Reggio’s Weblog

¿Refundar el capitalismo?, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 19 octubre, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Lo impensable está ocurriendo. Aquello que se descartaba como la mayor de las herejías se convierte en algo no sólo posible y hasta recomendable, sino necesario. La era del thatcherismo y del reaganismo ha desembocado en la urgencia de revisarlos, de suspender su supuesta igualación a la más irrenunciable ortodoxia económica. De pronto, el fundamentalismo de la libertad sin traba alguna de la economía de mercado aparece como algo capaz de llevar al desastre económico. El vuelo alcanzado por el mundo de las finanzas ha caído en picado.

Y se ha llegado a la conclusión de que el uso ilimitado de la libertad de mercado puede conducir a la bancarrota.

Algo así como un principio que se contradice a sí mismo. Que, en vez de asegurar el crecimiento permanente, se adivina como un alarmante medio de cortarlo y arrastrar con él a los pilares de estabilidad y seguridad en los cuales el crecimiento económico ha de buscar su salud.

La extrema gravedad de la crisis actual fundamenta el convencimiento de que vivimos una situación excepcional. Como un movimiento tectónico que obliga a tomar disposiciones que parecían absolutamente fuera de lugar, dañinas, capaces de colapsar todo el mecanismo complejo de la economía moderna, hoy globalizada. ¿Por qué la globalización ha ido emparejada con falta de reglas, de controles o con viciar los existentes?

Una de las premisas que se tenían por irrefutables era que vivimos una época en la cual a lo político y al sector público les corresponde un margen más bien estrecho de actuación, porque lo económico lo desborda todo, lo rige todo. Es la doctrina de que cuanto menos Estado, mejor. De lo privado prevaleciendo sobre lo público. La norma era privatizar, desnacionalizar. Los gobiernos tenían que moverse cautelosamente para no inmiscuirse en un terreno que les estaba vedado. Aunque, por oportunismo, con demasiada frecuencia disponían de instrumentos para entrar en el mismo juego. Pero ahora, sin embozo alguno, los gobiernos, las instituciones internacionales como la Unión Europea, se pronuncian a favor de intervenciones públicas para salvar bancos, entidades financieras, y nos entra una indefinible sensación de desconcierto, de haber sido engañados.

Estamos ante un peligro mayor, que se ha descrito con riqueza de metáforas como la existencia de coágulos en un sistema sanguíneo. Se pide con acentos de urgencia liquidez, liquidez. Y son los estados los que han de proporcionarla con aportaciones descomunales de dinero por centenares de miles de millones. Ha habido demasiada alegría o impunidad o desmadre. Y, sin duda, culposa manipulación, que ahora es preciso, urgente, contrarrestar. Porque hay indicios de que la deriva perversa de la economía financiera, especulativa, pueda también haberse instalado en áreas de la llamada economía real, la productiva. Y de que el daño pueda provocar un derrumbamiento contra el cual casi no existiría remedio.

De momento, por lo menos ha habido una valiente reacción. Un protagonismo esperanzador de personas e instituciones públicas – nacionales e internacionales- que parecían adormecidas, cuando no abocadas a la aceptación de un triste papel subsidiario y de renuncia. Sarkozy, en su condición de presidente semestral de la UE, la ha galvanizado con el concurso de la canciller Merkel, mediante reuniones a los más altos niveles. Desde el Ecofin y los componentes del Eurogrupo, al que se sumó Gran Bretaña. Y el miércoles y el jueves, en el Consejo Europeo, órgano supremo de la Unión Europea, que, saliendo del marasmo, se muestra revitalizado con una positiva capacidad decisoria. ¿Será suficiente?

Por lo menos hay ganas de hacer algo. Gordon Brown, que parecía condenado a ser la sombra declinante del brillo y la seducción de su antecesor en el 10 de Downing Street, Tony Blair, repentinamente pasa a primer plano y, con mano firme, se saca del bolsillo fórmulas arriesgadas para salvar la situación sin vacilar en la formulación de conceptos tenidos por heréticos como nacionalización y regulación, parciales y temporales. Hasta el punto de que se recuerdan momentos trascendentales – de contrario signo- de la historia británica como la creación del Estado de bienestar por los laboristas, que levantó a la decaída Gran Bretaña después de la Segunda Guerra Mundial. O la drástica liberalización económica y financiera con que Margaret Thatcher, la Dama de Hierro,puso contra las cuerdas a los sindicatos y a los defensores del Estado de bienestar.

Hasta Bush, en la postración de su lamentable fin de mandato, ha contravenido su fidelidad al reaganismo, con los 700.000 millones de dólares que ha dispuesto para la operación de salvamento financiero. Y, luego, siguiendo el ejemplo de Brown, nacionalizando parcialmente a los grandes bancos se ha desdicho de su propio ideario.

Se dirá que el efecto de este cambio de rumbo, al menos temporal, puede acabar siendo contraproducente o insuficiente. Pero aun en este caso, es difícil que desde ahora todo vaya a seguir igual. Y, si fuera así, mal. Los Veintisiete, reunidos en Bruselas, han propuesto un plan mundial de supervisión y regulación que, en una segunda fase, debería ser de refundación del sistema capitalista. Un propósito que supondría ir al fondo del problema, más allá de la inmensa operación puntual de rescate bancario y financiero, que, en definitiva, consiste en socorrer a quienes han ocasionado el gran desastre bajo el apremio del chantaje de que no hacerlo arrastraría al abismo.

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Una difícil apuesta electoral, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 14 septiembre, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Sorpresa es la marca de la actual campaña electoral en Estados S Unidos. Y, sin embargo, también es todo lo contrario. Es posible que los muñidores electorales, los expertos en opinión pública, los conocedores del terreno, estado por estado, condado por condado, localidad por localidad, hayan percibido que el país necesita salir del bochorno de los ocho años de la presidencia de Bush. Los norteamericanos han sido sometidos durante dos mandatos presidenciales a emociones fuertes, a exaltaciones patrióticas inflamadas, a la apocalíptica alarma del 11-S, la épica del asalto militar a Iraq y Afganistán y las desventuras de la defraudación.

