Reggio’s Weblog

Audaz Presupuesto de Obama, de Tomás Lukin en Página 12

Posted in Economía, Política by reggio on 28 febrero, 2009

EXPANSION DE LA COBERTURA MEDICA Y MAS IMPUESTOS A PETROLERAS Y BANCOS

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, estuvo haciendo cuentas y le envió al Senado su primer Presupuesto. El documento incluye una partida de contingencia por 750 mil millones de dólares para rescatar a los bancos, una iniciativa de 635 mil millones para expandir la cobertura médica y aumentos en los impuestos a las familias con ingresos que superan los 250 mil dólares anuales. El dinero para los bancos es una “previsión” por si los fondos del plan lanzado por Bush no alcanzan. Además, plantea subir los impuestos y eliminar exenciones del sector petrolero. Los republicanos y las empresas salieron a criticar con dureza el proyecto de Presupuesto Obama.

Para 2010 el déficit estimado llega a los 1,17 billón de dólares y el mandatario prometió reducirlo a la mitad para 2013. Mientras que algunos especialistas se alarman frente a la profundización de esta situación, otros economistas sostienen que las preocupaciones son infundadas, ya que la abultada deuda se paga con la moneda que imprime la Fed y a la tasa que fija el organismo. La propuesta de Obama debe ser aprobada por el Legislativo. La presentación detallada se presenta al Congreso en abril.

– Previendo futuros rescates: Por si acaso, por si los 700 mil millones de dólares anunciados por Bush en octubre no alcanzaran, el Presupuesto contempla otros 750 mil millones más para fondear “los esfuerzos de estabilización financiera”. Pese a que Obama viene advirtiendo que posiblemente el primer rescate no sea suficiente para sanear a los bancos, en la Casa Blanca “esperan” no necesitar ese dinero y aseguraron que a esta altura no tienen ningún plan de realizar un nuevo pedido al Congreso. Pero prefirieron dejar la puerta abierta mientras el Tesoro realiza los test de stress a los bancos para determinar la magnitud de los activos basura. La Oficina de Presupuesto estimó que el costo neto del desembolso rondará los 250 mil millones de dólares, ya que espera recuperar algo (aunque no todo) de lo “invertido”.

– Cobertura médica: Lo que Clinton no pudo hacer, Obama lo va a intentar. El mandatario fijó un fondo de 635 mil millones de dólares para universalizar la cobertura de los servicios de salud en diez años. Además planea recortar los subsidios a las empresas del sector.

– Más impuestos y menos recortes: El Presupuesto propone elevar los impuestos para los hogares con ingresos mayores a 250 mil dólares. Además aumentará las cargas a las ganancias de capital. El documento señala, también, que renovará los masivos recortes impositivos de Bush cuando caduquen en 2010. Además, eliminará una serie de lagunas tributarias que permiten al sector financiero eludir impuestos legalmente y los subsidios para los productores agropecuarios que ganan más 500 mil dólares. Por otro lado, cerrará un programa de exenciones fiscales para familias de bajos ingresos que considera mal administrado.

– Republicanos aterrados: “La era del gobierno omnipresente ha regresado y los demócratas están pidiéndote que lo pagues”, alertó el legislador John Boehner, líder republicano de la Cámara de Representantes. La suba de impuestos para los sectores de mayores ingresos y el aumento en el gasto “preocupa seriamente” a la oposición. La reacción de los republicanos había sido similar durante el debate por el plan de estímulo fiscal y presionaron (con éxito) para que el gobierno incremente el peso de los recortes impositivos en el proyecto. Por su parte, el segundo apartado del documento que Obama elevó al Senado titulado “Heredando un legado de prioridades equivocadas” sostiene que “el fracaso de los últimos ocho años se debe a decisiones políticas irresponsables. Inversiones en educación, salud, infraestructura y energías limpias fueron sacrificadas por monumentales recortes impositivos para los ricos”.

– Gas y petróleo: Las multinacionales del rubro reaccionaron rápidamente cuando vieron que la propuesta de Obama propone subirles los impuestos en 2010 y terminar con algunas de las exenciones fiscales que posee el sector. El gobierno espera recaudar 31.500 millones de dólares más en diez años. Los lobbystas ya se pusieron a trabajar para frenar la iniciativa. “En medio de una recesión, no es el momento de imponer nuevos impuestos a la industria, su aplicación podría implicar menos puestos de trabajo y menos ingresos en momentos en los que necesitamos ambos desesperadamente” apuntó Jack Girard, presidente del Instituto Estadounidense de Petróleo, el poderoso lobby que representa a más de 400 corporaciones del sector.

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Discurso de Barack H. Obama ante Sesión Conjunta del Congreso, del Martes 24 de febrero de 2009, en la Revista de la Embajada de Los Estados Unidos de América en Bogota

Posted in Economía, Educación, Energia, Laboral, Política, Sanidad by reggio on 28 febrero, 2009

Señora Presidenta de la Cámara de Representantes, Sr. Vicepresidente, miembros del Congreso:

Estoy aquí esta noche no sólo para dirigirme a las distinguidas damas y caballeros en este gran recinto, sino para hablar directa y francamente con los hombres y mujeres que nos trajeron aquí.

Sé que para muchos estadounidenses que nos observan en este momento, el estado de nuestra economía es una inquietud mayor que todas las demás. Y con toda razón. Si no han sido afectados personalmente por esta recesión, probablemente conocen a alguien que ha sido afectado: un amigo, un vecino, un miembro de su familia. No necesitan escuchar otra lista de datos para saber que nuestra economía se encuentra en crisis, porque la viven todos los días. Es la preocupación con la que se despiertan y motivo de desvelo de noche. Es el empleo que pensaron que tendrían hasta jubilarse, pero que ahora han perdido; el negocio con el que soñaron y que ahora pende de un hilo; la carta de aceptación a la universidad que su hijo tuvo que volver a guardar en el sobre. El impacto de esta recesión es real y está por todas partes.

Pero a pesar de que nuestra economía se haya debilitado y nuestra confianza se vea afectada; a pesar de que estamos viviendo en tiempos difíciles e inciertos, esta noche quiero que todo estadounidense sepa lo siguiente:

Reconstruiremos, nos recuperaremos, y Estados Unidos saldrá de esto más fuerte que nunca.

El peso de esta crisis no determinará el destino de esta nación. Las respuestas a nuestros problemas no están fuera de nuestro alcance. Están en nuestros laboratorios y universidades; en nuestros campos y nuestras fábricas; en la imaginación de nuestros empresarios y el orgullo del pueblo más trabajador en la faz de la Tierra. Aún poseemos a manos llenas las cualidades que han hecho de Estados Unidos la mayor fuerza de progreso y prosperidad en la historia de la humanidad. Lo que se requiere ahora es que este país se una, que encaremos audazmente los desafíos que enfrentamos y asumamos la responsabilidad por nuestro futuro una vez más.

Ahora, si somos francos con nosotros mismos, admitiremos que durante demasiado tiempo, no siempre hemos cumplido con estas responsabilidades, ya sea como gobierno o como pueblo. Digo esto no para designar culpables ni mirar hacia atrás, sino porque sólo al comprender cómo llegamos a este momento podremos salir de este aprieto.

El hecho es que nuestra economía no comenzó a deteriorarse de la noche a la mañana. Tampoco se iniciaron todos nuestros problemas cuando el mercado de vivienda colapsó o la bolsa de valores se desplomó. Sabemos desde hace décadas que nuestra supervivencia depende de encontrar nuevas fuentes de energía. Sin embargo, importamos más petróleo ahora que nunca antes. El costo del cuidado de salud devora más y más de nuestros ahorros todos los años, sin embargo continuamos retrasando reformas. Nuestros niños competirán por empleos en una economía mundial para la cual demasiadas de nuestras escuelas no los preparan. Y aunque todos estos desafíos continuaron sin solución, logramos gastar más dinero y acumular más deudas, tanto como personas y como gobierno, que nunca antes.

