Reggio’s Weblog

El discurso de la victoria (en el Grant Park de Chicago), de Barack Obama en El País

Posted in Internacional, Política by reggio on 6 noviembre, 2008

Texto completo del discurso del próximo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pronunciado ante más de 100.000 personas en el Grant Park de Chicago

¡Hola, Chicago!

Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos, quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.

Es la respuesta dada por las colas que se extendieron alrededor de escuelas e iglesias en un número cómo esta nación jamás ha visto, por las personas que esperaron tres horas y cuatro horas, muchas de ellas por primera vez en sus vidas, porque creían que esta vez tenía que ser distinta, y que sus voces podrían suponer esa diferencia.

Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules.

Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.

Es la respuesta que condujo a aquellos que durante tanto tiempo han sido aconsejados a ser escépticos y temerosos y dudosos sobre lo que podemos lograr, a poner manos al arco de la Historia y torcerlo una vez más hacia la esperanza en un día mejor.

Ha tardado tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos en esta fecha, en estas elecciones, en este momento decisivo, el cambio ha venido a Estados Unidos.

Esta noche, recibí una llamada extraordinariamente cortés del senador McCain.

El senador McCain luchó larga y duramente en esta campaña. Y ha luchado aún más larga y duramente por el país que ama. Ha aguantado sacrificios por Estados Unidos que no podemos ni imaginar. Todos nos hemos beneficiado del servicio prestado por este líder valiente y abnegado.

Le felicito; felicito a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado. Y estoy deseando colaborar con ellos para renovar la promesa de esa nación durante los próximos meses.

Quiero agradecer a mi socio en este viaje, un hombre que hizo campaña desde el corazón, e hizo de portavoz de los hombres y las mujeres con quienes se crío en las calles de Scranton y con quienes viajaba en tren de vuelta a su casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden.

Y no estaría aquí esta noche sin el respaldo infatigable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la piedra de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama de la nación, Michelle Obama.

Sasha y Malia, os quiero a las dos más de lo que podéis imaginar. Y os habéis ganado el nuevo cachorro que nos acompañará hasta la nueva Casa Blanca. Y aunque ya no está con nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que hizo de mí lo que soy. Los echo en falta esta noche. Sé que mi deuda para con ellos es incalculable

A mi hermana Maya, mi hermana Alma, al resto de mis hermanos y hermanas, muchísimas gracias por todo el respaldo que me habéis aportado. Estoy agradecido a todos vosotros. Y a mi director de campaña, David Plouffe, el héroe no reconocido de esta campaña, quien construyó la mejor, la mejor campaña política, creo, en la Historia de los Estados Unidos de América.

A mi estratega en jefe, David Axelrod, quien ha sido un socio mío a cada paso del camino. Al mejor equipo de campaña que se ha compuesto en la historia de la política. Vosotros hicisteis realidad esto, y estoy agradecido para siempre por lo que habéis sacrificado para lograrlo.

Pero sobre todo, no olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Os pertenece a vosotros. Os pertenece a vosotros.

Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades. No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales. Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores y las trabajadoras que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares y diez dólares y veinte dólares

Adquirió fuerza de los jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación, que dejaron atrás sus casas y sus familiares para hacer trabajos que les procuraron poco dinero y menos sueño.

Adquirió fuerza de las personas no tan jóvenes que hicieron frente al gélido frío y el ardiente calor para llamar a las puertas de desconocidos y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron voluntarios y organizaron y demostraron que, más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no se ha desvanecido de la Tierra.

Esta es vuestra victoria.

Y sé que no lo hicisteis sólo para ganar unas elecciones. Y sé que no lo hicisteis por mí. Lo hicisteis porque entendéis la magnitud de la tarea que queda por delante. Mientras celebramos esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas -dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo-.

Mientras estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que se despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para jugarse la vida por nosotros.

Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos.

Hay nueva energía por aprovechar, nuevos puestos de trabajo por crear, nuevas escuelas por construir, y amenazas por contestar, alianzas por reparar.

El camino por delante será largo. La subida será empinada. Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato. Sin embargo, Estados Unidos, nunca he estado tan esperanzado como estoy esta noche de que llegaremos.

Os prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos.

Habrá percances y comienzos en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política mía cuando sea presidente. Y sabemos que el gobierno no puede solucionar todos los problemas.

Pero siempre seré sincero con vosotros sobre los retos que nos afrontan. Os escucharé, sobre todo cuando discrepamos. Y sobre todo, os pediré que participéis en la labor de reconstruir esta nación, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 221 años bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida.

Lo que comenzó hace 21 meses en pleno invierno no puede terminar en esta noche otoñal. Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin vosotros, sin un nuevo espíritu de sacrificio.

Así que hagamos un llamamiento a un nuevo espíritu del patriotismo, de responsabilidad, en que cada uno echa una mano y trabaja más y se preocupa no sólo de nosotros mismos sino el uno del otro.

Recordemos que, si esta crisis financiera nos ha enseñado algo, es que no puede haber un Wall Street (sector financiero) próspero mientras que Main Street (los comercios de a pie) sufren.

En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de recaer en el partidismo y mezquindad e inmadurez que han intoxicado nuestra vida política desde hace tanto tiempo.

Recordemos que fue un hombre de este estado quien llevó por primera vez a la Casa Blanca la bandera del Partido Republicano, un partido fundado sobre los valores de la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional.

Esos son valores que todos compartimos. Y mientras que el Partido Demócrata ha logrado una gran victoria esta noche, lo hacemos con cierta humildad y la decisión de curar las divisiones que han impedido nuestro progreso.

Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto.

Y a aquellos estadounidenses cuyo respaldo me queda por ganar, puede que no haya obtenido vuestro voto esta noche, pero escucho vuestras voces. Necesito vuestra ayuda. Y seré vuestro presidente, también.

Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.

A aquellos, a aquellos que derrumbarían al mundo: os vamos a vencer. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: os apoyamos. Y a aquellos que se preguntan si el faro de Estados Unidos todavía ilumina tan fuertemente: esta noche hemos demostrado una vez más que la fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza sino del poder duradero de nuestros ideales; la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme.

Allí está la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana.

Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos. Pero una que tengo en mente esta noche trata de una mujer que emitió su papeleta en Atlanta. Ella se parece mucho a otros que guardaron cola para hacer oír su voz en estas elecciones, salvo por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.

Nació sólo una generación después de la esclavitud; en una era en que no había automóviles por las carreteras ni aviones por los cielos; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones -porque era mujer y por el color de su piel. Y esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto durante su siglo en Estados Unidos- la desolación y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces que nos dijeron que no podíamos y la gente que se esforzó por continuar adelante con ese credo estadounidense: Sí podemos.

En tiempos en que las voces de las mujeres fueron acalladas y sus esperanzas descartadas, ella sobrevivió para verlas levantarse, expresarse y alargar la mano hacia la papeleta. Sí podemos. Cuando había desesperación y una depresión a lo largo del país, ella vio cómo una nación conquistó el propio miedo con un Nuevo Arreglo, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósitos comunes.

Sí podemos

Cuando las bombas cayeron sobre nuestro puerto y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba allí para ser testigo de cómo una generación respondió con grandeza y la democracia fue salvada.

Sí podemos.

Ella estaba allí para los autobuses de Montgomery, las mangas de riego en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a un pueblo: “Lo superaremos”.

Sí podemos.

Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación.

Y este año, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó, porque después de 106 años en Estados Unidos, durante los tiempos mejores y las horas más negras, ella sabe cómo Estados Unidos puede cambiar.

Sí podemos.

Estados Unidos, hemos avanzado mucho. Hemos visto mucho. Pero queda mucho más por hacer. Así que, esta noche, preguntémonos -si nuestros hijos viven hasta ver el próximo siglo, si mis hijas tienen tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verán? ¿Qué progreso habremos hecho?

Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamamiento. Este es nuestro momento. Estos son nuestros tiempos, para dar empleo a nuestro pueblo y abrir las puertas de la oportunidad para nuestros pequeños; para restaurar la prosperidad y fomentar la causa de la paz; para recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental, que, de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza.

Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos.

Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.

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Obama es el más atractivo, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia

Posted in Internacional, Política by reggio on 13 septiembre, 2008

Barack Obama, el primer candidato afroamericano a la presidencia de Estados Unidos, posee un extraordinario atractivo personal que le convierte en el favorito de todas las encuestas (sobre todo las que se hacen en Europa). Ataviado siempre con un traje oscuro, una camisa blanca, una corbata roja o azul y un pin de la bandera norteamericana en la solapa… ¿Qué? ¿Un pin con la bandera norteamericana? ¡Pero si hace unos meses Obama decía que eso de los pins era un abuso que los republicanos hacían de la bandera con objetivos partidistas y se negaba a ponerse el que le regalaron el 11 de septiembre! ¿Cómo es que ha decidido volver a ponérselo?