Ante esta realidad, ¿es recomendable ofrecerle al sufrido elector grandes dosis de lo inesperado en vez de tranquilizantes seguridades de que no habrá más aventuras, la seguridad que da lo presumiblemente conocido? Sería comprensible que quienes piden el voto prometieran rectificar más que alterar. Volver las cosas a su sitio más que experiencias inéditas. O que lo parecen. En este sentido resultaría más comprensible que las primarias demócratas hubieran favorecido a Hillary Clinton. Una persona que parecía idónea para colocar al país en la vía adecuada. Sobradamente dotada en esto que se suele llamar una cabeza bien amueblada. Y con ocho años de experiencia al lado de su marido, Bill, en la Casa Blanca, no precisamente como exclusiva cumplidora de su papel de primera dama sin pretensiones políticas. Y luego, senadora por Nueva York.

Pues no. Los agotadores meses de las primarias demócratas elevaron a la candidatura presidencial a Barack Hussein Obama, cuyo solo nombre obliga a poner mucha atención. No digamos su origen, que le permite considerarse ciudadano del mundo sin dejar de ser estadounidense al ciento por ciento. ¿Es el hombre indicado para cicatrizar heridas, para levantar el ánimo, para reconducir al camino de la sensatez con agudeza, de la autoridad sin arbitrariedades, de la firmeza con prudencia?

Otra sorpresa se la ha sacado de la manga -bueno, de la lejana Alaska- el senador McCain, elegido candidato republicano para la presidencia. Sarah Palin, una mujer de 44 años que en pocos años ha saltado de alcaldesa de un villorrio a gobernadora de su estado y de ahí a candidata republicana para la vicepresidencia de la mayor potencia del mundo. Mujer, como Hillary Clinton, pero de procedencia más humilde, sin su sólida base profesional y política. Si existió y existe todavía el mito Obama, la obamamanía, lo ha oscurecido, parece ser, el mito Palin. ¿Estados Unidos necesitan mitos, historiales con gancho, gente inesperada para las más altas responsabilidades del Estado? Por si no fuera exactamente así, en las dos candidaturas hay una compensación. El senador Biden para formar el tándem demócrata con Obama; el senador McCain para encabezar el tándem republicano con Palin. Dos candidaturas sorpresa, con fulgurante y rápida trayectoria política y dos llevando años y años de apoyar las espaldas en los vetustos escaños del Senado. ¿Qué novedad, qué sorpresa se puede esperar de ellos?

Lo verdaderamente sorprendente de estas combinaciones es que los escogidos para la vicepresidencia son más un vistoso y excitante cartel electoral que alguien que tendría que desempeñar un importante papel en la tarea de gobernar. Y ahí se juega con un malicioso supuesto. El de que el número uno sea asesinado en el caso de Obama; el de la posible muerte natural en el del setentón y abrumado de achaques McCain. ¿Qué quedaría de la capacidad de imaginar y de ilusionar de Obama si el viejo senador Biden se viera de pronto instalado en la sala Oval de la Casa Blanca, qué de la templanza de McCain si le sucediera Sarah Palin? La diosa Fortuna juega a veces malas pasadas. Pero ocurre con frecuencia algo menos espectacular. El mito Obama podría perder color y brillo al tener sobre sí el peso enorme de gobernar Estados Unidos. Y al McCain que presume de francotirador del Partido Republicano tal vez la herencia de Bush le condicionaría más de lo que dice desear.

Tienen vieja vida en la política estadounidense algunas leyendas de mucho éxito. La de apelar a la “América verdadera”, por ejemplo. McCain exclama “¡Ante todo, el país!”. Y Sarah Palin dice representar a la “verdadera América”. Lo verdaderamente difícil es decir dónde hay que encontrar este país, cuál es la “verdadera América”. Sí, existe el culto a la bandera y el himno, el orgullo nacional. Y los valores. Un alto porcentaje de creyentes en Dios, dicen. Pero desde el Hawái nativo de Obama hasta la Alaska adoptiva de Palin, pasando de costa a costa por el Este, el Medio Oeste, el Oeste, el Sur, ¡qué inmensidad, cuánta diversidad! Es sabido que alrededor de un 50 por ciento de los electores de este país no suele expresarse en las urnas. Y que el sistema electoral a veces lleva a la presidencia al candidato que ha obtenido menos votos en el conjunto de la nación. ¿Dónde está, cuál es este país mudo o del que puede legalmente ser tergiversada la voluntad mayoritaria?

Por todas estas razones tener que elegir para los más altos cargos de Estados Unidos entre un abogado mulato, un veterano héroe de guerra, una ex alcaldesa de pueblo y un viejo político que son ahora tres senadores y una gobernadora es extremar la dificultad de decir qué es “América”. Más todavía cuando hacia los años cincuenta la emigración hispana y oriental le cambiaron la faz. Precisamente en un mundo donde Estados Unidos tal vez sea ya sólo una gran potencia entre varias potencias de igual o parecida talla económica y militar. El 4 de noviembre se celebrarán unas de las elecciones presidenciales estadounidenses con resultados de consecuencias más imprevisibles.

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El frío juego de política del poder, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 31 agosto, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

La Unión Soviética no es un país como los otros. Es casi un continente en que se encuentran Europa y Asia”. Con estas palabras comenzaba la gran especialista de temas rusos Hélène Carrère d´Encausse su libro L´empire éclaté, publicado en 1978 pero ahora absolutamente necesario si se quiere entender lo que ocurre en Georgia. Henry Kissinger, con el peso de su saber en política exterior, escribió en Diplomacia:”A lo largo de la historia, Rusia ha constituido un caso especial”. Y añade: “El imperio ruso, desgarrado entre la obsesiva inseguridad y su celo proselitista, entre las exigencias de Europa y las tentaciones de Asia, siempre desempeñó un papel en el equilibrio europeo pero emocionalmente nunca formó parte de este”.

Este situarse un poco a distancia de los hechos actuales es un ejercicio previo, diría que casi obligado, para pasar a su entendimiento. La realidad de que Rusia es, hoy, el único imperio europeo. La mayor potencia militar de nuestro continente y segunda del mundo. Con creciente potencialidad económica, de la que es expresión más vistosa la producción de petróleo y gas con que nutre mayoritariamente a casi dos tercios de las necesidades energéticas de los países de la UE. Y dotada de una extensión territorial inmensa entre Europa y Asia. Pensar que el tándem Putin-Medvedev decide y opera sin mentalidad de gran potencia, en definitiva imperial, aunque herida, da la impresión de acercarse a la ingenuidad.

