridad me remito. En todo caso, lo más grave parece el estado no de los institutos sino de la formación profesional (FP), a juzgar por las recientes cifras de la OCDE que nos colocan a la cola de todos con Portugal. Y digo que este problema debe de ser grave porque el ministerio del ramo se dispone a maquillar los datos propiciando una reforma cosmética que conceda el título de FP2 a quien acredite tres años de oficio: una acreditación de ejercicio bastante más permisiva que la exigida para los profesores universitarios, a quienes se nos requieren cuatro sexenios de investigación selectiva para reconocernos como catedráticos.

Finalmente, la tercera cuestión a debate en la agenda educativa es la privatización de la enseñanza pública en beneficio de la enseñanza concertada (centros privados financiados por el Estado), en su gran mayoría de confesión católica. Y en este punto sí merece la pena entrar a discutir. Ante todo he de aclarar que si la calidad educativa es homogénea, la titularidad pública o privada de los centros que la imparten no debería ser motivo de discusión: gato blanco o gato negro, lo importante es que adiestre ratones. Pero claro está, el problema reside no en la titularidad sino en la religión: en la confesionalidad o laicismo del centro de enseñanza, que es la verdadera frontera que separa la red privada de la pública, aunque ambas se financien en parecida medida con cargo al contribuyente. Y el caso es que, en España, en paralelo al avance imparable del proceso de secularización (pues la práctica religiosa de todos los españoles está descendiendo a gran velocidad),se está produciendo un fortísimo trasvase de alumnos desde la enseñanza pública no confesional hacia la enseñanza privada y concertada de confesión católica, hasta el punto de que ya somos el país europeo (tras el pilarismo flamenco) con mayor proporción de alumnos (en torno al 40%) en centros confesionales. Y lo más significativo es que la tendencia está en alza: hay una demanda creciente de enseñanza concertada mientras en cambio desciende la demanda de enseñanza pública. Por eso el nuevo partido socialista madrileño ha declinado su anterior apoyo programático a la escuela pública para prestárselo ahora a los centros concertados. Todo ello, insisto, mientras los españoles se están secularizando en todo lo demás a marchas forzadas. ¿Cómo explicar tamaña contradicción?

Una primera razón inmediata, aunque quizá peque de simplista, es por supuesto el incremento de la inmigración. Ante la proliferación de minorías étnicas que pueblan nuestras escuelas, las familias de clase media y baja prefieren que sus hijos emigren a los colegios concertados, que dada su confesionalidad católica suelen ser étnicamente limpios por razones religiosas. Y en cuanto los primeros niños autóctonos emigran a la enseñanza concertada, la estatal se va convirtiendo cada nuevo curso en un poco más multicultural, por lo que los niños españoles todavía propenden más a huir de ella realimentando en consecuencia la segregación escolar entre las dos redes pública y privada: tonto el último que se vaya. Y lo de tonto tiene una cierta explicación lógica, pues al concentrarse los inmigrantes en la enseñanza pública, su rendimiento educativo declina, ya que según sabemos por los Informes PISA, la capacidad de aprendizaje depende absolutamente del nivel cultural de la familia de origen, mucho más bajo entre los inmigrantes. Esto genera un círculo vicioso a modo de pescadilla que se muerde la cola, pues si las familias más cultas desertan de la enseñanza pública, ésta devalúa indefectiblemente su nivel de calidad educativa. Así se declara una epidemia de segregacionismo educativo que contagia a todas las familias españolas una preferencia revelada por la enseñanza discriminatoria.