En otras palabras, hemos vivido una era en la que demasiado a menudo, las ganancias a corto plazo eran apreciadas más que la prosperidad a largo plazo; en la que no miramos más allá del próximo pago, el próximo trimestre o las próximas elecciones. Un superávit se convirtió en excusa para transferir riqueza a los acaudalados en vez de una oportunidad de invertir en nuestro futuro. Se desmanteló la reglamentación a favor de utilidades rápidas y a costa de un mercado saludable. Sabiendo que no estaban a su alcance, las personas compraron casas de bancos y prestamistas que, de cualquier manera, querían colocar esos malos préstamos. Y mientras tanto, se pospusieron debates cruciales y decisiones difíciles hasta otro momento, otro día.

Bueno, ha llegado el día del ajuste de cuentas, y éste es el momento de hacernos cargo de nuestro futuro.

Éste es el momento de actuar de forma audaz y sensata, no sólo para reactivar esta economía, sino para sentar nuevas bases para una prosperidad perdurable. Éste es el momento de impulsar la generación de empleo, reactivar los préstamos e invertir en sectores como el de energía, cuidado de salud y educación, que harán que nuestra economía crezca, incluso a la vez que tomamos las difíciles decisiones de reducir nuestro déficit. Ése es el propósito de mi plan económico, y de eso me gustaría hablarles esta noche.

Es un plan que comienza con el empleo.

Tan pronto asumí el cargo, le pedí a este Congreso que para el Día del Presidente, tuviera listo un plan que volviera a poner a la gente a trabajar y que le pusiera dinero en el bolsillo. No porque creo en aumentar la burocracia. No creo en eso. No porque no me importe la deuda masiva que hemos heredado. Sí me importa. Hice un llamado a la acción porque no hacerlo hubiera significado perder más empleos y hubiera causado más dificultades. De hecho, no actuar habría empeorado nuestro déficit a largo plazo al asegurar poco crecimiento económico durante años. Por eso fue que presioné para actuar rápidamente. Y esta noche, me siento agradecido porque este Congreso hizo su trabajo, y me complace decirles que la Ley para la Recuperación y Reinversión en Estados Unidos ya fue promulgada.

En los próximos dos años, este plan preservará o creará 3.5 millones de empleos. Más de 90% de estos puestos de trabajo estarán en el sector privado: empleos para reconstruir carreteras y puentes, para fabricar turbinas de viento y paneles solares, para tender banda ancha y expandir el sistema de transporte público.

Debido a este plan, hay maestros que ahora pueden conservar sus puestos y educar a nuestros hijos. Los profesionales de la salud pueden seguir cuidando de los enfermos. Esta noche, 57 oficiales de policía pueden seguir patrullando las calles de Mineápolis, porque su departamento estaba a punto de despedirlos, y este plan lo evitó.

Debido a este plan, 95% de las familias trabajadores en Estados Unidos recibirán un recorte tributario… un recorte tributario que verán en sus talones de pago desde el 1º de abril.

Debido a este plan, las familias que tienen dificultades para cubrir los costos de la educación superior recibirán un crédito tributario de $2,500 para los cuatro años de universidad. Y los estadounidenses que han perdido su empleo en esta recesión podrán recibir una extensión en los beneficios por desempleo y cobertura para cuidados de salud que los ayudará a resistir esta tormenta.

Sé que hay algunos en este recinto y otros que nos ven desde sus hogares que no creen que este plan funcione. Y entiendo ese escepticismo. Aquí en Washington, hemos visto lo rápido que las buenas intenciones se vuelven promesas incumplidas y despilfarro. Y un plan a esta escala implica enorme responsabilidad y la necesidad de hacerlo correctamente.

Por eso le pedí al Vicepresidente Biden que encabezara un esfuerzo de supervisión estricta sin precedente, porque a Joe no se le escapa una. Y les he dicho a todos y cada uno de los miembros de mi gabinete, así como a los alcaldes y gobernadores de todo el país, que a mí y al pueblo estadounidense nos tendrán que rendir cuentas por cada dólar que gasten. Y he designado a un Inspector General de comprobada capacidad y dinamismo para identificar todos los casos de despilfarro y fraude. Y hemos creado una nueva página web llamada recovery.gov para que todos los estadounidenses puedan saber cómo y dónde se gasta su dinero.

Por lo tanto, el plan de recuperación que aprobamos es el primer paso para lograr que nuestra economía vuelva a encaminarse. Pero es sólo el primer paso. Porque incluso si no cometemos ningún error al administrar este plan, no habrá una recuperación real a menos que solucionemos la crisis de crédito que ha debilitado seriamente a nuestro sistema financiero.

Y esta noche quiero hablarles simple y sinceramente sobre este tema, porque todo estadounidense debe saber que eso afecta directamente su bienestar y el de su familia. También quiero que sepan que el dinero que han depositado en los bancos de todo el país está a salvo, que su seguro no está en peligro y que pueden confiar en que nuestro sistema financiero continuará funcionando. Esto no debe ser causa de preocupación alguna.

Lo que nos inquieta es que si no reanudamos los préstamos en este país, nuestro plan de recuperación estará destinado a fallar sin siquiera haber empezado.

Vean, el flujo de crédito es lo que le da vida a nuestra economía. La capacidad de conseguir un préstamo determina la posibilidad de financiar todo, desde una casa hasta un auto y los estudios universitarios; es la manera en que las tiendas renuevan su inventario, las granjas compran equipo y las empresas pagan sus planillas.

Pero el crédito ya no fluye como debería. Demasiados préstamos impagos resultantes de la crisis hipotecaria han afectado los balances contables de demasiados bancos. Con tanta deuda y tan poca confianza, ahora estos bancos temen prestar más dinero a familias, empresas y a otros bancos. Cuando no hay préstamos, las familias no pueden comprar casas ni autos. Entonces las empresas se ven forzadas a hacer despidos. Luego nuestra economía sufre aun más, y hay menos crédito disponible.

Por eso, este gobierno está actuando rápida y enérgicamente para romper este ciclo destructivo, restaurar la confianza y reanudar los préstamos.

Lo haremos de varias maneras. En primer lugar, crearemos un nuevo fondo de préstamos que representa el mayor esfuerzo jamás creado a fin de ayudar a proporcionar financiamiento para vehículos, estudios universitarios, préstamos a pequeñas empresas para los consumidores y empresarios que hacen que esta economía funcione.

En segundo lugar, he propuesto un plan de vivienda que ayudará a las familias responsables pero en peligro de una ejecución hipotecaria a reducir sus pagos mensuales y refinanciar sus préstamos hipotecarios. Es un plan que no ayudará a especuladores ni a ese vecino en su misma cuadra que compró una casa totalmente fuera de su alcance, pero sí ayudará a millones de estadounidenses que están teniendo dificultades debido a la devaluación inmobiliaria… estadounidenses que ahora podrán aprovechar tasas de interés más bajas que este plan ya ha ayudado a establecer. De hecho, la familia promedio que refinancie hoy puede ahorrar casi $2000 al año en su hipoteca.

En tercer lugar, actuaremos con toda la fuerza del gobierno federal para asegurar que los principales bancos de los que dependen los estadounidenses tengan suficiente confianza y suficiente dinero para otorgar préstamos incluso en tiempos más difíciles. Y cuando nos enteremos de que uno de los principales bancos tiene serios problemas, les pediremos cuentas a los responsables, los obligaremos a hacer los ajustes necesarios, les proporcionaremos apoyo para sanear sus balances contables y aseguraremos la continuidad de una institución sólida y viable que pueda beneficiar a nuestra gente y a nuestra economía.