En los años de la guerra fría hubo quien advertía que los dirigentes soviéticos pensaban casi tanto en términos de imperio como de expansión del comunismo internacionalista. Con Stalin se hizo evidente. Al fin de la Segunda Guerra Mundial colocó bajo dominio soviético a media Europa. Fue el momento álgido de Rusia como imperio. La culminación del zarismo. Todos lo imperios europeos, continentales o coloniales, acabaron. Quedó el ruso, la URSS.

Que otro poder -Estados Unidos- se le interpusiera en el camino, extendiendo a todo el mundo una forma de hegemonía y superpoder sobre el cual se ha prodigado el calificativo de imperialista no quita ni un ápice de veracidad a la calidad imperial de la Unión Soviética, heredera en esto de los zares. Ni siquiera lo desmiente la caída del comunismo y la desmembración parcial de lo que fue la URSS. Que, para ser más exactos, sufrió una amputación. Así pues, imperio amputado, no desintegrado.

La herencia imperial conllevaba el problema de su enorme heterogeneidad. De pueblos, razas, lenguas, religiones. Algo que dio quebraderos de cabeza a los Lenin y Stalin. Habían clamado contra el zarismo como “prisión de los pueblos”. Y, al llegar el momento de obrar en consecuencia, es decir, de liberarles, la opción consistió en crear una ficticia federación de nacionalidades. La realidad impuso que del “internacionalismo socialista” hubiera que pasar al nacionalismo ruso en forma de federación y de este al dominio imperial sobre una serie de naciones europeas sovietizadas, los conocidos como países satélites hasta media Alemania. Un proceso que al derrumbarse el régimen comunista soviético se vino abajo estrepitosamente. Y llegó la “época de las turbulencias” de Yeltsin, que Putin y Medvedev se han propuesto convertir en otra de recuperación de la grandeza de Rusia. El choque ideológico comunismo-capitalismo había terminado. No los intereses y pugnas nacionales.

Queda abierto el capítulo de los nacionalismos y su vertiente imperialista. ¿Volvemos atrás o seguimos donde siempre? Sencillamente estamos en lo que el citado Kissinger llama “frío juego de política del poder”. Los europeos comunitarios, para justificar nuestra escasa relevancia en este terreno, nos empeñamos en introducir elementos morales, de derecho, humanitarios. También lo hace Estados Unidos, desde siempre. Y por esto se habla de guerras humanitarias, de interposición, de tropas pacificadoras. En Moscú califican a los soldados rusos en Georgia de “fuerza de pacificación”. ¿Es la respuesta a los argumentos occidentales sobre la intervención en los Balcanes? ¿Osetia del Sur y Abjasia por Kosovo? ¿Tropas rusas como garantes de paz en Georgia por las de la SFOR y la KFOR en Bosnia, en Kosovo?

Entrar en este juego del “tú comenzaste” es por demás. Aunque ciertamente Bush abrió la caja de los truenos con su guerra “preventiva” en Iraq. Hay dos áreas en que Europa se trocea en un rompecabezas territorial, étnico, religioso. Nacionalismos minúsculos y grandes nacionalismos. Tendencias segregacionistas e integracionistas. Son la ex Yugoslavia y el Cáucaso. La UE sabe muy bien que al poner el pie en este terreno movedizo como miembro de la OTAN, es decir, siguiendo a Estados Unidos, comporta frecuentemente ir más allá de lo prudente. Consciente como es de que por ahí se encuentra con “el país que no es como los otros” de Hélène Carrère d´Encausse y con el “caso especial” de Kissinger: Rusia. La primera potencia europea. El imperio euroasiático, recortado pero no desintegrado ¿Acosado, sometido a presión? Todo imperio se ha creado y mantenido paradójicamente bajo la doble pulsión expansiva-defensiva. ¿No dice Bush que los soldados norteamericanos defienden en Iraq a sus familias, sus hogares? ¿Y Medvedev, que Rusia debe “defender a los ciudadanos rusos estén donde estén”, llámese Ucrania o Estonia, por ejemplo?

Frente a esta lógica de las relaciones de poder está el buen sentido de la canciller Merkel, quien, al decir que “no todos los pueblos que quieren abandonar un estado están en condiciones de hacerlo”, advierte: “Y esto en Rusia lo saben”, en alusión a la misma intrincada heterogeneidad del complejo estado federal ruso. Consideración que nos lleva a otra cara del conflicto de Georgia, merecedor de capítulo aparte.

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Los Juegos de Pekín y la libertad, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Derechos, Internacional, Política by reggio on 10 agosto, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Tal vez la libertad es algo demasiado grande para creer en ella. Toda forma de poder está asentada con distintos grados sobre esta sospecha. De cualquier manera que esté constituido, institucionalizado, el poder dice existir por una necesidad imperiosa: hacer posible la convivencia. Y esta, ineludiblemente, exige distintos niveles y criterios en la limitación de libertades. Sin embargo, tiranía u oligarquía no valen lo mismo que la democracia porque en esta el pluralismo representativo permite el debate abierto sobre cuál es la forma más adecuada para aproximarse a la regla de oro de conseguir que el hombre sea, por fin, lo que libremente quiera. Desde siempre las teorías sobre las formas de gobierno giran en torno a esta cuadratura del círculo. Y en estos comienzos de siglo y de milenio estamos en lo mismo.

De ahí el debate -tan actual- sobre la licitud de injerencias internacionales en menoscabo del principio de soberanía nacional. Acerca de si debe prevalecer esta sobre cualquier forma de opresión contraria a los derechos humanos Lo cual plantea la legitimidad o no de las llamadas “guerras humanitarias” y las “preventivas” contra la amenaza del “mal”. En el fondo, se trata de la libertad, inaprensible y por esto mismo manipulable, expuesta a ser escamoteada por las más variadas formas del poder.