¿Hasta qué punto esta pauta segregacionista debe ser atribuida a la discriminación racial? Es verdad que hay más racismo del que se confiesa en público, pero probablemente la explicación más verosímil no es el prejuicio racial, sino el simple clasismo social. Si las familias españolas sacan a sus hijos de la enseñanza pública no es para evitarles el contagio racial o religioso de gitanos, negros o moros, sino para seleccionarles las amistades peligrosas y relacionarles con compañeros de mejor extracción social. Es decir, envían a sus hijos a la escuela concertada por puro arribismo social, a ver si así se hacen amigos más selectos y distinguidos, potencialmente predestinados a formar parte de las élites sociales. Es el caso del famoso Colegio del Pilar, vivero madrileño de ministros, ejecutivos y dirigentes. Lo cual demuestra que a las familias españolas no les interesa tanto el capital humano que se adquiere en las aulas (enseñanza de calidad), comparativamente superior en los institutos estatales, sino el capital social que se adquiere en el patio del colegio privado (relaciones de compañerismo, amistad e influencia), cuyo valor de mercado depende del origen familiar y la extracción social.

La consecuencia es que nuestro sistema educativo queda segregado en dos redes separadas por barreras de clase, más que por confesión religiosa u origen étnico. Lo cual bloquea la principal función del sistema educativo, que es garantizar la igualdad de oportunidades entre todos los alumnos sea cual fuere su origen social, racial o religioso. Y así se genera un nuevo círculo vicioso, pues si las familias españolas demandan una enseñanza de clase con preferencia sobre la enseñanza de calidad, no lo hacen sólo por miope arribismo sino porque adivinan que es la mejor opción para favorecer la futura integración de sus hijos, ya que han aprendido a desconfiar del rendimiento del sistema meritocrático. Saben por experiencia que en nuestra sociedad los hijos que mejor se colocan como adultos no son los buenos estudiantes, sino los que están mejor relacionados a través de su red de amistad e influencia, incluyendo su posible emparejamiento matrimonial. Lo vemos todos los días con las dificultades de los mileuristas: los alumnos excelentes, mejor formados y más dotados de capital humano, que no por eso logran adquirir una posición social comparable a la de sus padres. De ahí que los jóvenes españoles comiencen a desertar de una Universidad que ya no les garantiza igualdad de oportunidades para el ascenso social.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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‘Zetanomics’, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 21 julio, 2008

¿Se puede liderar la crisis sólo con optimismo, buenas palabras y eufemismos paliativos, de acuerdo al idealismo lingüístico propuesto por Lakoff (el autor que prohíbe pensar en elefantes), como parece creer el presidente Zapatero (que también prohíbe pensar en crisis)? ¿O hace falta diseñar una estrategia efectiva de intervención en la realidad para corregir su crítica deriva actual? Hasta ahora no sabemos muy bien cuál es el análisis del presidente del Gobierno, ni cuál por tanto la receta que propone para buscar una salida de la crisis. Lo único que sabemos, porque lo dijo tanto en el Congreso de los Diputados como en el congreso del PSOE, es que se propone activar una economía de izquierdas, frente a la economía de derechas que supuestamente aplicaría el PP.

Pero ¿cuál es esa economía de izquierdas que plantea o tiene Zapatero en mente? Al keynesianismo reaccionario que practicó el presidente Reagan para evadirse de la estanflación de los 70, se lo denominó Reaganomics (o “economía de Reagan”). ¿Existe una Zetanomics alternativa: un modelo económico original, propuesto por el presidente Zapatero para evadirse del estallido de la burbuja inmobiliaria? Y de existir tal zetanomics, ¿podría ser algo distinto del keynesianismo progresista que desde luego no ha practicado hasta la fecha? Ahora afirma que a pesar de la crisis seguirá reforzando los derechos sociales de los ciudadanos. ¿Significa esto que piensa volver a incurrir en déficits presupuestarios subvencionando la demanda agregada? Parece claro que el vicepresidente Solbes y el Banco de España no lo permitirán. Pero aquí es donde interviene el ministro Sebastián, que aspira a la vicepresidencia económica por el atajo más corto, proponiendo como forma de rescate la compra pública de suelo privado sin distinguir entre ejecutores y víctimas de la especulación inmobiliaria. ¿En esto consiste la zetanomics: en gastar bienes públicos en beneficio privado, como se hizo con el soborno de los 400 euros? ¿Qué clase de economía de izquierdas es ésa?