Curioso, ¿no creen? De hecho, igual de curioso que toda una serie de transformaciones que el carismático candidato ha ido experimentando últimamente: hace sólo tres meses Obama era una especie de mesías de izquierdas adorado por toda la progresía del mundo (sobre todo la europea) y ahora parece que el mesías está abandonando a sus fieles y abraza posiciones más de centro liberal.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, Obama se oponía vehementemente al tratado de libre comercio que EE. UU. tiene con Canadá y México (los progres piensan que la globalización perjudica a los trabajadores de los países ricos porque se llevan los puestos de trabajo a los países pobres, por lo que todo político de izquierdas debe oponerse al libre comercio). Ahora que es moderado, dice que el tratado comercial de países norteamericanos se debe cumplir y que el comercio es beneficioso para la sociedad.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, Obama se oponía a la ley FISA (ley de espionaje e inteligencia en el extranjero) que pretendía perdonar a las compañías de telecomunicaciones que espiaron a ciudadanos estadounidenses después del 11 de septiembre. Ahora que es moderado, votará a favor de la ley.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, Obama se comprometió a no utilizar fondos privados para financiar su campaña electoral (ya se sabe que la progresía no tolera la financiación privada de campañas electorales). Ahora que es moderado (e inmensamente rico, gracias a las donaciones privadas, dicho sea de paso), ha renegado de su promesa.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, dijo que, a diferencia de Bush, él se reuniría con todos los presidentes del mundo (incluido el iraní Ahmadineyad, o los hermanos Castro) “sin condiciones previas”. Ahora que es moderado, apunta que toda reunión internacional requiere una “preparación”.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, Obama decía que los impuestos sobre la renta debían subir para financiar, entre otras cosas, una seguridad social universal. Ahora que es moderado, propone recortes impositivos “para las clases medias”.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, declaró que la ley que prohibía portar armas en Washington DC era plenamente constitucional. Ahora que es moderado y que el Tribunal Constitucional ha rechazado esa ley, ha declarado que la corte suprema tiene razón.

Cuando era de izquierdas hace tres meses, Obama dijo que nunca podría repudiar a su pastor, el reverendo Jeremias Wright, por más discursos racistas que pronunciara desde su púlpito. Ahora que es moderado, lo ha repudiado sin ninguna contemplación.

¡Ah! Y no nos olvidemos de lo mejor: cuando era de izquierdas hace tres meses, Obama prometió que Estados Unidos saldría de Iraq “16 meses después de su llegada a la presidencia”. Ahora que es moderado, dice que sólo se irán cuando “Iraq esté estabilizado y haya seguridad en todo el país”.

En sólo tres meses, el candidato Barack Obama ha experimentado un cambio copernicano. ¿A qué se debe semejante mutación? Pues una de dos: o bien ha recibido la visita iluminadora de algún arcángel que le ha hecho ver la luz… o su estrategia para alcanzar la Casa Blanca pasa por moderar sus posiciones progresistas radicales. Yo, que no soy muy dado a creer en visitas celestiales, más bien me inclino a pensar que esa cínica y alarmante falta de principios corresponde a una estrategia claramente estudiada.

Por un lado, Obama sabe que para ganar las primarias, un candidato demócrata tiene que hacer ver que es muy de izquierdas porque en las primarias sólo votan los militantes más radicales. Para ganar las elecciones generales, sin embargo, el mismo candidato tiene que moverse hacia el centro porque los votos de la izquierda los tiene ya asegurados. Es decir, los votantes radicales que le auparon hacia la candidatura creyendo que se iría de Iraq enseguida, nunca votarán a McCain por más que Obama los traicione y diga ahora que se quedará en Iraq el tiempo que haga falta; conclusión: a traicionarlos. Al no poder perder votos por la izquierda, la estrategia óptima es ir lo más a la derecha posible para poder arañar los votos de los republicanos más moderados.

Por otro lado, fíjense que los “principios” del nuevo y moderado Obama se acercan mucho a los que defiende Mc-Cain. Eso no es una casualidad: Obama piensa que, si no hay diferencias ideológicas sustanciales entre los dos candidatos, los ciudadanos acabarán valorando factores personales superficiales como la simpatía, la estética o el carisma. Y claro, todo el mundo sabe que, teniendo lo mejor de Tiger Woods, Denzel Washington, Michael Jordan y Martin Luther King, en los aspectos superficiales, Obama es el más atractivo.

XAVIER SALA I MARTÍN, Columbia University, Fundació Umbele y UPF.

www.sala-i-martin.com

Discurso de Barack Obama en la convención de Denver, en El País y en El Mundo

Posted in Historia, Internacional, Política by reggio on 30 agosto, 2008

En El País y en El Mundo

TRADUCCIÓN DE LA AGENCIA EFE 29/08/2008

Al presidente Dean y a mi gran amigo Dick Durban; y a todos mis conciudadanos de esta gran nación:

Con profunda gratitud y una gran humildad, acepto vuestra nominación para la Presidencia de Estados Unidos.

Dejadme expresar mi agradecimiento a la histórica lista de candidatos que me han acompañado en este viaje, y especialmente a quien ha llegado más lejos -una campeona para los trabajadores americanos y una inspiración para mis hijas y las vuestras- Hillary Rodham Clinton. Al presidente Clinton, que anoche demostró la necesidad de cambio como sólo él puede hacerlo, a Ted Kennedy, que encarna el espíritu de sacrificio; y al próximo vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, os doy las gracias.

Estoy agradecido de terminar este camino con uno de los más brillantes estadistas de nuestro tiempo, un hombre con el que se siente a gusto todo el mundo, desde los líderes mundiales hasta los revisores de la compañía de trenes Amtrak que todavía toma para regresar a su casa cada noche.

Al amor de mi vida, nuestra próxima primera dama, Michelle Obama, y a Sasha y Malia – os amo mucho y estoy muy orgulloso de vosotras.

Hace cuatro años, estaba delante vuestro y os conté mi historia – de la breve unión de un joven de Kenia y una joven mujer de Kansas que no les iban muy bien las cosas ni eran muy conocidos, pero que compartían la creencia de que en América, su hijo podía alcanzar lo que se propusiese en su cabeza.

Es esa promesa la que ha hecho este país destacar – que con un duro trabajo y sacrificio, cada uno de nosotros puede tratar de alcanzar nuestros sueños y también seguir siendo parte de la familia americana para asegurarnos que la siguiente generación podrá perseguir igualmente sus sueños.

Es por ello por lo que comparezco hoy esta noche. Porque durante 230 años, en cada momento en el que esa promesa estaba en peligro, hombres y mujeres corrientes -estudiantes y soldados, granjeros y profesores, enfermeras y limpiadoras- encontraron el coraje para mantenerla viva.

Nos encontramos en uno de esos decisivos momentos – el momento en el que nuestra nación está en guerra, nuestra economía atraviesa una situación confusa, y la promesa americana ha sido amenazada una vez más.

Esta noche, más americanos están sin trabajo y más trabajan por menos. Muchos de vosotros habéis perdido vuestros hogares y muchos más veis cómo cae en picado el valor de vuestras casas. Muchos tenéis automóviles que ahora no os podéis permitir conducir, deudas de las tarjetas de crédito que no podéis pagar, gastos de matrículas inalcanzables.

Todos estos desafíos no son todos atribuibles al Gobierno. Pero el no haberles hecho frente es la consecuencia de la descomposición de la vida política en Washington y las fallidas políticas de George W. Bush.

América es mejor que estos últimos 8 años. Somos mejor país que eso.

Este país es más decente que uno en el que una mujer de Ohio, a punto de jubilarse, se encuentra por una enfermedad en una catastrófica situación después de una dura vida de trabajo.

Este país es más generoso que aquel en el que un hombre de Indiana tiene que ver cómo la maquinaria con la que ha trabajado durante veinte años es embarcada hacia China y, turbado, ha de explicar cómo se siente fracasado al regresar a casa y contarle lo ocurrido a su familia.

Somos más compasivos que un Gobierno que permite que sus veteranos duerman en la calles y sus familias caigan en la pobreza; que permanece de brazos cruzados mientras delante de nuestros ojos se hunde una gran ciudad de América.