A propósito de los Juegos Olímpicos en Pekín, el dilema poder-libertad se hace especialmente visible. Hay dos imágenes que lo ponen singularmente de relieve. Una, la de aquel muchacho pekinés que, en la revuelta del año 1989, se puso ante un tanque del ejército para impedirle el paso. Solo, con un valor y un aplomo impresionantes. Si el tanquista intentaba desplazarse hacia la derecha, el muchacho se corría de aquel lado; si hacia la izquierda, lo mismo. Pocas veces con tan sobria, desnuda actitud, la libertad sin gritos, sin violencia, sin recurso ninguno a la retórica, se colocaba ante el mutismo del poder en su forma más brutalmente impersonal, inmediata y evidente.

En aquella imagen televisada se ve claro ahora lo que estaba ocurriendo. Era el fin definitivo del maoísmo, una de las dictaduras que mayormente han puesto del revés los cimientos de un país, un pueblo. La revuelta de la plaza de Tiananmen, que de hecho ya había sido abortada, quedaba fijada de manera indeleble en aquella heroica apuesta por la libertad de un joven pekinés. Con el agravante de que Mao ya había muerto. De que mandaba Deng Xiaoping, un genial político, dispuesto a acabar de hecho con el maoísmo, pero convencido de que la libertad no era precisamente válida para conseguirlo.

Deng Xiaoping era un gran pragmático. Le define aquella frase tan repetida de que “poco importa que el gato sea blanco o negro mientras dé caza al ratón”. Era -ironías de la historia- un desarrollista de a tocateja. Quería para China la sociedad del crecimiento, de la abundancia. Pero había aprendido del desmoronamiento de la URSS, de aquel confiado Gorbachev que se creía llamado a dar al comunismo un rostro humano y ocasionó el caos. Por esto, la revuelta de Tiananmen alertó al previsor líder chino. Había que aplastarla brutalmente. Y ahora la gran plaza pekinesa sigue mostrando viva la represión contra la aspiración a la libertad. Por la manera como hay un cuidado especial en vigilarla, en impedir que pueda ser escenario de algún tipo de protesta. Es -con el recuerdo del valiente muchacho frente al tanque en 1989- otra imagen que se proyecta desde el pasado, quieran o no, sobre los Juegos Olímpicos de Pekín.

Se alega que en los JJ. OO. China tiene ya un símbolo más que suficiente para oscurecer a un mismo tiempo las grandes concentraciones populares del maoísmo y las desvalidas algaradas juveniles de la plaza de Tiananmen en que los estudiantes levantaban en alto una mala y pobre copia de la neoyorquina estatua de la libertad. ¿Por qué entonces tanta prevención contra posibles expresiones de disidencia, tanta censura y coacciones a la prensa internacional, tanto enfado por que se diga que bajo el comunismo capitalista las libertades fundamentales permanecen aherrojadas? Aquel mozo de 1989, enfrentado a un tanque, difícilmente entendería por qué se sigue ahogando la libertad política en una China en que brilla el esplendor de los grandes rascacielos de las ciudades de la costa, de las gigantescas obras públicas y el crecimiento de una sociedad que en buena medida ha seguido otra de las sabias consignas de Deng Xiaoping: “Enriquecerse es bueno”.

La China que posee una buena parte de la deuda estadounidense, que extiende su capacidad económica y técnica a África, a Latinoamérica, se atiene a la realpolítik.Los Hu Jintao y Wen Jiabao manejan con prudencia y realismo la complejidad, las contradicciones, las desigualdades, las luces y las sombras que produce la cercanía del paso de potencia emergente a potencia de primera línea. El patriotismo chino y los beneficiados por los cambios económicos constituyen fundamentos sólidos para dar por válida la idea nada original de que primero hay que consolidar al país para que, en un futuro impreciso, pueda aceptarse el Estado de derecho.

Pero este bien imponderable que se llama libertad es de mal silenciar. No lo desmiente que exista un marco cada vez más amplio de creación, de iniciativa personal y colectiva, de ausencia de coerciones sociales, si toda libertad política de expresión, crítica y de asociación en busca de la libertad es reprimida sin contemplaciones en China, Tíbet y Xinjiang. Y con graves medidas restrictivas en torno a los mismos Juegos Olímpicos, que no tienen por qué estar amparados en nombre de una supuesta asepsia política de la fiesta olímpica donde la libertad se pretende que no es tema que discutir.

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La apuesta indigenista de Evo Morales, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 11 mayo, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Tenía que acabar así Bolivia, con el amerindio Evo Morales en la presidencia de la República y una Constitución, nacionalista, socializante e indigenista? ¿Tenía que llegar su atormentada historia al desenlace de que la región de Santa Cruz decidiera en referéndum dotarse de una amplia autonomía que rechaza la socialización y el indigenismo? ¿Qué Estado puede conciliar dos marcos legales de tan opuesto contenido jurídico político, uno que prima fundamentos raciales y otro que invoca la igualdad de derechos y deberes de la ciudadanía? Son muchas, posiblemente demasiadas preguntas para comenzar un artículo periodístico. Pero oportunas para entrar en la naturaleza de las contradicciones propias, no sólo de Bolivia sino de la América Latina actual que ha dado un giro a la izquierda con diferencias muy acusadas.

La Hispanoamérica de nuestros días que es -no se olvide- la de masivas migraciones hacia Estados Unidos, que así se hispaniza. O hacia España, que así se americaniza, ya no es la de las guerras revolucionarias, los golpes militares y las dictaduras. Apuesta por nuevas ofertas políticas y sociales en las cuales puede reencontrarse a sí misma sin estar sometida a la subsidiariedad estadounidense y europea en un momento crítico de las opciones financieras y económicas de la globalización.

En el caso de Bolivia, apunta más claramente a un drama de larga trayectoria. Todo es más auténtico que en la Venezuela bolivariana.Cuestiona la validez del Estado nacional moderno. Del institucionalismo nacido de la Ilustración. Es decir, de la ideología misma que inspiró la independencia de los países hispanoamericanos bajo los principios conjugados de nacionalismo y liberalismo. De inspiración europea, española (Cortes de Cádiz y Constitución de 1812) y estadounidense (guerra de Independencia y Declaración de Derechos).