Todo lo cual parecería una broma de mal gusto si no fuera porque estamos ante una crisis cuyo inmediato agravamiento tras el verano empezará a elevar el déficit público desde el próximo otoño, momento en que han de negociarse los Presupuestos del año que viene. Y da la casualidad que quien tiene la llave de su aprobación es la minoría catalana (CiU), cuyo portavoz viene sugiriendo precisamente una especie de nuevos Pactos de la Moncloa que sirvan para rescatar a los náufragos del hundimiento del Titanic inmobiliario. Algo parecido a lo que también propone el PP, cuando reclama un consenso de Estado ante la crisis económica como precio a pagar por el consenso en materia de terrorismo y de justicia. ¿De nuevo gastos públicos en beneficio privado?

Y por si todo esto fuera poco, este otoño habrá que negociar también la nueva financiación autonómica, cuyo borrador inicial se discutirá mañana en la reunión del Consejo de Política Fiscal y Financiera. Una financiación autonómica que también se ha estrangulado por efecto de la crisis, al verse gravemente dañada por la brutal caída de los ingresos tributarios que obtenían ayuntamientos y comunidades tras gravar las plusvalías procedentes de la especulación inmobiliaria. Pero una vez desplomado el mercado de la vivienda, las haciendas territoriales se han quedado al descubierto sin el maná local que las financiaba, a la espera de renegociar un nuevo reparto de la financiación estatal.

Todo lo cual se refleja muy bien en las balanzas fiscales que acaba de publicar Hacienda, con su contraste entre comunidades receptoras y contribuyentes netas. Es verdad que los impuestos no los pagan los territorios sino las personas físicas y jurídicas, como titulares de beneficios privados. Pero por su misma definición, los bienes públicos que suministran las autonomías (salud, educación, servicios sociales) nunca pueden ser individuales sino colectivos y territoriales. De ahí que todas las comunidades deban contribuir según sus capacidades y recibir según sus necesidades, nivelando solidariamente sus flujos entre ellas.

Y aquí es donde aparece la gran injusticia fiscal, pues los mayores niveles de renta personal disponible no se dan en la autonomías contribuyentes netas (Madrid, Baleares, Cataluña y Valencia) sino en las comunidades forales (Navarra y País Vasco). Las mismas que sin embargo, según revelan las balanzas fiscales, se hurtan al esfuerzo nivelador al situarse fuera del régimen común. Y como no contribuyen a la caja común, se desentienden del resto insolidariamente. De ahí el amago de secesión soberanista que pretende refrendar el lehendakari Ibarretxe con su pantomima de autodeterminación, destinada a distraer la atención con mucho ruido mediático (el raca-raca de Peridis) para tapar la nula contribución de los vasco-navarros (los ciudadanos más ricos y con más derechos sociales de España) a la cohesión social de todos.

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Crisis, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Economía, Política by reggio on 9 junio, 2008

El cambio climático de la presente legislatura respecto de la anterior resulta espectacular. Si aquélla estuvo presidida por la calma económica y la crispación política, con el encadenamiento continuo de sucesivos escándalos y conspiraciones que instalaron un régimen permanente de crisis crónica, ésta que acaba de iniciarse parece haber experimentado un giro copernicano tras invertirse el signo de la circulación atmosférica. Ahora en la política hay calma chicha mientras en la economía soplan vientos huracanados, presagiando la ominosa formación de una tormenta perfecta que amenaza con arrasarnos.

La calma política se explica por el fracaso de los promotores de la crispación, que ahora dirigen sus armas contra sí mismos para desviar sobre sus rivales internos el pago del precio de la derrota. De ahí que asistamos a un inesperado pacto implícito, tan táctico como tácito, entre Zapatero y Rajoy. Un pacto contra natura que se advierte tanto en la derechización del Gobierno, con nueva política hidráulica abierta a trasvases y endurecimiento del control de inmigrantes, como en el moderantismo de la oposición, que ha consentido sumarse a la unidad antiterrorista. Por supuesto, ambos giros estratégicos se deben a razones electorales, pues Zapatero necesita recuperar los 700.000 votos que se le fugaron hacia la derecha, si quiere alcanzar la mayoría absoluta que ya tiene al alcance de la mano, y Rajoy necesita disipar el voto del miedo de catalanes y vascos que determinó su derrota.