Comprendo bien que Wall Street preferiría un enfoque que les diera a los bancos dinero para rescatarlos sin imponerles condiciones, sin pedirle a nadie que rinda cuentas por sus irresponsables decisiones. Pero un enfoque así no resolvería el problema. Y nuestro objetivo es hacer que pronto llegue el día en que volvamos a otorgar préstamos al pueblo estadounidense y a las empresas estadounidenses, lo cual acabará con esta crisis de una vez por todas.

Tengo la intención de pedirles a estos bancos que rindan cuentas de toda la ayuda que reciban, y esta vez, deberán demostrar claramente cómo se usan los dólares de los contribuyentes a fin de generar más préstamos para el contribuyente estadounidense. Esta vez, los directores generales no podrán usar el dinero de los contribuyentes para engrosar sus talones de pago ni comprar costosas cortinas o desaparecer en un avión privado. Eso no volverá a suceder.

Sin embargo, este plan requerirá recursos significativos del gobierno federal, y sí, probablemente más de lo que ya hemos destinado para esto. Pero aunque el costo va a ser alto, les puedo asegurar que el costo de la inacción sería mucho mayor, porque podría tener como consecuencia una economía débil no sólo por meses o años, sino tal vez por una década. Eso sería peor que nuestro déficit, peor para las empresas, peor para el pueblo y peor para la siguiente generación. Y me resisto a permitir que eso pase.

Y comprendo que cuando el gobierno pasado le pidió ayuda al Congreso para que proporcionara ayuda a los bancos en dificultades, tanto los demócratas como los republicanos estaban furiosos por el mal manejo y lo que ocurrió a continuación. Los contribuyentes estadounidenses sintieron lo mismo. Y yo también.

Así que sé lo poco popular que es ayudar a los bancos en este momento, especialmente porque sus malas decisiones causaron, en parte, que todos los estadounidenses se vieran afectados. Les aseguro que lo entiendo.

Pero también sé que en épocas de crisis, no podemos darnos el lujo de gobernar con ira o hacer concesiones a la politiquería del momento. Mi trabajo, nuestro trabajo, es resolver el problema. Nuestro trabajo es gobernar con sentido de responsabilidad. No voy a gastar ni un centavo con el objetivo de recompensar a ejecutivos de Wall Street, pero haré todo lo que sea necesario para ayudar a la pequeña empresa que no puede pagar a sus trabajadores o a la familia que ha ahorrado, pero que todavía no puede conseguir un préstamo hipotecario.

De eso se trata. No se trata de ayudar a los bancos; se trata de ayudar a la gente. Cuando haya crédito disponible nuevamente, las familias jóvenes finalmente podrán comprar una nueva vivienda. Y luego alguna compañía contratará empleados para construirla. Y luego esos trabajadores tendrán dinero para gastar, y si también pueden conseguir un préstamo, tal vez, finalmente, se podrán comprar un auto o abrir su propio negocio. Los inversionistas volverán al mercado y las familias estadounidenses verán que ya tienen fondos suficientes para la jubilación. Y poco a poco, la confianza retornará, y nuestra economía se recuperará.

Así que le pedí a este Congreso que me apoyara para hacer todo lo que fuera necesario. Porque no podemos abandonar a nuestra nación a un destino de recesión continua. Y para asegurar que una crisis de esta magnitud no vuelva a suceder, le he pedido al Congreso que apruebe rápidamente una ley que finalmente reforme nuestro obsoleto sistema regulatorio. Es hora de poner en vigor normas nuevas, estrictas y razonables para que nuestro mercado financiero recompense el dinamismo y la innovación, y que sancione los atajos y los abusos.

El plan para la recuperación y el plan para la estabilidad financiera son los pasos inmediatos que estamos dando para reactivar nuestra economía a corto plazo. Pero la única manera de restaurar plenamente la solidez económica de Estados Unidos es hacer las inversiones a largo plazo que generarán nuevos empleos, estimularán nuevas industrias y promoverán un renovado ímpetu para competir con el resto del mundo. La única manera de que este siglo sea otro siglo de liderazgo para Estados Unidos es que finalmente le hagamos frente al precio que pagamos por nuestra dependencia de petróleo y al alto costo de los cuidados de salud; al hecho de que las escuelas no estén preparando a nuestros hijos y la montaña de deuda que van a heredar. Ésa es nuestra responsabilidad.

En los próximos días, presentaré un presupuesto ante el Congreso. Con demasiada frecuencia, hemos visto estos documentos como simples números en un papel o una lista detallada de programas. Veo este documento de forma diferente. Lo veo como una visión para Estados Unidos: un plan de acción para nuestro futuro.

Mi presupuesto no trata de resolver todo problema ni abordar cada tema. Refleja la dura realidad que hemos heredado: un déficit de un billón de dólares, una crisis financiera y una recesión costosa.

Dada la situación, todos en este recinto –demócratas y republicanos– tendrán que sacrificar algunas prioridades loables para las cuales no hay dinero. Y también me incluyo.

Pero eso no significa que podemos darnos el lujo de ignorar nuestros desafíos a largo plazo. Rechazo el punto de vista que dice que nuestros problemas simplemente se resolverán por sí solos, que el gobierno no tiene función alguna en sentar las bases de nuestra prosperidad común.

Porque la historia dice lo contrario. La historia nos recuerda que en toda ocasión de conmoción y trasformación económica, esta nación ha respondido con medidas audaces y grandes ideas. En plena guerra civil, instalamos vías férreas de costa a costa, las cuales fomentaron el comercio y la industria. De la agitación de la Revolución Industrial salió un sistema de escuelas secundarias públicas que preparó a nuestros ciudadanos para una nueva era. Tras la guerra y depresión, el GI Bill [ley para la educación de los veteranos de la Segunda Guerra Mundial] envió a una generación a la universidad y creó la clase media más numerosa de la historia. Y una lucha difusa por la libertad tuvo como resultado un país de carreteras, un estadounidense en la luna y una explosión de tecnología que sigue transformando a nuestro planeta.

En ninguno de los casos el gobierno sustituyó a la empresa privada; fue un catalizador de la empresa privada. Creó las condiciones para que miles de empresarios y nuevas empresas se adaptaran y prosperaran.

Somos una nación que siempre ha visto oportunidades en medio del peligro y ha logrado sacar provecho y salir airosa de experiencias terribles. Ahora debemos volver a ser esa nación. Es por eso que el presupuesto que estoy presentando, incluso al recortar programas que no necesitamos, invertirá en tres sectores que son absolutamente cruciales para nuestro futuro económico: energía, cuidados de salud y educación.

Comienzo con la energía.

Sabemos que el país que aproveche el poder de la energía renovable y no contaminante será el líder del siglo XXI. Sin embargo, es la China la que ha lanzado el mayor esfuerzo en la historia para hacer que su economía sea eficiente en términos energéticos. Nosotros inventamos la tecnología solar, pero estamos rezagados en su producción con respecto a países como Alemania y el Japón. Nuevos vehículos eléctricos híbridos salen de nuestras cadenas de montaje, pero operarán con baterías hechas en Corea.

Pues, no acepto un futuro en el que los empleos y las industrias del futuro se originen al otro lado de nuestras fronteras, y sé que ustedes tampoco. Es hora de que Estados Unidos vuelva a ser líder.

Gracias a nuestro plan para la recuperación, aumentaremos al doble el suministro de energía renovable de esta nación en los próximos tres años. También hemos hecho la mayor inversión en fondos para la investigación de base en la historia de Estados Unidos, una inversión que propiciará no sólo nuevos descubrimientos en el sector de energía, sino avances en la medicina, ciencias y tecnología.