En origen hay un fracaso. El fraccionamiento de la que tenía que haber sido la gran Colombia, del cual la Bolivia de hoy fue la más castigada víctima. Amputada en la guerra del Chaco con Paraguay; cortada su salida al mar por el conflicto con Chile, es el Estado latinoamericano con mayor población indígena. Pobre, marginada como tal durante siglos por minorías oligárquicas. País de grandes conflictos. Por la tierra. Por el agua. Por el estaño. Por la coca. Por el petróleo. Multirracial, pluricultural pero con una diversidad humana no exclusivamente referida a la contraposición entre amerindios y blancos o mestizos. Porque los primeros constituyen una heterogeneidad de grupos lingüísticos, de hábitos y tradiciones comunitarias, afincamientos y relaciones de clanes territoriales. Ni la naturaleza étnica de aimaras, quechuas y guaraníes expresa una plena realidad cohesionada. Y la emigración del campo a las grandes concentraciones urbanas añade motivos no sólo de degradación, sino también de desintegración. Como también contribuye al desarraigo territorial el movimiento migratorio desde las regiones de origen a otras de nuevo asentamiento por razones laborales y económicas.

El indigenismo responde a un repertorio simbólico y mitológico basado en el principio de singularidad étnica con fines políticos. En el curso del siglo XX esta especificidad racial no se manifestaba como contrapoder. Aparecía en la vida pública bajo las formas occidentales de lucha social. Era la pobreza contra la riqueza; el campesino contra los latifundistas; los mineros contra las grandes compañías explotadoras de los Patiño, Aramayo, Hoschild. Bolivia entró en la modernidad con los imperativos y reivindicaciones de clase. Propiedad y trabajo. Se desarrollaron grandes sindicatos mineros y agrarios. Partidos conservadores y otros revisionistas como el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Paz Estenssoro, que sentó el precedente de nacionalizar las minas y aplicar reformas agrarias y sociales. Siguieron repetidas convulsiones sociales, golpes militares y una degradación creciente que han conducido al triunfo electoral del Movimiento al Socialismo (MAS) del presidente Evo Morales.

Ahora, sindicalismo e indigenismo enarbolan -¿forzadamente?- la bandera de acabar con la “soberanía mal compartida” por la exclusión política y económica de los indígenas. Y el nuevo Estado del MAS abre un espacio jurídico-político para institucionalizar el comunitarismo social, económico e incluso judicial de las poblaciones indígenas. Lo que provoca el autonomismo refrendario de la región de Santa Cruz, al que pueden imitar las regiones de Beni, Pando y Tarija, las más avanzadas, ricas y mayoritariamente blancas o mestizas. El régimen de Morales encierra en sí una contradicción de fondo. ¿Puede un Estado de derecho fundar su legalidad en instituciones preconstitucionales de orden étnico, cultural y de tradición?

¿Es aceptable, viable el reconocimiento de soberanías dobles territoriales, étnicas, culturales y religiosas? No es un capricho preguntárselo en la Europa de catalanes, vascos y gallegos, flamencos y valones, escoceses y galeses, serbios y kosovares, italianos septentrionales, centrales y meridionales, georgianos y abjazos, rusos y chechenos o daguestaníes, ingushes y otros pueblos de la Rusia caucásica, azeríes y armenios. Pero al mimo tiempo -no se olvide- de inmigrantes árabes, indios, pakistaníes, turcos, chinos y africanos subsaharianos. Musulmanes muchos de ellos. Y con una fuerte identidad colectiva.

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Berlusconi, otra vez, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 20 abril, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Desencanto, cansancio de la política, desprestigio de los partidos. Con cierta morbosidad se venían repitiendo estas apreciaciones en las vísperas electorales de Italia. En los medios de comunicación del país. En los de fuera. Es una estimación que a la vista de los resultados de los comicios de los días 13 y 14 resulta cuando menos alejada de la realidad. No acude a las urnas el 80% del electorado si existe de verdad tanto distanciamiento de la población respecto a la realidad política. Cuesta conceder importancia al hecho de que la participación electoral haya descendido en tres puntos respecto a los comicios del 2001.

La verdad es que los italianos acudieron a votar en alta proporción. De fatiga de la política, poco. O nada. Y ha quedado muy claro que sabían muy bien lo que querían. Tal vez sea verdad aquel 30% de indecisos de que se hablaba poco antes de los días fijados para depositar las papeletas. Pero había dónde escoger a la hora de depositar el voto y los electores lo han hecho. Han orientado la elección en sentido bipolar. Han acabado de manera drástica con la dispersión en una excesiva oferta de partidos pequeños que tanto han contribuido a paralizar y confundir la vida parlamentaria del país.

Ahora por lo menos el panorama político se ha aclarado. En la Cámara de Diputados y en el Senado, que en Italia tiene mucha capacidad de decisión.

Los partidos menores no han alcanzado la proporción de votos exigida para estar presentes en los hemiciclos de las dos cámaras parlamentarias. Y quedan una derecha y una izquierda avaladas por sustanciales porcentajes de votos y número de diputados o de senadores. Con el añadido de que hay una clara mayoría de derecha y una minoría no despreciable de izquierda. Si bien existe una diferencia que tener en cuenta: la derecha vencedora, con núcleo en el llamado Pueblo de la Libertad de Berlusconi, cuenta con la Alianza Nacional de Fini y una crecida Liga Norte de Bossi; mientras que la izquierda, salvo la presencia de la Italia de los Valores de Di Pietro, se concentra en el Partido Demócrata de Walter Veltroni, última expresión del antiguo y poderoso PC, el mayor de la Europa occidental en los años de la guerra fría.

Esta desigual pero aclaratoria bipolaridad es el resultado de la accidentada experiencia de coaliciones múltiples en los gobiernos de centroizquierda durante los periodos de 1996 al 2001 y del 2006 al 2008. Eran mayorías heterogéneas que iban desde formaciones residuales de la antigua Democracia Cristiana hasta los dos partidos que no se avinieron a las sucesivas transformaciones del PC: Refundación Comunista y Partido Comunista Italiano. Esta diversidad ha dañado considerablemente a las mayorías de centroizquierda. Por eso el actual Partido Demócrata -que fue comunista y luego Democrático de Izquierda- acabó buscando la manera de prescindir de las coaliciones y ofrecerse como prácticamente única apuesta atractiva de izquierda o, mejor, de centroizquierda. La operación tenía sus riesgos. De los cuales el mayor no era quedar en la oposición, sino que sufriera una merma calamitosa de votos y de escaños. No ha sido así. El PD queda en una clara minoría, pero no aplastante. Y, sobre todo, consolida su posición como prácticamente única fuerza de oposición en el Parlamento.