Pero envanecido por la pacificación de las aguas políticas, y adormecido por la debilidad de la oposición, el Gobierno parece incapaz de capear el huracán económico que se nos viene encima. A excepción de los beneficios bancarios y telefónicos, el resto de indicadores (paro, inflación, desplome inmobiliario, frenazo industrial, endeudamiento y caída del consumo familiar) anuncian que la economía real está cayendo en picado, sin que nadie se atreva a pronosticar cuándo dejará de caer ni hasta qué cota lo hará. Sin embargo, ni Solbes ni Zapatero se atreven a reconocer esta dinámica de crisis, como si quisieran engañarse a sí mismos ya que a los ciudadanos que pagan el precio mal podrían hacerlo. Su obsesión es que no cunda el pánico, y para ello se resisten a llamar a la crisis por su nombre, falseando la realidad con peregrinos eufemismos mientras continúan fingiendo un optimismo forzado. Pero así no hacen más que aumentar nuestra desconfianza, pues son ellos quienes parecen paralizados por el pánico al verse desbordados por unos acontecimientos que no logran controlar.

Hace falta que el Gobierno despierte de su ensueño y transmita al público la verdadera gravedad de la situación. Pues aunque la crisis no llegue finalmente a consumarse, el principio de precaución aconseja prepararse para la llegada de lo peor. Y a continuación, es también necesario que el Gobierno se dirija a la ciudadanía anunciando su firme disposición a encabezar la lucha para enfrentarse a la crisis en la medida de nuestras capacidades. Pues de no hacerlo así, correrá la misma suerte y demostrará la misma irresponsabilidad que el presidente Aznar ante el Prestige o el presidente Bush ante el Katrina.

Puede que ya sea demasiado tarde, pues a la hora de prevenir y contener los peores daños tampoco se puede hacer demasiado. Hay que improvisar políticas asistenciales destinadas a socorrer a los peores damnificados. Y para eso no basta con las medidas paliativas adoptadas, que no son más que paños calientes. Pues como acaba de señalar UGT en su crítica al Gobierno, es preciso evitar que los trabajadores “paguemos los platos rotos cuando son los empresarios los que han ganado grandes beneficios”. Pero con reparar daños no basta, pues además hay que adoptar reformas estructurales que nos permitan adelantar la salida de la crisis. Por ejemplo, habría que atajar su peor causa, la demanda sin tasa de vivienda en propiedad, origen de la irracional burbuja inmobiliaria, con una decidida política de oferta de VPO en alquiler, y no el triste 40% que plantea la ministra del ramo.

Y sobre todo, el Gobierno debe infundir confianza dibujando un creíble escenario de futuro con viables objetivos a lograr. Pero para eso precisa una narrativa que comience por reconocer que estamos ante una crisis cíclica, prosiga advirtiendo de que lo peor todavía está por llegar, y concluya anunciando que finalmente veremos la luz al final del túnel. Otra cosa es acertar el plazo de ese ansiado final feliz. ¿Dos años, como en las crisis de 2002 y 1992? ¿O diez años, como en la crisis de 1974, que también cursó con choque energético, alza de materias primas y estanflación? Dependerá de lo que se haga hoy. No es fácil decidir cómo reaccionar mejor, pero algo habrá que hacer, pues la pasividad de esperar y ver no evitará el impacto del ciclón.

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El declive de la izquierda, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Política by reggio on 16 abril, 2008

El resultado de las pasadas elecciones españolas ha sido interpretado como una victoria de la izquierda que desmiente la creciente derechización europea: ascenso de Sarkozy, predominio de Merkel, retroceso de Gordon Brown, retorno de Berlusconi… Sólo Zapatero resistiría frente al asedio derechista, ante la previsible derrota de Barack Obama a manos del conservador McCain. Lo que vendría a demostrar, paradójicamente, que de nuevo Spain is different, como única excepción progresista a la regla de la derechización general.