Pronto tenderemos miles de millas de cables eléctricos que podrán llevar nueva energía a ciudades y pueblos en todo el país. Y pondremos a los estadounidenses a trabajar haciendo más eficientes nuestros edificios y casas para que podamos ahorrar miles de millones de dólares en nuestras cuentas de energía.

Pero para transformar realmente nuestra economía, para resguardar nuestra seguridad y salvar a nuestro planeta de los estragos del cambio climático, es necesario que a fin de cuentas hagamos de la energía renovable y no contaminante el tipo lucrativo de energía. Por lo tanto, le pido a este Congreso que me remita legislación que imponga un límite basado en el mercado para la contaminación derivada del carbono y que impulse la producción de más energía renovable en Estados Unidos. Y a fin de apoyar esa innovación, invertiremos 15,000 millones de dólares al año para desarrollar tecnología como la energía eólica y la energía solar; biocombustibles avanzados, carbón no contaminante y más autos y camiones de consumo eficiente de combustible, construidos aquí mismo en Estados Unidos.

En cuanto a nuestro sector automovilístico, todos reconocen que años de malas decisiones y una recesión mundial han llevado a nuestros fabricantes de autos al borde del abismo. No debemos protegerlos de sus propias prácticas malas, ni lo haremos. Pero nos hemos comprometido con el objetivo de un sector automotor reequipado y reinventado que pueda competir y ganar. Millones de empleos dependen de ello. Muchísimas comunidades dependen de ello. Y creo que la nación que inventó el automóvil no puede abandonarlo.

Nada de esto sucederá sin un precio ni será fácil. Pero éste es Estados Unidos. No hacemos lo que es fácil. Hacemos lo que es necesario para hacer que este país avance.

Por esa misma razón, debemos también abordar el agobiante costo del cuidado de salud.

Se trata de un costo que ahora causa una bancarrota en Estados Unidos cada treinta segundos. Para fines de año, podría causar que 1.5 millones de estadounidenses pierdan su casa. En los últimos ocho años, las primas han aumentado cuatro veces más que los salarios. Y en cada uno de esos ocho años, un millón adicional de estadounidenses perdió su seguro médico. Es una de las principales razones por las que las pequeñas empresas cierran sus puertas y las corporaciones mandan empleos al extranjero. Y es uno de los rubros más costosos y de más rápido crecimiento en nuestro presupuesto.

Dado todo esto, ya no podemos darnos el lujo de posponer la reforma del cuidado de salud.

En tan sólo los últimos treinta días, hemos hecho más que en la última década por hacer que avance la causa de la reforma del cuidado de salud. A pocos días del inicio de sesiones, este Congreso aprobó una ley para otorgar y proteger el seguro médico de once millones de niños estadounidenses cuyos padres trabajan a tiempo completo. Nuestro plan para la recuperación invertirá en historias médicas electrónicas y nueva tecnología que disminuirá errores, reducirá los costos, asegurará la confidencialidad y salvará vidas. Lanzará un nuevo esfuerzo por buscar la cura del cáncer, una enfermedad que ha afectado la vida de casi todos los estadounidenses en nuestros tiempos. Y hace la mayor inversión en cuidado preventivo en la historia, porque ésa es una de las mejores maneras de mantener a nuestro pueblo sano y nuestros costos bajo control.

Este presupuesto lleva estas reformas un paso adelante. Incluye un histórico compromiso con la reforma integral del cuidado de salud; una cuota inicial siguiendo el principio de que debemos tener cuidado de salud económico y de calidad para todo estadounidense. Es un compromiso que se paga en parte por medidas eficientes que esperamos desde hace tiempo. Y es un paso que debemos dar si esperamos reducir nuestro déficit en los próximos años.

Ahora, habrá muchas opiniones e ideas diferentes sobre cómo lograr la reforma, y es por eso que estoy congregando a personas de negocios y trabajadores, médicos y proveedores de salud, demócratas y republicanos, para que comiencen a trabajar la próxima semana en este asunto.

No soy un iluso. Sé que no será un proceso fácil. Será difícil. Pero también sé que casi un siglo después de que Teddy Roosevelt propusiera las primeras reformas, el costo de nuestro cuidado de salud ha agobiado nuestra economía y la conciencia de nuestra nación durante demasiado tiempo. Entonces, que no quepa duda alguna: la reforma del cuidado de salud no puede esperar, no debe esperar, ni esperará un año más.

El tercer desafío que debemos abordar es la urgente necesidad de extender la promesa de la educación en Estados Unidos.

En una economía mundial en la que la destreza más valiosa que se puede vender son los conocimientos propios, una buena educación ya no es simplemente una forma de acceder a las oportunidades; es un prerrequisito.

En este momento, dos tercios de las ocupaciones de más rápido crecimiento requieren más que un diploma de secundaria. Sin embargo, poco más de la mitad de nuestros ciudadanos tiene ese nivel de educación. Entre los países industrializados, tenemos una de las más altas tasas de estudiantes que no terminan la escuela secundaria. Y la mitad de los estudiantes que comienzan sus estudios universitarios no los terminan.

Ésta es una receta para el declive económico, porque sabemos que los países que enseñan mejor que nosotros hoy en día nos superarán el día de mañana. Es por eso que será un objetivo de este gobierno asegurar que todo niño tenga acceso a una educación completa y competitiva, desde el día que nazca hasta el día que inicie una carrera.

Ya hemos hecho una inversión histórica en la educación por medio del plan para la recuperación económica. Hemos ampliado considerablemente la educación inicial y continuaremos mejorando su calidad, porque sabemos que el aprendizaje más formativo tiene lugar en esos primeros años de vida. Hemos puesto los estudios universitarios al alcance de casi siete millones de estudiantes adicionales. Y hemos proporcionado los recursos necesarios para evitar dolorosos recortes y despidos de maestros que detendrían el progreso de nuestros niños.

Pero sabemos que nuestras escuelas no sólo necesitan más recursos. Necesitan más reformas. Es por eso que este presupuesto crea nuevos incentivos para el desempeño de los maestros; vías para ascender y recompensas para el éxito. Invertiremos en programas innovadores que ya están ayudando a las escuelas a cumplir con altos estándares y disminuir las diferencias en el rendimiento. Y aumentaremos nuestro compromiso con las escuelas públicas independientes (charter schools).

Es nuestra responsabilidad como legisladores y educadores hacer que este sistema funcione. Pero es la responsabilidad de cada ciudadano participar en él. Y entonces, esta noche, le pido a todo estadounidense que se comprometa por lo menos a un año o más de educación superior o capacitación laboral. Esto puede ser en una institución comunitaria de enseñanza superior o una universidad de cuatro años; capacitación vocacional o pasantía. Pero independientemente de la capacitación, todo estadounidense deberá contar con algo más que el diploma de la secundaria. Y abandonar la escuela secundaria ya no es una opción. No es solamente darse por vencido, es fallarle al país, y este país necesita y valora el talento de todo estadounidense. Es por eso que proporcionaremos la ayuda necesaria para que concluyan sus estudios universitarios y logren un nuevo objetivo: para el 2020, Estados Unidos volverá a tener la más alta tasa mundial de personas con grado universitario.

Sé que el precio de las matrículas es más alto que nunca, por lo que si están dispuestos a ofrecerse de voluntarios en sus vecindarios y hacer aportes a su comunidad o ponerse al servicio de su país, nos aseguraremos de que pueda pagar una educación universitaria. Y para alentar un espíritu renovado de servicio nacional para esta generación y las futuras, le pido a este Congreso que me remita la legislación respaldada por ambos partidos que tiene el nombre del senador Orrin Hatch, como también el de un estadounidense que nunca ha dejado de preguntar qué puede hacer por su país: el senador Edward Kennedy.