En estas condiciones el panorama político italiano aparece más visible. Aunque con muchas y sustanciales dudas sobre el curso de la próxima legislatura. Sobre todo por la vuelta al poder de Berlusconi y el uso que haga de él. Ha habido una puesta a punto del Partido Demócrata, la voluntad de ajustarse a las necesidades reales del país. Pero ¿ocurre lo mismo con el Pueblo de la Libertad? ¿Se confirmará la convicción de Berlusconi de no ser rehén de la Liga de Bossi, que ha crecido respecto al 2006?

Ezio Mauro, director de La Repubblica, escribe del “eterno retorno de il Cavaliere”. Y es en este repetido regreso de Berlusconi donde se acumulan un sinfín de inquietantes preguntas. Ernesto Galli Della Logia, en el Corriere Della Sera,eleva el tono bajo el título “Una historia acabada”, en el sentido de que son los resultados de las últimas elecciones los que de verdad finalizan el largo ciclo histórico de la poderosa Democracia Cristiana y el sólido Partido Comunista. Tal vez sea así. Pero lo que verdaderamente interesa es saber si lo que actualmente ha acabado es el periodo que comenzó con la primera victoria de la alianza entre Forza Italia, Alianza Nacional y la Liga Norte en 1994. Una época marcada en definitiva por la figura de Berlusconi en pro o en contra. Y por la escandalosa, sistemática confusión entre los intereses empresariales y los problemas judiciales de il Cavaliere con los del gobierno en sus dos mandatos.

La oposición parlamentaria se ha simplificado. Su cohesión permite un debate clarificador con la mayoría. Falta saber si Berlusconi será capaz de estar a la altura que necesita Italia, llegada a un manifiesto estado de precariedad en muchos y sensibles aspectos. El historial político de Silvio Berlusconi es en tantos aspectos inmoral, que su victoria, según el diario francés Le Monde,no es una buena noticia ni para Italia ni para Europa. A una parte mayoritaria de los italianos esto no le ha importado. A otra, minoritaria, sí. Es la contradictoria y alterada realidad sociológica de un país cuya economía sumergida llega a la desmesura.

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La última gira europea de Bush, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 abril, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Ocurre con Bush lo peor que puede suceder a un presidente de Estados Unidos. Que entre en el último tramo de su mandato -en su caso el segundo- pudiendo exhibir poco más que un lamentable rosario de errores y, además de la caída en rápida verticalidad de la estimación del pueblo norteamericano, el descrédito generalizado en el exterior. Cuando no una cosecha abundante de sentimientos adversos en el ámbito internacional. Hacia él. Y, lo que es peor: hacia su país. Es el espectáculo deprimente al que estamos asistiendo. Estados Unidos lleva ya demasiados meses en esta deplorable tesitura. Y quedan todavía prácticamente siete de aquí a las elecciones presidenciales de noviembre. Tratándose de la primera potencia mundial, esta realidad abre un paréntesis creador de demasiadas incógnitas en una época de grandes cambios en el campo internacional.

Avanza el fantasma de una recesión económica de Estados Unidos, cuya sombra se proyecta ya, alarmante, mucho más allá de sus fronteras e intereses. Y la cartografía global aparece marcada por una multiplicidad de surcos indicativos de conflictos. En Oriente Medio, Latinoamérica, Asia. En todos, Estados Unidos está implicado con mayor o menor intensidad. Razón de que las miradas se dirijan hacia la Casa Blanca. Con acritud desafiante o con ansiosa espera de que Bush se abstenga por lo menos de agravar las cosas para demostrar que tenía razón.

Iraq, Afganistán, Irán, Líbano, Israel y Palestina son los puntos más calientes donde también cada día es más palpable que donde Washington afirma que hay mejoras de la situación llega, puntual, el hecho que lo desmiente. Acaba de ocurrir en Basora y su provincia, donde la impotencia de las fuerzas del Gobierno iraquí ha necesitado la urgente intervención del ejército norteamericano y hasta la participación de aviones de la escasa fuerza militar británica después de su abandono de las responsabilidades de la ocupación. Con todo, el comportamiento general es de encomendarse a una espera que resulta demasiado larga.

Entre el martes y el sábado de esta semana el enojoso y lento final del mandato de Bush ha sido escenificado con la aportación de algunos paliativos por parte de sus aliados europeos en el curso de la gira presidencial desde Kiev en Ucrania hasta Bucarest en Rumanía y Sochi en Rusia.

Cada una de las etapas de la gira de Bush supone tocar fibras muy sensibles de la delicada red que constituye la perduración de la OTAN desde la caída del muro de Berlín en 1991.

Por el mismo hecho de la continuidad de la Alianza pese a los cambios sustanciales políticos y geoestratégicos que se han producido mundialmente, y que obligan a cuestionarse la estructura misma de laOTANy sus objetivos, una vez desaparecidos el bloque comunista del Este de Europa y el Pacto de Varsovia que encabezaba la URSS. Ahora, tropas de la OTAN combaten en Afganistán. Y en el seno de la Alianza se tratan asuntos tan lejanos al atlantismo estricto como el ingreso en la organización de la que fue tan cerrada Albania comunista y repúblicas nacidas de la desintegración de Yugoslavia como Croacia y Macedonia. Hasta la conveniencia o no de que Ucrania y Georgia se integren en la organización político-militar occidental.

En Bucarest la ampliación de la OTAN ha sido el tema capital. Y, con ella, cuestiones prioritarias cara a la posibilidad o imposibilidad de conseguir resultados positivos en tres direcciones: ajustar las relaciones entre Estados Unidos y sus aliados europeos, de estos aliados entre sí y las de cada una de estas partes con Rusia.

En el primer aspecto, Bush se ha presentado como adalid de la entrada de Ucrania y Georgia en la OTAN para reforzar la influencia de Estados Unidos en la Europa oriental como verdadera garantía frente a la vecina e imprevisible

Rusia. En su visita a Kiev proclamó que apoyaba “enérgicamente” la integración ucraniana en la OTAN. Sabía perfectamente que varios de sus principales aliados no lo iban a aceptar. Pero se situaba favorablemente cara a los aliados que estuvieron bajo la hegemonía de la URSS, entre los cuales Polonia y Chequia, dispuestos a aceptar el establecimiento en su territorio de un sistema antimisiles norteamericano.