Esta noche, le digo al pueblo americano, a los demócratas y a los republicanos, a los independientes de toda esta gran nación. Ya basta. Este momento -esta elección- es nuestra oportunidad para mantener viva en el siglo XXI la promesa americana.

Como la próxima semana, en Minnesota, el mismo partido que os ha traído dos mandatos de George Bush y Dick Cheney le pedirá a este país un tercero, estamos aquí ahora porque amamos este país demasiado para dejar que los próximos cuatro años se parezcan a los últimos ocho. El 4 de noviembre tenemos que levantarnos y decir: ya estamos hartos.

Ahora no dejemos ninguna duda. El candidato republicano, John McCain, ha vestido el uniforme de nuestro país con valor y distinción, y por ello le debemos respeto y gratitud. La próxima semana, también escucharemos sobre esos momentos en los que había roto con su partido como prueba de que el puede traer el cambio que necesitamos.

Pero los hechos son claros, John McCain ha votado con George Bush el noventa por ciento de las veces. Al senador McCain le gusta hablar de juicio, pero en realidad, qué os asegura a vosotros que George Bush ha estado en más del noventa por ciento de las ocasiones acertado. No sé lo que pensáis vosotros, pero yo no estoy dispuesto a asumir sólo una posibilidad de cambio en el diez por ciento.

La verdad es que en cada uno de los asuntos, en cada uno de los que afecten a vuestra vida -salud, educación y en la economía-, el senador McCain ha sido todo, menos independiente. Asegura que nuestra economía ha hecho grandes progresos bajo este presidente. Sostiene que los fundamentos de la economía son fuertes. Y cuando uno de sus principales consejeros – el hombre responsable de escribir su programa económico- hablaba de la ansiedad en la que viven los americanos, dijo que estamos viviendo sólo una recesión mental y que somos, y cito textualmente, una nación de quejicas.

¿Una nación de quejicas ¿ Dígale eso a los orgullosos trabajadores de las plantas de automoción de Michigan que, después de enterarse de que iba a cerrar, todavía siguen yendo cada día a trabajar tan duro como siempre, porque saben que hay quienes cuentan con los frenos que han hecho. Dígale eso a las familias de los militares que cargan sus problemas en silencio, sobre sus hombros, mientras ven cómo sus seres queridos parten para su tercer o cuarto o quinto despliegue. Estos no son quejicas. Trabajan duro, lo entregan todo y aún siguen sin quejarse. Estos son los americanos que yo conozco.

Bien, no creo que al senador McCain no le importe qué es lo que está pasando con la vida de los americanos. Pienso que es que no lo sabe. ¿Por qué otro motivo si no podría él definir a la clase media como aquella que gana menos de cinco millones de dólares al año? ¿De qué manera si no podría proponer cientos de miles de millones en rebajas fiscales para las grandes corporaciones y compañías petroleras pero ni un solo penique de ayuda fiscal para más de cien millones de americanos? ¿Cómo si no puede él ofrecer un plan de salud que penalizará con impuestos a las personas o un plan educativo que no servirá para ayudar en nada a las familias a pagar las escuelas, o el plan para privatizar la seguridad social y jugarse vuestras pensiones”.

No es porque a John McCain no le importa, es porque no lo capta.

Durante más de dos décadas ha estado abonado a esa vieja, desacreditada filosofía republicana -da más y más a los que más tienen y confía en que la prosperidad descienda a los demás. En Washington, lo llaman la sociedad de propietarios, pero lo que realmente significa es que estás sólo. ¿Te has quedado sin empleo? Mala suerte. ¿no tienes seguro de salud? El mercado lo resolverá. ¿Has nacido pobre?

Arréglatelas con tu propio esfuerzo, aunque no puedas. Estás sólo.

Es hora de que paguen por sus fracasos. Es nuestro momento para cambiar América.

Lo veis, los demócratas tenemos una medida diferente de lo que es el progreso en este país.

Medimos el progreso por el número de personas que pueden encontrar un empleo en el que ganen lo suficiente para hacer frente a las hipotecas, que también permite un poco de dinero extra a final de mes para poder ver algún día a vuestros hijos recibir sus diplomas universitarios. Medimos el progreso en los 23 millones de nuevos empleos que fueron creados cuando Bill Clinton era el presidente – cuando la familia media estadounidense vio subir sus ingresos hasta 7.500 dólares en vez de los 2.000 que ha caído bajo George Bush.

Nosotros medimos la fortaleza de nuestra economía no por el número de multimillonarios que tenemos o los beneficios de las empresas de la lista Fortune 500, sino si alguien con una buena idea puede tomar el riesgo y emprender un nuevo negocio, o si las camareras que viven de las propinas pueden librar un día para poder llevar al médico a su hijo enfermo sin ser despedidas – una economía que honra la dignidad del trabajo.

Las claves que empleamos para medir la fortaleza económica son si estamos cumpliendo con la promesa fundamental que ha hecho que este sea un gran país – una promesa que es la única razón por la que estoy aquí esta noche.

Porque en las caras de esos veteranos jóvenes que regresan de Irak y Afganistán, veo a mi abuelo, quien se alistó después de Pearl Harbor, marchó en las filas del Ejército de Patton y fue premiado por una nación agradecida con la oportunidad de ingresar en la universidad mediante del Acta para los veteranos.

En la cara del estudiante joven que duerme sólo tres horas antes de entrar en el turno de noche, pienso en mi mamá, quien, sóla, nos crió a mi hermana y a mí mientras trabajaba y estudiaba para un título, quien una vez recurrió a la asistencia pública para la alimentación pero todavía pudo enviarnos a las mejores universidades del país con la ayuda de los préstamos para estudiantes y las becas.

Cuando oigo a otro trabajador que me dice que su fábrica ha cerrado, recuerdo a todos aquellos hombres y mujeres del barrio sur de Chicago con quienes me solidaricé y por quienes luché hace dos años, después del cierre de la planta siderúrgica.

Y cuando oigo a una mujer que habla de las dificultades de abrir un negocio propio, pienso en mi abuela, quien progresó trabajando, desde el grupo de secretarias hasta ser supervisora, pese a los años en que no fue considerada para un ascenso por ser mujer. Es ella quien me enseñó lo que es el trabajo duro. Es ella quien aplazó la compra de un nuevo automóvil o un nuevo vestido para que yo pudiera tener una vida mejor. Me entregó todo lo que tenía. Y aunque ya no puede viajar, sé que está siguiéndonos esta noche y que esta es su noche también.

No sé qué tipo de vidas cree John McCain que llevan los famosos, pero ésta ha sido la mía. Estos son mis héroes. Sus historias son las que me formaron. Y es en nombre de ellos que pretendo ganar estas elecciones y mantener nuestra promesa viva, como presidente de Estados Unidos.

¿Qué es esa promesa?

Es una promesa según la cual cada uno tiene la libertad para hacer de nuestras vidas lo que queramos, pero que también tenemos la obligación de tratarnos mutuamente con dignidad y respeto.

Es una promesa que dice que el mercado debería premiar la ambición y la innovación y generar crecimiento, pero que las empresas deberían cumplir con sus responsabilidades en cuanto a la creación de empleos americanos, vigilar por los trabajadores americanos, y atenerse a las reglas de buena conducta.

La nuestra es una promesa que dice que el gobierno no nos puede solucionar todos los problemas, pero lo que sí debe hacer es lo que no podemos hacer por nosotros mismos, Protegernos del daño y proveer a cada niño una educación adecuada, mantener nuestra agua limpia y nuestros juguetes seguros, invertir en nuevos colegios y nuevas carreteras y nueva ciencia y tecnología.

Nuestro gobierno debe trabajar por nosotros, no contra nosotros. Debe ayudarnos, no dañarnos. Debe garantizar la oportunidad no sólo a aquellos que más dinero e influencia tienen, sino a cada americano dispuesto a trabajar.

Esa es la promesa de América. La idea de que somos responsables de nosotros mismos, pero también de que nos levantaremos o caeremos juntos como una nación: la creencia fundamental de que yo soy el guardián de mi hermano: yo soy el guardián de mi hermana.

Esa es la promesa que debemos cumplir. Ese es el cambio que necesitamos ahora mismo. Por tanto, dejad que precise exactamente qué es lo que significará ese cambio si yo soy elegido Presidente.

El cambio implica un código fiscal que no premie a los “lobbys” que lo redactaron, sino a los trabajadores americanos y las pequeñas empresas que lo merecen.

A diferencia de John McCain, dejaré de conceder ventajas fiscales a las corporaciones que trasladen los empleos al extranjero, y comenzaré a darlas a las empresas que creen buenos puestos de trabajo aquí mismo en América.