Esta política educativa les abrirá las puertas a nuestros hijos. Pero depende de nosotros el asegurarnos de que pasen por ellas. A fin de cuentas, no existe programa ni política que pueda sustituir a una madre o un padre que vaya a las reuniones con los maestros o que ayude con los deberes después de la cena o que apague el televisor, guarde los videojuegos y le lea a sus hijos. Les hablo no sólo como Presidente, sino como padre cuando les digo que la responsabilidad por la educación de nuestros hijos debe comenzar en casa.

Tenemos, por supuesto, otra responsabilidad con nuestros hijos. Y ésa es la responsabilidad de asegurarnos de que no hereden una deuda que no puedan pagar. Con el déficit que nosotros heredamos, el costo de la crisis que enfrentamos y los desafíos a largo plazo que debemos afrontar, nunca ha sido más importante asegurar que a medida que nuestra economía se recupere, hagamos lo necesario para reducir este déficit.

Es un orgullo para mí que aprobáramos el plan para la recuperación sin asignaciones para proyectos particulares (earmarks), y deseo que se apruebe un presupuesto el próximo año que asegure que cada dólar gastado refleje sólo nuestras más importantes prioridades nacionales.

Ayer tuve una cumbre fiscal en la que prometí reducir el déficit a la mitad para fines de mi primer periodo como Presidente. Mi gobierno también comenzó a analizar el presupuesto federal rubro por rubro para eliminar los programas ineficientes y que desperdician dinero. Como se pueden imaginar, éste es un proceso que tomará tiempo. Pero estamos comenzando con las partidas más grandes. Ya hemos identificado ahorros por dos billones de dólares en la próxima década.

En este presupuesto, acabaremos con programas educativos que no funcionan y con pagos directos a agroempresas grandes que no los necesitan. Eliminaremos los contratos otorgados sin licitación que han malgastado miles de millones en Irak, y reformaremos nuestro presupuesto de defensa para que no paguemos por armamento de la época de la Guerra Fría que no usamos. Eliminaremos el despilfarro, fraude y abuso en nuestro programa de Medicare que no mejore la salud de las personas mayores, y devolveremos un sentido de equidad y equilibrio a nuestro código tributario acabando por fin con los recortes tributarios a corporaciones que envían nuestros empleos al extranjero.

Para rescatar a nuestros niños de un futuro con endeudamiento, también acabaremos con los recortes tributarios del 2% más acaudalado entre los estadounidenses. Pero permítanme ser perfectamente claro, porque sé que escucharán las mismas afirmaciones de siempre que dicen que acabar con esos recortes significa un aumento masivo en los impuestos del pueblo estadounidense: si su familia gana menos de $250,000 al año, sus impuestos no aumentarán ni diez centavos. Les repito: ni diez centavos. De hecho, el plan para la recuperación otorga un recorte tributario –correcto, un recorte tributario– para 95% de las familias trabajadoras. Y esos cheques están en camino.

A fin de mantener nuestro bienestar fiscal a largo plazo, también debemos abordar los costos en aumento de Medicare y el Seguro Social. La reforma integral del cuidado de salud es la mejor manera de afianzar el Medicare para el futuro. Y también debemos dar inicio a la conversación sobre maneras de hacer lo mismo con el Seguro Social y a la vez, crear cuentas de ahorro universales y libres de impuestos para todos los estadounidenses.

Finalmente, ya que también padecemos de una falta de confianza, me he comprometido a restaurar un sentido de honradez y responsabilidad en nuestro presupuesto. Es por eso que este presupuesto mira diez años hacia el futuro y da cuenta de gastos que se omitían conforme a las viejas normas, y por primera vez, eso incluye el costo total de luchar en Irak y Afganistán. Durante siete años, la nuestra ha sido una nación en guerra. Dejaremos de esconder su precio.

Estamos examinando detenidamente nuestra política en ambas guerras, y pronto anunciaré un camino a seguir en Irak que deje a Irak en manos de su pueblo y acabe con esta guerra de forma responsable.

Y con nuestros amigos y aliados, dictaremos una nueva estrategia integral para Afganistán y Pakistán a fin de vencer a Al Qaida y combatir el extremismo. Porque no permitiré que los terroristas confabulen contra el pueblo estadounidense desde refugios al otro lado del mundo.

Mientras nos reunimos esta noche, nuestros hombres y mujeres de uniforme hacen guardia en el extranjero y otros más se alistan para su movilización. A todos y cada uno de ellos, y a las familias que sobrellevan la carga silenciosa de su ausencia, los estadounidenses se unen para enviarles un mensaje: respetamos su servicio, nos inspiran sus sacrificios, y cuentan con nuestro apoyo inquebrantable. Para aliviar la carga de nuestras fuerzas armadas, mi presupuesto aumenta el número de soldados e infantes de Marina. Y a fin de cumplir con nuestras sagradas obligaciones para con quienes están en el servicio, aumentaremos su paga y les otorgaremos a nuestros veteranos la expansión del cuidado de salud y los beneficios que se merecen.

Para derrotar al extremismo, debemos también estar alerta y respaldar los valores que nuestras tropas defienden, porque no existe fuerza más poderosa en el mundo que el ejemplo de Estados Unidos. Es por eso que he ordenado que se cierre el centro de detención de la Bahía de Guantánamo, y procuraremos que se lleve ante la justicia, de forma rápida y segura, a los terroristas capturados, porque vivir conforme a nuestros valores no nos hace más débiles; nos da mayor seguridad y nos da mayor fuerza. Y es por eso que puedo pararme aquí esta noche y decir, sin excepciones ni evasivas, que Estados Unidos no tortura.

En nuestras palabras y acciones, estamos mostrándole al mundo que se ha iniciado una nueva era de participación, pues sabemos que Estados Unidos no puede hacerle frente solo a las amenazas de este siglo, pero el mundo no puede afrontarlas sin Estados Unidos. No podemos eludir la mesa de negociación ni ignorar a los enemigos o las fuerzas que podrían causarnos daño. En vez, se nos llama a proseguir con el sentido de confianza y franqueza que exige la seriedad de los tiempos.

Para procurar el progreso hacia una paz segura y perdurable entre Israel y sus vecinos, hemos designado a un enviado para apoyar nuestros esfuerzos. Para hacerle frente a los desafíos del siglo XXI –desde el terrorismo hasta la proliferación nuclear; desde las enfermedades pandémicas hasta las amenazas cibernéticas y la pobreza agobiante– afianzaremos viejas alianzas, forjaremos nuevas y usaremos todos los elementos de nuestro poder nacional.

Y para responder a una crisis económica que es mundial en su alcance, estamos colaborando con los países del G-20 a fin de restaurar la confianza en nuestro sistema financiero, evitar la posibilidad de un aumento en el proteccionismo y estimular la demanda de productos estadounidenses en mercados de todo el mundo; porque el mundo depende de que tengamos una economía sólida, así como nuestra economía depende de la solidez de la internacional.

Ahora que nos encontramos en un momento decisivo de la historia, los ojos de todas las personas en todas las naciones se posan en nosotros una vez más, y nos observan para ver qué hacemos en este momento; aguardan nuestra dirección.

Los que estamos aquí reunidos esta noche hemos sido escogidos para gobernar en tiempos extraordinarios. Es una gran carga, pero también un gran privilegio que se ha confiado a pocas generaciones de estadounidenses; porque en nuestras manos recae la capacidad de influir en nuestro mundo para bien o para mal.

Sé que es fácil perder de vista este hecho, caer en el cinismo y en la duda, dejarnos consumir por lo mezquino y lo trivial.

Pero en mi vida, también he aprendido que la esperanza se encuentra en lugares poco probables; que la inspiración proviene no de quienes son más poderosos o célebres, sino de los sueños y las aspiraciones de los estadounidenses que no tienen nada de comunes y corrientes.