Alemania, Francia, España y otros aliados han preferido en Bucarest optar por una vía intermedia. Ni desairar del todo al presidente estadounidense ni aceptarle la propuesta más comprometida. Remitir el estudio de los ingresos de Ucrania y Georgia en la OTAN a un futuro impreciso pero transigir con pocas ganas a la instalación del sistema antimisiles en Polonia y Chequia. Fórmula que evita discrepancias con los miembros orientales de la Alianza. La decisión francesa de reintegrarse en el aparato militar de la OTAN, vinculándola a un refuerzo del pilar europeo de esta, contribuye también al doble objetivo de reconciliarse con Estados Unidos y a la vez favorecer la cohesión europeísta.

Queda así, más o menos restaurado, el principio de rehabilitación de las relaciones euronorteamericanas e intereuropeas. Por su parte Putin, en Bucarest, tampoco ha querido tensar la cuerda. Se ha mostrado abierto a posibles compromisos, incluso respecto al sistema antimisiles cuya instalación en Polonia y Chequia rechaza. Y veremos cómo hoy, en Sochi, él y Bush prefieren acabar la historia de sus difíciles relaciones, precisamente cuando los dos van a terminar sus mandatos presidenciales.

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Las banderas del Kosovo libre, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 24 febrero, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Las muchedumbres que celebraban la declaración de independencia en Kosovo enarbolaban banderas. Las había -muchas- albanesas; algunas -bastantes menos- de la Unión Europea y en abundante y vistoso número, norteamericanas. No cabe duda: por gratitud. Y tanto o más por aquello de que no hay como tener padrinos poderosos si quieres algo. En este caso, la independencia. Los kosovares se disponen a dotarse de una enseña nacional propia. Pero a falta de tenerla, lo que les ha salido del corazón a quienes celebraban la secesión de Serbia es sacar a la calle con entusiasmo las del más poderoso Estado del mundo, que se encuentra muy lejos pero tiene largos brazos; la de una deseada UE; después, claro, la del águila negra sobre fondo rojo de la vecina y hermana Albania.

Todo tiene su porqué. Sin los bombardeos norteamericanos que convencieron a Milosevic de que tenía perdida la partida no se habría llegado a los fastos independentistas kosovares de estos días. Sin la voluntad de los grandes de la UE, tampoco. Y Albania acogió generosamente a casi un millón de kosovares cuando las tropas serbias se entregaron al delirio de perseguirlos sin piedad. De ahí el agradecimiento.

Hay, claro, otra cara de la moneda. Estados Unidos no quiere una Serbia de poco fiar por sus tendencias prorrusas. Contribuyó con algunos socios de la OTAN a rematar la escisión de Eslovenia, Croacia y Bosnia, a las que siguieron Macedonia y Montenegro. Se creaba así un conjunto de minúsculos estados que lo esperan todo del oeste. Kosovo es bien poca cosa. Pero allí está la KFOR. Con una base militar estadounidense. Miremos a Rumanía, Polonia, la República Checa, que tanto irritan al presidente ruso, Vladimir Putin, porque tienen ya o se disponen a albergar instalaciones militares norteamericanas.

Pero quedan muchos cabos por atar. Se ha sentado un principio más que discutible: que EE. UU. y la UE pueden decidir la secesión de un territorio mientras la ONU se retira de la escena, previo un lavado de manos. El hecho es a todas luces ilegal y unilateral. Lo cual se justifica con antecedentes que, a su vez, se adentran en terreno movedizo. Uno es el precedente plenamente justificado de la guerra por razones humanitarias con que EE. UU. y algunos de sus aliados terminaron con el genocidio serbio en Kosovo. Otro, que esto impuso forzosa y adecuadamente una misión de tutela occidental sobre territorio kosovar bajo los auspicios de la ONU. En fin, la consideración de que la declaración de independencia era “inevitable”.

¿Se ha hecho lo apropiado? En poco tiempo han coincidido elecciones presidenciales en Serbia y en Kosovo. Las primeras las ganó Tadic, disidente de los tiempos de Milosevic, nacionalista moderado y europeísta, presionado ahora por los radicales del primer ministro Kostunica y el que fue su contrincante ultranacionalista para la presidencia, Nikolic. En las presidenciales kosovares venció Hashim Thaci, que obtuvo fama en los años noventa como dirigente de la organización terrorista UCK, responsable de atentados criminales contra bienes y personas no sólo serbios y serbokosovares, sino de colaboracionistas albanokosovares. Ibrahim Rugova, apreciado líder albanokosovar que negoció una república de Kosovo en el marco de la federación yugoslava fue colocado entre el terrorismo de la UCK de Thaci por un lado y por otro la bárbara y genocida represión del ultranacionalismo serbio bajo la presidencia del psicópata y megalómano Milosevic.

¿Lo hecho es ponderado, estabilizador? Queda un Kosovo más que difícilmente viable sin la tutela internacional, probablemente por mucho tiempo. Una filigrana sólo superada en su imaginativa ingeniería institucional por el engendro de la Bosnia una y trina, donde un eclipsado gobierno central convive apenas con las tres repúblicas federadas de bosnios croatas, musulmanes y serbios. Kosovo es un nuevo parche de urgencia en los pedazos de la antigua Yugoslavia, que repiten, cada uno, la convivencia de las etnias que fue imposible en aquella. ¿Y si un día, ateniéndose al precedente de Kosovo, los albaneses quieren sólo ser albaneses, los croatas unirse a Croacia, los serbios a Serbia y los macedonios a Grecia?

Con estas preguntas levantan la cabeza varios y muy antiguos fantasmas. Se insiste en estos días en el miedo de que el precedente de Kosovo ocasione un efecto dominó a lo largo y ancho de toda Europa. Nada raro, porque nuestro continente ha sido siempre campo abierto de turbadora y constante geometría variable histórica, territorial, demográfica, étnica y religiosa. Que en los Balcanes ha tenido siempre espejos cóncavos y convexos donde mirarse.