Eliminaré los impuestos sobre ganancias para los pequeños negocios y empresas recién establecidas que van a crear los empleos bien remunerados y de alta tecnología del mañana.

Rebajaré los impuestos – los voy a rebajar – para el 95% de todas las familias que trabajan, porque en una economía como la nuestra lo último que se debe hacer es aumentar los impuestos para la clase media.

Y, por el bien de nuestra economía, nuestra seguridad y el futuro de nuestro planeta, estableceré una meta clara como Presidente: en un plazo de diez años, pondremos fin a nuestra dependencia respecto al petróleo de Oriente Medio.

Washington lleva 30 años hablando de nuestra adicción al petróleo, y John McCain lleva 26 de esos años allí. En este tiempo, él ha dicho “no” a las exigencias de mayor eficiencia energética de los automóviles, “no” a las inversiones en energía de fuentes renovables, “no” a los combustibles renovables. Y hoy, importamos el triple de petróleo que el día que el senador McCain asumió el cargo.

Ahora es el momento de poner fin a la adicción, y de comprender que sacar petróleo de los pozos es una medida para salir del paso, no una solución a largo plazo. Ni remotamente.

Como presidente, aprovecharé nuestros recursos de gas natural, invertiré en tecnología del carbón limpia, y encontraré la manera de aprovechar con seguridad la energía nuclear. Ayudaré a nuestras empresas del automóvil a readaptarse, para que los automóviles de bajo consumo del futuro se construyan aquí mismo en América. Voy a facilitar que los americanos tengan suficientes recursos para comprar esos autos nuevos. Y voy a invertir 150.000 millones de dólares en la próxima década en fuentes renovables de energía que podamos costear – energía eólica, y energía solar y la próxima generación de biocombustibles; una inversión que desembocará en nuevas industrias y cinco millones de empleos que paguen bien y que nunca puedan ser externalizados.

América, ahora no es el momento de pequeños proyectos.

Ahora, es el momento de cumplir por fin nuestra obligación moral a facilitar a cada niño una educación de primera clase, porque es lo mínimo para poder competir en la economía global. Michelle y yo estamos aquí esta noche sólo porque nos dieron la oportunidad de una educación. Y no voy a conformarme con una América donde algunos niños no tienen esa oportunidad. Voy a invertir en la educación de los más pequeños. Voy a reclutar a un ejército de nuevos maestros, les pagaré salarios más altos y les daré un mayor apoyo. Y, a cambio, voy a pedir un listón más alto y que se rindan cuentas. Y mantendremos nuestra promesa hecha a cada uno de los jóvenes americanos – si tú te comprometes con tu comunidad o con tu país, garantizamos que podrás pagar una enseñanza superior.

Ahora es el momento de cumplir, por fin, la promesa de un acceso a precios razonables a cuidados sanitarios para todos y cada uno de los americanos. Si ya tenéis acceso a la Sanidad, mi proyecto supondrá el desembolso de primas más pequeñas. Si no lo tenéis, vais a poder disfrutar de la misma cobertura que los miembros del Congreso se conceden a si mismos.

Yo mismo vi cómo mi madre discutía con las empresas de seguros desde la cama donde moría de cáncer y voy a asegurarme de que esas mismas empresas dejen de discriminar a los que están enfermos, los que más necesitan atención sanitaria.

Ahora es el momento de ayudar a las familias con bajas pagadas por enfermedad y mejores permisos por asuntos familiares, porque nadie en América debería tener que elegir entre salvar su empleo y cuidar a su niño o a su progenitor enfermo.

Ahora es el momento de cambiar nuestras leyes sobre quiebras para que vuestras pensiones estén protegidas por encima de las primas de los ejecutivos; y es la hora de salvaguardar la Seguridad Social para generaciones futuras.

Y ahora es el momento de cumplir la promesa del mismo salario por el mismo trabajo, porque yo quiero que mis hijas tengan exactamente las mismas oportunidades que vuestros hijos.

Ahora, muchos de esos proyectos van a costar dinero, y es por eso que he explicado de dónde va a proceder cada céntimo – cerrando los resquicios corporativos y los paraísos fiscales que no ayudan a América crecer. Pero también voy a analizar el presupuesto federal, línea por línea, eliminando los programas que no dan resultados, y mejorando y reduciendo costes en los que sí necesitamos – porque no podemos afrontar los desafíos del siglo 21 con una burocracia del siglo 20.

Los Demócratas también debemos reconocer que realizar la promesa de América va a necesitar más que dinero. Requiere un sentido renovado de la responsabilidad por parte de cada uno de nosotros, para recuperar lo que John F. Kennedy denominó nuestra “fortaleza moral e intelectual”. Sí, el Gobierno debe dar ejemplo en la dependencia energética, pero cada uno de nosotros debe ayudar a hacer nuestros hogares y negocios más eficientes. Sí, debemos ayudar a salir de su situación a los jóvenes que caen en la delincuencia y la desesperación. Pero debemos reconocer que los programas por sí solos no pueden sustituir a los padres: que el Gobierno no puede apagar el televisor para que una niña haga sus deberes: que los padres deben asumir una mayor responsabilidad a la hora de dar el amor y la orientación que sus hijos necesitan.

La responsabilidad individual y la responsabilidad mutua: esa es la esencia de la promesa de América.

Y de la misma forma que nosotros cumplimos nuestra promesa a la próxima generación aquí en casa, también debemos cumplir la promesa de América en el exterior. Si John McCain quiere protagonizar un debate sobre quién tiene el mejor temperamento, y juicio, para servir como el próximo Comandante en Jefe, ese es un debate en el que yo estoy dispuesto a entrar.

Porque mientras el senador McCain dirigía la vista hacia Irak en los días justo después del 11-S, yo me levanté para oponerme a esta guerra, sabiendo que nos iba a distraer de las auténticas amenazas que afrontamos. Cuando John McCain dijo que podríamos “arreglárnoslas” en Afganistán, yo hablé a favor de recursos y tropas adicionales para terminar la lucha contra los terroristas que realmente nos atacaron el 11 S, y dejé claro que debemos eliminar a Osama bin Laden y sus lugartenientes si se ponen a tiro. A John McCain le gusta decir que perseguirá a Bin Laden hasta las puertas del Infierno – pero ni siquiera se acercará a la cueva dónde vive.

Y todavía hoy, cuando mi llamamiento a establecer un marco temporal para retirar nuestras tropas de Irak ha encontrado el eco del Gobierno iraquí e incluso la administración Bush, incluso después de saber que Irak tiene un superávit de 79.000 millones de dólares mientras nosotros nos ahogamos en déficits, John McCain se queda solo en su negativa obstinada a poner fin a una guerra equivocada.

Ese no es el “juicio” que necesitamos. Eso no nos mantendrá seguros. Necesitamos a un presidente que sepa afrontar las amenazas del futuro, no aferrarse a las ideas del pasado.

No se derrota a una red terrorista que opera en 80 países al ocupar a Irak. No se protege a Israel y se detiene a Irán simplemente con un discurso duro desde Washington. No se puede realmente dar la cara por Georgia cuando se ha puesto en entredicho a nuestras alianzas con más solera. Si John McCain quiere seguir a George Bush con más discurso duro y estrategia equivocada, es su opción – pero no es el cambio que necesitamos.

Somos el partido de Roosevelt. Somos el partido de Kennedy. Así que, no me digan que los Demócratas no defenderemos a este país. No me digan que los Demócratas no nos mantendremos seguros. La política exterior Bush-McCain ha malgastado el patrimonio que generaciones de estadounidenses -Demócratas y Republicanos- han construido, y estamos aquí para restaurar ese patrimonio.

Como Comandante en jefe, nunca dudaré en defender a esta nación, pero no enviaré a nuestras tropas para enfrentarse al peligro sin una misión clara y un compromiso sagrado para aportarles los materiales que necesitan en la batalla y la asistencia y ayudas que se merecen cuando vuelvan a casa.

Pondré fin a esta guerra en Irak de forma responsable, y terminaré la lucha contra Al Qaeda y los Talibán en Afganistán. Reconstruiré nuestras fuerzas armadas para hacer frente a futuros conflictos. Pero también reanudaré la diplomacia dura y directa que puede impedir que Irán obtenga armas nucleares y frenar la agresión rusa. Construiré nuestras alianzas para vencer a las amenazas del siglo XXI: el terrorismo y la proliferación nuclear, la pobreza y el genocidio, el cambio climático y la enfermedad. Y restableceré nuestro nivel moral, para que América una vez más sea esta última, mejor esperanza para todos los que acuden a la causa de la libertad, que están deseando vivir en paz y que anhelan un futuro mejor.