Pienso en Leonard Abess, el presidente de un banco en Miami quien, según se reportó, vendió su parte de su compañía, recibió una bonificación de $60 millones y se la dio a todas las 399 personas que trabajaron para él y a otras 72 que solían hacerlo. No se lo dijo a nadie, pero cuando un diario local lo averiguó, simplemente dijo, ”Conozco a algunas de esas personas desde que tengo 7 años. No me pareció correcto que sólo yo recibiera el dinero”.

Pienso en Greensburg, Kansas, un pueblo que fue destruido totalmente por un tornado, pero que está siendo reconstruido por sus residentes, en un ejemplo global de cómo toda una comunidad puede funcionar con energía no contaminante, cómo ésta puede llevar empleos y actividad comercial a un lugar donde alguna vez yacían rumas de ladrillos y escombros. “La tragedia fue terrible”, dijo uno de los hombres que ayudó en la reconstrucción. “Pero la gente de acá sabe que también les brindó una oportunidad increíble”.

Y pienso en Ty’Sheoma Bethea, la niñita de esa escuela que visité en Dillon, Carolina del Sur, un lugar donde los techos gotean, la pintura se pela de las paredes y tienen que dejar de enseñar seis veces al día porque el tren pasa a toda velocidad cerca de su aula. Le dijeron que su escuela no tiene esperanza, pero el otro día después de clases fue a la biblioteca pública y les escribió una carta a las personas sentadas en este recinto. Incluso le pidió dinero a su director para comprar una estampilla. La carta nos pide ayuda y dice, “Somos simplemente estudiantes tratando de ser abogados, médicos, congresistas como ustedes y algún día, presidentes, para que podamos producir un cambio no sólo en el estado de Carolina del Sur sino también en el mundo. No somos de los que se dan por vencidos”.

No somos de los que se dan por vencidos.

Estas palabras y estos casos nos dicen algo sobre el espíritu de las personas que nos trajeron aquí. Nos dicen que incluso en los momentos más duros, en medio de las circunstancias más difíciles, existe una generosidad, una adaptabilidad, una decencia y una determinación que perseveran; una voluntad de asumir responsabilidad por nuestro futuro y por la posteridad.

Su determinación debe ser nuestra inspiración. Sus inquietudes deben ser nuestra causa. Y debemos mostrarles a ellos y a todo nuestro pueblo que estamos a la altura de la tarea ante nosotros.

Sé que hasta ahora no hemos estado de acuerdo en todo, y no hay duda de que en el futuro habrá ocasiones en las que discreparemos. Pero también sé que todo estadounidense sentado aquí esta noche ama a este país y quiere que tenga éxito. Ése debe ser el punto de partida para cada debate que tengamos en los próximos meses y el punto de retorno cuando concluyan dichos debates. Ésa es la base sobre la cual el pueblo estadounidense espera que encontremos terreno común.

Y si lo hacemos, si nos unimos y sacamos a este país de la profundidad de esta crisis; si hacemos que nuestra gente vuelva a trabajar y volvemos a poner en marcha el motor de nuestra prosperidad; si enfrentamos los desafíos de nuestros tiempos y hacemos un llamado a ese espíritu perdurable de un estadounidense que no se da por vencido, entonces algún día, dentro de muchos años, nuestros hijos podrán decirles a sus hijos que éste fue el momento en que hicimos, en palabras que están talladas en este recinto, “algo digno de ser recordado”. Gracias, que Dios los bendiga y que Dios bendiga a Estados Unidos de América.

http://spanish.bogota.usembassy.gov/pr_16_250209.html

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La acción que necesita Estados Unidos, de Barack H. Obama en El Mundo

Posted in Economía, Internacional by reggio on 10 febrero, 2009

TRIBUNA: ECONOMIA

El presidente asegura que su Plan de Estímulo Económico, que hoy vota el Senado, servirá para salir de la crisis. Subraya que la situación es tan grave que hay que adoptar medidas a largo plazo, pero con extrema urgencia.

En estos momentos, a nadie le cabe la menor duda de que hemos heredado una crisis económica tan profunda y funesta como ninguna otra desde los tiempos de la Gran Depresión. Se han perdido millones de empleos con que los estadounidenses contaban hace apenas un año; se han esfumado millones de los ahorros que tanto esfuerzo les había costado acumular a las familias. Por todas partes hay gente preocupada por lo que les deparará el mañana.

Lo que los norteamericanos esperan de Washington es que se haga algo que se corresponda con las urgencias que experimentan en su vida diaria, algo que sea lo suficientemente rápido, audaz y acertado como para hacernos remontar esta crisis.

Porque cada día que dejamos pasar sin ponernos manos a la obra para dar un giro total a la marcha de nuestra economía, más gente pierde sus empleos, sus ahorros y sus casas. Además, si no se hace nada, esta recesión podría prolongarse durante años y años.Nuestra economía va a perder otros cinco millones más de puestos de trabajo. El desempleo se va a acercar a porcentajes de dos cifras. Nuestra nación se va a hundir todavía más profundamente en una crisis a la que, alcanzado un punto determinado, es posible que no seamos capaces de darle la vuelta.

Esta es la razón por la que me asalta este sentimiento de urgencia en relación con el Plan de recuperación presentado ante el Congreso de EEUU. Con el plan vamos a crear o conservar más de tres millones de puestos de trabajo en el curso de los dos próximos años, vamos a aprobar desgravaciones fiscales con efectos inmediatos en favor del 95% de los trabajadores, vamos a promover por igual el gasto de empresas y de consumidores, y vamos a tomar medidas para fortalecer nuestro país de cara a los años venideros.

Este plan no es sólo una receta para fomentar el gasto a corto plazo; es una estrategia de cara al crecimiento económico de Estados Unidos a largo plazo, y una oportunidad en áreas tales como las energías renovables, la atención sanitaria y la educación.Es, además, una estrategia que se va a poner en práctica con una transparencia y una rendición de cuentas que no tienen precedentes, de manera que los estadounidenses sepan a dónde van los dólares de sus impuestos y cómo se están gastando.

Estos últimos días, ha habido críticas equivocadas a este Plan por parte de quienes se han hecho eco de teorías fracasadas que, justamente, han contribuido a meternos en esta crisis, tales como la idea de que con reducciones de impuestos bastará para resolver todos nuestros problemas, o que podemos hacer frente a estas pruebas formidables con paños calientes o medidas de compromiso. O que podemos pasar por alto problemas fundamentales como nuestra independencia energética y el elevado coste de la atención sanitaria y aún así esperar que salgan adelante nuestra economía y nuestro país.

rEchazo esas teorías, y eso es también lo que hicieron los ciudadanos cuando acudieron a las urnas en noviembre y votaron sin vuelta de hoja a favor del cambio. Ellos saben que lo hemos intentado por esas vías durante demasiado tiempo y, por eso mismo, los costes de nuestra atención sanitaria se siguen incrementando a un ritmo mayor que la inflación, nuestra dependencia del petróleo extranjero sigue amenazando nuestra economía y nuestra seguridad, y nuestros hijos estudian en escuelas que les colocan en posición de desventaja. Hemos visto las trágicas consecuencias cuando nuestros puentes se han derrumbado y nuestros diques no han resistido.

Cada día que pasa empeora la situación de nuestra economía; éste es el momento para aplicar un remedio que ponga de nuevo a trabajar a los estadounidenses, de dar un impulso a nuestra economía y de invertir en un crecimiento económico duradero.

Este es el momento de amparar con un seguro de salud a los más de ocho millones de estadounidenses que corren el riesgo de perder sus prestaciones sanitarias y de informatizar el historial sanitario de todos los ciudadanos en un plazo de cinco años, lo que ahorrará miles de millones de dólares y un número incontable de vidas.

Este es el momento de ahorrar miles de millones con la transformación de dos millones de hogares y del 75% de los edificios federales en espacios más eficaces en el plano energético, y de multiplicar por dos nuestra capacidad de generar fuentes alternativas de energía en un plazo de tres años.