Pero ¿de verdad su victoria el 9-M supuso un triunfo de la izquierda? Así lo entienden los publicistas neocon de la derecha extrema, para quienes Zapatero ha sido reelegido por una coalición radical de rojos, republicanos y separatistas. Y, en efecto, si nos fijamos en los resultados electorales, lo cierto es que los votantes centristas o moderados han abandonado al PSOE para pasarse al PP, mientras que a cambio los más izquierdistas se han decantado por apoyar a Zapatero. Es el retorno triunfal del “No pasarán”, producto de la creciente polarización del electorado español, en el que los votantes de las zonas más proletarias o industrializadas (Cataluña, País Vasco, Asturias, Aragón) han acabado por imponerse a las clases medias madrileñas y provincianas.

Sin embargo, las cosas no suelen ser tan sencillas como parecen a primera vista. Aquí sucede lo mismo que pasa con el Sol, que parece moverse del este al oeste cuando en realidad está quieto, pues es la Tierra quien gira de izquierda (oeste) a derecha (este). Y a Zapatero le ocurre igual. Él no se ha movido hacia la izquierda, pues su programa electoral continúa fijo en el centro del espectro, con guiños a la derecha (regalos fiscales, repatriación de inmigrantes) y ninguna concesión a la izquierda (renuncia a revisar la ley del aborto o la financiación de la iglesia). Es verdad que la nueva composición de su electorado parece proceder en mayor medida de la izquierda del espectro: menos centristas y más tránsfugas de IU y ERC. Pero en realidad, estos trasvases de votantes lo que revelan, como en el descubrimiento copernicano de la rotación de la Tierra, es un desplazamiento del electorado hacia la derecha: muchos progresistas que antes votaban a la izquierda radical (IU y ERC) ahora han votado al centro-izquierda del PSOE; y muchos centristas moderados que antes votaron a Zapatero ahora han votado al centro-derecha de Rajoy.

En consecuencia, se ha producido un deslizamiento del conjunto del electorado desde la izquierda hacia la derecha, estimable como saldo neto en torno al 2,5% del total (que es lo que gana ésta en detrimento de aquélla). Lo que no llega a ser un landslide (corrimiento de tierras), pues no hubo vuelco electoral y la izquierda retiene el po-der. Pero sí revela una significativa derechización política, porque a pesar de haber ganado las elecciones, la izquierda sigue perdiendo electores.

De modo que tampoco España es una excepción a la regla de derechización occidental, sino que viene a confirmarla aunque sólo sea como clara tendencia.

¿De dónde procede este vendaval derechista? Las razones son muchas y complejas, y aquí sólo cabe aludir a las más significativas. El fin de la guerra fría significó la derrota irreversible del socialismo histórico, sin que hasta ahora sus bases sociales hayan podido recuperarse creando un nuevo proyecto político legitimado por un discurso innovador. Por eso la izquierda se limita a vegetar, viviendo de unas rentas ruinosas (el estéril anticapitalismo comunista) o al menos conservadoras (la defensa socialdemócrata de los derechos sociales), pues el incipiente movimiento antiglobalización aún carece de credibilidad. De ahí el éxito de la tercera vía social-liberal a lo Giddens-Blair, aquí adoptada por Zapatero, que renunciando a los valores de izquierda sólo propone una derecha con rostro humano. Y ante el vacío de la izquierda en retirada, la derecha ha podido invadir y ocupar toda la esfera del debate público sin encontrar resistencia, imponiendo sus agendas neoliberales, nacionalistas, teocráticas y neoconservadoras.

¿Por qué resulta incapaz la izquierda europea de reconstruir un nuevo programa político adaptado al siglo XXI, cuando ya hace casi veinte años que se derrumbó el socialismo real?