Éstas son las políticas que voy a desarrollar. Y en las semanas venideras, quiero debatirlas con John McCain.

Pero lo que no voy a insinuar es que el Senador adopta sus posturas con fines políticos. Porque una de las cosas que tenemos que cambiar en nuestra vida política es la idea de que la gente no puede discrepar sin poner en duda la ética y el patriotismo del otro.

Los tiempos son demasiado graves, está demasiado en juego para seguir este mismo guión político. Así que pongámonos de acuerdo en que el patriotismo no tiene partido. Yo amo a este país, y John McCain también lo ama. Los hombres y las mujeres que prestan servicio en nuestros campos de batalla pueden ser Demócratas y Republicanos e independientes, pero han luchado y derramado sangre juntos y algunos han muerto juntos bajo la misma orgullosa bandera. No han prestado servicio a una América roja o a una América azul – han prestado servicio a los Estados Unidos de América.

Así que, tengo una noticia para usted, John McCain. Todos damos la prioridad a nuestro país.

América, nuestra tarea no será fácil. Los desafíos a que nos enfrentamos exigen hacer elecciones difíciles, y tanto Demócratas como Republicanos tendrán que deshacerse de las desgastadas ideas y políticas del pasado. Una parte de que lo que se ha perdido en estos últimos ocho años no se puede medir en sueldos perdidos o mayores déficits comerciales . Lo que se ha perdido en esos últimos ochos años es nuestro sentido de una misión común -nuestro sentido de una misión superior. Y eso es lo que tenemos que restablecer.

Puede que no estamos de acuerdo sobre el aborto, pero seguramente podemos ponernos de acuerdo sobre la reducción de los embarazos no deseados en este país. La realidad de la tenencia de armas puede ser diferente para cazadores de las zonas rurales de Ohio que para aquellos castigados por la violencia de bandas en Cleveland, pero no me digan que no podemos defender la Segunda Enmienda mientras mantengamos los AK-47 fuera de las manos de delincuentes. Sé que hay discrepancias sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero seguramente podemos estar de acuerdo en que nuestros hermanos y hermanas gays y lesbianas se merecen poder visitar a sus seres queridos en el hospital y llevar vidas libres de la discriminación. Los ánimos están enardecidos en cuanto a la inmigración, pero no sé a quien le beneficia cuando se separa a una madre de su hijo en la infancia o un empleador socava los sueldos estadounidenses al contratar a trabajadores ilegales. Esto también forma parte de la promesa de América – la promesa de una democracia donde podemos encontrar la fuerza y la elegancia para superar las divisiones y unirnos en un esfuerzo común.

Sé que hay quienes desprecian tales convicciones como meras palabras bonitas. Ellos afirman que nuestra insistencia en algo mayor, algo más firme y sincero en nuestra vida pública supone simplemente un caballo de Troya para impuestos más altos y el abandono de los valores tradicionales. Y eso es de esperar. Porque si careces de ideas frescas, entonces empleas tácticas pasadas para espantar a los votantes. Si no tienes historial para sostener tu candidatura, entonces presentas a tu contrincante como alguien del cual la gente debería huir.

Haces una gran elección de cosas pequeñas.

Y ¿saben una cosa? – ha servido en el pasado. Porque se alimenta del escepticismo que todos tenemos con respecto al gobierno. Cuando Washington no funciona, todas sus promesas parecen huecas. Si tus esperanzas has sido frustradas una y otra vez, lo mejor es dejar de esperar, y conformarse con lo ya conocido.

Lo capto. Reconozco que no soy el candidato más convencional para este cargo. No encajo en el pedigrí típico, y no he pasado mi vida profesional en los pasillos de Washington.

Comparezco ante vosotros esta noche porque a lo largo y ancho de Estados Unidos algo comienza a moverse. Lo que no entienden los escépticos es que estas elecciones nunca han sido sobre mí. Han sido sobre vosotros.

Durante 18 largos meses vosotros habéis dado la cara, uno por uno, y habéis dicho basta a las políticas del pasado. Vosotros entendéis que en estas elecciones el mayor riesgo que podemos correr es intentarlo con las mismas viejas políticas, con los mismos viejos protagonistas y esperar una resultado diferente. Vosotros habéis demostrado lo que nos enseña la Historia – que en un momento determinante, como éste, el cambio que necesitamos no procede de Washington. El cambio llega hasta Washington. El cambio ocurre porque el pueblo estadounidense lo exige – porque se levanta

y reivindica ideas nuevas, liderazgo nuevo, y una vida política nueva para tiempos nuevos.

América, éste es uno de esos momentos.

Creo que, por muy difícil que sea, el cambio que necesitamos se nos acerca. Porque lo he visto. Porque lo he vivido. Lo he visto en Illinois, cuando aportamos asistencia sanitaria a más niños y pasamos a más familias desde ayudas sociales hasta empleo. Lo he visto en Washington, donde trabajamos, superando las divisiones partidistas, para hacer más transparente el gobierno y pedir responsabilidades a los “lobbys”, dar mejor asistencia a nuestros veteranos y mantener las armas nucleares fuera de las manos de los terroristas.

Y lo he visto en esta campaña. En los jóvenes que votaron por primera vez y en aquellos que volvieron a participar después de mucho, mucho tiempo. En los Republicanos que pensaban que nunca recogerían una papeleta Demócrata, pero sí lo hicieron. Lo he visto en los trabajadores que preferirían recortar su semana laboral en una jornada a que sus amigos perdiesen el puesto de trabajo, en los soldados que vuelven a enrolarse después de haber perdido una extremidad, en los buenos vecinos que acogen a un desconocido cuando golpea un huracán y llegan las inundaciones.

Este país nuestro tiene más riqueza que cualquier nación, pero no es eso que nos hace ricos. Tenemos las fuerzas armadas más poderosas de la Tierra, pero no es eso lo que nos hace fuertes. Nuestras universidades y cultura son la envidia del mundo, pero no es eso lo que hace que el mundo siga llegando a nuestras costas.

En vez de todo eso, es el espíritu americano – esa promesa americana- que nos impulsa adelante aun cuando el camino es indefinido, que nos une pese a nuestras diferencias, que nos hace fijarnos no en lo que se ve, sino en lo no visto, ese lugar mejor a la vuelta de la esquina.

Esa promesa es nuestra mejor herencia. Es una promesa que hago a mis hijas cuando las acuesto por la noche, y una promesa que vosotros hacéis a los vuestro -una promesa que ha motivado a los inmigrantes a cruzar océanos, a los pioneros a viajar al oeste; una promesa que llevó a los trabajadores hasta los piquetes y a las mujeres a aspirar al sufragio.

Y es esa promesa que hace hoy 45 años atrajo a estadounidenses desde cada rincón de esta tierra a reunirse en una explanada en Washington, ante el monumento a Jefferson, para escuchar a un joven predicador de Georgia hablar de su sueño.

Los hombres y las mujeres que se concentraron allí pudieran haber escuchado muchas cosas. Podrían haber escuchado palabras de ira y discordia. Pudieran haber sido empujados a rendirse ante el miedo y la frustración de tantos sueños demorados.

Pero lo que escucharon, en vez de eso, las personas de todas las confesiones y todos los colores, de todas las condiciones – es que en América nuestros destinos están inextricablemente unidos. Que, juntos, nuestros sueños pueden ser uno.

“No podemos andar solos”, dijo el predicador. “Y mientras andamos, tenemos que jurar que siempre marcharemos hacia delante. No podemos volver atrás”.

América, no podemos volver atrás. No cuando hay tanto trabajo por hacer. No con tantos niños por educar y tantos veteranos por cuidar. No con una economía por arreglar y ciudades por reconstruir y granjas por salvar. No con tantas familias por proteger y tantas vidas por reparar. América, no podemos volver atrás. No podemos andar solos. En este momento, en estas elecciones, tenemos que prometer una vez más marchar hacia el futuro. Que cumplamos con esa promesa -esa promesa americana- y en las palabras de la Biblia agarrarnos firmemente, sin flaquear, a la esperanza que profesamos.

Gracias. Que Dios os bendiga y que Dios bendiga los Estados Unidos de América.

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El cambio que necesitamos, de Barack Obama en El Mundo

Posted in Internacional, Política by reggio on 5 junio, 2008

TRIBUNA LIBRE

Este es el discurso íntegro que pronunció Barack Obama en St. Paul (Minnesota) la noche del 3 de junio tras proclamarse vencedor de las elecciones primarias del Partido Demócrata y candidato por este partido a la Presidencia de EEUU.