Este es el momento de poner a disposición de nuestros hijos todas la ventajas que les hacen falta para competir mediante la modernización de 10.000 centros escolares con aulas, bibliotecas y laboratorios de auténtica vanguardia, y mediante una mejor formación de nuestros profesores de matemáticas y ciencias, así como de poner el sueño de la educación superior al alcance de millones de norteamericanos.

Este es, en fin, el momento de crear los puestos de trabajo que vuelvan a levantar a Estados Unidos de cara al siglo XXI mediante la reconstrucción de carreteras, puentes y diques que acusan el paso de los años, la planificación de una red eléctrica inteligente y la conexión de todos los rincones del país a la superautopista de la información.

Esto es lo que los ciudanos esperan que hagamos sin más tardanza.Tienen la paciencia suficiente para darse cuenta de que nuestra recuperación económica habrá de medirse en años, no en meses.Ahora bien, para lo que ya no tienen ninguna paciencia es para este punto muerto de siempre entre los partidos, que interfiere en la adopción de medidas mientras nuestra economía sigue cuesta abajo.

Así pues, tenemos que elegir. Podemos dejar que, una vez más, los vicios de Washington se interpongan en el camino del progreso, o podemos hacer un esfuerzo todos a una y proclamar que, en Estados Unidos, el destino no está escrito sino que lo escribimos nosotros.Podemos poner las buenas ideas por delante de las batallas ideológicas de siempre y un objetivo común por encima del habitual partidismo estrecho de miras. Podemos actuar audazmente para transformar la crisis en una oportunidad y, todos juntos, escribir otro capítulo grandioso más de nuestra historia y superar la gran prueba de nuestra época.

EL MUNDO agradece a ‘The Washington Post’ el permiso concedido para la reproducción de este artículo, escrito por Barack Obama, presidente de EEUU, para el diario de la capital estadounidense.

© Mundinteractivos, S.A.

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Relevo en la Casa Blanca. El discurso de Barack H. Obama en el acto de investidura

Posted in Política by reggio on 21 enero, 2009

“Debemos rehacer América”

Mis compatriotas: Aquí estoy ante vosotros, abrumado por la tarea que tenemos ante nosotros, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí y plenamente consciente de los sacrificios soportados por nuestros antepasados. Doy las gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y cooperación que ha demostrado a lo largo de esta transición.

Cuarenta y cuatro estadounidenses han jurado hasta ahora el cargo presidencial. Las palabras se han pronunciado tanto en tiempos de olas de prosperidad como de remansos de paz. Sin embargo, en ciertas ocasiones se ha prestado este juramento entre densos nubarrones y furiosas tormentas. En esos momentos, América ha seguido adelante no simplemente por la pericia o la visión de quienes desempeñaban la máxima responsabilidad del país, sino porque nosotros, el pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y leales a nuestros textos fundacionales.

Así ha sido y así debe ser en el caso de la presente generación de estadounidenses.

Todo el mundo comprende perfectamente que estamos inmersos en una crisis. Nuestra nación está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía está muy debilitada como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también a causa de nuestro fracaso colectivo a la hora de adoptar decisiones difíciles y de preparar el país para una nueva era. Se han perdido viviendas y empleos y muchas empresas han cerrado sus puertas. Nuestra asistencia sanitaria es demasiado costosa; nuestras escuelas registran excesivo fracaso escolar y cada día aporta mayores pruebas de que nuestros usos y hábitos energéticos refuerzan a nuestros adversarios y amenazan a nuestro planeta.

Tales son los indicadores de la crisis, según los datos y las estadísticas. Factor menos mesurable, pero no menos profundo, es el hecho de haberse minado la confianza a lo largo y ancho de nuestro propio país. Se trata de un persistente temor en el sentido de que la decadencia de América es inevitable, de modo que la próxima generación debe reducir sus expectativas.

Hoy os digo que los desafíos que afrontamos son auténticos, serios y numerosos. No se podrán afrontar fácilmente ni en breve plazo. Pero debes saber esto, América: se afrontarán.

En este día nos hemos reunido porque hemos preferido la esperanza al miedo, la unidad de propósitos al conflicto y la desavenencia.

En este día, queremos proclamar un punto final a nuestros intrascendentes motivos de queja y nuestras falsas promesas, a las recriminaciones y dogmas desgastados que durante demasiado tiempo han asfixiado nuestras políticas.

Seguimos siendo una nación joven, pero, en palabras de las Sagradas Escrituras, ha llegado la hora de dejar de lado las actitudes y comportamientos pueriles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu fuerte y tenaz, de optar por lo mejor de nuestra historia, de impulsar ese precioso don, esa noble idea transmitida de generación en generación: la promesa dada por Dios de que todos los seres humanos son iguales, todos son libres y todos merecen la oportunidad de perseguir su pleno nivel de felicidad.

Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, comprendemos que no es nunca algo dado de antemano. Es menester conquistarla. Nuestro viaje no ha consistido nunca en tomar atajos o rebajar objetivos.

No ha sido una senda para pusilánimes ni para quienes prefieren el ocio al trabajo, ni tampoco para quienes persiguen únicamente los placeres de la riqueza y de la fama. Por el contrario, ha sido la senda de quienes arrostran riesgos, de las personas enérgicas y dinámicas, de quienes son emprendedores; algunos honrados y reconocidos por ello pero – con mayor frecuencia-hombres y mujeres de trabajo oscuro y carente de reconocimiento que nos han conducido a través de una dilatada y accidentada senda hacia la prosperidad y la libertad.

Por nosotros, empaquetaron sus escasas pertenencias y atravesaron los océanos en busca de una vida mejor. Por nosotros, trabajaron duramente en fábricas y centros en condiciones de explotación y fueron figuras pioneras; soportaron el restallar del látigo y araron el duro suelo. Por nosotros, lucharon y murieron, en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn.

Una y otra vez, estos hombres y mujeres lucharon, se sacrificaron y trabajaron hasta desollar sus manos a fin de que pudiéramos vivir una vida mejor. Consideraron a América una realidad superior a la suma de nuestras ambiciones individuales, mayor que todas las diferencias de nacimiento, riqueza o tendencia.

Tal es el viaje que hoy proseguimos. Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que en el inicio de esta crisis. Nuestras mentes no son menos creativas, nuestros bienes y servicios no son menos que la semana pasada, el mes pasado o el año pasado. Nuestra capacidad sigue incólume. Sin embargo, la hora de seguir caminos trillados, de proteger intereses de miras estrechas yde posponer decisiones desagradables indudablemente ha finalizado. A partir de este mismo momento debemos ponernos en pie, sobreponernos y reanudar la tarea de rehacer América.

Porque, allí donde dirijamos la vista, hay tarea que hacer. La situación de la economía requiere una actuación audaz y rápida, y actuaremos no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino también para echar nuevos cimientos para el crecimiento. Construiremos carreteras y puentes, redes eléctricas y líneas digitales que alimenten nuestro comercio y nos mantengan unidos. Situaremos a la ciencia en el lugar donde se merece y aprovecharemos las maravillas de la tecnología para aumentar la calidad de la sanidad y reducir su coste. Utilizaremos el sol, el viento y la tierra para alimentar nuestros automóviles y hacer funcionar nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y universidades para estar a la altura de las exigencias de una nueva era. Podemos hacer todo esto. Y lo haremos.

En este momento, hay voces que cuestionan la dimensión de nuestras ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar planes demasiado grandes. Su memoria es flaca. Porque han olvidado lo que este país ya ha hecho anteriormente; lo que hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se suma al interés común y la necesidad a la valentía.