Existen razones estructurales que lo hacen particularmente difícil, pues explican perfectamente la progresiva desmovilización de la izquierda. Lo que Daniel Bell llamó el advenimiento de la sociedad post-industrial ha desintegrado la vieja estructura de clases (antes estratificada en redes de solidaridad colectiva alineadas a uno y otro lado del conflicto industrial entre patronos y asalariados), para fragmentarla en un mero agregado de intereses privados sólo movidos por su individualismo posesivo y consuntivo. Es el nuevo enrichissez-vous que ha convertido a los ciudadanos en competidores arribistas, liquidando su capital social y privatizando la sociedad civil. Y este desclasamiento se ha visto muy potenciado por la llamada globalización, que ha incrementado la flexibilidad laboral y la movilidad ocupacional impidiendo que se reconstruyan nuevos compromisos solidarios. Por el contrario, la llegada de trabajadores inmigrantes para ocupar los estratos inferiores de la pirámide ocupacional ha generado un sentimiento de rechazo entre los autóctonos que compiten con ellos por el acceso a los servicios públicos. En consecuencia, el concepto de “pueblo” (y el de “clases trabajadoras” o “clases populares”), al que apelaba la izquierda para movilizar la participación ciudadana, ha perdido su sentido al ser desmentido por la realidad multicultural, quedando así desvirtuado.

Ésta es la causa última de la derechización política a la que se va asistiendo en toda Europa, España incluida, elección tras elección: la descapitalización social de la izquierda, producida por efecto de la desintegración del tejido civil (redes de compañerismo, solidaridad y compromiso cívico) que trababa y cohesionaba a las clases trabajadoras, hoy más fragmentadas y divididas incluso territorialmente que nunca. Y esta progresiva debilidad de la izquierda es aprovechada y estimulada por la derecha mediante el recurso a la xenofobia, que culpa a los trabajadores inmigrantes de todos los problemas. Si en 1848 Marx podía decir que el miedo a los comunistas era el fantasma que recorría Europa, hoy ese fantasma es el de los inmigrantes: la nueva “clase peligrosa” que amenaza con dividir a la izquierda impulsándola a derechizarse. Una derechización que en España se traduce en la obsesión por adquirir viviendas en régimen de propiedad privada y en el auge de los colegios concertados, casi todos religiosos y por tanto étnicamente limpios, a los que llevan a sus hijos las familias que se dicen progresistas o incluso izquierdistas, pero que aspiran a dotarles no con capital humano (pues la enseñanza en colegios religiosos es de muy baja calidad) pero sí con capital social, tanto para trepar con arribismo como para evitarles malas compañías.

Y una derechización que donde más se advierte es en las ciudades dormitorio que rodean a las grandes capitales, como el antiguo cinturón rojo que abarcaba el sur de Madrid, hoy votante masivo y absoluto del PP.

Proceso de derechización en curso que todavía no se ha completado en toda España, pues aún quedan bastiones industriales fieles a la izquierda. Pero que puede intensificarse todavía más, conforme la crisis económica agrave el conflicto social con los inmigrantes y la derecha siga explotando la división de los trabajadores con su demagogia xenófoba.

Enrique Gil Calvo es profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid.

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¿Renovación?, de Enrique Gil Calvo en El País

Posted in Política by reggio on 31 marzo, 2008

Renovarse o morir. Ésa parece la receta prescrita para superar los peores efectos de la resaca electoral que acucia a nuestra clase política. Renovación de personas, de discursos y de estrategias. En cuanto a la oposición, la señal la dio el desenvuelto Zaplana, cuando dimitió de su portavocía en el Congreso para dar ejemplo de renovación asumiendo el precio de la derrota. Pero su jefe de filas no se dio por aludido y, tras una espantada táctica, optó por aferrarse al cargo mientras amaga con renovar a los que aspiren a desbancarle. Por lo demás, no sólo toca renovarse a la oposición, pues también hay que hacerlo con el Gobierno y las Mesas de las Cortes. De ahí que toda la clase mediática se entretenga con las quinielas que apuestan al reparto de cargos. El problema es la falta de banquillo, pues dado el cierre de nuestra clase política, no abundan las vocaciones entre la gente valiosa. Y la prueba está en el partido vencedor, cuyo líder hizo valer en su día el dictado de la renovación generacional. Pero a la hora de la verdad, cuando tiene que renovar su Gobierno, Zapatero debe recurrir de nuevo a la vieja guardia heredada de la cantera de González.