Esta noche, después de 54 enfrentamientos, reñidos al máximo, nuestra fase de elecciones primarias ha llegado finalmente a su fin. Han transcurrido 16 meses desde que comparecimos juntos por primera vez en las escalinatas del Old State Capitol [Antiguo Capitolio del Estado] de Springfield (Illinois). Miles de kilómetros han quedado atrás. Se han dejado oír millones de voces. En fin, gracias a lo que habéis dicho -porque habéis sido vosotros los que habéis decidido que ha de llegar un cambio a Washington, porque habéis sido vosotros los que habéis creído que este año debe ser diferente a todos los demás, porque habéis sido vosotros los que habéis optado por prestar atención no a vuestras dudas, ni a vuestros temores, sino a vuestras esperanzas más grandes y a vuestras aspiraciones más ambiciosas-, en esta noche celebramos el fin de un viaje histórico con el comienzo de otro, un viaje que traerá un día nuevo y mejor para Estados Unidos. En esta noche puedo presentarme ante vosotros y deciros que voy a ser el candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos.

Quiero dar las gracias a todos los estadounidenses que han estado con nosotros a lo largo de esta campaña, en los días buenos y en los malos, en las nieves de Cedar Rapids y bajo el sol resplandeciente de Sioux Falls. Además, en esta noche quiero dar las gracias también a los hombres y a la mujer que emprendieron este viaje a la par que yo y que han sido mis colegas candidatos a presidente.

En este momento clave para nuestra nación, deberíamos sentirnos orgullosos de que nuestro partido presente uno de los elencos de personas con mayor talento y mejores títulos de cuantos hayan competido jamás por este puesto. No sólo he competido con ellos como rivales; he aprendido de ellos como amigos, como servidores de la cosa pública y como patriotas apasionados por Estados Unidos y deseosos de trabajar incansablemente para conseguir que este país sea mejor. Son dirigentes de este partido, unos dirigentes a los que Estados Unidos recurrirá en los años venideros.

Esto es particularmente cierto en el caso de la candidata que ha llegado en este viaje más lejos que nadie. La senadora Hillary Clinton ha hecho historia en esta campaña no sólo porque se trata de una mujer que ha conseguido lo que ninguna otra ha logrado antes, sino porque es una dirigente que moviliza a millones de estadounidenses con su firmeza, su valor y su compromiso con las causas que nos han traído aquí esta noche.

Hemos tenido nuestras diferencias a lo largo de los pasados 16 meses, de eso no cabe duda. Ahora bien, tras haber compartido con ella un mismo escenario en numerosas ocasiones, puedo aseguraros que lo que hace que Hillary Clinton se levante por las mañanas, incluso ante la perspectiva de unos malos augurios, es exactamente lo mismo que les llevó a ella y a Bill Clinton a apuntarse en su primera campaña en Texas hace ya tantos años, lo que la llevó a trabajar en el Children’s Defense Fund [Fondo para la Defensa de la Infancia] y la empujó a luchar por la asistencia sanitaria universal cuando era primera dama, lo que la llevó al Senado de Estados Unidos y ha alimentado su campaña por la presidencia, lo que ha derribado barreras, esto es, un afán inflexible por mejorar la vida de los norteamericanos comunes y corrientes, con independencia de lo difícil y complicada que pueda ser esa lucha. Es más, podéis estar seguros de que, cuando ganemos finalmente la batalla de la asistencia sanitaria para todo el mundo en este país, ella habrá sido decisiva en esa victoria. Cuando cambiemos nuestra política energética y saquemos a nuestros niños de la pobreza, se deberá a que ella puso todo su esfuerzo en contribuir a que eso ocurriera. Nuestro partido y nuestro país están mejor gracias a ella, y yo soy un candidato mejor por haber tenido el honor de competir con Hillary Rodham Clinton.

Hay quienes dicen que, en cierto sentido, estas primarias nos han dejado más débiles y más divididos. Pues bien, yo digo que, gracias a estas primarias, hay millones de estadounidenses que por primera vez han depositado su voto en una urna. Son votantes independientes y republicanos que entienden que en estas elecciones no se ventila sólo qué partido ha de estar en el poder en Washington sino que se trata de la necesidad de cambiar Washington. Hay jóvenes, afroamericanos, latinos y mujeres de todas las edades, que han votado en unos porcentajes que han batido todas las marcas y que han movilizado a la nación.

Todos vosotros habéis optado por apoyar a un candidato en el que creéis profundamente. Sin embargo, al final no somos nosotros la razón de que os hayáis echado a la calle y hayáis esperado en largas colas que daban vueltas a manzanas y más manzanas para hacer que se oyera vuestra voz. No lo habéis hecho por mí, ni por la senadora Clinton, ni por ningún otro. Lo habéis hecho porque, en el fondo de vuestros corazones, sabéis que, en este momento, un momento que definirá a toda una generación, no podemos seguir haciendo lo mismo que hemos venido haciendo. Les debemos un mejor futuro a nuestros hijos. Le debemos un mejor futuro a nuestro país. A todos aquellos que en esta noche sueñan con ese futuro yo les digo ¡pongámonos a hacer juntos este trabajo! ¡Unámonos en un esfuerzo común por trazar un nuevo rumbo para Estados Unidos!

En apenas unos pocos meses, el Partido Republicano llegará a St. Paul con unas prioridades políticas muy diferentes. Vendrán aquí para proclamar candidato a John McCain, un hombre que ha servido con heroísmo a este país. Rindo homenaje a esos servicios, y respeto los grandes logros que ha conseguido, incluso aunque él prefiera negar los míos. Mis diferencias con él no son personales; tienen que ver con las políticas que ha propuesto en su campaña

Porque, si bien John McCain puede reivindicar con toda legitimidad sus momentos de independencia de su partido en el pasado, esa independencia no ha sido el sello de su campaña presidencial. No se puede hablar de cambio cuando John McCain decidió ponerse de lado de George Bush en el 95% de las veces, como hizo en el Senado durante el año pasado.

No se puede hablar de cambio cuando ofrece otros cuatro años más de política económica de Bush, que ha fracasado a la hora de crear puestos de trabajo bien pagados, o de dar cobertura sanitaria a nuestros trabajadores, o de ayudar a los estadounidenses a hacer frente a los costes de la enseñanza superior, que se han puesto por la nubes, es decir, cuatro años más de unas políticas que han reducido en términos reales los ingresos de la familia norteamericana media, que han ampliado la distancia entre Wall Street y Main Street [los potentados y la gente de la calle] y que han dejado a nuestro hijos con un una montaña de deudas.

En fin, no se puede hablar de cambio cuando ya adelanta que mantendrá en Irak una política que lo exige todo de nuestros valientes hombres y mujeres de uniforme y nada de los políticos iraquíes, una política en la que todo lo que se busca son razones para seguir en Irak mientras gastamos miles de millones de dólares al mes en una guerra que no está consiguiendo que el pueblo de Estados Unidos esté más seguro.

Así pues, esto es lo que voy a decir, que hay muchas palabras para describir el intento de John McCain de hacer pasar por consensuada y novedosa su adhesión a las políticas de George Bush, pero que el cambio no es una de ellas.

Cambio es una política exterior que no empiece y termine con una guerra que nunca debería haberse autorizado y que nunca debería haberse emprendido. No me voy a quedar aquí como si tal cosa y hacer como que en Irak todavía disponemos de muchas y muy buenas alternativas, pero lo que no es una alternativa en ningún caso es mantener a nuestros soldados en ese país durante los próximos 100 años, especialmente en un momento en el que nuestro Ejército ya no da más abasto, nuestra nación está aislada y prácticamente se hace caso omiso de todas las demás amenazas que penden sobre Estados Unidos.

Tenemos que ser tan cuidadosos para salir de Irak como descuidados fuimos para meternos allí, pero eso sí, tenemos que empezar a marcharnos. Es hora de que los iraquíes asuman la responsabilidad de su futuro. Es hora de que reconstruyamos nuestro Ejército y prestemos a nuestros veteranos la atención que necesitan y las ayudas que merecen cuando regresen a sus casas. Es hora de que concentremos nuestros esfuerzos en el liderazgo de Al-Qaeda y en Afganistán y de que reorganicemos el mundo contra las amenazas comunes del siglo XXI, como el terrorismo y las armas nucleares, el cambio climático y la pobreza, el genocidio y la enfermedad. En eso es en lo que consiste el cambio.