Tratándose de los Balcanes, y concretamente de lo que fue Yugoslavia, la historia de las discordias violentas está viva en cada uno de los metros cuadrados de su tierra y su gente. Casi toda Europa ha estado metida repetidamente en ello. Como si viera en los Balcanes una réplica en miniatura de su constante hacerse y deshacerse. Y actualmente, cuando más avanza en su Unión, más existe el temor de que interiormente se convierta en un mosaico de múltiples y pequeños o grandes y preponderantes repliegues identitarios.

Macroestados, microestados, naciones sin Estado, estados plurinacionales.

Mayorías, minorías ¿En nombre de qué unirse o separarse teniendo – aun sin decirlo- el espejismo del Estado nación soberano como un valor absoluto con sus mismas compensaciones y también sus muchos vicios de formato y proyecto?

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Las primarias de la sorpresa, de Carlos Nadal en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 10 febrero, 2008

WEEK-END POLÍTICO MUNDIAL

Los meses finales de George W. Bush en la Casa Blanca acaban en esto: el aumento inusual en la participación activa del pueblo norteamericano para decidir quién ha de suceder al actual presidente se hace visible en uno de los periodos de elecciones primarias más apasionantes de la historia del país. Algo así como un fin de época. O mejor, el deseo de que nazca otra nueva. No parece que se trate de reponer la vitalidad del sueño americano, sino de la necesidad de devolver a la gobernación de Estados Unidos, con dignidad, el papel destacado que le corresponde, después de un fatigante, demasiado largo tiempo de errores y falsas invocaciones al patriotismo para acabar mostrando una de las caras más engañosas y decepcionantes del país.

Que ocurra así en las primarias en curso adquiere carácter de símbolo en el hecho de que el interés de la contienda se haya centrado en dos personas cuya condición de presidenciables hubiera sido impensable hace cinco, diez años: una mujer y un negro. Hillary Clinton y Barack Obama. Que los dos aspirantes a candidato se postulen para serlo por el mismo partido, el Demócrata, tiene también su carga simbólica. Centra la capacidad de apasionar en la fuerza política que ha constituido la oposición a Bush. Hasta el punto de que casi la liza se dirime entre quien aparezca más o menos situado en las antípodas político-ideológicas del actual inquilino de la Casa Blanca. Cada uno con su propio mensaje. Los años del mandato de Bush y el predominio de los neocons han provocado así de la manera más clara y manifiesta el rechazo del inmediato pasado. Querer colocar a una mujer o un negro en la Casa Blanca muestra la voluntad de marcar en la historia de Estados Unidos un hito muy visible. E indica un cambio de mentalidad sustancial.

Sucedió con Kennedy, el primer – y único- presidente católico. Pero ahora la posibilidad tan previsible de que una mujer o un afroamericano lleguen a la presidencia abre al futuro la necesidad de repensar qué es EE. UU., el gigante que se encuentra al borde de la recesión económica, enfangado en compromisos militares no precisamente brillantes, con cifras alarmantes de déficit y endeudamiento, cogido en la red de la economía de mercado global y sin límites que él mismo contribuyó a imponer como un dogma. Y que ha sido bien aprendido por otros. ¿Gigante de pies de barro? Nada más susceptible de conducir a juicios excesivamente condicionados.

Algo ha fallado. Pero no debe olvidarse que es una sociedad en proceso rápido de transformación. El año pasado alcanzó los 300 millones de habitantes. Es constante receptáculo de inmigrantes de la más heterogénea procedencia. También una sociedad dinámica que en estas primarias demuestra no resignarse. Un sinfín de cálculos cruzados indica que Hillary Clinton recibe mayoritariamente la adhesión de las clases trabajadoras y menos pudientes, de un sector importante de la población femenina, de la inmigración hispana y oriental. Oen qué medida los blancos repartirán sus preferencias. Mientras, se acentúa la adhesión a Obama de gente de estudios superiores o de negros. Aunque mucho queda por delante para aventurar conclusiones fiables. Pero lo más estimulante es que la juventud parece estar movilizándose, interesándose. Las encuestas cifran en un 20 por ciento los jóvenes entre 18 y 29 años del cuerpo electoral. Son unos 43 millones, procedentes en un porcentaje elevadísimo de la inmigración. Basta saberlo para entender lo que ocurre.

Las primarias tienen connotaciones paleodemocráticas, como otros aspectos del sistema electoral norteamericano. Pero en ellas, en su formulación abierta y en lo que tienen de informal, radica uno de los más profundos secretos de la vitalidad política de Estados Unidos. Es verdad que las primarias pueden dar pie a todo lo contrario. Constituir un formulario recurso débilmente participativo. Sin embargo, en determinados momentos cruciales como en este año se convierten en conductos por donde darle al sistema democrático un aire de colectiva apuesta por la renovación. Atrae entonces la sensación de que entra vino nuevo en odres viejos. De que la más antigua democracia del mundo no ha entrado en esclerosis. Sería ingenuo creer que esto es todo. Lo sería igualmente, sin embargo, desmerecer escépticamente lo que hay de auténtico y espontáneo en la gran fiesta nacional de las primarias.

Hay una infinidad de conjeturas sobre si lo que importa es más la capacidad de seducir que la de convencer; si representa mayormente el cambio Obama que Hillary Clinton. ¿Obama es más libre, sinceramente renovador? ¿Hillary Clinton está más ligada a los vicios políticos de Washington pero también es más experimentada? De alguna manera – posiblemente con cierta ligereza- esto pasa a segundo término. Cuenta la vibración de los caucus,al parecer el convencimiento muy extendido entre los norteamericanos de que el pase de página ha de hacerse sentir. Y el debate entre los dos candidatos demócratas apasiona precisamente porque responden a este deseo. En definitiva, dos opciones creíbles de que se puede cumplir un cambio de fondo en la política norteamericana.

¿En qué medida esto está presente en el bando republicano? El bullicio de las primarias demócratas, la tensión de sus dos insólitas ofertas en pugna, apaga – a lo mejor excesivamente- el interés de las republicanas. En las cuales no conviene desperdiciar el seguro y sólido paso a primer plano del senador McCain, un setentón con suficiente crédito para ser escogido por la población conservadora, ultraconservadora o simplemente neutra o independiente como amparo donde acogerse en los tiempos difíciles que Bush dejará a su sucesor. Porque también él es, a su manera, la antítesis del presidente actual.

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