Ahora bien, si estos días se habla tanto de renovación no es por el recambio del personal sino por la gran duda con que se abre esta legislatura: ¿continuará en vigor el mismo clima de confrontación o se abrirá una nueva etapa basada en el entendimiento? Ésta es la gran renovación que anhelamos los ciudadanos como agua de mayo: no la de equipos ni personas sino la de discursos y estrategias. ¿Obtendremos satisfacción? Si sólo fuera por las declaraciones públicas, cabría ser optimistas, pues todas las partes dicen apostar por la pacificación y el consenso en los grandes asuntos de Estado. Pero no hay que hacer caso a sus dichos sino a sus hechos, pues a estas alturas todos estamos ya demasiado escarmentados por la experiencia previa.

Y a juzgar por lo que está pasando con la negociación para la Mesa del Congreso, cabe temerse lo peor. Al final, parece que se va a reeditar un acuerdo entre socialistas y nacionalistas con exclusión del PP, que no está dispuesto a asumirlo y por eso cuestiona un reparto que interpreta como reedición a pequeña escala del pacto del Tinell (la exclusión del PP sobre la que se fundó el tripartito catalán). Lo cual sienta un pésimo precedente de cara a la nueva legislatura como prólogo antes de su apertura. ¿Estamos ante un error o ante una astucia del Gobierno, que tenía la iniciativa en tanto que vencedor? Como le tocaba abrir el juego, hubiera debido iniciar la ronda invitando a cooperar a su adversario para no provocar conflictos (según prescribe la teoría de juegos). Pero no lo hizo así pues optó por negociar antes con los nacionalistas a sus espaldas, enviando al PP una pésima señal.

Por ese camino, mal empezamos, pues de seguir así no habrá renovación que valga. Puede que, de momento, Gobierno y oposición renueven su discurso para moderarlo en las formas, renunciando de boquilla a la crispación en pago del tributo que el vicio le rinde a la virtud. Pero en la práctica, me temo que insistirán en su habitual aunque solapada estrategia de polarización, a la que sería irracional renunciar ya que tan buenos réditos electorales les acaba de procurar. Una estrategia que consiste en silenciar al debate entre derecha e izquierda (para lo que se copian los programas clonando cheques regalo y rebajas fiscales) para sustituirlo por un airado enfrentamiento entre Gobierno y oposición, donde ambas partes se inculpan con recriminaciones mutuas a fin de disputarle al rival los votantes más volátiles.

Y una vez más, la estrategia de la polarización les ha funcionado a las dos partes. El PP ha logrado recaudar casi toda la crecida del voto de castigo contra Zapatero (culpable de ceder ante Esquerra y ante ETA), que ha barrido en toda la que podemos llamar zona nacional al sur del Ebro. Y a pesar de esa grave pérdida por su flanco derecho, el PSOE ha logrado contrarrestarla con creces gracias a la marea del voto del miedo al PP (cuyo posible regreso al poder resulta aterrador), que también ha barrido en toda la zona republicana al norte del Ebro. Por eso es de temer que sigan persistiendo en su estrategia polarizadora, pues todavía tienen ambos abundantes caladeros en los que pescar. Pero no hay mal que por bien no venga. La mejor noticia salida de estas elecciones es que a los nacionalistas, en cambio, la estrategia de la crispación no les ha funcionado. También ellos buscaban anular el eje derecha-izquierda para sustituirlo por el eje Estado-nacionalidades. Pero el tiro les ha salido por la culata, pues sus electores han respondido saliendo en defensa del Estado al votar masivamente al partido del Gobierno central. Y este resultado agrava el declive de un nacionalismo que sí parece estar obligado a renovarse.

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