Cambio es darse cuenta de que hacer frente a las amenazas de nuestros tiempos requiere no sólo nuestra potencia de fuego sino el poder de nuestra diplomacia, una diplomacia directa, sin contemplaciones, en la que el presidente de Estados Unidos no tenga miedo de hacer saber a cualquier dictador de medio pelo cuál es la postura de Estados Unidos y qué es lo que defendemos. Una vez más, debemos tener el valor y la convicción de ponernos al frente del mundo libre. Esa es la herencia de Roosevelt, de Truman, de Kennedy. Eso es lo que los estadounidenses quieren. En eso consiste el cambio.

Cambio es levantar una economía que recompense no sólo la riqueza sino el trabajo y a los trabajadores que la han generado. Es comprender que los problemas a los que han de hacer frente las familias trabajadoras no pueden resolverse perdiendo miles de millones de dólares en más reducciones de impuestos en favor de grandes empresas y de ejecutivos riquísimos, sino concediendo esas rebajas fiscales a la clase media, invirtiendo en nuestras infraestructuras, que se están viniendo abajo, transformando la forma en que empleamos la energía, mejorando nuestras escuelas y renovando nuestro compromiso con la ciencia y la innovación. Es comprender que la responsabilidad fiscal y la prosperidad compartida pueden ir de la mano, como ocurría cuando Bill Clinton era presidente.

John McCain ha dedicado muchísimo tiempo durante las últimas semanas a hablar de viajes a Irak pero a lo mejor, si pasara algún tiempo haciendo viajes a las ciudades y a los pueblos que más duramente afectados se han visto por esta política económica, ciudades de Michigan, de Ohio, y de aquí mismo, de Minnesota, comprendería cuál es el cambio detrás del cual va la gente.

A lo mejor, si se pasara por Iowa y conociera al estudiante que trabaja un turno de noche después de todo un día de clase y ni siquiera así puede pagar las facturas del médico de una hermana suya que está enferma, comprendería que esa chica ya no se puede permitir otros cuatro años más de un sistema de asistencia sanitaria que sólo se ocupa de los sanos y de los ricos. Esa chica necesita que aprobemos un plan de asistencia sanitaria que extienda el seguro de salud a todos los estadounidenses que lo deseen y que reduzca el precio de las pólizas del seguro a todas aquellas familias que lo necesiten. Ese es el cambio que necesitamos.

A lo mejor, si fuera a Pensilvania y conociera al hombre que ha perdido su puesto de trabajo y no puede pagarse siquiera la gasolina para salir por ahí con el coche en busca de otro empleo, comprendería que no nos podemos permitir otros cuatro años más de adición al petróleo de los dictadores. Ese hombre necesita que aprobemos una política energética que colabore con los fabricantes de automóviles en mejorar el rendimiento de los combustibles, que obligue a las empresas a pagar por la contaminación que producen y que haga que las empresas petroleras inviertan sus ingentes beneficios en una energía limpia de cara al futuro, una política energética que creará millones de puestos de trabajo que estén bien pagados y que no puedan subcontratarse. Ese es el cambio que necesitamos.

Y a lo mejor, si pasara algún rato en las escuelas de Carolina del Sur o de St. Paul, o de donde él mismo habló ayer noche, en Nueva Orleans, comprendería que no nos podemos permitir el olvidarnos de dar dinero para No Child Left Behind [Ningún niño olvidado], ni de invertir en educación desde la primaria infancia, que es una deuda que tenemos con nuestros hijos, ni de reclutar todo un ejército de profesores nuevos y darles un salario mejor y un apoyo mayor, y que finalmente hemos de llegar a la conclusión de que, en esta economía global, la posibilidad de recibir enseñanza superior no debería ser un privilegio de unos pocos ricos sino un derecho de todo estadounidense desde su nacimiento. Ese es el cambio que necesitamos en Estados Unidos. Esa es la razón por la que me presento a presidente.

El otro bando vendrá aquí en septiembre y ofrecerá un conjunto de políticas y actitudes muy diferentes, y ése es un debate que espero con ansiedad. Es un debate que los estadounidenses se merecen. Por el contrario, lo que no os merecéis son otras elecciones gobernadas por el miedo, las insinuaciones poco claras y la división. Lo que no vais a oír de esta campaña o de este partido es esa clase de política que utiliza la religión para sembrar cizaña y el patriotismo como cachiporra, ésa que ve a nuestros oponentes no como unos competidores a los que hay que enfrentarse sino como unos competidores a los que hay que culpar de todos los males, porque unos nos llamaremos demócratas y otros republicanos, pero por encima de todo somos estadounidenses. Por encima de todo somos siempre estadounidenses,

A pesar de lo que el senador de Arizona dijera anoche, yo he visto a personas con puntos de vista y opiniones diferentes hacer causa común en muchas ocasiones a lo largo de mis dos décadas de vida pública y yo personalmente he reconciliado las posiciones divergentes de muchas de ellas. He caminado codo con codo con dirigentes sociales del South Side de Chicago y he visto que las tensiones se desvanecían cuando negros, blancos y latinos luchaban juntos por buenos trabajos y buenas escuelas. Me he sentado a la misma mesa con responsables de aplicar la ley y con abogados de derechos civiles para reformar un sistema de justicia penal que ha enviado a 13 inocentes al corredor de la muerte. Es más, he trabajado con amigos del otro partido para hacer llegar asistencia sanitaria a más niños y a más familias trabajadoras algunas reducciones de impuestos, para atajar la proliferación de armas nucleares, para garantizar que los estadounidenses supieran en qué se gastan los dólares de sus impuestos y para reducir la influencia de los grupos de presión que con excesiva frecuencia condicionan las prioridades políticas en Washington.

Me he encontrado con que, en nuestro país, esta colaboración se produce no porque estemos de acuerdo en todo sino porque, detrás de todas las etiquetas y de las falsas divisiones y categorías que nos definen, más allá de todas esas nimiedades por las que nos peleamos y con las que pretendemos anotarnos puntos en Washington, el estadounidense es un pueblo decente, generoso, solidario, unido por unos problemas comunes y unas esperanzas comunes. Y de vez en cuando, hay momentos en los que volvemos a hacer un llamamiento a esta bondad fundamental para hacer de éste otra vez un gran país.

Así fue en el caso de aquel grupo de patriotas que declararon en un salón de Filadelfia la formación de una unión más perfecta; y también en el de aquellos que en los campos de Gettysburg y Antietam dieron la medida más acabada de devoción para salvar aquella misma unión.

Así fue en el caso de la generación más sublime, la que conquistó el miedo y liberó un continente de la tiranía, e hizo de este país la patria de unas oportunidades y una prosperidad desconocidas. Así fue en los casos de los trabajadores que no se echaron atrás en las huelgas, en el de las mujeres que hicieron añicos los techos de cristal, en de los niños que desafiaron un puente en Selma [ciudad de Alabama] por la causa de la libertad. Así ha sido en el caso de todas las generaciones que han superado las dificultades más terribles y las probabilidades menos halagüeñas para dejar a sus hijos un mundo que fuera mejor, más amable y más justo.

Y así debe ser en nuestro caso.

¡Estados Unidos, éste es nuestro momento! ¡Ha llegado nuestra hora! ¡Nuestra hora de pasar la página de las políticas del pasado! ¡Nuestra hora de aportar nuevas energías y nuevas ideas a los problemas que tenemos ante nosotros! ¡Nuestra hora de ofrecer un nuevo rumbo al país que nos apasiona!

El viaje va a ser difícil. El camino va a ser largo. Encaro este reto con profunda humildad y a sabiendas de mis limitaciones, pero también con una fe ilimitada en la capacidad de los estadounidenses porque, si estamos dispuestos a trabajar en ello, a luchar por ello y a creer en ello, entonces estoy completamente seguro de que, durante generaciones y generaciones a partir de este momento, podremos mirar atrás y contarles a nuestros hijos que éste fue el momento en el que empezamos a proporcionar asistencia a los enfermos y buenos puestos de trabajo a los desempleados, que éste fue el momento en el que empezó a detenerse la subida de los océanos y nuestro planeta empezó a recobrar la salud, que éste fue el momento en que pusimos fin a una guerra, aportamos seguridad a nuestra nación y restauramos nuestra imagen de ser la última y mejor esperanza de la Tierra. Este fue el momento, ésta fue la hora, en que nos unimos para rehacer esta gran nación de modo que reflejara siempre lo mejor de nosotros mismos y nuestros más altos ideales.

Gracias a todos vosotros, Dios os bendiga, y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.
 
© Mundinteractivos, S.A.