Lo que no alcanzan a comprender los cínicos y falsos es que el terreno que pisan se ha movido bajo sus pies, que los razonamientos políticos viejos y anquilosados que nos han desgastado demasiado tiempo ya no sirven. La pregunta que hoy planteamos no es si nuestro gobierno es demasiado grande o demasiado pequeño, sino si funciona. Si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un salario decente, una atención sociosanitaria a su alcance yuna jubilación digna. Donde la respuesta sea sí, seguiremos avanzando y donde la respuesta sea no, los programas darán fin a su objetivo. Y quienes entre nosotros manejen dinero público deberán dar cuenta: para gastar con sensatez y cordura, para corregir malos hábitos, para efectuar nuestras operaciones y negocios con transparencia, porque sólo entonces podremos restablecer la confianza esencial entre un pueblo y su gobierno.

Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza para el bien o para el mal. Su poder de crear riqueza y expandir la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado a todos que, sin vigilancia, el mercado puede escapar al control; una nación no puede prosperar durante mucho tiempo si sólo favorece a los ricos. El éxito de nuestra economía siempre ha dependido no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad, de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todos los que así lo deseen, no por caridad sino porque es la senda más segura hacia nuestro bien común.

En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros padres fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, redactaron un proyecto de Constitución para garantizar el imperio de la ley y los derechos humanos, documento ampliado y transmitido durante generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo y no renunciaremos a ellos en aras del oportunismo o la conveniencia. Y así digo a los otros pueblos y gobiernos que nos observan hoy, desde las grandes capitales hasta el pequeño pueblo donde nació mi padre: sabed que América es amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persiguen un futuro de paz y dignidad y que estamos preparados para asumir una vez más el liderazgo.

Recordad que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y al comunismo no sólo con misiles y tanques, sino con sólidas alianzas y firmes convicciones. Comprendieron que nuestro poder por sí solo no puede protegernos ni nos autoriza a hacer lo que nos plazca. Por el contrario, sabían que nuestro poder crece gracias a su uso prudente, que nuestra seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y las cualidades atemperantes de la humildad y la contención.

Somos los guardianes de este patrimonio. Guiados de nuevo por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen aún un mayor esfuerzo e incluso una mayor cooperación y entendimiento entre las naciones. Empezaremos por entregar Iraq a su pueblo, de manera responsable, y por forjar una paz de difícil logro en Afganistán. Junto con viejos amigos y antiguos enemigos, trabajaremos sin descanso para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro de un planeta en proceso de calentamiento. No nos disculparemos por nuestro estilo de vida ni titubearemos en su defensa, y en el caso de quienes pretenden alcanzar su fines mediante el fomento del terror y las matanzas de inocentes, diremos que nuestro espíritu es más fuerte e inquebrantable; no perviviréis más que nosotros y os derrotaremos.

Porque sabemos que nuestra herencia, a modo de un mosaico, es fortaleza y no debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y de no creyentes. Estamos conformados por todas las lenguas y culturas y procedemos de todos los rincones de esta Tierra y, como hemos probado el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y hemos resurgido aún más fuertes y más unidos de este negro capítulo, no podemos dejar de creer que los viejos odios se desvanecerán algún día, que las líneas divisorias entre tribus y clanes se disolverán en plazo no dilatado, que mientras el mundo empequeñezca, nuestra común humanidad revelará su faz y que América debe desempeñar su papel en el anuncio de una nueva era de paz.

Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia delante basado en el interés y respeto mutuos. A los líderes en distintas partes del mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar a Occidente de los males de sus sociedades: sabed que vuestros pueblos os juzgarán por lo que que podáis construir, no por lo que destruís.

A aquellos que se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y el acallamiento de la disidencia: sabed que os halláis en el lado equivocado de la historia, pero que os tenderemos una mano si estáis dispuestos a aflojar vuestro puño.

A los pueblos de las naciones más pobres: prometemos colaborar con vosotros para que vuestras tierras y granjas prosperen, regadas por aguas limpias; dar de comer a los cuerpos desnutridos y alimentar espíritus hambrientos. Y a aquellas naciones que, como la nuestra, gozan de relativa abundancia, decimos que no nos podemos permitir por más tiempo la indiferencia ante el sufrimiento más allá de nuestras fronteras ni podemos agotar los recursos del mundo sin considerar las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado y debemos cambiar con él.

Al observar la senda que se abre ante nosotros, recordamos con humilde agradecimiento a los americanos valientes que, en este mismo momento, patrullan desiertos lejanos y montañas distantes. Tienen ahora algo que decirnos, como los héroes caídos que yacen en el cementerio nacional de Arlington nos susurran al oído a través de los tiempos. Les rendimos homenaje no sólo porque son los guardianes de nuestra libertad, sino también porque encarnan el espíritu de servicio; una voluntad de hallar sentido en algo superior a ellos mismos. Sin embargo, es precisamente en este momento – un momento que caracterizará una generación-cuando este espíritu debe instalarse en todos nosotros.

Por mucho que el gobierno pueda y deba hacer, en última instancia esta nación depende de la fe y la decisión del pueblo americano. Es en la deferencia al acoger a un extraño cuando se rompen los diques y en la abnegación de los trabajadores que prefieren reducir sus horarios antes que ver a un amigo perder su puesto de trabajo: es lo que nos permite superar nuestros momentos más sombríos. Es la valentía del bombero al subir una escalera llena de humo pero también la voluntad del progenitor al cuidar a un niño lo que al final decide nuestra suerte.

Nuestros desafíos pueden ser inéditos. Los instrumentos con que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito – trabajo duro, honradez, valentía y juego limpio, tolerancia y curiosidad, lealtad y patriotismo-,todas esas cosas son antiguas. Son cosas auténticas. Han sido la fuerza silenciosa del progreso a través de nuestra historia. Lo que se exige es el regreso a estas verdades. Se nos exige una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento por parte de cada americano de que tenemos obligaciones para con nosotros, nuestra nación y el mundo; obligaciones que no admitimos a regañadientes, sino que acogemos con alegría, firmes en el conocimiento de que no hay nada tan gratificante para el espíritu, tan representativo de nuestro carácter, que entregarlo todo en una tarea difícil.

Este es el precio y la promesa de la ciudadanía. Esta es la fuente de nuestra confianza, saber que Dios nos llama a configurar un destino incierto.

Este es el significado de nuestra libertad y de nuestro credo por lo que hombres y mujeres y niños de todas las razas y de todas las confesiones pueden unirse en una celebración a lo largo y ancho de esta magnífica avenida, por lo que un hombre cuyo padre, hace menos de 60 años, tal vez no habría sido servido en un restaurante ahora está ante vosotros para prestar el juramento más sagrado.

Por tanto, señalemos este día haciendo memoria de quiénes somos y de lo largo que ha sido el camino recorrido. En el año del nacimiento de América, en el más frío de los meses, un puñado de patriotas se congregaba en torno a hogueras, a las orillas de un río helado. La capital se había abandonado. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En el momento en que el desenlace de nuestra revolución era más incierto, el padre de nuestra nación mandó que se leyeran al pueblo estas palabras: “Que se diga al mundo del futuro que en lo más crudo del invierno, cuando nada salvo la esperanza y la virtud podían sobrevivir, la ciudad y el país, alarmados ante un peligro común, salieron a afrontarlo”.

América, ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras privaciones, recordemos esas palabras eternas. Con esperanza y virtud, sorteemos nuevamente las corrientes heladas y aguantemos las tormentas que nos caigan encima. Que los hijos de nuestros hijos digan que cuando fuimos puestos a prueba nos negamos a dejar que acabara este viaje, que no volvimos atrás ni vacilamos, y con la vista puesta en el horizonte y la gracia de Dios sobre nosotros, llevamos aquel gran regalo de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones venideras.

Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.

Traducción: José Mª. Puig de la Bellacasa

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