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“Elegimos la esperanza y no el miedo” (discurso tras su victoria en los caucus de Iowa), de Barack Obama en La Vanguardia

Posted in Internacional by reggio on 10 enero, 2008

LA CARRERA A LA CASA BLANCA 2008

Bautizado por algunos como “la gran esperanza de los blancos” al encarnar el sueño de reconciliación en un país con profundas divisiones raciales, el candidato demócrata Barack Obama, tras su victoria en los caucus de Iowa, ofreció un discurso que ha sido alabado por los medios de información estadounidenses. Por su interés y como un servicio a sus lectores, La Vanguardia lo publica íntegramente.

Gracias, Iowa. Dijeron que este día no llegaría nunca. Dijeron que nuestras expectativas eran demasiado elevadas. Dijeron que este país estaba demasiado dividido, demasiado desilusionado para unirse en torno a un propósito común.

Sin embargo, en esta noche de enero -en este momento definitorio de la historia-, habéis hecho lo que los cínicos decían que no podríamos hacer. Lo que el estado de Nueva Hampshire puede hacer dentro de cinco días. Lo que Estados Unidos puede hacer en este Año Nuevo del 2008.

En colas que se han extendido en torno a escuelas e iglesias, en pequeñas y grandes ciudades, habéis venido como demócratas, republicanos e independientes para alzaros y decir que somos un único país, que somos un pueblo y que ha llegado nuestro momento de cambio.

Habéis dicho que ha llegado la hora de superar la amargura, la mezquindad y la rabia que ha consumido Washington; de acabar con la estrategia política basada en la división y de optar por otra basada en la adición; de construir una coalición por el cambio que se extienda por los estados republicanos y demócratas. Porque así venceremos en noviembre, y así nos enfrentaremos por fin a los desafíos que tenemos como país.

Elegimos la esperanza en lugar del miedo. Elegimos la unidad en lugar de la división, y también elegimos enviar un poderoso mensaje de que el cambio está llegando a Estados Unidos.

Habéis dicho que ha llegado el momento de comunicar a los lobbistas, que creen que su dinero y su influencia hablan más alto que nuestras voces, que no son ellos los dueños de nuestro gobierno, que somos nosotros; y que estamos aquí para hacernos de nuevo con él.

Ha llegado el momento de un presidente que sea honrado con las opciones y los desafíos a los que nos enfrentamos; que os oiga y aprenda de vosotros incluso cuando estamos en desacuerdo; que no sólo os diga lo que queréis oír, sino lo que tenéis que saber. Y, en Nueva Hampshire, si me dais la misma oportunidad que en Iowa esta noche, yo seré ese presidente para Estados Unidos.

Gracias.

Seré un presidente que hará por fin asequible y disponible la asistencia sanitaria para todos los estadounidenses, del mismo modo que amplié la asistencia sanitaria en Illinois, uniendo a demócratas y republicanos para que hacer el trabajo.

Seré un presidente que podrá fin a las amnistías fiscales para las compañías que trasladan nuestros puestos de trabajo al extranjero y crearé una reducción fiscal dirigida a la clase media y que vaya a parar a los bolsillos de los trabajadores estadounidenses, que la merecen.

Seré un presidente que aprovechará el ingenio de agricultores, científicos y empresarios para liberar a este país de la tiranía del petróleo de una vez por todas.

Y seré un presidente que pondrá fin a la guerra de Iraq y traerá los soldados a casa; que restaurará nuestra posición moral; que sabrá que el 11-S no es una forma de obtener votos a través del miedo, sino un desafío que debería unir a Estados Unidos y al mundo contra las amenazas comunes del siglo XXI: las amenazas comunes del terrorismo y las armas nucleares, el cambio climático y la pobreza, el genocidio y la enfermedad.

Esta noche nos encontramos un paso más cerca de esa visión de Estados Unidos gracias a lo que habéis hecho aquí, en Iowa. Y por eso quiero agradecer de modo especial a los organizadores y los jefes de distrito, a los voluntarios y al personal que ha hecho todo esto posible.

Y ya que estoy en el apartado de los agradecimientos, para mí tiene mucho sentido dar las gracias al amor de mi vida, la roca de la familia Obama, la colaboradora del miedo, la duda y el cinismo; la política en que nos derribamos los unos a los otros en lugar de levantar juntos este país. Éste fue el momento.

Dentro de unos años, volveréis la vista atrás y diréis que éste fue el momento, que éste fue el lugar, en que Estados Unidos recordó lo que significa tener esperanza.

Durante meses hemos sido objeto de risas, incluso de burlas, por hablar de esperanza. Pero siempre hemos sabido que la esperanza no es el optimismo ciego.

No es hacer caso omiso de la tarea que tenemos delante ni de los obstáculos que se encuentran en nuestro camino. No es sentarse en la cuneta ni rehuir una pelea. La esperanza es algo dentro de nosotros que insiste en que, a pesar de todas las pruebas que señalan lo contrario, nos espera algo más cercana a lo largo de la campaña, un aplauso para Michelle Obama.

Sé que no lo habéis hecho por mí. Lo habéis hecho porque creéis profundamente en la más estadounidense de las ideas: que, ante lo imposible, las personas que aman a este país pueden cambiarlo.

Esto lo sé. Lo sé porque, aunque estoy aquí esta noche, nunca olvidaré que mi viaje empezó en las calles de Chicago haciendo lo que muchos de vosotros habéis hecho para esta campaña y para todas las campañas aquí en Iowa: organizar, trabajar y luchar para que las vidas de las personas sean un poco mejor.

Sé lo duro que es. Y que el sueño es escaso, la paga pequeña y el sacrificio grande. Hay días de desilusión, pero a veces, sólo a veces, hay noches como ésta, una noche que, dentro de unos años, cuando hayamos hecho los cambios en los que creemos, cuando más familias puedan permitirse acudir mejor si tenemos el valor ir a por ello, de trabajar por ello y de luchar por ello.

La esperanza es lo que vi en los ojos de una joven de Cedar Rapids que trabaja en el turno de noche tras todo un día en la universidad y que a pesar de ello no puede permitirse pagar la asistencia sanitaria para una hermana que está enferma; una joven que sigue creyendo que este país le dará la oportunidad de realizar sus sueños.

La esperanza es lo que escuché a un médico, cuando nuestros hijos (cuando Malia, Sasha y vuestros hijos) hereden un planeta un poco más limpio y seguro, cuando el mundo perciba a Estados Unidos de modo diferente y Estados Unidos se vea a sí mismo como un país menos dividido y más unido, entonces seréis capaces de volver con orgullo la vista atrás y decir que fue en este momento cuando empezó todo.

Éste fue el momento en que lo improbable golpeó lo que Washington siempre había considerado inevitable.

Éste fue el momento en que rompisteis las barreras que nos habían separado durante demasiado tiempo, cuando unimos a personas de todos los partidos y de todas las edades en una causa común; cuando dimos por fin a los estadounidenses que nunca habían participado en política una razón para ponerse en pie y hacerlo.

Éste fue el momento en que por fin hicimos retroceder la política en la voz de una mujer de Nueva Hampshire que me dijo que no había sido capaz de respirar desde que su sobrino se había ido a Iraq; que sigue rezando todas las noches para que vuelva sano y salvo.

La esperanza es lo que llevó a una banda de colonos a levantarse contra un gran imperio; lo que condujo a la mayor de las generaciones a liberar un continente y sanar a una nación; lo que condujo a hombres y mujeres jóvenes a sentarse en comedores de los que estaban excluidos por su color, enfrentarse a las mangueras y desfilar por Selma y Montgomery en favor de la causa de la libertad.

La esperanza, la esperanza es lo que me ha conducido hasta aquí, con un padre de Kenia y una madre de Kansas y una historia que sólo podría ocurrir en los Estados Unidos de América. La esperanza es el cimiento de este país, la creencia de que nuestro destino no será escrito para nosotros, sino por nosotros; por todos los hombres y mujeres que no se conforman con el mundo tal como es, sino que tienen el valor de rehacerlo tal como debería ser.

Esto es lo que hemos empezado aquí, en Iowa, y éste es el mensaje que ahora podemos llevar a Nueva Hampshire y más allá.

El mismo mensaje que teníamos en los buenos y los malos momentos, el mensaje que puede cambiar este país ladrillo a ladrillo, calle a calle, con manos encallecidas: que juntos, las personas corrientes podemos hacer cosas extraordinarias; porque no somos una colección de estados demócratas y estados republicanos, somos los Estados Unidos de América; y en este momento, en estas elecciones, estamos otra vez dispuestos a creer.

Gracias, Iowa.

Traducción: Juan Gabriel López Guix

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